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LECTIO DIVINA FEBRERO DE 2016

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Lunes del 4º domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 15,13-14.30;16,5-13a

En aquellos días,

15,13 vinieron a informar a David y le dijeron: - Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.

14 Entonces, David dijo a todos los servidores que estaban con él en Jerusalén: - Levantaos y huyamos, porque, si no, no podremos escapar de Absalón. Salid inmediatamente, no sea que se dé prisa, nos sorprenda y nos cause una gran desgracia, pasando a cuchillo la ciudad.

30 David subía llorando la pendiente del monte de los Olivos; iba con la cabeza cubierta y los pies descalzos, y todo el pueblo que lo acompañaba subía también con la cabeza cubierta y llorando.

16,5 Cuando el rey David llegó a Bajurín, salió de allí un hombre de la familia de Saúl, llamado Semey, hijo de Güera. Salía echando maldiciones

6 y tiraba piedras a David y a todos sus servidores, mientras todo el ejército y los valientes iban a los flancos del rey.

7 Semey lo maldecía así: - ¡Vete, vete, hombre sanguinario y malvado!

8 El Señor te ha castigado por todas las muertes de la familia de Saúl, a quien usurpaste el trono, y ha puesto el reino en manos de tu hijo Absalón. Ahí tienes la desgracia que mereces, porque eres un hombre sanguinario.

9 Entonces Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: - ¿Por qué insulta ese perro muerto al rey, mi señor? Déjame que vaya y le corte la cabeza.

10 Pero el rey dijo: - No os entrometáis en mis asuntos, hijos de Seruyá. Si el Señor le ha mandado que maldiga a David, nadie puede reprochárselo.

11 Y añadió David a Abisay y a todos sus servidores: - Si un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, con mayor razón lo hará este hijo de Benjamín. Dejadlo maldecir, si el Señor se lo ha mandado.

12 Tal vez el Señor vea mi aflicción y cambie en bendición esta maldición de hoy.

13 David y sus hombres continuaron su camino, mientras Semey iba por la falda del monte, frente a David, insultándole, tirando piedras y levantando polvo.

 

        *•• La conjura de Absalón es uno de los dramáticos episodios que forman parte del atormentado declinar del reinado de David. Los w. 13ss recogen la reacción de David al enterarse de la rebelión de su hijo. Absalón venía preparando con cuidado, desde hacía tiempo, la conjura y había sabido seducir con lisonjas a los israelitas (15,lss), que se pusieron de su parte más por interés que por afecto (v. 13). David huye: su huida, más que una retirada estratégica, parece resignación, como si quisiera evitar un choque directo con su hijo. El rey parte al exilio, aunque el v. 30 describe más bien una peregrinación penitencial, la humilde aceptación de un castigo divino.

El oscuro episodio de la maldición de Semey (16,5-13a) acentúa la sensación de encontrarnos ante una derrota irreparable, atribuida a la voluntad del Señor. Semey pertenece a la familia de Saúl (v. 5), que, con la amenaza de una secesión del norte, constituía un permanente peligro para David.

        La maldición del v. 8 da en el blanco: en cierto modo, David usurpó el reinado de Saúl y teme ahora que Absalón pueda hacer lo mismo. David teme que Dios le haya abandonado, del mismo modo que había abandonado a Saúl (v. 11): por eso rechaza la ayuda del que quiere matar a Semey y acepta la afrenta como una prueba. El rey se siente implicado, si no responsable, en la cadena de los delitos que ensangrientan su casa, desde la violencia cometida por Amnón sobre Tamar al fratricidio de Absalón. Su esperanza es que el sufrimiento de hoy pueda ser ocasión de bien para mañana (v. 12).

 

Evangelio: Marcos 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

1 llegaron a la otra orilla del lago, a la región de los gerasenos.

2 En cuanto saltó Jesús de la barca, le salió al encuentro de entre los sepulcros un hombre poseído por un espíritu inmundo.

3 Tenía su morada entre los sepulcros y ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo.

4 Muchas veces había sido atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y había hecho trizas los grilletes. Nadie podía dominarlo.

5 Continuamente, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.

6 Al ver a Jesús desde lejos, echó a correr y se postró ante él,

7 gritando con todas sus fuerzas: - ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.

8 Es que Jesús le estaba diciendo: - Espíritu inmundo, sal de este hombre.

9 Entonces le preguntó: - ¿Cómo te llamas? El le respondió: - Legión es mi nombre, porque somos muchos.

10 Y le rogaba insistentemente para que no los echara fuera de la región.

11 Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte,

12 y los demonios rogaron a Jesús: - Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.

11 Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.

14 Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos. La gente fue a ver lo que había sucedido.

15 Llegaron donde estaba Jesús y, al ver al endemoniado que había tenido la legión sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor.

16 Los testigos les contaron lo ocurrido con el endemoniado y con los cerdos.

17  Entonces comenzaron a suplicarle que se alejara de su territorio.

18 Al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía que le dejase ir con él.

19 Pero no le dejó, sino que le dijo: - Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.

20 El se fue y se puso a publicar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se quedaban maravillados.

 

        *»• El pasaje es una típica historia de exorcismo, enriquecida por numerosos detalles de no siempre fácil explicación, que hacen pensar en el relato de un testigo ocular. El episodio está ambientado en el este del lago de Tiberíades, en territorio pagano: eso explica la presencia de la piara de cerdos, animales impuros para Israel. La descripción del endemoniado acentúa el carácter dramático de la situación: el caso se presenta de inmediato como grave, y las condiciones en que se encuentra el hombre, como desesperadas. El grito de los demonios irrumpe con fuerza, anticipado además con respecto a la orden de Jesús que lo provoca; como en Mc 1,24, los demonios reconocen a Jesús; más aún, proclaman su divinidad y le piden que los deje estar, porque temen su poder. La descompuesta reacción del desventurado y la furia de los demonios hacen resaltar, por contraste, la imperturbabilidad de Jesús, que les pregunta el nombre como para obligarles a entregarse a él, y les permite refugiarse en los cerdos porque sabe que no tendrán escapatoria.  La imagen de la piara que se precipita en el lago es tal vez simbólica: indica el retorno de los demonios a Satanás, rey de los abismos. La reacción de los presentes, sin embargo, está dominada por el terror: los porquerizos huyen, los paisanos del que había recibido el milagro le ruegan a Jesús que se vaya.

        Quizás era demasiado pronto para que la Palabra de Jesús fuera acogida en un territorio extranjero, no preparado para su venida. Es necesaria la mediación del testigo y del apóstol: en sentido contrario al silencio impuesto normalmente en el evangelio de Marcos, aquí el endemoniado curado recibe la orden de anunciar la noticia a los suyos y proclama en la Decápolis la obra de Jesús.

 

MEDITATIO

        El drama que turba los últimos años de la vida de David se parece, trágicamente, al drama del endemoniado de Gerasa. Violencia, venganza y terror unen a David saliendo de Jerusalén con el infeliz geraseno que vaga entre los sepulcros. Romper grilletes y cadenas (Mc 5,4) no hace más que añadir violencia a la violencia, como cortarle la cabeza a Semey (2 Sm 16,9) no haría más que perpetuar la cadena de las venganzas.

        La liberación que el hombre necesita es algo diferente: David la espera a través de la purificación por el sufrimiento; el geraseno la obtiene de la iniciativa gratuita de Jesús. Nadie le ha pedido que cure a este hombre, que no dispone ni siquiera de su propia voz para implorarlo, puesto que quien grita en él es la legión de demonios que quiere alejar a Jesús. Sorprende la pasividad de los presentes, una pasividad que se transforma, a continuación, en hostilidad abierta respecto a Jesús, un extranjero venido a desbaratar una condición habitual y tranquila: los enfermos están excluidos del consorcio civil y rechazados a un lugar de muerte, los animales impuros son criados y guardados con cuidado. Arrojar la impureza a los abismos y restituir a la sociedad a quien había sido expulsado de ella es un gesto revolucionario, un gesto que rompe los esquemas mentales y da miedo. Es difícil convivir con la libertad: es mejor pedirle a Jesús que se vaya a otra parte (Mc 5,17).

 

ORATIO

        Cuántas veces he intentado romper, Señor, los grilletes y las cadenas. Cuántas veces he creído que las cosas no iban en la dirección adecuada simplemente porque se oponía cualquier obstáculo en la realización de mis planes. He intentado cambiar las cosas, me he rebelado y me parecía justificada la indignación e incluso la ira.

        Hubiera querido «cortar cabezas», como sugería Abisay; he comprobado con todas mis fuerzas que intentaba «mantenerme atado», como hacían los gerasenos. Ayúdame, Señor, a ser dócil como David, que se aleja sin combatir, dejando que se cumpla la voluntad de Dios. Ayúdame y libérame, Señor, de otras cadenas, no de las que puedo romper en un ímpetu de rabia, sino de esas otras interiores del pecado, que tal vez no consigo reconocer ni siquiera ver, pero que son el verdadero enemigo de quien sólo tú me salvas.

 

CONTEMPLATIO

        Si estás tú, Señor, que irrumpan también nuestros adversarios: más que irrumpir sobre nosotros, serán derrotados por ellos mismos. Que acudan de todas partes, serán dispersados igualmente. Perderán toda la fuerza ante la majestad de Dios, como la cera al primer contacto con el fuego. ¿Y habré de temer a quien está destinado a una derrota semejante? Aunque camine en medio de las tinieblas más oscuras, no temeré mal alguno, siempre que tú, Señor, Dios mío, estés conmigo. A una simple orden del Salvador, toda una legión diabólica tuvo que abandonar el cuerpo de un hombre que durante mucho tiempo había estado infestado, y no se atrevieron a hacer mal ni siquiera a una piara de cerdos, antes de que Él lo permitiera.

        Con cuánta mayor facilidad caerán a escuadras [los espíritus malignos] allí donde se encuentren, frente a la majestad de Cristo. Así pues, intrépido y libre de cualquier temor, alegrándote en la alabanza [de Dios], podrás ver todo esto con tus ojos (Bernardo de Claraval, Comentario al salmo 90, Alba 1977, pp. 104ss, passim [edición española: Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1984]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti» (Mc 5,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Afirma Dostoievski que basta con el sufrimiento ineluctable de un niño para hacer saltar todos los silogismos. Como decir: o se cree o no se cree. Así con la existencia del Mal. ¿Acaso no es necesaria la misma humildad para hacer frente a un problema tan desconcertante? Decías: tu designio no va adelante, los cálculos no salen. Tú entendías todo de manera diferente, querías precisamente lo contrario, sin embargo... La infidelidad no querida, la traición consumada por el más querido de tus amigos, ¡y la inocencia que sucumbe! Por no hablar de desventuras mayores, como el furor de la destrucción y de la muerte, la ferocidad que se desencadena a oleadas sobre la humanidad, y la invención de las torturas más refinadas para destruir a un hombre, para aniquilarlo sádicamente y ponerse, a continuación, a reír. Así ocurre tanto en lo grande como en lo pequeño. [...] Satanás: el contradictor, el adversario, el insidioso. Ahora vagabundo y viajante perpetuo. Diablo, es decir, el disgregador, el calumniador, el acusador. Hipóstasis del odio que divide y que separa. Satanás: muchedumbre, masa, el innúmero, el indeterminado. Cuántos nombres, cuántas tareas, cuántas mansiones. Y para cada mansión, una máscara nueva; un nuevo estilo y nuevos trucos.

        Ahora bien, es posible que la forma y el espacio más secretos e insidiosos estén dentro, dentro de esta conciencia nuestra. Dentro de los «dobles pensamientos» que a todos nos asaltan. Este hacernos nosotros mismos pábulo de mal, aunque no lo queramos. Y más aún el oscuro goce del mal ajeno, también instintivo; o mejor: precisamente por ser instintivo, esto es, no deseado, signo de una presencia malvada. Un ser que no se da nunca por vencido y no perdona a nadie. ¿Y qué decir del pobre endemoniado de Gerasa que andaba entre los sepulcros dando alaridos bajo el dominio de todo un infierno? Y más tarde, liberado por fin, invaden los demonios toda una piara de cerdos que se lanzan enloquecidos al mar como para apagar el terrible fuego que los devora. Y es sabido que ni siquiera el mar basta para apagar semejante llama (D. M. Turoldo, // diavolo sul pinnacolo, Cinisello B. 31989, pp. 55-69, passim).

 

 

 

 

Día 2

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO Y PURIFICACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Liturgia de las Horas de hoy

        Esta celebración, a la que sería más propio llamar «fiesta del encuentro» (del griego Hypapánte), se desarrollaba ya en Jerusalén en el siglo IV. Con Justiniano, en el año 534, se volvió obligatoria en Constantinopla, y con el papa Sergio I, de origen oriental, también en Occidente, con una procesión a la basílica de Santa María la Mayor que se celebraba en Roma. La bendición de las candelas (de donde proviene la denominación de «candelaria») se remonta al siglo X. Celebra el episodio que narra san Lucas. Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, a los 40 días del parto, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor y así cumplir su santa Ley. En el templo les salió al encuentro el anciano Simeón, hombre justo y que esperaba la consolación de Israel. El anciano anunció a María su participación en la Pasión de su Hijo, y proclamó a éste "luz para alumbrar a las naciones". De ahí que los fieles, en la liturgia de hoy, salgan al encuentro del Señor con velas en sus manos y aclamándolo con alegría. Es una fiesta fundamentalmente del Señor, pero también celebra a María, vinculada al protagonismo de Jesús en este acontecimiento por el que es reconocido como Salvador y Mesías

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,1-4

Así dice el Señor:

1 Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí, y de pronto vendrá a su templo el Señor, a quien vosotros buscáis; el ángel de la alianza, a quien tanto deseáis; he aquí que ya viene, dice el Señor todopoderoso.

2 ¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se mantendrá en pie en su presencia? Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandera.

3 Se pondrá a fundir y a refinar la plata. Reinará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata, para que presenten al Señor ofrendas legítimas.

4 Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y de Jerusalén, como en los tiempos pasados, como en los años remotos.

 

        **• Dos son los mensajeros presentados por el profeta, y el uno introduce al otro: el que prepara el camino al Señor que viene y el de la alianza, el Esperado. Ángel significa «mensajero» en griego: es interesante que la traducción se refiera al primero como mensajero y reserve el término «ángel», atribuido por lo general a una criatura celeste, al segundo. Con ello se pretende ayudar a distinguir entre el que es sólo precursor y el Mesías suspirado, de origen divino. A través de la sombra elocuente de la figura se pretende señalar, en perspectiva, al Bautista y a Cristo. Uno realizará la tarea del Redentor, el otro la de su Precursor. Uno entrará en el templo, el otro sólo le preparará el acceso. Y Aquel que entrará en el templo santificará en sí mismo los ministros y el culto mediante la ofrenda pura de la nueva alianza.

 

O bien: Hebreos 2,14-18

14 Y, puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo,

15 y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida.

16 Porque, ciertamente, no venía en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abrahán.

17 Por eso tenía que hacerse en todo semejante a sus hermanos, para ser ante Dios sumo sacerdote misericordioso y digno de crédito, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo.

18 Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba.

 

        *» «Carne» y «sangre» fueron reducidos por el enemigo al poder de la «muerte». Carne y sangre vienen de Cristo, Dios hecho hombre, divinizados y liberados de tal esclavitud. La raza de Abrahán queda así restituida a la vida. Y no sólo eso, sino que, como alianza perenne del misterio de la fe, misterio de la redención y misterio de la resurrección de la carne para la vida eterna, he aquí que el divino Hijo unigénito se presenta no sólo como el primero entre muchos hermanos, sino que se hizo para ellos también sumo sacerdote, mediador en su ser humano-divino de la fidelidad de Dios, Padre de la vida. El sumo sacerdote es definido, en efecto, como «misericordioso», porque viene y lo hace «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación».

 

Evangelio: Lucas 2,22-40

22 Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la Ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor,

23 como prescribe la Ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor.

24 Ofrecieron también en sacrificio, como dice la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.

25 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él

26 y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor.

27 Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley,

28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

29 Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar que tu siervo muera en paz.

30 Mis ojos han visto a tu Salvador,

31 a quien has presentado ante todos los pueblos,

32 como luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel.

33 Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él.

34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: -Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción,

35 y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

36 Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que era ya muy anciana. Había estado casada siete años, siendo aún muy joven;

37 después había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, dando culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones.

38 Se presentó en aquel momento y se puso a dar gloria a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

39 Cuando cumplieron todas las cosas prescritas por la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

40 El niño crecía y se fortalecía; estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios.

 

        **• Se presenta en el texto una secuencia interesante con el verbo «ver»: ver la muerte, ver al Mesías, ver la salvación. El anciano Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, se convierte en testigo de que «todas las cosas se cumplieron» según la ley, para que surja el Evangelio.

        Un Niño «signo de contradicción», una Madre llamada a una maternidad mesiánica de dolor junto a su redentor, y un anciano temeroso de Dios son los protagonistas del resumen de todo el Evangelio. Antigua y nueva alianza, Navidad y Pascua: aquí se encuentran en figura todos los misterios de la salvación, aquí se recapitula la historia, se le da cumplimiento en el tiempo, respondiendo a la colaboración y a la expectativa de los justos de todos los tiempos: José y Ana.

 

MEDITATIO

        Podemos considerar la fiesta que hoy celebramos como un puente entre la Navidad y la Pascua. La Madre de Dios constituye el vínculo de unión entre dos acontecimientos de la salvación, tanto por las palabras de Simeón como por el gesto de ofrenda del Hijo, símbolo y profecía de su sacerdocio de amor y de dolor en el Gólgota. Esta fiesta mantiene en Oriente la riqueza bíblica del título «encuentro»: encuentro «histórico» entre el Niño divino y el anciano Simeón, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la profecía y la realidad y, en la primera presentación oficial, entre Dios y su pueblo.

        En un sentido simbólico y en una dimensión escatológica, «encuentro» significa asimismo el abrazo de Dios con la humanidad redimida y la Iglesia (Ana y Simeón) o la Jerusalén celestial (el templo). En efecto, el templo y la Jerusalén antigua ya han pasado cuando el Rey divino entra en su casa  llevado por María, verdadera puerta del cielo que introduce a Aquel que es el cielo, en el tiempo nuevo y espiritual de la humanidad redimida.

        A través de ella es como Simeón, experto y temeroso testigo de las divinas promesas y de las expectativas humanas, saluda en aquel Recién nacido la salvación de todos los pueblos y tiene entre sus brazos la «luz para iluminar a las naciones» y la «gloria de tu pueblo, Israel».

 

ORATIO

        ¿Por qué, oh Virgen, miras a este Niño? Este Niño, con el secreto poder de su divinidad, ha extendido el cielo como una piel y ha mantenido suspendida la tierra sobre la nada; ha creado el agua a fin de que hiciera de soporte al mundo. Este Niño, oh Virgen purísima, rige al sol, gobierna a la luna, es el tesorero de los vientos y tiene poder y dominio, oh Virgen, sobre todas las cosas. Pero tú, oh Virgen, que oyes hablar del poder de este Niño, no esperes la realización de una alegría terrena, sino una alegría espiritual (Timoteo de Jerusalén, siglo VI).

 

CONTEMPLATIO

        Añadimos también el esplendor de los cirios, bien para mostrar el divino esplendor de Aquel que viene, por el que resplandecen todas las cosas y, expulsadas las horrendas tinieblas, quedan iluminadas de manera abundante por la luz eterna; bien para manifestar en grado máximo el esplendor del alma, con el que es necesario que nosotros vayamos al encuentro de Cristo. En efecto, del mismo modo que la integérrima Virgen y Madre de Dios llevó encerrada con los pañales a la verdadera luz y la mostró a los que yacían en las tinieblas, así también nosotros, iluminados por el esplendor de estos cirios y teniendo entre las manos la luz que se muestra a todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquel que es la verdadera luz (Sofronio de Jerusalén, f 638).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra del Señor: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Cómo se comporta Simeón ante la grandiosa perspectiva que ve abrirse para su pueblo, en el despuntar de los nuevos tiempos mesiánicos? Con pocas palabras, nos enseña el desprendimiento, la libertad de espíritu y la pureza de corazón.

        Nos enseña cómo afrontar con serenidad ese momento delicado de la vida que es la jubilación. Simeón mira su muerte con serenidad. No le importa tener una parte y un nombre en la incipiente era mesiánica; está contento de que se realice la obra de Dios; con él o sin él, es asunto que carece de importancia.

        El Nunc dimittis no nos sirve sólo para la hora de nuestra muerte o de nuestra jubilación. Nos incita ahora a vivir y a trabajar con este espíritu, a liberar la casa que construimos, pequeña o grande, de modo que podamos dejarla con la serenidad y la paz de Simeón. A vivir con el espíritu de la pascua: con la cintura ceñida, el bastón en la mano, puestas las sandalias, preparados para abrir al mismo Señor cuando llame a la puerta.

        Para poder hacer esto, es necesario que también nosotros, como el anciano Simeón, «estrechemos al niño Jesús en nuestros brazos». Con él estrechado contra nuestro corazón, todo es más fácil. Simeón mira con tanta serenidad su propia muerte porque sabe que ahora también volverá a encontrar, más allá de la muerte, al mismo Señor y que será un estar todavía con él, de otro modo (R. Cantalamessa, / misten di Cristo nella vita della Chiesa, Milán 1992, pp. 75-78, passim [edición española: Los  misterios de Cristo en la vida de la Iglesia, Edicep, Valencia 1993]).

 

 

Día 3

 Miércoles de la 4ª semana del tiempo ordinario o San Blas

Liturgia de las Horas de hoy

        San Blas fue obispo de Sebaste (Armenia, en la actual Turquía) en los comienzos del siglo IV. Aunque nos deja un tanto perplejos la incertidumbre histórica de lo que tiene que ver con su vida, nos habla de ella la fuerte densidad de la tradición relacionada con él. Su culto, en efecto, es popularísimo, y está ligado sobre todo a la tradicional bendición de la garganta.

        Se lee en su «pasión» que, mientras le conducían al martirio, salió una mujer entre la muchedumbre de los curiosos para poner a su hijito, que se estaba ahogando a causa de una espina de pescado que se le había clavado en la garganta, a los pies del obispo Blas. Éste oró poniendo sus manos en la garganta del niño, que, de inmediato, quedó curado.

        Por otra parte, han florecido otras amenas leyendas en torno a la figura del santo. Este, en efecto, tras haber encontrado refugio en una cueva antes de haber sido hecho prisionero y conducido al martirio, habría curado también la garganta de un león y de otros animales salvajes, expresando así esa benevolencia universal -incluso cósmica que brilla en el corazón de todo verdadero seguidor de Jesús.

       San Blas estaría incluido entre los mártires caídos bajo la  persecución de Licinio. La fecha de su decapitación, el año 316, oscila entre la historia y la leyenda. Estamos al final de la era de los mártires.

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 24,2.9-17

En aquellos días,

2 el rey dijo a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: - Recorred todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y haced el censo del pueblo para que sepa yo cuántos son.

9 Joab informó al rey sobre el resultado del censo del pueblo; había en Israel ochocientos mil hombres aptos para la guerra y diestros con la espada, y en Judá, quinientos mil.

10 Después de hacer el censo del pueblo, David sintió remordimientos de conciencia, y dijo al Señor: - ¡He cometido un gran pecado al hacer esto! Pero dígnate, oh Señor, perdonar el pecado de tu siervo, porque me he portado como un insensato.

11 Al día siguiente, cuando se levantó David, el Señor dirigió esta palabra al profeta Gad, vidente de David:

12 - Vete a decir a David: Así dice el Señor: tres castigos te pongo delante; elige uno de ellos y yo lo llevaré a cabo.

13 Gad se presentó a David y le dijo: - ¿Qué prefieres? ¿Que venga una carestía de tres años a tu tierra, que tengas que huir durante tres meses perseguido por tu enemigo o que haya tres días de peste en tu tierra? Piensa y decide la respuesta que debo dar al que me envía.

14 David dijo a Gad: - Me veo en un gran aprieto. Pero es preferible caer en manos de Dios, cuya misericordia es grande, a caer en manos de los hombres.

15 Y David eligió la peste. Era el tiempo de la siega del trigo. El Señor envió la peste desde la mañana hasta el tiempo fijado, y murieron desde Dan hasta Berseba setenta mil hombres del pueblo.

16 El ángel extendió su mano sobre Jerusalén para exterminarla. Entonces el Señor se retractó del mal y dijo al ángel que exterminaba al pueblo: - Basta; que cese el castigo. El ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo.

17 Cuando David vio al ángel que azotaba al pueblo, dijo al Señor: - Soy yo quien ha pecado y quien ha hecho el mal, pero el pueblo es inocente. Castígame a mí y a mi familia.

 

        **• Los últimos capítulos del segundo libro de Samuel interrumpen la historia de la sucesión de David para insertar, como en apéndice, algunos episodios. El censo dispuesto por David (v. 2) va contra la Ley, según la cual sólo Dios puede cuantificar la consistencia de su pueblo. Por eso David siente remordimientos (v. 10) y el profeta Gad le preanuncia el castigo (v. 13).

        David sólo puede escoger entre la carestía, la derrota y la peste: son los castigos previstos por la Ley para la traición a la Alianza (cf. Dt 28,21-26). David prefiere la peste a la guerra, no sólo por su menor duración, sino

porque un castigo de la mano de Dios permite confiar en la misericordia divina (v. 14), lo que no ocurre cuando el castigo lo aplica la mano del hombre.

        En efecto, el Señor siente piedad y perdona a Jerusalén (v. 16); también el rey siente compasión e intercede por el pueblo inocente, asumiendo la responsabilidad de lo sucedido (v. 17).

 

Evangelio: Marcos 6,1-6

En aquel tiempo, Jesús

1 salió de allí y fue a su pueblo, acompañado de sus discípulos.

2 Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La muchedumbre que lo escuchaba estaba admirada y decía: - ¿De dónde le viene a éste todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por él?

3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí entre nosotros? Y los tenía escandalizados.

4 Jesús les dijo: - Un profeta sólo es despreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.

6 Y estaba sorprendido de su falta de fe.

 

        **• Esta breve perícopa concluye la sección de los milagros e introduce una serie de peregrinaciones de Jesús dentro y fuera de Galilea. La expresión genérica «pueblo» (v. 1) era suficiente para indicar Nazaret; es más precisa la determinación del tiempo: es importante que la manifestación de Jesús tenga lugar el sábado (v. 2). En Israel, cualquier hombre adulto podía comentar la Escritura en la sinagoga: sin embargo, la enseñanza de Jesús es diferente a la de todos los rabinos de aquel tiempo. Aunque sin citar (entre los sinópticos sólo lo hace Lucas [4,17ss]) los versículos de Isaías comentados en Nazaret, Marcos registra el estupor de los presentes. Tres son los motivos de admiración: el origen de las palabras pronunciadas por Jesús; la sabiduría que posee; los prodigios que realiza. Todo esto parece contrastar con la familiaridad que los nazarenos creían tener con él, dado que conocían a sus padres y hermanos.

        La verdadera identidad de Jesús se revela aquí a través de su ser signo de contradicción, piedra de tropiezo, motivo de escándalo (v. 3). Esto mismo constituía ya una característica de los profetas, perseguidos con mayor frecuencia precisamente por aquellos que hubieran debido comprenderles mejor (v. 4). Por esa desconfianza, no pudo realizar Jesús milagros entre sus paisanos: él mismo se muestra sorprendido de esta falta de fe, del mismo modo que los suyos estaban admirados de su autoridad.

 

MEDITATIO

        De este fragmento se desprende la ambigua relación que mantuvo Jesús con su ciudad: los nazarenos, asombrados por sus palabras, se escandalizan de él, y él se sorprende de su incredulidad. Entre líneas parece manifestarse el desconcierto del mismo evangelista: ¿cómo es que los suyos, aquellos que hubieran debido serles más próximos, no creen en él? ¿Cómo es que, precisamente en su ciudad, realiza poco prodigios? Sin embargo, esto no debía sorprender a los israelitas, que conocían bien la historia de los profetas, perseguidos y despreciados a menudo precisamente por su mismo pueblo. Y tampoco debe sorprendernos a nosotros, que nos encontramos, por así decirlo, en la condición de los nazarenos: ¿por qué precisamente las comunidades cristianas se encuentran con frecuencia tan alejadas de la Palabra de Dios? ¿Por qué sucede que los no creyentes conocen mejor la Biblia? ¿Por qué tampoco en nuestros días son escuchadas las voces «proféticas» o, lo que es peor, son marginadas, ridiculizadas, acusadas de herejía?

        En el segundo libro de Samuel es el Señor quien sugiere a David el censo (2 Sm 24,1), mientras que el primer libro de las Crónicas atribuye la idea a Satanás (1 Cr 21,1). En realidad, se trata de una lectura teológica especular: Satanás no es más que un instrumento en manos de Dios (cf. Job 1,6), que pone a prueba la fe de los suyos. David cree seguir una sugerencia exterior, pero no hace más que obedecer a su sed de dominio, que quiere hacerle controlar al pueblo; olvida que es sólo el administrador, no el dueño, del pueblo de Dios.

        El problema, tanto en el caso de David como en el de los nazarenos, consiste en dejarse llevar por la Palabra de Dios sin pretender saber más que ella o juzgar si en el hijo de un carpintero puede manifestarse o no la sabiduría de Dios.

 

ORATIO

        Señor, perdona el orgullo que me impide leer las cosas por dentro. Pretendo siempre ser capaz de dominar los acontecimientos, y me escandalizo cuando no discurre todo según mis previsiones. Perdona, Señor, mi falta de confianza en ti.

        Te acuso de estar lejos, de no escucharme, de no acudir en mi ayuda; sin embargo, soy yo quien no es capaz de hacer el vacío en mi corazón para dejarte espacio.

        Señor, no sé rogarte. No sé dirigirte mis peticiones con sencillez y confianza. Sugiéreme tú las palabras, porque tengo necesidad de ellas: soy un ser humano, Señor, y no soy capaz de soportar el silencio.

No haces prodigios para mí porque yo, como los nazarenos, no creo en ti. No tienes piedad de mí como tuviste piedad de Jerusalén porque no sé reconocer mis culpas como las reconoció David. Ayúdame, Señor.

        Tú no estás lejos de mí: soy yo el que estoy lejos de mí mismo y de ti.

 

CONTEMPLATIO

        Tiene albugo en el ojo aquel a quien la ceguera producto de su presunción de sabiduría y de justicia no le permite ver la luz de la verdad. En efecto, si la pupila del ojo está negra, ve, pero si tiene una mancha blanca, no ve nada. Está claro que si el hombre se reconoce necio y pecador en su meditación, llega a la experiencia de la claridad interior. Ahora bien, si se atribuye el candido brillo de la sabiduría y de la justicia, se excluye por sí mismo de la luz divina; y tanto menos consigue penetrar en la claridad de la verdadera luz cuanto más exalta su presunción a sus propios ojos (Gregorio Magno, La regola pastorale, Roma 31995, pp. 62ss [edición española: Obras, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1959).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?» (Mc 6,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Al cabo de una inmensa preparación, llena de sangre y de luces, una preparación que orienta toda la historia y tiene su propio eje en el destino de Israel, Dios se ha hecho hombre para cambiar el sentido de la muerte y abrir de nuevo a los hombres la plenitud de su vocación. En Cristo, el hombre ha sido restablecido en su dignidad de persona «a imagen de Dios» y por eso, aunque supera infinitamente al mundo, ha sido llamado a transformarlo en «cuerpo de Dios» a través de la difusión de la eucaristía. La meditación de la Iglesia antigua -que fue sintetizada por la regla de fe elaborada por los siete grandes concilios ecuménicos- ha hecho posible el desarrollo de la ciencia y de la técnica «occidentales». Esta meditación está sellada por la sangre de los mártires y por la luz de los transfigurados. [...]

         La historia y el cosmos fueron arrancados así a los dioses y entregados al hombre, aunque sólo en la medida en que el hombre se reconoce criatura y sólo mientras su técnica permanezca al servicio de la celebración. [...] La rebelión moderna constata que «dios» se reduce a unas dimensiones muy determinadas de este mundo: proyección de la lucha de clases en Marx, de la debilidad y del resentimiento en Nietzsche, de una sexualidad reprimida en Freud. En la política, en la medicina o en la psicología se constituyen saberes y técnicas para sofocar la angustia fundamental: reducir las consecuencias destructoras del azar y de la necesidad. Si no hay nada fuera del mundo, el conocimiento de sus leyes, un conocimiento que se pretende total, justifica los regímenes totalitarios. Si no hay nada fuera del placer, es menester producir y consumir hasta la eutanasia final. No bromeaba Solzhenitsin cuando decía que la inflación no tiene otra causa que no sea el pecado.

        El más grande entre todos los concilios ecuménicos fue, sin duda, el de Calcedonia, celebrado el año 453 en la orilla oriental del Bósforo, ese río marino en el que se encuentran Europa y Asia. El concilio de Calcedonia celebró la unión de lo divino y de lo humano, sin separación ni confusión, en Cristo. Pues bien, parece ser que, en el siglo XIX, un cristianismo ampliamente pietista y moralista, y esto puede decirse tanto de Oriente como de Occidente, se olvidó del dogma de Calcedonia. Feuerbach, que en este punto sería seguido por Marx, consideraba que «dios» era la parte mejor del hombre y que éste, a causa de su impotencia, lo proyectaba en un cielo imaginario. De este modo, anunciaba oficialmente la carencia de la vocación a la deificación en el cristianismo de su tiempo. Los dos términos del adagio patrística, tan profundamente «calcedoniano», Dios hecho hombre, el hombre hecho Dios (es decir, plenamente hombre en la unión con Dios), están ahora el uno contra el otro. Es el duelo, descrito por Dostoievski, del hombre-Dios anticristiano contra el Dios-hombre crístico. Calcedonia ha caído en el olvido, Cristo vuelve a ser crucificado (O. Clément, La rívolta dello Spiríto, Milán 1980, pp. 18-23).

Día 4

Jueves 4ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 2,1-4.10-12

1 David, a punto ya de morir, dio a su hijo Salomón estas instrucciones:

2 - Yo voy a morir, ten ánimo y pórtate varonilmente.

3 Sé fiel al Señor, tu Dios, y camina por sus sendas; observa sus mandamientos, preceptos, dictámenes y normas como está escrito en la Ley de Moisés, para que triunfes en todas tus empresas,

4 y el Señor cumpla la promesa que me hizo: «Si tus hijos hacen lo que deben y caminan fielmente en mi presencia con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás un sucesor en el trono de Israel».

10 David se adormeció con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David.

11 Había reinado en Israel cuarenta años; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.

12 Salomón sucedió a su padre, David, en el trono y su reino se consolidó firmemente.

 

        **• El primer libro de los Reyes narra la muerte de David como la muerte de los antiguos patriarcas de Israel: «David se adormeció con sus padres» (v. 10). Es el signo de que David, a pesar de sus errores y de sus pecados, «caminó por los senderos del Señor», según la expresión característica del Deuteronomio y de los libros históricos. Del estilo de la obra histórica deuteronómica son asimismo las últimas recomendaciones del rey a su hijo Salomón, que le sucedió en el trono y que llevó el reino de Israel a su máximo esplendor. El compromiso principal que debe asumir Salomón es seguir la Ley del Señor, entregada a Moisés en el Sinaí (v. 3), y para la que se usan los términos del Deuteronomio: estatutos, mandamientos, preceptos, dictámenes y normas. No se trata sólo de los «Diez mandamientos», sino también de las disposiciones contenidas en los códigos del Pentateuco y de los preceptos rituales que, poco a poco, fueron enriqueciendo la legislación de Israel. La Ley vincula al rey del mismo modo que a todos los demás, con esta diferencia respecto a las otras teocracias de la antigüedad: en Israel, el rey es un hombre y no una divinidad.

        Consecuencia de esta fidelidad a la Ley será el éxito de todos los proyectos del rey (w. 3ss) y, en particular, la permanencia de la casa de David sobre el trono de Israel, según la promesa del profeta Natán: de la estirpe de David, en efecto, nacerá el Mesías.

 

Evangelio: Marcos 6,7-13

En aquel tiempo,

7 llamó Jesús a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

8 Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja.

9 Que calzaran sandalias, pero que no llevaran dos túnicas.

10 Les dijo además: - Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de aquel lugar.

11 Si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudid el polvo de la planta de vuestros pies, como testimonio contra ellos.

12 Ellos marcharon y predicaban la conversión.

13 Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

        **• Tras la visita a Nazaret, y antes de seguir su camino hacia otros territorios, envía Jesús en misión a los Doce (cf. 3,14ss), dándoles el poder de expulsar a los espíritus inmundos (v. 7).

        Podemos distinguir tres pasajes. En el primero, Jesús da disposiciones sobre el estilo de vida (w. 8ss): los enviados no deben llevar provisiones consigo, porque sólo podrán contar con la generosidad de aquellos a quienes se dirijan. En el segundo pasaje, el mandato precisa el método de la predicación: quedarse en la casa que los reciba, pero abandonarla sin añoranza si no les escuchan (w. lOss). Por último, al mandato de Jesús le sigue la ejecución: los discípulos parten, predican la conversión y su obra de exorcismo y de curación resulta eficaz (w. 12ss).

        Esta narración, en su sencillez, sigue un desarrollo lógico. La reducción de la vida a lo esencial, apoyada en una absoluta confianza en el Señor, es condición para poder estar por completo al servicio de la Palabra. La predicación de la Palabra de la verdad y la conformidad con sus dictámenes son, a su vez, dos condiciones para la eficacia de la actividad apostólica.

 

MEDITATIO

        Es posible que no nos preguntemos con una frecuencia suficiente cuáles son las cosas verdaderamente importantes en nuestra vida. Resulta fácil caer en tópicos, adecuarse a los sondeos televisivos, quedarse en la superficie: es importante tener un trabajo, una familia unida, la salud... Cambian las gradaciones, pero éstos son, más o menos, los términos que aparecen en nuestra escala de valores.

        Las lecturas de hoy nos proponen unos parámetros muy diferentes. Los discípulos de Jesús han abandonado ya el trabajo y la familia para seguirle; pues bien, ahora les envía también lejos de él, solos por el mundo, a anunciar el Evangelio. Les impone prescindir de todo lo que a nosotros nos parece indispensable: ni provisiones, ni alforjas, ni dinero, ni túnica de recambio, sino sólo sandalias y bastón. Antes de darle disposiciones más precisas a su hijo Salomón sobre el trato que debe reservar a los enemigos del reino, David le recomienda la obediencia fiel a los preceptos de la Ley, única condición para el buen éxito de cualquier proyecto.

        A buen seguro, la salud, la familia y el trabajo son cosas importantes. Pero no son las primeras que debemos buscar: no son la condición para poder seguir los caminos del Señor; al contrario, son su consecuencia. No digamos: tengo demasiado trabajo para poder comprometerme en el voluntariado; la familia me absorbe y no tengo tiempo de orar; mi salud es frágil y no puedo hacer nada por la Iglesia. Busquemos primero la Palabra del Señor y su alimento, y el resto vendrá por añadidura.

 

ORATIO

        Señor, ayúdame a buscar en primer lugar tu voluntad. Libérame de las preocupaciones sofocantes de la vida cotidiana. Concédeme la serenidad de los lirios del campo y de los pajarillos, que no se angustian por su supervivencia.

        Hazme generoso, Señor. Haz que piense antes en los otros que en mí mismo. Concédeme el discernimiento necesario para realizar cada vez elecciones justas. Señor, me gustaría ser capaz de dar testimonio de ti, de llevar tu Palabra a los hombres en el mundo en el que vivo. Pero me atosigan las dificultades, tengo demasiado miedo a no salir bien del envite, soy tímido y me falta seguridad. Hazme comprender que el éxito no depende de mis capacidades, sino de tu voluntad.

        Concédeme el don de la sencillez, Señor, para que sepa encontrar lo esencial y no me disperse en mil revuelos de actividades superfluas.

 

CONTEMPLATIO

        [El Señor] afirma que sólo puede seguir su camino e imitar su gloriosa pasión aquel que, dispuesto y expedito, no está enredado por los lazos de su patrimonio, sino que, libre y sin nada que le embarace, sigue él mismo a sus riquezas, que ya ha enviado como ofrenda a Dios.

        [...] A aquellos que buscan el reino y la justicia de Dios, les promete que les dará todo lo demás por añadidura. En efecto, puesto que todo pertenece a Dios, nada le faltará a quien posee a Dios, si él mismo no le falta a Dios (Cipriano, «De dominica oratione», en M. G. Mará [ed.], Ricchezza e povertá nel cristianesimo primitivo, Roma 31998, p. 152 [edición española: El padrenuestro (La oración dominical), Nueva Frontera, Madrid 1983]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón» (Mc 6,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús propone a sus discípulos que van en misión un estilo de vida que les afecta en cuanto personas. En efecto, Jesús les pide que vivan el compromiso misionero con sobriedad de vida, con  un estilo de pobreza en el alimento, en el vestido, en las exigencias cotidianas, en las relaciones interpersonales. El sentido profundo de esta reducción a lo esencial está en el hecho de que el Reino de Dios es tan importante, grande y suficiente que hace pasar a segundo plano «el resto».

        La propuesta del Señor a sus discípulos, que van en misión, es vivir con un estilo de gratuidad, de disponibilidad, de prontitud a todo. El motivo radical de esta actitud reside, una vez más, en el hecho de que el Reino de Dios, anunciado por nosotros, consiste precisamente en el amor gratuito, sin reservas y sin condiciones con el que Dios se pone a disposición del hombre.

        Así pues, la propuesta que hace Jesús no ha de ser entendida, en primer lugar o únicamente, como propuesta ascética; se trata de una propuesta mística, en el sentido de que este estilo de vida se convierte en el lenguaje a través del cual se expresa propiamente la naturaleza de lo que comunicamos, el Reino, que vale más que cualquier cosa y es don de la misericordia.

        Ahora bien, ¿qué significa para el apóstol ser pobre, convertirse en pobre? Como respuesta a esta pregunta intentamos tomar no sólo la relación pobreza-cosas, sino también la relación entre la pobreza y la propia persona. Queremos decir: puesto que el Reino de Dios es Dios mismo que se pone a disposición el hombre y que se quiere comunicar a él, el anuncio del Reino pasa como es debido sólo cuando su anunciador se pone a total disposición del hombre. No hay escapatoria. La lógica evangélica es ésta. La disponibilidad real y generosa respecto a la gente se convierte para nosotros en el modo de anunciar el Reino mismo, porque es lo que está en la mente y en el corazón de Dios.

        Como es natural, deberemos preguntarnos qué es lo que contrasta con esta orientación en [nuestra] vida. Creo, por ejemplo, que se ha de considerar como sustancialmente equivocado un estilo de vida o una mentalidad «burgueses» -en términos de dinero, de calendario anual, de uso del tiempo de cada día, etc.-. ...] Creó aún que esta perspectiva evangélica contrasta con el lecho de tener en cuenta aquellas palabras que dicen: Quod superest, date pauperibus. Contrasta con aquel orden de ideas para el que ciertos derechos, incluso en términos de rentas, son considerados como indiscutibles y de tal entidad que nadie puede decirnos nada. Ahora bien, ¿es precisamente verdad que Dios no puede decirnos nada? ¿Que no puede reprocharnos nada a ti y a mí, que queremos ser apóstoles, misioneros, anunciadores del Reino? [...] Este subrayado relativo al camino de la pobreza corre el riesgo de parecer muy retórico. En efecto, si no estamos atentos, todo se queda como está. Sin embargo, es difícil negar el hecho de que, entre las virtudes descritas por el Evangelio, la pobreza es, probablemente, de la que más habla Jesús. Me parece que el Señor quiere hacernos comprender que, si queremos llegar a ser misioneros, debemos hacernos pobres (R. Corti, Guai a me se non evangelizzo, Milán 1984, pp. 63ss).

Día 5

Viernes de la 4ª semana del tiempo ordinario o Santa Águeda

Liturgia de las Horas de hoy

       SANTA ÁGUEDA. Es una de las más famosas vírgenes y mártires de la antigüedad cristiana, y su nombre fue incluido en el canon romano de la misa. Nació en Catania o Palermo hacia el año 230, de padres cristianos, nobles y ricos. En su juventud consagró su virginidad al Señor. Durante la persecución de Decio, Quinciano, gobernador de la isla de Sicilia, sometió a Águeda a los más crueles y vejatorios tormentos porque se negó ella a las pretensiones amorosas de él, no quiso sacrificar a los dioses y se mantuvo firme en su fe cristiana. Según cuenta la tradición, Quinciano, despechado y furioso, ordenó que le cortaran los pechos; sobrevivió ella milagrosamente. Por fin, condenada a la hoguera, murió virgen y mártir en Catania el 5 de febrero del año 251.. Un año después, durante una violenta erupción del Etna, los habitantes de Catania la invocaron para detener la lava exponiendo su velo. 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 47,2-11

2 Como se separa la grasa del sacrificio salvífico, así David fue separado de entre los hijos de Israel.

3 Jugaba con leones como con cabritos, con osos como con corderos.

4 Bien joven aún, ¿no mató al gigante y quitó así el oprobio de su pueblo, lanzando con la honda la piedra que abatió la soberbia de Goliat?

5 Porque él invocó al Señor Altísimo, que hizo fuerte su diestra para matar a un guerrero potente y devolver el honor a su pueblo.

6 Por eso celebraron su triunfo sobre diez mil, y lo alabaron como bendito del Señor, ciñéndole una corona de gloria.

7 Porque él destruyó a los enemigos del contorno y aniquiló a los filisteos, sus adversarios, machacando para siempre su poder.

8 Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo, con palabras de alabanza; con todo su corazón le cantó himnos, mostrando que amaba a su Creador.

9 Puso arpas para el servicio del altar, para que acompañaran con su música el canto.

10 Dio esplendor a las fiestas y ordenó perfectamente las solemnidades, haciendo que alabaran el santo nombre del Señor, llenando de cánticos el santuario desde el amanecer.

11 El Señor perdonó sus pecados y afianzó su poder para siempre, le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.

 

        *» El libro del Eclesiástico o del Sirácida, compuesto probablemente a comienzos del siglo II antes de Cristo, era conocido hasta el siglo pasado sólo en su versión griega, realizada antes del año 132 antes de Cristo por un nieto del autor. Se trata de un libro sapiencial, y en su última parte muestra que la Sabiduría de Dios se ha manifestado en la historia de Israel. Entre otros, se habla también de David, presentado como el hombre elegido previamente por Dios para constituir el reino de Israel (v. 2).

        Las empresas de David están narradas de una forma poética y épica, como empresas de un héroe casi sobrehumano, un héroe que es tal sólo porque ha sido guiado por la mano de Dios. La grandeza de David consiste precisamente en someterse al Señor y en invocar su protección: «Porque él invocó al Señor Altísimo» (v. 5), «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (v. 8), «Puso arpas para el servicio del altar» (v. 9).

        Por esta fidelidad que mantuvo, y no por su fuerza de bandolero, le perdonó el Señor sus pecados y le concedió el reino, la victoria y, sobre todo, la descendencia mesiánica (v. 11).

 

Evangelio: Marcos 6,14-29

En aquel tiempo,

14 la fama de Jesús se había extendido, y el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían que era Juan el Bautista resucitado de entre los muertos y que por eso actuaban en él poderes milagrosos;

15 otros, por el contrario, sostenían que era Elías; y otros, que era un profeta como los antiguos profetas.

16 Herodes, al oírlo, decía: - Ha resucitado Juan, a quien yo mandé decapitar.

17 Y es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: - No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: - Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: - Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: - ¿Qué le pido? Su madre le contestó: - La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró en seguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: - Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza

de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales, no quiso desairarla.

27 Sin más dilación, envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

        *•• La redacción que nos presenta Marcos del martirio de Juan el Bautista es la más extensa, comparada con las de Mateo y Lucas. Nos refiere primero las opiniones de la gente sobre la identidad de Jesús, en respuesta a las preguntas de Herodes (el tema se repite en Mc 8,27ss, donde es el mismo Jesús quien interroga a sus discípulos). Herodes, atormentado por los remordimientos, cree reconocer en el Nazareno al profeta que él había hecho matar (v. 16): así es como queda introducida la narración.

        Se habla, en primer lugar, del arresto de Juan a causa de Herodías: el relato entra de inmediato en el meollo, señalando la valiente acusación al rey como causa del martirio del profeta (w. 18-20). Sigue la narración dramática de las intrigas de Herodías, con la figura de Salomé reducida a instrumento por su pérfida madre (w. 21-25). Herodes aparece aquí más como un hombre débil que como un malvado, súcubo de su mujer, incapaz de resistir a su instinto. Víctima de su mismo imprudente juramento, debe ordenar contra su propia voluntad la decapitación del profeta (w. 26-28). Sin embargo, el remordimiento le perseguirá. El relato se cierra con un toque de piedad: se entrega el cuerpo del profeta a sus discípulos, que le dan sepultura (v. 29).

 

MEDITATIO

        La grandeza de un hombre, según los criterios de la Biblia, se mide por su fidelidad a la Ley del Señor. En esto, las figuras, por otra parte tan diferentes, de David y Juan el Bautista pueden ser asociadas.

        Fidelidad al Señor significa asimismo claridad de juicio y valor en el testimonio. David muestra su fuerza de ánimo cuando hace frente al gigante y cuando combate a los enemigos de Israel, pero sobre todo cuando reconoce, con humildad, su pecado. Se le recuerda no tanto por haber unificado las tribus de Israel bajo su trono, sino por haberse sometido a la palabra del profeta que le fue dirigida en nombre de Dios. Juan no tuvo miedo ante el poderoso Herodes y no vaciló en pronunciar el juicio que le sugería la inspiración del Señor.

        La fe es un don frágil y pesado al mismo tiempo. Frágil, porque basta con poco para ahogarla dentro de nosotros; pesado, porque implica un cambio radical en nuestros criterios y en toda nuestra vida. Ahora bien, la palabra pesado tiene en hebreo la misma raíz que la palabra gloría: la gloria del Señor, que acoge junto a sí a David y al Bautista, es la contrapartida de un «peso» llevado con alegría, porque es «un yugo suave y ligero» (cf. Mt 11,30).

 

ORATIO

        Líbrame, Señor, de la tentación de buscar la gloria humana y de creer en las lisonjas del poder terreno. Son demasiadas las veces que el deseo de sobresalir, de asegurarme privilegios, de entrar en familiaridad con las personas «importantes», me lleva a olvidar la coherencia y la fidelidad a tus enseñanzas.

        Señor, hazme firme en la fe. Concédeme el coraje que no tengo. Hazme superar el respeto humano que me impide dar testimonio de ti frente al mundo.

        Haz que no vacile ante el deber de elegir. El débil Herodes, la oportunista Herodías, la superficial Salomé, están muy cerca de mí: concédeme, Señor, la fuerza de ponerme de parte de Juan el Bautista, de parte de la verdadera vida. Haz que no tenga más que tu Palabra en mi cabeza.

 

CONTEMPLATIO

        El que se mira sólo a sí mismo vive con poco temor de Dios, no observa la justicia; más aún, la traspasa y comete muchas injusticias; se deja contaminar por las lisonjas de los hombres unas veces por dinero, otras por complacer a quienes le piden un favor que será una injusticia obtenerlo; otras veces, para huir del castigo por la falta que había cometido, será liberado, allá donde la vara de la justicia debía caerle encima. Ése ha obrado como hombre inicuo. [...] ¿Cuál es el motivo? Tener amor propio, que es de donde brotan las injusticias. [...]

        Y, sin embargo, os digo que quisiera que fuerais justos, que reluciera en vuestro pecho la perla de la justicia (Catalina de Siena, Le lettere, Milán 1987, pp. 393ss [edición española: Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (Eclo 47,8).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Los periódicos están repletos de noticias alarmantes: corrupción, administradores que no respetan las leyes, juntas que caen, funcionarios envueltos en tormentas de escándalo, instituciones inoxidables corrompidas por la herrumbre de la sospecha.

        Dichosos vosotros si, en el asedio de los problemas comunitarios que os acosan, en el tráfico de las preocupaciones políticas que os angustian, en la encrucijada de los delicadísimos equilibrios que os mantienen como funámbulos suspendidos en el vacío, sois lo suficientemente testarudos para encontrar el espacio necesario para descongestionaros del afán de las cosas y para reconstruiros, en el interior de la familia, gruesas capas de humanidad. Lo sabéis: el pueblo os propone muchos problemas (la casa, el trabajo, la enseñanza, la salud) para que se los resolváis, y debéis hacerlo dando siempre prioridad a la parte más indefensa de vuestra gente. Con todo, existe la impresión de que, en ocasiones, el timonel de la barca sigue rumbos impuestos por los jeques locales, no por la gente pobre, y que las velas recogen sólo los vientos de quienes tienen más resuello en el cuerpo, y no los suspiros de quienes jadean porque carecen de todo.

        Tened el coraje de oponeros, pagando incluso con vuestra propia persona, cuando en la distribución de los cargos, en la asignación de las contratas de trabajo, en la elaboración de planes de fabricación, en la destinación de las áreas urbanas, se tienen presentes los intereses de los que están bien y se pisotean los derechos primarios de los que están sumidos en la desesperación o, en todo caso, se suplantan las exigencias de la comunidad.

        Frente [a la tragedia] que se consuma ante la indiferencia general, ¿cuáles deben ser las actitudes de las personas civiles que apenas quieren comenzar a deletrear el alfabeto de la solidaridad? En primer lugar, es menester denunciar los daños ya ocasionados (A. Bello, Vegliare nella notte, Cinisello B. 1995, pp. 9, 32ss, 164 [edición española: Asoma la esperanza, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).

 

 

 

Día 6

 Sábado de la 4ª semana del Tiempo ordinario o San Pablo Miki y compañeros

Liturgia de las Horas de hoy

 

        Pablo Miki, jesuita japonés, fue uno de los veintiséis mártires que, el 5 de febrero de 1597, murieron crucificados en la colina de Tateyama -llamada después «colina santa»-, cerca de Nagasaki, a causa de su fe católica. La evangelización de Japón había empezado con san Francisco Javier (1549-1551) y se había desarrollado gracias a la acción de sus hermanos de religión, hasta el punto de que, en 1587, los cristianos formaban ya una Iglesia numerosa de 250.000 miembros.

        Pocos años después empezaron graves dificultades, y el emperador, que al principio había favorecido a los misioneros, decretó la expulsión de los misioneros jesuitas, encarceló a seis franciscanos españoles -llegados entretanto- y a tres jesuitas japoneses. La represión fue dura.

        Pablo Miki era hijo de un oficial. Había sido educado en el colegio jesuita de Anziquaiama y en 1580 entró en la compañía de Jesús. Era conocido por la calidad de su vida y por su capacidad de comunicar el Evangelio. Todavía no era sacerdote. Murió crucificado junto a otros veinticinco cristianos: seis misioneros franciscanos españoles, un escolástico y un hermano jesuita japonés y diecisiete laicos también de esta nacionalidad. Fueron los primeros mártires del Extremo Oriente inscritos en el martirologio. Fueron canonizados por Pío IX el 8 de junio de 1862.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 3,4-13

En aquellos días,

4 el rey fue a sacrificar a Gabaón, el altozano más importante, y ofreció mil víctimas en holocausto sobre aquel altar.

5 Allí, el Señor se le apareció en sueños durante la noche y le dijo: - Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré.

6 Salomón respondió: - Tú favoreciste mucho a mi padre, David, tu siervo, porque caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón, y le has conservado tu favor dándole un hijo que se sienta en su trono, como hoy sucede.

7 Y ahora, Señor, Dios mío, tú me has hecho rey a mí, tu siervo, como sucesor de mi padre, David, pero yo soy muy joven y no sé cómo gobernar.

8 Tu siervo está en medio del pueblo que te has elegido, un pueblo numeroso, que no se puede contar y cuya multitud es incalculable.

9 Da, pues, a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?

10 Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón,

11 y le dijo: - Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para obrar con justicia,

12 te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no ha habido antes de ti ni lo habrá después.

13 Pero además te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria en tal grado que no habrá en tus días rey alguno como tú.

 

        **• El fragmento narra el sueño de Salomón siguiendo la estructura de la fábula popular. El protagonista aparece como el héroe positivo que sigue la Ley y ofrece sacrificios al Señor, por lo cual puede pedir algo como don (w. 4ss).

        En este punto, aparece la grandeza de Salomón en el núcleo del fragmento (w. 6-9): tras haber recordado los beneficios concedidos por el Señor a David (v. 6), confiesa el rey su propia juventud e inexperiencia (v. 7) y pide sabiduría para gobernar al pueblo según la justicia (w. 8ss). Las expresiones usadas por Salomón son típicas del lenguaje sapiencial y profético: «un corazón sabio» para gobernar al pueblo y poder para «discernir entre lo bueno y lo malo». El «corazón», según la antropología bíblica, es la sede del pensamiento y el lugar donde se toman las decisiones profundas.

        Como en las fábulas, la petición complace a su destinatario y no sólo es escuchada, sino que éste añade también aquello que el joven no ha pedido: además de la sabiduría, la riqueza y la gloria en mayor medida que cualquier otro rey (vv. 11-13).

 

Evangelio: Marcos 6,30-34

En aquel tiempo,

30 los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

31 Él les dijo: - Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer.

32 Se fueron en la barca, ellos solos, a un lugar despoblado.

33 Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos.

34 Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

        **• Tras el paréntesis sobre el martirio del Bautista, el fragmento enlaza de nuevo con el envío en misión de los Doce (Mc 6,7-13). Se trata de un breve momento de intimidad entre Jesús y los suyos. A la vuelta de la misión, refieren los discípulos al Maestro cómo les ha ido. Éste les invita a descansar con él en un lugar solitario (v. 31). Es raro que el grupo de Jesús consiga separarse de la multitud, e incluso esta vez la soledad dura poco de hecho: el espacio que ocupa un versículo (v. 32), el más breve, que, de manera significativa, se encuentra en el centro del pasaje. Inmediatamente después, la gente, que había hecho a pie el trayecto a lo largo de la orilla del lago, alcanza a Jesús. Éste, compadecido de ella, la acoge.

        La perícopa tiene una estructura en quiasmo, esto es, en forma de «X». Al v. 30, acción y enseñanza de los discípulos, le corresponde el v. 34, la enseñanza de Jesús; al v. 31, propuesta de alejarse de la multitud, le corresponde el v. 33, donde la multitud vuelve a ser protagonista con un movimiento de nueva aproximación a Jesús. La atención se concentra en el v. 32, puesto en el centro, cuando el grupo se dirige en barca hacia un lugar apartado: la comunidad de los Doce se reagrupa y reanima, en vistas a la nueva y magna sección de los milagros con la doble multiplicación de los panes.

        El milagro de los panes, con su hondo significado, es anunciado previamente por la doble alusión a la necesidad insatisfecha de alimento, material y simbólico: los discípulos «no tenían ni tiempo para comer» (v. 31), las muchedumbres «eran como ovejas sin pastor» (v. 34).

 

MEDITATIO

        Lo esencial en la vida no es lo que parece más importante a los ojos de los hombres. El poder y la gloria del más grande entre los reyes de Israel es nada frente a la Palabra del Señor: Salomón no es grande, en la historia de la salvación, por sus riquezas, por sus relaciones con los imperios del tiempo, ni siquiera por la sensatez de sus juicios. Salomón es grande porque supo dirigir al Señor la oración justa. No se consideró a sí mismo como sabio, sino que imploró, como un don de lo alto, la sabiduría, y la obtuvo gracias a esta humildad suya.

        Cuando los discípulos vuelven con Jesús a contarle el éxito de su misión («expulsaban a los demonios y curaban a los enfermos»: Me 6,13), el Maestro no hace caso a lo que cuentan, sino que los llama para algo más esencial aún que el éxito: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco» (6,31). En el mundo convulso en el que nos hemos acostumbrado a vivir, hemos perdido la dimensión del reposo; nos creemos generosos y buenos porque nos dispensamos sin reserva, sin conservar ya espacio alguno para nosotros, sin casi tener tiempo para «comer».

        Jesús nos recuerda que no es posible vivir sin alimento. Nos recuerda la simple realidad de nuestra condición humana, donde mostrarse demasiado activo tal vez signifique presunción y orgullo. Pero nos recuerda, sobre todo, el alimento del que no podemos prescindir, so pena de la nulidad de todo lo demás: sin retirarnos aparte para la oración, sin acercarnos a la mesa de la Palabra y de la eucaristía, se seca nuestro corazón y se marchita nuestra fe.

 

ORATIO

        La oración, Señor, no resulta tan fácil. Es preciso hacer silencio dentro de nosotros, retirarnos aparte, si no físicamente, sí al menos con el pensamiento y en lo que atañe a las preocupaciones.

        Ayúdame, Señor, porque no sé buscar la soledad donde pueda estar solo contigo. No sé ni siquiera buscar el reposo, y el «tiempo libre» me dispersa en mil distracciones. Libérame tú, Señor, del apremio que supone tener siempre algo que hacer, del frenesí de estar siempre en medio de la gente, de la búsqueda extenuante de rumores y confusión. Ya no sabemos escuchar el silencio, y hasta en los templos, durante las celebraciones, llenamos todos los huecos de músicas y cantos.

        Concédeme la capacidad de descubrir tu voz en las cosas pequeñas: en el reposo, en el sueño, cuando todo lo demás está en silencio y sólo tú puedes entrar en lo íntimo de los corazones. Hazme atento, Señor, y haz que también yo, como Salomón, te pida sabiduría.

 

CONTEMPLATIO

        Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi apóstol dice: In quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae Dei absconditi; esto es: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios (Col 2,3); los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber (san Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid l41994, libro 2, capítulo 22, nn. 3-4, p. 368).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Da, pues, a tu siervo un corazón sabio» (1 Re 3,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Día tras día tenemos que tomar gran cantidad de decisiones. Hablar o callar, optar por uno u otro extremo de una alternativa, elegir entre más posibilidades, aceptar o declinar una invitación o una llamada, hacer una cosa o simplemente omitirla: son algunos de los múltiples aspectos de esa experiencia elemental que es la capacidad de decidir, característica fundamental de nuestra condición humana. Son muchas las opciones que forman parte de cualquier hábito casi automático, de esos que no exigen ninguna atención especial; ahora bien, en la vida se presentan momentos fuertes que nos ponen frente a situaciones difíciles. Algunas veces la decisión es de gran alcance: sus consecuencias son tal vez irreversibles y afectan a lo profundo de nuestra vida o, en ocasiones, al destino de muchos [...] [La] dimensión central de la vida del Salvador, que es vivir en un contexto de oración la toma de sus decisiones, constituye un dato evangélico primario, al que debemos estar atentos en nuestro esfuerzo de autoevangelización y de crecimiento en la fe.

        Las grandes decisiones que debe tomar un cristiano en su vida no pueden perder de vista los ejes de referencia de su propia opción fundamental. Por eso no deben ser el resultado puro y simple de un proceso desvinculado, funcionalmente, de aquello que da alimento y significado existencial a la vocación cristiana. Para un cristiano, decidir es esforzarse por encontrar y hacer explícita por sí mismo la voluntad del Señor, y eso no es fácil. No lo es, sobre todo, cuando se amplía la gama de las posibles opciones o cuando gozamos de libertad plena para inclinar la balanza de un lado o de otro, por ser ambos buenos y recomendables. Y es que aquí estamos hablando precisamente de ese tipo de decisiones cuyo objeto es siempre bueno. No considero aquí el caso de la elección entre un bien y un mal: hablo de la opción entre bienes reales, eventualmente tan buenos que nos hacen difícil llegar a una conclusión límpida sobre la orientación que hemos de tomar. [...]

        Sólo una rectitud total, en presencia del Señor, nos permite localizar poco a poco el subsuelo profundo de nuestra voluntad y de nuestro obrar. Intentar hacerlo ya es, en parte, caminar hacia la libertad. Con la fuerza del Espíritu en nosotros, y a través de su acción sobre nosotros en la oración, empezaremos a comprender en lo más íntimo de nosotros mismos y llegaremos a percibir, en la verdad, cuan relativo es todo lo que no es Dios en nuestra vida.

        Las grandes decisiones que hemos de tomar en nuestra vida forman parte de la manifestación y del incremento del Reino de Dios: en consecuencia, deben ser tomadas en el ámbito de la conciencia cristiana, a saber: en el ámbito de la orientación y de la referencia de todo nuestro ser a Dios y a los hermanos, a la luz de los criterios y los valores fundamentales que nos explica Jesús en su vida y en su mensaje. Eso no es posible si no vivimos el discernimiento de la decisión en un contexto de oración; sólo ésta, en efecto, nos hace libres para referir nuestra verdad a la verdad de Dios, condición imprescindible de paz y de rectitud frente a la decisión. Discernir en la oración es abrirse sin reservas, en medio de la libertad y de la verdad, para buscar lo que Dios quiere. Decidir, practicando el discernimiento y la oración, es disponerse a expresar, en la vida y con la vida, la voluntad del Señor tal como la hemos reconocido y hecho nuestra (M. Azevedo, La preghiera nella vita, Milán 1989, pp. 219-228, passim [edición española: La oración en la vida, desafío y don, Editorial Verbo Divino, Estella 1990)].

 

Día 7

5º domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 6,1-2a.3-8

1 El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor sentado en un trono alto y excelso. La orla de su manto llenaba el templo.

2 De pie, junto a él, había serafines con seis alas cada uno.

3 Y se gritaban el uno al otro: «Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria».

4 Los quicios y dinteles temblaban a su voz, y el templo estaba lleno de humo.

5 Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en un pueblo de labios impuros, he visto con mis propios ojos al Rey y Señor todopoderoso».

6 Uno de los serafines voló hacia mí, trayendo un ascua que había tomado del altar con las tenazas;

7 me lo aplicó en la boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, desaparece tu culpa y se perdona tu pecado».

8 Entonces oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré?, ¿quién irá por nosotros?». Respondí: «Aquí estoy yo, envíame».

 

*•• El texto nos habla de la vocación de Isaías, ejemplo de la profunda experiencia religiosa del profeta. Fue escrito en torno al año 742 a. de C, que fue el de la muerte de Ozías, fin de un período de prosperidad y autonomía para Israel. El tema de fondo sigue siendo la santidad y la gloria de Dios, que trasciende toda grandeza y poder humanos. El escenario es el templo de Jerusalén, y la descripción nos presenta con rasgos antropomórficos al Señor en el trono, rodeado de serafines.

La primera parte (w. 1-4) nos presenta la teofanía de Dios y su trascendencia con diferentes términos simbólicos y litúrgicos: «Trono alto y excelso», «la orla de su manto llenaba el templo. De pie, junto a él, había serafines con seis alas cada uno. Y se gritaban el uno al otro: "Santo, santo, santo es el Señor todopoderoso"».

En la segunda parte (w. 5-8), la visión del profeta describe al hombre frente al trono de la divinidad. Ante la grandeza de Dios nace de improviso en el profeta la conciencia de su indignidad y de su propio pecado. En ese momento, interviene Dios: purifica al hombre y le infunde una nueva vida al tocar sus labios. El Señor se dirige después a la asamblea de los serafines y les consulta sobre el gobierno del mundo (v. 8a). Sin embargo, de una manera indirecta, la voz de Dios interpela y llama a Isaías para que, investido de la gloria y de la santidad de Dios, vaya a profetizar en su nombre. El profeta se declara dispuesto para su misión y responde a la petición que Dios le dirige: «Aquí estoy yo, envíame» (y. 8). Es la plena disponibilidad de quien se deja invadir por un Dios que salva.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 15,1-11

1 Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié, que recibisteis y en el que habéis perseverado.

2 Es el Evangelio que os está salvando, si lo retenéis tal y como os lo anuncié; de no ser así, habríais creído en vano.

3 Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras;

4 que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras;

5 que se apareció a Pedro y luego a los Doce.

6 Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto.

7 Luego se apareció a Santiago y, más tarde, a todos los apóstoles.

8 Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara.

9 Yo, que soy el menor de los apóstoles, indigno de llamarme apóstol por haber perseguido a la Iglesia de Dios.

10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Al contrario, he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

11 En cualquier caso, tanto ellos como yo esto es lo que anunciamos y esto es lo que habéis creído.

 

**• El texto paulino está motivado por las objeciones de los corintios: la duda sobre la verdad de la resurrección de Cristo, en detrimento no sólo de la integridad de la fe, sino también de la unidad de la misma Iglesia. Pablo responde con argumentos de fe y con el «Credo» que él les ha transmitido. El acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto del testimonio apostólico: son muchos, y todos dignos de fe, los que constataron el sepulcro vacío y vieron resucitado al Señor. Entre ellos estoy también yo -afirma Pablo-, que «por la gracia de Dios soy lo que soy» (v. 10).

El acontecimiento de la resurrección de Jesús ha entrado también en la predicación apostólica. A partir de ella, los apóstoles no sólo se adhirieron a la novedad de Cristo con todas sus fuerzas, sino que invistieron también con ella su tarea misionera. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra predicación -afirma todavía Pablo- y nosotros habríamos trabajado en vano. El mismo acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto directo e inmediato de la fe de los primeros cristianos: si Cristo no hubiera resucitado, vana sería también vuestra fe -remacha el apóstol- y todos nosotros seríamos las personas más infelices del mundo. Infelices por haber sido engañadas y decepcionadas. Está claro, por consiguiente, que al servicio de este acontecimiento fundador del cristianismo está no sólo la tradición apostólica, sino también el testimonio de la comunidad creyente y de todo auténtico discípulo de Jesús.

 

Evangelio: Lucas 5,1-11

En aquel tiempo,

1 estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la Palabra de Dios.

2 Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.

4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: -Remad lago adentro y echad vuestras redes para pescar.

5 Simón respondió: -Maestro, hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada, pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes.

6 Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían,

7 hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.

8 Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

9 Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado;

10 e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: -No temas; desde ahora serás pescador de hombres.

11 Y después de llevar las barcas a tierra, dejaron todo y lo siguieron.

 

**• El evangelista nos presenta la vocación de los discípulos con una simple nota final, después de la enseñanza a las muchedumbres (w. 1-3) y de una serie de milagros a través de los cuales Jesús manifiesta el poder de Dios en Cafarnaún (4,33-41). Lucas nos recuerda en la vocación de los primeros discípulos, como también hace Marcos, las estructuras esenciales del discipulado -la iniciativa de Cristo y la urgencia de la llamada-, pero subraya sobre todo el desprendimiento y el seguimiento.

El abandono debe ser radical por parte del discípulo: «Dejaron todo y lo siguieron» (v. 11), y el seguimiento es consecuencia de una toma de conciencia respecto a Jesús de una manera consciente y libre. Con todo, el tema principal del relato no es ni el desprendimiento ni el seguimiento, sino brindarnos unas palabras seguras del Maestro: «Desde ahora serás pescador de hombres» (v. 10). Existe una estrecha relación entre el milagro de la pesca milagrosa y la vocación del discípulo, y esa relación está afirmada en el hecho de que la acción del hombre sin Cristo es estéril, mientras que con Cristo se vuelve fecunda. Es la Palabra de Jesús la que ha llenado las redes y es la misma Palabra la que hace eficaz el trabajo apostólico del discípulo. Éste se siente llamado así, como el apóstol Pedro, a abandonarse con confianza a la Palabra de Jesús, a reconocer su propia situación de pecador y a responder a su invitación obedeciendo incluso cuando un mandato pueda parecerle absurdo o inútil. La respuesta de la fe es así fruto de la acogida de una revelación y de un encuentro personal con el Señor.

 

MEDITATIO

Los dos relatos que nos han referido la primera lectura y el evangelio de hoy siguen el esquema bíblico clásico de las llamadas a colaborar con Dios en la salvación del pueblo. En ese esquema está previsto siempre un primer movimiento, «centrípeto», en el que Dios (o Jesús) atrae de una manera irresistible al llamado hacia él, haciéndole pasar por una intensa experiencia religiosa; y, después, viene un segundo movimiento, «centrífugo», en el que el llamado es vuelto a enviar a su pueblo, repleto de fuerza y de valor para obrar a favor del mismo: «¿A quién enviaré?, ¿quién irá por nosotros?» (...) «Vete a decir a este pueblo» (Is 6,8.9). «No temas; desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10).

La llamada de Dios no se dirige a unos de manera exclusiva (sacerdotes, religiosos, religiosas), sino que, como ha confirmado en sus documentos el Concilio Vaticano II, se dirige a todos y cada uno de los bautizados. Cada uno de nosotros está invitado a «trabajar» por la salvación de los hermanos, según las hermosas palabras de Pablo que aparecen en el fragmento de la primera Carta a los Corintios que acabamos de leer: «La gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Al contrario, he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Cor 15,10).

En consecuencia, deberemos preguntarnos si nuestro «trabajo» se encuadra en la visión evangélica de las cosas. Habremos de preguntarnos, entre otras cosas, si es consecuencia de habernos dejado fascinar, como los discípulos y Pedro, por Jesucristo y por su preocupación central. Porque ésa es la raíz de toda auténtica actividad eclesial. El resto puede ser activismo, mera búsqueda de nuestra propia satisfacción e incluso exhibicionismo: un «pescar hombres» no para aquella vida abundante que Jesús ha venido a traernos (Jn 10,10), sino para nosotros mismos, o sea, para la muerte. Sólo volviendo a reavivar con frecuencia el fuego en nuestro contacto con él podremos también nosotros ir a los otros, como Pablo, llevándoles el gran anuncio de la resurrección, que es victoria de la vida sobre la muerte.

 

ORATIO

Has querido asociarnos, Señor, a tu espléndida obra de salvación de la humanidad. Has puesto en nuestras manos la red para pescar hombres en el gran mar del mundo. Nos has elegido para la realización de tu ilimitado deseo de vida, de una vida abundante para tus hermanos y hermanas. Te estamos agradecidos por ello, Señor.

En tu generosidad nos has hecho un gran don, porque de este modo nos hemos convertido, en cierto modo, en las manos con las que sigues actuando hoy en el mundo. Quisiéramos ser fieles en la respuesta a tu llamada. Quisiéramos volver a dejarnos fascinar frecuentemente de nuevo por tu Palabra y por tu invitación, de tal modo que toda nuestra acción esté siempre llena de sentido evangélico. Toca nuestra boca con el carbón ardiente que purifica, como hizo aquel serafín con Isaías, y entonces sólo saldrán de ella palabras de vida para nuestros hermanos. Sostennos constantemente con tu gracia, del mismo modo que sostuviste a Pablo en medio de tantas dificultades. Si lo haces, podremos estar seguros de nuestra fidelidad y de nuestro valor indomable.

 

CONTEMPLATIO

Llamar amado al Verbo y proclamarlo «bello» significa atestiguar sin ficción y sin fraude que ama y que es amado, admirar su condescendencia y estar llenos de estupor frente a su gracia. Su belleza es, verdaderamente, su amor, y ese amor es tanto más grande en cuanto previene siempre [...].

¡Qué bello eres. Señor Jesús, en presencia de tus ángeles, en forma de Dios, en tu eternidad! ¡Qué bello eres para mí, Señor mío, en tu eternidad! ¡Qué bello eres para mí, Señor mío, en tu mismo despojarte de esta belleza tuya! En efecto, desde el momento en que te anonadaste, en que te despojaste -tú, luz perenne- de los rayos naturales, refulgió aún más tu piedad, resaltó aún más tu caridad, más espléndida irradió tu gracia.

¡Qué bella eres para mí en tu nacimiento, oh estrella de Jacob!, ¡qué espléndida brotas, flor, de la raíz de Jesé!; al nacer de lo alto, me visitaste como luz de alegría a mí, que yacía en las tinieblas. ¡Qué admirable y estupendo fuiste también por las eternas virtudes cuando fuiste concebido por obra del Espíritu Santo, cuando naciste de la Virgen, en la inocencia de tu vida! Y, después, en la riqueza de tu enseñanza, en el esplendor de los milagros, en la revelación de los misterios. ¡Qué espléndido resurgiste, después del ocaso, como Sol de justicia, del corazón de la tierra!

¡Qué bello, por último, en tu vestido, oh Rey de la gloria, te volviste a lo más alto de los cielos! Cómo no dirán mis huesos por todas estas cosas: «¿Quién como tú, Señor?» (Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar de los cantares 45, 8ss, passim)

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Poderoso ha hecho cosas grandes por mí, su nombre es santo» (Lc 1,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El encuentro con Dios me hace entrever continuamente nuevos espacios de amor y no me hace pensar lo más mínimo en haber hecho bastante, porque el amor me impulsa y me hace entrar en la ecología de Dios, donde el sufrimiento del mundo se convierte en mi alforja de peregrino. En esta alforja hay un deseo continuo: «Señor, si quieres, envíame. Aquí estoy, dispuesto a liberar al hermano, a calmar su hambre, a socorrerle. Si quieres, envíame».

En un mundo tan poco humano, donde la gente llora por las guerras, por el hambre, el encuentro con Dios nos transforma, nos hace tener impresos en el rostro los rasgos de Dios, nos hace tener en el rostro el amor que hemos encontrado, junto con un poco de tristeza por no ver realizado este amor. Yo he encontrado al Señor, pero he encontrado asimismo nuestras miserias y, ante las más grandes injusticias - y muchas de ellas las he visto de manera directa-, nunca he podido ni he querido decir: «Dios, no eres Padre». Sólo me he visto obligado a decir justamente: «Hombre, hombre, no eres hermano». Y he vuelto a prometer a mi corazón el deseo de llegar a ser yo más fraterno, más hombre de Dios, más santo, a fin de propagar más el amor concreto que nos lleva a socorrer a los hambrientos, a las víctimas de la violencia, a los que no conocen ni siquiera sus derechos, a los que ya no se preguntan de dónde vienen ni a dónde se dirigen.

Es preciso vivir el carácter cotidiano del encuentro con él, cambiando nosotros mismos. He visto realizarse muchos sueños inesperados. Pero el acontecimiento más extraordinario, que todavía me sorprende, empezó cuando niños, jóvenes, personas de todas las edades, me eligieron como padre, como consejero y como cabeza de cordada. No me esperaba precisamente esto, y cada vez que un alma, un corazón, se confía a mí para que le aconseje, dentro de mí caigo de rodillas y me repito: «¿Quién soy yo, quién soy yo para ser digno de guiar a personas más buenas que yo? No, no soy digno, pero, Señor, por tu Palabra, también yo "me volveré red" para tu pesca milagrosa» (E. Olivero, Amare con ¡l cuore di Dio, Turín 1993, pp. 7-9).

 

 

Día 8

Lunes 5ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,1-7.9-13

En aquellos días,

1 Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de tribu y cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David (es decir, Sión).

2 Se reunieron en torno al rey Salomón todos los israelitas el mes de Etanín, que es el mes séptimo, con motivo de la fiesta.

3 Cuando llegaron los ancianos de Israel, los sacerdotes tomaron el arca

4 y la subieron junto con la tienda del encuentro y todos los utensilios sagrados que había en ella.

5 La subieron los sacerdotes y los levitas.  El rey Salomón y toda la asamblea de Israel con él inmolaron ante el arca ovejas y toros en gran cantidad.

6 Los sacerdotes dejaron el arca de la alianza del Señor en su lugar, en el camarín del templo, es decir, en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines.

7 Los querubines tenían las alas extendidas sobre el lugar en el que se encontraba el arca, cubriendo el arca y sus varales.

9 En el arca no había más que las dos losas de piedra, depositadas en ella por Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto.

10 Mientras los sacerdotes salían del lugar santo, una nube llenó el templo del Señor,

11 de modo que los sacerdotes no podían oficiar, por causa de la nube. La gloria del Señor llenaba el templo.

12 Entonces, Salomón exclamó: Tú, Señor, dijiste que habitarías en una nube oscura.

13 Pero yo te he construido una casa para que vivas en ella, un lugar donde habites para siempre.

 

        *• Se trata de una etapa importante de la historia de la salvación, de esas que marcan el cumplimiento de una larga espera y prefiguran la venida de una realidad ulterior.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, y mientras relee la historia de Israel a la luz de Cristo, Esteban nos habla así: «Nuestros antepasados tenían en el desierto la tienda del testimonio, como había dispuesto el que mandó a Moisés hacerla según el modelo que había visto. Después de recibirla, nuestros antepasados la introdujeron, bajo la guía de Josué, en la tierra conquistada a los paganos, a quienes Dios expulsó delante de ellos. Así hasta los días de David. Esto agradó a Dios y suplicó el favor de encontrar un santuario para la estirpe de Jacob. Con todo, fue Salomón quien le edificó una casa» (Hch 7,44-47).

        La construcción del templo de Salomón representa, por consiguiente, la culminación de esta historia que parte de la promesa de Dios en el Sinaí: «Me harán un santuario y habitaré entre ellos» (Ex 25,8).

        Es la historia del éxodo: un pueblo que se va constituyendo en torno a la alianza, cuya memoria itinerante es el arca; un camino guiado por el Dios-Presente, el Dios a quien la nube oculta y revela; una relación cada vez más profunda y personal entre Dios y el hombre, una relación de la que la gloria del Señor es signo luminoso, esplendor consistente que brilla en el rostro de quien ha encontrado a Dios. Ésta es la historia que, como signo, encierra el templo.

 

Evangelio: Marcos 6,53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos,

53 terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron.

54 Al desembarcar, lo reconocieron en seguida.

55 Se pusieron a recorrer toda aquella comarca y comenzaron a traer a los enfermos en camillas a donde oían decir que se encontraba Jesús.

56 Cuando llegaba a una aldea, pueblo o caserío, colocaban en la plaza a los enfermos y le pedían que les dejase tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que lo tocaban quedaban curados.

 

        *•• Encontramos a Jesús tras la enésima travesía del lago, casi ha cosido las dos orillas: la del este, orilla de los paganos; la del oeste, orilla de los judíos. Una vez llegado a Galilea -y la gente lo reconoce-, nos describe el evangelista Marcos una escena que, de modo figurativo, muestra el cumplimiento de las promesas de salvación mesiánica anunciadas por los profetas. Desde Isaías: «Al final de los tiempos estará firme el monte del templo del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Hacia él afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas"» (Is 2,2-3), a Zacarías: «Todavía han de venir gentes y habitantes de ciudades populosas. Los habitantes de una ciudad irán a decir a los de la otra: "Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección. Yo también voy contigo"» (Zac 8,21-22).

        Convergen a Jesús todos los que se reconocen menesterosos de salvación: «gente que tiene cualquier mal», todos los que estaban «enfermos». La enfermedad y la debilidad quedan expuestas «en la plaza», sin vergüenza, en presencia de Jesús y con la confianza de que bastará con tocarle, aunque sólo sea «siquiera la orla de su manto », para quedar curado. Zacarías había profetizado: «En aquellos días, diez extranjeros agarrarán a un judío por el manto y le dirán: "Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros"» (Zac 8,23). El que acude a Jesús lo ha intuido: Dios está con él. Ahora bien, después de haberlo encontrado, puede comprender de veras que, en Jesús, Dios está con nosotros y para nosotros.

 

MEDITATIO

        Este evangelio, con el afán de tocar a Jesús y la carrera para alcanzar y estrechar algo de él, enciende en el corazón la intuición luminosa que un día abrasó a Pablo: «En Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad». Es en Jesús donde habita, como en el verdadero y definitivo templo, la plenitud de Dios «somatizada». Y «habéis alcanzado vosotros [nosotros] su plenitud» (Col 2,10). Una lógica continua y discontinua respecto a la que había erigido el templo de Salomón.

        En efecto, el cuerpo de Cristo, su humanidad, es la realidad que prefiguraba el templo: Dios en medio de su pueblo. Ahora bien, con Jesús, el arca de la alianza ya no soporta quedar encerrada en el Santo de los Santos: Jesús circula por las calles, nos sale al encuentro. Y si alguien fue golpeado por la muerte al instante por haber tocado el arca (cf. 2 Sm 6,7), Jesús, por el contrario, vino precisamente para hacerse alcanzar, para hacerse «tocar».

        Para nosotros, hoy, el cuerpo de Cristo es la Iglesia, que prolonga su humanidad en la historia y en el tiempo, hasta que toda la familia humana se haya vuelto tienda, santuario del encuentro entre Dios y el hombre.

 

ORATIO

        Oh Cristo, único mediador nuestro, tú nos eres necesario para entrar en comunión con Dios Padre, para llegar a ser contigo, que eres el Hijo único y Señor nuestro, sus hijos adoptivos, a fin de ser regenerados en el Espíritu Santo. Tú nos eres necesario, oh único verdadero maestro de las verdades recónditas de la vida, para conocer nuestro ser y nuestro destino, el camino para conseguirlo. Tú nos eres necesario, o gran paciente de nuestros dolores, para conocer el sentido del sufrimiento y para dar a éste un valor de expiación y de redención.

Tú nos eres necesario, oh Cristo, oh Señor, oh Dios con nosotros... (Pablo VI).

 

CONTEMPLATIO

        Entre la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y la fragilidad e iniquidad de los seres humanos, se ha hecho mediador un Hombre. No inicuo, pero sí débil.

        Así, por el hecho de no ser inicuo, te une a Dios; y por el hecho de ser débil se hace próximo a ti. Ahora, para que hubiera un mediador entre el hombre y Dios, el Verbo se ha hecho carne, es decir, el Verbo se ha hecho hombre (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 29, II, 1).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todos los que lo tocaban quedaban curados» (Mc 6,56).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En un sentido verdadero, los cristianos son gente que ya no tiene templo: con la venida de Cristo, el templo material, el edificio, ya no es el signo por excelencia de la presencia de Dios entre nosotros. Nuestro modo de encontrarnos con Dios ya no será el «subir al templo»; por lo demás, también los israelitas podían ir a él y desarrollar ritos espléndidos, espectaculares, sugestivos, sin poner en ellos «el corazón» y, por consiguiente, sin llevar a cabo una verdadera comunión con Dios. El lugar de la presencia de Dios para nosotros, aquel en el que Dios se ha manifestado y en el que podemos encontrarle, es «el templo de la humanidad de Cristo».

        Y esto hemos de entenderlo en dos sentidos. En primer lugar, en el sentido de que el lugar de mi encuentro con Dios es el vínculo entre Jesucristo y yo. Llego a ser hijo de Dios como Jesucristo: eso es el encuentro con Dios. Y en segundo lugar, en el sentido de que «el templo de la humanidad de Cristo» es toda la humanidad, que es su esposa y su cuerpo. No es posible encontrar a Dios sin encontrar todo lo que Dios encuentra (G. Moioli, Temí cristiani maggiorí, Milán 1992, pp. 104ss, passim).

 

Día 9

Martes 5ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,22-23.27-30

En aquellos días,

22 Salomón se colocó ante el altar del Señor a la vista de toda la asamblea de Israel y, levantando sus manos al cielo,

23 dijo: - Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú ni en los cielos ni en la tierra. Tú guardas fielmente la alianza hecha con tus siervos, si caminan en tu presencia de todo corazón.

27 Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí!

28 No obstante, atiende, Señor, Dios mío, la oración y la súplica que tu siervo te dirige hoy;

29 ten tus ojos abiertos noche y día sobre este templo, al que te referiste diciendo: «Aquí se invocará mi nombre». Escucha la plegaria que tu siervo te hace en este lugar.

30 Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada, atiéndelas y perdona.

 

        *•• Ahora que la construcción del templo de Jerusalén ha terminado y la gloria del Señor ha tomado posesión del mismo, presenta Salomón su plegaria. En el corazón de la misma, como la chispa de fuego de donde brotan la alabanza y la invocación, está el estupor que experimenta el hombre ante el Dios-presente, ante un Dios que quiere habitar en la tierra. «Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra?» (v. 27a). En efecto, la realidad más preciosa que custodia el templo -más que el oro con el que Salomón ha hecho revestir el altar y las puertas, más que las columnas de bronce y más que todos los adornos sagrados- es la presencia de Dios, es la alianza con la que el Señor ha elegido unirse a su pueblo.

        Una alianza de la que el templo es memoria estable, así como silencioso y elocuente relato. A continuación, la plegaria, tal como se presenta, descubre el fondo de la realidad: la «casa» que Salomón ha hecho construir para el Señor no es una morada que pueda contenerlo-capturarlo.

        La presencia de Dios no está condicionada a aquel lugar y a aquel espacio, porque Dios está presente allí donde se vive la alianza.

 

Evangelio: Marcos 7,1-13

En aquel tiempo,

1 los fariseos y algunos maestros de la Ley procedentes de Jerusalén se acercaron a Jesús

2 y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas

3 (es de saber que los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados;

4 y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen; y observan por tradición otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas).

5 Así que los fariseos y los maestros de la Ley le preguntaron: - ¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?

6 Jesús les contestó: - Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.

8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres.

9 Y añadió: - ¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!

10 Pues Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será reo de muerte».

11 Vosotros, en cambio, afirmáis que si uno dice a su padre o a su madre: «Declaro corbán, es decir, ofrenda sagrada, los bienes con los que te podía ayudar»,

12 ya le permitís que deje de socorrer a su padre o a su madre, anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra que os habéis transmitido. Y hacéis otras muchas cosas semejantes a ésta.

 

        **• La progresiva revelación de la identidad de Jesús, en la que nos va introduciendo con su evangelio Marcos, incluye asimismo la revelación de una relación nueva entre los discípulos del Nazareno y las reglas que observan los hombres a fin de estar preparados para el encuentro con Dios (ser puros). «¿Porqué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados» (v. 5). Antes incluso de que Jesús pronuncie una respuesta, él mismo, su persona, se pone frente a nosotros como la respuesta.

        El «porqué», en efecto, es precisamente él. Jesús, al revelarse como el Hijo de Dios, como el mediador entre Dios y los hombres, relativiza de un golpe todas las reglas y preceptos humanos. No los anula, sino que nos muestra que son válidos si están en relación con él; con él, que es la norma, la encarnación del mandamiento de Dios, la Palabra viva. Aquí está en juego el contenido de la tradición, a saber: lo que se ha de transmitir de la fe; lo que cuenta de verdad y resulta indispensable para entrar en comunión con Dios, y lo que puede ser también bueno, pero siempre es relativo. Los preceptos de los fariseos son «tradición de los antiguos», «tradición de los hombres», «tradición vuestra». Que es como decir: vosotros os transmitís a vosotros mismos.

 

MEDITATIO

        Somos presa del estupor frente a algo que no nos esperamos, frente a algo mucho más bello y mucho más importante que lo que consideramos importante y bello. Y lo que mayor estupor puede despertar en la vida es darse cuenta de que Dios está con nosotros, reconocer que esta historia que estoy viviendo está toda ella dentro de la alianza: se desarrolla en su casa. Que el vínculo con Dios fundamenta el sentido y la dignidad de mi persona, incluso antes de que yo pueda hacer alguna cosa sensata y digna. La oración nace aquí: una mezcla entre el impacto que recibe quien se descubre amado antes, amado gratis, y la inconsciencia de quien por esto se encuentra libre, libre de darle largas a Dios. A quien se pregunte cómo se ha llevado a cabo este vínculo, cómo se vive la alianza, el evangelio de hoy le presenta la Palabra que va al corazón y desenmascara las poses de fachada. El tipo de relación que Dios nos ofrece en Jesucristo es vital: de vida a vida. Hasta tal punto que la acostumbrada pretensión humana de fijarla en rígidos esquemas se convierte en uno de los mayores obstáculos para que se lleve a cabo el encuentro. En tiempos de desorientación, como son los nuestros, puede sorprendernos la tentación de ir a la caza de seguridades y de adherirnos a prácticas, ceremonias y costumbres «antiguas», a «los nuestros», a «lo nuestro».

        Estamos convencidos -a hurtadillas-, como los fariseos y los maestros de la Ley, de que la fidelidad a Dios consiste enteramente en eso. Ahora bien, la Palabra de Dios no secunda este tipo de necesidades; al contrario, nos llama a asumir el riesgo de entablar nuevas relaciones, totales: con Dios y entre nosotros.

 

ORATIO

        Concédenos, Padre, asombrarnos siempre de nuevo ante al misterio que llevas a cabo para nosotros en Jesús, tu Hijo.

        Haz que siempre sepamos reconocer el carácter provisorio de todo lo que es menos que tú, para cantar en nuestra vida la invencible alegría de quien ha creído en la Palabra de tu Promesa. Amén. Aleluya. (B.            Forte).

 

CONTEMPLATIO

        No es demasiado pequeño el corazón del creyente para aquel a quien no le bastó el templo de Salomón. Nosotros, en efecto, somos el templo del Dios vivo. Como está escrito: «Habitaré en medio de ellos». Si un personaje importante te dijera: «Voy a habitar en tu casa», ¿qué harías? Si tu casa es pequeña, no hay duda de que te quedarías desconcertado, te espantarías, preferirías que el encuentro no tuviera lugar. Ahora bien, tú no temes la venida de Dios, no temes el deseo de tu Dios. Al venir, no te reduce el espacio; al contrario, cuando venga, será él quien te dilate (Agustín de Hipona, Sermón 23, 7).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Pero acaso puede habitar Dios en la tierra?» (1 Re 8,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Estamos aún en los bajos fondos, en los sótanos de la vida espiritual: también nosotros, que algunas veces nos mostramos un tanto burócratas, debemos ascender a la planta superior. Subir a la planta superior significa en nuestro caso superar la frialdad de un derecho sin caridad, de un silogismo sin fantasía y sin inspiración, de un cálculo sin pasión. Significa superar la frialdad de un logos sin sophia, de un discurso sin sabiduría y sin corazón. Significa no contentarnos con el acopio de nuestras pequeñas virtudes humanas, como si éstas pudieran comprarnos el Reino de Dios, cuando sabemos que es el Señor quien nos da la fuerza para ser buenos y humildes. En efecto, el Señor no nos ama porque seamos buenos, sino que nos hace ser buenos porque nos ama... María, inquilina acostumbrada a la planta superior, nos alivia de un estilo pastoral «atareado», sin inspiración, de una experiencia de oración requerida sólo por el guión, sin sobresaltos de fantasía, sin emoción. Nos rescata del achatamiento de nuestra vida interior en el ámbito de las trivialidades, del afán de las cosas por hacer que nos impiden elevarnos a ti (A. Bello, Cirenei della gioia, Cinisello B. 1995, pp. 44ss).

 

 

Día 10

Miércoles de ceniza

 Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Joel 2,12-18

Así dice el Señor:

12 Pero ahora, oráculo del Señor, volved a mí de todo corazón, con ayunos, lágrimas y llantos;

13 rasgad vuestro corazón, no vuestras vestiduras, volved al Señor vuestro Dios. Él es clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto a perdonar.

14 ¡Quién sabe si no perdonará una vez más y os bendecirá de nuevo, permitiendo que presentéis ofrendas y libaciones al Señor vuestro Dios!

15 ¡Tocad la trompeta en Sión, promulgad un ayuno, convocad la asamblea,

16 reunid al pueblo, purificad la comunidad, congregad a los ancianos, reunid a los pequeños y a los niños de pecho! Deje el esposo su lecho y la esposa su alcoba.

17 Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: "Perdona, Señor, a tu pueblo y no entregues tu heredad al oprobio, a la burla de las naciones. Por qué han de decir los paganos: "¿Dónde está su Dios?".

18 El Señor se apiadó de su tierra y perdonó a su pueblo.

 

*» El mensaje del profeta Joel se pronunció probablemente después del destierro, en el templo de Jerusalén: una plaga de langostas devastó los campos, ocasionando carestía y hambre (1,2-2,10); como consecuencia, cesó el culto sacrificial del templo (1,13-16). El profeta debe leer los signos de los tiempos; por eso anuncia la proximidad del "día del Señor" invitando a todo el pueblo al ayuno, a la oración, a la penitencia (2,12.15-17a).

La palabra clave de este fragmento, repetida tres veces en los primeros versículos, es volver (shüb en hebreo): verbo clásico de la conversión. En el v. 12 manifiesta la invitación al pueblo, indicando las modalidades de esta conversión, es decir, con el corazón y con los ritos litúrgicos, que serán auténticos y agradables a Dios si manifiestan la renovación interior. En el v. 13 la invitación a volver aparece de nuevo y la motivación es: porque el Señor siempre es misericordioso. En el v. 14 el mismo verbo se refiere a Dios abriendo una puerta a la esperanza: "perdonará una vez más".

Un amor sincero a Dios, una fe más sólida, una esperanza que se hace oración coral y penitente, a la que ninguno debe sustraerse: con estas promesas el profeta y los sacerdotes podrán pedir al Señor que se muestre "celoso" con su tierra, compasivo con su heredad (vv. 17s).

 

Segunda lectura: 2 Corintios 5,20-6,2

Hermanos,

5,20 somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios. - A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado para que, por medio de él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios.

6  Ya que somos sus colaboradores, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios.

2 Porque Dios mismo dice: En el tiempo favorable te escuché; en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad, éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación.

 

**• Pablo, como un embajador en nombre de Cristo, es portador de un mensaje de exhortación de parte de Dios (v. 20). Lo esencial del anuncio se centra en una palabra: reconciliación. Dicha palabra manifiesta la voluntad salvífica del Padre, la obra redentora del Hijo y el poder del Espíritu que mantiene la diakonía (servicio) de los apóstoles (vv. 18-20). El culmen del fragmento es el v. 21, en el que se proclama el juicio de Dios sobre el pecado y su inconmensurable amor por los pecadores, por los que no perdonó a su propio Hijo (cf. Rom 5,8; 8,32). Cristo ha asumido como propio el pecado del mundo, expiándolo en su propia carne para que nosotros pudiésemos apropiarnos de su justicia-santidad. El apóstol utiliza un lenguaje radical. La asunción del pecado por parte de Jesús para darnos su justicia no es para que el hombre pueda tener algo de lo que carecía, sino para convertirse en algo que no podría ser por naturaleza: el Inocente se ha hecho pecado, maldición (cf. Gal 3,13), para que nosotros lleguemos a ser justicia de Dios. Esta extraordinaria gracia de Dios, concedida al mundo (v. 19) mediante la kénosis de Cristo, no debe acogerse en vano. El anuncio apasionado de sus ministros os hace presente aquí, para nosotros, el tiempo favorable: dejémonos reconciliar (katallássein) con Dios.

Este verbo indica una transformación de la relación del hombre con Dios y, consiguientemente, de los hombres entre sí. Por iniciativa de Dios se brinda a la libertad de cada uno la posibilidad de llegar a ser criaturas nuevas en Cristo (5,18), a condición de rendirse a su amor, que nos impulsa a vivir no ya para nosotros mismos, sino para aquel que ha muerto y resucitado por nosotros (vv. 14s).

 

Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

1 Cuidad de no practicar vuestra "justicia" para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará.

2 Por eso, cuando des limosna, no vayas pregonándolo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alaben los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

3 Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

4 Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

5 Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

6 Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

16 Cuando ayunéis, no andéis cariacontecidos como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

17 Tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara,

18 de modo que nadie note tu ayuno, excepto tu Padre, que ve en lo escondido. Y tu Padre, que ve hasta lo más escondido, te premiará.

 

*• "Cuidad de no practicar vuestra 'justicia'..." (así, literalmente, en el v. 1): Jesús pide a sus discípulos una justicia superior a la de los escribas y fariseos (cf. Mt 5,20) aun cuando las prácticas exteriores sean las mismas; reclama la vigilancia sobre las intenciones que nos mueven a actuar. Tras el enunciado introductorio siguen las tres típicas "obras buenas", en las que se indica, en concreto, en qué consiste la justicia nueva: la limosna (6,2-4), la oración (6,5-15) y el ayuno (6,16-18).

Dos elementos se repiten como un estribillo a lo largo de toda la perícopa: "recompensa" (o más literalmente salario: vv. 2.5.16) y "tu Padre que ve en lo escondido" (vv. 16.18). Nos enseñan que la piedad es una gran ganancia (cf. 1 Tim 6,6) si no se fija en el aplauso de los hombres ni busca satisfacer la vanidad, sino que busca la complacencia del Padre en una relación íntima y personal y si el salario esperado no es de este mundo ni del tiempo presente, sino para la comunión eterna con Dios, que será nuestra recompensa. De lo contrario, al practicar la justicia nos haríamos hypokritoí, que significa "comediantes" y, también, en el uso judaico del término "impíos" .

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra de hoy nos lleva de la mano por el camino de la verdadera alegría, viniendo a buscarnos en los callejones sin salida donde nos metemos y donde no podemos avanzar. Penitencia y arrepentimiento no son sinónimos de abatimiento, tristeza o frustración; por el contrario, constituyen una modalidad de apertura a la luz que puede disipar las oscuridades interiores, hacernos conscientes de nosotros mismos en la verdad y hacernos gustar la experiencia de la misericordia de Dios. Él siempre ve y conoce nuestras mezquindades y suciedades interiores y, sin embargo, ¡qué diferente es su juicio del nuestro!

"En tu luz veremos la luz" (Sal 35,10b): admirados notamos que desde el momento en que nos ponemos en camino, él nos envuelve con un amor más grande, nos despoja de nuestro mal y nos reviste de una inocencia nueva. El Señor había asignado al profeta la misión de convocar al pueblo para suscitar nueva esperanza a través de un camino penitencial; a los apóstoles les confía el ministerio de la reconciliación; a la Iglesia hoy, le encarga proclamar que ¡ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación! Volvamos al camino del Señor con todo su pueblo, dejémonos reconciliar con Dios permitiendo a Cristo que asuma nuestro pecado: sólo él puede conocerlo y expiarlo plenamente. Renovados por el amor aprenderemos a vivir bajo la mirada del Padre, contentos de poder cumplir humildemente lo que le agrada y ayuda a nuestros hermanos. Su presencia en el secreto de nuestro corazón será la verdadera alegría, la única recompensa esperada y ya desde ahora pregustada.

 

ORATIO

Padre mío, tú que ves en lo escondido, sabes cómo rehuyo de lo escondido del corazón y cómo busco la admiración de los hombres, pobre recompensa al orgullo de mi "yo" que recita su papel en la comedia de la piedad humana.

Muy distinto, mucho más desconcertante, es el misterio de tu piedad, pero cómo lo ignoro todavía, vagando lejos... Hazme volver, te suplico, a la hondura de mi ser donde tú moras: en la luz nueva del arrepentimiento exultaré de gozo en tu presencia.

Padre nuestro, que estás en los cielos, tú conoces el mal del mundo y cómo yo lo aumento cada día. Ayúdame hoy a acoger el día de salvación; concédeme ahora el mirar a tu Hijo, tratado como pecador por nosotros, crucificado por nosotros, por mí. Reconciliado por el Amor infinito, viviré en el humilde amor que no busca otra recompensa fuera de ti.

 

CONTEMPLATIO

Conviértete y vuelve al temor de tu Dios: ayuna, ora, llora, invoca con insistencia [...]. Vuelve, alma, al Señor con la penitencia que te acerca a él, que es bueno [...].

Busca el amor de los pobres, porque para Dios es mejor que ofrecerle un sacrificio; aleja la molicie de tu cuerpo y, por el contrario, da satisfacción al alma; purifica tus manchas para conocer la dulzura del Señor, y su luz descenderá sobre ti y te librarás de las tentaciones del enemigo, porque el Señor ha prometido acoger a los que recurren a él concediéndoles su misericordia.

Presta mucha atención: abandona las reuniones mundanas, el comer y beber en demasía, para no perder lo que el Señor ha prometido a los buenos y justos. Así, alma, construirás tu habitación con obras buenas, y tu lámpara lucirá en los cielos con el aceite de su misericordia. Acércate a su perdón y misericordia, y él hará resplandecer sobre ti su Espíritu. Lava con lágrimas tus pecados y descenderá sobre ti la bondad (Giovanni Mosco, Sentenze dei padri, "Paterikon" 196, en Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium, Lovaina).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Venid, volvamos al Señor" (Os 6,1a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Arrepentimiento no equivale a autocompasión o remordimiento, sino a conversión, a volver a centrar nuestra vida en la Trinidad. No significa mirar atrás disgustado, sino hacia adelante esperanzado. Ni es mirar hacia abajo a nuestros fallos, sino a lo alto, al amor de Dios. Significa mirar no aquello que no hemos logrado ser, sino a lo que con la gracia divina podemos llegar a ser [...].

El arrepentimiento, o cambio de mentalidad, lleva a la vigilancia, que significa, entre otras cosas, estar presentes donde estamos, en este punto específico del espacio, en este particular momento de tiempo. Creciendo en vigilancia y en conocimiento de uno mismo, el hombre comienza a adquirir capacidad de juicio y discernimiento: aprende a ver la diferencia entre el bien y el mal, entre lo superfluo y lo esencial; aprende, por tanto, a guardar el propio corazón, cerrando la puerta a las tentaciones o provocaciones del enemigo. Un aspecto esencial de la guarda del corazón es la lucha contra las pasiones: deben purificarse, no matarse; educarse, no erradicarse. A nivel del alma, las pasiones se purifican con la oración, la práctica regular de los sacramentos, la lectura cotidiana de la Escritura; alimentando la mente pensando en lo que es bueno y con actos concretos de servicio amoroso a los demás. A nivel corporal, las pasiones se purifican sobre todo con el ayuno y la abstinencia.

La purificación de las pasiones lleva a su fin, por gracia de Dios, a la "ausencia de pasiones", un estado positivo de libertad espiritual en el que no cedemos a las tentaciones, en el que se pasa de una inmadurez de miedo y sospecha a una madurez de inocencia y confianza. Ausencia de pasiones significa que no somos dominados por el egoísmo o los deseos incontrolados y que así llegamos a ser capaces de un verdadero amor (K. Ware, Diré Dio ogg'i. Il cammino del cristiano, Magnano 1998, 182-185 passim).  

 

Día 11

 Jueves después de ceniza o Nuestra Señora de Lourdes

Liturgia de las Horas de hoy

         La memoria facultativa en el misal romano denominada Nuestra Señora de Lourdes forma parte de las celebraciones «ligadas a razones de culto local y que han adquirido un ámbito más extenso y un interés más vivo» [Maríalis cultus, 8).

        Es la única memoria incorporada al calendario universal que hace referencia a una «aparición» mariana, la que recibió, en 1858, Bernadette Soubirous (1844-1879), en la que oyó este mensaje: «Yo soy la Inmaculada Concepción». La memoria litúrgica fue extendida, en 1907, a toda la Iglesia latina. La introducción en la liturgia no equivale a una declaración magisterial que le comprometa sobre la verdad histórica de la aparición con la presencia real de la Inmaculada.

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 30,15-20

Moisés habló al pueblo y dijo: Esto dice el Señor:

15 Mira, hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia.

16 Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y serás fecundo, y el Señor tu Dios te bendecirá en a tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella.

17 Pero si tu corazón se desvía, si no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les das culto,

18 yo declaro hoy que pereceréis sin remedio; no viviréis mucho tiempo en la tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella después de pasar el Jordán.

19 Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia,

20 amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él, pues él es tu vida y el que garantiza tu permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus antepasados, a Abrahán, Isaac y Jacob".

 

*»• Este fragmento con el que se concluye la proclamación de la ley deuteronómica tiene como destinatarios los desterrados de Israel. Privados de su tierra, se les exhorta a reflexionar en las causas de su situación, a acoger de nuevo la alianza del Señor con todas sus exigencias, a abrirse a la esperanza. El autor inspirado expresa todo esto contraponiendo vida y muerte, bien y mal, bendición y maldición, que se proponen a nuestra libre elección (v. 15: "delante de ti"). Al individuo y a todo el pueblo les pide una opción responsable, de graves consecuencias. Cielo y tierra son testigos (v. 19). El cosmos creado por Dios es llamado a estar presente y a ser vengador del pacto.

La vida no es sólo don de Dios, sino también participación de su ser (v. 20). Él es el viviente que hace vivir. Hay que adherirse a él por el amor y la obediencia a sus mandamientos: Dios está deseando comunicarnos la vida y la bendición. Para ello da normas y preceptos: para indicarnos claramente cómo caminar por sus sendas (v. 16) y conseguir sus promesas.

 

Evangelio: Lucas 9,22-25

22 Dijo Jesús: - Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley, que lo maten y que resucite al tercer día.

23 Entonces se puso a decir a todo el pueblo: - El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga.

24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.

25 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde o se arruina a sí mismo?

 

**• A los discípulos que, después de haberles manifestado las opiniones de la gente, le declaran la propia fe, Jesús, por primera vez, les anuncia la necesidad de su pasión (9,18-22). Es una enseñanza impartida a unos pocos, aparte. Sin embargo, a todos (v. 23) el Maestro les indica claramente qué camino se debe seguir, si se quiere ser de sus discípulos. Según la costumbre de la época, los que entraban a formar parte de la escuela de un rabbí le seguían detrás, siguiendo sus huellas. Es el camino de la abnegación cotidiana, superando el miedo a la ignominia, al sufrimiento y a la muerte. Jesús lo indica hablando de la cruz. En la época de la dominación romana era frecuente el espectáculo de los condenados a muerte que transportaban el patibulum -o sea, el brazo transversal de la cruz- por las calles, desde el lugar de la condena al de la ejecución. Se trata, pues, de una imagen terriblemente realista: seguir a Cristo como discípulos es vivir como condenados a muerte por el mundo (2 Cor 4,1 Os; Rom 8,36), dispuestos cada día a afrontar el desprecio de todos. Pero lo característico de esta muerte concreta (su cruz, aceptada y llevada "cada día") es conducirnos a la verdadera vida. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo? v. 25).

 

MEDITATIO

El Señor pone ante nosotros la vida y la muerte, pidiéndonos tomar una decisión y ratificarla día tras día. Se trata de una opción que no es evidente, ya que Jesús lo indica con una paradoja: a la vida según Dios, a la vida que es Dios, se llega negándonos a nosotros mismos, llevando nuestra cruz cada día tras el Maestro, aceptando perder por él la vida presente. El cristianismo es una disposición radical a seguir a Cristo hasta el final, no un esfuerzo moral por mejorar el propio carácter o las propias costumbres.

No es fácil responder: "Sí, yo" a la invitación, que no deja lugar a ilusiones: "El que quiera seguirme...". Sin embargo, si aparece clara la perspectiva de sufrimiento incluida en el seguimiento, no aparece menos clara la meta final: la resurrección, salvar la vida, una vida en plenitud, sin parangón con ganar el mundo entero. Optamos, pues, por la vida amando al Señor, obedeciendo su voz y manteniéndonos unidos a él: si con él logramos atravesar la muerte a nosotros mismos cada día, con él experimentaremos desde ahora el inefable gozo de la resurrección, de la vida con él.

 

ORATIO

Jesús, tú eres el Camino, el único que conduce al Padre: tu camino no es de gloria, oh Varón de dolores, que sabes bien lo que es padecer; me invitas a seguirte, a optar en todo momento en dar mis pasos vacilantes siguiendo tus huellas seguras...

Jesús, tú eres la Verdad, la única que lleva a conocer el rostro de Dios: no infunde mucho entusiasmo verlo en el tuyo, oh Siervo doliente; está tan desfigurado que no parece rostro humano. Pero me invitas a creerlo; el que te ve a ti, ve al Padre; éste es el gozo perenne...

Jesús, tú eres la Vida, la eterna, que comienza ahora y desemboca en el seno de Dios. No es fácil aceptar perderla aquí y ahora, negando lo que satisface inmediatamente porque sacia mis deseos orgullosos y egoístas, pero tú me repites: "Quien pierda su vida por mí, la salvará".

Señor, tú eres el único que puedes darme fuerza, la gracia de dar un paso adelante, un pasito cada vez; de abrazar mi cruz diciendo: "Sí, quiero" a tu invitación, y seguirte caminando contigo hasta la meta, sin retroceder, por el camino de la vida en plenitud.

 

CONTEMPLATIO

Vivimos para Aquel que, muriendo por nosotros, es la Vida; morimos a nosotros mismos para vivir para Cristo; pues no podemos vivir para él si antes no morimos a nosotros mismos, a nuestra propia voluntad. Somos de Cristo, no de nosotros [...].

Morimos, pero morimos en favor de la vida, porque la Vida muere en favor de los que están muertos. Ninguno puede morir a sí mismo si Cristo no vive el él. Si Cristo vive en él, ninguno puede vivir para sí. ¡Vive en Cristo como Cristo vive en ti! Se ama a sí mismo rectamente quien se odia a sí mismo para su bien; esto es, se mortifica [...].

Debemos dirigir nuestros ataques contra todo vicio, sensualidad, contra la atracción del mal. Al que lucha le basta con vencer a los adversarios: venciéndote a ti mismo, habrás vencido a todos. Si te vences a ti mismo, das muerte a ti mismo, serás juzgado vivo por Dios. Tratemos de no ser soberbios, malvados, sensuales, sino humildes, dóciles, afables, sencillos, para que Cristo reine en nosotros; él que es un rey humilde y, sin embargo, excelso (san Columbano, Instrucciones X, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si morimos con él, viviremos con él" (2 Tim 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Por encima de la finitud, del espacio y del tiempo, el amor infinitamente infinito de Dios viene y nos toma. Llega justo a su hora.

Tenemos la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo. Si permanecemos sordos, volverá una y otra vez como un mendigo, pero también como un mendigo llegará el día en que ya no vuelva. Si aceptamos, Dios depositará en nosotros una semillita y se irá. A partir de ese momento, Dios no tiene que hacer nada más, ni tampoco nosotros, sino esperar. Pero sin lamentarnos del consentimiento dado, del "sí" nupcial. Esto no es tan fácil como parece, pues el crecimiento de la semilla en nosotros es doloroso. Además, por el hecho mismo de aceptarlo, no podemos dejar de destruir lo que le molesta; tenemos que arrancar las malas hierbas, cortar la grama. Y, desgraciadamente, esta grama forma parte de nuestra propia carne, de modo que esos cuidados de jardinero son una operación cruenta. Sin embargo, en cualquier caso la semilla crece sola. Llega un día en que el alma pertenece a Dios, en que no solamente da su consentimiento al amor, sino en que, de forma verdadera y afectiva, ama. Debe entonces, a su vez, atravesar el universo para llegar hasta Dios. El alma no ama como una criatura, con amor creado. El amor que hay en ella es divino, increado, pues es el amor de Dios hacia Dios que pasa por ella. Sólo Dios es capaz de amar a Dios. Lo único que nosotros podemos hacer es renunciar a nuestros propios sentimientos para dejar paso a ese amor en nuestra alma. Esto significa negarse a sí mismo. Sólo para este consentimiento hemos sido creados (S. Weil, A la espera de Dios, Madrid 1993, 84).

 

Día 12

Viernes después de la Ceniza

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 58,1-9a

Así dice el Señor:

1 Grita a pleno pulmón, no te contengas, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus rebeldías, a la casa de Jacob sus pecados.

2 Me buscan a diario, desean conocer mi voluntad, como si fueran un pueblo que se comporta rectamente, que no quisiera apartarse de lo que Dios estima justo. Me piden sentencias justas, desean estar cerca de Dios.

3 Y, sin embargo, dicen: "¿Para qué ayunar, si tú no te das cuenta? ¿Para qué mortificarnos, si tú no te enteras?". En realidad utilizáis el día de ayuno para hacer lo que os viene en gana y explotar a vuestros obreros.

4 Ayunáis entre disputas y riñas golpeando criminalmente con el puño. No ayunéis de esa manera si queréis que vuestra voz se escuche en el cielo.

5 ¿Es acaso ése el ayuno que yo quiero cuando alguien decide mortificarse? Inclináis la cabeza como un junco y os acostáis sobre saco y ceniza. ¿A eso lo llamáis ayuno, día grato al Señor?

6 El ayuno que yo quiero es éste: que abras las prisiones injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las tiranías,

7 que compartas tu pan con el hambriento, que albergues a los pobres sin techo, que proporciones vestido al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes.

8 Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas sanarán en seguida, tu recto proceder caminará ante ti y te seguirá la gloria del Señor.

9 Entonces clamarás y te responderá el Señor, pedirás auxilio y te dirá: "Aquí estoy". Porque yo, el Señor, tu dios, soy misericordioso.

 

**• La presente predicación de Isaías pertenece, con toda probabilidad, a los primeros años de la vuelta de Israel del destierro y se desarrolla en tres movimientos: intervención del profeta para que el pueblo sea consciente de la falsa autenticidad en que vive (vv. l-3a); proclamación del verdadero ayuno (vv. 3b-7); consecuencias positivas para el que une ayuno con la práctica de la justicia (vv. 8-12).

El pueblo, vuelto a la patria, estaba lleno de entusiasmo y esperanza, pero la situación es deprimente. Las dificultades superan toda previsión. Y YHWH parece sordo e indiferente ante las plegarias y el culto de su pueblo. El profeta condena en realidad un ayuno falso, que esconde graves situaciones sociales. Ante Dios, es estéril un culto exterior sin solidaridad con los pobres y sin justicia. Las auténticas manifestaciones exteriores de la conversión se resumen en la caridad con el necesitado y en la misericordia con el oprimido, que conducen al cambio de corazón.

En el texto de Isaías, nos parece leer las palabras de Jesús en Mt 25,31-46: "Tuve hambre y me disteis de comer...". Afirmar que el ayuno y el verdadero culto están en la práctica de la caridad no significa negar la práctica del ayuno. Significa recordar que el ayuno y el culto tienen que tener como objetivo la caridad. Es decir, el ayuno debe ser una renuncia que se hace amor a Dios y al prójimo, y el verdadero culto es relación con Dios sin individualismos y falsedad.

 

Evangelio: Mateo 9,14-15

En aquel tiempo

14 se le acercaron entonces los discípulos de Juan y le preguntaron: - ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?

15 Jesús les contestó: -¿Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos? Llegará un día en que les quitarán al novio; entonces ayunarán.

 

**• Los discípulos de Juan acusan a los de Jesús de no ayunar. La respuesta de Cristo es muy significativa: él inaugura el tiempo mesiánico, el de las bodas, el tiempo escatológico anunciado por los profetas y el tiempo de alegría en el que no se ayuna por la presencia del esposo. Muchos no saben ver en Jesús al Mesías. No saben reconocer que el Reino de Dios es gozo, que es la perla por la que se está dispuesto a venderlo todo con alegría. Siempre hay quien piensa que la renuncia por Dios es un peso y siempre hay quien tiene miedo del rostro gozoso de Dios: como si el Reino fuese únicamente sufrimiento. El ayuno cristiano no se limita a abstenerse de alimentos, sino a desear el encuentro con Jesús que salva con su Palabra.

Para comprender esta breve lectura, es preciso ubicarla en el contexto de los versículos siguientes. Cristo se sirve de dos comparaciones: no se pone un trozo de tela nueva en un vestido viejo y no se echa vino nuevo en odres viejos. Ambas comparaciones aducen otro motivo a favor del comportamiento de los discípulos de Jesús. Ha llegado el Reino de Dios, y los discípulos que lo han comprendido se sienten libres de ayuno y de las prácticas judaicas. Los viejos esquemas ya no son la medida adecuada para juzgar la "nueva justicia". No hay que esperar que la novedad de Cristo se encierre en los límites de las viejas formas: el Reino desgarra el tejido viejo, revienta los viejos odres y renueva los cimientos.

 

MEDITATIO

Parece como si la Iglesia se divirtiera poniéndonos en aprieto: por una parte recomienda el ayuno; por otra, atendiendo a los dos textos que nos presenta hoy, lo redimensiona. Aunque más que redimensionarlo, lo explica, le da el verdadero sentido. Parece bastante oportuno, especialmente hoy, cuando se redescubre el ayuno por motivos dietéticos y estéticos: guardar la línea, vigilar el peso. Añadamos la difusión de las prácticas orientales, en las que el ayuno tiene su importancia, con vistas a descubrir el "yo" profundo. El ayuno no es, pues, extraño a nuestra civilización pluralista y abierta a todas las corrientes. Pero hoy la Iglesia subraya dos dimensiones esenciales del ayuno: su referencia cristológica y su dimensión de solidaridad.

La referencia a Cristo: se ayuna porque Cristo, el Esposo, todavía no está del todo presente en mí, en la sociedad en la que vivo. El Esposo está preparado, pero yo no: su amor no ocupa todo mi ser, su causa no se ha cogido verdaderamente por entero. ¿Ayuno para dejarle sitio en mi vida, para crear un vacío en mí, de suerte que él pueda acaparar toda mi existencia?

La referencia a la solidaridad: mi ayuno debe sensibilizarme con el que pasa hambre y sed, creando en mi el sentido de responsabilidad con los pobres y necesitados.

¿No has notado que hoy día, después del Concilio, la Iglesia ha redimensionado el ayuno exterior y ha movido a que los cristianos asuman "las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres"? (Gaudium et spes 1). ¿Qué lugar ocupa en mi vida el ayuno cristiano?

 

ORATIO

Señor, apiádate de mí, que me preocupo más de la mentalidad corriente que de tu crecimiento en mí. Por la salud, si un médico me prescribe una dieta, aunque sea severa, estoy dispuesto a hacer grandes sacrificios, pero para hacer que crezcas en mí, para sentirte "íntimo" como Esposo muy ansiado, para eso no me entusiasmo mucho, ni me preocupo por sacrificarme en demasía.

Señor, apiádate de mí, porque me preocupo más del aspecto exterior que del interior, estoy más atento para agradar a los hombres que para agradarte a ti: con frecuencia soy materialista. "Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias, Señor". Y hoy me siento humillado y confundido por mi doblez de corazón y mis equívocos.

Acrecienta, Señor, el sentido esponsal de mi vida cristiana, que me aclara tantas cosas de la tradición de la santidad, que de otro modo resultarían inexplicables. Te pido, en este cuaresma, aprender a ayunar de lo que me distrae inútilmente de ti, de todo aquello que me aleja de la contemplación de tu Palabra, de lo que me arrastra a "otros amantes", a otros amores que, poco a poco, pueden llevarme a ser un adúltero e infiel.

 

CONTEMPLATIO

Señor, no me has dejado en tierra ensuciándome en el fango, sino que, con entrañas de misericordia, me has buscado, me has sacado de los bajos fondos [...]. Me has arrancado con fuerza y me has alejado de allí hecho una lástima, con los ojos, orejas y boca obstruidos de fango. Tú estabas cerca, me lavaste en el agua, me inundaste y me sumergiste reiteradamente; cuando vi destellos de luz que brillaban en torno a mí y los rayos de tu rostro mezclados con las aguas, me llené de asombro, viéndome asperjado por un agua luminosa. Así tú te has dejado ver después de haber purificado totalmente mi inteligencia con la claridad, con la luz de tu Espíritu Santo (Simeón el nuevo teólogo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor, suelta mis cadenas de iniquidad" (Is 58,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un ayuno proporcionado a tus fuerzas favorecerá tu vigilancia espiritual. No se pueden meditar las cosas de Dios con el estómago lleno, dicen los maestros del espíritu. Cristo nos dio ejemplo con su prolongado ayuno; cuando triunfó sobre el demonio, había ayunado cuarenta días. Cuando el estómago está vacío, el corazón es humilde. El que ayuna ora con un corazón sobrio, mientras que el espíritu del intemperante se disipa en imaginaciones y pensamientos impuros. El ayuno es un modo de expresar nuestro amor y generosidad; se sacrifican los placeres terrenos para lograr los del cielo. Cuando ayunamos sentimos crecer en nosotros el reconocimiento de Dios, que ha dado al hombre el poder de ayunar. Todos los detalles de tu vida, todo lo que te sucede y lo que pasa a tu alrededor, se ilumina con nueva luz. El tiempo que discurre se utiliza de modo nuevo, rico y fecundo. A lo largo de las vigilias, la modorra y la confusión de pensamiento ceden su espacio a una gran lucidez de espíritu; en vez de irritarnos contra lo que nos fastidia, lo aceptamos tranquilamente, con humildad y acción de gracias [...].

La oración, el ayuno y las vigilias son el modo de llamar a la puerta que deseamos que se nos abra. Los santos padres reflexionaron sobre el ayuno considerándolo como una medida de capacidad.

Si se ayuna mucho es porque se ama mucho, y si se ama mucho es porque se ha perdonado mucho. El que mucho ayuna, mucho recibirá. Sin embargo, los santos Padres recomiendan ayunar con medida: no se debe imponer al cuerpo un cansancio excesivo, so pena de que el alma sufra detrimento. Eliminar algunos alimentos sería perjudicial: todo alimento es don de Dios (T. Colliander, // cammino dell'asceta. Iniziazione alia vita spirituale, Brescia 1987, 75s)

 

Día 13

Sábado después de Ceniza

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 58,9b-14

Dice el Señor:

9 Si alejas de ti toda opresión, si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias,

10 si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía.

11 El Señor te guiará siempre, te saciará en el desierto y te fortalecerá. Serás como un huerto regado, como un manantial inagotable;

12 reconstruirás viejas ruinas, edificarás sobre los antiguos cimientos; te llamarán "reparador de brechas" y "restaurador de viviendas en ruinas".

13 Si observas el descanso del sábado y no haces negocios en mi día santo; si consideras al sábado tu delicia y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras absteniéndote de viajes y evitas hacer negocios y contratos,

14 entonces el Señor será tu delicia. Te encumbraré en medio del país y  disfrutarás de la herencia de tu antepasado, Jacob. Es el Señor quien lo dice.

 

**• El texto de hoy es continuación del que escuchamos ayer: el Señor había pedido al profeta dirigir al pueblo una acusación, una denuncia "sin miramientos" (58,1); ahora el tono es más sereno y exhortativo. Cuatro son los puntos que se pueden resaltar en el texto: en los vv. 9-10a se indican ámbitos de conversión interior de lo que hoy llamaríamos caridad fraterna. Con estas condiciones sigue la promesa de comunión con el Señor y de restauración del país (vv. 10b-12). A continuación reaparece el tema del primer punto, pero el contexto es ahora el de los derechos de Dios, el respeto al sábado (v. 13), y el v. 14 indica la promesa consiguiente.

El Señor pide en primer lugar quitar de en medio lo que divide al pueblo (opresión, falsas acusaciones en los tribunales, difamación), para luego construir la comunión nivelando las diferencias sociales (el v. 10 dice: "Si das al hambriento tu alma/vida y sacias el alma/vida del oprimido"). Con estas condiciones Dios promete la comunión con él y la prosperidad: si sacias "de ti mismo" a tu hermano en dificultad, el Señor te saciará. Y, además, si reconstruyes con justicia la trama social, el Señor te concederá reconstruir viejas ruinas.

La añadidura respecto al sábado (vv. 13s) sigue de nuevo la estructura de los versículos precedentes (si... entonces...): si sabes refrenar la avidez de la eficiencia comprendiendo el sentido del reposo sabático, entonces el Señor te hará gustar su gozo y sus bienes, y te dará esa soberanía que buscas en vano con tus múltiples ocupaciones.

 

Evangelio: Lucas 5,27-32

27 Después de esto, salió Jesús y vio a un publicano, llamado Leví, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: - Sígueme.

28 Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

29 Leví le obsequió después con un gran banquete en su casa, al que también había invitado a muchos publicanos y a otras personas.

30 Los fariseos y sus maestros de la Ley murmuraban contra los discípulos de Jesús y decían: - ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?

31 Jesús les contestó: - No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.

32 Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.

 

*» Jesús no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan: el versículo final de esta perícopa resume y constituye el culmen de lo que precede. La llamada de los primeros discípulos, gente ruda y sencilla; la curación del leproso, sin temer la impureza legal; el perdón de los pecados y la curación del paralítico: todo esto va revelando el rostro desconcertante del Maestro. Ahora invita a su seguimiento a un hombre doblemente despreciable por su oficio de recaudador y por ser colaboracionista con el odiado ocupante romano.

Jesús muestra la libertad soberana de sus elecciones, una libertad liberadora porque brota del amor, y por eso tiene poder de elegir del mundo del pecado a cuantos se dejen interpelar. En el brevísimo v. 28 aparecen tres verbos significativos: "dejándolo todo", toda atadura, toda cadena o peso, "se levantó" (Anástás: en griego es el mismo verbo usado para la resurrección de Jesús) "y lo siguió".

La liberación y la resurrección a una nueva vida se orientan a seguir a Jesús, a la misión. Leví no desaprovecha la ocasión del paso de la misericordia en su vida, en su casa, y quiere compartir con los demás la alegría de este encuentro desconcertante, para que se convierta en acontecimiento de gracia para muchos: por eso prepara "un gran banquete", reúne a una multitud (v. 29).

 

MEDITATIO

El hombre pecador es llamado por la Misericordia a la conversión para gustar la comunión con Dios. Enfermo en lo hondo del corazón, languidece buscando en el atolondramiento de los sentidos o de la superactividad el paliativo a la angustia que le devora interiormente, quizás sin saberlo.

Si no me reconozco a mí mismo en ese hombre pecador, herido, no es para mí la fiesta del perdón, la alegría de la curación. Continuaré sentándome en la mesa de la gente "de bien", sin contaminarme con la suciedad moral y material de los otros, sin dejar que me inquiete el Amor que va en busca de quien está llagado interiormente para sanarlo.

Por medio del profeta Isaías, Dios nos ha pedido compartir. En el Evangelio lo vemos encarnado: Jesús mismo ha compartido hasta el extremo, saciando con la propia vida al hambriento de justicia-santidad. La comunión que el Señor nos invita a construir entre nosotros tiene un precio elevado, que él ha pagado totalmente solo: asume todo el dolor del otro, aun el sufrimiento más desolador y que menos se nota, el del pecado. Si reconozco ser yo el pecador sanado de sus heridas, no buscaré más -tanto para mí como para los míos- que el abrazo infinitamente misericordioso de esas manos crucificadas.

 

ORATIO

Padre misericordioso, tú cuidas de todos los pequeños de la tierra y quieres que cada uno sea signo e instrumento de tu bondad con los demás. Tú brindas tu amor a todo hijo herido por el pecado y quieres unirnos a unos con otros con vínculos de fraternidad.

Perdóname, Señor, si he cerrado las manos y el corazón al indigente que vive a mi lado, pobre de bienes o privado del Bien. Todavía no he comprendido que tu Hijo ha venido a sentarse a la mesa de los pecadores; me he creído mejor que los demás. Por esta razón soy yo el pecador Haz que resuene tu voz en mi corazón, llámame ahora y siempre, oh Dios. Abandonando las falsas seguridades, quiero levantarme para seguir a Cristo en una vida nueva. Y será fiesta.

 

CONTEMPLATIO

En su infinita misericordia, el Señor se da a sí mismo y no recuerda nuestros pecados, como no recordó los del ladrón en la cruz. Grande es tu misericordia, Señor.

¿Quién podrá darte gracias como mereces por haber derramado en la tierra tu Espíritu Santo? Grande es tu justicia, Señor. Prometiste a los apóstoles: "No os dejaré huérfanos"' (Jn 14,18).

Ahora nosotros vivimos de esta misericordia y nuestra alma experimenta que el Señor nos ama. Quien no lo experimente, que se arrepienta: el Señor le concederá la gracia que guíe su alma. Pero si ves un pecador y no sientes compasión, la gracia te abandonará. Hemos recibido el mandamiento del amor, y el amor de Cristo se compadece de todos y el Espíritu Santo nos infunde la fuerza de hacer el bien. El Señor perdona los pecados de quien se compadece del hermano. El hombre misericordioso no recuerda el mal recibido: aunque le hayan maltratado y ofendido, su corazón no se turba, porque conoce la misericordia de Dios. Nadie puede apropiarse de la misericordia del Señor: es inviolable porque habita en lo alto de los cielos, con Dios (Silvano del Monte Athos, Non disperare, Magnano 1994, 9l-93passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sus llagas nos han curado" (Is 53,5c).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La ascesis de los padres del desierto imponía un tiempo de ayuno agotador y privaciones rigurosas: hoy la lucha ataca otro frente. El hombre no necesita un suplemento dolorosísimo; cilicios, cadenas y flagelaciones correrían el riesgo de destrozarlo inútilmente.

La ascesis consistiría más bien en imponerse un reposo, la disciplina de la calma y el silencio, en la que el hombre encuentre su capacidad de concentrarse en la oración y contemplación, aun en medio de la barahúnda del mundo; y sobre todo, recobrar la capacidad de percibir la presencia de los demás, de saber acoger a los amigos siempre. La ascesis se convierte así en atención a la invitación del Evangelio, a las bienaventuranzas: búsqueda de la humildad y la pureza de corazón, para liberar al prójimo y devolverlo a Dios.

En un mundo cansado, asfixiado por las preocupaciones y ritmos de vida cada vez más agobiantes, el esfuerzo se dirigirá a encontrar y vivir "la infancia espiritual", la frescura y la espiritualidad evangélica del "caminito" que nos lleva a sentarnos a la mesa con los pecadores y a compartir el pan ¡untos. La ascesis no tiene nada que ver con el moralismo. Estamos llamados a ser activos, viriles, heroicos, pero estas "virtudes" son dones de los que el Espíritu puede privarnos en cualquier comento; nada es nuestro.

En las alturas de la santidad está la humildad, que consiste en vivir en una actitud constante del alma en presencia de Dios. La humildad nos impide sentirnos "salvados", pero suscita una alegría permanente y desinteresada, sencillamente porque Dios existe. El alma reconoce a Dios confesando su impotencia radical; renunciando a pertenecerse. La ofrenda, el don de sí, es la humildad en acción. El hombre desnudo sigue a Cristo desnudo; permanece vigilante en su espíritu y espera la venida del Señor. Pero su alma lleva el mundo de todos los hombres; al atardecer de su vida, el hombre será juzgado de su amor (P. Evdokimov, La novitá dello Spirito, Milán 1980, Ó4-Ó5.78s, passim).

 

Día 14

Primer domingo de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 26,4-10

Moisés habló al pueblo y dijo:

4 El sacerdote recibirá la cesta de tus manos y la pondrá delante del altar del Señor tu Dios.

5 Y tú dirás ante el Señor tu Dios: 'Mi padre era un arameo errante. Bajó a Egipto y se estableció allí como emigrante con un puñado de gente; allí se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa.

6 Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud.

7 Entontes clamamos al Señor Dios de nuestros antepasados, y el Señor escuchó nuestra voz y vio nuestra miseria, nuestra angustia y nuestra opresión.

8 El Señor nos sacó de Egipto con mano Inerte y brazo poderoso en medio de gran temor, señales y prodigios;

9 nos condujo a este lugar y nos dio esta tierra, que mana leche y miel.

10 Por eso traigo las primicias de esta tierra que el Señor me ha dado'. Dejarás los frutos delante del Señor tu Dios, te postrarás en su presencia".

 

*•• El presente fragmento, de los más importantes del Antiguo Testamento, contiene la profesión de fe que proclamaba todo israelita al acercarse al santuario con motivo de la celebración anual de la fiesta de la recolección y ofrecimiento de las primicias de la tierra.

Pero hay que advertir que la presentación de ofrendas en los pueblos paganos iba acompañada de la recitación de un mito de fecundidad; el hebreo, por el contrario, recordaba, actualizándola, la historia de las intervenciones salvíficas del Dios de los Padres a favor de su pueblo.

El credo de Israel se desarrollaba en un movimiento alternativo de sufrimiento y salvación: el Arameo errante -es decir, en condición de abandono y peligro se ha convertido por gracia de Dios en una nación numerosa (v. 5) según la promesa hecha a Abrahán. Este pueblo grande y fuerte experimentó la opresión y la humillación, pero Dios vio, escuchó la oración e intervino con poder para sacar a Israel de Egipto y hacerle entrar en un país fértil y agradable "que mana leche y miel", es decir, abundante en pastos para los rebaños y flores para las abejas.

La palabra clave del texto pertenece a la raíz "entrar" o "llegar". La utilización frecuente del término quiere significar que la entrada histórica en la tierra prometida se actualiza año tras año con la "entrada" de la cosecha: por medio de la "cosecha" el hombre "entra" nuevamente en posesión de la tierra. En la liturgia se repite en un ámbito sacro el movimiento histórico: el pueblo entró en la tierra, ahora entra en el santuario. El hombre responde a Dios con la profesión de fe, con la ofrenda de una parte de lo que de él ha recibido, con la acción de gracias, la adoración, el culto y la obediencia manifestados en el gesto de la postración.

 

Segunda lectura: Romanos 10,8-13

8 En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Que la Palabra está cerca de ti; en tu boca y en tu corazón. Pues bien, ésta es la palabra de fe que nosotros anunciamos.

9 Porque si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

 

**• El hombre que busca sinceramente a Dios siente todo el peso y la limitación de la propia condición de pecador. La Ley dada por medio de Moisés afina la conciencia y ayuda a conformarse más con el designio divino, pero el cumplimiento escrupuloso de normas y preceptos no es suficiente para constituir al hombre justo, para hacerlo santo.

Se trata de una justicia que es tensión, esfuerzo del hombre que quiere acumular méritos ante Dios y corre el riesgo de ser orgulloso o de caer en la desesperación. Pero se da una justicia que es gracia, don de Dios a la humanidad por medio de Cristo: ésta se acoge por la fe (v. 4), fe que actúa por la caridad (Gal 5,4-6). La aceptación sincera de la predicación apostólica (kéiygma) y la acogida de la revelación llevan consigo un cambio de mentalidad, una conversión profunda, mantenida con la certeza de que "quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado": la salvación es para todo el que invoca el nombre del Señor, de cualquier nación que sea (vv. 11-13).

 

Evangelio: Lucas 4,1-13

1 Jesús regresó del Jordán lleno del Espíritu Santo. El Espíritu lo condujo al desierto,

2 donde el diablo le puso a prueba durante cuarenta días. En todos esos días no comió nada, y al final sintió hambre.

3 El diablo le dijo entonces: - Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

4 Jesús le respondió: - Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.

5 Lo llevó después el diablo a un lugar alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra.

6 El diablo le dijo: - Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria, porque a mí me lo han dado y yo puedo dárselo a quien quiera.

7 Si te postras ante mí, todo será tuyo.

8 Jesús respondió: - Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él le darás culto.

9 Entonces le llevó a .Jerusalén, le puso en el alero del templo y le dijo: - Si eres Hijo de Dios, tírale desde aquí;

10  porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden;

11 te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna.

12 Jesús le respondió: - Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.

13 Cuando terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno.

 

**• La narración lucana de las tentaciones va precedida por la genealogía de Jesús, que asciende hasta Adán: se presenta, pues, a Jesús como el nuevo comienzo de la humanidad. Como el primer hombre, como todo hombre, es sometido a la tentación. Los cuarenta días transcurridos en el desierto son una cifra simbólica: recuerdan los cuarenta años del Éxodo y aluden además a los cuarenta días de ayuno de Moisés en el Sinaí y al camino de Elías al Horeb.

En el desierto, Jesús es tentado por el diablo –el "divisor"-, que le presenta una sabiduría alternativa a la voluntad de Dios, incitándole a realizar su ministerio de acuerdo con las expectativas de la gente. La prueba de Jesús viene en un momento de debilidad humana (vv. 2b-3a): se le invita a demostrar la veracidad de la voz del cielo que se escuchó en el bautismo (3,22) haciendo un milagro que elimine, junto con el hambre, la pobreza de la propia condición corpórea como preludio de un mesianismo que brinde el saciarse y el bienestar de modo sobrenatural (v. 3). Jesús rechaza esta lógica citando Dt 8,3. La segunda tentación es la del poder: Satanás remeda la promesa que Dios hace al Mesías en el Sal 2. Pero Jesús no trata de someter, sino de estar sometido a Dios con un amor exclusivo (vv. 6-8). Finalmente, el diablo conduce a Jesús al pináculo del templo de Jerusalén y le incita a inaugurar el reino mesiánico con un signo espectacular: se trata de la tentación del éxito, que Satanás presenta camuflada con la Palabra de Dios. Jesús replica con otro texto de la Escritura (Dt 6,16), manifestando su total abandono a la disposición del Padre (vv. 9-12).

Estas tentaciones constituyen el paradigma de cualquier otra tentación, por eso el diablo, completadas todas las tentaciones, se aleja de Jesús "hasta el momento oportuno" (v. 13): será la hora de la pasión, del poder de las tinieblas, la hora de la última prueba decisiva.

 

MEDITATIO

La prueba, la salvación, la profesión de fe, son los temas que podemos entresacar de las lecturas de la liturgia de hoy, y nos interrogan sobre nuestra realidad de Iglesia, sobre nuestra vida de creyentes. ¡Cuántas veces hemos experimentado en la tribulación, en la tentación, que el Señor es nuestra fuerza, el único que puede librarnos! Recordar las maravillas de gracia que Dios ha hecho por nosotros no es sólo una exigencia del corazón, sino una tarea imprescindible, una misión, un testimonio que se ofrece a los hermanos para que también ellos conozcan la alegría de ser salvados invocando el nombre del Señor.

¡Tenemos todos tanta necesidad de ser protegidos de las insidias del diablo! El Evangelio hoy nos lo manifiesta mostrándonos a Jesús sometido a tentaciones que son la raíz de cualquier tentación y se revisten de nobles apariencias. El fin es encomiable y los medios propuestos se diría que son los más adecuados... Jesús ha experimentado la debilidad humana que tan fácilmente doblega la voluntad y ofusca nuestra capacidad de discernimiento. Pero precisamente en su debilidad ha vencido al Maligno, en el desierto y en la cruz, indicándonos el camino de la victoria. Como él, debemos retener la Palabra de Dios en el corazón, convirtiéndola en norma de nuestra vida, en lámpara de nuestros pasos. Si no tememos profesarla con franqueza, podremos experimentar que el Señor es nuestra fuerza, nuestro escudo salvador (Sal 17,3).

 

ORATIO

Señor, Dios de mi salvación, te doy gracias cantando con el corazón, que, libre, se abre a la vida y quiere devolverte la misma vida. Te amo, Señor, mi fortaleza, que has asumido mi debilidad para hacerme también a mí vencedor del mal. Escudo mío, mi baluarte, mi poderoso salvador, tú sabes cómo busco la gloria del mundo y temo el desprecio de los demás.

Sin embargo, no quiero ni puedo callar la fe que has encendido en mi corazón: todavía es una débil llamita, pero sé por experiencia que quien cree en ti no queda defraudado. Anunciaré tu nombre a mis hermanos, les llevaré tu Palabra: la fe se aumenta dándola. Luz de mis pasos, guarda mi corazón, que sea más vigilante contra toda insidia, de suerte que mi vida sea para todos un signo irradiante de ti.

 

CONTEMPLATIO

"A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos" (Sal 90,11). El diablo conoce bien esta promesa porque la supo utilizar en la hora más álgida de la tentación; sabe bien cuál es nuestra fuerza y nuestra debilidad. Pero no tenemos nada que temer si permanecemos a la sombra del trono del Altísimo.

Mientras estemos cimentados en Cristo, participaremos de su seguridad; él ha hecho añicos el poder de Satanás [...] y de ahora en adelante los espíritus malignos, en vez de tener poder sobre nosotros, tiemblan y se espantan a la vista de un verdadero cristiano. Pues saben que poseen lo que les, hace vencedores; que pueden, si quieren, mofarse de ellos y ponerlos en fuga. Los espíritus malignos lo saben bien y lo tienen muy presente en lodos sus asaltos; sólo el pecado les da poder sobre ellos, y su gran empeño consiste en hacerles pecar, en sorprenderles en el pecado, sabiendo que no hay otro modo de vencerlos. Por eso, hermanos míos, no seamos ignorantes de sus planes, sino, conociéndolos bien, vigilemos, oremos, ayunemos, permanezcamos bajo las alas de Altísimo, que es nuestro escudo y auxilio (J. H. Newman, Sermoni liturgici, Fossano, s.f., 144).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Ésta es la victoria que vence- al mundo: nuestra fe" (I Jn 5,4b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Evangelio nos presenta este duelo entre Jesús y Satanás. Jesús

fue tentado. También él quiere conocer el combate entre el alma que desea permanecer fiel a Dios y el invasor que tratará de desviarla e inducirla al mal. Hay que recordar que cuanto se refiere a Jesús nos toca también a nosotros. La vida de Jesús configura la nuestra; lo que a él le acontece se refleja en nosotros.

¿Fue tentado Jesús? Tanto más podemos o debemos serlo nosotros.

Parece lógica la pregunta, puesto que vivimos en un mundo asediado y turbado por esa iniciativa oculta del que san Pablo llama "el príncipe de este mundo de tinieblas". Estamos rodeados de algo funesto, malo, perverso, que excita nuestras pasiones, se aprovecha de nuestras debilidades, se deja insinuar en nuestras costumbres, sigue nuestros pasos y nos sugiere el mal. La tentación consiste, pues, en el encuentro entre la buena conciencia y la atracción del mal, y esto del modo más insidioso que se pueda imaginar.

El mal, de hecho, no se nos presenta con su rostro real de enemigo, como algo horripilante y espantoso. Sucede precisamente lo contrario: la tentación es simulación del bien; es el engaño del mal disfrazado de bien, es la confusión entre bien y mal. Este equívoco, que se puede presentar siempre ante nosotros, tiende a hacernos retener como bien donde, por el contrario, está el mal (Pablo VI, 7 de marzo de 1965, en U. Gamba, [ed.], Pensieri di Paolo VI per ogni giorno dell'anno, Vigodarzere 1983, 279).

 

Día 15

Lunes de la 1ª semana de Cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Levítico 19,1-2.11-18

El Señor dijo a Moisés:

2 - Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.

11 No robaréis, no mentiréis, ni os engañaréis unos a otros.

12 No juréis en falso por mi nombre, pues sería profanar el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor.

13 No oprimas ni explotes a tu prójimo; no retengas el sueldo del jornalero hasta la mañana siguiente.

14 No te burlarás del mudo ni pondrás tropiezo al ciego, sino que temerás a tu Dios. Yo soy el Señor.

15 No procederás injustamente en los juicios; ni favorecerás al pobre, ni tendrás miramientos con el poderoso, sino que juzgarás con Justicia a tu prójimo.

16 No andes calumniando a los de tu pueblo ni declares en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.

17 No odiarás a tu hermano, sino que lo corregirás para no hacerle culpable por su causa.

18 No tomarás venganza ni guardarás rencor a los hijos de mi pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

 

**• La perícopa de hoy pertenece al llamado "Código de santidad" (Lv 17-26), comienza con el mandato de la santidad dirigido a toda la comunidad de Israel y su motivación no es otra que la santidad misma de Dios (vv. ls). El es el totalmente otro, radicalmente diverso de lo que el hombre puede imaginar, "separado" (según la etimología del término "santo"). Y, sin embargo, desea que el pueblo elegido participe de su santidad en cualquier circunstancia, que la transparente en los detalles de la vida.

Las normas que signen regulan la ética personal y social. La inserción rítmica de la fórmula "Yo soy el Señor"  revela la interdependencia entre el respeto por la santidad de Dios y el respeto por el prójimo. El temor de

Dios debe inspirar de modo especial el comportamiento con los más débiles, los minusválidos (v. 14). A los preceptos en forma negativa ("No harás esto") se añaden exhortaciones dirigidas a construir en la sociedad humana relaciones de fraternidad (vv. 16b.17b), y culminan en el mandamiento del amor al prójimo (v. 18b).

Quien conoce la severa ley del talión se queda sorprendido por estos mandatos que limitan no sólo los actos referentes a la muelle del prójimo (vv. 16b.18a), sino también esos sentimientos que matan al prójimo

(vv. 17a. 18b). El amor al otro basado en el nombre de Dios edifica la comunidad humana en la santidad según la voluntad divina.

 

Evangelio: Mateo 25,31-46

31 Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria.

32 Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,

33 y pondrá las ovejas a un lado y los cabritos al otro.

34 Entonces el rey dirá a los de un lado: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me alojasteis;

36 estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme".

37 Entonces le responderán los justos: "Señor, ¿cuándo te vimos  hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber?,

38 ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos?

39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?".

40 Y el rey les responderá: "Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis".

41 Después dirá a los del otro lado: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.

42 Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;

43 fui forastero, y no me alojasteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis".

44 Entonces responderán también éstos diciendo: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?".

45 Y él les responderá: "Os aseguro que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo".

46 E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

 

>•*• Esta perícopa que Mateo pone como conclusión a su "discurso escatológico" está emparentada con la tradición apocalíptica bíblica (en particular con Daniel) y judaica: se trata de una revelación de los últimos acontecimientos, del juicio universal. En estas tradiciones aparece la figura del Hijo del hombre con rasgos a la vez humanos y celestes, con un papel fundamental en la instauración del Reino de Dios y en llevar a Dios a todos los elegidos. Jesús se identifica con este personaje glorioso. Vendrá a concluir la historia asumiendo de modo definitivo y manifiesto la realeza oculta en el tiempo a los hijos de todos.

Todas las naciones se reunirán delante de él (v. 32). Y como los pastores palestinos por la tarde dividían el rebaño según la especie, este Rey-Pastor (cf. Ez 34, 17.32s) separará unos de otros dictando así un juicio. El único criterio distintivo será la caridad (vv. 34-40 y 41-55: construidos simétricamente según la misericordia practicada o dejada de practicar). Jesús, que nos permite identificarlo con este Hijo del hombre, cumplimiento de las profecías, indica cómo esta figura regia quiere identificarse con cada uno de sus hermanos más pequeños. Nadie ha podido reconocerlo con los ojos carnales (vv. 37-39.44), y ni siquiera se habla de la luz de la fe, de la fidelidad a los preceptos de la Ley. Se trata sencillamente de amor con hechos, de honrar a los hombres en los encuentros de cada día: ahí es donde se juega nuestro destino eterno según la medida del amor.

 

MKD1TATIO

"Yo soy el Señor", repite Dios en el Antiguo Testamento como rúbrica a los preceptos sobre el amor práctico y cotidiano con el prójimo. Yo soy el Señor que ve vuestra conducta, que cuida de la vida de todos exigiendo que se respete y se socorra, de suerte que seáis santos con mi misma santidad.

"Conmigo lo hicisteis", repite Jesús en el Evangelio. Soy el Rey que no veis en cada uno de mis hermanos más pequeños, pero en ellos me podéis socorrer, servirme o quizás ignorarme. ¿Quién cómo el Señor, que yace como cualquier desvalido al borde del camino y se deja mirar con indiferencia o con misericordia (cf. Sal 112)?

El se sentará en el trono de su gloria y a su lado colocará a cada uno de sus hermanos más pequeños y a cuantos la actitud gratuita de compartir el pan, el agua y los bienes les haga sentirse importantes en su corazón y en el corazón de Dios. Hoy comienza mi vida eterna, si te amo como a mí mismo, hermano en Cristo, hermano Cristo.

 

ORATIO

Oh misericordioso, que lloras con nosotros desde las primeras lágrimas de Adán y Eva, rompe con tu mirada la dureza de nuestro corazón. Haznos capaces de recibir y dar tu divina compasión. No permitas que juzguemos a los demás con nuestra medida tacaña y falsa, sino con la tuya, tan longánima y abundante, hasta que nos sintamos deudores de todos, deudores de una caridad cada vez mayor, de una ternura sin límites.

Sí, oh Misericordioso, que lloras por nosotros y con nosotros, tú has venido a nuestra humanidad desnudo y humillado, pobre y enfermo, solo y rechazado. No permitas que pasemos a tu lado sin mirarte, no dejes que vivamos a tu lado sin reconocerte y amarte. Tú, oh Misericordioso, eres el que carga con nuestro pecado desde la primera caída que nos hizo miserables y desgraciados; tú enjugarás nuestras lágrimas, tiernamente, hasta la última lágrima, hasta cambiar en gozo de salvación el llanto de la humanidad entera.

 

CONTEMPLATIO

La misericordia es la imagen de Dios, y el hombre misericordioso es, de verdad, un Dios que vive en la tierra. Como Dios es misericordioso con todos, sin ninguna distinción, así el hombre misericordioso difunde sus actos de amor y generosidad con todos, con la misma medida.

La misericordia no merece alabarse teniendo en cuenta exclusivamente la cantidad de actos de bondad y generosidad, sino mucho más cuando procede de un pensar recto y misericordioso.

Los hay que dan y distribuyen mucho y no son misericordiosos ante Dios. Los hay también que no tienen nada, que no poseen nada, pero tienen un corazón piadoso con todos: pues bien, éstos son ante Dios unos perfectos misericordiosos y lo son de verdad. No digas, pues: "No tengo nada para dar a los pobres", no te aflijas en tu interior por no poder ser misericordioso de este modo.

Si tienes algo, da lo que tienes. Si no tienes nada, da también, aunque no sea más que un mendrugo de pan seco, con una intención misericordiosa: Dios lo considerará misericordia perfecta.

"Dios es amor" (1 Jn 4,8). El hombre que posee el amor es verdaderamente Dios en medio de los hombres (Youssel Bousnaya, cit. en P. Descule, L'Évangile au desoí, París 1965, 244-246, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Quien no ama al hermano al que ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los que se acercan al pobre lo hacen movidos por un deseo de generosidad, para ayudarle y socorrerle; se consideran salvadores y con frecuencia se ponen sobre un pedestal. Pero tocando al pobre, llegándose a él, estableciendo una relación de amor y confianza con él, es como se revela el misterio. Ellos descubren el sacramento del pobre y logran llegar al misterio de la compasión. El pobre parece romper la barrera del poder, de la riqueza, de la capacidad y del orgullo; quitan la cáscara con que se rodea el corazón humano para protegerse. El pobre revela a Jesucristo. Hace que el que ha venido para "ayudarle" descubra su propia pobreza y vulnerabilidad; le hace descubrir también su capacidad de amar, la potencia de amor de su corazón. El pobre tiene un poder misterioso; en su debilidad, es capaz de tocar los corazones endurecidos y de sacar a la luz las fuentes de agua viva ocultas en su interior. Es la manita del niño de la que no se tiene miedo pero que se desliza entre los barrotes de nuestra prisión de egoísmo. Y logra abrir la cerradura. El pobre libera. Y Dios se oculta en el niño. Los pobres evangelizan. Por eso son los tesoros de la Iglesia (J. Vanier, Comunidad, lugar de perdón y de fiesta, Madrid 1981, 115s).

 

Día 16

Martes de la primera semana de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 55,10-11

Así dice el Señor:

10 “Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra, de haberla fecundado y hecho germinar para que dé simiente al que siembra y pan al que come,

11 así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío". Sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo.

 

*•• Is 55 concluye la serie de oráculos del Segundo Isaías (ce. 40-55) y recoge en síntesis los temas que contiene, como el perdón, la vuelta a la patria, la participación de la naturaleza en la salvación, el poder de la Palabra de Dios. Esta última es mediadora entre Dios y el hombre; permite encontrarlo en su "cercanía" (v. 6) y no sentirlo ausente en su aparente "lejanía", porque "sus caminos no son nuestros caminos" (v. 9), como recordaban los versículos inmediatamente precedentes. La Palabra no es letra muerta; es una realidad viva, enviada del cielo para revelar y llevar a cabo la salvación. Es, pues, "eficaz ', capaz de lograr su finalidad, como la lluvia y la nieve que riegan y fecundan la tierra. ¿Puede darse una imagen más alentadora para un pueblo desterrado, al que se le ha anunciado con certeza el retorno a la patria, pero que experimenta la propia fragilidad para mantener viva la esperanza? Lo profetizado encuentra en Cristo su cumplimiento. Él es la Palabra omnipotente hecha carne, enviada por el Padre de los cielos para que nuestra tierra dé su fruto. Él es el Verbo eterno venido a la tierra, muerto en cruz y resucitado, para abrirnos a nosotros, hijos rebeldes, el camino inesperado del retorno a la morada de Dios, su Padre y nuestro Padre.

 

Evangelio: Mateo 6,7-15

Dijo Jesús:

7 Y al orar, no os perdáis en palabras como hacen los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho.

8 No seáis como ellos, pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis.

10 Vosotros orad así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo;

11 danos hay el pan que necesitamos;

12 perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

13 no nos dejes caer en tentación; y líbranos del mal.

14 Porque si vosotros perdonáis a los demás sus culpas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial.

15 Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.

 

** En la versión mateana, la oración del Padre nuestro, insertada en el "Discurso de la montaña", va precedida por una especie de catequesis sobre el modo de orar. Mientras los paganos piensan que hay que multiplicar las palabras para atraer la atención de la divinidad y doblegarla a los propios fines (v. 7), Jesús revela que Dios es Padre, siempre presente para cada uno de sus hijos, que conoce bien sus necesidades reales (v. 8).

No sirven por eso largos discursos, sino más bien redescubrirse como hijos.

Jesús, que osa dirigirse al Altísimo llamándolo abba, "padre", quiere también introducir a los hombres en esa intimidad y profunda comunión. Por esta razón confía a sus discípulos el Pater, la oración por excelencia del cristiano. Ciertamente tiene una forma típicamente hebrea: siete peticiones divididas en dos grupos que recuerdan las dos tablas de la Lev. Las tres primeras peticiones se refieren a Dios y a su designio salvífico; las otras dirigen su atención a las verdaderas necesidades del hombre.

El nombre -es decir, la misma persona de Dios- ya es santo, pero quiere que se reconozca como tal, esto es, santificado por todos mediante una vida de adoración, alabanza y conformación con él. El Reino de Dios ya está presente, pero para que llegue a su plenitud es preciso que cada uno acepte el señorío de Dios en la propia vida. La voluntad de Dios se cumple ciertamente en el cielo y en la tierra, pero se pide que cada uno se adhiera a esta voluntad con amor, como Jesús. Se pide a continuación al Padre que nos provea lo necesario hoy, día tras día: siempre somos hijos pobres que todo lo recibimos de él. El alimento que nos ofrece no sacia únicamente el hambre corporal; es el "pan" de la vida futura, el mismo Jesús, Pan vivo (cf. Jn 6). Tenemos necesidad del perdón de Dios para entrar en el Reino, pero no podemos pedir que nos perdone si negamos el perdón a nuestros hermanos. El v. 13 ("No nos dejes caer en la tentación") hay que entenderlo así: "Haz que no entremos en la tentación", "Haz que, frente a las grandes pruebas de la vida, la fe no dude de tu bondad de Padre y no reniegue, cediendo a las insidias del diablo". La última petición de la oración pide ser librados del Maligno, causa e instigador de todo mal. Como conclusión, los vv. 14s vuelven y subrayan la necesidad del perdón recíproco enunciado en el v. 12: no podemos llamar a Dios "Padre" si no vivimos entre nosotros como hermanos, si no queremos conformar nuestro rostro al suyo, que es infinita misericordia.

 

MEDITATIO

Orar es hoy, para muchos cristianos, una empresa difícil. Hay quien la escamotea aduciendo que no sirve o que "trabajar es orar"; hay quienes la arrinconan excusándose por no encontrar tiempo para orar, y hay quienes reconocen la dificultad real pero no oran porque no saben qué decir. Tampoco faltan, entre los más devotos, los que "usan muchas palabras como los paganos", pidiendo sólo cosas buenas en apariencia. Para todos estos, Jesús desplaza la clave del problema: no se trata de orar para satisfacer determinadas necesidades, sino para descubrir que Dios es Padre y llama a todos los hombres a la comunión de amor con él y en él. Por consiguiente, orar no es una cuestión de decir cosas, sino una cuestión de amor, que puede expresarse con palabras, pero también en silencio, y que progresivamente va acaparando toda la vida convirtiéndola en una sola e incesante oración.

La Palabra eficaz que envía Dios a la atierra vuelve a el después de haber cumplido su designio; se ha hecho carne, es Jesús: cualquier palabra suya encierra un poder extraordinario. Es él quien nos dice: "Vosotros orad así: 'Padre nuestro'". Pidamos, pues, a Cristo que nos enseñe a repetir la oración con su mismo corazón, para que crezca en nosotros, día tras día, el amor filial y confiado con nuestro Padre celestial y con la oración crezca la caridad, que se traduce en perdón con los hermanos.

Entonces nuestra tierra fecundada con la Palabra producirá frutos de vida nueva, dará pan de misericordia para saciar el hambre de toda la humanidad.

 

ORATIO

Oh Dios, que en Jesús, tu Hijo amado, nos concedes el privilegio de poder llamarte "Padre", perdona si nuestro corazón no salta de júbilo cada vez que nos atrevemos a pronunciar tu dulcísimo nombre.

Perdona las veces que nos dirigimos a ti distraídamente, como si fuese la cosa más obvia, mientras millones de hombres viven atenazados por la angustia y el sinsentido sencillamente porque ninguno les ha dicho nunca que tú les amas con ternura de padre y de madre.

Concédenos a nosotros la pureza de corazón que permita a los rectos y a los "pequeños" quedarse atónitos y asombrados con el sólo recuerdo de tu nombre. No permitas que desperdiciemos tontamente el don tan grande de poder invocarte seguros de que nos escuchas porque somos tuyos y tú eres nuestro Padre.

 

CONTEMPLATIO

"Padre nuestro, que estás en los cielos": ésta es la frase de los íntimos de Dios como un hijo sobre el pecho de su padre. "Santificado sea tu nombre": es decir, que sea glorificado entre nosotros mediante el testimonio ante los hombres, que dirán: éstos son verdaderos siervos de Dios. "Venga tu reino": el Reino de Dios es el Espíritu Santo: oramos para que lo envíe a nosotros. "Hágase tu  Voluntad en la tierra como en el cielo": la voluntad de Dios es la salvación de todas las almas. Lo que ya es realidad en las potencias del cielo, lo pedimos que se realice en nosotros aquí en la tierra. "Nuestro pan del mañana" es la heredad de Dios. Oramos para que nos dé un anticipo ya hoy, es decir, para que sintamos su dulzura en el tiempo presente, avivando en nosotros una sed ardiente (Evagrio Pontico, Catene sui Vangeli, documenti copti, cit. en O. Clément, Alie fonti con i Padri, Roma 1987, 196).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "¡Abba, Padre! No se haga como yo quiero, sino como quieres tú" (Me 14,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

"Líbranos del mal..." El mundo yace en el mal, y mal no es sólo el caos, ausencia de ser: manifiesta una inteligencia perversa que, a fuerza de honores sistemáticamente absurdos, quiere hacernos dudar de Dios y su bondad. En realidad, se trata no de la simple "privación del bien", sino del Maligno, del Malvado; no la materia, ni el cuerpo, sino la más sublime inteligencia encerrada en su propia luz... Es necesario afirmar que Dios no ha creado el mal, y menos aún lo permite. "El rostro de Dios gotea sangre en la sombra", decía Léon Bloy. Dios siente el mal en su propio rostro, como Jesús recibió las bofetadas teniendo los ojos vendados. El grito de Job no deja de clamar, y Raquel sigue llorando sus hijos. Pero la respuesta a Job está ahi: es la cruz. Es Dios crucificado sobre todo el mal del mundo, pero capaz de hacer estallar en las tinieblas una inmensa fuerza de resurrección. Pascua es la transfiguración en el abismo.

Y "líbranos del mal" a nosotros, que nos avergonzamos de ser cristianos o, por el contrario, hacemos del cristianismo, de nuestra confesión, un estandarte de superioridad y de desprecio. Y "libranos del mal" a nosotros, que hablamos de la deificación y con frecuencia somos poco humanos. Y "líbranos del mal" a nosotros, que nos apresuramos a hablar de amor y ni siquiera sabemos respetarnos mutuamente. Y "líbrame del mal" a mí, hombre de angustia y tormento, tan a menudo dividido, tan poco seguro de existir, hombre que se atreve a hablar -junto a la Iglesia: es mi única excusa del Reino y de su gozo (O. Clément, // Padre nostro, en O. Clément y B. Stanaaert, Pregare ¡I Padre nostro, Magnano 1 988, 116-119, passim).

 

 

Día 17

Miércoles de la primera semana de cuaresma o Siete santos fundadores de la orden de los Siervos de la Virgen María

Liturgia de las Horas de hoy

         La orden de los hermanos Siervos de María nació en Florencia en 1233 y fue aprobada en 1304. Su comienzo fue singular: los fundadores fueron siete laicos florentinos, conocidos por los nombres de Bonfiglio (Monaldi), Bonagiunta (Manetti), Manetto (de ios Ante(ía), Amadio (de (os Amidei), Uguccione (de los Uguccioni), Sostegno (de los Sostegni) y Alessio (Falconieri). Su canonización tuvo lugar en 1888 -578 años después de la muerte del último de ellos- con la fórmula «a modo de uno solo», como ratificación del valor de la puesta en marcha y de la prosecución de un proyecto de vicia en comunión fraterna. Su inspiración originaria fue el seguimiento penitencial del Evangelio, la fraternidad, el servicio y la consagración de cada uno y de la orden a santa María, la gloriosa Domina.

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 3,1-10

En aquel tiempo,

1 por segunda vez el Señor se dirigió a Jonás y le dijo: -- Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama allí lo que yo te diré.

2 Jonás se levantó y partió para Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad grandísima; se necesitaban tres días para recorrerla.

3 Jonás se fue adentrando en la ciudad y proclamó durante un día entero:

4 Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.

5 Los ninivitas creyeron en Dios: promulgaron un ayuno y todos, grandes y pequeños, se vistieron de sayal.

6 También el rey de Nínive, al enterarse, se levantó de su trono, se quitó el manto, se vistió de sayal y se sentó en el suelo. Luego mandó pregonar en Nínive este bando:

7 Por orden del rey y sus ministros, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado, ni pasten ni beban agua.

8 Que se vistan de sayal, clamen a Dios con fuerza y que todos se conviertan de su mala conducta y de sus violentas acciones.

9 Quizás Dios se retracte, se arrepienta y se calme el ardor de su ira, de suerte que no perezcamos".

10 Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con que los había amenazado.

 

**• El libro de Jonás es una especie de larga parábola cuyo mensaje central es la universalidad de la salvación: la misericordia de Dios no se limita al pueblo elegido, sino que se ensancha a todos los hombres. Por segunda vez, el profeta es enviado por el Señor a la capital del reino asirio, Nínive, proverbial por su grandeza, para anunciar la destrucción de la ciudad a causa de la perversión de sus habitantes (1,2).

A la primera llamada, Jonás respondió fugándose: ¿cómo puede un hombrecillo inerme profetizar la ruina de la "superpotencia" enemiga en su mismo territorio? Obligado a obedecer por las peripecias que experimentó (ce. 1-2), ahora comienza a cumplir la misión que se le confió.

Como profeta, Jonás anuncia un oráculo de amenaza y reprobación en nombre del Señor (v. 4), y su predicación llega al corazón de los ninivitas y de su mismo rey: ellos "creyeron en Dios" (utilizando el mismo verbo que en Gn 15,6 para indicar la fe de Abrahán) y se impusieron una durísima penitencia acompañada con una oración ferviente y una profunda conversión (v. 8).

Son muy importantes los versículos 9-10: el cambio de vida espera que los decretos de Dios no sean irrevocables, sino que al arrepentimiento sincero del hombre siga el "arrepentimiento" de Dios y el castigo anunciado se cambie en perdón. Un pueblo pagano demuestra así conocer el verdadero rostro del Dios de Israel, un Dios lento a la ira y rico en misericordia, un Dios que "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva"

(Ez 33,11).

 

Evangelio: Lucas 11,29-32

29 La gente se apiñaba en torno a Jesús y él se puso a decir:

- Ésta es una generación malvada, pide una señal, pero no se le dará una señal distinta de la de Jonás.

30 Pues así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación.

31 La reina del sur se levantará en el juicio junto con los hombres de esta generación  y los condenará, porque ella vino desde el extremo de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

32 Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.

 

**• Mientras la gente se apiñaba en torno a Jesús, él responde a los que "para ponerle a prueba le pedían un signo del cielo" (v. 16). Rechaza un signo que sacie la curiosidad y la sed por lo maravilloso (v. 29) y en su respuesta Jesús deja entrever su propia identidad divina: "Aquí hay uno que es más que Jonás" (v. 32). En concreto, declara que él es el signo del cielo, el Mesías prometido y largamente deseado por Israel, pero ahora no es reconocido porque se presenta de modo muy diferente al esperado por la gente.

El Hijo del hombre es "para esta generación" una llamada viviente a la conversión, como lo fue Jonás para los ninivitas; y, como él, no busca medios espectaculares para afirmarse, sino que ofrece sencillamente la

Palabra y la misericordia de Dios. El recuerdo de los habitantes de Nínive y de la reina de Saba subraya la universalidad de la llamada a la salvación. Pero mientras algunos pueblos paganos supieron reconocer como "enviados" de Dios a hombres que proclamaban la conversión y escuchando su voz encontraron el camino de una conversión radical, la "generación malvada", ante la cual Jesús ejerce históricamente su ministerio, es ciega y dura de corazón. Por esa razón serán los mismos ninivitas y la reina de Saba quienes la condenen en el día del juicio (vv. 31s), porque, cegada por el orgullo, no ha reconocido, bajo las humildes apariencias humanas de Jesús, al Cristo.

 

MEDITATIO

En este tiempo litúrgico resuena constantemente la invitación a la conversión. ¿Cómo la acogemos? Puede ser una palabra que se pierde o encontrar en nosotros un corazón abierto que, herido e iluminado por la Palabra, reconoce el propio pacto con el pecado y decide un camino de vuelta a Dios. O puede que esta invitación nos deje indecisos: quisiéramos una gracia "barata", pero con "efectos espectaculares", y preferimos buscar confirmaciones convincentes, milagros y signos extraordinarios...

Jesús mismo es el "gran signo" del amor divino que no teme asumir el pecado para conceder la gracia al pecador. Signo del cielo es un Dios con las manos clavadas en la cruz, rendido impotente para otorgarnos la libertad. Mirarlo es el comienzo de la conversión.

Ante su rostro doliente, todos -los "paganos" como los ninivitas o "creyentes", como los contemporáneos de Jesús- están llamados a decidir si cierran el corazón o se abren a una nueva vida. Muchos vendrán de remotas lejanías -desde el pecado, desde otras mentalidades, desde otras culturas- para aprender sabiduría del crucificado: aquí hay alguien que es más que Salomón. Muchos se convertirán al anuncio, creyendo al Profeta hecho Siervo doliente por amor: aquí hay uno que es más que Jonás.

 

ORATIO

Padre justo y misericordioso, tú nunca te cansas de llamar a todos a la conversión, para que tus hijos gusten del gozo de la comunión contigo. Perdóname, Padre: he cerrado el corazón en la indiferencia egoísta y satisfecha y no me he abierto a tu invitación. Señor Jesús, tú manifestaste la llamada extrema del amor, ese amor que vence la muerte ofreciendo la vida. Perdóname, oh Cristo: he dudado confiar en ti y he preferido pedir signos espectaculares, garantías absurdas, a un Dios que ha perdido todo, en la cruz, para salvarme.

Espíritu Santo, fuego de amor, inflama mi corazón consumiendo toda la escoria de temor, mezquindad y dureza. Luz santísima, haz que experimente la medida ilimitada de la misericordia de Dios, la profundidad insondable de su sabiduría. Líbrame de la frialdad de mi endurecimiento, de la ceguera de mi lógica humana.

 

CONTEMPLATIO

El poder arrepentirse se concede a todos los que están enfermos del alma. Venga, apresurémonos a obtener fuerza para nuestras almas. En el arrepentimiento la pecadora encontró la salvación y Pedro anuló su traición; David canceló la pasión del corazón; los ninivitas encontraron la curación. Sin dudarlo un momento, levantémonos y mostremos nuestras heridas al Salvador, dejémonos curar. Él acoge nuestra conversión más allá de nuestros deseos.

Nada se debe al que Va a salvarte, porque nadie podría ofrecer una compensación adecuada a la curación, todos han encontrado en el arrepentimiento la salud como regalo y han pagado en cambio lo que podían dar: más que regalos, lágrimas, que constituyen para el salvador objetos preciosos de amor y esperanza. Tenemos de ello buenos testimonios: la pecadora, Pedro, David y los ninivitas: sólo ofrecen el don de sus gemidos, se arrojaron a los pies del Salvador, y él acogió su conversión (Romano il Melode, Himno IX, ls).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El plazo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creer en Jesús es escuchar su Palabra, que nos revela su amor infinito por nosotros pecadores. Ser creyentes significa estar seguros de que el amor existe y que tiene el rostro de la misericordia.

Creer en Jesús quiere decir adherirse a su amor absolutamente gratuito con los pobres como nosotros. Seguir a Jesús es entregarse totalmente a su misericordia y confiar únicamente en su misericordia.

Amar a Jesús es sencillo. Para lograrlo debemos ante todo creer que él nos ama de verdad, tal como somos, hoy. En este acto de fe es posible que rebose la alabanza de nuestro corazón y descansar en este amor infinito. La alabanza, la acción de gracias y la adoración abren nuestro corazón al don que Dios nos concede de su amor misericordioso.

El amor divino no se queda inactivo si encuentra en nosotros su espacio y su libertad. Pero para acoger la misericordia de Dios debemos tener misericordia con nuestros hermanos. Por la dulzura de su corazón compasivo, Jesús nos da un corazón misericordioso.

Nada más concreto, nada más práctico que el verdadero amor. Vivir del amor de Jesús es ponernos al servicio de nuestros hermanos más cercanos y nos hace mansos y humildes. Nada hay tan exigente como seguir a Jesús por este camino del amor, pues es el camino de la cruz. Pero no se trata de una carga demasiado pesada; basta con que no nos empeñemos en llevarla solos y con dejar que Jesús la lleve con nosotros. Para descubrir por lo menos un poco la misericordia infinita, único secreto del corazón de Jesús, hay un lugar preferido donde morar: delante de la cruz de Jesús, a sus pies (J.-P. van Schoote, // sacramento delta penitenza, en J.-P. van Schoote y J.-C. Sagne, Miseria e misericordia, Magnano 1992, 46s).

 

Día 18

Jueves de la primera semana de cuaresma

 Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Ester 4,17j-17m-17p-17s

17j La reina Ester, angustiada porque la muerte se le echaba encima, recurrió al Señor [...]. Y oró así al Señor, Dios de Israel:

17k Señor mío, tú eres nuestro único rey; ayúdame, porque estoy sola, no tengo más protector que a ti y el peligro me amenaza.

17l Desde niña he oído en mi familia que tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones, y a nuestros padres entre todos sus antepasados, como heredad perpetua cumpliendo todas tus promesas.

17m Ahora nosotros hemos pecado contra ti, y nos has entregado a nuestros enemigos, porque hemos adorado a sus dioses. ¡Eres justo, Señor!

17p Acuérdate de nosotros, Señor, y hazte presente en medio de nuestra tribulación. Dame valor, Rey de los dioses y dominador de todo poder;

17q pon en mi boca palabras oportunas cuando tenga que hablar al león, cambia su corazón; haz que aborrezca a nuestro adversario, para que muera con sus cómplices.

17r Líbrame, Señor, con tu poder y ayúdame a mí, que estoy sola y no tengo a nadie más que a ti, Señor.

17s Tú lo sabes todo.

 

** Ester, joven hebrea, esposa del rey persa, llega a saber que, por intrigas palaciegas, se ha decretado el exterminio de todos los hebreos deportados en el reino de Persia. Entonces la reina decide exponerse al peligro y afrontar al esposo para interceder a favor de su pueblo. Antes de acudir a la presencia del rey, en su angustia suplica al Señor, acompañando la oración con la penitencia.

Firme en su fe, la reina reconoce que el verdadero Rey es Dios y profesa que él es el Único: sólo de él puede venir la salvación. Invocando su ayuda manifiesta la propia soledad (v. 17k). La inaccesible trascendencia de Dios parece mayor en contraste con la pequeñez y debilidad de una mujer. La realidad, sin embargo, es otra: el Solo es el único auxilio de quien está sola. De manera muy significativa, el texto griego utiliza el mismo adjetivo aplicado primero a Dios y luego a la reina (monos / móne). La lejanía se convierte en máxima cercanía.

En su súplica, Ester, por una parte, recuerda al Señor la elección de Israel, las promesas hechas a los padres y su cumplimiento (v. 17'); por otra parte, con Mesa el pecado del pueblo. Por el favor manifestado en el pasado y el arrepentimiento presente, la reina osa pedir al Señor, que lo sabe todo (v. 17s), la salvación para su pueblo, y para ella, valentía, sabiduría y auxilio para poder desempeñar eficazmente su misión de intercesora.

 

Evangelio: Mateo 7,7-12

Dijo Jesús:

7 Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis! llamad, y os abrirán.

8 Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren.

9 ¿Acaso si a alguno de vosotros su hijo le pide pan le da una piedra

10 o si le pide un pez ¿le da una serpiente?

11 Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!

12 Así pues, tratad a los domas como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la Ley y los profetas.

 

**• Con una argumentación seria que, desde el punto de vista formal, se asemeja a la de los rabinos de su tiempo, Jesús enseña la necesidad de la oración de petición, declarando la certeza de ser escuchada. ¿Se da una contradicción con lo indicado poco antes (Mt 6,7s) Ciertamente, no; en la oración no es preciso ser palabrero, porque el Padre "conoce", pero es necesario asumir la actitud interior del mendigo, es decir, saber ubicarse en la verdad de la propia condición humana.

Dios mismo da al que pide y abre al que llama: de hecho, los verbos usados -"se os dará", "se os abrirá"- tienen la forma de lo que se llama "pasivo divino", expresión semántica para evocar el nombre de Dios -impronunciable- sin nombrarlo de modo explícito (vv. 7s). Si a un hijo que pide alimento su padre no le dará cualquier cosa que se le parezca en su aspecto externo pero que en sustancia sea muy diferente (vv. 9s), mucho más Dios, el único bueno, el padre más solícito, dará "cosas buenas" a todos los que le piden.

El Padre escucha siempre las súplicas de sus hijos y da lo que realmente es mejor al que lo invoca. El v. 12 recuerda un dicho rabínico: "Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto sólo es una explicación". Jesús lo relata en forma positiva, y esto es mucho más exigente: no se trata de un "no hacer", sino de algo concreto que nos exige estar siempre atentos por el bien de los demás; por esta razón, cambia completamente la vida del que lo toma en serio, le lleva a la verdadera conversión: descentrarse de nosotros mismos para que nuestro centro sean los demás.

 

MEDITATIO

Jesús nos enseña a orar con perseverancia confiada, revelándonos al mismo tiempo cómo es el corazón de Dios y cómo debe ser el corazón del orante. Se nos va conduciendo a la verdad más sencilla y más profunda: Dios es nuestro Padre y nos ama con amor eterno, sin arrepentirse, sin reservas. Quizás no creemos de veras en este amor, o tal vez estamos ya tan acostumbrados a decir y oír que Dios nos ama, que apenas prestamos atención a esta realidad desconcertante.

Jesús hoy nos invita a entrar en comunión viva con Dios Padre, y ésta es una experiencia que nos puede cambiar interiormente: pedid..., buscad..., llamad..., no quedaréis defraudados. El Padre, fuente inagotable de bondad, dará sólo cosas buenas a los que se las pidan. ¿Hemos orado ya de veras, dirigiéndonos a él o, tal vez, hemos manifestado nuestros deseos en voz alta, haciéndolos girar en torno a nosotros mismos? Además, ¿eran de verdad "cosas buenas" las que hemos pedido? La oración humilde y sencilla, la oración de un corazón amante, comienza con un acto de contemplación gratuita, teniendo fija la mirada interior en el rostro del Padre bueno. Olvidemos nuestras muchas peticiones y, poco a poco, sentiremos nacer en nosotros una única súplica que brota de una exigencia realmente necesaria.

Después de haber contemplado en la fe el rostro de Dios, ya no podremos dudar ni ignorar que somos hijos de Padre, impulsados por su amor a todo ser humano, nuestro hermano, para brindar esa bondad que sin cesar mana de la fuente y viene a saciar nuestra indigencia para que rebose hacia todos y llegue a cada uno.

 

ORATIO

Oh Padre, tú que eres el único bueno y das cosas buenas a los que te las piden, escucha nuestra oración. Antes de nada danos un corazón sencillo, humilde, confiado, que sepa abandonarse sin pretensiones y sin reservas a tu amor. Haznos pobres de espíritu y ven, tú que eres el Rey, a ensanchar en nosotros tu reino de paz. Ayúdanos a suplicarte incesantemente para que, siendo portavoces de toda criatura, podamos llevar a todos el auxilio de tu amor. Tú das al que pide: danos tu Espíritu bueno. Tú concedes que encuentre el que busca: que busquemos siempre tu rostro. Tú abres al que llama: ábrenos la puerta de tu corazón a nosotros y a todos los hombres. Estrechados en tu eterno abrazo, no pediremos más. Oh Padre, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

 

CONTEMPLATIO

El Evangelio nos asegura que son muchas las causas por las que somos escuchados. Una condición: que dos almas se unan en su oración; otra una fe firme; también la limosna, la enmienda de vida [...]. Convencido estoy de nuestras miserias, y quiero, incluso, admitir que estamos completamente desprovistos de las virtudes de las que hemos hablado antes. Y, sin embargo, el Señor promete concedernos los bienes celestiales y eternos; nos exhorta a una dulce violencia con nuestra insistencia. Nada más lejos de él que el desprecio de los importunos: los invita, los alaba, les promete concederles con gusto todo. Que nos anime la insistencia de los importunos. Sin exigir un gran mérito ni grandes fatigas, está en nuestra mano. No dudemos de la Palabra del Señor, que dice: "Todo lo que pidáis con fe lo obtendréis" (Juan Casiano, Colaciones, IX, 34, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él le escucha" (Sal 33,6s).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Antes de saber cómo hay que orar, importa mucho más saber cómo "no cansarse nunca", no desanimarse nunca, ni deponer las armas ante el silencio aparente de Dios: "Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer" (Le 18,1).

Que la intrepidez se adueñe de ti como de la viuda ante el juez. Vete a encontrar a Dios en plena noche, llama a la puerta, grita, suplica e intercede. Y si la puerta parece cerrada, vuelve a la cara, pide, pide hasta romperle los oídos. Será sensible a tu llamada desmesurada, pues ésta grita tu confianza total en él.

Déjate llevar por la fuerza de tu angustia y el asalto de tu impetuosidad. En algunos momentos, el Espíritu Santo formulará él mismo las peticiones en lo más íntimo de tu corazón con gemidos inefables. ¿Has oído gemir a un enfermo presa de un intenso sufrimiento? Nadie puede permanecer insensible a esta queja, a menos que tenga un corazón de piedra. En la oración, Dios espera que pongas esta nota de violencia, de vehemencia y de súplica para volcarse sobre ti, y escuchará tu petición. En el fondo, no haces más que dar alcance al amor infinito comprimido en su corazón, que espera tu oración para desencadenarse en respuesta de ternura y misericordia. Si supieses lo atento que está Dios al menor de tus clamores, no dejarías de suplicarle por tus hermanos y por ti. El se levantaría entonces y colmaría tu espera mucho más allá de tu Oración. Se puede esperar todo de una persona que ora sin cansarse y que ama a sus hermanos con la ternura misma de Dios (J, Lufrance, Ora a tu Padre, Madrid 1981, 173-174).

 

 

 

Día 19

Viernes de la primera semana de cuaresma

 Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 18,21-28

Así dice el Señor Dios:

21 "Ahora bien, si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos, guarda todos mis mandamientos y se comporta recta y honradamente, ciertamente vivirá, no morirá.

22 Ninguno de los pecados cometidos le será recordado, sino que vivirá por haberse comportado honradamente.

23 ¿Acaso deseo yo la muerte del malvado, oráculo del Señor, y no que se convierta de su conducta y viva?

24 Si el honrado se aparta de su honradez y comete maldades, imitando las abominaciones del malvado, ninguna de las obras buenas que hizo le será recordada. Por el mal que hizo y por el pecado cometido morirá.

25 Vosotros decís: 'No es justo el proceder del Señor'. Escucha pueblo de Israel: ¿Acaso no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?

26 Si el honrado se aparta de su honradez, comete la maldad y muere, muere por la maldad que ha cometido.

27 Y si el malvado se aparta de la maldad cometida y se comporta recta y honradamente, vivirá.

28 Si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá".

 

*• El capítulo 18 de Ezequiel marca un paso decisivo en el progreso de la revelación. Consciente de que la verdadera dignidad depende de ser "pueblo elegido", Israel tiene muy vivo el sentido de la responsabilidad colectiva del pecado (cf. por ejemplo Dt 5,9s). Pero ya el profeta Jeremías comenzó a indicar que existe también un "pecado personal", es decir, que cada uno es responsable de sus acciones en primera persona (cf. Jr 31,29s). Ezequiel prosigue en esta misma línea superando las afirmaciones de Jeremías.

A los desterrados, sin esperanza y desalentados bajo el peso de un castigo que piensan que es inmerecido por tratarse de las culpas de sus padres, Ezequiel les profetiza indicándoles que cada uno decide con su comportamiento su propio destino (18,1-20); y prosigue anunciando que el destino personal no es inmutable (vv. 21-31): el Dios de la vida no se complace en la destrucción de los hombres, sino que espera y, en cierto sentido, suscita la conversión de cada uno.

El Señor brinda a cada uno la posibilidad de una vida nueva e indica el camino de la salvación, que, como cualquier camino, exige esfuerzo y perseverancia. Si el "pecador" debe cambiar radicalmente, también el "justo" debe optar continuamente por obrar de acuerdo con la voluntad de Dios; de otro modo, se olvidará el valor de sus obras justas (v. 24): nadie es "justo" de una vez por todas, sino que uno se va haciendo "justo" día tras día adhiriéndose al Señor.

 

Evangelio: Mateo 5,20-26

Dijo Jesús:

20 Os digo que si no sois mejores que los maestros de la Ley y los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

21 Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás, y el que mate será llevado a juicio.

22 Pero yo os digo que lodo el que se enoja contra su hermano será llevado a juicio, el que lo llame estúpido será llevado a juicio ante el sanedrín, y el que lo llame impío será condenado al fuego eterno.

23'Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,

24 deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda.

25 Trata de ponerte a buenas con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.

26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

**• Con la autoridad propia de quien es el cumplimiento de la Ley (vv. 17s), Jesús exige a los suyos, como condición para entrar en el Reino de los Cielos, una justicia que "supere" la de los escribas y fariseos. Jesús pide más porque da lo que pide: ésta es la novedad radical.

Ya no se trata de limitarse a observar minuciosamente preceptos y evitar prohibiciones, sino comenzar desde el corazón, donde nacen las  motivaciones profundas de nuestro actuar.

Con el v. 21 comienza una serie de formulaciones concretas de esta justicia superior, introducidas por el pasivo divino "se dijo", que significa "Dios dijo". Por un homicidio hay que someterse a un proceso, pero el gesto violento brota del corazón: por eso el airarse contra el hermano merece idéntico castigo. Una palabra injuriosa exige una pena más grave: el juicio ante el sanedrín.

Un insulto más ofensivo es condenado por el Supremo Juez con el fuego eterno (v. 22). También el culto exige no sólo condiciones externas de pureza, sino la pureza de un corazón pacífico y pacificador, que no tolera las divisiones en las relaciones fraternas y, por consiguiente, debe dar el primer paso: la reconciliación con el hermano como premisa para la comunión con el Señor (vv. 23s).

En los vv. 25s se subraya no sólo la necesidad, sino también la urgencia de la reconciliación en una perspectiva escatológica: el otro ya no es el hermano, sino el adversario, el acusador que podemos encontrar en el camino de la vida: también con él debemos tratar de buscar un acuerdo, porque al final de la vida nos espera el Justo Juez, y debemos estar preparados para el juicio.

 

MEDITATIO

Jesús propone una justicia superior a la de los escribas y fariseos; la primera está basada en el conocimiento profundo de la Ley, la segunda, en la observancia escrupulosa de los preceptos. Es superior, pues, la justicia que no se fundamenta sólo en el saber y el hacer, sino sobre todo en el ser: esa justicia es santidad porque es participación en la bondad infinita de Dios. Jesús dirige cualquier acto a su origen, el corazón.

"El que se enoja contra su hermano..." Notemos la insistencia: ¡hermano! Se mata al hermano en el corazón con pensamientos o sentimientos hostiles e incluso, sencillamente, con la indiferencia. Se le mata también con palabras injuriosas o despectivas. Hoy está de moda hablar violentamente, vulgarmente. Contagiados por el clima de la sociedad en que vivimos, esta costumbre puede penetrar también en ambientes considerados cristianos, pero es totalmente antievangélica. Se suele decir: "Mata más la lengua que la espada", pero el pensamiento mata aún más que la lengua, porque no todos los pensamientos malos afloran en palabras...

        ¡Qué delicado es el sentido de la justicia que Jesús nos inspira! Se trata de la pureza de corazón, de santidad, y sólo se puede lograr con un constante deseo y compromiso de conversión. La justicia verdadera es la que Jesús ha proclamado e inaugurado en la cruz con su acto de perdón y de amor desmesurado. Estamos llamados continuamente a este misterio de muerte por amor. Los hermanos necesitan ver en nosotros los rasgos del rostro del amor que perdona y hace vivir.

 

ORATIO

Señor, tú que eres justo en todos tus caminos y santo en todas tus obras: hoy tu mandato nos desconcierta porque remueve el abismo de nuestro corazón. Nos pides una justicia mayor -la pureza interior, cumplimiento de la Ley- y nosotros nos descubrimos siempre demasiado injustos.

Perdona, Señor, los pensamientos y sentimientos malos que no desarraigamos en cuanto surgen en nuestro interior y que, tal vez, irritados por la envidia, se traducen en malas palabras, en juicios negativos. A cuántos habremos matado de este modo sin darnos cuenta, nosotros, que tan fácilmente juzgamos cualquier infracción de la Ley, que tan fácilmente condenamos al que se equivoca en la vida e incluso reprobamos el exceso de indulgencia con el arrepentido. Ten piedad de nosotros, Señor, ven cada día a purificarnos el corazón del pecado, que siempre aflora infectando nuestras intenciones y acciones.

 

CONTEMPLATIO

Para amar a los enemigos, que es en lo que consiste la perfección de la caridad fraterna, nada nos anima tanto como la agradable consideración de la portentosa paciencia del "más bello entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3).

Para aprender a amar, el hombre no se debe dejar llevar por los impulsos carnales, y para no sucumbir a estos deseos, debe dirigir todo su afecto a la dulce paciencia de la carne de Dios. Descansando así, más suave y perfectamente en el deleite de la caridad fraterna, también abrazará a sus enemigos con los brazos del verdadero amor. Y para que este fuego divino no se apague por la condición de las injurias, contemple continuamente con los ojos del alma la serena paciencia de su amado Señor y Salvador {JElredo de Rieval, El espejo de la caridad, III, 5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El perdón no debe ser ocasional, algo excepcional, sino que debe integrarse sólidamente en la existencia y ser la expresión habitual de las disposiciones de unos hacia otros. Deberás empezar por dominar la reacción de tu corazón ante la ofensa recibida -tu rencor, tu obstinación en tener razón- y deberás sentirte verdaderamente libre. Pero el perdón da el paso decisivo al renunciar al castigo del otro. Con ello abandona el principio de equivalencia, en el cual se contrapone el dolor al dolor, el perjuicio al perjuicio, la expiación a la falta, para entrar en el de la libertad interior. Aquí también se restablece un orden, no con pasos y medidas rígidas, sino con una victoria creadora. El corazón se ensancha [...]. Jesucristo relaciona el perdón de los hombres con el de Dios. Este es el primero en perdonar, y el hombre no es más que su criatura. Por tanto, el perdón humano surge del perdón divino del Padre. El que perdona se asemeja al Padre. Actuando así, persuades al otro para que comprenda su error; creando con él la armonía del perdón, "habrás ganado a tu hermano". Entonces vuelve a florecer leí fraternidad. El que así piensa aprecia al prójimo. Le duele saber que su hermano está en falta, como a Dios le duele el pecado, porque aleja de él al hombre. Y de la misma manera que Dios desea redimir al hombre caído, así el hombre instruido por Jesucristo sólo anhela que la persona que le ha ofendido reconozca su falta y vuelva así a la comunidad de la vida santa.

Jesucristo es el modelo de esta actitud. Él es el perdón viviente. que no sólo ha perdonado la culpa, sino que ha restaurado la verdadera "justicia". Ha destruido cuanto de lo más terrible se había acumulado, cargado sobre sus espaldas la deuda que había de pesar sobre el pecador [...]. Vivimos de la obra redentora de Jesucristo, pero no podemos disfrutar de la redención sin contribuir a ella (R. Guardini, El Señor I, Madrid 31958, 531-540, passim).

 

 

Día 20

Sábado de la primera semana de cuaresma

 Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 26,16-19

Moisés habló al pueblo y dijo:

16 Hoy te manda el Señor tu Dios poner en práctica estas leyes y preceptos. Guárdalos y ponlos en práctica con todo tu corazón y toda tu alma.

17 Hoy has aceptado lo que el Señor te propone: que él será tu Dios y que tú seguirás sus caminos, cumplirás sus leyes, sus mandamientos y sus preceptos, y escucharás su voz.

18 Y el Señor ha aceptado lo que tú le propones: que tú serás el pueblo de su propiedad, como te ha prometido, y que cumplirás todos sus mandamientos.

19 Él te encumbrará por encima de todas las naciones que él ha creado, dándote gloria, fama y honor, para que seas un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como te ha prometido".

 

*» En el contexto del Deuteronomio, el presente fragmento revela su carácter jurídico: es una fórmula de tratado, una ratificación formal de la alianza. Por eso es significativa su ubicación después del cuerpo legislativo (ce. 11-26) y las bendiciones y maldiciones consiguientes a la observancia o transgresión de los decretos del Señor. En el plano jurídico, en el antiguo Israel, el pacto representa la forma más radical para construir una comunión entre personas; consiste en crear una situación en la que los contrayentes se intercambian lo que tienen de más personal y propio (cf. 1 Sam 18,3; 20,8; 23,18). Con presencia de testigos -y con un documento público- cada una de las partes propone y acepta un doble compromiso recíproco. El fragmento que nos propone hoy la liturgia presenta un particularísimo tipo de "pacto": no se trata de un pacto entre dos hombres, sino entre un Dios y un pueblo, entre el Dios fiel e Israel. Es un pacto "teológico" en el que los contrayentes están en distinto plano.

En su sencillez, la perícopa tiene un claro significado didáctico, y manifiesta la experiencia que Israel tiene de Dios: Dios no es un ser absoluto, lejano, inaccesible; Dios es comunión, es voluntad de salvación para el pueblo que él ha elegido. Es él quien toma la iniciativa de la elección por puro amor gratuito con el pueblo (cf. Dt 4,37).

El es quien da a Israel leyes y mandatos que constituyen un camino de vida y un modelo de sabiduría para los individuos (cf. Bar 4,1-4). Acoger la gracia y corresponder por medio de la obediencia a la voz del Señor es la respuesta fiel que Dios pide a Israel.

 

Evangelio: Mateo 5,43-48

Jesús dijo:

43 Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

45 De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos.

46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis?

¿No hacen también eso los publicanos?

47 Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos?

48 Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

**• Nos encontramos ante la última antítesis en la que Jesús, con su enseñanza de la Ley, indica su cumplimiento. El libro del Levítico manda el amor al prójimo y prohíbe la venganza y el rencor "contra los hijos de tu pueblo" (Lv 19,18): por "prójimo" probablemente hay que entender aquel con el que se vive y pertenece a la misma etnia. Lo añadido, "odiarás a tu enemigo", no proviene del Antiguo Testamento ni de las enseñanzas rabínicas, pero expresa en concreto el modo con que el hombre de a pie recibía el mándalo: incluso los esenios y los zelotas contemporáneos a Jesús aceptaban esta interpretación.

Jesús, por el contrario, pide una calidad sin restricciones, una oración que abarque a lodos, también a los que nos hacen sufrir. ¿Cómo puede exigir tanto? El fundamento es el amor gratuito e incondicionado que nosotros recibimos de un Dios que es Padre y nos quiere hijos semejantes a él en el obrar el bien y en procurar el gozo a los demás (vv. 44s). Todos los demás: no se trata de una universalidad ideal, sino muy concreta; propone amar a aquel que no nos ama, saludar al que nos niega el saludo... Es lo que distingue al discípulo de Cristo de los paganos y pecadores (vv. 46s); y superando la tendencia humana natural y limitada, nos hace tender a la perfección con la misma medida inconmesurable del Padre, que es amor (v. 48).

Llegados a este punto, carece de sentido pedir una recompensa a Dios por la observancia tan minuciosa y estricta de las normas de justicia: la gratuidad del amor se convierte en ley reguladora de las relaciones con Dios y con los hombres. En esto consiste la "justicia superior" que Jesús pone como condición para entrar en el Reino de los Cielos (5,20).

 

MEDITATIO

Dios ha sellado con su pueblo un pacto de alianza recíproca, pidiéndole observar sus leyes y normas con todo el corazón. Jesús nos muestra la meta de esta obediencia: llegar a ser hijos semejantes al Padre, perfectos como él es perfecto. Pero la perfección de Dios no es una inalterable serenidad, una pureza aséptica.

Cristo nos revela que es misericordia con todos, gratuidad universal, bondad que supera cualquier medida humana. Por consiguiente, tender a la perfección significa conformar nuestro corazón con el del Padre, que derrama bienes sobre todos, sin hacer distinción entre buenos y malos, justos e injustos, agradecidos e ingratos.

Jesús nos manifiesta un amor similar con todos, pero no de una manera genérica, como una benevolencia seráfica con la humanidad. Nos dice: "Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen"; actuar con caridad con el que nos está haciendo el mal. Esto es amar de modo perfecto, ofreciendo el don más grande, el perdón. Así nos ha amado Cristo desde la cruz, dejándonos no sólo ejemplo, sino también la gracia necesaria para conformarnos a él. No nos limitemos a lo que nos es connatural, siendo benevolentes con los que nos manifiestan benevolencia: esto lo hacen también de modo natural quienes todavía no conocen el rostro del Padre. A nosotros se nos ha manifestado; se nos ha concedido una gracia sobreabundante: no nos quedemos en cuestiones de mérito, no busquemos recompensas. El amor de Dios derramado sobre nuestros corazones es la más espléndida e inmerecida recompensa.

 

ORATIO

Jesús, Hijo de Dios vivo, tú nos has mostrado en tu rostro el rostro del Padre: haz que mirándote a ti, que no te avergüenzas de llamarnos "hermanos", aprendamos a vivir como verdaderos hijos, obedientes a la voluntad de Dios.

Señor, tú nos has revelado que el Padre derrama su amor a todos: haz que llegando a la fuente de toda bondad podamos llevar al inundo el agua viva del Espíritu, que todo lo renueva.

Oh Cristo, que pediste desde la cruz perdón para todos nosotros: ha/ que acogiendo la gracia divina aprendamos a amar ton a ¡razón gratuito a todos los hombres, y más que a nadie al hermano que nos ha hecho mal. Entonces, al mirarnos, el Padre nos podrá reconocer verdaderamente como hijos suyos.

Sea este nuestro único deseo: tender a la comunión plena, tener un solo corazón y una sola alma.

 

CONTEMPLATIO

Quien ama a todos se salvará, sin duda. Quien es amado por todos no se salvará por eso. "Dios es amor." Quien se relaciona con alguien sin amor, vende a Dios, vende su felicidad. Sólo se da felicidad amando. ¿Cuál es la belleza natural del alma? Amar a Dios. ¿Y cuánto? "Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas" (Le 10,27).

En el mismo orden de belleza hay que poner el amor al prójimo. ¿Cuánto? Hasta la muerte. Si no lo haces, ¿quién sufrirá el daño? No Dios, sino quizás un poco el prójimo, pero tú serás quien sufra un daño enorme. De hecho, el ser privado de una belleza o perfección natural no es igualmente dañino a las criaturas. Si la rosa deja de tener su color natural o la azucena su aroma, el daño que yo recibiría sería de menor importancia aunque me gusten estas sensaciones; mas para la rosa y la azucena sería un daño terrible, porque se ven privadas de su propia y natural belleza (Guigo I., Meditationes, II, 23,89,465).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Seas bendito, oh eterno Dios. Que cesen toda venganza, la incitación al castigo o a la recompensa. Los delitos han superado toda medida, todo entendimiento. Ya hay demasiados mártires. No peses sus sufrimientos en la balanza de tu justicia, Señor, y no dejes que estos carniceros se ceben con nosotros. Que se venguen de otro modo.

Da a los verdugos, a los delatores, a los traidores y a todos los hombres malvados el valor, la fuerza espiritual de los otros, su humildad, su dignidad, su continua lucha interior y su esperanza invencible, la sonrisa capaz de borrar las lágrimas, su amor, sus corazones destrozados pero firmes y confiados ante la muerte, sí, hasta el momento de la más extrema debilidad [...].

Que todo esto se deposite ante ti, Señor, para el perdón de los pecados como rescate para que triunfe la justicia; que se lleve cuenta del bien y no del mal. Que permanezcamos en el recuerdo de nuestros enemigos no como sus víctimas, ni como una pesadilla, ni como espectros que siguen sus pasos, sino como apoyo en su lucha por destruir el furor de sus pasiones criminales. No les pediremos nada más. Y cuando todo esto acabe, concédenos vivir como hombres entre los hombres y que la paz reine sobre nuestra pobre tierra. Paz para los hombres de buena voluntad y para todos los demás (Oración anónima, escrita en yiddish, encontrada en Auschwitz-Birkenau, cit. en B. Ducruet, Con la pace nel cuore, Milán 1998, 42s).

 

 

Día 21

Segundo domingo de cuaresma Ciclo C

 Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Génesis 15,5-12.17s

5 Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: - Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Y añadió: - Así será tu descendencia.

6 Creyó Abrahán al Señor, y el Señor lo anotó en su haber.

7 Después le dijo el Señor: - Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los caldeos para darte esta tierra en posesión.

8 Abrahán le preguntó: - Señor, Señor, ¿cómo sabré que voy a poseerla?

9 El Señor le respondió: - Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.

10 Trajo él todos estos animales, los partió por la mitad y puso una mitad frente a la otra, pero las aves no las partió.

11 Las aves rapaces empezaron a lanzarse sobre los cadáveres, pero Abrahán las espantaba.

12 Cuando el sol iba a ponerse, cayó un sueño pesado sobre Abrahán y un gran terror se apoderó de él.

17 Cuando se puso el sol, cayeron densas tinieblas, y entre los animales partidos pasó un horno humeante y una antorcha de fuego.

18 Aquel día hizo el Señor una alianza con Abrahán en estos términos: - A tu descendencia le daré esta tierra, desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Eúfrates.

 

**• La espera del cumplimiento de los tiempos de Dios se prolonga poniendo a prueba a Abrahán. Pero el Señor te conforta prometiéndole que su recompensa será muy grande (v. 1): su descendencia será tan numerosa como las estrellas y poseerá la tierra donde ahora vive como extranjero. Abrahán renueva su fe: "creyó al Señor" (v. 6a). A cada intervención del Señor responde con un "Amén" total, asintiendo plenamente: toda su vida está anclada en la roca firme de la Palabra del Señor.

Dios acoge como sacrificio perfecto esta fe obediente: y "se lo anotó en su haber ", o sea, pronuncia el juicio con el que los sacerdotes atestiguaban la perfección de la víctima a sacrificar. Se nos viene a decir: con su comportamiento, Abrahán se ha ubicado en la justa relación con el Señor. Y el Señor entonces se manifiesta como quien toma en sus manos las riendas de la historia de Abrahán, porque tiene un proyecto para el futuro (v. 7).

Se utilizan dos verbos claves de la historia del Éxodo: "sacar" o hacer salir y "dar". La promesa del Señor no se reduce a meras palabras. Como respuesta a la petición de garantía, él propone un rito de juramento que para nosotros resulta desconcertante: pasar entre animales descuartizados significaba que los dos contrayentes de un pacto conjuraban sobre sí mismos como maldición la suerte de los cadáveres en caso de no mantener fidelidad a lo acordado. Es de notar que Dios manda a Abrahán preparar el rito, pero sólo él pasa como resplandor y oscuridad a la vez. Mientras tanto, Dios hace que Abrahán caiga en un sopor (tardemah) que lo insensibiliza; él mismo es quien -paradójicamente- atrae sobre sí la automaldición. Dios se vincula así a la historia de Abrahán y su descendencia para siempre con un juramento solemne e irrevocable, con una fidelidad indefectible, sin exigir contrapartida al hombre.

Verdaderamente, el Señor puede decir a Abrahán y a todos: "No temas. Yo soy tu escudo" (v. 1), ofreciendo un futuro infinitamente mayor que cualquier esperanza humana (vv. 5.18-21).

 

Segunda lectura: Filipenses 3,17-4,1

3.17 Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en quienes me han tomado como norma de conducta.

18 Pues, como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo.

19 Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra.

20 Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor.

21 Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas.

41 Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, vosotros que sois mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor, queridos.

 

*•• A los cristianos de Filipos, Pablo les repite la invitación a desconfiar de los que intentan introducir las prácticas judaizantes: son los que se vanaglorian y confían en la observancia de usos que son "carne", es decir, puramente humanos (3,1-4). Con esta finalidad, el apóstol pone como ejemplo su propia historia y explica sus opciones (vv. 5-14).

De hecho, son muchos los que quisieran desviarle de la fe en Cristo crucificado para sustituirla por la circuncisión y prácticas puramente externas vinculadas en particular con el uso de ciertos alimentos: cosas que, en definitiva, ponen en el vientre su centro de atención y deberían, por consiguiente, ser objeto de vergüenza más que de vanagloria. Desenmascarando los escrúpulos de una religiosidad tan terrena (v. 19), Pablo exhorta a levantar a lo alto los ojos de la fe, a tensar la espera del corazón: la tierra no es nuestra patria, sino el cielo, donde mora Dios, nuestro Padre; de allí esperamos la venida gloriosa del Salvador.

En el comienzo de su carta, Pablo había comparado la vida cristiana con los participantes en una carrera (2,16; 3,12-14). Esta carrera se va configurando como espera y deseo ardiente de conseguir la meta. Recordando el himno cristológico del capítulo 2, el apóstol abre una nueva perspectiva contemplativa de las realidades últimas: Jesucristo es el Señor y todo se le somete. Tal es el horizonte de la vida cristiana: vale la pena mantenerse firmes en el Señor. La fidelidad de la comunidad es para Pablo la corona, el signo de haber concluido victoriosamente la carrera.

 

Evangelio: Lucas 9,28b-36

28 Unos ocho días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar.

29 Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

30 En esto aparecieron conversando con él dos hombres. Eran Moisés y Elías,

31 que, resplandecientes de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén.

32 Pedro y sus compañeros, aunque estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos que estaban con él.

33 Cuando éstos se retiraban, Pedro dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pedro no sabía lo que decía.

34 Mientras estaba hablando, vino una nube y los cubrió; y se asustaron al entrar en la nube.

35 De la nube salió una voz que decía: - Éste es mi Hijo elegido; escuchadle.

36 Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto.

 

*»• Como en los otros evangelios sinópticos, también en el de Lucas la trasfiguración está en relación con los acontecimientos precedentes (vv. 18-27). Son los mismos hechos, pero se relatan con una perspectiva particular que ayuda a profundizar en su significado. Jesús sube al monte con los tres discípulos privilegiados "para orar" (v. 28). También los acontecimientos precedentes estaban enmarcados en la oración de Jesús "aparte" con los suyos. Después de orar, el Maestro había preguntado a los discípulos para saber hasta qué punto habían comprendido su identidad y enseñarles lo referente a ello. Ahora en la oración ofrece la confirmación extraordinaria a su palabra: el coloquio orante con el Padre transfigura a Jesús y su aspecto es "otro". Su resplandor hace que lo reconozcamos como el Hijo del hombre profetizado y esperado.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas son los testimonios de la veracidad del evento. Hablan con Jesús de su éxodo: como los dos grandes reveladores de Dios, también Jesús está llamado a "salir", a pasar decididamente unos límites. Para él será el límite extremo, el de la vida terrena. Un sopor se apodera de los discípulos, como sucederá en Getsemaní: el hombre no puede soportar el peso de lo divino en sus manifestaciones, sean de gloria o de sufrimiento.

La nube que cubre con su sombra a los presentes indica que Jesús es el cumplimiento de la historia y los ritos de Israel: ahora es él la tienda del encuentro de Dios con el hombre. La voz divina desde la nube lo proclama Hijo elegido: es el título del Siervo de YHWH en Is 42,1, título atribuido al Hijo del hombre en la apocalíptica judía contemporánea a Jesús. Así es como el Padre testimonia la identidad y misión de Cristo, mandando que lo escuchemos. Cuando se desvanece la visión, Jesús se queda solo con los suyos. De nuevo el camino de la fe, una fe que nace de la escucha-obediencia (Rom 10,17) y se lleva a la práctica en la fidelidad del seguimiento.

 

MEDITATIO

La Palabra del Señor hace que tengamos fija la mirada en la meta de nuestra peregrinación humana: nuestra verdadera patria está en el cielo; hacia allí debemos orientar el corazón y dirigir resueltamente los pasos de nuestro camino empedrado con las opciones cotidianas.

Cada día el Señor nos saca de nuestras falsas seguridades, en las que en vano buscamos tranquilidad y satisfacción; como a Abrahán, como a Israel, también a nosotros nos dice: "Te he sacado para darte...". Y él promete a nuestra fe una recompensa inmensa si aceptamos vivir en un éxodo constante, una aventura nunca acabada aquí abajo, que nos exige siempre nuevas separaciones y desapegos para seguir la llamada del Señor a gustar desde ahora lo que nos promete. Cristo viene a abrirnos el camino y hoy nos deja entrever lo que será el cumplimiento en su faz transfigurada por la oración. Hechos hijos de Dios en la sangre del Hijo amado, debemos llegar a ser día tras día lo que ya somos, escuchando su Palabra, obedeciendo su voz, prolongando la oración para entrar en comunión vital con él. En su luz veremos la luz; fiémonos con corazón sencillo de su guía. Él conoce el camino que nos llevará a la vida y no nos dejará desfallecer en el camino hasta que, de éxodo en éxodo, lleguemos a la Jerusalén eterna, patria de todos, y seamos admitidos, por pura gracia, a la comunión del amor trinitario.

 

ORATIO

Oh Cristo, icono de la majestuosa gloria del Padre, belleza incandescente por la llama del Espíritu Santo, luz de luz, rostro del amor, dígnate hacernos subir a tu presencia en el monte santo de la oración. Fascinados por tu fulgor, desearíamos que nos tuvieses siempre a tu lado en el monte de la gloria, pero el corazón se turba con el pensamiento de que para llegar a la plenitud de la luz es preciso atravesar el bautismo de sangre, por medio del sacrifico, el don total de nosotros mismos.

El monte de la oración, de hecho, es difícil de escalar: sólo se corona su cima pasando antes por la altura del Calvario. No nos sentimos capaces de tanto y quisiéramos retirarnos; pero tú, por un instante fugaz, multiplicas tus seducciones para que también la cruz se transfigure y ya no nos infunda pavor.

 

CONTEMPLATIO

Tu transfiguración, Cristo, proyecta una luz fascinante sobre nuestra vida cotidiana y nos impulsa a dirigir nuestro espíritu hacia el destino inmortal que aquel acontecimiento encierra.

Sobre la cima del Tabor tú, Cristo, descubres durante algunos momentos el esplendor de tu divinidad y le manifiestas a los testigos escogidos de antemano tal como realmente eres, el Hijo de Dios, "la irradiación de la gloria del Padre y la imagen de su sustancia"; pero dejas ver también el destino trascendente de nuestra naturaleza humana, que has asumido para salvarnos, destinada también, por haber sido redimida por tu sacrificio de amor irrevocable, a participar de la plenitud de la vida, de la "herencia de los santos en el reino de la luz".

Ese cuerpo que se transfigura ante los ojos atónitos de los apóstoles es tu cuerpo, oh Cristo, hermano nuestro, pero es también nuestro cuerpo llamado a la gloria, porque somos "partícipes de la naturaleza divina". Una dicha incomparable nos espera si hacemos honor a nuestra vida cristiana (Pablo VI, Discurso para el ángelus, 6 agosto 1978, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El Señor es mi luz y mi salvación" (Sal 26,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Evangelio nos dice que su rostro apareció totalmente transfigurado. Sabes muy bien que el rostro revela el corazón, revela la interioridad de un ser. Con los ojos de tu corazón contempla ese rostro, pero a través del rostro encuentra el corazón de Cristo. El rostro de Cristo expresa y revela la ternura infinita de su corazón. Cuando sientes una gran alegría, tu rostro se ilumina y refleja tu felicidad.

Es un poco lo que le ha pasado a Jesús en la transfiguración. Si escrutas el corazón de Cristo en la oración, descubrirás que la vida divina, en fuego de la zarza ardiente, estaba escondido en el fondo del mismo ser de Jesús. Por su encarnación, ha "humanizado" la vida divina para comunicártela sin que te destruya, pues nadie puede ver a Dios sin morir. En la transfiguración, esta vida resplandece con plena claridad de una manera fugaz e irradia el rostro y los vestidos de Jesús. Sobre el rostro de Cristo contemplas la gloria de Dios.

En la transfiguración, todo el peso de la gloria del Señor -es decir, la intensidad de su vida- irradia de Jesús. Las figuras de Moisés y Elías convergen hacia él. No hay que engañarse en esto: el ser mismo de Cristo hace presente al Dios tres veces santo de la zarza ardiente y al Dios íntimo y cercano del Horeb. Sin embargo, hay que aprehender toda la dimensión de la gloria de Jesús, que brilla de una manera misteriosa en su éxodo a Jerusalén, es decir, en su Pasión. En el centro mismo de su muerte gloriosa es donde Jesús libera esta intensidad de vida divina escondida en él.

La contemplación de la transfiguración te hace penetrar en el corazón del misterio trinitario, del cual la nube es el símbolo más brillante. Si aceptas en Jesús el entregar tu vida al Padre por amor, participas del beso de amor que ef Padre da al Hijo (J. Lafrance, Ora a tu Padre, Maérid 1 981, 104-105).

 

 

Día 22

Lunes de la segunda semana de Cuaresma o Cátedra de san Pedro

Liturgia de las Horas de hoy 

        Un antiquísimo martirologio sitúa el nacimiento de la cátedra de Pedro exactamente el 22 de febrero. Esta fiesta litúrgica ha sido señalada por la Iglesia como una maravillosa oportunidad para hacer una memoria viva y actualizadora del primero entre los apóstoles, Simón Pedro.

        Simón, natural de Cafarnaún y pescador de oficio, se encontró con Jesús en el ejercicio de su profesión: lo abandonó todo, casa y padres, para seguir al Maestro de por vida. Su personalidad, tan sencilla como simpática, emerge de manera espontánea y clara en todo el relato evangélico. Jesús lo eligió, más allá de sus méritos, junto con los Doce, y entre éstos lo eligió como el primero.

        La celebración de hoy, con el símbolo de la cátedra, da un gran relieve a la misión de maestro y pastor que Cristo confirió a Pedro: sobre él, como sobre una piedra, fundó Cristo su Iglesia.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Pedro 5,1-4

Queridos hermanos:

1 Para vuestros responsables, yo, que comparto con ellos ese mismo ministerio y soy testigo de los padecimientos de Cristo y partícipe ya de la gloria que está » punto de revelarse, ésta es mi exhortación:

2 Apacentad el rebaño que Dios os ha confiado no a la fuerza, sino de buen grado, como Dios quiere, y no por los beneficios que pueda reportaros, sino con ánimo generoso;

3 no como déspotas con quienes os han sido confiados, sino como modelos del rebaño.

4 Así, cuando aparezca el supremo pastor, recibiréis la corona de la gloría que no se marchita.

 

        *» El carácter autobiográfico de esta primera lectura es evidente: el apóstol habla en primera persona y se presenta como «responsable», «testigo de los padecimientos de Cristo», «partícipe ya de la gloria que está a punto de revelarse» (v. 1). De esta autopresentación podemos deducir la plena y perfecta identidad del discípulo-apóstol.

        Vienen, a continuación, algunas recomendaciones, con las que Pedro desea compartir con los responsables a los que dirige la palabra el peso y el honor de las responsabilidades que Jesús ha puesto sobre sus hombros. Las invitaciones a apacentar, a vigilar y a ser modelos para el rebaño (vv. 2ss) se suceden con machacona insistencia: señal de que el apóstol no transmite algo de su propia cosecha, sino una misión que le ha sido confiada para ser compartida y participada.

        No es el interés, sino el amor, lo que debe animar y sostener a los «responsables», es decir, a los que han sido llamados en la Iglesia a ejercer un ministerio de guía. Su espiritualidad es la del servicio total, la plena entrega y la fidelidad incondicionada. Las últimas palabras de esta lectura contienen una promesa: a los que permanezcan fieles hasta el final se les asegura «la corona de la gloria» (v. 4), y será el Pastor supremo quien corone a los pastores de la Iglesia.

 

Evangelio: Mateo 16,13-19

En aquel tiempo,

13 de camino hacia la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14 Ellos le contestaron: -Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas.

15 Jesús les preguntó: -Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

16 Simón Pedro respondió: -Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17 Jesús le dijo: -Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre, que está en los cielos.

18 Yo te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer.

19 Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

 

        **• Esta página evangélica se subdivide en dos partes: en primer lugar, es Jesús quien quiere saber lo que la gente dice de él, y se lo pregunta a los discípulos (vv. 13ss).

        Conocemos bien las diferentes respuestas que le dan: todas ellas son válidas en parte, pero ninguna es exacta. De este modo, Jesús ha abierto el paso a una pregunta ulterior (v. 15), pero esta vez la respuesta viene personalmente de Pedro (v. 16). La de Pedro es una profesión de fe plena, completa, que tiene todo el sabor de una fe pascual. Al mismo tiempo que define quién es Jesús, Pedro manifiesta plenamente también su propia identidad de creyente, y en esto nos representa a todos.

        La segunda parte de esta página evangélica contiene una serie de enunciados con los que Jesús define su relación personal con Pedro y el ministerio de Pedro respecto a la Iglesia (vv. 17-19). La bienaventuranza de Pedro, solemnemente pronunciada por Jesús, está motivada por el hecho de que Pedro ha hablado bajo la inspiración de Dios: la profesión de fe de Pedro corresponde a una plena revelación divina. El nuevo nombre que Jesús da a Simón ya no es Simón, sino «piedra», firme y sólida, sobre la que el mismo Cristo pretende edificar su Iglesia, la comunidad de los salvados. Por último, Jesús dirige a Pedro una promesa absolutamente especial: a él se le entregarán las llaves del Reino de los Cielos, las llaves que sólo Cristo puede usar y con las que él mismo abre y cierra, ata y desata, entra y sale. Con Pedro y por medio de Pedro, es Cristo mismo el que lleva a cabo la salvación para todos.

 

MEDITATIO

        El apóstol Pedro, desde el primer gran discurso que pronunció el día de Pentecostés (Hch 2,14-41), se presenta en el escenario de la historia como testigo, intérprete y exhortador. Así es como ejerce su ministerio de guía de la primitiva comunidad cristiana.

        Ante todo, es testigo del gran acontecimiento pentecostal, en el que el Padre, por medio del Hijo, envió el don del Espíritu Santo sobre los primeros creyentes. Pedro tiene el derecho-deber de presentarse como testigo ocular de este acontecimiento, precisamente porque él, junto con otros, fue enriquecido con este don. El testimonio cristiano brota siempre de la abundancia del don recibido y se manifiesta como correspondencia generosa al mismo don.

        Pedro, en su predicación, se presenta también como intérprete del acontecimiento histórico de Jesús de Nazaret, especialmente de lo que Jesús hizo durante su ministerio público y de los grandes acontecimientos pascuales que consumaron su misión. A la luz de la Pascua-Pentecostés, Pedro se encarga de interpretar el valor salvífico de la Pascua de Jesús, explicitando para sus oyentes el significado actual, que no permite fugas ni evasiones.

         La tercera tarea de la que se encarga el apóstol es la de exhortar a todos los que le escuchan, a fin de que cada uno se dé cuenta de la necesidad de responder el mensaje revelado y de corresponder a él con la vida. De este modo, el apóstol Pedro se presenta a nosotros como el «evangelista ideal», con una predicación completa y paradigmática, a la que todos estamos llamados a configurarnos.

 

ORATIO

Señor, aléjate de mí, que soy un pecador,

pero por tu palabra echaré las redes;

porque sólo tú, Jesús, eres el Hijo del Dios vivo;

sólo tú, Jesús, tienes palabras de vida eterna;

sólo tú, Jesús, eres la roca y yo sólo la piedra;

sólo tú, Jesús, eres el Señor y el Maestro.

Soy débil, Jesús, mas por tu gracia daré mi vida

por ti, porque tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.

 

CONTEMPLATIO

        En Pedro vemos la piedra elegida [...]. En Pedro hemos de reconocer a la Iglesia. En efecto, Cristo edificó la Iglesia no sobre un hombre, sino sobre la confesión de Pedro. ¿Cuál fue la confesión de Pedro? «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Ésta es la piedra, éste es el fundamento, y es aquí donde fue edificada la Iglesia, a la que no vencerán las puertas del infierno (Mt 16,18) [...]. He aquí aquel Pedro negador y amante negador por debilidad humana, amante por gracia divina [...]. Fue interrogado sobre el amor y le fueron confiadas las ovejas de Cristo [...]. Cuando el Señor confiaba sus ovejas a Pedro, nos confiaba a nosotros. Cuando confiaba a Pedro, confiaba a la Iglesia sus miembros.

        Señor, encomienda, pues, tu Iglesia a tu Iglesia y tu Iglesia se encomienda a ti (Agustín de Hipona, Sermoni per i tempi liturgici, Milán 1994, pp. 371ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras del apóstol Pedro: «Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones» (1 Pe 3,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Viene con facilidad a la mente de todos esta pregunta: ¿Quién era san Pedro? A esta fácil pregunta no resulta fácil darle una pronta y completa respuesta. La respuesta que parece dispuesta -era el discípulo, el primero que fue llamado «apóstol» con los otros once- se complica con el recuerdo de las imágenes, las figuras y las metáforas de las que se sirvió el Señor para hacernos comprender quién debía ser y llegar a ser este elegido suyo.

        ¡Fijaos! La imagen más obvia es la de la piedra, la de la roca: el nombre de Pedro la proclama. ¿Y qué significa este término aplicado a un hombre sencillo y sensible, voluble y débil?, podríamos decir. La piedra es dura, es estable, es duradera; se encuentra en la base del edificio, lo sostiene todo, y el edificio se llama Iglesia: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Pero hay otras imágenes referidas a san Pedro, que merecen explicaciones y meditaciones: imágenes usadas por el mismo Cristo, llenas de un profundo significado. Las llaves, por ejemplo - o sea, los poderes-, dadas únicamente a Pedro entre todos los apóstoles, para significar una plenitud de facultades que se ejercen no sólo en la tierra, sino también en el cielo. ¿Y la red, la red de Pedro, lanzada dos veces en el evangelio para una pesca milagrosa?

        «Te haré pescador de hombres», dice el evangelio de Lucas (5,10). También aquí la humilde imagen de la pesca asume el inmenso y majestuoso significado de la misión histórica y universal confiada a aquel sencillo pescador del lago de Genesaret. ¿Y la figura del pastor? «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas» (Jn 21,1 óss), dijo Jesús a san Pedro, para hacernos pensar a nosotros que el designio de nuestra salvación implica una relación necesaria entre nosotros y él, el sumo Pastor. Y así otras.

        Aunque -mirando mejor en las páginas de la Escritura- encontraremos otras imágenes significativas, como la de la moneda (Mt 17,25) [...], como la d é la barca de Pedro (Le 5,3), como la del lienzo bajado del cielo (Hch 10,3), y la de las cadenas que caen de las manos de Pedro (Hch 12,7), y la del canto del gallo para recordarle a Pedro su humana fragilidad (Me 14,72), y la de la cintura que un día -el último, para significar el martirio del apóstol- ceñirá a Pedro (Jn 21,18).

        Todas las imágenes, características del lenguaje bíblico y del evangélico, esconden significados grandes y precisos. Bajo el símbolo hay una verdad, hay una realidad que nuestra mente puede explorar y puede ver inmensa y próxima (Pablo VI).

 

Día 23

Martes de la 2ª semana de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 1,10.16-20

10 Escuchad la Palabra del Señor, jefes de Sodoma, atiende a la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:

16 Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal,

17 aprended a hacer el bien. Buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda.

18 Luego venid, discutamos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como la lana.

19 Si obedecéis y hacéis el bien, comeréis los frutos de la tierra;

20 Si os resistís y sois rebeldes, os devorará la espada. Lo ha dicho el Señor.

 

**• Como una especie de introducción a todo el libro de Isaías, el capítulo 1 anticipa la temática fundamental que aparecerá y se desarrollará después: al amor fiel de Dios el pueblo responde con infidelidad (vv. 2-9), atrayendo el castigo divino. Pero no hay culpa, por muy grave que sea, que no la venza la misericordia de Dios: se salvará un pequeño resto, raíz de vida nueva.

La perícopa que nos presenta la liturgia de hoy es una enseñanza profética contra el ritualismo, enmarcada en el esquema literario de una disputa jurídica típica de la tradición deuteronomista (vv. 10.19s). La referencia a Sodoma y Gomorra hace de gancho con el oráculo precedente (vv. 4-9): por la infidelidad de sus jefes, el "pueblo de Judá y Jerusalén" -términos que no hay que tomar en sentido geográfico, sino como referencia a todo el pueblo elegido- está en situación de atraer sobre sí un castigo similar al de las dos ciudades tristemente famosas (cf. Gn 19; Dt 29,22; 32,32).

Cuando no se hay una adhesión a la Ley divina, la oración es ineficaz y el culto inútil, incluso hasta perverso (vv. 11-15); viene a ser como ofrenda de incienso a los ídolos (cf. Dt 7,25s). Israel, aunque infiel, será siempre el destinatario de la Palabra de vida, y los dones de Dios son irrevocables: los dos imperativos que aparecen en sólo dos versículos (vv. 16s) indican la urgencia de un cambio para acoger el perdón que ofrece el Señor. Todavía puede el pueblo optar por la bendición (v. 19) o por la maldición (v. 20).

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

23,1  Entonces Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:

2- En la Cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos.

3 Obedecedles y haced lo que os digan; pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen.

4 Atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen a las espaldas de los hombres; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas.

5 Todo lo hacen para que los vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto;

6 Les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas;

7 que los saluden por la calle y los llamen maestros.

8 Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "maestro", porque uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.

9 Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo.

10 Ni os dejéis llamar "preceptores", porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El mayor de vosotros será el que sirva a los demás. – Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

*» El fragmento aparece después de los debates de Jesús en el Templo y constituye el primer cuadro del tríptico que el evangelista Mateo dedica a denunciar a escribas y fariseos (c. 23). Jesús se dirige "a la gente y a sus discípulos" con una doble enseñanza (vv. 1-12).

Por una parte desenmascara la incoherencia (vv. 2-4), la ostentación y la vanagloria (vv. 5-7) de escribas y fariseos, contra los que lanzará sus siete "ayes" (vv. 13-36). Por otra, pone en guardia a los discípulos contra el detestable vicio de la ambición (vv. 8-10), verdadero cáncer de la comunidad -evidentemente- también en tiempos de la redacción del Evangelio. Cualquier actitud de puras formas externas o de búsqueda de prestigio personal desvirtúa la misma religiosidad y la convierte en idolátrica.

Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿No escuchar la Palabra de la que los jefes son intérpretes incoherentes? Jesús invita al discernimiento, a hacer lo que dicen y no lo que hacen. El evangelista Mateo, implícitamente, nos invita a mirar a Jesús, el verdadero Maestro, fiel intérprete del Padre.

 

MEDITATIO

Dejemos que nos hieran las palabras que hoy la madre Iglesia hace resonar en nuestros oídos. No demos nada por descontado, pensando en nuestro interior: "Estas palabras le van bien a fulano o a mengano...". Dios nos lo dice a nosotros.

Y es una gracia inestimable que todavía nos las diga: en su paciencia quiere brindarnos una posibilidad de evitar un merecido castigo, aunque sólo fuese por nuestra ingratitud y superficialidad o quizás por la malicia de nuestra falta de generosidad. Cuando dormimos seguros sobre los laureles de los preceptos que observamos (así nos parece), recibimos gloria unos de otros, en vez de dar gloria al Señor.

¿Y Él? Él vuelve la mirada a otra parte: a sus ojos somos como los fariseos que ostentan sus filacterias y alargan las franjas del manto. Además, Isaías nos dice que todavía no hemos aprendido lo que es amor: respuesta agradecida, generosa y total a un Dios fiel que ha salido a nuestro encuentro y se ha unido a nosotros con vínculos nupciales. Sacrificios y ofrendas no valen nada si nuestros oídos y el corazón, seducidos por el pecado, se endurecen en las relaciones. ¿Quién circuncidará nuestro corazón y lavará nuestras manos? Será precisamente la Palabra de Dios, escuchada con oído atento, interiorizada en el corazón, guardada con amor, practicada con sencillez.

 

ORATIO

¡Cuántas veces, Señor, hemos hecho ostentación de obras y méritos para "dejarnos ver"..., y no precisamente por tus ojos, que ven el corazón, sino para ser admirados por los hombres; cuántas veces hemos buscado la estima y la gloria! Ten piedad de nosotros, Señor, por todas las veces que la Palabra de vida de la que nos mostramos maestros deja insensible nuestra conducta.

Tú, único Maestro del hombre, nos das el ejemplo más preclaro, haciéndote siervo. Tú, Hijo unigénito de Dios, nos invitas a buscar la mirada del Padre celestial, quien por tu extrema humillación te ha exaltado a su derecha. Lávanos en la sangre de tu sacrificio, purifícanos de toda malicia y vanidad; haznos discípulos dóciles, abiertos a la escucha, prontos en el buen obrar, humildes y transparentes en la vida de cada día.

 

CONTEMPLATIO

Abre tu corazón a todos los que son discípulos de Dios, sin mirar con sospechas su aspecto, sin mirar con desconfianza su edad. Y si alguno te parece pobre o andrajoso o feo o perdido, que no se turbe tu espíritu ni retrocedas.

El aspecto visible engaña a la muerte y al diablo porque la riqueza interior es invisible para ellos. Y mientras insisten en lo material y lo desprecian porque saben que es débil, están ciegos para las riquezas interiores e ignoran "el tesoro" que llevan "en vasijas de barro", que defiende el poder de Dios Padre, la sangre de Dios hijo y el rocío del Espíritu Santo. Pero no te dejes engañar tú, que has gustado la verdad y has sido considerado digno del gran rescate; y al contrario de lo que hacen otros hombres, opta por un ejército desarmado, pacífico, incruento, sereno, incontaminado: ancianos honrados, huérfanos piadosos, viudas rebosantes de mansedumbre, hombres adornados por la caridad (Clemente de Alejandría, Ce salvezza per el ñeco? XXXIIIs, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ser plenamente sinceros significa hacer todo preocupándose únicamente de lo que Dios piensa de nuestras acciones. Significa, por consiguiente, no adoptar actitudes diversas según el ambiente, no pensar de un modo cuando estamos solos y de otro cuando se está con alguien, sino hablar y actuar bajo la mirada de Dios, que lee los corazones. La sinceridad consiste en esforzarse para que nuestro porte externo coincida cada vez más con nuestro interior. Y, naturalmente, sin provocación, sino sencillamente siendo lo que somos, sin falsear la verdad por temor a desagradar a los demás.

Esta sinceridad exige pureza de intención, es decir, preocuparnos en nuestro actuar del juicio de Dios, no de los juicios humanos; actuar preocupándonos más de lo que agrada o desagrada a Dios que de lo que agrada o desagrada a los hombres. Este es uno de los puntos esenciales de la vida espiritual.

Habitualmente -no nos hagamos ilusiones- nos domina la preocupación de agradar o desagradar a los hombres, interesándonos de mejorar la imagen que los otros pueden tener de nosotros. Y, sin embargo, nos preocupamos poco de lo que somos a los ojos de Dios; y por esta razón nos saltamos con frecuencia lo que sólo Dios ve: la oración oculta, las obras de caridad secretas. Y ponemos mayor empeño en lo que, aunque lo hagamos por Dios, lo ven también los hombres y va implicada nuestra reputación. Llegar a una total sinceridad -esto es, a obrar bien lo mismo si no nos ven que si nos ven- significa llegar a una perfección altísima (J. Daniélou, Saggio sul mistero della storia, Brescia 1963, 334s, passim).

 

 

Día 24

Miércoles de la 2ª semana de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 18,18-20

18 Los enemigos del profeta dijeron: "Vamos a urdir un plan contra Jeremías, porque no nos faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio ni la palabra del profeta. Hablemos mal de él; no prestemos atención a ninguna de sus palabras".

19 ¡Hazme caso tú, Señor, escucha lo que dicen mis adversarios!

20 ¿Acaso se devuelve mal por bien? Pues ellos han cavado una fosa para mí. Recuerda cómo estuve ante ti, intercediendo en su favor, para alejar de ellos tu ira.

 

**• El versículo introductorio (v. 18) enmarca históricamente el presente fragmento: de nuevo Jeremías es amenazado de muerte (cf. Jr 1 l,18s). El complot es ahora más grave que el precedente, porque lo han urdido los mismos guías espirituales del pueblo que pretenden acallar al profeta que les resulta incómodo. Esta situación aclara la dura invocación de venganza -según la ley veterotestamentaria del talión- que brota de los labios del profeta, aunque la liturgia de hoy omite estos versículos.

La perícopa presente pretende llevar la atención del lector en otra dirección con vistas a preparar el relato evangélico. El profeta es del Siervo doliente (cf. Is 53,8-10) y padece persecución por la fidelidad a su vocación, por el amor a su pueblo, a favor del cual él -nuevo Moisés- se ha atrevido a interceder a pesar de la prohibición del Señor (cf. 11,14; 14,11; 15,1). Su confesión es un abandonarse confiadamente en Dios, del único que espera la salvación. Lo que Jeremías ha hecho "en favor" del pueblo elegido y lo que formula en su oración se realizará plenamente en el verdadero Siervo doliente, en Jesús.

Los jefes lo ejecutarán efectivamente. Y en ese momento Jesús no sólo no pedirá venganza, sino que impetrará el perdón, ofreciendo libremente la vida "en favor" de los que le crucificaron.

 

Evangelio: Mateo 20,17-28

17 Cuando Jesús subía a Jerusalén, tomó consigo a los doce discípulos aparte y les dijo por el camino:

18 - Mirad, estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y maestros de la Ley, que lo condenarán a muerte

19 y lo entregarán a los paganos, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará.

20 Entonces, la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor.

21 Él le preguntó: - ¿Qué quieres? Ella contestó: - Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.

22 Jesús respondió: - No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber? Ellos dijeron: - Sí, podemos.

23 Jesús les respondió: - Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre.

24 Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.

25 Pero Jesús los llamó y les dijo:- Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente  que los magnates las oprimen.

26 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor,

27 y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo,

28 de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.

 

**• Jesús, de peregrinación a Jerusalén, sube a la ciudad santa perfectamente consciente del final de su camino humano y por tercer vez predice a sus discípulos la pasión. Y lo hace del modo más explícito y desconcertante para la mentalidad de los contemporáneos: no sólo se identifica con el Hijo del hombre, figura celeste y gloriosa esperada para inaugurar el Reino escatológico de Dios, sino que, con audacia y autoridad, funde este personaje con otra figura bíblica de signo aparentemente opuesto, la del Siervo doliente (vv. 18-19.28).

Los discípulos no estaban preparados para comprenderlo. Prefieren abrigar -para el Maestro y para sí mismos- perspectivas de éxito y poder (vv. 20-23). Y Jesús les explica el sentido de su misión y del seguimiento: ha venido a "beber la copa" (v. 22), término que en el lenguaje profético indica el castigo divino reservado a los pecadores. Quien desee los puestos más importantes en el Reino debe, como él, estar dispuesto a expiar el pecado del mundo. Éste es el único "privilegio" que él puede conceder. No le incumbe establecer quién debe sentarse a su derecha o a su izquierda (v. 23). Él es el Hijo de Dios, pero no ha venido a dominar, sino a servir, como Siervo de YHWH, ofreciendo la vida como rescate (ilytron), para que todos los hombres esclavos del pecado y sometidos a la muerte sean liberados.

 

MEDITATIO

En la Palabra de Dios que hemos escuchado aparecen dos mentalidades opuestas y que suscitan una pregunta fundamental: ¿qué sentido tiene la vida? ¿Vale la pena vivirla?

El mundo nos sugiere: adquiere fama, busca alcanzar el poder, usa tu capacidad para demostrar que eres...

Por el contrario, el profeta, hombre de Dios, y Jesús, el Hijo predilecto del Padre, nos brindan el ejemplo de una existencia gastada en el servicio, por amor. Este servicio logra su plenitud cuando se convierte en ofrenda total de la vida: el otro se convierte de este modo en algo más importante que nosotros mismos, tiene la primacía. En el fondo, se requiere una actitud de humildad, virtud que autentifica cualquier gesto de amor y lo libera de equívocos o de buscar segundas intenciones.

Éste es el camino emprendido por el profeta. Pero sólo recorriéndolo es como ha aprendido a conocer lo que realmente significa. De ahí su grito de lamentación al Señor: "¿Por qué, después de haber hecho el bien, me pagan con males?"

La tentación de desconfianza se clava en lo íntimo del corazón. Sólo Jesús puede dar fuerza para hacer el bien incondicionalmente: "El Hijo del hombre va a ser entregado... para que se burlen de él, lo azoten v lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará" (Mi 20,18s). El bien no cae en el vacío, sino que dará fruto a su debido tiempo, un tiempo que es vida eterna, gozo sin fin para todos.

 

ORATTO

Gracias, Señor Jesús, por la dulce firmeza con que nos llevas de la mano por el camino de la cruz. Gracias por la paciente benevolencia en repetirnos hasta la saciedad que la verdadera realeza se obtiene sirviendo, dando la vida por amigos y enemigos. Gracias, Señor Jesús: tú, el más bello de los hijos de los hombres, has permitido ser desfigurado hasta no tener apariencia ni belleza que atrajese nuestras miradas desagradecidas.

Gracias, Señor Jesús, por la humilde fortaleza de tu silencio cuando todos provocamos tu condena a muerte con nuestras indiferencias, rebeliones y pecados.

Gracias por tu perdón espléndido, que brotó precisamente en el leño de tu atroz suplicio. Gracias, Señor Jesús, porque siempre estás con nosotros con tu preciosa sangre.

 

CONTEMPLATIO

Hijo, habla así en cualquier cosa: Señor, si te agradare, hágase esto así. Señor, si es honra tuya, hágase esto en tu nombre.

Señor, si vieres que me conviene y hallares serme provechoso, concédemelo, para que use de ello a honra tuya. Mas si conocieres que me sería dañoso y nada provechoso a la salvación de mi alma, desvía de mí tal deseo.

Porque no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunque parezca justo y bueno al hombre.

Dificultoso es juzgar si te incita buen espíritu o malo a desear esto o aquello, o si te mueve tu propio espíritu.

Muchos que al principio parecían ser movidos por buen espíritu se hallan engañados al fin

Por eso, sin verdadero temor de Dios y humildad de corazón, no debes desear pedir cosa que al pensamiento se te ofreciere digna de desear, y especialmente con entera renunciación lo remites todo a mí y me puedes decir: ¡Oh Señor! ¡Tú sabes lo mejor, haz que se haga esto o aquello como te agradare!

Dame lo que quisieres, y cuanto quisieres y cuando quisieres. Haz conmigo como sabes, y como más te pluguiere, y fuere mayor honra tuya (Imitación de Cristo, III, 15,1-2).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "En tus manos encomiendo mi espíritu" (Sal 30,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La ley de Cristo sólo puede vivirse por corazones mansos y humildes. Cualquiera que sean sus dones personales y su puesto en la sociedad, sus funciones o sus bienes, su clase o su raza, los cristianos permanecen como personas humildes: pequeños.

Pequeños ante Dios, porque son creados por él y de él dependen. Cualquiera que sea el camino de la vida o de sus bienes, Dios está en el origen y fin de toda cosa. Mansos como niños y débiles y amantes, cercanos al Padre fuerte y amante. Pequeños porque están ante Dios, porque saben pocas cosas, porque son limitados en conocimiento y amor, porque son capaces de muy poco. No discuten la voluntad de Dios en los acontecimientos que suceden ni lo que Cristo ha mandado hacer: en tales acontecimientos, sólo cumplen la voluntad de Dios.

Pequeños ante los hombres. Pequeños, no importantes, no superhombres: sin privilegios, sin derechos, sin posesiones, sin superioridad. Mansos, porque son tiernamente respetuosos con lo creado por Dios y está maltratado o lesionado por la violencia. Mansos, porque ellos mismos son víctimas del mal y están contaminados por el mal. Todos tienen la vocación de perdonados, no de inocentes. El cristiano es lanzado a la lucha. No tiene privilegios. No tiene derechos. Tiene el deber de luchar contra la desdicha, consecuencia del mal. Por esta razón, sólo dispone de un arma: su fe. Fe que debe proclamar, fe que transforma el mal en bien, si sabe acoger el sufrimiento como energía de salvación para el mundo; si morir para él es dar la vida; si hace suyo el dolor de los demás. En el tiempo, por su palabra y sus acciones, a través de su sufrimiento y su muerte, trabaja como Cristo, con Cristo, por Cristo (M. Delbrél, La alegría de creer, Santander 1997).

 

Día 25

Jueves de la 2ª semana de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 17,5-10

5 Así dice el Señor: ¡Maldito quien confía en el hombre y se apoya en los mortales, apartando su corazón del Señor!

6 Será como un cardo en la estepa, que no ve venir la lluvia, pues habita en un desierto abrasado, en tierra salobre y despoblada.

7 Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza.

8 Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente su raíces; nada teme cuando llega el calor; su follaje se conserva verde; en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto.

9 Nada más traidor y perverso que el corazón del hombre: ¿Quién llegará a conocerlo?

10 Yo, el Señor, sondeo el corazón, examino la conciencia, para dar a cada cual según su conducta, según lo que merecen sus acciones.

 

*•• El profeta Jeremías nos ofrece dos sentencias sapienciales: en la primera (vv. 5-8), contraponiendo los extremos, con un típico estilo semítico, nos indica claramente dónde se encuentra la maldición del hombre cuyo final es la muerte y dónde la bendición portadora de vida.

Al impío no se le caracteriza directamente como el que obra mal, sino como el hombre que confía sólo en lo humano ("carne") y se aleja interiormente del Señor: de esta actitud del corazón sólo pueden venir acciones malvadas. Aquello en lo que el hombre confía se asemeja al terreno del que succiona sus nutrientes un árbol.

Por eso, al impío se le compara con un cardo arraigado en tierra salobre e inhóspita (v. 6): no dará fruto, ni durará mucho.

También al hombre piadoso se le describe partiendo del interior: confía en el Señor y se asemeja a un árbol plantado al borde de la acequia (cf. Sal 1) que no teme el estío ni las circunstancias adversas: prosperará y dará fruto (vv. 7s).

La segunda sentencia (vv. 9s) insiste más explícitamente en la importancia del "corazón", centro de las decisiones y de los afectos del hombre. Sólo Dios puede conocerlo de verdad y sanarlo, sopesarlo y valorar con equidad la conducta y el fruto de las obras de cada uno.

 

Evangelio: Lucas 16,19-31

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y todos los días celebraba espléndidos banquetes.

20 Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal y cubierto de úlceras,

21 que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamer sus úlceras.

22 Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También murió el rico y fue sepultado.

23 Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno.

24 Y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresqué mi lengua, porque no soporto estas llamas".

25 Abrahán respondió: "Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado mientras tú estás atormentado.

26 Pero, además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros".

27 Replicó el rico: "Entonces te ruego, padre, que lo envíes a mi casa paterna,

28 para que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también ellos a este lugar de tormento".

29 Pero Abrahán le respondió: "Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!".

30 El insistió: "No, padre Abrahán; si se les presenta un muerto, se convertirán".

31 Entonces Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto".

 

*+• Lucas recoge en el capítulo 16 de su evangelio la catequesis de Jesús sobre el uso de las riquezas. La conocida parábola que nos propone hoy la liturgia nos enseña en particular a considerar la presente condición a la luz de la eterna, que dará un vuelco total. Se sacan a continuación las consecuencias prácticas (v. 25). El hombre rico que nos presenta Jesús no tiene nombre.

Pero como en el centro de sus intereses está el opíparo banquete cotidiano, tradicionalmente se le da el apelativo de Epulón ("banqueteador", "comilón"). Jesús, por el contrario, saca del anonimato al pobre. Su mismo nombre es significativo, ya que significa "Dios ayuda". El hambre y la enfermedad le hacen yacer a la puerta del rico, en espera (v. 21) de lo que cae descuidadamente de la mesa puesta. Hasta los perros le muestran piedad, pero pasa desapercibido para el rico.

Pero la vida humana acaba. Y Jesús levanta el telón del tiempo para mostrarnos otro banquete, el eterno predicho por los profetas. Los ángeles llevan a este banquete a Lázaro hasta el puesto de honor: recostado cerca del patrón de la casa, con la cabeza vuelta hacia su pecho (v. 22), goza de los bienes de la salvación.

La suerte del rico es precisamente la contraria, y solamente ahora, entre los tormentos infernales, "ve" a Lázaro y osa pedir por su mediación un mínimo alivio al ardor que devora su paladar (v. 24). Sin embargo, las opciones de la vida presente hacen definitiva e inmutable la condición eterna (v. 26). Ni siquiera un milagro como la resurrección de un muerto -dice Jesús aludiéndose a sí mismo- podría ablandar la dureza de corazón que hace oídos sordos a lo que el Señor dice incesantemente por medio de las Escrituras (vv. 27-31).

 

MEDITATIO

La Palabra de hoy presenta a nuestros ojos un cuadro de imágenes sencillísimas, de vivos colores, sin matices. El mismo estilo es ya una enseñanza: nos lleva a buscar sinceramente lo esencial. Emerge un tema fundamental: el hombre decide en el tiempo su destino eterno -vida o muerte-, sin que exista otra posibilidad. Quien confía en sí mismo y en una felicidad egoísta, obra de sus manos, penetra en las tinieblas y está ciego hasta el punto de no ver a un mendigo sentado a la puerta de su casa. Quien confía en Dios, reconociéndose criatura dependiente de él y amado por él, lleva en el corazón un germen de eternidad que florecerá en felicidad y paz eterna. ¿Cómo aprender a no confiar en nosotros mismos?

Ni Jeremías ni Jesús lo explican con teorías. Utilizan imágenes: un árbol, un mendigo. Fijemos la mirada en Lázaro. El silencio parece ser el rasgo principal de su rostro. Probado duramente a lo largo de la vida, olvidado por los que esperaba ayuda, él calla. Ni una palabra contra Dios, ni contra los hombres. Ni rebelión, ni envidia, ni crítica. La muerte libertadora, quizás largamente esperada, llega como amiga. Y la escena cambia. Él, el despreciado, es acogido por los ángeles y santos en el seno de Abrahán. En aquella luz, él sigue envuelto de silencio. Una belleza sobrenatural emana de su rostro. Su rostro deja transparentar otro Rostro. Jesús es el pobre Lázaro: él no consideró un tesoro celoso ser igual a Dios, sino que se despojó de su rango; se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza. Su amor humilde le ha permitido subir y atravesar ese insondable abismo que separa la tierra del cielo. Y ahora, cada día, se sienta a la puerta de nuestro corazón y llama...

 

ORATIO

Señor Jesús, tú nos conoces hasta el fondo y sabes dónde ponemos nuestra confianza: líbranos de los proyectos mezquinos que nos proporcionan falsas seguridades y ábrenos a horizontes de vida eterna.

Tú ves nuestro corazón y sabes con qué cosas se sacia y de qué tiene hambre. Quítanos todo lo que nos estorba, lo que nos encierra en el palacio de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad de tener o de saber. Quítanos toda aquello que nos hace insensibles a tantos hermanos sentados fuera y privados de lo que realmente necesitan: privados de casa, de pan, de instrucción, de salud, de cuidados; privados de amor, de esperanza. Haznos capaces de compartir todo lo que recibimos de tus manos, pan espiritual y pan material, para encontrarnos allí donde tú has querido venir a vivir en medio de nosotros; tú, el verdadero pobre, porque siendo rico te has hecho pobre para enriquecernos por medio de tu santa y gozosa pobreza.

 

CONTEMPLATIO

Extiende tus manos, padre Abrahán. Una vez más, oh Padre, extiende tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para que quepa un número cada vez mayor.

Estaremos con los que descansan en el Reino de Dios junto con Abrahán, Isaac y Jacob, que invitados a la cena no buscaron excusas.

Iremos allí donde se encuentra el paraíso de las delicias, donde Adán, que tropezó con los ladrones, no tiene ya motivo para llorar por sus heridas. Allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos. Allí donde no existen ni huracanes, ni tinieblas, ni tarde, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones. Allí donde no hace frío, ni cae granizo o lluvia, ni necesitaremos este sol o esta luna, ni brillarán las estrellas, porque sólo lucirá el fulgor de la gracia de Dios, puesto que el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Iremos allí donde el Señor Jesús ha preparado moradas para sus siervos (san Ambrosio, El bien de la muerte, XII, 53).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichosos los invitados a la mesa del Señor" (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Quien sabe olvidarse y perderse en la ofrenda de sí mismo, quien puede sacrificar "gratuitamente" su corazón, es un hombre perfecto. En el lenguaje bíblico, poderse dar, poder entregarse, poder llegar a ser "pobre", significa estar cerca de Dios, encontrar la propia vida escondida en Dios; en una palabra, esto es el cielo.

Girar sólo alrededor de uno mismo, atrincherarse y hacerse fuerte significa, por el contrario, condenación, infierno. El hombre puede encontrarse a sí mismo y llegar a ser verdaderamente hombre solamente atravesando el dintel de la pobreza de un corazón sacrificado.

Este sacrificio no es un vago misticismo que hace perder consistencia al mundo y al hombre, sino, al contrario, es una toma de consideración del hombre y del mundo. Dios mismo se ha acercado a nosotros como hermano, como prójimo; en resumen, como otro hombre cualquiera [...].

El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios, sino, por así decir, su dimensión que nos toca, su aspecto terreno: ambas realidades son esencialmente una sola. Así queda garantizado nuestro espíritu de pobreza, nuestra disposición a la donación y al sacrificio desinteresado, por el que actualizamos nuestro ser humanos, siempre y necesariamente en relación con el hermano, con el prójimo. Dichoso el hombre que se ha puesto al servicio del hermano, que hace suyas las necesidades de los demás. Y desdichado el hombre que con su rechazo egoísta del hermano se ha cavado un abismo tenebroso que lo separa de la luz, del amor y de la comunión; el hombre que solamente ha deseado ser "rico" y "fuerte", de suerte que los demás sólo constituyan para él una tentación, el enemigo, condición y componente de su infierno. En el sacrificio que se olvida totalmente de sí, en la donación total al otro es donde se abre y se revela la profundidad del misterio infinito; en el otro, el hombre llega contemporáneamente y realmente a Dios (J. B. Metz, Povertá nello spirito. Meditazioni teologiche, Brescia 1968, 42-45, passim).

 

Día 26

Viernes de la 2ª semana de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 37,3-4.12-13a.l7b-28

3 Israel amaba a José más que a los demás hijos, porque le había tenido siendo ya viejo, y mandó que le hicieran una túnica de mangas largas.

4 Al ver sus hermanos que su padre lo amaba más que a sus otros hijos, empezaron a odiarlo y ni siquiera le saludaban.

12 Sus hermanos habían ido a apacentar las ovejas de su padre a Siquén.

13 a Israel dijo a José: - Tus hermanos están apacentando las ovejas en Siquén; ven, que quiero enviarte a donde están ellos.

17 José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotan.

18 Ellos lo vieron de lejos y, antes de que se acercara, se pusieron de acuerdo para matarlo.

19 Decían: - Ahí viene el soñador.

20 Vamos a matarlo. Lo echaremos en cualquiera de estas cisternas y, luego, diremos que una fiera salvaje lo devoró; a ver en qué paran sus sueños.

21 Al oír esto Rubén, intentando salvarlo de sus manos, dijo: - ¡No, matarlo no!

22 Y añadió: - No derraméis su sangre; echadlo en esa cisterna que hay en el desierto, pero no pongáis las manos sobre él. Lo dijo para librarlo de sus manos y devolverlo luego a su padre.

23 Cuando llegó José junto a sus hermanos, le quitaron su túnica, la túnica de mangas largas que llevaba,

24 lo agarraron y lo echaron en la cisterna. Era una cisterna vacía, en la que no había agua.

25 Después se sentaron a comer. Alzando la vista, divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad con camellos cargados de aromas, bálsamo y mirra, en ruta hacia Egipto.

26 Entonces Judá propuso a sus hermanos: - ¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su muerte?

27 Propongo que se lo vendamos a los ismaelitas sin hacerle daño alguno, pues es nuestro hermano y carne nuestra. Sus hermanos asintieron

28 y, cuando pasaban los mercaderes madianitas, sacaron a José de la cisterna, se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata y éstos se lo llevaron a Egipto.

 

**• En la historia de José resuena el eco de las leyendas del antiguo Oriente Próximo entrelazadas con las diversas tradiciones literarias de la Biblia (yavista, elohísta, sacerdotal).

El tema de la narración pone de relieve, una vez más, la misteriosa pedagogía divina: Dios escoge a los "pequeños" (v. 3), lo cual suscita odio y celos (v. 4), hasta provocar el alejamiento, casi la eliminación del predilecto (vv. 20-28). La historia se narra con un tinte sapiencial y resulta evidente su finalidad didáctica. De vez en cuando aparecen matices de las diversas tradiciones particulares que explican algunas divergencias; por ejemplo, la iniciativa de salvar a José atribuida bien a Rubén (v. 21), bien a Judá (vv. 26s). El horizonte está abierto al optimismo y a la universalidad (v. 28): dentro del juego mezquino de contiendas tribales, y en aparente repetición del pasar las caravanas (v. 28), en realidad actúa la invisible providencia de Dios (cf. 45,7; 50,20), que conduce a su elegido por caminos aparentemente de muerte, para salvar a todos. José está atento a los signos de la voluntad de Dios: es, de hecho, un baal hajalomóth ("intérprete de sueños": cf. v. 19), revestido con una túnica principesca (v. 3) que le separa e, inevitablemente, le contrapone al resto de sus hermanos, creando entre ellos una profunda incomunicación (v. 4). Su persecución, su sangre -figura de la de Cristo-, es el precio que el padre debe pagar para estrechar en un único abrazo de salvación a todos sus hijos, ya no mancomunados por su corresponsabilidad en el mal (v. 25), sino por el beso de paz que les ofrece el hermano inocente, capaz de perdonar (cf. 45,15).

 

Evangelio: Mateo 21,33-43.45-46

33 Escuchad esta otra parábola: Había un hacendado que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores, y se ausentó.

34 Al llegar la vendimia, envió sus criados a los labradores para recoger los frutos.

35 Pero los labradores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon.

36 De nuevo envió otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.

37 Finalmente les envió a su hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán".

38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia".

39 Le echaron mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

40 ¿Qué os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?

41 Le respondieron: - Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.

42 Jesús les dijo: - ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular; esto es obra del Señor y es realmente admirable?

43 Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden.

44 [El que caiga sobre esta piedra quedará deshecho, y sobre quien ella caiga será aplastado.]

45 Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas, comprendieron que Jesús se refería a ellos.

46 Querían echarle mano, pero tuvieron miedo de la gente, porque lo tenían por profeta.

 

**• El fragmento propuesto culmina en el v. 37 con ese adverbio temporal -"finalmente"- que viene a ser como una piedra angular (v. 42; cf. Sal 117,22s). Ese momento decisivo está en acto, mientras Jesús, en el recinto sagrado del templo, está hablando a los jefes de los judíos con una parábola que comprenden muy bien porque utiliza imágenes de la alegoría de la viña (cf. Is 5,1-7).

Algunos viñadores -los jefes de Israel- tienen el gran privilegio de cultivar la viña predilecta de su patrón, Dios. Pero en el momento de la vendimia, en vez de entregar los frutos de su trabajo, pretenden apoderarse de la viña y no dudan en maltratar a los siervos -los profetas- enviados por el propietario. "Finalmente" -en el momento en que Jesús está hablando- mandó a su propio Hijo, ofreciendo de este modo la última posibilidad de convertirse en colaboradores suyos en el campo de la salvación. En realidad sucede lo que narra la parábola de los viñadores malvados: "Comprendieron que Jesús se refería a ellos y querían echarle mano" (v. 45). Jesús no pronuncia un juicio; deja que sean los mismos jefes quienes saquen las consecuencias inevitables por su obstinación: "Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?... Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores" (vv. 40s). Cuando escribe el evangelista la historia ha hecho patente la verdad manifestada alegóricamente por Isaías y profetizada por Jesús en la parábola: ciertamente, los jefes han matado al Hijo, echándole fuera del recinto de la viña - los muros de la ciudad santa-; Jerusalén ha caído en manos extranjeras (destrucción del 70 d. C.) y ahora otros viñadores (los paganos) cultivan la nueva viña (la Iglesia) y dan al Señor copiosos frutos: la adhesión de pueblos cada vez más numerosos a la fe.

 

MEDITATIO

Uno es el protagonista de los casos narrados por las presentes lecturas. Una sola es también la reacción de los personajes en cuestión. Se habla de Jesús. Se habla de nosotros. Él es quien está detrás de la historia de José, vendido por sus envidiosos hermanos. Él es el heredero enviado a percibir el fruto de la viña. Nosotros somos los hermanos malvados. Nosotros somos los pérfidos viñadores.

Pero no se actualizan estos relatos para condenarnos, sino que más bien nos invitan a levantar la mirada al corazón del Padre. De hecho, es de él de quien sobre todo se habla; de él, al que Jesús ha venido a revelar. Por amor, el Padre envía a Jesús, como José –figura que lo anuncia- a "buscar a sus hermanos" (cf. Gn 37,16). La predilección por ellos, que los hace "diferentes", es sólo una mayor participación en el amor paterno. Al final, triunfando, mostrará la inconsistencia del mal y vencerá perdonando sobre el odio y la rivalidad.

También sobre nosotros, hijos en el Hijo amado, se ha volcado un amor que nos hace "diversos", partícipes desde ahora de una naturaleza regia. Pero así como el "plus" de amor por José sufrió la prueba de ser arrojado al pozo, la prisión, la soledad, también cada uno de nosotros está llamado a reconocer que el camino de Dios pasa siempre, como para Jesús, por el sufrimiento y la cruz. Sólo a este precio podremos ser colaboradores de la salvación de nuestros hermanos y testimoniarles el gozo de ser llamados juntos a la libertad del amor.

 

ORATIO

Padre Santo, viñador celestial, queremos cantar tu inconcebible amor por la viña que tu mano plantó y que confiaste a viñadores infieles y hostiles; nos reconocemos también entre ellos, por ignorancia, por superficialidad.

También queremos cantar tu amor por tu Hijo predilecto, que has enviado en el momento oportuno, diciendo: "A mi hijo lo respetarán". Era justo, bueno, manso.

Lo vieron aquellos viñadores y le odiaron. ¡Qué gran vendimia en este tiempo de gracia! Y nosotros estábamos allá mirando y ninguno le defendió...

Padre, ¡qué infinito amor te llevó a entregar a tu Hijo, el Amado, como precio altísimo por el rescate de tu viña, la amada infiel! ¡Qué locura de amor te mueve hoy, Padre bueno, a entregar a tu Hijo en nuestras manos, sabiendo que son capaces de ejercer violencia!

 

CONTEMPLATIO

Para amar a los enemigos, que es en lo que consiste la perfección de la caridad fraterna, nada nos anima tanto como considerar con agradecimiento la admirable paciencia del "más bello entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3).

Considera, oh humana soberbia, oh altanera impaciencia, lo que soportó, quién y como lo soportaba. ¿Quién hay que ante este admirable cuadro no se sosiegue al punto en su cólera? ¿Quién, al escuchar aquella maravillosa voz llena de dulzura, de caridad y de imperturbable serenidad: "Padre, perdónalos" (Le 23,24), no abrazará inmediatamente a sus enemigos con todo afecto? ¿Podría añadir a esta petición algo más dulce y caritativo? Pues lo añadió y, pareciéndole poco el rogar, quiso además excusarles: "Padre", dijo, "perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Así pues, para aprender a amar, el hombre no debe degradarse con los placeres de la carne. Para que no sucumba ante la concupiscencia carnal, derrame todo su afecto en la suavidad de la carne del Señor. Descansando así, más suave y perfectamente en el deleite de la caridad fraterna, también abrazará a sus enemigos con los brazos del verdadero amor. Y para que este divino fuego no se apague por la condición de las injurias, contemple continuamente con los ojos del alma la tranquila paciencia de su amado Señor y Salvador (AElredo de Rieval, El espejo de la caridad, III, 5, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Me ha revestido un traje de salvación" (Is 61,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La única realidad inquebrantable en la historia de José, que no se ha perdido, aunque se haya olvidado, incomprendida, no asumida conscientemente, es el amor de Jacob. El amor de Jacob que vive en los hijos y no puede ser pisoteado, muerto, olvidado, porque resucitará en los mismos hijos como amor fraterno. Existe un valor, al que podemos llamar "el valor", que está en el fondo de todos los deseos, de todos los esfuerzos, de toda la actividad humana, y es el amor del Padre, el amor con que crea a todo hombre.

El nombre puede vivir desvinculado de este amor, incluso negando este amor, pero nunca podrá destruirlo, porque es un valor que resucita siempre; es la realidad que actúa en la pascua. A veces  hablamos acaloradamente sobre los valores, pero la historia de José nos dice que cada valor es valor si crece a partir de este único valor fundante que es el amor del Padre vivido en los hijos, resucitado en los hermanos. Un valor es valor si ayuda a las personas a adherirse libremente al organismo de la fraternidad de todos los hombres.

Lo que no ayuda a la libre adhesión, a la fraternidad, a la comunicación cada vez más universal, a descubrir la unidad del amor que crea a todos y que se ejercita al reconocerse uno al otro, no es valor; es ilusión, engaño, una especie de idolatría cultural. Al final de la historia de José, en una carestía, en una tragedia fratricida a la que lleva una falsa cultura, emerge una cultura del amor o, mejor, una cultura entendida como un tejido en el que la actividad humana, su creatividad, respira y recibe vida del único valor indestructible, que es el amor del Padre y mueve el universo hacia una filiación y fraternidad consciente (M. I. Rupnik, "Cerco i miei frate'". Lectio divina su Giuseppe d'Egitto, Roma 1998, 1 Oós, passim).

 

 

Día 27

Sábado de la 2ª semana de cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 7,14-15.18-20

Señor, Dios nuestro,

14 pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que vive solitario entre malezas y matorrales silvestres; que pazca como antaño en Basan y en Galaad.

15 Como cuando saliste de Egipto, haznos ver tus maravillas.

18 ¿Qué Dios hay como tú, que absuelva del pecado y perdone la culpa al resto de su heredad, que no apure por siempre su ira porque se complace en ser bueno?

19 De nuevo se compadecerá de nosotros; sepultará nuestras culpas y arrojará al fondo del mar nuestros pecados.

20 Así manifestarás tu fidelidad a Jacob y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados desde los días de antaño.

 

** El presente pasaje de Miqueas forma parte de los oráculos que anuncian la restauración de los baluartes de Jerusalén ensanchando las fronteras (cf. 7,8-20). El pueblo, vuelto del destierro, se siente apurado, y la nostalgia de los fértiles pastos de TransJordania arranca al profeta una lamentación cadenciosa como una elegía fúnebre (v. 14): ¡que el Señor vuelva a renovar los prodigios del Éxodo (v. 15)! Pero de repente aparece en la escena el protagonista de los grandes acontecimientos salvíficos. El que reunirá a multitud de pueblos se ha reservado un lugar desierto donde apacentará sólo a su rebaño, un rebaño disperso, sin seguridad alguna, que puede confiar sólo en él.

El corazón entona entonces un apasionado himno, único en el Antiguo Testamento, al Dios que perdona (vv. 18-20; cf. Jr 9,24; Ex 34,6s). Dios es padre que se conmueve por los sufrimientos de los hijos que yerran (v. 19); su compasión, como en tiempos del Éxodo, le lleva, con instinto casi maternal (jesed), a perdonar las culpas que les oprimen, a arrojarlas al fondo del mar como hizo antaño con el faraón y sus ministros en el mar Rojo, enemigos de su pueblo (cf. Ex 15,1.5.16). Su fidelidad es gratuidad suma en el perdón (cf. Sal 25,6; 103,4), para que el "resto" de su pueblo pueda finalmente permanecer fiel a la alianza (v. 20).

 

Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32

1 Entre tanto, todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: - Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:

11 - Un hombre tenía dos hijos.

12 El menor dijo a su padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y el Padre les repartió el patrimonio.

13 A los pocos días, el hijo menor recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino.

14 Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca, y el muchacho comenzó a padecer necesidad.

15 Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien le mandó a sus campos a cuidar cerdos.

16 Habría deseado llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

17 Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre!

18 Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

19 Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".

20 Se puso en camino y se fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su  encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.

21 El hijo empezó a decirle: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".

22 Pero el padre dijo a sus criados: "Traed, enseguida, el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies.

23 Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta,

24 porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado". Y se pusieron a celebrar la fiesta.

25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó a la casa, al oír la música y los cantos

26  llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba.

27 El criado le dijo: "Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano".

28 El se enfadó y no quería entrar. Su padre salió a persuadirlo,

29 pero el hijo le contestó: "Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.

30 Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado.

31 Pero el padre le respondió: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.

32 Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado".

 

*» En la introducción de las parábolas de la misericordia (c. 15), Lucas nos indica a quién van dirigidas (vv. ls): el auditorio se divide en dos grupos, los pecadores que se acercaban a Jesús a escucharle y los escribas y fariseos que murmuran entre ellos. A todos, indistintamente, Jesús revela el rostro del Padre bueno por medio de una parábola sacada de la vida ordinaria que conmueve profundamente a los oyentes.

El hijo menor decide proyectar su vida de acuerdo con sus planes personales. Por eso pide al padre la parte de "herencia"-término equivalente a "vida" (v. 12; en sentido traslaticio, "patrimonio")- que le corresponde y emigra lejos, a dilapidar disolutamente su sustancia (v. 13; en sentido traslaticio "riquezas"). La ambivalencia de los términos empleados indica que lo que se pierde es ante todo el hombre entero. La experiencia de la hambruna (v. 17) hace recapacitar al que, con fama de vida alegre, salió de prisa de la casa paterna y ahora la añora. La decisión de comenzar una nueva vida le pone en camino (vv. 18s) por una senda que el padre oteaba desde hacía tiempo, esperando (v. 20). Es él el que acorta cualquier distancia, porque su corazón permanecía cerca de aquel hijo. Conmovido profundamente, corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo reviste de la dignidad perdida (vv. 22-24).

Así es como Jesús manifiesta el proceder del Padre celestial (y su propio proceder) con los pecadores que "se acercan" dando, a duras penas, algún que otro paso. Pero los escribas y fariseos, que rechazan participar en la fiesta del perdón, son como "el hijo mayor", que, obedientes a los preceptos (v. 29), se sienten acreedores de un padre-dueño del que nunca han comprendido su amor (v. 31), aun viviendo siempre con él. También para ir al encuentro de este hijo de corazón mezquino y malvado (v. 30), el padre sale de casa (v. 29), manifestando así a cada uno el amor humilde que espera, busca, exhorta, porque quiere estrechar a todos en un único abrazo, reunirlos en una misma casa.

 

MEDITATIO

Las sendas de la infidelidad son siempre angostas y sin salida: la lejanía de la casa paterna crea, al final, una angustiosa pena que acucia más que el hambre. Por esta razón, todo descarrío puede convertirse en una felix culpa, un error afortunado, en el que el hombre deja escuchar y se conmueve por el eco de la voz paterna que, incansablemente, ha continuado pronunciando con amor nuestro nombre. Si el hijo alejado despierta al sentido de su dignidad y al amor filial, el que se queda en casa corre el riesgo de no aceptarse, de quedarse sin amor.

Todos nos podemos ver reflejados en uno u otro hijo. El padre es el que siempre sale al encuentro de uno y del otro. Él nos espera siempre, bien sea que vengamos de la dispersión, como el hijo pródigo, o que acudamos de un lugar aún más remoto: de la región de una falsa justicia, de una falsa fidelidad.

A nosotros se nos pide solamente dejarnos estrechar en su abrazo, fijándonos en esa mano que nos bendice, deseosa de nuestra felicidad y de la de nuestros hermanos.

 

ORATIO

Oh Padre del cielo, tu Palabra nos invita cada día pacientemente a volver confiados a tu corazón para recibir gracia y perdón. Siempre somos hijos rebeldes, buscando lo que nada vale, pero tú sigues incansable a la espera y cada día nos muestras el camino.

Tu Hijo es el camino maestro que nos puede llevar a ti; él es Palabra de verdad y de vida, sacramento del más grande amor, que vino a cargar con el pecado del mundo. Estréchanos para siempre, oh Padre, a tu corazón, a nosotros tus hijos redimidos en el Hijo; llénanos de tu Espíritu bueno, de suerte que vivamos para alabanza de tu gloria.

 

CONTEMPLATIO

Señor Jesús, Dios nuestro, tu alma, que desde la cruz encomendaste a tu Padre, me conduzca a ti en tu gracia. Carezco de un corazón contrito para buscarte, de arrepentimiento y de ternura. Me faltan lágrimas para orarte. Mi espíritu está entenebrecido; mi corazón está frío y no sé cómo caldearlo con lágrimas de amor por ti. Pero tú, Señor Jesucristo, Dios mío, concédeme un arrepentimiento radical, la contrición de corazón, para que me ponga a buscarte con toda el alma. Sin ti, quedaría privado de toda realidad.

El Padre, que desde toda la eternidad te ha engendrado en su seno, renueve en mí tu imagen. Te he abandonado, tú no me abandones. Me he alejado de ti. Ponte a buscarme. Condúceme a tus pastos, entre las ovejas de tu rebaño. Nútreme junto a ellas con la hierba fresca de tus misterios, que son morada del corazón puro, del corazón portador del esplendor de tus revelaciones. Que podamos ser dignos de tal esplendor por tu gracia y amor con el hombre, oh Jesucristo, Salvador nuestro por los siglos de los siglos. Amén (Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 2, passirn).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Cambiaste tu luto en danzas" (Sal 29,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Dios cristiano es el Dios de la esperanza no sólo en el sentido de que es el Dios de la promesa y por ello fundamento y garantía de la esperanza humana, sino también en el sentido de un Dios que sabe festejar este retorno [...].

La humildad y la esperanza de Dios no dejan de esperar a sus hijos con un amor más fuerte que todo el no-amor con el que puede ser correspondido. Dios ama como sólo una madre sabe amar, con un amor que irradia ternura. El misterio de la maternidad divina es icono de la capacidad de un amor radiante y gratuito, más fiel que cualquier infidelidad humana. Dios espera siempre, humilde y ansioso, el consentimiento de su criatura como -según subraya san Bernardo- hizo con el "sí" de María.

La parábola nos pone ante un padre que no teme perder la propia dignidad, incluso parece ponerla en peligro. La autoridad de un padre no está en las distancias que más o menos mantiene, sino en el amor radiante que manifiesta [...]. Este es el intrépido amor de Dios: la intrepidez de romper falsas seguridades aparentes, para vivir la única seguridad que es la del amor más fuerte que la del no-amor; la intrepidez de ir al encuentro  del otro superando las distancias protectoras que nuestra incapacidad de amor con frecuencia pretende levantar en torno nuestro (B. Forte, Nella memoria del Salvatore, Cisinello B. 1992, 68s, passim).

 

Día 28

Tercer domingo de Cuaresma

Liturgia de las Horas de hoy

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 3,1-8a. 13-15

1 Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Trashumando por el desierto llego al Horeb, el monte de Dios,

2 y allí se le apareció un ángel del Señor, como una llama que ardía en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo pero no se consumía.

3 Entonces Moisés se dijo: "Voy a acercarme para contemplar esta maravillosa visión y ver por qué no se consume la zarza".

4 Cuando el Señor vio que se acercaba para mirar, le llamó desde la zarza: - ¡Moisés! ¡Moisés! Él respondió: - Aquí estoy.

5 Dios le dijo: - No te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar donde pisas es sagrado. Y añadió:

6 Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía mirar a Dios.

7 El Señor siguió diciendo: - He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias.

8 Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra nueva y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel.

8 Moisés replicó a Dios: - Bien, yo me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de vuestros antepasados me envía a vosotros. Pero si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé?

9 Dios contestó a Moisés: - Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: "Yo soy" me envía a vosotros.

12 Y añadió: - Así dirás a los israelitas: El Señor, el Dios de vuestros antepasados, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre, así me recordarán de generación en generación.

 

*•• La narración de la vocación de Moisés es una de las cumbres de la Biblia, juntamente con la revelación del nombre de Dios. Moisés, huido de Egipto, renunció a proseguir con sus generosos proyectos de liberación y vive su vida (v. 1). Pero el Señor le sorprende en su vida ordinaria: la curiosidad ante el hecho extraordinario de la zarza que arde sin consumirse hace acercarse a Moisés; allí, Dios, que le esperaba, le llama dos veces por su nombre, suscitando el "Aquí estoy" de la plena disponibilidad a la escucha y la obediencia. El Señor enseña a Moisés la actitud del santo temor ante su presencia (vv. 4-5.6b), se da a conocer como el Dios de los padres y manifiesta estar presente en la historia del pueblo y dispuesto a intervenir (v. 7s). Pero quiere servirse precisamente de Moisés para llevar a cabo la salvación, que es una liberación de la esclavitud opresora para pasar al servicio del culto a Dios con la propia vida (cf. v. 12).

Moisés rechaza la misión, consciente de su incapacidad y de la falta de credenciales ante el pueblo: ¿cómo presentarse en nombre de un Dios del que no se conoce su nombre? El nombre para los semitas indica la totalidad de la persona: conocerlo equivale a poder disponer de él cada vez que se le invoque.

La respuesta enigmática del Señor (v. 14) es sólo un rechazo aparente: el tetragrama sagrado YHWH es interpretado por el mismo Dios como una forma causativa del verbo "ser", con diversos matices posibles incluidos: "Yo soy el que soy": no me puedes comprender; yo soy el que hace existir; yo soy el que te está presente; yo soy el que seré: tal como me manifestaré. Con la fuerza de esta revelación, que es a la vez certeza de que el Dios de los padres estará con su pueblo (v. 15), Moisés acoge la misión.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 10,1-6.10-12

1 No quiero que ignoréis, hermanos, que todos nuestros antepasados estuvieron bajo la nube, todos atravesaron el mar

2 y todos fueron bautizados como seguidores de Moisés, al caminar bajo la nube y al atravesar el mar.

3 Todos comieron el mismo alimento espiritual

4 todos bebieron la misma bebida espiritual; bebían, en efecto, de la roca espiritual que los acompañaba, roca que representaba a Cristo.

5 Sin embargo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios y fueron por ello aniquilados en el desierto.

6 Todas estas cosas sucedieron para que nos sirvieran de ejemplo y para que no ambicionemos lo malo, como lo ambicionaron ellos.

10 No os quejéis, como algunos de ellos se quejaron y perecieron a manos del exterminador

11 Todas estas cosas que les sucedieron a ellos eran como ejemplo para nosotros y se han escrito para escarmiento nuestro, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos.

12 Así pues, quien presuma de mantenerse en pie, tenga cuidado de no caer.

 

*» La comunidad de Corinto es viva e inquieta; de conversión reciente, experimenta la peligrosa insidia de un contexto pagano con costumbres proverbialmente relajadas. Tomando posición en las diversas cuestiones que se plantean, Pablo propone en este fragmento una reflexión acerca de los acontecimientos del Éxodo. De estos hechos se desprende claramente que la gracia se ofrece a todos -y el apóstol lo repite insistentemente con la clara alusión al bautismo y a la eucaristía (vv. l-4a)-, pero Dios pide a cada uno que no resulte infructuosa.

Un fideísmo casi mágico en la eficacia de los sacramentos o una cierta euforia espiritual inducen a prescindir de las exigencias morales que comporta una vida auténticamente cristiana para que Dios pueda contemplarla con agrado (vv. 5s). También se condena la murmuración que suscita divisiones (vv. 1.3), considerándola como un repetir el descontento del pueblo en su camino del desierto (v. 10). El ejemplo de los israelitas es emblemático y debe evitar que otros se precipiten en el mismo abismo incurriendo en un castigo análogo (v. 11). "Hemos llegado a la plenitud", no hay que vivir irreflexivamente. Que cada uno pregunte a su conciencia y mida sus propias fuerzas (v. 12): es preciso mantenerse firmes y bien cimentados.

 

Evangelio: Lucas 13,1-9

1 En aquel momento llegaron unos a contarle a Jesús lo de aquellos galileos, a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

2 Jesús les dijo: - ¿Creéis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás?

3 Os digo que no; más aún, si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo.

4 ¿Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

5 Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

6 Jesús les propuso esta parábola: - Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró.

7 Entonces dijo al viñador: "Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?".

8 El viñador le respondió: "Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

9 a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás".

 

**• Jesús acababa de exhortar a sus interlocutores a saber discernir los signos de los tiempos (cf. 12,54-57). Ahora algunos le piden una interpretación fidedigna de dos hechos conocidos: una represión cruenta por parte de Pilato en el templo durante un sacrificio (vv. 1-3) y la trágica muerte de dieciocho personas aplastadas al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). Jesús responde superando el modo común de pensar: lo acaecido no es una condena notoria de las víctimas (vv. 2.4), sino una invitación urgente a la conversión de los supervivientes (v. 5).Y, para ilustrar esta urgencia, cuenta la parábola de la higuera que no da fruto (vv. 6-9). Para los profetas, este árbol, no raro entre las viñas palestinenses, se había convertido en símbolo de la infidelidad de Israel (cf. Jr 8,13; Os 9,10; Miq 7,1). También en los sinópticos la higuera es el símbolo de solicitudes pacientes y amorosas no correspondidas (Me 11,12-14; Mt 21,18-22).

Pero Jesús deja la puerta abierta a la esperanza: la esterilidad de la higuera hace suplicar al labrador un ulterior tiempo de gracia: un año jubilar (vv. 8s) concedido por el Señor, dispuesto una vez más a confiar en espera de los frutos añorados desde hace mucho tiempo.

 

MEDITATIO

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es el momento que marca el comienzo de la conversión o del rechazo radical. Esa conversión es un camino que exige constancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

El sentido de la vida eclesial es ayudarse fraternalmente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ardientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita el Evangelio de hoy, que concluye con la parábola de la higuera estéril. El labrador que ruega que no la corten todavía es Jesús. Como intercesor nuestro, dirá hasta el final de los tiempos: "Espera un poco, un poco todavía, que la cuidaré más". Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales -y lo son también los acontecimientos dolorosos-, son ofertas de conversión. Dejémosle, pues, que nos cultive. La Palabra sagrada es como un arado, y también como una semilla sembrada para que pueda producir fruto.

 

ORATIO

En el trágico horizonte de estos años de guerras, de odios y violencias, en el lento y fatigoso discurrir de nuestros días, sigue llamándonos, Señor, para decirnos quién eres. Ayúdanos a estar dispuestos a escuchar tu voluntad, ayúdanos a mantenernos en silencio, de rodillas, por lo menos un rato, ante la débil lámpara que arde ante el sagrario, en la inmensa soledad de nuestros templos, convertidos con frecuencia en un desierto en el que te (Hiedas solo, esperándonos, mientras nosotros nos afanamos y nos dejamos absorber por otras cosas.

Cuéntanos algo de ti, de lo que has hecho por nosotros, a lo largo de las innumerables generaciones que nos han precedido en el camino de la historia, cuando, escuchando el grito desesperado que sube de la tierra, te has inclinado misericordioso para pactar con nosotros una alianza eterna. Siguiendo tu ejemplo, haz que también nosotros aprendamos a descubrir los sufrimientos de tantos hermanos nuestros que han pasado desapercibidos y de los que nunca nos hemos percatado ni preocupado.

 

CONTEMPLATIO

Señor amantísimo, por el amor con que entregaste la vida por tu rebaño, te suplico y te ruego: escribe con tu dedo en mi pecho la dulce memoria de tu nombre delicado, y que ningún olvido lo destruya jamás. Escribe en las páginas de mi corazón tus mandatos y tu voluntad, tu ley y tus preceptos, para que siempre y en todo lugar tenga ante los ojos, Señor de inmensa ternura, todos tus mandamientos. ¡Qué dulces al paladar son tus palabras! Dame una memoria tenaz para no olvidarlas nunca.

Fuego siempre ardiente, amor que siempre quemas, dulce Cristo, Jesús bueno, luz eterna e indefectible, pan de vida que nos fortaleces sin que disminuyas; cada día eres consumido y siempre estás entero: resplandece en mi, inflámame, ilumina y santifica a tu criatura, vacíala de su malicia, llénala de gracia y mantenía siempre saciada, para que coma el alimento de tu carne para salvación de mi alma, para que comiéndote viva de ti, camine por ti, llegue a ti, descanse en ti (Juan de Fvcamp, Confessio theologica, III, 47-52).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Bendice, alma mía, al Señor v no olvides sus beneficios" (Sal 102,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser "pecadores en conversión".

Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación. Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías: "Haznos volver a ti, Señor, y volveremos" (Lam 5,21; cf. Jr 31,18) (A. Louf, A merced de su gracia, Madrid 1991, 19-24, passim).

 

Día 29

Lunes de la 3ª semana de Cuaresma 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Reyes 5,1-15 a

1 Naamán, general del ejército del rey de Siria, era un hombre muy considerado por su señor, porque por medio de él el Señor había dado la victoria a Siria. Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra.

2 En una de sus incursiones guerreras, los sirios se llevaron de Israel a una jovencita, que fue destinada al servicio de la mujer de Naamán.

3 Ella dijo a su señora: - ¡Ojalá mi señor fuese al profeta que hay en Samaria! El lo curaría de la lepra.

4 Naamán se lo fue a decir al rey. - Esto y esto me ha dicho la muchacha de Israel.

5 El rey de Siria respondió: - ¡Bien! Ponte en camino, yo le daré una carta para el rey de Israel. Naamán marchó llevando consigo trescientos cincuenta kilos de plata, seis mil monedas de oro y diez vestidos,

6 y entregó al rey de Israel la carta en la que se de decía: "Cuando recibas esta carta, verás que te envío a mi servidor Naamán, para que lo cures de la lepra".

7 Cuando leyó la carta, el rey de Israel rasgó sus vestiduras y exclamó: ¿Acaso soy yo Dios, capaz de dar la muerte o la vida, para que éste me mande un hombre leproso para que lo cure? Fijaos y veréis que busca un pretexto contra mí.

8 Cuando Eliseo, el hombre de Dios, supo que el rey había rasgado sus vestiduras, envió a decirle: - ¿Por qué has hecho eso? Que venga a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel.

9 Llegó Naamán con sus caballos y su carro, y se detuvo ante la puerta de la casa de Eliseo.

10 Elíseo le dijo por medio de un mensajero: - Anda, báñate siete veces en el Jordán y tu carne quedará limpia.

11 Naamán, indignado, se marchó murmurando: - Pensaba que saldría a recibirme, que invocaría el nombre del Señor, su Dios, me tocaría y así curaría mi lepra.

12 ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Faríar, no son mucho mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio? Y se fue indignado.

13 Pero sus siervos le dijeron: - Padre, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? Pues ¿cuánto más habiéndote dicho

"Báñate y quedarás limpio?".

14 Entonces, Naamán bajó al Jordán, se bañó siete veces, como había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño.

15 Acto seguido, regresó con toda su comitiva a donde estaba el hombre de Dios y, de pie ante él, dijo: - Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra que el Dios de Israel.

 

**• Con palabras bien medidas, con unas pinceladas bien marcadas, se presenta a Naamán -nombre cuya raíz hebrea (n'm) expresa belleza- como un personaje excepcional con unas cualidades envidiables que contrastan de repente con el abismo de soledad y maldición: "Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra" (v. 1). La lepra: enfermedad que significa separación, impureza, castigo divino; situación humanamente sin salida, sin esperanza. A pesar de todo esto, el general del ejército de Siria acoge la proposición de una muchacha israelita cautiva en una correría: debería dirigirse al profeta de Samaria. Hasta el mismo rey de Siria, benévolamente, apoya la sugerencia, aunque al rey de Israel le parece una provocación. La creciente tensión entre ambos países hostiles se mitiga por la intervención de Eliseo, profeta. Sólo siguiendo sus indicaciones, tan sencillas que parecen banales, se efectuará el milagro de la curación de Naamán, como primer paso para llegar a la profesión de fe en el Dios de Israel. Junto a los personajes que aparecen en primer plano (Naamán, Eliseo y los dos soberanos), aparecen también, como mediadores indispensables de los que se sirve el Señor para orientar el curso de los acontecimientos, la joven cautiva, el mensajero y los siervos.

El pasaje contiene claras referencias al simbolismo bautismal: inmersión en las aguas, la eficacia de la Palabra del Dios de Israel, el carácter universal de la salvación concedida en virtud de la obediencia.

 

Evangelio: Lucas 4,24-30

24 Vino Jesús a Nazaret y dijo al pueblo en la sinagoga: - La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra.

25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país;  

26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación;

29 se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo.

30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.

 

*»• El hecho que se narra lo ubica Lucas dentro de la fase inaugural de la misión de Jesús. Estamos en la sinagoga de Nazaret. Jesús, entre los suyos, lee un pasaje del rollo de Isaías anunciando el cumplimiento en su

misma persona.

"Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron": la frase de Juan (1,11), que resume el destino histórico de Jesús, es el mejor comentario al rechazo manifestado por los paisanos de Nazaret, interpretado por Lucas como prefiguración de todo el misterio pascual. La desconcertante revelación del "Verbo hecho carne" -el hijo de José- va pasando desde la admiración a la incredulidad hostil, incluso al odio homicida. ¿Puede haber un destino distinto para un profeta? Las palabras de Jesús lo excluyen: el testimonio de Elías y Eliseo lo confirma. Cualquier prejuicio -ya sea religioso, cultural, nacionalista...- es un obstáculo para acoger la humilde revelación de Dios. La viuda de Sarepla en Sidón, Naamán el Sirio, extranjeros, acogen la salvación, ofrecida a todos, pero rechazada precisamente por sus primeros destinatarios.

 

MEDITATIO

"Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra" (2 Re 5,1), "...pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio" (Le 4,27).

Pero: conjunción adversativa que entre ambos fragmentos indica un cambio de situación. En el primer caso, de una situación de "esplendor" a una extrema pobreza; en el segundo, de una negativa a la experiencia de la salvación. Cuántos "peros", también, en nuestra vida personal y comunitaria. A veces, señalando nuestra propia condición de límite y de pecado; a veces, introduciendo una intervención inesperada de gracia.

El itinerario de Naamán de un "pero" al otro puede señalar también nuestro camino de curación, que en etapas sucesivas nos conduce a la salvación. Este camino sólo se realiza tras el paso de una actitud inicial de orgullo y presunción a otra de humildad que posibilita el fiarse de los sencillos medios de salvación que nos ofrece Dios.

 

ORATIO

Señor Jesús, aquí me tienes. No tengo otra esperanza. Tú me conoces. Ante ti está mi miseria. Ante ti están también todos mis deseos. Sólo tú puedes curarme. Tú eres el único que tienes palabras de vida eterna. Espero en ti, Jesús, espero en tu Palabra, porque tu misericordia es inmensa.

No te pido signos maravillosos y desconcertantes. Te pido el don de un corazón humilde y dócil que se deje convencer por la fuerza persuasiva de tu Espíritu, que, junto con el Padre, está sobre todos, actúa por medio de todos y está presente en todos. Te pido el don de un corazón sencillo capaz de contemplar -maravillado- la grandeza de tu amor oculto en los humildes signos del pan y el vino, de la luz y el agua, en la voz y el rostro de cada hermano. Te pido el "milagro" de una fe sin reservas que acepte -sobre todo en el momento de las dudas, la impotencia y el pecado- el fiarse totalmente de ti.

 

CONTEMPLATIO

El Señor ama al alma obediente: y si la ama, le da todo lo que el alma le pide. Como en otras épocas, también hoy el Señor escucha nuestras oraciones y atiende nuestras súplicas. Todos buscan la paz y la felicidad, pero sólo unos pocos saben dónde encontrar esta felicidad y esta paz y qué hay que hacer para obtenerlas [...].

Todo el que ha sido tocado por la gracia, aunque no sea más que ligeramente, se somete con alegría a cualquier autoridad. Sabe que Dios gobierna el cielo, la tierra y el infierno, su propia vida y sus cosas, y todo lo que hay en el mundo; por esta razón, conserva la paz. El obediente se ha abandonado a la voluntad de Dios y no teme la muerte, porque su alma está habituada a vivir con Dios y le ama. Ha renunciado a su propia voluntad y, por ello, ni en su alma ni en su cuerpo se da la lucha que atormenta al desobediente y al que obra según su propia voluntad. ¿Por qué los Santos Padres han colocado la obediencia por encima del ayuno y la oración?

Porque si se hacen esfuerzos ascéticos, pero sin obediencia, eso desarrolla el espíritu de vanidad; el obediente, por el contrario, lo hace todo como se le ha dicho, y no tiene de qué enorgullecerse.

Por otra parte, el obediente ha renunciado en todo a su voluntad, y por eso su espíritu está libre de cualquier preocupación y recibe el don de la oración pura. Gracias a la obediencia, el hombre es preservado del orgullo. Por la obediencia, se recibe el don de la oración; gracias a la obediencia, se nos da la gracia del Espíritu Santo (Archimandrita Sofronio, San Siloan el Athonita, Madrid 1996, 353-354, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Envíanos, Señor, tu luz y tu verdad" (Sal 42,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Existe una obediencia a Dios, con frecuencia muy exigente, que consiste sencillamente en obedecer a las situaciones. Cuando se ha visto que, a pesar de todo el esfuerzo y las oraciones, se dan, en nuestra vida, situaciones difíciles, incluso a veces absurdas y, a nuestro parecer, espiritualmente contraproducentes, que no cambian,  hay que dejar de dar coces contra el aguijón" y empezar a ver en tales situaciones la silenciosa pero no menos cierta voluntad de Dios con nosotros. Es preciso, además, dejar todo, para hacer la voluntad de Dios: trabajo, proyectos, relaciones [...].

La conclusión más hermosa de vida de obediencia sería "morir por obediencia", es decir, morir porque Dios dice a su siervo "¡Ven!", y él viene. La obediencia a Dios en su forma concreta no es exclusivo de los religiosos en la Iglesia, sino que está abierta a todos los bautizados. Los laicos no tienen, en la Iglesia, un superior al que obedecer -por lo menos no en el sentido en que lo tienen los religiosos y clérigos-, pero, en compensación, tienen un "Señor" al que obedecer. Tienen su Palabra. Desde sus más remotas raíces hebreas, la palabra "obedecer" indica la escucha y se refiere a la Palabra de Dios. El camino de la obediencia se abre al que ha decidido vivir "para el Señor"; es una exigencia que se desprende la verdadera conversión (R. Cantalamessa, L' obbedienza, Mik6 1986, 59-63, passim).