Dedícate a la Contemplación.....y recibirás los dones del Espíritu Santo


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OFICIO DE LECTURAS (VIGILIAS / MAITINES)

PARA EL TIEMPO ORDINARIO AÑO PAR

El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

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SOLEMNIDADES DEL SEÑOR DURANTE EL TIEMPO ORDINARIO

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Semana 31
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Semana 33
Semana 34

 

Domingo después de Pentecostés

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Solemnidad


PRIMERA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-16

El gran misterio del designio de Dios

Hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que que-dan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».

Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues, lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios.

Y nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos. Cuan-do explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.

A nivel humano, uno no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo, mientras él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién conoce la mente del Señor para poder instruirlo?» Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nacianzo, Poemas teológicos (Sección 1: Poemas dogmáticos, 1, 1-4. 21-34; Sección 2: 1.2; 60-64. 75-84; Sección 3, 1-9; 42-45; 51: PG 37, 397-411)

La veneranda predicación de las tres luminarias

Cuando tomamos la resolución de dar a conocer a otros la divinidad —a la que los mismos seres celestiales no pueden adorar como se merece—, soy consciente de que es algo así como si nos embarcásemos en una diminuta chalupa dispuestos a surcar el mar inmenso, o como si nos dispusiéramos a conquistar los espacios aéreos tachonados de astros, provistos de unas minúsculas alas. Pero tú, Espíritu de Dios, estimula mi mente y mi lengua, trompeta sonora de la verdad, para que todos puedan gozar con el corazón inmerso en la plenitud de la divinidad.

Hay un solo Dios, sin principio, sin causa, no circunscrito por cosa alguna preexistente o futura; supratemporal, infinito, Padre excelente del Hijo Unigénito, bueno, grande, y que, siendo espíritu, no sufrió en el Hijo ninguno de los condicionamientos de la carne.

Otro Dios único, distinto en la persona, no en la divinidad, es la Palabra de Dios: él es la viva impronta del Padre, el Hijo único de quien no conoce principio, único del único, su igual, de forma que así como el Padre sigue siendo plenamente Padre, así el Hijo es el creador y gobernador del mundo, fuerza e inteligencia del Padre...

Cantaremos primero al Hijo, venerando la sangre que fue expiación de nuestros pecados... Efectivamente, sin perder nada de su divinidad, se inclinó como médico sobre mis pestilentes heridas. Era mortal, pero Dios. Del linaje de David, pero plasmador de Adán; revestido de carne, es verdad, pero ajeno a las obras de la carne. Tuvo madre, pero virgen: circunscrito, pero inmenso... Fue víctima, pero también pontífice; sacerdote, y, sin embargo, Dios. Ofrendó su sangre a Dios, pero purificó el mundo entero. La cruz lo ensalzó, pero los clavos crucificaron el pecado. Fue contado entre los muertos, pero resucitó de entre los muertos y resucitó a muchos muertos antes que él: en éstos residía la pobreza del hombre, en él la riqueza del espíritu. Pero tú no debes escandalizarte como si las realidades humanas fueran indignas de la divinidad; al contrario, en consideración a la divinidad, has de tener a máximo honor la condición terrena, que, por amor a ti, asumió el incorruptible Hijo de Dios.

Alma, ¿a qué esperas? Canta asimismo la gloria del Espíritu: no disocies en tu discurso lo que la naturaleza no ha dividido. Estremezcámonos ante la grandeza del Espíritu, igualmente Dios, por quien yo he conocido a Dios. El es evidentemente Dios y él me hace ser Dios ya aquí abajo: todopoderoso, autor de los diversos dones, inspirador de la himnodia del coro de los santos, dador de vida tanto a los seres celestes como a los terrestres, sentado en las alturas. Fuerza divina que procede del Padre, no está sujeto a poder alguno. No es Hijo —pues el Hijo santo del único Bien es sólo uno—, ni está al margen de la invisible divinidad, sino que disfruta de idéntico honor...

Trinidad increada, supranatural, buena, libre, igualmente digna de adoración, único Dios que gobierna el mundo con triple esplendor. Mediante el bautismo, y por obra de las tres divinas personas, me siento regenerado en el hombre nuevo, y, destruida la muerte, nazco a la luz vuelto a la vida... Y si Dios ha purificado todo mi ser, también yo debo adorarlo en la totalidad de su ser.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Domingo después de Pentecostés
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo A: Jn 3, 16-18

HOMILÍA

San Gregorio de Nisa, Carta 5 (PG 46, 1031)

En el santo Bautismo se nos imparte la gracia de la
inmortalidad por la
fe en el Padre y en el Hijo
y en el Espíritu Santo

Como quiera que gracias al don de la santísima Trinidad se hacen partícipes de una fuerza vivificante los que, a partir de la muerte, son reengendrados a la vida eterna y por la fe son hechos dignos de esta gracia, así también esta gracia es imperfecta si en el bautismo de salvación es omitido el nombre de una cualquiera de las personas de la santísima Trinidad. En efecto, el misterio del segundo nacimiento no adquiere su plenitud en el solo nombre del Padre y del Hijo, sin el Espíritu Santo; ni tiene el bautismo capacidad de otorgarnos la vida perfecta en el solo nombre del Padre y del Espíritu, si se silencia al Hijo; ni en el Padre y el Hijo, omitido el Espíritu, se consuma la gracia de nuestra resurrección. Por eso tenemos depositada toda nuestra esperanza y la confianza de la salvación de nuestras almas en tres personas, que conocemos con estos nombres: creemos en el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es fuente de la vida; y en el Hijo unigénito del Padre, que es el autor de la vida, según afirma el Apóstol; y en el Espíritu Santo de Dios, del que dice el Señor: El Espíritu es quien da vida.

Y como quiera que a nosotros, redimidos de la muerte, se nos imparte en el bautismo —como acabamos de decir—la gracia de la inmortalidad por la fe en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo, basados en esta razón creemos no estar autorizados a admitir en la santísima Trinidad nada servil, nada creado, nada indigno de la majestad del Padre; toda vez que una sola es nuestra vida, vida que conseguimos por la fe en la santísima Trinidad, y que indudablemente fluye del Dios de todo lo creado, como de su fuente, que se difunde a través del Hijo y que se consuma en el Espíritu Santo.

Teniendo, pues, esto por cierto y por bien sentado, accedemos a recibir el bautismo tal como se nos ha ordenado; creemos tal como hemos sido bautizados; sentimos tal como creemos; de suerte que, sin discrepancia alguna, nuestro bautismo, nuestra fe y nuestro modo de sentir están radicados en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Y todos cuantos, acomodándose a esta regla de verdad, confiesan tres personas y pía y religiosamente las reconocen en sus propiedades, y creen que existe una sola divinidad, una sola bondad, un solo principado, una sola potestad y un solo poder, ni abrogan la potencia de la monarquía, ni se dejan arrastrar a la confesión del politeísmo, ni confunden las personas, ni se forjan una Trinidad con elementos dispares y heterogéneos, sino que aceptan con simplicidad el dogma de fe, colocando toda la esperanza de su salvación en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo: todos estos comparten con nosotros una misma forma de pensar. Pedimos a Dios tener también nosotros parte con ellos en el Señor.


Ciclo B: Mt 28, 16-20

HOMILÍA

San Basilio Magno, Tratado [atribuido] sobre el bautismo (Lib 1, cap 1, 1-2: PG 51, 1514-1515)

Es necesario imponerse primero en la doctrina
del Señor y luego iniciarse en el bautismo

Nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito del Dios vivo, cuando, después de haber resucitado de entre los muertos, hubo recibido la promesa de Dios Padre, que le decía por boca del profeta David: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra, y hubo reclutado discípulos, lo primero que hace es revelarles con estas palabras el poder recibido del Padre: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la' tierra. E inmediatamente después les confió una misión diciendo: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Habiendo, pues, el Señor ordenado primero: Haced discípulos de todos los pueblos, y agregado después: Bautizándolos, etc., vosotros, omitiendo el primer mandato, nos habéis apremiado a que os demos razón del segundo; y nosotros, convencidos de actuar contra el precepto del Apóstol, si no os respondemos inmediatamente —puesto que él nos dice: Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere—, os hemos transmitido la doctrina del bautismo según el evangelio del Señor, bautismo mucho más excelente que el de Juan. Pero lo hemos hecho de forma que sólo hemos recogido una pequeña parte del inmenso material que, sobre el bautismo, hallamos en las sagradas Escrituras.

Sin embargo, hemos creído necesario recurrir al orden mismo transmitido por el Señor, para que de esta suerte también vosotros, adoctrinados primeramente sobre el alcance y el significado de esta expresión: Haced discípulos y recibida después la doctrina sobre el gloriosísimo bautismo, lleguéis prósperamente a la perfección, aprendiendo a guardar todo lo que el Señor mandó a sus discípulos, como está escrito. Aquí, pues, le hemos oído decir: Haced discípulos, pero ahora es necesario hacer mención de lo que sobre este mandato se ha dicho en otros lugares; de esta forma, habiendo descubierto primero una sentencia grata a Dios, y observando luego el apto y necesario orden, no nos apartaremos de la inteligencia de este precepto, según nuestro propósito de agradar a Dios.

El Señor tiene por costumbre explicar claramente lo que en un primer momento se había enseñado como de pasada, acudiendo a argumentos aducidos en otro contexto. Un ejemplo: Amontonad tesoros en el cielo. Aquí se limita a una afirmación escueta; cómo haya que hacerlo concretamente, lo declara en otro lugar, cuando dice: Vended vuestros bienes, y dad limosna; haced talegas que no se echen a perder, un tesoro inagotable en el cielo.

Por tanto —y esto lo sabemos por el mismo Señor—, discípulo es aquel que se acerca al Señor con ánimo de seguirlo, esto es, para escuchar sus palabras, crea en él y le obedezca como a Señor, como a rey, como a médico, como a maestro de la verdad, por la esperanza de la vida eterna con tal que persevere en todo esto, como está escrito: Dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres», entendiéndolo indudablemente de la libertad del alma, por la que se libera de la virulenta tiranía del diablo, al liberarse de la esclavitud del pecado.


Ciclo C: Jn 16, 12-15

HOMILÍA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Trinidad (Lib 12, 55-56: PL 10, 468-472)

Bendito sea Dios por los siglos de los siglos

Según mi criterio, no es suficiente afirmar, en la confesión de mi fe, que el Señor Jesucristo, mi Dios y tu Unigénito, no es una mera criatura; ni soporto que se emplee una tal expresión al referirse a tu santo Espíritu, que procede de ti y es enviado por medio de él. Yo siento una gran veneración por las cosas que a ti te conciernen. Sabiendo que sólo tú eres el Ingénito y que el Unigénito ha nacido de ti, no se me ocurrirá no obstante decir queel Espíritu Santo ha sido engendrado, ni jamás afirmaré que ha sido creado. Me temo que, de esta manera de hablar, que me es común con el resto de tus representantes, pudieran derivarse para ti hasta ciertas mal disimuladas injurias. Según el Apóstol, tu Espíritu Santo sondea y conoce tus profundidades y tu abogado en favor mío te dice cosas que yo jamás sería capaz de decir: ¿y yo, a la potencia de su naturaleza permanente que procede de ti a través de tu Unigénito, no sólo la llamaré, sino que además la infamaré llamándola «creada»? Nada, sino algo que te pertenezca, puede penetrar tu intimidad: ni el abismo de tu inmensa majestad puede ser mensurado por fuerza alguna que te sea ajena o extraña. Todo lo que está en ti es tuyo: ni puede serte ajeno lo que es capaz de sondearte.

Para mí es inenarrable el que te dice, en favor mío, palabras que yo no puedo expresar. Pues, así como en la generación de tu Unigénito, antes de todos los tiempos, queda en suspenso toda ambigüedad de expresión y toda dificultad de comprensión, y resta solamente que ha sido engendrado por ti, así también, aun cuando no llegue a percibir con los sentidos la procesión de tu Espíritu Santo de ti a través de él, lo percibo no obstante con la conciencia.

En efecto, en las cosas espirituales soy tardo de comprensión, como dice tu Unigénito: No te extrañes de que te haya dicho: «Tenéis que nacer de nuevo»; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu. Habiendo obtenido la fe de mi regeneración, no la entiendo; y poseo ya lo que ignoro. Renazco sin yo sentirlo, con sola la virtualidad de renacer. Al Espíritu no se le puede canalizar: habla cuando quiere, lo que quiere y donde quiere. Si, pues, desconozco el motivo de sus idas y venidas, aun siendo consciente de su presencia, ¿cómo podré colocar su naturaleza entre las cosas creadas y limitarla pretendiendo definir su origen? Todo se hizo por el Hijo, que en el principio estaba junto a ti, oh Dios, y la Palabra era Dios, como dice tu evangelista Juan. Y Pablo enumera todas las cosas creadas por medio de él: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Y mientras recuerda que todo ha sido creado en Cristo y por Cristo, del Espíritu Santo juzgó suficiente con indicar que es tu Espíritu.

Abrigando, como abrigo, los mismos sentimientos en tales materias que estos santos varones expresamente elegidos por ti, de suerte que no me atreveré a afirmar de tu Unigénito nada que, según su criterio, supere el nivel de mi propia comprensión, excepto que ha nacido; de idéntico modo tampoco diré de tu Espíritu Santo nada que, según ellos, vaya más allá de las posibilidades de la inteligencia humana, excepto que es tu Espíritu. Ni quiero perderme en una inútil pugna de palabras, sino mantenerme más bien en la perenne profesión de una fe inquebrantable.

Conserva, te lo ruego, esta incontaminada norma de mi fe y, hasta mi postrer aliento, concede esta voz a mi conciencia, para que me mantenga siempre fiel a lo que he profesado en el Símbolo de mi nuevo nacimiento, cuando fui bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: a saber, que pueda siempre adorarte a ti, Padre nuestro, junto con tu Hijo, y merezca a tu Espíritu Santo, que procede de ti a través de tu Unigénito. Porque para mí, mi Señor Jesucristo es idóneo testigo para creer, él que dijo: Padre, todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; él que permanece siempre Dios en ti, de ti y junto a ti. ¡Bendito él por los siglos de los siglos! Amén.

 

Jueves después de la Santísima Trinidad

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad


PRIMERA LECTURA

Del libro del Exodo 24, 1-11

Vieron a Dios y comieron y bebieron

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

«Sube a mí con Aarón, Nadab y Abihú y los setenta ancianos de Israel, y prosternaos a distancia. Después se acercará Moisés solo, no ellos; y el pueblo que no suba». «Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:

«Haremos todo lo que dice el Señor».

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor.

Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:

«Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos».

Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos».

Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, y vieron al Dios de Israel: bajo los pies tenía una especie de pavimento, brillante como el mismo cielo. Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, que pudieron contemplar a Dios, y después comieron y bebieron.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Homilía 10 (PG 77,1015-1018)

Se nos presentan dones divinos, está preparada la mística mesa

¿Puede haber algo más agradable y delicioso para hombres piadosos y deseosos de la verdadera vida, que gozar perpetuamente de Dios y encontrar reposo pensando en él? Porque si los que comen y beben hasta la saciedad y secundan sus fluctuantes caprichos tienen un cuerpo robusto y pletórico de vida, ¿cuánto más quienes se preocupan del alma y se nutren de las tranquilas aguas de la divina predicación, brillarán vestidos del tisú de oro y brocados, como atestigua el profeta?

Pues bien, cuando, de la palestra espiritual, llegamos al final de los misterios vivíficos, y el Señor ha puesto a nuestra disposición, como viático de inmortalidad, dones que superan toda ponderación, ¡ánimo! cuantos en este mundo suspiráis por las delicias de los arcanos, y, hechos partícipes de la vocación celestial, vestidos de una fe sincera como de un vestido nupcial, dirijámonos con presteza a la mística cena. Cristo nos recibe hoy en un banquete, Cristo nos sirve hoy; Cristo, el enamorado de los hombres, nos recrea.

Es tremendo lo que se dice, formidable lo que se realiza. Es inmolado aquel ternero cebado; es sacrificado el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. El Padre se alegra: el Hijo se ofrece espontáneamente al sacrificio, que hoy no ejecutan ya los enemigos de Dios, sino él mismo, para significar que, por la salvación de los hombres, él ha padecido voluntariamente el suplicio. ¿Quieres que te demuestre cómo en lo que acabo de decir se contiene el signo de una realidad concreta?

No te fijes en la brevedad de mis palabras o en nuestra insignificancia, sino en la voz y en la autoridad de quienes con anterioridad predicaron estas cosas. ¿Te das cuenta de la gran dignidad del pregonero? Fíjate ahora y considera la fuerza de cuanto él ha predicho. Dice: La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas; ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa. Estas cosas, carísimo, son símbolo de cuanto ahora se realiza. Las delicias de este banquete, espléndido por la magnificencia y variedad de sus manjares, son para ti. Está presente el autor mismo de tal magnificencia, se nos presentan dones divinos, está preparada la mística mesa, se ha mezclado el vino. Quien invita es el Rey de la gloria; el maestro de ceremonias es el Hijo de Dios; el Dios encarnado invita al Verbo: la Sabiduría subsistente de Dios Padre, que se construyó un templo no edificado por hombres, es la que distribuye su cuerpo como pan, y su sangre vivificante la escancia como vino. ¡Oh tremendo misterio!, ¡oh inefable designio del divino consejo!, ¡oh irrastreable bondad! El Creador se ofrece como alimento a la criatura, la misma vida se ofrece a los mortales como comida y bebida. Venid, comed mi cuerpo —nos exhorta—, y bebed el vino que he mezclado para vosotros. Yo mismo me he preparado como alimento, yo mismo me he mezclado para quienes lo deseen. Libremente me he encarnado, yo que soy la vida; voluntariamente quise ser partícipe de la carne y de la sangre, yo que soy el Verbo y la impronta hipostática del Padre, para salvaros. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Jueves después de la Santísima Trinidad
EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Solemnidad

EVANGELIO

Ciclo A: Jn 6, 51-59

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 272 (Edit Maurist t. 5, 1103-1104)

Cristo consagró en su mesa el misterio de la paz
y de nuestra unidad

Esto que veis sobre el altar de Dios es un pan y un cáliz: de ello dan testimonio vuestros mismos ojos; en cambio, vuestra fe os enseña a ver en el pan el cuerpo de Cristo, y en el cáliz la sangre de Cristo.

Os lo he dicho en breves palabras, y quizá a la fe le sea suficiente; pero la fe desea ser instruida. Podríais ahora replicarme: Nos has mandado que creamos, explícanoslo para que lo entendamos. Puede, en efecto, aflorar este pensamiento en la mente de cualquiera: Sabemos de quién tomó la carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. De niño fue amamantado, alimentado, creció, llegó a la edad juvenil, fue muerto en el madero, fue bajado de la cruz, fue sepultado, resucitó al tercer día y, el día que quiso, subió al cielo llevándose allí su propio cuerpo; de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos, allí está ahora sentado a la derecha del Padre: ¿cómo el pan puede ser su cuerpo? Y el cáliz, o lo que el cáliz contiene, ¿cómo puede ser su sangre?

Estas cosas, hermanos, se llaman sacramentos, porque una cosa es lo que se ve y otra lo que se sobreentiende. Lo que se ve tiene un aspecto corporal, lo que se sobreentiende posee un fruto espiritual. Si quieres comprender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol dirigiéndose a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros.

Por tanto, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está colocado vuestro misterio: recibís vuestro misterio. A lo que sois respondéis: Amén, y al responder lo suscribís. En efecto, se te dice: El cuerpo de Cristo, y respondes: Amén. Sé miembro del cuerpo de Cristo y tu Amén será verdadero.

¿Y por qué, pues, en el pan? Para no aportar aquí nada de nuestra cosecha, escuchemos al mismo Apóstol, quien hablando de este sacramento dice: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo. Comprended y alegraos: unidad, verdad, piedad, caridad. El pan es uno: ¿quién es este único pan? Siendo muchos, formamos un solo cuerpo. Tened en cuenta que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Sed lo que veis y recibid lo que sois. Esto es lo que dijo el Apóstol hablando del pan. Qué es lo que hemos de entender por el cáliz nos lo insinúa claramente, aunque sin decirlo. Así como para obtener la especie visible del pan ha habido que fusionar muchos granos en una sola realidad, para que se verifique lo que la Escritura santa dice de los fieles: Todos pensaban y sentían lo mismo, lo mismo sucede con el vino. Recordad, hermanos, cómo se elabora el vino. Son muchos los granos que componen el racimo, pero el zumo de los granos se confunde en una realidad.

Así también, Cristo, el Señor, nos selló a nosotros, quiso que le perteneciéramos, consagró en su mesa el misterio de la paz y de nuestra unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no mantiene el vínculo de la paz, no recibe el misterio en favor suyo, sino como testimonio contra él.
 

Ciclo B: Mc 14, 12-16.22-26

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo. Homilía 82 sobre el evangelio de san Mateo (1: PG 58, 737-739)

He deseado enormemente comer esta comida pascual

Durante la cena, cogió el pan y lo partió. ¿Por qué instituyó este misterio durante la Pascua? Para que deduzcas de todos sus actos que él fue el legislador del antiguo Testamento, y que todas las cosas que en él se contienen fueron esbozadas con vistas a la nueva alianza. Por eso, donde estaba la figura, Cristo entronizó la verdad. La tarde era el símbolo de la plenitud de los tiempos, e indicaba que las cosas estaban tocando ya su fin. Pronunció la bendición, enseñándonos cómo hemos de celebrar nosotros este misterio, mostrando que no va forzado a la pasión y preparándonos a nosotros para que todo cuanto suframos lo sepamos soportar con hacimiento de gracias, y sacando del sufrimiento un refuerzo de la esperanza.

Pues si ya el tipo o la figura fue capaz de liberar de una tan grande esclavitud, con más razón liberará la verdad a la redondez de la tierra y redundará en beneficio de nuestra raza. Por eso Cristo no instituyó antes este misterio, sino tan sólo en el momento en que estaban para cesar las prescripciones legales. Abolió la más importante de las solemnidades judaicas, convocando a los judíos en torno a otra mesa mucho más santa, y dijo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.

Y ¿cómo no se turbaron al oír esto? Porque ya antes Cristo les había dicho muchas y grandes cosas de este misterio. Por eso ahora no se extiende en explicaciones, pues ya habían oído bastante sobre esta materia. En cambio, sí que les dice cuál es la causa de la pasión: el perdón de los pecados. Llama a su sangre «sangre de la nueva alianza», es decir, de la promesa y de la nueva ley. En efecto, esto es lo que ya antiguamente había prometido y lo confirma la nueva alianza. Y así como la antigua alianza ofreció ovejas y novillos, la nueva ofrece la sangre del Señor. Insinúa además en este pasaje que él tenía que morir: por eso hace alusión al testamento y menciona asimismo el antiguo: de ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza. Nuevamente declara la causa de su muerte: Que será derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y añade: Haced esto en conmemoración mía.

¿No os dais cuenta cómo retrae y aparta a sus discípulos de los ritos judaicos? Que es como si dijera: Vosotros celebrabais aquella cena en conmemoración de los prodigios obrados en Egipto; celebrad la nueva cena en conmemoración mía. Aquella sangre fue derramada para salvar a los primogénitos; ésta, para el perdón de los pecados de todo el mundo. Esta es mi sangre —dice— que será derramada para el perdón de los pecados. Dijo esto, sin duda, tanto para demostrar que la pasión y la muerte son un misterio, como para, de esta forma, consolar nuevamente a sus discípulos.Y así como Moisés dijo: Es ley perpetua para vosotros, así dijo también él: En conmemoración mía, hasta que vuelva. Por eso afirma: He deseado enormemente comer esta comida pascual; es decir, he deseado haceros entrega de esta nueva realidad, daros una pascua con la cual os convertiré en hombres espirituales.

Y él mismo bebió también de él. Para evitar que al oír estas palabras replicasen: ¿Cómo? ¿Vamos a beber sangre y a comer carne?, y se escandalizaran —pues hablando en otra ocasión de este tema, muchos se escandalizaron de sus palabras—; pues bien, para que no tuvieran motivo de escándalo, él es el primero en dar ejemplo, induciéndolos a participar en estos misterios con ánimo tranquilo. Por esta razón, él mismo bebió su sangre.


Ciclo C: Lc 9, llb-17

HOMILÍA

San Juan Crisóstomo, Homilía 24, sobre la primera carta a los Corintios (4: PG 61, 204-205)

Acerquémonos a Cristo con fervor

Cristo nos dio su carne para saciarnos, invitándonos a una amistad cada vez más íntima. Acerquémonos, pues, a él con fervor y con una ardiente caridad, y no incurramos en castigo. Pues cuanto mayores fueren los beneficios recibidos, tanto más gravemente seremos castigados si nos hiciéramos indignos de tales beneficios.

Los magos adoraron también este cuerpo recostado en un pesebre. Y siendo hombres irreligiosos y paganos, abandonando casa y patria, recorrieron un largo camino, y al llegar, lo adoraron con gran temor y temblor. Imitemos al menos a estos extranjeros nosotros que somos ciudadanos del cielo. Ellos se acercaron efectivamente con gran temor a un pesebre y a una gruta, sin descubrir ninguna de las cosas que ahora te es dado contemplar: tú, en cambio, no lo ves en un pesebre, sino sobre un altar; no contemplas a una mujer que lo tiene en sus brazos, sino al sacerdote que está de pie en su presencia y al Espíritu, rebosante de riqueza, que se cierne sobre las ofrendas. No ves simplemente, como ellos, este mismo cuerpo, sino que conoces todo su poder y su economía de salvación, y nada ignoras de cuanto él ha hecho, pues al ser iniciado, se te enseñaron detalladamente todas estas cosas. Exhortémonos, pues, mutuamente con un santo temor, y demostrémosle una piedad mucho más profunda que la que exhibieron aquellos extranjeros para que, no acercándonos a él temeraria y desconsideradamente, no se nos tenga que caer la cara de vergüenza.

Digo esto no para que no nos acerquemos, sino para que no nos acerquemos temerariamente. Porque así como es peligroso acercarse temerariamente, así la no participación en estas místicas cenas significa el hambre y la muerte. Pues esta mesa es la fuerza de nuestra alma, la fuente de unidad de todos nuestros pensamientos, la causa de nuestra esperanza: es esperanza, salvación, luz, vida. Si con este bagaje saliéramos de aquel sacrificio, con confianza nos acercaríamos a sus atrios sagrados, como si fuéramos armados hasta los dientes con armadura de oro.

¿Hablo quizá de cosas futuras? Ya desde ahora este misterio te ha convertido la tierra en un cielo. Abre, pues, las puertas del cielo y mira; mejor dicho, abre las puertas no del cielo sino del cielo de los cielos, y entonces contemplarás lo que se ha dicho. Todo lo que de más precioso hay allí, te lo mostraré yo aquí yaciendo en la tierra. Pues así como lo más precioso que hay en el palacio real no son los muros ni los techos dorados, sino el rey sentado en el trono real, así también en el cielo lo más precioso es la persona del Rey.

Y la persona del Rey te es dado contemplarla ya ahora en la tierra. Pues no te presento a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a los cielos, ni a los cielos de los cielos, sino al mismo Señor de todos ellos. ¿Te das cuenta cómo en la tierra contemplas lo que hay de más precioso? Y no solamente lo ves, sino que además lo tocas; y no sólo lo tocas, sino que también lo comes; y después de haberlo recibido, te vuelves a tu casa. Purifica, por tanto, tu alma, prepara tu menté a la recepción de estos misterios.

 

Viernes posterior al segundo domingo
después de Pentecostés

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Solemnidad


PRIMERA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-39

El amor de Dios, manifestado en Cristo

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

¿Cabe decir más? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros?

¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza». Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado.

Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 157, sobre las palabras del Apóstol (2-3: PL 38, 860-861)

Dios no perdonó a su propio Hijo

Hermanos, como hombres mansos y humildes, caminad por el camino recto, que nos indica el Señor. De él dice el salmo: Hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. Ciertamente, en las dificultades de la presente vida, nadie puede conservar inalterable la paciencia, sin la cual es imposible salvaguardar la esperanza de la vida futura, si no es el hombre manso y humilde, que no opone resistencia a la voluntad de Dios, cuyo yugo es suave y cuya carga es ligera, aunque lo es solamente para los que creen en Dios, esperan en él y le aman.

Así pues, si sois mansos y humildes, no sólo amaréis sus consuelos, sino que soportaréis como buenos hijos incluso sus castigos; de este modo aguardaréis en la paciencia lo que esperáis sin ver. Vivid así, caminad así. Camináis efectivamente en Cristo, que dijo: Yo soy el camino. Cómo haya de caminarse en Cristo debéis aprenderlo no sólo de sus palabras, sino también de su ejemplo.

Y a este su propio Hijo el Padre no lo perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, no ciertamente contra su voluntad o ante su oposición, sino queriéndolo igualmente; porque una misma es la voluntad del Padre y del Hijo, dada la igualdad de la naturaleza divina. Siendo, pues, de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; sino que, haciéndose singularmente obediente, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Pues él mismo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Así pues, el Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, para que él se entregase a sí mismo por nosotros.

El, el excelso, por medio del cual se hizo todo, fue efectivamente entregado en su condición de esclavo a la vergüenza de la gente y al desprecio del pueblo, a los ultrajes, a los azotes, a la muerte de cruz: él nos enseñó con el ejemplo de su pasión de cuánta paciencia hemos de revestirnos para caminar en él; y con el ejemplo de su resurrección nos ha confirmado en lo que pacientemente hemos de esperar de él.

Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia. Es cierto que esperamos lo que no vemos: pero somos el cuerpo de aquella Cabeza, en la que vemos ya realizadas nuestras actuales esperanzas. En efecto, de él se ha dicho que es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia, el primogénito, y así es el primero en todo. Y de nosotros está escrito: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Cuando esperamos lo que no vemos, esperamos con perseverancia, seguros; porque el que resucitó es nuestra cabeza y conserva firme nuestra esperanza.

Y como nuestra cabeza, antes de resucitar, fue flagelado, ha reforzado nuestra paciencia. Pues está escrito: El Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. No desmayemos, por tanto, en el castigo, para llegar a las alegrías de la resurrección. Pues hasta tal punto es verdad que castiga a sus hijos preferidos, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

Teniendo, pues, fija la mirada en aquel que, sin culpa de pecado, fue flagelado, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó por nuestra justificación, no temamos ser rechazados cuando estamos bajo el peso del castigo; confiemos más bien en ser acogidos en base a la justificación.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS

 

Viernes posterior al segundo domingo
después de Pentecostés
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Solemnidad

EVANGELIO


Ciclo A: Mt 11, 25-30

HOMILÍA

San Buenaventura, El árbol de la vida (Opúsculo 3, 29-30.47: Opera omnia 8, 79)

En ti está la fuente viva

Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es este que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!

Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán al que atravesaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.

Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que anida en la pared de una cueva; el gorrión que ha encontrado una casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.

Corre, con vivo deseo, a esta fuente de vida y de luz, quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:

«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!

¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable! De ti procede el río que alegra la ciudad de Dios, para que, con voz de regocijo y gratitud, te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz».


Ciclo B: In 19, 31-37

HOMILÍA

San Agustín de Hipona, Sermón 213 (18: Edit Maurist 5, 942)

La lanza traspasó el costado de Cristo
y manó nuestro precio

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Fíjate lo poco que cuesta pronunciar estas palabras y lo profundo que es su significado. Es Dios y es Padre: Dios por el poder, Padre por su bondad. ¡Qué felices somos los que en Dios hemos hallado a nuestro Padre! Creamos, pues, en él y prometámonos todo de su misericordia, porque es todopoderoso: por eso creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso.

Que nadie diga: no me puede perdonar los pecados. ¿Cómo no va a poder el todopoderoso? Pero insistes: he pecado mucho. Y yo te replico: pero es todopoderoso. Y tú vuelves a la carga: He cometido tales pecados, que nunca podré ser liberado o purificado. Respondo: y sin embargo, él es todopoderoso.

En el Símbolo decimos también: en el perdón de los pecados. Si esto no se diese en la Iglesia, no habría ninguna esperanza. Si en la Iglesia no hubiera perdón de los pecados, no habría ninguna esperanza de vida futura y de eterna liberación. Damos gracias a Dios por haber otorgado a la Iglesia este don.

He aquí que pronto os acercaréis a la fuente santa, seréis purificados en el bautismo, quedaréis renovados por el saludable baño del segundo nacimiento; al salir de aquel baño, estaréis limpios de todo pecado.

Todo el pasado que os perseguía será allí cancelado. Vuestros pecados eran semejantes a los egipcios que salieron en persecución de los israelitas: los persiguieron, pero hasta el mar Rojo. ¿Qué significa hasta el mar Rojo? Hasta la fuente bautismal consagrada por la cruz y la sangre de Cristo. Pues lo que es rojo, enrojece. ¿No ves cómo enrojece la heredad de Cristo? Pregunta a los ojos de la fe. Si ves la cruz, fíjate también en la sangre; si ves lo que cuelga, fijate en lo que derramó. La lanza traspasó el costado de Cristo y manó nuestro precio. Por eso, el bautismo, es decir, el agua en que sois inmersos, va marcado con el signo de Cristo, y es como si atravesareis el mar Rojo. Vuestros pecados son vuestros enemigos: os siguen, pero hasta el mar.

Una vez que hayáis entrado, vosotros saldréis, pero ellos serán aniquilados: lo mismo que ocurrió con los israelitas: ellos caminaban a pie enjuto, mientras que a los egipcios los cubrió el agua. Y ¿qué dice la Escritura? Y ni uno solo se salvó. Sean muchos o pocos tus pecados, sean graves o leves: ni el más pequeño se salvó. Pero como quiera que nuestra victoria se sitúa en este mundo, en el que nadie puede vivir sin pecado, el perdón de los pecados no es exclusivo de la sola ablución bautismal, sino que está también vinculado a la oración dominical y cotidiana, que recibiréis a los ocho días. En ella encontraréis algoasí como vuestro bautismo de cada día, para que podáis dar gracias a Dios, que otorgó a su Iglesia este don.


Ciclo C: Lc 15, 3-7

HOMILÍA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 118 (Sermón 22, 3.27-30: CSEL 62, 489-490.502-504; PL 15, 1512.1520-1521)

Ven, Señor, busca a tu oveja

En su evangelio, el mismo Señor Jesús aseguró que el pastor deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la descarriada. Es la oveja centésima de la que se dice que se había descarriado: que la misma perfección y plenitud del número te instruya y te informe. No sin razón se le da la preferencia sobre las demás, pues es más valioso un consciente retorno del mal que un casi total desconocimiento de los mismos vicios. Pues el haber enmendado el alma enfangada en el vicio, liberándola de las trabas de la concupiscencia, no solamente es indicio de una virtud consumada, sino que es, además, signo eficaz de la presencia de la divina gracia. Ahora bien, enmendar el futuro es incumbencia de la atención humana; condonar el pretérito es competencia del divino poder.

Una vez encontrada la oveja, el pastor la carga sobre sus hombros. Considera atentamente el misterio: la oveja cansada halla el reposo, pues la extenuada condición humana no puede recuperar las fuerzas sino en el sacramento de la pasión del Señor y de la sangre de Jesucristo, que lleva a hombros el principado; de hecho, en la cruz cargó con nuestras enfermedades, para aniquilar en ella los pecados de todos. Con razón se alegran los ángeles, porque el que antes erró, ya no yerra, se ha olvidado ya de su error.

Me extravié como oveja perdida: busca a tu siervo, que no olvida tus mandatos. Busca a tu siervo, pues la oveja descarriada ha de ser buscada por el pastor, para que no perezca. Ahora bien: el que se extravió puede volver al camino, puede ser reconducido al camino. Ven, pues,

Señor Jesús, busca a tu siervo, busca a tu oveja extenuada; ven, pastor, guía a José como a un rebaño. Se extravió una oveja tuya mientras tú te detenías, mientras discurrías por los montes. Deja tus noventa y nueve ovejas y ven en busca de la descarriada. Ven, pero no con la vara, sino con la caridad y la mansedumbre del Espíritu.

Búscame, pues yo te busco. Búscame, hállame, recíbeme, llévame. Puedes hallar al que tú buscas; te dignas recibir al que hubieres encontrado, y cargar sobre tus hombros al que hubieras acogido. No te es enojosa esta piadosa carga, no te es oneroso transportar la justicia. Ven, pues, Señor, pues si es verdad que me extravié, sin embargo no olvidé tus mandatos; tengo mi esperanza puesta en la medicina. Ven, Señor, pues eres el único capaz de reconducir la oveja extraviada; y a los que dejares, no les causarás tristeza, y a tu regreso ellos mismos mostrarán a los pecadores su alegría. Ven a traer la salvación a la tierra y alegría al cielo.

Ven, pues, y busca a tu oveja, no ya por mediación de tus siervos o por medio de mercenarios, sino personalmente. Recíbeme en la carne, que decayó en Adán. Recíbeme como hijo no de Sara, sino de María, para que sea una virgen incorrupta, pero virgen de toda mancha de pecado por la gracia. Llévame sobre la cruz, que es salvación para los extraviados: sólo en ella encuentran descanso los fatigados, sólo en ella tienen vida todos los que mueren.

 

SEMANA I DEL TIEMPO ORDINARIO

En lugar del domingo 1 del tiempo ordinario se celebra la fiesta del Bautismo del Señor.



LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del Génesis 1, 1-2, 4a

La creación del cielo y de la tierra

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió. Y vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla: llamó Dios a la luz «día», y a la tiniebla «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.

Y dijo Dios: Que exista una bóveda entre las aguas, que separe aguas de aguas. E hizo Dios una bóveda y separó las aguas de debajo de la bóveda de las aguas de encima de la bóveda. Y así fue. Y llamó Dios a la bóveda «cielo». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.

Y dijo Dios: Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezcan los continentes. Y así fue. Y llamó a los continentes «tierra», y a la masa de las aguas la llamó «mar». Y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: Verdee la tierra hierba verde, que engendre semilla y árboles frutales que den fruto según su especie, y que lleven semilla sobre la tierra. Y así fue. La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie.

Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.

Y dijo Dios: que existan lumbreras en la bóveda del cielo para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y sirvan de lumbreras en la bóveda del cielo para dar luz sobre la tierra. Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, y la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

Y dijo Dios: Pululen las aguas un pulular de vivientes, y pájaros que vuelen sobre la tierra frente a la bóveda del cielo. Y creó Dios los cetáceos y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo diciendo: Creced, multiplicaos, llenad las aguas del mar; que las aves se multipliquen sobre la tierra. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

Y dijo Dios: Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según sus especies. Y así fue. E hizo Dios las fieras según sus especies, los animales domésticos según sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra.

Y dijo Dios: Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra, y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra –a todo ser que respira–, la hierba verde les servirá de alimento. Y así fue.

Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día' sexto.

Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus ejércitos. Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo que había hecho; y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de todo el trabajo que Dios había hecho cuando creó.

Esta es la historia de la creación del cielo y de la tierra.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 13 sobre el libro del Génesis (4: PG 12, 234-235)

Purificados por su palabra, Dios hace resplandecer en
nosotros la imagen del hombre celestial

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. El pintor de esta imagen es el Hijo de Dios. Y por tratarse de un pintor tan grande y de tanta calidad, su imagen puede ser afeada por la incuria, pero no borrada por la malicia. Pues la imagen de Dios permanece siempre en ti, aun cuando tú mismo superpongas la imagen del hombre terreno. Esta imagen del hombre terreno, que Dios no dibujó en ti, tú mismo te la vas pintando mediante la variada gama de tipos de malicia, cual si de una combinación de diversos colores se tratara. Por eso hemos de suplicar a aquel que dice por boca del profeta: He disipado como niebla tus rebeliones; como nube, tus pecados. Y cuando haya borrado en ti todos estos colores procedentes de los fraudes de la malicia, entonces resplandecerá en ti la imagen creada por Dios. Ya ves cómo las sagradas Escrituras traen a colación formas y figuras mediante las cuales aprenda el alma a conocerse y a purificarse a sí misma.

¿Quieres contemplar todavía esta imagen desde otra perspectiva? Hay cartas que Dios escribe y cartas que escribimos nosotros. Las cartas del pecado las escribimos nosotros. Escucha cómo se expresa el Apóstol: Borró —dice— el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz. Esto que el Apóstol llama protocolo, fue la caución de nuestros pecados. Pues cada uno de nosotros es deudor de aquello en que delinque y escribe la carta de sus pecados. Pues en el juicio de Dios —cuya apertura describe Daniel—, dice que se abrieron los libros, aquellos sin duda que contienen los pecados de los hombres. Estos libros los escribimos nosotros con las culpas que cometemos. Por donde consta que nuestras cartas las escribe el pecado; las de Dios, la justicia. Así, en efecto, lo dice el Apóstol: Vosotros sois una carta, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón. Tienes, pues, en ti la carta de Dios, y la carta del Espíritu Santo. Pero si pecas, tú mismo firmas el protocolo del pecado.

Pero fíjate que con sólo acercarte una vez a la cruz de Cristo y a la gracia del bautismo, tu protocolo fue clavado en la cruz y borrado en la fuente bautismal. No vuelvas a escribir nuevamente lo que fue borrado, ni restaures lo que ha sido abolido; conserva en ti únicamente la carta de Dios; que permanezca en ti la Escritura del Espíritu Santo.



MARTES

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 2, 4b-25

La creación del hombre en el paraíso

Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado lluvia a la tierra, ni había hombre que cultivase el campo. Sólo un manantial salía del suelo y regaba la superficie del campo.

Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

En Edén nacía un río que regaba el jardín y después se dividía en cuatro brazos: el primero se llama Pisón y rodea todo el territorio de Javilá, donde se da el oro; el oro del país es de calidad, y también se dan allí ámbar y ónice. El segundo río se llama Guijón, y rodea todo el país de Cus. El tercero se llama Tigris, y corre al este de Asiria. El cuarto es el Éufrates.

El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara. El Señor Dios dio este mandato al hombre: Puedes comer de todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas; porque el día en que comas de él tendrás que morir.

El Señor Dios se dijo: «No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él que le ayude».

Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre les pusiera.

Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase.

Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un letargo, y el hombre se durmió. Le sacó una costilla y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó al hombre. Y el hombre dijo:

—¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre.

Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.

Los dos estaban desnudos, el hombre y la mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Libro sobre el Paraíso (1, 2-2, 6: CSEL 32, 266-267)

El Señor colocó al hombre en el paraíso como el sol
en el cielo, a la espera del reino de los cielos

El Señor plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.

Puesto que leemos en el Génesis que Dios plantó un jardín hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado, hemos dado ya con el autor de este jardín. ¿Quién si no pudo crear un jardín sino el Dios omnipotente que lo dijo, y existió, el que no necesita nada de lo que se dignó crear? Fue él efectivamente el que plantó el jardín del que dice la Sabiduría: la planta que no haya plantado mi Padre, será arrancada de raíz. Buena es la plantación de los ángeles, buena la de los santos; se ha dicho, en efecto, que en aquel futuro reinado de la paz, los santos —que son figura de los ángeles— se sentarán bajo su parra y su higuera sin sobresalto.

Tenemos, pues, un jardín en el que abundan los árboles y los árboles frutales, árboles pletóricos de savia y vigor, de los que se ha escrito: Aclaman los árboles del bosque, árboles en perpetua floración a causa del frescor de los méritos, como aquel árbol plantado al borde de la acequia, cuyas hojas no se marchitan, porque todo él es fruto exuberante. Este es, pues, el jardín.

El paraje donde plantó el jardín se llama «delicias». Por lo cual dice el santo David: les das a beber del torrente de tus delicias. Has leído que en Edén nacía un río que regaba el jardín. Así pues, estos árboles plantados en el jardín son regados como por el flujo del torrente del espíritu. De él se dice igualmente en otro lugar: el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Se refiere a aquella ciudad, la Jerusalén de arriba que es libre, en la que pululan los diversos méritos de los santos. En este jardín colocó Dios al hombre que había plasmado. Y ten presente ya desde ahora que el hombre que Dios colocó en el jardínno es el hombre creado a imagen de Dios, sino el hombre en cuanto ser corpóreo; lo incorpóreo no puede ubicarse.

Y lo colocó en el jardín como el sol en el cielo, a la espera del reino de los cielos, como la creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios. Ahora bien, si jardín es el lugar donde habían brotado matorrales, puede decirse que el jardín es el alma que multiplica la semilla recibida, en la que una a una se plantan las virtudes, en la que estaba también el árbol de la vida, esto es, la sabiduría, como dice Salomón: la sabiduría no procede de la tierra, sino del Padre; pues es el reflejo de la luz eterna y emanación de la gloria del Omnipotente.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 3, 1-24

El primer pecado

La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:

–¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?

La mujer contestó a la serpiente:

–Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; sólo del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: «No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte».

La serpiente replicó a la mujer:

–No es verdad que tengáis que morir. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.

La mujer se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; y cogió un fruto, comió, se lo alargó a su marido, y él también comió.

Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Oyeron al Señor que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa; el hombre y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre:

–¿Dónde estás?

El contestó:

–Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.

El Señor Dios le replicó:

—¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que yo te prohibí comer? Adán respondió:

—La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.

El Señor Dios dijo a la mujer:

—¿Qué es lo que has hecho?

Ella respondió:

—La serpiente me engañó, y comí.

El Señor Dios dijo a la serpiente:

—Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.

A la mujer le dijo:

—Mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará. Al hombre le dijo:

—Porque le hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol del que te prohibí comer, maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotarán para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo. Con sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás.

El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

El Señor Dios hizo pellizas para el hombre y su mujer y se las vistió.

Y el Señor Dios dijo:

-Mirad, el hombre es ya como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal. No vaya a echarle mano al árbol de la vida, coja de él, coma y viva para siempre.

Y el Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde le había sacado. Echó al hombre, y al oriente del jardín colocó a los querubines y la espada llameante que se agitaba, para cerrar el camino del árbol de la vida.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Carta primera (PG 77, 27-30)

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo para
que recibiéramos el ser hijos por adopción

Al introducir en el mundo a su primogénito, dice Dios: «Adórenlo todos los ángeles». Nosotros, en cambio, aunque estemos ungidos por el Espíritu Santo, seamos, por la gracia, contados entre los hijos de Dios y hasta se nos llame en ocasiones dioses, no olvidamos, sin embargo, la mediocridad de nuestra naturaleza. Procedemos efectivamente de la tierra y somos contados entre los siervos; mientras que él no está supeditado a las leyes de nuestra naturaleza, sino que, siendo Hijo por naturaleza y en verdad, es el Señor de todo el universo, y se ha dignado bajar desde los cielos hasta nosotros.

Los que hemos decidido mantenernos dentro de la ortodoxia, no osemos afirmar que Dios sea el padre de la carne, ni tampoco que la naturaleza divina ha nacido de una mujer antes de revestirse de la naturaleza humana: afirmamos que al Verbo, que de Dios tiene la naturaleza, y al hombre que nació perfecto de la Virgen santa, coincidiendo en la unidad, lo adoraremos como un único Señor y Cristo Jesús; de forma que a este único ni le excluyamos de la esfera de la divinidad en razón de la carne asumida, ni le incluyamos en los límites de la sola naturaleza humana en razón de la semejanza que comparte con nosotros.

Bien sentada esta doctrina, es fácil comprender por qué razón el Verbo, engendrado por Dios, soportó el voluntario anonadamiento, por qué motivo él, que por su naturaleza era libre, tomando la condición de siervo, se rebajó a sí mismo; de qué modo, finalmente, tiende una mano a los hijos de Abrahán y el Verbo-Dios se hace partícipe de la carne y de la sangre.

Porque si le consideramos como mero hombre semejante a nosotros, ¿cómo puede tender una mano a los hijos de Abrahán, como a algo naturalmente extraño y diferente de él? ¿Cómo pudo afirmarse que participó de nuestra propia carne, por la que se parece en todo a sus hermanos? Ya que quien se asemeja a otro, debe pasar de una forma desemejante a otra semejante.

Tendió, pues, el Verbo una mano a los hijos de Abrahán y, fabricándose un cuerpo tomado de mujer, se hizo partícipe de la carne y de la sangre, de manera que ya no es sólo Dios, sino que, por su unión con nuestra naturaleza, ha de ser considerado también hombre como nosotros. Ciertamente el Emmanuel está constituido por estas dos realidades, la divinidad y la humanidad. Sin embargo, es un solo Señor Jesucristo, un solo verdadero Hijo por naturaleza, aunque es Dios y hombre a la vez; no un hombre divinizado, igual a aquellos que por la gracia se hacen partícipes de la naturaleza divina, sino Dios verdadero, que, por nuestra salvación, se hizo visible en forma humana, como atestigua también san Pablo con estas palabras: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 4, 1-24
Consecuencias del pecado

El hombre se llegó a Eva, su mujer; ella concibió, dio a luz a Caín, y dijo:

–He adquirido un hombre con la ayuda del Señor.

Después dio a luz a Abel, el hermano. Abel era pastor de ovejas, y Caín trabajaba en el campo..

Pasado un tiempo, Caín ofreció al Señor dones de los frutos del campo, y Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, y no se fijó en Caín ni en su ofrenda; por lo cual Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín:

—¿Por qué te enfureces y andas abatido? Cierto, si obraras bien, estarías animado; pero si no obras bien, el pecado acecha a tu puerta; y aunque viene por ti, tú puedes dominarlo.

Caín dijo a su hermano Abel:

—Vamos al campo.

Y cuando estaban en el campo, Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.

El Señor dijo a Caín:

—¿Dónde está Abel, tu hermano?

Respondió Caín:

—No sé, ¿soy yo el guardián de mi hermano? El Señor le replicó:

–¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra. Por eso te maldice esa tierra que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Aunque trabajes la tierra, no volverá a darte su fecundidad. Andarás errante y perdido por el mundo.

Caín contestó al Señor:

—Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Hoy me destierras de aquí; tendré que ocultarme de ti, andando errante y perdido por el mundo; el que tropiece conmigo, me matará.

El Señor le dijo:

—El que mate a Caín lo pagará siete veces.

Y el Señor puso una señal a Caín para que, si alguien tropezase con él, no lo matara.

Caín salió de la presencia del Señor y habitó en Tierra Perdida, al este de Edén.

Caín se unió a su mujer, que concibió y dio a luz a Henoc. Caín edificó una ciudad y le puso el nombre de su hijo, Henoc.

Henoc engendró a Irad, Irad a Mejuyael, éste a Metusael y éste a Lamec.

Lamec tomó dos mujeres: una llamada Ada y otra llamada Sila. Ada dio a luz a Yabal, el antepasado de los pastores nómadas; su hermano se llamaba Yubal, el antepasado de los que tocan la cítara y la flauta.

Sila a su vez dio a luz a Tubalcaín, forjador de herramientas de bronce y hierro; tuvo una hermana que se llamaba Preciosa.

Lamec dijo a Ada y Sila, sus mujeres:

–Escuchadme, mujeres de Lamec, prestad oído a mis palabras: por un cardenal mataré a un hombre, a un joven por una cicatriz. Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete.

Adán se llegó otra vez a su mujer, que concibió, dio a luz un hijo y lo llamó Set, pues dijo:

–El Señor me ha dado un descendiente a cambio de Abel, asesinado por Caín.

También Set tuvo un hijo, que se llamó Enós, el primero que invocó el nombre del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 39 (11-14: PL 14, 1061-1062)

El sacrificio del justo Abel significó que el Señor Jesús iba
a ofrecerse por nosotros

Al comienzo del Libro está escrito de mí. Efectivamente, al comienzo del antiguo Testamento está escrito de Cristo que vendría para hacer la voluntad de Dios Padre relativa a la redención de los hombres, cuando se dice que Dios formó a Eva –figura de la Iglesia– como auxiliar del hombre. ¿Dónde si no podríamos encontrar ayuda mientras nos hallamos sometidos a la debilidad de nuestro cuerpo y a las turbulencias del mundo actual, más que en la gracia propia de la Iglesia, y en nuestra fe por la cual vivimos?

Al comienzo del Libro está escrito: ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Quién sea este que así habla o a qué se refiere este sacramento, escucha a Pablo cuando dice: Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Por eso exhorta al hombre a que ame a su mujer como Cristo ama a la Iglesia, pues somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. ¿Puede haber salvación mayor que estar con Cristo y adherirse a él en una concreta unidad corporal, en la que no hay mancha ni huella alguna de pecado?

Al comienzo del Libro está escrito que Dios se fijó en la ofrenda del justo Abel, pero no se fijó en la ofrenda del fratricida. ¿No significó abiertamente que el Señor Jesús iba a ofrecerse por nosotros, para consagrar en su pasión la gracia del nuevo sacrificio y abolir el rito del pueblo fratricida? ¿Hay algo más expresivo que el hecho mismo de que el santo Patriarca ofreciera al hijo e inmolara un carnero? ¿No manifestó abiertamente que habría de ser la carne, y no la divinidad del Unigénito de Dios, la que tendría que ser sometida al tormento de la sagrada pasión?

Al comienzo del Libro está escrito que iba a venir un hombre con poder sobre las potestades celestiales. Lo cual se cumplió cuando el Señor Jesús vino a la tierra y los ángeles lo servían, como él mismo se dignó decir: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Al comienzo del Libro está escrito: Será un cordero sin defecto, macho, de un año; toda la asamblea lo matará. Quién sea este cordero, lo habéis oído cuando se nos decía: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es el que fue muerto por todo el pueblo judío y todavía hoy sigue odiándole con odio implacable. Y ciertamente convenía que muriera por todos, para que en su cruz se llevara a cabo el perdón de los pecados y su sangre lavara las inmundicias del mundo.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 6, 5-22; 7, 17-24
El castigo de Dios por el diluvio

Al ver el Señor que la maldad del hombre crecía sobre la tierra, y que todo su modo de pensar era siempre perverso, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón. Y dijo:

—Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado; al hombre con los cuadrúpedos, reptiles y aves, pues me pesa de haberlos hecho.

Pero Noé alcanzó el favor del Señor.

Descendientes de Noé: Noé fue en su época un hombre recto y honrado y procedía de acuerdo con Dios, y engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet.

La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de crímenes. Dios vio la tierra corrompida, porque todos los vivientes de la tierra se habían corrompido en su proceder.

El Señor dijo a Noé:

—Veo que todo lo que vive tiene que terminar, pues por su culpa la tierra está llena de crímenes; los voy a exterminar con la tierra. Tú fabrícate un arca de madera resinosa con compartimientos, y calafatéala por dentro y por fuera. Sus dimensiones serán: ciento cincuenta metros de largo, veinticinco de ancho y quince de alto. Haz un tragaluz a medio metro del remate; una puerta al costado y tres cubiertas superpuestas. Voy a enviar el diluvio a la tierra, para que extermine a todo viviente que respira bajo el cielo; todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero hago un pacto contigo: Entra en el arca con tu mujer, tus hijos y sus mujeres. Toma una pareja de cada viviente, es decir, macho y hembra, y métela en el arca, para que conserve la vida contigo: pájaros por especies, cuadrúpedos por especies, reptiles por especies; de cada una entrará una pareja contigo para conservar la vida. Reúne toda clase de alimentos y almacénalos para ti y para ellos.

Noé hizo todo lo que le mandó Dios.

El diluvió cayó durante cuarenta días sobre la tierra. El agua al crecer levantó el arca, de modo que iba más alta que el suelo.

El agua se hinchaba y crecía sin medida sobre la tierra, y el arca flotaba sobre el agua; el agua crecía más y más sobre la tierra, hasta cubrir las montañas más altas bajo el cielo; el agua alcanzó una altura de siete metros y medio por encima de las montañas. Y perecieron todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra: aves, ganado y fieras y todo lo que bulle en la tierra; y todos los hombres. Todo lo que respira por la nariz con aliento de vida, todo lo que había en la tierra firme murió. Quedó borrado todo lo que se yergue sobre el suelo; hombres, ganado, reptiles y aves del cielo fueron borrados de la tierra; sólo quedó Noé y los que estaban con él en el arca.

El agua dominó sobre la tierra ciento cincuenta días.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 22 sobre el Evangelio de san Lucas (7-10: SC 87. 306-308)

Producid el fruto que la conversión pide

Sobre nuestro siglo pende la amenaza de una gran ira: todo el mundo deberá sufrir la ira de Dios. La ira de Dios provocará la subversión de la inmensidad del cielo, de la extensión de la tierra, de las constelaciones estelares, del resplandor del sol y de la nocturna serenidad de la luna. Y todo esto sucederá por culpa de los pecados de los hombres. En todo tiempo, es verdad, la cólera de Dios se desencadenó únicamente sobre la tierra, porque todos los vivientes de la tierra se habían corrompido en su proceder; ahora, en cambio, la ira de Dios va a descargar sobre el cielo y la tierra: los cielos perecerán, tú permaneces –se dirige a Dios–, se gastarán como la ropa. Considerad la calidad y la extensión de la ira que va a consumir el mundo entero y a castigar a cuantos son dignos de castigo: no le va a faltar materia en que ejercerse. Cada uno de nosotros suministramos con nuestra conducta materia a la ira. Dice, en efecto, san Pablo a los Romanos: Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios

¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Producid el fruto que la conversión pide. También a vosotros que os acercáis a recibir el bautismo, se os dice: producid el fruto que la conversión pide. ¿Queréis saber cuáles son los frutos que la conversión pide? El amor es fruto del Espíritu, la alegría es fruto del Espíritu, la paz, la comprensión, la servicialidad, la bondad, la lealtad la amabilidad, el dominio de sí y otras cualidades por el estilo. Si poseyéramos todas esas virtudes, habríamos producido los frutos que la conversión pide.

Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre»; porque os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán. Juan, el último de los profetas, profetiza aquí el rechazo del primer pueblo y la vocación de los paganos. A los judíos, que estaban orgullosos de Abrahán, les dice en efecto: Y no os hagáis ilusiones pensando: «Abrahán es nuestro padre»; y refiriéndose a los paganos, añade: Porque os digo que de estas piedras Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán. ¿De qué piedras se trata? No apuntaba ciertamente a piedras inanimadas y materiales: se refería más bien a los hombres insensibles y antaño obstinados que por haber adorado ídolos de piedra y de madera, se cumplió en ellos aquello que de los tales se canta en el salmo: Que sean igual los que los hacen, cuantos confían en ellos.

Realmente los que hacen y confían en los ídolos pueden parangonarse con sus dioses: insensibles e irracionales, se han convertido en piedras y leños. No obstante ver en la creación un orden, una armonía y una disciplina admirables; a pesar de ver la sorprendente belleza del cosmos, se niegan a reconocer al Creador a partir de la criatura; noquieren admitir que una organización tan perfecta postula una Providencia que la dirija: son ciegos y sólo ven el mundo con los ojos con que lo contemplan los jumentos y las bestias irracionales. No admiten la presencia de una razón, en un modo manifiestamente regido por la razón.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesís 8, 1 -22

El fin del diluvio

Entonces Dios se acordó de Noé y de todas las fieras y ganados que estaban con él en el arca; hizo soplar el viento sobre la tierra, y el agua comenzó a bajar; se cerraron las fuentes del océano y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo. El agua se fue retirando de la tierra y disminuyó, de modo que a los ciento cincuenta días, el día diecisiete del mes séptimo, el arca encalló en el monte de Ararat.

El agua fue disminuyendo hasta el mes décimo, y el día primero de ese mes asomaron los picos de las montañas. Pasados cuarenta días, Noé abrió el tragaluz que había hecho en el arca y soltó el cuervo, que voló de un lado para otro, hasta que se secó el agua de la tierra. Después soltó la paloma, para ver si el agua sobre la superficie estaba ya somera. La paloma, no encontrando dónde posarse, volvió al arca con Noé, porque todavía había agua sobre la superficie. Noé alargó el brazo, la agarró y la metió consigo en el arca. Esperó otros siete días y de nuevo soltó a la paloma desde el arca; ella volvió al atardecer con una hoja de olivo en el pico. Noé comprendió que el agua sobre la tierra estaba somera; esperó otros siete días, y soltó la paloma, que ya no volvió.

El año seiscientos uno, el día primero del mes primero se secó el agua en la tierra. Noé abrió el tragaluz del arca, miró y vio que la superficie estaba seca; el día diecisiete del mes segundo la tierra estaba seca.

Entonces dijo Dios a Noé:

–Sal del arca con tus hijos, tu mujer y tus nueras; todos los seres vivientes que estaban contigo, todos los animales, aves, cuadrúpedos o reptiles, hazlos salir contigo, para que bullan por la tierra y crezcan y se multipliquen en la tierra.

Salió, pues, Noé con sus hijos, su mujer y sus nueras; y todos los animales, cuadrúpédos, aves y reptiles salieron por grupos del arca.

Noé construyó un altar al Señor, tomó animales y aves de toda especie pura y los ofreció en holocausto sobre el altar. El Señor olió el aroma que aplaca y se dijo:

—No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre, porque el corazón humano piensa mal desde la juventud. No volveré a matar a los vivientes como acabo de hacerlo. Mientras dure la tierra no han de faltar siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, día y noche.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Sermón 19 (3: CCL 41, 253-254) Han cambiado los signos, no la fe

¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: leemos en efecto: Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero, ¿es que vas a prescindir del sacrificio?, ¿no vas a ofrecer nada?, ¿no vas a aplacar a Dios con alguna oblación? ¿Qué es lo que acabas de decir? Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Continúa, escucha y di: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Rechazando lo que ofrecías, has comprendido lo que has de ofrecer.

Ofrecías —según la tradición de los padres— víctimas de tus rebaños, que llevaban el nombre de sacrificios. Si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. No te interesan aquellos sacrificios, y no obstante buscas un sacrificio. Tu pueblo te dice: ¿Qué he de ofrecer, si no ofrezco lo queofrecía? El pueblo, efectivamente, es el mismo: unos mueren, otros nacen, pero el pueblo sigue siendo el mismo. Han cambiado los signos, no la fe. Han cambiado los signos con los que se significaba otra cosa, no la cosa significada. El carnero, el cordero y el cabrito significaban a Cristo: todo simbolizaba a Cristo.

El carnero, porque guía al rebaño: es el mismo que apareció enredado en las zarzas, cuando al padre Abrahán se le ordenó perdonar al hijo, pero no abandonar aquel lugar sin haber antes ofrecido un sacrificio. Isaac era Cristo, y el carnero era Cristo. Isaac llevaba la leña de su propio sacrificio: Cristo cargó con su propia cruz. El carnero ocupó el puesto de Isaac; Cristo no se sustituyó a sí mismo. Pero en Isaac y en el carnero está prefigurado Cristo.

El carnero estaba enredado en las zarzas por los cuernos; pregunta a los judíos dónde colocaron ellos la corona del Señor. Es cordero: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Es toro: observa los cuernos de la cruz. Es cabrito por su condición pecadora como la nuestra. Todo esto está velado mientras sopla la brisa y las sombras se alargan.

Así pues, los antiguos padres creyeron en el mismo Cristo, el Señor; y no sólo en cuanto Verbo, sino en cuanto que, el hombre Cristo Jesús, es el mediador entre Dios y los hombres. Creyeron y, con su predicación y sus profecías, nos han transmitido esa misma fe. Por eso dice el Apóstol: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé».

Pues bien: cuando el santo David decía: Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías, se ofrecían aquellos sacrificios, que ahora ya no se ofrecen. Por tanto, mientras cantaba, profetizaba; despreciaba los presentes, preveía los futuros. Si te ofreciera un holocausto –dice–, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedarte sin sacrificios? De ningún modo.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.

 

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 9, 1-17

Pacto de Dios con Noé y su descendencia

Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciéndoles:

Creced, multiplicaos y llenad la tierra. Todos los animales de la tierra os temerán y os respetarán: aves del cielo, reptiles del suelo, peces del mar están en vuestro poder. Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento: os lo entrego, lo mismo que los vegetales. Pero no comáis carne con sangre, que es su vida. Pediré cuentas de vuestra sangre y vida, se las pediré a cualquier animal; y al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano. Si uno derrama la sangre de un hombre, otro derramará la suya; porque Dios hizo al hombre a su imagen. Vosotros creced y multiplicaos, moveos por la tierra y dominadla.

Dijo Dios a Noé y a sus hijos:

—Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron, aves, ganado y fieras, con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: El diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.

Y ,Dios añadió:

—Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes. Saldrá el arco en las nubes, y al verlo recordaré mi pacto perpetuo: Pacto de Dios con todos los seres vivos con todo lo que vive en la tierra.

Dios dijo a Noé:

–Esta es la señal del pacto que hago con todo lo que vive en la tierra.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Comienza la carta a los Corintios (1: Funk 1,61-62)

Gracia y paz a vosotros de parte del Dios omnipotente

La Iglesia de Dios que peregrina en Roma, a la Iglesia de Dios que peregrina en Corinto: a los llamados y consagrados en la voluntad de Dios por nuestro Señor Jesucristo. Que la gracia y la paz se multipliquen entre vosotros de parte de Dios omnipotente por mediación de Jesucristo.

A causa de las súbitas y sucesivas calamidades y adversidades que nos han sobrevenido, consideramos, hermanos, habernos demorado demasiado en interesarnos de los problemas controvertidos entre vosotros. Nos referimos, queridos, a la impía y detestable sedición, absolutamente impropia de los elegidos de Dios, suscitada por un puñado de hombres audaces y temerarios con una insolencia tal, que vuestro nombre, celebrado e ilustre y digno de ser amado por todos, ha venido a ser gravemente ultrajado.

Porque, ¿quién que haya convivido un tiempo entre vosotros, no se hizo lenguas de vuestra fe adornada de todas las virtudes, firme y estable? ¿Quién no admiró vuestra sobria y modesta piedad para con Cristo? ¿Quién no encomió vuestro espléndido y generoso sentido de la hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por vuestro conocimiento, cabal y seguro?

Todo lo hacíais ciertamente sin discriminaciones y caminabais según la ley de Dios, sumisos a vuestros dirigentes, tributando el debido honor a los presbíteros constituidos entre vosotros; recomendabais a vuestros jóvenes sentimientos de moderación y honestidad; mandasteis a las mujeres que se comportaran en todo con una conciencia intachable, honesta y casta, amando, sinceramente a sus maridos, y, manteniéndose dentro de los límites de la acostumbrada sumisión, les enseñasteis a administrar con seriedad los asuntos domésticos, conduciéndose con absoluta honestidad.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 11, 1-26

La dispersión del género humano

Toda la tierra hablaba una sola lengua con las mismas palabras. Al emigrar el hombre de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar, y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros:

—Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos (emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de cemento). Y dijeron:

—Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos famosos, y para no dispersarnos por la superficie de la tierra.

El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres y se dijo:

—Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Voy a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo.

El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.

Tenía Sem cien años cuando engendró a Arfaxad, dos años después del diluvio; después vivió quinientos años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Arfaxad treinta y cinco años cuando engendró a Sélaj; después vivió cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Sélaj treinta años cuando engendró a Héber; después vivió cuatrocientos tres años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Héber treinta y cuatro años cuando engendró a Péleg; después vivió cuatrocientos treinta años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Péleg treinta años cuando engendró a Reú; des pués vivió doscientos nueve años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Reú treinta y dos años cuando engendró a Sarug; después vivió doscientos siete años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Sarug treinta años cuando engendró a Najor; después vivió doscientos años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Najor veintinueve años cuando engendró a Téraj; después vivió ciento diecinueve años, y engendró hijos e hijas.

Tenía Téraj setenta años cuando engendró a Abrán, Najor y Harán.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (2-3: Funk 1, 63-65)

Sed solícitos día y noche por la fraternidad universal

Todos erais humildes, completamente curados de la vanagloria, más amigos de obedecer que de mandar, más solícitos en dar que en recibir. Contentos con el viático de Cristo y cordialmente atentos a su enseñanza, habíais diligentemente aceptado sus palabras con amor, teniendo siempre ante vuestros ojos sus padecimientos.

De suerte que a todos vosotros os fue otorgada una paz profunda y radiante, junto con un insaciable deseo de hacer el bien. Sobre todos descendió además la plena efusión del Espíritu Santo; y llenos de su santa decisión y de una sincera disposicion de ánimo, levantabais con piadosa confianza vuestras manos al Dios omnipotente, suplicándole os fuera propicio si es que en algo involuntariamente habíais pecado.

Día y noche os mostrabais solícitos por la fraternidad universal, para que los elegidos de Dios obtuvieran la salvación mediante la misericordia y la conciencia. Erais sinceros y sencillos, perdonándoos mutuamente las ofensas. Teníais por abominable todo cuanto oliese a sedición o ruptura; os dolíais de los pecados de los demás y considerabais como vuestros sus propios defectos. Jamás os arrepentisteis de haber hecho el bien, dispuestos a toda forma de trabajo honrado. Adornados de un comportamiento virtuoso en toda la línea y digno de veneracibn, os conducíais según el temor de Dios, cuyos mandamientos y preceptos llevabais escritos en la amplitud de vuestro corazón.

Se os había otorgado todo el honor y la amplitud de corazón, y se cumplió lo escrito: Comió y bebió hasta saciarse, engordó mi cariño, y tiró coces. De aquí nacieron celos y envidias, contiendas y bandos, persecuciones y sediciones, guerra y cautividad. Así los sin honor se alzaron contra los honrados, los sin gloria contra los cubiertos de gloria, los necios contra los sabios, los jóvenes contra los ancianos. Por esta razón, se exiliaron la justicia y la paz, por haber cada cual abandonado el temor de Dios y haberse oscurecido su fe; por no andar por los caminos de sus mandamientos, ni vivir una vida digna de Cristo. Cada uno marcha más bien tras los apetitos de su depravado corazón, reasumiendo aquella inicua e impía envidia por la que la muerte entró en el mundo.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 12, 1-9; 13, 2-18 Vocación y bendición de Abrán

El Señor dijo a Abrán:

—Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.

Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán.

Abrán llevó consigo a Saray, su mujer; a Lot, su sobrino; todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Jarán. Salieron en dirección de Canaán y llegaron a la tierra de Canaán.

Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén y llegó a la encina de Moré (en aquel tiempo habitaban allí los cananeos).

El Señol se apareció a Abrán y le dijo:

—A tu descendencia le daré esta tierra.

El construyó allí un altar en honor del Señor, que se le había aparecido.

Desde allí continuó hacia las montañas al este de Betel, y plantó allí su tienda, con Betel a poniente y Ay a levante; construyó allí un altar al Señor e invocó el nombre del Señor.

Abrán se trasladó por etapas al Negueb.

Abrán era muy rico en ganado, plata y oro. Desde el Negued se trasladó por etapas a Betel, al sitio donde había fijado en otro tiempo su tienda, entre Betel y Ay, donde había construido un altar; y allí invocó el nombre del Señor.

También Lot, que acompañaba a Abrán, poseía ovejas, vacas y tiendas; de modo que ya no podían vivir juntos en el país, porque sus posesiones eran inmensas y ya no cabían juntos. Por ello surgieron disputas entre los pastores de Abrán y los de Lot. (En aquel tiempo cananeos y fereceos ocupaban el país).

Abrán dijo a Lot:

—No haya disputas entre nosotros dos ni entre nuestros pastores, pues somos hermanos. Tienes delante todo el país, sepárate de mí: si vas a la izquierda, yo iré a la derecha; si vas a la derecha, yo iré a la izquierda.

Lot echó una mirada y vio que toda la vega del Jordán, hasta la entrada de Zoar, era de regadío (esto era antes de que el Señor destruyera a Sodoma y Gomorra): parecía un jardín del Señor, o como Egipto. Lot se escogió la vega del Jordán y marchó hacia levante; y así se separaron los dos hermanos.

Abrán habitó en Canaán; Lot en las ciudades de la vega, plantando las tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran malvados y pecaban gravemente contra el Señor.

El Señor habló a Abrán, después que Lot se había separado de él:

—Desde tu puesto dirige la mirada hacia el norte, mediodía, levante y poniente. Toda la tierra que abarques te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar a tus descendientes. Anda, pasea el país a lo largo y a lo ancho, pues te lo voy a dar.

Abrán alzó la tienda y fue a establecerse junto al encinar de Mambré, en Hebrón, donde construyó un altar en honor del Señor.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (4-5: Funk 1, 65-69)

Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles

Ya veis, hermanos, cómo el fratricidio de Caín fue el resultado de la emulación y de la envidia. A causa de la emulación, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La emulación hizo que José fuera perseguido a muerte y reducido a esclavitud. La emulación obligó a Moisés a huir de la presencia del Faraón, rey de Egipto, al oír que uno de su mismo pueblo decía: ¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio? Por emulación Aarón y María fueron confinados fuera del campamento.

La emulación hizo bajar vivos al abismo a Datán y Abirán, por haberse rebelado contra Moisés, el siervo de Dios. Por causa de la emulación no sólo tuvo David que soportar la envidia de los extranjeros, sino que además hubo de sufrir la persecución del rey Saúl.

Pero dejemos el ejemplo de los antiguos y vengamos a considerar los luchadores más cercanos a nosotros; expongamos los ejemplos de magnanimidad que han tenido lugar en nuestros tiempos. Aquellos que eran las máximas y más legítimas columnas de la Iglesia sufrieron persecución por envidia y emulación y lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles. A Pedro, que, por una hostil emulación, tuvo que soportar no una o dos, sino innumerables dificultades, hasta sufrir el martirio y llegar así a la posesión de la gloria merecida.

Esta misma envidia y rivalidad dio a Pablo ocasión de alcanzar el premio debido a la paciencia: encarcelado siete veces, obligado a huir, apedreado y, habiéndose convertido en mensajero de la Palabra en el oriente y en el occidente, su fe se hizo a todos patente, ya que, después de haber enseñado a todo el mundo el camino de la justicia, habiendo llegado hasta el extremo occidente, sufrió el martirio de parte de las autoridades y, de este modo, partió de este mundo hacia el lugar santo, dejándonos un ejemplo perfecto de paciencia.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 14, 1-24

Melquisedec bendice a Abrán victorioso

Siendo Amrafel rey de Senaar, Arioc rey de Elasar, Codorlahomer rey de Elam, Tideal rey de Pueblos, declararon la guerra a Bera, rey de Sodoma; a Birsa, rey de Gomorra; a Sinab, rey de Adma; a Seméber, rey de Seboín, y al rey de Bela (o Soar). Estos se reunieron en Valsidín (hoy el Mar Muerto).

Durante doce años habían sido vasallos de Codorlahomer, al decimotercero se rebelaron; el año decimocuarto vino Codorlahomer con sus reyes aliados y fue derrotando a los refaítas en Astarot Carnaín, a los zuzeos en Ham, a los emeos en Savé de Dosvillas y a los hurritas en los montes de Seír, junto a El Parán, al margen del desierto.

Después volvieron y entraron por Fuenteljuicio (que hoy se llama Cades) y sometieron el territorio amalecita y también a los amorreos, que habitaban en Pedregal de Palma. Entonces hicieron una expedición los reyes de Sodoma, Gomorra, Adma, Seboín y Bela (o Soar) y presentaron batalla en Valsidín a Codorlahomer, rey de Elam; Tideal, rey de Pueblos; Amrafel, rey de Senaar; Arioc, rey de Elasar: cinco reyes contra cuatro.

Valsidín está lleno de pozos de asfalto, y los reyes de Sodoma y Gomorra cayeron en ellos al huir, mientras que los otros escapaban a los montes. Los vencedores saquearon las posesiones de Sodoma y Gomorra con todas las provisiones y se fueron; al marcharse se llevaron también a Lot, sobrino de Abrán, con sus posesiones, pues Lot habitaba en Sodoma.

Un fugitivo vino y se lo contó a Abrán el Hebreo, que acampaba junto al encinar de Mambré el Amorreo, pariente de Escol y Aner, aliados de Abrán.

Cuando Abrán oyó que su sobrino había caído prisionero, reunió a los esclavos nacidos en su casa, trescientos dieciocho, y persiguió a los enemigos hasta Dan; con su tropa cayó sobre ellos de noche y los persiguió hasta loba, al norte de Damasco; recuperó todas las posesiones y se trajo también a Lot, su hermano, con sus posesiones, las mujeres y la tropa.

Cuando Abrán volvía después de derrotar a Codorlahomer y los reyes aliados, el rey de Sodoma salió a su encuentro en el valle de Savé, que es Valderrey.

Melquisedec, rey de Salén, sacerdote de Dios Altísimo, le sacó pan y vino, y le bendijo diciendo:

—Bendito sea Abrán de parte de Dios Altísimo, que creó el cielo y la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que ha entregado tus enemigos a tus manos.

Y Abrán le dio el diezmo de todo.

El rey de Sodoma dijo a Abrán:

–Dame la gente, quédate con las posesiones.

Pero Abrán replicó:

—Juro por el Señor Dios Altísimo, creador de cielo y tierra, que no aceptaré una hebra ni una correa de sandalia ni nada de lo que te pertenece, para que no digas que has enriquecido a Abrán. Sólo acepto lo que han comido mis mozos y la parte de los que me acompañaron, Aner, Escol y Mambré; que ellos se lleven su parte.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (6-8: Funk 1,69-73)

De generación en generación, el Señor concedió un tiempo
de penitencia a los que deseaban convertirse a él

A estos hombres, maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos también por emulación, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo. Por envidia fueron perseguidas muchas mujeres que, cual nuevas Danaides y Dirces, sufriendo graves y nefandos suplicios, corrieron hasta el fin de la ardua carrera de la fe y, superando la fragilidad de su sexo, obtuvieron un premio memorable. La envidia hizo que los ánimos de las esposas se retrajesen de sus maridos, trastornando así aquella afirmación de nuestro padre Adán: ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! La emulación y la rivalidad destruyeron grandes ciudades e hicieron desaparecer totalmente poblaciones numerosas.

Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para recordaros vuestra obligación, sino también para recordarnos la nuestra, ya que todos nos hallamos en la misma palestra y tenemos que luchar el mismo combate. Por esto debemos abandonar las preocupaciones inútiles y vanas, y poner toda nuestra atención en la gloriosa y venerable regla de nuestra tradición, para que veamos qué es lo que complace y agrada a nuestro Hacedor. ,

Fijemos con atención nuestra mirada en la sangre de Cristo, y reconozcamos cuán preciosa ha sido a los ojos de Dios, su Padre, pues, derramada por nuestra salvación, alcanzó la gracia de la penitencia para todo el mundo.

Recorramos todos los tiempos, y aprenderemos cómo el Señor, de generación en generación, concedió un tiempo de penitencia a los que deseaban convertirse a él. Noé predicó la penitencia, y los que lo escucharon se salvaron. Jonás anunció a los ninivitas la destrucción de su ciudad, y ellos, arrepentidos de sus pecados, pidieron perdón a Dios, y, a fuerza de súplicas, alcanzaron la indulgencia, a pesar de no ser del pueblo elegido.

De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también, con juramento, de penitencia diciendo: Por mi vida –oráculo del Señor–, juro que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: «Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mí de todo corazón y decís: 'Padre', os escucharé como a mi pueblo santo».

Y en otro lugar dice así: Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos -dice el Señor–. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, lo sabroso de la tierra comeréis; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor.

Queriendo, pues, el Señor que todos los que él ama tengan parte en la penitencia, lo confirmó así con su omnipotente voluntad.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 15, 1-21

Alianza de Abrán con el Señor

Después de estos sucesos, Abrán recibió en visión la palabra del Señor:

—No temas, Abrán, yo soy tu escudo, y tu paga será abundante.

Abrán contestó:

—Señor, ¿de qué me sirven tus dones si soy estéril y Eliezer de Damasco será el amo de mi casa?

Y añadió:

–No me has dado hijos, y un criado de casa me heredará. La palabra del Señor le respondió:

–No te heredará ése, sino uno salido de tus entrañas. Y el Señor lo sacó afuera y le dijo:

—Mira al cielo, cuenta la estrellas si puedes.

Y añadió:

–Así será tu descendencia.

Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber. El Señor le dijo:

—Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en posesión esta tierra.

El replicó:

—Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla? Respondió el Señor:

–Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón. Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves.

Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El Señor dijo a Abrán:

—Has de saber que tu descendencia vivirá como forastera en tierra ajena, tendrá que servir y sufrir opresión durante cuatrocientos años, pero saldrá con grandes riquezas. Yo juzgaré al pueblo a quien,han de servir, y al final saldrán cargados de riquezas. Tú te reunirás en paz con tus abuelos y te enterrarán ya muy viejo. A la cuarta generación volverán, pues hasta entonces no se colmará la culpa de los amorreos.

El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos:

–A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río (Éufrates): la tierra de los quenitas, quenizitas, cadmonitas, hititas, fereceos, refaítas, amorreos, cananeos, guirgaseos y jebuseos.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (9-11: Funk 1, 73-75)

Abrahán, llamado amigo, fue hallado fiel

Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte.

Tengamos los ojos fijos en aquellos que incondicionalmente se pusieron al servicio de su magnífica gloria. Tomemos como ejemplo a Henoc, quien, hallado justo en la obediencia, fue trasladado sin pasar por la muerte. Noé fue hallado fiel, y se le confió la misión de predicar al mundo la regeneración y, por su medio, salvó el Señor a los animales que, en buena armonía, entraron con él en el arca.

Abrahán, llamado amigo, fue hallado fiel por haber obedecido los mandatos de Dios. Por obediencia, salió de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, para poder entrar en posesión de las promesas de Dios a cambio de una tierra escasa, de una parentela débil y de una casa pequeña.

Le dijo, en efecto, el Señor: Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo. Y cuando se hubo separado de Lot, nuevamente le dijo Dios: Desde tu puesto dirige la mirada hacia el norte, mediodía, levante y poniente. Toda la tierra que abarques te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Haré a tus descendientes como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar a tus descendientes. Y de nuevo: El Señor sacó afuera a Abrán y le dijo: «Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes: así será tu descendencia». Por su fe y su hospitalidad le fue concedido un hijo siendo ya viejo, y por obediencia se lo ofreció a Dios en sacrificio en uno de los montes que Dios le había indicado.

Por su hospitalidad y su piedad Lot salió ileso de Sodoma, mientras toda la región en torno era abrasada en el fuego y el azufre, con lo que el Señor puso de manifiesto que no abandona a los que esperan en él, pero castiga severamente a los que se apartan de sus mandatos. En efecto, la mujer de Lot quedó convertida hasta el día de hoy en estatua de sal, como símbolo de esta verdad: que los indecisos y los que dudan de la potencia de Dios se convierten en juicio y escarmiento para todas las generaciones.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 16, 1-16

Nacimiento de Ismael

Saray, la mujer de Abrán, no le daba hijos; pero tenía una sierva egipcia llamada Hagar.

Y Saray dijo a Abrán:

—El Señor no me deja tener hijos; llégate a tu sierva a ver si por ella tengo hijos.

Abrán aceptó la propuesta.

A los diez años de habitar Abrán en Canaán, Saray, la mujer de Abrán, tomó a Hagar, la esclava egipcia, y se la dio a Abrán, su marido, como esposa. El se llegó a Hagar y ella concibió. Y al verse encinta le perdió el respeto a su señora.

Entonces Saray dijo a Abrán.

Tú eres responsable de esta injusticia; yo he puesto en tus brazos a mi sierva, y ella al verse encinta me desprecia. El Señor juzgue entre nosotros dos.

Abrán dijo a Saray:

–En tu poder está tu esclava; trátala como te parezca. Saray la maltrató y ella se escapó.

El ángel del Señor la encontró junto a la fuente del desierto, la fuente del camino del Sur, y le dijo:

Hagar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes y adónde vas?

Ella respondió:

Vengo huyendo de mi señora.

El ángel del Señor le dijo:

Vuelve a tu señora y sométete a ella.

Y el ángel del Señor añadió:

Haré tan numerosa tu descendencia, que no se podrá contar.

Y el ángel del Señor concluyó:

—Mira, estás encinta y darás a luz un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor ha escuchado tu aflicción. Será un potro salvaje: su mano irá contra todos y la de todos contra él; vivirá separado de sus hermanos.

Hagar invocó el nombre del Señor, que le había hablado:

Tú eres Dios, que me ve (diciéndose): ¡He visto al que me ve!

Por eso se llama aquel pozo «Pozo del que vive y me ve», y está entre Cades y Bared.

Hagar dio un hijo a Abrán, y Abrán llamó al hijo que le había dado Hagar, Ismael. Abrán tenía ochenta y seis años cuando Hagar dio a luz a Ismael.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (12-13: Funk 1, 75-79)

Seamos humildes de corazón

Por su fe y su hospitalidad, Rajab, la prostituta, fue conservada incólume. Pues habiendo Josué, hijo de Nun, enviado espías a la ciudad de Jericó, se enteró el rey de aquel país de que habían venido a reconocer todo el país, y despachó gente para prenderlos y, una vez en su poder, matarlos. Pues bien, la hospitalaria Rajab, tomándolos los escondió en la azotea bajo los haces de lino. Cuando se presentaron los emisarios del rey diciendo: «Han entrado en tu casa unos espías que han venido a reconocer nuestro país, sácalos, pues así lo ordena el rey», ella respondió: «Es cierto que entraron en mi casa los hombres que buscáis, pero partieron inmediatamente y van ya su camino», indicándoles justamente la dirección contraria. Y a los espías les dijo: «Sé perfectamente que el Señor os ha entregado esta ciudad, pues una ola de terror y de temor ha caído sobre sus habitantes. Cuando la conquistéis, respetad mi vida y la vida de la casa de mi padre». Ellos le dijeron: «Se hará como lo has pedido. En cuanto te enteres de que nos acercamos a la ciudad, reúne a toda tu familia aquí, en tu casa. El que salga a la calle será responsable de su muerte». Además le ordenaron poner una señal, a saber, que una cinta roja colgara de la ventana de su casa, simbolizando de este modo que todos los que creen y esperan en Dios serían redimidos por la sangre del Señor. Ya veis, queridos, cómo esta mujer no sólo tenía la fe, sino también el espíritu de profecía.

Seamos, pues, hermanos, humildes de corazón, y deponiendo toda jactancia, ostentación e insensatez, y los arrebatos de la ira, cumplamos lo que está escrito, pues lo dice el mismo Espíritu Santo: No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza; el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, para buscarle a él y practicar el derecho y la justicia; especialmente si tenemos presentes las palabras del Señor Jesús, aquellas que pronunció para enseñarnos la benignidad y la longanimidad.

Dijo, en efecto: Sed misericordiosos, y alcanzaréis misericordia; perdonad, y se os perdonará; como vosotros hagáis, así se os hará a vosotros; dad, y se os dará; no juzguéi. y no os juzgarán; como usareis la benignidad, así la usarán con vosotros; la misma medida que uséis la usarán con vosotros.

Que estos mandamientos y estos preceptos nos comuniquen firmeza para poder caminar, con toda humildad, en la obediencia de sus consejos. Pues dice la Escritura santa: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis' . 17, 1-27

La circuncisión como signo de alianza entre Dios y Abrahán

Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo:

Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina en mi presencia con lealtad, y haré una alianza contigo: haré que te multipliques sin medida.

Abrán cayó de bruces y Dios le dijo:

Mira, éste es mi pacto contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. Cumpliré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, como posesión perpetua, y seré su Dios.

Dios añadió a Abrahán:

–Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones. Este es el pacto que hago con vosotros y con tus descendientes y que habéis de guardar: circuncidad a todos vuestros varones; circuncidaréis el prepucio, y será una señal de mi pacto con vosotros. A los ocho días de nacer, todos vuestros varones de cada generación serán circuncidados; también los esclavos nacidos en casa o comprados a extranjeros que no sean de vuestra raza. Circuncidad a los esclavos nacidos en casa o comprados. Así llevaréis en la carne mi pacto como pacto perpetuo. Todo varón incircunciso, que no ha circuncidado su prepucio, será apartado de su pueblo por haber quebrantado mi pacto.

Dios dijo a Abrahán:

Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré y te dará un hijo y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones.

Abrahán cayó rostro en tierra y se dijo sonriendo: «¿Un centenario va a tener un hijo, y Sara va a dar luz a los noventa?».

Y Abrahán dijo a Dios:

Me contento con que conserves sano a Ismael en tu presencia.

Dios replicó:

No, es Sara quien te va a dar un hijo; lo llamarás Isaac; con él estableceré mi pacto y con sus descendientes, un pacto perpetuo. En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré crecer en extremo, engendrará doce príncipes y se hará un pueblo numeroso. Pero mi pacto lo establezco con Isaac, el hijo que te dará Sara el año que viene por estas fechas.

Cuando el Señor terminó de hablar con Abrahán, se retiró.

Entonces Abrahán tomó a su hijo Ismael, a los esclavos nacidos en casa o comprados, a todos los varones de la casa de Abrahán, y los circuncidó aquel mismo día, como se lo había mandado Dios.

Abrahán tenía noventa y nueve años cuando se circuncidó; Ismael tenía trece años cuando se circuncidó. Aquel mismo día se circuncidaron Abrahán y su hijo Ismael. Y todos los varones de casa, nacidos en casa o comprados a extranjeros se circuncidaron con él.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (14-17: Funk 1, 79-85)

Ved qué dechado se nos propone

Así pues, es justo y santo, hermanos, obedecer a Dios antes de seguir a quienes por soberbia y espíritu de rebeldía se han constituido en cabecillas de una detestable rivalidad. Pues no sólo sufriríamos un no leve detrimento, sino que correríamos un grave riesgo si inconsideradamente nos confiáramos a los planes de unos hombres que urden rivalidades y sediciones con el fin de apartarnos de la rectitud y de la bondad. Seamos benévolos unos con otros, imitando las entrañas de misericordia y bondad de nuestro Creador.

Porque Cristo es de los humildes de corazón, no de los que se creen superiores al resto del rebaño. El Señor Jesús —que es el cetro de la majestad de Dios— no vino al mundo con ostentación de fasto y de poder, como estaba en su mano hacerlo, sino con humildad, conforme a lo que de él había dicho el Espíritu Santo. Dice, en efecto: El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.

Ved, hermanos, qué dechado se nos propone: pues si el Señor se humilló hasta tal extremo, ¿qué no habremos de hacer nosotros, que por amor suyo hemos aceptado el yugo de su gracia?

Imitemos también a aquellos que erraban por el mundo, cubiertos de pieles de ovejas o de cabras, predicando la venida de Cristo; nos referimos a los profetas Elías, Eliseo y Ezequiel y, además, a todos los que recibieron la aprobación de Dios. Abrahán goza de un magnifico testimonio, pues se le llama «amigo de Dios»; y sin embargo, dirigiéndose a la gloria de Dios, dice con toda humildad: Yo soy polvo y ceniza.

A Moisés se le llama el más fiel de todos mis siervos, y por su ministerio juzgó Dios a Egipto con plagas y tormentos. Y a pesar de haber sido grandemente honrado, no habló con arrogancia, sino que al recibir el oráculo desde la zarza, dijo: ¿Quién soy yo para que me envíes?

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 18, 1-33

Promesa del nacimiento de Isaac e intercesión de Abrahán
en favor de Sodoma

El Señor se apareció a Abrahán junto al encinar de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque hacía calor. Alzó la vista y vio tres hombres en pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se prosternó en tierra, diciendo:

—Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis junto al árbol. Mientras, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir, ya que habéis pasado junto a vuestro siervo.

Contestaron:

—Bien, haz lo que dices.

Abrahán entró corriendo en la tienda donde estaba Sara y le dijo:

—Aprisa, tres cuartillos de flor de harina, amásalos y haz una hogaza.

El corrió a la vacada, escogió un ternero hermoso y se lo dio a un criado para que lo guisase en seguida. Tomó también cuajada, leche y el ternero guisado, y se lo sirvió. Mientras él estaba en pie bajo el árbol, ellos comieron.

Después le dijeron:

—¿Dónde está Sara, tu mujer?

Contestó:

—Aquí, en la tienda.

Añadió uno:

—Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

Sara lo oyó, detrás de la entrada de la tienda. (Abrahán y Sara eran ancianos, de edad muy avanzada, y Sara ya no tenía sus períodos). Y Sara se rió por lo bajo, pensando:

«Cuando ya estoy seca, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?».

Pero el Señor dijo a Abrahán:

¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: «¿De verdad que voy a tener un hijo, ya tan vieja?». ¿Hay algo difícil para Dios? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo.

Pero Sara, que estaba asustada, lo negó.

–No me he reído.

El replicó:

No lo niegues, te has reído.

Los hombres se levantaron y miraron hacia Sodoma; Abrahán los acompañaba para despedirlos. El Señor pensó:

«¿Puedo ocultarle a Abrahán lo que pienso hacer? Abrahán se convertirá en un pueblo grande y numeroso; con su nombre se bendecirán todos los pueblos de la tierra; lo he escogido para que instruya a sus hijos, su casa y sus sucesores, para mantenerse en el camino del Señor haciendo justicia y derecho; y así cumplirá el Señor a Abrahán lo que le ha prometido».

El Señor dijo:

La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave: voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.

Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán.

Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios:

¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti tal cosa! Matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable, ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?

El Señor contestó:

—Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos. Abrahán respondió:

Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?

Respondió el Señor:

—No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.

Abrahán insistió:

Quizá no se encuentren más que cuarenta.

El Señor respondió:

En atención a los cuarenta no lo haré.

Abrahán siguió hablando:

–Que no se enfade mi Señor si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?

Contestó el Señor:

No lo haré si encuentro allí treinta.

Insistió Abrahán:

Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?

Respondió el Señor:

En atención a los veinte no la destruiré.

Abrahán continuó:

Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?

Contestó el Señor:

En atención a los diez no la destruiré.

Cuando terminó de hablar con Abrahán, el Señor se fue, y Abrahán volvió a su puesto.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (18-20: Funk 1, 85-89)

El Señor del universo ha querido que reinara la paz
y la concordia

¿Y qué diremos de David, tan espléndidamente acreditado por Dios? Dios habló de él en estos términos:

Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón; lo he ungido con óleo sagrado. Pero también él le dice a Dios: Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa.

Así pues, la humildad y sumisión obediencial de tantos y tales varones, que consiguieron de Dios un tan brillante testimonio, no sólo nos ha hecho mejores a nosotros, sino asimismo a las precedentes generaciones, y a todos cuantos, con temor y verdad, acogieron sus palabras. Habiendo, pues, participado de tantos, tan gloriosos e ilustres hechos, emprendamos nuevamente la carrera hacia la meta de paz que nos fue anunciada desde el principio y no perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas de él recibidas; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar le dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aun los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 19, 1-17.23-29

La destrucción de Sodoma

Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde. Lot, que estaba sentado a la puerta de la ciudad, al verlos, se levantó a recibirlos y se prosternó rostro a tierra. Y dijo:

–Señores míos, pasad a hospedaros a casa de vuestro siervo. Lavaos los pies y por la mañana seguiréis vuestro camino.

Contestaron:

—No; pasaremos la noche en la plaza.

Pero él insistió tanto, que pasaron y entraron en su casa. Les preparó comida, coció panes y ellos comieron. Aún no se habían acostado, cuando los hombres de la ciudad rodearon la casa: jóvenes y viejos, y toda la población hasta el último, Y le gritaban a Lot:

–¿Dónde están los hombres que han entrado en tu casa esta noche? Sácalos para que nos acostemos con ellos.

Lot se asomó a la entrada, cerrando la puerta al salir, y les dijo:

–Hermanos míos, no seáis malvados. Mirad, tengo dos hijas que no han tenido que ver con hombres; os las sacaré para que las tratéis como queráis, pero no hagáis nada a esos hombres que se han cobijado bajo mi techo.

Contestaron:

—Quítate de ahí; este individuo ha venido como inmigrante y ahora se mete a juez. Pues ahora te trataremos a ti peor que a ellos.

Y empujaban a Lot intentando forzar la puerta. Pero los visitantes alargaron el brazo, metieron a Lot en casa y cerraron la puerta. Y a los que estaban a la puerta, pequeños y grandes, los cegaron, de modo que no daban con la puerta.

Los visitantes dijeron a Lot:

Si hay alguien más de los tuyos, yernos, hijos, hijas, a todos los tuyos de la ciudad sácalos de este lugar. Pues vamos a destruir este lugar, porque la acusación presentada al Señor contra él es muy seria, y el Señor nos ha enviado para destruirlo.

Lot salió a decirles a sus yernos –prometidos a sus hijas–:

Vamos, salid de este lugar, que el Señor va a destruir la ciudad.

Pero ellos se lo tomaron a broma. Al amanecer, los ángeles urgieron a Lot:

–Vamos, toma a tu mujer y a tus dos hijas que están aquí, para que no perezcan por culpa de Sodoma.

Y como no se decidía, les agarraron de la mano a él, a su mujer y a las dos hijas –el Señor los perdonaba–, los sacaron fuera y le dijeron:

–Ponte a salvo; no mires atrás. No te detengas en la vega; ponte a salvo en los montes, para no perecer. Salía el sol cuando Lot llegó a Zoar.

El Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego desde el cielo. Arrasó aquellas ciudades y toda la vega; los habitantes de las ciudades y la hierba del campo.

La mujer de Lot miró atrás, y se convirtió en estatua de sal.

Abrahán madrugó y se dirigió al sitio donde había estado delante del Señor. Miró en dirección de Sodoma y Gomorra, toda la extensión de la vega, y vio humo que subía del suelo, como humo de horno.

Cuando el Señor destruyó las ciudades de la vega, se acordó de Abrahán y sacó a Lot de la catástrofe, al arrasar las ciudades en que había vivido Lot.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (21, 1—22, 5; 23, 1-2: Funk 1, 89-93)

No nos apartamos nunca de la voluntad de Dios

Vigilad, amadísimos, no sea que los innumerables beneficios de Dios se conviertan para nosotros en motivo de condenación, por no tener una conducta digna de Dios y por no realizar siempre en mutua concordia lo que le agrada. En efecto, dice la Escritura: El Espíritu del Señor es lámpara que sondea lo íntimo de las entrañas.

Consideremos cuán cerca está de nosotros y cómo no se le oculta ninguno de nuestros pensamientos ni de nuestras palabras. Justo es, por tanto, que no nos apartemos nunca de su voluntad. Vale más que ofendamos a hombres necios e insensatos, soberbios y engreídos en su hablar, que no a Dios.

Veneremos al Señor Jesús, cuya sangre fue derramada por nosotros; respetemos a los que dirigen nuestras comunidades, honremos a nuestros presbíteros, eduquemos a nuestros hijos en el temor de Dios, encaminemos a nuestras esposas por el camino del bien. Que ellas sean dignas de todo elogio por el encanto de su castidad, que brillen por la sinceridad y por su inclinación a la dulzura, que la discreción de sus palabras manifieste a todos su recato, que su caridad hacia todos sea patente a cuantos temen a Dios, y que no hagan acepción alguna de personas.

Que vuestros hijos sean educados según Cristo, que aprendan el gran valor que tiene ante Dios la humildad y lo mucho que aprecia Dios el amor casto, que comprendan cuán grande sea y cuán hermoso el temor de Dios y cómo es capaz de salvar a los que se dejan guiar por él, con toda pureza de conciencia. Porque el Señor es escudriñador de nuestros pensamientos y de nuestros deseos, y su Espíritu está en nosotros, pero cuando él quiere nos lo puede retirar.

Todo esto nos lo confirma nuestra fe cristiana, pues el mismo Cristo es quien nos invita, por medio del Espíritu Santo, con estas palabras: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor. ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella.

El Padre de todo consuelo y de todo amor tiene entrañas de misericordia para con todos los que lo temen y, en su entrañable condescendencia, reparte sus dones a cuantos a él se acercan con un corazón sin doblez. Por eso, huyamos de la duplicidad de ánimo, y que nuestra alma no se enorgullezca nunca al verse honrada con la abundancia y riqueza de los dones del Señor.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 21, 1-21

Nacimiento de Isaac

El Señor se fijó en Sara, como había dicho. El Señor cumplió a Sara lo que le había prometido. Ella concibió, le dio un hijo al viejo Abrahán en el tiempo que había dicho Dios. Abrahán llamó Isaac al hijo que le había nacido, que le había dado Sara. Abrahán circuncidó a su hijo Isaac al octavo día, como le había mandado Dios. Tenía cien años Abrahán cuando le nació su hijo Isaac. Sara le dijo:

–Dios me ha hecho bailar de alegría, y el que se entere bailará conmigo.

Y añadió:

–¡Quién le habría dicho a Abrahán que Sara iba a criar hijos! Y, sin embargo, le he dado un hijo en su vejez.

El chico creció y lo destetaron. Y Abrahán dio un gran banquete el día que destetaron a Isaac.

Pero Sara vio que el hijo de Hagar, la egipcia, y de Abrahán jugaba con Isaac; y dijo a Abrahán:

Expulsa a esa criada y a su hijo; porque el hijo de esa criada no va a repartir la herencia con mi hijo Isaac.

Abrahán se llevó un disgusto, pues era hijo suyo. Pero Dios dijo a Abrahán:

No te aflijas por el muchacho y la criada: haz todo lo que dice Sara, porque Isaac es quien continúa tu descendencia. También al hijo de la criada lo convertiré en un gran pueblo; pues es descendiente tuyo.

Abrahán madrugó, tomó pan y un odre de agua, se lo cargó a hombros de Hagar y la despidió con el muchacho. Ella marchó y fue vagando por el desierto de Berseba. Cuando se le acabó el agua del odre, colocó al niño debajo de unas matas; se apartó y se sentó a solas, a la distanció de un tiro de arco. Pues se decía: «No puedo ver morir a mi hijo». Y se sentó aparte. El niño rompió a llorar. Dios oyó la voz del niño y el ángel de Dios llamó a Hagar desde el cielo, y le dijo:

¿Qué te pasa, Hagar? No temas; porque Dios ha oído la voz del chico, allí donde está. Levántate, toma al niño y agárrale fuerte de la mano, porque haré que sea un pueblo grande.

Dios le abrió los ojos, y divisó un pozo de agua; fue allá, llenó el odre y dio de beber al muchacho. Dios estaba con el muchacho, que creció, habitó en el desierto y se hizo un experto arquero; vivió en el desierto de Farán, y su madre le buscó una mujer egipcia.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (24, 1-5; 27, 1—29, 1)

Dios es fiel en sus promesas

Consideremos, amadísimos hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la esperanza de una futura resurrección, de la que nos ha dado ya las primicias al resucitar de entre los muertos al Señor Jesucristo. Estemos atentos, amados hermanos, al mismo proceso natural de la resurrección que contemplamos todos los días: el día y la noche ponen ya ante nuestros ojos como una imagen de la resurrección: la noche se duerme, el día se levanta; el día termina, la noche lo sigue. Pensemos también en nuestras cosechas: ¿qué es la semilla y cómo la obtenemos? Sale el sembrador y arroja en tierra unos granos de simiente, y lo que cae en tierra, seco y desnudo, se descompone; pero luego, de su misma descomposición, el Dueño de todo, en su divina providencia, lo resucita, y de un solo grano saca muchos, y cada uno de ellos lleva su fruto.

Tengamos, pues, esta misma esperanza y unamos con ella nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. Quien nos prohibió mentir, ciertamente no mentirá, pues nada es imposible para Dios, fuera de la mentira. Reavivemos, pues, nuestra fe en él y creamos que todo está, de verdad, en sus manos.

Con una palabra suya creó el universo, y con una palabra lo podría también aniquilar. ¿ Quién puede decirle: «qué has hecho»? O ¿quién puede resistir la fuerza de su brazo? El lo hace todo cuando quiere y como quiere, y nada dejará de cumplirse de cuanto él ha decretado. Todo está presente ante él, y nada se opone a su querer, pues el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra; sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón.

Siendo, pues, así que todo está presente ante él y que él todo lo contempla, tengamos temor de ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio. Porque ¿quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a un desertor de

Dios? Dice, en efecto, en cierto lugar, la Escritura: ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. ¿En qué lugar, pues, podría alguien refugiarse para escapar de aquel que lo envuelve todo?

Acerquémonos, por tanto, al Señor con un alma santificada, levantando hacia él nuestras manos puras e incontaminadas; amenos con todas nuestras fuerzas al que es nuestro Padre, amante y misericordioso, y que ha hecho de nosotros su pueblo de elección.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 22,1-19

Sacrificio de Isaac

Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán llamándolo:

¡Abrahán!

El respondió:

–Aquí me tienes.

Dios le dijo:

–Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré.

Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios. Al tercer día, levantó Abrahán los ojos y descubrió el sitio de lejos. Y Abrahán dijo a sus criados:

—Quedaos aquí con el asno; yo y el muchacho iremos hasta allá para adorar a Dios, y después volveremos con vosotros.

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos.

Isaac dijo a Abrahán, su padre:

–Padre.

Él respondió:

Aquí estoy, hijo mío.

El muchacho dijo:

—Tenemos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?

Abrahán contestó:

Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío. Y siguieron caminando juntos.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí un altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:

—¡Abrahán, Abrahán!

El contesta:

Aquí me tienes.

El ángel le ordenó:

No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. Abrahán llamó aquel sitio «El Señor provee»; por lo que se dice aún hoy «el monte donde el Señor provee».

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:

Juro por mí mismo –oráculo del Señor–: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.

Abrahán volvió a sus criados, y juntos se pusieron en camino hacia Berseba, y Abrahán se quedó a vivir en Berseba.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (30.31.32: Funk 1, 97-101)

Busquemos en Dios nuestra alabanza,
no en nosotros mismos

Siendo, pues, una porción santa, practiquemos todo lo concerniente a la santidad, huyendo la calumnia, la impureza y los abrazos culpables, las borracheras, el prurito de novedades, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.

Busquemos la compañía de aquellos que han recibido la gracia de Dios. Revistámonos de concordia, manteniéndonos en la humildad y en la continencia, apartándonos de toda murmuración y de toda crítica y manifestando nuestra justicia más por medio de nuestras obras que con nuestras palabras. Porque está escrito: ¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán? Bendito el hombre nacido de mujer, corto en días; no seas excesivo en tus palabras. Busquemos nuestra alabanza en Dios, no en nosotros mismos, pues Dios detesta a los que se alaban a sí mismos. Que el testimonio de nuestras buenas obras nos venga de los demás, como ocurrió con nuestros padres, que fueron justos. La temeridad, la arrogancia y la presunción son el patrimonio de los que Dios ha maldecido; mientras que la moderación, la humildad y la mansedumbre son el lote de los que Dios ha bendecido.

Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuáles son los caminos que nos conducen a ella. Consideremos aquellas cosas que sucedieron en el principio. ¿Cómo obtuvo nuestro padre Abrahán la bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, sabiendo lo que le esperaba, se ofreció confiada y voluntariamente al sacrificio. Jacob, en el tiempo de su desgracia, marchó de su tierra, a causa de su hermano, y llegó a casa de Labán, poniéndose a su servicio; y se le dio el cetro de las doce tribus de Israel.

El que considere con cuidado cada uno de estos casos comprenderá la magnitud de los dones concedidos por Dios. De Jacob, en efecto, descienden todos los sacerdotes y levitas que servían en el altar de Dios; de él desciende Jesús, según la carne; de él, a través de la tribu de Judá, descienden reyes, príncipes y jefes. Y en cuanto a las demás tribus de él procedentes, no es poco su honor, ya que el Señor había prometido: Multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo.

Vemos, pues, cómo todos éstos alcanzaron gloria y grandeza no por sí mismos ni por sus obras ni por sus buenas acciones, sino por el beneplácito divino. También nosotros, llamados por su beneplácito en Cristo Jesús, somos justificados no por nosotros mismos ni por nuestra sabiduría o inteligencia, ni por nuestra piedad ni por las obras que hayamos practicado con santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios todopoderoso justificó a todos desde el principio; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 24, 1-27
Abrahán manda buscar una mujer para Isaac

Abrahán era viejo, de edad avanzada, el Señor lo había bendecido en todo. Abrahán dijo al criado más viejo de su casa, que administraba todas sus posesiones:

Pon tu mano bajo mi muslo, y júrame por el Señor Dios del cielo y de la tierra que cuando le busques mujer a mi hijo, no la escogerás entre los cananeos, en cuya tierra habito, sino que irás a mi tierra nativa, y allí buscarás mujer a mi hijo Isaac.

El criado contestó:

Y si la mujer no quiere venir conmigo a esta tierra, ¿tengo que llevar a tu hijo a la tierra de donde saliste? Abrahán replicó:

–De ninguna manera lleves a mi hijo allá. El Señor Dios del cielo, que me sacó de la casa paterna y del país nativo, que me juró: «A tu descendencia daré esta tierra», enviará su ángel delante de ti, y traerás de allí mujer para mi hijo. Pero si la mujer no quiere venir contigo, quedas libre del juramento. Sólo que a mi hijo no lo lleves allá.

El criado puso su mano bajo el muslo de Abrahán, su amo, y le juró hacerlo así.

Entonces el criado cogió diez camellos de su amo, y llevando toda clase de regalos de su amo, se encaminó a Siria Entrerríos, ciudad de Najor. Hizo arrodillarse a los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo, al atardecer, cuando suelen salir las aguadoras. Y dijo:

–Señor Dios de mi amo Abrahán, dame hoy una señal propicia y trata con amor a mi amo Abrahán. Yo estaré junto a la fuente cuando las muchachas de la ciudad salgan a por agua. Diré a una de las muchachas: Por favor, inclina tu cántaro para que beba. La que me diga: Bebe tú, que voy a abrevar a tus camellos, ésa es la que has destinado para tu siervo Isaac. Así sabré que tratas con amor a mi amo.

No había acabado de hablar, cuando salía Rebeca —hija de Betuel, el hijo de Milcá, la mujer de Najor, el hermano de Abrahán— con el cántaro al hombro. La muchacha era muy hermosa y doncella; no había tenido que ver con ningún hombre. Bajó a la fuente, llenó el cántaro. Y subió.

El criado corrió a su encuentro y le dijo:

Déjame beber un poco de agua de tu cántaro.

Ella contestó:

Bebe, señor mío.

Y en seguida bajó el cántaro al brazo y le dio de beber. Cuando terminó le dijo:

Voy a sacar también para tus camellos, para que beban todo lo que quieran.

Y en seguida vació el cántaro en el abrevadero, corrió al pozo a sacar más y sacó para todos los camellos. El hombre la estaba mirando, en silencio, esperando a ver si el Señor daba éxito a su viaje o no.

Cuando los camellos terminaron de beber, el hombre tomó un anillo de oro de cinco gramos de peso, y se lo puso en la nariz, y dos pulseras de oro de diez gramos, y se las puso en las muñecas. Y le preguntó:

–Dime de quién eres hija y si en casa de tu padre encontraremos sitio para pasar la noche.

Ella contestó:

Soy hija de Betuel, el hijo de Milcá y Najor.

Y añadió:

Tenemos abundancia de paja y forraje y sitio para pasar la noche.

El hombre se inclinó, adorando al Señor, y dijo:

Bendito sea el Señor Dios de mi amo Abrahán, que no ha olvidado su amor y lealtad con su siervo. El Señor me ha guiado a la casa del hermano de mi amo.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (33-34: Funk 1, 101-103)

Nuestra gloria y nuestra confianza estén siempre en Dios

¿Qué haremos, pues, hermanos? ¿Cesaremos en nuestras buenas obras y dejaremos de lado la caridad? No permita Dios tal cosa en nosotros, antes bien, con diligencia y fervor de espíritu, apresurémonos a practicar toda clase de buenas obras. El mismo Hacedor y Señor de todas las cosas se alegra por sus obras. El, en efecto, con su máximo y supremo poder, estableció los cielos y los embelleció con su sabiduría inconmensurable; él fue también quien separó la tierra firme del agua que la cubría por completo, y la afianzó sobre el cimiento inamovible de su propia voluntad; él, con sólo una orden de su voluntad, dio el ser a los animales que pueblan la tierra; él también, con su poder, encerró en el mar a los animales que en él habitan, después de haber hecho uno y otros.

Además de todo esto, con sus manos sagradas y puras, plasmó el más excelente de todos los seres vivos y el máselevado por la dignidad de su inteligencia, el hombre, en el que dejó la impronta de su imagen. Así, en efecto, dice el Señor: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y creó Dios al hombre; hombre y mujer los creó. Y, habiendo concluido todas sus obras, las halló buenas y las bendijo, diciendo: Creced, multiplicaos. Démonos cuenta, por tanto, de que todos los justos estuvieron colmados de buenas obras, y de que el mismo Señor se complació en sus obras. Teniendo semejante modelo, entreguémonos con diligencia al cumplimiento de su voluntad, pongamos todo nuestro esfuerzo en practicar el bien.

El buen operario toma con alegría el pan que se ha ganado con su trabajo; en cambio, el perezoso e indolente no se atreve a mirar a su amo a la cara. Es necesario, por tanto, que estemos siempre dispuestos a obrar el bien, pues todo cuanto poseemos nos lo ha dado Dios. El, en efecto, ya nos ha prevenido, diciendo: Mirad, el Señor Dios llega, y viene con él su salario para pagar a cada uno su propio trabajo. De esta forma, pues, nos exhorta a nosotros, que creemos en él con todo nuestro corazón, a que, sin pereza ni desidia, nos entreguemos al ejercicio de las buenas obras. Nuestra gloria y nuestra confianza estén siempre en él; vivamos siempre sumisos a su voluntad y pensemos en la multitud de ángeles que están en su presencia, siempre dispuestos a cumplir sus órdenes. Dice, en efecto, la Escritura: Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes y gritaban diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!».

Nosotros, pues, también con un solo corazón y con una sola voz, elevemos el canto de nuestra común fidelidad, aclamando sin cesar al Señor, a fin de tener también nuestra parte en sus grandes y maravillosas promesas. Porque él ha dicho: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 24, 33-41.49-67

Isaac se casa con Rebeca

Cuando al criado de Abrahán le ofrecieron de comer, él rehusó:

No comeré hasta explicar mi asunto.

Y le dijeron:

Habla.

Entonces él comenzó:

Yo soy criado de Abrahán. El Señor ha bendecido inmensamente a mi amo y le ha hecho rico; le ha dado ovejas y vacas, oro y plata, siervos y siervas, camellos y asnos. Sara, la mujer de mi amo, ya vieja, le ha dado un hijo, que lo hereda todo. Mi amo me tomó juramento: Cuando le busques mujer a mi hijo, no la cogerás de los cananeos, en cuya tierra habito, sino que irás a casa de mi padre y mis parientes y allí le buscarás mujer a mi hijo. Yo le contesté: ¿Y si la mujer no quiere venir conmigo? El replicó: el Señor a quien agrada mi proceder, enviará un ángel contigo, dará éxito a tu viaje y encontrarás mujer para mi hijo en casa de mi padre y mis parientes; pero quedarás libre del juramento si, llegado a casa de mis parientes, no te la quieren dar: entonces quedarás libre del juramento. Por tanto, decidme si queréis o no queréis portaros con amor y lealtad con mi amo para actuar en consecuencia.

Labán y Betuel le contestaron:

Es cosa del Señor, nosotros no podemos responderte ni sí ni no. Ahí tienes a Rebeca, tómala y vete, y sea la mujer del hijo de tu amo, como el Señor ha dicho.

Cuando el criado de Abrahán oyó esto, se postró en tierra ante el Señor. Después sacó ajuar de plata y oro y vestidos y se los ofreció a Rebeca, y ofreció regalos al hermano y a la madre. Comieron y bebieron él y sus compañeros, pasaron la noche, y a la mañana siguiente se levantaron y dijeron:

Permitidme que vuelva a mi amo.

El hermano y la madre replicaron:

Deja que la chica se quede con nosotros unos diez días, después se marchará.

Pero él replicó:

–No me detengáis, después que el Señor ha dado éxito a mi viaje; permitidme volver a mi amo. Vamos a llamar a la chica y preguntarle su opinión.

Llamaron a Rebeca y le preguntaron:

¿Quieres ir con este hombre?

Ella respondió:

Sí.

Entonces despidieron a Rebeca y a su nodriza, al criado de Abrahán y a sus compañeros.

Y bendijeron a Rebeca:

Tú eres nuestra hermana, sé madre de miles y miles; que tu descendencia conquiste las ciudades enemigas.

Rebeca y sus compañeras se levantaron, montaron en los camellos y siguieron al hombre; y así se llevó a Rebeca el criado de Abrahán.

Isaac se había trasladado del «Pozo del que vive y ve» al territorio del Negueb. Una tarde salió a pasear por el campo; al alzar la vista vio que venían unos camellos. Rebeca, a su vez, alzó los ojos, y, viendo a Isaac, se apeó del camello, y dijo al criado:

¿Quién es aquel hombre que viene por el campo a nuestro encuentro?

El criado respondió:

Es mi señor.

Entonces ella tomó el velo y se cubrió.

El criado contó a Isaac todo lo que había hecho. Isaac introdujo a Rebeca en la tienda de su madre Sara, la tomó por mujer y la amó tanto que se consoló de la muerte de su madre.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (35-36: Funk 1, 105-107)

¡Qué grandes y maravillosos son los dones de Dios!

¡Qué grandes y maravillosos son, amados hermanos, los dones de Dios! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en la confianza, la templanza en la santidad; y todos estos dones son los que están ya desde ahora al alcance de nuestro conocimiento. Y ¿cuáles serán, pues, los bienes que están preparados para los que lo aman? Solamente los conoce el Artífice supremo, el Padre de los siglos; sólo él sabe su número y su belleza.

Nosotros, pues, si deseamos alcanzar estos dones, procuremos, con todo ahínco, ser contados entre aquellos que esperan su llegada. Y ¿cómo podremos lograrlo, amados hermanos? Uniendo a Dios nuestra alma con toda nuestra fe, buscando siempre, con diligencia, lo que es grato y acepto a sus ojos, realizando lo que está de acuerdo con su santa voluntad, siguiendo la senda de la verdad y rechazando de nuestra vida toda injusticia, maldad, avaricia, rivalidad, malicia y fraude, chismorreos y murmuraciones, odio a Dios, soberbia, presunción, vanagloria y falta de sensibilidad para la hospitalidad. Quienes esto hacen, se hacen odiosos a Dios; y no sólo los que lo hacen, sino también quienes lo aplauden y consienten. Dice, en efecto, la Escritura: Dios dice al pecador: «¿Por qué recitas mis preceptos, y tienes siempre en la boca mi alianza, tú que detestas mi enseñanza, y te echas a la espalda mis mandatos?».

Este es, amados hermanos, el camino por el que llegamos a la salvación, Jesucristo, el Sumo sacerdote de nuestras oblaciones, sostén y ayuda de nuestra debilidad. Por él podemos elevar nuestra mirada hasta lo alto de los cielos; por él vemos como en un espejo el rostro inmaculado y excelso de Dios; por él se abrieron los ojos de nuestro corazón; por él, nuestra mente, insensata y entenebrecida, se abre al resplandor de la luz; por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento inmortal, ya que él es el reflejo de la gloria de Dios, tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.

Está, efectivamente, escrito: Envía a sus ángeles como a los vientos, a sus ministros como al rayo. En cambio, hablando de su Hijo, el Señor se expresa así: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra. Y de nuevo: Siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos por estrado de tus pies. Y ¿quiénes son los enemigos? Los hombres perversos, que se oponen a su voluntad.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 25, 7-11.19-34

Muerte de Abrahán. Nacimiento de Esaú y Jacob

Abrahán vivió ciento setenta y cinco años. Abrahán expiró y murió en buena vejez, colmado de años, y se reunió con los suyos. Isaac e Ismael, sus hijos, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Sojar, el hitita, frente a Mambré. En el campo que compró Abrahán a los hititas fueron enterrados Abrahán y Sara, su mujer.

Muerto Abrahán, Dios bendijo a su hijo Isaac, y éste se estableció en «Pozo del que vive y ve».

Descendientes de Isaac, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac. Cuando Isaac cumplió cuarenta años tomó por esposa a Rebeca, hija de Betuel, el arameo, de Padán Aram, hermana de Labán, el arameo. Isaac rezó a Dios por su mujer, que era estéril. Dios lo escuchó, y Rebeca, su mujer, concibió. Pero las criaturas se agitaban en su vientre, y ella dijo:

—¿Y para esto he concebido yo?

Y fue a consultar al Señor, el cual respondió:

—Dos naciones hay en tu vientre, dos pueblos se separan en sus entrañas. Un pueblo vencerá al otro, el mayor servirá al menor.

Cuando llegó el parto, ella tenía gemelos en el vientre Salió primero uno, todo rojo, peludo como un manto, y lo llamaron Esaú. Salió después su hermano agarrando con la mano al talón de Esaú, y le llamaron Jacob. Isaac tenía sesenta años cuando nacieron.

Crecieron los chicos. Esaú se hizo experto cazador, hombre rústico, mientras que Jacob era un honrado beduino. Isaac prefería a Esaú, porque le gustaba comer la caza, y Rebeca prefería a Jacob. Un día que Jacob estaba guisando un potaje, volvió Esaú del campo, agotado. Esaú dijo a Jacob:

Dame un plato de esa cosa roja, que estoy agotado. Por eso se llamó Rojo (Edom).

Jacob le contestó:

Si me lo pagas hoy con los derechos de primogénito...

Esaú dijo:

—Estoy que me muero, ¿qué me importan los derechos de primogénito?

Jacob le dijo:

Júramelo primero.

Y él se lo juró, y vendió a Jacob los derechos de primogénito. Entonces Jacob dio a Esaú pan y potaje de lentejas; él comió y bebió, y se puso en camino. Así malvendió Esaú sus derechos de primogénito.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (37-38: Funk 1, 107-109

Tomemos como ejemplo a nuestro cuerpo

Militemos, pues, hermanos, con todas nuestras fuerzas, bajo sus órdenes irreprochables. Pensemos en los soldados que militan a las órdenes de nuestros emperadores: con qué disciplina, con qué obediencia, con qué prontitud cumplen cuanto se les ordena. No todos son perfectos, ni tienen bajo su mando mil hombres, ni cien, ni cincuenta, y así de los demás grados; sin embargo, cada uno de ellos lleva a cabo, según su orden y jerarquía, las órdenes del emperador y de los jefes. Ni los grandes podrían hacer nada sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes; la efectividad depende precisamente de la conjunción de todos.

Tomemos como ejemplo a nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco los pies sin la cabeza; los miembros más ínfimos de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a la totalidad del cuerpo; más aún, todos ellos se coordinan entre sí para el bien de todo el cuerpo.

Procuremos, pues, conservar la integridad de este cuerpo que formamos en Cristo Jesús, y que cada uno se ponga al servicio de su prójimo según la gracia que le ha sido asignada por donación de Dios.

El fuerte sea protector del débil, el débil respete al fuerte; el rico dé al pobre, el pobre dé gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sal?io manifieste su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humilde no dé testimonio de sí mismo, sino que deje que sean los demás quienes lo hagan. El que guarda castidad, que no se enorgullezca, puesto que sabe que es otro quien le otorga el don de la continencia.

Pensemos, pues, hermanos, de qué polvo fuimos formados, qué éramos al entrar en este mundo, de qué sepulcro y de qué tinieblas nos sacó el Creador que nos plasmó y nos trajo a este mundo, obra suya, en el que, ya antes de que naciéramos, nos había dispuesto sus dones.

Como quiera, pues que todos estos beneficios los tenemos de su mano, en todo debemos darle gracias. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA
Del libro del Génesis 27, 1-29

Isaac bendice a Jacob

Cuando Isaac se hizo viejo y perdió la vista, llamó a su hijo mayor:

—Hijo mío.

Contestó:

—Aquí estoy.

El le dijo:

—Mira, yo soy viejo y no sé cuándo moriré. Toma tus aparejos, arco y aljaba, y sal al campo a buscarme caza; después guisas un buen plato, como sabes que me gusta, y me lo traes para que coma, pues quiero darte mi bendición antes de morir.

Rebeca escuchó la conversación de Isaac con Esaú, su hijo.

Salió Esaú al campo a cazar para su padre.

Y Rebeca dijo a su hijo Jacob:

—Acabo de oír a tu padre, que hablando con tu hermano Esaú le decía: «Tráeme caza y prepárame un guiso sabroso; comeré y después te bendeciré delante del Señor, antes de morirme». Ahora, hijo mío, escucha lo que te digo: Vete al rebaño, tráeme dos cabritos hermosos, y con ellos prepararé un guiso para tu padre, como a él le gusta. Se lo llevarás a tu padre para que coma, y así te bendecirá antes de morir.

Jacob respondió a Rebeca, su madre:

—Mira, mi hermano Esaú es velludo, y yo, en cambio, lampiño. A lo mejor al palparme mi padre descubre que soy un embustero, y me atraería maldición en vez de bendición.

Su madre le dijo:

–Yo cargo con la maldición, hijo mío. Tú obedéceme, ve y tráemelos.

El fue, cogió dos cabritos, se los trajo a su madre, y su madre preparó un guiso sabroso a gusto de su padre.

Rebeca tomó un traje de su hijo mayor, Esaú, el traje de fiesta, que tenía en el arcón, y vistió con él a Jacob, su hijo menor; con la piel de los cabritos le cubrió los brazos y la parte lisa del cuello. Y puso en manos de su hijo Jacob el guiso sabroso que había preparado y el pan.

El entró en la habitación de su padre y dijo:

—Padre.

Respondió Isaac:

—Aquí estoy; ¿quién eres, hijo mío?

Respondió Jacob a su padre:

—Soy Esaú, tu primogénito, he hecho lo que me mandaste; incorpórate, siéntate y come lo que he cazado; después me bendecirás tú.

Isaac dijo a su hijo:

—¡Qué prisa te has dado para encontrarla!

El respondió:

–El Señor, tu Dios, me la puso al alcance.

Isaac dijo a Jacob:

—Acércate, que te palpe, hijo mío, a ver si eres tú mi hijo Esaú o no.

Se acercó Jacob a su padre Isaac, y éste lo palpó, y dijo:

—La voz es la voz de Jacob, los brazos son los brazos de Esaú.

Y no lo reconoció porque sus brazos estaban peludos como los de su hermano Esaú. Y lo bendijo.

Le volvió a preguntar:

—¿Eres tú mi hijo Esaú?

Respondió Jacob:

—Yo soy.

Isaac dijo:

—Sírveme de la caza, hijo mío, que coma yo de tu caza, y así te bendeciré yo

Se la sirvió, y él comió. Le trajo vino, y bebió. Isaac le dijo:

—Acércate y bésame, hijo mío.

Se acercó y lo besó. Y al oler el aroma del traje, lo bendijo, diciendo:

—Aroma de un campo que bendijo el Señor es el aroma de mi hijo: que Dios te conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra, abundancia de trigo y vino. Que te sirvan los pueblos, y se postren ante ti las naciones. Sé señor de tus hermanos, que ellos se postren ante ti. Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (40-43: Funk 1, 109-115)

Los apóstoles salieron a anunciar la llegada
del reino de Dios

Siéndonos, pues, conocido todo esto y habiéndonos asomado a las profundidades del conocimiento divino, hagamos con orden todo lo que el Señor nos ha mandado hacer en los tiempos establecidos. A saber: dejó ordenado que las ofrendas y los ministerios sagrados se llevaran a cabo no a la ligera y sin orden ni concierto, sino a hora y tiempos bien determinados. Estableció incluso, con su voluntad soberana, dónde y por quiénes desea que sean celebradas, a fin de que haciéndolo todo con sensibilidad religiosa y según su beneplácito, sea aceptable a su voluntad. Así pues, quienes en los tiempos prescritos presentan sus ofrendas, ésos son aceptos a Dios y dichosos, pues que jamás yerran los que secundan los mandatos del Señor.

En efecto, al sumo sacerdote se le asignaban funciones bien precisas, los sacerdotes tenían sus propias responsabilidades, y los levitas cumplían sus servicios específicos. Los laicos debían atenerse a las normas establecidas para los laicos.

Procuremos, hermanos, participar con decoro en la acción de gracias, cada cual en su propio puesto, con conciencia recta, mirando de no incumplir las normas que regulan el propio ministerio. No en todas partes, hermanos, se ofrecen sacrificios cotidianos, votivos o de expiación por el pecado, sino únicamente en Jerusalén; y aun en Jerusalén, no en cualquier lugar, sino tan sólo en el atrio del templo, junto al altar, y una vez que el sumo sacerdote y los ministros anteriormente mencionados hubieran inspeccionado atentamente las víctimas. Los transgresores de las normas rituales, que contravienen la voluntad del Señor, son castigados con la muerte.

Ya veis, hermanos: cuanto mayor es el conocimiento que el Señor se dignó concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos expuestos. Los apóstoles nos predicaron el evangelio por encargo de nuestro Señor Jesucristo, Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo es enviado por Dios y los apóstoles fueron enviados por Cristo: ambas misiones proceden ordenadamente de la voluntad de Dios. De esta forma, recibido el encargo, con la absoluta certeza que les comunicaba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, confirmados por la palabra de Dios, salieron a anunciar la llegada del reino de Dios con la inquebrantable confianza en el Espíritu Santo. Predicando la Palabra por países y ciudades, nombraron obispos y diáconos, para el servicio de los que iban a aceptar la fe, a aquellos de quienes les constaba, en el Espíritu, la genuina disponibilidad a la fe. Y ni siquiera esta disposición era nueva, pues muchos siglos antes la Escritura había hablado de obispos y diáconos. Leemos, en efecto, en un lugar de la Escritura: Te daré por obispos la paz, y por diáconos la justicia

Y ¿qué tiene de extraño que quienes recibieron de Dios en Cristo este encargo ordenaran a los susodichos ministros, cuando el bienaventurado Moisés –el más fiel de todos mis siervos– consignaba en los libros sagrados todo cuanto le era ordenado por Dios? Y a Moisés le imitaron los demás profetas, dando también ellos testimonio de lo que Dios había sancionado. Moisés, en efecto, habiendo estallado la rebelión a propósito del sacerdocio, y las tribus contendiesen entre sí sobre cuál de ellos debía ostentar este glorioso título, mandó a los jefes de las doce tribus que le trajesen varas y que cada uno escribiera en ellas su nombre. Habiéndolas recibido, hizo con ellas un manojo, sellólo con el sello de los jefes de las doce tribus y lo depositó ante el Señor en la tienda de la alianza. Cerró la tienda, sellando llaves y puertas, y les dijo: «Hermanos, la tribu cuya vara germine, ésa será la que Dios se elige para que ejerza el sacerdocio y realice las funciones sagradas». A la mañana siguiente convocó a todo el pueblo de Israel, seiscientos mil hombres, les mostró los sellos de los jefes de las tribus, abrió la tienda de la alianza y sacó las varas. Y se halló que la vara de Aarón no sólo había germinado, sino que había dado fruto.

¿Qué os parece, queridos? ¿Es que Moisés no sabía ya de antemano lo que iba a suceder? Ya lo creo que lo sabía; pero actuó de esta manera para que no se consolidase la rebelión y para que fuera glorificado el nombre del único verdadero Dios. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 27, 30-45

Esaú, suplantado por Jacob

Apenas terminó Isaac de bendecir a Jacob, mientras salía Jacob de la presencia de su padre, Isaac, su hermano Esaú volvía de cazar. También él preparó un guiso sabroso, y se lo llevó a su padre, y le dijo:

—Padre, incorpórate y come de la caza de tu hijo, y después me bendecirás tú.

Le preguntó Isaac, su padre:

—¿Quién eres tú?

Respondió él:

–Soy Esaú, tu hijo primogénito.

Isaac quedó presa de un terror indescriptible, y preguntó:

—Entonces, ¿quién es el que ha venido y me ha traído la caza? Yo la he comido antes que tú llegaras, lo he bendecido y quedará bendito.

Cuando oyó Esaú las palabras de su padre dio un grito atroz, y, amargado en extremo, dijo a su padre:

–Bendíceme a mí también, padre.

Dijo Isaac:

—Tu hermano ha hecho trampa y se ha llevado la bendición.

Respondió Esaú:

—Con razón se llama Jacob: ya es la segunda vez que me echa la zancadilla; primero me quitó mi privilegio de primogénito y ahora me ha quitado mi bendición.

Y añadió:

—¿No te queda otra bendición para mí?

Respondió Isaac a Esaú:

—Lo he nombrado señor tuyo y he declarado a sus hermanos siervos suyos; le he asegurado el trigo y el vino. ¿Qué puedo hacer por ti, hijo mío?

Respondió Esaú:

—¿Es que sólo tienes una bendición? Bendíceme también a mí, padre mío.

Esaú rompió a llorar a gritos. Isaac, su padre, le dijo:

—En tierra estéril, sin rocío del cielo, tendrás tu morada. Vivirás de la espada y servirás a tu hermano. Pero cuando te rebeles, sacudirás el yugo de tu cuello.

Esaú guardaba rencor a Jacob por la bendición que éste había recibido de su padre, y se decía: «Cuando llegue el luto de mi padre, mataré a mi hermano Jacob».

Le contaron a Rebeca lo que decía su hijo mayor, Esaú, y mandó llamar a Jacob, el hijo menor, y le dijo:

—Esaú, tu hermano; quiere matarte para vengarse. Por tanto, hijo mío, escúchame: huye a Jarán, a casa de Labán, mi hermano, y quédate con él una temporada hasta que se le pase la cólera a tu hermano, hasta que se le pase a tu hermano la ira contra ti y se olvide de lo que has hecho.

Después te haré traer de allí; no quiero verme privada de mis dos hijos en un solo día.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (44-45: Funk 1,115-119)

Los justos sufrieron persecución

Ya nuestros apóstoles conocieron, por nuestro Señor Jesucristo, que surgirían conflictos a propósito del nombre de obispo; por cuya causa, y previendo perfectamente el futuro, nombraron los mencionados obispos y, poco más tarde, establecieron el orden sucesorio, de modo que asumieran su ministerio otros varones probados Por consiguiente, quienes fueron nombrados por ellos y posteriormente por otros varones eximios, con el consentimiento de toda la Iglesia, que irreprochablemente sirvieron a la grey de Cristo con humildad, pacífica y desinteresadamente, y que por mucho tiempo se han granjeado el aprecio de todos: a éstos juzgamos injusto removerlos de su cargo. Cometeríamos, pues, un pecado no leve si deponemos de su puesto a los obispos que han desempeñado su cometido santa e intachablemente. Dichosos los presbíteros que nos han precedido y que obtuvieron una muerte cumplida y fructuosa: no tendrán que temer que nadie les remueva del puesto que se les ha asignado. Lo decimos porque ha llegado a nuestro conocimiento que vosotros habéis depuesto de su cargo a algunos santos varones, que lo ejercían intachable y honorablemente.

Hermanos, sois porfiados, y en lo tocante a la salvación, estáis inflamados de santa emulación. Habéis escudriñado diligentemente la Escritura santa, la verdadera, la inspirada por el Espíritu Santo. No se os oculta que en ella no hay nada injusto ni perverso. No hallaréis que los justos hayan sido rechazados por hombres santos. Los justos, es verdad, padecieron persecución, pero de parte de los inicuos; fueron encarcelados, pero por los impíos; fueron apedreados, pero por los malvados; fueron asesinados, pero por gente movida por un celo criminal e injusto. Todo esto lo soportaron con invicta paciencia.

Y ¿qué diremos, hermanos? ¿Fue Daniel arrojado al pozo de los leones por hombres temerosos de Dios? ¿O es que Ananías, Azarías y Misael fueron echados al horno encendido por quienes practicaban la magnífica y gloriosa religión del Altísimo? ¡De ninguna manera! ¿Quiénes fueron, pues, los que eso hicieron? Fueron hombres abominables y ricos de toda maldad; hombres que actuaron con tanto furor que arrojaron a los tormentos a quienes servían a Dios con pureza y santidad. Ignoraban que el Altísimo es defensor y escudo de quienes con pura conciencia adoran su santísimo nombre. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

En cambio, los que lo soportaron todo con fe y paciencia heredaron gloria y honor, fueron exaltados por Dios y escritos en el libro de su memoria por los siglos de los siglos. Amén.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 28, 10—29, 14

La escalinata de Jacob

Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán.

Casualmente llegó a un lugar y se quedó allí a pernoctar porque ya se había puesto el sol. Cogió de allí mismo una piedra, se la colocó a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño:

«Una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Angeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pie sobre ella y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra, y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido».

Cuando Jacob se despertó dijo:

—Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía. Y, sobrecogido, añadió:

Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo.

Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que le había servido de almohada, la levantó como estela y derramó aceite por encima. Y llamó a aquel lugar «Casa de Dios»; antes la ciudad se llamaba Almendrales.

Jacob hizo un voto diciendo:

Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he levantado como estela será una casa de Dios; y de todo lo que me des, te daré el diezmo.

Jacob continuó su viaje al país de los orientales. En campo abierto vio un pozo y tres rebaños de ovejas tumbadas cerca, pues los rebaños solían abrevar del pozo; la piedra que tapaba el pozo era grande, tanto que sólo cuando se reunían allí todos los pastores corrían la piedra de la boca del pozo, abrevaban los rebaños y volvían a tapar el pozo poniendo la piedra'en su sitio.

Jacob les dijo:

Hermanos, ¿de dónde sois?

Respondieron:

Somos de Jarán.

Les preguntó:

¿Conocéis a Labán, hijo de Najor?

Contestaron:

–Sí.

Les dijo:

¿Qué tal está?

Contestaron:

–Está bien; mira, su hija Raquel llega con el rebaño. El les dijo:

Todavía es pleno día y no es aún tiempo de reunir los rebaños; abrevad las ovejas y dejadlas pastar. Contestaron:

–No podemos hasta que se reúnan todos los pastores; entonces movemos la piedra, destapamos el pozo y abrevamos las ovejas.

Todavía estaba hablando, cuando llegó Raquel con las ovejas de su padre, pues era pastora. Cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán, su tío, se acercó, corrió la piedra de la boca del pozo y abrevó las ovejas de Labán, su tío; después besó a Raquel y rompió a llorar. Jacob explicó a Raquel que era pariente de su padre, hijo de Rebeca.

Ella corrió a contárselo a su padre. Cuando Labán oyó las noticias de Jacob, hijo de su hermana, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó, lo besó y lo llevó a su casa. Allí él contó a Labán todo lo sucedido.

Labán le dijo:

–Eres de mi carne y sangre.

Jacob se quedó con él un mes.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (46, 2-47, 4; 48, 1-6: Funk 1,119-123)

Busque cada uno no sólo su propio interés, sino también
el de la comunidad

Escrito está: Juntaos con los santos, porque los que se juntan con ellos se santificarán. Y otra vez, en otro lugar, dice: Con el hombre inocente serás inocente; con el elegido serás elegido, y con el perverso te pervertirás. Juntémonos, pues, con los inocentes y justos, porque ellos son elegidos de Dios. ¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, banderías, escisiones y guerras? ¿O es que no tenemos un solo Dios y un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿No es uno solo nuestro llamamiento en Cristo? ¿A qué fin desgarramos y despedazamos los miembros de Cristo y nos sublevamos contra nuestro propio cuerpo, llegando a tal punto de insensatez que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros?

Acordaos de las palabras de Jesús, nuestro Señor. Él dijo, en efecto: ¡Ay de aquel hombre! Más le valiera no haber nacido que escandalizar a uno solo de mis escogidos. Mejor le fuera que le colgaran una piedra de molino al cuello y lo hundieran en el mar, que no extraviar a uno solo de mis escogidos. Vuestra escisión extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo dudar a muchos, nos sumió en la tristeza a todos nosotros. Y, sin embargo, vuestra sedición es contumaz.

Tomad en vuestra mano la carta del bienaventurado Pablo, apóstol. ¿Cómo os escribió en los comienzos del Evangelio? A la verdad, divinamente inspirado, os escribió acerca de sí mismo, de Cefas y de Apolo, como quiera que ya desde entonces fomentabais las parcialidades. Mas aquella parcialidad fue menos culpable que la actual, pues al cabo os inclinabais a apóstoles acreditados por Dios y a un hombre acreditado por éstos.

Arranquemos, pues, con rapidez ese escándalo y postrémonos ante el Señor, suplicándole con lágrimas sea propicio con nosotros, nos reconcilie consigo y nos restablezca en el sagrado y puro comportamiento de nuestra fraternidad. Porque ésta es la puerta de la justicia, abierta para la vida, conforme está escrito: Abridme las puertas de la justicia, y entraré para dar gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor: los justos entrarán por ella. Ahora bien, siendo muchas las puertas que están abiertas, ésta es la puerta de la justicia, a saber: la que se abre en Cristo. Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación. Enhorabuena que uno tenga carisma de fe, que otro sea poderoso en explicar los conocimientos, otro sabio en el discernimiento de discursos, otro casto en su conducta. El hecho es que cuanto mayor parezca uno ser, tanto más debe humillarse y buscar no sólo su propio interés, sino también el de la comunidad.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 31, 1-18

Jacob huye de Mesopotamia

Jacob oyó que los hijos de Labán decían

—Jacob se ha llevado toda la propiedad de nuestro padre y se ha enriquecido a costa de nuestro padre.

Jacob tuvo miedo de Labán, porque ya no lo trataba como antes. El Señor dijo a Jacob:

—Vuelve a la tierra de tu padre, tu tierra nativa, y allí estaré contigo.

Entonces Jacob hizo llamar a Raquel y Lía para que vinieran al campo de los rebaños, y les dijo:

—He observado el ademán de vuestro padre, ya no me trata como antes; pero el Dios de mis padres está conmigo. Vosotras sabéis que he servido a vuestro padre con todas mis fuerzas; pero vuestro padre me ha defraudado cambiándome diez veces el salario, aunque Dios no le ha permitido perjudicarme. Pues cuando decía: «Tu salario serán los animales manchados», todo el rebaño paría crías manchadas; cuando decía: «Tu salario serán los animales rayados», todo el rebaño paría crías rayadas. Dios le ha quitado el rebaño a vuestro padre y me lo ha dado a mí. Una vez, durante el celo, vi en sueños que todos los machos que cubrían eran rayados o manchados. El ángel de Dios me llamó en sueños: «Jacob»; yo contesté: «Aquí estoy». El me dijo: «Alza la vista y fíjate; todos los animales que cubren son rayados o manchados; he visto lo que Labán está haciendo contigo. Yo soy el Dios de Betel, donde ungiste una estela y me hiciste un voto. Ahora levántate, sal de esta tierra y vúelve a tu tierra nativa».

Raquel y Lía contestaron:

—¿Nos queda algo que heredar en nuestra casa paterna? Nos trata como extranjeras después de vendernos y de comerse nuestro precio. Toda la riqueza que Dios le ha quitado a nuestro padre nuestra era y de nuestros hijos. Por tanto, haz todo lo que Dios te manda.

Jacob se levantó, puso a los hijos y a las mujeres en los camellos, y guiando todo el ganado y todas las posesiones que había adquirido en Padán Aram, se encaminó a la casa de su padre, Isaac, en tierra de Canaán.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (49-50: Punk 1, 123-125)

¿Quién será capaz de explicar el vínculo del amor divino?

El que posee el amor de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en el amor hallan su perfección todos los elegidos de Dios, y sin él nada es grato a Dios. En el amor nos acogió el Señor: por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas.

Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar sin tacha el amor, libres de toda parcialidad humana. Todas las generaciones anteriores, desde Adán hasta nuestros días, han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido perfectos en el amor obtienen el lugar destinado a los justos y se manifestarán el día de la visita del reino de Cristo. Porque está escrito: Anda, pueblo mío, entra en los aposentos y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante mientras pasa la cólera; y me acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros sepulcros

Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la concordia del amor, porque este amor nos obtendrá el perdón de los pecados. Está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le hansepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo Espíritu no hay falsedad. Esta proclamación de felicidad atañe a los que, por Jesucristo nuestro Señor, han sido elegidos por Dios, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 32, 4-31

La lucha de Jacob

Jacob envió por delante mensajeros a Esaú, su hermano, al país de Seír, al campo de Edom, y les encargó:

—Así diréis a mi señor Esaú: «Esto dice tu siervo Jacob: He vivido con Labán y he estado con él hasta ahora; tengo vacas, asnos, ovejas, siervos y siervas; envío este mensaje a mi señor para alcanzar su favor».

Los mensajeros volvieron a Jacob, diciendo:

—Nos acercamos a tu hermano Esaú, y él salió a nuestro encuentro con cuatrocientos hombres.

Jacob se llenó de miedo y angustia, y dividió en dos campamentos su gente, sus posesiones, ovejas, vacas y camellos, calculando: «Si Esaú ataca un campamento y lo destroza, se salvará el otro». Y rezó: «Dios de mi padre Abrahán, Dios de mi padre Isaac, Señor, que me dijiste: Vuelve a tu tierra nativa, que allí te daré bienes, no merezco los favores ni la lealtad con que has tratado a tu siervo, pues con un bastón pasé este Jordán y ahora llevo dos caravanas; líbrame del poder de mi hermano Esaú, pues temo que venga y mate a las madres con los hijos. Tú me dijiste: Te daré bienes, haré tu descendencia como la arena innumerable de la playa».

Y pasó allí la noche. Luego, de lo que tenía a mano, escogió regalos para su hermano Esaú: doscientas cabras y veinte cabritos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta camellas de leche con sus crías, cuarenta vacas y diez novillos, veinte borricas y diez asnos. Y se los confió a sus criados en rebaños aparte, y les encargó:

–Id por delante, dejando un trecho entre cada rebaño. Y dio instrucciones al primero:

–Cuando te encuentre mi hermano Esaú y te pregunte: ¿De quién eres, adónde vas, para quién es eso que llevas?, responderás: Es de tu siervo Jacob, un regalo que envía a su señor Esaú; él viene detrás.

Lo mismo encargó al segundo y al tercero y a todos los que guiaban los rebaños:

–Esto diréis a Esaú cuando lo encontréis, y añadiréis: Mira, también tu siervo Jacob viene detrás de nosotros.

Pues se decía: «Me lo ganaré con los regalos que van por delante. Después me presentaré a él; quizá me reciba bien».

Los regalos pasaron delante; él se quedó aquella noche en el campamento. Todavía de noche, se levantó, tomó a las dos mujeres, las dos siervas y los once hijos y cruzó el vado de Yaboc; pasó con ellos el torrente e hizo pasar cuanto poseía. Y él se quedó solo.

Un hombre luchó con él hasta la aurora, y viendo que no le podía, le tocó la articulación del muslo y se la dejó tiesa mientras peleaba con él.

Y el hombre le dijo:

—Suéltame, que llega la aurora.

Respondió:

—No te soltaré hasta que me bendigas.

Y le preguntó:

—¿Cómo te llarnas?

Contestó:

–Jacob.

Le replicó:

—Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y has podido.

Jacob, a su vez, preguntó:

—Dime tu nombre.

Respondió:

—¿Por qué me preguntas mi nombre?

Y le bendijo.

Jacob llamó a aquel lugar Penuel, diciendo:

—He visto a Dios cara a cara y he quedado vivo.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (51-52.54: Funk 1, 129.130)

Más le vale al hombre confesar sus caídas
que endurecer su corazón

Roguemos, pues, que nos sean perdonadas cuantas faltas y pecados hayamos cometido seducidos por cualquier aliado del adversario, y aun aquellos que han encabezado sediciones y banderías deben acogerse a nuestra común esperanza. Pues los que, en su conducta, proceden con temor y caridad prefieren sufrir ellos mismos antes que sufran los demás; prefieren que se tenga mala opinión de ellos mismos antes que sea vituperada aquella armonía y concordia que justa y bellamente nos viene de la tradición. Más le vale al hombre confesar sus caídas que endurecer su corazón, como se endureció el corazón de los que acaudillaron la rebelión contra Moisés, el siervo del Señor. Su condenación fue manifiesta, pues bajaron vivos al abismo, y la muerte es su pastor.

El Faraón con todo su ejército y todos los prefectos de Egipto, los carros y sus aurigas, todos quedaron sumergidos en el Mar Rojo y perecieron precisamente porque sus insensatos corazones se habían endurecido no obstante la abundancia de prodigios y milagros que Dios les mostró por mano de Moisés, su siervo.

Hermanos, nada en absoluto necesita el que es Dueño de todas las cosas; nada desea de nadie si no es el sacrificio de nuestra confesión. Dice, en efecto, David, el elegido: Alabaré el nombre de Dios con cantos, y le agradará más que un toro, más que un novillo con cuernos y pezuñas. Y de nuevo dice: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo, e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria. Pues mi sacrificio es un espíritu quebrantado.

Ahora bien, ¿hay entre vosotros alguien que sea generoso?, ¿alguien que sea compasivo?, ¿hay alguno que se sienta lleno de caridad? Pues diga: «Si por mi causa vino la sedición, contienda o escisiones, yo me retiro y voy a donde queráis, y estoy pronto a cumplir lo que la comunidad ordenare, con tal de que el rebaño de Cristo se mantenga en paz con sus ancianos establecidos». El que esto hiciere se adquirirá una grande gloria en Cristo, y todo lugar lo recibirá, pues del Señor es la tierra y cuanto la llena. Así han obrado y así seguirán actuando quienes han llevado un comportamiento digno de Dios, del cual no cabe jamás arrepentirse.



VIERNES

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 35, 1-29

Últimos años de Jacob

Dios dijo a Jacob:

—Anda, sube a Betel, haz allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.

Jacob dijo a toda su familia y a toda su gente:

—Retirad los dioses extranjeros que tengáis, purificaos y cambiad de ropa; vamos a subir a Betel, donde haré un altar al Dios que me escuchó en el peligro y me acompañó en mi viaje.

Ellos entregaron a Jacob los dioses extranjeros que tenían y los pendientes que llevaban. Jacob los enterró bajo la encina que hay junto a Siquén. Durante su marcha caía el terror de Dios sobre las ciudades de la comarca y no persiguieron a los hijos de Jacob. Jacob, con toda su gente, llegó a Almendral, en tierra de Canaán, que hoy es Betel; levantó allí un altar y llamó al lugar Betel, porque allí se le había revelado Dios, mientras huía de su hermano.

Débora, nodriza de Rebeca, murió y la enterraron junto a Betel, bajo la encina, a la que llamaron Encina del llanto.

Al volver de Padán Aram, Dios se le apareció de nuevo a Jacob, y lo bendijo:

–Tu nombre es Jacob, pero ya no será Jacob; tu nombre será Israel.

Y le puso el nombre de Israel.

Dios añadió:

—Yo soy Dios Todopoderoso, crece, multiplícate: un pueblo, un grupo de pueblos nacerá de ti y saldrán reyes de tus entrañas. La tierra que di a Abrahán y a Isaac te la doy a ti, y a tus descendientes les daré esa misma tierra.

Dios se separó del lugar donde había hablado con él. Jacob erigió una estela de piedra en el lugar donde había hablado con Dios, derramó sobre ella una libación y la ungió con aceite. Y al lugar donde había hablado con Dios lo llamó Betel.

Después se marchó de Betel, y cuando faltaba un buen trecho para llegar a Efrata, Raquel sintió los dolores del parto; y cuando le apretaban los dolores, la comadrona le dijo:

No tengas miedo, que tienes un niño.

Estando para expirar, lo llamó Hijo Siniestro, y su padre lo llamó Hijo Diestro (Benjamín).

Murió Raquel y la enterraron en el camino de Efrata, hoy Belén, y Jacob erigió una estela sobre el sepulcro, que es hasta hoy la estela del sepulcro de Raquel.

Israel se marchó de allí y acampó al otro lado de Torre del Rebaño.

Mientras vivía Israel en aquella tierra, Rubén fue y se acostó con Bilha, concubina de su padre; Israel se enteró (y se disgustó mucho).

Los hijos de Jacob fueron doce. Hijos de Lía: Rubén, primogénito de Jacob, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Hijos de Raquel: José y Benjamín. Hijos de Bilha, la sierva de Raquel: Dan y Neftalí. Hijos de Zilpa, la sierva de Lía: Gad y Aser. Estos son los hijos de Jacob nacidos en Padán Aram.

Jacob volvió a casa de Isaac, su padre, a Mambré, en Villa Arba, hoy Hebrón, donde había residido Abrahán e Isaac. Isaac vivió ciento ochenta años; expiró, murió y se reunió con los suyos, anciano y colmado de años, y lo enterraron Esaú y Jacob, sus hijos.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (56, 1-2.16; 57, 1-2; 58,1-2: Funk 1, 131-135)

Obedezcamos a su nombre santísimo y glorioso

Oremos, pues, también nosotros por quienes hubieran incurrido en algún fallo, para que se les conceda la docilidad y la humildad necesarias para someterse, no a nosotros, sino a la voluntad de Dios. De esta manera, el recuerdo misericordioso que de ellos hacemos ante Dios y sus santos, les será provechoso y perfecto. Aceptemos, queridos, la corrección, que nadie debe tomar a mal. Las advertencias que mutuamente nos hacemos unos a otros son buenas y sobremanera provechosas, pues nos unen a la voluntad de Dios. Ya veis, hermanos, qué gran favor es ser corregidos por el Señor; pues como Padre bueno que es, nos castiga para que, mediante su piadosa corrección, consigamos su misericordia.

Así pues, los que habéis sido los responsables de la sedición, someteos obedientemente a vuestros ancianos y recibid la corrección con espíritu de penitencia, doblando las rodillas de vuestro corazón. Aprended la sumisión, deponiendo la arrogancia jactanciosa y altanera de vuestro lenguaje, pues os tiene más cuenta ser pequeños y considerados en el rebaño de Cristo que, por un puntillo de pundonor, ser excluidos de su esperanza.

Obedezcamos, pues, a su nombre santísimo y glorioso, evitando de este modo las amenazas que la Sabiduría profiere contra los desobedientes. Así habitaremos confiadamente a la sombra del dulcísimo nombre de su majestad.

Aceptad nuestro consejo, que no os pesará. Porque tan cierto como que vive Dios y vive nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, fe y esperanza de los elegidos, que todo el que cumpliere prontamente y en asidua humildad y justicia los mandatos y preceptos propuestos por Dios, será seleccionado y contado en el número de los que se salvan por Jesucristo, por medio del cual se le da a Dios la gloria por los siglos de los siglos.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 37, 2-4.12-36

José, vendido por sus hermanos

Sigue la historia de Jacob.

José tenía diecisiete años y pastoreaba el rebaño con sus hermanos; ayudaba a los hijos de Bilha y Zilpa, mujeres de su padre, y un día trajo a su padre malos informes acerca de sus hermanos. Israel amaba a José más que a todos los demás hijos, por ser él el hijo de la ancianidad. Le había hecho una túnica larga. Vieron sus hermanos cómo le prefería su padre a todos ellos y le aborrecieron hasta el punto de no poder siquiera saludarle.

Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre.

Israel dijo a José:

Tus hermanos deben estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar adonde están ellos.

José le contestó:

—Aquí me tienes.

Su padre le dijo:

—Ve a ver cómo están tus hermanos y el ganado, y tráeme noticias.

Y lo envió desde el valle de Hebrón, y José se fue hacia Siquén.

Un hombre lo encontró dando vueltas por el campo, y le preguntó:

—¿Qué buscas?

Contestó José:

—Busco a mis hermanos; por favor, dime dónde están pastoreando.

El hombre respondió:

—Se han marchado de aquí, y les he oído decir que iban hacia Dotán.

José fue detrás de sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos le vieron de lejos y, antes de que se les acercara, conspiraron contra él para matarle, y se decían mutuamente:

Por ahí viene el soñador. Ahora, pues, venid, matémosle y echémosle en un pozo cualquiera y diremos que algún animal feroz lo devoró. Veremos entonces en qué paran sus sueños.

Rubén trató de librarlo de sus manos y les dijo:

–No le quitemos la vida. (Deseaba devolverlo a su padre). Y añadió:

Arrojadlo a un pozo, pero no le hagáis daño.

Cuando llegó José, sus hermanos lo despojaron de la túnica y lo arrojaron a un pozo sin agua. Estaban comiendo, cuando vieron a lo lejos una caravana de ismaelitas, que venían de Galaad, con los camellos cargados de especias —tragacanto, resina de lentisco y láudano— e iban a Egipto. Judá dijo entonces a sus hermanos:

¿Qué ganamos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Vendámoslo a los ismaelitas y no pongamos en él las manos; al cabo, hermano nuestro y carne nuestra es

Al llegar los mercaderes sacaron a José del pozo y se lo vendieron por veinte monedas de plata. Y los mercaderes llevaron a José a Egipto.

Entre tanto, Rubén volvió al pozo, y al ver que José no estaba allí, se rasgó las vestiduras; volvió a sus hermanos y les dijo:

–El muchacho no está, ¿adónde voy yo ahora?

Ellos cogieron la túnica de José, degollaron un cabrito y empapando en sangre la túnica se la enviaron a su padre con este recado: Esto hemos encontrado, mira a ver si es la túnica de tu hijo o no. El, al reconocerla, dijo:

–Es la túnica de mi hijo; una fiera lo ha devorado, ha descuartizado a José.

Jacob rasgó su manto, se ciñó un sayal e hizo luto por su hijo muchos días. Todos sus hijos e hijas intentaron consolarlo, pero él rehusó el consuelo, diciendo:

De luto por mi hijo bajaré a la tumba.

Y su padre lloró.

Entre tanto, los madianitas lo vendieron en Egipto a Putifar, ministro y jefe de la guardia del Faraón.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (59, 1–60,4; 61, 3: Funk 1, 135-137)

La oración de los fieles

Si alguno no obedeciera a lo que el Señor mismo os ha dicho por mediación nuestra, sepa que incurrirá en culpa y correrá un peligro realmente grave. En cuanto a nosotros, seremos inocentes de tal pecado, y no cesaremos de pedir y de rogar para que el Artífice de todas las cosas conserve íntegro en todo el mundo el número de sus elegidos, por mediación de su amado siervo Jesucristo, por quien nos llamó de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre.

Haz que esperemos en tu nombre, tú que eres el origen de todo lo creado; abre los ojos de nuestro corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las alturas, el santo que reposa entre los santos; que terminas con la soberbia de los insolentes, que deshaces los planes de las naciones, que ensalzas a los humildes y humillas a los soberbios, que das la pobreza y la riqueza, que das la muerte, la salvación y la vida, el solo bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne; que sondeas los abismos, que ves todas nuestras acciones, que eres ayuda de los que están en peligro, que eres salvador de los desesperados, que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; tú que multiplicas las naciones sobre la tierra y eliges de entre ellas a los que te aman por Jesucristo, tu Hijo amado, por quien nos has instruido, santificado y honrado.

Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.

Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, por medio de las fuerzas que obran en él; tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, tú eres fiel por todas las generaciones, justo en tus juicios, admirable por tu fuerza y magnificencia, sabio en la creación y providente en el gobierno de las cosas creadas, bueno en estos dones visibles y fiel para los que en ti confían, benigno y misericordioso; perdona nuestras iniquidades e injusticias, nuestros pecados y delitos.

No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y siervas, antes purifícanos en tu verdad y asegura nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, la justicia y la rectitud de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti y ante los que nos gobiernan.

Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa, y tu brazo extendido nos libre del pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.

Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad, pues obedecemos a tu nombre omnipotente y santísimo, así como a nuestros príncipes y gobernantes de la tierra.

Tú, Señor, les has dado la regia potestad por tu fuerza magnífica e inenarrable, para que conociendo la gloria y el honor que tú les otorgaste, nos sometamos a ellos sin oponernos a tu voluntad. Dales, Señor, la salud, la paz, la concordia, la firmeza, para que sin tropiezo ejerzan la potestad que les concediste. Porque tú, Señor, celeste rey de los siglos, das a los hombres gloria, honor y potestad sobre las cosas de la tierra. Guía, Señor, su consejo según lo que a ti te parece bien, a fin de que administrando piadosamente, en paz y en mansedumbre, la potestad que les has conferido, te tengan propicio.

A ti, el único que puede concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 39, 1-23

José en Egipto

Cuando llevaron a José a Egipto, Putifar, un egipcio ministro y mayordomo del Faraón, se lo compró a los ismaelitas que lo habían traído.

El Señor estaba con José y le dio suerte, de modo que lo dejaron en casa de su amo egipcio. Su amo, viendo que el Señor estaba con él y que hacía prosperar todo lo que él emprendía, le tomó afecto y lo puso a su servicio personal, poniéndolo al frente de su casa y encomendándole todas sus cosas. Desde que lo puso al frente de su casa y de todo lo suyo, el Señor bendijo la casa del egipcio en atención a José, y vino la bendición del Señor sobre todo lo que poseía, en casa y en el campo. Putifar lo puso todo en mano de José, sin preocuparse de otra cosa que del pan que comía. José era guapo y de buen tipo.

Pasado cierto tiempo, la mujer del amo puso los ojos en José y le propuso:

—Acuéstate conmigo.

El rehusó, diciendo a la mujer del amo:

–Mira, mi amo no se ocupa de nada de casa, todo lo suyo lo ha puesto en mis manos; no ejerce en casa más autoridad que yo, y no se ha reservado nada sino a ti, que eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer yo semejante crimen pecando contra Dios?

Ella insistió un día y otro para que se acostase con ella o estuviese con ella, pero él no le hacía caso. Un día de tantos, entró él en casa a despachar sus asuntos, y no estaba en casa ninguno de los empleados; ella lo agarró por el traje y le dijo:

—Acuéstate conmigo.

Pero él soltó el traje en sus manos y salió afuera corriendo. Ella, al ver que le había dejado el traje en la mano y había corrido afuera, llamó a los criados y les dijo:

–Mirad, nos han traído un hebreo para que se aproveche de nosotros; ha entrado en mi habitación para acostarse conmigo, pero yo he gritado fuerte; al oír que yo levantaba la voz y gritaba, soltó el traje junto a mí y salió afuera corriendo.

Y retuvo consigo el manto hasta que volviese a casa su marido, y le contó la misma historia:

—El esclavo hebreo que trajiste ha entrado en mi habitación para aprovecharse de mí; yo alcé la voz y grité y él dejó el traje junto a mí y salió corriendo.

Cuando el marido oyó la historia que le contaba su mujer, «tu esclavo me ha hecho esto», montó en cólera, tomó a José y lo metió en la cárcel, donde estaban los presos del rey; así fue a parar a la cárcel.

Pero el Señor estaba con José, le concedió favores e hizo que cayese en gracia al jefe de la cárcel. Este encomendó a José todos los presos de la cárcel, de modo que todo se hacía allí según su deseo. El jefe de la cárcel no vigilaba nada de lo que estaba a su cargo, pues el Señor estaba con José, y cuanto éste emprendía, el Señor lo hacía prosperar.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (62-63: Funk 1, 141-143)

Mantened la concordia en la caridad y en la paz

Os hemos escrito, hermanos, con suficiente amplitud sobre lo que atañe a nuestra religión y que es utilísimo para todo el que quiera llevar una vida virtuosa en santidad y justicia. Nos hemos referido a todos los temas: la fe, la penitencia, la caridad sincera, la continencia, la castidad, la paciencia; os hemos recordado la necesidad de agradar al Dios omnipotente viviendo piadosamente en la justicia, en la verdad, en la generosidad, manteniendo la concordia con el perdón de las ofensas, la caridad, la paz, y una asidua equidad, como le agradaron nuestros padres –de que hicimos mención–, con espíritu de humildad hacia Dios, Padre y Creador, y hacia todos los hombres.

Y lo hemos hecho con tanta mayor satisfacción cuanto que sabíamos muy bien que escribíamos a hombres fieles y ejemplares, que han profundizado en la ciencia divina.

Es, pues, justo que quienes nos hemos acercado a tales y tan maravillosos ejemplos, sometamos al yugo la cerviz y, dando paso franco a la obediencia, acatemos a los que son guías de nuestras almas, a fin de que, apaciguada la vana sedición, podamos llegar sin ninguna cortapisa a la meta que nos propone la verdad.

Nos daréis un gozo y alegría grandes si, dóciles a cuanto os hemos escrito movidos por el Espiritu Santo, cortáis de raíz todo resentimiento y toda envidia, poniendo en práctica la exhortación a la paz y a la concordia que os hemos hecho en esta carta.

Os hemos enviado, además, hombres fieles y prudentes, que han vivido inculpablemente entre nosotros desde la juventud a la vejez. Ellos serán testigos entre nosotros y vosotros. Lo hemos hecho para que sepáis que toda nuestra preocupación ha tenido y tiene este objetivo: que recuperéis pronto la paz.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 41, 1-17a.25-45

Los sueños del Faraón

Pasaron dos años y el Faraón tuvo un sueño: Estaba en pie junto al Nilo cuando vio salir del Nilo siete vacas hermosas y bien cebadas que se pusieron a pastar en el carrizal. Detrás de ellas salieron del Nilo otras siete vacas flacas y mal alimentadas, y se pusieron junto a las otras a la orilla del Nilo, y las vacas flacas y mal alimentadas se comieron las siete vacas hermosas y bien cebadas. El Faraón despertó.

Tuvo un segundo sueño: siete espigas brotaban de un tallo, hermosas y granadas, y siete espigas secas y con tizón brotaban detrás de ellas. Las siete espigas secas devora a las siete espigas granadas y llenas. El Faraón despertó; había sido un sueño.

A la mañana siguiente, agitado, mandó llamar a todos los magos de Egipto y a sus sabios, y les contó el sueño, pero ninguno sabía interpretárselo al Faraón. Entonces el Copero Mayor dijo al Faraón:

—Tengo que confesar hoy mi pecado. Cuando el Faraón se irritó contra sus siervos y nos metió en la cárcel en casa del mayordomo a mí y al Panadero Mayor, él y yo tuvimos un sueño la misma noche; cada sueño con su propio sentido. Había allí con nosotros un joven hebreo, siervo del mayordomo; le contamos el sueño y él lo interpretó, a cada uno su interpretación. Y tal como él lo interpretó así sucedió: a mí me restablecieron en mi cargo, a él lo colgaron.

El Faraón mandó llamar a José. Lo sacaron aprisa del calabozo; se afeitó, se cambió de traje y se presentó al Faraón. El Faraón dijo a José:

—He soñado un sueño y nadie sabe interpretarlo. He oído decir de ti que oyes un sueño y lo interpretas. Respondió José al Faraón:

—Sin mérito mío, Dios dará al Faraón respuesta propicia.

Entonces el Faraón contó a José sus sueños.

José dijo al Faraón:

—Se trata de un único sueño: Dios anuncia al Faraón lo que va a hacer. Las siete vacas gordas son siete años y las siete espigas hermosas son siete años: el mismo sueño. Las siete vacas flacas y desnutridas que salían detrás de las primeras son siete años y las siete espigas vacías y con tizón son siete años de hambre. Es lo que he dicho al Faraón. Dios ha mostrado al Faraón lo que va a hacer. Van a venir siete años de gran abundancia en todo el país de Egipto; detrás vendrán siete años de hambre que harán olvidar la abundancia en Egipto, pues el hambre acabará con el país. No habrá rastro de abundancia en el país a causa del hambre que seguirá, pues será terrible. El haber soñado el Faraón dos veces indica que Dios confirma su palabra y que se apresura a cumplirla. Por tanto, que el Faraón busque a un hombre sabio y prudente y lo ponga al frente de Egipto; establezca inspectores que dividan el país en regiones y administren durante los siete años de abundancia. Que reúnan toda clase de alimentos durante los siete años buenos que van a venir, metan grano en los graneros por orden del Faraón y los guarden en las ciudades. Los alimentos servirán de provisiones para los siete años de hambre que vendrán después en Egipto, y así no perecerá de hambre el país.

El Faraón y sus ministros aprobaron la propuesta, y el Faraón dijo a sus ministros:

—¿Podemos encontrar un hombre como éste, dotado de un espíritu sobrehumano?

Y el Faraón dijo a José:

—Ya que el Señor te ha enseñado todo eso, nadie será tan sabio y prudente como tú. Tú estarás al frente de mi casa y todo el pueblo obedecerá tus órdenes; sólo en el trono te precederé.

Y añadió:

—Mira, te pongo al frente de todo el país.

Y el Faraón se quitó el anillo de sello de la mano y se lo puso a José; le vistió traje de lino y le puso un collar de oro al cuello. Le hizo sentarse en la carroza de sus lugartenientes y que gritasen delante de él: «De rodillas». Así lo puso al frente de Egipto.

El Faraón dijo a José:

—Yo soy el Faraón; sin contar contigo nadie moverá mano o pie en todo Egipto.

Y llamó a José Zafnat-Panej, y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. José salió a recorrer Egipto.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Roma, Carta a los Corintios (64-65: Funk 1, 143-145)

La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros y
con todos los llamados

Por lo demás, que el Dios que todo lo ve, el Señor de los espíritus y Dueño de toda carne, que eligió a nuestro Señor Jesucristo y a nosotros por él, para pueblo peculiar suyo, conceda a toda alma que invocare su glorioso y santo nombre, fe, temor, paz, paciencia, ecuanimidad, castidad y pureza, para que con rectitud pueda agradar a su nombre, por mediación del sumo sacerdote y protector nuestro Jesucristo, por el cual le sea dada a él la gloria y la majestad, el poder y el honor, ahora y por los siglos de los siglos. ¡Amén!

Remitidnos en breve, con paz y alegría, a nuestros enviados: Claudio Efebo, Valerio Bitón y Fortunato, para que cuanto antes nos traigan la noticia de que la paz y la concordia, tan anhelada y deseada por nosotros, se han finalmente restablecido entre vosotros; de modo que también nosotros podamos alegrarnos lo antes posible del restablecimiento del orden entre vosotros.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros y con todos los que, en cualquier lugar, han sido llamados por Dios a través de Jesucristo, por quien sea dada a Dios la gloria, el honor, el poder, la majestad y el reino eterno, por los siglos de los siglos. ¡Amén!



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 41, 5612, 26 ,;Is

Los hermanos de José van a Egipto

Cuando el hambre cubrió toda la tierra, José abrió los graneros y repartió raciones a los egipcios, mientras arreciaba el hambre en Egipto. Y de todos los países venían a Egipto a comprarle a José, porque el hambre arreciaba en toda la tierra.

Enterado Jacob de que había grano en Egipto, dijo a sus hijos:

¿A qué esperáis? He oído decir que hay grano en Egipto; bajad allá y compradnos grano, a ver si conservamos la vida y no morimos.

Bajaron, pues, diez hermanos de José a comprar grano en Egipto. Jacob no dejó marchar a Benjamín, hermano de José, con sus hermanos, temiendo que le sucediera una desgracia. Los hijos de Israel fueron entre otros a comprar grano, pues había hambre en Canaán.

José mandaba en el país y distribuía las raciones a todo el mundo. Vinieron, pues, los hermanos de José y se postraron ante él, rostro en tierra. Al ver a sus hermanos, José los reconoció, pero él no se dio a conocer, sino que les habló duramente:

–¿De dónde venís?

Contestaron:

De la tierra de Canaán a comprar provisiones.

José reconoció a sus hermanos, pero no se les dio a conocer. Se acordó José de los sueños que había soñado, y les dijo:

—¡Sois espías! Habéis venido a observar las zonas desguarnecidas del país.

Contestaron:

No es así, señor; tus siervos han venido a comprar provisiones. Somos todos hijos de un mismo padre y gente honrada; tus siervos no son espías.

El insistió:

–No es cierto, habéis venido a observar las zonas desguarnecidas del país.

Respondieron:

Éramos doce hermanos, hijos de un mismo padre, en tierra de Canaán; el menor se ha quedado con su padre y el otro ha desaparecido.

José les dijo:

–Lo que yo decía, sois espías; pero os pondré a prueba: no saldréis de aquí, por vida del Faraón, si primero no me traéis a vuestro hermano menor. Despachad a uno de vosotros por su hermano, mientras los demás quedáis presos, y probaréis que vuestras palabras son verdaderas; de lo contrario, por vida del Faraón, que sois espías.

Y los hizo detener durante tres días. Al tercer día les dijo:

—Yo temo a Dios; por eso haréis lo siguiente y salvaréis la vida: si sois gente honrada, uno de vosotros quedará aquí encarcelado y los demás irán a llevar víveres a vuestras familias hambrientas; después me traeréis a vuestro hermano menor; así probaréis que habéis dicho la verdad y no moriréis.

Ellos aceptaron, y se decían:

—Estamos pagando el delito contra nuestro hermano, cuando le veíamos suplicarnos angustiado y no le hicimos caso; por eso nos sucede esta desgracia.

Intervino Rubén:

—¿No os decía yo: «No pequéis contra el muchacho», y no me hicisteis caso? Ahora nos piden cuentas de su sangre.

Ellos no sabían que José les entendía, pues había usado intérprete. Él se retiró y lloró; después volvió a ellos y escogió a Simeón y le hizo encadenar en su presencia. José mandó que les llenasen los sacos de grano, que metieran el dinero pagado en cada saco y que les dieran provisiones para el camino.

Así se hizo. Cargaron el grano en los asnos y se marcharon.


SEGUNDA LECTURA

San Atanasio de Alejandría, Sermón sobre la encarnación del Verbo (10: PG 25, 111-114)

Renueva los tiempos pasados

El Verbo de Dios, Hijo del mejor Padre, no abandonó la naturaleza humana corrompida. Con la oblación de su propio cuerpo destruyó la muerte, castigo en que había incurrido el género humano. Trató de corregir su descuido, adoctrinándolo, y restauró todas las cosas humanas con su eficacia y poder.

Estas afirmaciones de los teólogos hallan apoyo en el testimonio de los discípulos del Salvador, como se lee en sus escritos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo. Y en otro pasaje: Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos. Más adelante, la Escritura prueba que el único que debía hacerse hombre era el Verbo de Dios, cuando dice: Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. Con estas palabras, da a entender que el único que debía librar al hombre de su corrupción era el Verbo de Dios, el mismo que lo había creado desde el principio.

Prueba además que el Verbo mismo tomó un cuerpo precisamente con el fin de ofrendarse por los que tenían cuerpos semejantes. Y así lo dice: Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también él; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos. Ya que, al inmolar su propio cuerpo, acabó con la ley que pesaba contra nosotros y renovó el principio de vida con la esperanza de la resurrección.

Como la muerte había cobrado fuerzas contra los hombres, de los mismos hombres, por eso, se logró la victoria sobre la muerte y la resurrección para la vida por el mismo Verbo de Dios, hecho hombre para los hombres, y así pudo decir muy bien aquel hombre lleno de Cristo: Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Y lo demás que pone a continuación. Así que no morimos ya para ser condenados, sino para ser resucitados de entre los muertos. Esperamos la común resurrección de todos. A su tiempo nos la dará Dios, que la hace y la comunica.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 43,1-11a.13-17.26-34

Nuevo viaje de los hermanos de José a Egipto

El hambre apretaba en el país; cuando se terminaron los víveres que habían traído de Egipto, su padre les dijo:

–Volved a comprar provisiones.

Judá le contestó:

–Aquel hombre nos ha jurado: «No os presentéis ante mí si no me traéis a vuestro hermano». Si permites a nuestro hermano venir con nosotros, bajaremos a comprarte provisiones; si no lo dejas, no bajaremos, pues aquel hombre nos dijo: «No os presentéis ante mí si no me traéis a vuestro hermano».

Israel les dijo:

–¿Por qué me habéis dado este disgusto: decirle que teníais otro hermano?

Contestaron:

–Aquel hombre nos preguntaba por nosotros y por nuestra familia: «¿Vive todavía vuestro padre? ¿Tenéis hermanos?». Y nosotros respondimos a sus preguntas. ¿Cómo íbamos a suponer que nos iba a decir que lleváramos a nuestro hermano?

Judá dijo a su padre Israel:

–Deja que el muchacho venga conmigo, porque yendo podremos salvar la vida; de lo contrario, moriremos tú y nosotros y los niños. Yo salgo fiador de él; a mí me pedirás cuentas de él: si no te lo traigo y lo pongo delante de ti,rompes conmigo para siempre. Si no hubiéramos dado largas, ya estaríamos de vuelta la segunda vez.

Israel, su padre, les respondió:

—Si no hay más remedio, hacedlo; tomad productos del país en vuestras vasijas y llevádselos como regalo a aquel hombre. Tomad a vuestro hermano y volved a visitar a aquel hombre. Dios Todopoderoso lo haga compadecerse de vosotros y os suelte a vuestro hermano y deje a Benjamín. Si tengo que quedarme solo, me quedaré.

Ellos tomaron consigo los regalos, doble cantidad de dinero y a Benjamín; se encaminaron a Egipto y se presentaron a José. Cuando José vio a Benjamín, dijo a su mayordomo:

Hazlos entrar en casa; que maten y guisen, pues al mediodía comerán conmigo.

El mayordomo hizo lo que mandó José, y los hizo entrar en casa de José. Cuando José entró en casa, ellos le presentaron los regalos que habían traído y se postraron en tierra.

El les preguntó:

¿Qué tal estáis? ¿Qué tal está vuestro viejo padre, del que me hablasteis? ¿Vive todavía?

Contestaron:

—Tu siervo, nuestro padre, está bien, vive todavía. Y se inclinaron y se postraron.

Alzando la vista, vio José a Benjamín, su hermano, hijo de su madre, y preguntó:

¿Es éste el hermano menor, de quien me hablasteis? Y añadió:

Dios te dé su favor, hijo mío.

En seguida, conmovido por su hermano, le vinieron ganas de llorar y, entrando en la alcoba, lloró allí. Después se lavó la cara, y salió dominándose y mandó:

Servid la comida.

Le sirvieron a él por un lado, a ellos por otro y a los egipcios convidados por otro, pues los egipcios no pueden comer con los hebreos, ya que sería sacrilegio. Se sentaron frente a él, empezando por el primogénito y terminando por el menor, y se miraban asombrados. José les hacía pasar las porciones de su mesa, y la porción de Benjamín era cinco veces mayor. Así bebieron abundantemente con él.


SEGUNDA LECTURA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 90 (4.6: CCL 103, 372.373. 374)

El pueblo cristiano, apoyándose en la humildad,
se eleva a la cumbre de la virtud

El bienaventurado patriarca José, movido de la dulzura de una sincera caridad, trató de rechazar con la gracia de Dios, de su corazón el veneno de la envidia, del que le constaba estar inficionado el corazón de sus hermanos.

Así pues, al pueblo cristiano no le es lícito estar celoso, no le está permitido envidiar: apoyándose en la humildad, se eleva a la cumbre de la virtud. Escucha al bienaventurado apóstol Juan en su carta: El que odia a su hermano es un homicida; y de nuevo: Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos. El que aborrece –dice– a su hermano, camina en las tinieblas y no sabe adónde va; pues sin darse cuenta baja al infierno y, como ciego que es, se precipita en la pena, apartándose de la luz de Cristo, que nos amonesta y nos dice: Yo soy la luz del mundo, y El que cree en mí no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

¿Cómo, en efecto, va a poseer la paz del Señor o la caridad el que, dominado por los celos, es incapaz de permanecer en paz y seguridad? En cuanto a nosotros, hermanos, huyamos, con la gracia de Dios, de la ponzoña de los celos y de la envidia, y llevemos la dulzura de la caridad a nuestras relaciones no sólo con los buenos, sino también con los malos; así no nos reprobará Cristo por el pecado de envidia, antes nos felicitará y nos invitará al premio diciéndonos: Venid, benditos, heredad el reino.

Tengamos en las manos la sagrada Escritura y en la mente el pensamiento del Señor; que jamás cese la continua oración y persevere siempre la operación salvadora, de manera que cuantas veces el enemigo se acercare para tentarnos nos encuentre siempre ocupados en las buenas obras. Examine, pues, cada cual su propia conciencia, y si se descubre afectado por el veneno de la envidia ante la prosperidad de su hermano, arranque de su pecho las espinas y cardos, para que en él la semilla del Señor, cual en fértil campo, produzca un fruto multiplicado y la divina y espiritual cosecha se traduzca en ubérrima mies.

Piense cada cual en las delicias del paraíso y anhele el reino celestial, en el que Cristo solamente admite a los que tienen un solo corazón y una sola alma. Pensemos, hermanos, que «hijos de Dios» sólo pueden ser llamados los que trabajan por la paz, según lo que está escrito: En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros. Que el piadoso Señor os conduzca bajo su protección y por el camino de las buenas obras a este amor. A él el honor y la gloria juntamente con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 44, 1-20.30-34

José y Benjamín

José encargó al mayordomo:

—Llénales los sacos de víveres, todo lo que quepa, y pon el dinero en la boca de cada saco, y mi copa de plata la metes en el saco del menor, junto con su dinero.

El hizo lo que le mandaban.

Al amanecer, los hombres se despidieron y salieron con los asnos. Apenas salidos, no se habían alejado de la ciudad, cuando José dijo al mayordomo:

Sal en persecución de esos hombres y, cuando los alcances, diles: «¿Por qué me habéis pagado mal por bien? ¿Por qué habéis robado la copa de plata en que bebe mi señor y con la que suele adivinar? Os habéis portado mal».

Cuando él les dio alcance, les repitió las palabras.

Ellos replicaron:

¿Por qué habla así nuestro señor? ¡Lejos de tus siervos obrar de tal manera! Mira, el dinero que habíamos encontrado en los sacos te lo trajimos desde la tierra de Canaán; ¿por qué íbamos a robar en casa de tu amo oro o plata? Si se la encuentras a uno de tus siervos, que muera, y nosotros seremos esclavos de nuestro señor.

Respondió él:

De acuerdo. Aquel a quien se la encuentre será mi esclavo, y los demás quedáis libres.

Cada uno bajó aprisa su saco, lo puso en tierra y lo abrió. El comenzó a examinarlos, empezando por el del mayor y terminando por el del menor, y encontró la copa en el saco de Benjamín. Ellos se rasgaron los vestidos, cargaron de nuevo los asnos y volvieron a la ciudad.

Judá y sus hermanos entraron en casa de José (él estaba allí todavía) y se echaron por tierra ante él.

José les dijo:

¿Qué manera es ésa de portarse? ¿No sabíais que uno como yo es capaz de adivinar?

Judá le contestó:

¿Qué podemos responder a nuestro señor? ¿Cómo probar nuestra inocencia? Dios ha descubierto la culpa de tus siervos. Esclavos somos de nuestro señor, lo mismo que aquel en cuyo poder se encontró la copa.

Respondió José:

Lejos de mí obrar de tal manera. Aquel en cuyo poder se encontró la copa será mi esclavo, los demás volveréis en paz a casa de vuestro padre.

Entonces Judá se acercó y dijo:

Permite a tu siervo hablar en presencia de su señor; no se enfade mi señor conmigo, pues eres como el Faraón. Mi señor interrogó a sus siervos: «¿Tenéis padre o algún hermano?», y respondimos a mi señor: «Tenemos un padre anciano y un hijo pequeño que le ha nacido en la vejez; un hermano suyo murió, y sólo le queda éste de aquella mujer; su padre lo adora». Ahora, pues, si vuelvo a tu siervo, mi padre, sin llevar conmigo al muchacho, a quien quiere con toda el alma, cuando vea que falta el muchacho, morirá, y tu siervo habrá dado con las canas de tu siervo, mi padre, en el sepulcro, de pena. Además, tu siervo ha salido fiador por el muchacho ante mi padre, jurando: «Si no te lo traigo, rompes conmigo para siempre». Ahora, pues, deja que tu siervo se quede como esclavo de mi señor en lugar del muchacho, y que él vuelva con sus hermanos. ¿Cómo puedo yo volver a mi padre sin llevar conmigo al muchacho y contemplar la desgracia que se abatirá sobre mi padre?


SEGUNDA LECTURA

San Macario el Grande, Homilía 28 (atribuida) (PG 34, 710-711)

¡Ay del alma en la que no habita Cristo!

Así como en otro tiempo Dios, irritado contra los judíos, entregó a Jerusalén a la afrenta de sus enemigos, y sus adversarios los sometieron, de modo que ya no quedaron en ella ni fiestas ni sacrificios, así también ahora, airado contra el alma que quebranta sus mandatos, la entrega en poder de los mismos enemigos que la han seducido hasta afearla.

Y del mismo modo que una casa, si no habita en ella su dueño, se cubre de tinieblas, de ignominia y de afrenta, y se llena de suciedad y de inmundicia, así también el alma, privada de su Señor y de la presencia gozosa de sus ángeles, se llena de las tinieblas del pecado, de la fealdad de las pasiones y de toda clase de ignominia.

¡Ay del camino por el que nadie transita y en el que no se oye ninguna voz humana!, porque se convierte en asilo de animales. ¡Ay del alma por la que no transita el Señor ni ahuyenta de ella con su voz a las bestias espirituales de la maldad! ¡Ay de la casa en la que no habita su dueño! ¡Ay de la tierra privada de colono que la cultive! ¡Ay de la nave privada de piloto!, porque, embestida por las olas y tempestades del mar, acaba por naufragar. ¡Ay del alma que no lleva en sí al verdadero piloto, Cristo!, porque, puesta en un despiadado mar de tinieblas, sacudida por las olas de sus pasiones y embestida por los espíritus malignos como por una tempestad invernal, terminará en el naufragio.

¡Ay del alma privada del cultivo diligente de Cristo, que es quien le hace producir los buenos frutos del Espíritu!, porque, hallándose abandonada, llena de espinos y de abrojos, en vez de producir fruto, acaba en la hoguera. ¡Ay del alma en la que no habita Cristo, su Señor!, porque, al hallarse abandonada y llena de la fetidez de sus pasiones, se convierte en hospedaje de todos los vicios.

Del mismo modo que el colono, cuando se dispone a cultivar la tierra, necesita los instrumentos y vestiduras apropiadas, así también Cristo, el rey celestial y verdadero agricultor, al venir a la humanidad desolada por el pecado, habiéndose revestido de un cuerpo humano y llevando como instrumento la cruz, cultivó el alma abandonada, arrancó de ella los espinos y abrojos de los malos espíritus, quitó la cizaña del pecado y arrojó al fuego toda la hierba mala; y, habiéndola así trabajado incansablemente con el madero de la cruz, plantó en ella el huerto hermosísimo del Espíritu, huerto que produce para Dios, su Señor, un fruto suavísimo y gratísimo.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 45,1-15.21—46, 7

Reconciliación de José con sus hermanos

José no pudo contenerse en presencia de su corte y ordenó:

–Salid todos de mi presencia.

Y no había nadie cuando se dio a conocer a sus hermanos. Rompió a llorar fuerte, de modo que los egipcios lo oyeron y la noticia llegó a casa del Faraón.

José dijo a sus hermanos:

Yo soy José. ¿Vive todavía mi padre?

Sus hermanos, perplejos, se quedaron sin respuesta. José dijo a sus hermanos:

Acercaos a mí.

Se acercaron, y les repitió:

Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Pero ahora no os preocupéis ni os pese el haberme vendido aquí; para salvación me envió Dios delante de vosotros. Llevamos dos años de hambre en el país y nos quedan cinco años sin siembra ni siega. Dios me envió por delante para que podáis sobrevivir en este país, salvando vuestras vidas de modo admirable. Por eso no fuisteis vosotros quienes me enviasteis acá, sino Dios; me hizo ministro del Faraón, señor de su casa y gobernador de todo Egipto. Aprisa, subid a casa de mi padre y decidle: «Dice tu hijo José: Dios me ha hecho señor de Egipto, baja aquí a estar conmigo sin tardar; habitarás en la tierra de Gosén, estarás cerca de mí, tú con tus hijos y nietos, con tus ovejas, vacas y todas tus posesiones. Yo te mantendré allí, porque quedan cinco años de hambre, para que no te falte nada ni a ti, ni a tu familia, ni a los tuyos». Vosotros estáis viendo y también Benjamín está viendo que os hablo yo en persona. Contadle a mi padre todo mi poder en Egipto y todo lo que habéis visto, y traed pronto acá a mi padre.

Y echándose al cuello de Benjamín, rompió a llorar, y lo mismo hizo Benjamín; después besó, llorando, a todos sus hermanos. Sólo entonces le hablaron sus hermanos.

Así lo hicieron los hijos de Israel. José les dio carros, según las órdenes del Faraón, y provisiones para el viaje. Además, dio a cada uno una muda de ropa y a Benjamín trescientas monedas y cinco mudas. A su padre le envió diez asnos cargados de productos de Egipto, diez borricas cargadas de grano y vituallas para el viaje. Cuando los hermanos se despidieron para marcharse, él les dijo:

No riñáis por el camino.

Salieron, pues, de Egipto; llegaron a tierra de Canaán, a casa de su padre, Jacob, y le dieron la noticia:

—José está vivo y es gobernador de Egipto.

El se quedó frío, sin poder creerlo. Le contaron todo lo que les había dicho José, y cuando vio los carros que José había enviado para transportarlo, recobró el aliento Jacob, su padre.

Y dijo Israel:

¡Basta! Está vivo mi hijo José; iré a verlo antes de morir.

Israel, con todo lo suyo, se puso en camino; llegó a Berseba y allí ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. Dios le dijo a Israel en una visión de noche:

—Jacob, Jacob.

Respondió:

Aquí estoy.

Dios le dijo:

—Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en un pueblo numeroso. Yo bajaré contigo a Egipto y yo te haré subir; y José cerrará tus ojos.

Al salir Jacob de Berseba, los hijos de Israel hicieron montar a su padre con los niños y las mujeres en las carretas que el Faraón había enviado para transportarlos. Tomaron el ganado y las posesiones que habían adquirido en Canaán y emigraron a Egipto Jacob con todos sus descendientes: hijos y nietos, hijas y nietas y todos los descendientes los llevó consigo a Egipto.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 16 sobre el libro del Génesis (4: PG 12, 249-250)

Hambre de oír la palabra del Señor

Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que enviaré hambre al país; no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra del Señor. ¿Ves qué clase de hambre es la que atenaza a los pecadores? ¿Ves cuál es el hambre que se abatirá sobre el país? El hombre terreno aspira a cosas terrenas y no es capaz de percibir lo que es propio del Espíritu de Dios, padece hambre de la palabra de Dios, no escucha los preceptos de la ley, desconoce la corrección de los profetas, ignora los consuelos apostólicos, no reacciona a la medicación del evangelio.

En cambio, para los justos y para los que meditan su ley día y noche, la sabiduría ha puesto su mesa, ha matado sus reses, ha mezclado su vino en la copa y lo anuncia a grandes voces, no para que acudan todos, no para que vengan a su banquete los opulentos, los ricos o los sabios de este mundo, sino para que vengan —si los hay— los inexpertos, es decir, si hay alguno que sea humilde de corazón, que en otro lugar se los denomina «pobres en el espíritu» pero ricos en la fe: éstos sí, éstos que acudan al banquete de la sabiduría y, saciados de sus manjares, conjuren el hambre que se abate sobre el país. Y tú, cuidado, no te vayan a tomar por un egipcio y te mueras de hambre; no sea que enfrascado en los negocios de este mundo, te alejes de los manjares de la sabiduría que a diario se ofrecen en las iglesias de Dios.

Porque si te haces el sordo a lo que se lee o comenta en la iglesia, es inevitable que padezcas hambre de la palabra de Dios. En cambio, si desciendes de la estirpe de Abrahán y conservas la nobleza de la raza de Israel, continuamente te alimenta la ley, te nutren los profetas y hasta los apóstoles te ofrecen opulentos banquetes. Los mismos evangelios te invitarán a sentarte con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino del Padre, para que allí comas del árbol de la vida y bebas el vino de la vid verdadera, el vino nuevo, en compañía de Cristo en el reino de su Padre. Pues de estos manjares no pueden ayunar ni padecer hambre los amigos del novio, mientras el novio está con ellos.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 49, 1-28.33

Jacob bendice a sus hijos

Jacob llamó a sus hijos y les dijo:

–Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro. Agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel:

Tú, Rubén, mi primogénito, mi fuerza y primicia de mi virilidad, primero en rango, primero en poder; precipitado como agua, no serás de provecho, porque subiste a la cama de tu padre profanando mi lecho con tu acción.

Simeón y Leví, hermanos, mercaderes en armas criminales. No quiero asistir a sus consejos, no he de participar en su asamblea, pues mataron hombres ferozmente y a capricho destrozaron bueyes. Maldita su furia, tan cruel, y su cólera inexorable. Los repartiré entre Jacob y los dispersaré por Israel.

A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu madre. Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león, o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos. Ata su burro a una viña, las crías a un majuelo; lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. Sus ojos son más oscuros que el vino y sus dientes más blancos que la leche.

Zabulón habitará junto a la costa, será un puerto para los barcos, su frontera llegará hasta Sidón.

Isacar es un asno robusto que se tumba entre las alforjas; viendo que es bueno el establo y que es hermosa la tierra, inclina el lomo a la carga y acepta trabajos de esclavo.

Dan gobernará a su pueblo como las otras tribus de Israel. Dan es culebra junto al camino, áspid junto a la senda: muerde al caballo en la pezuña, y el jinete es despedido hacia atrás. Espero tu salvación, Señor.

Gad: le atacarán bandidos y él los atacará por la espalda.

El grano de Aser es sustancioso, ofrece manjar de reyes.

Neftalí es cierva suelta que tiene crías hermosas.

José es potro salvaje, un potro junto a la fuente, asnos salvajes junto al muro. Los arqueros los irritan, los desafían y los atacan. Pero el arco se les queda rígido y les tiemblan las manos y brazos ante el Campeón de Jacob, el Pastor y Piedra de Israel. El Dios de tu padre te auxilia, el Todopoderoso te bendice: bendiciones que bajan del cielo, bendiciones del océano, acostado en lo hondo, bendiciones de pechos y ubres, bendiciones de espigas abundantes, bendiciones de collados antiguos, ambición de colinas perdurables, bajen sobre la cabeza de José, coronen al elegido entre sus hermanos.

Benjamín es un lobo rapaz: por la mañana devora la presa, por la tarde reparte los despojos.

Estas son las doce tribus de Israel, y esto lo que su padre les dijo al bendecirlos, dando una bendición especial a cada uno.

Cuando Jacob terminó de dar instrucciones a sus hijos, recogió los pies en la cama, expiró y se reunió con los suyos.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 17 sobre el libro del Génesis (8.9: PG 12,260-261)

Cristo lava a su Iglesia con el baño del segundo nacimiento

Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. Según la interpretación histórica, estas palabras parecen significar la abundancia de vino mediante la imagen de un campo fértil en vides. Pero nuestra interpretación mística nos introduce en una significación más noble. Pues la túnica de Cristo que se lava en vino simboliza ciertamente a la Iglesia, que él mismo se purificó en su propia sangre, una Iglesia sin mancha ni arruga. Pues –como dice el Apóstol– os rescataron no con oro ni plata, sino con la sangre preciosa del Unigénito de Dios. Por tanto, en el vino de esta sangre, es decir, en el baño del segundo nacimiento, Cristo lava a su Iglesia.

En efecto, por el bautismo fuimos sepultados en la muerte, en su sangre, esto es, somos bautizados en su muerte. Veamos ahora cómo lavó su túnica en sangre de uvas. La túnica es una prenda más cercana del cuerpo, más íntima que el manto. Así pues, los que en un primer momento fueron lavados en el baño, convirtiéndose así en su manto, en un segundo momento llegaron al sacramento de la sangre de uvas, es decir, se hicieron partícipes de un misterio más interior y más secreto, pasando a ser su túnica.

Efectivamente, se lava el alma en sangre de uvas cuando empieza a comprender la razón de este misterio. Pues una vez conocida y comprendida la virtud de la sangre del Verbo de Dios, cuanto más capaz se va haciendo el alma, tanto más pura es lavándose cada día para progresar en la ciencia; y, uniéndose a Dios, no sólo se convertirá en su túnica, sino que será un espíritu con él.

Sus ojos chispean de gracia a causa del vino. Apoyados en la autoridad apostólica, hemos dejado sentado más arriba que miembros de Cristo son todos los fieles que viven dignamente, y que los diversos miembros se especifican en función del servicio que cada uno de ellos ejerce para el bien de todo el cuerpo de la Iglesia. Así, serán pies de Cristo los que corren a hacer la paz, los que se apresuran a socorrer a los que padecen alguna necesidad. Serán manos de Cristo las que se tienden para practicar la misericordia, las que son portadoras de auxilio a los necesitados, las que prestan apoyo a los inválidos. Asimismo serán ojos de Cristo los que aportan a todo el cuerpo la luz de la ciencia. Como está escrito en el evangelio: La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso tales ojos son portadores de gracia, ya que la palabra de sabiduría tiene una pizca de sal, para ser agradable al auditorio. Pero el ojo no es calificado de portador de gracia únicamente porque proporciona expresión adecuada a la ciencia, sino porque, además, causa la gracia por sí mismo.

 

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-2, 12

Relaciones de Pablo con la Iglesia de Tesalónica

Pablo, Silvano y Timoteo, a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz.

Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones.

Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor.

Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.

Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Sabéis muy bien, hermanos, que nuestra visita no fue inútil.

A pesar de los sufrimientos e injurias padecidos en Filipos, que ya conocéis, tuvimos valor –apoyados en nuestro Dios– para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición. Nuestra exhortación no procedía de error o de motivos turbios, ni usaba engaños, sino que Dios nos ha aprobado y nos ha confiado el Evangelio, y así lo predicamos, no para contentar a los hombres, sino a Dios, que aprueba nuestras intenciones. Como bien sabéis, nunca hemos tenido palabras de adulación ni codicia disimulada. Dios es testigo. No pretendimos honor de los hombres, ni de vosotros, ni de los demás, aunque, como apóstoles de Cristo, podíamos haberos hablado autoritariamente; por el contrario, os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor.

Recordad si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de lo real, recto e irreprochable que fue nuestro proceder con vosotros, los creyentes; sabéis perfectamente que tratamos con cada uno de vosotros personalmente, como un padre con sus hijos, animándoos con tono suave y enérgico a vivir como se merece Dios, que os ha llamado a su reino y gloria.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Tratado sobre la carta a los Filipenses (PLS 1, 617-618)

Estad siempre alegres en el Señor

Como acabáis de escuchar en la lectura de hoy, amados hermanos, la misericordia divina, para bien de nuestras almas, nos llama a los goces de la felicidad eterna mediante aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna; en cambio, las alegrías que son' según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello añade el Apóstol: Os lo repito, estad alegres.

Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.

Que vuestra mesura la conozca todo el mundo, es decir, que vuestra santidad de vida sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.

El Señor está cerca. Nada os preocupe: el Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello, no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor. Si nosotros procuramos observar lo que él nos manda, él no tardará en darnos lo que prometió.

En toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios, no sea que, afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean hechas –Dios no lo permita– con tristeza o estén mezcladas con murmuraciones; antes, por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando constantemente gracias a Dios por todo.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Tesalonicenses 2, 13–3, 13

Amistad de Pablo con los Tesalonicenses

Hermanos: No cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicarnos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.

De hecho, vosotros, hermanos, resultasteis imitadores de las Iglesias de Dios residentes en Judea, en Cristo Jesús, pues vuestros propios compatriotas os han hecho sufrir exactamente como a ellos los judíos, esos que mataron al Señor Jesús y a los profetas, y nos persiguieron a nosotros; esos que no agradan a Dios y son enemigos de los hombres; esos que estorban que hablemos a los gentiles para que se salven, colmando en todo tiempo la medida de sus pecados; pero el castigo los cogerá de lleno.

Por nuestra parte, hermanos, al poco tiempo de vernos privados de vosotros, lejos con la persona, no con el corazón, redoblamos los esfuerzos para ir a veros personalmente, tan ardiente era nuestro deseo; porque nos propusimos haceros una visita –y en particular, yo, Pablo, más de una vez–, pero Satanás nos cortó el paso. Al fin y al cabo, ¿quién sino vosotros será nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra honrosa corona ante nuestro Señor Jesús cuando venga? Sí, nuestra gloria y alegría sois vosotros.

Por eso, no pudiendo aguantar más, preferí quedarme solo en Atenas y mandé a Timoteo, hermano nuestro y compañero en el trabajo de Dios anunciando el Evangelio de Cristo, para que afianzase y alentase vuestra fe, y ninguno titubease en las dificultades presentes, pues sabéis bien que ése es nuestro destino. Cuando estábamos con vosotros, os predecíamos ya que nos esperaban dificultades, y sabéis que así ocurrió.

Por esa razón, yo no pude aguantar más y envié a uno que se informara de cómo andaba vuestra fe, temiendo que os hubiera tentado el tentador y que nuestras fatigas hubieran resultado inútiles.

Ahora Timoteo acaba de llegar y nos ha dado buenas noticias de vuestra fe y amor mutuo, añadiendo que conserváis buen recuerdo de nosotros y que tenéis tantas ganas de vernos como nosotros de veros. En medio de todos nuestros aprietos y luchas, vosotros, con vuestra fe, nos animáis; ahora nos sentimos vivir, sabiendo que os mantenéis fieles al Señor. ¿Cómo podremos agradecérselo bastante a Dios? ¡Tanta alegría como gozamos delante de Dios por causa vuestra, cuando pedimos día y noche veros cara a cara y remediar las deficiencias de vuestra fe!

Que Dios, nuestro Padre, y nuestro Señor Jesús nos allanen el camino para ir a veros. Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.
 

SEGUNDA LECTURA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre el salmo 132 (PLS 1, 244-245)

La multitud de los creyentes
no era sino un solo corazón y una sola alma

Ved qué dulzura y qué delicia, convivir los hermanos unidos. Ciertamente, qué dulzura, qué delicia cuando los hermanos conviven unidos, porque esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad los hace concordes en un solo querer.

Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo unánimes a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único.

Qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. El salmista añade una comparación para ilustrar esta dulzura y delicia, diciendo: Es ungüento precioso en la cabeza, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento. El ungüento con que Aarón fue ungido sacerdote estaba compuesto de substancias olorosas. Plugo a Dios que así fuese consagrado por primera vez su sacerdote; y también nuestro Señor fue ungido de manera invisible entre todos sus compañeros. Su unción no fue terrena; no fue ungido con el aceite con que eran ungidos los reyes, sino con aceite de júbilo. Y hay que tener en cuenta que, después de aquella unción, Aarón, de acuerdo con la ley, fue llamado ungido.

Del mismo modo que este ungüento, doquiera que se derrame, extingue los espíritus inmundos del corazón, así también por la unción de la caridad exhalamos para Dios la suave fragancia de la concordia, como dice el Apóstol: Somos el buen olor de Cristo. Así, del mismo modo que Dios halló su complacencia en la unción del primer sacerdote Aarón, también es una dulzura y una delicia convivir los hermanos unidos.

La unción va bajando de la cabeza a la barba. La barba es distintivo de la edad viril. Por esto, nosotros no hemos de ser niños en Cristo, a no ser únicamente en el sentido ya dicho, de que seamos niños en cuanto a la ausencia de malicia, pero no en el modo de pensar. El Apóstol llama niños a todos los infieles, en cuanto que son todavía débiles para tomar alimento sólido y necesitan de leche, como dice el mismo Apóstol: Os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Tesalolicenses 4, 1-18

Vida santa y esperanza en la resurrección

Hermanos: Por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.

Esto quiere Dios de vosotros: una vida sagrada, que os apartéis del desenfreno, que sepa cada cual controlar su propio cuerpo santa y respetuosamente, sin dejarse arrastrar por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Y que en este asunto nadie ofenda a su herrnano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos. Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino sagrada. Por consiguiente, el que desprecia este mandato no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.

Acerca del amor fraterno no hace falta que os escriba porque Dios mismo os ha enseñado a amaron los unos a los otros. Como ya lo hacéis con todos los hermanos de Macedonia. Hermanos, os exhortamos a seguir progresando: esforzaos por mantener la calma, ocupándoos de vuestros propios asuntos y trabajando con vuestras propias manos, como os lo tenemos mandado. Así vuestro proceder será correcto ante los de fuera y no tendréis necesidad de nadie.

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él.

Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor.

Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre las delicias de la vida futura (6: PG 51, 352-353)

Comportémonos de modo que, arrebatados en la nube,
estemos siempre con el Señor

Cristo había prometido la resurrección de los cuerpos, la inmortalidad, el encuentro con él en el aire, el rapto en la nube: estas realidades nos las demuestra con los hechos. ¿De qué modo? Después de muerto, resucitó, y durante cuarenta días convivió con sus discípulos para consolidar su certeza y mostrarles cómo serán nuestros cuerpos después de la resurrección.

Asimismo, el Señor, que, por la boca de Pablo, dijo: Seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire, también esto lo demostró con las obras. En efecto, después de la resurrección, estando para subir al cielo, en presencia de sus discípulos, lo vieron levantarse —dice— hasta que una nube se lo quitó de la vista. Ellos estaban con los ojos fijos en el cielo, viéndolo irse. Lo mismo ocurrirá con nuestro cuerpo: será consustancial al suyo, puesto que ambos proceden de un elemento común: cual es la cabeza, tal será el cuerpo; cual es el principio, así será el fin. Haciendo clara referencia a este tema, decía Pablo: El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso.

Por tanto, si es conforme al modelo, recorrerá idéntica trayectoria y se elevará igualmente en las nubes. Espera tútambién esto mismo en la resurrección. Y como hasta aquel momento el tema del reino de los cielos era un tema no demasiado claro para el auditorio, por eso, subiendo al monte, se transfiguró en presencia de sus discípulos, mostrándoles un anticipo de la gloria futura y, veladamente, como en un espejo de adivinar, les mostró cómo había de ser nuestro cuerpo futuro.

Examinadas, pues, estas realidades, instruidos por las palabras y adoctrinados por lo que han visto nuestros ojos, comportémonos, carísimos, de modo que, arrebatados en la nube, estemos siempre con el Señor, y salvados por su gracia, gocemos de los bienes futuros, que todos nosotros consigamos alcanzar en Cristo Jesús, Señor nuestro, con el cual el Padre, juntamente con el Espíritu Santo, reciba la gloria, el imperio, el honor, la adoración, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.


 


MIÉRCOLES

PRIMERA LECTURA

De la primera carta a los Tesalonicenses 5, 1-28

Conducta de los hijos de la luz

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar.

Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas.

Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados. Los que duermen, duermen de noche, los borrachos se emborrachan de noche; en cambio, nosotros, que pertenecemos al día, estemos despejados y armados: la fe y el amor mutuo sean nuestra coraza, la esperanza de la salvación nuestro casco. Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo; él murió por nosotros, para que, despiertos o dormidos, vivamos con él. Por eso, animaos mutuamente y ayudaos unos a otros a crecer, como ya lo hacéis.

Os rogamos, hermanos, que apreciéis a ésos de vosotros que trabajan duro, haciéndose cargo de vosotros por el Señor y llamándoos al orden. Mostradles toda estima y amor por el trabajo que hacen. Entre vosotros tened paz.

Por favor, hermanos, llamad la atención a los ociosos, animad a los apocados, sostened a los débiles, sed pacientes con todos. Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal, esmeraos siempre en haceros el bien unos a otros y a todos.

Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros.

No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía, sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad.

Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

Hermanos, rezad también por nosotros. Saludad a todos los hermanos con el beso ritual. Os conjuro por el Señor a que leáis esta carta a todos los hermanos.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros.


SEGUNDA LECTURA

Diadoco de Foticé, Capítulos sobre la perfección espiritual (6.26.27.30: PG 65, 1169.1175-1176)

El discernimiento de espíritus
se adquiere por el gusto espiritual

El auténtico conocimiento consiste en discernir sin error el bien del mal; cuando esto se logra, entonces el camino de la justicia, que conduce al alma hacia Dios, sol de justicia, introduce a aquella misma alma en la luz infinita del conocimiento, de modo que, en adelante, va ya segura en pos de la caridad.

Conviene que, aun en medio de nuestras luchas, conservemos siempre la paz del espíritu, para que la mente pueda discernir los pensamientos que la asaltan, guardando en la despensa de su memoria los que son buenos y provienen de Dios, y arrojando de este almacén natural los que son malos y proceden del demonio. El mar, cuando está en calma, permite a los pescadores ver hasta el fondo del mismo y descubrir dónde se hallan los peces; en cambio, cuando está agitado, se enturbia e impide aquella visibilidad, volviendo inútiles todos los recursos de que se valen los pescadores.

Sólo el Espíritu Santo puede purificar nuestra mente; si no entra él, como el más fuerte del evangelio, para vencer al ladrón, nunca le podremos arrebatar a éste su presa. Conviene, pues, que en toda ocasión el Espíritu Santo se halle a gusto en nuestra alma pacificada, y así tendremos siempre encendida en nosotros la luz del conocimiento; si ella brilla siempre en nuestro interior, no sólo se pondrán al descubierto las influencias nefastas y tenebrosas del demonio, sino que también se debilitarán en gran manera, al ser sorprendidas por aquella luz santa y gloriosa.

Por esto dice el Apóstol: No apaguéis el Espíritu, esto es, no entristezcáis al Espíritu Santo con vuestras malas obras y pensamientos, no sea que deje de ayudaros con su luz. No es que nosotros podamos extinguir lo que hay de eterno y vivificante en el Espíritu Santo, pero sí que él contristarlo, es decir, al ocasionar este alejamiento entre él y nosotros, queda nuestra mente privada de su luz y envuelta en tinieblas.

La sensibilidad del espíritu consiste en un gusto acertado, que nos da el verdadero discernimiento. Del mismo modo que, por el sentido corporal del gusto, cuando disfrutamos de buena salud, apetecemos lo agradable, discerniendo sin error lo bueno de lo malo, así también nuestro espíritu, desde el momento en que comienza a gozar de plena salud y a prescindir de inútiles preocupaciones, se hace capaz de experimentar la abundancia de la consolación divina y de retener en su mente el recuerdo de su sabor, por obra de la caridad, para distinguir y quedarse con lo mejor, según lo que dice el Apóstol: Y ésta es mi oración: Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Comienza la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-12

Saludo y acción de gracias

Pablo, Silvano y Timoteo a los tesalonicenses que forman la Iglesia de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesu' cristo. Os deseamos la gracia y la paz de Dios Padre y del Señor Jesucristo.

Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos; y es justo, pues vuestra fe crece vigorosamente, y vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno, sigue aumentando. Esto hace que nos mostremos orgullosos de vosotros ante las Iglesias de Dios, viendo que vuestra fe permanece constante en medio de todas las persecuciones y luchas que sostenéis.

Así se pone a la vista la justa sentencia de Dios, que pretende concederos su reino, por el cual bien que padecéis; ya que será justo a los ojos de Dios pagar con aflicción a los que os afligen y con alivio a vosotros, los afligidos, junto con nosotros, cuando el Señor Jesús se revele, viniendo del cielo con sus poderosos ángeles, en medio de un fuego llameante, para hacer justicia contra los que se niegan a reconocer a Dios y a responder al Evangelio denuestro Señor Jesús; su castigo será la ruina definitiva, lejos de la presencia del Señor y del esplendor de su fuerza, cuando venga él aquel día, para que en sus santos se manifieste su gloria, y en todos los que creyeron sus maravillas; y vosotros creísteis nuestro testimonio.

Teniendo esto presente, pedimos continuamente a nuestro Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 13 (1.3.6.23: PG 33, 771-774.779.799.802)

Que la cruz sea tu gozo también en tiempo
de persecución

Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que también sabía de ello: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

Fue, ciertamente, digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en Siloé; pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y preternatural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto; pero este beneficio lo afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Fue cosa admirable el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres; pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años; pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con las cadenas de nuestros pecados?

En cambio, el triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, mas para nosotros salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

En otro tiempo, aquel cordero sacrificado por orden de Moisés alejaba al exterminador; con mucha más razón, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos librará del pecado. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora no será la sangre del Unigénito?

El no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Tengo poder para entregar mi vida y tengo poder para recuperarla. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo. El que sufría no era un hombre vil, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio de su obediencia.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza; de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Tesalonicenses 2, 1-17

El día del Señor

Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.

Que nadie en modo alguno os desoriente. Primero tiene que llegar la apostasía y aparecer la impiedad en persona, el hombre destinado a la perdición, el que se enfrentará y se pondrá por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta instalarse en el templo de Dios, proclamándose él mismo Dios. ¿No recordáis que, estando aún con vosotros, os hablaba de esto? Sabéis lo que ahora lo frena, para que su aparición llegue a su debido tiempo. Porque esta impiedad escondida está ya en acción; apenas se quite de en medio el que por el momento lo frena, aparecerá el impío, a quien el Señor Jesús destruirá con el aliento de su boca y aniquilará con el esplendor de su venida.

La venida del impío tendrá lugar, por obra de Satanás, con ostentación de poder, con señales y prodigios falsos, y con toda la seducción que la injusticia ejerce sobre los que se pierden, en pago de no haber aceptado el amor de la verdad que los habría salvado. Por eso, Dios les manda un extravío que los incita a creer a la mentira; así, todos los que no dieron fe a la verdad y aprobaron la injusticia serán llamados a juicio.

Por vosotros, en cambio, debemos dar continuas gracias a Dios, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerzas para toda clase de palabras y de obras buenas.

SEGUNDA LECTURA

Homilía 18 de un autor espiritual del siglo IV (7-11: PG 34, 639-642)

Llegaréis a vuestra plenitud,
según la plenitud total de Cristo

Los que han llegado a ser hijos de Dios y han sido hallados dignos de renacer de lo alto por el Espíritu Santo y poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo, son guiados por el Espíritu de varias y diversas maneras, y sus corazones son conducidos de manera invisible y suave por la acción de la gracia.

A veces lloran y se lamentan por el género humano y ruegan por él con lágrimas y llanto, encendidos de amor espiritual hacia el mismo.

Otras veces, el Espíritu Santo los inflama con una alegría y un amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos los hombres, sin distinción de buenos o malos.

Otras veces experimentan un sentimiento de humildad que los hace rebajarse por debajo de todos los demás hombres, teniéndose a sí mismos por los más abyectos y despreciables.

Otras veces, el Espíritu les comunica un gozo inefable.

Otras veces son como un hombre valeroso que, equipado con toda la armadura regia y lanzándose al combate, pelea con valentía contra sus enemigos y los vence. Así también el hombre espiritual, tomando las armas celestiales del Espíritu, arremete contra el enemigo y lo somete bajo sus pies.

Otras veces, el alma descansa en un gran silencio, tranquilidad y paz, gozando de un excelente optimismo y bienestar espiritual y de un sosiego inefable.

Otras veces, el Espíritu le otorga una inteligencia, una sabiduría y un conocimiento inefables, superiores a todo lo que pueda hablarse o expresarse.

Otras veces no experimenta nada en especial.

De este modo, el alma es conducida por la gracia a través de varios y diversos estados, según la voluntad de Dios, que así la favorece, ejercitándola de diversas maneras, con el fin de hacerla íntegra, irreprensible y sin mancha ante el Padre celestial.

Pidamos también nosotros a Dios, y pidámoslo con gran amor y esperanza, que nos conceda la gracia celestial del don del Espíritu, para que también nosotros seamos gobernados y guiados por el mismo Espíritu, según disponga en cada momento la voluntad divina, y para que él nos reanime con su consuelo multiforme; así, con la ayuda de su dirección y ejercitación y de su moción espiritual, podremos llegar a la perfección de la plenitud de Cristo, como dice el Apóstol: Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Cristo.


 


SÁBADO

PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Tesalonicenses 3, 1-18

Exhortaciones y consejos

Por lo demás, hermanos, rezad por nosotros, para que la palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre vosotros, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque la fe no es de todos. El Señor, que es fiel, os dará fuerzas y os librará del Maligno. Por el Señor, estamos seguros de que ya cumplís y seguiréis cumpliendo todo lo que os hemos enseñado. Que el Señor dirija vuestro corazón, para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo.

En nombre de nuestro Señor Jesucristo os mandamos: no tratéis con los hermanos que llevan una vida ociosa y se apartan de las tradiciones que recibieron de nosotros.

Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar.

Cuando vivimos con vosotros os lo mandamos: El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a ésos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.

Por vuestra parte, hermanos, no os canséis de hacer el bien, y si alguno no hace caso de lo que decimos en la carta, señaladlo con el dedo y hacedle el vacío, para que se avergüence. No que lo tratéis como a un enemigo, sino que le llaméis la atención como a un hermano.

Que el Señor de la paz os dé la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos vosotros.

La despedida va de mi mano, Pablo; ésta es la contraseña en toda carta; ésta es mi letra. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros. Amén.
 

SEGUNDA LECTURA

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II (Núms 33-36)

La actividad humana

La actividad humana, así como procede del hombre, así también se ordena al hombre, pues éste, con su actuación, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que también se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Un desarrollo de este género, bien entendido, es de más alto valor que las riquezas exteriores que puedan recogerse. Más vale el hombre por lo que es que por lo que tiene.

De igual manera, todo lo que el hombre hace para conseguir una mayor justicia, una más extensa fraternidad, un orden más humano en sus relaciones sociales vale más que el progreso técnico. Porque éste puede ciertamente suministrar, como si dijéramos, el material para la promoción humana, pero no es capaz de hacer por sí solo que esa promoción se convierta en realidad.

De ahí que la norma de la actividad humana es la siguiente: que, según el designio y la voluntad divina, responda al auténtico bien del género humano y constituya para el hombre, individual y socialmente considerado, un enriquecimiento y realización de su entera vocación.

Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que una más estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión sea un obstáculo a la autonomía del hombre, de las sociedades o de la ciencia. Si por autonomía de lo terreno entendemos que las cosas y las sociedades tienen sus propias leyes y su propio valor, y que el hombre debe irlas conociendo, empleando y sistematizando paulatinamente, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía, que no sólo reclaman los hombres de nuestro tiempo, sino que responde además a la voluntad del Creador. Pues, por el hecho mismo de la creación, todas las cosas están dotadas de una propia consistencia, verdad y bondad, de propias leyes y orden, que el hombre está obligado a respetar, reconociendo el método propio de cada una de las ciencias o artes.

Por esto, hay que lamentar ciertas actitudes que a veces se han manifestado entre los mismos cristianos, por no haber entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia, actitudes que, por las contiendas y controversias que de ellas surgían, indujeron a muchos a pensar que existía una oposición entre la fe y la ciencia.

Pero si la expresión «autonomía de las cosas temporales» se entiende en el sentido de que la realidad creada no depende de Dios y de que el hombre puede disponer de todo sin referirlo al Creador, todo aquel que admita la existencia de Dios se dará cuenta de cuán equivocado sea este modo de pensar. La criatura, en efecto, no tiene razón de ser sin su Creador.

 

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,1-14

Acción de gracias en medio de las tribulaciones

Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y el hermano Timoteo, a la Iglesia de Dios que está en Corinto y a todos los santos que residen en toda Acaya: os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo! El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios. Si los sufrimientos de Cristo rebosan sobre nosotros, gracias a Cristo rebosa en proporción nuestro ánimo. Si nos toca luchar es para vuestro aliento y salvación; si recibimos aliento es para comunicaros un aliento con el que podáis aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros. Nos dais firmes motivos de esperanza, pues sabemos que si sois compañeros en el sufrir, también lo sois en el buen ánimo.

Queremos que tengáis noticia, hermanos, de la lucha que tuvimos en Asia. Nos vimos abrumados tan por encima de nuestras fuerzas que perdimos toda esperanza de vivir. En nuestro interior dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos. El nos salvó y nos salva de esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando, si vosotros cooperáis pidiendo por nosotros; así, viniendo de muchos el favor que Dios nos haga, muchos le darán gracias por causa nuestra.

Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia: nos asegura que procedemos con todo el mundo, y sobre todo con vosotros, con la sencillez y sinceridad que Dios da, y no por talento natural, sino por gracia de Dios. Por ejemplo, en nuestras cartas no hay más de lo que leéis o entendéis; ya nos habéis entendido en parte, esperamos que entenderéis del todo que somos vuestro apoyo, como vosotros el nuestro, para el día de nuestro Señor Jesús.


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre la segunda carta a los Corintios (4-5: PG 61, 397-399)

Eficacia de la oración

Muchísimas veces, cuando Dios contempla a una muchedumbre que ora en unión de corazones y con idénticas aspiraciones, podríamos decir que se conmueve hasta la ternura. Hagamos, pues, todo lo posible para estar concordes en la plegaria, orando unos por otros, como los corintios rezaban por los apóstoles. De esta forma, cumplimos el mandato y nos estimulamos a la caridad. Y al decir caridad, pretendo expresar con este vocablo el conjunto de todos los bienes; debemos aprender, además, a dar gracias con un más intenso fervor.

Pues los que dan gracias a Dios por los favores que los otros reciben, lo hacen con mayor interés cuando se trata de sí mismos. Es lo que hacía David, cuando decía: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre; es lo que el Apóstol recomienda en diversas ocasiones; es lo que nosotros hemos de hacer, proclamando a todos los beneficios de Dios, para asociarlos a todos a nuestro cántico de alabanza.

Pues si cuando recibimos un favor de los hombres y lo celebramos, disponemos su ánimo a ser más solícitos para merecer nuestro agradecimiento, con mayor razón nos granjearemos una mayor benevolencia del Señor cada vez que pregonamos sus beneficios. Y si, cuando hemos conseguido de los hombres algún beneficio, invitamos también a otros a unirse a nuestra acción de gracias, hemos de esforzarnos con mucho mayor ahínco por convocar a muchos que nos ayuden a dar gracias a Dios. Y si esto hacía Pablo, tan digno de confianza, con más razón habremos de hacerlo nosotros también.

Roguemos una y otra vez a personas santas que quieran unirse a nuestra acción de gracias, y hagamos nosotros recíprocamente lo mismo. Esta es una de las misiones típicas del sacerdote, por tratarse del más importante bien común. Disponiéndonos para la oración, lo primero que hemos de hacer es dar gracias por todo el mundo y por los bienes que todos hemos recibido. Pues si bien los beneficios de Dios son comunes, sin embargo tú has conseguido la salvación personal precisamente en comunidad. Por lo cual debes, por tu salvación personal, elevar una común acción de gracias, como es justo que por la salvación comunitaria ofrezcas a Dios una alabanza personal. En efecto, el sol no sale únicamente para ti, sino para todos en general; y sin embargo, en parte lo tienes todo: pues un astro tan grande fue creado para común utilidad de todos los mortales juntos. De lo cual se sigue que debes dar a Dios tantas acciones de gracias como todos los demás juntos; y es justo que tú des gracias tanto por los beneficios comunes como por la virtud de los otros.

Muchas veces somos colmados de beneficios a causa de los otros. Pues si se hubieran encontrado en Sodoma al menos diez justos, los sodomitas no habrían incurrido en las calamidades que tuvieron que soportar. Por tanto, con gran libertad y confianza, demos gracias a Dios en representación también de los demás: se trata de una antigua costumbre, establecida en la Iglesia desde sus orígenes. He aquí por qué Pablo da gracias por los romanos, por los corintios y por toda la humanidad.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 1, 15-2, 11

Por qué cambió el Apóstol sus planes de viaje

Hermanos: Con este convencimiento decidí empezar por visitaros, así os tocaría un regalo doble: pensé ir a Macedonia pasando por Corinto y volver de Macedonia otra vez para Corinto, para que vosotros me preparaseis el viaje a Judea. ¿Procedí a la ligera haciendo ese proyecto?; ¿o es que mis planes los organizo con miras humanas, quedándome entre el sí y el no?

¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no fue primero «sí» y luego «no». Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el que Silvano, Timoteo y yo os hemos anunciado, no fue primero «sí» y luego «no»; en él todo se ha convertido en un «sí»; en él todas las promesas han recibido un «sí». Y por él podemos responder: «Amén» a Dios, para gloria suya. Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros. El nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu.

Dios me es testigo, por mi vida, que renuncié a ir a Corinto únicamente por consideración con vosotros; y no es que seamos señores de vuestra fe; como en la fe os mantenéis, somos cooperadores en vuestra alegría.

Tomé la decisión de no volver a causaros pena con mi visita. Si os entristezco yo, ¿quién me va a alegrar entonces, cuando el único capaz está triste por causa mía? Esto precisamente pretendía con mi carta, que, cuando fuera, no me causarais tristeza, vosotros, que debéis darme alegría; persuadido como estoy de que todos tenéis mi alegría por vuestra. De tanta pena y agobio como sentía, me puse a escribiros con muchas lágrimas, pero no era mi intención entristeceros, sino mostraros el amor tan especial que os tengo. El que ha dado el disgusto no me lo ha dado a mí, sino hasta cierto punto, para no exagerar, a todos vosotros.

Bástale a ése el correctivo que le ha impuesto la mayoría. Ahora, en cambio, más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que la excesiva tristeza se lo lleve.

Por eso os recomiendo que confirméis la comunión con él; éste fue el propósito de mi carta, comprobar vuestro temple y ver si respondíais en todo. Si perdonáis algo, lo perdono yo también, porque mi perdón, si algo tengo que perdonar, sigue al vuestro, teniendo delante a Cristo; quiero evitar que me atrape Satanás, pues no se me ocultan sus intenciones.
 

SEGUNDA LECTURA

Eusebio de Emesa, Sermón 14 (7-8: ed. E. M. Buytaert, Spicilegium S. Lovaniense 26 [1953], 326-328)

Los apóstoles predicaban a Jesús crucificado

Dos hombres entraban en la ciudad; dos hombres sin provisión de pan, sin dinero, sin túnica de repuesto. ¿Quién te imaginas que los recibía? ¿Qué puertas se les abrían? ¿Quién era el que los reconocía? ¿Qué hospedaje se les preparaba y dónde? ¿No te admira el poder de quien los envía y la fe de los que son enviados? Dos peregrinos hacían su entrada en la ciudad. ¿De qué eran portadores? ¿Qué es lo que predicaban? «Fue crucificado», decían. Para los judíos, eran hombres de humilde extracción, ignorantes, sin cultura, pobres. Su predicación: ¡la cruz! De ahí la fe. Pero el valor se abre paso a través de las dificultades. Se predica la cruz y los templos son destruidos; se predica la cruz y son vencidos los reyes. Se predica la cruz y los sabios son convencidos de error, las fiestas paganas son abolidas y sus dioses suprimidos.

¿Por qué te admiras de que se haya dado crédito a los apóstoles, o de que hayan sido capaces de creer, o de que se hayan convertido, o de que hayan sido acogidos? Que no se nos pasen por alto tantas maravillas. Unos peregrinos, desconocidos, que a nadie conocían, portadores de nada llamativo, recorrieron el mundo predicando al crucificado, oponiendo el ayuno a la crápula, la molesta castidad a la lascivia. Normas estas que tenían que resultarles poco menos que intolerables a gentes las menos predispuestas a aceptar unas exhortaciones de honestidad tan reñidas con sus nefandas costumbres.

Y sin embargo, se adueñaban de la gente y ocupaban ciudades. ¿Con qué efectivos? Con la fuerza de la cruz. El que los envió no les dio oro. Lo tenían –y en abundancia–los reyes. Pero les dio algo que los reyes son incapaces de adquirir o poseer: a unos hombres mortales les dio el poder de resucitar muertos; a ellos, hombres sujetos a la enfermedad, les autorizó a curar las enfermedades. Un rey no puede resucitar a un soldado de entre los muertos, y el mismo rey está sujeto a la enfermedad.

En cambio, quien los envió resucita y cura a los enfermos. Compara ahora las riquezas de los reyes y las riquezas de los apóstoles. Fíjate en la diversa condición social: el rey es noble, los apóstoles, humildes; pero siendo mortales, realizaron cosas divinas con la ayuda de Dios. Y si alguien pretende que los apóstoles no hicieron milagros, nuestra admiración sube de punto. En efecto, si resucitaron muertos, dieron vista a los ciegos, hicieron caminar a los cojos y limpiaron a los leprosos, mediante estos signos barrieron la irreligiosidad e implantaron la fe; es realmente admirable que no den fe a estos milagros de los que existe constancia escrita. Antes de la crucifixión los discípulos no hicieron milagro alguno; después de la crucifixión sí que los hicieron. Y si algo hicieron antes de la crucifixión, no tuvo resonancia alguna: mas cuando la sangre divina borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; cuando nosotros, inmundos, fuimos lavados en la sangre; cuando la muerte fue vencida por la muerte; cuando, por un hombre, Dios derrocó al que devoraba a los hombres; cuando, por la obediencia, dio muerte al pecado; cuando Adán fue rehabilitado por un Hombre; cuando por medio de la Virgen, fue cancelado el error originario, entonces es cuando los apóstoles obedecen y las sombras despiertan a los hombres que duermen.

Y es que la fuerza divina se había adueñado de aquellos a quienes les fue enviada. Ya no eran lo que eran, lo que éramos: habían sido revestidos. Y así como el hierro, antes de ser puesto en contacto con el fuego, es frío y en todo semejante a cualquier otro hierro, pero cuando es metido en el fuego y se vuelve incandescente, pierde su frigidez natural e irradia otra naturaleza incandescente, idéntica operación realizan los hombres mortales que se han revestido de Jesús. Así lo enseña Pablo cuando dice: Vivo yo, pero no soy yo –¡estoy muerto con una óptima muerte!–, es Cristo quien vive en mí.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 2, 12—3, 6

Pablo, ministro de una alianza nueva

Hermanos: Llegué a Troas para anunciar el Evangelio de Cristo, pues se presentaba una ocasión de trabajar por el Señor; pero, al no encontrar allí a Tito, mi hermano, no me quedé tranquilo; me despedí de ellos y salí para Macedonia.

Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y que, por medio nuestro, difunde en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque somos el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para éstos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida que da vida. Pero, ¿quién está a la altura de esto? Por lo menos no somos como tantos otros que falsean la palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad, de parte de Dios y bajo la mirada de Dios, como miembros de Cristo.

¿Ya empezamos otra vez a hacernos la propaganda?; ¿será que, como algunos individuos, necesitamos presentarnos o pediros cartas de recomendación? Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Sois una carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón. Esta confianza con Dios la tenemos por Cristo.

No es que por nosotros mismos estemos capacitados para apuntarnos algo, como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser ministros de una alianza nueva, no de código escrito, sino de espíritu; porque la ley escrita mata, el Espíritu da vida.
 

SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 92 (2: CCL 39, 1292)

Somos el incienso de Cristo

Bien sabéis, hermanos, que cuando nuestro Señor vino en la carne y predicaba el evangelio del reino, agradaba a unos y desagradaba a otros. Sobre él corrían diversas opiniones entre los judíos: Unos decían: «Es buena persona». Otros, en cambio: «No, que extravía a la gente». Así pues, unos hablaban bien de él, otros lo desacreditaban, lo cubrían de ironía y sarcasmo, lo ultrajaban. Para aquellos a quienes agradaba, se vistió de majestad; para aquellos, en cambio, a quienes desagradaba, se ciñó de poder. Imita también tú a tu Señor, para que puedas ser el vestido que él se ciñe; preséntate vestido de majestad a aquellos a quienes agradan tus obras; sé fuerte frente a los detractores.

Escucha cómo el apóstol Pablo, imitador de su Señor, supo también presentarse con majestad y con poder. Somos –dice– el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden. En efecto, los que aman el bien, se salvan; los que lo desprecian, perecen. El, por su parte, poseía el incienso; más aún: era el incienso. ¡Pero desdichados los que mueren incluso con el incienso!

Pues no dijo: para unos somos olor bueno, para otros olor malo; sino: Somos el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden. Y añade a renglón seguido: Para éstos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida que da vida. Para quienes era olor de vida que da vida, se vistió de majestad; para quienes era olor de muerte que mata, se ciñó de poder. Si te alegras tan sólo cuando te alaban los hombres y aprueban tus buenas obras, mientras que cejas en el bien obrar cuando te censuran, y piensas haber perdido el fruto de las buenas obras porque has topado con gente que te critica, señal de que no estás firme, señal de que no perteneces al orbe de la tierra que no vacila. El Señor, vestido y ceñido de poder. De esta majestad y este poder habla en otra parte el apóstol Pablo: Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia. He visto dónde está la majestad, dónde el poder: A través de honra y afrenta. En la honra, majestuoso; en la afrenta, poderoso. Unos le proclamaban digno de honra; otros le despreciaban como innoble. Confería majestad a aquellos a quienes agradaba; se ceñía de poder contra aquellos a quienes desagradaba. Y así va el Apóstol enumerando una serie de contraposiciones, para concluir diciendo: Los necesitados que todo lo poseen. Cuando todo lo posee, está vestido de majestad; cuando está necesitado, se ciñe de poder.


 

MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 3, 7–4, 4

Gloria del ministerio del nuevo Testamento

Hermanos: Aquel ministerio de muerte –letras grabadas en piedra– se inauguró con gloria; tanto que los israelitas no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su rostro, caduco y todo como era. Pues con cuánta mayor razón el ministerio del Espíritu resplandecerá de gloria. Si el ministerio de la condena se hizo con resplandor, cuánto más resplandecerá el ministerio del perdón. El resplandor aquel ya no es resplandor, eclipsado por esta gloria incomparable. Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente. Teniendo una esperanza como ésta, procedemos con toda franqueza, no como hizo Moisés, que se echaba un velo sobre la cara para evitar que los israelitas fijaran la vista en el sentido de lo caduco. Tienen la mente obtusa, porque hasta el día de hoy el velo aquel cubre la lectura del antiguo Testamento sin quitarse, porque es Cristo quien lo destruye.

Hasta hoy, cada vez que leen los libros de Moisés, un velo cubre sus mentes; pero, cuando se vuelvan hacia el Señor, se quitará el velo. El Señor del que se habla es el Espíritu; y donde hay Espíritu del Señor hay libertad. Y nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu.

Por eso, encargados de este ministerio por misericordia de Dios, no nos acobardamos; al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, dejándonos de intrigas y no adulterando la palabra de Dios; sino que, mostrando nuestra sinceridad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre delante de Dios. Si nuestro Evangelio sigue velado es para los que van a la perdición, o sea, para los incrédulos: el dios de este mundo ha obcecado su mente para que no distingan el fulgor del glorioso Evangelio de Cristo, imagen de Dios.


SEGUNDA LECTURA

Del libro de la Imitación de Cristo (Lib 3, cap 14)

La fidelidad del Señor dura por siempre

Señor, tus juicios resuenan sobre mí con voz de trueno; el temor y el temblor agitan con violencia todos mis huesos, y mi alma está sobrecogida de espanto.

Me quedo atónito al considerar que ni el cielo es puro a tus ojos. Y si en los mismos ángeles descubriste faltas, y no fueron dignos de tu perdón, ¿qué será de mí?

Cayeron las estrellas del cielo, y yo, que soy polvo, ¿qué puedo presumir? Se precipitaron en la vorágine de los vicios aun aquellos cuyas obras parecían dignas de elogio; y a los que comían el pan de los ángeles los vi deleitarse con las bellotas de animales inmundos.

No es posible, pues, la santidad en el hombre, Señor, si retiras el apoyo de tu mano. No aprovecha sabiduría alguna, si tú dejas de gobernarlo. No hay fortaleza inquebrantable, capaz de sostenernos, si tú cesas de conservarla.

Porque, abandonados a nuestras propias fuerzas, nos hundimos y perecemos; mas, visitados por ti, salimos a flote y vivimos.

Y es que somos inestables, pero gracias a ti cobramos firmeza; somos tibios, pero tú nos inflamas de nuevo.

Toda vanagloria ha sido absorbida en la profundidad de tus juicios sobre mí.

¿Qué es toda carne en tu presencia? ¿Acaso podrá gloriarse el barro contra el que lo formó? ¿Cómo podrá la vana lisonja hacer que se engría el corazón de aquel que está verdaderamente sometido a Dios?

No basta el mundo entero para hacer ensoberbecer a quien la verdad hizo que se humillara, ni la alabanza de todos los hombres juntos hará vacilar a quien puso toda su confianza en Dios.

Porque los mismos que alaban son nada, y pasarán con el sonido de sus palabras. En cambio, la fidelidad del Señor dura por siempre.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 4, 5-18

Debilidad y confianza del Apóstol

Hermanos: Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús. El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla» ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo.

Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros.

Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

Por eso, no nos desanimamos. Aunque nuestro hombre exterior se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y una tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gloria. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 43 (89-90: CSEL 64, 324-326)

Ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro

¿Por qué nos escondes tu rostro? Cuando estamos afligidos por algún motivo nos imaginamos que Dios nos esconde su rostro, porque nuestra parte afectiva está como envuelta en tinieblas que nos impiden ver la luz de la verdad. En efecto, si Dios atiende a nuestro estado de ánimo y se digna visitar nuestra mente, entonces estamos seguros de que no hay nada capaz de oscurecer nuestro interior. Porque, si el rostro del hombre es la parte más destacada de su cuerpo, de manera que cuando nosotros vemos el rostro de alguna persona es cuando empezamos a conocerla, o cuando nos damos cuenta de que ya la conocíamos, ya que su aspecto nos lo da a conocer, ¿cuánto más no iluminará el rostro de Dios a los que él mira?

En esto, como en tantas otras cosas, el Apóstol, verdadero intérprete de Cristo, nos da una enseñanza magnífica, y sus palabras ofrecen a nuestra mente una nueva perspectiva. Dice, en efecto: El Dios que dijo: «Brille la luz del seno de la tiniebla» ha brillado en nuestros corazones, para que nosotros iluminemos, dando a conocer la gloria de Dios, reflejada en Cristo. Vemos, pues, de qué manera brilla en nosotros la luz de Cristo. El es, en efecto, el resplandor eterno de las almas, ya que para esto lo envió el Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la oscuridad de este mundo.

¿Y qué digo de Cristo, si el mismo apóstol Pedro dijo a aquel cojo de nacimiento: Míranos? El miró a Pedro y quedó iluminado con el don de la fe, porque no hubiese sido curado si antes no hubiese creído confiadamente.

Si ya el poder de los apóstoles era tan grande, comprendemos por qué Zaqueo, al oír que pasaba el Señor Jesús, subió a un árbol, ya que era pequeño de estatura y la multitud le impedía verlo. Vio a Cristo y encontró la luz, lo vio, y él, que antes se apoderaba de lo ajeno, empezó a dar lo que era suyo.

¿Por qué nos escondes tu rostro?, esto es: «Aunque nos escondes tu rostro, Señor, a pesar de todo, ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor. A pesar de todo, poseemos esta luz en nuestro corazón y brilla en lo íntimo de nuestro ser; porque nadie puede subsistir si tú le escondes tu rostro».



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 5, 1-21

La esperanza de la casa celestial. El ministerio de la reconciliación

Hermanos: Es cosa que ya sabemos: Si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenemos un sólido edificio construido por Dios, una casa que no ha sido levantada por mano de hombre y que tiene una duración eterna en los cielos; y, de hecho, por eso suspiramos, por el anhelo de vestirnos encima la morada que viene del cielo, suponiendo que nos encuentre aún vestidos, no desnudos. Los que vivimos en tiendas suspiramos bajo ese peso, porque no querríamos desnudarnos del cuerpo, sino ponernos encima el otro, y que lo mortal quedara absorbido por la vida. Dios mismo nos creó para eso y como garantía nos dio el Espíritu.

En consecuencia, siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.

Conscientes, pues, del temor debido al Señor, tratamos de sincerarnos con los hombres, que Dios nos ve como somos; y espero que vosotros en vuestra conciencia nos veáis también como somos. No estamos otra vez haciéndonos la propaganda, queremos nada más daros motivos para presumir de nosotros, así tendréis algo que responder a los que presumen de apariencias y no de lo que hay dentro. Si empezamos a desatinar, a Dios se debía; si ahora nos moderamos es por vosotros. Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

Por tanto, no valoramos a nadie según la carne. Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no. El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 48 (14-15: CSEL 64, 368-370)

Cristo reconcilió el mundo con Dios
por su propia sangre

Cristo, que reconcilió el mundo con Dios, personalmente no tuvo necesidad de reconciliación. El, que no tuvo ni sombra de pecado, no podía expiar pecados propios. Y así, cuando le pidieron los judíos la didracma del tributo que, según la ley, se tenía que pagar por el pecado, preguntó a Pedro: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?». Contestó: «A los extraños». Jesús le dijo:

«Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.»

Dio a entender con esto que él no estaba obligado a pagar para expiar pecados propios; porque no era esclavo del pecado, sino que, siendo como era Hijo de Dios, estaba exento de toda culpa. Pues el Hijo libera, pero el esclavo está sujeto al pecado. Por tanto, goza de perfecta libertad y no tiene por qué dar ningún precio en rescate de sí mismo. En cambio, el precio de su sangre es más que suficiente para satisfacer por los pecados de todo el mundo. El que nada debe está en perfectas condiciones para satisfacer por los demás.

Pero aún hay más. No sólo Cristo no necesita rescate ni propiciación por el pecado, sino que esto mismo lo podemos decir de cualquier hombre, en cuanto que ninguno de ellos tiene que expiar por sí mismo, ya que Cristo es propiciación de todos los pecados, y él mismo es el rescate de todos los hombres.

¿Quién es capaz de redimirse con su propia sangre, después que Cristo ha derramado la suya por la redención de todos? ¿Qué sangre puede compararse con la de Cristo? ¿O hay algun ser humano que pueda dar una satisfacción mayor que la que personalmente ofreció Cristo, el único que puede reconciliar el mundo con Dios por su propia sangre? ¿Hay alguna víctima más excelente? ¿Hay algún sacrificio de más valor? ¿Hay algún abogado más eficaz que el mismo que se ha hecho propiciación por nuestros pecados y dio su vida por nuestro rescate?

No hace falta, pues, propiciación o rescate para cada uno, porque el precio de todos es la sangre de Cristo. Con ella nos redimió nuestro Señor Jesucristo, el único que de hecho nos reconcilió con el Padre. Y llevó una vida trabajosa hasta el fin, porque tomó sobre sí nuestros trabajos. Y así, decía: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 6, 1-7, 1

Tribulaciones de Pablo y exhortación a la santidad

Hermanos: Secundando su obra, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, porque él dice: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación.

Para no poner en ridículo nuestro ministerio, nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario, continuamente damos prueba de que somos ministros de Dios con lo mucho que pasamos: luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios. Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia, a través de honra y afrenta, de mala y buena fama. Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los pobretones que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen.

Nos hemos desahogado con vosotros, corintios, sentimos el corazón ensanchado. Dentro de nosotros no estáis encogidos, sois vosotros los que estáis encogidos por dentro. Pagadnos con la misma moneda, os hablo como a hijos, y ensanchaos también vosotros.

No os unzáis al mismo yugo con los infieles: ¿qué tiene que ver la justicia con la maldad?, ¿puede unirse la luz con las tinieblas?, ¿pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo?, ¿van a medias el fiel y el infiel?, ¿son compatibles el templo de Dios y los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios vivo; así lo dijo él: «Habitaré y caminaré con ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo.» Por eso, salid de en medio de esa gente, apartaos, dice el Señor. No toquéis lo impuro, y yo os acogeré. Seré un padre para vosotros, y vosotros para mí hijos e hijas, dice el Señor omnipotente.

Estas promesas tenemos, queridos hermanos; por eso, limpiemos toda suciedad de cuerpo o de espíritu, para ir completando nuestra consagración en el temor de Dios.
 

SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 13 sobre la segunda carta a los Corintios (1-2: PG 61, 491-492)

Sentimos el corazón ensanchado

Sentimos el corazón ensanchado. Del mismo modo que el calor dilata los cuerpos, así también la caridad tiene un poder dilatador, pues se trata de una virtud cálida y ardiente. Esta caridad es la que abría la boca de Pablo y ensanchaba su corazón. «No os amo sólo de palabra –es como si dijera–, sino que mi corazón está de acuerdo con mi boca; por eso os hablo confiadamente, con el corazón en la mano». Nada encontraríamos más dilatado que el corazón de Pablo, el cual, como un enamorado, estrechaba a todos los creyentes con el fuerte abrazo de su amor, sin que por ello se dividiera o debilitara su amor, sino que se mantenía íntegro en cada uno de ellos. Y ello no debe admirarnos, ya que este sentimiento de amor no sólo abarcaba a los creyentes, sino que en su corazón tenían también cabida los infieles de todo el mundo.

Por esto, no dice simplemente: «Os amo», sino que emplea esta expresión más enfática: «Nos hemos desahogado con vosotros, sentimos el corazón ensanchado; os llevamos a todos dentro de nosotros, y no de cualquier manera, sino con gran amplitud.» Porque aquel que es amado se mueve con gran libertad dentro del corazón del que lo ama; por esto, dice también: Dentro de nosotros no estáis encogidos, sois vosotros los que estáis encogidos por dentro. Date cuenta, pues, de cómo atempera su reprensión con una gran indulgencia, lo cual es muy propio del que ama. No les dice: «No me amáis», sino: «No me amáis como yo», porque no quiere censurarles con mayor aspereza.

Y si vamos recorriendo todas sus cartas, descubrimos a cada paso una prueba de este amor casi increíble que tiene para con los fieles. Escribiendo a los romanos, dice: Tengo muchas ganas de veros; y también: Muchas veces he tenido en proyecto haceros una visita; como también: Pido a Dios que alguna vez por fin consiga ir a visitaros. A los gálatas les dice: Hijos míos, otra vez me causáis dolores de parto; y a los efesios: Por esta razón doblo las rodillas por vosotros; a los tesalonicenses: ¿Quién sino vosotros será nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra honrosa corona? Añadiendo, además, que los lleva consigo en su corazón y en sus cadenas.

Asimismo escribe a los colosenses: Quiero que tengáis noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y por todos los que no me conocen personalmente; busco que tengáis ánimos; y a los tesalonicenses: Como una madre cuida de sus hijos, os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaron no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas. Dentro de nosotros no estáis encogidos, dice. Y no les dice solamente que los ama, sino también que es amado por ellos, con la intención de levantar sus ánimos. Y da la prueba de ello, diciendo: Tito nos habló de vuestra añoranza, de vuestro llanto, de vuestra adhesión a mí.

 

 

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 7, 2-16

El arrepentimiento de los corintios
sirvió de consuelo al Apóstol

Hermanos: Concedednos esto: a nadie ofendimos, a nadie arruinamos, a nadie explotamos. No os estoy censurando, ya os tengo dicho que os llevo tan en el corazón que estamos unidos para vida y para muerte. Os hablo con toda franqueza: estoy muy orgulloso de vosotros, en toda esta lucha me siento lleno de ánimos y rebosando de alegría.

Ni cuando llegamos a Macedonia tuvo nuestro pobre cuerpo un momento de reposo: dificultades por todas partes, ataques por fuera y temores por dentro. Pero Dios, que da aliento a los deprimidos, nos animó con la llegada de Tito; y no sólo con su llegada, sino además con lo animado que venía de estar con vosotros; nos habló de vuestra añoranza, de vuestro llanto, de vuestra adhesión a mí; y esto me alegró todavía más.

Después de todo, no me arrepiento de haberos dado un disgusto con mi carta; por un momento me arrepentí, al ver que aquella carta os disgustó, aunque duró poco; pero ahora me alegro, no de vuestra pena, sino de que esa pena produjo arrepentimiento. La llevasteis como Dios quiere, de modo que no habéis salido perdiendo nada por causa nuestra. Porque llevar la pena como Dios quiere produce arrepentimiento saludable y decisivo; en cambio, la tristeza de este mundo lleva a la muerte. Soportasteis la pena como Dios quiere, mirad ahora el resultado; cómo tomasteis la cosa a pecho y os excusasteis; qué indignacióny qué respeto, cómo despertó añoranza, adhesión y ansia de justicia. Habéis probado plenamente que no teníais culpa en el asunto. En realidad, lo que más me interesaba al escribiros no eran el ofensor y el ofendido, sino que descubrieseis delante de Dios el interés que tenéis por nosotros. Esto es lo que nos ha dado ánimos.

Además de estos ánimos, nos alegró enormemente lo feliz que se sentía Tito. Todos contribuisteis a que se sintiera a gusto. El sabía el buen concepto en que os tengo, y no me habéis desmentido; yo siempre os hablo con verdad, y cuando alardeaba de vosotros con Tito era la pura verdad. Siente cada vez más afecto por vosotros, sobre todo al recordar cómo respondisteis unánimes y las atenciones y respeto con los que lo recibisteis. Me alegra poder contar con vosotros en todo.


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía 14 sobre la segunda carta a los Corintios (1-2: PG 61, 497-499)

En toda esta lucha me siento rebosando de alegría

Nuevamente vuelve Pablo a hablar de la caridad, para atemperar la aspereza de su reprensión. Pues, después que los ha reprendido y les ha echado en cara que no lo aman como él los ama, sino que, separándose de su amor, se han juntado a otros hombres perniciosos, por segunda vez, suaviza la dureza de su reprensión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, esto es: «Amadnos». El favor que pide no es en manera alguna gravoso, y es un favor de más provecho para el que lo da que para el que lo recibe. Y no dice: «Amadnos», sino: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, expresión que incluye un matiz de compasión.

«¿Quién –dice– nos ha echado fuera de vuestra mente? ¿Quién nos ha arrojado de ella? ¿Cuál es la causa de que nos sintamos al estrecho entre vosotros?» Antes había dicho: Vosotros estáis encogidos por dentro, y ahora aclara el sentido de esta expresión, diciendo: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón, añadiendo este nuevo motivo para atraérselos. Nada hay, en efecto, que mueva tanto a amar como el pensamiento, por parte de la persona amada, de que aquel que la ama desea en gran manera verse correspondido.

Ya os tengo dicho —añade— que os llevo tan en el corazón, que estamos unidos para vida y para muerte. Muy grande es la fuerza de este amor, pues que, a pesar de sus desprecios, desea morir y vivir con ellos. «Porque os llevamos en el corazón, mas no de cualquier modo, sino del modo dicho». Porque puede darse el caso de uno que ame pero rehúya el peligro; no es éste nuestro caso.

Me siento lleno de ánimos. ¿De qué ánimos? «De los que vosotros me proporcionáis: porque os habéis enmendado y me habéis consolado así con vuestras obras». Esto es propio del que ama, reprochar la falta de correspondencia a su amor, pero con el temor de excederse en sus reproches y causar tristeza. Por esto, dice: Me siento lleno de ánimos y rebosando de alegría.

Es como si dijera: «Me habéis proporcionado una gran tristeza, pero me habéis proporcionado también una gran satisfacción y consuelo, ya que no sólo habéis quitado la causa de mi tristeza, sino que además me habéis llenado de una alegría mayor aún».

Y, a continuación, explica cuán grande sea esta alegría, cuando, después que ha dicho: Me siento rebosando de alegría, añade también: En toda esta lucha. «Tan grande –dice– es el placer que me habéis dado, que ni estas tan graves tribulaciones han podido oscurecerlo, sino que su grandeza exuberante ha superado todos los pesares que nos invadían y ha hecho que ni los sintiéramos».


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 8, 1-24

Pablo encarga la colecta para Jerusalén

Queremos que conozcáis, hermanos, la gracia que Dios ha dado a las Iglesias de Macedonia: En las pruebas y desgracias creció su alegría; y su pobreza extrema se desbordó en un derroche de generosidad. Con todas sus fuerzas y aun por encima de sus fuerzas, os lo aseguro, con toda espontaneidad e insistencia nos pidieron como un favor que aceptara su aportación en la colecta a favor de los santos. Y dieron más de lo que esperábamos: se dieron a sí mismos, primero al Señor y luego, como Dios quería, también a nosotros. En vista de eso, como fue Tito quien empezó la cosa, le hemos pedido que dé el último toque entre vosotros a esta obra de caridad.

Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. No es que os lo mande; os hablo del empeño que ponen otros para comprobar si vuestro amor es genuino. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza. En este asunto os doy sólo mi opinión: Ya que no sólo con la obra, sino incluso con la decisión, iniciasteis vosotros la colecta el año pasado, os conviene ahora llevarla a término; de modo que a la buena voluntad corresponda la realización, según vuestros medios.

Porque, si uno tiene buena voluntad, se le agradece lo que tiene, no lo que no tiene. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad. Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba».

Doy gracias a Dios, que ha puesto en el corazón de Tito este mismo afán por vosotros. No sólo recibió bien nuestra recomendación; su interés es tan grande, que espontáneamente se marchó a visitaros. Mandamos con él a un hermano que se ha hecho célebre en todas las Iglesias predicando el Evangelio; más aún, las Iglesias lo han elegido a votación para que sea nuestro compañero de viaje en esta obra de caridad que administramos para gloria del Señor y en prueba de nuestra buena voluntad. Evitamos así las posibles críticas por la administración de esta importante suma, porque nuestras intenciones son limpias ante Dios y ante los hombres.

Mandamos también con ellos a otro hermano nuestro, cuyo entusiasmo hemos comprobado muchas veces en muchos asuntos; ahora tiene aún más, por lo mucho que confía en vosotros. Si preguntan acerca de Tito, es compañero mío y colabora conmigo en vuestros asuntos. Los otros hermanos son delegados de las Iglesias y honra de Cristo. Dadles pruebas de vuestro amor y justificad con ellos y con las Iglesias nuestro orgullo por vosotros.


SEGUNDA LECTURA

San Cesáreo de Arlés, Sermón 25 (1: CCL 103, 111-112)

La misericordia divina y la misericordia humana

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y, si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y, por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que, cuando Dios nos da, queremos recibir y, cuando nos pide, no le queremos dar? Porque, cuando un pobre pasa hambre, es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena, y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios, aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad, y se os dará. No comprendo cómo te atreves a esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 9, 1-15

Frutos espirituales de la colecta

Hermanos: Es superfluo escribiros sobre este ministerio en favor de los santos. Sé lo bien dispuestos que estáis y alardeo con los macedonios de que Acaya tiene hechos todos los preparativos desde el año pasado; vuestro fervor ha estimulado a la mayoría. Mandé a los hermanos para que en este punto nuestro orgullo no resultara un puro alarde; o sea, para que estéis preparados, como digo por ahí; pues, si los macedonios que vayan conmigo os encuentran impreparados, nosotros, por no decir vosotros, quedaremos en ridículo en este asunto. Por eso, juzgué necesario pedir a los hermanos que se me adelantasen y tuviesen preparadas de antemano las donaciones que habíais prometido. Así estarán a punto y parecerán un regalo, no una exigencia.

Recordad esto: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas. Como dice la Escritura: «Reparte limosna a los pobres, su justicia es constante, sin falta».

El que proporciona semilla para sembrar y pan para comer os proporcionará y aumentará la semilla, y multiplicará la cosecha de vuestra justicia. Siempre seréis ricos para ser generosos, y así, por medio nuestro, se dará gracias a Dios; porque el desempeño de este servicio no sólo remedia la penuria de los santos, sino que hace que muchos den gracias a Dios.

Al comprobar el valor de esta prestación, muchos glorifican a Dios: primero, porque habéis profesado vuestrafe en el Evangelio de Cristo; después, por vuestra generosa solidaridad con ellos y con todos; finalmente, porque rezan a Dios por vosotros con gran cariño, al ver la extraordinaria gracia que os ha dado.

Demos gracias a Dios por su don inexpresable.
 

SEGUNDA LECTURA

San Basilio Magno, Homilía 3 sobre la caridad (6: PG 31, 266-267.275)

Sembrad justicia, y cosecharéis misericordia

Oh hombre, imita a la tierra; produce fruto igual que ella, no sea que parezcas peor que ella, que es un ser inanimado. La tierra produce unos frutos de los que ella no ha de gozar, sino que están destinados a tu provecho. En cambio, los frutos de beneficencia que tú produces los recolectas en provecho propio, ya que la recompensa de las buenas obras revierte en beneficio de los que las hacen. Cuando das al necesitado, lo que le das se convierte en algo tuyo y se te devuelve acrecentado. Del mismo modo que el grano de trigo, al caer en tierra, cede en provecho del que lo ha sembrado, así también el pan que tú das al pobre te proporcionará en el futuro una ganancia no pequeña. Procura, pues, que el fin de tus trabajos sea el comienzo de la siembra celestial: Sembrad justicia,y cosecharéis misericordia, dice la Escritura.

Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor, cuando, rodeado de los elegidos, ante el juez universal, todos proclamarán tu generosidad, tu largueza y tus beneficios, atribuyéndote todos los apelativos indicadores de tu humanidad y benignidad. ¿Es que no ves cómo muchos dilapidan su dinero en los teatros, en los juegos atléticos, en las pantomimas, en las luchas entre hombres y fieras, cuyo solo espectáculo repugna, y todo por una gloria momentánea, por el estrépito y aplauso del pueblo?

Y tú, ¿serás avaro, tratándose de gastar en algo que ha de redundar en tanta gloria para ti? Recibirás la aprobación del mismo Dios, los ángeles te alabarán, todos los hombres que existen desde el origen del mundo te proclamarán bienaventurado; en recompensa por haber administrado rectamente unos bienes corruptibles, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos. Y todo esto te tiene sin cuidado, y por el afán de los bienes presentes menosprecias aquellos bienes que son el objeto de nuestra esperanza. Ea, pues, reparte tus riquezas según convenga, sé liberal y espléndido en dar a los pobres. Ojalá pueda decirse también de ti: Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante.

Deberías estar agradecido, contento y feliz por el honor que se te ha concedido, al no ser tú quien ha de importunar a la puerta de los demás, sino los demás quienes acuden a la tuya. Y en cambio te retraes y te haces casi inaccesible, rehúyes el encuentro con los demás, para no verte obligado a soltar ni una pequeña dádiva. Sólo sabes decir: «No tengo nada que dar, soy pobre». En verdad eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 10, 1–11, 6
Apología del Apóstol

Hermanos: Yo, Pablo en persona, ese tan cobarde de cerca y tan valiente de lejos, os voy a dar un aviso con la suavidad y mesura de Cristo. Ahorradme, por favor, tener que hacer el valiente cuando vaya, porque soy muy capaz de descararme con esos que me achacan proceder con miras humanas. Aunque soy hombre y procedo como tal, no milito con miras humanas; las armas de mi servicio no son humanas, es Dios quien les da potencia para derribar fortalezas: derribamos sofismas y cualquier torreón que se yerga contra el conocimiento de Dios. Con esas armas cautivamos los entendimientos, para que obedezcan a Cristo, y estamos equipados para castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea completa.

Os fijáis sólo en apariencias. Si alguno está convencido de ser de Cristo, reflexione y verá que nosotros somos tan de Cristo como él. Aunque alardease un poco más de mi autoridad –y me la dio el Señor para construir vuestra comunidad, no para destruirla–, no pienso echarme atrás, no quiero dar la impresión de que os meto miedo sólo con cartas. Dicen ésos: «Las cartas, sí, son duras y severas, pero su aspecto es raquítico y su hablar detestable». El individuo que dice eso, sepa que cuando lleguemos vamos a ser en los hechos lo que somos de palabra en nuestras cartas.

No nos atrevemos a compararnos o a equiparamos con algunos de esos que se hacen la propaganda. ¡Qué estúpidos! Se miden con su propia medida y luego se comparan consigo mismos. No nos pasamos de la raya, nos atenemos a la medida y al radio de acción que Dios nos ha asignado, y que incluye también a Corinto. No hemos tenido que estirarnos como si no llegáramos hasta ahí: fuimos los primeros en ir a Corinto para predicar el Evangelio de Cristo. Tampoco rebasamos la medida porque alardeamos de sudores ajenos; nuestra esperanza era que, al crecer vuestra fe, pudiéramos ampliar aún más nuestro radio de acción y predicar el Evangelio en las regiones más allá de Corinto; y esto tampoco será alardear de territorio ajeno, entrando en campo ya labrado. El que se gloría que se gloríe del Señor, porque no está aprobado el que se recomienda él solo, sino el que está recomendado por el Señor.

Ojalá me toleraseis unos cuantos desvaríos; bueno, ya sé que me los toleráis. Tengo celos de vosotros, los celos de Dios; quise desposaros con un solo marido, presentándoos a Cristo como una virgen intacta.

Pero me temo que, igual que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad a Cristo. Se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que yo predico, os propone un espíritu diferente del que recibisteis, y un Evangelio diferente del que aceptasteis, y lo toleráis tan tranquilos. ¿En qué soy yo menos que esos superapóstoles? En el hablar soy inculto, de acuerdo, pero en el saber no, como os lo he demostrado siempre y en todo.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 18 (23 25: PG 33,1043-1047)

La Iglesia o convocación del pueblo de Dios

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se la llama Iglesia o convocación, ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la tienda del encuentro. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Reúneme al pueblo, y les haré oír mis palabras, para que aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, desdeel fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregasteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo.

Anteriormente había cantado el salmista: En la iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, añadiendo a continuación: Del oriente al poniente es grande entre las naciones mi nombre.

Acerca de esta misma santa Iglesia católica, escribe Pablo a Timoteo: Quiero que sepas cómo hay que conducirse en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 11, 7-29

Contra los falsos apóstoles

Hermanos: ¿Hice mal en abajarme para elevaros a vosotros? Lo digo porque os anuncié de balde el Evangelio de Dios. Para estar a vuestro servicio, tuve que saquear a otras Iglesias, aceptando un subsidio; mientras estuve con vosotros, aunque pasara necesidad, no me aproveché de nadie; los hermanos que llegaron de Macedonia proveyeron a mis necesidades. Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en nada. Lo digo con la verdad de Cristo que poseo; nadie en toda Acaya me quitará esta honra. ¿Por qué?, ¿porque no os quiero? Bien lo sabe Dios.

Esto hago y seguiré haciendo para cortarles de raíz todo pretexto a esos que buscan pretextos para gloriarse de ser tanto como nosotros. Esos individuos son apóstoles falsos, obreros tramposos, disfrazados de apóstoles de Cristo, y no hay por qué extrañarse: si Satanás se disfraza de ángel resplandeciente, no es mucho que también sus ministros se disfracen de ministros de salvación; su final corresponderá a sus obras.

Lo repito, que nadie me tenga por insensato; y si no, aunque sea como insensato aceptadme, para que pueda presumir un poquito yo también. Dado que voy a presumir, lo que diga no lo digo en el Señor, sino disparatando. Son tantos los que presumen de títulos humanos, que también yo voy a presumir; pues, precisamente por ser sensatos, soportáis con gusto a los insensatos. Si uno os esclaviza, si os explota, si se lleva lo vuestro, si es arrogante, si os insulta en la cara, se lo aguantáis. ¡Qué vergüenza, verdad, ser yo tan débil!

Pues, si otros se dan importancia, hablo disparatando, voy a dármela yo también. ¿Que son hebreos?, también yo; ¿que son linaje de Israel?, también yo; ¿que son descendientes de Abrahán?, también yo; ¿que sirven a Cristo?, voy a decir un disparate: mucho más yo. Les gano en fatigas, les gano en cárceles, no digamos en palizas, y en peligros de muerte, muchísimos; los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes menos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa.

Y, aparte todo lo demás, la carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin que a mí me dé fiebre?


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 18 (26-29: PG 33,1047-1050)

La Iglesia es la esposa de Cristo

«Católica»: éste es el nombre propio de esta Iglesia santa y madre de todos nosotros; ella es en verdad esposa de nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios (porque está escrito: Como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, y lo que sigue), y es figura y anticipo de la Jerusalén de arriba, que es libre y es nuestra madre, la cual, antes estéril, es ahora madre de una prole numerosa.

En efecto, habiendo sido repudiada la primera, en la segunda Iglesia, esto es, la católica, Dios —como dice Pablo— estableció en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, y toda clase de virtudes: la sabiduría y la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y el amor a los hombres, y una paciencia insuperable en las persecuciones.

Ella fue la que antes, en tiempo de persecución y de angustia, con armas ofensivas y defensivas, con honra y deshonra, redimió a los santos mártires con coronas de paciencia entretejidas de diversas y variadas flores; pero ahora, en este tiempo de paz, recibe, por gracia de Dios, los honores debidos, de parte de los reyes, de los hombres constituidos en dignidad y de toda clase de hombres. Y la potestad de los reyes sobre sus súbditos está limitada por unas fronteras territoriales; la santa Iglesia católica, en cambio, es la única que goza de una potestad ilimitada en toda la tierra. Tal como está escrito, Dios ha puesto paz en sus fronteras.

En esta santa Iglesia católica, instruidos con esclarecidos preceptos y enseñanzas, alcanzaremos el reino de los cielos y heredaremos la vida eterna, por la cual todo lo toleramos, para que podamos alcanzarla del Señor. Porque la meta que se nos ha señalado no consiste en algo de poca monta, sino que nos esforzamos por la posesión de la vida eterna. Por esto, en la profesión de fe, se nos enseña que, después de aquel artículo: La resurrección de los muertos, de la que ya hemos disertado, creamos en la vida del mundo futuro, por la cual luchamos los cristianos.

Por tanto, la vida verdadera y auténtica es el Padre, la fuente de la que, por mediación del Hijo, en el Espíritu Santo, manan sus dones para todos, y, por su benignidad también a nosotros los hombres se nos han prometido verídicamente los bienes de la vida eterna.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 11, 30-12, 13

El Apóstol presume de sus debilidades

Hermanos: Si hay que presumir, presumiré de lo que muestra mi debilidad, y bien sabe Dios, el Padre del Señor Jesús, bendito sea por siempre, que no miento. En Damasco el gobernador del rey Aretas montó una guardia en la ciudad para prenderme; metido en un costal, me descolgaron por una ventana de la muralla, y así escapé de sus manos.

Toca presumir. Ya sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer cielo, con el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. Lo cierto es que ese hombre fue arrebatado al paraíso y oyó palabras arcanas, que un hombre no es capaz de repetircon el cuerpo o sin cuerpo, ¿qué sé yo?, Dios lo sabe. De uno como ése podría presumir; lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades. Y eso que, si quisiera presumir, no diría disparates, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que se hagan una idea de mí sólo por lo que ven y oyen.

Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad».

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

He disparatado, vosotros me obligasteis. Hablar en favor mío debería ser cosa vuestra; pues, aunque yo no sea nadie, en nada soy menos que esos superapóstoles. La marca de apóstol se vio en mi trabajo entre vosotros, en todo mi aguante y en las señales, portentos y milagros. ¿Qué tenéis que envidiar a las otras Iglesias, excepto que yo no he vivido a costa vuestra? Perdonadme esta injuria.


SEGUNDA LECTURA

Gualterio de San Víctor, Sermón (atribuido) sobre la triple gloria de la cruz (Sermón 3, 2.3.4: CCL CM 30, 250.251.252)

La cruz de Cristo, remedio, ejemplo y misterio

Por tres cosas debemos gloriarnos en la cruz: por ser remedio, ejemplo y misterio.

Llamamos remedio al mérito de la misma pasión y muerte de Cristo. En efecto, Cristo, inmune a todo pecado, el único libre entre los muertos, en nada deudor de la muerte; y sin embargo, por el gran amor con que nos amó, aceptó, en obediencia al Padre, la muerte que le era indebida en beneficio nuestro, que sí éramos deudores de la muerte. Y de esta suerte adquirió un mérito enorme, mérito del que nos hizo cesión, para que se nos aplicara a nosotros el fruto que en él habría revertido de haberlo necesitado. Tan grande fue este mérito que basta para la salvación de todos. La magnitud del mérito suele medirse por la magnitud del amor con que se obtiene. Siendo, pues, inmenso el amor de Cristo, inmenso es también el mérito de su muerte. Si todos los santos que han existido desde el comienzo del mundo y los que habrá hasta la consumación del mismo, estuvieran libres de todo pecado y murieran en pro de la justicia, la muerte de todos ellos juntos no sería tan meritoria como la sola muerte del Salvador, sufrida una vez por todas. Contemplando Pablo este incomparable tesoro de nuestra salvación, decía: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Que es como si dijera: Dios me libre de juzgarme digno de la gloria y de la salvación, si no es en virtud y por la eficacia y el mérito de la pasión del Señor. Pues en este remedio radica nuestra única esperanza.

A los que se les ha dado la oportunidad de actuar, al remedio han de añadir la imitación del ejemplo, ya que Cristo padeció su pasión por nosotros, para que sigáis sus huellas. Así pues, gloriarse en la cruz en razón del ejemplo consiste en imitarlo con alegría, a semejanza del Apóstol que se gloriaba en las tribulaciones. Y no sólo debemos imitar el ejemplo de la pasión para asegurarnos el remedio, sino también para acrecentar el brillo de la corona.

Llamamos misterio de la cruz a la mística significación del sagrado leño. Este madero tiene, en efecto, una forma cuadrangular. Pues bien: esta cuadratura de la cruz apunta a una cierta cuadratura de la caridad, de la que dice el Apóstol: Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todo el pueblo de Dios, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo. Los que en sí mismos perciben esta cuadratura, no sin razón pueden gloriarse en el misterio de la cruz, lo mismo que condignamente se gozan en el remedio de la cruz los que poseen una fe sana y han renacido en Cristo. Pero quienes llevan en su cuerpo lasmarcas de Jesús, pueden gloriarse en el ejemplo de la cruz. Tres son, pues las cosas por las que hemos de gloriarnos en la cruz: el remedio que pertenece al nivel de la fe, el ejemplo que se sitúa en el orden de la operación, el misterio que se inscribe en el área de la dilección.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la segunda carta a los Corintios 12,14—13,13

Próxima y severa visita del Apóstol a los corintios

Hermanos: Por tercera vez estoy preparado para ir a Corinto, y tampoco ahora seré una carga. No me interesa lo vuestro, sino vosotros: no son los hijos quienes tienen que ganar para los padres, sino los padres para los hijos. Por mi parte, con muchísimo gusto gastaré, y me desgastaré yo mismo por vosotros. Os quiero demasiado, ¿es una razón para que me queráis menos?

Pase, dirán algunos, que yo no he sido una carga para vosotros; pero como soy tan astuto, os he cazado con engaño. Vamos a ver, de los que he mandado a Corinto, ¿de cuál me he servido para explotaros? Le pedí a Tito que fuera, y con él mandé al otro hermano, ¿se ha aprovechado Tito en algo de vosotros?; ¿no hemos procedido con el mismo espíritu?; ¿no hemos seguido las mismas huellas?

¿Pensáis que nos estamos defendiendo otra vez ante vosotros? Hablo en Cristo, delante de Dios, y todo es para construir vuestra comunidad, queridos hermanos, porque me temo que, cuando vaya, no os voy a encontrar como quisiera y que tampoco vosotros me vais a encontrar a mí como quisierais. Podría encontrar contiendas, envidias, animosidad, disputas, difamación, chismes, engreimientos, alborotos. Temo que cuando vaya, Dios me aflija otra vez por causa vuestra y tenga que ponerme de luto por muchos que pecaron antes y no se han convertido de la inmoralidad, libertinaje y desenfreno en que vivían.

Esta va a ser mi tercera visita. Todo asunto se resolverá basándose en la declaración de dos o tres testigos. Repito ahora ausente lo que dije en mi segunda visita a los antiguos pecadores y a todos en general, que, cuando vuelva, no tendré contemplaciones. Tendréis la prueba que buscáis de que Cristo habla por mí; y él no es débil con vosotros, sino que muestra su poder entre vosotros. Es verdad que fue crucificado por su debilidad, pero vive ahora por la fuerza de Dios. Nosotros compartimos su debilidad, pero por la fuerza de Dios compartiremos su vida para vuestro bien.

Poneos a la prueba, a ver si os mantenéis en la fe, someteos a examen; ¿no sois capaces de reconocer que Cristo Jesús está entre vosotros? A ver si es que no pasáis el examen. Pero reconoceréis, así lo espero, que nosotros sí lo hemos pasado. Pido a Dios que no hagáis nada malo; no nos interesa ostentar nuestros títulos, sino que vosotros practiquéis el bien, aunque parezca que nosotros no tenemos títulos. No tenemos poder alguno contra la verdad, sólo en favor de la verdad. Con tal que vosotros estéis fuertes, nos alegramos de ser nosotros débiles; todo lo que pedimos es que os enmendéis. Por esta razón, os escribo así mientras estoy fuera, para no verme obligado a ser tajante en persona con la autoridad que el Señor me ha dado para construir, no para derribar.

Y nada más, hermanos; alegraos, enmendaos, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos.

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Carta 265 (7-8: CSEL 57, 645-646)

Necesidad de la penitencia cotidiana

Hace el hombre penitencia, antes de recibir el bautismo por los pecados precedentes, pero de tal modo quereciba asimismo el bautismo, como está escrito en los Hechos de los apóstoles, cuando hablando Pedro a los judíos les dice: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados.

Hace también el hombre penitencia si, después del bautismo cometiere un pecado tal, que mereciere ser excomulgado para luego ser reconciliado, como lo practican en todas las iglesias los que técnicamente son llamados «penitentes». De esta penitencia habla el apóstol Pablo cuando dice: Temo que, cuando vaya, Dios me aflija otra vez por causa vuestra y tenga que ponerme de luto por muchos que pecaron antes y no se han convertido de la inmoralidad, libertinaje y desenfreno en que vivían. Y esto lo escribía precisamente para aquellos que ya habían sido bautizados.

Está asimismo la penitencia casi cotidiana de los fieles buenos y humildes, por la que nos damos golpes de pecho diciendo: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y es evidente que no pedimos la condonación de las deudas que estamos seguros habérsenos condonado en el bautismo; sino aquellas otras que, si bien leves, frecuentemente se infiltran a través, de las fisuras de la humana fragilidad. Estas faltas, si se acumularan contra nosotros, nos gravarían y oprimirían como uno que otro pecado grave. ¿Qué más da que un barco naufrague bajo el ímpetu de una inmensa ola que lo envuelve y lo sumerge, o que se vaya a pique a consecuencia del agua que paulatinamente se va introduciendo en la sentina y que, al ser negligentemente ignorada o descuidada, acabe por inundar el barco y sumergirlo?

Por esta razón vigilan cual centinelas los ayunos, las limosnas y las oraciones. En las cuales, al decir: Perdónanos, como nosotros perdonamos, manifestamos que no faltan en nosotros cosas que hacernos perdonar. Y así, humillando nuestras almas con esta confesión, no cesamos en cierto modo de hacer, día tras día, penitencia.

DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 1,1-12

El Evangelio de Pablo

Yo, Pablo, enviado no de hombres, nombrado apóstol no por un hombre, sino por Jesucristo y por Dios Padre, que lo resucitó de entre los muertos, y conmigo todos los hermanos, escribimos a las Iglesias de Galacia. Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, que se entregó por nuestros pecados para arrancarnos de este perverso mundo presente, conforme al designio de Dios, nuestro Padre. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Me sorprende que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó a la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro evangelio, lo que pasa es que algunos os turban para volver del revés el Evangelio de Cristo. Pues bien, si alguien os predica un evangelio distinto del que os hemos predicado —seamos nosotros mismos o un ángel del cielo—, ¡sea maldito! Lo he dicho y lo repito: si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡sea maldito! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?; ¿trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Os notifico, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

Entendamos la gracia de Dios

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

Ello fue causa de que empezaran a sospechar que el apóstol Pablo, que les había predicado el Evangelio, quizá no estaba acorde en su doctrina con los demás apóstoles, ya que éstos obligaban a los gentiles a las prácticas judaicas. El apóstol Pedro había cedido ante el escándalo de aquellos hombres, hasta llegar a la simulación, como si él pensara también que en nada aprovechaba el Evangelio a los gentiles si no cumplían los preceptos de la ley; de esta simulación le hizo volver atrás el apóstol Pablo, como explica él mismo en esta carta.

La misma cuestión es tratada en la carta a los Romanos. No obstante, parece que hay alguna diferencia entre una y otra, ya que en la carta a los Romanos dirime la misma cuestión y pone fin a las diferencias que habían surgido entre los cristianos procedentes del judaísmo y los procedentes de la gentilidad; mientras que en esta carta a los Gálatas escribe a aquellos que ya estaban perturbados por la autoridad de los que procedían del judaísmo y que los obligaban a la observancia de la ley. Influenciados por ellos, empezaban a creer que la predicación del apóstol Pablo no era auténtica, porque no quería que se circuncidaran. Por esto, Pablo empieza con estas palabras: Me sorprende que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó a la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio.

Con este exordio, insinúa, en breves palabras, el meollo de la cuestión. Aunque también lo hace en el mismo saludo inicial, cuando afirma de sí mismo que es enviado no de hombres, nombrado apóstol no por un hombre, afirmación que no encontramos en ninguna otra de sus cartas. Con esto demuestra suficientemente que los que inducían a tales errores lo hacían no de parte de Dios, sino de parte de los hombres; y que, por lo que atañe a la autoridad de la predicación evangélica, ha de ser considerado igual que los demás apóstoles, ya que él tiene la certeza de que es apóstol no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y por Dios Padre.


EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 1, 13-2, 10

Vocación y apostolado de Pablo

Hermanos: Habéis oído hablar de mi conducta pasada en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos de mi edad y de mi raza, como partidario fanático de las tradiciones de mis antepasados.

Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelar a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles, en seguida, sin consultar con hombres, sin subir a Jerusalén a ver a losapóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, y después volví a Damasco. Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro, y me quedé quince días con él. Pero no vi a ningún otro apóstol, excepto a Santiago, el pariente del Señor. Dios es testigo de que no miento en lo que os escribo.

Fui después a Siria y a Cilicia. Las Iglesias cristianas de Judea no me conocían personalmente, sólo habían oído decir que el antiguo perseguidor predicaba ahora la fe que antes intentaba destruir, y alababan a Dios por causa mía.

Después, transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén en compañía de Bernabé, llevando también a Tito. Subí por una revelación. Les expuse el Evangelio que predico a los gentiles, aunque en privado, a los más representativos, por si acaso mis afanes de entonces o de antes eran vanos. Con todo, ni siquiera obligaron a circuncidarse a mi compañero Tito, que era griego. Di este paso por motivo de esos intrusos, de esos falsos hermanos que se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús. Querían esclavizarnos, pero ni por un momento cedimos a su imposición, para preservaros la verdad del Evangelio. En cambio, de parte de los que representaban algo (lo que fueran o dejaran de ser no me interesa, que Dios no mira eso), como decía, los más representativos no tuvieron nada que añadirme.

Al contrario, vieron que Dios me ha encargado de anunciar el Evangelio a los gentiles, como a Pedro de anunciarlo a los judíos; el mismo que capacita a Pedro para su misión entre los judíos me capacita a mí para la mía entre los gentiles. Reconociendo, pues, el don que he recibido, Santiago, Pedro y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de solidaridad, de acuerdo en que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los judíos. Una sola cosa nos pidieron: que nos acordáramos de sus pobres, y esto lo he tomado muy a pecho.


SEGUNDA LECTURA

Tertuliano, Tratado sobre la prescripción de los herejes (20, 1-9; 21, 3; 22, 8-10: CCL 1, 201-204)

La predicación apostólica

Cristo Jesús, nuestro Señor, durante su vida terrena, iba enseñando por sí mismo quién era él, qué había sido desde siempre, cuál era el designio del Padre que él realizaba en el mundo, cuál ha de ser la conducta del hombre para que sea conforme a este mismo designio; y lo enseñaba unas veces abiertamente ante el pueblo, otras aparte a sus discípulos, principalmente a los doce que había elegido para que estuvieran junto a él, y a los que había destinado como maestros de las naciones.

Y así, después de la defección de uno de ellos, cuando estaba para volver al Padre, después de su resurrección, mandó a los otros once que fueran por el mundo a adoctrinar a los hombres y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los apóstoles –palabra que significa «enviados»–, después de haber elegido a Matías, echándolo a suertes, para sustituir a Judas y completar así el número de doce (apoyados para esto en la autoridad de una profecía contenida en un salmo de David), y después de haber obtenido la fuerza del Espíritu Santo para hablar y realizar milagros, como lo había prometido el Señor, dieron primero en Judea testimonio de la fe en Jesucristo e instituyeron allí Iglesias, después fueron por el mundo para proclamar a las naciones la misma doctrina y la misma fe.

De modo semejante, continuaron fundando Iglesias en cada población, de manera que las demás, Iglesias fundadas posteriormente, para ser verdaderas Iglesias, tomaron y siguen tomando de aquellas primeras Iglesias el retoño de su fe y la semilla de su doctrina. Por esto también aquellas Iglesias son consideradas apostólicas, en cuanto que son descendientes de las Iglesias apostólicas.

Es norma general que toda cosa debe ser referida a su origen. Y, por esto, toda la multitud de Iglesias son una con aquella primera Iglesia fundada por los apóstoles, de la que proceden todas las otras. En este sentido son todas primeras y todas apostólicas, en cuanto que todas juntas forman una sola. De esta unidad son prueba la comunión y la paz que reinan entre ellas; así como su mutua fraternidad y hospitalidad. Todo lo cual no tiene otra razón de ser que su unidad en una misma tradición apostólica.

El único medio seguro de saber qué es lo que predicaron los apóstoles, es decir, qué es lo que Cristo les reveló, es el recurso a las Iglesias fundadas por los mismos apóstoles, las que ellos adoctrinaron de viva voz y, más tarde, por carta.

El Señor había dicho en cierta ocasión: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; pero añadió a continuación: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; con estas palabras demostraba que nada habían de ignorar, ya que les prometía que el Espíritu de la verdad les daría el conocimiento de la verdad plena. Y esta promesa la cumplió, ya que sabemos por los Hechos de los apóstoles que el Espíritu Santo bajó efectivamente sobre ellos.



MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 2, 11–3, 14

El justo vivirá por su fe

Hermanos: Cuando Pedro llegó a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible. Antes de que llegaran ciertos individuos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquéllos, se retrajo y se puso aparte, temiendo a los partidarios de la circuncisión. Los demás judíos lo imitaron en esta simulación, tanto que el mismo Bernabé se vio arrastrado con ellos a la simulación.

Ahora que, cuando yo vi que su conducta no cuadraba con la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:

«Si tú, siendo judío, vives a lo gentil y no a lo judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a las prácticas judías?».

Nosotros éramos judíos de nacimiento, no de esos paganos pecadores. Pero comprendimos que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús. Por eso, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley. Ahora, si por buscar la justificación por medio de Cristo resultamos también nosotros unos pecadores, ¿qué?, ¿está Cristo al servicio del pecado? Ni pensarlo; o sea, que, si construyo de nuevo lo que demolí una vez, demuestro yo mismo ser culpable. Por mi parte, para la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero, si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

¡Insensatos gálatas! ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz! Contestadme a una sola pregunta: ¿recibisteis el Espíritu por observar la ley, o por haber respondido a la fe? ¿Tan estúpidos sois? ¡Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne! ¡Tantas magníficas experiencias en vano! Si es que han sido en vano.

Vamos a ver: Cuando Dios os concede el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿por qué lo hace? ¿Porque observáis la ley, o porque respondéis a la fe? Lo mismo que con Abrahán, que creyó a Dios, y eso le valió la justificación.

Comprended, por tanto, de una vez que hijos de Abrahán son los hombres de fe. Además, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia: «Por ti serán benditas todaslas naciones». Así que son los hombres de fe los que reciben la bendición con Abrahán, el fiel.

En cambio, los que se apoyan en la observancia de la ley tienen encima una maldición, porque dice la Escritura: «Maldito el que no cumple todo lo escrito en el libro de la ley». Que en base a la ley nadie se justifica ante Dios es evidente, porque lo que está dicho es que «el justo vivirá por su fe», y la ley no arranca de la fe, sino que «el que la cumple vivirá por ella».

Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros un maldito, porque dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un árbol». Esto sucedió para que, por medio de Jesucristo, la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles, y por la fe recibiéramos el Espíritu prometido.


SEGUNDA LECTURA

Orígenes, Homilía 8 sobre el libro del Génesis (6.8.9: PG 12, 206-209)

El sacrificio de Abrahán

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. El hecho de que llevara Isaac la leña de su propio sacrificio era figura de Cristo, que cargó también con la cruz; además, llevar la leña del sacrificio es función propia del sacerdote. Así, pues, Cristo es, a la vez, víctima y sacerdote. Esto mismo significan las palabras que vienen a continuación: Los dos caminaban juntos. En efecto, Abrahán, que era el que había de sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo, pero Isaac no iba detrás de él, sino junto a él, lo que demuestra que él cumplía también una función sacerdotal.

¿Qué es lo que sigue? Isaac —continúa la Escritura—dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Esta es la voz que el hijo pronuncia en el momento de la prueba. ¡Cuán fuerte tuvo que ser la conmoción que produjo en el padre esta voz del hijo, a punto de ser inmolado! Y, aunque su fe lo obligaba a ser inflexible, Abrahán, con todo, le responde con palabras de igual afecto: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?». Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».

Resulta conmovedora la cuidadosa y cauta respuesta de Abrahán. Algo debía prever en espíritu, ya que dice, no en presente, sino en futuro: Dios proveerá el cordero; al hijo que le pregunta acerca del presente le responde con palabras que miran al futuro. Es que el Señor debía proveerse de cordero en la persona de Cristo.

Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!». Él contestó: «Aquí me tienes». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios». Comparemos estas palabras con aquellas otras del Apóstol, cuando dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Ved cómo Dios rivaliza con los hombres en magnanimidad y generosidad. Abrahán ofreció a Dios un hijo mortal, sin que de hecho llegara a morir; Dios entregó a la muerte por todos al Hijo inmortal.

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Creo que ya hemos dicho antes que Isaac era figura de Cristo, mas también parece serlo este carnero. Vale la pena saber en qué se parecen a Cristo uno y otro: Isaac, que no fue degollado, y el carnero, que sí fue degollado. Cristo es la Palabra de Dios, pero la Palabra se hizo carne.

Cristo padeció, pero en la carne; sufrió la muerte, pero quien la sufrió fue su carne, de la que era figura este carnero, de acuerdo con lo que decía Juan: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La Palabra permaneció en la incorrupción, por lo que Isaac es figura de Cristo según el espíritu. Por esto, Cristo es, a la vez, víctima y pontífice según el espíritu. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que se ofrece en su propio cuerpo como víctima.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 3, 15-4, 7

El oficio de la ley

Hermanos: Hablo desde el punto de vista humano: un testamento debidamente otorgado nadie puede anularlo ni se le puede añadir una cláusula. Pues bien, las promesas se hicieron a Abrahán y a su descendencia (no se dice: «y a los descendientes», en plural, sino en singular: «y a tu descendencia», que es Cristo).

Quiero decir esto: Una herencia ya debidamente otorgada por Dios no iba a anularla una ley que apareció cuatrocientos treinta años más tarde, dejando sin efecto la promesa; pues, en caso que la herencia viniera en virtud de la ley, ya no dependería de la promesa, mientras que a Abrahán Dios le dejó hecha la donación con la promesa.

Entonces, ¿para qué la ley? Se añadió para denunciar los delitos, hasta que llegara el descendiente beneficiario de la promesa, y fue promulgada por ángeles, por boca de un mediador; pero este mediador no representa a uno solo, mientras que Dios es uno solo. Entonces, ¿contradice la ley a las promesas de Dios? Nada de eso. Si se hubiera dado una ley capaz de dar vida, la justificación dependería realmente de la ley.

Pero no, la Escritura presenta al mundo entero prisionero del pecado, para que lo prometido se dé por la fe en Jesucristo a todo el que cree.

Antes de que llegara la fe estábamos prisioneros, custodiados por la ley, esperando que la fe se revelase. Así, la ley fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo y Dios nos justificara por la fe. Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo, porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.

Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y, si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.

Quiero decir: mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo, pues, aunque es dueño de todo, lo tienen bajo tutores y curadores, hasta la fecha fijada por su padre. Igual nosotros, cuando éramos menores, estábamos esclavizados por lo elemental del mundo.

Pero, cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba!» (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Carta 35 (4-6.13: PL 16 [ed. 1845] 1078-1079. 1081)

Somos herederos de Dios y coherederos con Cristo

Dice el Apóstol que el que, por el espíritu, hace morir las malas pásiones del cuerpo vivirá. Y ello nada tiene de extraño, ya que el que posee el Espíritu de Dios se convierte en hijo de Dios. Y hasta tal punto es hijo de Dios, que no recibe ya espíritu de esclavitud, sino espíritu de adopción final, al extremo de que el Espíritu Santo se une a nuestro espíritu para testificar que somos hijos de Dios. Este testimonio del Espíritu Santo consiste en que él mismo clama en nuestros corazones: «¡Abba!» (Padre), como leemos en la carta a los Gálatas. Pero existe otro importante testimonio de que somos hijos de Dios: el hecho de que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo; es coheredero con Cristo el que es glorificado juntamente con él, y es glorificado juntamente con él aquel que, padeciendo por él, realmente padece con él.

Y, para animarnos a este padecimiento, añade que todos nuestros padecimientos son inferiores y desproporcionados a la magnitud de los bienes futuros, que se nos darán como premio de nuestras fatigas, premio que se ha de revelar en nosotros cuando, restaurados plenamente a imagen de Dios, podremos contemplar su gloria cara a cara.

Y, para encarecer la magnitud de esta revelación futura, añade que la misma creación entera está en expectación de esa manifestación gloriosa de los hijos de Dios, ya que las criaturas todas están ahora sometidas al desorden, a pesar suyo, pero conservando la esperanza, ya que esperan de Cristo la gracia de su ayuda para quedar ellas a su vez libres de la esclavitud de la corrupción, para tomar parte en la libertad que con la gloria han de recibir los hijos de Dios; de este modo, cuando se ponga de manifiesto la gloria de los hijos de Dios, será una misma realidad la libertad de las criaturas y la de los hijos de Dios. Mas ahora, mientras esta manifestación no es todavía un hecho, la creación entera gime en la expectación de la gloria de nuestra adopción y redención, y sus gemidos son como dolores de parto, que van engendrando ya aquel espíritu de salvación, por su deseo de verse libre de la esclavitud del desorden.

Está claro que los que gimen anhelando la adopción filial lo hacen porque poseen las primicias del Espíritu; y esta adopción filial consiste en la redención del cuerpo entero, cuando el que posee las primicias del Espíritu, como hijo adoptivo de Dios, verá cara a cara el bien divino y eterno; porque ahora la Iglesia del Señor posee ya la adopción filial, puesto que el Espíritu clama: «¡Abba!» (Padre), como dice la carta a los Gálatas. Pero esta adopción será perfecta cuando resucitarán, dotados de incorrupción, de honor y de gloria, todos aquellos que hayan merecido contemplar la faz de Dios; entonces la condición humana habrá alcanzado la redención en su sentido pleno. Por esto, el Apóstol afirma, lleno de confianza, que en esperanza fuimos salvados. La esperanza, en efecto, es causa de salvación, como lo es también la fe, de la cual se dice en el evangelio: Tu fe te ha salvado.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 4, 8-31

La herencia divina y la libertad de la nueva alianza

Hermanos: Antes, cuando no sabíais de Dios, os hicisteis esclavos de seres que por su naturaleza no son dioses. Ahora que habéis reconocido a Dios, mejor dicho, que Dios os ha reconocido, ¿cómo os volvéis de nuevo a esos elementos sin eficacia ni contenido? ¿Queréis ser sus esclavos otra vez como antes? Respetáis ciertos días, meses, estaciones y años; me hacéis temer que mis fatigas por vosotros hayan sido inútiles.

Poneos en mi lugar, hermanos, por favor, que yo, por mi parte, me pongo en el vuestro. En nada me ofendisteis. Recordáis que la primera vez os anuncié el Evangelio con motivo de una enfermedad mía, pero no me despreciasteis ni me hicisteis ningún desaire, aunque mi estado físico os debió tentar a eso; al contrario, me recibisteis como a un mensajero de Dios, como a Jesucristo en persona. Siendo esto así, ¿dónde ha ido a parar aquella dicha vuestra? Porque hago constar en vuestro honor que, a ser posible, os habríais sacado los ojos por dármelos. ¿Y ahora me he convertido en enemigo vuestro por ser sincero con vosotros?

El interés que ésos os muestran no es de buena ley; quieren aislaros para acaparar vuestro interés. Sería bueno, en cambio, que os interesarais por lo bueno siempre y no sólo cuando estoy ahí con vosotros. Hijos míos, otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros. Quisiera estar ahora ahí y matizar el tono de mi voz, pues con vosotros no encuentro medio.

Vamos a ver, si queréis someteros a la ley, ¿por qué no escucháis lo que dice la ley? Porque en la Escritura secuenta que Abrahán tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; el hijo de la esclava nació de modo natural, y el de la libre por una promesa de Dios.

Esto tiene un significado: Las dos mujeres representan dos alianzas. Agar, la que engendra hijos para la esclavitud, significa la alianza del Sinaí. El nombre de Agar significa el monte Sinaí, de Arabia, y corresponde a la Jerusalén de hoy, esclava ella y sus hijos. La Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre, como dice la Escritura: «Alégrate, estéril, que no das a luz, rompe a gritar, tú que no conocías los dolores de parto, porque la abandonada tiene más hijos que la que vive con el mundo».

Y vosotros, hermanos, sois hijos por la promesa, como Isaac. Ahora bien, si entonces el que nació de modo natural perseguía al que nació por el Espíritu, lo mismo ocurre ahora. Pero, ¿qué añade la Escritura? «Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no compartirá la herencia con el hijo de la libre».

Resumiendo, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la mujer libre.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre la carta a los Gálatas (37-38: PL 35, 2131-2132)

Hasta ver a Cristo formado en vosotros

Dice el Apóstol: «Sed como yo, que, siendo judío de nacimiento, mi criterio espiritual me hace tener en nada las prescripciones materiales de la ley. Ya que yo soy como vosotros, es decir, un hombre». A continuación, de un modo discreto y delicado, les recuerda su afecto, para que no lo tengan por enemigo. Les dice, en efecto: En nada me ofendisteis, como si dijera: «No penséis que mi intención sea ofenderos».

En este sentido, les dice también: Hijos míos, para que lo imiten como a padre. Otra vez me causáis dolores de parto —continúa—, hasta que Cristo tome forma en vosotros.

Esto lo dice más bien en persona de la madre Iglesia, ya que en otro lugar afirma: Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos.

Cristo toma forma, por la fe, en el hombre interior del creyente, el cual es llamado a la libertad de la gracia, es manso y humilde de corazón, y no se jacta del mérito de sus obras, que es nulo, sino que reconoce que la gracia es el principio de sus pobres méritos; a éste puede Cristo llamar su humilde hermano, lo que equivale a identificarlo consigo mismo, ya que dice: Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Cristo toma forma en aquel que recibe la forma de Cristo, y recibe la forma de Cristo el que vive unido a él con un amor espiritual.

El resultado de este amor es la imitación perfecta de Cristo, en la medida en que esto es posible. Quien dice que permanece en Cristo –dice san Juan– debe vivir como vivió él.

Mas como sea que los hombres son concebidos por la madre para ser formados, y luego, una vez ya formados, se les da a luz y nacen, puede sorprendernos la afirmación precedente: Otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros. A no ser que entendamos este sufrir de nuevo dolores de parto en el sentido de las angustias que le causó al Apóstol su solicitud en darlos a luz para que nacieran en Cristo; y ahora de nuevo los da a luz dolorosamente por los peligros de engaño en que los ve envueltos. Esta preocupación que le producen tales cuidados, acerca de ellos, y que él compara a los dolores de parto, se prolongará hasta que lleguen a la medida de Cristo en su plenitud, para que ya no sean llevados por todo viento de doctrina.

Por consiguiente, cuando dice: Otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros, no se refiere al inicio de su fe, por el cual ya habían nacido, sino al robustecimiento y perfeccionamiento de la misma. En este mismo sentido, habla en otro lugar, con palabras distintas, de este parto doloroso, cuando dice: La carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias.


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 5, 1-25

La libertad en la vida de los creyentes

Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Mirad lo que os digo yo, Pablo: si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. Lo afirmo de nuevo: el que se circuncida tiene el deber de observar la ley entera. Los que buscáis la justificación por la ley habéis roto con Cristo, habéis caído fuera del ámbito de la gracia. Para nosotros, la esperanza de la justificación que aguardamos es obra del Espíritu, por medio de la fe, pues, en Cristo Jesús, da lo mismo estar circuncidado o no estarlo; lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor.

Con lo bien que corríais, ¿quién os cortó el paso para que no siguieseis la verdad? Ese influjo no venía del que os llama. Una pizca de levadura fermenta toda la masa.

Respecto de vosotros yo confío en que el Señor hará que estéis en pleno acuerdo con esto, pero el que os alborota, sea quien sea, cargará con su sanción. Por lo que a mí toca, hermanos, si es verdad que sigo predicando la circuncisión, ¿por qué todavía me persiguen? Ea, ya está neutralizado el escándalo de la cruz. ¡Ojalá se mutilasen del todo esos que os soliviantan!

Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente.

¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿quién cae sin que a mí me dé fiebre?



VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 5, 1-25

La libertad en la vida de los creyentes

Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Mirad lo que os digo yo, Pablo: si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. Lo afirmo de nuevo: el que se circuncida tiene el deber de observar la ley entera. Los que buscáis la justificación por la ley habéis roto con Cristo, habéis caído fuera del ámbito de la gracia. Para nosotros, la esperanza de la justificación que aguardamos es obra del Espíritu, por medio de la fe, pues, en Cristo Jesús, da lo mismo estar circuncidado o no estarlo; lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor.

Con lo bien que corríais, ¿quién os cortó el paso para que no siguieseis la verdad? Ese influjo no venía del que os llama. Una pizca de levadura fermenta toda la masa.

Respecto de vosotros yo confío en que el Señor hará que estéis en pleno acuerdo con esto, pero el que os alborota, sea quien sea, cargará con su sanción. Por lo que a mí toca, hermanos, si es verdad que sigo predicando la circuncisión, ¿por qué todavía me persiguen? Ea, ya está neutralizado el escándalo de la cruz. ¡Ojalá se mutilasen del todo esos que os soliviantan!

Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente.

Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley.

Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, envidias, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, discordias, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que así obran no herederán el reino de Dios.

En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra esto no va la ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nacianzo, Sermón 7, en honor de su hermano Cesáreo (23-24: PG 35, 786-787)

Santa y piadosa es la idea de rezar por los muertos

¿Qué es el hombre para que te ocupes de él? Un gran misterio me envuelve y me penetra. Pequeño soy y, al mismo tiempo, grande, exiguo y sublime, mortal e inmortal, terreno y celeste. Con Cristo soy sepultado, y con Cristo debo resucitar; estoy llamado a ser coheredero de Cristo e hijo de Dios; llegaré incluso a ser Dios mismo.

Esto es lo que significa nuestro gran misterio; esto lo que Dios nos ha concedido, y, para que nosotros lo alcancemos, quiso hacerse hombre; quiso ser pobre, para levantar así la carne postrada y dar la incolumidad al hombre que él mismo había creado a su imagen; así todos nosotros llegamos a ser uno en Cristo, pues él ha querido que todos nosotros lleguemos a ser aquello mismo que él es con toda perfección; así entre nosotros ya no hay distinción entre hombres y mujeres, bárbaros y escitas, esclavos y libres, es decir, no queda ya ningún residuo ni discriminación de la carne, sino que brilla sólo en nosotros la imagen de Dios, por quien y para quien hemos sido creados y a cuya semejanza estamos plasmados y hechos, para que nos reconozcamos siempre como hechura suya.

¡Ojalá alcancemos un día aquello que esperamos de la gran munificencia y benignidad de nuestro Dios! El pide cosas insignificantes y promete, en cambio, grandes dones, tanto en este mundo como en el futuro, a quienes lo aman sinceramente. Sufrámoslo, pues, todo por él y aguantémoslo todo esperando en él, démosle gracias por todo (él sabe ciertamente que, con frecuencia, nuestros sufrimientos son un instrumento de salvación); encomendémosle nuestras vidas y las de aquellos que, habiendo vivido en otro tiempo con nosotros, nos han precedido ya en la morada eterna.

¡Señor y hacedor de todo, y especialmente del ser humano! ¡Dios, Padre y guía de los hombres que creaste! ¡Arbitro de la vida y de la muerte! ¡Guardián y bienhechor de nuestras almas! ¡Tú que lo realizas todo en su momento oportuno y, por tu Verbo, vas llevando a su fin todas las cosas según la sublimidad de aquella sabiduría tuya que todo lo sabe y todo lo penetra! Te pedimos que recibas ahora en tu reino a Cesáreo, que como primicia de nuestra comunidad ha ido ya hacia ti.

Dígnate también, Señor, velar por nuestra vida, mientras moramos en este mundo, y, cuando nos llegue el momento de dejarlo, haz que lleguemos a ti preparados por el temor que tuvimos de ofenderte, aunque no ciertamente poseídos de terror. No permitas, Señor, que en la hora de nuestra muerte, desesperados y sin acordarnos de ti, nos sintamos como arrancados y expulsados de este mundo, como suele acontecer con los hombres que viven entregados a los placeres de esta vida, sino que, por el contrario, alegres y bien dispuestos, lleguemos a la vida eterna y feliz, en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Gálatas 5, 25-6, 18

Avisos sobre la caridad y el celo

Hermanos: Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros.

Hermanos, incluso si a un individuo se le cogiera en algún desliz, vosotros, los hombres de Espíritu, recuperad a ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado también tú. Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo. Por supuesto, si alguno se figura ser algo, cuando no es nada, él mismo se engaña. Cada cual examine su propia actuación, y tenga entonces motivo de satisfacción refiriéndose sólo a sí mismo, no refiriéndose al compañero, pues cada uno tendrá que cargar con su propio bulto.

Cuando uno está instruyéndose en la fe, dé al catequista parte de sus bienes.

No os engañéis, con Dios no se juega: lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de ella cosechará corrupción; el que siembra para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.

Por lo tanto, no nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. En una palabra: mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por el de la familia de la fe.

Fijaos qué letras tan grandes, son de mi propia mano.

Esos que intentan forzaros a la circuncisión son ni más ni menos los que desean quedar bien en lo exterior; su única preocupación es que no los persigan por causa de la cruz de Cristo, porque la ley no la observan ni los mismos circuncisos; pretenden que os circuncidéis para gloriarse en vuestra carne.

Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una criatura nueva. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios.

En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.


SEGUNDA LECTURA

Gualterio de San Víctor, Sermón 3 [atribuido] sobre la triple gloria de la Cruz (Sermón 3,5.6.7.9: CCL CM 30, 252.253.254.255)

El soldado de Cristo debe renunciar a su propia voluntad

Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Por la gracia de Cristo, el mundo, es decir, las concupiscencias del mundo están crucificadas, mortificadas, extinguidas, de forma que no reinen en mí ni me dominen ni me arrastren en pos de sí; y yo al mundo, por los males que tolero.

Para que el mundo esté crucificado para nosotros y en nosotros, y nosotros para el mundo, el Señor nos amonesta con estas palabras: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, esto es, crucifique en sí al mundo, y cargue con su cruz, es decir, crucifíquese para el mundo. Pues lo mismo es que el mundo esté crucificado para sí que negarse a sí mismo, y tanto da estar crucificado para el mundo como cargar con la cruz. Si ya resulta difícil renunciar a nuestros planes, es decir, a los proyectos largamente acariciados, mucho más difícil es negarse a sí mismo, esto es, renunciar a la propia voluntad. Lo cual es, no obstante, necesario, si queremos seguir a Cristo. El soldado de Cristo debe, en efecto, renunciar a su propia voluntad en pro de la voluntad de otro, y no sólo debe abandonar una voluntad mala por una buena, sino incluso su propia buena voluntad por la voluntad buena del otro.

El imitador de Cristo no sólo debe abandonar la propia voluntad ante la voluntad del superior, sino ante la voluntad del igual y hasta del inferior. Renunciar a la propia voluntad ante la voluntad del mayor, ésta es la voluntad buena de Dios; posponer la propia voluntad a la voluntad del igual, ésta es la voluntad agradable de Dios; abandonar la propia voluntad en beneficio de la voluntad del menor, ésta es la voluntad perfecta de Dios.

Y cargue con su cruz, es decir, tolere lo amargo y lo duro por la justicia y la verdad. Esta es la enseñanza de Cristo: huir los placeres de la vida y vivir austeramente. Sabéis de sobra, hermanos, que, en la cítara, la cuerda se tiende flanqueada por dos listones de madera, pero para que suene bien antes debe secarse. Así también, nuestro citarista David secó en el desierto, al calor del sol, la cuerda de su carne, ayunando cuarenta días con sus cuarenta noches. Y entonces, perfectamente seca, la extendió en la cruz, la tocó con los dedos del amor, entonó un cántico de amor, moduló la voz de la compasión y prometió un acorde de misericordia, diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. ¡Oh qué gran benignidad la del benignísimo Jesús, que en semejante trance tan benignamente oró por tan malignos enemigos!

 

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 1-11

Saludo. Acción de gracias

Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos que residen en Filipos, con sus obispos y diáconos. Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a mi Dios cada vez que os menciono; siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio desde el primer día hasta hoy. Esta es mi convicción: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro, porque, tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís la gracia que me ha tocado.

Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os echo de menos, en Cristo Jesús. Y ésta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios.


SEGUNDA LECTURA

Comienza la carta de san Policarpo de Esmirna a los Filipenses (Caps 1, 1-2,3: Funk 1, 267-269)

Estáis salvados por gracia

Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Iglesia de Dios que vive como forastera en Filipos: Que la misericordia y la paz, de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud.

Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por su gracia, y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.

Por eso, estad interiormente preparados y servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos y le dio gloria, colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos, y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.

Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros, si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor, que nos enseña: No juzguéis, y no os juzgarán; perdonad, y seréis perdonados; compadeced, y seréis compadecidos. La medida que uséis la usarán con vosotros. Y: Dichosos los pobres y los perseguidos, porque de ellos es el reino de Dios.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 1, 12-26

Pablo juzga su obra

Quiero que sepáis, hermanos, que esto que me ocurre más bien ha favorecido al avance del Evangelio, pues la entera residencia del gobernador y todos los demás ven claro que estoy en la cárcel por Cristo, y la mayoría de los hermanos, alentados por mi prisión a confiar en el Señor, se atreven mucho más a hablar la palabra de Dios sin miedo. Es verdad que algunos anuncian a Cristo por envidia y antagonismo hacia mí; otros, en cambio, lo hacen con buena intención; éstos porque me quieren y saben que me han encargado de defender el Evangelio; los otros proclaman a Cristo por rivalidad, jugando sucio, pensando en hacer más penoso mi encarcelamiento.

¿Qué más da? Al fin y al cabo, de la manera que sea, con segundas intenciones o con sinceridad, se anuncia a Cristo, y yo me alegro; y me seguiré alegrando, porque sé que esto será para mi bien, gracias a vuestras oraciones y al Espíritu de Jesucristo que me socorre. Lo espero con impaciencia, porque en ningún caso saldré derrotado; al contrario, ahora, como siempre, Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en este dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré a vuestro lado, para que avancéis alegres en la fe, de modo que el orgullo que sentís por mí en Jesucristo rebose cuando me encuentre de nuevo entre vosotros.


SEGUNDA LECTURA

San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses (Caps 3 1-5, 2: Funk 1, 269-273)

Armémonos con las armas de la justicia

No os escribo, hermanos, estas cosas referentes a la justicia, por propia iniciativa, sino que lo hago porque vosotros mismos me habéis incitado a ello. Porque ni yo ni persona alguna semejante a mí puede competir con la sabiduría del bienaventurado y glorioso apóstol Pablo, el cual, viviendo entre vosotros y hablando cara a cara con los hombres que vivían en aquel entonces en vuestra Iglesia, enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad y, después de su partida, os escribió una carta, que, si estudiáis con atención, os edificará en aquella fe, madre de todos nosotros, que va seguida de la esperanza y precedida del amor a Dios, a Cristo y al prójimo. El que permanece en estas virtudes cumple los mandamientos de la justicia, porque quien posee la caridad está muy lejos de todo pecado.

La codicia es la raíz de todos los males. Sabiendo, pues, que sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él, armémonos con las armas de la justicia e instruyámonos primero a nosotros mismos a caminar según los mandamientos del Señor. Enseñad también a vuestras esposas a caminar en la fe que les fue dada, en la caridad y en la castidad; que aprendan a ser fieles y cariñosas con sus maridos, a amar castamente a todos y a educar a sus hijos en el temor de Dios. Que las viudas sean prudentes en la fe del Señor y que oren sin cesar por todos, apartándose de toda calumnia, maledicencia, falso testimonio, amor al dinero, y alejándose de todo mal. Que piensen que ellas son como el altar de Dios y que el Señor lo escudriña todo, pues nada se le oculta de nuestros pensamientos, ni de nuestros sentimientos, ni de los secretos más íntimos de nuestro corazón.

Y ya que sabemos que con Dios no se juega, nuestro deber es caminar de una manera digna de sus mandamientos y de su voluntad. De manera semejante, que los diáconos sean irreprochables ante la santidad de Dios, como ministros que son del Señor y de Cristo, no de los hombres: que no sean calumniadores ni dobles en sus palabras ni amantes del dinero, sino castos en todo, compasivos, caminando conforme a la verdad del Señor, que quiso ser el servidor de todos. Si le somos agradables en esta vida, recibiremos, como premio, la vida futura, tal como nos lo ha prometido el Señor al decirnos que nos resucitará de entre los muertos y que, si nuestra conducta es digna de él y conservamos la fe, reinaremos también con él.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 1, 27-2, 11

Exhortación a imitar a Cristo

Hermanos: Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, de modo que, ya sea que vaya a veros o que tenga de lejos noticias vuestras, sepa que os mantenéis firmes en el mismo espíritu y que lucháis juntos como un solo hombre por la fidelidad al Evangelio, sin el menor miedo a los adversarios; esto será para ellos signo de perdición, para vosotros de salvación, todo por obra de Dios. Porque a vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él, estando como estamos en el mismo combate; ése en que me visteis una vez y que ahora conocéis de oídas.

Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.


SEGUNDA LECTURA

San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses (Caps 6, 1-8, 2: Funk 1, 273-275)

Cristo nos ha dejado un ejemplo en su propia persona

Que los presbíteros tengan entrañas de misericordia y se muestren compasivos para con todos, tratando de traer al buen camino a los que se han extraviado; que visiten a los enfermos, que no descuiden a las viudas, a los huérfanos y a los pobres, antes bien, que procuren el bien ante Dios y ante los hombres; que se abstengan de toda ira, de toda acepción de personas, de todo juicio injusto; que vivan alejados del amor al dinero, que no se precipiten creyendo fácilmente que los otros han obrado mal, que no sean severos en sus juicios, teniendo presente que todos estamos inclinados al pecado.

Si, pues, pedimos al Señor que perdone nuestras ofensas, también nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden, ya que todos estamos bajo la mirada de nuestro Dios y Señor, y todos compareceremos ante el tribunal de Dios, y cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo. Sirvámosle, por tanto, con temor y con gran respeto, según nos mandaron tanto el mismo Señor como los apóstoles, que nos predicaron el Evangelio, y los profetas, quienes de antemano nos anunciaron la venida de nuestro Señor; busquemos con celo el bien, evitemos los escándalos, apartémonos de los falsos hermanos y de aquellos que llevan hipócritamente el nombre del Señor y arrastran a los insensatos al error.

Todo el que no reconoce que Jesucristo vino en la carne es del Anticristo, y el que no confiesa el testimonio de la cruz procede del diablo, y el que interpreta falsamente las sentencias del Señor según sus propias concupiscencias y afirma que no hay resurrección ni juicio, ese tal es el primogénito de Satanás. Por consiguiente, abandonemos los vanos discursos y falsas doctrinas que muchos sustentan y volvamos a las enseñanzas que nos fueron transmitidas desde el principio; seamos sobrios para entregarnos a la oración, perseveremos constantes en los ayunos y supliquemos con ruegos al Dios que todo lo ve, a fin de que no nos deje caer en la tentación, porque, como dijo el Señor, el espíritu es decidido, pero la carne es débil.

Mantengámonos, pues, firmemente adheridos a nuestra esperanza y a Jesucristo, prenda de nuestra justicia; él, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca, y por nosotros, para que vivamos en él, lo soportó todo. Seamos imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémoslo; ya que éste fue el ejemplo que nos dejó en su propia persona, y esto es lo que nosotros hemos creído.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 2, 12-30

Seguid actuando vuestra salvación

Queridos hermanos: Ya que siempre habéis obedecido, no sólo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, seguid actuando vuestra salvación con temor y temblor, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor.

Cualquier cosa que hagáis, sea sin protestas ni discusiones, así seréis irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una gente torcida y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir. El día de Cristo, eso será una honra para mí, que no he corrido ni me he fatigadó en vano: Y, aun en el caso de que mi sangre haya de derramarse, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría; por vuestra parte, estad alegres y asociaos a la mía.

Con la ayuda del Señor Jesús, espero mandaros pronto a Timoteo, para animarme yo también recibiendo noticias vuestras; porque no tengo ningún otro amigo íntimo que se preocupe lealmente de vuestros asuntos; todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo.

De Timoteo, en cambio, conocéis la calidad, pues se puso conmigo al servicio del Evangelio como un hijo con su padre; éste es el que espero mandaros en cuanto barrunte lo que va a ser de mí; aunque, con la ayuda del Señor, confío en ir pronto personalmente.

Por otra parte, me considero obligado a mandaros de vuelta a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero de armas, al que enviasteis vosotros para atender a mi necesidad. El os echaba mucho de menos y estaba angustiado porque os habíais enterado de su enfermedad. De hecho, estuvo para morirse, pero Dios tuvo compasión de él; no sólo de él, también de mí, para que no me cayera encima pena tras pena. Os lo mando lo antes posible, para que, viéndolo, volváis a estar alegres, y yo me sienta aliviado. Recibidlo, pues, en el Señor con la mayor alegría; estimad a hombres como él, que por la causa de Cristo ha estado a punto de morir, exponiendo su vida para prestarme en lugar vuestro el servicio que vosotros no podíais.


SEGUNDA LECTURA

San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses (Caps 9, 1-11, 4: Funk 1, 275-279)

Andemos en la fe y en la justicia

Os exhorto a todos a que obedezcáis a la palabra de la justicia y a que perseveréis en la paciencia; con vuestros propios ojos, en efecto, habéis contemplado una paciencia admirable no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en muchos otros que eran de vuestra comunidad, en el mismo Pablo y en los otros apóstoles; imitadlos, persuadidos de que todos ellos no corrieron en vano, sino que anduvieron en la fe y en la justicia y ahora están en el lugar que merecieron, cerca del Señor, con el cual padecieron. Porque ellos no amaron este mundo presente, sino a aquel que por nosotros murió y a quien Dios, también por nosotros, resucitó.

Permaneced, pues, en estos sentimientos y seguid el ejemplo del Señor, firmes e inquebrantables en la fe, amando a los hermanos, queriéndoos unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando podáis hacer bien a alguien, no os echéis atrás, porque la limosna libra de la muerte. Someteos unos a otros y procurad que vuestra conducta entre los gentiles sea buena; así verán con sus propios ojos que os portáis honradamente; entonces os podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de vosotros. Porque, ¡ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor! Enseñad a todos la sobriedad y vivid también vosotros según ella. Me ha contristado sobremanera el caso de Valente, que había sido durante un tiempo presbítero de vuestra Iglesia, y que ahora vive totalmente ajeno al ministerio que se le había confiado. Os exhorto también a que os abstengáis del amor al dinero y a que seáis castos y veraces. Apartaos de todo mal. El que no es capaz de gobernarse a sí mismo en estas cosas ¿cómo podrá enseñarlas a los demás? Quien no se abstiene de la avaricia se verá mancillado también por la idolatría y será contado entre los paganos que desconocen el juicio del Señor. ¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo, como dice san Pablo?

No es que nada de esto haya observado y oído decir de vosotros, entre quienes trabajó el bienaventurado apóstol Pablo, quien os cita al principio de su carta. De vosotros, en efecto, se gloría ante todas las Iglesias, que entonces eran las únicas que conocían a Dios, mientras que nosotros todavía no lo habíamos conocido.

Por ello, me he apenado mucho a causa de Valente y de su esposa; ¡ojalá el Señor les inspire un verdadero arrepentimiento! Con ellos debéis comportaros moderadamente: no los tratéis como a enemigos, al contrario, llamadlos de nuevo, como miembros sufrientes y extraviados, para salvar así el cuerpo entero de todos vosotros. Haciendo esto, os iréis edificando vosotros mismos.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 3, 1-16

El ejemplo de Pablo

Hermanos míos: Manteneos alegres, en el Señor. Repetiros lo ya dicho otras veces no me cuesta a mí nada y a vosotros os dará seguridad. ¡Ojo con esos perros, ojo con esos malos obreros, ojo con la mutilación! Porque los circuncisos somos nosotros, que damos culto con el Espíritu de Dios, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne.

Aunque, lo que es yo, ciertamente tendría motivos para confiar en la carne, y si algún otro piensa que puede hacerlo, yo mucho más, circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados y, por lo que toca a la ley, fariseo; si se trata de intransigencia, fui perseguidor de la Iglesia; si de ser justo por la ley, era irreprochable.

Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos.

No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba me llama en Cristo Jesús.

Los que somos maduros pensamos así. Y si en algún punto pensáis de otro modo, Dios se encargará de aclararos también eso. En todo caso, seamos consecuentes con lo ya alcanzado.
 

SEGUNDA LECTURA

San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses (Caps. 12 1-14: Funk 1, 279-283)

Que Jesucristo os haga crecer en la fe y en la verdad

Estoy seguro de que estáis bien instruidos en las sagradas Escrituras y de que nada de ellas se os oculta; a mí, en cambio, no me ha sido concedida esta gracia. Según lo quese dice en estas mismas Escrituras, si os indignáis, no lleguéis a pecar: que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo. Dichoso quien lo recuerde; yo creo que vosotros lo hacéis así.

Que Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, y el mismo Jesucristo, pontífice eterno e Hijo de Dios, os hagan crecer en la fe y en la verdad con toda dulzura y sin ira alguna, en paciencia y en longanimidad, en tolerancia y castidad; que él os dé parte en la herencia de los santos, y, con vosotros, a nosotros, así como a todos aquellos que están bajo el cielo y han de creer en nuestro Señor Jesucristo y en su Padre que lo resucitó de entre los muertos.

Orad por todos los santos. Orad también por los reyes, por los que ejercen autoridad, por los príncipes y por los que os persiguen y os odian, y por los enemigos de la cruz; así vuestro fruto será manifiesto a todos, y vosotros seréis perfectos en él.

Me escribisteis, tanto vosotros como Ignacio, pidiéndome que, si alguien va a Siria, lleve aquellas cartas que yo mismo os escribí; lo haré, ya sea yo personalmente, ya por medio de un legado, cuando encuentre una ocasión favorable.

Como me lo habéis pedido, os enviamos las cartas de Ignacio, tanto las que nos escribió a nosotros como las otras suyas que teníamos en nuestro poder; os las mandamos juntamente con esta carta, y podréis sin duda sacar de ellas gran provecho, pues están llenas de fe, de paciencia y de toda edificación en lo que se refiere a nuestro Señor. Comunicadnos, por vuestra parte, todo cuanto sepáis de cierto sobre Ignacio y sus compañeros.

Os he escrito estas cosas por medio de Crescente, a quien siempre os recomendé y a quien ahora os recomiendo de nuevo. Entre nosotros se comporta de una manera irreprochable, y lo mismo, espero, hará entre vosotros. Os recomiendo también a su hermana para cuando venga a vosotros.

Estad firmes en el Señor Jesucristo, y que su gracia esté con todos los vuestros. Amén.



 

VIERNES


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 3, 17-4, 9

Manteneos así en el Señor

Hermanos: Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Recomiendo a Evodia y lo mismo a Síntique que piensen lo mismo en el Señor; por supuesto, a ti en particular, leal compañero, te pido que las ayudes, pues ellas lucharon a mi lado por el Evangelio, con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.


SEGUNDA LECTURA

Comienza la carta de san Ignacio de Antioquía a los Magnesios (Caps 1, 1-5,2: Funk 1, 191-195)

Es necesario no sólo llamarse cristianos,
sino serlo en realidad

Ignacio, por sobrenombre Teóforo, es decir, Portador de Dios, a la Iglesia de Magnesia del Meandro, a la bendecida en la gracia de Dios Padre por Jesucristo, nuestro Salvador: mi saludo en él y mis votos por su más grande alegría en Dios Padre y en Jesucristo.

Después de enterarme del orden perfecto de vuestra caridad según Dios, me he determinado, con regocijo mío, a tener en la fe en Jesucristo esta conversación con vosotros. Habiéndose dignado el Señor honrarme con un nombre en extremo glorioso, voy entonando en estas cadenas que llevo por doquier un himno de alabanza a las Iglesias, a las que deseo la unión con la carne y el espíritu de Jesucristo, que es nuestra vida para siempre, una unión en la fe y en la caridad, a la que nada puede preferirse, y la unión con Jesús y con el Padre; en él resistimos y logramos escapar de toda malignidad del príncipe de este mundo, y así alcanzaremos a Dios.

Tuve la suerte de veros a todos vosotros en la persona de Damas, vuestro obispo, digno de Dios, y en la persona de vuestros dignos presbíteros Baso y Apolonio, así como del diácono Soción, consiervo mío, de cuya compañía ojalá me fuera dado gozar, pues se somete a su obispo como a la gracia de Dios, y al colegio de los presbíteros como a la ley de Jesucristo.

Es necesario que no tengáis en menos la poca edad de vuestro obispo, sino que, mirando en él el poder de Dios Padre, le tributéis toda reverencia. Así he sabido que vuestros santos presbíteros no menosprecian su juvenil condición, que salta a la vista, sino que, como prudentes en Dios, le son obedientes, o por mejor decir, no a él, sino al Padre de Jesucristo, que es el obispo o supervisor de todos. Así pues, para honor de aquel que nos ha amado, es conveniente obedecer sin ningún género de fingimiento, porque no es a este o a aquel obispo que vemos a quien se trataría de engañar, sino que el engaño iría dirigido contra el obispo invisible, es decir, en este caso, ya no es contra un hombre mortal, sino contra Dios, a quien aun lo escondido está patente.

Es, pues, necesario no sólo llamarse cristianos, sino serlo en realidad; pues hay algunos que reconocen ciertamente al obispo su título de vigilante o supervisor, pero luego lo hacen todo a sus espaldas. Los tales no me parece a mí que tengan buena conciencia, pues no están firmemente reunidos con la grey, conforme al mandamiento.

Ahora bien, las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, que llevan cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo, y los que han permanecido fieles por la caridad, el cuño de Dios Padre, grabado por Jesucristo. Y si no estamos dispuestos a morir por él, para imitar su pasión, tampoco tendremos su vida en nosotros.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

De la carta a los Filipenses 4, 10-23

Generosidad de los filipenses con Pablo

Hermanos: Me alegré muchísimo en Cristo de que ahora por fin pudierais expresar el interés que sentís por mí; siempre lo habíais sentido, pero os faltaba la ocasión. Aunque ando escaso de recursos, no lo digo por eso; yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación.

Vosotros, los filipenses, sabéis además que, desde que salí de Macedonia y empecé a predicar el Evangelio, ninguna Iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe. Ya a Tesalónica me mandasteis más de una vez un subsidio para aliviar mi necesidad; no es que yo busque regalos, busco que los intereses se acumulen en vuestra cuenta. Este es mi recibo: por todo y por más todavía. Estoy plenamente pagado al recibir lo que me mandáis con Epafrodito: es un incienso perfumado, un sacrificio aceptable que agrada a Dios.

En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Saludad a todo santo en Cristo Jesús. Os mandan saludos los hermanos que están conmigo; os saludan también todos los santos, especialmente los que están al servicio del César. La gracia del Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu.


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios (Caps 6 1-9, 2: Funk 1,195-199)

Una sola oración y una sola esperanza
en la caridad y en la santa alegría

Como en las personas de vuestra comunidad, que tuve la suerte de ver, os contemplé en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que pongáis empeño por hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que ocupa el lugar de Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los apóstoles; desempeñando los diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les ha sido confiado del ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos.

Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente, y nadie mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a otros en Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda dividiros, antes bien, formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os presiden, para que seáis modelo y ejemplo de inmortalidad.

Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya que formaba una sola cosa con él —nada, digo, ni por sí mismo ni por sus apóstoles—, así también vosotros nada hagáis sin contar con vuestro obispo y con los presbíteros, ni tratéis de colorear como laudable algo que hagáis separadamente, sino que, reunidos en común, haya una sola oración, una sola esperanza en la caridad y en la santa alegría, ya que uno solo es Jesucristo, mejor que el cual nada existe. Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre, que en un solo Padre estuvo y a él solo ha vuelto.

No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven para nada. Porque, si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica, confesamos no haber recibido la gracia. En efecto, los santos profetas vivieron según Jesucristo. Por eso justamente fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia para convencer plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se habría de manifestar a sí mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su Palabra que procedió del silencio, y que en todo agradó a aquel que lo había enviado.

Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a una nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino considerando el domingo como el principio de su vida, pues en ese día amaneció también nuestra vida gracias al Señor y a su muerte, ¿cómo podremos nosotros vivir sin aquel a quien los mismos profetas, discípulos suyos ya en espíritu, esperaban como a su maestro? Y, por eso, el mismo a quien justamente esperaban, una vez llegado, los resucitó de entre los muertos.

 

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 44, 21—45, 3

Ciro libera a Israel

Acuérdate de esto, Jacob; de que eres mi siervo, Israel. Te formé, y eres mi siervo, Israel, no te olvidaré.

He disipado como niebla tus rebeliones; como nube, tus pecados: vuelve a mí, que soy tu redentor.

Aclamad, cielos, porque el Señor ha actuado;
vitoread, simas de la tierra;
romped en aclamaciones, montañas,
y tú, bosque, con todos tus árboles;
porque el Señor ha redimido a Jacob y se gloría de Israel.

Así dice el Señor, tu redentor, que te formó en el vientre:
Yo soy el Señor, creador de todo;
yo solo desplegué el cielo, yo afiancé la tierra.
Y ¿quién me ayudaba?

Yo soy el que frustra los presagios de los magos
y muestra la necedad de los agoreros;
el que echa atrás a los sabios
y muestra que su saber es ignorancia;
pero realiza la palabra de sus siervos,
cumple el proyecto de sus mensajeros;
el que dice de Jerusalén: «Será habitada»,
y de las ciudades de Judá: «Serán reconstruidas»,
y levantaré sus ruinas;
el que dice al océano: «aridece»,
«secará tus corrientes»;
el que dice a Ciro: «Tú eres mi pastor
y cumplirás toda mi voluntad».

El que dice de Jerusalén: «Serás reconstruida»,
y del templo: «Será cimentado».

Así dice el Señor a su ungido, a Ciro,
a quien lleva de la mano:

Doblegaré ante él las naciones,
desceñiré las cinturas de los reyes,
abriré ante él las puertas,
los batientes no se le cerrarán.

Yo iré delante de ti, allanándote los cerros;
haré trizas las puertas de bronce,
arrancaré los cerrojos de hierro,
te daré los tesoros ocultos, los caudales escondidos.

Así sabrás que yo soy el Señor,
que te llamo por tu nombre, el Dios de Israel.


SEGUNDA LECTURA

San Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios (Caps 10, 1—15: Funk 1, 199-203)

Tenéis a Cristo en vosotros

No permita Dios que permanezcamos insensibles ante la bondad de Cristo. Si él imitara nuestro modo ordinario de actuar, ya podríamos darnos por perdidos. Así pues, ya que nos hemos hecho discípulos suyos, aprendamos a vivir conforme al cristianismo. Pues el que se acoge a otro nombre distinto del suyo no es de Dios. Arrojad, pues, de vosotros la mala levadura, vieja ya y agriada, y transformaos en la nueva, que es Jesucristo. Impregnaos de la sal de Cristo, a fin de que nadie se corrompa entre vosotros, pues por vuestro olor seréis calificados.

Todo esto, queridos hermanos, no os lo escribo porque haya sabido que hay entre vosotros quienes se comporten mal, sino que, como el menor de entre vosotros, quiero montar guardia en favor vuestro, no sea que piquéis en el anzuelo de la vana especulación, sino que tengáis plena certidumbre del nacimiento, pasión y resurrección del Señor, acontecida bajo el gobierno de Poncio Pilato, cosas todas cumplidas verdadera e indudablemente por Jesucristo, esperanza nuestra, de la que no permita Dios que ninguno de vosotros se aparte.

¡Ojalá se me concediera gozar de vosotros en todo, si yo fuera digno de ello! Porque, si es cierto que estoy encadenado, sin embargo, no puedo compararme con uno solo de vosotros, que estáis sueltos. Sé que no os hincháis con mi alabanza, pues tenéis dentro de vosotros a Jesucristo. Y más bien sé que, cuando os alabo, os avergonzáis, como está escrito: El justo se acusa a sí mismo.

Poned, pues, todo vuestro empeño en afianzaros en la doctrina del Señor y de los apóstoles, a fin de que todo cuanto emprendáis tenga buen fin, así en la carne como en el espíritu, en la fe y en la caridad, en el Hijo, en el Padre y en el Espíritu Santo, en el principio y en el fin, unidos a vuestro dignísimo obispo, a la espiritual corona tan dignamente formada por vuestro colegio de presbíteros, y a vuestros diáconos, tan gratos a Dios. Someteos a vuestro obispo, y también mutuamente unos a otros, así como Jesucristo está sometido, según la carne, a su Padre, y los apóstoles a Cristo y al Padre y al Espíritu, a fin de que entre vosotros haya unidad tanto corporal como espiritual.

Como sé que estáis llenos de Dios, sólo brevemente os he exhortado. Acordaos de mí en vuestras oraciones, para que logre alcanzar a Dios, y acordaos también de la Iglesia de Siria, de la que no soy digno de llamarme miembro. Necesito de vuestras plegarias a Dios y de vuestra caridad, para que la Iglesia de Siria sea refrigerada con el rocío divino, por medio de vuestra Iglesia.

Os saludan los efesios desde Esmirna, de donde os escribo, los cuales están aquí presentes para gloria de Dios y que, juntamente con Policarpo, obispo de Esmirna, han procurado atenderme y darme gusto en todo. Igualmente os saludan todas las demás Iglesias en honor de Jesucristo. Os envío mi despedida, a vosotros que vivís unidos a Dios y que estáis en posesión de un espíritu inseparable, que es Jesucristo.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro de Esdras 1, 1-8; 2, 68—3, 8

La vuelta del destierro. Restauración del culto

El año primero de Ciro, rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anunciado por boca de Jeremías, movió a Ciro, rey de Persia, a proclamar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así dice Ciro rey de Persia: Todos los reinos de la tierra los ha puesto en mis manos el Señor Dios del cielo, y me ha encargado edificarle un templo en Jerusalén de Judá. Los que pertenezcan a ese pueblo, que su Dios los acompañe, y que suban a Jerusalén de Judá para reedificar el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén. Y a todos los judíos supervivientes, dondequiera que residan, la gente del lugar les proporcionará plata, oro, hacienda y ganado, además de las ofrendas que quieran hacer voluntariamente para el templo del Dios de Jerusalén».

Entonces se pusieron en marcha los cabezas de familia de Judá y Benjamín, los sacerdotes y los levitas, es decir, todos los que se sintieron impulsados por Dios a ir a reedificar el templo del Señor de Jerusalén. Sus vecinos les proporcionaron de todo: plata, oro, hacienda, ganado y otros muchos regalos, además de las ofrendas voluntarias.

El rey Ciro mandó sacar el ajuar del templo que Nabucodonosor se había llevado de Jerusalén para colocarlo en el templo de su dios. Ciro de Persia lo consignó al tesorero Mitrídates, que lo contó delante de Sesbasar, príncipe de Judá.

Cuando llegaron al templo de Jerusalén, algunos cabezas de familia hicieron donativos para que se reconstruyese en el mismo sitio. De acuerdo con sus posibilidades, entregaron al fondo del culto sesenta y un mil dracmas de oro, cinco mil minas de plata y cien túnicas sacerdotales.

Los sacerdotes, los levitas y parte del pueblo se establecieron en Jerusalén; los cantores, los porteros y los donados, en sus pueblos, y el resto de Israel, en los suyos.

Los israelitas se encontraban ya en sus poblaciones cuando al llegar el mes de octubre se reunieron todos a una en Jerusalén. Entonces Josué, hijo de Yosadac, con sus parientes los sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Sealtiel, con sus parientes, se pusieron a construir el altar del Dios de Israel para ofrecer en él holocaustos, como manda la ley de Moisés, hombre de Dios. Levantaron el altar en su antiguo sitio —aunque intimidados por los colonos extranjeros— y ofrecieron en él al Señor los holocaustos matutinos y vespertinos.

Celebraron la fiesta de las Chozas, como está mandado, ofreciendo holocaustos según el número y el ritual de cada día; y siguieron ofreciendo el holocausto diario, el de principios de mes, el de las solemnidades dedicadas al Señor, y los ofrecieron voluntariamente al Señor.

El día primero de octubre comenzaron a ofrecer holocaustos al Señor. Pero aún no se habían echado los cimientos del templo. Entonces, de acuerdo con lo autorizado por Ciro de Persia, contrataron canteros y carpinteros, y dieron a los sidonios y tirios alimentos, bebidas y aceite para que enviasen a Jafa, por vía marítima, madera de cedro del Líbano.

A los dos años de haber llegado al templo de Jerusalén, el mes de abril, Zorobabel, hijo de Sealtiel; Josué, hijo de Yosadac, sus demás parientes sacerdotes y levitas, y todos los que habían vuelto a Jerusalén del cautiverio comenzaron la obra del templo, poniendo al frente de ella a los levitas mayores de veinte años.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Homilías sobre el profeta Ezequiel (Lib 2, Hom 1, 5: CCL 142, 210-212)

La Jerusalén celestial está fundada como ciudad

Jerusalén está fundada como ciudad. Se expresa de este modo para demostrar que todo lo dicho se refiere no a un edificio corporal, sino a la construcción de la ciudad espiritual. Y como aquella interna visión de paz está formada de la reunión de los ciudadanos santos, la Jerusalén celestial está fundada como ciudad. La cual, sin embargo, mientras en esta tierra de peregrinación es flagelada y tundida con las tribulaciones, sus piedras van cada día siendo talladas a escuadra.

Y esa misma ciudad, es decir, la santa Iglesia destinada a reinar en el cielo, de momento se fatiga en la tierra. A sus ciudadanos les dice Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción. Y Pablo añade: Sois campo de Dios, sois edificio de Dios. Pero conviene tener en cuenta que esta ciudad posee ya aquí en la tierra su propio edificio: el comportamiento de los santos. Ahora bien, en un edificio una piedra sostiene a la otra, pues van colocadas una sobre otra, y la que sostiene a una es a su vez sostenida por otra. Exactamente ocurre en la santa Iglesia: cada cual es sostén del otro y sustentado por el otro. Pues los que están cercanos se sostienen recíprocamente, para que gracias a ellos se vaya levantando el edificio de la caridad. A este propósito nos advierte san Pablo: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo. Y subrayando la eficacia de esta ley, añade: Amar es cumplir la ley entera.

Por tanto, si yo me negara a aceptaros tal cuales sois y vosotros rehusarais aceptarme tal cual yo soy, ¿cómo puede levantarse entre nosotros el edificio de la caridad? En un edificio —ya lo hemos dicho— la piedra que sostiene es a su vez, sostenida, pues así como yo soporto ahora el carácter de quienes todavía son novatos en la práctica del bien, así también a mí me soportaron los que me precedieron en el temor del Señor, y me sostuvieron para que a mi vez, después de haber sido sustentado, aprendiera a sustentar a los demás. Y ellos mismos fueron a su vez sustentados por sus antepasados.

En cambio, las piedras que se colocan en la cima y en el remate del edificio son ciertamente' sustentadas por las anteriores, pero ellas no sostienen a otras, ya que quienes nazcan en los últimos tiempos de la Iglesia, esto es, hacia el fin del mundo, son efectivamente tolerados por sus mayores a fin de que su conducta sea positivamente meritoria, pero al no ser seguidos de otros que por su medio debieran progresar, no soportan sobre ellos piedra alguna de este edificio de la fe. De momento, pues, ellos son sostenidos por nosotros, mientras nosotros somos sostenidos por otros. Pero todo el peso del edificio recae sobre el cimiento, ya que nuestro Redentor es el único que carga con las limitaciones de todos. De él dice Pablo: Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. El cimiento sostiene las piedras sin ser sostenido por ellas, porque nuestro Redentor soporta todas nuestras deficiencias, mientras que en él no existe mal alguno que debiera ser soportado. Sólo el que sustenta toda la construcción de la santa Iglesia es capaz de cargar con nuestras deficiencias y pecados. El dice, por boca del profeta, de los que todavía viven perversamente: Se me han vuelto una carga que no soporto más.

Y no es que el Señor se canse de soportar, él, cuyo divino poder ninguna fatiga puede afectar, sino que, utilizando un lenguaje humano, llama trabajo a la paciencia que tiene con nosotros.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Esdras 4, 1-5. 24-5, 5

Oposición a la construcción del templo

Cuando los rivales de Judá y Benjamín se enteraron de que los desterrados estaban construyendo el templo del Señor, Dios de Israel, se presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron:

—Vamos a ayudaros, porque también nosotros servimos a vuestro Dios, igual que vosotros, y le ofrecemos sacrificios desde que Asaradón de Asiria nos instaló aquí.

Zorobabel, Josué y los demás cabezas de familia les respondieron:

—No edificaremos juntos el templo de nuestro Dios. Lo haremos nosotros solos, como ha mandado Ciro de Persia.

Entonces los colonos extranjeros se dedicaron a desmoralizar a los judíos y a intimidarlos para que dejasen de construir. Desde tiempos de Ciro hasta el reinado de Darío de Persia estuvieron sobornando consejeros que hiciesen fracasar sus planes.

Se suspendieron, pues, las obras del templo de Jerusalén y estuvieron paradas hasta el año segundo del reinado de Darío de Persia.

Entonces, el profeta Ageo y el profeta Zacarías, hijo de Idó, comenzaron a profetizar a los judíos de Judá y Jerusalén como legados en nombre del Dios de Israel. Zorobabel, hijo de Sealtiel, y Josué, hijo de Yosadac, se pusieron a reconstruir el templo de Jerusalén, acompañados y alentados por los profetas de Dios. Pero Tatenay, sátrapa de Transeufratina, Setar Boznay y sus colegas se acercaron, y les dijeron:

—¿Quién os ha ordenado construir este templo y armar ese maderamen? ¿Cómo se llaman los hombres que han mandado construir este edificio?

Pero Dios velaba por las autoridades de Judá y les permitieron seguir las obras mientras no llegase un decreto de Darío y les entregasen el escrito.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 126 (2-3: CCL 40, 1857-1859)

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan
los albañiles

Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. El Señor es, por tanto, quien construye la casa,es el Señor Jesucristo quien construye su propia casa. Muchos son los que trabajan en la construcción, pero, si él no construye, en vano se cansan los albañiles. ¿Quiénes son los que trabajan en esta construcción? Todos los que predican la palabra de Dios en la Iglesia, los dispensadores de los misterios de Dios. Todos nos esforzamos, todos trabajamos, todos construimos ahora; y también antes de nosotros se esforzaron, trabajaron, construyeron otros; pero, si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles.

Por esto, los apóstoles, y más en concreto Pablo, al ver que algunos se desmoronaban, dice: Respetáis ciertos días, meses, estaciones y años; me hacéis temer que mis fatigas por vosotros hayan sido inútiles. Como sabía que él mismo era interiormente edificado por el Señor, se lamentaba por aquéllos, temiendo haber trabajado inútilmente. Por tanto, nosotros os hablamos desde el exterior, pero es él quien edifica desde dentro. Nosotros podemos saber cómo escucháis, pero cómo pensáis sólo puede saberlo aquel que ve vuestros pensamientos. Es él quien edifica, quien amonesta, quien amedrenta, quien abre el entendimiento, quien os conduce a la fe; aunque nosotros cooperamos también como operarios; pero, si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles.

Y la casa de Dios es la misma ciudad. Pues la casa de Dios es el pueblo de Dios, ya que la casa de Dios es el templo de Dios. Y ¿qué es lo que dice el Apóstol? El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Todos los fieles son la casa de Dios. Y no sólo los fieles presentes, sino también los que nos precedieron y ya han muerto, y todos los que vendrán después y que aún deben nacer a las realidades humanas hasta el fin del mundo: fieles innumerables congregados formando una sola realidad, pero cuyo número es conocido por Dios, según dice el Apóstol: El Señor conoce a los suyos. Aquellos granos que de momento gimen entre la paja, están destinados a formar un único montón, cuando al final de los tiempos la parva haya sido aventada. Así pues, toda la multitud de los santos fieles, que están a la espera de ser transformados de hombres en ángeles de Dios y ser colocados a la par con los ángeles, ángeles que ya no son peregrinos, pero que aguardan a que nosotros regresemos de nuestra peregrinación: todos juntos constituyen la única casa de Dios, una sola ciudad. Esa ciudad es Jerusalén. Posee centinelas: lo mismo que tiene albañiles que se afanan en su construcción, así también posee centinelas. A los centinelas se refiere el Apóstol cuando dice: Me temo que, igual que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se pervierta vuestro modo de pensar y abandone la entrega y fidelidad a Cristo. Vigilaba el Apóstol, era guardián, vigilaba en la medida de sus posibilidades sobre aquellos a cuyo frente estaba. Lo mismo hacen los obispos. Pues si están colocados en un lugar más eminente es para que sobrevelen y en cierto modo protejan al pueblo.

Y de este puesto eminente habrá que dar peligrosa cuenta, a menos que ocupemos dicho puesto con aquel talante que nos sitúa por la humildad a vuestros pies, y oremos por vosotros para que os guarde aquel que conoce vuestros pensamientos. Nosotros podemos veros entrar y salir, pero hasta tal punto desconocemos lo que pensáis en vuestros corazones, que ni siquiera podemos ver lo que hacéis en vuestras casas. ¿Que cómo entonces ejercemos nuestro oficio de centinelas? Como hombres: en la medida de nuestras posibilidades, en la medida en que nos es dado. Nos esforzamos en nuestra misión de guardianes, pero nuestro esfuerzo sería en vano si no os guardara aquel que ve vuestros pensamientos. Os guarda cuando estáis despiertos y os guarda cuando dormís. El, en efecto, durmió una sola vez, en la cruz; pero resucitó y no vuelve a dormir. Sed Israel, porque no duerme ni reposa el guardián de Israel. ¡Animo, hermanos! Si deseamos escondernos a la sombra de las alas de Dios, seamos Israel. Nosotros velamos sobre vosotros como exigencia de nuestro oficio, pero deseamos ser custodiados juntamente con vosotros. Ante vosotros desempeñamos algo así como el oficio de pastores, pero respecto de aquel Pastor somosovejas igual que vosotros. Desde esta cátedra os hablamos como maestros; pero somos condiscípulos vuestros en esta escuela bajo aquel único Maestro.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Ageo 1, 1—2, 10

Exhortación a la reconstrucción del templo.
Gloria del templo futuro

El año segundo del rey Darío, el mes sexto, el día primero, vino la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Yosadac, sumo sacerdote:

«Así dice el Señor: Este pueblo anda diciendo: "Todavía no es tiempo de reconstruir el templo"».

La palabra del Señor vino por medio del profeta Ageo:

«¿De modo que es tiempo de vivir en casas revestidas de madera, mientras el templo está en ruinas? Pues ahora —dice el Señor de los ejércitos— meditad vuestra situación: sembrasteis mucho, y cosechasteis poco, comisteis sin saciaros, bebisteis sin apagar la sed, os vestisteis sin abrigaros, y el que trabaja a sueldo recibe la paga en bolsa rota.

Así dice el Señor: Meditad en vuestra situación: subid al monte, traed maderos, construid el templo, para que pueda complacerme y mostrar mi gloria —dice el Señor—.

Emprendéis mucho, resulta poco; metéis en casa, y yo lo aviento; ¿por qué? —oráculo del Señor de los ejércitos—. Porque mi casa está en ruinas, mientras vosotros disfrutáis cada uno de su casa. Por eso, el cielo os rehúsa el rocío, y la tierra os rehúsa la cosecha; porque he reclutado una sequía contra la tierra y los montes; contra el trigo, el vino, el aceite; contra los productos del campo, contra hombres y ganados; contra todas las labores vuestras».

Zorobabel, hijo de Sealtiel, y Josué, hijo de Yosadac, sumo sacerdote, y el resto del pueblo obedecieron al Señor; porque el pueblo, al oír las palabras del profeta

Ageo, tuvo miedo al Señor. Y dijo Ageo, mensajero del Señor, en virtud del mensaje del Señor, al pueblo:

«Yo estoy con vosotros —oráculo del Señor—».

El Señor movió el ánimo de Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judea, y el ánimo de Josué, hijo de Yosadac, sumo sacerdote, y el del resto del pueblo; vinieron, pues, y emprendieron el trabajo del templo del Señor de los ejércitos, su Dios. El día catorce del sexto mes del año segundo del reinado de Darío.

El día veintisiete del séptimo mes vino la palabra del Señor por medio del profeta Ageo:

«Di a Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judea, y a Josué, hijo de Yosadac, sumo sacerdote, y al resto del pueblo: "¿Quién entre vosotros vive todavía, de los que vieron este templo en su esplendor primitivo? ¿Y qué veis vosotros ahora? ¿No es como si no existiese ante vuestros ojos? ¡Animo, Zorobabel —oráculo del Señor—! ¡Animo!, Josué, hijo de Yosadac, sumo sacerdote. ¡Animo pueblo entero —oráculo del Señor—, a la obra, que yo estoy con vosotros —oráculo del Señor de los ejércitos—. La palabra pactada con vosotros cuando salíais de Egipto, y mi espíritu habitan con vosotros: no temáis.

Así dice el Señor: Todavía un poco más, y agitaré cielo y tierra, mar y continentes. Pondré en movimiento los pueblos; vendrán las riquezas de todo el mundo, y llenaré de gloria este templo —dice el Señor de los ejércitos—. Mía es la plata y mío es el oro —dice el Señor de los ejércitos—. La gloria de este segundo templo será mayor que la del primero —dice el Señor de los ejércitos—; y en este sitio daré la paz —oráculo del Señor de los ejércitos—"».


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Ageo (14: PG 71. 1047 1050)

Es grande mi nombre entre las naciones

La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación de un templo sobremanera glorioso; este templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico, de Cristo aventaja al culto de la ley o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras.

Con referencia a ello, creo que puede también afirmarse lo siguiente: El templo antiguo era uno solo, estaba edificado en un solo lugar, y sólo un pueblo podía ofrecer en él sus sacrificios. En cambio, cuando el Unigénito se hizo semejante a nosotros, como el Señor es Dios: él nos ilumina, según dice la Escritura, la tierra se llenó de templos santos y de adoradores innumerables, que veneran sin cesar al Señor del universo con sus sacrificios espirituales y sus oraciones. Esto es, según mi opinión, lo que anunció Malaquías en nombre de Dios, cuando dijo: Yo soy el Gran Rey —dice el Señor—, y mi nombre es respetado en las naciones; en todo lugar ofrecerán incienso a mi nombre, una ofrenda pura.

En verdad, la gloria del nuevo templo, es decir, de la Iglesia, es mucho mayor que la del antiguo. Quienes se desviven y trabajan solícitamente en su edificación obtendrán, como premio del Salvador y don del cielo, al mismo Cristo, que es la paz de todos, por quien podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu así lo declara el mismo Señor, cuando dice: En este sitio daré la paz a cuantos trabajen en la edificación de mi templo. De manera parecida, dice también Cristo en otro lugar: Mi paz os doy. Y Pablo, por su parte, explica en qué consiste esta paz que se da a los que aman, cuando dice: La paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. También oraba en este mismo sentido el sabio profeta Isaías, cuando decía: Señor, tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú. Enriquecidos con la paz de Cristo, fácilmente conservaremos la vida del alma y podremos encaminar nuestra voluntad a la consecución de una vida virtuosa.

Por tanto, podemos decir que se promete la paz a todos los que se consagran a la edificación de este templo, ya sea que su trabajo consista en edificar la Iglesia en el oficio de catequistas de los sagrados misterios, es decir, colocados al frente de la casa de Dios como mistagogos, ya sea que se entreguen a la santificación de sus propias almas, para que resulten piedras vivas y espirituales en la construcción del templo santo, morada de Dios por el Espíritu. Todos estos esfuerzos lograrán, sin duda, su finalidad, y quienes actúen de esta forma alcanzarán sin dificultad la salvación de su alma.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Ageo 2, 11-24

Bendiciones futuras. Promesas hechas a Zorobabel

El segundo año de Darío, el veinticuatro del mes noveno, recibió el profeta Ageo esta palabra del Señor:

«Así dice el Señor de los ejércitos: Consulta a los sacerdotes el caso siguiente: "Si uno toca carne consagrada con la orla del vestido y toca con ella pan o caldo o vino o aceite o cualquier alimento, ¿quedan consagrados?"»

Los sacerdotes respondieron que no. Ageo añadió:

«Y si cualquiera de esas cosas toca un cadáver, ¿queda contaminada?»

Los sacerdotes respondieron que sí. Y Ageo replicó:

«Pues lo mismo le pasa a este pueblo y nación respecto a mí: todas las obras que me ofrecen están contaminadas. Ahora bien, fijaos en el tiempo antes de construir el templo: ¿cómo os iba? El montón que calculabais pesar veinte pesaba diez; calculabais sacar cincuenta cubos del lagar, y sacabais veinte. Hería con tizón y neguilla y granizo vuestras labores, y no os volvíais a mí —oráculo del Señor—. Ahora, mirando hacia atrás, fijaos en el día veinticuatro del mes noveno, cuando se echaron los cimientos del templo del Señor: ¿Quedaba grano en el granero? Viñas, higueras, granados y olivos no producían. A partir de ese día, los bendigo».

El veinticuatro del mismo mes recibió Ageo otra palabra del Señor:

«Di a Zorobabel, gobernador de Judea: "Haré temblar cielo y tierra, volcaré los tronos reales, destruiré el poder de los reinos paganos, volcaré carros y aurigas, caballos y jinetes morirán a manos de sus camaradas. Aquel día —oráculo del Señor de los ejércitos—, te tomaré, Zorobabel, hijo de Sealtiel, siervo mío —oráculo del Señor—; te haré mi sello, porque te he elegido —oráculo del Señor de los ejércitos—"».


SEGUNDA LECTURA

San Fulgencio de Ruspe, Tratado contra Fabiano (Cap 28, 16-19: CCL 91A, 813-814)

La participación del cuerpo
y sangre de Cristo nos santifica

Cuando ofrecemos nuestro sacrificio, realizamos aquello mismo que nos mandó el Salvador; así nos lo atestigua el Apóstol, al decir: El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía». Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Nuestro sacrificio, por tanto, se ofrece para proclamar la muerte del Señor y para reavivar, con esta conmemoración, la memoria de aquel que por nosotros entregó su propia vida. Ha sido el mismo Señor quien ha dicho: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y, porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestros propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y nosotros sepamos vivir crucificados para el mundo; así, imitando la muerte de nuestro Señor, como Cristo murió al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios, también nosotros andemos en una vida nueva, y, llenos de caridad, muertos para el pecado, vivamos para Dios.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado, y la participación del cuerpo y sangre de Cristo, cuando comemos el pan y bebemos el cáliz, nos lo recuerda, insinuándonos, con ello, que también nosotros debemos morir al mundo y tener nuestra vida escondida con la de Cristo en Dios, crucificando nuestra carne con sus concupiscencias y pecados.

Debemos decir, pues, que todos los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber, sin embargo, el cáliz del amor del Señor, embriagados con el cual, mortificarán sus miembros en la tierra y, revestidos de nuestro Señor Jesucristo, no se entregarán ya a los deseos y placeres de la carne ni vivirán dedicados a los bienes visibles, sino a los invisibles. De este modo, beberán el cáliz del Señor y alimentarán con él la caridad, sin la cual, aunque haya quien entregue su propio cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. En cambio, cuando poseemos el don de esta caridad, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que sacramentalmente celebramos en nuestro sacrificio.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro del profeta Zacarías 1, 1-2, 4

Visión sobre la reconstrucción de Jerusalén

El mes octavo del año segundo de Darío, recibió el profeta Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí, el siguiente mensaje del Señor:

«El Señor está irritado contra vuestros padres. Les dirás: "Así dice el Señor de los ejércitos: Convertíos a mí —oráculo del Señor de los ejércitos—, y me convertiré a vosotros —dice el Señor de los ejércitos—. No seais como vuestros padres, a quienes predicaban los antiguos profetas: Así dice el Señor: Convertíos de vuestra mala conducta y de vuestras malas obras'; pero no me obedecieron ni me hicieron caso —oráculo del Señor—. Vuestros padres ¿dónde moran ahora? Vuestros profetas ¿viven eternamente? Pero mis palabras y preceptos que mandé a mis siervos, los profetas, ¿no es verdad que alcanzaron a vuestros padres de modo que se convirtieron, diciendo: `Como el Señor de los ejércitos había dispuesto tratarnos por nuestra conducta y obras, así nos ha sucedido"

El veinticuatro del mes undécimo del segundo año del reinado de Darío, el Señor dirigió la palabra a Zacarías, hijo de Baraquías, hijo de Guedí:

En una visión nocturna se me apareció un jinete sobre un caballo alazán, parado en un hondón entre los mirtos; detrás de él había caballos alazanes, overos y blancos. Pregunté:

«¿Quiénes son, señor?»

Me contestó el ángel que hablaba conmigo:

«Te voy a enseñar quiénes son».

Y el que estaba entre los mirtos me dijo:

«A éstos los ha despachado el Señor para que recorran la tierra».

Ellos informaron al ángel del Señor, que estaba entre los mirtos:

«Hemos recorrido la tierra, y la hemos encontrado en paz y tranquila».

Entonces el ángel del Señor dijo:

«Señor de los ejércitos, ¿cuándo te vas a compadecer de Jerusalén y de los pueblos de Judá? Ya hace setenta años que estás airado contra ellos».

El Señor contestó al ángel que hablaba conmigo palabras buenas, frases de consuelo. Y el ángel que me hablaba me dijo:

«Proclama lo siguiente: "Así dice el Señor de los ejércitos: Siento celos de Jerusalén, celos grandes de Sión, y siento gran cólera contra las naciones confiadas que se aprovechan de mi breve cólera para colaborar al mal. Por eso, así dice el Señor: Me vuelvo a Jerusalén con compasión, y mi templo será reedificado —oráculo del Señor de los ejércitos—, y aplicarán la plomada a Jerusalén". Sigue proclamando: "Así dice el Señor de los ejércitos: Otra vez rebosarán las ciudades de bienes, el Señor consolará otra vez a Sión, Jerusalén será su elegida"».

Alcé la vista y vi cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo:

«¿Qué significan?»

Me contestó:

«Significan los cuernos que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén».

Después el Señor me enseñó cuatro herreros. Pregunté: «¿Qué han venido a hacer?»

Respondió:

«Aquéllos son los cuernos que dispersaron tan bien a Judá que nadie pudo levantar cabeza, y éstos han venido a espantarlos, a expulsar los cuernos de las naciones que embestían con los cuernos a Judá para dispersarla».


SEGUNDA LECTURA

San Columbano, Instrucción 12, sobre la compunción (2-3 Opera, Dublín 1957, pp. 112-114)

Luz perenne en el templo del Pontífice eterno

¡Cuán dichosos son los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentra en vela! Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del universo, que todo lo llena y todo lo supera.

¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que, aun siendo vil, soy su siervo! Ojalá me inflamara en el deseo de su amor inconmesurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!; resplandeciente con ella, brillaría más que los astros, y todo mi interior ardería continuamente con este divino fuego.

¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar, durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos penetran en la casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi lámpara y no se apague nunca, y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para los demás luz brillante.

Señor Jesucristo, dulcísimo Salvador nuestro, dígnate encender tú mismo nuestras lámparas, para que brillen sin cesar en tu templo y de ti, que eres la luz perenne, reciban ellas la luz indeficiente con la cual se ilumine nuestra oscuridad, y se alejen de nosotros las tinieblas del mundo.

Te ruego, Jesús mío, que enciendas tan intensamente mi lámpara con tu resplandor que, a la luz de una claridad tan intensa, pueda contemplar el santo de los santos que está en el interior de aquel gran templo, en el cual tú, Pontífice eterno de los bienes eternos, has penetrado; que allí, Señor, te contemple continuamente y pueda así desearte, amarte y quererte solamente a ti, para que mi lámpara, en tu presencia, esté siempre luciente y ardiente.

Te pido, Salvador amantísimo, que te manifiestes a nosotros, que llamamos a tu puerta, para que, conociéndote, te amemos sólo a ti y únicamente a ti; que seas tú nuestro único deseo, que día y noche meditemos sólo en ti, y en ti únicamente pensemos. Alumbra en nosotros un amor inmenso hacia ti, cual corresponde a la caridad con la que Dios debe ser amado y querido; que esta nuestra dilección hacia ti invada todo nuestro interior y nos penetre totalmente, y hasta tal punto inunde todos nuestros sentimientos, que nada podamos ya amar fuera de ti, el único eterno. Así, por muchas que sean las aguas de la tierra y del firmamento, nunca llegarán a extinguir en nosotros la caridad, según aquello que dice la Escritura: Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor.

Que esto llegue a realizarse, al menos parcialmente, por don tuyo, Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Zacarías 2, 5-17

Visiones y exhortaciones a los desterrados

Alcé los ojos y vi a un hombre con un cordel de medir Pregunté:

—¿Adónde vas?

El me contestó:

—A medir a Jerusalén, para comprobar su anchura y longitud.

Entonces salió el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel le vino al encuentro, diciendo:

—Corre y di a aquel joven: Jerusalén será ciudad abierta, por la multitud de hombres y ganados que hay dentro de ella; yo seré para ella —oráculo del Señor— una muralla de fuego en torno, y gloria dentro de ella.

¡Eh, eh!, huid del país del norte —oráculo del Señor—, que yo os dispersé a los cuatro vientos —oráculo del Señor—.

¡Eh, hijos de Sión, que habitáis en Babilonia, escapad! Porque así dice el Señor de los ejércitos a las naciones que os deportaron: El que os toca a vosotros, me toca a mí la niña de los ojos. Yo agitaré mi mano contra ellos, y serán botín de sus vasallos, y sabrán que el Señor de los ejércitos me ha enviado.

¡Alégrate y goza, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti —oráculo del Señor—.

Aquel día se incorporarán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío; habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti.

El Señor tomará posesión de Judá sobre la tierra santa y elegirá de nuevo a Jerusalén. ¡Calle toda carne ante el Señor, cuando se levanta en su santa morada!


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 146 (4-5.6: CCL 40, 2124-2125.2126)

El Señor mandó que todo se hiciese
en paz y concordia

El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel. Ved al Señor reconstruyendo Jerusalén, reuniendo a los deportados de su pueblo. Porque pueblo es Jerusalén y pueblo es Israel. Existe una Jerusalén eterna en los cielos, en la que también los ángeles son ciudadanos. Todos los ciudadanos de aquella ciudad gozan de la visión de Dios en aquella ciudad grande, espaciosa, celeste; para ellos el espectáculo es Dios mismo.

En cuanto a nosotros, vivimos desterrados de aquella ciudad: expulsados por el pecado para que no permaneciéramos en ella, y gimiendo bajo la carga de la mortalidad para que no volviéramos a ella. Fijóse Dios en nuestro destierro, y él, que reconstruye Jerusalén, restauró la parte derrumbada. ¿Que cómo la restauró? Reuniendo a los deportados de Israel. En efecto, cayó una parte y se convirtió en peregrina: Dios la miró con misericordia y salió en busca de quienes no le buscaban. ¿Cómo los buscó? ¿A quién envió a nuestro cautiverio? Envió al Redentor, según lo que dice el Apóstol: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Envió, pues, a nuestro cautiverio a su Hijo como Redentor. Lleva contigo, le dice, la alforja, y mete en ella el precio de los cautivos. Y efectivamente, se revistió de la mortalidad de la carne, en la que estaba la sangre, cuya efusión nos redimió. Con aquella sangre reunió a los deportados de Israel. Y si un día él reunió a los dispersos, ¿qué solicitud no deberemos desplegar ahora para que se congreguen los dispersos? Y si los dispersos fueron reunidos para que, de mano del artífice, entraran a formar parte del edificio, ¿cómo no deberán ser recogidos quienes, por impaciencia, cayeron en mano del artífice? El Señor reconstruye Jerusalén. A éste es a quien alabamos, a éste es a quien debemos alabar durante toda nuestra vida. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel.

¿Cómo los reúne? ¿Qué hace para reunirlos? Él sana los corazones destrozados. Fíjate cómo se reúne a los deportados de Israel para sanar a los de corazón destrozado. Sana, pues, a los de corazón humillado, sana a los que confiesan las propias culpas, sana a quienes en sí mismos se castigan juzgándose con severidad, con el fin de hacerse capaces de experimentar su misericordia. A estos tales los sana; pero la total recuperación de la salud sólo se efectúa una vez que se haya superado la mortalidad, cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad; cuando ya ninguna debilidad de la carne nos incitará, no ya al consentimiento, pero es que ni siquiera a la sugestión de la carne. El cuerpo, ciertamente —dice el Apóstol—, está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Esta es la garantía que ha recibido nuestro espíritu, a fin de que comencemos a servir a Dios en la fe, y, por la fe, seamos denominados justos, ya que el justo vive de fe.

Y todo lo que de momento lucha contra nosotros y nos opone resistencia es un producto derivado de la mortalidad de la carne. Vivificará —dice— también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros Para esto nos dio las arras, para obligarse a cumplir lo prometido. Porque, ¿qué puede hacer ahora en esta vida, cuando todavía somos confesores y aún no posesores? ¿Qué hará en esta vida? ¿Cómo se realizará la curación? Él sana los corazones destrozados Pero la total recuperación de la salud no se efectuará hasta el momento que dijimos. Y ahora, ¿qué? Venda las heridas. Que es como si dijera: el que sana los corazones destrozados, cuya total recuperación no se efectuará hasta la resurrección de los justos, de momento venda las heridas.

 

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Zacarías 3, 1—4, 14

Promesa al príncipe Zorobabel
y al sumo sacerdote Josué

En aquellos días, el Señor me enseñó al sumo sacerdote, Josué, de pie ante el ángel del Señor. A su derecha estaba Satán acusándolo. El Señor dijo a Satán:

—El Señor te llama al orden, Satán, el Señor que ha escogido a Jerusalén te llama al orden. ¿No es ése un tizón sacado del fuego?

Josué estaba vestido con un traje sucio, en pie delante del ángel. Este dijo a los que estaban allí delante:

—Quitadle el traje sucio.

Y a él le dijo:

—Mira, aparto de ti la culpa y te visto de fiesta.

Y añadió:

—Ponedle en la cabeza una diadema limpia.

Le pusieron la diadema limpia y lo revistieron. El ángel del Señor asistía y dijo a Josué:

—Así dice el Señor: Si sigues mi camino y guardas mis mandamientos, también administrarás mi templo y guardarás mis atrios, y te dejaré acercarte con esos que están ahí. Escucha, pues, Josué, sumo sacerdote, tú y los compañeros que se sientan en tu presencia: Son figuras proféticas; mirad, yo enviaré a mi siervo Germen; la piedra que coloqué ante Josué —sobre una piedra, siete ojos—, en ella grabo una inscripción —oráculo del Señor de los ejércitos—: en un solo día destruiré la culpa de esta tierra. Aquel día —oráculo del Señor de los ejércitos—, se invitarán uno a otro bajo la parra y la higuera.

Volvió el ángel que hablaba conmigo y me despertó como se despierta a uno del sueño, y me dijo:

—¿Qué ves?

Contesté:

—Veo un candelabro de oro macizo con un cuenco en la punta, siete lámparas y siete tubos que enlazan con la punta. Y dos olivos junto a él, a derecha e izquierda.

Pregunté al ángel que hablaba conmigo:

—¿Qué significan, Señor?

El ángel que hablaba conmigo contestó:

—Pero ¿no sabes lo que significan?

Repuse:

—No, Señor.

Entonces él me explicó:

—Esas siete lámparas representan los ojos del Señor, que se pasean por toda la tierra.

Entonces yo pregunté:

—¿Y qué significan esos dos olivos a derecha e izquierda del candelabro?

Insistí:

—¿Qué significan los dos plantones de olivo junto a los dos tubos de oro que conducen el aceite?

Me dijo:

—Pero ¿no lo sabes?

Respondí:

—No, Señor.

Y me dijo:

—Son los dos ungidos que sirven al Dueño de todo el mundo.

Esto dice el Señor a Zorobabel:

—No cuentan fuerza ni riqueza, lo que cuenta es mi espíritu —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién eres tú, montaña señera? Ante Zorobabel serás allanada. El sacará la piedra de remate entre exclamaciones: «¡Qué bella, qué bella!»

El Señor me dirigió la palabra:

—Zorobabel con sus manos puso los cimientos de esta casa y con sus manos la terminará. Y así sabrás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a vosotros. El que despreciaba los humildes comienzos gozará viendo en manos de Zorobabel la piedra emplomada.
 

SEGUNDA LECTURA

San Máximo Confesor, Cuestiones a Talasio (63: PG 90, 667-670)

La luz que alumbra a todo hombre

La lámpara colocada sobre el candelero, de la que habla la Escritura, es nuestro Señor Jesucristo, luz verdadera del Padre, que, viniendo a este mundo, alumbra a todo hombre; al tomar nuestra carne, el Señor se ha convertido en lámpara y por esto es llamado «luz», es decir, Sabiduría y Palabra del Padre y de su misma naturaleza. Como tal es proclamado en la Iglesia por la fe y por la piedad de los fieles. Glorificado y manifestado ante las naciones por su vida santa y por la observancia de los mandamientos, alumbra a todos los que están en la casa (es decir, en este mundo), tal como lo afirma en cierto lugar esta misma Palabra de Dios: No se enciende una lámpara para meterla debajo el celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Se llama a sí mismo claramente lámpara, como quiera que, siendo Dios por naturaleza, quiso hacerse hombre por una dignación de su amor.

Según mi parecer, también el gran David se refiere a esto cuando, hablando del Señor, dice: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Con razón, pues, la Escritura llama lámpara a nuestro Dios y Salvador, ya que él nos libra de las tinieblas de la ignorancia y del mal.

El, en efecto, al disipar, a semejanza de una lámpara, la oscuridad de nuestra ignorancia y las tinieblas de nuestro pecado, ha venido a ser como un camino de salvación para todos los hombres: con la fuerza que comunica y con el conocimiento que otorga, el Señor conduce hacia el Padre a quienes con él quieren avanzar por el camino de la justicia y seguir la senda de los mandatos divinos. En cuanto al candelero, hay que decir que significa la santa Iglesia, lacual, con su predicación, hace que la palabra luminosa de Dios brille e ilumine a los hombres del mundo entero, como si fueran los moradores de la casa, y sean llevados de este modo al conocimiento de Dios con los fulgores de la verdad.

La palabra de Dios no puede, en modo alguno, quedar oculta bajo el celemín; al contrario, debe ser colocada en lo más alto de la Iglesia, como el mejor de sus adornos. Si la palabra quedara disimulada bajo la letra de la ley, como bajo un celemín, dejaría de iluminar con su luz eterna a los hombres. Escondida bajo el celemín, la palabra ya no sería fuente de contemplación espiritual para los que desean librarse de la seducción de los sentidos, que, con su engaño, nos inclinan a captar solamente las cosas pasajeras y materiales; puesta, en cambio, sobre el candelero de la Iglesia, es decir, interpretada por el culto en espíritu y verdad, la palabra de Dios ilumina a todos los hombres.

La letra, en efecto, si no se interpreta según su sentido espiritual, no tiene más valor que el sensible y está limitada a lo que significan materialmente sus palabras, sin que el alma llegue a comprender el sentido de lo que está escrito.

No coloquemos, pues, bajo el celemín, con nuestros pensamientos racionales, la lámpara encendida (es decir, la palabra que ilumina la inteligencia), a fin de que no se nos pueda culpar de haber colocado bajo la materialidad de la letra la fuerza incomprensible de la sabiduría; coloquémosla, más bien, sobre el candelero (es decir, sobre la interpretación que le da la Iglesia), en lo más elevado de la genuina contemplación; así iluminará a todos los hombres con los fulgores de la revelación divina.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Zacarías 8, 1-17.20-23

Promesa de salvación para Sión

Vino la palabra del Señor de los ejércitos:

«Así dice el Señor de los ejércitos: Siento gran celo por Sión, gran cólera en favor de ella.

Así dice el Señor: Volveré a Sión y habitaré en medio de Jerusalén. Jerusalén se llamará Ciudad Fiel, y el monte del Señor de los ejércitos, Monte Santo.

¡ Así dice el Señor de los ejércitos: De nuevo se sentarán en las calles de Jerusalén ancianos y ancianas, hombres que, de viejos, se apoyan en bastones. Las calles de Jerusalén se llenarán de muchachos y muchachas que jugarán en la calle.

Así dice el Señor de los ejércitos: Si el resto del pueblo lo encuentra imposible aquel día, ¿será también imposible a mis ojos? —oráculo del Señor de los ejércitos—.

Así dice el Señor de los ejércitos: Yo libertaré a mi pueblo del país de oriente y del país de occidente, y los traeré para que habiten en medio de Jerusalén. Ellos serán mi pueblo, y yo seré su Dios con verdad y con justicia.

Así dice el Señor de los ejércitos: Fortaleced las manos, los que escuchasteis aquel día esta palabra de boca de los profetas, el día en que colocaron la primera piedra para construir el templo del Señor. Antes de aquel día, hombres y animales no recibían paga, no había paz para los que iban y venían, a causa del enemigo, y yo excitaba a unos contra otros. Pero ahora no trataré como en días pasados al resto de este pueblo —oráculo del Señor de los ejércitos—. La siembra está segura, la vid dará fruto, la tierra da cosechas, los cielos envían rocío, y todo lo daré en posesión al resto de este pueblo. Así como fuisteis maldición de las gentes, Judá e Israel, así os salvaré y seréis bendición. No temáis, fortaleced las manos.

Así dice el Señor de los ejércitos: Como decretaba desgracias contra vosotros, cuando me irritaron vuestros padres —dice el Señor de los ejércitos—, y no me arrepentía, así me arrepentiré en aquellos días, y decretaré bienes para Judá y Jerusalén: no temáis. Esto es lo que debéis cumplir: Decid la verdad al prójimo. Juzgad rectamente en los tribunales. Que nadie maquine en su corazón contra el prójimo. No améis jurar en falso. Que yo odio todo esto —oráculo del Señor—.

Así dice el Señor de los ejércitos: Todavía vendrán pueblos y vecinos de ciudades populosas; los de una ciudad irán a los de otra y les dirán: «Vamos a aplacar al Señor». «Yo voy contigo a visitar al Señor de los ejércitos». Así vendrán pueblos numerosos y naciones poderosas a visitar al Señor de los ejércitos en Jerusalén y a aplacar al Señor. Así dice el Señor de los ejércitos: En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto y le dirán: «Vamos con vosotros, pues hemos oído que Dios está con vosotros».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Tratado 26 sobre el evangelio de san Juan (4-6: CCL 36, 261-263)

Yo salvaré a mi pueblo

Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre. No vayas a creer que eres atraído contra tu voluntad; el alma es atraída también por el amor. Ni debemos temer el reproche que, en razón de estas palabras evangélicas de la Escritura, pudieran hacernos algunos hombres, los cuales, fijándose sólo en la materialidad de las palabras, están muy ajenos al verdadero sentido de las cosas divinas. En efecto, tal vez nos dirán: «¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído?» Y yo les respondo: «Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer».

¿Qué significa ser atraídos con placer? Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Por otra parte, si el poeta pudo decir: «Cada cual va en pos de su apetito», no por necesidad, sino por placer, no por obligación, sino por gusto, ¿no podremos decir nosotros, con mayor razón, que el hombre se siente atraído por Cristo, si sabemos que el deleite del hombre es la verdad, la justicia, la vida sin fin, y todo esto es Cristo?

¿Acaso tendrán los sentidos su deleite y dejará de tenerlos el alma? Si el alma no tuviera sus deleites, ¿cómo podría decirse: Los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz?

Preséntame un corazón amante, y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón, y asentirá en lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo.

Muestra una rama verde a una oveja, y verás cómo atraes a la oveja; enséñale nueces a un niño, y verás cómo lo atraes también, y viene corriendo hacia el lugar a donde es atraído; es atraído por el amor, es atraído sin que se violente su cuerpo, es atraído por aquello que desea. Si, pues, estos objetos, que no son más que deleites y aficiones terrenas, atraen, por su simple contemplación, a los que tales cosas aman, porque es cierto que «cada cual va en pos de su apetito», ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia que la verdad? ¿De qué otra cosa el hombre está más hambriento? Y ¿para qué desea tener sano el paladar de la inteligencia sino para descubrir y juzgar lo que es verdadero, para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad y la eternidad?

«Dichosos, por tanto —dice—, los que tienen hambre' y sed de la justicia —entiende, aquí en la tierra—, porque —allí, en el cielo— ellos quedarán saciados. Les doy ya lo que aman, les doy ya lo que desean; después verán aquello en lo que creyeron aun sin haberlo visto; comerán y se saciarán de aquellos bienes de los que estuvieron hambrientos y sedientos. ¿Dónde? En la resurrección de los muertos, porque yo los resucitaré en el último día».


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Esdras 6,1-5.14-22

Construcción del templo y celebración de la Pascua

El rey Darío ordenó investigar en la tesorería de Babilonia, que servía también de archivo, y resultó que en Ecbatana, la fortaleza de la provincia de Media, había un rollo redactado en los siguientes términos:

«Memorandum.

»El año primero de su reinado, el rey Ciro decretó a propósito del templo de Jerusalén: Constrúyase un templo donde ofrecer sacrificios y echen sus cimientos. Su altura será de treinta metros y su ancho de otros treinta. Tendrá tres hileras de piedras sillares y una hilera de madera nueva. Los gastos correrán a cargo de la corona. Además, los objetos de oro y plata de la casa de Dios, que Nabucodonosor trasladó del templo de Jerusalén al de Babilonia, serán devueltos al templo de Jerusalén para que ocupen su puesto en la casa de Dios».

De este modo, los ancianos de Judá adelantaron mucho en la construcción, como habían profetizado el profeta Ageo y Zacarías, hijo de Idó, hasta que por fin la terminaron, conforme a lo mandado por el Dios de Israel y por Ciro, Darío y Artajerjes, reyes de Persia.

El templo se terminó el día tres del mes de marzo, el año sexto del reinado de Darío. Los israelitas —los sacerdotes, los levitas y el resto de los deportados— celebraron con júbilo la dedicación del templo, ofreciendo con este motivo cien toros, doscientos carneros, cuatrocientos corderos y doce machos cabríos —uno por cada tribu—, como sacrificio expiatorio por todo Israel. Asignaron a los sacerdotes y a los levitas las categorías y los órdenes que les correspondían en el culto del templo de Jerusalén, como está escrito en la ley de Moisés.

Los deportados celebraron la Pascua el día catorce del mes de abril; como los sacerdotes y los levitas se habían purificado a la vez, todos estaban puros e inmolaron la víctima pascual para todos los deportados, para los sacerdotes, sus hermanos, y para ellos mismos. La comieron los israelitas que habían vuelto del destierro y todos los que renunciando a la impureza de los colonos extranjeros, se unieron a ellos para servir al Señor, Dios de Israel. Celebraron con gozo las fiestas de los Azimos durante siete días; festejaron al Señor porque, cambiando la actitud del rey de Asiria, les dio fuerzas para trabajar en el templo del Dios de Israel.


SEGUNDA LECTURA

San León Magno, Tratado 43 sobre el ayuno cuaresmal (1.2.3.4: CCL 138A, 252.253.254.255)

Somos templo del Dios vivo

Amadísimos, la doctrina apostólica nos amonesta a que, despojándonos de la vieja condición, con sus obras nos renovemos de día en día con un estilo de vida santa. Porque si somos templo de Dios y el Espíritu Santo es el huésped de nuestras almas, según dice el Apóstol: Vosotros sois templo de Dios vivo, hemos de trabajar con gran esmero para que la morada de nuestro corazón no sea indigna de tan gran huésped.

Y así como en las viviendas humanas se provee con encomiable diligencia la inmediata restauración de lo que la infiltración de humedades, la furia de las tormentas o el paso de los años ha deteriorado, de igual forma debemos ejercer una asidua vigilancia para que nada desordenado, nada impuro se infiltre en nuestras almas.

Y si bien es verdad que nuestro edificio no puede subsistir sin la ayuda de su artífice, y nuestra construcción es incapaz de mantenerse incólume sin la previa protección de su Creador, sin embargo, siendo nosotros piedras racionales y material vivo, la mano de nuestro autor nos ha estructurado de modo tal, que el mismo ser que es restaurado colabora con su propio constructor. Por tanto, que la sumisión humana no se sustraiga a la gracia divina nirenuncie a aquel bien sin el cual no puede ser buena. Y si, en la práctica de los mandamientos, hallare algo que le es personalmente imposible o muy difícil, que no se encierre en sí misma, sino recurra al que impone el precepto, pues lo impone precisamente para suscitar el deseo y prestar el correspondiente auxilio, como dice el profeta: Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará. ¿O es que hay alguien tan insolente y soberbio que se tiene por tan inmaculado o inmune hasta el punto de no necesitar ya de renovación alguna? Una tal persuasión va totalmente descaminada, y encanece, en una insostenible presunción, todo el que se cree inmune de cualquier caída ante los asaltos de la tentación en la presente vida.

Pues aun cuando no hay corazón creyente que ponga en duda que ninguna región ni momento alguno escapa a la divina providencia, y que el éxito de los negocios seculares no depende del poder de las estrellas, que es nulo, sino que todo está regulado por la voluntad infinitamente justa y clemente del Rey soberano, pues como está escrito: Las sendas del Señor son misericordia y lealtad, sin embargo, cuando algunas cosas no suceden a la medida de nuestros deseos y cuando, debido a un error del juicio humano, la causa del inicuo recibe una solución más satisfactoria que la del justo, es realmente difícil y casi inevitable que tales eventos desorienten incluso a los espíritus fuertes, induciéndolos a una murmuración de crítica culpable. Hasta tal punto, que el mismo excelentísimo profeta David confiesa haberse sentido peligrosamente turbado por tales incongruencias. Por consiguiente, ya que son pocos los que poseen una tan sólida fortaleza que les ponga al abrigo de cualquier perturbación provocada por semejantes discriminaciones, y puesto que no sólo la adversidad, sino incluso la prosperidad corrompe a muchos fieles, es menester que despleguemos una diligente solicitud en curar las heridas de que está plagada la humana fragilidad.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Esdras 7, 6-28

Misión del sacerdote Esdras

Esdras subió de Babilonia. Era un letrado experto en la Ley que dio el Señor, Dios de Israel, por medio de Moisés. El rey le concedió todo lo que pedía porque el Señor, su Dios, estaba con él.

El año séptimo del rey Artajerjes, subieron a Jerusalén algunos israelitas, sacerdotes, levitas, cantores, porteros y donados. Llegaron a Jerusalén en julio del año séptimo del rey. El uno de marzo decidió salir de Babilonia y el uno de julio llegó a Jerusalén, con la ayuda de Dios, porque Esdras se había dedicado a estudiar la ley del Señor para cumplirla y para enseñar a Israel sus mandatos y preceptos.

Copia del documento que entregó el rey Artajerjes a Esdras, sacerdote-letrado, especialista en los preceptos del Señor y en sus mandatos a Israel:

«Artajerjes, rey de reyes, al sacerdote Esdras, doctor en la ley del Dios del cielo. Paz perfecta, etc.

»Dispongo que mis súbditos israelitas, incluidos sus sacerdotes y levitas, que deseen ir a Jerusalén puedan ir contigo. El rey y sus siete consejeros te envían para ver cómo se cumple en Judá y Jerusalén la ley de tu Dios, que te han confiado, y para llevar la plata y el oro que el rey y sus consejeros han ofrecido voluntariamente al Dios de Israel, que habita en Jerusalén, además de la plata y el oro que recojas en la provincia de Babilonia y de los dones que ofrezcan el pueblo y los sacerdotes al templo de su Dios en Jerusalén. Emplea exactamente ese dinero en comprar novillos, carneros y corderos, con las oblaciones y libaciones correspondientes, y ofrécelos en el altar del templo dedicado a vuestro Dios en Jerusalén. El oro y la plata que sobren lo emplearéis como mejor os parezca a ti y a tus hermanos, de acuerdo con la voluntad de vuestro Dios. Los objetos que te entreguen para el culto del templo de tu Dios los pondrás al servicio de Dios en Jerusalén. Cualquier otra cosa que necesites para el templo te la proporcionarán en la tesorería real.

»Yo, el rey Artajerjes, ordeno a todos los tesoreros de Transeufratina que entreguen puntualmente a Esdras, sacerdote, doctor en la ley del Dios del cielo, todo lo que les pida, hasta un total de tres mil kilos de plata, cien cargas de trigo, cien medidas de vino y cien de aceite; la sal sin restricciones. Hágase puntualmente todo lo que ordene el Dios del Cielo con respecto a su templo, para que no se irrite contra el reino, el rey y sus hijos. Y os hacemos saber que todos los sacerdotes, levitas, cantores, porteros, donados y servidores de esa casa de Dios están exentos de impuestos, contribución y peaje.

»Tú, Esdras, con esa prudencia que Dios te ha dado, nombra magistrados y jueces que administren justicia a todo tu pueblo de Transeufratina, es decir, a todos los que conocen la ley de tu Dios, y a los que no la conocen, enséñasela.

»Al que no cumpla exactamente la ley de Dios y la orden del rey, que se le condene a muerte, o al destierro, o a pagar una multa, o a la cárcel».

Bendito sea el Señor, Dios de nuestros padres, que movió al rey a dotar el templo de Jerusalén y me granjeó su favor, el de sus consejeros y el de las autoridades militares. Animado al ver que el Señor, mi Dios, me ayudaba, reuní a algunos israelitas importantes para que subiesen conmigo.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio de Nisa, Carta sobre la virginidad (Cap 24: PG 46, 414-416)

Tú que has sido crucificado juntamente con Cristo,
ofrécete a Dios como sacerdote sin tacha

Puestos los ojos en aquel que es perfecto, con ánimo valeroso y confiado emprende esta magnifica navegación sobre la nave de la templanza, pilotada por Cristo e impulsada por el soplo del Espíritu Santo.

Si es ya cosa grave cometer un solo pecado, y si precisamente por ello juzgas más seguro no arriesgarte a una meta tan sublime, ¿cuánto más grave no será hacer del pecado la ocupación de la propia existencia, y vivir absolutamente alejado del ideal de una vida pura? ¿Cómo es posible que quien vive inmerso en la vida terrena y está satisfecho con su pecado, escuche la voz de Cristo crucificado, muerto al pecado, que le invita a seguirle llevando a cuestas la cruz cual trofeo arrancado al enemigo, si no se ha dignado morir al mundo ni mortificar su carne? ¿Cómo puedes obedecer a Pablo, que te exhorta con estas palabras: Presenta tu cuerpo como hostia viva, santa, agradable a Dios, tú que tienes al mundo por modelo, tú que, ni transformado por un cambio de mentalidad ni decidido a caminar por esta nueva vida, te empeñas en seguir los postulados del hombre viejo?

¿Cómo puedes ejercer el sacerdocio de Dios tú que has sido ungido precisamente para ofrecer dones a Dios? Porque el don que debes ofrecer no ha de ser un don totalmente ajeno a ti, tomado, como sustitución, de entre los bienes de que estás rodeado, sino que ha de ser un don realmente tuyo, es decir, tu hombre interior, que ha de ser cual cordero inocente y sin defecto, sin mancha alguna ni imperfección. ¿Cómo podrás ofrecer a Dios estas mismas cosas, tú que no observas la ley que prohíbe que el impuro ejerza las funciones sagradas? Y si deseas que Dios se te manifieste, ¿por qué no escuchas a Moisés, que ordenó al pueblo abstenerse de las relaciones conyugales si quería contemplar el rostro de Dios?

Si estas cosas se te antojan baladíes: estar crucificado junto con Cristo, presentarte a ti mismo como hostia para Dios, convertirte en sacerdote del Altísimo y ser considerado digno de aquel grandioso resplandor de Dios, ¿qué cosas más sublimes podremos recomendarte si incluso las realidades que de ellas se seguirían van a parecerte deleznables? Del estar crucificado junto con Cristo se sigue la participación en su vida, en su gloria y en su reino; y del hecho de presentarse a Dios como oblación se consigue la conmutación de la naturaleza y dignidad humana por la angélica.

Ahora bien, el que es recibido por aquel que es el verdadero sacrificio y se une al sumo príncipe de los sacerdotes queda, por eso mismo, constituido sacerdote para siempre y la muerte no le impide permanecer indefinidamente. Por su parte, el fruto de aquel que se considera digno de ver a Dios no puede ser otro que éste: que se le considere digno de ver a Dios. Esta es la meta suprema de la esperanza, ésta es la plenitud de todo deseo, éste es el fin y la síntesis de toda gracia y promesa divina y de aquellos bienes inefables, que ni la inteligencia ni los sentidos son capaces de percibir.

Esto es lo que ardientemente deseó Moisés, esto es lo que anhelaron muchos profetas, esto es lo que ansiaron ver los reyes: pero únicamente son considerados dignos los limpios de corazón, que por eso mismo se les considera y son dichosos, porque ellos verán a Dios. Deseamos que tú te conviertas en uno de éstos, que, crucificado junto con Cristo, te ofrezcas a Dios como sacerdote sin tacha; que, convertido en sacrificio puro de castidad mediante una total y pura integridad, te prepares, con su ayuda, a la venida del Señor, para que también tú puedas contemplar, con corazón limpio, a Dios, según la promesa del mismo Dios y Salvador nuestro Jesucristo, con quien sea dada la gloria al Dios todopoderoso, juntamente con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Esdras 9, 1-9.15—10, 5

Disolución de los matrimonios prohibidos por la ley

Más adelante se me acercaron las autoridades para decirme:

—El pueblo de Israel, los sacerdotes y los levitas han cometido las mismas abominaciones que los pueblos paganos, cananeos, hititas, fereceos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos; ellos y sus hijos se han casado con extranjeras, y la raza santa se ha mezclado con pueblos paganos. Los jefes y los consejeros han sido los primeros en cometer esta infamia.

Cuando me enteré de esto, me rasgué los vestidos y el manto, me afeité la cabeza y la barba y me senté desolado.

Todos los que respetaban la ley del Dios de Israel se reunieron junto a mí al enterarse de esta infamia de los deportados. Permanecí abatido hasta la hora de la oblación de la tarde. Pero al llegar ese instante acabé mi penitencia, y con los vestidos y el manto rasgados caí de rodillas, alcé mis manos al Señor, mi Dios, y dije:

—Dios mío, me avergüenzo y sonrojo de levantar mi rostro hacia ti, porque estamos hundidos en nuestros pecados y nuestro delito es tan grande que llega al cielo. Desde los tiempos de nuestros padres y hasta, el día de hoy hemos sido gravemente culpables, y por nuestros pecados nos entregaste a nosotros, a nuestros reyes y a nuestros sacerdotes en manos de reyes extranjeros, y a la espada, al cautiverio, al saqueo y al oprobio, como ocurre hoy. Pero ahora, en un instante, el Señor, nuestro Dios, se ha compadecido de nosotros, dejándonos algunos supervivientes y otorgándonos un resto en su lugar santo; nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y nos ha reanimado un poco en medio de nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud; nos granjeó el favor de los reyes de Persia y nos dio ánimo para levantar el templo de nuestro Dios y restaurar sus ruinas, concediéndonos un valladar en Judá y Jerusalén.

Señor, Dios de Israel, este resto que hoy sigue con vida demuestra que eres justo. Nos presentamos ante ti como reos, pues después de lo ocurrido no podemos enfrentarnos contigo.

Mientras Esdras, llorando y postrado ante el templo de Dios, oraba y hacía esta confesión,'una gran multitud de israelitas —hombres, mujeres y niños— se reunió junto a él llorando sin parar.

Entonces Secanías, hijo de Yejiel, descendiente de Elam, tomó la palabra y dijo a Esdras:

—Hemos sido infieles a nuestro Dios al casarnos con mujeres extranjeras de los pueblos paganos. Pero todavía hay esperanza para Israel. Nos comprometeremos con nuestro Dios a despedir todas las mujeres extranjeras y a los niños que hemos tenido de ellas, según decidas tú y los que respetan los preceptos de nuestro Dios. Cúmplase la ley. Levántate, que este asunto es competencia tuya y nosotros te apoyaremos. Actúa con energía.

Esdras se puso en pie e hizo jurar a los príncipes de los sacerdotes, a los levitas y a todo Israel que actuarían de esta forma. Ellos lo juraron.


SEGUNDA LECTURA

De una homilía antigua (Hom 6, 1-3: PG 34, 518-519)

Sobre el fundamento de la oración

Los que se acercan a Dios deben orar en gran quietud, paz y tranquilidad, sin acudir a gritos ineptos o confusos, sino dirigiéndose al Señor con la intención del corazón y la sobriedad del pensamiento.

Pues no es conveniente que el siervo de Dios viva en semejante estado de agitación, sino en la más completa tranquilidad y sabiduría, como dice el profeta: En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.

Leemos que en los días de Moisés y de Elías, mientras que, en las apariciones con que fueron favorecidos, la majestad del Señor se hacía preceder de gran aparato de trompetas y de diversos prodigios, sin embargo, la misma venida del Señor se daba a conocer y se manifestaba en la paz, la tranquilidad y la quietud. Después —dice— se oyó una brisa tenue, y en ella estaba el Señor. De donde es lícito concluir que el descanso del Señor está en la paz y en la tranquilidad.

El cimiento que colocare el hombre y los comienzos con que comenzare permanecerán en él hasta el fin. Si comenzare a rezar con voz demasiado elevada y quejumbrosa, mantendrá idéntica costumbre hasta el final. Aunque, como quiera que el Señor está lleno de humanidad, sucederá que incluso a éste tal le prestará su auxilio. Es más, será la gracia misma la que lo mantendrá hasta el final en su manera de hacer, si bien es fácil de comprender que este modo de rezar es propio de los ignorantes ya que, amén del fastidio que produce en los demás, ellos mismos acusan turbación mientras oran.

Ahora bien, el verdadero fundamento de la oración es éste: vigilar los propios pensamientos y rezar con mucha tranquilidad y paz, de suerte que los demás no sufran escándalo de ningún tipo. Así pues, el que habiendo obtenido la gracia de Dios y la perfección, continuare hasta el final orando en la tranquilidad, será de gran edificación para muchos, porque Dios no quiere desorden, sino paz. En cambio, los que rezan a voz en grito se asemejan a los charlatanes y no pueden rezar en cualquier parte, ni en las iglesias, ni en las plazas; a lo sumo en lugares solitarios, donde se despachan a su gusto.

Por el contrario, los que rezan en la tranquilidad, edifican a todos donde quiera que oren. Debe el hombre emplear todas sus energías en controlar sus pensamientos y cortar por lo sano toda ocasión de imaginaciones peligrosas; debe concentrarse en Dios, sin abandonarse al capricho de los pensamientos, sino recoger estos pensamientos dispersos un poco por todas partes, sometiéndolos a una labor de discernimiento, distinguiendo los buenos y los malos. Es, pues, necesaria una gran dosis de diligente atención del espíritu, para saber distinguir las sugestiones externas provocadas por el poder del adversario.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro de Nehemías 1, 1—2, 8

Nehemías es enviado por el rey a Judea

Autobiografía de Nehemías, hijo de Jacalías:

El mes de diciembre del año veinte me encontraba yo en la ciudad de Susa cuando llegó mi hermano Jananí con unos hombres de Judá. Les pregunté por los judíos que se habían librado del destierro y por Jerusalén. Me respondieron:

—Los que se libraron del destierro están en la provincia pasando grandes privaciones y humillaciones. La muralla de Jerusalén está en ruinas y sus puertas consumidas por el fuego.

Al oír estas noticias lloré e hice duelo durante unos días ayunando y orando al Dios del cielo con estas palabras:

—Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, fiel a la alianza y misericordioso con los que te aman y guardan tus preceptos: ten los ojos abiertos y los oídos atentos a la oración de tu siervo, la oración que día y noche te dirijo por tus siervos, los israelitas, confesando los pecados que los israelitas hemos cometido contra ti, tanto yo como la casa de mi padre. Nos hemos portado muy mal contigo, no hemos observado los preceptos, mandatos y decretos que ordenaste a tu siervo Moisés. Pero acuérdate de lo que dijiste a tu siervo Moisés: «Si sois infieles os dispersaré entre los pueblos; pero si volvéis a mí y ponéis en práctica mis preceptos, aunque vuestros desterrados se encuentren en los confines del mundo, allá iré a reunirlos y los llevaré al lugar que elegí para morada de mi nombre». Son tus siervos y tu pueblo, los que rescataste con tu gran poder y fuerte mano. Señor, mantén tus oídos atentos a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos que están deseosos de respetarte. Haz que tu siervo acierte y logre conmover a ese hombre.

Yo era copero del rey.

Era el mes de marzo del año veinte del rey Artajerjes. Tenía el vino delante y yo tomé la copa y se la serví. Nunca me había presentado ante él con cara triste. Y me dijo el rey:

—¿Qué te pasa que estás triste? Tú no estás enfermo, sino preocupado.

Me llevé un susto enorme y respondí al rey:

—Viva el rey eternamente. ¿Cómo no he de estar triste cuando la ciudad donde se hallan enterrados mis padres está en ruinas y sus puertas consumidas por el fuego?

El rey dijo:

—¿Qué es lo que pretendes?

Me encomendé al Dios del cielo y contesté al rey:

—Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de su siervo, déjeme ir a Judá y reconstruiré la ciudad donde están enterrados mis padres.

El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron:

—¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás? Al rey le pareció bien la fecha que le indiqué y me dejó ir.

Pero añadí:

—Ruego a su majestad que me den cartas para los gobernadores de Transeufratina, para que me faciliten el viaje hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf, encargado de los bosques reales, para que me suministren vigas de madera para los portones de la ciudadela del templo para el muro de la ciudad y para la casa donde me voy a instalar.

Por un favor de Dios, el rey me lo concedió todo.


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 5 sobre la Ascensión del Señor (Opera omnia, Edit Cister. t. 5, 149-150)

Esperamos la celestial consolación

Con una grandeza de ánimo realmente digna de encomio, el pequeño rebaño, privado de la estimulante presencia del Pastor, pero sin dudar lo más mínimo de que él se cuidaba de ellos con paternal solicitud, llamaba a las puertas del cielo con devotas súplicas, en la seguridad de que las oraciones de los justos penetrarían en él, y de que el Señor no desoiría las súplicas de los pobres o de que no retornarían sin el acompañamiento de copiosas bendiciones. E insistían con paciente perseverancia, según el dicho del profeta: Si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse.

Con razón, pues, el oído de Dios escuchó la disposición de su corazón y no frustró la esperanza de quienes se mostraron magnánimos, longánimes y unánimes. Estas virtudes son testimonio irrecusable de fe, esperanza y caridad. En efecto, es evidente que la esperanza genera la longanimidad y la caridad da origen a la unanimidad. Pero ¿es igualmente cierto que la fe hace al hombre magnánimo? Sí, por cierto, y sólo ella. Pues todo aquello de lo que uno blasona, sin la fe como fundamento, no se apoya en aquella sólida grandeza de alma, sino sobre una cierta ventosa afectación o inane presunción. ¿Quieres escuchar a un hombre magnánimo? Dice: Todo lo puedo en aquel que me con forta.

Imitemos, hermanos, esta triple preparación si deseamos obtener la medida rebosante del Espíritu. Y si bien a cada uno —excepto a Cristo— se le ha dado el Espíritu con medida, sin embargo da la impresión de que el cúmulo de la medida rebosante excede en cierto modo la medida.

La magnanimidad se hizo patente en nuestra conversión; sea igualmente evidente la longanimidad en la consumación y la unanimidad en nuestro tenor de vida. Aquella celestial Jerusalén desea ser instaurada con almas de este temple, a quienes no falte ni la grandeza de la fe en asumir el yugo de Cristo, ni la longanimidad de la esperanza en el perseverar, ni la cohesión de la caridad, que es el ceñidor de la unidad consumada.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 2, 9-20

Nehemías prepara la reconstrucción de las murallas de Jerusalén

El rey me proporcionó también una escolta de oficiales y jinetes, y cuando me presenté a los gobernadores de Transeufratina, les entregué las cartas del rey.

Cuando el joronita Sanbalat y Tobías, el siervo amonita, se enteraron de la noticia, les molestó que alguien viniera a preocuparse por el bienestar de los israelitas

Llegué a Jerusalén y descansé allí tres días. Luego me levanté de noche con unos pocos hombres, sin decir a nadie lo que mi Dios me había inspirado hacer en Jerusalén. Sólo llevaba la cabalgadura que yo montaba. Salí de noche por la puerta del Valle, dirigiéndome a la Fuente del Dragón y a la Puerta de la Basura; comprobé que las murallas de Jerusalén estaban en ruinas y las puertas consumidas por el fuego. Continué por la Puerta de las Fuentes y la alberca real. Como allí no había sitio para la cabalgadura subí por el torrente, todavía de noche, y seguí inspeccionando la muralla. Volví a entrar por la Puerta del Valle y regresé a casa. Las autoridades no supieron adónde había ido ni lo que pensaba hacer. Hasta entonces no había dicho nada a los judíos, ni a los sacerdotes, ni a los notables ni a las autoridades, ni a los demás encargados de la obra. Entonces les dije:

—Ya veis la situación en que nos encontramos: Jerusalén está en ruinas y sus puertas incendiadas. Vamos a reconstruir la muralla de Jerusalén y cese nuestra ignominia.

Les conté cómo el Señor me había favorecido y lo que me había dicho el rey. Ellos dijeron:

—Venga, a trabajar.

Y pusieron manos a la obra con todo entusiasmo.

Cuando se enteraron el joronita Sanbalat, Tobías, el siervo amonita, y el árabe Guesen, empezaron a burlarse de nosotros y a zaherirnos, comentando:

—¿Qué estáis haciendo? ¿Rebelaros contra el rey?

Les repliqué:

—El Dios del cielo hará que tengamos éxito. Nosotros, sus siervos, seguiremos construyendo. Y vosotros no tendréis terrenos, ni derechos, ni un nombre en Jerusalén.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el libro del profeta Miqueas (Cap 3, 35-36; 37; 40; 41: PG 71, 689-692; 694; 702-703; 705)

Llama al Monte Sión «madre de los primogénitos»;
en ella estaremos juntamente con Cristo

Mirad, yo coloco en Sión una piedra probada, angular, preciosa: quien crea en ella no quedará defraudado. Y si bien los arquitectos de Sión desecharon esta piedra probada y preciosa, sin embargo es ahora la piedra angular. Efectivamente, Cristo reinó sobre gentiles y circuncisos, a quienes, además, transformó en un hombre nuevo, haciendo las paces por su cruz y formando con ellos como un solo ángulo por la concordia del Espíritu. Pues está escrito: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo.

Y como quiera que mediante la santidad y la fe se conformaron plenamente con esta suma y preciosísima piedra angular, es correcto e imbuido de sabiduría lo que escribió san Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, para ser templo santo, morada de Dios, por el Espíritu.

Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor. En estas mismas palabras aparece ya con toda claridad la profecía que pronunciaba la constitución de la Iglesia con gente procedente del paganismo. Eliminado el Israel según la carne, habiendo cesado los sacrificios legales, suprimido el sacerdocio levítico, reducido a cenizas aquel famosísimo templo y destruida Jerusalén, Cristo fundó la Iglesia de la gentilidad y, como quien dice, al final de los tiempos, es decir, al final de este mundo, en ese momento se hizo uno de nosotros. Así pues, llama «monte» a la Iglesia, que es la casa de Dios vivo. Es realmente encumbrada, porque en ella no hay absolutamente nada bajo o vil, sino que el conocimiento de las verdades divinas la eleva a alturas sublimes. Por su parte, la vida misma de los que son justificados en Cristo y santificados por el Espíritu está construida a gran altura.

A nosotros nos interesa Cristo y hemos de considerar sus oráculos como el camino recto. En su compañía andaremos el camino no tan sólo en el mundo presente y en el pasado, sino sobre todo en el futuro. Es doctrina segura: los que ahora padecen juntos, caminarán siempre juntos, juntos serán glorificados, juntos reinarán. Interesa con especial apremio Cristo a todos aquellos que nada aman tanto como a Cristo, a los que dan esquinazo a las hueras distracciones del mundo, buscan con particular ahínco la justicia y lo que a él pueda agradarle, y miran de sobresalir en la virtud. Tenemos de esto un modelo en san Pablo, quien escribe: Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Insiste nuevamente el profeta en que Israel no puede abandonar toda esperanza. Es verdad que fue castigado y rechazado o arrojado por su gravísima impiedad, como enemigo de Dios, como execrable y profano adorador de los ídolos, como culpable de no pocos homicidios. Dieron muerte a los profetas y, para colmo, colgaron de la cruz al mismo salvador y libertador universal. Y aun así, en atención a los padres, un resto consiguió la misericordia y la salvación, convirtiéndose en un gran pueblo.

En efecto, interpretar como pueblo numerosísimo la multitud de los justificados en Cristo, es legítimo y totalmente justo. Su verdadera nobleza, aquella que puede granjearle la admiración, reside en los bienes del alma y en la rectitud de corazón, es decir, en la santificación, la esperanza en Cristo, una fe genuina de admirable poder,una estupenda paciencia, ser el reino de Cristo en persona y adherirse a él como a único' maestro. Pues uno es nuestro Maestro: Cristo. Llama «monte de Sión» a la Jerusalén celestial, madre de los primogénitos, donde estaremos en compañía de Cristo.

 

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 3, 33—4, 17

Construcción de las murallas de Jerusalén

Cuando Sanbalat se enteró de que estábamos reconstruyendo la muralla, se indignó, y enfurecido, empezó a burlarse de los judíos, diciendo a su gente y a la guarnición samaritana:

—¿Qué hacen esos desgraciados judíos? ¿No hay nadie que se lo impida? ¿Van a ofrecer sacrificios? ¿Se creen que van a terminar en un día y a resucitar de montones de escombros unas piedras calcinadas?

El amonita Tobías, que se encontraba a su lado, dijo:

—Déjalos que construyan. En cuanto suba una zorra abrirá brecha en su muralla de piedra.

Escucha, Dios nuestro, cómo se burlan de nosotros. Haz que sus insultos recaigan sobre ellos y mándalos al destierro para que se burlen de ellos. No encubras sus delitos, no borres de tu vista sus pecados, pues han ofendido a los constructores.

Seguimos levantando la muralla, que quedó reparada hasta media altura. La gente tenía ganas de trabajar.

Cuando Sanbalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los asdoditas se enteraron de que la reparación de la muralla de Jerusalén iba adelante —pues empezaban a cerrarse las brechas— lo llevaron muy a mal. Se confabularon para luchar contra Jerusalén y sembrar en ella la confusión. Encomendándonos a nuestro Dios, apostamos una guardia día y noche para vigilarlos.

Mientras los judíos decían: «Los cargadores se agotan y los escombros son muchos; nosotros solos no podemos construir la muralla», nuestros enemigos comentaban: «Que no sepan ni vean nada hasta que .hayamos penetrado en medio de ellos y los matemos; así detendremos las obras».

En esta situación, los judíos que vivían entre ellos, viniendo de diversos lugares, nos repetían una y otra vez que nos iban a atacar. Entonces aposté en trincheras detrás de la muralla y entre matorrales gente dividida por familias y armados con espadas, lanzas y arcos. Después de una inspección, dije a los notables, a las autoridades y al resto del pueblo:

—No les tengáis miedo. Acordaos del Señor, grande y terrible, y luchad por vuestros hermanos, hijos, hijas, mujeres y casas.

Al ver nuestros enemigos que estábamos informados, Dios desbarató sus planes y pudimos volver a la muralla, cada cual a su tarea. Con todo, desde aquel día la mitad de mis hombres trabajaba mientras la otra mitad estaba armada de lanzas, escudos, arcos y corazas. Las autoridades se preocupaban de todos los judíos. Los que construían la muralla y los cargadores estaban armados; con una mano trabajan y con la otra empuñaban el arma. Todos los albañiles llevaban la espada al cinto mientras trabajaban. Y el corneta iba a mi lado, pues había dicho a los notables, a las autoridades y al resto del pueblo: «El trabajo es tan grande y tan extenso, que debemos desperdigarnos a lo largo de la muralla, lejos unos de otros. En cuanto oigáis la corneta, dondequiera que estéis, venid a reuniros con nosotros. Nuestro Dios combatirá por nosotros». Así seguimos, unos trabajando y otros empuñando las lanzas, desde que despuntaba el alba hasta que salían las estrellas. Por entonces dije también al pueblo:

—Todos pernoctarán en Jerusalén con sus criados. De noche haremos guardia y de día trabajaremos.

Yo, mis hermanos, mis criados y los hombres de mi escolta dormíamos vestidos y con las armas al alcance de la mano.



SEGUNDA LECTURA

Beato Guerrico de Igny, Sermón 3 sobre la Resurrección del Señor (3.5: SC 202,250-252.256-258)

Velad, para que os ilumine la luz de la mañana

Velad, hermanos, orando incesantemente, velad y comportaos circunspectamente, teniendo especialmente en cuenta que ya ha amanecido la mañana del día sin ocaso después que la luz eterna ha retornado de los infiernos más serena y favorable para nosotros y la aurora nos ha regalado un nuevo sol. Realmente ya es hora de espabilarse, porque la noche está avanzada, el día se echa encima. Velad —repito--, para que os ilumine la luz de la mañana, es decir, Cristo, cuyo origen está dispuesto desde antiguo, preparado para renovar frecuentemente el misterio de su matinal resurrección en beneficio de quienes velan por él. Entonces sí, entonces cantarás con el corazón rebosante de júbilo: El Señor es Dios: él nos ilumina. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo; esto es, cuando haya dejado brillar para ti la luz que tiene escondida entre sus manos, diciendo a quien es amigo suyo que ella es su lote y que le es posible acceder a ella.

¿Hasta cuándo dormirás, holgazán?, ¿cuándo sacudirás el sueño? Un rato duermes, un rato das cabezadas, un rato cruzas los brazos y descansas, y mientras tú duermes, sin que tú te apercibas, Cristo resucitará del sepulcro y, al pasar su gloria, no merecerás ver ni siquiera sus espaldas. Entonces, movido por una tardía penitencia, llorarás y dirás con los impíos: Sí, nosotros nos salimos del camino de la verdad, no nos iluminaba la luz de la justicia, para nosotros no salía el sol.

En cambio, para vosotros, que honráis mi nombre — dice— os iluminará un sol de justicia, y el que procede con justicia, contemplarán sus ojos a un rey en su esplendor. Cierto que aquí se trata de la felicidad de la vida futura, pero, en cierta medida y a título gratuito, se nos concede asimismo para solaz de la vida presente, como lo prueba con meridiana claridad la resurrección de Cristo.

Resucite, pues, y reviva el espíritu de cada uno de nosotros tanto a una vigilante oración como a una actuación eficaz, para que, mediante una renovada y vívida energía, dé muestras de haber nuevamente participado en la resurrección de Cristo. Ahora bien, el primer indicio del hombre que vuelve a la vida es su actuación esforzada y diligente, pero su perfecta resurrección —en cuanto le es posible a este moribundo cuerpo— se produce cuando abre los ojos a la contemplación. Sin embargo, la inteligencia no se hace acreedora a esta gracia, si antes no ensancha el afecto con frecuentes suspiros y ardientes deseos, para hacerse capaz de una tan grande majestad.

Recabamos el provecho de la resurrección cuando, por la oración, se dilata el afecto; y conseguimos su perfección cuando el entendimiento es iluminado en orden a la contemplación. Esforzaos, pues, hermanos míos, en resucitar más y más, escalando estos grados de las virtudes y progresando en una vida gradualmente más santa, a fin de que —como dice el Apóstol— podáis llegar un día a la resurrección de Cristo de entre los muertos, él que vive y reina por todos los siglos. Amén.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 5, 1-19

Nehemías libera al pueblo de la opresión de los ricos

La gente sencilla, sobre todo las mujeres, empezaron a protestar fuertemente contra sus hermanos judíos. Unos decían: «Tenemos muchos hijos e hijas; que nos den trigo para comer y seguir con vida». Otros: «Pasamos tanta hambre, que tenemos que hipotecar nuestros campos, viñedos y casas para conseguir trigo». Y otros: «Hemos tenido que pedir dinero prestado para pagar el impuesto real. Somos iguales que nuestros hermanos, nuestros hijos son como los suyos, y, sin embargo, debemos entregar como esclavos a nuestros hijos e hijas; a algunas de ellas incluso las han deshonrado, sin que podamos hacer nada porque nuestros campos y viñas están en manos ajenas».

Cuando me enteré de sus protestas y de lo que sucedía me indigné y, sin poder contenerme, me encaré con los nobles y las autoridades. Les dije:

—Os estáis portando con vuestros hermanos como usureros.

Convoqué contra ellos una asamblea general, y les dije:

—Nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, rescatamos a nuestros hermanos judíos vendidos a los paganos. Y vosotros vendéis a vuestros hermanos para que luego nos los vendan a nosotros.

Se quedaron cortados, sin respuesta, y yo seguí:

—No está bien lo que hacéis. Sólo respetando a nuestro Dios evitaréis el desprecio de nuestros enemigos, los paganos. También yo, mis hermanos y mis criados les hemos prestado dinero y trigo. Olvidemos esa deuda. Devolvedles hoy mismo sus campos, viñas, olivares y casas, y perdonadles el dinero, el trigo, el vino y el aceite que les habéis prestado.

Respondieron:

—Se lo devolveremos sin exigir nada. Haremos lo que dices.

Luego me despojé de mi manto diciendo:

—Así despoje Dios de su casa y de sus bienes al que no cumpla su palabra, y que se quede despojado y sin nada. Toda la asamblea respondió:

—Amén.

Y alabó al Señor. El pueblo cumplió lo prometido.

Dicho sea de paso, desde el día en que me nombraron gobernador de Judá, cargo que ocupé durante doce años. desde el veinte hasta el treinta y dos del rey Artajerjes, ni yo ni mis hermanos comimos a expensas del cargo. Los gobernadores anteriores gravaban al pueblo, exigiéndole cada día cuatrocientos gramos de plata en concepto de pan y vino, y también sus servidores oprimían a la gente. Pero yo no obré así por respeto al Señor. Además, trabajé personalmente en la muralla, aunque yo no era terrateniente y todos mis criados se pasaban el día en la obra. A mi mesa se sentaban ciento cincuenta nobles y consejeros, sin contar los que venían de los países vecinos. Cada día se aderezaba un toro, seis ovejas escogidas y aves; cada diez días encargaba vino de todas clases en abundancia. Y a pesar de esto nunca reclamé la manutención de gobernador, porque bastante agobiado estaba ya el pueblo.

Dios mío, acuérdate para mi bien de todo lo que hice por esta gente.


SEGUNDA LECTURA

De una antigua homilía del siglo V (Hom 33: PG 34, 741-743)

Conviene orar y hacer votos a Dios
continua y atentamente

Debemos orar, pero no de una manera mecánica, ni por el gusto de enhebrar palabras, ni por la costumbre de guardar silencio o de ponerse de rodillas, sino con sobriedad, esperando a Dios con el espíritu recogido, cuando él decidiese hacerse presente y visitar al alma a través de sus facultades externas y por conducto de los órganos de los sentidos; de esta forma, tanto cuando convenga orar en silencio, como cuando haya que rezar en voz alta o incluso a gritos, la mente estará fija en Dios. Pues lo mismo que cuando el cuerpo realiza un trabajo cualquiera, todo él se concentra en la obra que se trae entre manos y todos sus miembros se ayudan unos a otros, así también el alma debe consagrarse toda ella a la petición y al amor del Señor, de modo que ni se entretenga en bagatelas o se deje distraer por las preocupaciones, sino que toda su esperanza y su expectación estén colocadas en Cristo.

De este modo seremos iluminados por aquel que enseña el método correcto de la oración de petición y sugiere una oración pura y espiritual, digna de Dios, y la adoración que se hace en espíritu y verdad. Y lo mismo que el mercader de profesión no se contenta con una sola fuente de ingresos, sino que especula sobre todos los medios a su alcance para aumentar y acumular ganancias, empleando su habilidad y su ingenio ya en uno ya en otro negocio; y pasando de uno a otro método, da de lado los mercados improductivos por otros más rentables: así también nosotros debemos adornar nuestra alma acudiendo a los más variados artificios, a fin de poder ganarnos la suprema y ' auténtica ganancia, es decir, Dios, que nos enseñe a orar en verdad. Con esta condición, Dios descansará en la buena intención del alma, haciendo de ella el trono de su gloria, poniendo en ella su asiento y descansando en ella.

Y así como una casa, mientras su dueño está presente abunda en ornato, belleza y decoro, así también el alma que alberga a su Dios y en la que Dios permanece, está colmada de belleza y decoro, ya que tiene como guía y huésped al Señor con todo el cortejo de sus espirituales tesoros. Y cuando el Señor viere que el alma vive recogida en la medida de sus posibilidades, que incesantemente busca a Dios, que le espera día y noche y que clama a él, de acuerdo con su mandato de orar constantemente en cualquier negocio, el Señor —de acuerdo con su promesa— le hará Justicia y, purificada de toda su malicia, se la elegirá como esposa sin mancha y sin reproche.

Por lo demás, si crees que esta doctrina es verdadera, como realmente lo es, examínate a ti mismo y mira si tu alma ha logrado realmente esa luz que la guíe, la verdadera comida y bebida, que es el Señor. En caso negativo, busca día y noche hasta conseguirlo. Por ejemplo, cuando mires al sol, pregúntate por el verdadero sol: pues, palabra de honor, eres ciego. Al ver la luz, mira a ver si tu alma ha logrado ya la luz buena y verdadera. Porque todas las cosas visibles son sombra de las auténticas realidades que interesan al alma. En efecto, al margen del hombre perceptible existe otro hombre interior, y otros ojos que Satanás cegó y otros oídos que taponó. Y Jesús vino precisamente para devolver la salud a este hombre interior. A él la gloria y el dominio con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos. Amén.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 8, 1-18

Lectura de la ley

Entonces todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza que hay ante la Puerta del Agua. Dijeron al escriba Esdras que trajera el libro de la ley de Moisés que el Señor había prescrito a Israel. Esdras, el sacerdote, trajo el libro a la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían comprender. Era a mediados de septiembre. Leyó el libro en la plaza que hay ante la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, en presencia de hombres, mujeres y de los que podían comprender; y todo el pueblo estaba atento al libro de la ley.

Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera, que habían hecho para el caso. A su derecha se encontraban Matitías, Sema, Anayas, Urías, Jelcías y Maseyas; a su izquierda, Fedayas, Misael, Malquías, Jasún, Jasbadana, Zacarías y Mesulán. Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió, el pueblo entero se puso en pie. Esdras pronunció la bendición del Señor, Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió: «Amén, amén»; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor.

Los levitas Josué, Bani, Serebías, Yamin, Acub, Sabtay, Hodiyías, Meseyas, Quelitá, Azarías, Yozabad, Janán y Felayas explicaron la ley al pueblo, que se mantenía en sus puestos. Leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y letrado, y los levitas que enseñaban al pueblo, decían al pueblo entero, viendo que la gente lloraba al escuchar la lectura de la ley:

—Hoy es día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis.

Y añadieron:

—Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.

Los levitas acallaban al pueblo, diciendo:

—Silencio; no estéis tristes, que es un día santo.

Por fin el pueblo se fue a comer y beber, a repartir alimentos y a organizar una gran fiesta porque habían comprendido lo que les habían enseñado.

Al día siguiente, los cabezas de familia de todo el pueblo, los sacerdotes y los levitas se reunieron con el letrado Esdras para estudiar el libro de la ley. En la ley que había

mandado el Señor por medio de Moisés encontraron escrito: «Los israelitas habitarán en chozas durante la fiesta del mes de octubre».

Entonces pregonaron en todos sus pueblos y en Jerusalén:

—Id al monte y traed ramas de olivo, pino, mirto, palmera y de otros árboles frondosos para construir las chozas, como está mandado.

La gente fue, las trajo e hicieron las chozas; unos en la azotea, otros en sus patios, en los patios del templo, en la plaza de la Puerta del Agua y en la plaza de la Puerta de Efraín. Toda la asamblea que había vuelto del destierro hizo chozas, habitaron en ellas —cosa que no hacían los israelitas desde tiempos de Josué, hijo de Nun— y hubo una gran fiesta. Todos los días, del primero al último, leyó Esdras el libro de la ley de Dios. La fiesta duró siete días, y el octavo tuvo lugar una asamblea solemne, como está mandado.


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Alejandría, El pedagogo (Lib 1, cap 7: PG 8, 315-318)

Yo soy vuestro preceptor

Con razón el Logos es llamado pedagogo, pues a nosotros, niños, nos conduce a la salvación. Por eso ha dicho clarísimamente de sí mismo por boca del profeta Oseas: Yo soy vuestro preceptor. Pedagogía es, el culto divino, comprensivo de una educación en el servicio de Dios, de una introducción al conocimiento de la verdad y de una buena formación que conduce al cielo.

La palabra pedagogía es polivalente: está la pedagogía del que es conducido y enseñado y la del que conduce y enseña; pedagogía es, en tercer lugar, la misma formación recibida y, en cuarto lugar, las materias objeto del aprendizaje, por ejemplo, los mandamientos. Existe la pedagogía según Dios, que es la señalización del recto camino hacia la verdad, en orden a la contemplación de Dios, así como la indicación de una conducta santa que tiene como meta la eterna perseverancia. Como el general conduce a su ejército velando por la seguridad de sus soldados, y como el piloto maneja el timón de la nave atento a la salvación de los pasajeros, así también el pedagogo conduce a los niños a un tenor de vida saludable, en aras de su solicitud por nosotros. Y, en general, todo cuanto razonablemente pudiéramos pedir a Dios, lo obtendremos si obedecemos al pedagogo.

Ahora bien, así como no siempre el piloto se deja llevar por la marea, sino que a veces, poniendo proa a la tempestad, resiste a todas las borrascas, así tampoco el pedagogo expone al pequeño a los vientos que soplan en nuestro mundo, ni menos le abandona a merced de ellos, cual bajel, para que se estrelle entregándose a una vida bestial y licenciosa; al contrario, sólo cuando el ánimo del muchacho es impulsado a lo alto por el espíritu de verdad, empuña fuertemente el timón del niño —me estoy refiriendo a sus oídos—, y no lo suelta hasta haberle conducido, sano y salvo, al puerto celestial. Porque si lo que los hombres califican de costumbres patrias es de escasa duración, la formación recibida de Dios es una adquisición que permanece para siempre.

Nuestro pedagogo es el Dios santo, Jesús, el Logos que conduce a la humanidad entera; el mismo Dios, que ama a los hombres, es el pedagogo. De él habla el Espíritu Santo en un pasaje del Cántico: Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos; lo rodeó cuidando de él; lo guardó como a las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada, revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas. El Señor solo los condujo, no hubo dioses extraños con él. Aquí la Escritura nos presenta, según creo, al pedagogo, indicándonos cuál es su misión. Nuevamente se presenta a sí mismo como pedagogo, cuando se expresa así hablando en primera persona: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 9, 1-2.5-21

Liturgia penitencial. Oración de Esdras

El día veinticuatro de este mismo mes de octubre se reunieron los israelitas para ayunar, cubiertos de saco y polvo. La raza de Israel se separó de todos los extranjeros, y puestos en pie confesaron sus pecados y las culpas de sus padres.

Y los levitas Josué, Cadmiel, Baní, Jasabnías, Serebías Hodiyas, Sebanías y Petajías dijeron:

—Levantaos, bendecid al Señor, vuestro Dios, desde siempre y por siempre; bendecid su Nombre glorioso, que supera toda bendición y alabanza.

Y Esdras rezó:

«Tú, Señor, eres el único Dios. Tú hiciste los cielos, lo más alto de los cielos y todos sus ejércitos; la tierra y cuantos la habitan, los mares y cuanto contienen. A todos les das vida, y los ejércitos celestes te rinden homenaje.

Tú, Señor, eres el Dios que elegiste a Abrán, lo sacaste de Ur de los caldeos y le pusiste por nombre Abrahán. Viste que su corazón te era fiel e hiciste con él un pacto para darle la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, fereceos, jebuseos y guirgaseos, a él y a su descendencia. Y cumpliste la palabra porque eres leal.

Viste luego la aflicción de nuestros padres en Egipto, escuchaste sus clamores junto al Mar Rojo. Realizaste signos y prodigios contra el Faraón, contra sus ministros y toda la gente del país —pues sabías que eran altivos con ellos— y te creaste una fama que perdura hasta hoy. Hendiste ante ellos el mar, y cruzaron el mar a pie enjuto. Arrojaste al abismo a sus perseguidores, como una piedra en aguas turbulentas.

Con columna de nube los guiaste de día, con columna de fuego de noche, para iluminarles el camino que debían recorrer. Bajaste al monte Sinaí, hablaste con ellos desde el cielo. Les diste normas justas, leyes válidas, mandatos y preceptos excelentes. Les diste a conocer tu santo sábado, les diste preceptos, mandatos y leyes por medio de tu siervo Moisés. Les enviaste pan desde el cielo cuando tenían hambre, hiciste brotar agua de la roca cuando tenían sed. Y les ordenaste tomar posesión de la tierra que, mano en alto, habías jurado darles.

Pero ellos, nuestros padres, se mostraron altivos; poniéndose tercos desoyeron tus mandatos. No quisieron oír ni recordar los prodigios que hiciste en su favor. Tercamente se empeñaron en volver a la esclavitud de Egipto.

Pero tú, Dios del perdón, clemente y compasivo, paciente y misericordioso, no los abandonaste, ni siquiera cuando hicieron un becerro fundido y proclamaron: "Este es tu dios, que te sacó de Egipto", cometiendo una ofensa terrible.

Pero tú, por tu gran compasión, no los abandonaste en el desierto. No se alejó de ellos la columna de nube que los guiaba por el camino de día, ni la columna de fuego que de noche les iluminaba el camino que debían recorrer. Les diste tu buen espíritu para instruirlos, no les quitaste .de la boca tu maná, les diste agua en los momentos de sed. Cuarenta años los sustentaste en el desierto y nada les faltó; ni sus vestidos se gastaron ni se hincharon sus pies».


SEGUNDA LECTURA

San Cipriano de Cartago, Tratado sobre la unidad de la Iglesia católica (12-14: CCL 3, 257-259)

Cristo nos dio la paz y nos mandó que tuviéramos
un solo corazón y una sola alma

Cuando el Señor recomendó a sus discípulos la unanimidad y la paz, les dijo: Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos, demostrando que se concede mucho no a la multitud, sino a la unanimidad de los suplicantes. Si dos de vosotros —dice— se ponen de acuerdo: pone como primera condición la unanimidad; antes había hablado de la paz y de la concordia y nos insistió en que leal y firmemente hagamos lo posible por ponernos de acuerdo.

Y ¿cómo puede estar de acuerdo con el hermano quien no lo está con el cuerpo de la misma Iglesia ni con toda la fraternidad? ¿Cómo pueden dos o tres reunirse en el nombre de Cristo, si consta que están separados de Cristo y de su evangelio? Pues no somos nosotros, sino ellos los que se han separado de nosotros. Y cuando poco después nacieron herejías y cismas y, al erigirse en conventículos diversos, abandonaron el principio y origen de la verdad.

El Señor habla de su Iglesia y habla a los que están en la Iglesia diciendo que si ellos estuvieran de acuerdo, si —según lo que él encargó y advirtió— reunidos, aunque sólo fueran dos o tres, orasen unánimemente, aunque —repito— sólo fueran dos o tres, podrían impetrar de la majestad de Dios lo que pidieren. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre —dice—, allí estoy yo en medio de ellos. Es decir, afirmó que estaría con los sencillos y pacíficos, con los que temen a Dios y observan sus preceptos, aunque sólo fueran dos o tres, como estuvo con los tres jóvenes en el horno encendido. Y como eran sencillos para con Dios y permanecían unidos entre sí, metió dentro un viento húmedo que silbaba, y el fuego no les atormentó. Como asistió a los dos apóstoles encerrados en la cárcel porque eran sencillos y vivían en perfecta armonía: él, abiertas las puertas de la prisión, les mandó a la plaza pública para que transmitiesen al pueblo la palabra que fielmente predicaban. Por tanto, cuando en su predicación afirma y dice: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos, no separó a los hombres de la Iglesia, él que instituyó y creó la Iglesia, sino que echándoles en cara a los pérfidos su discordia y recomendando oralmente la paz a los fieles, quiso demostrar que él está más bien con dos o tres que rezan con una sola alma, que con muchos disidentes; que puede conseguirse más con la oración concorde de unos pocos, que con la discorde de una multitud.

Por lo cual, cuando fijó las normas que deben presidir la oración, añadió estas palabras: Y cuando estéis de pie orando, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Y al que va a presentar su ofrenda con la discordia en el corazón lo aparta del altar y le ordena que vaya primero a reconciliarse con su hermano, y entonces, ya en paz, que vuelva a presentar a Dios su ofrenda.

Cristo nos dio la paz, nos mandó que tuviéramos un solo corazón y una sola alma, y nos encargó que mantuviéramos incorruptos e inviolados los vínculos de la dilección y de la caridad.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 9, 22-37

Oración de Esdras (sigue)

Y Esdras rezó:

«Tú, Señor, les entregaste reinos y pueblos, repartiste a cada uno su región. Se apoderaron del país de Sijón, rey de Jesbón, de la tierra de Og, rey de Basán. Multiplicaste sus hijos como las estrellas del cielo, los introdujiste en la tierra que habías prometido a sus padres en posesión. Entraron los hijos para ocuparla y derrotaste ante ellos a sus habitantes, los cananeos. Los pusiste en sus manos, igual que a los reyes y a los pueblos del país, para que dispusieran de ellos a placer. Conquistaron fortalezas y una tierra fértil; poseyeron casas rebosantes de riquezas, pozos excavados, viñas y olivares, y abundantes árboles frutales; comieron hasta hartarse y engordaron y disfrutaron de tus dones generosos.

Pero, indóciles, se rebelaron contra ti, se echaron tu ley a las espaldas y asesinaron a tus profetas, que los amonestaban a volver a ti, cometiendo gravísimas ofensas. Los entregaste en manos de sus enemigos, que los oprimieron. Pero en su angustia clamaron a ti, y tú los escuchaste desde el cielo; y por tu gran compasión les enviaste salvadores que los salvaron de sus enemigos.

Pero al sentirse tranquilos hacían otra vez lo que repruebas; los abandonabas en manos de sus enemigos, que los oprimían; clamaban de nuevo a ti, y tú los escuchabas desde el cielo, librándolos muchas veces por tu gran compasión. Los amonestaste para que volvieran a tu ley, pero ellos, altivos, no obedecieron tus preceptos y pecaron contra tus normas, que dan la vida al hombre si las cumple. Volvieron la espalda con rebeldía; tercamente, no quisieron escuchar. Fuiste paciente con ellos durante muchos años, tu espíritu los amonestó por tus profetas, pero no prestaron atención y los entregaste en manos de pueblos paganos. Mas por tu gran compasión no los aniquilaste ni abandonaste, porque eres un Dios clemente y compasivo.

Ahora, Dios nuestro, Dios grande, valiente y terrible, fiel a la alianza y leal, no menosprecies las aflicciones que les han sobrevenido a nuestros reyes, a nuestros príncipes, sacerdotes y profetas, a nuestros padres y a todo el pueblo desde el tiempo de los reyes asirios hasta hoy. Eres inocente en todo lo que nos ha ocurrido, porque tú obraste con lealtad, y nosotros somos culpables.

Ciertamente, nuestros reyes, príncipes, sacerdotes y padres no cumplieron tu ley ni prestaron atención a los preceptos y avisos con que los amonestabas. Durante su reinado, a pesar de los grandes bienes que les concediste y de la tierra espaciosa y fértil que les entregaste, no te sirvieron ni se convirtieron de sus malas acciones.

Por eso estamos ahora esclavizados, esclavos en la tierra que diste a nuestros padres para que comiesen sus frutos excelentes. Y sus abundantes frutos son para los reyes a los que nos sometiste por nuestros pecados, y que ejercen su dominio a su arbitrio sobre nuestras personas y ganados. Somos unos desgraciados».


SEGUNDA LECTURA

San Clemente de Alejandría, Los tapices (Lib 7, cap 7: PG 9, 450-451.458-459)

Hemos de honrar a Dios durante toda la vida

Se nos manda adorar y honrar al que estamos convencidos ser el Logos, el Salvador y el jefe y, por su medio, al Padre. Y no solamente hemos de hacerlo en determinados días, sino continuamente, durante toda la vida y de las más variadas formas.

En realidad, la raza escogida, justificada por el precepto, dice: Siete veces al día te alabo. No es, pues, en un lugar determinado, ni en un templo escogido, ni en ciertas fiestas o en días fijos, sino que durante toda la vida y en todas partes, el verdadero «gnóstico» —viva solo o en una comunidad que comparte su fe— honra a Dios, esto es, le da gracias por el conocimiento, vector de su vida.

Si ya la presencia de un hombre virtuoso, observante y respetuoso, no deja de conformar e influir beneficiosamente en aquel con quien convive, ¿cómo no se hará normalmente cada día mejor en todo: acciones, palabras y sentimientos, el que está continuamente en la presencia de Dios por el conocimiento, el estilo de vida y la acción de gracias? Tal es el que está persuadido de que Dios está en todas partes, sin estar circunscrito a lugares estables y determinados.

Viviendo, pues, toda nuestra vida como un día de fiesta, en la firme persuasión de que la omnipotencia divina llena el universo, lo alabamos cuando cultivamos los campos, navegamos al son de himnos, y en cualquier circunstancia de la vida nos comportamos paralelamente. El auténtico «gnóstico» vive íntimamente unido a Dios, y en todas las cosas hace gala de gravedad e hilaridad; gravedad por su constante atención a Dios, hilaridad por cuanto los dones de Dios los considera como bienes humanos.

Y aun cuando se nos den los bienes sin pedirlos, no por eso es superflua la oración de petición. La misma acción de gracias y la petición de cuanto puede colaborar a la conversión del prójimo son ya acciones típicas del «gnóstico». Con idéntica finalidad oró el mismo Señor, dando gracias por haber llevado a feliz término su ministerio, rogando que cuantos más mejor consiguiesen la sabiduría, y así los que se salvan den gloria a Dios por saberse salvados, y el que es el único bueno y el único salvador sea reconocido mediante el Hijo, por los siglos infinitos. Por otra parte, la misma fe por la que uno cree que ha de recibir lo que pide es una forma de petición, ínsita en el ánimo del «gnóstico».

Además, si la oración es una ocasión de conversar con Dios, no hemos de dejar pasar ni una sola ocasión de acceder a Dios. Ciertamente que la santidad del «gnóstico» en sintonía con la divina providencia, mediante una espontánea confesión, es una prueba fehaciente del perfecto don de Dios. La solicitud de la providencia, la santidad del «gnóstico» y la recíproca benevolencia del amigo de Dios son realidades interdependientes.

Dios no hace el bien por necesidad, sino que libremente otorga sus favores a quienes espontáneamente se convierten. La providencia que nos viene de lo alto no es en manera alguna servil, como si actuara en un proceso ascendente de peor a mejor, sino que las continuas actuaciones de la providencia se ejercen teniendo en cuentanuestra humana debilidad, como lo hace el pastor con sus ovejas, el rey con sus súbditos, y nosotros con nuestros superiores, que gobiernan a quienes les fueron encomendados, de acuerdo con las órdenes recibidas de Dios. Por tanto, son siervos y adoradores de Dios cuantos le prestan un acatamiento y le rinden un culto obsequioso y verdaderamente regio. Lo cual se realiza mediante una mentalidad recta y mediante el conocimiento.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Nehemías 12, 27-47

Inauguración de las murallas de Jerusalén

Al inaugurar la muralla de Jerusalén buscaron a los levitas por todas partes para traerlos a Jerusalén a celebrar la inauguración con una fiesta y con acciones de gracias, al son de platillos, arpas y cítaras. Se reunieron los cantores del valle del Jordán, de la comarca de Jerusalén, de las aldeas de Netofat, de Bet-Guilgal y de los campos de Loma y Azmaut (porque los cantores se habían construido aldeas en las cercanías de Jerusalén). Los sacerdotes y los levitas se purificaron y luego purificaron al pueblo, las puertas y la muralla.

Mandé a las autoridades de Judá que subiesen a la muralla y organicé dos grandes coros. Uno iba por la derecha, encima de la muralla, hacia la Puerta de la Basura. Cerraban la marcha Oseas, la mitad de las autoridades de Judá, Azarías, Esdras, Mesulán, Judá, Benjamín, Semayas, Jeremías, sacerdotes con trompetas, Zacarías, hijo de Jonatán, hijo de Semayas, hijo de Matanías, hijo de Miqueas, hijo de Zacur, hijo de Asaf, y sus hermanos, Semayas, Azarel, Milalay, Guilalay, Maay, Netanel, Judá y Jananí, con los instrumentos de David. Esdras, el letrado, iba al frente de ellos.

Pasaron por la Puerta de la Fuente y, siguiendo en línea recta, subieron a la escalera de la Ciudad de David y bajaron por la cuesta de la muralla, junto al palacio de David, hasta la Puerta del Agua, a levante. El segundo coro, al que seguía yo con la mitad de las autoridades y los sacerdotes Eliaquín, Maseyas, Minyamín, Miqueas, Elioenay, Zacarías y Ananías, con trompetas, y Maseyas, Semayas, Eleazar, Uzí, Juan, Malquías, Elán, Ezer, se dirigió hacia la izquierda, por encima de la muralla, a lo largo de la Torre de los Hornos hasta el muro ancho, y continuó por la Puerta de Efraín, la Puerta Antigua, la Puerta del Pescado, la Torre de Jananel, y Torre de los Cien y la Puerta de los Rebaños, hasta detenerse en la Puerta de la Cárcel. Los dos coros se situaron en el templo de Dios; los cantores cantaban dirigidos por Yizrajías.

Aquel día ofrecieron sacrificios solemnes y hubo fiesta, porque el Señor los inundó de gozo; también las mujeres y los niños participaron en ella. La algazara de Jerusalén se escuchaba desde lejos.

Por entonces se nombraron los intendentes de los almacenes destinados a provisiones, ofrendas, primicias y diezmos, donde se guardaban, por campos y pueblos, las porciones que prescribe la ley para los sacerdotes y los levitas. Porque los judíos estaban contentos de los sacerdotes y levitas en funciones, que se ocupaban del culto de Dios y del rito de la purificación, como habían mandado David y su hijo Salomón, y también de los cantores y porteros. (Ya desde antiguo, en tiempos de David y Asaf, había jefe de cantores y cánticos de alabanza y de acción de gracias a Dios.) Y en tiempos de Zorobabel y de Nehemías todos los israelitas subvenían diariamente a las necesidades de los cantores y porteros, y hacían ofrendas sagradas a los levitas, igual que éstos a los descendientes de Aarón.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 47 (16-17: PL 14, 1152-1153)

Él mismo fundó su Iglesia

Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Si el Hijo de Dios es llamado templo, lo es en elsentido en que él mismo dijo de su cuerpo: destruid este templo y en tres días lo levantaré. Templo de Dios es realmente el cuerpo de Cristo, en el que se llevó a cabo la purificación de nuestros pecados. Templo de Dios es realmente aquella carne, en la que no pudo haber contagio alguno de pecado, antes bien ella fue la víctima sacrificada por el pecado de todo el mundo.

Templo de Dios fue realmente aquella carne, en que refulgía la imagen de Dios y en la que la plenitud de la divinidad habitaba corporalmente, ya que el mismo Cristo es esa plenitud. Por tanto, a él se le dice: Oh Dios, hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo. Y ¿qué significa esto sino aquello que dijo: En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis, esto es, está en medio de vosotros y vosotros no lo veis? Si por el contrario se refiere al Padre, ¿qué significa: en medio de tu templo, sino que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo?

En este templo, pues, hemos recibido —dice— tu misericordia, esto es, a la Palabra que se hizo carne y acampó entre nosotros. Pues del mismo modo que Cristo es la redención, es también la misericordia. Porque, ¿cabe mayor misericordia que ofrecerse como víctima por nuestros delitos para lavar con su sangre al mundo, cuyo pecado de ningún otro modo hubiese sido posible abolir?

En efecto, si hablando de los santos, dijo el Apóstol: Vosotros sois el templo de Dios, y el Espíritu Santo habita en vosotros, con cuánta mayor razón no podré llamar templo de Dios a la humanidad del Señor Jesús, del que leemos que estuvo siempre lleno del Espíritu Santo, como él mismo lo atestigua, diciendo: Yo he sentido que una fuerza ha salido de mí, cuya fuerza sanaba las acerbas heridas de todos.

Lo que dijo de haber él recibido, junto con el pueblo, la misericordia de Dios en medio de su templo, puede entenderse también en el sentido de que él mismo fundó su Iglesia y la propagó para siempre; de que él mismo, junto con su Hijo unigénito, confirió realmente esta gracia a su pueblo, a la vez que le presentaba como constructor, diciendo: edificará una ciudad. Ciudad que, dilatada por todo el orbe de la tierra, hizo que la tierra se llenara de su alabanza y de su nombre. Pues si está escrito: La tierra está llena de su alabanza, lo está también: Se le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre», de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios padre.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Isaías 59, 1-15

Liturgia penitencial

Mira, la mano del Señor no es tan corta que no pueda salvar, ni es tan duro de oído que no pueda oír; son vuestras culpas las que crean la separación entre vosotros y vuestro Dios; son vuestros pecados los que tapan su rostro, para que no os oiga; pues vuestras manos están manchadas de sangre, vuestros dedos, de crímenes; vuestros labios dicen mentiras, vuestras lenguas susurran maldades. No hay quien invoque la justicia ni quien pleitee con sinceridad; se apoyan en la mentira, afirman la falsedad, conciben el crimen y dan a luz la maldad.

Incuban huevos de serpiente y tejen telarañas: quien come esos huevos, muere; si se cascan, salen víboras. Sus telas no sirven para vestidos; son tejidos que no pueden cubrir. Sus obras son obras criminales, sus manos ejecutan la violencia. Sus pies corren al mal, tienen prisa para derramar sangre inocente; sus planes son planes criminales, destrozos y ruinas jalonan su camino. No conocen el camino de la paz, no existe el derecho en sus senderos; se abren sendas tortuosas; quien las sigue, no conoce la paz.

Por eso está lejos de nosotros el derecho y no nos alcanza la justicia; esperamos la luz, y vienen tinieblas; claridad, y caminamos a oscuras. Como ciegos vamos palpando lapared, andamos a tientas como gente sin vista; en pleno día tropezamos como al anochecer, en • pleno vigor estamos como muertos. Todos gruñimos como osos y nos quejamos como palomas. Esperamos en el derecho, pero nada, en la salvación, y está lejos de nosotros.

Porque nuestros crímenes contra ti son muchos, y nuestros pecados nos acusan; nuestros crímenes nos acompañan, y reconocemos nuestras culpas: rebelarnos y olvidarnos del Señor, volver la espalda a nuestro Dios, tratar de opresión y revuelta, urdir por dentro engaños; y así se tergiversa el derecho y la justicia se queda lejos, porque en la plaza tropieza la lealtad, y la sinceridad no encuentra acceso; la lealtad está ausente, y expolian a quien evita el mal.


SEGUNDA LECTURA

Selección de las Sentencias de los Padres y de los relatos de Juan Mosco y otros autores (Patericon 196: CSCO, Scriptores Aethiopici, t. 54, 118-121)

Haz penitencia y vuelve al Señor

Haz penitencia y vuelve al temor del Señor, tu Dios; esfuérzate en practicar el ayuno, la oración, la súplica y las lágrimas. Dame ocasión de hacer tu panegírico y haré que lleguen hasta tu Dios tus buenas obras, el suave olor de tus ayunos, de tus limosnas, de tu oración, de tu misericordia para con los pobres, a fin de que mi rostro rebose de gozo con mis hermanos los ángeles, y descienda sobre ti el Espíritu Santo, e inmediatamente serás contado con los justos y los buenos, que el día de la retribución escucharán una palabra de gozo.

Vuelve al Señor, oh alma, por la penitencia, pues te aproxima a Dios y Dios es bueno. ¿Qué es la penitencia? Apartarse del pecado, renunciar al deseo y abandonar la conducta anterior; aceptar una norma de vida a base de frecuentes ayunos, asidua oración, servicio diligente, todo ello acompañado de lágrimas noche y día.

Practica el amor a los pobres: Dios lo prefiere al sacrificio que sube a su presencia; huye de las delicias del cuerpo y atiende, en cambio, con solicitud a tu alma; purifica tus manchas a fin de que gustes qué bueno es el Señor: entonces descenderá sobre ti su luz, y quedarás a salvo de la tentación del enemigo, pues el Señor prometió acoger a quienes acuden a él, haciéndoles el don de su misericordia.

Escucha con atención: no frecuentes las reuniones mundanas, ni te des a la excesiva comida y bebida, no sea que pierdas lo que el Señor prometió a los buenos y justos. Y de esta forma, oh alma, con las limosnas que hicieres ahora se irá edificando tu morada y con el óleo de la misericordia arderá tu lámpara en el reino de los cielos. Da fe a a palabra que el Señor pronunció en el evangelio: Yo soy manso y humilde y mi carga es ligera; venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. ¡Oh pobre alma! Muchos son tus pecados, pero su misericordia es más grande que los pecados de todo el mundo. Acércate a su perdón y a su misericordia y hará brillar sobre ti su Espíritu. Ahoga en lágrimas tus pecados y descenderá sobre ti el bien.

Mira, acabo de exponerte con claridad todas las cosas y te he indicado el camino de la vida, que es la penitencia. Ella te ayudará a acercarte al Señor y te dará a gustar el manjar del paraíso. Arropa a los pobres con tu manto y protégelos del rigor del invierno; llena su estómago y multiplica tus ayunos.

Haz penitencia y vuelve al Señor, y acógete a su infinita misericordia, pues que se la prometió a cuantos le invocan. Oh alma, mira que nuestro Señor ha dicho: Nadie conoce su hora. Date prisa en alcanzar la salvación, presenta tu ofrenda y, en la palestra del hacer cotidiano, adquiere la paciencia, la humildad, el silencio de la lengua, la pureza, el amor a los pobres, y habrás cosechado la justicia. Si esto hicieres, los bienes lloverán sobre ti. Y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Señor, la magnificencia y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro de los Proverbios 1, 1-7.20-33

Exhortación a elegir la sabiduría

Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel.

Para aprender sabiduría y doctrina, para comprender las sentencias prudentes, para adquirir disciplina y sensatez, derecho, justicia y rectitud, para enseñar sagacidad al inexperto, saber y reflexión al muchacho, lo escucha el sabio y aporta su enseñanza, el prudente adquiere habilidad para entender proverbios y dichos, sentencias y enigmas.

El temor del Señor es el principio del saber, los necios desprecian sabiduría y disciplina.

La sabiduría pregona por las calles, en las plazas levanta la voz; grita en lo más ruidoso de la ciudad, y en las plazas públicas pregona:

«¿Hasta cuándo, inexpertos, amaréis la inexperiencia, y vosotros, insolentes, os empeñaréis en la insolencia, y vosotros, necios, odiaréis el saber? Volveos a escuchar mi reprensión, y os abriré mi corazón, comunicándoos mis palabras. Os llamé, y rehusasteis; extendí mi mano, y no hicisteis caso; rechazasteis mis consejos, no aceptasteis mi reprensión; pues yo me reiré de vuestra desgracia, me burlaré cuando os alcance el terror.

Cuando os alcance como tormenta el terror, cuando os llegue como huracán la desgracia, cuando os alcancen la angustia y la aflicción, entonces llamarán, y no los escucharé; me buscarán, y no me encontrarán. Porque aborrecían el saber y no escogían el temor del Señor; no aceptaron mis consejos, despreciaron mis reprensiones; comerán el fruto de su conducta, y se hartarán de sus planes. La rebeldía da muerte a los irreflexivos, la despreocupación acaba con los imprudentes; en cambio, el que me obedece vivirá tranquilo, seguro y sin temer ningún mal».


SEGUNDA LECTURA

San Efrén de Nísibe, Comentario sobre el Diatésaron (Cap 1, 18-19: SC 121, 52-53)

La palabra de Dios, fuente inagotable de vida

¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión.

La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron —dice el Apóstol— el mismo alimento espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 3,1-20

Cómo encontrar sabiduría

Hijo mío, no olvides mis instrucciones, guarda en el corazón mis preceptos, porque te traerán largos días, vida y prosperidad; no abandones la bondad y la lealtad, cuélgatelas al cuello, escríbelas en la tabla del corazón: alcanzarás favor y aceptación ante Dios y ante los hombres.

Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas; no te tengas por sabio, teme al Señor y evita el mal: y será salud de tu carne y jugo de tus huesos.

Honra a Dios con tus riquezas, con la primicia de todas tus ganancias; y tus graneros se colmarán de grano, tus lagares rebosarán de mosto.

Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión, porque el Señor reprende a los que ama, como un padre al hijo preferido.

Dichoso el que encuentra sabiduría, el que alcanza inteligencia: adquirirla vale más que la plata, y su renta más que el oro; es más valiosa que las perlas, ni se le comparan las joyas; en la diestra trae largos años y en la izquierda honor y riquezas; sus caminos son deleitosos, y sus sendas son prósperas; es árbol de vida para los que la cogen, son dichosos los que la retienen.

El Señor cimentó la tierra con sabiduría y afirmó el cielo con inteligencia; con su saber se abren los veneros y las nubes destilan rocío.


SEGUNDA LECTURA

San Bernardo de Claraval, Sermón 15 sobre diversas materias (PL 184, 577 579)

Hay que buscar la sabiduría

Trabajemos para tener el manjar que no se consume: trabajemos en la obra de nuestra salvación. Trabajemos en la viña del Señor, para hacernos merecedores del denario cotidiano. Trabajemos para obtener la sabiduría, ya que ella afirma: Los que trabajan para alcanzarme no pecarán. El campo es el mundo —nos dice aquel que es la Verdad—; cavemos en este campo; en él se halla escondido un tesoro que debemos desenterrar. Tal es la sabiduría, que ha de ser extraída de lo oculto. Todos la buscamos, todos la deseamos.

Si queréis preguntar —dice la Escritura—, preguntad, convertíos, venid. ¿Te preguntas de dónde te has de convertir? Refrena tus deseos, hallamos también escrito. Pero, si en mis deseos no encuentro la sabiduría —dices—, dónde la hallaré? Pues mi alma la desea con vehemencia, y no me contento con hallarla, si es que llego a hallarla, sino que echo en mi regazo una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Y esto con razón. Porque, dichoso el que encuentra sabiduría, el que alcanza inteligencia. Búscala, pues, mientras puede ser encontrada; invócala, mientras está cerca.

¿Quieres saber cuán cerca está? La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón; sólo a condición de que la busques con un corazón sincero. Así es como encontrarás la sabiduría en tu corazón, y tu boca estará llena de inteligencia, pero vigila que esta abundancia de tu boca no se derrame a manera de vómito.

Si has hallado la sabiduría, has hallado la miel; procura no comerla con exceso, no sea que, harto de ella, la vomites. Come de manera que siempre quedes con hambre. Porque dice la misma sabiduría: El que me come tendrá más hambre. No tengas en mucho lo que has alcanzado; no te consideres harto, no sea que vomites y pierdas así lo que pensabas poseer, por haber dejado de buscar antes de tiempo. Pues no hay que desistir en esta búsqueda y llamada de la sabiduría, mientras pueda ser hallada, mientras esté cerca. De lo contrario, como la miel daña —según dice el Sabio— a los que comen de ella en demasía, así el que se mete a escudriñar la majestad será oprimido por su gloria.

Del mismo modo que es dichoso el que encuentra sabiduría, así también es dichoso, o mejor, más dichoso aún, el hombre que piensa en la sabiduría; esto seguramente se refiere a la abundancia de que hemos hablado antes.

En estas tres cosas se conocerá que tu boca está llena en abundancia de sabiduría o de prudencia: si confiesas de palabra tu propia iniquidad, si de tu boca sale la acción de gracias y la alabanza y si de ella salen también palabras de edificación. En efecto, por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación. Y además, lo primero que hace el justo al hablar es acusarse a sí mismo: y así, lo que debe hacer en segundo lugar es ensalzar a Dios, y en tercer lugar (si a tanto llega la abundancia de su sabiduría) edificar al prójimo.


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 8, 1-5.12-26

Alabanza de la sabiduría eterna

Oíd, la sabiduría pregona, la prudencia levanta la voz, en los montículos junto al camino, de pie junto a las sendas, junto a las puertas de la ciudad, pregonando a la entrada de los postigos:

«A vosotros, señores, os llamo, me dirijo a la gente: los inexpertos, aprended sagacidad; los necios, adquirid juicio».

Yo, sabiduría, soy vecina de la sagacidad y busco la compañía de la reflexión. El temor del Señor odia el mal. Yo detesto el orgullo y la soberbia, el mal camino y la boca falsa, yo poseo el buen consejo y el acierto, son mías la prudencia y el valor; por mí reinan los reyes, y los príncipes dan leyes justas; por mí gobiernan los gobernantes, y los nobles dan sentencias justas; yo amo a los que me aman, y los que madrugan por mí me encuentran; yo traigo riqueza y gloria, fortuna copiosa y bien ganada; mi fruto es mejor que el oro puro, y mi renta vale más que la plata, camino por sendero justo, por las sendas del derecho, para legar riquezas a mis amigos y colmar sus tesoros.

El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.

Por tanto, hijos míos, escuchadme: dichosos los que siguen mis caminos; escuchad la instrucción, no rechacéis la sabiduría, dichoso el hombre que me escucha, velando en mi portal cada día, guardando las jambas de mi puerta. Quien me alcanza, alcanza la vida y goza del favor del Señor. Quien me pierde se arruina a sí mismo, los que me odian aman la muerte.


SEGUNDA LECTURA

San Atanasio de Alejandría, Sermón '2 contra los arrianos (78.81-82: PG 26, 311.319)

El conocimiento del Padre
por medio de la Sabiduría creadora y hecha carne

La Sabiduría unigénita y personal de Dios es creadora y hacedora de todas las cosas. Todo —dice, en efecto, el salmo— lo hiciste con sabiduría, y también: La tierra está llena de tus criaturas. Pues, para que las cosas creadas no sólo existieran, sino que también existieran debidamente, quiso Dios acomodarse a ellas por su Sabiduría, imprimiendo en todas ellas en conjunto y en cada una en particular cierta similitud e imagen de sí mismo, con lo cual se hiciese patente que las cosas creadas están embellecidas con la Sabiduría y que las obras de Dios son dignas de él.

Porque, del mismo modo que nuestra palabra es imagen de la Palabra, que es el Hijo de Dios, así también la sabiduría creada es también imagen de esta misma Palabra, que se identifica con la Sabiduría; y así, por nuestra facultad de saber y entender, nos hacemos idóneos para recibir la Sabiduría creadora y, mediante ella, podemos conocer a su Padre. Pues, quien posee al Hijo —dice la Escritura—posee también al Padre, y también: El que me recibe, recibe al que me ha enviado. Por tanto, ya que existe en nosotros y en todos una participación creada de esta Sabiduría, con toda razón la verdadera y creadora Sabiduría se atribuye las propiedades de los seres, que tienen en sí una participación de la misma, cuando dice: El Señor me creó al comienzo de sus obras.

Mas, como en la sabiduría de Dios, según antes hemos explicado, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los creyentes. Porque Dios no quiso ya ser conocido, como en tiempos anteriores, a través de la imagen y sombra de la sabiduría existente en las cosas creadas, sino que quiso que la auténtica Sabiduría tomara carne, se hiciera hombre y padeciese la muerte de cruz, para que, en adelante, todos los creyentes pudieran salvarse por la fe en ella.

Se trata, en efecto, de la misma Sabiduría de Dios, que antes, por su imagen impresa en las cosas creadas (razón por la cual se dice de ella que es creada), se daba a conocer a sí misma y, por medio de ella, daba a conocer a su Padre. Pero después, esta misma Sabiduría, que es también la Palabra, se hizo carne, como dice san Juan, y, habiendo destruido la muerte y liberado nuestra raza, se reveló con más claridad a sí misma y, a través de sí misma, reveló al Padre; de ahí aquellas palabras suyas: Haz que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo.

De este modo, toda la tierra está llena de su conocimiento. En efecto, uno solo es el conocimiento del Padre a través del Hijo, y del Hijo por el Padre; uno solo es el gozo del Padre y el deleite del Hijo en el Padre, según aquellas palabras: Yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 9, 1-18

La sabiduría y la locura

La sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criadas para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad:

«Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: "Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia".

Quien corrige al cínico se acarrea insultos; quien reprende al malvado, desprecio; no reprendas al cínico, pues te aborrecerá; reprende al sensato, que te lo agradecerá; instruye al docto, y será más docto; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, y conocer al Santo es inteligencia. Por mí prolongarás tus días y se te añadirán años de vida; si eres sensato, lo serás para tu provecho; si te burlas, tú solo lo pagarás».

Doña Locura es bullanguera, la ingenua no tiene vergüenza, se sienta a la puerta de casa, en un asiento que domina la ciudad, para gritar a los transeúntes, a los que van derechos por el camino:

«Los inexpertos, que vengan aquí; quiero hablar a los faltos de juicio. El agua robada es más dulce, el pan a escondidas es más sabroso».

Y no saben que en su casa están los muertos, y sus invitados en lo hondo del abismo.


SEGUNDA LECTURA

Procopio de Gaza, Comentario sobre el libro de los Proverbios (Cap 9: PG 87, 1,1299-1303)

La sabiduría de Dios nos mezcló su vino
y puso su mesa

La Sabiduría se ha construido su casa. La Potencia personal de Dios Padre se preparó como casa propia todo el universo, en el que habita por su poder, y también lo preparó para aquel que fue creado a imagen y semejanza de Dios y que consta de una naturaleza en parte visible y en parte invisible.

Plantó siete columnas. Al hombre creado de nuevo en Cristo, para que crea en él y observe sus mandamientos, le ha dado los siete dones del Espíritu Santo; con ellos, estimulada la virtud por el conocimiento y recíprocamente manifestado el conocimiento por la virtud, el hombre espiritual llega a su plenitud, afianzado en la perfección de la fe por la participación de los bienes espirituales.

Y así, la natural nobleza del espíritu humano queda elevada por el don de fortaleza, que nos predispone a buscar con fervor y a desear los designios divinos, según los cuales ha sido hecho todo; por el don de consejo, que nos da discernimiento para distinguir entre los falsos y los verdaderos designios de Dios, increados e inmortales, y nos hace meditarlos y profesarlos de palabra al darnos la capacidad de percibirlos; y por el don de entendimiento, que nos ayuda a someternos de buen grado a los verdaderos designios de Dios y no a los falsos.

Ha mezclado el vino en la copa y puesto la mesa. Y en el hombre que hemos dicho, en el cual se hallan mezclados como en una copa lo espiritual y lo corporal, la Potencia personal de Dios juntó a la ciencia natural de las cosas el conocimiento de ella como creadora de todo; y este conocimiento es como un vino que embriaga con las cosas que atañen a Dios. De este modo, alimentando a las almas en la virtud por sí misma, que es el pan celestial, y embriagándolas y deleitándolas con su instrucción, dispone todo esto a manera de alimentos destinados al banquete espiritual, para todos los que desean participar del mismo.

Ha despachado a sus criados para que anuncien el banquete. Envió a los apóstoles, siervos de Dios, encargados de la proclamación evangélica, la cual, por proceder del Espíritu, es superior a la ley escrita y natural, e invita a todos a que acudan a aquel en el cual, como en una copa, por el misterio de la encarnación, tuvo lugar una mezcla admirable de la naturaleza divina y humana, unidas en una sola persona, aunque sin confundirse entre sí. Y clama por boca de ellos: «Los faltos de juicio, que vengan a mí. El insensato, que piensa en su interior que no hay Dios, renunciando a su impiedad, acérquese a mí por la fe, y sepa que yo soy el Creador y Señor de todas las cosas».

Y dice: Quiero hablar a los faltos de juicio: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado. Y, tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: «Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación».


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 10, 6-32

Sentencias diversas

Baja la bendición sobre la cabeza del honrado, la boca malvada encubre violencia. El recuerdo del justo es bendito, el nombre del malvado se pudre. El hombre juicioso acepta el mandato, labios necios se arruinan.

Quien camina honradamente camina seguro, el tortuoso queda descubierto. El que guiña el ojo causa pesares, el que reprende abiertamente trae remedio. La boca del justo es manantial de vida, la boca del malvado es copa de vinagre. El odio provoca reyertas, el amor disimula las ofensas. En los labios del prudente hay sabiduría, la vara es para la espalda del falto de juicio.

El docto atesora saber, la boca del necio es ruina inminente. La fortuna del rico es su baluarte, la miseria es el terror del pobre. El salario del honrado es la vida, la ganancia del malvado es el fracaso. El que acepta la corrección va por camino de vida, el que rechaza la reprensión se extravía.

Labios embusteros encubren el odio, quien difunde calumnias es un insensato. En mucho charlar no faltará pecado, quien refrena los labios es sensato. Plata de ley la boca del honrado, mente perversa no vale nada. Labios honrados apacientan a muchos, los necios mueren por falta de juicio.

Hace prosperar la bendición divina, y nada le añade nuestra fatiga. El necio se divierte haciendo trampas, el hombre prudente es hábil. Al malvado le sucede lo que teme, pero al honrado se le da lo que desea. Pasa el huracán, desaparece el malvado; pero el honrado está firme para siempre. Vinagre a los dientes, humo a los ojos: eso es el holgazán para quien le da un encargo.

El temor del Señor prolonga la vida, los años de los malvados se acortan. La esperanza de los honrados es risueña, la ilusión del malvado fracasa. El Señor es refugio para el hombre cabal, y es terror para el malhechor. El honrado jamás vacilará, el malvado no habitará la tierra. De boca honrada brota sabiduría, la lengua tramposa será cortada. Labios honrados saben de afabilidad; la boca del malvado, de engaños.


SEGUNDA LECTURA

San Ambrosio de Milán, Comentario sobre el salmo 36 (65-66: CSEL 64, 123-125)

Abre tu boca a la palabra de Dios

En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura: Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría, él es la palabra, y Palabra de Dios.

Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de paz, él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, él es todo esto.

Está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Tú ábrela, que él habla. En este sentido dijo el salmista: Voy a escuchar lo que dice el Señor, y el mismo Hijo de Dios dice: Abre tu boca que te la llene. Pero no todos pueden percibir la sabiduría en toda su perfección, como Salomón o Daniel; a todos, sin embargo, se les infunde, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si crees, posees el espíritu de sabiduría.

Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, estando en casa. Por la palabra casa podemos entender la iglesia o, también, nuestro interior, de modo que hablemos en nuestro interior con nosotros mismos. Habla con prudencia, para evitar el pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, háblate a ti mismo, habla a Cristo. Atiende cómo tienes que hablarle: Quiero —dice-- que los hombres recen en cualquier lugar alzando las manos limpias de iras y divisiones. Habla, oh hombre, cuando te acuestes, no sea que te sorprenda el sueño de la muerte. Atiende cómo debes hablar al acostarte: No daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.

Cuando te levantes, habla también de él, y cumplirás así lo que se te manda. Fíjate cómo te despierta Cristo. Tu alma dice: Oigo a mi amado que llama, y Cristo responde: Abreme, amada mía. Ahora ve cómo despiertas tú a Cristo. El alma dice: ¡Muchachas de Jerusalén, os conjuro que no vayáis a molestar, que no despertéis al amor! El amor es Cristo.


 


VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 15, 8-9.16-17.25-26.29.33; 16, 1-9; 17, 5

El hombre ante Dios

El Señor aborrece el sacrificio del malvado, la oración de los rectos alcanza su favor. El Señor aborrece la conducta del malvado y ama al que busca la justicia. Más vale poco con temor de Dios que grandes tesoros con sobresalto. Más vale plato de verdura con amor que buey cebado con rencor.

El Señor arranca la casa del soberbio y planta los linderos de la viuda. El Señor aborrece los malos pensamientos y le gustan las palabras limpias. El Señor está lejos de los malvados y escucha la oración de los honrados. El temor del Señor es escuela de sabiduría, delante de la gloria va la humildad.

El hombre medita en su corazón, pero Dios le pone la respuesta en los labios. El hombre piensa que su conducta es limpia, pero es Dios quien pesa los corazones. Encomienda a Dios tus tareas, y te saldrán bien tus planes. El Señor da a cada cosa su destino: al malvado el día funesto.

El Señor aborrece al arrogante, tarde o temprano no quedará impune. Bondad y verdad reparan la culpa, el temor de Dios aparta del mal.

Cuando Dios aprueba la conducta de un hombre, lo reconcilia con sus enemigos. Más vale poco con justicia que muchas ganancias injustas. El hombre planea su camino, el Señor dirige sus pasos.

Quien se burla del pobre afrenta a su Hacedor, quien se alegra de su desgracia no quedará impune.
 

SEGUNDA LECTURA

Selección de las Sentencias de los Padres y de los relatos de Juan Mosco y otros autores (Patericon 142b: CSCO, Scriptores Aethiopici, t. 54, 62-64)

Considérate pecador si quieres llegar a ser justo

Dijo el sabio: El que oculta su crimen no prosperará, el que lo confiesa y se enmienda será compadecido. Soporta la iniquidad y el mundo lo tendrá por ignominia. El corazón del Señor se fija en los soberbios para humillarlos. La humildad es objeto de una misericordia eterna.

Hazte pequeño en todo quehacer humano y te exaltará sobre los príncipes del mundo; sea modesto tu talante ante cualquier hombre, y adelántate a saludarlos como a personas importantes. Quien se cree superior por su sabiduría, será considerado pequeño ante los hombres, aunque sea realmente sabio y docto, y es sabio sólo para sí mismo por sus descubrimientos. Dichoso quien se presta para cualquier trabajo, pues será exaltado sobre todos.

El que por el Señor se humilla y ante el Señor se empequeñece, da gloria al Señor; el que por el Señor padecehambre y sed, lo colmará de bienes; el que por el Señor reparte consuelo, lo vestirá de ornamentos gloriosos; el que es pobre y se aflige por el Señor, Dios lo consolará con aquellas verdaderas riquezas.

Desprecia tu vida a causa del Señor, para que tu fama se difunda —sin tú saberlo— por todos los días de tu vida. Considérate pecador si quieres llegar a ser justo. Sé humilde en tu propia sabiduría y no te jactes de tu saber. Frecuenta el trato de los buenos para, por su medio, acercarte al Señor. Cultiva la compañía de los humildes para que aprendas su modo de vivir.

Conviene que el monje tenga el corazón siempre preparado para cualquier obra celestial y que jamás dé cabida a la tristeza en sus pensamientos. Quien siembra entre espinas nunca llegará a cosechar: ya se pierde su alma con ese su afán de sobresalir, de acumular y con toda clase de malas obras. Los ojos del Señor se fijan en los humildes. La oración del humilde pasa directamente de la boca al oído. El espíritu de servicio y la humildad hacen al hombre Dios en la tierra. La fe y la misericordia pronto florecen en sabiduría.

Dichosos los que, por amor del Señor, se sumergen en las tribulaciones, sin ira ni tristeza: al desaparecer éstas, inmediatamente consiguen la salvación, acogidos al puerto de la Divinidad y se dirigen a la casa de Dios por el camino de las buenas obras, donde descansan de sus fatigas y gozan del fruto de su esperanza. Los que corren en alas de la esperanza no se sienten acobardados por las tribulaciones del camino ni desisten de la búsqueda. Y cuando finalmente salen del mar, contemplan y alaban al Señor que los ha salvado de la perdición y de una multitud de dificultades que ellos desconocían, pues nunca pensaron en hacer una exhibición.

Mejor es morir por el Señor que vivir en la ignominia y en la impotencia. Piensa siempre en lo que sucederá después de la muerte, y nunca en tu alma tendrá cabida la debilidad. Opta por hacer el bien según el Señor, y accederás a él. No te dejes seducir por el doble de corazón y sigue tu camino confiando en la gracia del Señor, no sea que te esfuerces en vano. Abriga en tu corazón la firme seguridad de que el Señor es misericordioso y que otorgará su gracia a los que lo buscan, y no en la medida de nuestras obras, sino según la medida de nuestro amor y de nuestra fe, como dice la Escritura: Que se cumpla lo que has creído.


 


SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 31, 10-31

Elogio de la mujer hacendosa

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida.

Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Es como nave mercante que importa el grano de lejos. Todavía de noche se levanta para dar la comida a los criados.

Examina un terreno y lo compra, con lo que ganan sus manos planta un huerto. Se ciñe la cintura con firmeza y despliega la fuerza de sus brazos. Le saca gusto a su tarea y aun de noche no se apaga su lámpara. Extiende la mano hacia el huso, y sostiene con la palma la rueca.

Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Si nieva, no teme por la servidumbre, porque todos los criados llevan trajes forrados. Confecciona mantas para su uso, se viste de lino y de holanda. En la plaza su marido es respetado, cuando se sienta entre los jefes de la ciudad. Teje sábanas y las vende, provee de cinturones a los comerciantes.

Está vestida de fuerza y dignidad, sonríe ante el día de mañana. Abre la boca con sabiduría y su lengua enseña con bondad. Vigila la conducta de sus criados, no come su pan de balde.

Sus hijos se levantan para felicitarla, su marido proclama su alabanza: «Muchas mujeres reunieron riquezas, pero tú las ganas a todas».

Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.


SEGUNDA LECTURA

San Elredo de Rievaulx, Sermón en la Epifanía (Edit C.H. Talbot, SSOC, I, 1952, 40-41)

Sobre el pueblo bien dispuesto que se prepara para el Señor

Veamos cuál es el proceso para la celebración de unas bodas. Supongamos que uno quiere casarse con una mujer digna. Elige una entre muchas, envía emisarios que la informen de sus proyectos nupciales, que alaben su hermosura, ponderen sus riquezas, se hagan lenguas de su sabiduría. De esta forma, la doncella se enamora del pretendiente. El amor excita el deseo, el deseo provoca el encuentro, el encuentro predispone al consentimiento, y finalmente se celebra el banquete nupcial. Se prepara una gran variedad de manjares y bebidas, se matan animales, y se pone a disposición de los comensales un copioso surtido de cosas deliciosas.

Pues bien, alcemos los ojos y pasemos de lo corporal a lo espiritual. Dios, el Hijo de Dios subsistente en el seno del Padre, desde su morada observó a todos los habitantes de la tierra, y descubrió una entre muchas, e inmediatamente quedó prendado de su belleza. ¿De quién se trata? Lo diré de modo que lo entendáis. Se trata de aquella santa sociedad a la que él eligió antes de crear el mundo y la predestinó a ser llamada, justificada, glorificada. ¿Cómo la ve? No como nosotros, para quienes el pasado es un enigma, el futuro una incógnita y para quienes apenas si son claras las realidades que caen bajo el campo de nuestra observación. El ve con claridad toda aquella santa sociedad desde el primero al último de los elegidos. Y no los ve uno después del otro, ni uno ahora y luego otro, sino que de una vez, siempre y de idéntico modo abarca a toda aquella sociedad de suyo negra, pero blanca por obra suya; hermosa de suyo, prostituida a los demonios, preparada por obra suya para el dulcísimo abrazo. Esta es la que eligió, ésta a la que amó, y no por interés personal, sino para lavarla de su inmundicia, para sanar sus enfermedades, liberarla de la esclavitud, para, en su miseria, hacerla feliz uniéndola a sí.

Ahora bien, como esto no podía realizarlo a menos que la amada correspondiera libremente al amor del amante, envió mensajeros que lo anunciaran, alabaran su hermosura, ponderasen su sabiduría y se hiciesen lenguas de su poder y de sus riquezas. Tuvo ciertamente mensajeros, a quienes reveló sus secretos, mostrándoles, en una luz inefable, el misterio de su encarnación, lo profundo de la elección, lo ancho de la vocación, lo alto de las promesas y lo largo de la expectación. Así pues, lo que ellos aprendieron por revelación —como personas capaces de abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo—, esto es lo que ellos enseñaron a los demás. Pues, aun cuando la sociedad dichosa de todos los elegidos sea una sola, según lo dicho: Una sola es mi paloma, no obstante se llaman mensajeros del Salvador aquellos que, inspirados por él, anunciaron su venida.

Pero veamos ya cómo estos mensajeros inflaman a la esposa elegida en el amor del Señor. Dirigiéndose a ella, le dice el santo Moisés: Dios os suscitará un profeta como yo; a él le escucharéis en todo cuanto os dijere. Como yo, dice. Para aquellos tiempos, era ésta una gran alabanza. ¿Qué fiel de aquel tiempo no se inflamaría en amor a Cristo, sabiendo que sería semejante a Moisés? Tampoco Jeremías silenció sus alabanzas, pues dijo: Este es nuestro Dios y no hay otro fuera de él. Así que, hermanos, basten estos testimonios de las Escrituras, pues con estas poquísimas palabras puede muy bien el alma de esta elegida encenderse en ansias de su amor. El amor excitó el deseo, el deseo espiritual mereció el encuentro con el amado y de esta forma, con la fe como intermediario, se produjo el mutuo consentimiento: y fíjate, ya se está preparando el banquete nupcial.

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO


PRIMERA LECTURA

Comienza el libro de Job 1, 1-22

Job, privado de sus bienes

Había una vez en tierra de Hus un hombre que se llamaba Job; era un hombre justo y honrado, que temía a Dios y se apartaba del mal. Tenía siete hijos y tres hijas. Tenía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y una servidumbre numerosa. Era el más rico entre los hombres de Oriente.

Sus hijos solían celebrar banquetes, un día en casa de cada uno, e invitaban a sus tres hermanas a comer con ellos. Terminados esos días de fiesta, Job los hacía venir para purificarlos; madrugaba y ofrecía un holocausto por cada uno, por si habían pecado maldiciendo a Dios en su interior. Esto lo solía hacer Job cada vez.

Un día, fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás. El Señor le preguntó:

«¿De dónde vienes?»

Él respondió:

De dar vueltas por la tierra.

El Señor le dijo:

«¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal».

Satanás le respondió:

«¿Y crees que teme a Dios de balde? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se ensanchan por el país. Pero extiende la mano, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldecirá en tu cara».

El Señor le dijo:

«Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques».

Y Satanás se marchó.

Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del hermano mayor, llegó un mensajero a casa de Job y le dijo:

«Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su lado, cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se llevaron el ganado. Sólo yo pude escapar para contártelo».

No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo:

«Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido tus ovejas y pastores. Sólo yo pude escapar para contártelo».

No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo:

«Una banda de caldeos, dividiéndose en tres grupos, se echó sobre los camellos y se los llevó, y apuñaló a los mozos. Sólo yo pude escapar para contártelo».

No había acabado de hablar, cuando llegó otro y dijo:

«Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, cuando un huracán cruzó el desierto, y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó y los mató. Sólo yo pude escapar para contártelo».

Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo:

«Desnudo. salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él:€l Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor».

A pesar de todo, Job no protestó contra Dios.


SEGUNDA LECTURA

San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el paralítico bajado por el techo (PG 51, 62-63)

Un certísimo ejemplo de paciencia

No sólo del nuevo, sino también del antiguo Testamento podemos sacar ejemplos estimulantes. En efecto, cuando oyes que Job después de la pérdida de su fortuna, después de la muerte de sus rebaños, perdió no uno ni dos ni tres, sino a todos sus numerosos hijos en la flor de la edad, después de tanta presencia de ánimo, aun cuando fueras el más débil de todos, fácilmente podrás consolarte y reanimarte.

Pues tú al menos, oh hombre que me escuchas, pudiste asistir a tu hijo enfermo, le viste postrado en el lecho, escuchaste sus últimas palabras y estuviste presente cuando exhaló su último aliento, le cerraste los ojos y la boca; en cambio él ni estuvo presente cuando sus hijos exhalaron el postrer aliento, ni los vio cuando expiraban. Bien al contrario, todos fueron sepultados en una sola tumba entre las paredes de su propia casa. Y no obstante, después de tantas y tan graves calamidades no lloró, ni se impacientó. Y ¿qué es lo que dijo? El Señor me lo quitó; como al Señor le plugo así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor por los siglos.

Eso mismo hemos de repetir nosotros en cualquier contratiempo que nos sobreviniere, tanto si se trata de un quebranto en la fortuna, o de una enfermedad corporal, de un ultraje, de una calumnia u otra cualquier desgracia humana, repitamos: El Señor me lo dio, el Señor me lo Quitó como al Señor le plugo así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor por los siglos.

Si nos penetramos de esta verdad, jamás sufriremos detrimento alguno, aun cuando tengamos que soportar desgracias sin cuento: dichas palabras te acarrearán más ganancias que pérdidas, más bienes que males, pues Dios se te mostrará propicio y destruirás la tiranía del enemigo. En efecto, apenas la lengua ha pronunciado tales palabras, inmediatamente el diablo se bate en retirada: y al retirarse él, se disipan asimismo las nubes de la tristeza y, con ella, al punto se ponen en fuga los pensamientos que nos afligen. De esta forma, además de los bienes de esta vida, conseguirás todos los que nos están reservados en el cielo. Tienes de ello un ciertísimo ejemplo en Job y en los apóstoles, quienes, habiendo despreciado por Dios los males de este mundo, consiguieron los bienes eternos.

Sigamos, pues, su ejemplo, y en todas las cosas que nos acaecieren demos gracias al buen Dios, de modo que vivamos sin percances la presente vida y disfrutemos de los bienes futuros, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder siempre, ahora y por la eternidad, y por los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS


 


LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Job 2, 1-13

Job, herido con llagas malignas,
es visitado por sus amigos

Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás. El Señor le preguntó: ¿De dónde vienes?»

El respondió:

«De dar vueltas por la tierra».

El Señor le dijo:

«¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal. Pero tú me has incitado contra él, para que lo aniquilara sin motivo, aunque todavía persiste en su honradez».

Satanás respondió:

«Piel por piel, por salvar la vida el hombre lo da todo. Pero extiende la mano sobre él, hiérelo en la carne y en los huesos, y apuesto a que te maldice en tu cara».

El Señor le dijo:

«Haz lo que quieras con él, pero respétale la vida».

Y Satanás se marchó. E hirió a Job con llagas malignas desde la planta del pie a la coronilla. Job cogió una tejuela para rasparse con ella, sentado en tierra entre la basura. Su mujer le dijo:

«¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete».

Él le contestó:

«Hablas como una necia: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?»

A pesar de todo, Job no pecó con sus labios.

Tres amigos suyos, Elifaz de Temán, Bildad de Suj y iSofar de Naamat, al enterarse de las desgracias que había sufrido, salieron de su lugar y se reunieron para ir a compartir su pena y consolarlo. Cuando lo vieron a distancia, no lo reconocían, y rompieron a llorar; se rasgaron el manto, echaron polvo sobre la cabeza y hacia el cielo, y se quedaron con él, sentados en el suelo, siete días con sus noches, sin decirle una palabra, viendo lo atroz de su sufrimiento.


SEGUNDA LECTURA

San Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job (Lib 3, 15-16: PL 75, 606-608)

Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos
a aceptar los males?

El apóstol Pablo, considerando en sí mismo las riquezas de la sabiduría interior y viendo al mismo tiempo que en lo exterior no es más que un cuerpo corruptible, dice: Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro. En el bienaventurado Job, la vasija de barro experimenta exteriormente las desgarraduras de sus úlceras, pero el tesoro interior permanece intacto. En lo exterior crujen sus heridas, pero del tesoro de sabiduría que nace sin cesar en su interior emanan estas palabras llenas de santas enseñanzas: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Entendiendo por bienes los dones de Dios, tanto temporales como eternos, y por males las calamidades presentes, acerca de las cuales dice el Señor por boca del profeta: Yo soy el Señor, y no hay otro; artífice de la luz, creador de las tinieblas, autor de la paz, creador de la desgracia.

Artífice de la luz, creador de las tinieblas, porque, cuando por las calamidades exteriores son creadas las tinieblas del sufrimiento, en lo interior se enciende la luz del conocimiento espiritual. Autor de la paz, creador de la desgracia, porque precisamente entonces se nos devuelve la paz con Dios, cuando las cosas creadas, que son buenas en sí, pero que no siempre son rectamente deseadas, se nos convierten en calamidades y causa de desgracia. Por el pecado perdemos la unión con Dios; es justo, por tanto, que volvamos a la paz con él a través de las calamidades; de este modo, cuando cualquier cosa creada, buena en sí misma, se nos convierte en causa de sufrimiento, ello nos sirve de corrección, para que volvamos humildemente al autor de la paz.

Pero, en estas palabras de Job, con las que responde a las imprecaciones de su esposa, debemos considerar principalmente lo llenas que están de buen sentido. Dice, en efecto: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Es un gran consuelo en medio de la tribulación acordarnos, cuando llega la adversidad, de los dones recibidos de nuestro Creador. Si acude en seguida a nuestra mente el recuerdo reconfortante de los dones divinos, no nos dejaremos doblegar por el dolor. Por esto, dice la Escritura: En el día dichoso no te olvides de la desgracia, en el día desgraciado no te olvides de la dicha.

En efecto, aquel que en el tiempo de los favores se olvida del temor de la calamidad cae en la arrogancia por su actual satisfacción. Y el que en el tiempo de la calamidad no se consuela con el recuerdo de los favores recibidos es llevado a la más completa desesperación por su estado mental.

Hay que juntar, pues, lo uno y lo otro, para que se apoyen mutuamente; así, el recuerdo de los favores templará el sufrimiento de la calamidad, y la previsión y temor de la calamidad moderará la alegría de los favores. Por esto, aquel santo varón, en medio de los sufrimientos causados por sus calamidades, calmaba su mente angustiada por tantas heridas con el recuerdo de los favores pasados, diciendo: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?


 


MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Job 3, 1-16

Lamentaciones de Job

Job abrió la boca y maldijo su día diciendo:

«¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: "Se ha concebido un varón"! Que ese día se vuelva tinieblas, que Dios desde lo alto se desentienda de él, que sobre él no brille la luz, que lo reclamen las tinieblas y las sombras, que la niebla se pose sobre él, que un eclipse lo aterrorice, que se apodere de esa noche la oscuridad, que no se sume a los días del año, que no entre en la cuenta de los meses, que esa noche quede estéril y cerrada a los gritos de júbilo, que la maldigan los que maldicen el océano, los que entienden de conjurar al Leviatán; que se velen las estrellas de su aurora, que espere la luz y no llegue, que no vea el parpadear del alba; porque no me cerró las puertas del vientre y no escondió a mi vista tanta miseria.

¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar? Ahora dormiría tranquilo, descansaría en paz, lo mismo que los reyes de la tierra que se alzan mausoleos, o como los nobles que amontonan oro y plata en sus palacios. Ahora sería un aborto enterrado, una criatura que no llegó a ver la luz. Allí acaba el tumulto de los malvados, allí reposan los que están rendidos, con ellos descansan los prisioneros sin oír la voz del capataz; se confunden pequeños y grandes y el esclavo se libra de su amo.

¿Por qué dio luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura, al que ansía la muerte que no llega y escarba buscándola más que un tesoro, al que se alegraría ante la tumba y gozaría al recibir sepultura, al hombre que no encuentra camino porque Dios le cerró la salida?

Por alimento tengo mis sollozos, y los gemidos se me escapan como agua; me sucede lo que más temía, lo quemás me aterraba me acontece. Vivo sin paz y sin descaso, entre continuos sobresaltos».


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Confesiones (Lib 10,1,1—2, 2; 5,7: CSEL 33, 226-227.230-231)

A ti, Señor, me manifiesto tal como soy

Conózcate a ti, Conocedor mío, conózcate a ti como tú me conoces. Fuerza de mi alma, entra en ella y ajústala a ti, para que la tengas y poseas sin mancha ni arruga. Esta es mi esperanza, por eso hablo; y en esta esperanza me gozo cuando rectamente me gozo. Las demás cosas de esta vida tanto menos se han de llorar cuanto más se las llora, y tanto más se han de deplorar cuanto menos se las deplora. He aquí que amaste la verdad, porque el que realiza la verdad se acerca a la luz. Yo quiero obrar según ella, delante de ti por esta mi confesión, y delante de muchos testigos por este mi escrito.

Y ciertamente, Señor, a cuyos ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora, que mi gemido es un testimonio de que tengo desagrado de mí, tú brillas y me llenas de contento, y eres amado y deseado por mí, hasta el punto de llegar a avergonzarme y desecharme a mí mismo y de elegirte sólo a ti, de manera que en adelante no podré ya complacerme si no es en ti, ni podré serte grato si no es por ti.

Comoquiera, pues, que yo sea, Señor, manifiesto estoy ante ti. También he dicho ya el fruto que produce en mí esta confesión, porque no la hago con palabras y voces de carne, sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen. Porque, cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que tomar disgusto de mí; y cuando soy bueno, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuirme eso a mí, porque tú, Señor, bendices al justo; pero antes de ello haces justo al impío. Así, pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y clamorosa: callada en cuanto que se hace sin ruido de palabras, pero clamorosa en cuanto al clamor con que clama el afecto.

Tú eres, Señor, el que me juzgas; porque, aunque ninguno de los hombres conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él, con todo, hay algo en el hombre que ignora aun el mismo espíritu que habita dentro de él; pero tú, Señor, conoces todas sus cosas, porque tú lo has hecho. También yo, aunque en tu presencia me desprecie y me tenga por tierra y ceniza, sé algo de ti que ignoro de mí.

Ciertamente ahora te vemos confusamente en un espejo, aún no cara a cara; y así, mientras peregrino fuera de ti, me siento más presente a mí mismo que a ti; y sé que no puedo de ningún modo violar el misterio que te envuelve; en cambio, ignoro a qué tentaciones podré yo resistir y a cuáles no podré, estando solamente mi esperanza en que eres fiel y no permitirás que seamos tentados más de lo que podamos soportar, antes con la tentación das también el éxito, para que podamos resistir.

Confiese, pues, yo lo que sé de mí; confiese también lo que de mí ignoro; porque lo que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas se conviertan en mediodía ante tu presencia.


 


MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Job 4, 1-21

Discurso de Elifaz

Respondió Elifaz de Temán:

—Si uno se atreviera a hablarte, no sé si lo aguantarías, pero ¿puede uno frenar las palabras? Tú que a tantos instruías y fortalecías los brazos inertes, que con tus palabras levantabas al que tropezaba y sostenías las rodillas que se doblaban, hoy que te toca a ti, ¿no aguantas?, ¿te turbas, hoy que todo te cae encima? ¿No era la religión tu confianza y una vida honrada tu esperanza? ¿Recuerdas un inocente que haya perecido?, ¿dónde se ha visto un justo exterminado? A los que aran maldad y miseria yo he visto cosecharlas. Sopla Dios y perecen, su aliento enfurecido los consume.

Aunque ruge el león y le hace coro la leona, a los cachorros les arrancan los dientes: muere el león falto de presa y las crías de la leona se dispersan. Oí furtivamente una palabra, apenas percibí su murmullo; en una visión de pesadilla, cuando el letargo cae sobre el hombre, me sobrecogió un terror, un temblor que estremeció todos mis huesos. Un viento me rozó la cara, se me erizó el vello. Estaba en pie —no lo conocía—, sólo una figura ante mis ojos, un silencio, después oí una voz:

«¿Puede el hombre llevar razón contra Dios?, ¿o un mortal ser puro frente a su creador? En sus mismos ángeles descubre faltas, ni aun a sus criados los encuentra fieles, pues ¿cómo estarán limpios ante su hacedor los que habitan en casas de arcilla, cimentadas de barro? Entre el alba y el ocaso se desmoronan; sin que se advierta, perecen para siempre; les arrancan las cuerdas de la tienda y mueren sin haber aprendido».
 

SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Confesiones (Lib 10, 43, 68-70: CSEL 33, 278-280)

Cristo murió por todos

Señor, el verdadero mediador que por tu secreta misericordia revelaste a los humildes, y lo enviaste para que con su ejemplo aprendiesen la misma humildad, ese mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, apareció en una condición que lo situaba entre los pecadores mortales y el Justo inmortal: pues era mortal en cuanto hombre, y era justo en cuanto Dios. Y así, puesto que la justicia origina la vida y la paz, por medio de esa justicia que le es propia en cuanto que es Dios destruyó la muerte de los impíos al justificarlos, esa muerte que se dignó tener en común con ellos.

¡Oh, cómo nos amaste, Padre bueno, que no perdonaste a tu Hijo único, sino que lo entregaste por nosotros, que éramos impíos! ¡Cómo nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo no hizo alarde de ser igual a ti, al contrario, se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz! Siendo como era el único libre entre los muertos, tuvo poder para entregar su vida y tuvo poder para recuperarla. Por nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote, precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos.

Con razón tengo puesta en él la firme esperanza de que sanarás todas mis dolencias por medio de él, que está sentado a tu diestra y que intercede por nosotros; de otro modo desesperaría. Porque muchas y grandes son mis dolencias; sí, son muchas y grandes, aunque más grande es tu medicina. De no haberse tu Verbo hecho carne y habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgarlo apartado de la naturaleza humana y desesperar de nosotros.

Aterrado por mis pecados y por el peso enorme de mis miserias, había meditado en mi corazón y decidido huir a la soledad; mas tú me lo prohibiste y me tranquilizaste, diciendo: Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos.

He aquí, Señor, que ya arrojo en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda contemplar las maravillas de tu voluntad. Tú conoces mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y del conocer, me redimió con su sangre. No me opriman los insolentes; que yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo distribuyo y, aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que comen de él y son saciados por él. Y alabarán al Señor los que lo buscan.


 


JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de Job 5, 1-27

No rechaces la corrección del Señor

Respondió Elifaz de Temán:

—Grita, a ver si alguien te responde; ¿a qué ángel recurrirás? Porque el despecho mata al insensato y la pasión da muerte al imprudente. Yo vi a un insensato echar raíces y al momento vi maldita su morada, a sus hijos sin poder salvarse, atropellados sin defensa ante los jueces; sus cosechas las devoró el hambriento robándolas a través de los espinos, y el sediento se sorbió su hacienda.

No nace del barro la miseria, la fatiga no germina de la tierra: es el hombre quien engendra la fatiga, como las chispas alzan el vuelo.

Yo que tú, acudiría a Dios para poner mi causa en sus manos. El hace prodigios incomprensibles, maravillas sin cuento: da lluvia a la tierra, riega los campos, levanta a los humildes, da refugio seguro a los abatidos, malogra los planes del astuto para que fracasen sus manejos, enreda en sus mañas al artero y hace abortar las intrigas del taimado; así, en pleno día van a dar en las tinieblas, a plena luz van a tientas como de noche. Así Dios salva al pobre de la lengua afilada, de la mano violenta; da esperanza al desvalido y tapa la boca a los malvados.

Dichoso el hombre a quien corrige Dios: no rechaces el escarmiento del Todopoderoso, porque él hiere y venda la herida, golpea y cura con su mano; de seis peligros te salva y al séptimo no sufrirás ningún mal; en tiempo de hambre te librará de la muerte, y en la batalla, de la espada; te esconderá del látigo de la lengua, y aunque llegue el desastre no temerás, te reirás de hambres y desastres, no temerás a las fieras, harás pacto con los espíritus del campo y tendrás paz con las fieras, disfrutarás de la paz de tu tienda y al recorrer tu dehesa nada echarás de menos; verás una descendencia numerosa y a tus retoños como hierba del campo; bajarás a la tumba sin achaques, como una gavilla en sazón.

Todo esto lo hemos indagado y es cierto: escúchalo y aplícatelo.


SEGUNDA LECTURA

San Agustín de Hipona, Confesiones (Lib 11, 1, 1-2, 3: CSEL 33, 283-285)

Señor, Dios mío, atiende a mi súplica

Señor, ¿es que siendo tuya la eternidad ignoras acaso lo que te digo o ves en el tiempo lo que se hace en el tiempo? ¿Por qué entonces te cuento estas cosas? No ciertamente para que te enteres de mí, sino porque al narrarlas, potencio mi afecto y el de cuantos esto leyeren hacia ti, de modo que todos exclamemos: Grande es el Señor, y muy digno de alabanza. Lo he dicho y lo repetiré: lo hago por amor de tu amor.

Porque también oramos, y, no obstante, la Verdad dice: Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis. Por tanto, al confesarte nuestras miserias y tus misericordias para con nosotros te manifestamos nuestro afecto, para que, llevando a cabo la obra que en nosotros comenzaste, nos libres definitivamente, de suerte que dejemos de ser miserables en nosotros y seamos felices en ti, ya que nos has llamado para que seamos pobres en el espíritu y sufridos y llorosos y sedientos de la justicia y misericordiosos y limpios de corazón y artífices de la paz. Mira, te he contado muchas cosas, las que pude y quise, porque fuiste tú primero el que quisiste que te alabara a ti, Señor, porque eres bueno, y porque es eterna tu misericordia.

Pero, ¿cuándo seré capaz de enunciar con la lengua de mi pluma todas tus exhortaciones, todas tus amenazas, consuelos y providencias, mediante las cuales me condujiste a predicar tu palabra y a administrar tu sacramento en favor de tu pueblo? Y en el supuesto de que fuera capaz de enunciar todo esto por su orden, cada minuto es para mí un tesoro. Y ya hace tiempo que ardo en deseos de meditar tu ley y de confesarte en ella mi ciencia y mi impericia, las primicias de tu iluminación y las reliquias de mis tinieblas hasta que la debilidad sea absorbida por la fortaleza. Y no quiero que se me vayan en otras ocupaciones las horas que me dejan libr