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LECTIO DIVINA SEPTIEMBRE DE 2016

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Jueves de la 22ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 3,18-23

Hermanos:,

18 Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros piensa que es sabio según el mundo, hágase necio para llegar a ser sabio.

19 Porque la sabiduría del mundo es necedad a los ojos de Dios. Pues dice la Escritura: Dios es quien atrapa a los sabios en su astucia.

20 Y también: El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe que son vanos.

21 Por tanto, que nadie presuma de quienes no pasan de ser hombres. Porque todo es vuestro:

22 Pablo, Apolo, Pedro, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro; todo es vuestro.

23 Pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios.

 

**• Pablo retoma la reflexión sobre el binomio «sabiduría »/«necedad» y la completa con dos referencias veterotestamentarias: su atención se había concentrado en la necedad de la predicación (l,18.21) y en la necedad de la cruz (1,23), así como en la necedad de la fe (2,5). Ahora se dilata el discurso y se aplica a la vida cristiana como tal. En efecto, el «vivir en Cristo», en su conjunto, incluye el compromiso de asumir la novedad de vida que Cristo ha predicado y que anuncia su cruz, aun cuando esta opción parezca paradójica y escandalosa al mundo en que vivimos. En un segundo momento, Pablo perfecciona el discurso sobre la escala de valores y lo hace con una expresión enormemente rica y elocuente:

- «Todo es vuestro» (v. 22b): hemos de señalar que aquí no se hace referencia a Pablo, Apolo o Cefas, sino a todo creyente y a la comunidad de los mismos. El pensamiento de Pablo es claro e inequívoco: los primeros y últimos destinatarios del mensaje salvífico no son los ministros, sino todos los que acogen el mensaje de la predicación.

- «Pero vosotros sois de Cristo» (v. 23a): todos, vosotros y nosotros, pertenecemos, dice el apóstol, a Cristo mediante la fe. Esta conciencia la tuvieron ya los primeros cristianos cuando, en Antioquía de Siria, recibieron el nombre de cristianos (cf. Hch 11,26), y es algo que pertenece al depósito de la fe cristiana. Ser de Cristo significa tener una relación especial con él, en virtud de la llamada recibida, de la Palabra escuchada, del don de la gracia acogida.

- «Y Cristo es de Dios» (v. 23b): aquí encontramos reafirmado de nuevo el primado de Dios Padre, origen y fin de todo y de todos. De este modo dibuja el apóstol ante nosotros un itinerario teológico persuasivo y cautivador.

 

Evangelio: Lucas 5,1-11

En aquel tiempo,

1 estaba Jesús en cierta ocasión junto al lago de Genesaret y la gente se agolpaba para oír la Palabra de Dios.

2 Vio entonces dos barcas a la orilla del lago; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

3 Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó y estuvo enseñando a la gente desde la barca.

4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: -Rema lago adentro y echad vuestras redes para pescar.

5 Simón respondió: -Maestro, hemos estado toda la noche faenando sin pescar nada, pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes.

6 Lo hicieron y capturaron una gran cantidad de peces. Como las redes se rompían,

7 hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.

8 Al verlo, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús diciendo: -Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

9 Pues tanto él como sus hombres estaban sobrecogidos de estupor ante la cantidad de peces que habían capturado;

10 e igualmente Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: -No temas, desde ahora serás pescador de hombres.

11 Y después de llevar las barcas a tierra, dejaron todo y lo siguieron.

 

*•• En primer lugar, nos hace ver Lucas que la gente escuchaba «la Palabra de Dios» (v. 2). Esta expresión, que tiene un sabor casi técnico, nos remite al contexto eclesial para el que Lucas escribe su evangelio: se trata de una comunidad que vive su fe poniendo en el centro de ella precisamente «la Palabra de Dios», esto es, Jesús como Palabra de revelación y la predicación apostólica al mismo tiempo. Lucas pone asimismo de relieve que Jesús «se sentó y estuvo enseñando» (v. 3b): también esta nota nos lleva a considerar el relato evangélico como íntimamente ligado a la vida de la primitiva comunidad cristiana, en la que era normal y continuo el paso de la evangelización a la catequesis. «Puesto que tú lo dices, echaré las redes» (v. 5b): Lucas quiere resaltar aquí la autoridad de la Palabra de Jesús; más aún, la suprema autoridad que ésta encarna. Sabemos, en efecto, que toda palabra que salía de la boca de Jesús estaba dotada -no sólo para los apóstoles, sino también para la gente- de una particular autoridad: «¡Qué palabra la de este hombre! Manda con autoridad y poder» (4,36).

«Dejaron todo y lo siguieron» (v. 11): esta expresión nos recuerda el radicalismo evangélico, que Lucas ilustrará también a través del relato de los Hechos de los Apóstoles, y también en diferentes momentos de la narración evangélica. En esta página quiere indicarnos Lucas que el seguimiento de Jesús implica un radicalismo no sólo en la opción personal, sino también en la decisión de separarse de todo lo que de un modo u otro pueda disminuir la fuerza de la adhesión a Jesús.

 

MEDITATIO

La vocación de los primeros discípulos, con el relieve dado a la figura de Simón Pedro, merece una ulterior atención. Parece, en efecto, que es posible señalar algunos pasajes que destacan este peculiar encuentro entre Jesús y Simón Pedro. No será difícil reconocer en ellos algunos rasgos de nuestra experiencia de vida cristiana.

En primer lugar, un paso de la decepción a la confianza: un experto pescador como Pedro sabe que después de ciertas noches de pesca no se puede esperar gran cosa. La experiencia constituye también para nosotros un punto de referencia seguro para nuestras elecciones y para ciertas decisiones. Sin embargo, Pedro da crédito a la Palabra de Jesús y se confía a su eficacia.

Del estupor al reconocimiento de su ser pecador: la conciencia de Pedro se ilumina en pleno día por el contacto vivo con Jesús, y no sólo por el milagro que ha tenido lugar. Es cierto que el milagro sacude la conciencia y la interpela de un modo drástico, pero la referencia principal y última se dirige a la persona de Jesús, frente al que Pedro reconoce que es un pobre pecador, como todos.

De pecador a pescador de hombres: Pedro advierte que Jesús ha entrado en su vida no sólo para atraerlo hacia sí, sino para ganar, a través de él, a otras personas para la novedad de la vida cristiana. Su profesión de pescador queda transformada de ahora en adelante.

Del dejarlo todo al seguimiento de Jesús: como leemos con frecuencia en el relato evangélico, toda vocación se califica no tanto por lo que se deja como por aquel al que uno se adhiere. También Pedro advirtió esta necesidad y no hizo trampas al tomar su decisión.

 

ORATIO

Oh Señor, me sedujiste y me dejé seducir. Yo buscaba algo significativo en medio de una vida fácil, pero sin brío, en medio del aburrimiento mortal de tantos días siempre iguales. Tu amor arcano y misterioso me atemorizaba y por eso he resistido durante varios años, hasta que una insatisfacción insoportable me ha plegado a tu irresistible seducción. Me has lanzado a una nueva forma de vida, manifestándome una misión que, desde ese mismo momento, ha sostenido toda mi vida, aun en medio de contradicciones paradójicas y situaciones difíciles, imposibles de vivir desde el punto de vista humano.

Seguirte supuso una maravillosa oportunidad para Pedro, para mí y para todos los que han sido llamados. En efecto, como afirma Victor Frankl, tener un «porqué en la vida permite hacer frente a cualquier cómo».

 

CONTEMPLATIO

El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó a la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del Reino de los Cielos (Mt 16,19). Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del Reino de los Cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos (Jn 20,22ss).

En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tenía el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y si se dirige a Pedro con preferencia a los demás es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.

No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor (san Agustín, Sermón 295, l-2.4.7ss, en PL38, 1348-1351).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Cor 3,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«No digo eso», replicó Francisco. «Pero me parece que es difícil aceptar la realidad. En verdad, nadie la acepta en bloque. Aspiramos siempre a añadir, en cierto modo, un palmo a nuestra estatura. Éste es el fin de casi todas nuestras acciones. Incluso cuando creemos trabajar por el Reino de Dios, no buscamos otra cosa que hacernos más grandes, hasta el día en que, derrotados, no nos queda más que esta única desmesurada realidad: Dios existe. Entonces descubrimos que sólo él es omnipotente, que sólo él es santo, que sólo él es bueno.

El hombre que acepta esta realidad y se complace en ella, encuentra la serenidad en su corazón. Dios existe y es todo. Pase lo que le pase, existe Dios y existe la luz de Dios. Basta con que Dios sea Dios. El hombre que acepta íntegramente a Dios se vuelve capaz de aceptarse a sí mismo. Se libera de toda voluntad particular. Ya nada estorba en él el juego divino de la creación. Su voluntad se ha vuelto más sencilla y, al mismo tiempo, extensa y profunda como el mundo. La sencilla y pura voluntad de Dios que abarca y acoge todo» (E. Leclerc, Sapienza d¡ un povero, Milán 1978, p. 145 [edición española: Sabiduría de un pobre, Marova, Madrid 1978]).

 

 

 

 

Día 2

Viernes 22ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 4,1-5

Hermanos:

1 Que se nos considere, por tanto, como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios.

2 Ahora bien, lo que se exige a los administradores es que sean fíeles.

3 En cuanto a mí, bien poco me importa el ser juzgado por vosotros o por cualquier tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo.

4 De nada me remuerde la conciencia, mas no por eso me considero inocente, porque quien me juzga es el Señor.

5 Así pues, no juzguéis antes de tiempo. Dejad que venga el Señor, él iluminará lo que se esconde en las tinieblas y pondrá de manifiesto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que merezca.

 

*»• En el seno de la comunidad cristiana de Corinto había algunos que empezaban a contestar la legitimidad y la autenticidad del ministerio que Pablo ejercía entre ellos y sobre ellos. En primer lugar -afirma Pablo-, somos «ministros de Cristo», esto es, servidores, siervos: nada más (v. la). Nos viene espontáneamente a la mente recordar aquellas palabras de Jesús a los apóstoles: «Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer"» (Le 17,10). Este primer rasgo prueba la identidad del apóstol y le define en relación con Cristo, que le ha llamado.

Somos también «administradores de los misterios de Dios» (y. Ib), esto es, «ecónomos», porque somos responsables de la oikonomía que ve obrando tanto a Dios, que dispensa sus misterios, como a los apóstoles, que han sido llamados a dar lo que han recibido. Este segundo rasgo caracteriza al ministerio apostólico con respecto a los fieles, que tienen derecho a recibir lo que Dios, por manos de sus ministros, dispensa a manos llenas. A los ministros-administradores se les pide que sean «fieles» (v. 2): el término griego empleado puede aludir a la fidelidad personal del apóstol respecto a su Señor, pero expresa, sobre todo, la fidelidad del siervo a su servicio o, mejor aún, a aquel que le ha llamado para este servicio. Por último, el apóstol se siente sometido sólo al juicio de Dios (w. 3ss): de aquí podemos colegir la extrema libertad de Pablo frente a todos, aunque no respecto a Dios, al que se ha rendido de una vez para siempre y al que ahora permanece sometido en todo y para todo. No es difícil reconocer en estos elementos característicos del ministerio apostólico una auténtica espiritualidad, de la que, por otra parte, Pablo da testimonio en todas sus cartas.

 

Evangelio: Lucas 5,33-39

En aquel tiempo,

33 los maestros de la Ley y los fariseos le preguntaron a Jesús: -Los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, e igualmente los de los fariseos; en cambio, tus discípulos comen y beben.

34 Jesús les contestó: -¿Podéis hacer ayunar a los amigos del novio mientras el novio está con ellos?

35 Llegará un día en que el novio les será arrebatado; entonces ayunarán.

36 Les puso también este ejemplo: -Nadie corta un trozo de tela de un traje nuevo y lo pone en un vestido viejo, porque estropeará el nuevo, y al viejo no le caerá bien la pieza del nuevo.

37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo reventará los odres, se derramará el vino y los odres se perderán.

38 El vino nuevo se echa en odres nuevos.

39 Y nadie habituado a beber vino añejo quiere el nuevo, porque dice: «El añejo es mejor».

 

*» De aquí en adelante la liturgia de la Palabra presenta tres páginas evangélicas que relatan tres polémicas mantenidas por Jesús con los discípulos de Juan el Bautista y con los fariseos: una tiene que ver con la práctica del ayuno y dos con la observancia del sábado.

Sabemos que la limosna, la oración y el ayuno constituyen tres compromisos inderogables para los discípulos de Cristo (cf. Mt 6,1-18), pero lo que importa a Jesús es el modo en que sus discípulos aceptan hacer limosna, orar y ayunar. También este pasaje evangélico confirma la importancia del espíritu con el que el ayuno puede y debe ser practicado. La alegoría matrimonial nos impulsa a considerar a Jesús como «el esposo» (w. 34ss), cuya presencia hoy no puede dejar de ser considerada motivo de alegría, y cuya ausencia mañana será, a buen seguro, motivo de tristeza. La espiritualidad cristiana no podrá separarse nunca de algunas expresiones personalísimas que pueden configurar una relación nuestra no sólo de hijos con su padre, sino también de esposa con esposo. Sabemos que ya desde el Antiguo Testamento se ha desarrollado ampliamente la alegoría matrimonial para iluminar tanto las relaciones de Israel con su Señor como las relaciones de todo creyente con su Dios.

No es difícil caer en la cuenta de que se distingue aquí con bastante claridad los tiempos de Jesús de los tiempos de la Iglesia (es ésta una perspectiva fuertemente lucana, como, por otra parte, han puesto de relieve no pocos exégetas). La Iglesia está representada por los invitados que participan de la alegría del esposo; sin embargo, en otras ocasiones está representada por la esposa o por el amigo del esposo, que está cerca de él y lo escucha (cf Jn 25,30).

 

MEDITATIO

Siempre es útil reflexionar sobre la novedad traída por Cristo y atestiguada por el Evangelio: novedad que el fragmento de Lucas que acabamos de meditar pone de manifiesto con las parábolas del traje nuevo y del vino nuevo. Señalemos, en primer lugar, el carácter paradójico con el que narra Lucas la primera parábola: en efecto, no habla simplemente de un pedazo de tela para ponerlo en un traje viejo, sino de la acción de alguien que «corta un trozo de tela de un traje nuevo y lo pone en un vestido viejo». Está claro que Lucas quiere censurar la actitud de aquellos que, al rechazar la novedad del evangelio, acaban por estropear lo que es nuevo sin llevar a su consumación lo que es viejo.

«Nuevo» puede ser entendido en referencia al Antiguo Testamento: en este caso, el verdadero discípulo de Jesús desde los comienzos de su experiencia de fe intuye que la Palabra de Jesús llega como cumplimiento de las profecías y que su adhesión de fe a Jesús le pone en continuidad con todos aquellos que antes de Cristo ya se abrieron a la escucha de la Palabra de Dios y se dejaron guiar por los profetas. «Nuevo» puede ser entendido asimismo en referencia a los maestros alternativos que, con todos los medios posibles, hacían prosélitos también en tiempos de Jesús; en este caso, los apóstoles y los discípulos se encontraron en la necesidad de tomar decisiones drásticas {cf. Jn 6,60-69) para no dejarse hipnotizar por falsos maestros y por guías ciegos e hipócritas {cf. Mt 23,15-17). «Nuevo», por último, puede ser entendido igualmente en referencia a ciertas actitudes que caracterizaban la vida de los discípulos de Jesús antes de su encuentro con el maestro: en este caso, el discípulo de Jesús advierte el deber de dejar para tomar, de abandonar para recibir, de perder para encontrar.

 

ORATIO

Oh Señor, sácanos del surco de nuestros hábitos. La tarea principal de una persona que quiere madurar es, paradójicamente, la de alcanzar la inocencia de un niño. Oh Señor, dame una mente fresca, inocente, llena de porqués y, por eso mismo, abierta y capaz de conocimiento infinito.

«Nadie corta un trozo de tela de un traje nuevo y lo pone en un vestido viejo.» Oh Señor, concédeme el sentido del buen gusto, que no me mantenga encerrado en lo «viejo», sino que, aun apreciándolo, sepa captar la novedad de tu gracia, dotada siempre de originalidad y elegancia espiritual. Los discípulos de Juan ayunan; los tuyos comen y beben. Oh Señor, concédeme ese sentido del equilibrio que no me liga a la fuerza a normas y prácticas ya superadas, sino que a través de intuiciones afortunadas me conduce a tomar decisiones espontáneas y adaptadas a todo tipo de situaciones.

 

CONTEMPLATIO

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras. Y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma (Pseudo-Crisóstomo, Homilía 6 sobre la oración, en PG 64, 462-466).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se nos considere, por tanto, como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Cor 4,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Fundamento mi comprensión del mundo, de los otros y de mí mismo en la figura simbólica del siervo de YHWH O, bien, en un amor que no puede ser arrebatado sino ofrecido. El siervo de YHWH, «el cordero de Dios», es exactamente lo contrario que el «chivo expiatorio», ese que todos están de acuerdo en excluir para preservar la unidad del grupo. En el cristianismo, por el contrario, el grupo ha sido fundado por una víctima que fue excluida por los otros, pero que, aceptando ser excluida, denunció y puso al desnudo el sistema del «chivo expiatorio». Con la lógica simbólica de la víctima conforme, la cruz queda sustraída a una interpretación puramente punitiva, en términos de retribución (la sangre derramada a cambio de la Salvación), un hecho al que Job ya había puesto término con su propio sufrimiento. El extraordinario poder de Jesús reside en un sacrificio consentido que va a destruir de manera definitiva todo el sistema que se fundamenta en la víctima. Eso es lo que subraya san Juan cuando hace decir a Jesús: «Nadie tiene poder para quitarme la vida; soy yo quien la doy por mi propia voluntad» (P. Ricoeur, entrevista aparecida en el diario Awen/re el 8 de septiembre de 1999).

 

 

 

Día 3

San Gregorio Magno (3 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Fue un hombre de acción, dotado de una rica personalidad y de un carácter amable. Nació en el año 540 en el seno de la familia senatorial de los Anicii. Fue primero prefecto de Roma, después monje benedictino, representante del papa en Constantinopla y, por último, papa en unos tiempos particularmente difíciles, a saber: durante las persecuciones de los bárbaros.

Desempeñó un gran papel en la Iglesia como organizador de la vida religiosa -en particular en el aspecto litúrgico- y también como escritor. Como buen administrador, estuvo atento tanto a los asuntos sociales y políticos como a las cuestiones internas de la vida de la Iglesia universal. Tienen una importancia particular sus homilías, sus obras exegéticas, las cartas y el famoso Libro de la regla pastoral. Es uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia occidental, por haber prestado una particular atención al hablar y escribir sobre el misterio de la Palabra de Dios. Murió en Roma en el año 604.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 4,6-15

6 Hermanos, en atención a vosotros, me he puesto como ejemplo, junto con Apolo, para que aprendáis en nosotros aquello de «no ir más allá de lo que está escrito» y para que nadie se apasione por uno en contra de otro.

7 Pues ¿quién te hace superior a los demás? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?

8 ¡Ya estáis satisfechos! ¡Ya sois ricos! ¡Habéis llegado a ser reyes sin contar con nosotros! ¡Ojalá lo fueseis de verdad, para que también nosotros reinásemos con vosotros!

9 Pues, al parecer, a nosotros los apóstoles, Dios nos ha destinado al último lugar, como condenados a muerte; nos ha convertido en espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres.

10 Así que nosotros somos unos necios por Cristo, y vosotros sabios en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros llenos de gloria, nosotros despreciados.

11 Hasta el presente no hemos padecido más que hambre, sed, desnudez y malos tratos; andamos errantes

12 y nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos. Nos insultan y nosotros bendecimos; nos persiguen y lo soportamos;

13 nos difaman y respondemos con bondad. Nos hemos convertido en la basura del mundo, como el deshecho de todos hasta ahora.

14 No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos muy queridos.

15 Porque, aunque tuvierais diez mil maestros en la fe, padres no tenéis muchos; he sido yo quien os ha hecho nacer a la vida cristiana por medio del Evangelio.

 

*» Pablo desarrolla el discurso sobre la verdadera identidad de los ministros de Cristo y de los administradores de los misterios de Dios, y lo hace con algunas expresiones que merecen ser unificadas.

Los apóstoles están ligados ante todo, de manera indivisible, a los fieles-hermanos: no podéis pretender -parece decir Pablo- caminar por vuestra cuenta ni, mucho menos, llegar a puerto sin nosotros. La conciencia del apóstol se une a la de todos los fieles precisamente porque, como ellos y junto con ellos, se siente salvado por la gracia de Cristo. Por otro lado, prosigue Pablo, nosotros deseamos sólo llegar a la meta con vosotros.

La expresión simbólica «ser reyes sin contar con nosotros» (v. 8) es extremadamente clara y expresa su deseo de compartir eternamente la alegría de la salvación con todos aquellos a los que ha podido prestar el servicio de la Palabra.

Los apóstoles son «condenados a muerte» (v. 9), como Cristo, después de Cristo: esta especie de condena pende sobre la cabeza de Pablo desde que encontró a Cristo en el camino hacia Damasco. Desde entonces sabe con toda certeza que no hay otro camino para recorrer que el de la cruz, que no puede usar otro lenguaje más que el de la cruz, que no hay otra perspectiva que se abra ante él que no sea la de un nuevo calvario. Esa condena se va realizando históricamente en diferentes tiempos y en diversos lugares: también aquí, en Corinto, por medio de vosotros -parece decir Pablo-, pero es algo que parece no asombrarle en absoluto. Los apóstoles son también padres respecto a los fieles, a los que consideran «hijos míos muy queridos» (v. 14): se trata de una paternidad espiritual tal vez no menos comprometedora que la física; una paternidad que supera los límites de una familia humana y se extiende a las dimensiones de una comunidad sin fronteras. Ésa fue la experiencia de Pablo.

 

Evangelio: Lucas 6,1-5

1 Un sábado, atravesaba Jesús unos sembrados. Sus discípulos cortaban espigas y las comían, desgranándolas con las manos.

2 Y unos fariseos dijeron: -¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?

3 Jesús les respondió: -¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvieron hambre él y sus compañeros?

4 Entró en el templo de Dios, tomó los panes de la ofrenda, comió y dio a los que lo acompañaban, siendo así que sólo a los sacerdotes les estaba permitido comerlos.

5 Y añadió: -El Hijo del hombre es señor del sábado.

 

**• Lucas nos refiere, en dos pasajes consecutivos, algunas polémicas que Jesús debió sostener con los fariseos respecto al sábado, día de descanso, y sobre las prácticas más o menos permitidas en ese día. Lo que más nos sorprende en esta página evangélica es el modo positivo y dialogante con el que Jesús entra en la polémica: en efecto, Jesús intenta desconectar a sus interlocutores de una mentalidad excesivamente jurídica, ligada de manera servil a una casuística que, de hecho, condujo a los fariseos, contemporáneos de Jesús, a recopilar un elenco de 613 preceptos (naturalmente además de los diez mandamientos), a los que querían permanecer fieles de una manera servil. Jesús intenta separarlos de esta mentalidad refiriéndose a un hecho veterotestamentario de la vida de David: una elección libre frente a una tradición que parece no admitir excepciones. Sabemos bien que el rey David constituyó para todos, y también para Jesús, un punto de referencia digno del máximo respeto y de la más fiel imitación. Un motivo más, en este caso, para asumirlo como modelo de libertad frente a tradiciones que, si no son bien interpretadas (cf. Me 7,1-15), amenazan con someter el hombre a la Ley en vez de hacer que la Ley sirva al hombre.

La afirmación final de Jesús es extremadamente clara e iluminadora: «El Hijo del hombre es señor del sábado» (v. 5). Por un lado, Jesús se compara a David y, por otro, con una afirmación que no deja lugar a dudas y manifiesta un tono apodíctico, afirma su propia superioridad con respecto a David y también, de una manera implícita, en cuanto «señor del sábado», su dignidad divina.

MEDITATIO

Según el evangelio, nuevo no significa «inédito», jamáis vu (nunca visto), sino «originario», en el sentido de que Jesús ha venido a restablecer el proyecto del Dios creador para volver a entregarlo a todos aquellos que aceptan seguirle por el camino de la verdad. Tenemos un ejemplo claro de este proyecto de Jesús en Mt 19,1-12, donde Jesús, en polémica con los fariseos sobre la espiritualidad conyugal, les invita a superar la lógica de los permisos concedidos por Moisés, a causa de la dureza de sus corazones, mediante la lógica de la entrega recíproca total según el proyecto originario. Nuevo, según el evangelio, no significa «actual», a la última, sino «auténtico», en el sentido de que Jesús, con sus propuestas de vida nueva, tiende a despertar en la persona, en cada persona, lo que en ella hay de genuino y de válido. Jesús ha venido a liberar la libertad; por eso, cuando fue necesario, no vaciló en contraponer su propuesta a las propuestas alternativas de otros falsos mesías que prometían fáciles libertades baratas.

Nuevo, según el evangelio, no significa «genial», sino «esencial», en el sentido de que Jesús -como aparece en casi todas las páginas del evangelio- vino a suprimir, o por lo menos a aligerar, los excesivos fardos que amenazan con entristecer y tal vez incluso con mortificar el corazón de cada persona. Desde este punto de vista resultan extremadamente iluminadoras estas palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).

 

ORATIO

«Pues, al parecer, a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha destinado al último lugar, como condenados a muerte». Oh Señor, el sufrimiento me da miedo, pero es inútil negarlo, rechazarlo, evadirse de él, porque es parte inherente de la vida de cada apóstol. Me da miedo el sufrimiento físico causado por las enfermedades, por las privaciones, por el cansancio, por un cuerpo consumido que desmejora con el paso de los años. Me da miedo el sufrimiento psicológico derivado de las incomprensiones, de las resistencias inmotivadas frente a realidades evidentes, de las limitaciones escondidas y no aceptadas que se convierten en violencias irracionales, de los juegos destinados a ser apoyados en nuestros propios puntos de vista. Me da miedo el sufrimiento espiritual velado por las dudas, la aridez, las incertidumbres, la indiferencia.

Pero así ha sido el camino para todos tus discípulos y amigos. Y así ha de ser también para nosotros, para los que hemos elegido seguirte.

 

CONTEMPLATIO

Reconoce, oh cristiano, la altísima dignidad de esta tu sabiduría, y entiende bien cuál ha de ser tu conducta y cuáles los premios que se te prometen. La misericordia quiere que seas misericordioso, la justicia desea que seas justo, pues el Creador quiere verse reflejado en su criatura, y Dios quiere ver reproducida su imagen en el espejo del corazón humano, mediante la imitación que tú realizas de las obras divinas. No quedará frustrada la fe de los que así obran, tus deseos llegarán a ser realidad, y gozarás eternamente de aquello que es el objeto de tu amor.

Y porque todo será limpio para ti, a causa de la limosna, llegarás también a gozar de aquella otra bienaventuranza que te promete el Señor, como consecuencia de lo que hasta aquí se te ha dicho: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Gran felicidad es ésta, amadísimos hermanos, para la que se prepara un premio tan grande. Pues, ¿qué significa tener limpio el corazón, sino desear las virtudes de que antes hemos hablado? ¿Qué inteligencia puede llegar a concebir, o qué palabras lograrán explicar la grandeza de una felicidad que consiste en ver a Dios? (León Magno, Sermón 95, 6ss, en PL 54, 464ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Hijo del hombre es señor del sábado» (Lc 6,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Recientemente he llegado a reconocer la necesidad del método de la no violencia en las relaciones internacionales. Como no estaba convencido de su eficacia en los conflictos entre naciones, pensaba yo que, aunque no puede ser nunca un bien positivo, la guerra podría servirnos como un bien negativo, para prevenir la difusión y el crecimiento de una fuerza malvada. La querrá, por muy horrible que sea, podría ser preferible a rendirse a un sistema totalitario. Ahora, sin embargo, veo que el potencial destructivo de las armas modernas elimina por completo la posibilidad de que la guerra represente a lo sumo un bien negativo. Si admitimos que la humanidad tiene derecho a sobrevivir, entonces deberemos encontrar una alternativa a la guerra y a la destrucción.

En nuestra época de vehículos espaciales y de misiles balísticos teledirigidos, la alternativa se sitúa entre la no violencia y la no existencia. No soy un pacifista doctrinario, sino que he intentado abrazar un pacifismo realista, que considera la posición pacifista como el mal menor en las circunstancias actuales. No proclamo que estoy libre del dilema moral que el cristiano no pacifista debe afrontar, pero estoy convencido de que la Iglesia no puede permanecer en silencio mientras el género humano se encuentra ante la amenaza de la aniquilación nuclear. La Iglesia, si es fiel a su misión, debe pedir el final de la carrera armamentística (M. L. King, «lo sogno ancora», en E. Helio [ed.], Slogans dell'anima, Milán 1971, pp. 92ss).

 

Día 4

23º domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 9,13-18b

13 Pues ¿qué hombre puede conocer los designios de Dios? ¿Quién puede hacerse idea de lo que quiere el Señor?

14 Los pensamientos de los mortales son frágiles, e inseguras nuestras reflexiones,

15 porque el cuerpo corruptible es un peso para el alma y esta tienda terrena oprime al espíritu que reflexiona.

16 Si a duras penas vislumbramos lo que hay en la tierra, y descubrimos con trabajo lo que está a nuestro alcance, ¿quién puede rastrear lo que hay en los cielos?

17 ¿Quién conocería tu designio si tú no le dieras la sabiduría y enviaras tu santo espíritu desde los cielos?

18 Así se enderezaron las sendas de los que viven en la tierra, aprendieron los hombres qué es lo que te agrada y se salvaron por la sabiduría.

 

*+• La liturgia nos ofrece hoy la última parte de la oración que Salomón dirigió a Dios para obtener la sabiduría (Sab 9). Se trata de una oración de un valor incomparable, que figura entre las más elevadas de la Escritura tanto por su contenido espiritual como por su forma estilística, aunque en una primera lectura pueda dar la impresión de ser más bien seca. Es una oración que nos sitúa, de una manera inexpresable, en el haz de luz de la misericordia de Dios que desciende sobre nosotros.

La enseñanza última del libro de la Sabiduría es, precisamente, la oración. Del mismo modo que la sabiduría ha asistido a Dios desde la aurora de la creación, así asiste también al hombre para que continúe «gobernando el mundo con santidad y justicia» (9,3). La vida del hombre es, en esencia, una relación límpida y transparente con la sabiduría para alcanzar de ella la luz necesaria para gobernar el mundo. En este sentido, la vida del hombre no puede ser nada más que oración. La vida del hombre es considerada por el libro sagrado como una maravillosa relación con la sabiduría, y esta relación es oración: «Concédeme la sabiduría» (9,4).

Ahora bien, se trata de una relación misteriosa, que se basa en la experiencia de nuestra propia fragilidad y de nuestro propio pecado y que, por eso, sólo puede ser vivida en el clima de la acogida de un amor y de una luz irresistibles y respetuosos con nuestra humanidad. Ninguna perfección, por muy rica que sea, puede ser suficiente para la obra a la que Dios llama al hombre: «Sin tu sabiduría, sería estimado en nada» (9,6).

Sólo el don de la sabiduría nos hace contemplar el esplendor de la creación. Es estupenda la riqueza de esta oración, una oración que nos encanta por la amplitud y el esplendor con que se reflejan las promesas de Dios y las esperanzas del hombre. Se abre con una invocación apesadumbrada a Dios: «Oh Dios de nuestros padres y Señor de misericordia» (9,1). Es una invocación personal a Dios, que siempre ha estado presente y que sigue siendo el Dios de todo un pueblo con el que ha establecido una alianza. Es una invocación a ese amor y a esa bondad que Dios ha tenido siempre con todo el pueblo de Israel. En ella se muestra que el fundamento de la oración es la experiencia ardiente de la misericordia de Dios. A buen seguro, el hombre se siente débil y frágil para llevar a cabo los planes de Dios (w. 13-19). ¿Cómo puede conocer y llevar a cabo el deseo de Dios? «¿Quién conocería tu designio si tú no le dieras la sabiduría y enviaras tu santo espíritu desde los cielos?» (v. 17), dice el libro de la sabiduría. Sin embargo, el hombre sabe asimismo que Dios le asistirá también esta vez con su gracia. El hombre sabe que Dios le ha iluminado y guiado siempre con su sabiduría. Sabe que «aprendieron los hombres qué es lo que te agrada, y se salvaron por la sabiduría» (v. 18). Dios también nos puede asistir hoy. Por eso pedimos continuamente a Dios el don de la divina sabiduría: «Envíala de los cielos santos» (9,10).

Sabemos que esta oración es eficaz. La respuesta de Dios es segura: es la bajada del Verbo al seno de María santísima. La Sabiduría se encarnó en la persona de Jesús. Tomó un rostro humano. Entró en nuestra historia, enseñándonos a renunciar a todo para llegar a la plena disponibilidad a Dios. Jesús es la Sabiduría dulce y luminosa que nos ha sido entregada desde lo alto. Su Evangelio nos muestra la inmensa vanidad del universo y, al mismo tiempo, la inaccesible trascendencia de la única realidad que cuenta, Dios.

 

Segunda lectura: Filemón 9b-10.12-17

9 Yo, Pablo, anciano ya, y al presente además prisionero por Cristo Jesús,

10 te ruego por mi hijo Onésimo, al que he engendrado entre cadenas.

12 Ahí te lo envío, y es como si te enviara mi propio corazón.

13 Habría querido retenerlo conmigo para que me sirviera en tu lugar ahora que estoy encadenado por causa del Evangelio.

14 Pero no he querido hacer nada sin contar contigo, para que tu buen proceder sea fruto de la libertad y no de la coacción.

15 Y es que tal vez te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva,

16 pero no ya como esclavo, sino como algo más, como un hermano muy querido. Para mí lo es ya muchísimo, pero más todavía ha de serlo para ti como persona y como creyente.

17 Si, pues, me tienes por amigo, acógelo como me acogerías a mí.

 

*» En la carta que le dirige, Pablo quiere educar a su hermano Filemón en esta renuncia sapiencial. Lo hace con una discreción y un tacto verdaderamente admirables, repletos de una profunda y delicada sabiduría cristiana. Podría «mandarle» que le dejara a su esclavo Onésimo, que había huido de su patrón después de haberle robado. Sin embargo, dado que conoce su generosidad, estima más conveniente aducir motivos de caridad.

Pablo, «anciano ya, y al presente además prisionero por Cristo Jesús» (v. 9), podría retener muy bien al esclavo Onésimo junto a él. No, a buen seguro, como esclavo, sino «para que me sirviera en tu lugar ahora que estoy encadenado por causa del Evangelio» (v. 13), o sea, como esclavo y servidor de Cristo. Sin embargo, le envía de nuevo a Filemón. Deja que sea éste quien decida retenerle o enviarle de nuevo a Pablo. De este modo, Pablo no sólo libera a Onésimo de la esclavitud, sino que pide además a Filemón algo mucho más costoso, le invita a una expropiación todavía más fuerte: que reciba a Onésimo no

ya como esclavo, sino «como un hermano muy querido» (v. 16) al que debe amar ante el Señor.

En efecto, mediante el amor de Pablo, Onésimo se ha vuelto para Filemón un hombre como él, auténticamente vivo, en posesión de un tesoro que no perecerá nunca. Se trata de que vuelva a tener a Onésimo no ya para un simple beneficio temporal, para un «momento», sino «precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva» (v. 15).

 

Evangelio: Lucas 14,25-33

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

 31 O si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

**• Este fragmento del evangelio de Lucas contiene dos parábolas (w. 28-30 y 31ss) y tres máximas fundamentales de la sabiduría cristiana (w. 26.27.33). La verdadera sabiduría, la que nos enseña Jesús en el evangelio, consiste en abandonarlo todo, en prescindir de todo, en despojarnos de todo, en llegar a ser por fin libres, para seguir a Jesús y sumergirnos en el océano del Amor. El don de la sabiduría consiste precisamente en seguir a Jesús, a nadie más que a él. Las parábolas nos enseñan, en efecto, que la sabiduría del cristiano consiste en ir a Jesús «renunciando a todo lo que tiene», como sugiere Lucas: «Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (v. 25). Esto es lo que se exige para seguir a Jesús. Jesús exige para él, por ser el Hijo de Dios, «todo el corazón, todas las fuerzas». Nada puede oponerse a este amor. Jesús quiere ser amado como el único amor, como la única riqueza y el único proyecto que llena el corazón. Quien no «renuncia a todo lo que tiene» (v. 33) no puede pretender ser discípulo suyo. Está incluido aquí todo lo que podamos poseer: no sólo los bienes materiales, sino también las relaciones con otras personas, como los parientes más próximos. En el fondo, la sabiduría cristiana está toda aquí: desvincularnos de todo lo que nos aleja o nos separa dé Dios, para llegar a vivir nuestra vocación de discípulos.

Las parábolas nos enseñan en última instancia que, para seguir- a Jesús, es menester tener la sagacidad de los hombres de este mundo. El que construye una casa se pregunta antes de empezar las obras si le van a salir las cuentas. Igualmente, el rey que se compromete en una batalla calcula bien si podrá hacer frente al enemigo con los medios de que dispone. Jesús extrae de estos ejemplos la siguiente conclusión: «Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío» (v. 33). Seguir a Jesús es una empresa dura. Es menester reflexionar antes, con seriedad, si estamos dispuestos a renunciar a todos los bienes para construir el edificio cristiano, y a combatir únicamente con la sabiduría divina y no con nuestra propia astucia. Por otra parte, Jesús nos pide que realicemos esta reflexión en silencio.

Debemos preguntarnos si estamos dispuestos verdaderamente a abandonar todo y a esperar, con buen ánimo, toda la fuerza únicamente de Dios, dejando que sea él quien disponga de toda nuestra vida/Abandonar no significa huir a un desierto, sino, simplemente, soltar los dedos aferrados a cualquier cosa que considero una «pertenencia», para ofrecerle todo al Señor.

 

MEDITATIO

Los textos de este domingo nos ponen frente a un mismo tema: el abandono en Dios. Con frecuencia nos preguntamos: ¿quién puede conocer lá voluntad de Dios? O bien: ¿cómo podemos saber lo que Dios quiere de nosotros?

Las lecturas de la misa de hoy nos dicen que sólo podemos conocer las intenciones de Dios si poseemos la sabiduría. Ahora bien, para poseer la sabiduría es preciso renunciar a todo para seguir a Jesús. La sabiduría que el Señor nos enseña es seguir a Jesús. Nada más. Es preciso liberarnos, despojarnos, renunciar a todo lo que creíamos poseer, vender todo lo que tenemos, no llevar dinero con nosotros, no disponer ni siquiera de una piedra en la que reposar la cabeza, no encerrarnos en los vínculos familiares: «Si alguno quiere venir conmigo V no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26).

La garantía del discípulo consiste en ir a Jesús sin tener nada. La verdadera sabiduría consiste en no llevar ningún peso que nos impida la marcha tras Jesús. Dicho de manera positiva, se trata de llevar un único peso: la Cruz de Jesús. Y el peso de la cruz es el peso de su amor. No se trata de hacer cálculos, de contar el número de piedras necesarias para construir la casa o el número de personas necesarias para la batalla. No es ésa la intención del Señor. Ser discípulo significa no preferir nada que no sea el amor de Jesús. Preferir únicamente y siempre al Señor, o sea, elegirle de nuevo cada día y ofrecerle toda nuestra vida. El don de la sabiduría, que es algo que hemos de pedir constantemente al Señor, nos permite darnos por completo, con libertad y de una manera transparente a este amor. Quien ha sido vencido por este amor ya no tiene miedo de nada por parte de Dios. El amor vence todo temor. Ya nada podrá espantarnos.

 

ORATIO

Oh mi Señor, tenían razón los santos al decir que comprendían la razón de que tuvieras tan pocos seguidores: ¡quieres demasiado de ellos! Es difícil seguirte, entre otras razones, porque es difícil comprender tu filosofía: nos dices que, para seguirle, hay que llevar una cruz, para ganar es preciso renunciar, para construir es preciso privarse de bienes. Sin contar con la decidida relativización de los afectos más queridos y más santos.

Perdóname, Señor, pero hoy me supone una gran fatiga comprender unas exigencias tan rigurosas. Y conmigo muchos otros sienten una fuerte tentación de decirte: «Si pides tanto, voy a buscarme otro maestro de vida más comprensivo, más humano, más amigo de la vida», de esta vida, la única que se nos ha dado vivir. Mira también tú, oh Señor, la enorme extensión de la apostasía por parte de adultos y jóvenes, a menudo porque no comprenden las razones de tu severidad. Y hasta los mismos pastores se sienten a menudo turbados y desconcertados, y se plantean serios interrogantes... ¡Perdóname este desahogo! Concédeme tu sabiduría para que pueda ver yo las cosas como tú las ves, para que nunca pueda nada poner en duda mi confesión de fe: sólo tú tienes palabras de vida eterna. Concédeme tu "sabiduría, para que yo pueda comprenderte y dar cada vez un mejor testimonio de ti y, con un coraje cada vez mayor, pueda decir también yo estas palabras duras y eternas. Confirma a mi pobre corazón, para que no vacile ante la cruz: la tuya, la mía y la de mis hermanos. Sí, Señor: «Sólo tú tienes palabras de vida eterna».

CONTEMPLATIO

La cruz es la puerta de los misterios; por esta puerta entra el Intelecto en el conocimiento de los misterios celestiales. El conocimiento de la cruz está escondido en los sufrimientos de la cruz; y en la medida en que se participa en ellos, se experimenta lo que hay en la cruz,  según las palabras del apóstol: «En la misma medida en que abunden en nosotros los sufrimientos de Cristo, así será a su semejanza nuestra consolación en Cristo». Se llama consolación a la contemplación que se despliega como visión del alma. La visión engendra la consolación. No es posible que nuestra alma produzca los frutos del Espíritu si nuestro corazón no ha muerto al mundo. El Padre, en efecto, consolida en la contemplación de todos los mundos al alma que ha muerto con la muerte de Cristo.

Tú, que has salido vencedor, saborea en ti mismo la pasión de Cristo, para ser hecho digno de saborear también su gloria; si padeces efectivamente con él, con él también serás glorificado. Si el cuerpo no padece a causa de Cristo, el intelecto no será glorificado con Jesús. En efecto, en el mismo instante en que pise la gloria, recibirá la gloria, y será glorioso en su cuerpo y, al mismo tiempo, en su alma (Isaac de Nínive, Un'umile speranza I, 79).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: Si pierdo la vida por Jesús, reinaré con él eternamente.

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jerusalén es para mí el lugar más bello y más querido del mundo. En Jerusalén está la capilla del Calvario, en la basílica del Santo Sepulcro. Algunos de vosotros ya habéis estado en ella, otros iréis ciertamente, antes o después. Subiendo una serie de escalones, se llega a una capilla donde hay un pequeño altar reservado a los monjes griegos, y allí podemos detenernos a orar. Bajo el altar se ve un orificio que pretende recordar el lugar donde fue clavado el leño de la cruz de Jesús. Delante, una gran tabla pictórica bizantina: Jesús en la Cruz, la Virgen María, el evangelista Juan, María Magdalena. He pasado en esa pequeña capilla muchísimas horas de mi vida y no me he cansado nunca de permanecer mucho tiempo, en oración silenciosa, sin conseguir decir nada especial. Estaba allí, y sentía que estaba en el centro del mundo, comprendí que el mundo se manifestaba en su verdad sólo si era mirado desde arriba de la cruz y con la mirada de Jesús.

Todavía ahora continúo con esta oración fundamental que es la contemplación de la cruz como significado y clave de toda la historia humana. No hay persona, no hay acontecimiento humano que no tenga su punto de referencia en la escucha contemplativa del mensaje de la cruz. Por consiguiente, le pido a Jesús esta gracia para cada uno de vosotros: que podáis contemplar, cada vez más, la luz que se desprende de su cruz, para referir a ella todas las realidades de vuestra vida y todas las realidades de la historia (C. M. Martini, Tu mi scruti e mi conosci, Milán 1999, pp. 102ss [edición española: Tú me sondeas y me conoces, Editorial Verbo Divino 1995]).

 

 

 

 

Día 5

Lunes de la 23ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 5,1-8

Hermanos:

1 Es cosa pública entre vosotros un caso de lujuria de tal gravedad que ni siquiera entre los no cristianos suele darse, pues uno de vosotros vive con su madrastra como si fuera su mujer.

2 Y vosotros estáis tan orgullosos, cuando deberíais vestir luto y excluir de entre vosotros al que ha cometido tal acción.

3 Pues yo, por mi parte, aunque estoy corporalmente ausente, me siento presente en espíritu y, como tal, he juzgado ya al que así se comporta.

4 Reunido en espíritu con vosotros, en nombre y con el poder de nuestro Señor Jesucristo,

5 he decidido entregar ese individuo a Satanás, para ver si, destruida su condición pecadora, él se salva el día en que el Señor se manifieste.

6 La cosa no es como para presumir. ¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?

7 Suprimid la levadura vieja y sed masa nueva, como panes pascuales que sois, pues Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado.

8 Así que celebremos fiesta, pero no con levadura vieja, que es la de la maldad y la perversidad, sino con los panes pascuales de la sinceridad y la verdad.

 

La primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto puede ser considerada como un conjunto de respuestas a otros tantos problemas presentados al apóstol por aquella comunidad. Más aún, todo bien considerado, la respuesta no es múltiple, sino única: Pablo, en efecto, se remonta espontáneamente desde las diferentes problemáticas de la vida eclesial de Corinto al centro de la fe cristiana: el misterio pascual de Jesús.

En el caso que nos ocupa aquí, se trata de un caso de inmoralidad que aflige a la comunidad de Corinto: el asunto es extremadamente grave y no puede ser silenciado. Pero lo que más sorprende es el hecho de que, en vez de acumular prohibiciones o recomendaciones más o menos paternalistas, Pablo se remite al acontecimiento pascual, que, así como ha caracterizado la vida de

Cristo, debe caracterizar también la vida de todo cristiano y la vida de cualquier comunidad cristiana auténtica: «Suprimid la levadura vieja y sed masa nueva» (v. 7).

La imagen se deja interpretar más bien con facilidad: tenemos delante el binomio «viejo» / «nuevo», y con él pretende Pablo remover no sólo una especie de pereza espiritual, sino también y sobre todo una adhesión estática y nostálgica a lo que con la venida de Cristo ha sido definitivamente superado. La comunidad de Corinto está amenazada, pues, con permanecer asentada en las posiciones de siempre, perdiendo el ritmo de marcha inaugurado por la presencia de Jesús. «... pues Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado. Así que celebremos fiesta» (w. 7b-8): ésta es la motivación pascual ofrecida por Pablo a una comunidad que debe vivir su propia fe en términos de gloriosa novedad, a fin de celebrar la fiesta superando toda referencia pasiva y servil a un pasado que ha encontrado ahora su plena realización.

 

Evangelio: Lucas 6,6-11

6 Otro sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía atrofiada su mano derecha.

7 Los maestros de la Ley y los fariseos lo espiaban para ver si curaba en sábado, y tener así un motivo para acusarle.

8 Jesús, que conocía sus pensamientos, dijo al hombre de la mano atrofiada: -Levántate y ponte ahí en medio. El hombre se puso de pie.

9 Jesús les dijo: -Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?

10 Y, mirándolos a todos, dijo al hombre: -Extiende tu mano. Él lo hizo, y su mano quedó restablecida.

11 Pero ellos, llenos de rabia, discutían qué podrían hacer contra Jesús.

 

**• La atención de Lucas vuelve sobre la polémica en torno al sábado; sin embargo, esta vez toma como ocasión una intervención taumatúrgica de Jesús a favor de un hombre que tenía la mano atrofiada y al que el Nazareno le ha restituido una saltad perfecta. La acción milagrosa desencadena el espíritu critico de sus adversarios, como antes había sucedido ya con respecto a la actitud de los discípulos de Jesús, que habían cogido y comido espigas de trigo en día de sábado. El contraste es aún más fuerte, pues una determinada mentalidad farisea hubiera deseado no sólo inmovilizar a los discípulos de Jesús, sino también bloquear la capacidad taumatúrgica del Maestro. Es absurda e inaceptable esta pretensión de los fariseos y de los maestros de la Ley, cuya presencia crítica y maldad de pensamiento señala Jesús. Éste lee en el corazón del hombre: tanto en el de quienes le escuchan y le siguen como en el de quienes le espían y quisieran sorprenderle en un fallo.

Una vez realizada la acción taumatúrgica, Jesús se enfrenta a sus adversarios no tanto en el terreno de lo que es lícito hacer en día de sábado como en este otro: «¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?» (v. 9). La certeza que anima a Jesús es tal que no espera la respuesta de sus adversarios: la da por descontado, y lo mismo haríamos nosotros si nos atenemos con fidelidad a las indicaciones de su magisterio. Es inútil recordar que lo que Jesús ha hecho y ha dicho desencadena en sus adversarios tal rabia que se juran a sí mismos condenarlo a muerte. Antes de matarlo físicamente lo condenan a muerte espiritualmente: en la raíz de esto encontramos siempre la intolerancia y la violencia.

 

MEDITATIO

Todo creyente -más aún, toda persona- advierte la necesidad de ver con claridad en el gran tema de la libertad humana. Hay interrogantes que no podemos eludir: ¿qué valor tienen las leyes? ¿Hasta qué punto nos urge la misma Ley de Dios? Y, a continuación: ¿son propiamente iguales todas las leyes? ¿Existe un cierto espacio para una interpretación liberadora? ¿Cómo compaginar en la vida diaria la autoridad con la libertad, la norma escrita con la autodeterminación? Las páginas evangélicas dedicadas al sábado nos ofrecen algunos haces de luz.

La Ley -toda ley- debe ser considerada como don de Dios a su pueblo, tanto al antiguo como al nuevo, incluso a todo hombre y mujer que quiera prestar un oído activo a la Palabra portadora de la verdad. Si conseguimos considerar la Ley, toda ley de Dios, como don, entonces se abre ante nosotros un camino que hemos de recorrer con la libertad más genuina y auténtica. La Ley, toda ley, se nos ofrece como luz para nuestros pasos, como lámpara que ilumina nuestro camino. En consecuencia, es preciso confesar nuestra necesidad de disponer de una luz capaz de iluminar incluso los pliegues más íntimos de nuestro corazón, capaz de hacer luz en los ángulos más oscuros de nuestra vida, capaz de orientar nuestras decisiones en el acontecer de la historia.

La Ley, toda ley, se nos ofrece como pedagogo, es decir, como institución capaz de educarnos en el ejercicio de la libertad: la psicológica, con la que afirmamos nuestra dignidad frente a toda posible reducción a instrumento, y la evangélica, con la que reconocemos el primado de Dios y la prioridad de Cristo en cada una de nuestras decisiones.

 

ORATIO

Señor Jesús, ¡qué alivio me supone verte obrar con valor siguiendo la nueva ley del amor, a pesar de estar seguro de que tus adversarios habrían de reaccionar de manera negativa! ¡Qué alegría ver tu seguridad, sostenida sólo por tu amor liberador, en contraste con la mezquindad de los fariseos, dirigida sólo a mostrar su impecable observancia! ¡Qué luz supone percibir una nueva Ley respetuosa de la libertad, una autoridad atenta únicamente a la promoción de la libertad de los otros! ¡Qué consuelo oír a Pablo agitar a la comunidad de Corinto para que sustituya la levadura vieja por ázimos nuevos de sinceridad y de verdad!

Oh Señor, libéranos de la ceguera de los fariseos, que por amor a la Ley llegaron a matarte y, para defender sus tradiciones, no tenían escrúpulos a la hora de pisotear al prójimo.

 

CONTEMPLATIO

Fijaos bien, queridos hermanos: el misterio de Pascua es a la vez nuevo y antiguo, eterno y pasajero, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal.

Antiguo según la Ley, pero nuevo según la Palabra encarnada. Pasajero en su figura, pero eterno por la gracia. Corruptible por el sacrificio del cordero, pero incorruptible por la vida del Señor. Mortal por su sepultura en la tierra, pero inmortal por su resurrección de entre los muertos. La Ley es antigua, pero la Palabra es nueva. La figura es pasajera, pero la gracia eterna. Corruptible el cordero, pero incorruptible el Señor, el cual, inmolado como cordero, resucitó como Dios.

Venid, pues, vosotros todos, los hombres que os halláis enfangados en el mal, recibid el perdón de vuestros pecados. Porque yo soy vuestro perdón, soy la Pascua de salvación, soy el cordero degollado por vosotros, soy vuestra agua lustral, vuestra vida, vuestra resurrección, vuestra luz, vuestra salvación y vuestro rey. Puedo llevaros hasta la cumbre de los cielos, os resucitaré, os mostraré al Padre celestial, os haré resucitar con el poder de mi diestra (Melitón de Sardes, Homilía sobre la pascua, 2.7, 100-103).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cristo, que es nuestro cordero pascual, ha sido ya inmolado» (1 Cor 5,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia -a saber, el conjunto de los cristianos- está llamada a valorar desapasionadamente las situaciones y a rechazar cuanto sofoca al hombre, su dignidad, sus valores. Rechaza, por consiguiente, todo materialismo que pretendiera inspirar un mundo nuevo, aunque sabe reconocer, no obstante, sobre todo en la masa de los hombres que esperan y preparan este mundo nuevo, los auténticos valores que son el reconocimiento del hombre, la solidaridad, el compromiso y el sacrificio. Por otra parte, mientras reconoce y alienta toda auténtica libertad, no deja de poner en guardia, a pesar de todo, contra los peligros de una búsqueda despreocupada, que acaba siempre en beneficio de un número limitado de personas, las cuales subordinan e instrumentalizan prácticamente para sus propios fines a la gran masa, exteriormente libre, pero sustancialmente condicionada y dominada en todos los aspectos de la vida.

La Iglesia se encuentra así -para repetir una definición de Pablo VI- como «conciencia crítica de la humanidad». Por tanto, deberá señalar valerosamente en cada situación las injusticias que deben ser eliminadas y sugerir soluciones más humanas, sintiéndose solidaria con quienes luchan en favor de una mayor justicia para sí mismos y para los hermanos (L. Bettazzi, La Chiesa fra gl¡ uomini, Roma 1972, pp. 27ss [edición catalana: i'Església entre els homes, Publicacions de l'Abadia de Montserrat, Barcelona 1974]).

 

 

 

Día 6

Martes 23ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 6,1-11

Hermanos:

1 Cuando alguno de vosotros tiene un litigio con otro hermano, ¿cómo se atreve a llevar el asunto a un tribunal no cristiano, en lugar de resolverlo entre creyentes?

2 ¿Acaso no sabéis que son los creyentes quienes juzgarán al mundo? Pues si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿no vais a ser competentes para juzgar causas más pequeñas?

3 ¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¡Pues mucho más las cosas de esta vida!

4 Y, sin embargo, cuando tenéis que recurrir a los tribunales para las cosas de esta vida, elegís como jueces a quienes nada cuentan en la Iglesia.

5 Para vergüenza vuestra os lo digo. ¿Es que no hay entre vosotros algún entendido capaz de ser juez entre sus hermanos?

6 ¡Pleiteáis hermano contra hermano, y lo hacéis ante jueces no cristianos!

7 Ya es triste cosa para vosotros andar pleiteando unos contra otros. ¿No sería preferible soportar la injusticia y permitir ser despojados?

8 ¡Pero no! Sois vosotros los que injuriáis y despojáis, y para colmo, a los hermanos.

9 ¿O es que no sabéis que los malvados no tendrán parte en el Reino de Dios? No os engañéis: ni los lujuriosos, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales,

10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores tendrán parte en el Reino de Dios.

11 Y esto es lo que erais algunos de vosotros, pero habéis sido purificados, consagrados y salvados en nombre de Jesucristo, el Señor, y en el Espíritu de nuestro Dios.

 

*+• De este fragmento se desprende otra situación de la vida comunitaria: algunos cristianos de Corinto, en su deseo de dirimir algunos litigios, apelan a tribunales paganos en vez de resolverlos entre ellos. El apóstol interviene, como siempre, con gran claridad y autoridad.

Pongamos de manifiesto los tonos típicos de su intervención. El discurso de Pablo es, en primer lugar, provocador (w. 1,1-3): emplea un tono bastante fuerte para suscitar una sacudida en la conciencia de sus interlocutores sobre la gravedad y el carácter delicado de algunas de sus actitudes, pero lo hace, sobre todo, para recordarles que el juicio entre hermanos de la misma fe debería obedecer a criterios que esa misma fe sugiere y es capaz de formular. En caso contrario, debería deducirse que la fe cristiana de esa comunidad es absolutamente incapaz de orientar la vida de los creyentes y de iluminar sus decisiones.

A continuación, el discurso de Pablo se vuelve irónico (w. 4-10): pretende nada menos que suscitar en los corintios un sentido de vergüenza por el simple hecho de que entre ellos no se encuentre ninguna persona entendida que pueda hacer de arbitro entre hermano y hermano. Se trata de una ironía mezclada de tristeza y tal vez también de rabia, actitudes que ya conocemos bien, porque Pablo las ha manifestado también en otros lugares de sus cartas.

Al final, el discurso se vuelve teológico (v. 11): en efecto, Pablo vuelve aquí al centro de su enseñanza y, refiriéndose al gran acontecimiento del bautismo, les recuerda a todos los cristianos de Corinto la novedad del don recibido: «Habéis sido purificados, consagrados y salvados en nombre de Jesucristo, el Señor, y en el Espíritu de nuestro Dios». De la novedad del don depende, como es obvio, la novedad de la vida.

 

Evangelio: Lucas 6,12-19

12 Por aquellos días, Jesús se retiró al monte para orar y pasó la noche orando a Dios.

13 Al hacerse de día, reunió a sus discípulos y llamó de entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles:

14 Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé,

15 Mateo, Tomás y Santiago, el hijo de Alfeo, Simón llamado Zelota,

16 Judas el hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

17 Bajando después con ellos, se detuvo en un llano donde estaban muchos de sus discípulos y un gran gentío, de toda Judea y Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón,

18 que habían venido para escucharlo y para que los curara de sus enfermedades. Los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados,

19 y toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

 

**• Siguiendo una indicación que le resulta entrañable, refiere Lucas que Jesús se retira a la montaña para orar y se pasa allí toda la noche (v. 12). Aunque la relación entre la oración de Jesús y la elección de los Doce no aparece de manera explícita, a la luz de la fe es más que legítimo establecer una relación íntima entre la seriedad de la acción que Jesús va a realizar y su actitud orante frente al Padre. La elección de los Doce está emparejada a una llamada: «Llamó de entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles» (v. 13). La vocación y la misión son inseparables entre sí: en caso contrario, la misión, en vez de equivaler al ministerio, se reduce a ser un oficio. Por otra parte, la vocación, sin el atraque en la misión, sería una acción incompleta.

«A quienes dio el nombre de apóstoles» (v. 13b): da la impresión de que Lucas cae aquí en un anacronismo, puesto que, a lo que parece, apóstol es un término típicamente pascual. Pero conocemos muchos de estos flash-back llevados a cabo no sólo por Lucas, sino también por Juan. Esto no supone ningún problema para nosotros; es más, nos alegra ver la luz pascual proyectada sobre el tiempo del ministerio público de Jesús, como para decir que esa misma luz se proyecta de hecho en nuestra vida y en nuestra historia. Por último, la relación de Jesús con la muchedumbre se caracteriza, una vez más, de un doble modo: la gente viene para escuchar a Jesús y para ser curada de sus enfermedades (v. 18). En ambos casos se trata, para Lucas, de una «fuerza» que da autoridad a su enseñanza y eficacia a sus acciones taumatúrgicas.

 

MEDITATIO

Puesto que la elección de los doce apóstoles constituye el centro del relato evangélico de hoy, parece oportuno meditar sobre la apostolicidad de la Iglesia.

Como es sabido, ésta es una de las características de la Iglesia de Cristo, junto con la unidad, la santidad y la catolicidad. Señalemos, en primer lugar, que no estamos frente a notas meramente jurídicas, es decir, que serían tales por derivar de un estatuto o de un acto humano en virtud del cual podría nacer sólo una sociedad más o menos perfecta. Se trata, más bien, de notas espirituales, esto es, dadas a la Iglesia por el Espíritu Santo y por el Señor resucitado. La Iglesia de Cristo no llega a ser apostólica en un determinado punto de su itinerario, sino que nació apostólica.

El motivo principal consiste en el hecho de que el mismo Jesús es el apóstol por excelencia, el misionero del Padre. Jesús no es sólo el fundador de la Iglesia, sino, antes aún, su salvador: la Iglesia nació del costado abierto de Cristo crucificado, con el poder del «espíritu» que exhaló desde lo alto de la cruz (cf. Jn 19,30). A la misión que Jesús ha confiado a los Doce durante su ministerio público (cf. Mt 10,lss) le corresponde otra más importante después de la resurrección (cf. Mt 28,16-20).

Ahora bien, es preciso estar atentos y no confundir la apostolicidad de la Iglesia con su carácter misionero, aunque subsista entre ambos un nexo íntimo y profundo. La apostolicidad ha nacido de la Iglesia y está ligada al colegio de los Doce; mientras que el carácter misionero es tarea de la Iglesia y está ligado a la persona de todos sus miembros; la primera constituye un artículo de nuestra fe: «Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica», mientras que el segundo es objeto de nuestro testimonio.

 

ORATIO

Oh Señor, es propio del hombre discreto hacer brotar modos de comportamiento cada vez más honestos, unidos a la progresiva transparencia de la vida: concédeme envejecer así. Es propio del hombre discreto poseer calma en su juicio, lo que le hace imparcial en todo y le libera de toda corrupción: concédeme relacionarme así. Es propio del hombre discreto tener un respeto profundo por los otros, así como la capacidad de abrirse a los juicios ajenos: concédeme alegrarme así. Es propio del hombre discreto valorar la vida con todas sus sombras y todas sus luces: concédeme crecer así. Es propio del hombre discreto favorecer el crecimiento de la persona sin retorsiones, castigos inútiles, prejuicios y cierres: concédeme obrar así.

Oh Señor, concédeme la discreción, esa ciencia práctica de la vida y de la fe que me hace libre desde el punto de vista emocional, capaz de discernimiento y justo en el juicio para señalar a todos el camino hacia el bien.

 

CONTEMPLATIO

Con razón, pues, hermanos, hemos de anhelar, buscar y amar a aquel que es la Palabra de Dios en el cielo la fuente de la sabiduría, en quien, como dice el apóstol, están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, tesoros que Dios brinda a los que tienen sed.

Si tienes sed, bebe de la fuente de la vida; si tienes hambre, come el pan de la vida. Dichosos los que tienen hambre de este pan y sed de esta fuente: nunca dejan de comer y beber y siempre siguen deseando comer y beber. Tiene que ser muy apetecible lo que nunca se deja de comer y beber, siempre se apetece y se anhela, siempre se gusta y siempre se desea; por eso, dice el rey profeta: Gustad y ved qué dulce, qué bueno, es el Señor.

Dios misericordioso, piadoso Señor, haznos dignos de llegar a esa fuente. En ella podré beber también yo, con los que tienen sed de ti, un caudal vivo de la fuente viva de agua viva. Si llegara a deleitarme con la abundancia de su dulzura, lograría levantar siempre mi espíritu para agarrarme a ella y podría decir: «¡Qué grata resulta una fuente de agua viva de la que siempre mana agua que salta hasta la vida eterna!».

Señor, tú mismo eres esa fuente que hemos de anhelar cada vez más, aunque no cesemos de beber de ella. Cristo Señor, danos siempre esa agua, para que haya también en nosotros un surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna (san Columbano, Instrucción 13 sobre Cristo fuente de vida, 2ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Habéis sido purificados, consagrados y salvados en nombre de Jesucristo» (1 Cor 6,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

-¿Tienes una buena noticia para darme y me haces suspirar tanto por ella?

-¿Yo una buena noticia? Tengo el infierno en el corazón, ¿y tendré una buena noticia para ti? Dime, si lo sabes, cuál es esa buena noticia que esperas a través de mí.

-Que Dios ha tocado tu corazón y quiere hacerte suyo, respondió con calma el cardenal.

-¡Dios! ¡Dios! ¡Si lo viera! ¡Si pudiera sentirlo! ¿Dónde está ese Dios?

-¿Tú me lo preguntas? ¿Tú? ¿Y quién lo tiene más cerca que tú? ¿No lo sientes en el corazón, no sientes que lo oprime, que lo agita, que no te deja estar, y, al mismo tiempo, te atrae, te hace presentir una esperanza de quietud, de consuelo, de un consuelo que será pleno, inmenso, en cuanto lo reconozcas, lo confieses, lo implores?

-¡Es cierto! Tengo algo aquí que me oprime, que me corroe. Pero ese Dios, si es que existe, si es lo que dicen, ¿qué quiere hacer de mí? [...].

-¿Qué puede hacer Dios contigo? ¿Perdonarte? ¿Salvarte? ¿Llevar a cabo en ti la obra de la redención? ¿No son cosas magníficas y dignas de él? Piensa. Si yo que soy un hominicaco, un miserable, y estoy lleno de mí mismo, si yo, tal cual soy, me atormento ahora de este modo por tu salud, que por ella daría con gozo (él me es testigo) estos pocos días que me quedan, ¡piensa! ¡cuánta, cómo debe de ser la caridad de aquel que me infunde ésta tan imperfecta, pero tan viva! ¡Cómo te ama, cómo te quiere! ¡Cómo debe de ser el que me manda y me inspira con un amor por ti que me devora! (A. Manzoni, I promessi sposi, diálogo entre Federico Borromeo y el Anónimo [edición española: Los novios, Círculo de Lectores, Barcelona 1997]).

 

Día 7

Miércoles 23ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 7,25-31

Hermanos:

25 Acerca de las personas solteras, no tengo precepto del Señor. Doy, no obstante, mi consejo como quien, por la misericordia del Señor, es digno de crédito.

26 Sigo creyendo, en efecto, que, debido al momento excepcional que vivimos, es bueno que el hombre permanezca como está.

27 ¿Estás casado? No busques la separación. ¿Eres soltero? No busques mujer.

28 Aunque si te casas, no pecas, y tampoco peca la doncella si se casa. Quisiera, sin embargo, ahorraros las tribulaciones temporales que éstos sufrirán.

29 Os digo, pues, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta, los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran;

30 los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran;

31 los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar.

 

**• Pablo recuerda a las personas solteras una verdad fundamental y les dirige algunas exhortaciones. La verdad es ésta: «el tiempo se acaba» (y. 29). La expresión griega deberíamos traducirla así al pie de la letra: «El tiempo ha plegado las velas», una imagen bastante expresiva y que alude al arte náutico. El pensamiento del apóstol parece ser este: sea cual sea el lapso de tiempo que discurra entre hoy y la parusía, es decir, el retorno glorioso del Señor, el mundo futuro está ya presente en cualquier caso, en medio de nosotros gracias al poder del Señor; mediante la muerte y resurrección de Jesús, Dios ha inaugurado ya en nosotros y entre nosotros la novedad de su Reino. A esta luz, la vida célibe, elegida libre y alegremente por el Reino (cf. Mt 19,12), lejos de ser un desprecio por el matrimonio, constituye un signo escatológico que tiende a orientar nuestra espera y la ajena hacia la alegría última. Las exhortaciones son la consecuencia lógica de la verdad anunciada.

En primer lugar, es preciso vivir la espiritualidad del «como si» (w. 29-31): la linealidad del pensamiento paulino no necesita ulteriores comentarios. Viene, a continuación, la lógica de «lo que es mejor» (cf. 7,9: «Es  mejor casarse que abrasarse»; 7,38.40: «El que da a su hija en matrimonio hace bien, y el que no la da hará todavía mejor»). Está claro que Pablo pretende proponer a nuestra libertad aquello que, por su experiencia personal y por el amor que le une indisolublemente a Cristo, está convencido de que es lo mejor para desear y para llevar a cabo.

En segundo lugar -aunque sólo se trata de un consejo personal y no de un mandato recibido del Señor-, aconseja Pablo que cuando alguien acceda a la fe en Cristo continúe viviendo, como casado o como célibe virgen, en la situación en la que se encontraba antes. Pero lo que más cuenta -y en esto se basa la enseñanza de Pablo tanto para los casados como para los célibes- vírgenes- es la conciencia de que todos hemos «sido comprados a buen precio» (7,23), como es obvio, por Cristo Jesús, mediante su muerte y resurrección. Es siempre el misterio pascual el que proyecta luz sobre nuestra vida.

 

Evangelio: Lucas 6,20-26

En aquel tiempo,

20 Jesús, mirando a sus discípulos, se puso a decir: Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

21 Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

22 Dichosos seréis cuando los hombres os odien, y cuando os excluyan, os injurien y maldigan vuestro nombre a causa del Hijo del hombre.

23 Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; que lo mismo hacían sus antepasados con los profetas.

24 En cambio, ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!

25 ¡Ay de los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

26 ¡Ay, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros, que lo mismo hacían sus antepasados con los falsos profetas!

 

*•• Comienza aquí -y continúa hasta Lc 8,3- la llamada «pequeña inserción» de Lucas respecto a Marcos, su fuente. Lucas, a diferencia de Mateo, reduce las bienaventuranzas de ocho a cuatro, pero a las cuatro bienaventuranzas añade cuatro amenazas. Según la opinión de los exégetas, Lucas nos ofrece una versión de las palabras de Jesús más próxima a la verdad histórica, y esto tiene una particular relevancia. Con todo, bueno será recordar que la mediación de varios evangelistas a la hora de referir las enseñanzas de Jesús no traiciona la verdad del mensaje; al contrario, la centran y la releen para el bien de su comunidad.

Tanto las ocho bienaventuranzas de Mateo como las cuatro de Lucas pueden ser reducidas a una sola: la bienaventuranza -esto es, la fortuna y la felicidad- de quien acoge la Palabra de Dios a través de la predicación de Jesús e intenta adecuar su vida a ella. El verdadero discípulo de Jesús es, al mismo tiempo, pobre, apacible, misericordioso, trabaja por la paz, es limpio de corazón, etc. Por el contrario, quien no acoge la novedad del Evangelio sólo merece amenazas, que, en boca de Jesús, corresponden a otras tantas profecías de tristeza e infelicidad. La versión lucana de las bienaventuranzas- amenazas se caracteriza asimismo por una contraposición entre el «ya» y el «todavía no», entre el presente histórico y el futuro escatológico. Como es obvio, la comunidad para la que escribía Lucas tenía necesidad de que le recordaran que no sólo debía traducir su fe en actos de caridad evangélica, sino que también tenía que mantener viva la esperanza mediante la plena adhesión a la enseñanza, más radical, de las bienaventuranzas evangélicas.

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos presenta un tema fuerte para nuestra meditación, un tema de gran actualidad: ¿qué es lo bueno para el cristiano en materia de matrimonio y de virginidad? ¿Qué es lo mejor? ¿Qué es lo mandado y qué lo que sólo se aconseja?

La intervención directa de Pablo en la vida de la comunidad cristiana de Corinto brilla por su claridad y por su equilibrio. No sabría yo decir hasta qué punto su experiencia previa ha influido en este modo de «ver» la situación de vida de los cónyuges y de los célibes-vírgenes: no se trata de investigar en el ánimo de Pablo con instrumentos psicoanalíticos más o menos correctos.

Sabemos, sin embargo, que el encuentro con Cristo resucitado, a partir de Damasco, imprimió una nueva dirección a su vida, pero hizo nacer también en él una nueva mentalidad y, por consiguiente, una nueva facultad de juicio.

Decíamos claridad y equilibrio: la primera nos lleva a considerar el matrimonio y la virginidad como dos opciones de vida dignas ambas de la persona humana, ambas buenas según la bondad de la economía de la creación, ambas conformes con la novedad de vida de quien cree en Cristo, ambas compatibles no sólo con la lógica evangélica, sino también con su radicalismo evangélico, ambas ricas en espiritualidad, ambas «lugares» en los que se puede vivir la caridad en grado sumo, ambas capaces de conducir a los creyentes a las más elevadas cumbres de la santidad. La de Pablo es también una enseñanza extremadamente equilibrada, y ello por un motivo simple y persuasivo al mismo tiempo: Pablo no impone nada a nadie, consciente como es de que sólo una opción personal libre y alegre es digna de la persona humana y nadie, ni siquiera Dios y mucho menos Cristo, puede hacer violencia al santuario de la conciencia humana.

 

ORATIO

Oh Señor, poco a poco va pasando la escena de este mundo: pasa la juventud con todas sus fuerzas, desaparecen personas queridas y amigas, se van los momentos de fama y de gloria, se reduce nuestro campo de acción y nuestras ideas son reemplazadas por otras.

Oh Señor, poco a poco aparece el gran más allá: más allá del tiempo que corre veloz llevándose consigo cosas, personas y sucesos; más allá del hombre de todos los tiempos, que advierte este vertiginoso pasar sin poder captar de modo pleno el desarrollo de los hechos; el gran «más allá» que plasma una nueva visión, que hace más viva la fe, que enciende deseos de paraíso.

Oh Señor, poco a poco se perfila el mundo nuevo: se respira aire puro, se abre camino la fascinación de lo trascendente, nos sentimos fortificados por la inmortalidad que da sentido a la vida, aceptamos el misterio que permite caminar con fe y esperanza hacia un futuro prometedor.

¡Ven, Señor Jesús!

 

CONTEMPLATIO

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho? ¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba.

Y el Creador encuentra el modo de acrecentar aún más tu dignidad: pone en ti su imagen, para que de este modo hubiera en la tierra una imagen visible de su Hacedor invisible y para que hicieras en el mundo sus veces, a fin de que un dominio tan vasto no quedara privado de alguien que representara a su Señor. Más aún, Dios, por su clemencia, tomó en sí lo que en ti había hecho por sí y quiso ser visto realmente en el hombre, en el que antes sólo había podido ser contemplado en imagen; y concedió al hombre ser en verdad lo que antes había sido solamente en semejanza (Pedro Crisólogo, Sermón 148, en PL 52, 596-598).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Os digo, pues, hermanos, que el tiempo se acaba» (1 Cor 7,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Sé que el tiempo trabaja de por sí para la eternidad. Sé que el plan de Dios se realiza de todos modos y que Cristo se ha encarnado en la historia y nadie podrá suprimir esta encarnación jamás. Sé que el mismo mal coopera al bien... Dios es superior a Satanás... Mil años son menos que un día para la eternidad. Y nadie sabe lo que puede pasar mañana. Lo que no ha pasado en veinte siglos puede suceder tal vez esta noche o dentro de otros veinte siglos. «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder» (Hch 1,7). Pero eso no nos pertenece. Esto pertenece a Dios, y nosotros debemos actuar... Yo soy de hoy. Soy responsable de esta historia, del presente en el que he sido llamado a vivir.

«No les queda vino»: éste era el objetivo de toda mi vida religiosa. Conseguir cantar las nupcias cristianas; y volver a llevar a nuestros comedores a Jesús y a su madre; y convertir las lágrimas en cálices de alegría; y proveer por su mediación a nuestras consumibles ebriedades (David M. turoldo, extractos de una entrevista).

 

 

Día 8

Natividad de la Santísima Virgen María (8 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

La fiesta del nacimiento de María se remonta al siglo V, momento en el que se edificó una iglesia en Jerusalén, en el lugar donde los apócrifos imaginaban que había estado la casa de Joaquín y Ana, padres de la madre de Jesús.

Las razones de la elección del día 8 de septiembre no nos son conocidas (la fijación de la solemnidad de la Inmaculada Concepción nueve meses antes, en el calendario litúrgico, es tardía).

La Iglesia oriental solemniza la natividad de María como inicio del año litúrgico; las primeras celebraciones en Occidente (a partir de Roma) aparecen en el siglo VII.

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,28-30

Hermanos:

28 Sabemos, además, que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus designios.

29 Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos.

30 Y a los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó, los puso en camino de salvación; y a quienes puso en camino de salvación, les comunicó su gloria.

 

*+• Esta perícopa constituye un fruto de la maduración de una fe asimilada por el mismo autor de la Carta a los Romanos: el apóstol Pablo; y presenta además la preocupación por la difusión de este mensaje a fin de que sea cada vez mayor el número de los destinatarios que lo reciban, se convenzan de él y se sirvan del mismo.

El marco del escultural pasaje es trinitario: el Espíritu acompaña y enseña (vv. 26ss), Cristo consolida la comunión en el amor (vv. 31-39), Dios Padre mantiene el proyecto eterno de manifestar su propia paternidad divina a través de la entrega a los hombres de la filiación y de la fraternidad con Cristo, primogénito de muchos hermanos.

El centro del mensaje paulino está en un anuncio de fe: hay un nacimiento como don del amor de Dios, un acompañamiento de la vida nueva, una consumación en la participación de la gloria.

 

Evangelio: Mateo 1,1-16.18-23

1 Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán:

2 Abrahán engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.

3 Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zara; Farés engendró a Esrón; Esrón engendró a Aran;

4 Aran engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón.

5 Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed;

Obed engendró a Jesé;

6 Jesé engendró al rey David. David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón.

7 Salomón engendró a Roboán; Roboán engendró a Abías; Abías engendró a Asá;

8 Asá engendró a Josafat; Josafat engendró a Jorán; Jorán engendró a Ozías;

9 Ozías engendró a Joatán; Joatán engendró a Acaz; Acaz engendró a Ezequías;

10 Ezequías engendró a Manases; Manases engendró a Amón; Amón engendró a Josías.

11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la cautividad de Babilonia.

12 Después de la cautividad de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel;

Salatiel engendró a Zorobabel;

13 Zorobabel engendró a Abiud; Abiud engendró a Eliaquín; Eliaquín engendró a Azor;

14 Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Ajín; Ajín engendró a Eliud;

15 Eliud engendró a Eleazar; Eleazar engendró a Matan; Matan engendró a Jacob.

16 Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías.

18 El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre, María, estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo.

19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto.

20 Después de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo.

21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había anunciado el Señor por el profeta:

23 La virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel. (que significa: Dios con nosotros).

 

»*• El exordio del evangelio según Mateo representa una especie de consulta del registro civil sobre Jesús: es como una letanía de nacimientos. Más o menos, todos los antepasados han sido protagonistas en una etapa de la historia; en el nacimiento y en la vida de muchos de ellos resultó determinante la intervención del Señor.

Al final de la lista, el evangelista -discípulo de Cristo sumiso a la cultura judía- sitúa a José, esposo de María, «de la cual nació Jesús, llamado Mesías» (v. 16). José no tuvo ninguna presencia, sino sólo proximidad y contigüidad, en el acontecimiento de la encarnación, revelado como misterio matrimonial entre la Virgen y el Espíritu Santo. También José recibió este anuncio. También él fue madurando en la fe la comprensión del nacimiento de aquel que fue engendrado en María, su esposa, por el Espíritu Santo y estaba destinado a salvar al pueblo de sus pecados (v. 21). También él secundó la Palabra divina, obediente, silencioso, activo.

 

MEDITATIO

La meditación en la fiesta del nacimiento de María se enriquece de ideas. Sólo los apócrifos se basan en la narración del nacimiento de la Madre del Salvador, empalagados de fantasías emocionadas y de hechos inverosímiles utilizables, no obstante, en el ámbito de las simbologías y como interpretaciones. En las lecturas bíblicas no se concentra la atención directamente en María, dado que faltan las fuentes relativas a su nacimiento.

Por consiguiente, la meditación sobre su nacimiento tiene que pasar al menos por una afirmación central en ellas, a saber: la importancia del nacimiento.

Semejante observación podría parecer una obviedad; sin embargo, nos introduce en la búsqueda del sentido profundo, más allá de la crónica, de una existencia desde la perspectiva de la fe en Dios y desde la confianza en la nueva criatura entrada en el mundo humano.

El punto fuerte en el descubrimiento de la importancia de un nacimiento está en el descubrimiento de que Dios es el protagonista de ese nacimiento y del destino de esa persona. La presencia determinante e indispensable de Dios como protagonista se encuentra, en consecuencia y por analogía, también en el nacimiento y en la vida de María. El oráculo de Miqueas (el leccionario propone Miq 5,2-5 como primera lectura alternativa) se refiere a una maternidad, esto es, a la fuente de un nacimiento proyectado por Dios: la cita de éste en Mt 2,6 denota una convicción mesiánica, traducida por el evangelista en una convicción cristológica y contextualmente mariológica. La relectura de otro oráculo (Is 7,14) por parte del mismo evangelista señala en la virgen parturienta María a la madre designada por el mismo Dios y envuelta en el abismo místico de la comunión con el Espíritu Santo, el «Señor que da la vida». La importancia del nacimiento de María se deduce también a través de la prefiguración de ella en aquellos que fueron llamados por Dios según su designio, conocidos desde siempre, predestinados, justificados (la singular redención anticipada de la Inmaculada), glorificados.

 

ORATIO

Santa María, hija del Dios de la vida, criatura nacida en medio de la alegría, arca de la gracia plasmada por el Espíritu, salve. Madre del Viviente, canta aún por nosotros la alabanza al Todopoderoso y guía la gratitud por toda vida que nace y madura junto a nosotros.

Mujer destinada por adelantado a la existencia para abrir la vida al Hijo del hombre, el vencedor de la muerte con su resurrección, acompáñanos en el camino y en las pausas de la vida. Virgen solitaria, presencia amorosa y servicial en nuestra historia, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

¿De dónde, repito, te ha llegado tan gran bien? Eres virgen, eres santa, has hecho un voto; pero es muy grande lo que has merecido; mejor, lo que has recibido. ¿Cómo lo has merecido? Se forma en ti quien te hizo a ti; se hace en ti aquel por quien fuiste hecha tú; más aún, aquel por quien fueron hechos el cielo y la tierra, por quien fueron hechas todas las cosas; en ti la Palabra se hace carne recibiendo la carne, sin perder la divinidad.

Hasta la Palabra se junta y une con la carne, y tu seno es el tálamo de tan gran matrimonio; vuelvo a repetirlo: tu seno es el tálamo de tan gran matrimonio, es decir, de la unión de la Palabra y de la carne; de él sale el mismo esposo como de su lecho nupcial (Sal 18,6). Al ser concebido te encontró virgen, y, una vez nacido, te deja virgen. Te otorga la fecundidad, sin privarte de la integridad. ¿De dónde te ha venido? ¿Quizá parezca insolente interrogar así a una virgen y pulsar inoportunamente con estas mis palabras a sus castos oídos. Mas veo que ella, llena de rubor, me responde y me alecciona: ¿Me preguntas de dónde me ha venido todo esto?

Me ruborizo al responderte acerca de mi bien; escucha el saludo del ángel y reconoce en mí tu salvación. Cree a quien yo he creído. Me preguntas de dónde me ha venido eso. Que el ángel te dé la respuesta». Dime, ángel, ¿de dónde le ha venido eso a María? Ya lo dije cuando la saludé: Salve, llena de gracia (Le 1,28).

 

ACTIO

Repite y medita durante el día esta antífona litúrgica: «María, virgen madre de Dios, bendita y digna de toda alabanza, nosotros celebramos tu nacimiento: ruega por nosotros al Señor».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Y he aquí que dos mensajeros llegaron a ella, diciéndole: Joaquín, tu marido, viene a ti con sus rebaños. Porque un ángel del Señor ha descendido hasta él, diciéndole: Joaquín, Joaquín, el Señor ha oído y aceptado tu ruego. Sal de aquí, porque tu mujer, Ana, concebirá en su seno.

Y Joaquín salió y llamó a sus pastores, diciendo: Traedme diez corderos sin mácula, y serán para el Señor mi Dios; y doce terneros, y serán para los sacerdotes y para el consejo de los ancianos; y cien cabritos, y serán para los pobres del pueblo.

Y he aquí que Joaquín llegó con sus rebaños, y Ana, que lo esperaba en la puerta de su casa, lo vio venir y, corriendo hacia él, le echó los brazos al cuello, diciendo: Ahora conozco que el Señor, mi Dios, me ha colmado de bendiciones, porque era viuda, y ya no lo soy; estaba sin hijo, y voy a concebir uno en mis entrañas. Y Joaquín guardó reposo en su hogar aquel primer día. [...]

Y los meses de Ana se cumplieron y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: ¿Qué he parido? La partera contestó: Una niña. Y Ana repuso: Mi alma se ha glorificado en este día. Y acostó a la niña en su cama. Y,  transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña y la llamó María.

Y cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que torne cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor. Y ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. Y el gran sacerdote recibió a la niña y, abrazándola, la bendijo y exclamó: El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti/ hasta el último día, el Señor hará ver la redención por El concedida a los hijos de Israel (Protoevangelio de Santiago IV, 2-4; V, 2; Vil, 2).

 

Día 9

Viernes 23ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 9,16-19.22b-27

Hermanos:

16 Anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no anunciara el Evangelio!

17 Merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero, si cumplo con un encargo que otro me ha confiado,

18 ¿dónde está mi recompensa? Está en que, anunciando el Evangelio, lo hago gratuitamente, no haciendo valer mis derechos por la evangelización.

19 Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos para ganar a todos los que pueda.

22 He tratado de adaptarme lo más posible a todos para salvar como sea a algunos.

23 Y todo esto lo hago por el Evangelio, del cual espero participar.

24 ¿No sabéis que, en las carreras del estadio, todos corren, pero solamente uno alcanza el premio? Corred de tal manera que lo alcancéis.

25 Los atletas se abstienen de todo con el fin de obtener una corona corruptible, mientras que nosotros aspiramos a una incorruptible.

26 Yo, pues, corro no como a la ventura, lucho no como quien azota el aire,

27 sino que disciplino mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, después de enseñar a los demás, quede yo descalificado.

 

**• Al igual que en el capítulo 4, también en éste se ve obligado Pablo a defender no tanto su propia persona como su obra de apóstol en medio de la comunidad cristiana de Corinto. No han faltado, en efecto, algunos que -entre otras cosas- le acusaban de obrar por interés en el ejercicio de su ministerio, como si buscara alguna recompensa material o, por lo menos, una afirmación personal. La reacción de Pablo se articula en unos cuantos pasajes fundamentales.

En primer lugar, afirma que es una «obligación» para él, y no un motivo de gloria, predicar el Evangelio (v. 16): emerge aquí la psicología del siervo-esclavo, esto es, del que se ha puesto libremente al servicio de su Señor y no puede sustraerse a esta obligación concreta. Pablo sabe que es un mandado y que no puede hacer huelga en la viña del Señor. Más aún, afirma Pablo: «¡Y pobre de mí si no anunciara el Evangelio!» (v. 16b): se sabe sometido constantemente al juicio de Dios, de quien espera todo veredicto de fidelidad o infidelidad. La amenaza que siente pesar sobre él, lejos de quitarle el espíritu de iniciativa, le invita a tomar siempre nuevas iniciativas apostólicas. La única recompensa que espera es la de predicar gratuitamente el Evangelio, que, de manera gratuita, le ha sido confiado (cf. Mt 10,8).

En la cima de todas sus preocupaciones está ese santo orgullo que le lleva a decir: «Todo esto lo hago por el Evangelio» (v. 23). Es hermoso e instructivo señalar esta total concentración física y espiritual de Pablo en su ministerio, en el que se manifiesta cada vez más generoso, cada vez más desinteresado, cada vez más consagrado (cf. también 2 Cor 6,3-10; Flp 3,7-14).

 

Evangelio: Lucas 6,39-42

En aquel tiempo, Jesús

39 les puso también esta parábola: -¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?

40 El discípulo no es más que su maestro, pero el discípulo bien formado será como su maestro.

41 ¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?

42 ¿Y cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que te saque la mota que tienes en el ojo», cuando no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la mota del ojo de tu hermano.

 

**• La paja o la mota en la viga: éste podría ser el título del fragmento evangélico que hemos leído hoy en la liturgia de la Palabra. En efecto, la enseñanza de Jesús versa sobre este gran contraste y se dirige a sus contemporáneos para ponerles en guardia contra el peligro de la presunción, que lleva a la ruina, precisamente como a los fariseos, que, en materia de presunción, no tenían rival. Estas palabras de Jesús van dirigidas a los discípulos: se trata de una parábola -escribe Lucas- que no tiene ciertamente necesidad de explicaciones, porque desmantela con toda claridad la actitud interior propia de quien ejerce un ministerio de guía respecto a sus hermanos. A contraluz aparece una insistente invitación de Jesús a la humildad, a la verdadera humildad, en virtud de la cual el que es guía no se erige en juez de los hermanos, sino que, a lo sumo, se expone voluntariamente a la recíproca corrección fraterna.

Del discurso parabólico pasa Jesús, de una manera insensible, a un discurso expositivo: «El discípulo no es más que su maestro», y a un discurso provocador: «¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano?... ¿Y cómo puedes decir a tu hermano?... ¡Hipócrita!» (w. 41ss).

La intención de Jesús es suscitar actitudes de vida comunitaria en aquellos a quienes confía su Evangelio, esto es, su propuesta de vida nueva. No hay verdadera espiritualidad cristiana sin la práctica de los mandamientos y, más aún, sin una adhesión total a la novedad evangélica. En labios de Jesús, el discurso sobre la mota y la viga se convierte así en una invitación, más insistente que nunca, a asumir con valor nuestras propias responsabilidades y a no caer en las trampas que, en su tiempo, habían enredado la práctica de los fariseos.

 

MEDITATIO

En el fragmento evangélico de hoy, sorprende el contraste entre la invitación dirigida al discípulo para que sea como el maestro y la sentencia de hipocresía pronunciada inmediatamente después. Se trata de la tensión en la que vive -y a la que tal vez no logra sustraerse- todo discípulo y todo seguidor de Jesús.

Por un lado, estamos invitados a poner al maestro Jesús frente a nosotros como el único digno de ser escuchado e imitado; al mismo tiempo, nos sentimos invitados a ponernos frente a él como frente a un modelo difícilmente imitable: «El discípulo no es más que su maestro» (v. 40). Sabemos muy bien que no podemos tender a una perfección divina: sería una actitud temeraria, indigna de un verdadero discípulo; sin embargo, estamos invitados a prepararnos bien para seguir lo más cerca posible a nuestro maestro y guía. El jugo de toda esta enseñanza se encuentra aquí: quien ha sido llamado a ser guía de los otros ha de ponerse tras los pasos de Jesús como un discípulo fiel, ha de optar por Jesús como su único guía y ha de perseverar en caminar detrás de él hasta Jerusalén, hasta el Calvario.

        En un segundo momento, Jesús censura a los guías ciegos y necios como «hipócritas»: este término tiene en su uso bíblico un sentido más amplio que el que le atribuimos en nuestro lenguaje común. Si bien en ciertas ocasiones, como en Mt 22,18, indica un disimulo voluntario, en otras denota el contraste entre la conducta exterior y el pensamiento interior (cf. asimismo Mt 15,7; 23,25.27) o bien, como ocurre en el caso que nos ocupa, censura la falsedad más o menos consciente de aquellos a los que se dirige Jesús. Una falsedad que está tejida de soberbia y rezuma presunción. La advertencia es clara: sólo sabe mandar como es debido quien ha aprendido a obedecer bien; sabe juzgar bien a los hermanos y hermanas en la fe sólo quien se ha vuelto dócil a la escuela del Evangelio y del maestro Jesús.

 

ORATIO

Servir al Padre fue para ti, Señor, una manifestación de tu amor. Enséñame el verdadero espíritu de servicio, el que marca el camino de la abnegación, de la pobreza, de la persecución, de la obediencia hasta la entrega total de nosotros mismos.

Servir a los hermanos fue para ti, Señor, tu alegría. Enséñame a aliviar las heridas ajenas, a consolar a los afligidos, a hacer vivir a los deprimidos, a calmar a los violentos, a instruir a los ignorantes, a predicar el Evangelio sin presunción y con humildad.

Para ti, Señor, servir fue una opción que orientó tu existencia y cualificó toda tu vida. Enséñame y hazme comprender que para mí tampoco es opcional el servicio, sino que forma parte constitutiva de mi vida de apóstol: servir para llevar a Cristo, como Pablo, al mayor número posible de hermanos y hermanas.

 

CONTEMPLATIO

Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que nieguen por ti a Cristo bendito y a su Madre, pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti de poco serviría sin tu cooperación; antes que nada, es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a él y procura someter siempre tu voluntad a la suya y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, él siempre estará atento a tus necesidades.

Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte.

Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por eso, debemos darle siempre gracias, amarle, obedecerle y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.

Él se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa de recibirlo! Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para ti; mas, para conseguirlo, no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo; más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda (san Cayetano, Carta a Elisabet Porto, en F. Andreu [ed.], Le lettere di san Gaetano, Ciudad del Vaticano 1954, pp. 50ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Y pobre de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Cor 9,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No es fácil hablar de la humildad; para poder hacerlo, es preciso penetrar a través de un muro de incomprensión y de resistencia -por doquier y en todos los tiempos, también en el nuestro-. Nietzsche se erigió en portavoz del pensamiento de muchos cuando atacó con auténtico furor la humildad, en la que él veía la esencia del cristianismo: en su opinión, era la actitud de los débiles, de los fracasados, de los esclavos, que habían convertido su mezquindad en virtud.

Pero ¿qué es en realidad la humildad? Se trata de una virtud que forma parte de la fortaleza. Sólo quien es fuerte puede ser realmente humilde. Su fuerza no se pliega a la constricción, sino que se inclina libremente para servir a quien es más débil, a quien es inferior. Por lo demás, la humildad no puede tener su origen en el hombre, sino en Dios. Dios es el primer humilde.

Dios es tan grande, tan fuera de toda posibilidad de que cualquier poder pueda constreñirle, que puede «permitirse» -si se me permite hablar de este modo- ser humilde. La grandeza le es esencial; por consiguiente, sólo él puede arriesgarse a rebajar esta grandeza suya hasta la humildad (R. Guardini, // messaggio ai San Giovanni, Brescia 1984, pp. 24ss).

 

 

 

Día 10

Sábado 23ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 10,14-22a

14 Por lo cual, queridos míos, huid de la idolatría.

15 Os hablo como a personas prudentes capaces de valorar lo que os digo.

16 El cáliz de bendición que bendecimos ¿no nos hace entrar en comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no nos hace entrar en comunión con el cuerpo de Cristo?

17 Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo.

18 Considerad el ejemplo del pueblo israelita: los que comen las víctimas sacrificadas ¿no quedan vinculados al altar?

19 Con esto no pretendo deciros que la carne sacrificada a los ídolos tenga algún valor especial o que los ídolos sean algo.

20 Lo que quiero deciros es que esas víctimas se sacrifican a los demonios y no a Dios, y yo no quiero que entréis en comunión con los demonios.

21 No podéis beber el cáliz del Señor y el de los demonios, no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.

22 ¿O es que pretendemos provocar la ira del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que él?

 

**• En este punto de su carta, Pablo considera la vida sacramental de la comunidad cristiana de Corinto, porque, como es obvio, algunas de sus prácticas dejaban  bastante que desear. Del mismo modo que en los w. 1-13 considera la práctica del bautismo y no se olvida de recordar el carácter fundamental de este sacramento, reflexiona ahora sobre la celebración eucarística, a la que alude de modo claro con «el cáliz de bendición que bendecimos » y con el «pan que partimos» (v. 16).

Pablo recuerda las notas características de la eucaristía: en primer lugar, es un sacrificio agradable a Dios, mediante el cual el que lo ofrece entra en comunión con aquel al que se eleva la ofrenda. Pablo da una gran importancia a esta primera y fundamental experiencia mística, sin la que cualquier celebración sacramental se agota en pura exterioridad y crea divisiones. En segundo lugar, la eucaristía es para Pablo sacramento de la unidad: por su propia naturaleza, tiende a edificar la Iglesia como cuerpo místico de Cristo. Un solo cáliz y un «único pan»: por consiguiente, una sola Iglesia.

Esta dimensión eclesiológica -también sacramental se encuentra en estrecha conexión con la precedente: se entra a formar parte de la Iglesia porque se pertenece a Dios, porque se está arraigado en el cuerpo de Cristo.

La eucaristía es asimismo para Pablo signo distintivo de la comunidad creyente: por ella se distinguen los cristianos de cualquier otra comunidad o congregación y se distinguen como comunidad sui géneris. La eucaristía se convierte en el signo distintivo de los verdaderos discípulos de Cristo.

 

Evangelio: Lucas 6,43-49

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

43 No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno.

44 Cada árbol se conoce por sus frutos. Porque de los espinos no se recogen higos, ni de las zarzas se vendimian racimos.

46 El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón, y el malo de su mal corazón saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla su boca.

46 ¿Por qué me llamáis «Señor, Señor» y no hacéis lo que os digo?

47 Os diré a quién es semejante todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica.

48 Es semejante a un hombre que, al edificar su casa, cavó hondo y la cimentó sobre roca. Vino una inundación y el río se desbordó contra esa casa, pero no pudo derruirla, porque estaba bien construida.

49 Pero el que las oye y no las pone en práctica es como el que edificó su casa a ras de tierra, sin cimientos; cuando el río se desbordó y las aguas dieron contra ella, se derrumbó en seguida, convirtiéndose en un montón de ruinas.

 

**• También estos versículos, como los precedentes, pueden ser considerados variaciones sobre el tema de las bienaventuranzas y de las amenazas. Se percibe en el contraste entre el «árbol bueno» y el «árbol malo» (w. 43ss), así como en el que establece Jesús entre el que construye su casa cimentada sobre la roca y el que la construye sobre la arena (w. 48ss).

La enseñanza que se inspira en la imagen del árbol nos remite a la situación de Palestina, una tierra que, desde diferentes puntos de vista, ofreció a Jesús muchos motivos para sus enseñanzas y para sus parábolas. El que ha tenido la suerte de visitar esa tierra sabe por experiencia cómo da frescura y vivacidad a la lectura de las páginas evangélicas.

Para Jesús, cada persona es como un árbol: porque si es bueno puede dar frutos buenos, y porque no es posible pretender que dé frutos buenos si es malo. La orientación de las palabras de Jesús va, por consiguiente, del interior al exterior (del corazón a los hechos), pero también del exterior al interior (de los hechos al corazón).

Palabras como éstas debieron de estremecer a sus discípulos y a sus oyentes. Jesús sabe bien lo que hay en el corazón de cada persona y habla desde un conocimiento que le es absolutamente propio, frente al cual todos sienten que son como un cuaderno abierto de par en par. Para Jesús hay, pues, un tesoro bueno y otro malo (v. 45): en ambos casos, se trata del corazón de la persona humana, fuente de sus pensamientos y manantial de sus acciones.

Una última observación nos lleva a considerar que Jesús exige a sus discípulos el compromiso de traducir la profesión de fe «Señor, Señor» (y. 46) en actos concretos de obediencia. Pero les exige también que todo acto de obediencia se inspire en la fe que han recibido como don.

 

MEDITATIO

Las palabras de Jesús que constituyen el centro de la página evangélica que hemos leído hoy merecen una última profundización. Volvamos a oírlas: «El hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón, y el malo de su mal corazón saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla su boca».

Es la motivación lo que nos importa señalar: el corazón humano conoce una plenitud en cierto modo incontenible, que desborda del corazón a la boca. Es como decir que la persona humana es un ser completo y unitario: por mucho que se esfuerce en separar sus pensamientos de sus palabras, nunca conseguirá descubrir el juicio de Dios. El corazón, en efecto, es la «central» de la persona humana: en él nacen y de él brotan pensamientos buenos y pensamientos malos, proyectos buenos y proyectos malos, acciones buenas y acciones malas.

La persona que del tesoro bueno de su propio corazón saca el bien es «semejante a un hombre que, al edificar su casa, cavó hondo y la cimentó sobre roca». El buen corazón que ha recibido como don y que intenta cultivar con todas sus fuerzas le ofrece continuamente material para construir, ladrillo a ladrillo, la casa en la que podrá habitar con su Señor, la tienda en la que podrá buscar y encontrar a su Señor, la morada de la intimidad.

Por el contrario, la persona que de su tesoro malo saca el mal es como el que construye sobre tierra insegura, sin fundamento. El corazón malo que se ha fabricado sustrayéndose a la escucha de la Palabra y negándose al diálogo con su Señor no sólo le aleja cada vez más de la intimidad con Dios, sino que le aparta también de las relaciones fraternas; más aún, le contrapone a todos aquellos que han sido convocados por Dios en su casa.

 

ORATIO

Oh Señor, presentarse disfrazado con un yo que no se tiene es engaño, prometer un bien que no ha sido cultivado es decepción, hablar de las propias cualidades sin traducirlas en obras es vanagloria, escuchar sin poner en práctica es una pérdida de tiempo.

Oh Señor, sólo quien haya madurado su yo en su propio corazón estará en condiciones de presentarlo original y apetecible para el bien de muchos; sólo quien haya cultivado sus propios puntos fuertes en el silencio de su yo profundo podrá ofrecerlos con fuerza y valor para apoyar a quien lo necesite; sólo quien vive en el silencio puede captar y valorar su propia realidad y la que le rodea, aprendiendo a exteriorizarla con pocas palabras, verdaderas, y con muchos hechos.

Oh Señor, sé que sólo puedo llevar ante los otros lo que he recogido en la quietud, en tu presencia, porque sólo tú transformas la calidad de mis acciones.

 

CONTEMPLATIO

No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu Palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.

Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo; no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas; no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios (san Agustín, Las confesiones, X, 6, 8, edición de Ángel Custodio Vega, BAC, Madrid 51968, p. 396).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida personal empieza con la capacidad de romper los contactos con el medio, con la capacidad de recuperarse, de volver a poseerse a sí mismo para dirigirse a un centro y alcanzar la propia unidad. Sobre esta experiencia vital se fundamenta la validez del silencio y de la vida retirada, que hoy es oportuno recordar. Las distracciones que esta civilización nuestra nos ofrece corrompen el sentido de la quietud, el gusto del tiempo que transcurre, la paciencia de la obra que madura, y hacen vanas las voces interiores que muy pronto sólo el poeta y el religioso sabrán escuchar.

Nuestro primer enemigo, dice G. Marcel, es lo que nos parece «completamente natural», lo que cae por su propio peso, según el instinto o la costumbre: la persona no es ingenuidad.

Sin embargo, también el movimiento de la reflexión es asimismo un movimiento de simplificación, no de complicación o de sutilezas psicológicas: va al centro, y nos va directo, y no tiene nada que ver con la interpretación morbosa. Con un acto se compromete, con un acto se concluye (J. Conieh, Emmanuel Mounier, Roma 1976, pp. 113ss).

 

 

Día 11

24º domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 32,7-11.13ss

En aquellos días,

7 el Señor dijo a Moisés: -Vete, baja, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto.

8 Muy pronto se han apartado del camino que les señalé, pues se han fabricado un becerro chapado en oro, se están postrando ante él, le ofrecen sacrificios y repiten: «Israel, éste es tu Dios, el que te sacó de Egipto».

9 Y añadió el Señor: -Me estoy dando cuenta de que ese pueblo es un pueblo obcecado.

10 Déjame; voy a desahogar mi furor contra ellos y los aniquilaré. A ti, sin embargo, te convertiré en padre de una gran nación.

11 Moisés suplicó al Señor, su Dios, diciendo: -Señor, ¿por qué se va a desahogar tu furor contra tu pueblo, al que tú sacaste de Egipto con tan gran fuerza y poder?

13 Recuerda a Abrahán, a Isaac y a Israel, tus servidores, a quienes juraste por tu honor y les prometiste: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo y daré a vuestros descendientes esa tierra de la que os hablé, para que la posean como heredad eterna».

14 Y el Señor se arrepintió del mal que había querido hacer a su pueblo.

 

*•• El pasaje del Éxodo que hemos leído parece, a primera vista, que quiere describirnos la cólera de Dios contra Israel después de que éste hubiera violado las leyes de la alianza con la adoración del becerro de oro: «Me estoy dando cuenta de que ese pueblo es un pueblo obcecado. Déjame; voy a desahogar mi furor contra ellos y los aniquilaré» (Ex 32,9ss). Parece ser que Moisés consiguió hacer cambiar de opinión a Dios. Ahora bien, leído con mayor profundidad, no es así. Moisés está en la cima del monte, solo ante Dios. Ha permanecido fiel a la alianza de Dios con su pueblo. Moisés siente toda la confianza y el amor de Dios, pero siente también todo lo que le une al pueblo de Israel. No acepta que Dios le quiera elegir a cambio de la destrucción de Israel. Parte entonces de esta ira de Dios, ampliamente justificada a causa del pecado de su pueblo, para apelar a la intención más profunda y más divina de Dios, a su fidelidad a los padres y, por ello, también al pueblo. Moisés apela a la fidelidad de Dios, a su promesa de amor. Dios y el hombre están frente a frente. Nunca se ha mostrado Dios tan condescendiente con el hombre. Moisés consigue hacer salir lo más divino que hay en Dios, el corazón de Dios, que no cesa de latir de amor incluso frente a la miseria de su pueblo. Tiene, en efecto, razón san Pablo: «Si nosotros somos infieles, Dios permanece fiel, porque no puede renegar de sí mismo» (2 Tim 2,13).

 

Segunda lectura: 1 Timoteo 1,12-17

12 Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, que me ha fortalecido, porque me ha juzgado digno de confianza al encomendarme el ministerio.

13 A mí, que primero fui blasfemo, perseguidor y violento, y que hallé misericordia, porque lo hacía por ignorancia estando fuera de la fe.

14 Pero la gracia de nuestro Señor se ha desbordado con la fe y el amor que me ha dado Cristo Jesús.

15 Es segura esta doctrina y debe aceptarse sin reservas: Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

16 Precisamente por eso Dios me ha tratado con misericordia, y Jesucristo ha mostrado en mí, el primero, toda su generosidad, de modo que yo sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener la vida eterna.

17 Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

*• También el segundo texto de las lecturas de hoy habla de la misericordia de Dios. La misericordia es el rostro más expresivo y original de Dios, el rasgo que mejor le caracteriza. Pablo intenta además ocultar su personalidad para que pueda manifestarse en él con mayor claridad el don de la misericordia divina. No quiere retener nada para sí que no remita únicamente a la condescendencia sin límites del amor de Dios al hombre. Desea presentarse sólo como un puro producto de la misericordia divina. Dice dos veces que ha encontrado misericordia, y ello «de modo que yo sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él» (v. 16). Y, para poner aún más de relieve la misericordia de Dios, Pablo se pone en el último lugar, entre los pecadores. Se considera a sí mismo «el primero» (v. 15) de los pecadores, a fin de que pueda aparecer en él la expresión más clara de la misericordia infinita de Dios.

Pablo se siente cogido por Dios; desvestido, desnudo, libre al fin, para ser sumergido hasta el fondo en el océano del amor. Cuanto más se somete Pablo a la acción de Dios, tanto más apretado a sí lo mantiene éste, y no le suelta antes de haberle transformado, deificado, hasta que no se haya convertido él mismo en misericordia.

 

Evangelio: Lucas 15,1-32

En aquel tiempo,

1 todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: -Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 ¿O qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

11 También les dijo: -Un hombre tenía dos hijos.

12 El menor dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». Y el Padre les repartió el patrimonio.

13 A los pocos días, el hijo menor recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino.

14 Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca, y el muchacho comenzó a padecer necesidad.

15 Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien le mandó a sus campos a cuidar cerdos.

16 Habría deseado llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

17 Entonces recapacitó y se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre!

18 Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

19 Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros».

20 Se puso en camino y se fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.

21 El hijo empezó a decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».

22 Pero el padre dijo a sus criados: «Traed, en seguida, el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies.

23 Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta,

24 porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado». Y se pusieron a celebrar la fiesta.

25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó a la casa, al oír la música y los cantos,

26 llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba.

27 El criado le dijo: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano».

28 Él se enfadó y no quería entrar. Su padre salió a persuadirle,

29 pero el hijo le contestó: «Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.

30 Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado».

31 Pero el padre le respondió: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.

32 Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

 

**• El evangelio presenta tres bellísimas parábolas sobre la misericordia de Dios. Éste no sólo es bueno y perdona al pecador que vuelve a él, sino alguien que, de manera afanosa, busca «al que estaba perdido hasta que lo encuentra». Así sucede en la parábola de la oveja perdida y de la moneda extraviada. En la tercera parábola, Dios es aún el padre que va hacia el hijo. Mira a lo lejos más allá del horizonte. Escruta los caminos por los que el hijo puede encontrar la vía del retorno. Apenas le divisa, cuando todavía se confunde con el horizonte lejano, siente un sobresalto de alegría. No se queda en casa esperándole, sino que corre a su encuentro, le abraza y le besa. Oye las palabras que el hijo le repite, pero su corazón está en otra parte. Ordena que le vistan con el mejor traje y hace preparar una gran fiesta para celebrar el regreso.

Sorprende que el evangelio, que antes había descrito con gran riqueza la partida del hijo hacia un país lejano, no mencione ahora el estado de ánimo del hijo. Sin embargo, Lucas quiere hacernos comprender algo: el amor tierno del padre respecto al hijo está ahora sobre el hijo, le envuelve por completo, y éste se encuentra literalmente sumergido por el ambiente festivo de alegría, de música y de danza (cf. v. 25). Todo es a imagen del desbordamiento de su inmensa alegría de padre. Nos maravilla verdaderamente esta búsqueda del hombre perdido por parte de Dios, a través de caminos y senderos escarpados. También nos sorprende que Dios no encuentre paz mientras no haya encontrado al que se había perdido. Pero precisamente así es ese Dios nuestro, absolutamente diferente, lleno de un amor que nunca hemos merecido, donde desaparece todo tipo de cálculo en su condescendencia sin límites. Este amor llega al corazón del hijo «perdido» y «encontrado».

 

MEDITATIO

El fragmento del evangelio celebra también, a través de las palabras y de las actitudes de Jesús, la misericordia infinita del Padre. Así es como Lucas introduce y da relieve a las tres bellísimas parábolas de Jesús sobre la misericordia. Se trata de una imagen sorprendente, que produce fascinación: «Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle. Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: "Éste anda con pecadores y come con ellos"» (15,lss). Como es patente, no conocen el amor de Dios, no tienen idea de la superabundancia de su amor. Esta superabundancia recibe en la Escritura el nombre de «misericordia». Se revela sobre todo a aquellos que rechazan a Dios, como por ejemplo la oveja que se pierde o el hijo que le abandona y se marcha lejos.

Dios tendría todo el derecho a airarse y castigar, pero este sentimiento ni siquiera le roza. Dios deja hacer, no interviene; al contrario, corre al encuentro del hijo: «Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro lo abrazó y lo cubrió de besos» (15,20). Dios no quiere saber nada de nuestras excusas; sólo quiere manifestar su alegría: «Traed, en seguida, el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado» (w. 22-24). Dios no quiere oír ninguna excusa; sólo quiere recubrirnos de su amor.

Dado que Dios es amor, se hace pequeño ante el hombre pobre y pecador. Quiere que aparezca únicamente el amor. Se identifica hasta tal punto con el hombre que también Él se hace pobre, hasta compartir con él la mesa y la reputación, para hacerse semejante a él en todo, hasta en la miseria. Precisamente en esto consiste la alegría del amor: en despojarse de todo, en hacerse pequeño y humilde para ponerlo todo en común. ¡Así es Jesús! «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su único Hijo». El mal, el sufrimiento y la muerte han sido absorbidos en el amor de Dios. O sea, que todo ha sido asumido en su inmenso amor. No existe declaración más grande que la de Pablo a los filipenses: «Dios le exaltó; le dio el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2,9), es decir, que el Padre le ha dado el misterio de la profundidad de su amor infinito.

La vida de Jesús no se explica más que por este amor que llega hasta la cruz. Jesús, al dársenos del todo, nos ofrece la salvación, esa vida bienaventurada que ahora se encuentra en germen, pero que un día se consumará en la alegría eterna. No existe la menor duda: Jesús encarna el amor de Dios que escandaliza a los justos (Mt 11,19): el Hijo pródigo es abrazado y festejado a su retorno, mientras que el hijo mayor, que ha permanecido siempre en casa junto al Padre, no tiene ningún derecho a estar celoso de él (Lc 15,11-32). Por ser bueno, Jesús va a buscar a la única oveja perdida, y las otras noventa y nueve deben estar contentas de que las haya dejado solas, puesto que la alegría de Dios por esa única oveja encontrada es mayor (Mt 18,12ss).

El evangelio nos invita hoy a mirar ese corazón que perdona las grandes deudas y que espera que el corazón del hombre se sienta inclinado a hacer lo mismo en pequeño (Mt 18,23-35).

 

ORATIO

Te adoramos y te glorificamos, Padre omnipotente, rico en gracia y misericordia. Te pedimos que nos hagas conocer en toda su belleza el corazón de tu Hijo, Jesús, ese corazón que tanto amó al mundo. Concédenos fijar los ojos en Jesús, contemplarlo, para comprender tu corazón amantísimo y el amor con que nos has amado a nosotros, que somos pequeños y frágiles. Concédenos comprender tu corazón para comprender nuestro mismo corazón y el corazón de los que nos han sido confiados, sobre todo el corazón de los que sufren y de los que viven sin esperanza. Danos el sentido de la historia, del pasado, del presente y del futuro. Enséñanos a comprender, a la luz de tu amor misericordioso, el sentido de los desórdenes y de los sufrimientos que advertimos cada día en nosotros y en las mujeres y en nuestro mundo.

Así podremos comprender lo que eres y quieres ser para todos nosotros. Te pedimos, por último, Padre, que nos hagas contemplar, por medio de Jesús, este ideal, para servir mejor a tu designio de salvación.

 

CONTEMPLATIO

El hijo mayor, que no ha recibido ninguna distinción particular, podría sentirse incomprendido con la respuesta del padre: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo». Para él, la justicia es la máxima de todas las virtudes; sin embargo, para el padre, «la misericordia es la plenitud de la justicia» (Tomás de Aquino), de suerte que «la misericordia saldrá siempre victoriosa en el juicio» (Sant 2,13). Si el justo hubiera podido comprender la actitud interior del padre, habría comprendido que había sido amado y preferido al hermano, porque le pertenecían a él no sólo ciertas cosas del padre, sino todo. Dios no tiene necesidad de hacer milagros particulares a los que le son fieles; la cosa más milagrosa de todas consiste en el hecho de que nosotros podamos ser sus hijos y en que no retiene para él nada de lo que es suyo. Los milagros se hacen en los márgenes, para recuperar a personas que se han marchado, para hacer signos a los que se han alejado, para festejar a los que vuelven. Sin embargo, la realidad cotidiana de la fe no tiene necesidad del milagro, porque tener parte en los bienes del padre ya es suficientemente maravilloso.

Al creyente no le está permitido separar entre lo mío y lo tuyo, porque a los ojos del amor paterno ambas cosas son una sola. No se narra la impresión que las palabras del padre produjeron en el «justo». Corresponde ahora a cada uno de nosotros seguir adelante para contar la historia hasta el final (H. U. von Balthasar, Tu hai parole di vita eterna, Milán 1992, p. 84 [edición española: Tú tienes palabras de vida eterna, Encuentro, Madrid 1998]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Danos, oh Padre, la alegría del perdón».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Hagamos de modo que cuando el Señor nos mire al corazón y a los ojos, no tenga que volverse hacia otro lado, sino que pueda complacerse en nosotros. «Mira el rostro de tu consagrado », imploramos con el salmo 83. Que, al mirarnos, Dios pueda, verdaderamente, ver el rostro de su Cristo en nosotros, que pueda complacerse en nosotros al encontrar en nuestro rostro los rasgos apacibles y puros de su Hijo amado. El Padre nos reconocerá, en efecto, al final, en el gran juicio, y nos dirá: «Venid, benditos...» si puede ver en nosotros la imagen de su Hijo, precisamente porque en él nos ha creado de nuevo a su imagen [...]. El «amor ardiente» que, al decir de san Benito, deben cultivar los monjes se expresa en concreto en ser siempre los primeros en honrar al otro, en honrar en el otro al Señor. Esta actitud nace del espíritu de fe. Si no se tiene fe, no se llega a «honrar» al Señor en el otro: se le puede respetar, pero el respeto es menos que el honor. Honrar al otro significa ponemos a nosotros mismos a sus pies, postrarnos ante él admirando lo que es (A. M. Cánopi, Mansuetudine volto del moñaco, Noci 1995, p. 572).

 

 

Día 12

Lunes de la 24º semana del tiempo ordinario o el Santísimo nombre de María

Liturgia de las Horas de hoy

 

             El hecho de que la Santísima Virgen lleve el nombre de María es el motivo de esta festividad, instituida con el objeto de que los fieles encomienden a Dios, a través de la intercesión de la Santa Madre, las necesidades de la iglesia, le den gracias por su omnipotente protección y sus innumerables beneficios, en especial los que reciben por las gracias y la mediación de la Virgen María. Por primera vez, se autorizó la celebración de esta fiesta en 1513, en la ciudad española de Cuenca; desde ahí se extendió por toda España y en 1683, el Papa Inocencio XI la admitió en la iglesia de occidente como una acción de gracias por el levantamiento del sitio a Viena y la derrota de los turcos por las fuerzas de Juan Sobieski, rey de Polonia.

             Esta conmemoración es probablemente algo más antigua que el año 1513, aunque no se tienen pruebas concretas sobre ello. Todo lo que podemos decir es que la gran devoción al Santo Nombre de Jesús, que se debe en parte a las predicaciones de San Bernardino de Siena, abrió naturalmente el camino para una conmemoración similar del Santo Nombre de María.

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 11,17-26

Hermanos: no puedo alabar el que vuestras reuniones os perjudiquen en lugar de aprovecharos.

18 En primer lugar, ha llegado a mis oídos que, cuando os reunís en asamblea, hay entre vosotros divisiones. Y en parte lo creo,

19 pues hasta es conveniente que haya disensiones entre vosotros, para que salgan a la luz los auténticos cristianos.

20 El caso es que, cuando os reunís en asamblea, ya no es para comer la cena del Señor,

21 pues cada cual empieza comiendo su propia cena, y así resulta que mientras uno pasa hambre, otro se emborracha.

22 Pero ¿es que no tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿En tan poco tenéis la Iglesia de Dios, que no os importa avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué voy a deciros? ¿Esperáis que os felicite? ¡Pues no es como para felicitaros!

23 Por lo que a mí toca, del Señor recibí la tradición que os he transmitido, a saber, que Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros; haced esto en memoria mía».

25 Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuantas veces bebáis de él, hacedlo en memoria mía».

26 Así pues, siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga.

 

*+- La institución de la eucaristía es una enseñanza recibida de la tradición apostólica que se remonta a Jesús (v. 23), y Pablo tiene el deber de transmitirla a las distintas comunidades. Sobre el valor histórico de estos dos verbos («recibir»-«transmitir») meditaremos más adelante; aquí vamos a considerar el valor que, según Pablo, tiene la celebración eucarística para la vida de la comunidad cristiana de Corinto.

La eucaristía es, en primer lugar una llamada, una vocación divina: no puede ni debe ser reducida a una mera convergencia de diferentes sujetos, aunque sea con intenciones respetables y dignas de alabanza. Al contrario, cada vez que la comunidad se reúne para celebrar la eucaristía, obedece a una invitación-mandato del Señor Jesús. Dicho aún con mayor precisión, la eucaristía es un hacer memoria del Señor muerto y resucitado: no puede ni debe ser alterada su fuerza sobrenatural, que nos pone en comunión personal con aquel de quien hacemos memoria.

La fórmula «Haced esto en memoria mía» (w. 24ss), que Pablo comparte con Lucas (22,19), no deja lugar a ninguna duda. Los exégetas señalan que Jesús no pretende dejar aquí a sus discípulos un testamento cualquiera, sino un auténtico memorial (según la terminología técnica hebrea: zíkkarón).

Hoy, con una terminología exquisitamente más teológica, diríamos «memoria eficaz y actualizadora», capaz de producir lo que significa. La eucaristía es también comer la cena del Señor: no puede ni debe ser alterada esta dimensión convival de la eucaristía. Éste es el signo elegido por Jesús, un signo que la tradición apostólica respeta de manera escrupulosa; a falta de este signo, no tendríamos el fruto de la presencia sacramental de Jesús y de la eficacia salvífica de su muerte y resurrección.

 

Evangelio: Lucas 7,1-10

En aquel tiempo,

1 cuando Jesús terminó de hablar al pueblo, entró en Cafarnaún.

2 Había allí un centurión que tenía un criado a quien quería mucho y que estaba muy enfermo, a punto de morir.

3 Oyó hablar de Jesús y le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniese a curar a su criado.

4 Los enviados, acercándose a Jesús, le suplicaban con insistencia: -Merece que se lo concedas

5 porque ama a nuestro pueblo y ha sido él quien nos ha edificado la sinagoga.

6 Jesús los acompañó. Estaban ya cerca de la casa cuando el centurión envió unos amigos a que le dijeran: -Señor, no te molestes. Yo no soy digno de que entres en mi casa,

7 por eso no me he atrevido a presentarme personalmente a ti, pero basta una palabra tuya para que mi criado quede curado.

8 Porque yo, que no soy más que un subalterno, tengo soldados a mis órdenes y digo a uno: «Vete», y va; y a otro: «Ven», y viene; y a mi criado: «Haz esto», y lo hace.

9 Al oír esto Jesús, quedó admirado y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: -Os digo que ni en Israel he encontrado una fe tan grande.

10 Y al volver a la casa, los enviados encontraron sano al criado.

 

*»• El relato de la curación que Lucas nos refiere en este fragmento se concentra más en la fe que obtiene el milagro que en el milagro mismo. La figura del centurión pagano asume de este modo un valor emblemático: no hay duda de que Lucas desea entregarnos un modelo tomado precisamente del mundo pagano.

La fe del centurión se compone de humildad y de confianza: ambas actitudes lo hacen no sólo abierto al don que va a recibir, sino también a la comunidad de los discípulos de Jesús, a la que pueden pertenecer personas de diferente extracción sociológica. Hay un detalle que nos sorprende y que tiene una gran actualidad. Mientras los ancianos judíos recomiendan el centurión a Jesús en virtud de algunos favores que les había hecho («Merece que se lo concedas»: v. 4), el centurión envía a decir a Jesús: «Señor, no te molestes. Yo no soy digno de que entres en mi casa» (v. 6). Está claro que para Jesús son más eficaces estas palabras, marcadas por una humildad grande y sincera, que las otras –demasiado interesadas- con las que los ancianos le formulan su recomendación.

Señalemos, por último, que, como Mateo, también Lucas considera este hecho un preludio de la llegada de los paganos a la Iglesia: el asunto le interesa aún más porque él y sólo él sentirá la necesidad de dedicar la segunda parte de su obra, los Hechos de los Apóstoles, a este gran acontecimiento. Se entrevé así el tema de la apertura universalista de la salvación traída por Jesús.

 

MEDITATIO

En la primera lectura de hoy, Pablo confía a sus comunidades un precioso bien testamentario mediante dos verbos técnico-teológicos («recibir»-«transmitir»: cf. asimismo 1 Cor 15,3). Nos preguntamos qué puede enseñarnos este binomio, sobre todo en vistas a nuestro modo de ser una comunidad eucarística.

En primer lugar, aparece aquí la autoconciencia apostólica de Pablo, un rasgo -decíamos también- autobiográfico, aunque en el sentido más elevado del término. En efecto, el apóstol no quiere darse a conocer por sus características personales, sino por su misión, una misión a la que no puede sustraerse. Un elemento esencial e irrenunciable de tal misión apostólica es precisamente la transmisión de la memoria de lo que Jesús dijo e hizo la víspera de su pasión. En segundo lugar, se percibe la centralidad de la eucaristía en el tesoro de las verdades que los apóstoles están obligados a transmitir (por ejemplo, como en 1 Cor 15,3, la verdad histórico-salvífica del acontecimiento de la resurrección de Jesús).

Es como decir que la comunidad cristiana -y dentro de ella todo verdadero discípulo de Jesús- no puede vivir y mucho menos atestiguar su propia fe si no tiene en el centro de su vida la eucaristía, considerada precisamente como memoria actualizadora del misterio pascual y, por ello, capaz de producir también en nosotros la gracia del misterio que significa. En tercer lugar, se percibe de manera concreta la verdad del dicho: «La eucaristía hace la Iglesia». Sería demasiado poco considerar y afirmar que la Iglesia «hace», es decir, celebra la eucaristía: sería reductor y unilateral. Es preciso que nos remontemos más arriba, al acontecimiento de la pascua de Jesús, del que la eucaristía es «memoria» fiel y actualizadora.

 

ORATIO

Oh Señor, la gracia es sólo iniciativa tuya: no es un proyecto humano, y mucho menos puede ser merecida.

Gracias, Señor, por tus dones gratuitos. Oh Señor, tu gracia me precede siempre, anticipando los tiempos y los plazos y superando todas mis expectativas.

Que aprenda yo, Señor, a gozar contigo y con mi prójimo por tus dones, por todo signo de tu bondad paterna.

Oh Señor, tu gracia no es nunca abstracta o genérica: la experimentamos siempre de manera concreta en el espacio y en el tiempo y fluye de ordinario en nuestra vida cotidiana. Que yo te reconozca, Señor, mientras caminas conmigo.

Oh Señor, sólo un corazón libre de pretensiones, de prejuicios, de rencores y de orgullo está dispuesto a recibir tu gracia. Hazme capaz de recibirte, Señor, y de apreciar tus sorpresas: sólo así podré experimentar tu amor.

Oh Señor, lo que tú me dices, en lo secreto del corazón, es siempre un gran don para mí, quizás el don más precioso. Gracias, Señor, por la discreción, por la oportunidad y por la abundancia con las que me entregas tu Palabra.

 

CONTEMPLATIO

El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.

Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.

Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, más precioso que este banquete, en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?

No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales. Se ofrece, en la iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos. Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad de este sacramento, en el cual gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su pasión.

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras, y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia (Tomás de Aquino, Opúsculo 57, 1-4).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Esto es mi cuerpo, entregado por vosotros» (1 Cor 11,24).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las vidas de los santos católicos bullen de milagros, y no hay razón para dudar de que un gran porcentaje de ellos sean auténticos.

El máximo, el genuino milagro, son los santos mismos; el resto está por añadidura. En los manuales de apologética no se ha probado casi nunca a extraer una «prueba» de los milagros de los santos, a diferencia de lo que es, o al menos era, habitual con los de Jesús.

Sin embargo, es de presumir que tanto los unos como los otros, en su mayor parte (no todos necesariamente) han sido milagros discretos, hechos diríamos casi en voz baja, y que han sido los biógrafos (en el caso de Jesús, los evangelistas y sus fuentes) los que han subido el volumen, y lo hicieron precisamente porque eran milagros cuyo carácter extraordinario podía ser llevado a un grado pleno de conciencia sólo después, en el relato de los testigos y en los otros que se originarían a partir de aquí. En más de un caso se ha dado ciertamente un posterior engrandecimiento de los hechos. ¿Quién sabe si los miles de personas hambrientas en el desierto no se dieron cuenta sino en un segundo momento de que había tenido lugar algo anormal? (H. U. von Balthasar, "I miracoli sottovoce", en id., Cattolico, Milán 1977, pp. 1 OOss [edición española: Católico: aspecto del misterio, Encuentro, Madrid 1 988]).

 

Día 13

San Juan Crisóstomo (13 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Juan Crisóstomo nació en Antioquía hacia el año 349. Ordenado sacerdote, se entregó con gran celo a la predicación. En el año 397 fue llamado a la sede episcopal de Constantinopla, donde se puso enteramente al servicio del rebaño que le había sido confiado. Su palabra ciara e incisiva -hasta el punto de merecerle el sobre nombre de «Crisóstomo» («boca de oro»)- no perdonó la corrupción de la corte imperial. Así fue como, al incurrir en el odio de los poderosos, fue enviado al exilio. Primero a Bitinia, de donde fue llamado muy pronto por la reacción del pueblo; pero un segundo y más duro exilio en Armenia fue fatal para su salud. Murió el 14 de septiembre del año 407 en Comana Poética, en la actual Turquía.

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 12,12-14.27-31a

Hermanos:

12 del mismo modo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, por muchos que sean, no forman más que un cuerpo, así también Cristo.

13 Porque todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo, a fin de formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido también del mismo Espíritu.

14 Por su parte, el cuerpo no está compuesto de un solo miembro, sino de muchos.

27 Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro.

28 Y Dios ha asignado a cada uno un puesto en la Iglesia: primero están los apóstoles, después los que hablan en nombre de Dios, a continuación los encargados de enseñar, luego vienen los que tienen el don de hacer milagros, de curar enfermedades, de asistir a los necesitados, de dirigir la comunidad, de hablar un lenguaje misterioso.

29 ¿Son todos apóstoles? ¿Hablan todos en nombre de Dios? ¿Enseñan todos? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros

30 o el don de curar enfermedades? ¿Hablan todos un lenguaje misterioso o pueden todos interpretar ese lenguaje?

31 En todo caso, aspirad a los carismas más valiosos.

 

**• Tras haber tratado sobre los sacramentos del bautismo y de la eucaristía como acontecimientos centrales en la vida de los primeros cristianos de Corinto, Pablo dedica tres capítulos de esta carta suya a la problemática de las relaciones entre los carismas y los ministerios en el interior de la misma comunidad.

Al comienzo del capítulo 12, Pablo afirma que la autenticidad de los carismas depende de la pureza de la profesión de fe: «Nadie que hable movido por el Espíritu de Dios puede decir: "Maldito sea Jesús". Como tampoco nadie puede decir: "Jesús es Señor", si no está movido por el Espíritu Santo» (v. 3). Existe, por tanto, una pluralidad de carismas, pero su fuente es una sola: la divina Trinidad (w. 4-6). Inmediatamente después, afirma el apóstol que la manifestación del Espíritu Santo a través de los diversos carismas ha sido dada a cada uno para la utilidad común, o sea, para el bien de toda la comunidad.

En este punto se inserta el discurso más exquisitamente teológico: Pablo quiere hacer comprender que los dones que recibimos y los servicios que estamos llamados a prestar tienen su fundamento en la gracia que recibimos por medio de los sacramentos, en virtud de los cuales formamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Todos, en efecto, «hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo» y «todos hemos bebido también del mismo Espíritu» para formar un solo cuerpo (v. 13).

La unidad no suprime la diversidad de los miembros, de los dones y de los ministerios; al contrario, la garantiza y la exalta reconduciéndola a su fuente divina (dicho con mayor precisión, trinitaria) y la orienta a su destino comunitario (dicho de modo más exacto, eclesial).

 

Evangelio: Lucas 7,11-17

11 En aquel tiempo, Jesús se marchó a un pueblo llamado Naín, acompañado de sus discípulos y de mucha gente.

12 Cerca ya de la entrada del pueblo, se encontraron con que llevaban a enterrar al hijo único de una viuda. La acompañaba mucha gente del pueblo.

13 El Señor, al verla, se compadeció de ella y le dijo: -No llores.

14 Y acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon. Entonces dijo: -Muchacho, a ti te digo: levántate.

15 El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.

16 El temor se apoderó de todos, y alababan a Dios diciendo: -Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios ha visitado a su pueblo.

17 La noticia se propagó por toda la región de los judíos y por toda aquella comarca.

 

**- Este fragmento es exclusivo de Lucas, y por eso podemos analizarlo con la intención de recoger algunas características típicas del tercer evangelista. Es una tarea que no resultará difícil.

Los exégetas señalan que a Lucas le gusta relacionar a Jesús con el profeta Elias {cf. 1 Re 17,10-24) y también con el profeta Eliseo (2 Re 4,18-37): en ambos casos se narra la resurrección de dos hijos únicos de madres viudas.

Sabemos asimismo que Lucas presta una atención particular a las mujeres, tanto en el tercer evangelio como en los Hechos. También aquí la figura de la madre viuda que ha perdido a su único hijo produce un impacto en Jesús, el cual «al verla, se compadeció de ella y le dijo: No llores» (v. 13). En esta atención particular de Jesús no debemos reconocer sólo un rasgo de su psicología, sino también, desde un punto de vista histórico, la opción realizada por él en favor de los débiles y de los marginados, y está fuera de toda duda que la mujer, en aquella sociedad, pertenecía a esta categoría de personas.

Por último, Jesús es aclamado como profeta; más aún, como «un gran profeta» (v. 16): según Lucas, este título tiene una peculiar carga de significado. Jesús es profeta no sólo por lo que «dice», y lo ha manifestado desde el primer gran discurso pronunciado en la sinagoga de Nazaret (4,14ss), sino también por lo que «hace» (acciones, gestos, amenazas) y, sobre todo, por el modo como se comporta (siente compasión, o sea, se conmueve por dentro compartiendo el sufrimiento de aquella madre). De este modo se manifiesta Jesús como un profeta en el sentido más cabal del término: no sólo porque lleva la Palabra de la revelación de parte de Dios, sino también porque se pone completamente de parte de los hombres.

  

MEDITATIO

Las palabras que hemos escuchado describen bien la  figura y la vida de san Juan Crisóstomo. Como profundo conocedor del misterio de Cristo y brillante predicador, se negó a un fácil éxito al precio de componendas.

Sin embargo, mostró a lo vivo las exigencias de la vocación cristiana, censurando valientemente la inmoralidad de la corte imperial; y por eso padeció la persecución y el exilio, mostrándose «humilde, amable y paciente» (cf. Ef 4,2). Como pastor bueno y solícito con las necesidades del pueblo, supo sacrificar su \ida para defender la integridad de la fe del rebaño que le había sido confiado.

Su luminosa doctrina, su extensa obra homilética y la liturgia que de él toma nombre son un vínculo de unidad entre las Iglesias.

 

ORATIO

Santo Dios, Tú habitas entre tus santos. Tú eres alabado por los serafines con el himno que te proclama tres veces santo y glorificado por los querubines y adorado por todos los poderes celestiales. Tú has creado todo de la nada. Tú creaste al hombre y a la mujer a tu imagen y semejanza y los adornaste con todos los dones de tu gracia. Tú das sabiduría y entendimiento al suplicante y no te olvidas del pecador, sino que has establecido el arrepentimiento como camino de la salvación.

Has permitido que nosotros, tus indignos siervos, estemos ahora delante de la gloria de tu santo altar y te ofrezcamos adoración y alabanza. Maestro, acepta este himno que te proclama tres veces santo también de los labios de nosotros, pecadores, y asístenos con tu bondad. Perdona nuestras transgresiones voluntarias e involuntarias, santifica nuestras almas y nuestros cuerpos y concédenos poder adorarte y servirte en santidad todos los días de nuestra vida, por la intercesión de la santa

Madre de Dios y de todos los santos en quienes te has complacido a través de todos los tiempos (Juan Crisóstomo, Trisagion).

 

CONTEMPLATIO

Mira, deseo aliviar una vez más las llagas de tu tristeza.

¿Qué es lo que turba tu alma? No tienes que abatirte; sólo hay una cosa a la que debes temer, oh Olimpíade, una única prueba: el pecado y nada más, no he cesado nunca de repetírtelo; todo lo demás son fábulas, ya se trate de insidias o de odios o calumnias o insultos o acusaciones o confiscaciones o exilios o espadas afiladas o alta mar u hostilidades de todo el mundo. Sea cual sea la naturaleza de estos males, son efímeros y caducos, porque golpean a un cuerpo mortal, sin traer consigo ningún daño al alma vigilante. Nada de cuanto sucede te debe turbar: ora sin cesar al Dios al que adoras, que haga un signo sólo y todo se disolverá en un instante.

Mas si, a pesar de tus oraciones, no se ha disuelto nada, es porque Dios actúa así a menudo: no disuelve las desventuras desde el comienzo, repito, sino cuando han llegado a su cumbre; entonces, de un trazo lo transforma todo en bonanza y dirige la situación hacia desenlaces inesperados. En efecto, Dios puede concedernos no sólo los beneficios que esperamos y deseamos, sino muchos más e infinitamente más grandes.

No te turbes, pues; mantente, más bien, siempre llena de gratitud y de alabanza a Dios, por todo; invócale, ruégale, suplícale. El Señor no se deja sorprender por las situaciones difíciles, aunque todo se haya precipitado a una ruina extrema (Juan Crisóstomo, Lettere dall'esilio, Milán 1975, pp. 73ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y medita durante el día la Palabra: «Para mí, la vida es Cristo, y morir significa una ganancia» (Flp 1,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La crisis de valores que estamos viviendo y la quiebra actual de los ideales nos invitan a hacer nuestra la experiencia de los antiguos Padres de la fe, comprometiéndonos a reconstruir con ellos una humanidad más justa y más pura, y a liberarnos a nosotros y a los demás de la alienación y de la agresividad. Por eso es actual la compunción -que para Juan Crisóstomo es la revuelta interior contra el mal-. Modelo de conversión radical es este mismo santo, que ya de joven abrazó la aspereza de la soledad contra el ambiente corrupto y corruptor. El Evangelio -repetirá con frecuencia- proclama bienaventurados no a los opresores, ni a los poderosos, sino a los que tienen hambre de justicia y a los que saben comprenderlos; no a los lujuriosos, sino a los limpios de corazón capaces de mirar las cosas de aquí abajo a la luz de Dios; no a los violentos, sino a los portadores de paz. Nunca se cansó de recordar estos principios a sus fieles.

El amor, para los cristianos, es caridad divina que une a los hermanos. En las cartas del exilio, es impresionante la vuelta de Juan Crisóstomo al tema del amor a Dios y al prójimo, de la caridad sentida como pasión viva y casi loca, fuente de verdadera alegría, cima de la pureza. Es hombre, en el sentido cabal del término, quien vive la unión entre los hermanos recordando a Dios en cada uno de ellos. Es capaz de comprender este amor

-añade- sólo quien está en sintonía con el corazón de Cristo (C. Riggi, «Introduzione», en Juan Crisóstomo, La vera conversione, Roma 1984, pp. 7-9 [edición española: La verdadera conversión, Ciudad Nueva, Madrid 1997]).

 

Día 14

Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz nació en Jerusalén y se extendió después por todo el Oriente, donde aún se celebra como la de la Pascua. El 13 de septiembre del año 335 fue consagrada la basílica de la Resurrección mandada construir por Elena y Constantino y al día siguiente se recordó al pueblo el significado profundo de la iglesia, mostrando lo que quedaba de la cruz del Salvador. En Roma se conocía ya a comienzos del siglo VI la existencia de una fiesta de la Santa Cruz como recuerdo de la recuperación de la reliquia, pero sólo hacia mediados del siglo VII se empezó a mostrar -el 14 de septiembre- el lignum crucis a la veneración del pueblo, como signo e instrumento de salvación.

LECTIO

Primera lectura: Número 21,4b-9

En aquellos días, el pueblo comenzó a impacientarse

5 y a murmurar contra el Señor y contra Moisés, diciendo: -¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para hacernos morir en este desierto? No hay pan ni agua, y estamos ya hartos de este pan tan liviano.

6 El Señor envió entonces contra el pueblo serpientes muy venenosas que los mordían. Murió mucha gente de Israel,

7 y el pueblo fue a decir a Moisés: -Hemos pecado al murmurar contra el Señor y contra ti. Pide al Señor que aleje de nosotros las serpientes.

8 Moisés intercedió por el pueblo y el Señor le respondió: -Hazte una serpiente de bronce, ponla en un asta y todos los que hayan sido mordidos y la miren quedarán curados.

9 Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un asta. Cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

 

**• El autor del libro de los Números narra en los capítulos 20-21 las últimas peripecias de los judíos en el desierto, antes de su entrada en la tierra prometida. El pueblo murmura porque no tiene lo que desea; se rebela, no soporta el cansancio del camino (v. 2) a causa del hambre {«estamos ya hartos de este pan tan liviano») y de la sed (v. 5). Cegado por tales molestias, no consigue reconocer el poder de Dios, ya no tiene fe en el Señor; más aún, le consideran como alguien que envenena la vida. Dios manifiesta su juicio de castigo respecto al pueblo enviando serpientes venenosas (v. 6). Frente a la experiencia de la muerte, los judíos reconocen el pecado cometido alejándose de Dios y piden perdón. Y como la serpiente con su mordedura resultaba letal, así ahora su imagen de bronce puesta encima de un asta se vuelve motivo de salvación física para todo el que hubiera sido mordido.

El evangelio de Juan reconocerá en la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto la prefiguración profética del levantamiento del Hijo del hombre crucificado.

 

Evangelio: Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

13 Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.

14 Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto,

15 para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

16 Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

17 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él.

 

**- Los vv. 13-17 del evangelio de Juan forman parte del extenso discurso que responde a la pregunta de Nicodemo y en el que pone de manifiesto la necesidad de la fe para tener la vida eterna y escapar del juicio de condena. Jesús, el Hijo del hombre (v. 13), procede del seno del Padre; es el que «vino de allí» (v. 13), el único que ha visto a Dios y puede comunicar su proyecto de amor, cuya realización se encuentra en el don del Hijo unigénito. Jesús se compara con la serpiente de bronce (cf. Nm 21,4-9), afirmando que el pleno cumplimiento de cuanto pasó en el desierto tendrá lugar cuando él sea levantado en alto, es decir, en la cruz (v. 14), para la salvación del mundo (v. 17). Todo el que le mire con fe, es decir, todo el que crea que el Cristo crucificado es el Hijo de Dios, el salvador, tendrá la vida eterna.

El hombre, al acoger en él el don del amor del Padre, pasa de la muerte del pecado a la vida eterna. Sobre el fondo de este texto aparece el cuarto canto del «Siervo de YHWH» (cf. Is 52,13ss), donde volvemos a encontrar unidos los verbos «levantar» y «glorificar». Se comprende, por tanto, que Juan quiere presentar la cruz, punto extremo de la ignominia, como cumbre de la gloria.

 

MEDITATIO

Cada vez que leemos la Palabra de Dios crece en nosotros la certeza de que Jesús da pleno cumplimiento a la historia del pueblo hebreo y a nuestra historia: en efecto, no vino a abolir, sino a dar cumplimiento. Jesús es aquel que ha bajado del cielo, aquel que conoce al Padre, que está en íntima unión con él («El Padre y yo somos uno»: Jn 10,30), y ha sido enviado por el Padre para revelar el misterio salvífico, el misterio de amor que se realizará con su muerte en la cruz. Jesús crucificado es la manifestación máxima de la gloria de Dios. Por eso, la cruz se convierte en símbolo de victoria, de don, de salvación, de amor.

Todo lo que podamos entender con la palabra «cruz» - a saber: el dolor, la injusticia, la persecución, la muerte - es incomprensible si lo miramos con ojos humanos.

Sin embargo, a los ojos de la fe y del amor aparece como medio de configuración con aquel que nos amó primero. Así las cosas, ya no vivimos el sufrimiento como un fin en sí mismo, sino que se convierte en participación en el misterio de Dios, camino que nos conduce a la salvación.

Sólo si creemos en Cristo crucificado, es decir, si nos abrimos a la acogida del misterio de Dios que se encarna y da la vida por toda criatura; sólo si nos situamos frente a la existencia con humildad, libres de dejarnos amar para ser a nuestra vez don para los hermanos, seremos capaces de recibir la salvación: participaremos en la vida divina de amor.

Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo (cf. Flp 2,6-11). La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.

 

ORATIO

Oh cruz, inefable amor de Dios y gloria del cielo.

Cruz, salvación eterna; cruz, miedo de los réprobos.

Oh cruz, apoyo de los justos, luz de los cristianos,

por ti Dios encarnado se hizo esclavo en la tierra;

por medio de ti ha sido hecho en Dios rey en el cielo;

por ti ha salido la verdadera luz,

la noche maldita ha sido vencida.

Tú hiciste hundirse para los creyentes

el panteón de las naciones;

eres tú el alma de la paz

que une a los hombres en Cristo mediador.

Eres la escalera por la que el hombre sube al cielo.

Sé siempre para nosotros, tus fieles, columna y ancla;

rige nuestra morada.

Que en la cruz se consolide nuestra fe,

que en ella se prepare nuestra corona.

(Paulino de Ñola.)

 

CONTEMPLATIO

Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en aquel que a causa de su extremada caridad quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vió bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo.

Ante tal aparición, quedó lleno de estupor el santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.

Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín.

Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu.

Así sucedió, porque al desaparecer la visión dejó en su corazón un ardor maravilloso, y no fue menos maravillosa la efigie de las señales que imprimió en su carne («Leyenda mayor», en Fuentes franciscanas, versión electrónica).

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día: «El Hijo del hombre tiene que ser levantado en la cruz, para que todo el que crea en él tenga vida eterna» (cf.Jn 3,14-15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús conquista a los hombres por la cruz, que se convierte en el centro de atracción, de salvación para toda la humanidad.

Quien no se rinde a Cristo crucificado y no cree en él no puede obtener la salvación. El hombre es redimido en el signo bendito de la cruz de Cristo: en ese signo es bautizado, confirmado, absuelto.

El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.

La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.

Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada - y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.

La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado (G. di S. M. Maddalena, Infinita divina, Roma 1980, pp. 342ss).

 

Día 15

Nuestra Señora la Virgen de los Dolores (15 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

La devoción a la Virgen de los Dolores se remonta a los primeros años del segundo milenio, como desarrollo de la «compasión» con María ¡uxta crucem Jesu. Esta devoción fue formulada litúrgicamente en tierras germanas, concretamente en Colonia, el año 1423. Sixto IV insertó en el misal romano la memoria de Nuestra Señora de la Piedad. La atención hacia María «dolorosa» se fue desarrollando gradualmente en la forma de los Siete Dolores, representados en las siete espadas que traspasan el corazón de la madre de Cristo. La extensión a la Iglesia latina en 1727 fue favorecida por los Siervos de María, que la celebraban desde 1668. La colocación en el 15 de septiembre se remonta a Pío X (1903-1914). En el calendario litúrgico de 1969 se la denomina memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 15,1-11

1 Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os anuncié, que recibisteis y en el que habéis perseverado.

2 Es el Evangelio que os está salvando, si lo retenéis tal y como os lo anuncié; de no ser así, habríais creído en vano.

3 Porque yo os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras;

4 que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras;

5 que se apareció a Pedro y luego a los Doce.

6 Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto.

7 Luego se apareció a Santiago y, más tarde, a todos los apóstoles.

8 Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara.

9 Yo, que soy el menor de los apóstoles, indigno de llamarme apóstol por haber perseguido a la Iglesia de Dios.

10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Al contrario, he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

11 En cualquier caso, tanto ellos como yo esto es lo que anunciamos y esto es lo que habéis creído.

 

**• Parece ser que entre los cristianos de Corinto se propagaba la duda sobre la verdad de la resurrección de Cristo, con perjuicio no sólo para la integridad de la fe cristiana, sino también para la unidad de la iglesia de Corinto. Pablo no puede eludir la cuestión e interviene más o menos así.

El acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto del testimonio apostólico: son muchos, y todos ellos dignos de fe, los que vieron el sepulcro vacío y vieron resucitado al Señor. Entre ellos estoy también yo –afirma Pablo-, que «por la gracia de Dios soy lo que soy» (v. 10). El acontecimiento de la resurrección de Jesús ha entrado también en la predicación apostólica. A partir de ella los apóstoles no sólo se adhirieron a la novedad de Cristo con todas sus fuerzas, sino que fueron investidos también para su tarea misionera. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra predicación sería vana -afirma Pablo - y nosotros habríamos trabajado en vano. El mismo acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto directo e inmediato de la fe de los primeros cristianos: si Cristo no hubiera resucitado, vana sería también vuestra fe - remacha el apóstol-, y nosotros seríamos las personas más infelices del mundo: infelices porque habríamos vivido engañados y nos sentiríamos decepcionados. Está claro, por tanto, que al servicio de este acontecimiento fundador del cristianismo está no sólo la tradición apostólica, sino también el testimonio de la comunidad creyente y de todo auténtico discípulo de Jesús.

 

Evangelio: Lucas 7,36-50

En aquel tiempo,

36 un fariseo invitó a Jesús a comer. Entró, pues, Jesús en casa del fariseo y se sentó a la mesa.

37 En esto, una mujer, una pecadora pública, al saber que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume,

38 se puso detrás de Jesús junto a sus pies y, llorando, comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras se los besaba y se los ungía con el perfume.

39 Al ver esto el fariseo que lo había invitado, pensó para sus adentros: «Si éste fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que le está tocando, pues en realidad es una pecadora».

40 Entonces Jesús tomó la palabra y le dijo: -Simón, tengo que decirte una cosa. Él replicó: -Di, Maestro.

41 Jesús prosiguió: -Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta.

42 Pero como no tenían para pagar, le, les perdonó la deuda a los dos. ¿Quién de ellos lo amará más?

43 Simón respondió: -Supongo que aquél a quien le perdonó más. Jesús le dijo: -Así es.

44 Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: -¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos.

45 No me diste el beso de la paz, pero ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.

46 No ungiste con aceite mi cabeza, pero ésta ha ungido mis pies con perfume.

47 Te aseguro que si da tales muestras de amor es que se le han perdonado sus muchos pecados; en cambio, al que se le perdona poco, mostrará poco amor.

48 Entonces dijo a la mujer: -Tus pecados quedan perdonados.

49 Los comensales se pusieron a pensar para sus adentros: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?».

50 Pero Jesús dijo a la mujer: -Tu fe te ha salvado; vete en paz.

 

*+• En este fragmento evangélico se entrelazan dos temas de fondo: el primero asume un tono polémico y contempla a Jesús contrapuesto a un fariseo; el segundo, en cambio, tiene u n tono de propuesta y está ligado a la relación entre Jesús y la mujer pecadora. Considerando atentamente el relato advertimos, no obstante, que los dos temas se entrelazan y se iluminan recíprocamente.

Al fariseo le quiere hacer comprender Jesús que la persona no ha de ser considerada sólo a partir del exterior, ni siquiera sólo a partir de su experiencia anterior. Una mujer, aunque sea notoriamente pecadora, siempre es capaz de levantarse y emprender un camino nuevo. Lo único que necesita es encontrar, no hermanos hipercríticos y quizás también envidiosos, sino por lo menos un hermano que la comprenda y la redima. Y él, Jesús, ha venido para eso.

A la mujer le quiere hacer comprender Jesús que la vida vale, no por el cúmulo de las experiencias realizadas, por lo general negativas y deletéreas, sino por el encuentro central y decisivo con una persona capaz no sólo de comprender y perdonar, sino también de rescatar y renovar. Y él, Jesús, ha venido para eso.

A nosotros, destinatarios del Evangelio de Jesús, nos quiere hacer comprender que es la fe lo que nos salva: la fe en él, verdadero hombre, amigo de los hombres, especialmente de los pecadores, y verdadero Dios, el Dios hecho hombre, que se hizo amigo de los publicanos, de los pecadores y de las meretrices, el Dios capaz de perdonar todos nuestros pecados, el Dios que, con su Palabra consoladora y eficaz, nos dice también a cada uno de nosotros: «Tu fe te ha salvado; vete en paz» (v. 50).

 

MEDITATIO

Algún leccionario propone también como primera lectura para esta memoria de la Virgen de los Dolores el texto de Jdt 13,17b-20a: es el canto de bendición a Dios y a la mujer fuerte por la liberación del pueblo, que sufre y está atemorizado por la presencia de un peligroso enemigo; éste se convierte en cántico de bendición a María, «mediadora» de la salvación también a través de sus dolores.

Se propone también como lectura Col 1,18-24, que es el repetido buen anuncio -«Evangelio»- de la reconciliación mediante la muerte de Cristo, al que puede asociarse todo discípulo completando en su propia carne lo que falta a su pasión: María es la primera que, sufriendo con su hijo moribundo en la cruz, cooperó de un modo absolutamente especial en la obra del salvador (cf. Lumen gentium 61).

Se propone, por último, el texto de Jn 19,25-27, fuente esencial para el desarrollo del recuerdo del dolor de María, confiada también como «dolorosa» al discípulo amado (no sólo el autobiógrafo Juan, sino todo el que sigue con un amor fiel a Cristo a todas partes), el cual «la tomó consigo», o sea, acogió la belleza de su estilo de discipulado y proximidad no exentos de encrucijadas de dolor.

El soporte para la meditación es generoso: una generosidad que no es extraña a la convicción o al menos a la sensación de la importancia de un tema y una realidad tan sensiblemente humana como es el dolor. El mensaje abierto por la Palabra bíblica confirma la subsistencia del dolor en la historia individual y colectiva de la humanidad, pero anuncia que el dolor habita también en el mundo divino, asumido en la encarnación por el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, y compartido por su madre, una mujer en parte común y en parte singular como María. Mediante su experiencia de dolor, el dolor humano puede ser sustraído a la maldición y convertirse en mediación de vida salvada y servicio de amor.

 

ORATIO

Santa María, mujer del dolor, madre de los vivientes, salve. Nueva Eva, Virgen junto a la cruz, donde se consuma el amor y brota la vida.

Madre de los discípulos, sé tú la imagen conductora en nuestro compromiso de servicio; enséñanos a permanecer contigo junto a las infinitas cruces donde todavía sigue siendo crucificado tu Hijo; enséñanos a vivir y a atestiguar el amor cristiano, acogiendo en cada hombre a un hermano; enséñanos a renunciar al opaco egoísmo para seguir a Cristo, única luz del hombre. Virgen de la pascua, gloria del Espíritu, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

A Santa María, tanto en la tradición de la Iglesia como en la devoción popular, se la denomina y reconoce como la Dolorosa. La Dolorosa no es dogma de fe, o sea, una verdad revelada por Dios. El dolor de María fue una realidad de su vida terrena. Inmaculada, siempre virgen, madre de Dios y asunta configuran la verdad de la inmodificable identidad personal de María. El dolor fue una experiencia suya terrena: María fue y ya no es dolorosa. Sus dolores cesaron al final de su existencia terrena, como sucede con toda persona humana. Pero ella sigue estando junto a los que sufren: la Dolorosa continúa siendo madre de los que sufren. En esta función ejerce ella un magisterio. Los dolores padecidos en la tierra constituyen una compleción de la pasión de Cristo en beneficio de la Iglesia. La participación de María en la pasión del Señor se ha convertido en su modo de cooperar a la obra de la salvación llevada a cabo por él: también como dolorosa es María corredentora, es decir, «ha cooperado de un modo absolutamente especial en la obra del Salvador».

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día la Palabra: «Jesús dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo"» (Jn 19,26).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La meditación sobre los siete dolores de la bienaventurada Virgen podrá expresarse fácilmente en términos actuales, en cuanto los comparemos con los múltiples sufrimientos por los que está marcada la vida hoy...

Principalmente en virtud de nuestra identidad cristiana, aceptaremos ser nosotros mismos una existencia atravesada por la espada del dolor. Siguiendo a Jesús, tomaremos cada día nuestra cruz (Le 9,23; cf. Mc 8,34; Mt 16,24). Sensibles al drama de innumerables personas y grupos obligados a emigrar desde países pobres nada naciones más ricas, en busca de pan o de libertad, pondremos a salvo la vida de todo tipo de persecución y ofreceremos nuestra contribución activa a la acogida de los emigrantes [...].

En presencia de cuantos, en medio de la incertidumbre del vivir, añoran el rostro del Señor o se encuentran angustiados por haberlo perdido, nuestras comunidades han de ser lugares que apoyen su trabajosa búsqueda. Han de convertirse en santuarios de consuelo para tantos padres y madres que, desolados, lloran la pérdida física o moral de sus hijos. Como copartícipes de un mismo itinerario de fe, acompañaremos a nuestros hermanos y hermanas por la vía de su calvario: con gestos de delicadeza, como Verónica, o llevando su peso, como el Cirineo (H. M. Moons, Con Mana accanto alia croce, Roma 1992, 19ss).

 

 

Día 16

Santos Cornelio y Cipriano (16 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

        Cornelio fue elegido papa, por su humildad y su bondad, en marzo del año 251, al cesar la persecución del emperador Decio y después de un largo periodo de sede vacante. Adoptó una actitud indulgente en la praxis penitencial para acoger a los que habían apostatado en la persecución, y así, con gran espíritu de caridad, recuperó a la plena comunión con la Iglesia a muchos cristianos caídos en la apostasía. Se opuso al rigorista Novaciano quien provocó un cisma, pero con la ayuda sobre todo de Cipriano pudo imponer su autoridad. Fue desterrado por el emperador Galo, y murió en Civitavecchia, puerto de Roma, en septiembre del año 253. Su cuerpo, trasladado a Roma, fue sepultado en el cementerio de Calixto. Cipriano nació en Cartago hacia el año 210, de familia pagana. Convertido a la fe y ordenado de sacerdote, fue elegido obispo de su ciudad el año 249. En tiempos muy difíciles gobernó sabiamente su Iglesia con sus obras y sus escritos. En la persecución de Valeriano, primero sufrió el destierro y después, tras su vuelta a Cartago, fue decapitado el 14 de septiembre del año 258. Fue importante por sus escritos, pero sobre todo como pastor, cuya influencia se dejó sentir no sólo en el norte de África sino también en las Iglesias de España.- Oración: Oh Dios, que has puesto al frente de tu pueblo como abnegados pastores y mártires intrépidos a los santos Cipriano y Cornelio, concédenos, por su intercesión, fortaleza de ánimo y de fe para trabajar con empeño por la unidad de tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 15,12-20

Hermanos:

12 si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿por qué algunos de vosotros andan diciendo que no hay resurrección de los muertos?

13 Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado;

14 y si Cristo no ha resucitado, tanto mi anuncio como vuestra fe carecen de sentido.

15 Resulta incluso que somos falsos testigos de Dios, porque damos testimonio contra él al afirmar que ha resucitado a Jesucristo, siendo así que no lo ha resucitado, si en verdad los muertos no resucitan.

16 Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado.

17 Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de sentido y seguís aún hundidos en vuestros pecados.

18 Y, por supuesto, también habremos de dar por perdidos a los que han muerto en Cristo.

19 Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres.

20 Pero no; Cristo ha resucitado de entre los muertos, como anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte.

 

**• Si, por un lado, la resurrección de Jesús constituye el fundamento de nuestra fe, por otro, fundamenta nuestra esperanza: por esta verdad Pablo está dispuesto a jugarse su credibilidad personal, y lo hace con las cartas descubiertas.

Eso es lo que intuyó en el camino de Damasco y lo que le ha mantenido siempre en el curso de su vida apostólica: encontró a alguien que está vivo, a alguien que había vencido a la muerte. No tiene la menor duda de que de aquella victoria brota para todo creyente el don de esperar más allá de toda posibilidad humana. Se trata de una esperanza no sólo terrena, sino ultraterrena: por eso nosotros, los cristianos, no hemos de ser compadecidos, sino, al contrario, podemos consolar y confortar a los otros. En efecto, Cristo resucitado es «anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte» (v. 20), es «primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29): tras él y gracias a él, el alegre acontecimiento de la resurrección es y será experimentado por todos aquellos que, mediante la fe, lo reciben como el Salvador.

La esperanza cristiana se expresa también en estos términos: la muerte ha sido derrotada; la vida nueva en Cristo ha sido inaugurada ya; en Cristo viviremos para siempre la plenitud de la vida en la totalidad de nuestro ser humano: cuerpo, alma y espíritu. No se trata, por tanto, de una esperanza equiparable a criterios humanos, sino de una esperanza-don, prenda de un bien futuro, que superará cualquier previsión humana.

 

Evangelio: Lucas 8,1-3

En aquel tiempo,

1 Jesús caminaba por pueblos y aldeas predicando y anunciando el Reino de Dios. Iban con él los Doce

2 y algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había expulsado siete demonios;

3 Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le asistían con sus bienes.

 

**• Al final de esta sección de su evangelio (6,20-8,3), Lucas nos informa sobre las personas que acompañaban a Jesús en su ministerio público. Como los otros evangelistas, escribe que con Jesús estaban los Doce, pero, a diferencia de los otros, nos hace saber que había también «algunas mujeres que había liberado de malos espíritus y curado de enfermedades» (v. 2). Lucas nos hace saber incluso sus nombres.

No hay motivo para maravillarse por estas noticias lucanas. Sabemos ya que este evangelista, en virtud de su particular sensibilidad, reserva siempre una gran atención a la presencia de las mujeres en la vida de Jesús. Aquí, sin embargo, no las presenta sólo como destinatarias de su Palabra y de sus gestos taumatúrgicos, sino también como ayudantes y asistentes de su ministerio público. Esto nos interesa, muy en particular, desde el punto de vista histórico: porque constatamos que Jesús fue capaz de redimir y de liberar a algunas mujeres de alguna situación espiritual negativa, atrayéndolas así al interior del círculo de su persona y de su gracia, y confiándoles tareas de asistencia respecto a él y respecto a los discípulos.

En consecuencia, Jesús supo valorar la presencia y el servicio de algunas mujeres durante su vida pública y eso desencadenó, ciertamente, la crítica y la malevolencia de algunos de sus contemporáneos, que tenían más bien una actitud de instrumentalización y de explotación hacia las mujeres. También desde este punto de vista, que presenta aspectos de gran actualidad, muestra Lucas a Jesús como el liberador del que tenía una necesidad extrema la humanidad.

 

MEDITATIO

Cipriano a Cornelio, hermano en el episcopado:

Sabemos, amadísimo hermano, de tu fe, de tu fortaleza y de tu abierto testimonio. Todo ello te honra a ti y me proporciona a mí tanta alegría que me hace considerarme partícipe y socio de tus méritos y de tus empresas.

Siendo, en efecto, una la Iglesia, uno e inseparable el amor, única e inseparable la armonía de los corazones, ¿qué sacerdote, al proclamar las alabanzas de otro sacerdote, no se alegrará como de su propia gloria? ¿Y qué hermano no se sentirá feliz con la alegría de los propios hermanos? Ciertamente, no podéis imaginaros el contento y la gran alegría que hemos tenido aquí al saber de vosotros cosas tan hermosas y conocer las pruebas de fortaleza que estáis dando.

Tú has sido el guía de los hermanos en la defensa de la fe, y la misma confesión del guía se ha fortalecido todavía más con el testimonio de los hermanos. Así, mientras has precedido a los otros en el camino de la gloria, y mientras te has mostrado dispuesto a confesar el primero y por todos, has persuadido también al pueblo a confesar la misma fe. Por todo esto, nos resulta difícil expresaros qué es lo que más debemos elogiar en vosotros, si tu fe pronta e inquebrantable o la inseparable caridad de los hermanos. Se ha manifestado en todo su esplendor el valor del obispo como guía de su pueblo, y se ha mostrado luminosa y grande la fidelidad del pueblo en plena solidaridad con su obispo. Por medio de todos vosotros, a Iglesia de Roma ha dado su magnífico testimonio, toda ella unida en un solo espíritu y una sola voz.

De este modo ha brillado, hermano queridísimo, la fe que el apóstol comprobaba y elogiaba en vuestra comunidad. Ya entonces preveía él mismo y celebraba casi proféticamente su valor y su indomable fortaleza. Ya entonces reconocía los méritos que os darían tanta gloria.

Exaltaba las empresas de los padres, previendo las de sus hijos. Con su plena concordia, con su fortaleza, habéis dado a todos los cristianos un luminoso ejemplo de unión y de constancia.

Queridísimo hermano, el Señor, en su providencia, nos avisa que es inminente la hora de la prueba. Dios, en su bondad y en su premura por nuestra salvación, nos da sus benéficos consejos de cara a nuestro próximo combate. Pues bien, en nombre de la caridad, que nos une recíprocamente, ayudémonos perseverando con todo el pueblo en ayunos, en vigilias y en la oración.

Éstas son para nosotros las armas celestiales que nos harán firmes, fuertes y perseverantes. Éstas son las armas espirituales y los dardos divinos que nos protegerán.

Recordémonos mutuamente en la concordia y fraternidad espiritual. Roguemos siempre y en todo lugar los unos por los otros y busquemos cómo aliviar nuestros sufrimientos con la mutua caridad (Carta 60, 1-2; CSL III, 691-692, 694-695).

 

ORATIO

Cuando yacía postrado en las tinieblas de la noche, cuando zozobraba en medio del mar borrascoso de este mundo y andaba vacilante en el camino del error sin saber qué sería de mi vida, desviado de la luz de la verdad, imaginaba que sería difícil y duro, en mi situación, lo que me prometía la divina misericordia: que uno pudiera renacer y que -animado de una nueva vida por el baño del agua de salvación- dejara lo que había sido y cambiara el hombre viejo de espíritu y mente, aunque permaneciera en el mismo cuerpo humano. ¿Cómo es posible, me decía, tal transformación? [...] Esto me decía una y mil veces a mí mismo. Pues, como me hallaba retenido y enredado en tantos errores de mi vida anterior, de los que no creía poder desprenderme, yo mismo condescendía con mis vicios inveterados y, desesperando de enmendarme, fomentaba mis males como hechos naturales en mí. Pero después que quedaron borradas con el agua de regeneración las manchas de la vida pasada y se infundió la luz en mi espíritu transformado y purificado, después que me cambió en un hombre nuevo por un segundo nacimiento la infusión del Espíritu celestial, al instante se aclararon las dudas de modo maravilloso, se abrió lo que estaba cerrado, se disiparon las tinieblas, se volvió fácil lo que antes me parecía difícil, se hizo posible lo que creía imposible. De modo que pude reconocer que provenía de la tierra mi anterior vida carnal sujeta a los pecados y que era cosa de Dios lo que ahora estaba animado por el Espíritu Santo (Cipriano de Cartago).

 

CONTEMPLATIO

Algunas sentencias de sabiduría de san Cipriano:

«Nunca le faltará la luz a quien tiene la Luz en su corazón. Nunca le faltará la luz ni el sol a quien tiene a Cristo como luz y como sol».

«No son los mártires quienes hacen el Evangelio, sino que por medio del Evangelio es como se llega a mártir».

«No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia como madre».

«No puede poseer la túnica de Cristo quien escinde y divide a su Iglesia».

«No es posible dividir la unidad».

«Nada le faltará a quien tiene a Dios consigo, con tal de que no le falte Dios».

 

ACTIO

Repite y medita con frecuencia durante el día este pensamiento de san Cipriano: «Dios no busca nuestra sangre, sino nuestra fe».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La compleja y atribulada vida religiosa de Cipriano nos conduce ante todo a una realidad: amar a Dios es amar a la Iglesia.

Es ésta una verdad grande, comprometedora, aunque, desgraciadamente, muy desatendida en nuestros días. El Señor no se ha separado de sus fieles, precisamente por la Iglesia. Una Iglesia cuyas culpas y sombras no ignoró el obispo Cipriano, pero una Iglesia a la que amó también de una manera impresionante.

Precisamente, la unidad parece ser uno de los temas más entrañables a Cipriano: «La Iglesia es sólo una, como la luz, aunque los rayos del sol sean muchos». ¿Cómo no ver aquí una llamada muy seria dirigida también a nosotros? Hoy, que sentimos la tentación de enfatizar las disparidades, incluso notables, que existen entre pueblo y pueblo en el modo de vivir la propia fe, las palabras de Cipriano nos invitan a favorecer de todas las maneras posibles la unidad y a superar cualquier barrera individualista, conscientes de nuestra vocación a creer en un solo Señor, dirigidos a un solo Padre, bajo la acción de un solo Espíritu.

A siglos de distancia, el mismo mensaje nos sigue interpelando de manera ardiente. ¿Seremos capaces, serán capaces nuestras comunidades de prestar una humilde y obediente escucha a ejemplo de la primera Iglesia? (A. Ballestrero, «Presentazione», en Crisüant con coraggio, Roma 1985, 7-9, passim).

 

Día 17

Sábado 24ª semana del Tiempo ordinario

 Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 15,35-37.42-49

Hermanos:

35 alguno preguntará: ¿cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo volverán a la vida?

36 ¡Insensato! Lo que tú siembras no germina si antes no muere.

37 Y lo que siembras no es la planta entera que ha de nacer, sino un simple grano de trigo, por ejemplo, o de alguna otra semilla.

42 Así sucederá también con la resurrección de los muertos.

43 Se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra algo mísero, resucita glorioso; se siembra algo débil, resucita pleno de vigor;

44 se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo animal, hay también un cuerpo espiritual,

45 como dice la Escritura: Adán, el primer hombre, fue creado como un ser con vida. El nuevo Adán, en cambio, es espíritu que da vida.

46 Y no apareció primero lo espiritual, sino lo animal, y después lo espiritual.

47 El primer hombre procede de la tierra y es terrestre; el segundo procede del cielo.

48 El terrestre es prototipo de los terrestres; el celestial, de los celestiales. 49 Y así como llevamos la imagen del terrestre, llevaremos también la imagen del celestial.

 

*"•• Llevando hasta el final su enseñanza sobre la resurrección de Jesús y la nuestra, Pablo se plantea una pregunta: «¿cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo volverán a la vida?» (v. 35). Se intuye el tono triste y desconsolado del apóstol al constatar que los cristianos de aquella comunidad fueran secuaces de una mentalidad materialista, que tiende a disociar el cuerpo del espíritu. Tal insensatez no le parece soportable, sobre todo, porque no tiene presente ni cuenta con el misterio pascual de la muerte y la resurrección. Los cristianos no pueden renunciar a esta verdad.

La resurrección, para Pablo, inaugura una novedad absoluta en la vida de Cristo y en la de los cristianos: el paso de un cuerpo animal a un cuerpo espiritual está inscrito en el designio salvífico de Dios. Por eso no es posible proyectar sobre el cuerpo espiritual nuestras experiencias relativas al cuerpo animal. La relación entre el primer hombre, Adán, y Cristo, el último Adán, es también bastante iluminadora: Pablo establece una clara relación entre la economía de la creación y la de la redención, para afirmar que la novedad de Cristo no consiste en tener la vida, sino en dar la vida nueva a todos. Será un don integral, en el sentido de que tendrá que ver con todo el hombre -cuerpo, alma y espíritu- para una experiencia de vida nueva y eterna, de suerte que, tras haber sido hermanos del primer hombre, Adán, y habiendo llevado la imagen del hombre de tierra, seremos asimismo hermanos del último Adán, Cristo, llevando la imagen del hombre celestial.

 

Evangelio: Lucas 8,4-15

En aquel tiempo,

4 se reunió mucha gente venida de todas las ciudades, y Jesús les dijo esta parábola:

5 -Salió el sembrador a sembrar su semilla. Mientras iba sembrando, parte de la semilla cayó al borde del camino; fue pisoteada y las aves del cielo se la comieron.

6 Otra parte cayó en terreno pedregoso y nada más brotar se secó, porque no tenía humedad.

7 Otra cayó entre cardos y, al crecer junto con los cardos, éstos la sofocaron.

8 Otra parte cayó en tierra buena, brotó y dio como fruto el ciento por uno. Y concluyó: -Quien tenga oídos para oír que oiga.

9 Sus discípulos le preguntaron qué significaba esa parábola.

10 Él les dijo: -A vosotros se os ha concedido comprender los secretos del Reino de Dios; a los demás todo les resulta enigmático, de manera que miran pero no ven, y oyen pero no entienden.

11 La parábola significa lo siguiente: la semilla es el mensaje de Dios.

12 La semilla que cayó al borde del camino se refiere a los que oyen el mensaje, pero luego viene el diablo y se lo arrebata de sus corazones, para que no crean ni se salven.

13 La semilla que cayó en terreno pedregoso se refiere a los que al oír el mensaje lo aceptan con alegría, pero no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero cuando llega la hora de la prueba se echan atrás.

14 La semilla que cayó entre cardos se refiere a los que escuchan el mensaje, pero luego se ven atrapados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, y no llegan a la madurez.

15 La semilla que cayó en tierra buena se refiere a los que, después de escuchar el mensaje con corazón noble y generoso, lo retienen y dan fruto por su constancia.

 

**• Lucas va diseminando, a lo largo de todo su evangelio, una abundante enseñanza de Jesús en parábolas. Aquí refiere la primera, la más famosa, y, para él, también ciertamente la más importante: la parábola del sembrador. Sin embargo, para ser más exactos, habría que llamarla «la parábola de la semilla». En efecto, la atención del narrador parece concentrarse no tanto en los gestos del sembrador como en el destino de las semillas lanzadas por él. El comienzo de la explicación de la parábola va también en el mismo sentido: «La semilla es el mensaje de Dios» (v. 11).

De manera espontánea, surge una pregunta: ¿por qué quiso caracterizar Jesús el comienzo de su ministerio público con esta parábola? ¿Acaso había advertido ya las dificultades que tenían los hombres de su tiempo para escuchar su predicación, y tal vez también las dificultades que experimentaban sus oyentes para perseverar en la escucha y en la práctica? La respuesta parece ser afirmativa, si consideramos sobre todo la pregunta que le dirigen sus discípulos y la respuesta que les da Jesús (w. 9ss). Pero la parábola tal vez tenga un alcance todavía mayor: en los diferentes destinos de la semilla lanzada podemos entrever no sólo los diferentes modos con los que sus contemporáneos reaccionaban a la oferta de la Palabra, sino también las diferentes actitudes con las que, a lo largo de la historia de la salvación, ha reaccionado y sigue reaccionando la humanidad a la presencia de los testigos de Dios y a su predicación. Leída así, la parábola de la semilla prolonga su mensaje a lo largo de todos los siglos de la historia, antes y después de Cristo, y llega hasta nosotros.

 

MEDITATIO

El mensaje de Pablo sobre el acontecimiento de la resurrección de Cristo, un mensaje que compromete a todo el hombre, nos lleva a meditar sobre el valor del cuerpo en la vida cristiana y en la historia de la salvación.

Una meditación enormemente oportuna hoy, en una sociedad que, por un lado, exalta el cuerpo humano hasta idolatrarlo y, por otro, lo instrumentaliza hasta denigrarlo. Frente a esta mentalidad, bueno será recordar, aunque sea de una manera sucinta, el mensaje bíblico sobre el cuerpo humano.

Éste, el cuerpo humano, es, en primer lugar, un bien de la creación: Dios nos lo ha dado como signo de su bondad paterna, como algo capaz de hablarnos de él, además de ser instrumento para hablar entre nosotros. Según la mente del Creador, nosotros somos nuestro cuerpo: somos un cuerpo animado o, también, un espíritu encarnado. Ya desde este punto de vista el cuerpo humano es un bien precioso y digno del máximo respeto. El cuerpo humano está también en el centro de nuestra fe desde que Dios, para redimir a la humanidad, quiso encarnarse, esto es, asumir de una mujer (Gal 4,4) un cuerpo en todo semejante al nuestro. La encarnación de Dios es la demostración más clara de que, incluso después del pecado original y después de todos los pecados de toda la humanidad, el cuerpo humano constituye para Dios un instrumento siempre válido para alcanzar los fines más elevados de su providencia.

El cuerpo humano, gracias a la resurrección de Cristo, se encuentra también en el vértice de nuestra fe. El cuerpo de Cristo, en cuanto cuerpo resucitado, es primicia o anticipo de todos nuestros cuerpos destinados a la novedad de vida mediante la resurrección final.

El cuerpo humano -este cuerpo nuestro- lleva en sí mismo, por tanto, los gérmenes de una esperanza de vida que no decaerá nunca. Se trata de una realidad santa y sacrosanta no sólo por las bendiciones que recibe, sino por el destino que le espera.

 

ORATIO

Tu Palabra, Señor, cae sobre mi camino para mostrarme la dirección que tú quieres darle a mi vida, pero mis puntos de vista no me permiten escucharla ni acogerla en lo hondo de mi corazón, en el centro de mi existencia.

Tu Palabra, Señor, quiere germinar en mi vida, pero con excesiva frecuencia mis miedos la ahogan y la mortifican.

Tu Palabra, Señor, llama a mi corazón, pero una espesa red de negatividad no la deja respirar. Haz fértil, Señor, esta tierra mía, para que tu Palabra pueda vivir en mí y, a través de mí, en los otros, en el ambiente en el que vivo e intento servir a la causa de tu Reino. Alimenta, Señor, esta vida mía, a fin de que tu Palabra crezca en mí y a mi alrededor, para bien de mi prójimo y gloria de tu nombre. Refuerza, oh Señor, mi voluntad y mi perseverancia, para que tu Palabra dé frutos copiosos y duraderos en este segmento de mi vida y en el extenso horizonte de la historia.

Tu Palabra, Señor, es luz para mis pasos, es fuego que inflama, es agua que refresca y calma la sed, es espada cortante y penetrante, es viático para mi camino: ¡gracias, Señor!

 

CONTEMPLATIO

Al aprender y profesar la fe, adhiérete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las santas Escrituras acreditan y defienden. Como sea que no todos pueden conocer las santas Escrituras, unos porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que ninguna alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en los pocos versículos del símbolo, el conjunto de los dogmas de la fe.

Procura, pues, que esta fe sea para ti como un viático que te sirva toda la vida y, de ahora en adelante, no admitas ninguna otra, aunque fuera yo mismo quien, cambiando de opinión, te dijera lo contrario o aunque un ángel caído se presentara ante ti disfrazado de ángel de luz y te enseñara otras cosas para inducirte al error. Pues si alguien os predica un Evangelio distinto del que os hemos predicado -seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-, ¡sea maldito!

Esta fe que estáis oyendo con palabras sencillas retenedla ahora en la memoria y, en el momento oportuno, comprenderéis, por medio de las santas Escrituras, lo que significa exactamente cada una de sus afirmaciones.

Porque tenéis que saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su capricho, sino que las afirmaciones que en él se contienen han sido entresacadas del conjunto de las santas Escrituras y resacado sumen toda la doctrina de la fe. Y, a la manera de la semilla de mostaza, que, a pesar de ser un grano tan pequeño, contiene ya en sí la magnitud de sus diversas ramas, así también las pocas palabras del símbolo de la fe resumen y contienen, como en una síntesis, todo lo que nos da a conocer el Antiguo y el Nuevo Testamento (Cirilo de Jerusalén, Catequesis 5 sobre la fe y el símbolo, 12-13, en PG 33, 519-523).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Y así como llevamos la imagen del terrestre, llevaremos también la imagen del celestial» (1 Cor 15,49).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un sacerdote empezó así su homilía en un funeral: «Mi predicación tendrá como tema el juicio». Entre la gente se produjo un movimiento de sorpresa atemorizada. Y prosiguió: «El juicio consiste en susurrar al oído de un Dios misericordioso y compasivo la historia de mi vida, esa historia que nunca he conseguido contar».

Muchos de nosotros tienen una historia propia - o al menos una parte de ella- que nunca han sido capaces de contar a nadie por miedo a no ser comprendidos o por su incapacidad para comprenderse a sí mismos: la ignorancia del lado más oscuro de nuestra vida escondida - o más sencillamente, la vergüenza hace la cosa bastante difícil para mucha gente. Nuestra verdadera historia no la contamos nunca o la contamos sólo a medias.

Pero cuando estemos con Dios, podremos susurrarla libre y totalmente a aquel oído misericordioso y compasivo. Después de todo, es precisamente eso lo que Dios ha querido siempre, mientras esperaba nuestro retorno a casa con él. Nos acogerá como a sus hijos pródigos, ahora arrepentidos y humildes, entre sus brazos. Entre esos brazos empezaremos a contar nuestra historia, y él dará comienzo a ese principio curativo y preparatorio que nosotros llamamos purgatorio (B. Hume, Pellegrini in cammino verso Dio, Roma 1984, pp. 226ss [edición española: Ser un peregrino, Ediciones Sígueme, Salamanca 1986]).

 

 

Día 18

25º domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Amos 8,4-7

4 Escuchad esto los que aplastáis al pobre y tratáis de eliminar a la gente humilde;

5 vosotros, que decís: «¿Cuándo pasará la luna nueva, para poder vender el trigo; el sábado, para dar salida al grano? Disminuiremos la medida, aumentaremos el precio y falsearemos las balanzas para robar;

6 compraremos al desvalido por dinero, y al pobre por un par de sandalias; venderemos hasta el salvado del trigo».

7 El Señor lo ha jurado, por el honor de Jacob: nunca olvidaré lo que han hecho.

 

**• La lectura profética de la liturgia de hoy nos proporciona un triste cuadro de la sociedad israelita del tiempo del profeta Amos, durante el reinado de Jeroboán II en Samaría. El oráculo constituye una violenta denuncia de la explotación de los pobres, muy particularizada en sus mínimos detalles, con el fin de describir ampliamente la situación de injusticia social de la época. Una época que, en buena parte, podría reflejar también la nuestra, que tal vez sea incluso más grave.

La mayor preocupación de estos traficantes es aumentar su comercio, vaciar sus sacos de trigo y de grano. Vender, vender siempre a toda costa o –mejor defraudar y engañar cada vez más. Amos denuncia algunas de sus prácticas: los comerciantes hacen trampas en las cantidades de las ventas, disminuyen las medidas, aumentan el precio y usan balanzas amañadas.

El deseo de beneficio es tan fuerte que ya no celebran las fiestas del Señor; es más: no ven la hora de que éstas pasen de prisa para volver a sus comercios. Están dominados por eso que hoy podríamos llamar «sociedad de consumo». En esta situación, son los pobres y los menesterosos los que salen perdiendo. Son transformados en mercancía y quedan reducidos a sobrevivir en un nivel menos que humano. De ahí la cólera de Amos contra estas injusticias y contra los que las practican. Lo dice con severidad: «El Señor lo ha jurado, por el honor de Jacob: nunca olvidaré lo que han hecho» (v. 7).

En esta lectura del texto de Amos comienza el tema del dinero injusto, que tendrá su continuación en el evangelio. Con todo, la injusticia no está en el dinero, sino en el modo como se trata al hermano, al que Dios pide que amemos como nos amamos a nosotros mismos. Las palabras de Amos son más que actuales. Nos recuerdan el «sentido» de los bienes de la tierra, que están al servicio del hombre, en vistas a la comunión y a la fraternidad, nunca a la explotación.

 

Segunda lectura: 1 Timoteo 2,1-8

Querido hermano:

1 Te recomiendo ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres:

2 por los reyes y todos los que tienen autoridad, para que podamos gozar de una vida tranquila y sosegada plenamente religiosa y digna.

3 Esto es bueno y grato a los ojos de Dios, nuestro Salvador,

4 que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

5 Porque Dios es único, como único es también el mediador entre Dios y los hombres: un hombre, Jesucristo,

6 que se entregó a sí mismo para redimir a todos. Tal es el testimonio dado a su tiempo,

7 del cual he sido yo constituido heraldo y apóstol -digo la verdad, no miento- y maestro de todas las naciones en la fe y en la verdad.

8 Deseo, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando las manos limpias de ira y altercados.

 

**• Pablo esboza en esta carta el ordenamiento más antiguo de la Iglesia: en primer lugar, la oración (capítulo 2); a continuación, más adelante, el ministerio del gobierno de la Iglesia (capítulo 3). En la Iglesia, todo empieza con la oración, y ésta, a su vez, es antes que nada una oración universal, mundial. La oración de la Iglesia no es, por tanto, de entrada, una oración por la prosperidad de la comunidad religiosa y de sus miembros, y sólo en segundo lugar también por el mundo, sino al contrario: el mundo exterior, los hombres de todos los pueblos y culturas, son lo primero, y la prosperidad de la Iglesia deriva, por consiguiente, de ahí.

Para Pablo, la Iglesia es, esencialmente, la que intercede por el conjunto; es la luz de Dios que se irradia en el conjunto. Es la luz de Dios sobre el mundo. En este sentido, la oración no tiene que ver únicamente con las personas y las cosas limitadas a su propio ámbito (como los miembros de la jerarquía y el pueblo cristiano), sino con la totalidad del mundo y de la sociedad. En concreto, la intención de la oración tiene como objeto la comunidad terrena. Se ora por el emperador (¡Nerón, en el caso que nos ocupa!), por los gobernadores de las provincias y por todos los que han sido confiados a su responsabilidad. La Iglesia debe hacer todo esto porque es la luz de Dios en el mundo y no hay salvación sin la Iglesia. De una manera indirecta, ora también por ella misma, porque, para ser luz del mundo, debe ser realmente luminosa. A la Iglesia no le importa que la persigan, sino que el mundo, con el emperador a la cabeza, se convierta.

En este sentido, la oración de la comunidad cristiana es por todo el mundo, o sea, por todos, a fin de que la voluntad salvífica de Dios no tenga límites. No puede quedarse encerrada en sí misma. La Iglesia no entra en cuanto tal en el plano político, en el económico o en el social. Su tarea es otra: debe hacer todo lo posible para que la luz de la fraternidad predicada por Cristo y la caridad penetren en estos ámbitos. En este sentido, la Iglesia es maestra de todas las naciones, también de las paganas. Su esperanza no tiene confines. Por eso la oración no tiene límites de espacio. No por nada dice Pablo que la oración cristiana puede ser hecha «en todo lugar», o bien «en todo momento» (Ef 6,18), o también «incesantemente» (1 Tes 5,17). Estas expresiones son normales en el apóstol. La voluntad salvífica de Dios no tiene límites.

 

Evangelio: Lucas 16,1-13

En aquel tiempo,

1 decía también Jesús a sus discípulos: -Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo lo llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo; pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú, ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

9 Así que os digo: Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de dar en lo poco lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

 

*•• Lucas narra la parábola que llamamos del «administrador infiel», pero que tal vez sería mejor llamar del «administrador astuto». Jesús nos señala precisamente la habilidad con la que ha sido capaz de salir del enredo. «Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz» (v. 8). El cálculo sagaz del administrador consiste en el hecho de que, cuando tenga lugar el despido, será recibido en casa de aquellos a quienes ha disminuido la deuda. Ha usado la riqueza que su señor le había confiado para hacerse amigos. El señor, que a buen seguro es Cristo (cf. Le 16,6 y 11, 39), no alaba en absoluto el engaño, sino la astucia con la que «los que pertenecen a este mundo» se muestran más hábiles que los cristianos.

La enseñanza de Jesús es muy clara: los bienes son un obstáculo insuperable para el Reino; los ricos, que no invierten sus bienes en el gran río del Amor, no entrarán en el Reino. Dios y el dinero se oponen de manera frontal, como dos señores entre los que es preciso elegir: «Ningún criado puede servir a dos amos» (v. 13). O sea, no podemos servir a Dios y a este dinero, que Jesús llama «deshonesto» y que personifica en un poder absoluto opuesto al suyo -un poder que forma parte del reino de las tinieblas-. Jesús invita, en cambio, a sus discípulos a prevenir el posible despido dando su dinero en limosnas para ser recibidos «en las moradas eternas» (7,9). Este dinero tan peligroso puede ser convertido. Puede llegar a ser un tesoro para el Reino si es invertido por pura caridad en los hermanos. De este modo, el dinero puede convertirse también en una llave capaz de abrir el Reino. Ahora bien, con una condición: que sea gastado en obras de caridad.

 

MEDITATIO

«Ningún criado puede servir a dos amos..., no podéis servir a Dios y al dinero». Se trata de una declaración muy fuerte e incisiva, que pone claramente de manifiesto lo que está en juego. Es preciso saber elegir con precisión entre Dios y el dinero, o sea, entre el Dios del amor y el dios del dinero. El evangelio no subraya la falta de honestidad del administrador, sino la astucia de la que hace gala en la preparación de su futuro.

El Señor nos invita a preparar nuestro futuro y a darle cuentas de su gestión con la entrega de nuestros bienes a los pobres mediante un reparto que sea justo. La riqueza no es algo maldito en sí misma, sino un servicio y un don a los hermanos que el Señor nos da, una voluntad de compartir con ellos. Ahora bien, la riqueza puede ser asimismo un riesgo permanente. Una vez que la sed de riquezas se apodera de nosotros, ya no nos suelta. Tiende a someternos y a hacerse con todo nuestro interés. De este modo, poco a poco, Dios acaba por convertirse en algo secundario o, peor aún, acaba por convertirse en un adversario peligroso que es preciso eliminar absolutamente de nuestra propia vida. Por el contrario, cuanto más se convierte Dios en nuestro único amor, en el único sol de nuestra vida, en el todo de nuestro corazón, tanto más se debilita el amor a la riqueza, hasta desaparecer por completo, como en san Francisco de Asís, para quien Dios se convirtió en el único tesoro para compartir con los hermanos. O -como él mismo decía- en su «caja de caudales celestial».

El Señor nos invita en la liturgia de hoy a practicar un discernimiento de lo que es esencial, de modo que nos desprendamos del dinero o -mejor- separemos el dinero de nosotros mismos para compartirlo como puro don de amor. En realidad, el problema principal no es apartar el dinero de nosotros, sino convertirlo en un valor para el Reino. Se trata de introducir el dinero en la corriente justa a través de la cual se abre la gracia de Dios un camino hasta nuestro corazón. Precisamente al lugar donde el amor de Dios impregna todo lo que constituye nuestra persona y donde, poco a poco, el amor lo invade todo hasta brillar como fuego incandescente de amor. Entonces tiene lugar el milagro: el dinero queda invertido en el Reino de Dios. Ya no hay «riqueza inicua». Ahora, a través del amor a los necesitados, fructificará al ciento por uno.

Esa es la razón de que Pablo insista tanto en la necesidad de la oración: «Deseo, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando las manos limpias de ira y altercados» (1 Tim 2,8). La pureza del corazón, desprendido de todo y orientado a Dios, es necesaria para que nuestra oración sea luz en un mundo plagado de injusticias, en donde el dinero se convierte con frecuencia en una trampa oscura para los hermanos.

 

ORATIO

Te alabamos y te bendecimos, Señor Jesús, por tu inmenso amor. Te pedimos la gracia de conocerte cada día más íntimamente, a fin de amarte con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra vida. Sí, Jesús, tu amor nos abraza, nos rodea: somos en ti y podemos contemplar en todos los hombres tu amor, que se entrega. Cada hombre y cada mujer están envueltos por tu mismo fuego de amor. También lo están nuestros pecados, todas las situaciones que encontramos, la pobreza y la miseria que descubrimos cada día a nuestro alrededor.

Haznos crecer, Jesús, en este amor tuyo. Concédenos la gracia de llegar a un conocimiento cada vez más profundo e íntimo de ti, oh Señor, que te has hecho hombre por nosotros, para amarnos cada vez con mayor intensidad y enseñarnos a amar con tu mismo amor. Imploramos esta gracia del Padre a través de ti, Jesús, que vives y reinas con él en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Del amor a Dios nace el amor al prójimo, y el amor al prójimo alimenta el amor a Dios. Quien se olvida de amar a Dios no puede amar al prójimo; en cambio, progresamos en el más auténtico amor a Dios si antes nos alimentamos en el seno de su amor mediante el amor al prójimo. Puesto que el amor a Dios engendra el amor al prójimo, el Señor, que por medio de la ley había dicho: «Ama a tu prójimo» (Lv 19,18), dijo antes: «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5); es decir, su amor debe echar raíces antes en el terreno de nuestro corazón, para que germine después a través de las ramas del amor fraterno.

Y que, a su vez, el amor de Dios se alimenta del amor al prójimo lo afirma Juan, el cual nos advierte: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20). El amor a Dios nace, es cierto, por medio del temor, pero al crecer se transforma en afecto (Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job VII, 28).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia» (Gaudium et spes 69).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El testimonio de la pobreza evangélica reviste diversas formas, que van desde el compromiso para desarraigar la pobreza a poner todos los bienes a disposición de la causa evangélica; desde llevar una vida sobria a compartir la vida de los más pobres. Cada Instituto tiene su forma de pobreza. Lo importante es que no sea sólo decorativa o de sólo palabras, sino que se caracterice por la entrega y la austeridad personal.

En el sínodo sobre la Vida consagrada, impresionó la intervención del japonés monseñor Soto, que confesó cándidamente que había comprendido a fondo el valor de la pobreza leyendo esta frase de santa Clara: «Amo la pobreza, porque fue amada por Jesús». Ahí reside el significado de la pobreza religiosa (P. G. Cabra, /conos de la vida consagrada, Sal Terrae, Santander 1999, p. 157).

 

 

 

Día 19

Lunes 25ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 3,27-35

Hijo mío:

27 no niegues un favor a quien tenga derecho si está en tus manos concedérselo.

28 Si tienes, no digas a tu prójimo: «Vuelve otro día, mañana te daré».

29 No maquines contra tu prójimo mientras vive a tu lado confiado.

30 No pleitees con un hombre sin motivo, si no te ha hecho ningún mal.

31 No envidies al hombre violento, ni imites su conducta,

32 pues el Señor aborrece al perverso y da a los rectos su confianza.

33 El Señor maldice la casa del malvado y bendice la morada de los justos;

34 puede burlarse de los arrogantes, pero concede su favor a los humildes.

35 La herencia de los sabios es el honor, pero los necios acumulan deshonra.

 

**• El libro de los Proverbios es un libro humilde, aunque sólo en apariencia. La convicción de la que parte es que toda la sabiduría presente en el mundo, tanto en las cosas como en el hombre, es una huella de la sabiduría divina. Hasta la sabiduría que se expresa en las formas más humildes y cotidianas -la sabiduría del sentido común, de la razón, de la experiencia- viene de Dios. Seguirla es obedecer a Dios; ignorarla significa traicionar el designio de Dios. Bajo esta luz, profundamente religiosa, es como debemos comprender todas las máximas del libro de los Proverbios, reconociendo un valor de imperativo moral no sólo a la palabra de los profetas y a la Ley, sino también al significado de las cosas y a la fuerza de la experiencia.

El pasaje que nos presenta hoy la liturgia insiste en las relaciones con el prójimo: no hay que negar un favor, no se debe decir: «Vuelve otro día, mañana te daré» (v. 28), no hay que maquinar engaños, ni pleitear, ni envidiar, ni imitar la conducta del malvado (w. 29-32). En el interior de estos mandatos, y casi de improviso, hace su aparición una afirmación muy bella: «Y da a los rectos su confianza» (v. 32b). Así queda ya perfilada la figura del sabio en sus coordenadas fundamentales: la corrección y la benevolencia en las relaciones con el prójimo, la convicción de que la confianza en Dios vale más que cualquier otra cosa.

 

Evangelio: Lucas 8,16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

16 Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija o la oculta debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entren vean la luz.

17 Porque nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto.

18 Prestad atención a cómo escucháis, porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener.

 

**• Los dichos de Jesús que hemos leído hoy .-probablemente diseminados en su origen- han sido recogidos por Lucas en una sección (8,4-21) que tiene como tema la Palabra de Dios. Desde esta perspectiva los leemos nosotros.

El primero de ellos (v. 16) parece temer el riesgo del anonimato: no se pone una luz debajo de la cama. La advertencia parece dirigida a los cristianos que -por miedo o porque consideran inútil hacerlo- no se exponen en público. La Palabra es pública y visible: esconderla es un modo de hacerla morir.

El segundo dicho (v. 17) parece temer más bien el riesgo del secreto. La advertencia va dirigida a los grupos cristianos que se cierran en sí mismos y anuncian la Palabra en secreto, sólo a los iniciados. Porque la Palabra, en virtud de su naturaleza misionera, es para todos.

El tercer dicho (v. 18) es más difícil. A buen seguro, llama la atención sobre la importancia de la escucha; más aún, sobre los modos como se escucha: «Prestad atención a cómo escucháis». Hay quien no escucha, pero hay también quien escucha mal. ¿Qué significado hemos de dar a esta afirmación, un tanto enigmática: «Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará incluso lo que cree tener»? ¿Qué significa el «porque» (literalmente, gar [en efecto]: v. 18b) que condiciona estrechamente el crecimiento o la pérdida a la escucha de la Palabra? Quizás signifique que es importante escuchar bien, porque es precisamente la escucha lo que enriquece. Quien no escucha o escucha mal se empobrece. No sólo no crece, sino que pierde también lo que considera tener. La escucha de la Palabra es, por consiguiente, el camino necesario para el crecimiento en la fe. Si falta, desaparece la fe.

 

MEDITATIO

Jesús nos habla de la necesidad de iluminar. Pero habla también de la necesidad de encender la lámpara. El discípulo no alumbra con su propia luz, sino con la única luz que viene de Cristo, el Señor. Si lo hace de manera diferente, sentirá la tentación de confundir sus propias ideas, sus propios gustos y sus propias opciones con las de Cristo, y de proponer así cosas y realidades que no tienen nada que ver con Cristo. De ahí la necesidad de encender cada día, constantemente, nuestra propia lámpara con la luz de Cristo. Es la lumen Christi la que ilumina el mundo, no mi luz. Esta última puede iluminar sólo si es reflejo de la luz de Cristo.

Y, llegados aquí, el problema se vuelve serio, porque la luz de la que habla Jesús no es sólo doctrina, sino también testimonio, es decir, doctrina que se hace vida, que transforma la vida: que afecta a mi modo de ser, a mi modo de valorar las cosas. Soy luz cuando difundo la doctrina de Cristo con los criterios de Cristo, esto es, con humildad y pobreza. Cuando no hablo, por ejemplo, de humildad desde una posición de poder, cuando no anuncio la pobreza con medios que hablan de abundancia de bienes. Soy, en suma, luz puesta en el candelero cuando represento -lo menos lejos posible- el modo de ser, de obrar, de pensar y de hablar de Jesús.

Es bueno reflexionar un poco sobre esto, porque en este sector son grandes las ilusiones. Pensar que iluminamos sólo porque decimos las palabras de Jesús, sin dejar iluminar nuestra propia vida con la luz de Jesús, es como cubrir con una vasija la lámpara. Es como afirmar algo sin la prueba de los hechos. Es adoctrinar, no evangelizar.

 

ORATIO

Estás viendo, Señor, que estoy preocupado por hablar de tu doctrina más que por reproducir tu vida. Estás viendo cómo pongo demasiado entre paréntesis tu modo de ser, que dio tanto impacto a tus palabras, pensando que evangelizar o ser guía para los hermanos y hermanas se reduce a una cuestión de conocimiento y de transmisión de ideas.

Pero eres tú quien debe vivir en mí, para que yo pueda comunicar tus palabras y ser guía de los otros. Si tú, mi amado Señor, no vives dentro de mí, tus palabras saldrán sin efecto de mis «labios impuros», porque mi corazón será demasiado diferente del tuyo, mis criterios prácticos de valoración estarán demasiado alejados de los tuyos. Ayúdame a buscarte a ti antes que a las palabras, a modelarme siguiendo tu imagen antes que a usarte para decir las cosas que debo decir.

Para esto necesito también sentirte más cerca, más íntimo, más amigo, más familiar, más presente en mi vida. No me dejes, no me abandones a mis ilusiones, no me dejes recorrer hasta el final mis atajos, mi constante tentación de reducirte a idea o a simple mensaje.

 

CONTEMPLATIO

Cuando Jesús está presente, todo es bueno y no parece cosa difícil, mas, cuando está ausente, todo es duro.

Cuando Jesús no habla dentro, vil es la consolación, mas, si Jesús habla una sola palabra, gran consolación se siente.

¿No se levantó María Magdalena luego del lugar donde lloró, cuando le dijo Marta: «El Maestro está aquí y te llama»? (Jn 11,28).

¡Oh, bienaventurada ahora, cuando Jesús llama de las lágrimas al gozo del espíritu!

¡Cuan seco y duro eres sin Jesús! ¡Cuan necio y vano si codicias algo fuera de Jesús! Dime: ¿no es peor daño que si todo el mundo perdieses?

¿Qué te puede dar el mundo sin Jesús? Estar sin Jesús es grave infierno; estar con Jesús es dulce paraíso.

Si Jesús estuviere contigo, ningún enemigo podrá dañarte.

El que halla a Jesús halla un buen tesoro, y de verdad bueno sobre todo bien. El que pierde a Jesús pierde muy mucho y más que todo el mundo.

Pobrísimo es el que vive sin Jesús, y riquísimo el que está bien con Jesús.

Grande arte es saber conversar con Jesús, y gran prudencia saber tener a Jesús.

Sé humilde y pacífico, y será contigo Jesús; sé devoto y sosegado, y permanecerá contigo Jesús (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, II, 8, San Pablo, Madrid 1997, pp. 106-107).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Prestad atención a cómo escucháis» (Lc 8,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El liderato cristiano del futuro no debe ser ya un liderato de poder y de control, sino un liderato de impotencia y de humildad, en el que se manifieste Jesucristo, siervo doliente de Dios.

Como es obvio, no estoy hablando de un liderato psicológicamente débil, en el que el líder cristiano sea simplemente una víctima pasiva de la manipulación de su ambiente. No, estoy hablando de un liderato en el que se renuncia constantemente al poder y se opta por el amor. Se trata de un verdadero liderato espiritual. La impotencia y la humildad en la vida no son, a buen seguro, las del hombre que no tiene espina dorsal y deja que sean los otros quienes decidan por él; se trata, más bien, de la impotencia y la humildad de quien está totalmente enamorado de Jesús hasta el punto de seguirle allí a donde le lleve, con la seguridad de que, con Él, encontrará la vida y la encontrará en abundancia. Es preciso que el líder del futuro sea radicalmente pobre y que, cuando viaje, no lleve consigo más que el bastón -«no pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas» (Mc 6,8)-. ¿De qué sirve ser pobre? Sirve sólo para brindarnos la posibilidad de guiar a los otros dejándonos guiar. Deberemos depender así de las reacciones positivas o negativas de aquellos entre quienes andemos, y seremos llevados verdaderamente allí a donde quiera llevarnos el Espíritu de Jesús. La riqueza y el bienestar nos impiden discernir el camino de Jesús. Escribe Pablo a Timoteo: «Los que quieren enriquecerse caen en trampas y tentaciones, y se dejan dominar por muchos deseos insensatos y funestos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición» (1 Tim 6,9).

Si puede haber aún una esperanza para la Iglesia del futuro, ésa es la esperanza de una Iglesia pobre, cuyos guías estén dispuestos a dejarse guiar (H. J. M. Nouwen, Nel nome di Gesü, Brescia 31997, pp. 59ss [edición española: En el nombre de Jesús, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]).

 

 

Día 20

Santos Andrés Kim, Pablo Chong y compañeros mártires (20 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

A principios del siglo XVII, el cristianismo entró en Corea y el Evangelio se fue extendiendo por las familias con el testimonio de los laicos. Según los datos que se tienen, en el año 1836 entraron en Corea los primeros sacerdotes europeos. A partir de esas fechas, las autoridades coreanas comenzaron a perseguir a los cristianos. En esas persecuciones murieron estos dos santos ¡unto con otro centenar de mártires. Andrés Kim fue el primer sacerdote coreano, y Pablo Chong, un insigne misionero laico.

El día 19 de junio de 1988, Juan Pablo II los proclamó santos junto con otros 115 compañeros que derramaron su sangre por la fe en Cristo en el siglo XIX.

 

LECTIO

Primera lectura: Proverbios 21,1-6.10-13

1 El corazón del rey es acequia en manos del Señor, él lo inclina hacia donde le place.

2 El hombre considera rectos sus caminos, pero es el Señor quien pesa los corazones.

3 Practicar la justicia y el derecho agrada al Señor más que los sacrificios.

4 Ojos altaneros, corazón engreído y luz del malvado, todo pecado.

5 Los proyectos del diligente traen ganancia, y los del alocado, indigencia.

6 Hacer fortuna con lengua mentirosa, vanidad efímera y trampa mortal.

10 El malvado en su deseo alienta el mal y nunca se apiada de su prójimo.

11 Cuando se castiga al arrogante se hace cauto el imprudente, cuando se instruye al sabio, aumenta su saber.

12 El justo observa la casa del malvado y ve cómo se precipita a la ruina.

13 Quien cierra su oído a la súplica del pobre no será escuchado cuando clame.

 

*»• El libro de los Proverbios está constituido por una amplia colección de máximas y sentencias, en las que se ha ido sedimentando la sabiduría de todas las generaciones de Israel. Su propósito es convertir a todo israelita en un verdadero hombre: fuerte, dueño de sí, interiormente libre, trabajador, hábil, leal. No se trata aún del retrato del discípulo del Evangelio, pero sí de la premisa indispensable para poder serlo. No es posible ser discípulo si no se es hombre. Me parece que éste es el valor global de todo el libro. Pues, a decir verdad, muchos proverbios podrían resultar decepcionantes la primera vez que se leen. ¿Siguen teniendo valor? A buen seguro, los proverbios dotados de sentido común perfectamente actuales son numerosos. Pero lo importante, sobre todo, es su valor global. Sugieren comportamientos que están más allá de la alianza y de su moral. Pero se trata de un sano humanismo que tiene precisamente como finalidad crear un  hombre apto para las opciones morales y para los compromisos de la alianza.

Las virtudes que nos sugiere el fragmento litúrgico que hemos leído hoy son las habituales, presentadas sin un orden preciso: no presumir de uno mismo ni de su propia rectitud; practicar la justicia, la humildad y la diligencia; no ser mentirosos ni violentos en los negocios; no cerrar el oído a la súplica del pobre. La súplica o el grito del pobre van siempre dirigidos en la Biblia al Señor antes que al hombre. Escucharlos significa responder en nombre del Señor.

 

Evangelio: Lucas 8,19-21

En aquel tiempo,

19 se presentaron su madre y sus hermanos, pero no pudieron llegar hasta Jesús a causa del gentío.

20 Entonces le pasaron aviso: -Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.

21 Él les respondió: -Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

 

**• El breve cuadro que Lucas bosqueja es de gran fineza y rara profundidad. No aparece polémica alguna respecto a los parientes de Jesús, cosa que sí aparece en los pasajes paralelos de Marcos y de Mateo. Lucas se concentra en el único punto que le interesa de verdad: la escucha y la práctica de la Palabra son las únicas cosas que nos hacen parientes de Jesús, miembros de su nueva familia.

«Se presentaron su madre y sus hermanos» (v. 19): Lucas emplea, para decir esto, un verbo que expresa el deseo de ver a Jesús, y la conjugación en singular pone de relieve la figura de la madre, que es el sujeto. Para el evangelista, la venida de los familiares representa una ocasión que permite pronunciar a Jesús su dicho sobre los verdaderos parientes: la escucha activa de la Palabra crea un vínculo más fuerte que la sangre. Es ésta una posibilidad que no excluye a los parientes que han venido a visitarle, sino que los incluye. En definitiva, Lucas exalta la familia engendrada por la Palabra, sin sentir la necesidad de contraponerla drásticamente a la constituida por los vínculos de sangre.

 

MEDITATIO

«Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros» (Jn 15,18). Éste es el misterio de la vida empezada en Cristo y prolongada en los cristianos.

Sorprende constatar cómo el martirio acompaña al nacimiento de las comunidades cristianas, en Jerusalén, en Samaría, en Roma y hasta los confines de la tierra.

La lista de mártires que figuran en el canon de los santos es interminable. Abundan en el martirologio cristiano jerarcas y religiosos, pero no falta tampoco el testimonio de muchos laicos. Con el sacerdote Andrés Kim, cuyo martirio celebramos hoy, figura el laico Pablo Chong como representante de muchos otros laicos, hombres y mujeres, casados y solteros, ancianos, jóvenes y niños, que sellaron con su sangre los comienzos de la fe cristiana en Corea.

El testimonio de estos mártires es para nosotros una imagen viva. Ellos son un desafío a la hora de construir, como sarmientos unidos a la vid, la sociedad contemporánea.

Nos estimulan a no dejar que falte en este mundo un rayo de la luz del Espíritu que ilumine el camino de la existencia humana.

El mismo año (1988) en que Juan Pablo II canonizó a estos mártires de la fe, escribió a todos los fieles cristianos laicos del mundo insistiéndoles en la responsabilidad de vivir y proclamar la fe recibida en el bautismo. La exhortación se titula Christifideles laici. De esa carta extraemos la oración que hoy os invitamos a rezar.

 

ORATIO

María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, contigo damos gracias a Dios por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los fieles laicos. Virgen del Magníficat, llénanos de reconocimiento y entusiasmo por esta vocación y por esta misión. Abre nuestros corazones a las inmensas perspectivas del Reino de Dios y del anuncio del Evangelio a toda criatura.

Virgen valiente, inspira en nosotros fortaleza de ánimo y confianza en Dios, para que sepamos superar los obstáculos que encontremos en el cumplimiento de nuestra misión. Enséñanos a tratar las realidades del mundo con un vivo sentido de responsabilidad cristiana y en la gozosa esperanza de la venida del Reino de Dios. Tú, que junto a los apóstoles has estado en oración en el cenáculo esperando la venida del Espíritu de Pentecostés, invoca su renovada efusión sobre todos los fieles laicos, para que correspondan plenamente a su vocación y misión, como sarmientos de la verdadera vid, llamados a dar mucho fruto para la vida del mundo.

Virgen Madre, guíanos y mantennos para que vivamos siempre como auténticos hijos de la Iglesia de tu Hijo y podamos contribuir a establecer sobre la tierra la civilización de la verdad y del amor, según el deseo de Dios y para su gloria. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Hermanos y amigos muy queridos: caed en la cuenta de que Dios, al principio de los tiempos, creó el cielo y la tierra y todo lo que existe. Meditad también por qué y para qué creó al hombre a su imagen y semejanza.

Si en este valle de lágrimas no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni seguir viviendo. Por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por su gracia hemos recibido el bautismo y hemos entrado a formar parte de la Iglesia.

Convertidos así en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso. Pero ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; peor aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él (de la última exhortación de san Andrés Kim).

 

ACTIO

Recuerda el día de tu bautismo. Busca la fecha o alguna foto, si existe. Después, respóndete a esta pregunta: ¿Qué he hecho yo de mi bautismo?

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos; con su pasión fundó la Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla.

Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas las partes en medio de tribulaciones.

También ahora, durante cincuenta o sesenta años, desde que la santa Iglesia penetró en nuestra Corea, los fieles han sufrido persecución, y aún hoy mismo la persecución se recrudece, de tal manera que muchos compañeros en la fe -entre ellos yo mismo- están encarcelados, como también vosotros os halláis en plena tribulación. Si todos formamos un solo cuerpo, ¿cómo no sentiremos una profunda tristeza? ¿Cómo dejaremos de experimentar el dolor, tan humano, de la separación? No obstante, como dice la Escritura, Dios se preocupa del más pequeño cabello de nuestra cabeza y, con su omnisciencia, lo cuida.

¿Cómo, por tanto, esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor o como un premio o castigo suyo?

Buscad, pues, la voluntad de Dios y luchad de todo corazón por Jesús, el jefe celestial, y venced al demonio de este mundo, que ha sido ya vencido por Cristo.

No olvidéis el amor fraterno, sino ayudaos mutuamente... Aquí estamos veinte... Si alguno es ejecutado, os ruego que no os olvidéis de su familia...

Está ya cerca el combate definitivo. Os ruego que os mantengáis en la fidelidad, para que, finalmente, nos congratulemos juntos en el cielo. Recibid el beso de mi amor».

(Extracto de la carta de despedida de Andrés Kim.)

 

Día 21

San Mateo (21 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Es él mismo quien nos cuenta su conversión empleando unos términos extremadamente sencillos (Mt 9,1-9). Por su parte, Lucas se complace en poner de relieve que, en aquella circunstancia, el banquete era signo del amor misericordioso de Jesús a todos los pecadores.

Mateo escribió un evangelio para la comunidad judeocristiana: esto se deduce de la estructura del mismo evangelio, que presenta a Jesús como el nuevo Moisés, como aquel que trae la ley del amor al nuevo pueblo de Dios. A continuación, Mateo pone una particular atención a la Iglesia, convocada, salvada e instituida por Jesús. Sólo él entre los evangelistas sinópticos conoce el término «Iglesia», exactamente en dos lugares: 16,18 y 18,17.

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,1-7.11-13

Hermanos:

1 Así pues, yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados.

2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor.

3 Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu.

4 Uno sólo es el cuerpo y uno sólo el Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados;

5 un solo Señor, una fe, un bautismo;

6 un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.

7 A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.

11 Y fue también él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores.

12 Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo,

13 hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo.

 

**• Pablo, al presentarse directamente como prisionero por el nombre del Señor, confiere una particular autoridad a su exhortación a vivir «con dignidad» la vocación cristiana. En virtud de esa vocación, todos los creyentes forman «un solo cuerpo» en Cristo Jesús, y eso exige un nuevo modo de vida, más allá del alejamiento de todo sentimiento de animosidad y discordia, para no romper «la unidad» llevada a cabo por el Espíritu Santo.

Es, efectivamente, el Espíritu Santo el que compagina el cuerpo místico de Cristo. Ahora bien, si los miembros se oponen entre ellos, ¿cómo podrá organizarse el cuerpo? La primera ley de vida es, pues, la armonía, la «paz», que es el indispensable cemento de la unidad. Se imponen, por consiguiente, motivos teológicos que impongan al cristiano la unidad espiritual con los hermanos: todo en su vida ha de tener un carácter de sociabilidad y una dimensión comunitaria. Es único el cuerpo de la Iglesia, y está animado por un único «Espíritu»; única es la «esperanza» de la salvación eterna a la que nos llama la fe en Cristo; único es el «Señor» Jesús, que ha roto el muro de la división y de la enemistad {cf. 2,14) y ha proporcionado a todos los mismos medios de salvación; la fe y el bautismo. Sin embargo, el motivo fundamental de esta unidad reside en la universal paternidad de Dios, que está presente en todo redimido con su acción y con su inhabitación mediante la gracia.

La clara profesión de fe trinitaria, contenida en nuestro pasaje, fundamenta el valor de los «carismas» aquí enumerados. De ellos se describe también el fin hacia el cual deben converger en la economía del cuerpo místico de Cristo: un fin eminentemente social, a saber: la edificación completa de este cuerpo, que se obtendrá cuando todos hayamos alcanzado la «perfecta unidad» de fe y de «conocimiento» amoroso de Cristo.

De este modo, la perfección personal y colectiva expresará la medida en «que alcancemos en plenitud la talla de Cristo» (v. 13).

 

Evangelio: Mateo 9,9-13

En aquel tiempo,

9 cuando se marchaba de allí, vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado en la oficina de impuestos, y le dijo: -Sígueme. Él se levantó y lo siguió.

10 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos publícanos y pecadores vinieron y se sentaron con él y sus discípulos.

11 Al verlo los fariseos, preguntaban a sus discípulos: -¿Por qué come vuestro maestro con los publícanos y los pecadores?

12 Lo oyó Jesús y les dijo: -No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.

13 Entended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios; yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

 

        *+• Cafarnaún estaba situada en los confines del territorio de Herodes Antipa con el de su hermano Filipo, sobre la arteria comercial que conducía desde Damasco al Mediterráneo. Esto explica la presencia de numerosos encargados del cobro de las tasas, la odiada clase de los publicanos, en aquella zona.

Toda la atención del texto está centrada en la prontitud de la respuesta de Mateo, presentado como «Leví, hijo de Alfeo» en Marcos y Lucas, respecto a la llamada de Jesús, y también en el tipo de gente que asiste al banquete, tal vez de despedida, que Mateo ofrece a sus ex colegas a fin de subrayar la seriedad de su opción. El hecho de ver a muchos publícanos y pecadores comiendo con Jesús y con sus discípulos escandaliza a los fariseos, porque en Oriente comer juntos significaba comunidad de vida y de sentimientos. Al conversar con los publicanos y los pecadores, Jesús muestra que está en la línea de la «misericordia» y reprocha a los fariseos su legalismo, que los hace insensibles a las auténticas necesidades del Espíritu, además de incapaces de comprender las auténticas necesidades del prójimo.

 

MEDITATIO

El problema de las comidas tomadas en común por cristianos de procedencia pagana y los de origen judío fue muy importante en la primera generación cristiana. Mateo, ya evangelista, quiere presentar una enseñanza de Cristo a su Iglesia. El Maestro, tanto de palabra como con el ejemplo, les ofrece una lección: Dios exige de nosotros sobre todo gestos de misericordia, más que actos cultuales.

Jesús, al llamar a Mateo y sentarse a la mesa con los pecadores, aparece como aquel que ha realizado la voluntad de Dios. Y toda su misión de llamada misericordiosa a los pecadores a la salvación ha sido el cumplimiento de la Palabra de Dios expresada en las Escrituras.

Frente al Dios discriminador presentado por el culto de los judíos de estricta observancia, el Dios revelado por la palabra y por la acción de Jesús es un Dios de misericordia, un Dios que acoge a los perdidos y les ofrece una nueva posibilidad de rehacerse; hasta alcanzar, mediante su gracia, la «perfecta unidad» interior, que en la primera lectura es «hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo» (v. 13).

 

ORATIO

Concédenos, oh Padre y Dios de misericordia, reconocer en nuestra historia personal la llamada fundamental de la vida que tu Hijo y Señor nuestro nos dirige con amor.

Concédenos, oh Padre y Dios de bondad, responderte afirmativamente con prontitud y generosidad, incluso a través de las grandes y pequeñas ocasiones de nuestro vivir cotidiano, a fin de que podamos realizar con fidelidad la obra que, de una manera personal y comunitaria, nos has dado para realizar en la Iglesia.

Y que el mundo, frente al testimonio de unidad del cristiano y de la Iglesia, pueda convertirse y creer en tu amor misericordioso, un amor que hemos visto y contemplamos en el rostro y en la acción de Jesucristo en la tierra.

 

CONTEMPLATIO

Gracias, Señor, por la compasión tan grande que te has dignado dispensar por nuestra redención, y te ruego: haz que podamos ser en verdad partícipes eternamente de esta redención y de la salvación eterna que hay en ti. ¿Quién al oír decir al apóstol: «Esta palabra es verdadera: Jesucristo ha venido a este mundo para salvar a los pecadores», no pronunciará al mismo tiempo una alabanza y una oración ni dirá: «A ti, Señor, la alabanza, a ti la acción de gracias, porque en tu gran misericordia buscas la vida y no la muerte del pecador. Dígnate, Señor, concedernos tu justificación por nuestros pecados y salvarnos con la salvación eterna»?

Cuando oímos, pues, las palabras de Cristo con las que se nos refieren o prometen sus beneficios, debemos abundar, como nos enseña el apóstol, en acciones de gracias a él. Ahora bien, el ánimo de aquel que ama y está repleto de deseo, una vez realizada la acción de gracias, debe añadir la oración para ser hecho digno de sus promesas (Juan el Cartujo).

 

ACTIO

        Repite a menudo y medita durante el día esta Palabra: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Le 19,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Las palabras «quiero misericordia, no sacrificios» (Mt 9,13) marcan un importante paso hacia adelante de la conciencia humana, pero, por desgracia, después de dos mil años, son muy pocos los que se han dado cuenta de esto: el paso de la religión del Padre a la del Hijo. El Padre experimentado como Soberano absoluto, como el Juez inapelable, que premia a los buenos y castiga a los pecadores; la conciencia necesitada de sacrificios expiatorios, de machos cabríos sobre los que depositar los pecados propios y los comunitarios. Por otra parte, la conciencia solar, creadora y portadora de vida. El árbol frutal da con arrebato sus frutos, y su alegría aumenta con el crecimiento de la abundancia de los frutos; no castiga a los animales y a los hombres que los comen; su tarea es sustentar a las criaturas que tienen necesidad de sus dones. Del mismo modo, el seguidor de la religión del Hijo vive para distribuir la misericordia, no para levantar altares sobre los que inmolar víctimas.

La experiencia cristiana se encuentra en el fatigoso y laborioso camino que va de la religión del Padre, del Rigor y del Juicio irreformable, a la religión del Hijo, que no juzga, no condena, no culpa a ninguna criatura, sino que con mano generosa distribuye amor y misericordia, no apaga el pábilo vacilante, no quiebra la caña cascada. Moisés había declarado que el hombre es la imagen de Dios en la creación; Cristo nos dice que el Hijo y los hijos del hombre están llamados a despojarse del temor y del temblor de los siervos, y a abrirse a la alegría vital de sentirse hijos de Dios (G. Vannucci).

 

Día 22

Jueves 25ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiastés 1,2-11

2 Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades; todo es vanidad. 3 ¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?

4 Una generación pasa, otra generación viene, y la tierra permanece siempre.

5 Sale el sol, se pone el sol y corre hacia el lugar de donde volverá a salir.

6 Sopla al sur y sopla al norte y, gira que te gira, el viento reanuda su carrera.

7 Todos los ríos van al mar, pero el mar nunca se llena, y, sin embargo, los ríos van siempre al mismo lugar.

8 Todas las cosas cansan, y nadie es capaz de explicarlo; ni el ojo se sacia de ver, ni el oído de oír.

9 Lo que fue, eso será; lo que se hizo, se hará: nada hay nuevo bajo el sol.

10 Y si de algo se dice: «Esto es nuevo», eso ya existió en los siglos que nos precedieron.

11 No queda recuerdo de los antepasados, y de los que vendrán detrás tampoco quedará recuerdo entre sus sucesores.

 

*•• «Todo es vanidad» (v. 2), responde el libro del Eclesiastés al preguntarse por el sentido de la vida. «Vanidad», en hebreo hevel, es una palabra que puede significar muchas cosas, pero todas relacionadas con la imagen del soplo, de la niebla, del humo, de algo, en suma, inconsistente: tal vez de lejos te encanta, pero cuando lo tienes entre las manos te decepciona. Así es la vida del hombre: una realidad engañosa, caduca y absurda. Qohélet se muestra verdaderamente drástico y provocador.

¿Cuáles son las razones de una afirmación tan negativa? Por ejemplo, el estridente contraste entre la precariedad del hombre y el permanecer de la naturaleza: «Una generación pasa, otra generación viene, y la tierra permanece siempre» (v. 4).

Todos dicen que el hombre es más importante que las cosas; sin embargo, el hombre desaparece, mientras que las cosas permanecen. Y, además, si miras más allá de las apariencias, te das cuenta de que el hombre está como dentro de un círculo en el que se debate impotente sin comprender la razón. Todo se mueve, pero, en realidad, todo sigue igual. Todo vuelve al punto de partida, como el movimiento del sol, del viento y del agua de los ríos.

También el afán del hombre («Todos sus días son sufrimiento, disgusto sus fatigas, y ni de noche descansa»: 1,23) es un dar vueltas sobre sí mismo, un hacer y un deshacer, sin llegar nunca a un atracadero definitivo. El mundo nuevo que el hombre se esfuerza en construir huye continuamente de sus manos, y así cada generación comienza desde el principio. Quizás Qohélet esté pensando sin más en la esperanza mesiánica de los profetas y la contesta. Se trata de una esperanza religiosa, aunque siempre terrestre.

Pero, entonces, ¿cómo se puede hablar verdaderamente de novedad? Siempre estará el límite de la muerte, el ojo del hombre continuará sin saciarse de ver y el oído sin cansarse de oír, y siempre se le escapará al hombre el sentido del conjunto. Así pues, ¿todo es vanidad? El Nuevo Testamento nos brindará una precisión esencial: todo es vanidad, pero no la caridad.

 

Evangelio: Lucas 9,7-9

En aquel tiempo,

7 el tetrarca Herodes oyó todo lo que estaba sucediendo y no sabía qué pensar, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos,

8 otros que Elías había aparecido, otros que uno de los antiguos profetas había resucitado.

9 Herodes dijo: -Yo mandé decapitar a Juan. ¿Quién es, pues, éste de quien oigo decir tales cosas? Y buscaba una ocasión para conocerlo.

 

**• Herodes está perplejo: ¿quién es ese Jesús de quien tanto se habla? En la corte se hacen diferentes conjeturas: es Juan, que ha resucitado; es Elías, es un profeta.

Como podemos ver, la gente capta algo de la grandeza de Jesús, pero su error fundamental es comparar a Jesús con figuras del pasado, con figuras ya conocidas. Jesús es una novedad y, para comprenderlo, es preciso mirarle a él mismo, no a otro. Herodes es un hombre culto, práctico. Quisiera reunirse con Jesús e informarse personalmente de quién es. Pero ¿de qué le serviría? Se reunirá con él, en efecto, más tarde, durante la pasión, pero no conseguirá comprender nada de Jesús e intentará comprender e intentará ocultar su propia torpeza recurriendo a un humor vulgar. La fe no nace de semejantes verificaciones ni está hecha para hombres como Herodes.

 

MEDITATIO

La amarga página del libro del Eclesiastés depende mucho del momento en el que la leas: si te encuentras en la plenitud de tus fuerzas o estás comprometido con tareas absorbentes, te parecerá muy amarga e incluso inoportuna. Si te encuentras desconsolado o en un momento de hacer balance de tu vida, te parecerá como luz solar y despiadadamente verdadera. Ahora bien, por encima de los estados de ánimo, se trata de una página realista y necesaria. Y lo es porque fotografía la situación del hombre en el mundo, destinado a pasar, a desaparecer, a no dejar huella. Es una página que tanto poetas como pensadores han retomado de continuo y representado con acentos conmovedores y a menudo desesperados.

Sin embargo, para ti, cristiano, es sólo el primer paso, al que no debe dejar de seguir el segundo: la seguridad de que es a partir de esta nada como se puede construir el todo, si lo aceptas de Dios, si lo orientas a él, si lo usas como quiere la voluntad que lo ha creado y lo puede y lo quiere conservar.

Estamos, pues, ante una doble meditación sobre la nada y sobre el todo. Sobre el cómo no dejarse absorber por la nada y, por consiguiente, deshacerse en humo, y sobre el cómo dar consistencia a estas apariencias tan frágiles. Una doble meditación en la que están comprometidos a fondo el realismo de la razón y el realismo de la fe, en la que un realismo presupone el otro, en la que uno completa al otro. El libro del Eclesiastés es un libro necesario para la formación de la conciencia cristiana, con tal de que no sea el único. El misterio pascual, fundamento de la fe, empareja muerte y resurrección, derrota y victoria, fracaso y reconocimiento de la perennidad de quien permanece fiel a Dios.

 

ORATIO

        Sé bien, oh Señor, que no me dejas pasar por alto las ocasiones para que reflexione sobre la «infinita vanidad del todo». Quieres que no me aferré a nada, porque el todo de este mundo es nada cuando está separado de ti. Una nada que se arrastra en la nada. Te doy gracias por recordármelo hoy con las vigorosas palabras de Qohélet.

Pero tú no quieres que me detenga aquí, porque la vida así sería demasiado desconsolada. Me haces entrever que «todo es vanidad», excepto amarte a ti. Tu amor da consistencia a las cosas, las sustrae de la nada, las redime de la vanidad y las coloca en tu Reino.

Concédeme, mi amantísimo Señor, este amor tuyo para que no me detenga en las cosas que pasan, para que mantenga fija la mirada en ti, origen y fin de todas las cosas. Concédeme tu amor para que pueda rescatar las cosas que toco por su vanidad. Concédeme ese gran amor tuyo que me proyecta hacia ti cuando el sentido de la nada, de la vanidad, de la oscuridad, quiere encerrarme en un pesimismo sin esperanza. Porque, como sé muy bien, querido Señor mío, tú cavas en mí un vacío para llenarlo de ti. Tú remueves lo que pasa para atraerme hacia el Reino de las realidades perennes. Ayúdame a mantener viva en mí esta certeza, para ascender cada día más cerca de ti.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué te aprovecha disputar altas cosas de la Trinidad, si careces de humildad, por donde desagradas a la Trinidad?

Por cierto, las palabras subidas no hacen santo ni justo, mas la virtuosa vida hace al hombre amable a Dios.

Más deseo sentir la contrición que saber definirla.

Si supieses toda la Biblia a la letra y los dichos de todos los filósofos, ¿qué te aprovecharía todo sin caridad y gracia de Dios?

«Vanidad de vanidades y todo vanidad» (Ecl 1,2), sino amar y servir solamente a Dios.

Suma sabiduría es, por el desprecio del mundo, ir a los reinos celestiales.

Vanidad es, pues, buscar riquezas perecederas y esperar en ellas.

También es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente.

Vanidad es seguir el apetito de la carne y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente.

Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena.

Vanidad es mirar solamente a esta presente vida y no prever lo venidero.

Vanidad es amar lo que tan presto se pasa y no buscarcon solicitud el gozo perdurable.

Acuérdate frecuentemente de ese dicho de la Escritura: «No se harta la vista de ver ni el oído de oír» (Ecl 1,8).

Procura, pues, desviar tu corazón de lo visible y traspasarlo a lo invisible, porque los que siguen su sensualidad manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, I, 2, San Pablo, Madrid 1997, pp. 36-37).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédeme, oh Dios, la sabiduría del corazón» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La existencia humana está sostenida, en sus dimensiones esenciales, por una desconocida fuerza ascensional, es decir, por una tensión del espíritu que tiende hacia valores todavía lejanos. Eso es lo que los antiguos filósofos definieron como extensio animi ad magna y nosotros quisiéramos llamar «esperanza primordial».

La conciencia del hombre está hecha para el futuro. El momento presente está todavía sumergido en la oscuridad. Lo que vivimos ahora es, por lo general, decepcionante. La vida humana sigue siendo, por tanto, siempre preludio de otra. El hombre sigue creándose siempre nuevos deseos; sus expectativas no se aplacan nunca, sino que se proyectan infaliblemente hacia el futuro, hacia el Reino del «todavía no». Y, efectivamente, existe en él un impulso imposible de suprimir que le impulsa hacia un «buen fin». Esta esperanza en un futuro mejor echa sus raíces en el deseo de ser feliz propio de la naturaleza humana. Estamos, como es evidente, frente al «motor» de todo pensamiento y actividad, de todo sueño y de toda aspiración del hombre. En consecuencia, el «nacimiento» del hombre está continuamente en devenir, hasta el momento de su muerte. Esta «esperanza primordial» se resuelve, por lo que respecta a la concepción cristiana de la vida, en la esperanza del cielo. El hombre se ha sentido atraído siempre por lo desconocido como por una realidad más bella y digna de conquistar. La realidad última, hacia la cual tendemos, en medio de las múltiples expresiones de la esperanza primordial, es la «patria», el «instante pleno y completo». Según la expresión de Abelardo, es «aquella comunión en la que el deseo no previene a la cosa, ni el cumplimiento se revela inferior a la expectativa» (L. Boros, Vivere nella speranza, Brescia 31972, pp. 95ss [edición española: Vivir de esperanza, Verbo Divino, Estella 1974]).

 

 

Día 23

San Pío de Pietrelcina

Liturgia de las Horas de hoy

 

      San Pio de Pietrelcina, entró en los Capuchinos con 15 años de edad. Ordenado el 10 de agosto de 1910. Asignado a San Giovanni Rotondo en 1916, vivió allí hasta su muerte. Recibió los estigmas: 20 de septiembre, 1918. Los llevó por 50 años. Entró en la Vida Eterna: 23 de septiembre, 1968 Beatificado por el Papa Juan Pablo II el 2 de mayo de 1999. Canonizado por el Papa Juan Pablo II el 16 de 2002. El Padre Pío es uno de los más grandes místicos de nuestro tiempo, amado en todo el mundo. Nos enseñó a vivir un amor radical al corazón de Jesús y a su Iglesia. Su vida era oración, sacrificio y pobreza. Alcanzó una profunda unión con Dios. Famoso confesor. El Padre Pío pasaba hasta 16 horas diarias en el confesionario. Algunos debían esperar dos semanas para lograr confesarse con él, porque el Señor les hacía ver por medio de este sencillo sacerdote la verdad del evangelio. Su vida se centraba en torno a la Eucaristía. Sus misas conmovían a los fieles por su profunda devoción. Poseía una ferviente devoción por la Virgen María.

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiastés 3,1-11

1 Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:

2 Tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de arrancar y tiempo de plantar,

3 tiempo de matar y tiempo de curar, tiempo de destruir y tiempo de construir,

4 tiempo de llorar y tiempo de reír, tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar,

5 tiempo de tirar piedras y de recogerlas, tiempo de abrazarse y de separarse,

6 tiempo de buscar y tiempo de perder, tiempo de guardar y tiempo de tirar,

7 tiempo de rasgar y tiempo de coser, tiempo de callar y tiempo de hablar,

8 tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz.

9 ¿Qué provecho saca el que se afana de sus fatigas?

10 He observado la tarea que Dios impone a los hombres para que se ocupen de ella.

11 Todo lo hizo hermoso a su tiempo, e hizo reflexionar al hombre sobre la eternidad, pero el hombre no llegará a desentrañar totalmente la obra de Dios.

 

*» Qohélet está particularmente impresionado por el misterio del tiempo. Cada cosa tiene su duración y todo tiene su momento; todo sucede en el tiempo fijado, para cada cosa hay un momento oportuno. ¿Pero cómo conocer estos tiempos oportunos y cómo garantizárnoslos?

Parece ser que el hombre no puede intervenir en el engranaje del tiempo. Este último tiene sus ritmos. En el fondo, la vida es sencilla, está hecha de unas cuantas actitudes básicas que continuamente se repiten: nacer y morir, amar y odiar, sufrir y gozar, unirse y separarse, callar y hablar, salvar y destruir, y otras así. El hombre, con todos sus afanes y sus deseos, está encerrado dentro de estos elementos, combinados de diferentes modos. La vida humana está como dentro de un círculo que el hombre no consigue romper.

Ciertamente, habrá un sentido («Todo lo hizo hermoso a su tiempo»), pero el hombre no lo comprende. Dios ha puesto en el hombre la exigencia del conjunto y la necesidad de interrogarse sobre la existencia más allá de cada momento particular. Sin embargo, es una necesidad que queda insatisfecha. El hombre -apenas sale de cada momento- advierte la contradicción. El presente no siempre corresponde al pasado. En efecto, a un pasado de justicia puede sucederle un presente de fracaso, y viceversa. El hombre anticipa el futuro, lo sueña y desearía alcanzarlo, pero le huye. Saliendo de él de vez en cuando y conectando el presente con el pasado, el hombre descubre que las cuentas no salen. ¿La conclusión?

No nos queda más que fiarnos de Dios (en esto consiste el temor de Dios, según Qohélet), aunque es una medida de prudente sabiduría no perder el presente, el único tiempo que posee el hombre.

 

Evangelio: Lucas 9,18-22

18 Un día que estaba Jesús orando a solas, sus discípulos se le acercaron. Jesús les preguntó: -¿Quién dice la gente que soy yo?

19 Respondieron: -Según unos, Juan el Bautista; según otros, Elías; según otros, uno de los antiguos profetas, que ha resucitado.

20 Él les dijo: -¿Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Pedro respondió: -El Mesías de Dios.

21 Pero Jesús les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie.

22 Luego añadió: -Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley, que lo maten y que resucite al tercer día.

 

**• Lucas vuelve al tema del evangelio de ayer. La pregunta es la misma. Sin embargo, ahora es el propio Jesús quien la dirige a sus discípulos. ¿Quién es Jesús?

La respuesta de la gente es múltiple: en ellas se manifiesta la conciencia de un cierto «misterio», pero no van más allá de los esquemas religiosos comunes. Tampoco la respuesta de los discípulos es completa: por lo menos, puede ser entendida mal, y por eso Jesús «les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie» (v. 21). No basta, en efecto, con reconocer que Jesús es el Mesías.

¿Qué Mesías? Es la cruz lo que suprime todos los malos entendidos. Estamos aquí en el centro de la fe: creer en un Mesías que será crucificado. El «es necesario» del texto es muy significativo: la cruz no es un incidente; es algo querido, forma parte del plan de Dios. Ésta es la novedad inesperada, escandalosa para muchos. La presencia de Dios se manifiesta en el camino de la cruz, es decir, en la entrega de sí mismo, en el rechazo de toda imposición, en el amor que acepta ser contradicho y aparentemente derrotado. A buen seguro, si el don de sí mismo siguiera siendo inútil y quedara derrotado, no podría ser en modo alguno el signo de Dios; lo es, no obstante, porque el camino de la cruz conduce a la resurrección.

Es precisamente en la entrega de sí mismo, que no se echa atrás ni siquiera frente a la muerte, donde está encerrada la victoria de Dios.

 

MEDITATIO

Qohélet prosigue su reflexión sobre la vanidad de las cosas aplicándola a la vanidad del hacer. Con la suerte de los hombres pasa como con los columpios: unas veces está arriba y otras abajo, un día se encuentra en la prosperidad y al siguiente en la desventura. Un día, exaltado; al otro, olvidado. Las pantallas de la televisión son el gran escenario de este tipo de vanidad: personajes aplaudidos y envidiados se ven echados al fango de un momento a otro. Los rostros aparecen y desaparecen. Los nuevos rostros hacen olvidar, y olvidan de buena gana, a los rostros viejos, que, probablemente, les han preparado el camino. De vez en cuando se oye que ha muerto algún personaje importante: uno o dos minutos de «conmovida» conmemoración y, a continuación, prosigue el espectáculo. El que asiste se pregunta si valía la pena aparecer tanto para desaparecer después con tanta rapidez. El circo de los medios de comunicación necesita mitos para exaltar y para olvidar: personajes siempre nuevos e interesantes, que respondan a los gustos del momento, y necesita cambiarlos cuando los gustos cambien. La movilidad del sentir marca asimismo la movilidad de la fortuna del que acaricia este sentir. Al volver a ver fragmentos evocadores del pasado, caemos en la cuenta de la falta de sentido del ridículo de muchos ídolos que habíamos admirado. Así ocurre con los otros, así ocurre conmigo, con mis actitudes y con mis poses del pasado. Sólo espero que, el día del juicio, no se me condene a volver a ver la película de mi vida, con mis vanidades y mi autocomplacencia.

Efectivamente, es bueno reflexionar sobre la fragilidad y fugacidad de las vicisitudes humanas, para aproximarnos un poco a la sabiduría del corazón.

 

ORATIO

Así las cosas, ¿vale la pena vivir, Señor, si, después, todo se resuelve en una pompa de jabón? Es ésta una pregunta que aflora algunas veces también en nosotros los creyentes, probablemente tentados a precipitarnos sobre las buenas ocasiones, a fin de arrancarle a esta breve vida lo poco que puede dar. Pero tú me indicas hoy una roca segura a la que puedo aferrarme, la roca del «Cristo de Dios», continuamente proclamada por Pedro en medio de las oleadas del tiempo, de las modas, de los pensamientos, de la variedad de las vicisitudes humanas. La suerte y la fortuna de la vida pueden cambiar, pero tu Hijo sigue siendo «el Cristo de Dios» y mirándole, puedo estar seguro de que vale la pena vivir.

Él es tu espejo, imagen del Dios invisible, punto de la eternidad plantado en el tiempo. Él me habla siempre de tu amor, la medicina que cura las heridas y los insultos del tiempo.

Imprime en mi corazón la misma profesión de fe de Pedro, a fin de vencer mis ansias y mis miedos. Haz atento mi corazón al sonido y a la música del amor que canta continuamente, para no dejarme envolver por el inexorable fluir y por el imprevisible transcurrir de todas las cosas.

 

CONTEMPLATIO

Gran cosa es el amor; bien sobremanera grande; él solo hace ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual.

Pues lleva la carga sin carga y hace dulce y sabroso todo lo amargo.

El amor noble de Jesús nos impulsa a hacer grandes cosas y nos mueve a desear siempre lo más perfecto.

El amor quiere estar arriba y no ser detenido de ninguna cosa baja.

El amor quiere ser libre y ajeno a toda afición mundana, por que no se impida su vida interior ni se embarace en ocupaciones de provecho temporal o caiga por algún daño. Nada hay más dulce que el amor, nada más fuerte, nada más alto, nada más ancho, nada más alegre, nada más cabal ni mejor en el cielo ni en la tierra, porque el amor nació de Dios y no puede aquietarse con todo lo creado, sino con el mismo Dios.

El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no detenido.

Todo lo da por todo, y todo lo tiene en todo, porque descansa en un sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien. No mira a los dones, sino que se vuelve al Dador sobre todos los bienes.

El amor muchas veces no guarda modo, mas se enardece sobre todo modo.

El amor no siente la carga ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede, no se queja de que le manden lo imposible, porque cree que todo lo puede y le conviene.

Para todo, pues, sirve, y muchas cosas cumple y pone por obra, en las cuales el que no ama desfallece y cae.

El amor siempre vela, y durmiendo no se duerme; fatigado, no se cansa; angustiado, no se angustia; espantado, no se espanta, sino como viva llama y ardiente antorcha, sube a lo alto y se remonta con seguridad (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 5, San Pablo, Madrid 1997, pp. 136-138).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Te bendigo, Señor, por el tiempo de tu gracia» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Señor, a cada uno de nosotros puede pasarle que no vea con claridad, que deje de sentir la seguridad de una referencia, porque todos los valores que nos rodean vacilan y pierden consistencia.

Señor, si un día todo me parece insensato, si ya no sé dónde echar la cabeza, a quién escuchar y dónde encontrar apoyo, dame la fuerza de dirigirme a ti como por un instinto visceral.

A mi alrededor todo es misterio, y yo mismo lo soy en primer lugar. Pero tu misterio, Señor, es tan grande como satisfactorio en todas sus dimensiones. Lo que tú me ofreces supera por completo lo que los hombres pueden ofrecerme con sus ideologías, sus gnosis, sus sincretismos. Además, creer no supone comprenderlo todo: tu amor, tu perdón, tu mensaje, tu pasión, tu muerte, tu vida.

Todo puede desaparecer; basta con que tú permanezcas. Sólo tú das sentido a todo y, en primer lugar, a mí mismo. Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Y sé que es verdad porque lo he visto en tu vida y en la vida de los que viven de la tuya. Sin ti, yo no existiría. Que yo esté contigo, en ti (R. Latourelle, «L'infinito di senso, Gesü Cristo», en La cosa p'tú importante per la Chiesa del 2000, Bolonia 1999, pp. 37ss).

 

 

Día 24

Sábado 25ª semana del Tiempo ordinario o Nuestra Señora de la Merced

Liturgia de las Horas de hoy

 

       El significado del título "Merced" es ante todo "misericordia". La Virgen es misericordiosa y también lo deben ser sus hijos. Esto significa que recurrimos a ella ante todo con el deseo de  asemejarnos a Jesús misericordioso. El título mariano la Merced se remonta a la fundación de la Orden religiosa de los mercedarios el 10 de agosto de 1218, en Barcelona, España. En esa época muchos eran cautivos de los moros y en su desesperación y abandono estaban en peligro de perder lo mas preciado: la fe católica. Nuestra bendita Madre del Cielo, dándose a conocer como La Merced, quiso manifestar su misericordia hacia ellos por medio de dicha orden dedicada a atenderlos y liberarlos.

       Desde el siglo XIII es patrona de Barcelona y el 25 de septiembre de 1687 se proclamo oficialmente patrona de la ciudad. Es además patrona de los cautivos (presos) y de muchos países de Latinoamérica. En el año 1696, el papa Inocencio XII extendió la fiesta de la Virgen de la Merced a toda la Iglesia, y fijó su fecha el 24 de septiembre. Pero a raíz de la reforma litúrgica del concilio Vaticano II, en el año 1969 la fiesta se suprimió del calendario universal.

       San Pedro Nolasco, inspirado por la Ssma. Virgen, funda una orden dedicada a la merced (obras de misericordia). Su misión particular era la misericordia para con los cristianos cautivos en manos de los musulmanes. Muchos miembros de la orden canjearon sus vidas por la de presos y esclavos. San Pedro fue apoyado en tan extraordinaria empresa por el Rey Jaime I de Aragón.   San Pedro Nolasco y sus frailes eran muy devotos de la Virgen María, tomándola como patrona y guía. Su espiritualidad se fundamenta en Jesús el liberador de la humanidad y en la Ssma. Virgen, la Madre liberadora e ideal de la persona libre. Los mercedarios querían ser caballeros de la Virgen María al servicio de su obra redentora. Por eso la honran como Madre de la Merced o Virgen Redentora. En el capítulo general de 1272, tras la muerte del fundador, los frailes oficialmente toman el nombre de La Orden de Santa María de la Merced, de la redención de los cautivos, pero son mas conocidos como mercedarios. El Padre Antonio Quexal, siendo general de la Merced en 1406, dice: "María es fundamento y cabeza de nuestra orden".

       El Padre Gaver, en el 1400, relata como La Virgen llama a S. Pedro Nolasco en el año 1218 y le revela su deseo de ser liberadora a través de una orden dedicada a la liberación. Nolasco pide a Dios ayuda y, como signo de la misericordia divina, le responde La Virgen María diciéndole que funde una orden liberadora.

       - Nolasco: ¿Quién eres tú, que a mí, un indigno siervo, pides que realice obra tan difícil, de tan gran caridad, que es grata Dios y meritoria para mi?

       - María: Yo soy María, aquella en cuyo vientre asumió la carne el Hijo de Dios, tomándola de mi sangre purísima, para reconciliación del género humano. Soy aquella a la que dijo Simeón. cuando ofrecí mi Hijo en el templo: <<Mira que éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel; ha sido puesto como signo de contradicción: y a ti misma una espada vendrá a atravesarte por el alma>>.

       - Nolasco: ¡Oh Virgen María, madre de gracia, madre de misericordia! ¿Quién podrá creer  (que tú me mandas)?

       - María: No dudes en nada, porque es voluntad de Dios que se funde una orden de ese tipo en honor mío; será una orden cuyos hermanos y profesos, a imitación de mi hijo Jesucristo, estarán puestos para ruina y redención de muchos en Israel (es decir, entre los cristianos) y serán signo de contradicción para muchos."

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiastés 11,9-12,8

11,9 Disfruta, joven, en tu adolescencia y sé feliz en tu juventud; sigue tus sentimientos, da cauce a tus ilusiones y ten presente que de todo esto te juzgará Dios.

10 Aleja la tristeza de tu corazón y aparta el sufrimiento de tu cuerpo, porque la adolescencia y la juventud son efímeras.

12,1 Ten en cuenta a tu Creador en los días de tu juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años de los que digas: «No me gustan»;

2 antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas y vuelvan las nubes tras la lluvia.

3 Cuando tiemblen los guardianes de la casa y se encorven los robustos; cuando se paren las que muelen, porque son ya pocas, y se oscurezcan las que miran por las ventanas;

4 se cierren las puertas de la calle y se apague el ruido del molino; se extinga el canto del pájaro y enmudezcan las canciones;

5 cuando den miedo las alturas y los sobresaltos del camino; cuando se desprecie el almendro, se haga pesada la langosta y no tenga efecto la alcaparra. Porque el hombre va a su morada eterna y merodean por las calles las plañideras.

6 Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la lámpara de oro, se quiebre el cántaro en la fuente y se precipite la polea en el pozo;

7 antes de que vuelva el polvo a la tierra de donde vino y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio.

8 Vanidad de vanidades, dice Qohélet, todo es vanidad.

 

**• Qohélet se pregunta qué sentido tiene la vida si todo corre tan veloz hacia la vejez y la muerte. En uno de sus fragmentos más célebres (12,2-6), describe con despreocupación y de modo conmovedor la irrupción de la vejez. La imagen que presenta es un palacio de alto rango durante un tiempo lleno de vida y de actividad, pero ahora en descomposición de una manera ineluctable.

Naturalmente, también la vejez supone un riesgo, y puede presentarse con un rostro dramático, sobre todo cuando concluye una vida ya vacía, dispersa. Por eso empieza Qohélet diciendo: «Ten en cuenta a tu Creador en los días de tu juventud» (12,1). No se trata de un Carpe diem en sentido hedonista y pagano, pero, con todo, sigue siendo siempre verdad que la vida es una posibilidad única. Es preciso vivir intensamente, sin aplazamientos. Una vejez que da remate a una vida plena es cualitativamente diferente de una vejez que se añade a una vida vacía.

Yendo más al fondo, el hombre bíblico –empezando por Qohélet- sabe que no es sólo la vejez lo que constituye una situación de riesgo. Si miras bien, te das cuenta de que es toda la vida la que se encuentra en esa situación. La vejez está implicada en un problema más general. Es una ventana sobre la vida captada en toda su verdad. La vejez no puede ser aislada. Si se resuelve el problema de la vejez, se resuelve el problema de la vida.

 

Evangelio: Lucas 9,43b-45

En aquel tiempo, todos estaban admirados de las cosas que hacía. Entonces Jesús dijo a sus discípulos:

44 -Vosotros escuchad atentamente estas palabras: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.

45 Pero ellos no entendían lo que quería decir; les resultaba tan oscuro que no llegaban a comprenderlo, y tenían miedo de hacerle preguntas sobre ello.

 

*• Mientras todos estaban admirados de las cosas que hacía, Jesús vuelve a revelar a sus discípulos la cruz que le espera. El contraste es estridente: lo que debe importarles a los discípulos no es la gloria del Maestro, sino que «el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres» (v. 44). Esto es lo que debemos comprender, so pena de no entender en absoluto la identidad de Jesús y la verdad de su revelación. Comprender la cruz significa comprender el lado más luminoso, nuevo e imprevisible del rostro de Dios revelado por Jesús. No está en juego un aspecto particular, sino el centro.

Con todo, los discípulos «no entendían» (v. 45a). La soledad de Jesús es completa. Ni siquiera sus más íntimos están en condiciones de compartir el lado más profundo de su circunstancia. Su «novedad» escapa a todos.

No entendían -dice Lucas- porque sus palabras estaban como cubiertas por un velo que les impidiera captar su sentido (cf. v. 45b). Las comprenderán después, a la luz de los acontecimientos y al recorrer ellos mismos el camino del Maestro. Pero no comprendían tampoco porque tenían miedo de preguntarle sobre ello (cf. v. 45c).

Lo que entrevén les produce espanto. El destino del discípulo no puede ser separado del destino de su Maestro: eso precisamente era lo que intuían. Y se quedaron turbados.

 

MEDITATIO

La brevedad de la vida y la perspectiva de los días tristes ni pueden ni deben suprimir la apreciación positiva de las pequeñas y de las grandes alegrías, que han de ser acogidas con reconocimiento y acción de gracias.

Y es que se encuentra aquí en juego el carácter plausible de nuestra fe. El desafío que supone el neopaganismo se juega de hecho también en la cuestión de la «felicidad»: ¿cómo se es más «feliz», con la fe o sin la fe? ¿Cómo se está en mejores condiciones para apreciar la creación, con la mirada dirigida al Creador o con la mirada dirigida exclusivamente a las criaturas? Y aún: ¿existe de verdad «el bienestar de la fe»? ¿Está destinado el cristiano a ser un eterno llorón y un aguafiestas o está llamado a difundir la Buena Noticia, la alegría de sentirse envuelto, acogido y amado por el Misterio adorable que nos rodea?

De la capacidad de alegría que el cristiano sea capaz de difundir depende también la aceptación del Evangelio por parte de la gente que nos rodea, seducida por otros mensajes. Pero eso incluye una relación correcta con las criaturas, la capacidad de gozar de todas las cosas bellas que nos han sido dadas como don, de vivir con el ánimo alegre, agradecido, exultante, alabando al Creador de tantas cosas bellas. Incluye la madurez de la fe, que ni idolatra ni teme a las criaturas, compañeras de nuestro viaje hacia la plenitud.

 

ORATIO

Te doy gracias, Creador mío, por tu creación, que me habla de ti, de tu belleza y de tu sabiduría. Te doy gracias «porque creaste el universo entero, estableciste el continuo retorno de las estaciones y sometiste al hombre, formado a tu imagen y semejanza, las maravillas del mundo para que, en nombre tuyo, dominara la creación. Te admiro y te alabo en todas tus criaturas. No me amarga el hecho de que todo pase: te agradezco lo que me das, lo que me ofreces y cómo lo haces, la alegría que me proporciona, la utilidad que me produce.

Sólo te pido que nunca me olvide de que todo procede de ti y todo me conduce a ti. Entonces mi alegría será completa, porque participaré de tu alegría, ahora y siempre. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Sería excesivamente prolijo, y hasta imposible, reunir y narrar todo cuanto el glorioso padre Francisco hizo y enseñó mientras vivió entre nosotros. ¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afecto que le arrastraba en todo lo que es de Dios?

¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad? En verdad, esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento. ¡Oh piedad simple! ¡Oh simplicísima piedad!

También ardía en vehemente amor por los gusanillos, porque había leído que se dijo del Salvador: Yo soy gusano y no hombre, y por esto los recogía del camino y los colocaba en lugar seguro para que no los aplastasen con sus pies los transeúntes. ¿Y qué decir de las otras criaturas inferiores, cuando hacía que a las abejas les sirvieran miel o el mejor vino en el invierno para que no perecieran por la inclemencia del frío? Deshacíase en alabanzas, a gloria del Señor, ponderando su laboriosidad, y la excelencia de su ingenio; tanto que, a veces, se pasaba todo un día en la alabanza de éstas y de las demás criaturas.

Como en otro tiempo los tres jóvenes en la hoguera invitaban a todos los elementos a loar y glorificar al Creador del universo, así este hombre, lleno del Espíritu de Dios, no cesaba de glorificar, alabar y bendecir en todos los elementos y criaturas al Creador y Gobernador de todas las cosas.

¿Quién podrá explicar la alegría que provocaba en su espíritu la belleza de las flores, al contemplar la galanura de sus formas y al aspirar la fragancia de sus aromas?

Al instante dirigía el ojo de la consideración a la hermosura de aquella flor que, brotando luminosa en la primavera de la raíz de Jesé, dio vida con su fragancia a millares de muertos. Y, al encontrarse en presencia de muchas flores, les predicaba, invitándolas a loar al Señor, como si gozaran del don de la razón.

Y lo mismo hacía con las mieses y las viñas, con las piedras y las selvas, y con todo lo bello de los campos, las aguas de las fuentes, la frondosidad de los huertos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, invitándoles con ingenua pureza al amor divino y a una gustosa fidelidad.

En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido a los demás, los secretos de las criaturas. Y ahora, ¡oh buen Jesús!, a una con los ángeles, te proclama admirable quien, viviendo en la tierra, te predicaba amable a todas las criaturas (Tomás de Celano, Vida primera de san Francisco, 29).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédeme, Señor, la verdadera sabiduría» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La alegría que experimentamos por nosotros mismos –sin esa perspectiva moralizante que nos es tan familiar- nos la transmite el libro de Qohélet. El autor de este libro intenta unir la filosofía popular griega con la sabiduría judía. Pone en tela de juicio algunos dogmas judíos; por ejemplo, el dogma según el cual «hacer el bien trae siempre fortuna y una larga vida, y hacer el mal lleva al infortunio y a una muerte prematura».

La realidad es diferente. Qohélet nos invita a alegrarnos de la vida y a gozar plenamente de las alegrías del momento. Cuando recibimos alegrías, debemos pensar que es Dios quien nos las envía (9,7-9). Qohélet no está lleno de euforia. Sabe que todo esto no es más que un suspiro de viento, que el ser humano no puede encontrar la paz ni en el éxito ni en la propiedad.

Sabe que, pasadas las alegrías, vendrán los tiempos de la tristeza (3,1 Iss), pero, cuando Dios nos concede la alegría, debemos acogerla agradecidos y gozar de ella con plena conciencia.

La conciencia de ser pecadores no debe inducirnos sólo a dar vueltas como penitentes que se reprochan constantemente haberlo hecho todo de manera equivocada y no merecer el amor de Dios. Jesús empieza su predicación diciendo: «Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios» (Mc 1,15). Nos ofrece la plenitud de la vida. Cuando Dios está cerca y cuando nosotros nos encontramos cerca de Dios, entonces nuestra vida se encuentra en orden, se llena de una alegría nueva. Por eso cuenta Lucas en su evangelio que allí donde estaba Jesús reinaba la alegría. Allí donde estaba Jesús no había ni un mísero sentido de penitencia, ni de autodevaluación, ni de autoacusación, sino que se advertía el ofrecimiento de una nueva posibilidad de vida, que la libertad y la alegría podían determinar nuestra vida (Anselm Grün, Ritrovare la propia gioia, Brescia 2000, pp. 79-81, passim [edición española: Recuperar la propia alegría, Verbo Divino, Estella 1999]).

 

 

 

Día 25

26º domingo del tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy 

LECTIO

Primera lectura: Amos 6,1a.4-7

Así dice el Señor Omnipotente:

1 ¡Ay de los que se sienten seguros en Sión y viven confiados en el monte de Samaría.

4 Duermen en camas de marfil; se apoltronan en sus divanes; comen los corderos del rebaño y los terneros del establo;

5 canturrean al son del arpa, inventando, como David, instrumentos musicales;

6 beben el vino en elegantes copas y se ungen con delicados perfumes, sin dolerse por la ruina de José.

7 Por eso irán al destierro a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos.

 

*• También este domingo nos presenta la liturgia el gran riesgo que supone la riqueza, un riesgo que no es puramente imaginario, sino real, porque la riqueza puede secar el corazón.

La invectiva de Amos va dirigida contra «los que se sienten seguros en Sión» (v. 1). Se trata de una denuncia histórica y ética de un valor incomparable, a propósito de dos montañas (el monte Sión, situado en Jerusalén, y el monte Garizín, situado en Samaría) que se disputan, de una manera casi mágica, una promesa segura de salvación. Ocho siglos más tarde encontramos aún la misma contienda. La samaritana preguntará a Jesús dónde se debe adorar a Dios, si en Jerusalén o en el monte Garizín (Jn 4,20ss). Amos condena con vehemencia la confianza mágica en un lugar -sea éste Jerusalén o Samaría- considerado como talismán o fetiche para encubrir los desórdenes y las injusticias de cada día. El lujo desconsiderado y desvergonzado vivido delante de todo un pueblo es una ofensa vergonzosa a los pobres y una provocación mortal para los hermanos.

Cuando la riqueza llega a tales desórdenes no es difícil pensar que pueden estallar de un momento a otro la ruina y la destrucción. Ningún lugar o ningún templo les podrán salvar de la ruina: «Se acabará la orgía de los disolutos» (Am 6,16). ¿No deberíamos volver a plantear en términos de prospectivas futuras nuestro consumismo absurdo, que se ha convertido hoy en un hábito difundido?

 

Segunda lectura: 1 Timoteo 6,11-16

Querido hermano:

11 Tú, hombre de Dios, evita todo esto, practica la honradez, la religiosidad, la fe, el amor, la paciencia y la dulzura.

12 Mantente firme en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna para la cual has sido llamado y de la cual has hecho solemne profesión delante de muchos testigos.

13 Te exhorto ante Dios, que da la vida a todas las cosas, y ante Jesucristo, que dio testimonio de la verdad ante Poncio Pilato,

14 a que guardes este precepto sin mancha ni culpa hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo,

15 que en su momento llevará a cabo el bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes, el Señor de los señores,

16 el único que posee la inmortalidad y habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él, honor y poder eterno. Amén.

 

**• Timoteo, discípulo de Pablo, ya ha tomado su decisión, y lo ha hecho públicamente, «delante de muchos testigos» (v. 12), precisamente como el mismo Jesús tomó su decisión y dio su testimonio ante Pilato y todo el pueblo. De ahora en adelante se trata sólo de perseverar en la decisión implícita tomada en el bautismo y, de este modo, conquistar «la vida eterna» (v. 12), aunque esta perseverancia exige una larga lucha o –como escribe Pablo- «el noble combate de la fe» (v. 12). Pero este «conquistar la vida eterna» no es fruto de esfuerzos humanos, sino únicamente don de Dios. Decidirse por Dios, dar testimonio de él, significa confesar delante de muchos testigos que Dios nos ha aferrado y llamado a combatir el buen combate de la fe.

 

Evangelio: Lucas 16,19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino y todos los días celebraba espléndidos banquetes.

20 Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal y cubierto de úlceras,

21 que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamer sus úlceras.

22 Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También murió el rico y fue sepultado.

23 Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno.

24 Y gritó: «Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresque mi lengua, porque no soporto estas llamas».

25 Abrahán respondió: «Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora, él está aquí consolado mientras tú estás atormentado.

26 Pero, además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros».

27 Replicó el rico: «Entonces te ruego, padre, que lo envíes a mi casa paterna,

28 para que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también ellos a este lugar de tormento».

29 Pero Abrahán le respondió: «Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!».

30 Él insistió: «No, padre Abrahán; si se les presenta un muerto, se convertirán».

31 Entonces Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto».

 

** La parábola es altamente emotiva y, en ciertos momentos, también profundamente dramática. Los personajes principales son dos. Por una parte, aparece un rico que goza opíparamente de su fortuna. No importa que ésta sea material, intelectual o religiosa. Probablemente, se trate de las tres. Por otra, aparece un pobre -hambriento, enfermo, abandonado- que está «tendido en el portal» (v. 20).

Toda la escena se encuentra aquí. Lucas subraya de modo violento la fractura que existe entre la vida despreocupada del rico y la miseria del pobre «cubierto de úlceras» (v. 20), tendido en el portal. Entre ambos existe un fuerte contraste, manifestado de manera clara por el mandamiento del amor fraterno y por las vigorosas palabras de Jesús: «Bienaventurados vosotros, los pobres», «Ay de vosotros, los ricos» (6,20-24). En el fondo, el verdadero pobre es el rico, pues no ha llegado a comprender el misterio profundo del corazón de Jesús. Su vida no puede acabar más que en la profunda oscuridad del sepulcro, o sea, en el infierno del fracaso y de la impotencia total. El mendigo también muere. Pero, a través de la muerte, su persona queda liberada de los sufrimientos y privaciones y es «llevada por los ángeles al seno de Abrahán» (y. 22), cumplimiento y realización de todas las promesas de Dios.

En este contexto se sitúa Abrahán y su coloquio con el hombre rico. La fractura practicada por nuestro egoísmo entre la pobreza y la riqueza subsiste también en el más allá. Se convierte en un abismo insuperable. Ni siquiera Abrahán consigue superarlo. Por otra parte, la oración del hombre rico dirigida a Abrahán, a fin de que Lázaro pueda ir a casa de sus hermanos y advertirles, carece de sentido: «Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!» (v. 29). Quien ha elegido un tipo de vida contrario al amor se queda privado para siempre de la gracia del amor y, en consecuencia, imposibilitado para el encuentro de amor con los hermanos.

 

MEDITATIO

La parábola del hombre rico y de Lázaro es de una notable sencillez: Dios nos sitúa ante el juicio que emite sobre cada uno de nosotros y ante la conversión que se nos pide. El rico epulón descubre, por desgracia demasiado tarde, quién es verdaderamente el Señor. Llegado aquí, no tiene otro remedio que pedirle que Lázaro vaya a advertir a sus hermanos para que cambien de vida y no tengan que caer en el lugar de tormento en el que él se encuentra. Pero Abrahán le responde: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto» (Lc 16,31).

El problema que nos presenta el evangelio es, precisamente, el de comprender que la conversión requiere la escucha de la Palabra de Dios. Para convertirnos es absolutamente necesario que escuchemos con atención la Palabra de Dios. Es preciso que permitamos a la Palabra bajar a nuestro corazón. Ahora bien, para que podamos recibirla de manera fructuosa, es menester abrirle nuestro corazón, a fin de permitirle penetrar hasta el fondo.

La conversión es siempre un problema de corazón, o sea, un problema de interioridad, de abandono fundamental de todo, con la intención de dejar que Dios disponga de toda nuestra vida. Podemos decir también que la conversión significa aflojar los dedos, aferrados a algo de una manera espasmódica, para caer por completo en las manos de Dios (Mt 6,25ss), o sea, para depender únicamente de él.

El verdadero pobre, cuando es tal, está totalmente suspendido del amor de Dios. Se muestra en todo libre y disponible a su amor. El rico, en cambio, se endurece cada vez más en este mundo. Justamente por eso no le resulta fácil comprender a los pobres, porque no capta el valor de la vida humana y, por consiguiente, tampoco el de la conversión. El testimonio que debemos dar de nuestra fe es, precisamente, la conversión, que compromete de una manera incondicionada toda la existencia como un todo, incluida una confianza total en la gracia de Dios. Ahora bien, ese testimonio exige una larga lucha. Significa confiarse sin vacilaciones a Dios, que nos ha escogido desde la eternidad. No es nunca conquista nuestra, sino un deber de amor al que sólo se puede responder con amor.

No se va al cielo «tumbado en cómodos divanes». No es posible vivir sin preocuparnos del pueblo que está seriamente amenazado. «Se acabará la orgía de los disolutos». Es preciso «ir al exilio a la cabeza de los deportados». El rico epulón no fue condenado simplemente por su riqueza, sino porque no fue capaz de ofrecer su ayuda al pobre, que carecía de todo y, enfermo, se estaba muriendo al lado de su puerta. El pecado es la riqueza que permite que los pobres mueran junto a su propia puerta; es la falta de solidaridad que separa a los hombres.

 

ORATIO

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo diste, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta (san Ignacio de Loyola).

 

CONTEMPLATIO

En la pobreza del discípulo y del apóstol puede captar el destinatario del Evangelio el signo mismo del contenido del mensaje. La pobreza del predicador es, por así decirlo, el sacramento, es decir, la manifestación visible del Evangelio y del hombre que se deja comprometer por el Evangelio. El corazón de la alegre nueva: que viene el Reino de Dios y pasa la figura de este mundo, que el Crucificado es el Resucitado y que muerte significa vida, pero que la vida verdadera pasa siempre a través de la muerte..., todo esto no lo puede anunciar el apóstol sólo de palabra, sino que tiene que hacerlo con su mismo modo de vivir. Él mismo debe encarnar este mensaje. La cruz de Cristo y la esperanza en la resurrección se configuran en el estar-crucificados-con-Cristo de los apóstoles, que después pasa a significar: «Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados y andamos errantes. Nos fatigamos trabajando con nuestras manos» (cf. 1 Cor 4,1 lss). En la pobreza del apóstol es posible captar el mensaje de la cruz y la resurrección. El predicador se convierte así en signo viviente de su mensaje, el signo de que la figura de este mundo pasa y el Señor viene a liberarnos [...].

Ahora bien, la pobreza debe expresar al mismo tiempo una consagración en favor del prójimo. Si queremos seguir a Jesús es preciso que estemos dispuestos a dar todo lo que poseemos a los pobres. Así como la pobreza de Jesús sirve para expresar su amor por los hombres -«siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9)-, así también la pobreza de los discípulos sirve para amar a todos los hombres, pero sobre todo a los más pobres, como hermanos y hermanas de Jesús. La pobreza conduce a la solidaridad con los pobres, a una mayor solidaridad en el amor.

Sólo quien es pobre puede ser de verdad amigo de los pobres, de los pequeños, de los marginados [...]. Deberemos plantearnos, pues, una seria pregunta: ¿quiénes son los «predilectos» en nuestra comunidad? ¿Lo son los pobres, como lo fueron para Jesús, o los ricos, los «bien educados», los «más válidos» y los «distinguidos», ésos con quienes es posible «dialogar»? ¿Quién representa el objeto particular de nuestro interés y de nuestro amor? (G. Greshake, Essere preti. Teología e spiritualitá del ministero sacerdotale, Brescia 1984, p. 193ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos» (Sal 145,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La experiencia de un camino de pobreza es un camino de liberación, de alegría y de entusiasmo -porque nos une íntimamente a Cristo-, y nos hace gustar de una manera imprevista la fuerza de la cruz, su capacidad de renovar hasta las situaciones más estancadas, aparentemente más irritantes por su inmovilismo.

El momento del descubrimiento de las páginas del evangelio supone, para todos, un poco de gusto, de atención, de compromiso con un mayor ejercicio de austeridad, de pobreza, de penitencia, de renuncia. Sin este esfuerzo, esas páginas se quedan como mudas; cuando se ha dado algún paso en este sentido, aunque sea simple, entonces las palabras de Jesús se vuelven actuales y resonantes, adquieren relieve y nos damos cuenta de que vivimos algo de la alegría y el entusiasmo de los Doce, que caminaban por los caminos de Palestina siguiendo a Jesús después de haberle dicho: «Pues bien, Maestro, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (C. M. Martini, Dizionario spirituale. Piccola auida perl'anima, Cásale Monf. 1997, p. 138 [edición española: Diccionario espiritual: pequeña guía para el alma, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998]).

 

 

 

Día 26

Lunes 26ª semana del Tiempo ordinario o Santos Cosme y Damián (26 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

La leyenda y la devoción popular de los santos Cosme y Damián sobrepasan con mucho los documentos históricos de sus vidas y milagros. Estos santos están tan lejanos de nosotros en la historia (siglo III) que los ríos que han salido de aquellas fuentes de información han llegado hasta nosotros por cauces de leyenda.

Según una tradición muy antigua, estos santos tienen su tumba en Ciro (Siria). Son presentados como hermanos y gemelos. Se dice también que eran médicos de profesión. Convertidos al cristianismo, dieron testimonio de su fe hasta la muerte, la cual les sobrevino en la persecución de Diocleciano.

Lo que san Pablo cuenta de sí mismo (2 Cor 11,16-33) lo aplican los devotos al martirio de los santos Cosme y Damián: fueron arrojados a la cárcel encadenados, pasaron por agua y por fuego, fueron crucificados, asaeteados y, finalmente, decapitados. Este martirio ocurrió por el año 300. Pronto corrió su fama desde Oriente hasta Occidente.

Son muchos los templos y parroquias en todo el mundo que están dedicados a estos dos santos. Igualmente, también desde muy antiguo los han tomado por patronos protectores los médicos y boticarios.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 1,6-22

6 Un día en que los hijos de Dios asistían a la audiencia del Señor, se presentó también entre ellos Satán.

7 Y el Señor preguntó a Satán: -¿De dónde vienes? Él respondió: -De recorrer la tierra y darme una vuelta por ella.

8 El Señor le dijo: -¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay en la tierra nadie como él; es un hombre íntegro y recto, que teme a Dios y se guarda del mal.

9 Dijo Satán: -¿Crees que Job teme a Dios desinteresadamente?

10 ¿Acaso no lo rodeas con tu protección, a él, a su familia y a sus propiedades? Bendices todo cuanto hace y sus rebaños llenan el país.

11 Pero extiende tu mano y quítale todo lo que tiene. Verás cómo te maldice en tu propia cara.

12 El Señor le respondió: -Puedes disponer de todos sus bienes, pero a él no lo toques. Y Satán se retiró de la presencia del Señor.

13 Un día en que los hijos y las hijas de Job estaban comiendo y bebiendo en la casa del hermano mayor,

14 llegó un mensajero con esta noticia para Job: -Estaban los bueyes arando y las asnas pastando cerca de ellos,

15 cuando irrumpieron los sábeos, se los llevaron y mataron a todos tus siervos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

16 No había acabado de hablar, cuando llegó otro diciendo: -Cayó un rayo del cielo y abrasó a ovejas y pastores; todo lo devoró. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

17 Aún estaba hablando éste, cuando llegó otro que dijo: -Los caldeos, divididos en tres cuadrillas, se lanzaron sobre los camellos y se los llevaron. A tus criados los mataron. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

18 Todavía estaba hablando éste, cuando llegó otro que dijo: -Mientras tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor,

19 se levantó un fuerte viento venido del desierto que sacudió las cuatro esquinas de la casa; ésta se derrumbó sobre los jóvenes y los mató a todos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

20 Entonces Job se levantó, rasgó sus vestiduras y se rapó la cabeza. Luego se postró en tierra en actitud de adoración

21 y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio,  el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!

22 A pesar de todo lo sucedido, Job no pecó ni maldijo a Dios.

 

**• El tema fundamental del libro de Job no es tanto el problema del sufrimiento como el del comportamiento del justo en la prueba de la fe. Sólo el sufrimiento en el momento de la prueba revela lo que hay en el corazón del hombre y la gratuidad de su fe. Dicho con otras palabras, el libro de Job nos muestra que la prueba existe, y que existe para todos, incluso para los mejores. No había motivo alguno para que Job fuera tentado, puesto que «es un hombre recto e íntegro, que teme a Dios y se guarda del mal» (1,1). Con todo, la prueba viene a llamar a su puerta. Verifica su fe. Revela si Job busca de verdad a Dios con una fe «pura» o, en cambio, se busca a sí mismo. Job sale vencedor de la prueba: «A pesar de todo lo sucedido, Job no pecó ni maldijo a Dios» (v. 22).

La primera parte de la narración comienza con una escena que se desarrolla en el cielo (w. 6-12). Da la impresión de que la reunión de los ángeles se asemeja a las asambleas que los reyes celebraban en sus cortes o a las que mantenían los dioses en la cima de las montañas sagradas. Los personajes fundamentales del relato son tres: Job, que vivía en Hus, fuera de las fronteras de Israel; era un hombre justo y rico y, por ello, estaba bendecido por Dios (cf. 1,1-3). Satán, el acusador, que aparece junto a la corte de Dios; está encargado de proyectar una luz mala sobre las acciones de los hombres. Por último, Dios, que sigue las acciones de los hombres. El diálogo tiene lugar entre Satán y Dios: «¿Crees que Job teme a Dios desinteresadamente?» (v. 9), dice Satán, y le propone a Dios la prueba: «Extiende tu mano y quítale todo lo que tiene. Verás cómo te maldice en tu propia cara» (v. 11). Se dará cuenta de si Job es capaz de amar verdaderamente de una manera gratuita. Dios accede frente a la petición de Satán, pero su confianza respecto a Job no disminuye un ápice.

La segunda parte (w. 13-22) describe las calamidades que se abaten sobre Job, provocadas por la espada, por el fuego y por el viento. De este modo es como se ve sometido Job a una dura prueba. A través de una apremiante sucesión de anuncios, pierde sus bienes, siervos e hijos. Sin embargo, para despecho de Satán, Job continúa bendiciendo al Señor y sale vencedor de l a prueba. Su fe no ha disminuido. Se postra en tierra y dice: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!» (v. 21). Satán ha perdido la apuesta.

 

Evangelio: Lucas 9,46-50

En aquel tiempo,

46 surgió entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.

47 Jesús, al darse cuenta de la discusión, tomó a un niño, lo puso junto a sí

48 y les dijo: -El que acoge a este niño en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado, porque el más pequeño entre vosotros es el más importante.

49 Juan tomó la palabra y le dijo; -Maestro, hemos visto a uno expulsar demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no pertenece a nuestro grupo.

50 Jesús les dijo: -No se lo prohibáis, que el que no está contra vosotros está de vuestra parte.

 

*•• La página evangélica que nos propone hoy la liturgia recuerda dos actitudes de verdadera fraternidad que nos traen a la mente la sencillez con la que san Francisco vivía el Evangelio. La primera de esas actitudes, contraria a la absurda de la ambición, es la humildad (cf. w . 46-48). La otra es la tolerancia (cf. w. 49ss). Los apóstoles se muestran sensibles a este problema. Jesús, en efecto, habla a menudo de él en el evangelio. En conjunto, ambas actitudes subrayan la necesidad de superar tanto la autosuficiencia de los grandes, que aspiran a los títulos y a los grados de dignidad, como el orgullo de pertenecer a un grupo.

La primera actitud se ocupa de la vida interna de la comunidad. Parece natural que, siguiendo la mentalidad mundana, ocupen los primeros puestos de la comunidad aquellos que se distinguen por sus dotes o por su sentido de la responsabilidad a la hora de administrar los servicios comunitarios. Por otra parte, también es natural en el hombre el deseo de sobresalir. Ésa es la razón de que los apóstoles se dejen arrastrar a discusiones interesadas (cf. también 22,24-27). Discuten espontáneamente sobre el puesto que ocupan y sobre quién de ellos es el más importante. Pero el Señor Jesús no piensa como ellos. Coge a un niño y lo pone junto a sí, en el centro, en el puesto de mayor dignidad. Su respuesta es bien precisa: «El más pequeño entre vosotros es el más importante» (v. 48b). Sólo el que es pequeño es «importante», porque es pobre, a saber: es pequeño de cuerpo, tiene necesidad de los otros, no tiene libertad de acción, es inútil. El niño es el símbolo del discípulo último y pobre. Pero es también la imagen de Jesús, que se abandona en actitud de adoración en brazos del Padre. Por eso dice aún Jesús: «El que acoge a este niño en mi nombre, a mí me acoge; y él que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado-» (v. 48a).

La segunda actitud del evangelio nos presenta otra característica de la fraternidad evangélica: la tolerancia. «Maestro, hemos visto a uno expulsar demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no pertenece a nuestro grupo» (v. 49). Jesús no es de este parecer: «No se lo prohibáis» (v. 50). Al contrario, invita a los suyos a abrir el corazón y el espíritu, a ser tolerantes. Dios envía a los que quiere a anunciar su Palabra. No es preciso pertenecer al grupo de Jesús o ser importante para hablar de él. Lo que cuenta no es la persona que habla; lo que cuenta es que se anuncie el Evangelio. Dios es rico: dispone de muchos modos para hablar al hombre.

 

MEDITATIO

El precio de la muerte de todos los santos mártires es la muerte de uno solo. ¿Cuántas muertes no habrá comprado la muerte única de aquel sin cuya muerte no se hubieran multiplicado los granos de trigo? Habéis escuchado sus palabras cuando se acercaba el momento de nuestra redención: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

En la cruz se realizó un excelso trueque: allí se liquidó toda nuestra deuda, cuando del costado de Cristo, traspasado por la lanza del soldado, manó la sangre, que fue el precio de todo el mundo. Fueron comprados los fieles y los mártires, pero la fe de los mártires ha sido ya comprada, y su sangre es testimonio de ello. Lo que se les confió lo han devuelto, y han realizado así aquello que afirma Juan: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos.

Y también, en otro lugar, se afirma: Has sido invitado a un gran banquete: considera atentamente qué manjares te ofrecen, pues también tú debes preparar lo que a ti te han ofrecido. Es realmente sublime el banquete donde se sirve, como alimento, el mismo Señor que invita al banquete. Nadie, en efecto, alimenta de sí mismo a los que invita, pero el Señor Jesucristo ha hecho precisamente esto: él, que es quien invita, se da a sí mismo como comida y bebida. Y los mártires, entendiendo bien lo que habían comido y bebido, devolvieron al Señor lo mismo que de él habían recibido.

Pero, ¿cómo podrían devolver tales dones si no fuera por concesión de aquel que fue el primero en concedérselos? ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación. ¿De qué copa se trata? Sin duda, de la copa de la pasión, copa amarga y saludable, copa que debe beber primero el médico para quitar las aprensiones del enfermo. Es ésta la copa: la reconoceremos por las palabras de Cristo cuando dice: Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz- De este mismo cáliz afirmaron, pues, los mártires: Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. «¿Tienes miedo de no poder resistir?» «No», dice el mártir. «¿Por qué?» «Porque he invocado el nombre del Señor» ¿Cómo podían haber triunfado los mártires si en ellos no hubiera vencido aquel que afirmó: Tened valor: yo he vencido al mundo? El que reina en el cielo regía la mente y la lengua de sus mártires y, por medio de ellos, en la tierra vencía al diablo y, en el cielo, coronaba a sus mártires. ¡Dichosos los que así bebieron este cáliz! Se acabaron los dolores y han recibido el honor. (Sermón 329 de san Agustín, en el natalicio de los mártires.)

 

ORATIO

Reunidos en comunión, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo, san José; la de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo, Andrés, Santiago y Juan, Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y Damián y de todos los santos; por cuyos méritos y oraciones concédenos en todo tu protección.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

(Plegaria encáustica I.)

 

CONTEMPLATIO

«Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11-12). Qué bien cuadran estas palabras de Cristo a los testigos de la fe, insultados, perseguidos y martirizados, pero nunca vencidos por la fuerza del mal.

Allí donde el odio parecía arruinar toda la vida, sin posibilidad de huir de su lógica, los mártires manifestaron que el amor es más fuerte que la muerte. Bajo terribles sistemas opresivos que desfiguraban al hombre, en los lugares de dolor, entre durísimas privaciones, a lo largo de marchas insensatas, expuestos al frío, al hambre, torturados, sufriendo de tantos modos, ellos manifestaron admirablemente su adhesión a Cristo muerto y resucitado. «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna» (Jn 12,25). En estas palabras de Cristo se habla de una verdad que frecuentemente el mundo contemporáneo rechaza y desprecia, haciendo del amor hacia sí mismo el criterio supremo de la existencia. Pero los testigos de la fe no buscaron su propio interés, su propio bienestar y la propia supervivencia como valores mayores que la fidelidad al Evangelio. Incluso en su debilidad, ellos opusieron una firme resistencia al mal. En su fragilidad resplandeció la fuerza de la fe y de la gracia del Señor.

La preciosa herencia que estos valientes testigos nos han legado es un patrimonio común de todas las Iglesias y de todas las comunidades eclesiales. Es una herencia que habla con una voz más fuerte que la de los factores de división. El ecumenismo de los mártires y de los testigos de la fe es el más convincente: indica el camino de la unidad a los cristianos del siglo XXI. Es la herencia de la cruz vivida a la luz de la Pascua: herencia que enriquece y sostiene a los cristianos mientras se dirigen al nuevo milenio.

Que permanezca viva la memoria de estos hermanos y hermanas nuestros a lo largo del siglo y del milenio recién comenzado. Más aún, que crezca. Que se transmita de generación en generación para que de ella brote una profunda renovación cristiana. Que se custodie como un tesoro de gran valor para los cristianos del nuevo milenio y sea la levadura para alcanzar la plena comunión de todos los discípulos de Cristo.

Elevo mi oración al Señor para que la inmensa muchedumbre de testigos que nos rodea nos ayude a todos nosotros, creyentes, a expresar con el mismo valor nuestro amor por Cristo, por él, que está vivo siempre en su Iglesia: como ayer, así hoy, mañana y siempre. (De la homilía de Juan Pablo II el tercer domingo de pascua del año 2000.)

 

ACTIO

Repite con frecuencia en la jornada de hoy la frase del evangelio: «Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De la carta de san Pablo a los Romanos 8,7 8-39:

Estimo que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Porque la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios, ya que la creación fue sometida al fracaso no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que la creación será librada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación gime y está en dolores de parto hasta el momento presente. No sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Porque en la esperanza fuimos salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve ¿cómo puede esperarlo? Si esperamos lo que no vemos, debemos esperarlo con paciencia.

Igualmente, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque no sabemos lo que nos conviene, pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inenarrables. Y el que penetra los corazones conoce los pensamientos del Espíritu y sabe que lo que pide para los creyentes es lo que Dios quiere. Y sabemos que Dios ordena todas las cosas para bien de los que le aman, de los que han sido elegidos según su designio. Porque a aquellos que de antemano conoció también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó los llamó; y a los que llamó, los justificó; y a los que justificó, los hizo partícipes de su gloria. ¿Qué más podremos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente con él todas las cosas? ¿Quién podrá acusar a los hijos de Dios? Dios es el que absuelve.

¿Quién será el que condene? Cristo Jesús, el que murió; mejor dicho, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y el que intercede por nosotros. ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Dice la Escritura: Por tu causa estamos expuestos a la muerte todo el día, somos como ovejas destinadas al matadero. Pero en todas estas cosas salimos triunfadores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy persuadido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro. 

 

 

Día 27

San Vicente de Paúl (27 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Vicente de Paúl nació en Pouy, en las Landas (sudoeste de Francia), el año 1581, en el seno de una familia modesta, que le orientó al estado eclesiástico. Tras ser ordenado sacerdote en 1600, estuvo buscándose a sí mismo durante un decenio. El fracaso de los diferentes progresos de vida le hizo redescubrir el sacerdocio como servicio a los pobres y como compromiso de vida. Reunió grupos de laicos comprometidos con los pobres (la Caridad, hoy Voluntariado vicenciano: 1617), y sacerdotes y hermanos para la evangelización de los pobres (Congregación de la Misión: 1625). En una época que marginaba a la mujer, fundó la congregación de las Hijas de la Caridad (1633), con lo que permitió a muchachas de toda condición asumir un compromiso de dedicación a los últimos. Influyó en las opciones estratégicas del Estado francés y, sobre todo, con ocasión de graves calamidades (guerras y devastaciones), fue el organizador y el animador de la caridad para la sociedad de su tiempo. Murió en París el 27 de septiembre de 1660.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 3,1-3,11-17.20-23

1 Por fin, Job abrió la boca y maldijo el día de su nacimiento,

2 diciendo:

3 ¡Desaparezca el día en que nací y la noche que dijo: «Ha sido concebido un hombre»!

11 ¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido?

12 ¿Por qué me acogió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?

13 Ahora dormiría tranquilo y descansaría en paz

14 junto a los reyes y señores de la tierra que reconstruyeron antiguos palacios

15 o junto a los príncipes que poseen oro y llenan de plata sus mansiones.

16 0 no existiría, como un aborto ignorado como los niños que no vieron la luz.

17 Allí termina el ajetreo de los malvados, allí reposan los que carecen de fuerzas.

20 Porque alumbró con su luz a un desgraciado y dio vida a los que están llenos de amargura,

21 a los que desean la muerte inútilmente y la buscan más que a u n tesoro;

22 a quienes saltarían de gozo ante un túmulo y se alegrarían si encontraran una tumba;

23 a quien no encuentra su camino y a quien Dios cierra el paso.

 

*•• Tras los siete días con sus siete noches durante los que los amigos de Job estuvieron sentados junto a él en silencio, éste «abrió la boca y maldijo el día de su nacimiento» (v. 1). La lectura litúrgica de hoy desarrolla precisamente este contenido: «Maldijo el día de su nacimiento». Job maldice el día en que nació y se pregunta por qué no murió ese mismo día y por qué no le fue arrebatada la vida en aquel momento. El continuo sufrimiento le lleva a la desesperación. No hay que extrañarse de que intente expulsar lejos de sí la memoria de su nacimiento: «que se apodere de él la oscuridad; que no se compute entre los días del año» (v. 6). Job desea que el día permanezca siempre noche, porque cada alba trae consigo el peso de nuevos sufrimientos.

En el capítulo precedente no se ve que Job maldiga a Dios o invoque la muerte. Veíamos más bien que Job resistía, dócilmente, a la violencia de la prueba. Este desahogo que le suponen las imprecaciones y los lamentos, en efecto, no los encontramos con frecuencia en la Escritura. Al contrario, en ella se alaba la vida y se habla con profusión del amor desinteresado. Sin embargo, encontramos en Jeremías una página célebre que recuerda a nuestro texto: «¡Maldito el día en que nací; el día en que mi madre me dio a luz no sea bendito!» (Jr 20,14).

Hay un cambio respecto a la meditación precedente. Aparece un nuevo modo de afrontar el problema del sufrimiento. Éste ya no es considerado simplemente como una prueba que evalúa la gratuidad de la fe, sino como una experiencia que nos lleva a penetrar en la intimidad del abandono, la angustia y la noche del Hijo de Dios crucificado. El hecho de que estas expresiones las encontremos ahora en la Escritura, como palabra revelada, resulta consolador. Significa que Dios no rechaza a quien, en medio de la prueba y de la experiencia de la oscuridad y de la desolación, habla sin saber lo que dice. Significa, por tanto, que la lamentación tiene un sentido, que no es inútil. Efectivamente, la Escritura acoge estas experiencias como oraciones. Las llama «oraciones de lamentación». Job, en la plenitud de su lamentación, no se aleja de Dios. No se esconde de su rostro. No busca otro Dios que no le oprima ni le aplaste.

Al contrario, se confía profundamente al Dios que le ha decepcionado. Y siempre es así: la lamentación sacude el corazón y lo libera.

 

Evangelio: Lucas 9,51-56

51 Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.

52 Entonces envió por delante a unos mensajeros, que fueron a una aldea de Samaría para prepararle alojamiento,

53 pero no quisieron recibirlo, porque se dirigía a Jerusalén.

54 Al ver esto, los discípulos Santiago y Juan dijeron: -Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?

55 Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, les reprendió severamente.

56 Y se marcharon a otra aldea.

 

**• El v. 51 está dotado de una fuerte densidad dramática. Este versículo constituye el centro en el que confluyen los dos grandes temas del evangelio de Lucas. Hasta aquí hemos visto el desarrollo de la misión de Jesús en Galilea, con todas sus palabras, su mensaje, sus parábolas, sus milagros y el testimonio de su amor (4,14-9,50). Pero ahora el evangelio de Lucas nos muestra que el destino de Jesús se dirige hacia su consumación.

En la enseñanza y en las palabras subintra la marcha hacia Jerusalén. Se trata de una nueva parte del evangelio (9,51-19,44). La última. En ella se juega la suerte del mismo Jesús.

Este camino conduce a su muerte en la cruz y, después, a su resurrección. Es la «hora» de Jesús a la que alude Juan (12,23; 16,32). La hora expresa la voluntad de entrega de la vida de Jesús. Ya desde el comienzo del evangelio se ve que Jesús está dispuesto a entregarse y todo tiende en él hacia el momento de la entrega. En esta hora acoge Jesús en sí mismo todo el sufrimiento y el dolor del hombre y entrega su propia vida para su salvación.

El objetivo de la primera parte del evangelio de Lucas es «comprender» el Reino; en la segunda, se trata de «entrar» en el mismo. Mientras que, en la primera parte, se presenta el Reino de una manera oscura a través de parábolas, como misterio escondido que crece en la oscuridad, con un crecimiento contrastado y fatigoso, ahora se revela de un modo más claro como el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Hablando de este itinerario, dice Lucas que Jesús «tomó la decisión de ir a Jerusalén» (v. 51). La expresión significa, al pie de la letra, «endurecer el rostro». La expresión está tomada de uno de los cantos del Siervo de YHWH: «Endurecí mi rostro como el pedernal» (Is 50,7). Jesús no sólo tiene una visión clara de los dolores a los que deberá hacer frente, sino que se abandona por completo a la voluntad del Padre.

 

MEDITATIO

San Vicente de Paúl fue durante diez años un sacerdote que se buscaba a sí mismo y que buscaba una sistematización que le conviniera. Los pobres habían estado siempre ante sus ojos, pero nunca se había fijado en ellos. Distribuía limosnas, sobre todo durante el tiempo que estuvo junto a la reina Margot, entre 1608 y 1610, pero no practicaba la caridad. Más tarde, una serie de ardientes acontecimientos le cambiaron por dentro. Le dio la vuelta a la pirámide de sus prioridades. Cuando se dio cuenta del hambre doble de las masas - a saber: el hambre de la Palabra y el hambre de Pan se sintió comprometido personalmente. Comprendió que debía dejar de buscarse y buscar. Más eso sin ningún frenesí activista. No fue nunca un protagonista de la caridad. No hacía, sino que hacía hacer. Indicó a la Iglesia de su tiempo cómo hacerse Iglesia de los pobres. Repetía: «No me basta con amar yo a Dios si mi prójimo no le ama». En un momento en el que triunfaba el misticismo, invitó a amar a Dios, pero «a expensas de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente». No quería que los suyos se sintieran privilegiados: «Nosotros vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de la pobre gente». Y ofreció un criterio ineludible para el servicio: «Los pobres son nuestros amos y señores... En el paraíso son grande señores y les corresponde a ellos abrirnos la puerta a nosotros». Por eso «no podemos garantizarnos mejor la felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio a los pobres, en brazos de la Providencia».

 

ORATIO

Apresúrate, María, Entre los olivos de plata acariciados por una brisa. En tu correr se hacen misioneros todos los pobres, se levantan los cojos, gritan los mudos, y los ciegos despiertan el arpa y la cítara. Alegraos, misioneras de la portería y de la enfermería; ella lleva vuestra voz y vuestro deseo secreto. Ella se hace voz por vosotras, mujeres de cincuenta años, llamada a estar con los locos. Ella corre por los sin nombre, los cualquiera, las viudas grises y un poco tristes condenadas a la pensión.

No te guía un fuego y una nube porque tú eres antorcha que ilumina las fortalezas negras como tus ojos.

Eres la nube blanca que indica el puerto a los desterrados, perdidos y confusos. Mujer de ayer y de mañana, haz que la Iglesia renazca, mujer encorvada, ya sin voz. Nuestras lámparas se apagan; vierte tú el aceite que no hemos podido comprar a tiempo. Vuelve a dar canto y pureza a nuestros jóvenes. Querernos vivir el Evangelio, ser también nosotros Palabra de Dios. Apresúrate contra el tiempo, llega antes de la noche, para que en nuestras iglesias reine la alegría y la alegría se vista de cantos de púrpura.

¿No ves cómo también el cielo se ha enamorado de ti y la tierra abre un camino llano?

El desierto grita de exultación y con tus exiliados pasos se siente recompensado de la soledad desesperada. Mujer soñada antes del tiempo, mujer sin edad, inmaculada y reina, hasta las estrellas brillan de alegría y te sirven de diadema y de festivo cortejo. No has tenido amoríos, esbelta niña de piel ambarina, sino mujeres de arrugas y de pensamiento, que han respirado olores de viejos y han subido las escalas de tétricas soledades.

La naturaleza se queda sin palabras, porque jamás de los jamases habría imaginado mujeres así.

(Luigi Mezzadri.)

 

CONTEMPLATIO

Algunos dichos del san Vicente de Paúl:

«La perfección no consiste en los éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios».

«Ocupémonos de los asuntos de Dios y él se ocupará de los nuestros».

«La Providencia de Dios no nos faltará nunca mientras nosotros no faltemos a su servicio».

«No hay mejor manera de garantizarnos la felicidad eterna que viviendo y muriendo al servicio de los pobres, en brazos de la Providencia».

«Toda nuestra vida no es más que un instante, que huye y se disipa pronto. Los setenta y seis años de vida que he pasado no me parecen ahora más que un sueño y un instante. Y ya no me queda nada, excepto el pesar de este momento».

 

ACTIO

Repite a menudo y medita durante el día estas palabras de san Vicente de Paúl: «Sin decir una palabra, si estáis llenos de Dios, tocaréis los corazones con vuestra sola presencia».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Decir san Vicente de Paúl es decir caridad. Los pobres son al santo como el santo a los pobres. No olvidemos que, en el momento en que Vicente se asomó a la vida, la Iglesia de Francia salía de una de las páginas más oscuras de su historia: las guerras de religión. Se combatía en nombre de Dios. En aquellos momentos, la Iglesia católica sufría una continua hemorragia.

Fueron muchos los que se marcharon de ella. Cuando acabó el combate físico quedaron las ruinas. Había que reconstruir las iglesias, pero había que rehacer la Iglesia. Un grupo de sacerdotes se comprometió en la tarea: Bérulle, Duval, Bourgoing, Condren y Vicente. No pidieron la intervención del Estado. Estos sacerdotes, antes de cambiar el mundo, se cambiaron a sí mismos.

Decía el santo en uno de sus textos: «Está escrito que busquemos el Reino de Dios. No es más que una frase, pero me parece que encierra muchas cosas. Nos enseña a aspirar siempre a eso que se nos recomienda, a fatigarnos de continuo por el Reino de Dios y a no permanecer en un estado de inercia e indolencia, a reflexionar en nuestra propia vida íntima a fin de regularla bien y no en las cosas externas para encontrar placer en ellas. Buscar significa preocuparse, significa acción. Buscad a Dios en vosotros, porque san Agustín confiesa que mientras lo buscó fuera de él no lo encontró; buscadlo en vuestra alma, la morada que le es agradable: éste es el lugar donde sus siervos que procuran poner en práctica todas las virtudes, las establecen.

Es necesaria la vida interior, y en ella deben converger todos nuestros esfuerzos: si faltamos en esto, faltamos a todo, y los que ya han faltado deben humillarse, implorar la misericordia de Dios y enmendarse. Si hay algún hombre en el mundo que tiene necesidad de ello, es este miserable que os habla: yo caigo, recaigo, salgo a menudo fuera de mí y entro en mí rara vez; acumulo culpas sobre culpas; ésta es la miserable vida que llevo y el mal ejemplo que doy».

 

Día 28

Miércoles 26ª semana del Tiempo ordinario

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Job 9,1-12.14-16

1 Job tomó la palabra y dijo:

2 De acuerdo, sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios.

3 Si alguien pretende litigar con él, ni un argumento entre mil le podrá rebatir.

4 Sabio y fuerte como es, ¿quién le resiste y queda impune?

5 Él traslada los montes sin que se den cuenta y los remueve cuando se enfurece;

6 hace que la tierra tiemble en sus cimientos y que se tambaleen sus columnas.

7 Si él lo prohíbe, el sol no se levanta, ni las estrellas dan su resplandor.

8 Sólo él extiende los cielos y camina sobre las espaldas del mar.

9 Él ha creado la Osa y el Orion, las Pléyades y la Constelación del Sur.

10 Hace cosas grandes e insondables y maravillas sin número.

11 Pasa junto a mí y no l o veo, se desliza a mi lado y n o me doy cuenta.

12 Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá?

13 ¿Quién le dirá: «Qué es lo que haces»?

14 ¡Cuánto menos podré yo replicarle, encontrar palabras contra él!

15 Aunque tuviera razón, no debo replicar. Sólo puedo suplicar al que me acusa.

16 Aunque le llamara y él me respondiera, no creo que hiciera caso a mi llamada.

 

**• El texto que hoy nos propone la liturgia, tomado del capítulo 9 de Job, es la respuesta que da el patriarca a las palabras de consuelo del tercer amigo, Bildad de Suaj (cf. capítulo 8). Éste había dicho que la desproporción entre Dios y el hombre es tan grande que no es posible ninguna discusión entre ellos. Dios siempre tiene razón. Job rebate su discurso con un elogio de la sabiduría y de la omnipotencia de Dios tal como aparece en su creación. Si Dios es tan grande e inaccesible en su creación -piensa Job-, tanto más lo será en el orden sobrenatural y moral: «De acuerdo, sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios» (v. 2). En los versículos siguientes, se lamenta Job, una vez más, de la manera arbitraria y prepotente que tiene Dios de comportarse: «Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá? ¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"?» (v. 12). De una manera un tanto irónica, da a entender Job que es inútil discutir con Dios, dado que nadie puede resistir ante él, puesto que siempre tiene razón en todo. Observa: «¡Cuánto menos podré yo replicarle, encontrar palabras contra él!» (v. 14). Frente a Dios no hay nada que hacer. Sólo, dejar que se hundan las montañas, que los vientos lo barran todo, que se abra la tierra, que el mar se desconcierte y que la tragedia se abata sobre el hombre.

Las palabras de Job son las de un hombre que sufre y protesta porque no consigue saber qué es justo y qué no. Hemos de señalar que Job no acepta soluciones que sean simples reducciones al pasado: sería mejor llamarlas actos de pereza, seguir la regla del mínimo esfuerzo.

Job quiere ver claro. Pero ¿eso es posible? Mientras dura nuestra peregrinación subsiste el problema del dolor. Está, sin embargo, la cruz de Cristo y su altísimo grito al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Me 15,33). La muerte de Jesús es dramática y él se precipita en el abismo doloroso de la maldad humana. Jesús no suprime el dolor, pero nos ha dicho lo suficiente sobre el valor salvífico del sufrimiento.

 

Evangelio: Lucas 9,57-62

En aquel tiempo,

57 mientras iban de camino, uno le dijo: -Te seguiré adondequiera que vayas.

58 Jesús le contestó: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

59 A otro le dijo: -Sígueme. Él replicó: -Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre.

60 Jesús le respondió: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.

61 Otro le dijo: -Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia.

62 Jesús le contestó: -El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.

 

*» Vimos ayer en el evangelio que con Lc 9,51 da comienzo una nueva parte del tercer evangelio. Se produce un cambio de ruta de Jesús: de la misión en Galilea a la-marcha hacia Jerusalén (9,51-56). Este nuevo camino, tal como decíamos, n o es nuevo sólo en un sentido topográfico, sino también en sentido teológico y místico.

Es un camino que culmina en la muerte y resurrección de Jesús. Esta perspectiva se vuelve paradigmática también para los discípulos. No hay vida cristiana sin compromiso con Cristo en la muerte. No basta, en efecto, con que el discípulo concentre la mirada en la gloria de Cristo; es preciso también que fije su mirada en el rostro de aquel que, tras haber muerto en la cruz, fue hecho perfecto y ha llegado a la gloria (cf. Heb 5,8ss).

Los tres diálogos referidos en el evangelio nos hacen ver que, además de los Doce, había también otros que querían seguir a Jesús, aunque no siempre sabían con claridad lo que significaba en el fondo «seguirle». Las exigencias del seguimiento de Cristo sólo se vuelven claras después de la pascua. Lucas no dice quiénes son estos tres interlocutores. Por Mateo, no obstante, sabemos que uno de ellos era un escriba o maestro de la Ley y el otro era un discípulo (8.19.21). En Lucas vemos que los tres se echan atrás intimidados por la «desnudez» que requiere Jesús para seguirle. El primero se había presentado a Jesús por propia iniciativa, pero Jesús le muestra el vacío que significa seguirle: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (v. 58). El segundo es un discípulo del Señor, como dice Mateo. Recibe la orden de seguirle que le da Jesús, pero le pide permiso para ir antes a sepultar a su padre. Jesús le responde: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 60).

Para el Señor está muerto todo lo que no es el Dios vivo (cf. Jn 14,6). El tercero ha preparado un programa y se lo muestra a Jesús: «Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia» (v. 61). Sin embargo, le responde el Señor de este modo: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (v. 62). No sabemos cómo acabaron estos tres. El evangelio sólo nos dice lo que ofrece Jesús a quienes le acompañan, o sea, el camino de la cruz. Pero aquí se requiere valor.

 

MEDITATIO

Job nos ha recordado el temor de Dios. De él hemos aprendido que hace falta proceder con mucho respeto para tratar con Dios. Nadie puede resistir ante Dios dirigiéndole palabras de crítica. Job lo dice muy bien: «Sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios»,

«¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"?». Con todo, debemos confiarnos por completo a Dios, aceptándolo humildemente en su grandeza infinita. Pero este Dios fuerte, tal como lo describe el Antiguo Testamento, se ha hecho hombre, ha tomado nuestra condición mortal y se ha revelado en el rostro pequeño, débil y vulnerable de Jesús.

Veíamos, en efecto, en el evangelio de hoy que Jesús obra con toda la autoridad de Dios, con una profunda humildad que nos impresiona. Mientras dice: «Sigúeme... deja... ve», nos pide al mismo tiempo que escojamos con valor una vida pobre y de sufrimiento semejante a la suya: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (y. 58). Dicho con otras palabras, Jesús vive su autoridad en medio de la máxima expoliación, como alguien que no tiene nada. ¿Quién se atrevería a hablar de autoridad y humillación juntas? Estarnos verdaderamente en el corazón de la fe plena y pura que se pide al discípulo. Con san Pablo podríamos decir: «Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10b). Y esto nos hace sobreabundar de alegría. Toda profundización del espíritu parte de una renovada adhesión a la vida de Jesús.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú sabes que también nosotros, como los apóstoles, nos imaginamos un seguimiento fácil, embriagador, sin tropiezos, y rechazamos el camino que tú nos preparas.

Concédenos, Señor, sabiduría y fuerza para conocer tus proyectos y adherirnos al camino que tú, con tanto amor, nos has preparado. Ayúdanos a comprender bien y de modo profundo lo que quieres de nosotros. Ya sabes lo difícil que nos resulta leer tu ciencia de amor.

Hasta tu cruz nos resulta difícil de comprender, y aún más redescubrirla en la trama cotidiana de nuestra vida.

Ayúdanos, al menos, a no desistir de la lectura de nuestra experiencia, a fin de que podamos descubrir tu amor y tu intenso deseo de que nos adhiramos a ti. Y si también esto nos resulta difícil, ayúdanos a dejarnos acoger por ti sin dudar de tu amor infinito.

 

CONTEMPLATIO

No se objete que, en todos estos casos, no se trata de la fe, sino de misiones extraordinarias. Estas grandes misiones son necesariamente ejemplares, pues las «columnas de la Iglesia» determinan el estilo de todo el edificio, dan canónicamente la norma y regla para todos (el canon): son un término medio, aclaratorio, entre la soledad de Jesucristo y la fundamentación de la fe de todo cristiano. Las misiones, menores y mayores, y todo cristiano tiene la suya, proceden todas del mismo punto.

Y, en efecto, misiones y carismas no se dan en medio de la comunidad, sino que se «reparten a cada uno por Dios según la medida de la fe, desde un cara a cara con Dios al cuerpo eclesiológico de muchos miembros» (Rom 12,3-4).

Sólo como individuo puede ser llamado el cristiano para la Iglesia, y en la Iglesia, para el mundo; como solitario que, en el momento de la llamada, no puede ser apoyado, visiblemente, por nadie. Nadie le quita la responsabilidad de su asentimiento, nadie le quita la mitad de la carga que Dios le echa encima. Si es cierto que Dios puede juntar misiones, también lo es que cada enviado ha tenido que estar antes solo ante Dios. Y nadie puede ser enviado si antes no lo ha puesto todo, sin reservas, en manos de Dios, libremente, como un moribundo tiene que hacerlo forzosamente. Una misión cristiana sólo puede surgir en absoluto cuando fundamentalmente se ha ofrecido y entregado todo; cuando Dios, sin reserva alguna de parte del creyente, puede elegir en él lo que le place. Sólo de este punto del encuentro con el Dios muriente puede salir de una existencia de fe algún fruto cristiano. Este fruto lo es siempre de amor, pero fundado en la entrega de sí mismo (H. U. von Balthasar, Seriedad con las cosas. Cordilla o el caso auténtico, Sigúeme, Salamanca 1968, pp. 29-30).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «.¿Porqué, Señor, me rechazas y me ocultas tu rostro?» (Sal 88,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Gicinna Beretta Molla fue una madre de la diócesis de Milán que, para dar la vida a su hijo, sacrificó la suya con meditada inmolación. Gianna era médico, casada y con tres hijos. Estaba esperando otro. Pero su alegría se mezcló pronto con las más graves preocupaciones. Junto al útero iba creciendo un grueso fibroma y se hacía necesaria y urgente la intervención quirúrgica. Gianna comprendió de inmediato lo que le salía al encuentro. La ciencia de entonces ofrecía dos soluciones consideradas seguras para la vida de la madre: una laparotomía total, con extirpación tanto del fibroma como del útero, o la extirpación del fibroma, con la interrupción del embarazo. Una tercera solución consistía en extirpar sólo el fibroma, sin tocar al niño, pero ponía en grave peligro la vida de la madre.

La doctora Beretta, antes de ir al hospital, fue a visitar al sacerdote con el que se confesaba habitualmente. Éste le exhortó a esperar y tener valor. «Sí, don Luigi -le respondió la mujer-; he rezado mucho durante estos días. Me he confiado con fe y esperanza al Señor, incluso contra las terribles palabras de la ciencia médica, que me decían: o la vida de la madre o la vida de su criatura. Confío en Dios, sí, pero ahora me corresponde a mí cumplir con el deber de madre. Renuevo al Señor la ofrenda de mi vida. Estoy dispuesta a todo, con tal de salvar la vida de mi criatura.»

Ella misma nos contó su primer encuentro con el cirujano: «El doctor me dijo antes de la operación: "¿Qué hacemos? ¿La salvamos a usted o salvamos al niño?". Enseguida le contesté: "No se preocupe por mí". Y, después de la operación, me dijo: "Hemos salvado al niño"». El doctor, de religión judía, respetó la voluntad de la paciente (A. Sicari, Gianna Beretta Molla, en id., II terzo libro aei ritratti di santi, Milán 1993, pp. 144-146, passim [edición española: Retratos de santos, Encuentro Ediciones, Madrid 1995]).

 

 

Día 29

Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael (29 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

El 29 de septiembre se celebraba en Roma, en el siglo V, el aniversario de la Dedicación de una iglesia en honor al arcángel san Miguel. La iglesia estaba situada en la calle Salaria. A esa fecha se pensó añadir el recuerdo de los otros arcángeles y de «todas las potencias incorpóreas» recordadas en días diferentes.

Miguel, nombre que en hebreo significa «¿quién como Dios?», es el arcángel defensor contra Satanás y sus satélites (Ap 12,7), el protector de los amigos de Dios (Dn 10,13.21), el que vigila sobre el pueblo (Dn 12,1).

De Gabriel -«fuerza de Dios», al pie de la letra- dice la Escritura que está «en la presencia de Dios» (Lc 1,19). Es el ángel enviado a llevar los anuncios alegres: el nacimiento del Bautista (Le 1,1 1 -20) y el de Jesús (Le 1,26-38); por otra parte, en el Antiguo Testamento, había revelado ya a Daniel los secretos del plan de Dios respecto a la historia (Dn 8,16; 9,21 ss).

Rafael -que significa «Dios ha curado»- figura también entre los siete ángeles que están ante el trono de Dios (Tob 12,15; cf. Ap 8,2). Tiene una función de asistencia; acompañó a Tobías en su viaje y curó a su padre de la ceguera.

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 7,9-10.13ss

9 Mientras yo continuaba observando, alguien colocó unos tronos y un anciano se sentó. Sus vestiduras eran blancas como la nieve y sus cabellos como lana pura; su trono eran llamas; sus ruedas, un fuego ardiente;

10 fluía un río de fuego que salía de delante de él; miles de millares lo servían y miríadas de miríadas estaban de pie ante él. El tribunal se sentó y se abrieron los libros.

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y vi venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él.

14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su Reino jamás será destruido.

 

**• A Daniel se le concede la visión de acontecimientos futuros (vv. 1-8) y, de un modo más profundo, se le hace partícipe del juicio de Dios sobre ellos y sobre toda la historia (vv. 9ss). Más allá de las apariencias, los poderosos de este mundo no son nada; el Señor es el verdadero y único Rey (v. 9c). Una corte inmensa de ángeles le sirve y le asiste en la realización de su designio. La contemplación del profeta se vuelve después todavía más penetrante: se le concede vislumbrar cuál es ese designio.

Ve, en efecto, aparecer un «hijo de hombre» de origen divino (viene, de hecho, sobre las nubes), a quien Dios confía la soberanía universal, un poder eterno y su mismo Reino, que las fuerzas del mal nunca podrán destruir (v. 14). El «Hijo de hombre» es, por consiguiente, el centro y el fin del proyecto de Dios sobre la historia, pero su cumplimiento -anticipado ahora en la profecía- tendrá lugar en el tiempo establecido y los ángeles colaborarán en ello.

 

Evangelio: Juan 1,47-51

En aquel tiempo,

47 Jesús vio a Natanael, que venía hacia él, y comentó: -Éste es un verdadero israelita, en quien no hay doblez alguna.

48 Natanael le preguntó: -¿De qué me conoces? Jesús respondió:

-Antes de que Felipe te llamara, te vi yo, cuando estabas debajo de la higuera.

49 Entonces Natanael exclamó: -Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.

50 Jesús prosiguió: -¿Te basta para creer el haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que ésa!

51 Y añadió Jesús: -Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre.

 

**• Se trata de una visión de la realidad que va más allá de la percepción inmediata; esta perícopa la revela. «Ven y verás», había sido la invitación de Felipe a Natanael. Y Jesús, al ver a Natanael que venía a su encuentro, exclama: «Ve [así al pie de la letra] un israelita...».

Su ver es un «conocer», que llega al mismo tiempo al corazón y a los acontecimientos que vive el hombre (v. 48).De este sentirse vistos/conocidos en todos los aspectos de la propia vida nace la apertura a la fe y la disponibilidad al seguimiento (v. 49). Entonces es cuando Jesús puede prometer al discípulo la entrada en una visión de la realidad semejante a la que tiene él mismo: «¡Verás cosas mucho más grandes que ésa! [...] veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (vv. 50ss), es decir, que el discípulo comprenderá la inmensa profundidad del misterio de Cristo, que abarca el cosmos y da sentido a la historia, y en cuyo servicio cooperan miríadas de ángeles.

El mundo trascendente de Dios -el cielo- está ahora abierto: en Jesús, Hijo del hombre, Dios desciende entre los hombres, y los hombres pueden subir en él a Dios. Y los ángeles son ministros de este maravilloso intercambio, de esta inesperada comunión.

 

MEDITATIO

Formamos parte de un designio de contornos ilimitados, cuyo artífice es Dios. Inmersos en un cosmos animado por presencias invisibles que participan con nosotros en el proyecto de Dios, somos constructores de una historia que tiene en Cristo su centro y su término.

El camino prosigue en la lucha, en un conflicto implacable con las fuerzas del mal, las cuales, sin embargo, no podrán destruir nunca el Reino que Dios ha confiado al Hijo del hombre. El combate durará hasta el final de los tiempos, llevado adelante en primera línea por los santos ángeles de Dios: los arcángeles, guiados por Miguel, y todas las criaturas espirituales fieles al Señor.

Esta realidad que nuestros ojos no pueden ver nos ha sido revelada a fin de que, con la fe, la esperanza y la caridad abundante en la vida diaria, combatamos el buen combate y apresuremos así la consumación del Reino de Dios. Si ofrecemos humildemente nuestra contribución, se nos concederá una límpida mirada interior: contemplaremos entonces la Misericordia que ha abierto los cielos y ha venido a morar entre nosotros para abrirnos el acceso al Padre, a fin de que con los ángeles podamos subir hasta su intimidad. Él ha desvelado para nosotros el misterio del hombre, para que con los ángeles aprendamos a descender junto a cada hermano. Nos ha introducido en su Reino a fin de que, convertidos en voz de toda criatura, cantemos eternamente con el coro angélico la gloria de Dios.

 

ORATIO

Con un ánimo repleto de esperanza y de confianza, de gratitud y de alegría, corremos a ti, oh Padre, para darte gracias... El camino del hombre a lo largo de los senderos del tiempo es un viaje arriesgado, pero tú has puesto a nuestro lado compañeros atentos que nos sirven con intelecto de amor. Te damos gracias por el arcángel Miguel, que nos ayuda a combatir el buen combate de la fe. Te damos gracias por el arcángel Gabriel, que viene a nosotros envuelto de misterio y deposita en nuestro corazón tu Palabra, para que ésta se vuelva en nosotros, como en María, obediencia y vida.

Te damos gracias por el arcángel Rafael, que, en la hora de nuestros miedos y enfermedades, nos coge de la mano y nos conduce por el recto camino para que no nos desviemos del camino de la salvación.

Te damos gracias, oh Padre, que de mil modos te haces presente a nosotros, nos guardas como a la niña de tus ojos, nos proteges a la sombra de tus alas, nos haces gustar ya desde ahora la dulzura de la íntima comunión contigo.

 

CONTEMPLATIO

No debemos creer que se confíe un determinado encargo a un ángel por casualidad: por ejemplo, a Rafael el encargo de curar y medicar; a Gabriel, el de apoyar en el combate contra las pasiones; a Miguel, el de ocuparse de las oraciones y de las súplicas de los mortales. Cada uno de ellos ha recibido estas tareas por los méritos, las inclinaciones, y las capacidades de las que dio pruebas antes de la creación de este mundo. Entonces se asignó a cada uno este o aquel ministerio; otros merecieron ser asignados al orden de los ángeles y actuar bajo este o aquel arcángel, este o aquel guía de su orden. Todo esto fue ordenado por el apropiado y justo juicio de Dios y dispuesto por aquel que ha juzgado y analizado los méritos de cada uno: así, a uno le ha sido confiada la Iglesia de los efesios, y a otro, la de los esmirniotas (cf. Ap 2,1.8); éste es el ángel de Pedro, aquél el de Pablo (cf. Hch 12,7; 27,23). A cada uno de los más pequeños de la Iglesia se le ha asignado este o aquel ángel, que contempla cada día el rostro de Dios (cf. Mt 18,10), y se señala al ángel que se disponga en torno a los que temen a Dios.

No debemos pensar que todo esto sucede así de manera accidental o por casualidad, ni siquiera porque hayan sido creados tales por naturaleza, para evitar que también a este respecto se acuse al Creador de parcialidad.

Creamos, más bien, que todo fue asignado por Dios, absolutamente justo y rector imparcial del universo, según los méritos, las capacidades, la energía y el ingenio de cada uno (Orígenes, I principi, 1, 8, 1, Turín [existe edición catalana en Alpha, Barcelona 1998]).

 

ACTIO

Repite el nombre del arcángel Miguel, que significa: «¿Quién como Dios?».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Según los Padres, los ángeles personifican las potencias celestes y han sido puestos por Dios junto a los pueblos como guías. Los ángeles toman una parte muy activa en la existencia histórica del mundo: llevan a cabo, bajo la guía del arcángel Miguel, una batalla contra los demonios, potencias de la nada y remedos de los ángeles, y salvaguardan el orden cósmico. Según san Basilio, los ángeles del Juicio «pesan» las almas. Ellos, que asisten a toda acción divina, están presentes de un modo particular en el martirio. La escala de Jacob los muestra como mensajeros de Dios. Están como «adheridos» a la Palabra y a la voluntad de Dios y las personifican. Cuando Dios decide curar, su voluntad toma la figura del ángel Rafael.

Cada vez que un ángel aparece es para transmitir y realizar algo de parte de Dios. Los ángeles muestran el «cielo», puesto que existen y actúan en un sentido que va de Dios hacia los hombres. Aunque mantiene su poder de revelación directa, Dios se revela la mayoría de las veces por medio de los ángeles, que son como los portadores de sus energías, de su luz y de su revelación.

Hasta el punto de que los tres ángeles que se aparecieron a Abrahán en el encinar de Mambré son considerados, sobre todo en la tradición iconográfica, como las figuras de las tres Personas divinas, el icono de la Trinidad. El ángel es un lugar teofánico, manifestación viviente de Dios: el nombre de Dios está en él y con el nombre su presencia (P. Evdokimov, La santitá nella traaizione della Chiesa ortodossa, Fossano 1977, pp. 126ss).

 

Día 30

San Jerónimo (30 de septiembre)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Nacido en Estridón el año 340, recibió una excelente instrucción en Roma, que completó con una serie de viajes por Oriente y Occidente, entablando amistad con los más famosos y cultos Padres orientales. Era un hombre tenaz, fuerte, austero y de gran erudición. Fue secretario del papa Dámaso, que le encargó una traducción de los textos originales de la Biblia al latín. Se marchó a Belén, donde llevó a cabo experiencias de vida monástica, de penitencia y de estudio. Se dedicó especialmente a la traducción y al comentario de los libros de la Sagrada Escritura. Le debemos numerosos comentarios y tratados exegéticos; su producción literaria y su competencia bíblica le sitúan entre los mayores doctores de la Iglesia latina, y es también el patrón de los biblistas.

Además de los susodichos libros, dejó muchos tratados polémicos, una colección de Cartas muy interesantes, así como la traducción de las obras de Orígenes. Tras una vida dispensada en el amor a Cristo y a la Iglesia, murió en Belén en el año 420.

 

LECTIO

Primera lectura: Job 38,1.12-21; 40,3-5

38,1 El Señor respondió a Job desde la tormenta y dijo:

12 ¿Has mandado en tu vida a la mañana o has asignado su puesto a la aurora

13 para que agarre a la tierra por sus bordes y sacuda de ella a los malvados?

14 El da forma a la tierra, como el sello a la arcilla, y se tiñe de color como un vestido,

15 pero niega la luz a los malvados y el brazo altanero queda roto.

16 ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares? ¿Has pisado en las honduras del abismo?

17 ¿Te han mostrado las puertas de la muerte? ¿Has visto los umbrales de las sombras?

18 ¿Has abarcado la anchura de la tierra? Habla, si es que lo sabes todo.

19 ¿Sabes dónde habita la luz y cuál es la mansión de las tinieblas,

20 para que puedas llevarlas a su sitio, y enseñarles el camino de su casa?

21 Lo sabrás, pues tienes tantos años que para entonces ya habrías nacido.

40,3 Y Job respondió al Señor:

4 Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte? No diré una palabra más.

5 Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré.

 

**• Hemos llegado a descubrir que toda la búsqueda de Job está basada en una esperanza indestructible. Aquel a quien busca Job existe y nos ama. La búsqueda es, ciertamente, fatigosa y doliente. Hay mucha soledad y mucha noche en esta búsqueda, pero, al final, el descubrimiento de Dios suscita alegría, paz, entusiasmo.

Leyendo el libro de Job, tenemos la impresión de que el autor sagrado describe el juego del amor que atraviesa toda la existencia. En el amor está la ausencia o, mejor dicho, la ocultación y la presencia juntas. Es como la madre que se retira para que el niño tenga la sorpresa de encontrarla junto a él. En los últimos versos del poemita emerge, entre ambos diálogos, el tema fundamental del Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí, y yo para él» (Cant 2,16).

Hemos visto en el libro de Job que éste apela a menudo al juicio de Dios: «¡Ojalá que alguien me escuchara!» (31,35). Por fin, en los capítulos 38-42 responde Dios a los requerimientos de Job. Se trata de una respuesta que, a su vez, es también una interpelación. Dios presenta a Job la inmensidad y el carácter grandioso de la creación. Le hace ver que el mundo es un inmenso proyecto divino que suscita admiración y estupor por su carácter grandioso y su belleza. Las preguntas que dirige Dios a Job las dirige asimismo a cada uno de nosotros.

Dios ha creado el mundo movido únicamente por la alegría de dar. No nos es posible contemplar el mundo permaneciendo encerrados en el cálculo egoísta de quien lo valora exclusivamente sobre la base de la utilidad personal.

        Job, que antes había luchado y polemizado con Dios y con sus amigos, permanece ahora en silencio, confuso. Renuncia a hablar. Renuncia a proseguir la discusión. Reconoce que ha hablado demasiado y de manera superficial. Job ha sido siempre sincero. Ha buscado con seriedad, pero no ha encontrado. Ahora puede afirmar: «Ahora te han visto mis ojos», mientras que antes «te conocía sólo de oídas» (42,5). Job, a través de la prueba y permaneciendo fiel a Dios, ha penetrado por fin en el misterio profundo de Dios.

 

Evangelio: Lucas 10,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús:

13 ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

14 Por eso, será más tolerable el día del juicio para Tiro y Sidón que para vosotras.

15 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás!

16 Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.

 

**• El evangelio de hoy concluye el mensaje con el que Jesús envía en misión a los «setenta y dos discípulos», sobre el que hemos reflexionado en el pasaje precedente (10,1-12). ¿Por qué habla Jesús con tanta dureza de Corozaín, de Betsaida, de Cafarnaún? ¿Qué quiere decir Jesús? La condena de estas tres ciudades ha de ser entendida en diferentes ámbitos.

Jesús subraya, en primer lugar, que estas ciudades no han escuchado la Palabra que él ha predicado, o sea, la gracia del Evangelio, la invitación a la conversión que él ha traído. En segundo lugar, Jesús pone de relieve, trágicamente, que los suyos le han abandonado. Quizás advierte la hostilidad del pueblo. Las antiguas ciudades paganas de Tiro y Sidón tendrán un juicio menos severo que el pueblo de Israel. Por último, en un tercer ámbito, Jesús prevé también que el Evangelio superará las fronteras de Galilea, que llegará a los gentiles, mientras que -por desgracia- las ciudades que fueron las primeras en recibir su mensaje se quedarán encerradas en un judaísmo anticristiano.

El texto se convierte en un aviso no sólo para todo el pueblo de Israel, sino también para todas aquellas personas que se excluyen de la gracia del Señor y caen en la hipocresía y en la resistencia puestas de manifiesto por los «ayes». Puede decirse que Jesús pretende censurar el único gran pecado, el imperdonable, ése contra el Espíritu Santo: cerrar los ojos a la manifestación de la gracia, a la oferta de perdón. Ése es el gran riesgo que corre la misión cristiana. Jesús lo ha dicho con claridad: «Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza» (v. 16).

 

MEDITATIO

Job, en medio de su terrible desgracia, la había emprendido con Dios: «¿Por qué ocultas tu rostro y me consideras tu enemigo? ¿Vas a asustar a una hoja que se la lleva el viento o a perseguir una paja seca? Pronuncias contra mí amargas acusaciones y me imputas pecados de juventud» (Job 13,24ss). Al final del libro, sin embargo, oímos a Dios interpelando a Job: «¿Has mandado en tu vida a la mañana o has asignado su puesto a la aurora?... ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares? ¿Has pisado en las honduras del abismo? ¿Te han mostrado las puertas de la muerte?» (cf. 38,12.16ss).

¡Cuántas cosas ignora Job! ¡Cuántas cosas se le escapan y no podrá aferrar nunca! Aunque poseyera la ciencia más refinada, desconocería aún muchas cosas. Llegado a este punto, reconoce Job que debe mostrarse pequeño y humilde ante Dios; más aún, «ligero», como dice en 40,3: «Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte?». Job reconoce que no lo sabe todo. Sólo Dios es el depositario de toda la ciencia. Job comprende que debe confiarse a Dios, abandonarse a él. Renuncia, por consiguiente, a interrogar: «No diré una palabra más. Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré» (40,4ss). La humildad consiste en «no saber», en carecer de pretensiones ante Dios. Sólo a través de la humildad, y de puntillas, entramos en el misterio de Dios: «Así que me puse a pensar para entenderlo, pero me resultaba muy difícil. Hasta que entré en los secretos de Dios y comprendí el destino que les aguarda [a los malvados] [...]. Yo era un estúpido y no lo comprendía, era como un animal ante ti. Pero yo estaré contigo siempre» (cf. Sal 73,16-23). Job nos enseña que lo que vale es estar siempre con Dios.

Señor Jesús, ante tu misterio de amor, frente al sufrimiento insondable que experimentaste en tu corazón, nos quedamos sin palabras. Nos sentimos impotentes y mudos, sin fuerzas. Nos descubrimos incapaces de experimentar tu infinita potencia de amor por nosotros. Sucumbimos fácilmente ante tu entrega inerme. Haznos comprender qué hay en el fondo de nuestros tormentos, qué hay dentro de los problemas que tanto nos hacen sufrir. Ayúdanos a estar siempre contigo. A poner nuestras manos en las manos de Dios, de suerte que podamos alcanzar su misterio, que no suprime el sufrimiento, sino que lo hace servir para que lleguemos a Él. Muéstranos que el secreto profundo de la realidad no se encuentra tanto en las grandes especulaciones como en la sobreabundancia del amor por ti.

 

CONTEMPLATIO

Job, ese hombre de tantas admirables virtudes, se conocía él mismo y era conocido por Dios, pero habría permanecido desconocido por nosotros si no hubiera sido golpeado y puesto a prueba. Ejercía también su virtud cuando vivía tranquilo, pero la fama de la misma se difundió sólo cuando se vio sacudido por el sufrimiento.

Mientras vivía en paz, conservaba dentro de él lo que era; cuando se vio sacudido, hizo llegar a todos el buen olor de su fortaleza. Del mismo modo que un perfume no se puede oler de lejos si no es agitado y el incienso no expande su aroma más que cuando lo queman, así el perfume de las virtudes de los santos no se expande más que en medio de las tribulaciones. Ésa es la razón de que se diga en el evangelio: «Si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: "Trasládate allá", y se trasladaría» (Mt 17,20). Si no se muele el grano de mostaza, no es posible conocer la fuerza de su propiedad (Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job, Pref., 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No diré una palabra más» (Job 40,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Que las dificultades no asustaron al beato Giovanni Battista Piamarta aparece asimismo en sus cartas: «Las contradicciones, en vez de remover nuestra constancia, deben revigorizarla fuertemente, porque la contradicción es señal de éxito de la obra».

Piamarta vio incluso en las tribulaciones y en las contrariedades un signo de la bondad de la obra: es obvio, por tanto, que debemos resistir, ser fuertes, no perder el valor, perseverar, aguantar, tener paciencia, porque las obras que están destinadas a dejar una huella y que quieren decir algo nuevo progresan y se imponen de este modo.

Le escribe a la madre Elisa Baldo: «He dado comienzo a mi obra, y los contrastes y los dolores, las desilusiones y las indiferencias y los abandonos, incluso por parte de personas de las que podía esperar con fundamento todo el apoyo moral y material, fueron mi pan de cada día y continúan siéndolo todavía más que nunca. La naturaleza se rebela ante tales tratos, pero el espíritu se encuentra a sus anchas, porque sabe que es precisamente con esos caracteres con los que el Dios bendito quiere marcar sus obras» (P. G. Cabra, Piamarta, Brescia 21997, p. 258).