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LECTIO DIVINA CUARESMA Y TRIDUO PASCUAL

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Lectio diaria

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Ciclo A     (Años 2011, 2014) Domingo 1º Domingo 2º Domingo 3º Domingo 4º Domingo 5º Domingo de Ramos
Ciclo B     (Años 2012, 2015) Domingo 1º Domingo 2º Domingo 3º Domingo 4º Domingo 5º Domingo de Ramos
Ciclo C     (Años 2013, 2016) Domingo 1º Domingo 2º Domingo 3º Domingo 4º Domingo 5º Domingo de Ramos

1. El misterio de la cuaresma en el corazón del hombre actual

        Vivimos en un tiempo de grandes cambios, de continuas puestas al día: de personas, instituciones... En esta euforia de cambio, impuesta por el mundo que nos toca vivir, necesitamos un cambio de mayor consistencia que las olas que mueren en la arena; nos referimos al cambio de nosotros mismos, a nuestro modo de sentir, pensar y actuar.

        Hoy, todo se sucede con rapidez. Parece que todo pasa de modo caótico, sin que tengamos la posibilidad de darnos cuenta de lo que sucede. Creemos que debemos aclarar, poner orden en nuestra vida. Sentimos la necesidad de un tiempo para "respirar".

En estos momentos en que se exalta la libertad, resulta que nos vemos atrapados por formas sutiles de esclavitud; algunos echan mano a liberaciones que resultan evasiones momentáneas, huidas, adormecimientos.

En muchos sectores aparece una renovación continua, pero no parece que esto ayude a superar esa sensación profunda de vejez que progresa inexorablemente. Con frecuencia escuchamos una frase en nuestras conversaciones: "Estoy agotado, no puedo más". Las vacaciones, las fiestas y los fines de semana no parece que consigan el efecto deseado. Necesitamos un reposo profundo que brote de un silencio vivificante. Las relaciones, tanto a nivel personal como social, se han hecho complicadas, conflictivas, falsas, creando profundas dificultades.

Aspiramos a una mayor claridad y serenidad, a superar el odio, a creer en la fecundidad del perdón, en la alegría de la reconciliación, del encuentro; a reunimos fraternalmente, en el diálogo. Todo esto no son más que las diversas facetas de una necesidad de salvación, pero el hombre, todos los hombres juntos, ¿es capaz de realizarla?

Para el cristiano, la cuaresma es un tiempo de verdadero cambio y renovación, tiempo para volver a respirar a pleno pulmón, tiempo para poner en orden tantas confusiones, para entablar relaciones auténticas, para restablecer diálogos rotos, para disfrutar del verdadero descanso..., todo para llegar a la salvación. Y esto no se lleva a cabo con un mero querer de la voluntad, ni es fruto de una inteligencia despierta; nace de esa decisión que nos pone a la escucha de Dios, de dejarse cambiar por Él, de abandonar nuestros caminos para caminar por los suyos, de entrar en la dinámica de una historia de salvación.

 

2. El misterio de la cuaresma, proclamado en la liturgia

En la liturgia cuaresmal Dios se hace el encontradizo con nosotros, con nuestras esperanzas, con nuestros dramas, y nos anuncia lo que ha hecho y quiere hacer hoy por nosotros, por nuestra liberación. Domingo a domingo, día a día, nos manifiesta su designio y nos indica las etapas del itinerario de nuestra salvación.

EL LECCIONARIO DOMINICAL Y FESTIVO

Anuncio del itinerario de la historia de la salvación (primeras lecturas A, B, C)

        La cuaresma es ante todo la proclamación del itinerario de nuestra salvación. El cristiano lo cumple recorriendo las grandes etapas de la historia de la salvación, proclamadas en las primeras lecturas de cada domingo (cf. año A, y lo mismo B y C): la creación y caída del primer hombre (primer domingo), los patriarcas (segundo domingo), el Éxodo (tercer domingo), el reino de David (cuarto domingo), los profetas (quinto domingo). En los diversos anuncios, la Palabra proalama, más con hechos que con palabras, cómo Dios lleva a cabo su plan de salvación: llama al hombre a la fe, a la alianza, a la vida, y hace reposar sobre él su Espíritu.

        La historia de salvación aparece, en una primera síntesis rápida, el primer domingo del año A: la historia es como el lugar de la tentación. El primer hombre sucumbe a la tentación no aceptando la Palabra de Dios ni su proyecto (primera lectura); el nuevo Adán, Cristo, vence porque sabe vivir de la Palabra, porque hace suya la voluntad del Padre (Evangelio); así, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (segunda lectura). El hombre que desee vencer la tentación debe decidir seguir a Jesús, entrar en el desierto, en su ayuno, para vivir de la voluntad del Padre. Toda la historia aparece como un itinerario hacia el desierto, una búsqueda del Señor y su palabra vivificante, para entrar en posesión de la "tierra".

        Una segunda síntesis se proclamará al final de la cuaresma, en la vigilia pascual. Las lecturas parten de la primera creación, para pasar, a través de la vocación de Abrahán y del pueblo de Israel y a través del anuncio de una nueva creación, a la proclamación de la resurrección de Cristo, creación definitiva. La historia de la salvación, anunciada por diversas etapas a lo largo de la cuaresma, desemboca en la pascua de Cristo. La pascua es la que da sentido a toda la historia y la recapitula. Este itinerario histórico-salvífico se desarrolla en los diversos ciclos con matices diversos; corresponden, respectivamente, al itinerario bautismal, cristológico-pascual, penitencial.

Año A: anuncio del itinerario bautismal

        Las lecturas del año A recogen la tradición antigua que acompañaba al catecúmeno en la preparación del bautismo: el gran anuncio de lo que Dios hace en el bautismo, es la mejor catequesis bautismal.

Primer domingo: domingo de la tentación. Se trata de una introducción general a este tiempo cuaresmal, con vistas a preparar para la lucha que espera al hombre en sus opciones definitivas. En este domingo, la Iglesia, después de escuchar el testimonio de padrinos y catequistas, celebra la elección de los admitidos a los sacramentos pascuales. En los domingos sucesivos les irá presentando el bautismo con las imágenes del agua, de la luz y de la vida.

Segundo domingo: domingo de Abrahán y de la transfiguración. El bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina. Con Abrahán, padre de los creyentes, también el catecúmeno debe partir, salir de su tierra (primera lectura); se entrevé la meta en la transfiguración de Cristo (Evangelio); el bautizado también será llamado "hijo de Dios".

Tercer domingo: domingo de la samaritana. Como Israel a lo largo del Éxodo, también el catecúmeno busca el agua que le salva (primera lectura); Jesús le indica, como a la samaritana, que tiene un agua capaz de extinguir toda sed (Evangelio); esta agua es su mismo Espíritu (segunda lectura). Como ya había anunciado Juan Bautista, Jesús es aquel que bautiza en agua y Espíritu Santo. La Iglesia en este domingo celebra el primer escrutinio; durante la semana tiene lugar la entrega del símbolo (el Credo).

Cuarto domingo: domingo del ciego de nacimiento. En el bautismo el hombre es liberado de las tinieblas e iluminado (Evangelio); se le capacita para vivir como hijo de la luz (segunda lectura), consagrado con la unción real (primera lectura). Se celebra el segundo escrutinio.

Quinto domingo: domingo de Lázaro. En el bautismo el hombre pasa de la muerte a la vida (Evangelio y primera lectura) y llega a ser capaz de agradar a Dios viviendo del Espíritu del resucitado (segunda lectura). Se celebra el tercer escrutinio y durante la semana se entrega a los catecúmenos la oración del Señor (el Padre nuestro).

Año B: anuncio de la nueva alianza en el misterio pascual de Cristo

        Las lecturas del año B ponen su atención en el tema de la alianza y en el misterio pascual de Cristo. Son una invitación a descubrir a Cristo, que en su misterio pascual se ofrece en sacrificio para nuestra salvación, para renovar la alianza, para hacerla "nueva y eterna".

Primer domingo: en el relato de las tentaciones se fija en la lucha que Jesús afronta con el mal, hasta vencerlo con su muerte y resurrección (Evangelio). Ya tuvo que luchar Noé, optando decididamente por Dios; fue salvado y pactó una alianza con el Señor (primera lectura): todo esto constituye un anuncio bautismal (segunda lectura).

Segundo domingo: el Padre toma la iniciativa. En el misterio de la transfiguración, que revela el misterio de la cruz, el Padre proclama a Jesús su Hijo (Evangelio); no le evita la muerte (segunda lectura) y nos lo entrega, como Abrahán, que ofreció en sacrificio a Dios a su hijo (primera lectura). En los domingos sucesivos, Jesús mismo revela haber aceptado el designio del Padre para convertirse en el templo donde se ofrece el nuevo sacrificio por nuestra salvación.

Tercer domingo: Jesús crucificado (segunda lectura) es, en su cuerpo, el nuevo templo destruido y reedificado (Evangelio); su acontecimiento pascual es sabiduría y potencia de Dios (segunda lectura), que lleva a cumplimiento la antigua Ley (primera lectura).

Cuarto domingo: la vuelta del destierro (primera lectura) y la liberación del pecado (segunda lectura) son la salvación que Cristo exaltado en la cruz, como la serpiente en el desierto, lleva a todos los hombres: su juicio es la salvación (Evangelio).

Quinto domingo: Jesús, con su obediencia hasta la cruz (segunda lectura), es el grano de trigo; cae en tierra, muere y da mucho fruto; es glorificado (Evangelio); en él se pacta la alianza que libera del pecado (primera lectura).

Año C: anuncio de la reconciliación

El tercer ciclo de lecturas cuaresmales es una gran catcquesis de reconciliación, cuyo culmen será la celebración de la pascua.

Primer domingo: el primer paso de la reconciliación consiste en reconocer a Dios, como hizo Israel (primera lectura) y, sobre todo, Jesús en el desierto (Evangelio); quien reconozca a Cristo se salvará (segunda lectura).

Segundo domingo: Jesús transfigurado revela el misterio que se efectúa en nosotros con la reconciliación (Evangelio) y al final de los tiempos (segunda lectura); en Cristo sacrificado se cumple la antigua alianza (primera lectura).

Tercer domingo: Dios envió a Moisés para librar a su pueblo (primera lectura). La historia es una "enseñanza" (segunda lectura) actualizada en Jesús cuando invita a la conversión (Evangelio).

Cuarto domingo: acogiendo la invitación a la conversión, el hijo que huyó del Padre, vuelve (Evangelio); es Cristo quien lo reconcilia (segunda lectura) y lo acoge en casa, en la tierra prometida, celebrando como Israel la pascua (primera lectura).

Quinto domingo: quien se conforma a Cristo por la muerte al pecado (segunda lectura), por el perdón (Evangelio), se hace criatura nueva (primera lectura). A éste se le invita a mantenerse en la novedad de vida: "Anda y no peques más" (Evangelio).

EL LECCIONARIO FERIAL

        El leccionario ferial presenta "los diversos temas propios de las catequesis cuaresmales" (OLM 98) y es muy variado.

Semana después de ceniza: aparece la invitación a la conversión interior, al ayuno espiritual, a la fraternidad.

Primera semana: invitación insistente a la conversión, la eficacia de la Palabra, el amor al prójimo.

Segunda semana: el perdón de los pecados, los verdaderos valores, el anuncio de la pasión.

Tercera semana: escuchar al Dios único, la curación obra de Dios, el perdón de Dios y el perdón recíproco, el culto espiritual.

Cuarta semana: la renovación que Dios ejecuta (cielos y tierra nuevos, aguas sanadoras, curación del paralítico...), la alianza, la incredulidad y tentativas de matar a Jesús.

Quinta semana: el perdón del Señor que salva (Susana, la adúltera, la serpiente de bronce, los jóvenes en el horno, Jeremías...), el anuncio de la pasión de Jesús y figuras típicas, la pasión de Jesús para salvar y reunir los hijos de Israel dispersos.

Sexta semana o Semana santa: el Siervo doliente de YHWH.

        En las dos últimas semanas se hace la lectura semicontinua de Jn 4-11. Se presenta el itinerario o subida de Jesús a Jerusalén, su autorrevelación como Hijo de Dios y la creciente oposición de los judíos hasta su decisión de matarlo.

3. El misterio de la cuaresma, celebrado en la liturgia

        En cuaresma se celebra el misterio del Éxodo de Israel, que se cumple en el éxodo de Jesús "de este mundo al Padre" y se vive hoy en la Iglesia.

        En primer lugar Israel, llamado por Dios, emprende un camino de liberación bajo la guía de Moisés. Caminó por el desierto para escuchar la voz de Dios (Jr 7,23) y aprender a vivir de la Palabra: "Moisés ayunó cuarenta días y cuarenta noches cuando recibió la ley..., le bastaba la Palabra de Dios y la luz del Espíritu que descendía sobre él" (prefacio ambrosiano).

        Cristo continúa y lleva a cumplimiento el camino de Moisés por el desierto convirtiéndose en guía y libertador de todos. Con su ayuno manifiesta su libertad señorío sobre las cosas, su saber vivir de algo más que de "pan", de "toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,14): su alimento es hacer la voluntad del Padre. A diferencia del primer hombre, que no aceptó el proyecto de Dios y se convirtió en esclavo, el nuevo Adán, Cristo, acoge la voluntad de Dios, que lo hace Señor de todo y de todos: incluso los ángeles le seriarán (Mt 4,11).

        La Iglesia celebra estos misterios del éxodo y ayuno de Cristo en la cuaresma, tiempo de renovación. Lo vive con los catecúmenos que se preparan a los sacramentos de la iniciación cristiana, al nuevo estilo de vida marcado por el Evangelio. En cuaresma, con sucesivas celebraciones (elección, escrutinios, entregas del Símbolo y de la oración dominical), recorren el tiempo de la purificación y de la iluminación, que les lleva a los sacramentos pascuales (itinerario bautismal). La Iglesia vive el tiempo de renovación como purificación del pecado con todos los penitentes, que después del bautismo sienten la necesidad de reconciliarse con Dios y con los hombres. Al concluir la cuaresma, según la antigua tradición, celebrará la reconciliación con la participación de todos los "santos" (itinerario penitencial). La Iglesia celebra con todos la cuaresma, buscando una renovación cada vez más profunda, mirando a Cristo, a su amor apasionado por el Padre y por los hombres, viviendo su misterio de "semilla" que, depositada en la tierra, muere y da mucho fruto (itinerario pascual).

4. El misterio de la cuaresma, vivido en la vida de cada día

Prácticas cuaresmales

        El cristiano recorre el itinerario cuaresmal dejándose guiar continuamente por la Palabra de Dios, haciendo suyas las prácticas características (ayuno, limosna, oración), que deben reinterpretarse según indicaba Pablo VI en pascua de 1967: "Cada uno examine su conciencia, que tiene una voz nueva en nuestra época" (Populorum progressio 47).

- El ayuno tiene ciertamente una dimensión física; además de abstinencia de alimentos, puede comprender otras formas, como privarse de fumar, de algunas diversiones...

    Pero todo esto no abarca toda la realidad del ayuno. Es sólo signo externo de una realidad interior; se trata de un rito que debe revelar un contenido salvífico; es el sacramento del ayuno santo. El ayuno ritual de cuaresma:

- es signo de nuestro vivir de la Palabra de Dios. En realidad no ayuna quien no sabe nutrirse de la Palabra de Dios. "Tú no sólo te alimentas con alimentos terrenos", canta la liturgia ambrosiana, "sino de toda tu Palabra santa", a ejemplo de Cristo, el cual "más que el alimento, deseó la santidad de los corazones; su alimento es la liberación de los pueblos, su alimento es hacer la voluntad del Padre";

- es signo de nuestra voluntad de expiación: "No ayunamos por la pascua, ni por la cruz, sino por nuestros pecados, porque estamos preparándonos a los misterios" (san Juan Crisóstomo);

- es signo de nuestra abstinencia de pecado: "El ayuno verdaderamente grande, el que compromete a todos los hombres, es la abstinencia de la iniquidad y de placeres ilícitos del mundo; éste es el ayuno perfecto [...]. Y, por consiguiente, cuando en este mundo vivimos rectamente, cuando nos abstenemos de la iniquidad y de los placeres ilícitos observamos de algún modo los cuarenta días de ayuno" (san Agustín).

- La limosna es fruto del ayuno y de las privaciones que conlleva. No es sólo un expediente para que sobrevivan situaciones injustas. Probablemente hoy se asocia la limosna cristiana con el compromiso por la justicia y la reestructuración de sistemas sociales. La limosna, así entendida, obliga al cristiano a solidarizarse con el esfuerzo por un nuevo orden social.

- También la oración brota de ese ayuno que nos hace vivir de la Palabra de Dios. La oración auténtica brota de la escucha asidua de la Palabra de Dios, sobre todo cuando se hace en común. En el tiempo de cuaresma el individuo, las familias, las comunidades cristianas, se reúnen más frecuentemente en torno a la Escritura, encuentran nuevos espacios de escucha (¿por qué no apagar también la televisión alguna tarde?), responden al Dios de la alianza con su "Amén" coral.

5. En conclusión

Celebrar la eucaristía en el tiempo cuaresmal significa:

- Volver a recorrer con Israel y con Jesús (bajo su guía, la predicación) el camino del desierto, el itinerario de la prueba y de la fe;

- aprender a vivir diariamente del pan del desierto, de esa Palabra que es Cristo mismo;

- comprometerse en la purificación de sí mismos, en la aceptación del don de la sangre de Cristo y en la ascesis cuaresmal;

- asumir con más decisión la obediencia filial al Padre y el don de sí a los hermanos, que constituyen el sacrificio espiritual.

        Así, renovando los compromisos bautismales en la noche pascual, podremos "pasar" a la vida nueva de Jesús, Señor resucitado, para la gloria del Padre, en unidad con el Espíritu.

 

Miércoles de ceniza

 

LECTIO

Primera lectura: Joel 2,12-18

Así dice el Señor:

12 Pero ahora, oráculo del Señor, volved a mí de todo corazón, con ayunos, lágrimas y llantos;

13 rasgad vuestro corazón, no vuestras vestiduras, volved al Señor vuestro Dios. Él es clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto a perdonar.

14 ¡Quién sabe si no perdonará una vez más y os bendecirá de nuevo, permitiendo que presentéis ofrendas y libaciones al Señor vuestro Dios!

15 ¡Tocad la trompeta en Sión, promulgad un ayuno, convocad la asamblea,

16 reunid al pueblo, purificad la comunidad, congregad a los ancianos, reunid a los pequeños y a los niños de pecho! Deje el esposo su lecho y la esposa su alcoba.

17 Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: "Perdona, Señor, a tu pueblo y no entregues tu heredad al oprobio, a la burla de las naciones. Por qué han de decir los paganos: "¿Dónde está su Dios?".

18 El Señor se apiadó de su tierra y perdonó a su pueblo.

 

*» El mensaje del profeta Joel se pronunció probablemente después del destierro, en el templo de Jerusalén: una plaga de langostas devastó los campos, ocasionando carestía y hambre (1,2-2,10); como consecuencia, cesó el culto sacrificial del templo (1,13-16). El profeta debe leer los signos de los tiempos; por eso anuncia la proximidad del "día del Señor" invitando a todo el pueblo al ayuno, a la oración, a la penitencia (2,12.15-17a).

La palabra clave de este fragmento, repetida tres veces en los primeros versículos, es volver (shüb en hebreo): verbo clásico de la conversión. En el v. 12 manifiesta la invitación al pueblo, indicando las modalidades de esta conversión, es decir, con el corazón y con los ritos litúrgicos, que serán auténticos y agradables a Dios si manifiestan la renovación interior. En el v. 13 la invitación a volver aparece de nuevo y la motivación es: porque el Señor siempre es misericordioso. En el v. 14 el mismo verbo se refiere a Dios abriendo una puerta a la esperanza: "perdonará una vez más".

Un amor sincero a Dios, una fe más sólida, una esperanza que se hace oración coral y penitente, a la que ninguno debe sustraerse: con estas promesas el profeta y los sacerdotes podrán pedir al Señor que se muestre "celoso" con su tierra, compasivo con su heredad (vv. 17s).

 

Segunda lectura: 2 Corintios 5,20-6,2

Hermanos,

5,20 somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios. - A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado para que, por medio de él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios.

6  Ya que somos sus colaboradores, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios.

2 Porque Dios mismo dice: En el tiempo favorable te escuché; en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad, éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación.

 

**• Pablo, como un embajador en nombre de Cristo, es portador de un mensaje de exhortación de parte de Dios (v. 20). Lo esencial del anuncio se centra en una palabra: reconciliación. Dicha palabra manifiesta la voluntad salvífica del Padre, la obra redentora del Hijo y el poder del Espíritu que mantiene la diakonía (servicio) de los apóstoles (vv. 18-20). El culmen del fragmento es el v. 21, en el que se proclama el juicio de Dios sobre el pecado y su inconmensurable amor por los pecadores, por los que no perdonó a su propio Hijo (cf. Rom 5,8; 8,32). Cristo ha asumido como propio el pecado del mundo, expiándolo en su propia carne para que nosotros pudiésemos apropiarnos de su justicia-santidad. El apóstol utiliza un lenguaje radical. La asunción del pecado por parte de Jesús para darnos su justicia no es para que el hombre pueda tener algo de lo que carecía, sino para convertirse en algo que no podría ser por naturaleza: el Inocente se ha hecho pecado, maldición (cf. Gal 3,13), para que nosotros lleguemos a ser justicia de Dios. Esta extraordinaria gracia de Dios, concedida al mundo (v. 19) mediante la kénosis de Cristo, no debe acogerse en vano. El anuncio apasionado de sus ministros os hace presente aquí, para nosotros, el tiempo favorable: dejémonos reconciliar (katallássein) con Dios.

Este verbo indica una transformación de la relación del hombre con Dios y, consiguientemente, de los hombres entre sí. Por iniciativa de Dios se brinda a la libertad de cada uno la posibilidad de llegar a ser criaturas nuevas en Cristo (5,18), a condición de rendirse a su amor, que nos impulsa a vivir no ya para nosotros mismos, sino para aquel que ha muerto y resucitado por nosotros (vv. 14s).

 

Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

1 Cuidad de no practicar vuestra "justicia" para que os vean los hombres, porque entonces vuestro Padre celestial no os recompensará.

2 Por eso, cuando des limosna, no vayas pregonándolo, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alaben los hombres. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

3 Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

4 Así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

5 Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

6 Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.

16 Cuando ayunéis, no andéis cariacontecidos como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que la gente vea que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su recompensa.

17 Tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara,

18 de modo que nadie note tu ayuno, excepto tu Padre, que ve en lo escondido. Y tu Padre, que ve hasta lo más escondido, te premiará.

 

*• "Cuidad de no practicar vuestra 'justicia'..." (así, literalmente, en el v. 1): Jesús pide a sus discípulos una justicia superior a la de los escribas y fariseos (cf. Mt 5,20) aun cuando las prácticas exteriores sean las mismas; reclama la vigilancia sobre las intenciones que nos mueven a actuar. Tras el enunciado introductorio siguen las tres típicas "obras buenas", en las que se indica, en concreto, en qué consiste la justicia nueva: la limosna (6,2-4), la oración (6,5-15) y el ayuno (6,16-18).

Dos elementos se repiten como un estribillo a lo largo de toda la perícopa: "recompensa" (o más literalmente salario: vv. 2.5.16) y "tu Padre que ve en lo escondido" (vv. 16.18). Nos enseñan que la piedad es una gran ganancia (cf. 1 Tim 6,6) si no se fija en el aplauso de los hombres ni busca satisfacer la vanidad, sino que busca la complacencia del Padre en una relación íntima y personal y si el salario esperado no es de este mundo ni del tiempo presente, sino para la comunión eterna con Dios, que será nuestra recompensa. De lo contrario, al practicar la justicia nos haríamos hypokritoí, que significa "comediantes" y, también, en el uso judaico del término "impíos" .

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra de hoy nos lleva de la mano por el camino de la verdadera alegría, viniendo a buscarnos en los callejones sin salida donde nos metemos y donde no podemos avanzar. Penitencia y arrepentimiento no son sinónimos de abatimiento, tristeza o frustración; por el contrario, constituyen una modalidad de apertura a la luz que puede disipar las oscuridades interiores, hacernos conscientes de nosotros mismos en la verdad y hacernos gustar la experiencia de la misericordia de Dios. Él siempre ve y conoce nuestras mezquindades y suciedades interiores y, sin embargo, ¡qué diferente es su juicio del nuestro!

"En tu luz veremos la luz" (Sal 35,10b): admirados notamos que desde el momento en que nos ponemos en camino, él nos envuelve con un amor más grande, nos despoja de nuestro mal y nos reviste de una inocencia nueva. El Señor había asignado al profeta la misión de convocar al pueblo para suscitar nueva esperanza a través de un camino penitencial; a los apóstoles les confía el ministerio de la reconciliación; a la Iglesia hoy, le encarga proclamar que ¡ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación! Volvamos al camino del Señor con todo su pueblo, dejémonos reconciliar con Dios permitiendo a Cristo que asuma nuestro pecado: sólo él puede conocerlo y expiarlo plenamente. Renovados por el amor aprenderemos a vivir bajo la mirada del Padre, contentos de poder cumplir humildemente lo que le agrada y ayuda a nuestros hermanos. Su presencia en el secreto de nuestro corazón será la verdadera alegría, la única recompensa esperada y ya desde ahora pregustada.

 

ORATIO

Padre mío, tú que ves en lo escondido, sabes cómo rehuyo de lo escondido del corazón y cómo busco la admiración de los hombres, pobre recompensa al orgullo de mi "yo" que recita su papel en la comedia de la piedad humana.

Muy distinto, mucho más desconcertante, es el misterio de tu piedad, pero cómo lo ignoro todavía, vagando lejos... Hazme volver, te suplico, a la hondura de mi ser donde tú moras: en la luz nueva del arrepentimiento exultaré de gozo en tu presencia.

Padre nuestro, que estás en los cielos, tú conoces el mal del mundo y cómo yo lo aumento cada día. Ayúdame hoy a acoger el día de salvación; concédeme ahora el mirar a tu Hijo, tratado como pecador por nosotros, crucificado por nosotros, por mí. Reconciliado por el Amor infinito, viviré en el humilde amor que no busca otra recompensa fuera de ti.

 

CONTEMPLATIO

Conviértete y vuelve al temor de tu Dios: ayuna, ora, llora, invoca con insistencia [...]. Vuelve, alma, al Señor con la penitencia que te acerca a él, que es bueno [...].

Busca el amor de los pobres, porque para Dios es mejor que ofrecerle un sacrificio; aleja la molicie de tu cuerpo y, por el contrario, da satisfacción al alma; purifica tus manchas para conocer la dulzura del Señor, y su luz descenderá sobre ti y te librarás de las tentaciones del enemigo, porque el Señor ha prometido acoger a los que recurren a él concediéndoles su misericordia.

Presta mucha atención: abandona las reuniones mundanas, el comer y beber en demasía, para no perder lo que el Señor ha prometido a los buenos y justos. Así, alma, construirás tu habitación con obras buenas, y tu lámpara lucirá en los cielos con el aceite de su misericordia. Acércate a su perdón y misericordia, y él hará resplandecer sobre ti su Espíritu. Lava con lágrimas tus pecados y descenderá sobre ti la bondad (Giovanni Mosco, Sentenze dei padri, "Paterikon" 196, en Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium, Lovaina).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Venid, volvamos al Señor" (Os 6,1a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Arrepentimiento no equivale a autocompasión o remordimiento, sino a conversión, a volver a centrar nuestra vida en la Trinidad. No significa mirar atrás disgustado, sino hacia adelante esperanzado. Ni es mirar hacia abajo a nuestros fallos, sino a lo alto, al amor de Dios. Significa mirar no aquello que no hemos logrado ser, sino a lo que con la gracia divina podemos llegar a ser [...].

El arrepentimiento, o cambio de mentalidad, lleva a la vigilancia, que significa, entre otras cosas, estar presentes donde estamos, en este punto específico del espacio, en este particular momento de tiempo. Creciendo en vigilancia y en conocimiento de uno mismo, el hombre comienza a adquirir capacidad de juicio y discernimiento: aprende a ver la diferencia entre el bien y el mal, entre lo superfluo y lo esencial; aprende, por tanto, a guardar el propio corazón, cerrando la puerta a las tentaciones o provocaciones del enemigo. Un aspecto esencial de la guarda del corazón es la lucha contra las pasiones: deben purificarse, no matarse; educarse, no erradicarse. A nivel del alma, las pasiones se purifican con la oración, la práctica regular de los sacramentos, la lectura cotidiana de la Escritura; alimentando la mente pensando en lo que es bueno y con actos concretos de servicio amoroso a los demás. A nivel corporal, las pasiones se purifican sobre todo con el ayuno y la abstinencia.

La purificación de las pasiones lleva a su fin, por gracia de Dios, a la "ausencia de pasiones", un estado positivo de libertad espiritual en el que no cedemos a las tentaciones, en el que se pasa de una inmadurez de miedo y sospecha a una madurez de inocencia y confianza. Ausencia de pasiones significa que no somos dominados por el egoísmo o los deseos incontrolados y que así llegamos a ser capaces de un verdadero amor (K. Ware, Diré Dio ogg'i. Il cammino del cristiano, Magnano 1998, 182-185 passim).

Jueves después de ceniza

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 30,15-20

Moisés habló al pueblo y dijo: Esto dice el Señor:

15 Mira, hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia.

16 Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te prescribo hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos y observando sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, vivirás y serás fecundo, y el Señor tu Dios te bendecirá en a tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella.

17 Pero si tu corazón se desvía, si no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les das culto,

18 yo declaro hoy que pereceréis sin remedio; no viviréis mucho tiempo en la tierra a la que vas a entrar para tomar posesión de ella después de pasar el Jordán.

19 Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia,

20 amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él, pues él es tu vida y el que garantiza tu permanencia en la tierra que el Señor juró dar a tus antepasados, a Abrahán, Isaac y Jacob".

 

*»• Este fragmento con el que se concluye la proclamación de la ley deuteronómica tiene como destinatarios los desterrados de Israel. Privados de su tierra, se les exhorta a reflexionar en las causas de su situación, a acoger de nuevo la alianza del Señor con todas sus exigencias, a abrirse a la esperanza. El autor inspirado expresa todo esto contraponiendo vida y muerte, bien y mal, bendición y maldición, que se proponen a nuestra libre elección (v. 15: "delante de ti"). Al individuo y a todo el pueblo les pide una opción responsable, de graves consecuencias. Cielo y tierra son testigos (v. 19). El cosmos creado por Dios es llamado a estar presente y a ser vengador del pacto.

La vida no es sólo don de Dios, sino también participación de su ser (v. 20). Él es el viviente que hace vivir. Hay que adherirse a él por el amor y la obediencia a sus mandamientos: Dios está deseando comunicarnos la vida y la bendición. Para ello da normas y preceptos: para indicarnos claramente cómo caminar por sus sendas (v. 16) y conseguir sus promesas.

 

Evangelio: Lucas 9,22-25

22 Dijo Jesús: - Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley, que lo maten y que resucite al tercer día.

23 Entonces se puso a decir a todo el pueblo: - El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga.

24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará.

25 Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde o se arruina a sí mismo?

 

**• A los discípulos que, después de haberles manifestado las opiniones de la gente, le declaran la propia fe, Jesús, por primera vez, les anuncia la necesidad de su pasión (9,18-22). Es una enseñanza impartida a unos pocos, aparte. Sin embargo, a todos (v. 23) el Maestro les indica claramente qué camino se debe seguir, si se quiere ser de sus discípulos. Según la costumbre de la época, los que entraban a formar parte de la escuela de un rabbí le seguían detrás, siguiendo sus huellas. Es el camino de la abnegación cotidiana, superando el miedo a la ignominia, al sufrimiento y a la muerte. Jesús lo indica hablando de la cruz. En la época de la dominación romana era frecuente el espectáculo de los condenados a muerte que transportaban el patibulum -o sea, el brazo transversal de la cruz- por las calles, desde el lugar de la condena al de la ejecución. Se trata, pues, de una imagen terriblemente realista: seguir a Cristo como discípulos es vivir como condenados a muerte por el mundo (2 Cor 4,1 Os; Rom 8,36), dispuestos cada día a afrontar el desprecio de todos. Pero lo característico de esta muerte concreta (su cruz, aceptada y llevada "cada día") es conducirnos a la verdadera vida. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo? v. 25).

 

MEDITATIO

El Señor pone ante nosotros la vida y la muerte, pidiéndonos tomar una decisión y ratificarla día tras día. Se trata de una opción que no es evidente, ya que Jesús lo indica con una paradoja: a la vida según Dios, a la vida que es Dios, se llega negándonos a nosotros mismos, llevando nuestra cruz cada día tras el Maestro, aceptando perder por él la vida presente. El cristianismo es una disposición radical a seguir a Cristo hasta el final, no un esfuerzo moral por mejorar el propio carácter o las propias costumbres.

No es fácil responder: "Sí, yo" a la invitación, que no deja lugar a ilusiones: "El que quiera seguirme...". Sin embargo, si aparece clara la perspectiva de sufrimiento incluida en el seguimiento, no aparece menos clara la meta final: la resurrección, salvar la vida, una vida en plenitud, sin parangón con ganar el mundo entero. Optamos, pues, por la vida amando al Señor, obedeciendo su voz y manteniéndonos unidos a él: si con él logramos atravesar la muerte a nosotros mismos cada día, con él experimentaremos desde ahora el inefable gozo de la resurrección, de la vida con él.

 

ORATIO

Jesús, tú eres el Camino, el único que conduce al Padre: tu camino no es de gloria, oh Varón de dolores, que sabes bien lo que es padecer; me invitas a seguirte, a optar en todo momento en dar mis pasos vacilantes siguiendo tus huellas seguras...

Jesús, tú eres la Verdad, la única que lleva a conocer el rostro de Dios: no infunde mucho entusiasmo verlo en el tuyo, oh Siervo doliente; está tan desfigurado que no parece rostro humano. Pero me invitas a creerlo; el que te ve a ti, ve al Padre; éste es el gozo perenne...

Jesús, tú eres la Vida, la eterna, que comienza ahora y desemboca en el seno de Dios. No es fácil aceptar perderla aquí y ahora, negando lo que satisface inmediatamente porque sacia mis deseos orgullosos y egoístas, pero tú me repites: "Quien pierda su vida por mí, la salvará".

Señor, tú eres el único que puedes darme fuerza, la gracia de dar un paso adelante, un pasito cada vez; de abrazar mi cruz diciendo: "Sí, quiero" a tu invitación, y seguirte caminando contigo hasta la meta, sin retroceder, por el camino de la vida en plenitud.

 

CONTEMPLATIO

Vivimos para Aquel que, muriendo por nosotros, es la Vida; morimos a nosotros mismos para vivir para Cristo; pues no podemos vivir para él si antes no morimos a nosotros mismos, a nuestra propia voluntad. Somos de Cristo, no de nosotros [...].

Morimos, pero morimos en favor de la vida, porque la Vida muere en favor de los que están muertos. Ninguno puede morir a sí mismo si Cristo no vive el él. Si Cristo vive en él, ninguno puede vivir para sí. ¡Vive en Cristo como Cristo vive en ti! Se ama a sí mismo rectamente quien se odia a sí mismo para su bien; esto es, se mortifica [...].

Debemos dirigir nuestros ataques contra todo vicio, sensualidad, contra la atracción del mal. Al que lucha le basta con vencer a los adversarios: venciéndote a ti mismo, habrás vencido a todos. Si te vences a ti mismo, das muerte a ti mismo, serás juzgado vivo por Dios. Tratemos de no ser soberbios, malvados, sensuales, sino humildes, dóciles, afables, sencillos, para que Cristo reine en nosotros; él que es un rey humilde y, sin embargo, excelso (san Columbano, Instrucciones X, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si morimos con él, viviremos con él" (2 Tim 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Por encima de la finitud, del espacio y del tiempo, el amor infinitamente infinito de Dios viene y nos toma. Llega justo a su hora.

Tenemos la posibilidad de aceptarlo o rechazarlo. Si permanecemos sordos, volverá una y otra vez como un mendigo, pero también como un mendigo llegará el día en que ya no vuelva. Si aceptamos, Dios depositará en nosotros una semillita y se irá. A partir de ese momento, Dios no tiene que hacer nada más, ni tampoco nosotros, sino esperar. Pero sin lamentarnos del consentimiento dado, del "sí" nupcial. Esto no es tan fácil como parece, pues el crecimiento de la semilla en nosotros es doloroso. Además, por el hecho mismo de aceptarlo, no podemos dejar de destruir lo que le molesta; tenemos que arrancar las malas hierbas, cortar la grama. Y, desgraciadamente, esta grama forma parte de nuestra propia carne, de modo que esos cuidados de jardinero son una operación cruenta. Sin embargo, en cualquier caso la semilla crece sola. Llega un día en que el alma pertenece a Dios, en que no solamente da su consentimiento al amor, sino en que, de forma verdadera y afectiva, ama. Debe entonces, a su vez, atravesar el universo para llegar hasta Dios. El alma no ama como una criatura, con amor creado. El amor que hay en ella es divino, increado, pues es el amor de Dios hacia Dios que pasa por ella. Sólo Dios es capaz de amar a Dios. Lo único que nosotros podemos hacer es renunciar a nuestros propios sentimientos para dejar paso a ese amor en nuestra alma. Esto significa negarse a sí mismo. Sólo para este consentimiento hemos sido creados (S. Weil, A la espera de Dios, Madrid 1993, 84).

Viernes después de ceniza

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 58,1-9a

Así dice el Señor:

1 Grita a pleno pulmón, no te contengas, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus rebeldías, a la casa de Jacob sus pecados.

2 Me buscan a diario, desean conocer mi voluntad, como si fueran un pueblo que se comporta rectamente, que no quisiera apartarse de lo que Dios estima justo. Me piden sentencias justas, desean estar cerca de Dios.

3 Y, sin embargo, dicen: "¿Para qué ayunar, si tú no te das cuenta? ¿Para qué mortificarnos, si tú no te enteras?". En realidad utilizáis el día de ayuno para hacer lo que os viene en gana y explotar a vuestros obreros.

4 Ayunáis entre disputas y riñas golpeando criminalmente con el puño. No ayunéis de esa manera si queréis que vuestra voz se escuche en el cielo.

5 ¿Es acaso ése el ayuno que yo quiero cuando alguien decide mortificarse? Inclináis la cabeza como un junco y os acostáis sobre saco y ceniza. ¿A eso lo llamáis ayuno, día grato al Señor?

6 El ayuno que yo quiero es éste: que abras las prisiones injustas, que desates las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas las tiranías,

7 que compartas tu pan con el hambriento, que albergues a los pobres sin techo, que proporciones vestido al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes.

8 Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas sanarán en seguida, tu recto proceder caminará ante ti y te seguirá la gloria del Señor.

9 Entonces clamarás y te responderá el Señor, pedirás auxilio y te dirá: "Aquí estoy". Porque yo, el Señor, tu dios, soy misericordioso.

 

**• La presente predicación de Isaías pertenece, con toda probabilidad, a los primeros años de la vuelta de Israel del destierro y se desarrolla en tres movimientos: intervención del profeta para que el pueblo sea consciente de la falsa autenticidad en que vive (vv. l-3a); proclamación del verdadero ayuno (vv. 3b-7); consecuencias positivas para el que une ayuno con la práctica de la justicia (vv. 8-12).

El pueblo, vuelto a la patria, estaba lleno de entusiasmo y esperanza, pero la situación es deprimente. Las dificultades superan toda previsión. Y YHWH parece sordo e indiferente ante las plegarias y el culto de su pueblo. El profeta condena en realidad un ayuno falso, que esconde graves situaciones sociales. Ante Dios, es estéril un culto exterior sin solidaridad con los pobres y sin justicia. Las auténticas manifestaciones exteriores de la conversión se resumen en la caridad con el necesitado y en la misericordia con el oprimido, que conducen al cambio de corazón.

En el texto de Isaías, nos parece leer las palabras de Jesús en Mt 25,31-46: "Tuve hambre y me disteis de comer...". Afirmar que el ayuno y el verdadero culto están en la práctica de la caridad no significa negar la práctica del ayuno. Significa recordar que el ayuno y el culto tienen que tener como objetivo la caridad. Es decir, el ayuno debe ser una renuncia que se hace amor a Dios y al prójimo, y el verdadero culto es relación con Dios sin individualismos y falsedad.

 

Evangelio: Mateo 9,14-15

En aquel tiempo

14 se le acercaron entonces los discípulos de Juan y le preguntaron: - ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?

15 Jesús les contestó: -¿Es que pueden estar tristes los amigos del novio mientras él está con ellos? Llegará un día en que les quitarán al novio; entonces ayunarán.

 

**• Los discípulos de Juan acusan a los de Jesús de no ayunar. La respuesta de Cristo es muy significativa: él inaugura el tiempo mesiánico, el de las bodas, el tiempo escatológico anunciado por los profetas y el tiempo de alegría en el que no se ayuna por la presencia del esposo. Muchos no saben ver en Jesús al Mesías. No saben reconocer que el Reino de Dios es gozo, que es la perla por la que se está dispuesto a venderlo todo con alegría. Siempre hay quien piensa que la renuncia por Dios es un peso y siempre hay quien tiene miedo del rostro gozoso de Dios: como si el Reino fuese únicamente sufrimiento. El ayuno cristiano no se limita a abstenerse de alimentos, sino a desear el encuentro con Jesús que salva con su Palabra.

Para comprender esta breve lectura, es preciso ubicarla en el contexto de los versículos siguientes. Cristo se sirve de dos comparaciones: no se pone un trozo de tela nueva en un vestido viejo y no se echa vino nuevo en odres viejos. Ambas comparaciones aducen otro motivo a favor del comportamiento de los discípulos de Jesús. Ha llegado el Reino de Dios, y los discípulos que lo han comprendido se sienten libres de ayuno y de las prácticas judaicas. Los viejos esquemas ya no son la medida adecuada para juzgar la "nueva justicia". No hay que esperar que la novedad de Cristo se encierre en los límites de las viejas formas: el Reino desgarra el tejido viejo, revienta los viejos odres y renueva los cimientos.

 

MEDITATIO

Parece como si la Iglesia se divirtiera poniéndonos en aprieto: por una parte recomienda el ayuno; por otra, atendiendo a los dos textos que nos presenta hoy, lo redimensiona. Aunque más que redimensionarlo, lo explica, le da el verdadero sentido. Parece bastante oportuno, especialmente hoy, cuando se redescubre el ayuno por motivos dietéticos y estéticos: guardar la línea, vigilar el peso. Añadamos la difusión de las prácticas orientales, en las que el ayuno tiene su importancia, con vistas a descubrir el "yo" profundo. El ayuno no es, pues, extraño a nuestra civilización pluralista y abierta a todas las corrientes. Pero hoy la Iglesia subraya dos dimensiones esenciales del ayuno: su referencia cristológica y su dimensión de solidaridad.

La referencia a Cristo: se ayuna porque Cristo, el Esposo, todavía no está del todo presente en mí, en la sociedad en la que vivo. El Esposo está preparado, pero yo no: su amor no ocupa todo mi ser, su causa no se ha cogido verdaderamente por entero. ¿Ayuno para dejarle sitio en mi vida, para crear un vacío en mí, de suerte que él pueda acaparar toda mi existencia?

La referencia a la solidaridad: mi ayuno debe sensibilizarme con el que pasa hambre y sed, creando en mi el sentido de responsabilidad con los pobres y necesitados.

¿No has notado que hoy día, después del Concilio, la Iglesia ha redimensionado el ayuno exterior y ha movido a que los cristianos asuman "las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres"? (Gaudium et spes 1). ¿Qué lugar ocupa en mi vida el ayuno cristiano?

 

ORATIO

Señor, apiádate de mí, que me preocupo más de la mentalidad corriente que de tu crecimiento en mí. Por la salud, si un médico me prescribe una dieta, aunque sea severa, estoy dispuesto a hacer grandes sacrificios, pero para hacer que crezcas en mí, para sentirte "íntimo" como Esposo muy ansiado, para eso no me entusiasmo mucho, ni me preocupo por sacrificarme en demasía.

Señor, apiádate de mí, porque me preocupo más del aspecto exterior que del interior, estoy más atento para agradar a los hombres que para agradarte a ti: con frecuencia soy materialista. "Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias, Señor". Y hoy me siento humillado y confundido por mi doblez de corazón y mis equívocos.

Acrecienta, Señor, el sentido esponsal de mi vida cristiana, que me aclara tantas cosas de la tradición de la santidad, que de otro modo resultarían inexplicables. Te pido, en este cuaresma, aprender a ayunar de lo que me distrae inútilmente de ti, de todo aquello que me aleja de la contemplación de tu Palabra, de lo que me arrastra a "otros amantes", a otros amores que, poco a poco, pueden llevarme a ser un adúltero e infiel.

 

CONTEMPLATIO

Señor, no me has dejado en tierra ensuciándome en el fango, sino que, con entrañas de misericordia, me has buscado, me has sacado de los bajos fondos [...]. Me has arrancado con fuerza y me has alejado de allí hecho una lástima, con los ojos, orejas y boca obstruidos de fango. Tú estabas cerca, me lavaste en el agua, me inundaste y me sumergiste reiteradamente; cuando vi destellos de luz que brillaban en torno a mí y los rayos de tu rostro mezclados con las aguas, me llené de asombro, viéndome asperjado por un agua luminosa. Así tú te has dejado ver después de haber purificado totalmente mi inteligencia con la claridad, con la luz de tu Espíritu Santo (Simeón el nuevo teólogo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor, suelta mis cadenas de iniquidad" (Is 58,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un ayuno proporcionado a tus fuerzas favorecerá tu vigilancia espiritual. No se pueden meditar las cosas de Dios con el estómago lleno, dicen los maestros del espíritu. Cristo nos dio ejemplo con su prolongado ayuno; cuando triunfó sobre el demonio, había ayunado cuarenta días. Cuando el estómago está vacío, el corazón es humilde. El que ayuna ora con un corazón sobrio, mientras que el espíritu del intemperante se disipa en imaginaciones y pensamientos impuros. El ayuno es un modo de expresar nuestro amor y generosidad; se sacrifican los placeres terrenos para lograr los del cielo. Cuando ayunamos sentimos crecer en nosotros el reconocimiento de Dios, que ha dado al hombre el poder de ayunar. Todos los detalles de tu vida, todo lo que te sucede y lo que pasa a tu alrededor, se ilumina con nueva luz. El tiempo que discurre se utiliza de modo nuevo, rico y fecundo. A lo largo de las vigilias, la modorra y la confusión de pensamiento ceden su espacio a una gran lucidez de espíritu; en vez de irritarnos contra lo que nos fastidia, lo aceptamos tranquilamente, con humildad y acción de gracias [...].

La oración, el ayuno y las vigilias son el modo de llamar a la puerta que deseamos que se nos abra. Los santos padres reflexionaron sobre el ayuno considerándolo como una medida de capacidad.

Si se ayuna mucho es porque se ama mucho, y si se ama mucho es porque se ha perdonado mucho. El que mucho ayuna, mucho recibirá. Sin embargo, los santos Padres recomiendan ayunar con medida: no se debe imponer al cuerpo un cansancio excesivo, so pena de que el alma sufra detrimento. Eliminar algunos alimentos sería perjudicial: todo alimento es don de Dios (T. Colliander, // cammino dell'asceta. Iniziazione alia vita spirituale, Brescia 1987, 75s)

Sábado después de ceniza

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 58,9b-14

Dice el Señor:

9 Si alejas de ti toda opresión, si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias,

10 si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía.

11 El Señor te guiará siempre, te saciará en el desierto y te fortalecerá. Serás como un huerto regado, como un manantial inagotable;

12 reconstruirás viejas ruinas, edificarás sobre los antiguos cimientos; te llamarán "reparador de brechas" y "restaurador de viviendas en ruinas".

13 Si observas el descanso del sábado y no haces negocios en mi día santo; si consideras al sábado tu delicia y lo consagras a la gloria del Señor; si lo honras absteniéndote de viajes y evitas hacer negocios y contratos,

14 entonces el Señor será tu delicia. Te encumbraré en medio del país y  disfrutarás de la herencia de tu antepasado, Jacob. Es el Señor quien lo dice.

 

**• El texto de hoy es continuación del que escuchamos ayer: el Señor había pedido al profeta dirigir al pueblo una acusación, una denuncia "sin miramientos" (58,1); ahora el tono es más sereno y exhortativo. Cuatro son los puntos que se pueden resaltar en el texto: en los vv. 9-10a se indican ámbitos de conversión interior de lo que hoy llamaríamos caridad fraterna. Con estas condiciones sigue la promesa de comunión con el Señor y de restauración del país (vv. 10b-12). A continuación reaparece el tema del primer punto, pero el contexto es ahora el de los derechos de Dios, el respeto al sábado (v. 13), y el v. 14 indica la promesa consiguiente.

El Señor pide en primer lugar quitar de en medio lo que divide al pueblo (opresión, falsas acusaciones en los tribunales, difamación), para luego construir la comunión nivelando las diferencias sociales (el v. 10 dice: "Si das al hambriento tu alma/vida y sacias el alma/vida del oprimido"). Con estas condiciones Dios promete la comunión con él y la prosperidad: si sacias "de ti mismo" a tu hermano en dificultad, el Señor te saciará. Y, además, si reconstruyes con justicia la trama social, el Señor te concederá reconstruir viejas ruinas.

La añadidura respecto al sábado (vv. 13s) sigue de nuevo la estructura de los versículos precedentes (si... entonces...): si sabes refrenar la avidez de la eficiencia comprendiendo el sentido del reposo sabático, entonces el Señor te hará gustar su gozo y sus bienes, y te dará esa soberanía que buscas en vano con tus múltiples ocupaciones.

 

Evangelio: Lucas 5,27-32

27 Después de esto, salió Jesús y vio a un publicano, llamado Leví, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: - Sígueme.

28 Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

29 Leví le obsequió después con un gran banquete en su casa, al que también había invitado a muchos publicanos y a otras personas.

30 Los fariseos y sus maestros de la Ley murmuraban contra los discípulos de Jesús y decían: - ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?

31 Jesús les contestó: - No necesitan médico los sanos, sino los enfermos.

32 Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.

 

*» Jesús no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan: el versículo final de esta perícopa resume y constituye el culmen de lo que precede. La llamada de los primeros discípulos, gente ruda y sencilla; la curación del leproso, sin temer la impureza legal; el perdón de los pecados y la curación del paralítico: todo esto va revelando el rostro desconcertante del Maestro. Ahora invita a su seguimiento a un hombre doblemente despreciable por su oficio de recaudador y por ser colaboracionista con el odiado ocupante romano.

Jesús muestra la libertad soberana de sus elecciones, una libertad liberadora porque brota del amor, y por eso tiene poder de elegir del mundo del pecado a cuantos se dejen interpelar. En el brevísimo v. 28 aparecen tres verbos significativos: "dejándolo todo", toda atadura, toda cadena o peso, "se levantó" (Anástás: en griego es el mismo verbo usado para la resurrección de Jesús) "y lo siguió".

La liberación y la resurrección a una nueva vida se orientan a seguir a Jesús, a la misión. Leví no desaprovecha la ocasión del paso de la misericordia en su vida, en su casa, y quiere compartir con los demás la alegría de este encuentro desconcertante, para que se convierta en acontecimiento de gracia para muchos: por eso prepara "un gran banquete", reúne a una multitud (v. 29).

 

MEDITATIO

El hombre pecador es llamado por la Misericordia a la conversión para gustar la comunión con Dios. Enfermo en lo hondo del corazón, languidece buscando en el atolondramiento de los sentidos o de la superactividad el paliativo a la angustia que le devora interiormente, quizás sin saberlo.

Si no me reconozco a mí mismo en ese hombre pecador, herido, no es para mí la fiesta del perdón, la alegría de la curación. Continuaré sentándome en la mesa de la gente "de bien", sin contaminarme con la suciedad moral y material de los otros, sin dejar que me inquiete el Amor que va en busca de quien está llagado interiormente para sanarlo.

Por medio del profeta Isaías, Dios nos ha pedido compartir. En el Evangelio lo vemos encarnado: Jesús mismo ha compartido hasta el extremo, saciando con la propia vida al hambriento de justicia-santidad. La comunión que el Señor nos invita a construir entre nosotros tiene un precio elevado, que él ha pagado totalmente solo: asume todo el dolor del otro, aun el sufrimiento más desolador y que menos se nota, el del pecado. Si reconozco ser yo el pecador sanado de sus heridas, no buscaré más -tanto para mí como para los míos- que el abrazo infinitamente misericordioso de esas manos crucificadas.

 

ORATIO

Padre misericordioso, tú cuidas de todos los pequeños de la tierra y quieres que cada uno sea signo e instrumento de tu bondad con los demás. Tú brindas tu amor a todo hijo herido por el pecado y quieres unirnos a unos con otros con vínculos de fraternidad.

Perdóname, Señor, si he cerrado las manos y el corazón al indigente que vive a mi lado, pobre de bienes o privado del Bien. Todavía no he comprendido que tu Hijo ha venido a sentarse a la mesa de los pecadores; me he creído mejor que los demás. Por esta razón soy yo el pecador Haz que resuene tu voz en mi corazón, llámame ahora y siempre, oh Dios. Abandonando las falsas seguridades, quiero levantarme para seguir a Cristo en una vida nueva. Y será fiesta.

 

CONTEMPLATIO

En su infinita misericordia, el Señor se da a sí mismo y no recuerda nuestros pecados, como no recordó los del ladrón en la cruz. Grande es tu misericordia, Señor.

¿Quién podrá darte gracias como mereces por haber derramado en la tierra tu Espíritu Santo? Grande es tu justicia, Señor. Prometiste a los apóstoles: "No os dejaré huérfanos"' (Jn 14,18).

Ahora nosotros vivimos de esta misericordia y nuestra alma experimenta que el Señor nos ama. Quien no lo experimente, que se arrepienta: el Señor le concederá la gracia que guíe su alma. Pero si ves un pecador y no sientes compasión, la gracia te abandonará. Hemos recibido el mandamiento del amor, y el amor de Cristo se compadece de todos y el Espíritu Santo nos infunde la fuerza de hacer el bien. El Señor perdona los pecados de quien se compadece del hermano. El hombre misericordioso no recuerda el mal recibido: aunque le hayan maltratado y ofendido, su corazón no se turba, porque conoce la misericordia de Dios. Nadie puede apropiarse de la misericordia del Señor: es inviolable porque habita en lo alto de los cielos, con Dios (Silvano del Monte Athos, Non disperare, Magnano 1994, 9l-93passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sus llagas nos han curado" (Is 53,5c).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La ascesis de los padres del desierto imponía un tiempo de ayuno agotador y privaciones rigurosas: hoy la lucha ataca otro frente. El hombre no necesita un suplemento dolorosísimo; cilicios, cadenas y flagelaciones correrían el riesgo de destrozarlo inútilmente.

La ascesis consistiría más bien en imponerse un reposo, la disciplina de la calma y el silencio, en la que el hombre encuentre su capacidad de concentrarse en la oración y contemplación, aun en medio de la barahúnda del mundo; y sobre todo, recobrar la capacidad de percibir la presencia de los demás, de saber acoger a los amigos siempre. La ascesis se convierte así en atención a la invitación del Evangelio, a las bienaventuranzas: búsqueda de la humildad y la pureza de corazón, para liberar al prójimo y devolverlo a Dios.

En un mundo cansado, asfixiado por las preocupaciones y ritmos de vida cada vez más agobiantes, el esfuerzo se dirigirá a encontrar y vivir "la infancia espiritual", la frescura y la espiritualidad evangélica del "caminito" que nos lleva a sentarnos a la mesa con los pecadores y a compartir el pan ¡untos. La ascesis no tiene nada que ver con el moralismo. Estamos llamados a ser activos, viriles, heroicos, pero estas "virtudes" son dones de los que el Espíritu puede privarnos en cualquier comento; nada es nuestro.

En las alturas de la santidad está la humildad, que consiste en vivir en una actitud constante del alma en presencia de Dios. La humildad nos impide sentirnos "salvados", pero suscita una alegría permanente y desinteresada, sencillamente porque Dios existe. El alma reconoce a Dios confesando su impotencia radical; renunciando a pertenecerse. La ofrenda, el don de sí, es la humildad en acción. El hombre desnudo sigue a Cristo desnudo; permanece vigilante en su espíritu y espera la venida del Señor. Pero su alma lleva el mundo de todos los hombres; al atardecer de su vida, el hombre será juzgado de su amor (P. Evdokimov, La novitá dello Spirito, Milán 1980, Ó4-Ó5.78s, passim).

Primer domingo de cuaresma Ciclo A

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 2,7-9;3,1-7

2,7 Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente.

8 El Señor Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado.

9 El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer: así como el árbol de la vida en medio del huerto y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

3,1 La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios. Fue y elijo a la mujer:

- ¿Así que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del huerto?

2 La mujer respondió a la serpiente:

- ¡No! Podemos comer del fruto de los árboles del huerto;

3 sólo nos ha prohibido, bajo pena de muerte, comer o tocar el fruto del árbol que está en medio del huerto.

4 Replicó la serpiente a la mujer: - ¡No moriréis!

5 Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal.

6 La mujer se dio cuenta entonces de que el árbol era bueno para comer, hermoso de ver y deseable para adquirir sabiduría. Así que tomó de su fruto y comió; se lo dio también a su marido, que estaba junto a ella, y él también comió.

7 Entonces se les abrieron los ojos, se dieron cuenta de que estaba desnudos, entrelazaron hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores.

 

**• El plan de Dios y el problema del mal constituyen, en síntesis, los temas propuestos por la liturgia en este fragmento. De la tierra ('"damah), de la materia, Dios plasma al hombre ('adam), pero insufla en él su misma respiración; lo rodea de bien y de belleza (v. 9), le coloca en un ambiente preparado con esmero y le confía una (área, una misión (v. 15); le da amplia libertad para determinar y transformar la realidad cine le rodea mediante el trabajo y la autoridad personal (vv. 9s). Pero el hombre no debe establecer su norma del bien y el mal: esta norma la impone Dios; no debe conocer por experiencia el mal, so pena de llevarle a la ruina (vv. 16s).

        "Coiiofimiciiio" es para los semitas un hecho de experiencia más, antes que algo intelectual o moral. Dios da, pues, su mandamiento para la vida y la felicidad. Al hombre se le propone la elección de una libre obediencia, reconociendo la relación particular que el Creador le ofrece de vivir con él.

        Allí está el árbol, en medio del jardín, guardado únicamente por la advertencia de Dios. En este punto se insinúa la presencia del mal: el texto bíblico nos dice que el mal no es primariamente una opción errónea, sino más bien una entidad creatural que induce a esa opción astutamente. El término para indicar la serpiente significa también "adivinación", dejando entrever los cultos idolátricos, en los que el símbolo de la serpiente tenía mucho que ver y que no dejaban de atraer a Israel. En efecto, la serpiente trata de que parezca una mentira el mandato de Dios por una especie de falso oráculo (vv. 4s). La narración de la transgresión es una obra maestra de psicología, una secuencia de sensaciones perfectamente estudiadas (v. 6) en un deseo creciente;  pero el éxito del pecado consiste en comprobar la propia desnudez -es decir, nuestra fragilidad, el estar inermes, derrotados-, que lleva a avergonzarse de sí mismo y a no poder soportar la mirada de Dios.

 

Segunda lectura: Romanos 5,12-19

12 Así pues, por un hombre entró el pecado en el mundo y, con el pecado, la muerte. Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte.

13 Cierto que ya antes de la Ley había pecado en el mundo; ahora bien, el pecado no se imputa al no haber ley.

14 Y sin embargo, la muerte reinó sobre todos desde Adán hasta Moisés incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir.

15 Pero no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de uno todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos

16, y hay otra diferencia entre el pecado del uno y el don del otro, pues mientras el proceso a partir de un solo delito terminó en condenación, el don, a partir de muchos delitos, terminó en absolución.

17 Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobreabundancia de la gracia y del don de la salvación.

18 Por tanto, así como por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo es para todos los hombres fuente de salvación y de vida.

19 Y como por la desobediencia de uno solo todos fueron hechos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, todos alcanzarán la salvación.

 

*•• Es un texto un tanto difícil por su gran densidad teológica, pero de capital importancia para comprender cómo Cristo es el punto central tic la historia de la salvación.

Por el paralelo entre Adán y Cristo -los dos "prototipos" de la historia humana , tenemos una nueva explicación del misterio de la cruz. El primer padre de la humanidad, el viejo Adán, con un solo pecado ha arrastrado a todos al pecado y a la muerte (v. 12). Cristo, nuevo Adán, con un solo acto de justicia, o sea, con su muerte en cruz por amor, abre a todos el camino de la justicia, del amor y de la vida sobreabundante. Esta visión nos permite intuir que los acontecimientos de la historia no son casuales o independientes unos de otros, sino que están íntimamente vinculados, sea para el bien o para el mal: todo lo que hacemos tiene una repercusión fuera de nosotros, repercute en lodos los demás. Se trata del tema del "pecado social" .

La transgresión del primer hombre introduce a toda la humanidad en una deformidad respecto a la imagen de Cristo: todo hombre llevará grabada en su corazón, como una tara hereditaria, la culpa de los orígenes. Creado para vivir en comunión con Dios en santidad perfecta, sentirá siempre la tentación de hacer el mal. La Ley viene a ser como una terapia de urgencia ofrecida por Dios al hombre herido; en la Ley se indica lo que debe cumplir y lo que hay que evitar para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios (vv. 13-14.20a).

Pero la Ley por sí sola es insuficiente para restablecer la comunión con Dios: el hombre por sí mismo no puede levantarse de la caída. Por esta razón, Pablo, comparando el alcance de la acción de Adán y la eficacia de la

obra de Cristo, muestra la sobreabundancia del don de Dios. El paralelo entre Adán y Cristo lleva a un superávit de gracia, fruto de la obediencia del Hijo amado: cumpliendo la voluntad del Padre hasta la muerte de cruz, Jesús nos ha obtenido el retorno a Dios, el acceso a la vida eterna (v. 21).

 

Evangelio: Mateo 4,1-11

1 Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba.

2 Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre.

3 El tentador se acercó entonces y le dijo:

- Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes.

4 Jesús le respondió:

- Está escrito: No sólo de pan vive el hambre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

5 Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6 y le dijo:

- Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna.

7 Jesús le dijo:

- También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.

8 De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria

9 y le dijo:

- Todo esto te daré si te postras y me adoras.

10 Entonces Jesús le dijo:

- Márchate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él le darás culto.

11 Entonces el diablo se alejó de él, y unos ángeles se acercaron y le servían.

 

**• Jesús, proclamado por el Padre Hijo de sus complacencias, inmediatamente después del bautismo es conducido al desierto "por el Espíritu" para ser "tentado por el diablo": por consiguiente, esta prueba es querida por Dios. Jesús, que vino para recapitular toda la humanidad dando al Padre esa total adhesión que debía haber ofrecido Israel, es sometido a las mismas tentaciones del pueblo del Éxodo, como indican las citas del Deuteronomio con las que responde a Satanás (Dt 8,3; 6,16; 6,13). Pero donde Israel falló, Jesús vence.

La insidia diabólica comienza presentando a Jesús las esperanzas mesiánicas y pidiéndole que demuestre si es verdad que, como había afirmado la voz del cielo, es Hijo de Dios. A la propuesta de un mesianismo que satisfaga con facilidad las necesidades materiales del hombre, Jesús responde contraponiendo al alimento material el alimento espiritual de la Palabra vivificante de Dios (vv. 3s). A la imagen de una misión milagrera y espectacular que le propone el diablo, Jesús opone una sumisión incondicional a los designios de Dios (vv. 5-7). A la tentación del éxito sigue finalmente la del dominio -convertirse en señor de la tierra, ceder a la idolatría del poder-, pero el camino mesiánico que Cristo intuyó en el desierto es muy distinto. Con la autoridad que le viene de su dedicación plena a Dios, él, el perfecto adorador del Padre, expulsa al demonio (vv. 8-11).

Mateo nos presenta a Jesús no sólo como el verdadero Israel, sino también como el nuevo Moisés, al citar el ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, y la mención del "monte altísimo" desde donde el diablo le muestra todos los reinos de la tierra, aludiendo a Dt 34,1-4. Estos cuarenta días en el desierto preparan a Jesús para que asuma la guía del nuevo pueblo de Dios, a quien ofrece la Ley nueva.

 

MIDITATIO

El Señor Dios prepara para el hombre un jardín delicioso y fértil: tierra de comunión y de encuentro entre el Creador y el "adán", tierra de libertad donde el amor es la consciente adhesión a la voluntad de Dios, con la certeza confiada de que quiere el bien de sus criaturas.

Aunque queda abierta la posibilidad del rechazo, aunque la serpiente puede hacerse notar en el jardín, el Espíritu de Dios conduce a Jesús al desierto: tierra de soledad donde todo calla y el silencio amplifica las voces que percibe el corazón; tierra de libertad donde Dios puede hablar o callar. También el diablo, el Divisor, puede encontrarnos en el desierto. Por eso fue conducido al desierto por el Espíritu.

El hombre engañado por el Maligno buscó una gloria que pensaba que un Dios envidioso le negaba: ser como Dios, autodeterminar lo que es el bien y el mal, la insidia de siempre. Y Adán se encontró desnudo, desterrado del jardín original, errante en una tierra que exige fatigas para producir pan. Jesús, por eso, bajó al abismo de la caída del primer hombre del orgullo y la autosuficiencia de cada uno de nosotros.

Como cualquier hombre, oyó la atractiva voz del que en la soledad absoluta se le acerca y le incita a probar sus propias posibilidades: someter a su servicio las leyes de la materia, instrumentalizar la protección divina, dominar el mundo comprometiéndose "sólo un poco" con el Príncipe de este mundo. ¿Acaso no son los medios más adecuados para llevar a cabo con éxito la misión confiada? Son tentaciones que cada uno conoce bien, aunque nos limitemos al ámbito del propio trabajo.

 

ORATIO

Oh Padre, tú que has ofrecido al hombre vivir en comunión contigo y que, cuando Adán, el progenitor soberbio, pecó no lo abandonaste en el abismo de su caída: mírame también a mí, sácame de la angustia en la que me precipita el deseo de ser un dios que encuentra en sí mismo la norma del bien y el mal.

Oh Cristo, tú que nos has rescatado del pecado de Adán y has seguido el camino de la obediencia indicado por tu Padre hasta la cruz: sálvame también a mí, que deseo saciarme de cosas, de gloria y de poder, aunque quedo desilusionado y hambriento porque la Vida está en otra parte.

Oh Espíritu, tú que condujiste a Jesús al desierto para que, victorioso del mal, pudiese restituir al Padre la sumisión amorosa que cada uno de nosotros le hemos negado: ilumíname y fortalece mi corazón, para que aprenda a discernir tu voluntad y la cumpla sin temer fracasos o burlas, con humildad obediente, en la libertad del amor.

 

CONTEMPLATIO

El Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. Cristo ciertamente fue tentado por el diablo, pero en él eras tentado tú. Pues tuya era la carne que Cristo asumió para que recibieses de él la salvación. Asumió la muerte, que era tuya, para darte la vida; tomó de ti las humillaciones para que tu recibieses de él la gloria.

He puesto en Cristo mi torre-fortaleza. Él, por nosotros, se ha hecho torre frente al enemigo, él es también piedra sobre la que está edificada la Iglesia.

¿Buscas remedio para no ser herido por el diablo?. ¡Refúgiate en la torre! Tienes ante ti la torre. Acuérdate de Cristo y habrás entrado en la torre. ¿Cómo te acordarás de Cristo? Cuando tengas algo por lo que sufrir, piensa que él ha sufrido antes y reflexiona por quién ha sufrido. Él murió para resucitar. Espera tú también lograr la meta en la que nos ha precedido y habrás entrado en la torre sin ceder ante el enemigo (Agustín, Exposición del salmo 60, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Estemos firmes en la prueba: nuestra fuerza es el amor de Cristo" (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La tentación más grave es la de la desesperación; es la que nos hace dudar de poder ser todavía perdonados y amados por el Padre. Ahí nos quiere llevar la astucia del diablo: a la desesperación.

Si desconfiamos de Dios, nosotros mismos nos separamos de él. Es tremenda esta tentación. La tentación de la desconfianza está en el origen de la trágica caída de los primeros padres y aparece a lo largo de todas las etapas de la historia de salvación. La encontramos desde el primer libro de la Biblia (Gn 3), donde la serpiente tentadora induce a Adán y Eva a desconfiar de Dios, hasta el Apocalipsis (ce. 3 y 12), donde el dragón se encona contra la Iglesia, dispuesto a devorar a los santos, los hijos engendrados en la gracia. La envidia empuja continuamente al maligno, aunque ya vencido por Cristo, a la tentativa desesperada de hacer caer a los hijos de Dios. Por eso el cristiano debe estar siempre alerta, dispuesto al combate que tiene que mantener con la armadura que Dios le procura (cf. Ef 6,12-18).

La Iglesia está sometida a la tentación lo mismo que todo cristiano; pero si perseveramos en la fe y en la oración, el Señor nos promete el auxilio para que no sucumbamos a la tentación (cf. Ap 3,10-12). La tentación es necesaria porque, después de la primera caída, todos deben someterse a la prueba. Nuestro corazón adolece de inconstancia y necesita robustecerse mediante una terapia intensiva y estimulante: la tentación libera nuevas y prodigiosas energías espirituales. El amor, en la prueba, se purifica y fortalece.

El Señor nos promete su ayuda: no seremos tentados por encima de nuestras fuerzas; el apóstol nos dice: "Dios es fiel, no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la prueba os proporcionará fuerzas suficientes para superarla" (1 Cor 10,1 3). El ancla de salvación es la cruz, a la que debemos estar fuertemente abrazados. Cristo padeció por nosotros la tentación y ha vencido (A. M. Cánopi, Si, Padre. Meditazioni sul Padre nostro, Milán 1 999, 114-116, passim).

 

Primer domingo de cuaresma Ciclo B

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 9,8-15

8 Siguió hablando Dios a Noé y a sus hijos:

9 - Voy a establecer mi alianza con vosotros, con vuestros descendientes,

10 y con todos los seres vivos que os han acompañado: aves, ganados, bestias del campo; con todos los animales que han salido del arca con vosotros y que ahora pueblan la tierra.

11 Ésta es mi alianza con vosotros: ningún ser vivo volverá a ser exterminado por las aguas del diluvio, ni tendrá lugar otro diluvio que arrase la tierra.

12 Y añadió Dios: - Ésta es la señal de la alianza que establezco para siempre con vosotros y con todos los seres vivos que os han acompañado:

13 pondré mi arco en las nubes; ésa será la señal de mi alianza con la tierra.

14 Cuando yo cubra de nubes la tierra y en las nubes aparezca el arco,

15 me acordaré de mi alianza con vosotros y con todos los vivientes de la tierra, y las aguas del diluvio no volverán a exterminar a los seres vivos.

 

**• A causa de la perversión humana, "el Señor se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra" (Gn 6,6) y decidió su supresión mediante el diluvio, salvando a ese puñado de justos que habían hallado gracia a sus ojos. Con ellos desea comenzar una nueva creación calcada de la primera -las aguas cubren la tierra-, pero en cierto sentido la supera, porque Dios ahora tiene en cuenta el pecado de la humanidad, manifestando así su rostro de misericordia. Los animales son sometidos al señorío del hombre, incluso como alimento, pero se insta explícitamente a reconocer la sacralidad de la vida; en primer lugar de la vida humana, que pertenece a Dios.

Todo es bendecido nuevamente por Dios; el Señor, además, pacta una alianza de gracia sin exigir nada a la otra parte, porque sabe que "el instinto del corazón humano está inclinado al mal desde la juventud" (8,21b). Es una alianza a favor de la vida que se manifiesta con un signo maravilloso de orden natural, el arco iris: el Señor, como guerrero, ha desencadenado el diluvio y ahora hace de su arco de batalla (Hab 3,9) un signo de paz o quizás de combate a favor del hombre, para que las aguas caóticas no prevalezcan.

La sección narrativa referente al diluvio se abre con la visión de la maldad "en la tierra" (6,5.12) y es la clave en el recuerdo de Dios (8,1); en la conclusión se dice que el Señor mirará al arco en las nubes ("en el cielo") para recordar la alianza eterna entre Dios y todo viviente (9,15s); El Señor, pues, decide tener en cuenta sólo su propia gracia. Para permanecer perennemente fiel a la humanidad, quiere recordar únicamente su propia fidelidad al pacto. Las aguas de muerte se convierten en instrumento de epifanía de la misericordia, baño de regeneración para la humanidad, figura del bautismo que nos salva.

 

Segunda lectura: 1 Pedro 3,18-22

18 También Cristo padeció una sola vez por los pecados, el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. En cuanto hombre sufrió la muerte, pero fue devuelto a la vida por el Espíritu.

19 Fue entonces cuando proclamó el mensaje a los espíritus encarcelados,

20 es decir, a aquellos que no quisieron creer cuando en los días de Noé Dios los soportaba pacientemente mientras se construía el arca: en la que  unos pocos (ocho personas) se salvaron navegando por el agua.

21 Aquello fue prefiguración del bautismo que ahora os salva, y que no consiste en limpiar la suciedad corporal, sino en alcanzar de Dios una conciencia limpia en virtud de la resurrección de Jesucristo,

22 el cual, ascendido al cielo, está a la derecha de Dios y tiene sometidos a ángeles, potestades y dominaciones.

 

** Frente a la hostilidad creciente que rodea a los cristianos, Pedro envía a algunas comunidades de Asia Menor una carta en la que exhorta a perseverar en el testimonio de fe incluso en medio del sufrimiento. A los hermanos probados por la persecución les recuerda la obra salvífica de Cristo y su eficacia (v. 18) también para los que han muerto (v. 13), y hasta para los contemporáneos de Noé, catalogados como los más impíos de los hombres (v. 20). A los que llama dichosos por tener que sufrir a causa de la justicia (3,14) les recuerda la radical injusticia de todo hombre, por cuya salvación murió el único Justo.

El fragmento, además, nos deja oír el eco de las primeras liturgias bautismales con su profesión de fe. En un tiempo Dios salvó cruzando las aguas del diluvio a un "pequeño resto" de la humanidad que había hallado gracia a sus ojos (v. 20b: el número ocho rebosa simbolismo pascual y bautismal). Pero la figura llega a su extraordinario cumplimiento en la redención de Cristo para aquellos que, a través del agua del bautismo, la hacen operante en su propia vida. La inmersión bautismal es invocación a Dios para que la eficacia de la muerte, resurrección y ascensión al cielo de Cristo llegue también a nosotros (vv. 21s).

 

Evangelio: Marcos 1,12-15

12 A continuación, el Espíritu impulsó a Jesús hacia el desierto,

13 donde Satanás lo puso a prueba durante cuarenta días. Vivía con las fieras y los ángeles le servían.

14 Después de que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios.

15 Decía: - Se ha cumplido el plazo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

 

** El Hijo de Dios, en el bautismo del Jordán, aceptó mezclarse con los pecadores para cargar con el pecado del mundo: a esta misión se preparó en la soledad del desierto, lugar de encuentro con Dios y del enfrentamiento con el Adversario. El Espíritu es quien empuja con fuerza a Jesús. Marcos no precisa los detalles concretos de la tentación (probablemente fue tentado acerca del modo de realizar su misión), pero deja entender que se prolongó a lo largo de su estancia en el desierto.

El v. 13b nos dice que fue un combate victorioso desde el principio: afirmar que Jesús "vivía con las fieras" equivale a presentarlo a la vez como el nuevo Adán que resiste al tentador y por eso es señor de un cosmos en paz y armonía (Is 11,6-9). El servicio que le linden los ángeles recuerda el Sal 90,1 ls, indicando que su misión va acompañada con la ayuda y protección de Dios.

Los vv. 14s, compuestos con mimo, ofrecen un breve compendio del ministerio de Jesús: la indicación cronológica inicial extiende, como presagio, en la incipiente predicación de Cristo, la sombra de la persecución que padeció el Bautista; la indicación geográfica de Galilea reaparecerá al final del evangelio de Marcos como lugar de cita con el resucitado.

A dos verbos en indicativo siguen dos en imperativo: el anuncio de lo que Dios hace exige la correspondencia humana. Jesús proclama la Buena Noticia, el tiempo de la promesa "ha cumplido el plazo" y "está cerca" el Reino al que tendía toda la antigua alianza: para acogerlo, para entrar en el Reino, es necesario "cambiar de mentalidad" (en griego, metanoéin) y aceptar la lógica exigente y desconcertante de la fe, la adhesión amorosa y activa al designio de Dios.

 

MEDITATIO

La vida puede volver a empezar, hoy. Es una posibilidad real que nos brinda Dios, no es un asunto mía, en el que decido romper con el pasado; si así fuese, no duraría mucho, ahora lo sé bien. Pero puede durar eternamente, en un "hoy" más joven que el alba de la creación, precisamente porque es cosa de Dios. El nuevo comienzo no depende de mi frágil voluntad, sino de su omnipotente voluntad de amor.

Precisamente, esto es lo que me ofrece hoy, como gracia eficaz, la Palabra que he escuchado en la liturgia. Mensaje de novedad que emerge del diluvio y brilla con los colores del arco iris, dando paz al corazón: se ha lavado el pecado que me pesa y me embrutece. Lavado con lágrimas de arrepentimiento en las aguas bautismales, en la sangre de Cristo.

Nadie está del todo perdido, nadie debe perder la esperanza. Jesús ha experimentado mis tentaciones y ha vencido al Maligno. De él puedo obtener fuerza cada día; se ha cumplido el plazo; Dios, si se lo permito, reinará en mi corazón. Sí, hoy, como nueva criatura, comienzo.

 

ORATIO

Oh Cristo, salvación de cuanto estaba perdido, tú sabes bien la de veces que he intentado volver a empezar, pero he sido derrotado por el pecado. Cada vez me encuentro más cansado, más viejo de corazón. Hasta me pregunto de qué sirve intentarlo.

Oh Señor, fortaleza del que está tentado, tú sabes cuántas veces he fallado, y, sin embargo, te acercas a mí: tú eres el único que puedes ayudar al encarcelado espiritualmente. Y hoy te espero, te invoco.

Oh Cristo, paz del que en ti confía, acógeme una vez más. Tú has vencido al Maligno que acecha a todos los hombres y vienes a darme la Buena Noticia: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino". Que la gracia no pase de vacío: conviérteme a ti, hoy. La vida contigo y en ti será cada instante la maravilla de una nueva creación.

 

CONTEMPLATIO

Señor mío Jesucristo, Pontífice Supremo, que me vivificasteis con vuestra preciosa muerte, ahuyentad de mí, con el poder de vuestro Espíritu y con la eficacia de vuestra presencia, todas las asechanzas del enemigo. Romped en mí todos los lazos de Satanás y, por vuestra misericordia, disipad de mí toda ceguera de corazón. Haced, oh Cristo, que vuestro amor me haga triunfar virilmente en toda tentación.

Enseñadme vuestra santa humildad para evitar prudentemente todos los lazos del enemigo. Guíeme vuestra luminosa verdad y haga que camine en vuestra presencia sinceramente y con un corazón perfecto. La bendición de vuestra indulgentísima misericordia me prevenga, me acompañe y me guarde hasta el fin de mi vida. Amén (Gertrudis de Helfta, Exercitia, I, 40-50).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si antes erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor" (Ef 5,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hacerse hombre significa hacerse "pobre", no tener nada con que presentarme fuerte frente a Dios, ningún apoyo, ninguna fuerza o seguridad fuera del compromiso y el sacrificio del propio corazón. El llegar a ser hombre viene a ser como la confesión de la pobreza del espíritu humano frente a la reivindicación total de la inaccesible trascendencia de Dios. Con la valentía de esta pobreza comenzó la aventura divina de nuestra salvación. Jesús no se tuvo por nada ni se defendía con nada, ni siquiera con su origen. Satanás, por el contrario, trata de impedir esta pobreza radical. Quiere hacer a Jesús fuerte, porque sólo teme una cosa: la impotencia de Dios en la naturaleza humana que asumió, Dios en un corazón humano destinado al sacrificio, que desde la fidelidad incondicional a su innata pobreza sufre desde dentro - y por lo tanto salva la necesidad y perdición del hombre.

Por eso la tentación de Satanás es un atentado contra el  autoaniquilamiento de Dios, una tentación contra la seguridad y "riqueza de espíritu", contra la divinidad de Jesús, un sondeo a la seriedad y grandeza de su humanidad. Desde los comienzos hizo y hace lo mismo, y siempre le reconoceremos por las palabras: "Seréis como dioses". Esta es la tentación de las tentaciones, con mil variaciones: la tentación contra la verdad de la naturaleza asignada al hombre. El pretende que la tierra sea exclusivamente suya, y con la tierra también el hombre: el hombre, en torno al cual se combatía antes de despertarse al alba de su libertad de suerte que ya nunca se le podía pedir e invitar a tomar una decisión libre por sí mismo de manera desinteresada, pero siempre o cortejado amigablemente o astutamente atacado (J. B. Metz, Povertá nello spiritu. Meditazioni teologiche, Brescia 1968, 105).

 

 

Primer domingo de cuaresma Ciclo C

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 26,4-10

Moisés habló al pueblo y dijo:

4 El sacerdote recibirá la cesta de tus manos y la pondrá delante del altar del Señor tu Dios.

5 Y tú dirás ante el Señor tu Dios: 'Mi padre era un arameo errante. Bajó a Egipto y se estableció allí como emigrante con un puñado de gente; allí se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa.

6 Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud.

7 Entontes clamamos al Señor Dios de nuestros antepasados, y el Señor escuchó nuestra voz y vio nuestra miseria, nuestra angustia y nuestra opresión.

8 El Señor nos sacó de Egipto con mano Inerte y brazo poderoso en medio de gran temor, señales y prodigios;

9 nos condujo a este lugar y nos dio esta tierra, que mana leche y miel.

10 Por eso traigo las primicias de esta tierra que el Señor me ha dado'. Dejarás los frutos delante del Señor tu Dios, te postrarás en su presencia".

 

*•• El presente fragmento, de los más importantes del Antiguo Testamento, contiene la profesión de fe que proclamaba todo israelita al acercarse al santuario con motivo de la celebración anual de la fiesta de la recolección y ofrecimiento de las primicias de la tierra.

Pero hay que advertir que la presentación de ofrendas en los pueblos paganos iba acompañada de la recitación de un mito de fecundidad; el hebreo, por el contrario, recordaba, actualizándola, la historia de las intervenciones salvíficas del Dios de los Padres a favor de su pueblo.

El credo de Israel se desarrollaba en un movimiento alternativo de sufrimiento y salvación: el Arameo errante -es decir, en condición de abandono y peligro se ha convertido por gracia de Dios en una nación numerosa (v. 5) según la promesa hecha a Abrahán. Este pueblo grande y fuerte experimentó la opresión y la humillación, pero Dios vio, escuchó la oración e intervino con poder para sacar a Israel de Egipto y hacerle entrar en un país fértil y agradable "que mana leche y miel", es decir, abundante en pastos para los rebaños y flores para las abejas.

La palabra clave del texto pertenece a la raíz "entrar" o "llegar". La utilización frecuente del término quiere significar que la entrada histórica en la tierra prometida se actualiza año tras año con la "entrada" de la cosecha: por medio de la "cosecha" el hombre "entra" nuevamente en posesión de la tierra. En la liturgia se repite en un ámbito sacro el movimiento histórico: el pueblo entró en la tierra, ahora entra en el santuario. El hombre responde a Dios con la profesión de fe, con la ofrenda de una parte de lo que de él ha recibido, con la acción de gracias, la adoración, el culto y la obediencia manifestados en el gesto de la postración.

 

Segunda lectura: Romanos 10,8-13

8 En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Que la Palabra está cerca de ti; en tu boca y en tu corazón. Pues bien, ésta es la palabra de fe que nosotros anunciamos.

9 Porque si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás.

10 En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación.

11 Pues dice la Escritura: Quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado.

12 Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan.

13 En una palabra, todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

 

**• El hombre que busca sinceramente a Dios siente todo el peso y la limitación de la propia condición de pecador. La Ley dada por medio de Moisés afina la conciencia y ayuda a conformarse más con el designio divino, pero el cumplimiento escrupuloso de normas y preceptos no es suficiente para constituir al hombre justo, para hacerlo santo.

Se trata de una justicia que es tensión, esfuerzo del hombre que quiere acumular méritos ante Dios y corre el riesgo de ser orgulloso o de caer en la desesperación. Pero se da una justicia que es gracia, don de Dios a la humanidad por medio de Cristo: ésta se acoge por la fe (v. 4), fe que actúa por la caridad (Gal 5,4-6). La aceptación sincera de la predicación apostólica (kéiygma) y la acogida de la revelación llevan consigo un cambio de mentalidad, una conversión profunda, mantenida con la certeza de que "quienquiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado": la salvación es para todo el que invoca el nombre del Señor, de cualquier nación que sea (vv. 11-13).

 

Evangelio: Lucas 4,1-13

1 Jesús regresó del Jordán lleno del Espíritu Santo. El Espíritu lo condujo al desierto,

2 donde el diablo le puso a prueba durante cuarenta días. En todos esos días no comió nada, y al final sintió hambre.

3 El diablo le dijo entonces: - Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.

4 Jesús le respondió: - Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.

5 Lo llevó después el diablo a un lugar alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra.

6 El diablo le dijo: - Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria, porque a mí me lo han dado y yo puedo dárselo a quien quiera.

7 Si te postras ante mí, todo será tuyo.

8 Jesús respondió: - Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios, y sólo a él le darás culto.

9 Entonces le llevó a .Jerusalén, le puso en el alero del templo y le dijo: - Si eres Hijo de Dios, tírale desde aquí;

10  porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden;

11 te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna.

12 Jesús le respondió: - Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.

13 Cuando terminó de poner a prueba a Jesús, el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno.

 

**• La narración lucana de las tentaciones va precedida por la genealogía de Jesús, que asciende hasta Adán: se presenta, pues, a Jesús como el nuevo comienzo de la humanidad. Como el primer hombre, como todo hombre, es sometido a la tentación. Los cuarenta días transcurridos en el desierto son una cifra simbólica: recuerdan los cuarenta años del Éxodo y aluden además a los cuarenta días de ayuno de Moisés en el Sinaí y al camino de Elías al Horeb.

En el desierto, Jesús es tentado por el diablo –el "divisor"-, que le presenta una sabiduría alternativa a la voluntad de Dios, incitándole a realizar su ministerio de acuerdo con las expectativas de la gente. La prueba de Jesús viene en un momento de debilidad humana (vv. 2b-3a): se le invita a demostrar la veracidad de la voz del cielo que se escuchó en el bautismo (3,22) haciendo un milagro que elimine, junto con el hambre, la pobreza de la propia condición corpórea como preludio de un mesianismo que brinde el saciarse y el bienestar de modo sobrenatural (v. 3). Jesús rechaza esta lógica citando Dt 8,3. La segunda tentación es la del poder: Satanás remeda la promesa que Dios hace al Mesías en el Sal 2. Pero Jesús no trata de someter, sino de estar sometido a Dios con un amor exclusivo (vv. 6-8). Finalmente, el diablo conduce a Jesús al pináculo del templo de Jerusalén y le incita a inaugurar el reino mesiánico con un signo espectacular: se trata de la tentación del éxito, que Satanás presenta camuflada con la Palabra de Dios. Jesús replica con otro texto de la Escritura (Dt 6,16), manifestando su total abandono a la disposición del Padre (vv. 9-12).

Estas tentaciones constituyen el paradigma de cualquier otra tentación, por eso el diablo, completadas todas las tentaciones, se aleja de Jesús "hasta el momento oportuno" (v. 13): será la hora de la pasión, del poder de las tinieblas, la hora de la última prueba decisiva.

 

MEDITATIO

La prueba, la salvación, la profesión de fe, son los temas que podemos entresacar de las lecturas de la liturgia de hoy, y nos interrogan sobre nuestra realidad de Iglesia, sobre nuestra vida de creyentes. ¡Cuántas veces hemos experimentado en la tribulación, en la tentación, que el Señor es nuestra fuerza, el único que puede librarnos! Recordar las maravillas de gracia que Dios ha hecho por nosotros no es sólo una exigencia del corazón, sino una tarea imprescindible, una misión, un testimonio que se ofrece a los hermanos para que también ellos conozcan la alegría de ser salvados invocando el nombre del Señor.

¡Tenemos todos tanta necesidad de ser protegidos de las insidias del diablo! El Evangelio hoy nos lo manifiesta mostrándonos a Jesús sometido a tentaciones que son la raíz de cualquier tentación y se revisten de nobles apariencias. El fin es encomiable y los medios propuestos se diría que son los más adecuados... Jesús ha experimentado la debilidad humana que tan fácilmente doblega la voluntad y ofusca nuestra capacidad de discernimiento. Pero precisamente en su debilidad ha vencido al Maligno, en el desierto y en la cruz, indicándonos el camino de la victoria. Como él, debemos retener la Palabra de Dios en el corazón, convirtiéndola en norma de nuestra vida, en lámpara de nuestros pasos. Si no tememos profesarla con franqueza, podremos experimentar que el Señor es nuestra fuerza, nuestro escudo salvador (Sal 17,3).

 

ORATIO

Señor, Dios de mi salvación, te doy gracias cantando con el corazón, que, libre, se abre a la vida y quiere devolverte la misma vida. Te amo, Señor, mi fortaleza, que has asumido mi debilidad para hacerme también a mí vencedor del mal. Escudo mío, mi baluarte, mi poderoso salvador, tú sabes cómo busco la gloria del mundo y temo el desprecio de los demás.

Sin embargo, no quiero ni puedo callar la fe que has encendido en mi corazón: todavía es una débil llamita, pero sé por experiencia que quien cree en ti no queda defraudado. Anunciaré tu nombre a mis hermanos, les llevaré tu Palabra: la fe se aumenta dándola. Luz de mis pasos, guarda mi corazón, que sea más vigilante contra toda insidia, de suerte que mi vida sea para todos un signo irradiante de ti.

 

CONTEMPLATIO

"A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos" (Sal 90,11). El diablo conoce bien esta promesa porque la supo utilizar en la hora más álgida de la tentación; sabe bien cuál es nuestra fuerza y nuestra debilidad. Pero no tenemos nada que temer si permanecemos a la sombra del trono del Altísimo.

Mientras estemos cimentados en Cristo, participaremos de su seguridad; él ha hecho añicos el poder de Satanás [...] y de ahora en adelante los espíritus malignos, en vez de tener poder sobre nosotros, tiemblan y se espantan a la vista de un verdadero cristiano. Pues saben que poseen lo que les, hace vencedores; que pueden, si quieren, mofarse de ellos y ponerlos en fuga. Los espíritus malignos lo saben bien y lo tienen muy presente en lodos sus asaltos; sólo el pecado les da poder sobre ellos, y su gran empeño consiste en hacerles pecar, en sorprenderles en el pecado, sabiendo que no hay otro modo de vencerlos. Por eso, hermanos míos, no seamos ignorantes de sus planes, sino, conociéndolos bien, vigilemos, oremos, ayunemos, permanezcamos bajo las alas de Altísimo, que es nuestro escudo y auxilio (J. H. Newman, Sermoni liturgici, Fossano, s.f., 144).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Ésta es la victoria que vence- al mundo: nuestra fe" (I Jn 5,4b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Evangelio nos presenta este duelo entre Jesús y Satanás. Jesús

fue tentado. También él quiere conocer el combate entre el alma que desea permanecer fiel a Dios y el invasor que tratará de desviarla e inducirla al mal. Hay que recordar que cuanto se refiere a Jesús nos toca también a nosotros. La vida de Jesús configura la nuestra; lo que a él le acontece se refleja en nosotros.

¿Fue tentado Jesús? Tanto más podemos o debemos serlo nosotros.

Parece lógica la pregunta, puesto que vivimos en un mundo asediado y turbado por esa iniciativa oculta del que san Pablo llama "el príncipe de este mundo de tinieblas". Estamos rodeados de algo funesto, malo, perverso, que excita nuestras pasiones, se aprovecha de nuestras debilidades, se deja insinuar en nuestras costumbres, sigue nuestros pasos y nos sugiere el mal. La tentación consiste, pues, en el encuentro entre la buena conciencia y la atracción del mal, y esto del modo más insidioso que se pueda imaginar.

El mal, de hecho, no se nos presenta con su rostro real de enemigo, como algo horripilante y espantoso. Sucede precisamente lo contrario: la tentación es simulación del bien; es el engaño del mal disfrazado de bien, es la confusión entre bien y mal. Este equívoco, que se puede presentar siempre ante nosotros, tiende a hacernos retener como bien donde, por el contrario, está el mal (Pablo VI, 7 de marzo de 1965, en U. Gamba, [ed.], Pensieri di Paolo VI per ogni giorno dell'anno, Vigodarzere 1983, 279).

Lunes de la primera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Levítico 19,1-2.11-18

El Señor dijo a Moisés:

2 - Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.

11 No robaréis, no mentiréis, ni os engañaréis unos a otros.

12 No juréis en falso por mi nombre, pues sería profanar el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor.

13 No oprimas ni explotes a tu prójimo; no retengas el sueldo del jornalero hasta la mañana siguiente.

14 No te burlarás del mudo ni pondrás tropiezo al ciego, sino que temerás a tu Dios. Yo soy el Señor.

15 No procederás injustamente en los juicios; ni favorecerás al pobre, ni tendrás miramientos con el poderoso, sino que juzgarás con Justicia a tu prójimo.

16 No andes calumniando a los de tu pueblo ni declares en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor.

17 No odiarás a tu hermano, sino que lo corregirás para no hacerle culpable por su causa.

18 No tomarás venganza ni guardarás rencor a los hijos de mi pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.

 

**• La perícopa de hoy pertenece al llamado "Código de santidad" (Lv 17-26), comienza con el mandato de la santidad dirigido a toda la comunidad de Israel y su motivación no es otra que la santidad misma de Dios (vv. ls). El es el totalmente otro, radicalmente diverso de lo que el hombre puede imaginar, "separado" (según la etimología del término "santo"). Y, sin embargo, desea que el pueblo elegido participe de su santidad en cualquier circunstancia, que la transparente en los detalles de la vida.

Las normas que signen regulan la ética personal y social. La inserción rítmica de la fórmula "Yo soy el Señor"  revela la interdependencia entre el respeto por la santidad de Dios y el respeto por el prójimo. El temor de

Dios debe inspirar de modo especial el comportamiento con los más débiles, los minusválidos (v. 14). A los preceptos en forma negativa ("No harás esto") se añaden exhortaciones dirigidas a construir en la sociedad humana relaciones de fraternidad (vv. 16b.17b), y culminan en el mandamiento del amor al prójimo (v. 18b).

Quien conoce la severa ley del talión se queda sorprendido por estos mandatos que limitan no sólo los actos referentes a la muelle del prójimo (vv. 16b.18a), sino también esos sentimientos que matan al prójimo

(vv. 17a. 18b). El amor al otro basado en el nombre de Dios edifica la comunidad humana en la santidad según la voluntad divina.

 

Evangelio: Mateo 25,31-46

31 Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria.

32 Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos,

33 y pondrá las ovejas a un lado y los cabritos al otro.

34 Entonces el rey dirá a los de un lado: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me alojasteis;

36 estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme".

37 Entonces le responderán los justos: "Señor, ¿cuándo te vimos  hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber?,

38 ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos?

39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?".

40 Y el rey les responderá: "Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis".

41 Después dirá a los del otro lado: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.

42 Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;

43 fui forastero, y no me alojasteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis".

44 Entonces responderán también éstos diciendo: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?".

45 Y él les responderá: "Os aseguro que cuando dejasteis de hacerlo con uno de estos pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo".

46 E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

 

>•*• Esta perícopa que Mateo pone como conclusión a su "discurso escatológico" está emparentada con la tradición apocalíptica bíblica (en particular con Daniel) y judaica: se trata de una revelación de los últimos acontecimientos, del juicio universal. En estas tradiciones aparece la figura del Hijo del hombre con rasgos a la vez humanos y celestes, con un papel fundamental en la instauración del Reino de Dios y en llevar a Dios a todos los elegidos. Jesús se identifica con este personaje glorioso. Vendrá a concluir la historia asumiendo de modo definitivo y manifiesto la realeza oculta en el tiempo a los hijos de todos.

Todas las naciones se reunirán delante de él (v. 32). Y como los pastores palestinos por la tarde dividían el rebaño según la especie, este Rey-Pastor (cf. Ez 34, 17.32s) separará unos de otros dictando así un juicio. El único criterio distintivo será la caridad (vv. 34-40 y 41-55: construidos simétricamente según la misericordia practicada o dejada de practicar). Jesús, que nos permite identificarlo con este Hijo del hombre, cumplimiento de las profecías, indica cómo esta figura regia quiere identificarse con cada uno de sus hermanos más pequeños. Nadie ha podido reconocerlo con los ojos carnales (vv. 37-39.44), y ni siquiera se habla de la luz de la fe, de la fidelidad a los preceptos de la Ley. Se trata sencillamente de amor con hechos, de honrar a los hombres en los encuentros de cada día: ahí es donde se juega nuestro destino eterno según la medida del amor.

 

MKD1TATIO

"Yo soy el Señor", repite Dios en el Antiguo Testamento como rúbrica a los preceptos sobre el amor práctico y cotidiano con el prójimo. Yo soy el Señor que ve vuestra conducta, que cuida de la vida de todos exigiendo que se respete y se socorra, de suerte que seáis santos con mi misma santidad.

"Conmigo lo hicisteis", repite Jesús en el Evangelio. Soy el Rey que no veis en cada uno de mis hermanos más pequeños, pero en ellos me podéis socorrer, servirme o quizás ignorarme. ¿Quién cómo el Señor, que yace como cualquier desvalido al borde del camino y se deja mirar con indiferencia o con misericordia (cf. Sal 112)?

El se sentará en el trono de su gloria y a su lado colocará a cada uno de sus hermanos más pequeños y a cuantos la actitud gratuita de compartir el pan, el agua y los bienes les haga sentirse importantes en su corazón y en el corazón de Dios. Hoy comienza mi vida eterna, si te amo como a mí mismo, hermano en Cristo, hermano Cristo.

 

ORATIO

Oh misericordioso, que lloras con nosotros desde las primeras lágrimas de Adán y Eva, rompe con tu mirada la dureza de nuestro corazón. Haznos capaces de recibir y dar tu divina compasión. No permitas que juzguemos a los demás con nuestra medida tacaña y falsa, sino con la tuya, tan longánima y abundante, hasta que nos sintamos deudores de todos, deudores de una caridad cada vez mayor, de una ternura sin límites.

Sí, oh Misericordioso, que lloras por nosotros y con nosotros, tú has venido a nuestra humanidad desnudo y humillado, pobre y enfermo, solo y rechazado. No permitas que pasemos a tu lado sin mirarte, no dejes que vivamos a tu lado sin reconocerte y amarte. Tú, oh Misericordioso, eres el que carga con nuestro pecado desde la primera caída que nos hizo miserables y desgraciados; tú enjugarás nuestras lágrimas, tiernamente, hasta la última lágrima, hasta cambiar en gozo de salvación el llanto de la humanidad entera.

 

CONTEMPLATIO

La misericordia es la imagen de Dios, y el hombre misericordioso es, de verdad, un Dios que vive en la tierra. Como Dios es misericordioso con todos, sin ninguna distinción, así el hombre misericordioso difunde sus actos de amor y generosidad con todos, con la misma medida.

La misericordia no merece alabarse teniendo en cuenta exclusivamente la cantidad de actos de bondad y generosidad, sino mucho más cuando procede de un pensar recto y misericordioso.

Los hay que dan y distribuyen mucho y no son misericordiosos ante Dios. Los hay también que no tienen nada, que no poseen nada, pero tienen un corazón piadoso con todos: pues bien, éstos son ante Dios unos perfectos misericordiosos y lo son de verdad. No digas, pues: "No tengo nada para dar a los pobres", no te aflijas en tu interior por no poder ser misericordioso de este modo.

Si tienes algo, da lo que tienes. Si no tienes nada, da también, aunque no sea más que un mendrugo de pan seco, con una intención misericordiosa: Dios lo considerará misericordia perfecta.

"Dios es amor" (1 Jn 4,8). El hombre que posee el amor es verdaderamente Dios en medio de los hombres (Youssel Bousnaya, cit. en P. Descule, L'Évangile au desoí, París 1965, 244-246, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Quien no ama al hermano al que ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los que se acercan al pobre lo hacen movidos por un deseo de generosidad, para ayudarle y socorrerle; se consideran salvadores y con frecuencia se ponen sobre un pedestal. Pero tocando al pobre, llegándose a él, estableciendo una relación de amor y confianza con él, es como se revela el misterio. Ellos descubren el sacramento del pobre y logran llegar al misterio de la compasión. El pobre parece romper la barrera del poder, de la riqueza, de la capacidad y del orgullo; quitan la cáscara con que se rodea el corazón humano para protegerse. El pobre revela a Jesucristo. Hace que el que ha venido para "ayudarle" descubra su propia pobreza y vulnerabilidad; le hace descubrir también su capacidad de amar, la potencia de amor de su corazón. El pobre tiene un poder misterioso; en su debilidad, es capaz de tocar los corazones endurecidos y de sacar a la luz las fuentes de agua viva ocultas en su interior. Es la manita del niño de la que no se tiene miedo pero que se desliza entre los barrotes de nuestra prisión de egoísmo. Y logra abrir la cerradura. El pobre libera. Y Dios se oculta en el niño. Los pobres evangelizan. Por eso son los tesoros de la Iglesia (J. Vanier, Comunidad, lugar de perdón y de fiesta, Madrid 1981, 115s).

Martes de la primera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 55,10-11

Así dice el Señor:

10 “Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra, de haberla fecundado y hecho germinar para que dé simiente al que siembra y pan al que come,

11 así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío".

Sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo.

 

*•• Is 55 concluye la serie de oráculos del Segundo Isaías (ce. 40-55) y recoge en síntesis los temas que contiene, como el perdón, la vuelta a la patria, la participación de la naturaleza en la salvación, el poder de la Palabra de Dios. Esta última es mediadora entre Dios y el hombre; permite encontrarlo en su "cercanía" (v. 6) y no sentirlo ausente en su aparente "lejanía", porque "sus caminos no son nuestros caminos" (v. 9), como recordaban los versículos inmediatamente precedentes. La Palabra no es letra muerta; es una realidad viva, enviada del cielo para revelar y llevar a cabo la salvación. Es, pues, "eficaz ', capaz de lograr su finalidad, como la lluvia y la nieve que riegan y fecundan la tierra. ¿Puede darse una imagen más alentadora para un pueblo desterrado, al que se le ha anunciado con certeza el retorno a la patria, pero que experimenta la propia fragilidad para mantener viva la esperanza? Lo profetizado encuentra en Cristo su cumplimiento. Él es la Palabra omnipotente hecha carne, enviada por el Padre de los cielos para que nuestra tierra dé su fruto. Él es el Verbo eterno venido a la tierra, muerto en cruz y resucitado, para abrirnos a nosotros, hijos rebeldes, el camino inesperado del retorno a la morada de Dios, su Padre y nuestro Padre.

 

Evangelio: Mateo 6,7-15

Dijo Jesús:

7 Y al orar, no os perdáis en palabras como hacen los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho.

8 No seáis como ellos, pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis.

10 Vosotros orad así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo;

11 danos hay el pan que necesitamos;

12 perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;

13 no nos dejes caer en tentación; y líbranos del mal.

14 Porque si vosotros perdonáis a los demás sus culpas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial.

15 Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.

 

** En la versión mateana, la oración del Padre nuestro, insertada en el "Discurso de la montaña", va precedida por una especie de catequesis sobre el modo de orar. Mientras los paganos piensan que hay que multiplicar las palabras para atraer la atención de la divinidad y doblegarla a los propios fines (v. 7), Jesús revela que Dios es Padre, siempre presente para cada uno de sus hijos, que conoce bien sus necesidades reales (v. 8).

No sirven por eso largos discursos, sino más bien redescubrirse como hijos.

Jesús, que osa dirigirse al Altísimo llamándolo abba, "padre", quiere también introducir a los hombres en esa intimidad y profunda comunión. Por esta razón confía a sus discípulos el Pater, la oración por excelencia del cristiano. Ciertamente tiene una forma típicamente hebrea: siete peticiones divididas en dos grupos que recuerdan las dos tablas de la Lev. Las tres primeras peticiones se refieren a Dios y a su designio salvífico; las otras dirigen su atención a las verdaderas necesidades del hombre.

El nombre -es decir, la misma persona de Dios- ya es santo, pero quiere que se reconozca como tal, esto es, santificado por todos mediante una vida de adoración, alabanza y conformación con él. El Reino de Dios ya está presente, pero para que llegue a su plenitud es preciso que cada uno acepte el señorío de Dios en la propia vida. La voluntad de Dios se cumple ciertamente en el cielo y en la tierra, pero se pide que cada uno se adhiera a esta voluntad con amor, como Jesús. Se pide a continuación al Padre que nos provea lo necesario hoy, día tras día: siempre somos hijos pobres que todo lo recibimos de él. El alimento que nos ofrece no sacia únicamente el hambre corporal; es el "pan" de la vida futura, el mismo Jesús, Pan vivo (cf. Jn 6). Tenemos necesidad del perdón de Dios para entrar en el Reino, pero no podemos pedir que nos perdone si negamos el perdón a nuestros hermanos. El v. 13 ("No nos dejes caer en la tentación") hay que entenderlo así: "Haz que no entremos en la tentación", "Haz que, frente a las grandes pruebas de la vida, la fe no dude de tu bondad de Padre y no reniegue, cediendo a las insidias del diablo". La última petición de la oración pide ser librados del Maligno, causa e instigador de todo mal. Como conclusión, los vv. 14s vuelven y subrayan la necesidad del perdón recíproco enunciado en el v. 12: no podemos llamar a Dios "Padre" si no vivimos entre nosotros como hermanos, si no queremos conformar nuestro rostro al suyo, que es infinita misericordia.

 

MEDITATIO

Orar es hoy, para muchos cristianos, una empresa difícil. Hay quien la escamotea aduciendo que no sirve o que "trabajar es orar"; hay quienes la arrinconan excusándose por no encontrar tiempo para orar, y hay quienes reconocen la dificultad real pero no oran porque no saben qué decir. Tampoco faltan, entre los más devotos, los que "usan muchas palabras como los paganos", pidiendo sólo cosas buenas en apariencia. Para todos estos, Jesús desplaza la clave del problema: no se trata de orar para satisfacer determinadas necesidades, sino para descubrir que Dios es Padre y llama a todos los hombres a la comunión de amor con él y en él. Por consiguiente, orar no es una cuestión de decir cosas, sino una cuestión de amor, que puede expresarse con palabras, pero también en silencio, y que progresivamente va acaparando toda la vida convirtiéndola en una sola e incesante oración.

La Palabra eficaz que envía Dios a la atierra vuelve a el después de haber cumplido su designio; se ha hecho carne, es Jesús: cualquier palabra suya encierra un poder extraordinario. Es él quien nos dice: "Vosotros orad así: 'Padre nuestro'". Pidamos, pues, a Cristo que nos enseñe a repetir la oración con su mismo corazón, para que crezca en nosotros, día tras día, el amor filial y confiado con nuestro Padre celestial y con la oración crezca la caridad, que se traduce en perdón con los hermanos.

Entonces nuestra tierra fecundada con la Palabra producirá frutos de vida nueva, dará pan de misericordia para saciar el hambre de toda la humanidad.

 

ORATIO

Oh Dios, que en Jesús, tu Hijo amado, nos concedes el privilegio de poder llamarte "Padre", perdona si nuestro corazón no salta de júbilo cada vez que nos atrevemos a pronunciar tu dulcísimo nombre.

Perdona las veces que nos dirigimos a ti distraídamente, como si fuese la cosa más obvia, mientras millones de hombres viven atenazados por la angustia y el sinsentido sencillamente porque ninguno les ha dicho nunca que tú les amas con ternura de padre y de madre.

Concédenos a nosotros la pureza de corazón que permita a los rectos y a los "pequeños" quedarse atónitos y asombrados con el sólo recuerdo de tu nombre. No permitas que desperdiciemos tontamente el don tan grande de poder invocarte seguros de que nos escuchas porque somos tuyos y tú eres nuestro Padre.

 

CONTEMPLATIO

"Padre nuestro, que estás en los cielos": ésta es la frase de los íntimos de Dios como un hijo sobre el pecho de su padre. "Santificado sea tu nombre": es decir, que sea glorificado entre nosotros mediante el testimonio ante los hombres, que dirán: éstos son verdaderos siervos de Dios. "Venga tu reino": el Reino de Dios es el Espíritu Santo: oramos para que lo envíe a nosotros. "Hágase tu  Voluntad en la tierra como en el cielo": la voluntad de Dios es la salvación de todas las almas. Lo que ya es realidad en las potencias del cielo, lo pedimos que se realice en nosotros aquí en la tierra. "Nuestro pan del mañana" es la heredad de Dios. Oramos para que nos dé un anticipo ya hoy, es decir, para que sintamos su dulzura en el tiempo presente, avivando en nosotros una sed ardiente (Evagrio Pontico, Catene sui Vangeli, documenti copti, cit. en O. Clément, Alie fonti con i Padri, Roma 1987, 196).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "¡Abba, Padre! No se haga como yo quiero, sino como quieres tú" (Me 14,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

"Líbranos del mal..." El mundo yace en el mal, y mal no es sólo el caos, ausencia de ser: manifiesta una inteligencia perversa que, a fuerza de honores sistemáticamente absurdos, quiere hacernos dudar de Dios y su bondad. En realidad, se trata no de la simple "privación del bien", sino del Maligno, del Malvado; no la materia, ni el cuerpo, sino la más sublime inteligencia encerrada en su propia luz... Es necesario afirmar que Dios no ha creado el mal, y menos aún lo permite. "El rostro de Dios gotea sangre en la sombra", decía Léon Bloy. Dios siente el mal en su propio rostro, como Jesús recibió las bofetadas teniendo los ojos vendados. El grito de Job no deja de clamar, y Raquel sigue llorando sus hijos. Pero la respuesta a Job está ahi: es la cruz. Es Dios crucificado sobre todo el mal del mundo, pero capaz de hacer estallar en las tinieblas una inmensa fuerza de resurrección. Pascua es la transfiguración en el abismo.

Y "líbranos del mal" a nosotros, que nos avergonzamos de ser cristianos o, por el contrario, hacemos del cristianismo, de nuestra confesión, un estandarte de superioridad y de desprecio. Y "libranos del mal" a nosotros, que hablamos de la deificación y con frecuencia somos poco humanos. Y "líbranos del mal" a nosotros, que nos apresuramos a hablar de amor y ni siquiera sabemos respetarnos mutuamente. Y "líbrame del mal" a mí, hombre de angustia y tormento, tan a menudo dividido, tan poco seguro de existir, hombre que se atreve a hablar -junto a la Iglesia: es mi única excusa del Reino y de su gozo (O. Clément, // Padre nostro, en O. Clément y B. Stanaaert, Pregare ¡I Padre nostro, Magnano 1 988, 116-119, passim).

Miércoles de la primera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 3,1-10

En aquel tiempo,

1 por segunda vez el Señor se dirigió a Jonás y le dijo: -- Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama allí lo que yo te diré.

2 Jonás se levantó y partió para Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad grandísima; se necesitaban tres días para recorrerla.

3 Jonás se fue adentrando en la ciudad y proclamó durante un día entero: 4 Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.

5 Los ninivitas creyeron en Dios: promulgaron un ayuno y todos, grandes y pequeños, se vistieron de sayal.

6 También el rey de Nínive, al enterarse, se levantó de su trono, se quitó el manto, se vistió de sayal y se sentó en el suelo. Luego mandó pregonar en Nínive este bando:

7 Por orden del rey y sus ministros, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado, ni pasten ni beban agua.

8 Que se vistan de sayal, clamen a Dios con fuerza y que todos se conviertan de su mala conducta y de sus violentas acciones.

9 Quizás Dios se retracte, se arrepienta y se calme el ardor de su ira, de suerte que no perezcamos".

10 Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con que los había amenazado.

 

**• El libro de Jonás es una especie de larga parábola cuyo mensaje central es la universalidad de la salvación: la misericordia de Dios no se limita al pueblo elegido, sino que se ensancha a todos los hombres. Por segunda vez, el profeta es enviado por el Señor a la capital del reino asirio, Nínive, proverbial por su grandeza, para anunciar la destrucción de la ciudad a causa de la perversión de sus habitantes (1,2).

A la primera llamada, Jonás respondió fugándose: ¿cómo puede un hombrecillo inerme profetizar la ruina de la "superpotencia" enemiga en su mismo territorio? Obligado a obedecer por las peripecias que experimentó (ce. 1-2), ahora comienza a cumplir la misión que se le confió.

Como profeta, Jonás anuncia un oráculo de amenaza y reprobación en nombre del Señor (v. 4), y su predicación llega al corazón de los ninivitas y de su mismo rey: ellos "creyeron en Dios" (utilizando el mismo verbo que en Gn 15,6 para indicar la fe de Abrahán) y se impusieron una durísima penitencia acompañada con una oración ferviente y una profunda conversión (v. 8).

Son muy importantes los versículos 9-10: el cambio de vida espera que los decretos de Dios no sean irrevocables, sino que al arrepentimiento sincero del hombre siga el "arrepentimiento" de Dios y el castigo anunciado se cambie en perdón. Un pueblo pagano demuestra así conocer el verdadero rostro del Dios de Israel, un Dios lento a la ira y rico en misericordia, un Dios que "no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva"

(Ez 33,11).

 

Evangelio: Lucas 11,29-32

29 La gente se apiñaba en torno a Jesús y él se puso a decir:

- Ésta es una generación malvada, pide una señal, pero no se le dará una señal distinta de la de Jonás.

30 Pues así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación.

31 La reina del sur se levantará en el juicio junto con los hombres de esta generación  y los condenará, porque ella vino desde el extremo de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

32 Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás.

 

**• Mientras la gente se apiñaba en torno a Jesús, él responde a los que "para ponerle a prueba le pedían un signo del cielo" (v. 16). Rechaza un signo que sacie la curiosidad y la sed por lo maravilloso (v. 29) y en su respuesta Jesús deja entrever su propia identidad divina: "Aquí hay uno que es más que Jonás" (v. 32). En concreto, declara que él es el signo del cielo, el Mesías prometido y largamente deseado por Israel, pero ahora no es reconocido porque se presenta de modo muy diferente al esperado por la gente.

El Hijo del hombre es "para esta generación" una llamada viviente a la conversión, como lo fue Jonás para los ninivitas; y, como él, no busca medios espectaculares para afirmarse, sino que ofrece sencillamente la

Palabra y la misericordia de Dios. El recuerdo de los habitantes de Nínive y de la reina de Saba subraya la universalidad de la llamada a la salvación. Pero mientras algunos pueblos paganos supieron reconocer como "enviados" de Dios a hombres que proclamaban la conversión y escuchando su voz encontraron el camino de una conversión radical, la "generación malvada", ante la cual Jesús ejerce históricamente su ministerio, es ciega y dura de corazón. Por esa razón serán los mismos ninivitas y la reina de Saba quienes la condenen en el día del juicio (vv. 31s), porque, cegada por el orgullo, no ha reconocido, bajo las humildes apariencias humanas de Jesús, al Cristo.

 

MEDITATIO

En este tiempo litúrgico resuena constantemente la invitación a la conversión. ¿Cómo la acogemos? Puede ser una palabra que se pierde o encontrar en nosotros un corazón abierto que, herido e iluminado por la Palabra, reconoce el propio pacto con el pecado y decide un camino de vuelta a Dios. O puede que esta invitación nos deje indecisos: quisiéramos una gracia "barata", pero con "efectos espectaculares", y preferimos buscar confirmaciones convincentes, milagros y signos extraordinarios...

Jesús mismo es el "gran signo" del amor divino que no teme asumir el pecado para conceder la gracia al pecador. Signo del cielo es un Dios con las manos clavadas en la cruz, rendido impotente para otorgarnos la libertad. Mirarlo es el comienzo de la conversión.

Ante su rostro doliente, todos -los "paganos" como los ninivitas o "creyentes", como los contemporáneos de Jesús- están llamados a decidir si cierran el corazón o se abren a una nueva vida. Muchos vendrán de remotas lejanías -desde el pecado, desde otras mentalidades, desde otras culturas- para aprender sabiduría del crucificado: aquí hay alguien que es más que Salomón. Muchos se convertirán al anuncio, creyendo al Profeta hecho Siervo doliente por amor: aquí hay uno que es más que Jonás.

 

ORATIO

Padre justo y misericordioso, tú nunca te cansas de llamar a todos a la conversión, para que tus hijos gusten del gozo de la comunión contigo. Perdóname, Padre: he cerrado el corazón en la indiferencia egoísta y satisfecha y no me he abierto a tu invitación. Señor Jesús, tú manifestaste la llamada extrema del amor, ese amor que vence la muerte ofreciendo la vida. Perdóname, oh Cristo: he dudado confiar en ti y he preferido pedir signos espectaculares, garantías absurdas, a un Dios que ha perdido todo, en la cruz, para salvarme.

Espíritu Santo, fuego de amor, inflama mi corazón consumiendo toda la escoria de temor, mezquindad y dureza. Luz santísima, haz que experimente la medida ilimitada de la misericordia de Dios, la profundidad insondable de su sabiduría. Líbrame de la frialdad de mi endurecimiento, de la ceguera de mi lógica humana.

 

CONTEMPLATIO

El poder arrepentirse se concede a todos los que están enfermos del alma. Venga, apresurémonos a obtener fuerza para nuestras almas. En el arrepentimiento la pecadora encontró la salvación y Pedro anuló su traición; David canceló la pasión del corazón; los ninivitas encontraron la curación. Sin dudarlo un momento, levantémonos y mostremos nuestras heridas al Salvador, dejémonos curar. Él acoge nuestra conversión más allá de nuestros deseos.

Nada se debe al que Va a salvarte, porque nadie podría ofrecer una compensación adecuada a la curación, todos han encontrado en el arrepentimiento la salud como regalo y han pagado en cambio lo que podían dar: más que regalos, lágrimas, que constituyen para el salvador objetos preciosos de amor y esperanza. Tenemos de ello buenos testimonios: la pecadora, Pedro, David y los ninivitas: sólo ofrecen el don de sus gemidos, se arrojaron a los pies del Salvador, y él acogió su conversión (Romano il Melode, Himno IX, ls).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El plazo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Creer en Jesús es escuchar su Palabra, que nos revela su amor infinito por nosotros pecadores. Ser creyentes significa estar seguros de que el amor existe y que tiene el rostro de la misericordia.

Creer en Jesús quiere decir adherirse a su amor absolutamente gratuito con los pobres como nosotros. Seguir a Jesús es entregarse totalmente a su misericordia y confiar únicamente en su misericordia.

Amar a Jesús es sencillo. Para lograrlo debemos ante todo creer que él nos ama de verdad, tal como somos, hoy. En este acto de fe es posible que rebose la alabanza de nuestro corazón y descansar en este amor infinito. La alabanza, la acción de gracias y la adoración abren nuestro corazón al don que Dios nos concede de su amor misericordioso.

El amor divino no se queda inactivo si encuentra en nosotros su espacio y su libertad. Pero para acoger la misericordia de Dios debemos tener misericordia con nuestros hermanos. Por la dulzura de su corazón compasivo, Jesús nos da un corazón misericordioso.

Nada más concreto, nada más práctico que el verdadero amor. Vivir del amor de Jesús es ponernos al servicio de nuestros hermanos más cercanos y nos hace mansos y humildes. Nada hay tan exigente como seguir a Jesús por este camino del amor, pues es el camino de la cruz. Pero no se trata de una carga demasiado pesada; basta con que no nos empeñemos en llevarla solos y con dejar que Jesús la lleve con nosotros. Para descubrir por lo menos un poco la misericordia infinita, único secreto del corazón de Jesús, hay un lugar preferido donde morar: delante de la cruz de Jesús, a sus pies (J.-P. van Schoote, // sacramento delta penitenza, en J.-P. van Schoote y J.-C. Sagne, Miseria e misericordia, Magnano 1992, 46s).

Jueves de la primera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Ester 4,17j-17m-17p-17s

17j La reina Ester, angustiada porque la muerte se le echaba encima, recurrió al Señor [...]. Y oró así al Señor, Dios de Israel:

17k Señor mío, tú eres nuestro único rey; ayúdame, porque estoy sola, no tengo más protector que a ti y el peligro me amenaza.

17l Desde niña he oído en mi familia que tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones, y a nuestros padres entre todos sus antepasados, como heredad perpetua cumpliendo todas tus promesas.

17m Ahora nosotros hemos pecado contra ti, y nos has entregado a nuestros enemigos, porque hemos adorado a sus dioses. ¡Eres justo, Señor!

17p Acuérdate de nosotros, Señor, y hazte presente en medio de nuestra tribulación. Dame valor, Rey de los dioses y dominador de todo poder;

17q pon en mi boca palabras oportunas cuando tenga que hablar al león, cambia su corazón; haz que aborrezca a nuestro adversario, para que muera con sus cómplices.

17r Líbrame, Señor, con tu poder y ayúdame a mí, que estoy sola y no tengo a nadie más que a ti, Señor.

17s Tú lo sabes todo.

 

** Ester, joven hebrea, esposa del rey persa, llega a saber que, por intrigas palaciegas, se ha decretado el exterminio de todos los hebreos deportados en el reino de Persia. Entonces la reina decide exponerse al peligro y afrontar al esposo para interceder a favor de su pueblo. Antes de acudir a la presencia del rey, en su angustia suplica al Señor, acompañando la oración con la penitencia.

Firme en su fe, la reina reconoce que el verdadero Rey es Dios y profesa que él es el Único: sólo de él puede venir la salvación. Invocando su ayuda manifiesta la propia soledad (v. 17k). La inaccesible trascendencia de Dios parece mayor en contraste con la pequeñez y debilidad de una mujer. La realidad, sin embargo, es otra: el Solo es el único auxilio de quien está sola. De manera muy significativa, el texto griego utiliza el mismo adjetivo aplicado primero a Dios y luego a la reina (monos / móne). La lejanía se convierte en máxima cercanía.

En su súplica, Ester, por una parte, recuerda al Señor la elección de Israel, las promesas hechas a los padres y su cumplimiento (v. 17'); por otra parte, con Mesa el pecado del pueblo. Por el favor manifestado en el pasado y el arrepentimiento presente, la reina osa pedir al Señor, que lo sabe todo (v. 17s), la salvación para su pueblo, y para ella, valentía, sabiduría y auxilio para poder desempeñar eficazmente su misión de intercesora.

 

Evangelio: Mateo 7,7-12

Dijo Jesús:

7 Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis! llamad, y os abrirán.

8 Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren.

9 ¿Acaso si a alguno de vosotros su hijo le pide pan le da una piedra

10 o si le pide un pez ¿le da una serpiente?

11 Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan!

12 Así pues, tratad a los domas como queráis que ellos os traten a vosotros, porque en esto consisten la Ley y los profetas.

 

**• Con una argumentación seria que, desde el punto de vista formal, se asemeja a la de los rabinos de su tiempo, Jesús enseña la necesidad de la oración de petición, declarando la certeza de ser escuchada. ¿Se da una contradicción con lo indicado poco antes (Mt 6,7s) Ciertamente, no; en la oración no es preciso ser palabrero, porque el Padre "conoce", pero es necesario asumir la actitud interior del mendigo, es decir, saber ubicarse en la verdad de la propia condición humana.

Dios mismo da al que pide y abre al que llama: de hecho, los verbos usados -"se os dará", "se os abrirá"- tienen la forma de lo que se llama "pasivo divino", expresión semántica para evocar el nombre de Dios -impronunciable- sin nombrarlo de modo explícito (vv. 7s). Si a un hijo que pide alimento su padre no le dará cualquier cosa que se le parezca en su aspecto externo pero que en sustancia sea muy diferente (vv. 9s), mucho más Dios, el único bueno, el padre más solícito, dará "cosas buenas" a todos los que le piden.

El Padre escucha siempre las súplicas de sus hijos y da lo que realmente es mejor al que lo invoca. El v. 12 recuerda un dicho rabínico: "Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto sólo es una explicación". Jesús lo relata en forma positiva, y esto es mucho más exigente: no se trata de un "no hacer", sino de algo concreto que nos exige estar siempre atentos por el bien de los demás; por esta razón, cambia completamente la vida del que lo toma en serio, le lleva a la verdadera conversión: descentrarse de nosotros mismos para que nuestro centro sean los demás.

 

MEDITATIO

Jesús nos enseña a orar con perseverancia confiada, revelándonos al mismo tiempo cómo es el corazón de Dios y cómo debe ser el corazón del orante. Se nos va conduciendo a la verdad más sencilla y más profunda: Dios es nuestro Padre y nos ama con amor eterno, sin arrepentirse, sin reservas. Quizás no creemos de veras en este amor, o tal vez estamos ya tan acostumbrados a decir y oír que Dios nos ama, que apenas prestamos atención a esta realidad desconcertante.

Jesús hoy nos invita a entrar en comunión viva con Dios Padre, y ésta es una experiencia que nos puede cambiar interiormente: pedid..., buscad..., llamad..., no quedaréis defraudados. El Padre, fuente inagotable de bondad, dará sólo cosas buenas a los que se las pidan. ¿Hemos orado ya de veras, dirigiéndonos a él o, tal vez, hemos manifestado nuestros deseos en voz alta, haciéndolos girar en torno a nosotros mismos? Además, ¿eran de verdad "cosas buenas" las que hemos pedido? La oración humilde y sencilla, la oración de un corazón amante, comienza con un acto de contemplación gratuita, teniendo fija la mirada interior en el rostro del Padre bueno. Olvidemos nuestras muchas peticiones y, poco a poco, sentiremos nacer en nosotros una única súplica que brota de una exigencia realmente necesaria.

Después de haber contemplado en la fe el rostro de Dios, ya no podremos dudar ni ignorar que somos hijos de Padre, impulsados por su amor a todo ser humano, nuestro hermano, para brindar esa bondad que sin cesar mana de la fuente y viene a saciar nuestra indigencia para que rebose hacia todos y llegue a cada uno.

 

ORATIO

Oh Padre, tú que eres el único bueno y das cosas buenas a los que te las piden, escucha nuestra oración. Antes de nada danos un corazón sencillo, humilde, confiado, que sepa abandonarse sin pretensiones y sin reservas a tu amor. Haznos pobres de espíritu y ven, tú que eres el Rey, a ensanchar en nosotros tu reino de paz. Ayúdanos a suplicarte incesantemente para que, siendo portavoces de toda criatura, podamos llevar a todos el auxilio de tu amor. Tú das al que pide: danos tu Espíritu bueno. Tú concedes que encuentre el que busca: que busquemos siempre tu rostro. Tú abres al que llama: ábrenos la puerta de tu corazón a nosotros y a todos los hombres. Estrechados en tu eterno abrazo, no pediremos más. Oh Padre, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

 

CONTEMPLATIO

El Evangelio nos asegura que son muchas las causas por las que somos escuchados. Una condición: que dos almas se unan en su oración; otra una fe firme; también la limosna, la enmienda de vida [...]. Convencido estoy de nuestras miserias, y quiero, incluso, admitir que estamos completamente desprovistos de las virtudes de las que hemos hablado antes. Y, sin embargo, el Señor promete concedernos los bienes celestiales y eternos; nos exhorta a una dulce violencia con nuestra insistencia. Nada más lejos de él que el desprecio de los importunos: los invita, los alaba, les promete concederles con gusto todo. Que nos anime la insistencia de los importunos. Sin exigir un gran mérito ni grandes fatigas, está en nuestra mano. No dudemos de la Palabra del Señor, que dice: "Todo lo que pidáis con fe lo obtendréis" (Juan Casiano, Colaciones, IX, 34, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él le escucha" (Sal 33,6s).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Antes de saber cómo hay que orar, importa mucho más saber cómo "no cansarse nunca", no desanimarse nunca, ni deponer las armas ante el silencio aparente de Dios: "Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer" (Le 18,1).

Que la intrepidez se adueñe de ti como de la viuda ante el juez. Vete a encontrar a Dios en plena noche, llama a la puerta, grita, suplica e intercede. Y si la puerta parece cerrada, vuelve a la cara, pide, pide hasta romperle los oídos. Será sensible a tu llamada desmesurada, pues ésta grita tu confianza total en él.

Déjate llevar por la fuerza de tu angustia y el asalto de tu impetuosidad. En algunos momentos, el Espíritu Santo formulará él mismo las peticiones en lo más íntimo de tu corazón con gemidos inefables. ¿Has oído gemir a un enfermo presa de un intenso sufrimiento? Nadie puede permanecer insensible a esta queja, a menos que tenga un corazón de piedra. En la oración, Dios espera que pongas esta nota de violencia, de vehemencia y de súplica para volcarse sobre ti, y escuchará tu petición. En el fondo, no haces más que dar alcance al amor infinito comprimido en su corazón, que espera tu oración para desencadenarse en respuesta de ternura y misericordia. Si supieses lo atento que está Dios al menor de tus clamores, no dejarías de suplicarle por tus hermanos y por ti. El se levantaría entonces y colmaría tu espera mucho más allá de tu Oración. Se puede esperar todo de una persona que ora sin cansarse y que ama a sus hermanos con la ternura misma de Dios (J, Lufrance, Ora a tu Padre, Madrid 1981, 173-174).

Viernes de la primera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 18,21-28

Así dice el Señor Dios:

21 "Ahora bien, si el malvado se convierte de todos los pecados cometidos, guarda todos mis mandamientos y se comporta recta y honradamente, ciertamente vivirá, no morirá.

22 Ninguno de los pecados cometidos le será recordado, sino que vivirá por haberse comportado honradamente.

23 ¿Acaso deseo yo la muerte del malvado, oráculo del Señor, y no que se convierta de su conducta y viva?

24 Si el honrado se aparta de su honradez y comete maldades, imitando las abominaciones del malvado, ninguna de las obras buenas que hizo le será recordada. Por el mal que hizo y por el pecado cometido morirá.

25 Vosotros decís: 'No es justo el proceder del Señor'. Escucha pueblo de Israel: ¿Acaso no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto?

26 Si el honrado se aparta de su honradez, comete la maldad y muere, muere por la maldad que ha cometido.

27 Y si el malvado se aparta de la maldad cometida y se comporta recta y honradamente, vivirá.

28 Si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá".

 

*• El capítulo 18 de Ezequiel marca un paso decisivo en el progreso de la revelación. Consciente de que la verdadera dignidad depende de ser "pueblo elegido", Israel tiene muy vivo el sentido de la responsabilidad colectiva del pecado (cf. por ejemplo Dt 5,9s). Pero ya el profeta Jeremías comenzó a indicar que existe también un "pecado personal", es decir, que cada uno es responsable de sus acciones en primera persona (cf. Jr 31,29s). Ezequiel prosigue en esta misma línea superando las afirmaciones de Jeremías.

A los desterrados, sin esperanza y desalentados bajo el peso de un castigo que piensan que es inmerecido por tratarse de las culpas de sus padres, Ezequiel les profetiza indicándoles que cada uno decide con su comportamiento su propio destino (18,1-20); y prosigue anunciando que el destino personal no es inmutable (vv. 21-31): el Dios de la vida no se complace en la destrucción de los hombres, sino que espera y, en cierto sentido, suscita la conversión de cada uno.

El Señor brinda a cada uno la posibilidad de una vida nueva e indica el camino de la salvación, que, como cualquier camino, exige esfuerzo y perseverancia. Si el "pecador" debe cambiar radicalmente, también el "justo" debe optar continuamente por obrar de acuerdo con la voluntad de Dios; de otro modo, se olvidará el valor de sus obras justas (v. 24): nadie es "justo" de una vez por todas, sino que uno se va haciendo "justo" día tras día adhiriéndose al Señor.

 

Evangelio: Mateo 5,20-26

Dijo Jesús:

20 Os digo que si no sois mejores que los maestros de la Ley y los fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

21 Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados: No matarás, y el que mate será llevado a juicio.

22 Pero yo os digo que lodo el que se enoja contra su hermano será llevado a juicio, el que lo llame estúpido será llevado a juicio ante el sanedrín, y el que lo llame impío será condenado al fuego eterno.

23'Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,

24 deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda.

25 Trata de ponerte a buenas con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.

26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

**• Con la autoridad propia de quien es el cumplimiento de la Ley (vv. 17s), Jesús exige a los suyos, como condición para entrar en el Reino de los Cielos, una justicia que "supere" la de los escribas y fariseos. Jesús pide más porque da lo que pide: ésta es la novedad radical.

Ya no se trata de limitarse a observar minuciosamente preceptos y evitar prohibiciones, sino comenzar desde el corazón, donde nacen las  motivaciones profundas de nuestro actuar.

Con el v. 21 comienza una serie de formulaciones concretas de esta justicia superior, introducidas por el pasivo divino "se dijo", que significa "Dios dijo". Por un homicidio hay que someterse a un proceso, pero el gesto violento brota del corazón: por eso el airarse contra el hermano merece idéntico castigo. Una palabra injuriosa exige una pena más grave: el juicio ante el sanedrín.

Un insulto más ofensivo es condenado por el Supremo Juez con el fuego eterno (v. 22). También el culto exige no sólo condiciones externas de pureza, sino la pureza de un corazón pacífico y pacificador, que no tolera las divisiones en las relaciones fraternas y, por consiguiente, debe dar el primer paso: la reconciliación con el hermano como premisa para la comunión con el Señor (vv. 23s).

En los vv. 25s se subraya no sólo la necesidad, sino también la urgencia de la reconciliación en una perspectiva escatológica: el otro ya no es el hermano, sino el adversario, el acusador que podemos encontrar en el camino de la vida: también con él debemos tratar de buscar un acuerdo, porque al final de la vida nos espera el Justo Juez, y debemos estar preparados para el juicio.

 

MEDITATIO

Jesús propone una justicia superior a la de los escribas y fariseos; la primera está basada en el conocimiento profundo de la Ley, la segunda, en la observancia escrupulosa de los preceptos. Es superior, pues, la justicia que no se fundamenta sólo en el saber y el hacer, sino sobre todo en el ser: esa justicia es santidad porque es participación en la bondad infinita de Dios. Jesús dirige cualquier acto a su origen, el corazón.

"El que se enoja contra su hermano..." Notemos la insistencia: ¡hermano! Se mata al hermano en el corazón con pensamientos o sentimientos hostiles e incluso, sencillamente, con la indiferencia. Se le mata también con palabras injuriosas o despectivas. Hoy está de moda hablar violentamente, vulgarmente. Contagiados por el clima de la sociedad en que vivimos, esta costumbre puede penetrar también en ambientes considerados cristianos, pero es totalmente antievangélica. Se suele decir: "Mata más la lengua que la espada", pero el pensamiento mata aún más que la lengua, porque no todos los pensamientos malos afloran en palabras...

¡Qué delicado es el sentido de la justicia que Jesús nos inspira! Se trata de la pureza de corazón, de santidad, y sólo se puede lograr con un constante deseo y compromiso de conversión. La justicia verdadera es la que Jesús ha proclamado e inaugurado en la cruz con su acto de perdón y de amor desmesurado. Estamos llamados continuamente a este misterio de muerte por amor. Los hermanos necesitan ver en nosotros los rasgos del rostro del amor que perdona y hace vivir.

 

ORATIO

Señor, tú que eres justo en todos tus caminos y santo en todas tus obras: hoy tu mandato nos desconcierta porque remueve el abismo de nuestro corazón. Nos pides una justicia mayor -la pureza interior, cumplimiento de la Ley- y nosotros nos descubrimos siempre demasiado injustos.

Perdona, Señor, los pensamientos y sentimientos malos que no desarraigamos en cuanto surgen en nuestro interior y que, tal vez, irritados por la envidia, se traducen en malas palabras, en juicios negativos. A cuántos habremos matado de este modo sin darnos cuenta, nosotros, que tan fácilmente juzgamos cualquier infracción de la Ley, que tan fácilmente condenamos al que se equivoca en la vida e incluso reprobamos el exceso de indulgencia con el arrepentido. Ten piedad de nosotros, Señor, ven cada día a purificarnos el corazón del pecado, que siempre aflora infectando nuestras intenciones y acciones.

 

CONTEMPLATIO

Para amar a los enemigos, que es en lo que consiste la perfección de la caridad fraterna, nada nos anima tanto como la agradable consideración de la portentosa paciencia del "más bello entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3).

Para aprender a amar, el hombre no se debe dejar llevar por los impulsos carnales, y para no sucumbir a estos deseos, debe dirigir todo su afecto a la dulce paciencia de la carne de Dios. Descansando así, más suave y perfectamente en el deleite de la caridad fraterna, también abrazará a sus enemigos con los brazos del verdadero amor. Y para que este fuego divino no se apague por la condición de las injurias, contemple continuamente con los ojos del alma la serena paciencia de su amado Señor y Salvador {JElredo de Rieval, El espejo de la caridad, III, 5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El perdón no debe ser ocasional, algo excepcional, sino que debe integrarse sólidamente en la existencia y ser la expresión habitual de las disposiciones de unos hacia otros. Deberás empezar por dominar la reacción de tu corazón ante la ofensa recibida -tu rencor, tu obstinación en tener razón- y deberás sentirte verdaderamente libre. Pero el perdón da el paso decisivo al renunciar al castigo del otro. Con ello abandona el principio de equivalencia, en el cual se contrapone el dolor al dolor, el perjuicio al perjuicio, la expiación a la falta, para entrar en el de la libertad interior. Aquí también se restablece un orden, no con pasos y medidas rígidas, sino con una victoria creadora. El corazón se ensancha [...]. Jesucristo relaciona el perdón de los hombres con el de Dios. Este es el primero en perdonar, y el hombre no es más que su criatura. Por tanto, el perdón humano surge del perdón divino del Padre. El que perdona se asemeja al Padre. Actuando así, persuades al otro para que comprenda su error; creando con él la armonía del perdón, "habrás ganado a tu hermano". Entonces vuelve a florecer leí fraternidad. El que así piensa aprecia al prójimo. Le duele saber que su hermano está en falta, como a Dios le duele el pecado, porque aleja de él al hombre. Y de la misma manera que Dios desea redimir al hombre caído, así el hombre instruido por Jesucristo sólo anhela que la persona que le ha ofendido reconozca su falta y vuelva así a la comunidad de la vida santa.

Jesucristo es el modelo de esta actitud. Él es el perdón viviente. que no sólo ha perdonado la culpa, sino que ha restaurado la verdadera "justicia". Ha destruido cuanto de lo más terrible se había acumulado, cargado sobre sus espaldas la deuda que había de pesar sobre el pecador [...]. Vivimos de la obra redentora de Jesucristo, pero no podemos disfrutar de la redención sin contribuir a ella (R. Guardini, El Señor I, Madrid 31958, 531-540, passim).

Sábado de la primera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 26,16-19

Moisés habló al pueblo y dijo:

16 Hoy te manda el Señor tu Dios poner en práctica estas leyes y preceptos. Guárdalos y ponlos en práctica con todo tu corazón y toda tu alma.

17 Hoy has aceptado lo que el Señor te propone: que él será tu Dios y que tú seguirás sus caminos, cumplirás sus leyes, sus mandamientos y sus preceptos, y escucharás su voz.

18 Y el Señor ha aceptado lo que tú le propones: que tú serás el pueblo de su propiedad, como te ha prometido, y que cumplirás todos sus mandamientos.

19 Él te encumbrará por encima de todas las naciones que él ha creado, dándote gloria, fama y honor, para que seas un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como te ha prometido".

 

*» En el contexto del Deuteronomio, el presente fragmento revela su carácter jurídico: es una fórmula de tratado, una ratificación formal de la alianza. Por eso es significativa su ubicación después del cuerpo legislativo

(ce. 11-26) y las bendiciones y maldiciones consiguientes a la observancia o transgresión de los decretos del Señor. En el plano jurídico, en el antiguo Israel, el pacto representa la forma más radical para construir una comunión entre personas; consiste en crear una situación en la que los contrayentes se intercambian lo que tienen de más personal y propio (cf. 1 Sam 18,3; 20,8; 23,18). Con presencia de testigos -y con un documento público- cada una de las partes propone y acepta un doble compromiso recíproco. El fragmento que nos propone hoy la liturgia presenta un particularísimo tipo de "pacto": no se trata de un pacto entre dos hombres, sino entre un Dios y un pueblo, entre el Dios fiel e Israel. Es un pacto "teológico" en el que los contrayentes están en distinto plano.

En su sencillez, la perícopa tiene un claro significado didáctico, y manifiesta la experiencia que Israel tiene de Dios: Dios no es un ser absoluto, lejano, inaccesible; Dios es comunión, es voluntad de salvación para el pueblo que él ha elegido. Es él quien toma la iniciativa de la elección por puro amor gratuito con el pueblo (cf. Dt 4,37).

El es quien da a Israel leyes y mandatos que constituyen un camino de vida y un modelo de sabiduría para los individuos (cf. Bar 4,1-4). Acoger la gracia y corresponder por medio de la obediencia a la voz del Señor es la respuesta fiel que Dios pide a Israel.

 

Evangelio: Mateo 5,43-48

Jesús dijo:

43 Habéis oído que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen.

45 De este modo seréis dignos hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos.

46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis?

¿No hacen también eso los publicanos?

47 Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen lo mismo los paganos?

48 Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

**• Nos encontramos ante la última antítesis en la que Jesús, con su enseñanza de la Ley, indica su cumplimiento. El libro del Levítico manda el amor al prójimo y prohíbe la venganza y el rencor "contra los hijos de tu pueblo" (Lv 19,18): por "prójimo" probablemente hay que entender aquel con el que se vive y pertenece a la misma etnia. Lo añadido, "odiarás a tu enemigo", no proviene del Antiguo Testamento ni de las enseñanzas rabínicas, pero expresa en concreto el modo con que el hombre de a pie recibía el mándalo: incluso los esenios y los zelotas contemporáneos a Jesús aceptaban esta interpretación.

Jesús, por el contrario, pide una calidad sin restricciones, una oración que abarque a lodos, también a los que nos hacen sufrir. ¿Cómo puede exigir tanto? El fundamento es el amor gratuito e incondicionado que nosotros recibimos de un Dios que es Padre y nos quiere hijos semejantes a él en el obrar el bien y en procurar el gozo a los demás (vv. 44s). Todos los demás: no se trata de una universalidad ideal, sino muy concreta; propone amar a aquel que no nos ama, saludar al que nos niega el saludo... Es lo que distingue al discípulo de Cristo de los paganos y pecadores (vv. 46s); y superando la tendencia humana natural y limitada, nos hace tender a la perfección con la misma medida inconmesurable del Padre, que es amor (v. 48).

Llegados a este punto, carece de sentido pedir una recompensa a Dios por la observancia tan minuciosa y estricta de las normas de justicia: la gratuidad del amor se convierte en ley reguladora de las relaciones con Dios y con los hombres. En esto consiste la "justicia superior" que Jesús pone como condición para entrar en el Reino de los Cielos (5,20).

 

MEDITATIO

Dios ha sellado con su pueblo un pacto de alianza recíproca, pidiéndole observar sus leyes y normas con todo el corazón. Jesús nos muestra la meta de esta obediencia: llegar a ser hijos semejantes al Padre, perfectos como él es perfecto. Pero la perfección de Dios no es una inalterable serenidad, una pureza aséptica.

Cristo nos revela que es misericordia con todos, gratuidad universal, bondad que supera cualquier medida humana. Por consiguiente, tender a la perfección significa conformar nuestro corazón con el del Padre, que derrama bienes sobre todos, sin hacer distinción entre buenos y malos, justos e injustos, agradecidos e ingratos.

Jesús nos manifiesta un amor similar con todos, pero no de una manera genérica, como una benevolencia seráfica con la humanidad. Nos dice: "Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen"; actuar con caridad con el que nos está haciendo el mal. Esto es amar de modo perfecto, ofreciendo el don más grande, el perdón. Así nos ha amado Cristo desde la cruz, dejándonos no sólo ejemplo, sino también la gracia necesaria para conformarnos a él. No nos limitemos a lo que nos es connatural, siendo benevolentes con los que nos manifiestan benevolencia: esto lo hacen también de modo natural quienes todavía no conocen el rostro del Padre. A nosotros se nos ha manifestado; se nos ha concedido una gracia sobreabundante: no nos quedemos en cuestiones de mérito, no busquemos recompensas. El amor de Dios derramado sobre nuestros corazones es la más espléndida e inmerecida recompensa.

 

ORATIO

Jesús, Hijo de Dios vivo, tú nos has mostrado en tu rostro el rostro del Padre: haz que mirándote a ti, que no te avergüenzas de llamarnos "hermanos", aprendamos a vivir como verdaderos hijos, obedientes a la voluntad de Dios.

Señor, tú nos has revelado que el Padre derrama su amor a todos: haz que llegando a la fuente de toda bondad podamos llevar al inundo el agua viva del Espíritu, que todo lo renueva.

Oh Cristo, que pediste desde la cruz perdón para todos nosotros: ha/ que acogiendo la gracia divina aprendamos a amar ton a ¡razón gratuito a todos los hombres, y más que a nadie al hermano que nos ha hecho mal. Entonces, al mirarnos, el Padre nos podrá reconocer verdaderamente como hijos suyos.

Sea este nuestro único deseo: tender a la comunión plena, tener un solo corazón y una sola alma.

 

CONTEMPLATIO

Quien ama a todos se salvará, sin duda. Quien es amado por todos no se salvará por eso. "Dios es amor." Quien se relaciona con alguien sin amor, vende a Dios, vende su felicidad. Sólo se da felicidad amando. ¿Cuál es la belleza natural del alma? Amar a Dios. ¿Y cuánto? "Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas" (Le 10,27).

En el mismo orden de belleza hay que poner el amor al prójimo. ¿Cuánto? Hasta la muerte. Si no lo haces, ¿quién sufrirá el daño? No Dios, sino quizás un poco el prójimo, pero tú serás quien sufra un daño enorme. De hecho, el ser privado de una belleza o perfección natural no es igualmente dañino a las criaturas. Si la rosa deja de tener su color natural o la azucena su aroma, el daño que yo recibiría sería de menor importancia aunque me gusten estas sensaciones; mas para la rosa y la azucena sería un daño terrible, porque se ven privadas de su propia y natural belleza (Guigo I., Meditationes, II, 23,89,465).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Seas bendito, oh eterno Dios. Que cesen toda venganza, la incitación al castigo o a la recompensa. Los delitos han superado toda medida, todo entendimiento. Ya hay demasiados mártires. No peses sus sufrimientos en la balanza de tu justicia, Señor, y no dejes que estos carniceros se ceben con nosotros. Que se venguen de otro modo.

Da a los verdugos, a los delatores, a los traidores y a todos los hombres malvados el valor, la fuerza espiritual de los otros, su humildad, su dignidad, su continua lucha interior y su esperanza invencible, la sonrisa capaz de borrar las lágrimas, su amor, sus corazones destrozados pero firmes y confiados ante la muerte, sí, hasta el momento de la más extrema debilidad [...].

Que todo esto se deposite ante ti, Señor, para el perdón de los pecados como rescate para que triunfe la justicia; que se lleve cuenta del bien y no del mal. Que permanezcamos en el recuerdo de nuestros enemigos no como sus víctimas, ni como una pesadilla, ni como espectros que siguen sus pasos, sino como apoyo en su lucha por destruir el furor de sus pasiones criminales. No les pediremos nada más. Y cuando todo esto acabe, concédenos vivir como hombres entre los hombres y que la paz reine sobre nuestra pobre tierra. Paz para los hombres de buena voluntad y para todos los demás (Oración anónima, escrita en yiddish, encontrada en Auschwitz-Birkenau, cit. en B. Ducruet, Con la pace nel cuore, Milán 1998, 42s).

Segundo domingo de cuaresma Ciclo A

LECTIO

Primera lectura: Génesis 12,1-4a

1 El Señor dijo a Abrán:

- Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré.

2 Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición.

3 Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra.

4 Partió Abrán, como le había dicho el Señor, y Lot marchó con él.

 

>*• Después de la alianza establecida con Noé, con la que Dios juró fidelidad a lo creado (cf. Gn 9), los hombres siguen inclinándose al mal (cf. Gn 11). Pero Dios continúa buscando la comunión con los hombres: a la dispersión de Babel sigue la vocación de Abrahán, llamado significativamente a romper todo vínculo social y de clan para poder seguir incondicionalmente los caminos del Señor (Gn 12,1).

Al mandato de Dios -"Sal de tu tierra..."- sigue una promesa de bendición sobreabundante: en dos versículos aparece cinco veces, y tal repetición indica los tres ámbitos de la acción de Dios en favor de Abrahán.

El primero es la promesa de una posteridad humanamente imposible (Gn 11,30), acompañada de un gran nombre impuesto por Dios (como contraposición a Gn 11,4). El segundo ámbito, manifestado en el v. 3a, amplía el horizonte a todos los que reconozcan y acojan la historia de salvación que Dios inaugura a partir de Abrahán: se convertirán en hijos de la promesa. Por el contrario, quien pretenda obstaculizarla, no logrará su intento (cf. Nm 22-24). En el v. 3b el horizonte se universaliza: el tercer ámbito de la acción benéfica de Dios con Abrahán es la inclusión de todas las razas de la tierra en la historia de salvación.

En Cristo, la promesa de Dios se ha dilatado a todas las gentes (cf. Gal 3,15-18) hasta el cumplimiento escatológico. Al mandamiento de Dios  sigue la obediencia de Abrahán, dejando que Dios disponga de sí y de su destino. Fiándose de él marchó como le había dicho el Señor. En esta marcha, no sólo Israel, sino todos los "hijos de la promesa" reconocen el prototipo de las sucesivas "salidas" que el Señor pedirá a los  suyos: el Éxodo, la vuelta de Babilonia, el seguimiento de los discípulos, el compromiso de vivir como extranjeros y peregrinos en este mundo. La fe obediente de Abrahán quedará para todos como paradigma de la respuesta a la propia vocación.

 

Segunda lectura: 2 Timoteo 1,8b-10

8b Con la confianza puesta en el poder de Dios, sufre conmigo por el Evangelio.

9 Dios nos ha salvado y nos ha dado una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia voluntad y por la gracia que nos ha sido dada desde la eternidad en Jesucristo.

10 Esta gracia se ha manifestado ahora en la aparición de nuestro Salvador, Jesucristo, que ha destruido la muerte y ha hecho irradiar la vida y la inmortalidad gracias al anuncio del Evangelio.

 

**• Desde Roma Pablo, en la cárcel como un delincuente vulgar (2,9), envía a su querido discípulo Timoteo, obispo de Efeso, una desgarradora llamada con tono de último mensaje. A la prisión, se añade el sufrimiento moral (1,12), pero no debe ser motivo de vergüenza o desaliento para el hijo espiritual (1,8). Es, más bien, el momento oportuno para reavivar el carisma recibido mediante la imposición de las manos de los presbíteros y obtener el espíritu de fortaleza, amor y sabiduría que permite afrontar victoriosamente la hora de la prueba (v. 6s). Es inevitable que los discípulos de Cristo deban subir a causa de su fe (2,3), pero no están solos en la persecución: la gracia de Dios sostiene en el momento de dar testimonio (v. 8b) y hace que incluso la debilidad humana concuna a la salvación (2,10-12a).

En el breve v. 10 aparece el núcleo del kérygma: la encarnación, la muerte y la resurrección del Salvador. El nos ha abierto un acceso a la luz, venciendo la muerte; siguiendo sus huellas y las huellas de todos los santos que han seguido fielmente a Jesús, también Timoteo (y, como él, cualquier cristiano) podrá afrontar con fe y amor los sufrimientos por el Evangelio (v. 13). La nostalgia de la separación (v. 4), la timidez humana (v. 7) de Timoteo, la "escandalosa" situación en la que Pablo se encuentra, las reiteradas alusiones a la cárcel y a la defección de los cristianos (v. 15), podrían arrojar una oscura sombra en la vida del discípulo, por eso el apóstol -con un vocabulario que evoca la luminosidad (v. 10)- alienta: Cristo sacó a la luz la vida inmortal.

 

Evangelio: Mateo 17,1-9

1 Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedio, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó a un monte alto a solas.

2 Y se transfiguró ante ellos. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

3 En esto, vieron a Moisés y a Elías, que conversaban con Jesús.

4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:

- Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres hago tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

5 Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió y una voz desde la nube decía:

- Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo.

6 Al oír esto, los discípulos cayeron de bruces, aterrados de miedo.

7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo:

- Levantaos, no tengáis miedo.

8 Al levantar la vista no vieron a nadie más que a Jesús.

9 Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó:

- No contéis a nadie esta visión hasta que el Mijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

 

*» En el texto de Mateo, la narración de la transfiguración comienza con una indicación cronológica -"Seis días después"- que lo vincula con lo precedente, es decir, con la profesión de fe de Pedro, con el primer anuncio claro por parte de Jesús de su pasión y con la declaración de que para ser discípulos es necesario seguirle por el camino de la cruz. "Seis días después" el Maestro lleva a tres de sus discípulos a una montaña alta para concederles la experiencia anticipada de la gloria prometida después de padecer.

En aquella elevada soledad Jesús les muestra su aspecto divino "cambiando de aspecto" (v. 2). Mateo insiste particularmente en la luz y el fulgor que emanan de él, evocando la figura del Hijo del hombre de Dn 10 y la narración de la manifestación de YHWH en la cumbre del Sinaí (Ex 34,29-33).

Las continuas alusiones a las teofanías del Antiguo Testamento (Ex 19,16; 24,3; 1 Re 19,11) indican que está pasando algo extremadamente importante: en Jesús la antigua alianza va a transformarse en "nueva y eterna alianza". La aparición de Moisés y Elías testimonia que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, el que guiará al pueblo a la verdadera tierra prometida y lo restablecerá en la integridad de la le en Dios.

La intervención de Pedro (v. 4) indica el contexto litúrgico de la fiesta de los Tabernáculos, la más alegre y resplandeciente de luces, que conmemoraba el tiempo del Éxodo, cuando Dios bajaba en medio de su pueblo morando también él en una tienda, la tienda del encuentro. La Nube de la Presencia (shck/ünah), que ahora desciende y envuelve a los presentes, actualiza y lleva a la plenitud la liturgia: como declara la voz que se oye desde el cielo, Jesús es el profeta "más grande" preanunciado por el mismo Moisés (Di I S, I 5), y lo es por ser el Hijo predilecto de Dios.

Ante esta manifestación extraordinaria de gloria, un gran temor se apodera de los discípulos. Jesús los reanima con su gesto y su palabra (v. 7) como el Hijo del hombre de la visión de Daniel. Se vuelve más desconcertante e incomprensible a los discípulos lo que Jesús, ya sólo, les dice: el Hijo del hombre - la figura gloriosa esperada como conclusión de la historia deberá afrontar la muerte y resucitar.

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos pide caminar por un sendero estrecho y áspero. Es el camino de la fe obediente que exigió a Abrahán unas rupturas concretas y dirigirse a metas desconocidas. Es el camino de la difícil perseverancia que exige a Timoteo vencer el desaliento y una  generosidad renovada del don de sí. Es el camino del sufrimiento y de la muerte que Jesús recorre plenamente consciente, preparando a sus discípulos para que también lo afronten con fortaleza. Sin embargo, es el único camino que conduce a la verdadera vida, a la gloria auténtica, a la luz sin ocaso.

Ya desde ahora se nos concede pregustar un poco aquel esplendor para proseguir con nuevo impulso caminando. La promesa de la bendición divina colmó de esperanza la vida de Abrahán; la fuerza de Dios ayuda a Timoteo a obtener la gracia de Cristo para difundir el Evangelio con entusiasmo; la visión de Cristo transfigurado corrobora a los discípulos en la hora de la ignominia y de la cruz. El Espíritu Santo no deja nunca de alentarnos.

El sufrimiento es fiel compañero en el camino de la vida, pero en la prueba no estamos solos: Jesús está a nuestro lado como "varón de dolores que conoce bien lo que es sufrir", como el primero que ha llevado el peso de la cruz. Esto basta para mantenernos confiados en que su poder se manifiesta plenamente en nuestra debilidad; nos inyecta ánimo para asumir estas opciones en el camino hacia la pascua y para dar testimonio de la resurrección.

 

ORATIO

Jesús, tú eres el Señor: has mostrado tu rostro radiante de luz a tus discípulos, poco antes confusos por la predicción de tu pasión y ahora temerosos ante la gloria que irradias. Siempre nos supera tu misterio.

Tú eres el Señor: como hijo predilecto del Padre, has recorrido primero y ahora abres para nosotros el camino de la obediencia de fe, que nos parece imposible; de la perseverancia, que estimamos inútil; de la esperanza, que juzgamos insostenible.

Tú eres el Señor: y queremos confiar en ti porque es demasiado arduo el camino, demasiado oscuro el sendero; no sabemos recorrerlo solos, pero contigo, nuestro buen Pastor, el sendero es seguro, desaparece el miedo, y la fatiga es una ofrenda generosa.

 

CONTEMPLATIO

Al elegido y amado de Dios si' le muestra, de tiempo en tiempo, algún reflejo del rostro divino, como una luz oculta entre las manos que ya aparece, ya se esconde, a gusto del portador, para que, por estos reflejos momentáneos y fugitivos, se inflame el alma en deseos de la plena posesión de la luz eterna y de la herencia en la total visión de Dios. Y para que de algún modo se dé cuenta de lo que le falla todavía, no es raro que la gracia, como de pasada, haga vibrar sus sentimientos amorosos y la arrebate y la conduzca al seno del día que está lejos del mundanal ruido, en el gozo del silencio. Y allí, por un momento, por un instante, según su capacidad, El mismo se le muestra y le ve tal como es. A veces, trasformándole en Él mismo, para que sea, en su medida, como es Él.

Habiendo así comprendido la diferencia entre el Puro y lo impuro, vuelve el hombre sobre sí mismo para darse más a la purificación del corazón, preparándose para la visión [...]. Nada mejor para descubrir la imperfección humana que la luz del rostro de Dios, el espejo de la visión divina (Guillermo de Saint-Thierry, Carta de oro, nn. 268ss, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen hasta tu monte santo, hasta tu morada" (Sal 42,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Por un instante, el día de la transfiguración [Pedro, Santiago y Juan] contemplan la maravilla de una carne divinizada, de un rostro que transparentó el esplendor de la vida eterna: el rostro de Cristo resplandece con toda la luz de Dios.

El cuerpo humano puede ser transfigurado y tiene también un mensaje de luz que comunicar [...]. Nuestro cuerpo tiene una vocación espiritual, una vocación divina. Nuestro cuerpo es el primer Evangelio porque el testimonio de la presencia divina en nosotros debe pasar a través de la expresión de nuestro rostro, a través de nuestra apertura, nuestra benevolencia, nuestra sonrisa. Aquel son interior que es la gloria de Jesucristo está en nosotros. Lo más sublime del hombre es que puede aún más, está llamado a revelar a Dios. Hay en nosotros una belleza secreta, maravillosa, inagotable. Cristo no ha venido sólo a salvar nuestras almas; Cristo ha venido a revelar Dios al hombre, a revelar el hombre al hombre; ha venido para que el hombre se realice en toda su grandeza, su dignidad, su belleza. Estamos llamados a la grandeza, al gozo, a la juventud, a la dignidad, a la belleza, a irradiar a Dios, a la transfiguración de todo nuestro ser comunicando con la luz divina.

Llevamos en nosotros el tesoro de la vida eterna, la realidad de la presencia infinita que es el Dios viviente. Hoy y en todos los instantes de nuestra vida estamos llamados a manifestar a Dios. Olvidemos toda nuestra negatividad, nuestra pesadez, nuestras fatigas, nuestras limitaciones y las de los demás. ¿Qué importa todo eso desde el momento en que Dios está en nosotros, en que Dios vive, en que nos ha regalado su canto, su gracia y su belleza; desde el momento en que hoy debemos penetrar en la nube de la transfiguración para salir revestidos de Dios, llevando en nuestro rostro el gozo de su amor y la sonrisa de su eterna bondad? (M. Zundel, Ta parole comme une source, Sillery 1998, 228s).

 

Segundo domingo de cuaresma Ciclo B

 LECTIO

Primera lectura: Génesis 22,l-2.9a.l0-13.15-18

1 Después de esto, Dios quiso poner a prueba a Abrahán, y lo llamó:

- ¡Abrahán! Él respondió: - Aquí estoy.

2 Y Dios le dijo: - Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moría y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré.

9 Llegados al lugar que Dios le había indicado, Abrahán levantó el altar, preparó la leña.

10 Después Abrahán agarró el cuchillo para degollar a su hijo,

11 pero un ángel del Señor le gritó desde el cielo: - ¡Abrahán! ¡Abrahán! Él respondió: - Aquí estoy.

12 Y el ángel le dijo: - No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ya veo que obedeces a Dios y que no me niegas a tu hijo único.

13 Abrahán levantó entonces la vista y vio un carnero enredado por los cuernos en un matorral. Tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

14 El ángel del Señor volvió a llamar desde el cielo a Abrahán,

15 y le dijo: - Juro por mí mismo, Palabra del Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu único hijo,

16 te colmaré de bendiciones y multiplicaré inmensamente tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena de las playas. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos.

18Todas las naciones de la tierra alcanzarán la bendición a través de tu descendencia, porque me has obedecido.

 

**• La liturgia nos ofrece hoy una de las páginas más sublimes de la Escritura desde el punto de vista espiritual y artístico. El versículo inicial nos proporciona el hilo conductor y unificador de los diversos lemas del relato: "Después de esto, Dios quiso poner a prueba ti Abrahán". Se trata, pues, de una prueba que viene de Dios. En el mundo semítico antiguo los sacrificios humanos, en particular el del primogénito, están ampliamente documentados. Así podemos entender que la orden de Dios no le parezca a Abrahán algo monstruoso o inaudito, pero sí desconcertante. De hecho, Isaac es el "hijo de la promesa", el hijo único (en hebreo yajidb, traducido en los LXX por agapetós, "predilecto"; es el adjetivo con que en el Nuevo Testamento se designa a Jesús, en particular en el fragmento evangélico de la transfiguración). Para el anciano patriarca, Isaac es la promesa hecha carne, por la que ha sacrificado lodo: la propia tierra, los propios orígenes (v. 12), la posibilidad de una descendencia en Ismael (v. 16). Dios le pide, pues, sacrificar la misma promesa, es decir, la seguridad divina -más que humana- de su futuro, en la persona de su hijo queridísimo.

La silenciosa respuesta de Abrahán es la obediencia de la fe desde un corazón acongojado. El narrador nos lo deja intuir aunque no lo explicite. Los pasos se suceden lentos, rítmicos. Los gestos son intensos; las palabras, muy pocas pero lacerantes. Todo es esencial en la narración, todo nos permite recorrer siempre de nuevo el camino del monte Moría, paso a paso. El ángel del Señor detiene la mano de Abrahán cuando estaba levantada y a punto de consumar el sacrificio supremo: Dios proveerá el cordero para el holocausto (cf. v. 8). No se tratará solamente del carnero fortuito para el sacrificio de un día, sino del Hijo unigénito, como sacrificio perfecto y eterno. Abrahán ha manifestado con sus obras su fe (v. 12b; cf. Sant 2,21-23), y por eso el Señor renueva solemnemente su bendición: Isaac, el hijo del rendimiento incondicional al designio de Dios, comienza la descendencia de la promesa, victoriosa sobre sus enemigos (v. 17b), en el que serán benditas todas las naciones de la tierra.

 

Segunda lectura: Romanos 8,31b-34

31b Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

32 El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?

33 ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva?

34 ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto; más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

 

 

**• Como un estupendo himno al amor de Dios, los vv. 31-39 concluyen no sólo el c. 8, sino también toda la sección segunda de la carta a los Romanos (ce. 5-8).

El fragmento que la liturgia de hoy nos actualiza exalta el amor fiel de Dios, quien, por nosotros y por nuestra salvación, nos ha dado lo más precioso que posee: su propio Hijo. En él nos lo ha dado todo, ya no le queda nada más por dar. Todo esto nos infunde una gran confianza para el momento del juicio supremo: Dios juez ha manifestado hasta qué punto está de parte del hombre ¿Quién puede presentarse como acusador de los que el Señor ha hecho justos? ¿Quién podrá condenarnos desde el momento en que el Padre ha manifestado su inmensa misericordia en su Hijo, que cargó con el pecado para expiarlo por nosotros?

Jesús afrontó la muerte para que nadie deba sufrir la muerte eterna; nos ha resucitado e intercede siempre por nosotros para que también nosotros podamos lograr la vida en plenitud en presencia de Dios. Nada debemos temer, porque nada nos podrá separar nunca del amor de Dios en Cristo Jesús (v. 39).

 

Evangelio: Marcos 9,2-10

2 Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los llevó a solas a un monte alto y se transfiguró ante ellos.

3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos.

4 Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

5 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:

- Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

6 Estaban tan asustados que no sabía lo que decía.

7 Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: - Éste es mi Hijo amado; escuchadle.

8 De pronto, cuando miraron alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos.

Al bajar del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

10 Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí sobre lo que significaría aquello de resucitar de entre los muertos.

 

**• Marcos narra el acontecimiento de la transfiguración al comienzo de la segunda parte de su evangelio: Jesús comienza a hablar abiertamente de su pasión a sus discípulos, que le habían reconocido como Mesías (8,29); ahora deben comprender su misterio de Hijo de Dios y, a la vez, el de Siervo doliente. Jesús lleva a la soledad de un monte elevado a tres de sus discípulos y manifiesta su gloria transfigurándose ante ellos, para que no vacilen en la fe.

El candor y la luz resplandeciente de su persona recuerdan al Hijo del hombre de la visión de Daniel (ce. 7.10). La aparición de Elías y Moisés, esperados como precursores del Mesías, señala a Jesús como cumplimiento de la Ley V los Profetas. Ellos tuvieron el privilegio de contemplar en lo alto de un monte la gloria de Dios con vistas a cumplir una misión importante para todo el pueblo: ahora la antigua alianza cede el testigo a la nueva y los tres discípulos se convierten en testimonios oculares de la gloria de Cristo en favor de todos los creyentes (cf. 1 Jn 1,1-3; 2 Pe 1,17s). Un temor sacro les invade. Pedro trata de reaccionar y propone erigir tres tiendas para los egregios personajes. Por este indicio, parece que el acontecimiento se verificó durante la fiesta de los Tabernáculos; en el día séptimo (v. 2) todos se vestían de blanco, y el templo resplandecía  inundado de luces. Jesús se revela como el verdadero templo, la verdadera tienda de la Presencia.

Otro símbolo muy importante es la nube, que acompañó continuamente al pueblo elegido en su camino del Éxodo y ahora envuelve a los presentes. De la nube sale la voz divina que proclama a Jesús como Hijo predilecto. En el momento del bautismo, la voz se dirigió a Jesús para confirmarlo e investirlo en su misión (1,11). Ahora se dirige a los discípulos: Jesús es el Hijo predilecto al que hay que escuchar, seguir, obedecer, porque su testimonio y profecía son veraces. Después de resonar la voz divina cesó la visión: Jesús vuelve a ser el compañero de camino (v. 8b), pero la meta de este camino resulta incomprensible a los discípulos, que, envueltos por el misterio, guardan silencio sobre los hechos que han experimentado como testigos.

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra de hoy propone a nuestra contemplación la luz que irradia la persona de Jesús transfigurado: es un desgarrarse el cielo, un rayo de luz eterna que llega al corazón para herirlo con la nostalgia del rostro de Dios. Estamos llamados a participar no de una visión desencarnada, falsamente mística, idílica. A través de todas las lecturas podemos seguir un hilo de oro: el del don de sí mismo como condición de la verdadera comunión con Dios.

El Padre, origen de toda paternidad, revela su corazón haciéndonos revivir con Abrahán el sacrificio y la paz de la ofrenda suprema. A cada uno de nosotros se nos puede pedir -más bien, se nos pide ciertamente- el sacrificio del propio Isaac. Pero la Palabra nos deja entrever que éste es el camino para participar de la misma realidad de Dios. El mismo Dios Padre no perdonó a su propio Hijo, el predilecto, sino que lo entregó por nosotros. Cristo no consideró "un tesoro codiciable el ser igual a Dios" (cf. Flp 2,6), sino que nos amó y se entregó a si mismo por nosotros. ¿No renunciaremos nosotros a todo, no nos negaremos a nosotros mismos para entrar en comunión con él?

En la transfiguración, Jesús ofrece a los tres discípulos la visión luminosa para mostrarles el final del oscuro túnel de la pasión, poco antes anunciada. Ahí está la voz del Padre para confirmarlo: él es el Hijo predilecto que cumplirá su designio; es el testimonio veraz cuando pide a sus seguidores negarse a sí mismos y llevar la propia cruz detrás de él. Todo esto debería quedar claro a los discípulos y a nosotros. Pero todavía tiene su mezcla de oscuridad: la nube de luz de la Presencia de Dios nos envuelve siempre en la sombra, y la revelación no elimina el misterio. Sin embargo, queda algo indeleble en el corazón: Jesús es el Hijo que el Padre ha entregado por nosotros; el compañero que nos abre el camino, el que nos enseña a escuchar dando los pasos de una entrega sin reservas.

 

ORATIO

Oh Padre, ternura infinita, por nosotros no te has reservado a tu único Hijo: tu corazón divino conoce el desgarro mayor, que es a la vez el purísimo gozo de amar.

Concédeme, Padre, saber corresponder a tu don con el abandono confiado a tus manos y ofreciéndote lo mejor que tenemos. Ayúdanos a acoger humildemente esa muerte que se nos pide cada día y que es nuestra entrega total: el sacrificio de nosotros mismos por la vida del mundo. Plásmanos con la sabiduría del Espíritu a imagen de tu Hijo; hombres nuevos, en él viviremos como hijos, con él nos ofrecemos por todos los hermanos: es la única gloria que vale la pena, es el amor que transfigura la oscuridad del tiempo presente en luz de eternidad.

 

CONTEMPLATIO

Es imposible contemplar el Sumo Bien y no amarle; y no amarlo en la misma medida cuanto es dado contemplarle, hasta que el amor alcance alguna semejanza con aquel amor que llevó a Dios a hacerse hombre, en la humildad de la condición humana, para hacer al hombre semejante a Dios en la glorificación de la divina participación. Entonces es dulce para el hombre hacerse humilde con la soberana Majestad, pobre con el Hijo de Dios, conforme a la divina Sabiduría, teniendo en sí los mismos sentimientos de Cristo Jesús, Señor nuestro. En él nuestro ser no muere, nuestro entendimiento no yerra, nuestro amor no queda defraudado; cuanto más se le busca, más dulce se le encuentra, y cuanto más dulce se le halla, con más diligencia se le busca.

Tal es la faz de Dios, que ninguno puede contemplar y vivir en este mundo; es la belleza que suspira por gozar todo el que ama a su Señor y Dios, con todo su corazón, con toda su alma, con todo su espíritu, con todas sus fuerzas. Y si alguna vez es admitido a esta visión, percibe, sin sombra de duda a la luz de la verdad, la gracia que le ha prevenido. El contemplativo debe, pues, humillarse en todas las ocasiones y glorificar en sí mismo al Señor, su Dios (Guillermo de Saint-Thierry, Carta de oro, nn. 268ss passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único" (Jn 3,16a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La transfiguración no es la revelación impasible de la luz del Verbo a los ojos de los apóstoles, sino el momento intenso en el que Jesús aparece unificado en todo su ser con la compasión del Padre. En aquellos días decisivos, él es más que nunca transparente a la luz de amor de aquel que lo entrega a los hombres por su salvación. Por consiguiente, si Jesús se transfiguró, es porque el Padre hace resplandecer en él su gozo. El irradiar su luz en su cuerpo de compasión es como el estremecimiento del Padre por la total entrega de su Unigénito. De ahí la voz que atraviesa la nube: "Éste es mi Hijo amado; en él están todas mis complacencias... escuchadle".

En cuanto a los tres discípulos, son inundados durante unos segundos por lo que se les concederá recibir, comprender y vivir a partir de Pentecostés: la luz deífica que emana del cuerpo de Cristo, las energías multiformes del Espíritu dador de Vida. Y entonces cayeron a tierra, porque "Aquel" no sólo es "Dios con los hombres" sino Dios-hombre: nada puede pasar de Dios al hombre ni del hombre a Dios si no es a través de su cuerpo. Ya no hay distancias entre la materia y la divinidad: en el cuerpo de Cristo nuestra carne está en comunión con el Príncipe de la Vida, sin confusión ni separación.

Lo que el Verbo inauguró en su encarnación y manifestó a partir de su bautismo con sus milagros nos lo deja entrever en plenitud la transfiguración: el cuerpo del Señor Jesús es el sacramento que concede la vida de Dios a los hombres. Cuando nuestra humanidad consienta unirse a la humanidad de Jesús, participará en la naturaleza divina, será deificada (J. Corbon, Liturgia alia sorgente, Roma 1982, 81s).

 

Segundo domingo de cuaresma Ciclo C

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 15,5-12.17s

5 Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo: - Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Y añadió: - Así será tu descendencia.

6 Creyó Abrahán al Señor, y el Señor lo anotó en su haber.

7 Después le dijo el Señor: - Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los caldeos para darte esta tierra en posesión.

8 Abrahán le preguntó: - Señor, Señor, ¿cómo sabré que voy a poseerla?

9 El Señor le respondió: - Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.

10 Trajo él todos estos animales, los partió por la mitad y puso una mitad frente a la otra, pero las aves no las partió.

11 Las aves rapaces empezaron a lanzarse sobre los cadáveres, pero Abrahán las espantaba.

12 Cuando el sol iba a ponerse, cayó un sueño pesado sobre Abrahán y un gran terror se apoderó de él.

17 Cuando se puso el sol, cayeron densas tinieblas, y entre los animales partidos pasó un horno humeante y una antorcha de fuego.

18 Aquel día hizo el Señor una alianza con Abrahán en estos términos: - A tu descendencia le daré esta tierra, desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Eúfrates.

 

**• La espera del cumplimiento de los tiempos de Dios se prolonga poniendo a prueba a Abrahán. Pero el Señor te conforta prometiéndole que su recompensa será muy grande (v. 1): su descendencia será tan numerosa como las estrellas y poseerá la tierra donde ahora vive como extranjero. Abrahán renueva su fe: "creyó al Señor" (v. 6a). A cada intervención del Señor responde con un "Amén" total, asintiendo plenamente: toda su vida está anclada en la roca firme de la Palabra del Señor.

Dios acoge como sacrificio perfecto esta fe obediente: y "se lo anotó en su haber ", o sea, pronuncia el juicio con el que los sacerdotes atestiguaban la perfección de la víctima a sacrificar. Se nos viene a decir: con su comportamiento, Abrahán se ha ubicado en la justa relación con el Señor. Y el Señor entonces se manifiesta como quien toma en sus manos las riendas de la historia de Abrahán, porque tiene un proyecto para el futuro (v. 7).

Se utilizan dos verbos claves de la historia del Éxodo: "sacar" o hacer salir y "dar". La promesa del Señor no se reduce a meras palabras. Como respuesta a la petición de garantía, él propone un rito de juramento que para nosotros resulta desconcertante: pasar entre animales descuartizados significaba que los dos contrayentes de un pacto conjuraban sobre sí mismos como maldición la suerte de los cadáveres en caso de no mantener fidelidad a lo acordado. Es de notar que Dios manda a Abrahán preparar el rito, pero sólo él pasa como resplandor y oscuridad a la vez. Mientras tanto, Dios hace que Abrahán caiga en un sopor (tardemah) que lo insensibiliza; él mismo es quien -paradójicamente- atrae sobre sí la automaldición. Dios se vincula así a la historia de Abrahán y su descendencia para siempre con un juramento solemne e irrevocable, con una fidelidad indefectible, sin exigir contrapartida al hombre.

Verdaderamente, el Señor puede decir a Abrahán y a todos: "No temas. Yo soy tu escudo" (v. 1), ofreciendo un futuro infinitamente mayor que cualquier esperanza humana (vv. 5.18-21).

 

Segunda lectura: Filipenses 3,17-4,1

3.17 Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en quienes me han tomado como norma de conducta.

18 Pues, como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo.

19 Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarlos y sólo piensan en las cosas de la tierra.

20 Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor.

21 Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas.

41 Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, vosotros que sois mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor, queridos.

 

*•• A los cristianos de Filipos, Pablo les repite la invitación a desconfiar de los que intentan introducir las prácticas judaizantes: son los que se vanaglorian y confían en la observancia de usos que son "carne", es decir, puramente humanos (3,1-4). Con esta finalidad, el apóstol pone como ejemplo su propia historia y explica sus opciones (vv. 5-14).

De hecho, son muchos los que quisieran desviarle de la fe en Cristo crucificado para sustituirla por la circuncisión y prácticas puramente externas vinculadas en particular con el uso de ciertos alimentos: cosas que, en definitiva, ponen en el vientre su centro de atención y deberían, por consiguiente, ser objeto de vergüenza más que de vanagloria. Desenmascarando los escrúpulos de una religiosidad tan terrena (v. 19), Pablo exhorta a levantar a lo alto los ojos de la fe, a tensar la espera del corazón: la tierra no es nuestra patria, sino el cielo, donde mora Dios, nuestro Padre; de allí esperamos la venida gloriosa del Salvador.

En el comienzo de su carta, Pablo había comparado la vida cristiana con los participantes en una carrera (2,16; 3,12-14). Esta carrera se va configurando como espera y deseo ardiente de conseguir la meta. Recordando el himno cristológico del capítulo 2, el apóstol abre una nueva perspectiva contemplativa de las realidades últimas: Jesucristo es el Señor y todo se le somete. Tal es el horizonte de la vida cristiana: vale la pena mantenerse firmes en el Señor. La fidelidad de la comunidad es para Pablo la corona, el signo de haber concluido victoriosamente la carrera.

 

Evangelio: Lucas 9,28b-36

28 Unos ocho días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar.

29 Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

30 En esto aparecieron conversando con él dos hombres. Eran Moisés y Elías,

31 que, resplandecientes de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén.

32 Pedro y sus compañeros, aunque estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos que estaban con él.

33 Cuando éstos se retiraban, Pedro dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pedro no sabía lo que decía.

34 Mientras estaba hablando, vino una nube y los cubrió; y se asustaron al entrar en la nube.

35 De la nube salió una voz que decía: - Éste es mi Hijo elegido; escuchadle.

36 Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto.

 

*»• Como en los otros evangelios sinópticos, también en el de Lucas la trasfiguración está en relación con los acontecimientos precedentes (vv. 18-27). Son los mismos hechos, pero se relatan con una perspectiva particular que ayuda a profundizar en su significado. Jesús sube al monte con los tres discípulos privilegiados "para orar" (v. 28). También los acontecimientos precedentes estaban enmarcados en la oración de Jesús "aparte" con los suyos. Después de orar, el Maestro había preguntado a los discípulos para saber hasta qué punto habían comprendido su identidad y enseñarles lo referente a ello. Ahora en la oración ofrece la confirmación extraordinaria a su palabra: el coloquio orante con el Padre transfigura a Jesús y su aspecto es "otro". Su resplandor hace que lo reconozcamos como el Hijo del hombre profetizado y esperado.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas son los testimonios de la veracidad del evento. Hablan con Jesús de su éxodo: como los dos grandes reveladores de Dios, también Jesús está llamado a "salir", a pasar decididamente unos límites. Para él será el límite extremo, el de la vida terrena. Un sopor se apodera de los discípulos, como sucederá en Getsemaní: el hombre no puede soportar el peso de lo divino en sus manifestaciones, sean de gloria o de sufrimiento.

La nube que cubre con su sombra a los presentes indica que Jesús es el cumplimiento de la historia y los ritos de Israel: ahora es él la tienda del encuentro de Dios con el hombre. La voz divina desde la nube lo proclama Hijo elegido: es el título del Siervo de YHWH en Is 42,1, título atribuido al Hijo del hombre en la apocalíptica judía contemporánea a Jesús. Así es como el Padre testimonia la identidad y misión de Cristo, mandando que lo escuchemos. Cuando se desvanece la visión, Jesús se queda solo con los suyos. De nuevo el camino de la fe, una fe que nace de la escucha-obediencia (Rom 10,17) y se lleva a la práctica en la fidelidad del seguimiento.

 

MEDITATIO

La Palabra del Señor hace que tengamos fija la mirada en la meta de nuestra peregrinación humana: nuestra verdadera patria está en el cielo; hacia allí debemos orientar el corazón y dirigir resueltamente los pasos de nuestro camino empedrado con las opciones cotidianas.

Cada día el Señor nos saca de nuestras falsas seguridades, en las que en vano buscamos tranquilidad y satisfacción; como a Abrahán, como a Israel, también a nosotros nos dice: "Te he sacado para darte...". Y él promete a nuestra fe una recompensa inmensa si aceptamos vivir en un éxodo constante, una aventura nunca acabada aquí abajo, que nos exige siempre nuevas separaciones y desapegos para seguir la llamada del Señor a gustar desde ahora lo que nos promete. Cristo viene a abrirnos el camino y hoy nos deja entrever lo que será el cumplimiento en su faz transfigurada por la oración. Hechos hijos de Dios en la sangre del Hijo amado, debemos llegar a ser día tras día lo que ya somos, escuchando su Palabra, obedeciendo su voz, prolongando la oración para entrar en comunión vital con él. En su luz veremos la luz; fiémonos con corazón sencillo de su guía. Él conoce el camino que nos llevará a la vida y no nos dejará desfallecer en el camino hasta que, de éxodo en éxodo, lleguemos a la Jerusalén eterna, patria de todos, y seamos admitidos, por pura gracia, a la comunión del amor trinitario.

 

ORATIO

Oh Cristo, icono de la majestuosa gloria del Padre, belleza incandescente por la llama del Espíritu Santo, luz de luz, rostro del amor, dígnate hacernos subir a tu presencia en el monte santo de la oración. Fascinados por tu fulgor, desearíamos que nos tuvieses siempre a tu lado en el monte de la gloria, pero el corazón se turba con el pensamiento de que para llegar a la plenitud de la luz es preciso atravesar el bautismo de sangre, por medio del sacrifico, el don total de nosotros mismos.

El monte de la oración, de hecho, es difícil de escalar: sólo se corona su cima pasando antes por la altura del Calvario. No nos sentimos capaces de tanto y quisiéramos retirarnos; pero tú, por un instante fugaz, multiplicas tus seducciones para que también la cruz se transfigure y ya no nos infunda pavor.

 

CONTEMPLATIO

Tu transfiguración, Cristo, proyecta una luz fascinante sobre nuestra vida cotidiana y nos impulsa a dirigir nuestro espíritu hacia el destino inmortal que aquel acontecimiento encierra.

Sobre la cima del Tabor tú, Cristo, descubres durante algunos momentos el esplendor de tu divinidad y le manifiestas a los testigos escogidos de antemano tal como realmente eres, el Hijo de Dios, "la irradiación de la gloria del Padre y la imagen de su sustancia"; pero dejas ver también el destino trascendente de nuestra naturaleza humana, que has asumido para salvarnos, destinada también, por haber sido redimida por tu sacrificio de amor irrevocable, a participar de la plenitud de la vida, de la "herencia de los santos en el reino de la luz".

Ese cuerpo que se transfigura ante los ojos atónitos de los apóstoles es tu cuerpo, oh Cristo, hermano nuestro, pero es también nuestro cuerpo llamado a la gloria, porque somos "partícipes de la naturaleza divina". Una dicha incomparable nos espera si hacemos honor a nuestra vida cristiana (Pablo VI, Discurso para el ángelus, 6 agosto 1978, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El Señor es mi luz y mi salvación" (Sal 26,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Evangelio nos dice que su rostro apareció totalmente transfigurado. Sabes muy bien que el rostro revela el corazón, revela la interioridad de un ser. Con los ojos de tu corazón contempla ese rostro, pero a través del rostro encuentra el corazón de Cristo. El rostro de Cristo expresa y revela la ternura infinita de su corazón. Cuando sientes una gran alegría, tu rostro se ilumina y refleja tu felicidad.

Es un poco lo que le ha pasado a Jesús en la transfiguración. Si escrutas el corazón de Cristo en la oración, descubrirás que la vida divina, en fuego de la zarza ardiente, estaba escondido en el fondo del mismo ser de Jesús. Por su encarnación, ha "humanizado" la vida divina para comunicártela sin que te destruya, pues nadie puede ver a Dios sin morir. En la transfiguración, esta vida resplandece con plena claridad de una manera fugaz e irradia el rostro y los vestidos de Jesús. Sobre el rostro de Cristo contemplas la gloria de Dios.

En la transfiguración, todo el peso de la gloria del Señor -es decir, la intensidad de su vida- irradia de Jesús. Las figuras de Moisés y Elías convergen hacia él. No hay que engañarse en esto: el ser mismo de Cristo hace presente al Dios tres veces santo de la zarza ardiente y al Dios íntimo y cercano del Horeb. Sin embargo, hay que aprehender toda la dimensión de la gloria de Jesús, que brilla de una manera misteriosa en su éxodo a Jerusalén, es decir, en su Pasión. En el centro mismo de su muerte gloriosa es donde Jesús libera esta intensidad de vida divina escondida en él.

La contemplación de la transfiguración te hace penetrar en el corazón del misterio trinitario, del cual la nube es el símbolo más brillante. Si aceptas en Jesús el entregar tu vida al Padre por amor, participas del beso de amor que ef Padre da al Hijo (J. Lafrance, Ora a tu Padre, Maérid 1 981, 104-105).

Lunes de la segunda semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 9,4b-10

4 Rogué al Señor, mi Dios, le hice esta confesión:

- Señor, Dios grande y terrible, que mantienes la alianza y eres fiel con aquellos que te aman y cumplen tus mandamientos.

5 Nosotros hemos pecado, somos reos de incontables delitos, hemos sido perversos y rebeldes y nos hemos apartado de tus mandatos y preceptos.

6 No hemos hecho caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros antepasados y a todo nuestro pueblo.

7 Tú, Señor, eres justo; nosotros, en cambio, hombres de Judá y habitantes de Jerusalén nos sentimos  hoy avergonzados; así como todos los israelitas, tanto los que están cerca como los que están lejos en los países a los que tú los arrojaste por haberse rebelado contra ti.

8 Nos sentimos, Señor, avergonzados, lo mismo que nuestros reyes, príncipes y antepasados, porque hemos pecado contra ti.

9 Pero el Señor, nuestro Dios, es misericordioso y clemente, aunque nos hayamos rebelado contra él

10 y no hayamos escuchado su voz ni seguido las leyes que nos dio por medio de sus siervos los profetas.

 

**• Redactada en un cuidadoso hebreo, la oración de Daniel aparece en el c. 9 como explicación de un oráculo de Jeremías sobre la duración del destierro de Babilonia y sobre la restauración de Jerusalén (cf. Jr 25,1 ls; 29,10).

Los setenta años anunciados por Jeremías se interpretan -según recientes cálculos exegéticos- como un período de setenta semanas de años (490 años), una larga "cuaresma" entre el comienzo del destierro y la nueva consagración del templo de Jerusalén después de la profanación por parte de Antíoco IV.

En la prueba, Daniel se dirige a Dios haciendo una lectura de la historia a la luz de la tradición deuteronomista: a la infidelidad del pueblo sigue indefectiblemente el castigo (vv. 5-7). ¿Pero hasta cuándo se verá obligado el Señor a corregir tan duramente a Israel?

Sólo Dios puede responder, y ésta es la razón de la pregunta del profeta (v. 3), casi como una provocación. Por su parte, como individuo y como portavoz de todo el pueblo, Daniel confiesa a Dios grande y terrible (v. 4), con sincero arrepentimiento, que los sufrimientos son bien merecidos (cf. por ejemplo Neh 1,5 y Dt 7,9.21). Sin embargo, la confesión no se cierra en desesperación, sino en una espera confiada en el perdón divino (v. 9): pues el Dios de Israel es fiel y benévolo (v. 4), lento a la ira y rico en amor.

 

Evangelio: Lucas 6,36-38

Dijo Jesús:

36 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso.

37 No juzguéis, y se os dará; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.

38 Dad, y Dios os dará. Os verterán una medida generosa, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros.

 

*•*• Después de la proclamación de las Bienaventuranzas, casi como su desarrollo concreto, el evangelista Lucas pone en labios de Jesús el mandamiento del amor universal y de la misericordia (cf. 6,27-38). Redacta un pequeño poema didáctico en tres estrofas: enunciado del mandamiento (vv. 27-31); sus motivaciones (vv. 32-35) y su práctica (vv. 36-38). La analogía con el "discurso de la montaña" de Mateo es evidente. Pero se da una peculiaridad en el fragmento de Lucas: habla de la imitación del Padre en términos de misericordia donde Mateo usa la palabra "perfección". ¿Cómo hay que practicar en concreto esta misericordia? Éste es el tema de los versículos que leemos hoy.

Cinco verbos pasivos nos indican que el verdadero protagonista es el Padre: "No seréis juzgados..., no seréis condenados..., seréis perdonados..., se os dará..., os verterán una medida generosa" (vv. 37s). Es un crescendo en bondad, un don en superlativo {per-dón): así es la misericordia que usa el Padre con nosotros, y la usará plenamente.

 

MEDITATIO

La vida cristiana nos presenta a menudo, por no decir siempre, la dolorosa condición de comprobar nuestras carencias y las trágicas situaciones de muerte y odio que dominan en el mundo. Si nos quedamos sólo en la crónica corremos el riesgo de ahogar la confianza y la esperanza. ¿Qué hacer? Es preciso tener la valentía de mirar con ojos nuevos, purificados por un sincero arrepentimiento y por la oración. En la oración es donde podremos encontrar a Dios, conocerlo, hablar con Él y, sobre todo, escuchar su voz.

Entonces se manifestará a nuestros ojos en su misteriosa y paradójica trascendencia: tan grandioso y, sin embargo, tan cercano, benévolo, paciente. Nuestro corazón se abrirá a su propia verdad y a la de los demás: en presencia de Dios todo juicio de condena se transforma en humilde petición de perdón para todos, porque todos somos corresponsables de tanto mal.

En este encuentro continuamente repetido cambia el modo de ver la historia personal y universal: en la oración aprendemos a descubrir las huellas de la presencia de Dios, las semillas de bien, ocultas pero reales, de las que esperamos con fe y paciencia que germinen y florezcan.

 

ORATIO

Cuando la mezquindad de mis horizontes pretende juzgar los infinitos espacios de tu misericordia, Señor, escucha; Señor, perdona. La impaciencia hace que coseche sólo en la vida fatigas, sufrimientos, promesas vacías o pruebas inútiles. Dilata mi pobre corazón para no contristar al Espíritu que todo lo sostiene y lo renueva todo. Enséñame, oh Dios, el arte de elegir lo mejor en todo y en cada uno, ayúdame a mirar al mundo con tu amor de Padre.

Concédeme una mirada sincera y serena de mí mismo: reconociéndome, mirado con benevolencia, esperado, perdonado, aprenda así a perdonar, a esperar, a callar.

Sugiéreme el tiempo y modo más oportunos para ofrecer a cada uno la ayuda que necesite sin excluir a nadie en mi interior.

Cuando el temor me asalte y vacile mi esperanza, Señor, hazte cargo de todo; que me limite a gritar: "¿Hasta cuándo, Señor?". No con orgullo o amargura, sino con las lágrimas de un niño que sabe hablar a su Padre.

 

CONTEMPLATIO

Cuanto más nos engolfamos en la inmensidad de la bondad divina, tanto más vamos adquiriendo conocimiento de nosotros mismos. Comienzan a abrirse las fuentes de la gracia y a abrirse las flores magníficas de las virtudes. La primera, la mayor, es el amor de Dios y del prójimo. ¿Cómo puede encenderse ese amor sino en la llama de la humildad? Porque sólo el alma que ve su propia nada se enciende de amor total y se transforma en Dios. Y transformada en Dios por amor, ¿cómo podría dejar de amar a toda criatura por igual? La transformación de amor hace amar a toda criatura con el amor con que Dios creador ama a todo lo por él creado. Y es que hace ver en toda criatura la medida desmesurada del amor de Dios.

Transformarse en Dios quiere decir amar lo que Dios ama. Quiere decir alegrarse y gozarse de los bienes del prójimo. Quiere decir sufrir y contristarse por sus males.

Y como el alma abierta a estos sentimientos está abierta al bien y sólo al bien, no se enorgullece al ver las culpas de los hombres, ni juzga, ni desprecia. Estos sentimientos le impiden el orgullo que nos lleva a juzgar. Y le lleva a ver no sólo los males morales de su prójimo sufriéndolos y haciéndolos suyos, sino también los males corporales que afligen a la humanidad, y por el amor que la transforma totalmente, los reputa como males propios (Angela de Foligno, Instrucciones, Salamanca 1991).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Atiende, respóndeme, Señor Dios mío" (Sal 12,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando gustamos desde dentro la misericordia de Dios, cuando experimentamos interiormente la suavidad del amor de Dios, algo pasa dentro de nosotros. Se disuelven hasta las peñas. Nos convertimos en criaturas que penetran de tal modo los misterios del Señor y de una comunión fraterna tal que se puede comprobar cuan verdadera es la bienaventuranza del Señor, que nos dice: "Dichosos los misericordiosos". Cuando la misericordia es solamente fruto del cansancio, no digo que no tenga valor, pero manifiesta que todavía no me identifico con la misericordia que practico. Se reduce a un instrumento operativo, a un método de comportamiento. Pero cuando la misericordia recobra esa dimensión con la que me identifico, entonces soy dichoso. Entonces vivo el gozo de practicar la misericordia.

Y ésta es la razón por la que Dios es dichoso en su misericordia: no cansa ser misericordioso, depende de la perfección de su amor, de la plenitud de su amor. Estoy llamado a configurarme con mi Señor de tal modo que mi vida sea un testimonio de la misericordia divina en la vida de los hermanos. Quizás hemos encontrado en nuestra vida personas que son de verdad signo de la misericordia de Dios. Hay personas que defienden siempre a todos, a todos juzgan buenos. He conocido varias en mi vida, y las recuerdo con gran gozo. Por ejemplo, un hermano. Aunque le pincharas para hacerle decir algo carente de misericordia, perderías el tiempo.

Cuando una persona se identifica con la misericordia del Señor, todo es posible, y se es capaz de verdadera comunión con los otros. A primera vista parece que tiene que ser uno al que todo le resbala: no acusa a nadie, ni agravia a nadie, se deja coger todas las cosas por cualquiera. Pero Tos demás no pueden negarle nada. Tiene tal fascinación, que uno se convierte en una presencia incisiva en su vida. La serenidad interior de estas criaturas es admirable. Y la confianza en la bondad del Señor es absoluta en su vida espiritual.

También nosotros estamos llamados a identificarnos con el misterio de la misericordia del Señor, a vivirla con total serenidad, a ser en el mundo su continuación y sacramento (A. Ballestrero, Le beatitudini, Leumann 1986, 132-134, passim).

Martes de la segunda semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 1,10.16-20

10 Escuchad la Palabra del Señor, jefes de Sodoma, atiende a la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:

16 Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal,

17 aprended a hacer el bien. Buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda.

18 Luego venid, discutamos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como la lana.

19 Si obedecéis y hacéis el bien, comeréis los frutos de la tierra;

20 Si os resistís y sois rebeldes, os devorará la espada. Lo ha dicho el Señor.

 

**• Como una especie de introducción a todo el libro de Isaías, el capítulo 1 anticipa la temática fundamental que aparecerá y se desarrollará después: al amor fiel de Dios el pueblo responde con infidelidad (vv. 2-9), atrayendo el castigo divino. Pero no hay culpa, por muy grave que sea, que no la venza la misericordia de Dios: se salvará un pequeño resto, raíz de vida nueva.

La perícopa que nos presenta la liturgia de hoy es una enseñanza profética contra el ritualismo, enmarcada en el esquema literario de una disputa jurídica típica de la tradición deuteronomista (vv. 10.19s). La referencia a Sodoma y Gomorra hace de gancho con el oráculo precedente (vv. 4-9): por la infidelidad de sus jefes, el "pueblo de Judá y Jerusalén" -términos que no hay que tomar en sentido geográfico, sino como referencia a todo el pueblo elegido- está en situación de atraer sobre sí un castigo similar al de las dos ciudades tristemente famosas (cf. Gn 19; Dt 29,22; 32,32).

Cuando no se hay una adhesión a la Ley divina, la oración es ineficaz y el culto inútil, incluso hasta perverso (vv. 11-15); viene a ser como ofrenda de incienso a los ídolos (cf. Dt 7,25s). Israel, aunque infiel, será siempre el destinatario de la Palabra de vida, y los dones de Dios son irrevocables: los dos imperativos que aparecen en sólo dos versículos (vv. 16s) indican la urgencia de un cambio para acoger el perdón que ofrece el Señor. Todavía puede el pueblo optar por la bendición (v. 19) o por la maldición (v. 20).

 

Evangelio: Mateo 23,1-12

23,1  Entonces Jesús, dirigiéndose a la gente y a sus discípulos, les dijo:

2- En la Cátedra de Moisés se han sentado los maestros de la Ley y los fariseos.

3 Obedecedles y haced lo que os digan; pero no imitéis su ejemplo, porque no hacen lo que dicen.

4 Atan cargas pesadas e insoportables, y las ponen a las espaldas de los hombres; pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas.

5 Todo lo hacen para que los vea la gente: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos del manto;

6 Les gusta el primer puesto en los convites y los primeros asientos en las sinagogas;

7 que los saluden por la calle y los llamen maestros.

8 Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "maestro", porque uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.

9 Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo.

10 Ni os dejéis llamar "preceptores", porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías.

11 El mayor de vosotros será el que sirva a los demás. – Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

*» El fragmento aparece después de los debates de Jesús en el Templo y constituye el primer cuadro del tríptico que el evangelista Mateo dedica a denunciar a escribas y fariseos (c. 23). Jesús se dirige "a la gente y a sus discípulos" con una doble enseñanza (vv. 1-12).

Por una parte desenmascara la incoherencia (vv. 2-4), la ostentación y la vanagloria (vv. 5-7) de escribas y fariseos, contra los que lanzará sus siete "aves" (vv. 13-36). Por otra, pone en guardia a los discípulos contra el detestable vicio de la ambición (vv. 8-10), verdadero cáncer de la comunidad -evidentemente- también en tiempos de la redacción del Evangelio. Cualquier actitud de puras formas externas o de búsqueda de prestigio personal desvirtúa la misma religiosidad y la convierte en idolátrica.

Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿No escuchar la Palabra de la que los jefes son intérpretes incoherentes? Jesús invita al discernimiento, a hacer lo que dicen y no lo que hacen. El evangelista Mateo, implícitamente, nos invita a mirar a Jesús, el verdadero Maestro, fiel intérprete del Padre.

 

MEDITATIO

Dejemos que nos hieran las palabras que hoy la madre Iglesia hace resonar en nuestros oídos. No demos nada por descontado, pensando en nuestro interior: "Estas palabras le van bien a fulano o a mengano...". Dios nos lo dice a nosotros.

Y es una gracia inestimable que todavía nos las diga: en su paciencia quiere brindarnos una posibilidad de evitar un merecido castigo, aunque sólo fuese por nuestra ingratitud y superficialidad o quizás por la malicia de nuestra falta de generosidad. Cuando dormimos seguros sobre los laureles de los preceptos que observamos (así nos parece), recibimos gloria unos de otros, en vez de dar gloria al Señor.

¿Y Él? Él vuelve la mirada a otra parte: a sus ojos somos como los fariseos que ostentan sus filacterias y alargan las franjas del manto. Además, Isaías nos dice que todavía no hemos aprendido lo que es amor: respuesta agradecida, generosa y total a un Dios fiel que ha salido a nuestro encuentro y se ha unido a nosotros con vínculos nupciales. Sacrificios y ofrendas no valen nada si nuestros oídos y el corazón, seducidos por el pecado, se endurecen en las relaciones. ¿Quién circuncidará nuestro corazón y lavará nuestras manos? Será precisamente la Palabra de Dios, escuchada con oído atento, interiorizada en el corazón, guardada con amor, practicada con sencillez.

 

ORATIO

¡Cuántas veces, Señor, hemos hecho ostentación de obras y méritos para "dejarnos ver"..., y no precisamente por tus ojos, que ven el corazón, sino para ser admirados por los hombres; cuántas veces hemos buscado la estima y la gloria! Ten piedad de nosotros, Señor, por todas las veces que la Palabra de vida de la que nos mostramos maestros deja insensible nuestra conducta.

Tú, único Maestro del hombre, nos das el ejemplo más preclaro, haciéndote siervo. Tú, Hijo unigénito de Dios, nos invitas a buscar la mirada del Padre celestial, quien por tu extrema humillación te ha exaltado a su derecha. Lávanos en la sangre de tu sacrificio, purifícanos de toda malicia y vanidad; haznos discípulos dóciles, abiertos a la escucha, prontos en el buen obrar, humildes y transparentes en la vida de cada día.

 

CONTEMPLATIO

Abre tu corazón a todos los que son discípulos de Dios, sin mirar con sospechas su aspecto, sin mirar con desconfianza su edad. Y si alguno te parece pobre o andrajoso o feo o perdido, que no se turbe tu espíritu ni retrocedas.

El aspecto visible engaña a la muerte y al diablo porque la riqueza interior es invisible para ellos. Y mientras insisten en lo material y lo desprecian porque saben que es débil, están ciegos para las riquezas interiores e ignoran "el tesoro" que llevan "en vasijas de barro", que defiende el poder de Dios Padre, la sangre de Dios hijo y el rocío del Espíritu Santo. Pero no te dejes engañar tú, que has gustado la verdad y has sido considerado digno del gran rescate; y al contrario de lo que hacen otros hombres, opta por un ejército desarmado, pacífico, incruento, sereno, incontaminado: ancianos honrados, huérfanos piadosos, viudas rebosantes de mansedumbre, hombres adornados por la caridad (Clemente de Alejandría, Ce salvezza per el ñeco? XXXIIIs, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ser plenamente sinceros significa hacer todo preocupándose únicamente de lo que Dios piensa de nuestras acciones. Significa, por consiguiente, no adoptar actitudes diversas según el ambiente, no pensar de un modo cuando estamos solos y de otro cuando se está con alguien, sino hablar y actuar bajo la mirada de Dios, que lee los corazones. La sinceridad consiste en esforzarse para que nuestro porte externo coincida cada vez más con nuestro interior. Y, naturalmente, sin provocación, sino sencillamente siendo lo que somos, sin falsear la verdad por temor a desagradar a los demás.

Esta sinceridad exige pureza de intención, es decir, preocuparnos en nuestro actuar del juicio de Dios, no de los juicios humanos; actuar preocupándonos más de lo que agrada o desagrada a Dios que de lo que agrada o desagrada a los hombres. Este es uno de los puntos esenciales de la vida espiritual.

Habitualmente -no nos hagamos ilusiones- nos domina la preocupación de agradar o desagradar a los hombres, interesándonos de mejorar la imagen que los otros pueden tener de nosotros. Y, sin embargo, nos preocupamos poco de lo que somos a los ojos de Dios; y por esta razón nos saltamos con frecuencia lo que sólo Dios ve: la oración oculta, las obras de caridad secretas. Y ponemos mayor empeño en lo que, aunque lo hagamos por Dios, lo ven también los hombres y va implicada nuestra reputación. Llegar a una total sinceridad -esto es, a obrar bien lo mismo si no nos ven que si nos ven- significa llegar a una perfección altísima (J. Daniélou, Saggio sul mistero della storia, Brescia 1963, 334s, passim).

Miércoles de la segunda semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 18,18-20

18 Los enemigos del profeta dijeron: "Vamos a urdir un plan contra Jeremías, porque no nos faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio ni la palabra del profeta. Hablemos mal de él; no prestemos atención a ninguna de sus palabras".

19 ¡Hazme caso tú, Señor, escucha lo que dicen mis adversarios!

20 ¿Acaso se devuelve mal por bien? Pues ellos han cavado una fosa para mí. Recuerda cómo estuve ante ti, intercediendo en su favor, para alejar de ellos tu ira.

 

**• El versículo introductorio (v. 18) enmarca históricamente el presente fragmento: de nuevo Jeremías es amenazado de muerte (cf. Jr 1 l,18s). El complot es ahora más grave que el precedente, porque lo han urdido los mismos guías espirituales del pueblo que pretenden acallar al profeta que les resulta incómodo. Esta situación aclara la dura invocación de venganza -según la ley veterotestamentaria del talión- que brota de los labios del profeta, aunque la liturgia de hoy omite estos versículos.

La perícopa presente pretende llevar la atención del lector en otra dirección con vistas a preparar el relato evangélico. El profeta es del Siervo doliente (cf. Is 53,8-10) y padece persecución por la fidelidad a su vocación, por el amor a su pueblo, a favor del cual él -nuevo Moisés- se ha atrevido a interceder a pesar de la prohibición del Señor (cf. 11,14; 14,11; 15,1). Su confesión es un abandonarse confiadamente en Dios, del único que espera la salvación. Lo que Jeremías ha hecho "en favor" del pueblo elegido y lo que formula en su oración se realizará plenamente en el verdadero Siervo doliente, en Jesús.

Los jefes lo ejecutarán efectivamente. Y en ese momento Jesús no sólo no pedirá venganza, sino que impetrará el perdón, ofreciendo libremente la vida "en favor" de los que le crucificaron.

 

Evangelio: Mateo 20,17-28

17 Cuando Jesús subía a Jerusalén, tomó consigo a los doce discípulos aparte y les dijo por el camino:

18 - Mirad, estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y maestros de la Ley, que lo condenarán a muerte

19 y lo entregarán a los paganos, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará.

20 Entonces, la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor.

21 Él le preguntó: - ¿Qué quieres? Ella contestó: - Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.

22 Jesús respondió: - No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber? Ellos dijeron: - Sí, podemos.

23 Jesús les respondió: - Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre.

24 Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.

25 Pero Jesús los llamó y les dijo:- Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente  que los magnates las oprimen.

26 No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor,

27 y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo,

28 de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.

 

**• Jesús, de peregrinación a Jerusalén, sube a la ciudad santa perfectamente consciente del final de su camino humano y por tercer vez predice a sus discípulos la pasión. Y lo hace del modo más explícito y desconcertante para la mentalidad de los contemporáneos: no sólo se identifica con el Hijo del hombre, figura celeste y gloriosa esperada para inaugurar el Reino escatológico de Dios, sino que, con audacia y autoridad, funde este personaje con otra figura bíblica de signo aparentemente opuesto, la del Siervo doliente (vv. 18-19.28).

Los discípulos no estaban preparados para comprenderlo. Prefieren abrigar -para el Maestro y para sí mismos- perspectivas de éxito y poder (vv. 20-23). Y Jesús les explica el sentido de su misión y del seguimiento: ha venido a "beber la copa" (v. 22), término que en el lenguaje profético indica el castigo divino reservado a los pecadores. Quien desee los puestos más importantes en el Reino debe, como él, estar dispuesto a expiar el pecado del mundo. Éste es el único "privilegio" que él puede conceder. No le incumbe establecer quién debe sentarse a su derecha o a su izquierda (v. 23). Él es el Hijo de Dios, pero no ha venido a dominar, sino a servir, como Siervo de YHWH, ofreciendo la vida como rescate (ilytron), para que todos los hombres esclavos del pecado y sometidos a la muerte sean liberados.

 

MEDITATIO

En la Palabra de Dios que hemos escuchado aparecen dos mentalidades opuestas y que suscitan una pregunta fundamental: ¿qué sentido tiene la vida? ¿Vale la pena vivirla?

El mundo nos sugiere: adquiere fama, busca alcanzar el poder, usa tu capacidad para demostrar que eres...

Por el contrario, el profeta, hombre de Dios, y Jesús, el Hijo predilecto del Padre, nos brindan el ejemplo de una existencia gastada en el servicio, por amor. Este servicio logra su plenitud cuando se convierte en ofrenda total de la vida: el otro se convierte de este modo en algo más importante que nosotros mismos, tiene la primacía. En el fondo, se requiere una actitud de humildad, virtud que autentifica cualquier gesto de amor y lo libera de equívocos o de buscar segundas intenciones.

Éste es el camino emprendido por el profeta. Pero sólo recorriéndolo es como ha aprendido a conocer lo que realmente significa. De ahí su grito de lamentación al Señor: "¿Por qué, después de haber hecho el bien, me pagan con males?"

La tentación de desconfianza se clava en lo íntimo del corazón. Sólo Jesús puede dar fuerza para hacer el bien incondicionalmente: "El Hijo del hombre va a ser entregado... para que se burlen de él, lo azoten v lo crucifiquen, pero al tercer día resucitará" (Mi 20,18s). El bien no cae en el vacío, sino que dará fruto a su debido tiempo, un tiempo que es vida eterna, gozo sin fin para todos.

 

ORATTO

Gracias, Señor Jesús, por la dulce firmeza con que nos llevas de la mano por el camino de la cruz. Gracias por la paciente benevolencia en repetirnos hasta la saciedad que la verdadera realeza se obtiene sirviendo, dando la vida por amigos y enemigos. Gracias, Señor Jesús: tú, el más bello de los hijos de los hombres, has permitido ser desfigurado hasta no tener apariencia ni belleza que atrajese nuestras miradas desagradecidas.

Gracias, Señor Jesús, por la humilde fortaleza de tu silencio cuando todos provocamos tu condena a muerte con nuestras indiferencias, rebeliones y pecados.

Gracias por tu perdón espléndido, que brotó precisamente en el leño de tu atroz suplicio. Gracias, Señor Jesús, porque siempre estás con nosotros con tu preciosa sangre.

 

CONTEMPLATIO

Hijo, habla así en cualquier cosa: Señor, si te agradare, hágase esto así. Señor, si es honra tuya, hágase esto en tu nombre.

Señor, si vieres que me conviene y hallares serme provechoso, concédemelo, para que use de ello a honra tuya. Mas si conocieres que me sería dañoso y nada provechoso a la salvación de mi alma, desvía de mí tal deseo.

Porque no todo deseo procede del Espíritu Santo, aunque parezca justo y bueno al hombre.

Dificultoso es juzgar si te incita buen espíritu o malo a desear esto o aquello, o si te mueve tu propio espíritu.

Muchos que al principio parecían ser movidos por buen espíritu se hallan engañados al fin

Por eso, sin verdadero temor de Dios y humildad de corazón, no debes desear pedir cosa que al pensamiento se te ofreciere digna de desear, y especialmente con entera renunciación lo remites todo a mí y me puedes decir: ¡Oh Señor! ¡Tú sabes lo mejor, haz que se haga esto o aquello como te agradare!

Dame lo que quisieres, y cuanto quisieres y cuando quisieres. Haz conmigo como sabes, y como más te pluguiere, y fuere mayor honra tuya (Imitación de Cristo, III, 15,1-2).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "En tus manos encomiendo mi espíritu" (Sal 30,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La ley de Cristo sólo puede vivirse por corazones mansos y humildes. Cualquiera que sean sus dones personales y su puesto en la sociedad, sus funciones o sus bienes, su clase o su raza, los cristianos permanecen como personas humildes: pequeños.

Pequeños ante Dios, porque son creados por él y de él dependen. Cualquiera que sea el camino de la vida o de sus bienes, Dios está en el origen y fin de toda cosa. Mansos como niños y débiles y amantes, cercanos al Padre fuerte y amante. Pequeños porque están ante Dios, porque saben pocas cosas, porque son limitados en conocimiento y amor, porque son capaces de muy poco. No discuten la voluntad de Dios en los acontecimientos que suceden ni lo que Cristo ha mandado hacer: en tales acontecimientos, sólo cumplen la voluntad de Dios.

Pequeños ante los hombres. Pequeños, no importantes, no superhombres: sin privilegios, sin derechos, sin posesiones, sin superioridad. Mansos, porque son tiernamente respetuosos con lo creado por Dios y está maltratado o lesionado por la violencia. Mansos, porque ellos mismos son víctimas del mal y están contaminados por el mal. Todos tienen la vocación de perdonados, no de inocentes. El cristiano es lanzado a la lucha. No tiene privilegios. No tiene derechos. Tiene el deber de luchar contra la desdicha, consecuencia del mal. Por esta razón, sólo dispone de un arma: su fe. Fe que debe proclamar, fe que transforma el mal en bien, si sabe acoger el sufrimiento como energía de salvación para el mundo; si morir para él es dar la vida; si hace suyo el dolor de los demás. En el tiempo, por su palabra y sus acciones, a través de su sufrimiento y su muerte, trabaja como Cristo, con Cristo, por Cristo (M. Delbrél, La alegría de creer, Santander 1997).

Jueves de la segunda semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 17,5-10

5 Así dice el Señor: ¡Maldito quien confía en el hombre y se apoya en los mortales, apartando su corazón del Señor!

6 Será como un cardo en la estepa, que no ve venir la lluvia, pues habita en un desierto abrasado, en tierra salobre y despoblada.

7 Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza.

8 Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente su raíces; nada teme cuando llega el calor; su follaje se conserva verde; en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto.

9 Nada más traidor y perverso que el corazón del hombre: ¿Quién llegará a conocerlo?

10 Yo, el Señor, sondeo el corazón, examino la conciencia, para dar a cada cual según su conducta, según lo que merecen sus acciones.

 

*•• El profeta Jeremías nos ofrece dos sentencias sapienciales: en la primera (vv. 5-8), contraponiendo los extremos, con un típico estilo semítico, nos indica claramente dónde se encuentra la maldición del hombre cuyo final es la muerte y dónde la bendición portadora de vida.

Al impío no se le caracteriza directamente como el que obra mal, sino como el hombre que confía sólo en lo humano ("carne") y se aleja interiormente del Señor: de esta actitud del corazón sólo pueden venir acciones malvadas. Aquello en lo que el hombre confía se asemeja al terreno del que succiona sus nutrientes un árbol.

Por eso, al impío se le compara con un cardo arraigado en tierra salobre e inhóspita (v. 6): no dará fruto, ni durará mucho.

También al hombre piadoso se le describe partiendo del interior: confía en el Señor y se asemeja a un árbol plantado al borde de la acequia (cf. Sal 1) que no teme el estío ni las circunstancias adversas: prosperará y dará fruto (vv. 7s).

La segunda sentencia (vv. 9s) insiste más explícitamente en la importancia del "corazón", centro de las decisiones y de los afectos del hombre. Sólo Dios puede conocerlo de verdad y sanarlo, sopesarlo y valorar con equidad la conducta y el fruto de las obras de cada uno.

 

Evangelio: Lucas 16,19-31

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y todos los días celebraba espléndidos banquetes.

20 Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal y cubierto de úlceras,

21 que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamer sus úlceras.

22 Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También murió el rico y fue sepultado.

23 Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno.

24 Y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresqué mi lengua, porque no soporto estas llamas".

25 Abrahán respondió: "Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado mientras tú estás atormentado.

26 Pero, además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros".

27 Replicó el rico: "Entonces te ruego, padre, que lo envíes a mi casa paterna,

28 para que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también ellos a este lugar de tormento".

29 Pero Abrahán le respondió: "Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!".

30 El insistió: "No, padre Abrahán; si se les presenta un muerto, se convertirán".

31 Entonces Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto".

 

*+• Lucas recoge en el capítulo 16 de su evangelio la catequesis de Jesús sobre el uso de las riquezas. La conocida parábola que nos propone hoy la liturgia nos enseña en particular a considerar la presente condición a la luz de la eterna, que dará un vuelco total. Se sacan a continuación las consecuencias prácticas (v. 25). El hombre rico que nos presenta Jesús no tiene nombre.

Pero como en el centro de sus intereses está el opíparo banquete cotidiano, tradicionalmente se le da el apelativo de Epulón ("banqueteador", "comilón"). Jesús, por el contrario, saca del anonimato al pobre. Su mismo nombre es significativo, ya que significa "Dios ayuda". El hambre y la enfermedad le hacen yacer a la puerta del rico, en espera (v. 21) de lo que cae descuidadamente de la mesa puesta. Hasta los perros le muestran piedad, pero pasa desapercibido para el rico.

Pero la vida humana acaba. Y Jesús levanta el telón del tiempo para mostrarnos otro banquete, el eterno predicho por los profetas. Los ángeles llevan a este banquete a Lázaro hasta el puesto de honor: recostado cerca del patrón de la casa, con la cabeza vuelta hacia su pecho (v. 22), goza de los bienes de la salvación.

La suerte del rico es precisamente la contraria, y solamente ahora, entre los tormentos infernales, "ve" a Lázaro y osa pedir por su mediación un mínimo alivio al ardor que devora su paladar (v. 24). Sin embargo, las opciones de la vida presente hacen definitiva e inmutable la condición eterna (v. 26). Ni siquiera un milagro como la resurrección de un muerto -dice Jesús aludiéndose a sí mismo- podría ablandar la dureza de corazón que hace oídos sordos a lo que el Señor dice incesantemente por medio de las Escrituras (vv. 27-31).

 

MEDITATIO

La Palabra de hoy presenta a nuestros ojos un cuadro de imágenes sencillísimas, de vivos colores, sin matices. El mismo estilo es ya una enseñanza: nos lleva a buscar sinceramente lo esencial. Emerge un tema fundamental: el hombre decide en el tiempo su destino eterno -vida o muerte-, sin que exista otra posibilidad. Quien confía en sí mismo y en una felicidad egoísta, obra de sus manos, penetra en las tinieblas y está ciego hasta el punto de no ver a un mendigo sentado a la puerta de su casa. Quien confía en Dios, reconociéndose criatura dependiente de él y amado por él, lleva en el corazón un germen de eternidad que florecerá en felicidad y paz eterna. ¿Cómo aprender a no confiar en nosotros mismos?

Ni Jeremías ni Jesús lo explican con teorías. Utilizan imágenes: un árbol, un mendigo. Fijemos la mirada en Lázaro. El silencio parece ser el rasgo principal de su rostro. Probado duramente a lo largo de la vida, olvidado por los que esperaba ayuda, él calla. Ni una palabra contra Dios, ni contra los hombres. Ni rebelión, ni envidia, ni crítica. La muerte libertadora, quizás largamente esperada, llega como amiga. Y la escena cambia. Él, el despreciado, es acogido por los ángeles y santos en el seno de Abrahán. En aquella luz, él sigue envuelto de silencio. Una belleza sobrenatural emana de su rostro. Su rostro deja transparentar otro Rostro. Jesús es el pobre Lázaro: él no consideró un tesoro celoso ser igual a Dios, sino que se despojó de su rango; se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza. Su amor humilde le ha permitido subir y atravesar ese insondable abismo que separa la tierra del cielo. Y ahora, cada día, se sienta a la puerta de nuestro corazón y llama...

 

ORATIO

Señor Jesús, tú nos conoces hasta el fondo y sabes dónde ponemos nuestra confianza: líbranos de los proyectos mezquinos que nos proporcionan falsas seguridades y ábrenos a horizontes de vida eterna.

Tú ves nuestro corazón y sabes con qué cosas se sacia y de qué tiene hambre. Quítanos todo lo que nos estorba, lo que nos encierra en el palacio de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad de tener o de saber. Quítanos toda aquello que nos hace insensibles a tantos hermanos sentados fuera y privados de lo que realmente necesitan: privados de casa, de pan, de instrucción, de salud, de cuidados; privados de amor, de esperanza. Haznos capaces de compartir todo lo que recibimos de tus manos, pan espiritual y pan material, para encontrarnos allí donde tú has querido venir a vivir en medio de nosotros; tú, el verdadero pobre, porque siendo rico te has hecho pobre para enriquecernos por medio de tu santa y gozosa pobreza.

 

CONTEMPLATIO

Extiende tus manos, padre Abrahán. Una vez más, oh Padre, extiende tus manos para acoger al pobre. Ensancha tu seno para que quepa un número cada vez mayor.

Estaremos con los que descansan en el Reino de Dios junto con Abrahán, Isaac y Jacob, que invitados a la cena no buscaron excusas.

Iremos allí donde se encuentra el paraíso de las delicias, donde Adán, que tropezó con los ladrones, no tiene ya motivo para llorar por sus heridas. Allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos. Allí donde no existen ni huracanes, ni tinieblas, ni tarde, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones. Allí donde no hace frío, ni cae granizo o lluvia, ni necesitaremos este sol o esta luna, ni brillarán las estrellas, porque sólo lucirá el fulgor de la gracia de Dios, puesto que el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Iremos allí donde el Señor Jesús ha preparado moradas para sus siervos (san Ambrosio, El bien de la muerte, XII, 53).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichosos los invitados a la mesa del Señor" (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Quien sabe olvidarse y perderse en la ofrenda de sí mismo, quien puede sacrificar "gratuitamente" su corazón, es un hombre perfecto. En el lenguaje bíblico, poderse dar, poder entregarse, poder llegar a ser "pobre", significa estar cerca de Dios, encontrar la propia vida escondida en Dios; en una palabra, esto es el cielo.

Girar sólo alrededor de uno mismo, atrincherarse y hacerse fuerte significa, por el contrario, condenación, infierno. El hombre puede encontrarse a sí mismo y llegar a ser verdaderamente hombre solamente atravesando el dintel de la pobreza de un corazón sacrificado.

Este sacrificio no es un vago misticismo que hace perder consistencia al mundo y al hombre, sino, al contrario, es una toma de consideración del hombre y del mundo. Dios mismo se ha acercado a nosotros como hermano, como prójimo; en resumen, como otro hombre cualquiera [...].

El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios, sino, por así decir, su dimensión que nos toca, su aspecto terreno: ambas realidades son esencialmente una sola. Así queda garantizado nuestro espíritu de pobreza, nuestra disposición a la donación y al sacrificio desinteresado, por el que actualizamos nuestro ser humanos, siempre y necesariamente en relación con el hermano, con el prójimo. Dichoso el hombre que se ha puesto al servicio del hermano, que hace suyas las necesidades de los demás. Y desdichado el hombre que con su rechazo egoísta del hermano se ha cavado un abismo tenebroso que lo separa de la luz, del amor y de la comunión; el hombre que solamente ha deseado ser "rico" y "fuerte", de suerte que los demás sólo constituyan para él una tentación, el enemigo, condición y componente de su infierno. En el sacrificio que se olvida totalmente de sí, en la donación total al otro es donde se abre y se revela la profundidad del misterio infinito; en el otro, el hombre llega contemporáneamente y realmente a Dios (J. B. Metz, Povertá nello spirito. Meditazioni teologiche, Brescia 1968, 42-45, passim).

Viernes de la segunda semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Génesis 37,3-4.12-13a.l7b-28

3 Israel amaba a José más que a los demás hijos, porque le había tenido siendo ya viejo, y mandó que le hicieran una túnica de mangas largas.

4 Al ver sus hermanos que su padre lo amaba más que a sus otros hijos, empezaron a odiarlo y ni siquiera le saludaban.

12 Sus hermanos habían ido a apacentar las ovejas de su padre a Siquén.

13 a Israel dijo a José: - Tus hermanos están apacentando las ovejas en Siquén; ven, que quiero enviarte a donde están ellos.

17 José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotan.

18 Ellos lo vieron de lejos y, antes de que se acercara, se pusieron de acuerdo para matarlo.

19 Decían: - Ahí viene el soñador.

20 Vamos a matarlo. Lo echaremos en cualquiera de estas cisternas y, luego, diremos que una fiera salvaje lo devoró; a ver en qué paran sus sueños.

21 Al oír esto Rubén, intentando salvarlo de sus manos, dijo: - ¡No, matarlo no!

22 Y añadió: - No derraméis su sangre; echadlo en esa cisterna que hay en el desierto, pero no pongáis las manos sobre él. Lo dijo para librarlo de sus manos y devolverlo luego a su padre.

23 Cuando llegó José junto a sus hermanos, le quitaron su túnica, la túnica de mangas largas que llevaba,

24 lo agarraron y lo echaron en la cisterna. Era una cisterna vacía, en la que no había agua.

25 Después se sentaron a comer. Alzando la vista, divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad con camellos cargados de aromas, bálsamo y mirra, en ruta hacia Egipto.

26 Entonces Judá propuso a sus hermanos: - ¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su muerte?

27 Propongo que se lo vendamos a los ismaelitas sin hacerle daño alguno, pues es nuestro hermano y carne nuestra. Sus hermanos asintieron

28 y, cuando pasaban los mercaderes madianitas, sacaron a José de la cisterna, se lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata y éstos se lo llevaron a Egipto.

 

**• En la historia de José resuena el eco de las leyendas del antiguo Oriente Próximo entrelazadas con las diversas tradiciones literarias de la Biblia (yavista, elohísta, sacerdotal).

El tema de la narración pone de relieve, una vez más, la misteriosa pedagogía divina: Dios escoge a los "pequeños" (v. 3), lo cual suscita odio y celos (v. 4), hasta provocar el alejamiento, casi la eliminación del predilecto (vv. 20-28). La historia se narra con un tinte sapiencial y resulta evidente su finalidad didáctica. De vez en cuando aparecen matices de las diversas tradiciones particulares que explican algunas divergencias; por ejemplo, la iniciativa de salvar a José atribuida bien a Rubén (v. 21), bien a Judá (vv. 26s). El horizonte está abierto al optimismo y a la universalidad (v. 28): dentro del juego mezquino de contiendas tribales, y en aparente repetición del pasar las caravAnás (v. 28), en realidad actúa la invisible providencia de Dios (cf. 45,7; 50,20), que conduce a su elegido por caminos aparentemente de muerte, para salvar a todos. José está atento a los signos de la voluntad de Dios: es, de hecho, un baal hajalomóth ("intérprete de sueños": cf. v. 19), revestido con una túnica principesca (v. 3) que le separa e, inevitablemente, le contrapone al resto de sus hermanos, creando entre ellos una profunda incomunicación (v. 4). Su persecución, su sangre -figura de la de Cristo-, es el precio que el padre debe pagar para estrechar en un único abrazo de salvación a todos sus hijos, ya no mancomunados por su corresponsabilidad en el mal (v. 25), sino por el beso de paz que les ofrece el hermano inocente, capaz de perdonar (cf. 45,15).

 

Evangelio: Mateo 21,33-43.45-46

33 Escuchad esta otra parábola: Había un hacendado que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores, y se ausentó.

34 Al llegar la vendimia, envió sus criados a los labradores para recoger los frutos.

35 Pero los labradores agarraron a los criados, hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon.

36 De nuevo envió otros criados, en mayor número que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.

37 Finalmente les envió a su hijo pensando: "A mi hijo lo respetarán".

38 Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia".

39 Le echaron mano, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

40 ¿Qué os parece? Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?

41 Le respondieron: - Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.

42 Jesús les dijo: - ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores se ha convertido en piedra angular; esto es obra del Señor y es realmente admirable?

43 Por eso os digo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que dé a su tiempo los frutos que al Reino corresponden.

44 [El que caiga sobre esta piedra quedará deshecho, y sobre quien ella caiga será aplastado.]

45 Cuando los jefes de los sacerdotes y los fariseos oyeron estas parábolas, comprendieron que Jesús se refería a ellos.

46 Querían echarle mano, pero tuvieron miedo de la gente, porque lo tenían por profeta.

 

**• El fragmento propuesto culmina en el v. 37 con ese adverbio temporal -"finalmente"- que viene a ser como una piedra angular (v. 42; cf. Sal 117,22s). Ese momento decisivo está en acto, mientras Jesús, en el recinto sagrado del templo, está hablando a los jefes de los judíos con una parábola que comprenden muy bien porque utiliza imágenes de la alegoría de la viña (cf. Is 5,1-7).

Algunos viñadores -los jefes de Israel- tienen el gran privilegio de cultivar la viña predilecta de su patrón, Dios. Pero en el momento de la vendimia, en vez de entregar los frutos de su trabajo, pretenden apoderarse de la viña y no dudan en maltratar a los siervos -los profetas- enviados por el propietario. "Finalmente" -en el momento en que Jesús está hablando- mandó a su propio Hijo, ofreciendo de este modo la última posibilidad de convertirse en colaboradores suyos en el campo de la salvación. En realidad sucede lo que narra la parábola de los viñadores malvados: "Comprendieron que Jesús se refería a ellos y querían echarle mano" (v. 45). Jesús no pronuncia un juicio; deja que sean los mismos jefes quienes saquen las consecuencias inevitables por su obstinación: "Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores?... Acabará de mala manera con esos malvados y arrendará la viña a otros labradores" (vv. 40s). Cuando escribe el evangelista la historia ha hecho patente la verdad manifestada alegóricamente por Isaías y profetizada por Jesús en la parábola: ciertamente, los jefes han matado al Hijo, echándole fuera del recinto de la viña - los muros de la ciudad santa-; Jerusalén ha caído en manos extranjeras (destrucción del 70 d. C.) y ahora otros viñadores (los paganos) cultivan la nueva viña (la Iglesia) y dan al Señor copiosos frutos: la adhesión de pueblos cada vez más numerosos a la fe.

 

MEDITATIO

Uno es el protagonista de los casos narrados por las presentes lecturas. Una sola es también la reacción de los personajes en cuestión. Se habla de Jesús. Se habla de nosotros. Él es quien está detrás de la historia de José, vendido por sus envidiosos hermanos. Él es el heredero enviado a percibir el fruto de la viña. Nosotros somos los hermanos malvados. Nosotros somos los pérfidos viñadores.

Pero no se actualizan estos relatos para condenarnos, sino que más bien nos invitan a levantar la mirada al corazón del Padre. De hecho, es de él de quien sobre todo se habla; de él, al que Jesús ha venido a revelar. Por amor, el Padre envía a Jesús, como José –figura que lo anuncia- a "buscar a sus hermanos" (cf. Gn 37,16). La predilección por ellos, que los hace "diferentes", es sólo una mayor participación en el amor paterno. Al final, triunfando, mostrará la inconsistencia del mal y vencerá perdonando sobre el odio y la rivalidad.

También sobre nosotros, hijos en el Hijo amado, se ha volcado un amor que nos hace "diversos", partícipes desde ahora de una naturaleza regia. Pero así como el "plus" de amor por José sufrió la prueba de ser arrojado al pozo, la prisión, la soledad, también cada uno de nosotros está llamado a reconocer que el camino de Dios pasa siempre, como para Jesús, por el sufrimiento y la cruz. Sólo a este precio podremos ser colaboradores de la salvación de nuestros hermanos y testimoniarles el gozo de ser llamados juntos a la libertad del amor.

 

ORATIO

Padre Santo, viñador celestial, queremos cantar tu inconcebible amor por la viña que tu mano plantó y que confiaste a viñadores infieles y hostiles; nos reconocemos también entre ellos, por ignorancia, por superficialidad.

También queremos cantar tu amor por tu Hijo predilecto, que has enviado en el momento oportuno, diciendo: "A mi hijo lo respetarán". Era justo, bueno, manso.

Lo vieron aquellos viñadores y le odiaron. ¡Qué gran vendimia en este tiempo de gracia! Y nosotros estábamos allá mirando y ninguno le defendió...

Padre, ¡qué infinito amor te llevó a entregar a tu Hijo, el Amado, como precio altísimo por el rescate de tu viña, la amada infiel! ¡Qué locura de amor te mueve hoy, Padre bueno, a entregar a tu Hijo en nuestras manos, sabiendo que son capaces de ejercer violencia!

 

CONTEMPLATIO

Para amar a los enemigos, que es en lo que consiste la perfección de la caridad fraterna, nada nos anima tanto como considerar con agradecimiento la admirable paciencia del "más bello entre los hijos de los hombres" (Sal 44,3).

Considera, oh humana soberbia, oh altanera impaciencia, lo que soportó, quién y como lo soportaba. ¿Quién hay que ante este admirable cuadro no se sosiegue al punto en su cólera? ¿Quién, al escuchar aquella maravillosa voz llena de dulzura, de caridad y de imperturbable serenidad: "Padre, perdónalos" (Le 23,24), no abrazará inmediatamente a sus enemigos con todo afecto? ¿Podría añadir a esta petición algo más dulce y caritativo? Pues lo añadió y, pareciéndole poco el rogar, quiso además excusarles: "Padre", dijo, "perdónalos, porque no saben lo que hacen".

Así pues, para aprender a amar, el hombre no debe degradarse con los placeres de la carne. Para que no sucumba ante la concupiscencia carnal, derrame todo su afecto en la suavidad de la carne del Señor. Descansando así, más suave y perfectamente en el deleite de la caridad fraterna, también abrazará a sus enemigos con los brazos del verdadero amor. Y para que este divino fuego no se apague por la condición de las injurias, contemple continuamente con los ojos del alma la tranquila paciencia de su amado Señor y Salvador (AElredo de Rieval, El espejo de la caridad, III, 5, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Me ha revestido un traje de salvación" (Is 61,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La única realidad inquebrantable en la historia de José, que no se ha perdido, aunque se haya olvidado, incomprendida, no asumida conscientemente, es el amor de Jacob. El amor de Jacob que vive en los hijos y no puede ser pisoteado, muerto, olvidado, porque resucitará en los mismos hijos como amor fraterno. Existe un valor, al que podemos llamar "el valor", que está en el fondo de todos los deseos, de todos los esfuerzos, de toda la actividad humana, y es el amor del Padre, el amor con que crea a todo hombre.

El nombre puede vivir desvinculado de este amor, incluso negando este amor, pero nunca podrá destruirlo, porque es un valor que resucita siempre; es la realidad que actúa en la pascua. A veces  hablamos acaloradamente sobre los valores, pero la historia de José nos dice que cada valor es valor si crece a partir de este único valor fundante que es el amor del Padre vivido en los hijos, resucitado en los hermanos. Un valor es valor si ayuda a las personas a adherirse libremente al organismo de la fraternidad de todos los hombres.

Lo que no ayuda a la libre adhesión, a la fraternidad, a la comunicación cada vez más universal, a descubrir la unidad del amor que crea a todos y que se ejercita al reconocerse uno al otro, no es valor; es ilusión, engaño, una especie de idolatría cultural. Al final de la historia de José, en una carestía, en una tragedia fratricida a la que lleva una falsa cultura, emerge una cultura del amor o, mejor, una cultura entendida como un tejido en el que la actividad humana, su creatividad, respira y recibe vida del único valor indestructible, que es el amor del Padre y mueve el universo hacia una filiación y fraternidad consciente (M. I. Rupnik, "Cerco i miei frate'". Lectio divina su Giuseppe d'Egitto, Roma 1998, 1 Oós, passim).

Sábado de la segunda semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Miqueas 7,14-15.18-20

Señor, Dios nuestro,

14 pastorea a tu pueblo con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que vive solitario entre malezas y matorrales silvestres; que pazca como antaño en Basan y en Galaad.

15 Como cuando saliste de Egipto, haznos ver tus maravillas.

18 ¿Qué Dios hay como tú, que absuelva del pecado y perdone la culpa al resto de su heredad, que no apure por siempre su ira porque se complace en ser bueno?

19 De nuevo se compadecerá de nosotros; sepultará nuestras culpas y arrojará al fondo del mar nuestros pecados.

20 Así manifestarás tu fidelidad a Jacob y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados desde los días de antaño.

 

** El presente pasaje de Miqueas forma parte de los oráculos que anuncian la restauración de los baluartes de Jerusalén ensanchando las fronteras (cf. 7,8-20). El pueblo, vuelto del destierro, se siente apurado, y la nostalgia de los fértiles pastos de TransJordania arranca al profeta una lamentación cadenciosa como una elegía fúnebre (v. 14): ¡que el Señor vuelva a renovar los prodigios del Éxodo (v. 15)! Pero de repente aparece en la escena el protagonista de los grandes acontecimientos salvíficos. El que reunirá a multitud de pueblos se ha reservado un lugar desierto donde apacentará sólo a su rebaño, un rebaño disperso, sin seguridad alguna, que puede confiar sólo en él.

El corazón entona entonces un apasionado himno, único en el Antiguo Testamento, al Dios que perdona (vv. 18-20; cf. Jr 9,24; Ex 34,6s). Dios es padre que se conmueve por los sufrimientos de los hijos que yerran (v. 19); su compasión, como en tiempos del Éxodo, le lleva, con instinto casi maternal (jesed), a perdonar las culpas que les oprimen, a arrojarlas al fondo del mar como hizo antaño con el faraón y sus ministros en el mar Rojo, enemigos de su pueblo (cf. Ex 15,1.5.16). Su fidelidad es gratuidad suma en el perdón (cf. Sal 25,6; 103,4), para que el "resto" de su pueblo pueda finalmente permanecer fiel a la alianza (v. 20).

 

Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32

1 Entre tanto, todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: - Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:

11 - Un hombre tenía dos hijos.

12 El menor dijo a su padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y el Padre les repartió el patrimonio.

13 A los pocos días, el hijo menor recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino.

14 Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca, y el muchacho comenzó a padecer necesidad.

15 Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien le mandó a sus campos a cuidar cerdos.

16 Habría deseado llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

17 Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre!

18 Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

19 Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".

20 Se puso en camino y se fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su  encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.

21 El hijo empezó a decirle: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".

22 Pero el padre dijo a sus criados: "Traed, enseguida, el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies.

23 Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta,

24 porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado". Y se pusieron a celebrar la fiesta.

25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó a la casa, al oír la música y los cantos

26  llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba.

27 El criado le dijo: "Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano".

28 El se enfadó y no quería entrar. Su padre salió a persuadirlo,

29 pero el hijo le contestó: "Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.

30 Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado.

31 Pero el padre le respondió: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.

32 Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado".

 

*» En la introducción de las parábolas de la misericordia (c. 15), Lucas nos indica a quién van dirigidas (vv. ls): el auditorio se divide en dos grupos, los pecadores que se acercaban a Jesús a escucharle y los escribas y fariseos que murmuran entre ellos. A todos, indistintamente, Jesús revela el rostro del Padre bueno por medio de una parábola sacada de la vida ordinaria que conmueve profundamente a los oyentes.

El hijo menor decide proyectar su vida de acuerdo con sus planes personales. Por eso pide al padre la parte de "herencia"-término equivalente a "vida" (v. 12; en sentido traslaticio, "patrimonio")- que le corresponde y emigra lejos, a dilapidar disolutamente su sustancia (v. 13; en sentido traslaticio "riquezas"). La ambivalencia de los términos empleados indica que lo que se pierde es ante todo el hombre entero. La experiencia de la hambruna (v. 17) hace recapacitar al que, con fama de vida alegre, salió de prisa de la casa paterna y ahora la añora. La decisión de comenzar una nueva vida le pone en camino (vv. 18s) por una senda que el padre oteaba desde hacía tiempo, esperando (v. 20). Es él el que acorta cualquier distancia, porque su corazón permanecía cerca de aquel hijo. Conmovido profundamente, corre a su encuentro, se le echa al cuello y lo reviste de la dignidad perdida (vv. 22-24).

Así es como Jesús manifiesta el proceder del Padre celestial (y su propio proceder) con los pecadores que "se acercan" dando, a duras penas, algún que otro paso. Pero los escribas y fariseos, que rechazan participar en la fiesta del perdón, son como "el hijo mayor", que, obedientes a los preceptos (v. 29), se sienten acreedores de un padre-dueño del que nunca han comprendido su amor (v. 31), aun viviendo siempre con él. También para ir al encuentro de este hijo de corazón mezquino y malvado (v. 30), el padre sale de casa (v. 29), manifestando así a cada uno el amor humilde que espera, busca, exhorta, porque quiere estrechar a todos en un único abrazo, reunirlos en una misma casa.

 

MEDITATIO

Las sendas de la infidelidad son siempre angostas y sin salida: la lejanía de la casa paterna crea, al final, una angustiosa pena que acucia más que el hambre. Por esta razón, todo descarrío puede convertirse en una felix culpa, un error afortunado, en el que el hombre deja escuchar y se conmueve por el eco de la voz paterna que, incansablemente, ha continuado pronunciando con amor nuestro nombre. Si el hijo alejado despierta al sentido de su dignidad y al amor filial, el que se queda en casa corre el riesgo de no aceptarse, de quedarse sin amor.

Todos nos podemos ver reflejados en uno u otro hijo. El padre es el que siempre sale al encuentro de uno y del otro. Él nos espera siempre, bien sea que vengamos de la dispersión, como el hijo pródigo, o que acudamos de un lugar aún más remoto: de la región de una falsa justicia, de una falsa fidelidad.

A nosotros se nos pide solamente dejarnos estrechar en su abrazo, fijándonos en esa mano que nos bendice, deseosa de nuestra felicidad y de la de nuestros hermanos.

 

ORATIO

Oh Padre del cielo, tu Palabra nos invita cada día pacientemente a volver confiados a tu corazón para recibir gracia y perdón. Siempre somos hijos rebeldes, buscando lo que nada vale, pero tú sigues incansable a la espera y cada día nos muestras el camino.

Tu Hijo es el camino maestro que nos puede llevar a ti; él es Palabra de verdad y de vida, sacramento del más grande amor, que vino a cargar con el pecado del mundo. Estréchanos para siempre, oh Padre, a tu corazón, a nosotros tus hijos redimidos en el Hijo; llénanos de tu Espíritu bueno, de suerte que vivamos para alabanza de tu gloria.

 

CONTEMPLATIO

Señor Jesús, Dios nuestro, tu alma, que desde la cruz encomendaste a tu Padre, me conduzca a ti en tu gracia. Carezco de un corazón contrito para buscarte, de arrepentimiento y de ternura. Me faltan lágrimas para orarte. Mi espíritu está entenebrecido; mi corazón está frío y no sé cómo caldearlo con lágrimas de amor por ti. Pero tú, Señor Jesucristo, Dios mío, concédeme un arrepentimiento radical, la contrición de corazón, para que me ponga a buscarte con toda el alma. Sin ti, quedaría privado de toda realidad.

El Padre, que desde toda la eternidad te ha engendrado en su seno, renueve en mí tu imagen. Te he abandonado, tú no me abandones. Me he alejado de ti. Ponte a buscarme. Condúceme a tus pastos, entre las ovejas de tu rebaño. Nútreme junto a ellas con la hierba fresca de tus misterios, que son morada del corazón puro, del corazón portador del esplendor de tus revelaciones. Que podamos ser dignos de tal esplendor por tu gracia y amor con el hombre, oh Jesucristo, Salvador nuestro por los siglos de los siglos. Amén (Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 2, passirn).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Cambiaste tu luto en danzas" (Sal 29,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Dios cristiano es el Dios de la esperanza no sólo en el sentido de que es el Dios de la promesa y por ello fundamento y garantía de la esperanza humana, sino también en el sentido de un Dios que sabe festejar este retorno [...].

La humildad y la esperanza de Dios no dejan de esperar a sus hijos con un amor más fuerte que todo el no-amor con el que puede ser correspondido. Dios ama como sólo una madre sabe amar, con un amor que irradia ternura. El misterio de la maternidad divina es icono de la capacidad de un amor radiante y gratuito, más fiel que cualquier infidelidad humana. Dios espera siempre, humilde y ansioso, el consentimiento de su criatura como -según subraya san Bernardo- hizo con el "sí" de María.

La parábola nos pone ante un padre que no teme perder la propia dignidad, incluso parece ponerla en peligro. La autoridad de un padre no está en las distancias que más o menos mantiene, sino en el amor radiante que manifiesta [...]. Este es el intrépido amor de Dios: la intrepidez de romper falsas seguridades aparentes, para vivir la única seguridad que es la del amor más fuerte que la del no-amor; la intrepidez de ir al encuentro  del otro superando las distancias protectoras que nuestra incapacidad de amor con frecuencia pretende levantar en torno nuestro (B. Forte, Nella memoria del Salvatore, Cisinello B. 1992, 68s, passim).

Tercer domingo de cuaresma Ciclo A

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 17,3-7

3 El pueblo, sediento, seguía murmurando contra Moisés:

- ¿Por qué nos ha sacado de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y nuestros ganados?

4 Entonces Moisés clamó al Señor:

- ¿Qué voy a hacer con este pueblo? Un poco más y me apedrean.

5 El Señor le dijo:

- Toma contigo a algunos ancianos de Israel y ponte delante del pueblo; lleva en tu mano el cavado con el que golpeaste el Nilo y ponte en marcha.

6 Yo estaré contigo allí, en la roca de Horeb. Golpearás la roca, y manará agua para que beba el pueblo. Así lo hizo Moisés en presencia de los ancianos de Israel.

7 Y dio a aquel lugar el nombre de Masa -es decir, Prueba- y Meribá -es decir, Querella-, porque los israelitas habían puesto a prueba al Señor y se habían querellado contra él, diciendo: - ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

 

**• En su camino hacia la tierra prometida, el pueblo sufre repetidamente hambre y sed. Hambre y sed son dos constantes del camino por el desierto, tierra de prueba y purificación, donde sólo se puede avanzar por medio de la fe. El episodio de Masa y Meribá es emblemático. En primer lugar los nombres tienen un significado elocuente: Masa (tentación, prueba) y Meribá (murmuración, protesta). Después del primer trecho de camino, el pueblo ya se encuentra extenuado por la sed. ¿Cuál fue su actitud? Notemos los verbos: "protesta", "murmura", "pone a prueba". Desconfía de Dios y duda de que Moisés sea el hombre enviado para salvarle; de ahí la pregunta que manifiesta su escepticismo: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?" (v. 7).

Se abre así la segunda parte de la narración: Moisés, como intercesor, invoca la ayuda del Señor, que responde en seguida ordenándole golpear la roca con el mismo bastón con el que había golpeado las aguas del Nilo. Y esto evidencia al pueblo incrédulo la presencia continua de Dios, que, en la plenitud de los tiempos, se manifestará precisamente como el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Moisés obedeció y brotó una fuente de agua. El episodio parece concluido. Sin embargo, este acontecimiento, como otros, por insignificantes que parezcan, tendrá una gran resonancia tanto en el pueblo elegido (cf. Sal 77,15s; 94,8; 104,41; Sab 11,4) como en la vida de Moisés, que llevará el peso de la falta de fe del pueblo y, solidario, deberá morir sin entrar en la tierra prometida, contemplándola sólo de lejos (cf. Dt 34), y convirtiéndose así en figura de Cristo, que cargó con el pecado de la humanidad.

 

Segunda lectura: Romanos 5,1-2.5-8

1 Así pues, quienes mediante la fe hemos sido puestos en camino de salvación, estamos en paz con Dios a través de nuestro Señor Jesucristo. -Por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios.

5 Una esperanza que no engaña, porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones.

6 Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado.

7 Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien, aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir.

8 Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores.

 

**• Resumiendo en un solo versículo (5,1) la exposición de los ce. 1-4 de la carta a los Romanos, Pablo describe la condición del cristiano en el tiempo presente: es restituido conforme al proyecto de Dios gracias a la confianza en el contenido del "anuncio de salvación" (kérygma). Lo cual le concede experimentar la paz con Dios, porque está seguro del amor de Cristo. Sólo él, que con su muerte es mediador de nuestra salvación-reconciliación (v. 10), puede concedernos desde ahora acceder a la gracia, a la comunión de vida con Dios (v. 2a). Esta realidad suscita una alegría nueva, prenda de la gloria futura (v. 2b).

Las tribulaciones contribuirán a arraigar con mayor profundidad nuestra esperanza (vv. 3s). Pues la esperanza no defrauda, porque el Espíritu de Dios ha sido derramado en nuestros corazones como poder divino de vida nueva (v. 5) y arras generosas de nuestra herencia (Ef 1,14). El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu del loco amor de Dios por nosotros en Cristo: él nos ha conseguido la salvación que nos hace justos viniendo a nuestro encuentro cuando estábamos en la remota lejanía del pecado y la enemistad (vv. 8-10). ¿Quién podrá separarnos, en el tiempo y en la eternidad de su amor (Rom 8,38s)?

 

Evangelio: Juan 4,5-42

5 Llegó a un pueblo llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José.

6 Allí estaba también el pozo de Jacob. Jesús, fatigado por la caminata, se sentó junto al pozo. Era cerca de mediodía.

7 En esto, una mujer samaritana se acercó al pozo para sacar agua. Jesús le dijo: - Dame de beber.

8 Los discípulos habían ido al pueblo a comprar alimentos.

9 La samaritana dijo a Jesús: - ¿Cómo es que tú, siendo judío, te. atreves a pedirme agua a mí, que soy samaritana? (Es de advertir que los judíos y los

samaritanos no se trataban.)

10 Jesús le respondió: - Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva.

11 Contestó la mujer: - Señor, si ni siquiera tienes con qué sacar el agua, y el pozo es hondo, ¿cómo puedes darme "agua viva"?

12 –Nuestro padre Jacob nos dejó este pozo del que bebió él mismo, sus hijos y sus ganados. ¿Acaso te consideras mayor que él?

13 Jesús replicó: - Todo el que beba de este agua volverá a tener sed;

14 en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna.

15 Entonces la mujer exclamó: - Señor, dame ese agua; así ya no tendré más sed y no tendré que venir hasta aquí para sacarla.

16 Jesús le dijo: - Vete a tu casa, llama a tu marido y vuelve aquí.

17 Ella le contestó: - No tengo marido. Jesús prosiguió: - Cierto; no tienes marido.

18 Has tenido cinco, y ése con el que ahora vives no es tu marido. En esto has dicho la verdad.

19 La mujer replicó: - Señor, veo que eres profeta.

20 Nuestros antepasados rindieron culto a Dios en este monte; en cambio, vosotros, los judíos, decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto a Dios.

21 Jesús respondió: - Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que, para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén.

22 Vosotros, los samaritanos, no sabéis lo que adoráis; nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos.

23 Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así.

24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

25 La mujer le dijo: - Yo sé que el Mesías, es decir, el Cristo, está a punto de llegar; cuando él venga nos lo explicará todo.

26 Entonces Jesús le dijo: - Soy yo, el que habla contigo.

27 En este momento, llegaron sus discípulos y se sorprendieron de que Jesús estuviese hablando con una mujer; pero ninguno se atrevió a preguntarle qué quería de ella o de qué estaban hablando.

28 La mujer dejó allí el cántaro, volvió al pueblo y dijo a la gente.

29 - Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será el Mesías?

30 Ellos salieron del pueblo y se fueron a su encuentro.

31 Mientras tanto los discípulos le insistían: - Maestro, come algo.

32 Pero él les dijo: - Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.

33 Los discípulos comentaban entre sí: - ¿Será que alguien le ha traído de comer?

34 Jesús les explicó: - Mi sustento es hacer la voluntad del que me ha enviado hasta llevar a cabo su obra de salvación.

35 ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la siega? Pues yo os digo: Levantad la vista y mirad los sembrados, que están ya maduros para la siega.

36 El que siega recibe su salario y recoge el grano para la vida eterna, de modo que el que siembra y el que siega se alegran juntos.

37  En esto tiene razón el proverbio: "Uno es el que siembra y otro el que siega".

38 Yo os envío a segar un campo que vosotros no sembrasteis; otros lo trabajaron y vosotros recogéis el fruto de su trabajo.

39 Muchos de los habitantes de aquel pueblo creyeron en Jesús por el testimonio de la samaritana, que aseguraba: - Me ha dicho todo lo que he hecho.

40 Por eso, cuando los samaritanos llegaron donde estaba Jesús, le insistían en que se quedase con ellos, y se quedó con ellos dos días.

41 Al oírle personalmente, fueron muchos más los que creyeron en él,

42 de modo que decían a la mujer: - Ya no creemos en él por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y estamos convencidos de que él es verdaderamente el Salvador del mundo.

 

** El evangelista lee la revelación del misterio profundo de la persona de Jesús en las vicisitudes cotidianas. Es mediodía y junto al pozo de Sicar (v. 5; cf. Gn 48,22) tiene lugar el encuentro y el diálogo insólito (v. 8) entre una mujer samaritana y un judío (v. 9), un "profeta" (v. 19) mayor que Jacob (v. 12), "el Cristo" (v. 29). Sucesivamente van llegando los discípulos (vv. 27-38), finalmente otros samaritanos paisanos de la mujer (vv. 40-42): los estrechos horizontes tradicionales se abren a la universalidad.

¿Quién es, pues, aquel rabbí que se atreve a conversar con una mujer (v. 27), y encima samaritana, es decir, considerada herética, idólatra (vv. 17-24; cf. 2 Re 17,29- 32) y pecadora (v. 18)? Las personas que salieron a su encuentro lo declaran "Salvador del mundo" (v. 42): estamos en la cumbre de la narración y de su contenido teológico. Y, sin embargo, Jesús se presentó como un sencillo caminante que no duda en pedir un poco de agua. Incluso este dato no carece de significado: su sed -sed de salvar a la humanidad- remite a numerosos pasajes del Antiguo Testamento. Junto a la zarza ardiente, Moisés, destinado a ser guía del pueblo elegido en el Éxodo, había pedido a Dios revelarle su nombre; finalmente aquella pregunta encuentra ahora respuesta: "Yo soy, el que habla contigo" (v. 26; cf. Ex 3,14). Sobre la sombra del pecado, el Mesías proyecta la luz de la esperanza: la conversión abre el camino para adorar al Padre "en espíritu y en verdad" (v. 23; cf. Os 1,2; 4,1). Ahora va a cumplirse una larga historia de deseo y fatiga, de fe y de incredulidad. La plenitud está en el encuentro con Cristo, cuyas palabras son hechos: en el Calvario brotará la fuente de agua viva, en la pasión se saciará totalmente su hambre y su sed de hacer la voluntad del Padre (v. 28, cf. Jn 19,28). De su muerte nace la vida para todos –ahora cualquier hombre puede considerarse "elegido", amado-; de su fatiga en el sembrar (vv. 6.36-38) se abre para los discípulos el gozo de la siega (v. 38) y del testimonio, como la mujer samaritana deja entrever en su ímpetu de auténtica misionera (v. 28).

 

MEDITATIO

A lo largo del fatigoso camino de la vida siempre podemos decir: "En estos días el pueblo padece sed". El hombre, hecho para lo infinito, es atormentado por la árida finitud que le rodea y no le sacia, y percibe, sediento, la necesidad de una agua viva que le hidrate y regenere, que le vivifique y haga fecundo el se ni ¡do de sus días. Jesús, caminante divino por las rulas de la humanidad, ha querido compartir nuestra sed para hacernos conscientes de que la sed de un amor cierno e ilimitado nos asedia y nos inquieta y que de nada vale querer ignorarla o aplacarla con multitud de amores humanos.

Sólo él puede verter en nuestros corazones la fuente que brota para la vida eterna, el Espíritu Santo, alegría inagotable de Dios. Pero, antes, Jesús debe cansarse, y mucho, para desenmascarar nuestra falsa sed, por la que cada día estamos dispuestos a recorrer tan largo camino llevando sobre nuestras espaldas cántaros pesados. Desde hace cuántos días y años nuestra pobre humanidad está sedienta, siempre un poco "samaritana de cinco maridos". Y, sin embargo, el Señor hace que todo concurra para nuestro bien: llegará ciertamente a cada uno su inolvidable mediodía de sol, en el que nuestro tortuoso trayecto se cruzará con el suyo, allí donde siempre nos espera, a la hora de sexta, pendiente de la cruz de su perenne sitio: "Tengo sed", sed de ti, de tu salvación, de tu amor.

 

ORATIO

Espéranos, Señor, junto al pozo del pacto, en la hora providencial que a cada uno le toca. Preséntate, inicia tú el diálogo, tú mendigo rico de la única agua viva. Aléjanos, poco a poco, de tantos deseos, de tantos amores efímeros que todavía nos distraen. Disipa la indiferencia, los prejuicios, las dudas y los temores; libera la fe.

Ahonda en nosotros el vacío para que lo llenes de deseo. Ensancha nuestro corazón, inflámalo de esperanza. Da un nombre a esta sed que nos abrasa interiormente y que no sabemos llamarla con su verdadero nombre.

Haz que nos adentremos en nosotros mismos, hasta el centro más secreto donde sólo llegas tú. A través de las duras piedras del orgullo, entre el fango de los falsos compromisos, por la arena de los rechazos, abre tú mismo un acceso a tu Santo Espíritu.

 

CONTEMPLATIO

Dígnate, Dios misericordioso y Señor piadoso, llamarme a esta fuente, para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pueda beber el agua viva  que de ti mana, oh fuente viva. Que pueda embriagarme en tu inefable dulzura sin cansarme nunca de ti y diga: ¡Qué dulce es la fuente de agua viva; su agua que brota para la vida eterna no se agota jamás!

Oh Señor, tú eres esta fuente eternamente deseada, en la que continuamente debemos apagar la sed y de la que siempre tendremos sed. Danos siempre, oh Cristo Señor, de esta agua para que se transforme en nosotros en surtidor de agua viva para la vida eterna. Ciertamente pido una gran cosa, ¿quién lo ignora? Pero tú, oh Rey de la gloria, sabes dar grandes cosas y has prometido grandes cosas. Nada hay más grande que tú: te nos has dado y te has dado por nosotros. Por eso te rogamos que nos des a conocer eso que amamos, porque no queremos nada fuera de ti. Tú eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios (san Columbano, Instrucción XII).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Mi alma tiene sed de ti, Señor" (Sal 62,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La encarnación y la pasión son la locura de amor de Dios para que el pecador pueda acogerlo. Desde esta locura se comprende cómo el mayor pecado es no creer en el amor de Dios por nosotros. No podemos olvidarnos de Dios: él no nos olvida; no podemos alejarnos de Dios, él no se aleja.

Dios nos espera en todos los caminos de nuestro destierro, en cualquier brocal de no sé qué pozo al pie de cualquier higuera [...]. Nos espera no para reprocharnos, ni siquiera para decirnos: "Mira que te lo había dicho", sino para cubrirnos con su amor, que nos salva incluso del mirar atrás con demasiada pena. DostoievsKi pone en labios de la mujer culpable: "Dios te ama a causa de tus pecados". No es exacto: Dios nos ama como somos para hacernos como él quiere que seamos. ¡Gracias, Señor! Si me hubiese contentado con el deseo de ti, que me llevaba a buscarte sin saber dónde te podría encontrar, todavía estaría errando por los caminos, con la angustia de mi deseo insatisfecho o con la ilusión de haber encontrado algo. Te he encontrado de verdad porque has salido a mi encuentro en mis caminos de pecado: hombre entre los hombres, cuerpo bendito que yo mismo ayudé a despojar, a flagelar; rostro bendito besado por mis labios, como Judas; corazón que atravesé...

Ninguna sed creó jamás las fuentes, ni hizo brotar agua en las arenas. Tu sed, sin embargo, ha apagado mi sed porque si no hubieses seguido mis huellas, si no te hubieses dejado crucificar por mí quizás te hubiera buscado, pero nunca te habría encontrado. Señor, gracias por haberte dejado clavar en la cruz, por dejarte encontrar por el que te crucificó. Amén (P. Mazzolari, La piü bella awentura, Brescia 1974, 218.223).

 

Tercer domingo de cuaresma Ciclo B

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 20,1-17

1 Entonces Dios pronunció estas palabras:

2 - Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto, de aquel lugar de esclavitud.

3 No tendrás otros dioses fuera de mí.

4 No te harás escultura, ni imagen alguna de nada de lo que hay arriba en el cielo, o aquí abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra.

5 No te postrarás ante ellas, ni les darás culto, porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso que castigo la maldad de los que me aborrecen en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación,

6 pero soy misericordioso por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos.

7 No tomarás en vano el nombre del Señor, porque el Señor no deja sin castigo al que toma su nombre en vano.

8 Acuérdate del sábado para santificarlo.

9 Durante seis días trabajarás y harás todas tus faenas.

10 Pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor tu Dios. No liarás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo.

11 Porque en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contienen, y el séptimo día descansó. Por ello bendijo el Señor el día del sábado y lo declaró santo.

12 Honra a tu padre y a tu madre para que vivas muchos años en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar.

13 No matarás.

14 No cometerás adulterio.

15 No robarás.

16 No darás falso testimonio contra tu prójimo.

17 No codiciarás la casa de tu prójimo, ni su mujer, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de lo que le pertenezca.

 

^* Promulgado como núcleo de la alianza con su pueblo, el Decálogo es el acontecimiento extraordinario de un Dios que se revela. En estas "diez palabras" -como lo llama el texto hebreo- hay que buscar los rasgos del rostro de Dios que se une a Israel, al que se manifiesta como "su" Dios (v. 2), un Dios celoso (v. 5), un fuego devorador (cf. 34,14; Sal 78,58), porque su amor es el de un esposo fiel. La comunión con él, libremente ratificada, conlleva fuertes exigencias: en primer lugar en sentido vertical -abolir los ídolos, no pronunciar en falso el nombre de Dios, santificar el sábado-, pero también en sentido horizontal en las relaciones con los demás (vv. 12-17).

La aceptación o rechazo de estas "palabras" equivale a la fidelidad o el adulterio en las relaciones con Dios. Bendiciones o maldiciones (vv. 5b-6), es decir, vida o muerte, se siguen inevitablemente. En el Sinaí, como respuesta de amor al amor de Dios, Israel dio su adhesión de fe a este código de alianza. Allí el pueblo no podía todavía conocer lo que significaría en el futuro; todo se revelaría progresivamente a lo largo de muchos siglos, y llegaría a su plenitud en Jesucristo, cuando todas las leyes se resumirían en el único mandamiento del amor.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 1,22-25

22 Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría,

23 nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos.

24 Mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

25 Pues lo que en Dios parece locura es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad es más fuerte que los hombres.

 

**• La comunidad de Corinto está dividida en diversos grupos según sea el discípulo de Cristo que les predicó el Evangelio o les administró el bautismo (1 Cor 1,1 ls).

Informado de la situación, Pablo interviene con ardor recordando a los corintios el núcleo central de la predicación apostólica, donde aparece el absurdo de cualquier división: Cristo crucificado. Todos están dispuestos a creer en un Dios grande, al que los judíos adoran en su poder libertador, y por eso buscan signos, mientras los griegos admiran su sabiduría.

Cristo crucificado es la sorprendente respuesta de Dios a las expectativas de la humanidad: el verdadero signo es su cruz, que libera a la humanidad de la esclavitud del mal; la mayor sabiduría es su muerte, que asume y expía la necedad de nuestro pecado para abrir a todos un destino glorioso. Pero para entenderlo hay que abandonar la lógica de este mundo, que piensa en la cruz como locura e impotencia, y adorar los designios de Dios, tan distintos de los nuestros (cf. Is 55,8). Entonces podremos intuir el inefable amor de Dios por nosotros, manifestado en la pascua de Cristo.

 

Evangelio: Juan 2,13-25

13 Como ya estaba próxima la fiesta judía de la pascua, Jesús fue a Jerusalén.

14 En el templo se encontró con los vendedores de bueyes, ovejas y palomas; también estaban allí, sentados detrás de sus mesas, los cambistas de dinero.

15 Jesús, al ver aquello, hizo un látigo de cuerdas y echó fuera del templo a todos, con sus ovejas y bueyes; tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas;

16 y a los vendedores de palomas les dijo: - Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado.

17 Sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu casa me consumirá.

18 Los judíos le salieron al paso y le preguntaron: - ¿Qué señal nos ofreces como prueba de tu autoridad para hacer esto?

19 Jesús replicó: - Destruid este templo y, en tres días, yo lo levantaré de nuevo.

20 Los judíos le contestaron: - Han sido necesarios cuarenta y seis años para edificar este templo, ¿y tú piensas reconstruirlo en tres días?

21 El templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo.

22 Por eso, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron lo que había dicho y creyeron en la Escritura y en las palabras que él había pronunciado.

23 Durante su estancia en Jerusalén con motivo de la fiesta de pascua, muchos creyeron en su nombre, al ver los signos que hacía.

24 Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos

25 y no necesitaba que le informasen sobre los hombres, porque él sabía muy bien lo que hay en el hombre.

 

**• El episodio de la purificación del templo reviste una importancia singular en el evangelio de Juan: abre la predicación de Jesús; acontece al acercarse la fiesta "grande": toda la vida de Jesús está jalonada por el calendario de fiestas antiguas, y él las llenará de un cumplimiento pleno y definitivo al revelarse como "nuestra pascua" (1 Cor 5,7). La pascua de los judíos debía celebrarse en el templo, con el sacrificio de víctimas, para conmemorar las obras maravillosas de Dios en la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto.

En el relato joaneo, Jesús, entrando en el templo, expulsa no sólo a los vendedores -como narran los sinópticos-, sino también a corderos y bueyes, declarando así ser él la verdadera víctima. Con su gesto cumple la profecía de Zacarías: "En aquel día [el día de la revelación definitiva] no habrá ya traficantes en el templo del Señor de los ejércitos" (14,21). Jesús da cumplimiento a las Escrituras (v. 17) y proclama a la vez su divinidad, con poder de resucitar: "Destruid este templo y, en tres días, lo levantaré" (v. 19). La narración llega aquí a su culmen: en contraposición con el templo antiguo y el antiguo culto abandonados por Dios a causa de la infidelidad y las profanaciones (cf. Ez 10,18ss), el cuerpo de Cristo resucitado se convertirá en el nuevo templo (vv. 1-21) para un nuevo culto "en espíritu y en verdad" (cf. 4,23).

 

MEDITATIO

La vida fraterna es la piedra de toque de la autenticidad de nuestra escucha de la Palabra de Dios y de nuestra respuesta a su amor eternamente fiel. Esta Palabra no es anónima; tiene un rostro inconfundible, el rostro de Jesús de Nazaret, el Crucificado resucitado, aparecido primero a los suyos y luego a Pablo en el camino de Damasco.

Para acogerla como nuestra sabiduría, se nos pide también a nosotros, como en otro tiempo a los judíos y a los griegos, abandonar una lógica puramente humana para seguir con fe el camino de la cruz. Y esto no sólo una vez, únicamente en eventuales circunstancias extraordinarias, sino en cada momento, en la vida cotidiana personal y familiar, comunitaria y social. Aquí los tradicionales diez mandamientos, resumidos en el "Mandamiento nuevo"  consignado por Jesús a los suyos en la última cena, se traducen en gestos y palabras-, pensamientos y sentimientos. No pretendamos que Jesús nos dé otros "signos", porque no se nos darán, pues no hay otro signo más elocuente que su amor por nosotros hasta aceptar la muerte en cruz, hasta hacerse eucaristía en el altar.

 

ORATIO

Jesús, penetra una vez más en nuestro corazón como en el santuario de tu Padre y Padre nuestro. Posa tu mirada en sus escondrijos más secretos, donde ocultamos nuestras mayores preocupaciones y los afanes más dolorosos, ésos que tantas veces nos roban serenidad y paz; ésos que tantas veces nos hacen vacilar en la fe y nos llevan a mirar a otro lado, lejos de ti. Ilumina, discierne, purifica y libéranos de los que no quisiéramos dejar, aunque nos esclavizan. Que este pobre corazón sea casa de alabanza, de canto y de súplica. Que se inunde de luz, que esté abierto a la escucha, que se enriquezca únicamente de ti para alabanza del Padre.

Visita, Jesús, nuestra comunidad y extirpa, en cuanto aparezca, cualquier asomo de envidia, de rivalidad, de enfrentamiento. Que tu presencia traiga mansedumbre, humildad, compasión; danos, sobre todo, la silenciosa capacidad de sacrificarnos unos por otros. Graba en el corazón de cada uno y en el rostro de todos las "diez palabras" que manifiestan el único amor.

 

CONTEMPLATIO

Los templos de Cristo son las almas santas cristianas dispersas por todo el mundo. Exultemos, porque se nos ha concedido la gracia de ser templo de Dios; pero, a la vez, vivamos con el santo temor de violar este templo de Dios con obras malas. Temamos lo que dice el apóstol: "Si uno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él" (1 Cor 3,17). Ese Dios que sin cansancio ha creado el cielo y la tierra por su Verbo, se ha dignado poner en ti su morada; por eso debes portarte de suerte que no ofendas a tan gran huésped. Que el Señor nunca encuentre en ti, en su templo, nada  motivo de ofensa, sin dudarlo, se alejaría, y si el Redentor te abandona, inmediatamente se apoderaría de ti el mentiroso.

Por consiguiente, hermanos, puesto que Dios ha querido hacer su templo en nosotros, y se ha dignado venir y habitar en nosotros, en cuanto esté de nuestra parte, tratemos de alejar, con su ayuda, todo lo superfluo y acoger lo que nos puede favorecer. Si actuamos de este modo, con la ayuda de Dios, entonces, hermanos, podremos invitar al Señor al templo de nuestro corazón y de nuestro cuerpo (Cesáreo de Arles, Discursos, 229,2:

CCL 104, 905-907).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Me consumo ansiando tu salvación, esperando tu Palabra" (Sal 118,81).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María inaugura una etapa absolutamente nueva en la historia de la Presencia de Dios: etapa nueva y también definitiva, pues ¿qué mayor don podrá ser dado al mundo? No hay ya sino un templo en el que podamos adorar, rezar y ofrecer y en el que encontremos verdaderamente a Dios: el cuerpo de Cristo. En él el sacrificio deviene enteramente espiritual al mismo tiempo que real: no sólo en el sentido de que no es otra cosa que el mismo hombre adhiriéndose filialmente a la voluntad de Dios, sino también en el sentido de que procede en nosotros del Espíritu de Dios que nos ha sido dado.

A partir de la Encarnación, ha sido dado el Espíritu Santo verdaderamente; es, en los fieles, un agua que brota en vida eterna (Jn 4,14) y los constituye en hijos de Dios, capaces de poseerle de verdad por el conocimiento y el amor. Ya no se trata sólo de una presencia, sino de una  inhabitación de Dios en los fieles. Cada uno personalmente y todos en conjunto, en su misma unidad, son el templo de Dios, porque son el cuerpo de Cristo, animado y unido por su Espíritu. Así es el templo de Dios en los tiempos mesiánicos. Pero en este templo espiritual, tal como existe en la trama de la historia del mundo, lo carnal continúa todavía no sólo presente, sino dominador y obsesionante. Cuando todo haya sido purificado, cuando todo sea gracia, cuando la parte de Dios aparezca de tal modo victoriosa que "Dios sea todo en todos", cuando todo proceda de su Espíritu, entonces el Cuerpo de Cristo será establecido para siempre, con su Cabeza, en la casa de Dios.

La alabanza del mundo precisa la del hombre, quien ha de ser su intérprete y mediador por su trabajo y, sobre todo, por el canto de sus labios (Heb 13,15). Mas el culto espiritual del hombre y la gracia que hacen de él un templo de Dios no son perfectos sino en cuanto representan aquella religión filial, única relación auténtica de la criatura con su Dios, que no puede venir sino de Jesucristo. Es Cristo quien es, en definitiva, el único templo verdadero de Dios. "Nadie sube al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo" (Jn 3,13) (Y. M. Congar, El misterio del templo, Barcelona 1964, 264-265.275-276, passim).

 

Tercer domingo de cuaresma Ciclo C

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 3,1-8a. 13-15

1 Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Trashumando por el desierto llego al Horeb, el monte de Dios,

2 y allí se le apareció un ángel del Señor, como una llama que ardía en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo pero no se consumía.

3 Entonces Moisés se dijo: "Voy a acercarme para contemplar esta maravillosa visión y ver por qué no se consume la zarza".

4 Cuando el Señor vio que se acercaba para mirar, le llamó desde la zarza: - ¡Moisés! ¡Moisés! Él respondió: - Aquí estoy.

5 Dios le dijo: - No te acerques; quítate las sandalias, porque el lugar donde pisas es sagrado. Y añadió:

6 Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía mirar a Dios.

7 El Señor siguió diciendo: - He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias.

8 Voy a bajar para librarlo del poder de los egipcios. Lo sacaré de este país y lo llevaré a una tierra nueva y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel.

8 Moisés replicó a Dios: - Bien, yo me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de vuestros antepasados me envía a vosotros. Pero si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé?

9 Dios contestó a Moisés: - Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: "Yo soy" me envía a vosotros.

12 Y añadió: - Así dirás a los israelitas: El Señor, el Dios de vuestros antepasados, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre, así me recordarán de generación en generación.

 

*•• La narración de la vocación de Moisés es una de las cumbres de la Biblia, juntamente con la revelación del nombre de Dios. Moisés, huido de Egipto, renunció a proseguir con sus generosos proyectos de liberación y vive su vida (v. 1). Pero el Señor le sorprende en su vida ordinaria: la curiosidad ante el hecho extraordinario de la zarza que arde sin consumirse hace acercarse a Moisés; allí, Dios, que le esperaba, le llama dos veces por su nombre, suscitando el "Aquí estoy" de la plena disponibilidad a la escucha y la obediencia. El Señor enseña a Moisés la actitud del santo temor ante su presencia (vv. 4-5.6b), se da a conocer como el Dios de los padres y manifiesta estar presente en la historia del pueblo y dispuesto a intervenir (v. 7s). Pero quiere servirse precisamente de Moisés para llevar a cabo la salvación, que es una liberación de la esclavitud opresora para pasar al servicio del culto a Dios con la propia vida (cf. v. 12).

Moisés rechaza la misión, consciente de su incapacidad y de la falta de credenciales ante el pueblo: ¿cómo presentarse en nombre de un Dios del que no se conoce su nombre? El nombre para los semitas indica la totalidad de la persona: conocerlo equivale a poder disponer de él cada vez que se le invoque.

La respuesta enigmática del Señor (v. 14) es sólo un rechazo aparente: el tetragrama sagrado YHWH es interpretado por el mismo Dios como una forma causativa del verbo "ser", con diversos matices posibles incluidos: "Yo soy el que soy": no me puedes comprender; yo soy el que hace existir; yo soy el que te está presente; yo soy el que seré: tal como me manifestaré. Con la fuerza de esta revelación, que es a la vez certeza de que el Dios de los padres estará con su pueblo (v. 15), Moisés acoge la misión.

 

Segunda lectura: 1 Corintios 10,1-6.10-12

1 No quiero que ignoréis, hermanos, que todos nuestros antepasados estuvieron bajo la nube, todos atravesaron el mar

2 y todos fueron bautizados como seguidores de Moisés, al caminar bajo la nube y al atravesar el mar.

3 Todos comieron el mismo alimento espiritual

4 todos bebieron la misma bebida espiritual; bebían, en efecto, de la roca espiritual que los acompañaba, roca que representaba a Cristo.

5 Sin embargo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios y fueron por ello aniquilados en el desierto.

6 Todas estas cosas sucedieron para que nos sirvieran de ejemplo y para que no ambicionemos lo malo, como lo ambicionaron ellos.

10 No os quejéis, como algunos de ellos se quejaron y perecieron a manos del exterminador

11 Todas estas cosas que les sucedieron a ellos eran como ejemplo para nosotros y se han escrito para escarmiento nuestro, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos.

12 Así pues, quien presuma de mantenerse en pie, tenga cuidado de no caer.

 

*» La comunidad de Corinto es viva e inquieta; de conversión reciente, experimenta la peligrosa insidia de un contexto pagano con costumbres proverbialmente relajadas. Tomando posición en las diversas cuestiones que se plantean, Pablo propone en este fragmento una reflexión acerca de los acontecimientos del Éxodo. De estos hechos se desprende claramente que la gracia se ofrece a todos -y el apóstol lo repite insistentemente con la clara alusión al bautismo y a la eucaristía (vv. l-4a)-, pero Dios pide a cada uno que no resulte infructuosa.

Un fideísmo casi mágico en la eficacia de los sacramentos o una cierta euforia espiritual inducen a prescindir de las exigencias morales que comporta una vida auténticamente cristiana para que Dios pueda contemplarla con agrado (vv. 5s). También se condena la murmuración que suscita divisiones (vv. 1.3), considerándola como un repetir el descontento del pueblo en su camino del desierto (v. 10). El ejemplo de los israelitas es emblemático y debe evitar que otros se precipiten en el mismo abismo incurriendo en un castigo análogo (v. 11). "Hemos llegado a la plenitud", no hay que vivir irreflexivamente. Que cada uno pregunte a su conciencia y mida sus propias fuerzas (v. 12): es preciso mantenerse firmes y bien cimentados.

 

Evangelio: Lucas 13,1-9

1 En aquel momento llegaron unos a contarle a Jesús lo de aquellos galileos, a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

2 Jesús les dijo: - ¿Creéis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás?

3 Os digo que no; más aún, si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo.

4 ¿Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

5 Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

6 Jesús les propuso esta parábola: - Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró.

7 Entonces dijo al viñador: "Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?".

8 El viñador le respondió: "Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

9 a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás".

 

**• Jesús acababa de exhortar a sus interlocutores a saber discernir los signos de los tiempos (cf. 12,54-57). Ahora algunos le piden una interpretación fidedigna de dos hechos conocidos: una represión cruenta por parte de Pilato en el templo durante un sacrificio (vv. 1-3) y la trágica muerte de dieciocho personas aplastadas al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). Jesús responde superando el modo común de pensar: lo acaecido no es una condena notoria de las víctimas (vv. 2.4), sino una invitación urgente a la conversión de los supervivientes (v. 5).Y, para ilustrar esta urgencia, cuenta la parábola de la higuera que no da fruto (vv. 6-9). Para los profetas, este árbol, no raro entre las viñas palestinenses, se había convertido en símbolo de la infidelidad de Israel (cf. Jr 8,13; Os 9,10; Miq 7,1). También en los sinópticos la higuera es el símbolo de solicitudes pacientes y amorosas no correspondidas (Me 11,12-14; Mt 21,18-22).

Pero Jesús deja la puerta abierta a la esperanza: la esterilidad de la higuera hace suplicar al labrador un ulterior tiempo de gracia: un año jubilar (vv. 8s) concedido por el Señor, dispuesto una vez más a confiar en espera de los frutos añorados desde hace mucho tiempo.

 

MEDITATIO

Siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es el momento que marca el comienzo de la conversión o del rechazo radical. Esa conversión es un camino que exige constancia y una decisión siempre renovada de proseguir el viaje a pesar de todo. Si en la antigua alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moisés, para nosotros el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él es quien nos saca de la esclavitud del pecado, quien nos saca de nosotros mismos.

El sentido de la vida eclesial es ayudarse fraternalmente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y seguir a Jesús. Hay que desear ardientemente que ninguno se extravíe, que ninguno se retrase o se aleje. A esto precisamente nos invita el Evangelio de hoy, que concluye con la parábola de la higuera estéril. El labrador que ruega que no la corten todavía es Jesús. Como intercesor nuestro, dirá hasta el final de los tiempos: "Espera un poco, un poco todavía, que la cuidaré más". Todos los cuidados que Jesús nos prodiga con su Palabra, con los sacramentos, con sus intervenciones providenciales -y lo son también los acontecimientos dolorosos-, son ofertas de conversión. Dejémosle, pues, que nos cultive. La Palabra sagrada es como un arado, y también como una semilla sembrada para que pueda producir fruto.

 

ORATIO

En el trágico horizonte de estos años de guerras, de odios y violencias, en el lento y fatigoso discurrir de nuestros días, sigue llamándonos, Señor, para decirnos quién eres. Ayúdanos a estar dispuestos a escuchar tu voluntad, ayúdanos a mantenernos en silencio, de rodillas, por lo menos un rato, ante la débil lámpara que arde ante el sagrario, en la inmensa soledad de nuestros templos, convertidos con frecuencia en un desierto en el que te (Hiedas solo, esperándonos, mientras nosotros nos afanamos y nos dejamos absorber por otras cosas.

Cuéntanos algo de ti, de lo que has hecho por nosotros, a lo largo de las innumerables generaciones que nos han precedido en el camino de la historia, cuando, escuchando el grito desesperado que sube de la tierra, te has inclinado misericordioso para pactar con nosotros una alianza eterna. Siguiendo tu ejemplo, haz que también nosotros aprendamos a descubrir los sufrimientos de tantos hermanos nuestros que han pasado desapercibidos y de los que nunca nos hemos percatado ni preocupado.

 

CONTEMPLATIO

Señor amantísimo, por el amor con que entregaste la vida por tu rebaño, te suplico y te ruego: escribe con tu dedo en mi pecho la dulce memoria de tu nombre delicado, y que ningún olvido lo destruya jamás. Escribe en las páginas de mi corazón tus mandatos y tu voluntad, tu ley y tus preceptos, para que siempre y en todo lugar tenga ante los ojos, Señor de inmensa ternura, todos tus mandamientos. ¡Qué dulces al paladar son tus palabras! Dame una memoria tenaz para no olvidarlas nunca.

Fuego siempre ardiente, amor que siempre quemas, dulce Cristo, Jesús bueno, luz eterna e indefectible, pan de vida que nos fortaleces sin que disminuyas; cada día eres consumido y siempre estás entero: resplandece en mi, inflámame, ilumina y santifica a tu criatura, vacíala de su malicia, llénala de gracia y mantenía siempre saciada, para que coma el alimento de tu carne para salvación de mi alma, para que comiéndote viva de ti, camine por ti, llegue a ti, descanse en ti (Juan de Fvcamp, Confessio theologica, III, 47-52).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Bendice, alma mía, al Señor v no olvides sus beneficios" (Sal 102,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser "pecadores en conversión".

Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación. Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías: "Haznos volver a ti, Señor, y volveremos" (Lam 5,21; cf. Jr 31,18) (A. Louf, A merced de su gracia, Madrid 1991, 19-24, passim).

Lunes de la tercera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Reyes 5,1-15 a

1 Naamán, general del ejército del rey de Siria, era un hombre muy considerado por su señor, porque por medio de él el Señor había dado la victoria a Siria. Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra.

2 En una de sus incursiones guerreras, los sirios se llevaron de Israel a una jovencita, que fue destinada al servicio de la mujer de Naamán.

3 Ella dijo a su señora: - ¡Ojalá mi señor fuese al profeta que hay en Samaria! El lo curaría de la lepra.

4 Naamán se lo fue a decir al rey. - Esto y esto me ha dicho la muchacha de Israel.

5 El rey de Siria respondió: - ¡Bien! Ponte en camino, yo le daré una carta para el rey de Israel. Naamán marchó llevando consigo trescientos cincuenta kilos de plata, seis mil monedas de oro y diez vestidos,

6 y entregó al rey de Israel la carta en la que se de decía: "Cuando recibas esta carta, verás que te envío a mi servidor Naamán, para que lo cures de la lepra".

7 Cuando leyó la carta, el rey de Israel rasgó sus vestiduras y exclamó: ¿Acaso soy yo Dios, capaz de dar la muerte o la vida, para que éste me mande un hombre leproso para que lo cure? Fijaos y veréis que busca un pretexto contra mí.

8 Cuando Eliseo, el hombre de Dios, supo que el rey había rasgado sus vestiduras, envió a decirle: - ¿Por qué has hecho eso? Que venga a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel.

9 Llegó Naamán con sus caballos y su carro, y se detuvo ante la puerta de la casa de Eliseo.

10 Elíseo le dijo por medio de un mensajero: - Anda, báñate siete veces en el Jordán y tu carne quedará limpia.

11 Naamán, indignado, se marchó murmurando: - Pensaba que saldría a recibirme, que invocaría el nombre del Señor, su Dios, me tocaría y así curaría mi lepra.

12 ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Faríar, no son mucho mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio? Y se fue indignado.

13 Pero sus siervos le dijeron: - Padre, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? Pues ¿cuánto más habiéndote dicho

"Báñate y quedarás limpio?".

14 Entonces, Naamán bajó al Jordán, se bañó siete veces, como había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño.

15 Acto seguido, regresó con toda su comitiva a donde estaba el hombre de Dios y, de pie ante él, dijo: - Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra que el Dios de Israel.

 

**• Con palabras bien medidas, con unas pinceladas bien marcadas, se presenta a Naamán -nombre cuya raíz hebrea (n'm) expresa belleza- como un personaje excepcional con unas cualidades envidiables que contrastan de repente con el abismo de soledad y maldición: "Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra" (v. 1). La lepra: enfermedad que significa separación, impureza, castigo divino; situación humanamente sin salida, sin esperanza. A pesar de todo esto, el general del ejército de Siria acoge la proposición de una muchacha israelita cautiva en una correría: debería dirigirse al profeta de Samaria. Hasta el mismo rey de Siria, benévolamente, apoya la sugerencia, aunque al rey de Israel le parece una provocación. La creciente tensión entre ambos países hostiles se mitiga por la intervención de Eliseo, profeta. Sólo siguiendo sus indicaciones, tan sencillas que parecen banales, se efectuará el milagro de la curación de Naamán, como primer paso para llegar a la profesión de fe en el Dios de Israel. Junto a los personajes que aparecen en primer plano (Naamán, Eliseo y los dos soberanos), aparecen también, como mediadores indispensables de los que se sirve el Señor para orientar el curso de los acontecimientos, la joven cautiva, el mensajero y los siervos.

El pasaje contiene claras referencias al simbolismo bautismal: inmersión en las aguas, la eficacia de la Palabra del Dios de Israel, el carácter universal de la salvación concedida en virtud de la obediencia.

 

Evangelio: Lucas 4,24-30

24 Vino Jesús a Nazaret y dijo al pueblo en la sinagoga: - La verdad es que ningún profeta es bien acogido en su tierra.

25 Os aseguro que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses y hubo gran hambre en todo el país;  

26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en la región de Sidón.

27 Y muchos leprosos había en Israel cuando el profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.

28 Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de indignación;

29 se levantaron, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que se asentaba su ciudad, con ánimo de despeñarlo.

30 Pero él, abriéndose paso entre ellos, se marchó.

 

*»• El hecho que se narra lo ubica Lucas dentro de la fase inaugural de la misión de Jesús. Estamos en la sinagoga de Nazaret. Jesús, entre los suyos, lee un pasaje del rollo de Isaías anunciando el cumplimiento en su

misma persona.

"Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron": la frase de Juan (1,11), que resume el destino histórico de Jesús, es el mejor comentario al rechazo manifestado por los paisanos de Nazaret, interpretado por Lucas como prefiguración de todo el misterio pascual. La desconcertante revelación del "Verbo hecho carne" -el hijo de José- va pasando desde la admiración a la incredulidad hostil, incluso al odio homicida. ¿Puede haber un destino distinto para un profeta? Las palabras de Jesús lo excluyen: el testimonio de Elías y Eliseo lo confirma. Cualquier prejuicio -ya sea religioso, cultural, nacionalista...- es un obstáculo para acoger la humilde revelación de Dios. La viuda de Sarepla en Sidón, Naamán el Sirio, extranjeros, acogen la salvación, ofrecida a todos, pero rechazada precisamente por sus primeros destinatarios.

 

MEDITATIO

"Este hombre, que era poderoso, tenía la lepra" (2 Re 5,1), "...pero ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio" (Le 4,27).

Pero: conjunción adversativa que entre ambos fragmentos indica un cambio de situación. En el primer caso, de una situación de "esplendor" a una extrema pobreza; en el segundo, de una negativa a la experiencia de la salvación. Cuántos "peros", también, en nuestra vida personal y comunitaria. A veces, señalando nuestra propia condición de límite y de pecado; a veces, introduciendo una intervención inesperada de gracia.

El itinerario de Naamán de un "pero" al otro puede señalar también nuestro camino de curación, que en etapas sucesivas nos conduce a la salvación. Este camino sólo se realiza tras el paso de una actitud inicial de orgullo y presunción a otra de humildad que posibilita el fiarse de los sencillos medios de salvación que nos ofrece Dios.

 

ORATIO

Señor Jesús, aquí me tienes. No tengo otra esperanza. Tú me conoces. Ante ti está mi miseria. Ante ti están también todos mis deseos. Sólo tú puedes curarme. Tú eres el único que tienes palabras de vida eterna. Espero en ti, Jesús, espero en tu Palabra, porque tu misericordia es inmensa.

No te pido signos maravillosos y desconcertantes. Te pido el don de un corazón humilde y dócil que se deje convencer por la fuerza persuasiva de tu Espíritu, que, junto con el Padre, está sobre todos, actúa por medio de todos y está presente en todos. Te pido el don de un corazón sencillo capaz de contemplar -maravillado- la grandeza de tu amor oculto en los humildes signos del pan y el vino, de la luz y el agua, en la voz y el rostro de cada hermano. Te pido el "milagro" de una fe sin reservas que acepte -sobre todo en el momento de las dudas, la impotencia y el pecado- el fiarse totalmente de ti.

 

CONTEMPLATIO

El Señor ama al alma obediente: y si la ama, le da todo lo que el alma le pide. Como en otras épocas, también hoy el Señor escucha nuestras oraciones y atiende nuestras súplicas. Todos buscan la paz y la felicidad, pero sólo unos pocos saben dónde encontrar esta felicidad y esta paz y qué hay que hacer para obtenerlas [...].

Todo el que ha sido tocado por la gracia, aunque no sea más que ligeramente, se somete con alegría a cualquier autoridad. Sabe que Dios gobierna el cielo, la tierra y el infierno, su propia vida y sus cosas, y todo lo que hay en el mundo; por esta razón, conserva la paz. El obediente se ha abandonado a la voluntad de Dios y no teme la muerte, porque su alma está habituada a vivir con Dios y le ama. Ha renunciado a su propia voluntad y, por ello, ni en su alma ni en su cuerpo se da la lucha que atormenta al desobediente y al que obra según su propia voluntad. ¿Por qué los Santos Padres han colocado la obediencia por encima del ayuno y la oración?

Porque si se hacen esfuerzos ascéticos, pero sin obediencia, eso desarrolla el espíritu de vanidad; el obediente, por el contrario, lo hace todo como se le ha dicho, y no tiene de qué enorgullecerse.

Por otra parte, el obediente ha renunciado en todo a su voluntad, y por eso su espíritu está libre de cualquier preocupación y recibe el don de la oración pura. Gracias a la obediencia, el hombre es preservado del orgullo. Por la obediencia, se recibe el don de la oración; gracias a la obediencia, se nos da la gracia del Espíritu Santo (Archimandrita Sofronio, San Siloan el Athonita, Madrid 1996, 353-354, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Envíanos, Señor, tu luz y tu verdad" (Sal 42,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Existe una obediencia a Dios, con frecuencia muy exigente, que consiste sencillamente en obedecer a las situaciones. Cuando se ha visto que, a pesar de todo el esfuerzo y las oraciones, se dan, en nuestra vida, situaciones difíciles, incluso a veces absurdas y, a nuestro parecer, espiritualmente contraproducentes, que no cambian,  hay que dejar de dar coces contra el aguijón" y empezar a ver en tales situaciones la silenciosa pero no menos cierta voluntad de Dios con nosotros. Es preciso, además, dejar todo, para hacer la voluntad de Dios: trabajo, proyectos, relaciones [...].

La conclusión más hermosa de vida de obediencia sería "morir por obediencia", es decir, morir porque Dios dice a su siervo "¡Ven!", y él viene. La obediencia a Dios en su forma concreta no es exclusivo de los religiosos en la Iglesia, sino que está abierta a todos los bautizados. Los laicos no tienen, en la Iglesia, un superior al que obedecer -por lo menos no en el sentido en que lo tienen los religiosos y clérigos-, pero, en compensación, tienen un "Señor" al que obedecer. Tienen su Palabra. Desde sus más remotas raíces hebreas, la palabra "obedecer" indica la escucha y se refiere a la Palabra de Dios. El camino de la obediencia se abre al que ha decidido vivir "para el Señor"; es una exigencia que se desprende la verdadera conversión (R. Cantalamessa, L' obbedienza, Mik6 1986, 59-63, passim).

Martes de la tercera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Daniel 3,25.34-43

25 Entonces Azarías, de pie en medio del fuego, oró así

34 Por tu nombre, te lo pedimos: no nos abandones para siempre, no rompas tu alianza, no nos retires tu amor.

35 Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado;

36 a quienes prometiste descendencia numerosa como las estrellas del cielo, como la arena de la orilla del mar.

37 A causa de nuestros pecados, Señor, somos hoy el más insignificante de todos los pueblos y estamos humillados en toda la tierra.

38 No tenemos príncipes, ni jefes, ni profetas; estamos sin holocaustos, sin sacrificios, sin poder hacerte ofrendas ni quemar incienso en tu honor; no tenemos un lugar donde ofrecerte las primicias y poder así alcanzar tu favor.

39 Pero tenemos un corazón contrito y humillado; acéptalo como si fuera un holocausto de carneros y toros,

40 de millares de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio ante ti, y que te sirvamos fielmente, pues no quedarán defraudados quienes confían en ti.

41 Ahora queremos seguirte con todo el corazón, queremos serte fieles y buscar tu rostro. No nos defraudes, Señor;

42 trátanos conforme a tu ternura, según la grandeza de tu amor.

43 Sálvanos con tu fuerza prodigiosa y muestra la gloria de tu nombre.

 

**• La clave de lectura de la oración de Azarías está en la frase: "Muestra la gloria de tu nombre" (v. 43; cf. la primera petición del Padre nuestro en Mt 6,9). Azarías, en la prueba de la persecución, sólo teme una cosa: que en nombre de Dios pierda su gloria, es decir, su "peso", su poder. Nada más le infunde miedo: ni el ser reducidos a un "resto", ni la humillación (v. 37); ni siquiera la profanación del templo y la helenización, con la consiguiente destitución de los jefes religiosos y la abolición del culto oficial (v. 38; cf. 2 Mac 6,2). Estos acontecimientos, aunque dolorosos, no perjudican a Israel. El profeta los lee como una purificación providencial: en la prueba, el pueblo manifiesta un corazón contrito y un espíritu humilde agradables al Señor como verdadero sacrificio (vv. 40s) que vuelve dar gloria a su nombre.

Entonces renace la esperanza (v. 42). La fidelidad de Dios a las promesas hechas a los patriarcas sigue firme (vv. 35s); la grandeza de su misericordia todavía puede derramar la benevolencia y la bendición sobre el pueblo de la alianza (v. 42). Por ello, la súplica de Azarías se transforma en salmo penitencial (vv. 26-45), en himno de alabanza cantado al unísono por los tres jóvenes en el horno (vv. 52-90).

 

Evangelio: Mateo 18,21-35

21 Entonces se acercó Pedro a Jesús y le preguntó: - Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?

22 Jesús le respondió: - No te digo siete veces, sino setenta veces siete.

23 Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

24 Al comenzar a ajustarlas le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

26 El siervo se echó a sus pies suplicando: "¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!".

27 El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda.

28 Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo: "¡Paga lo que debes!".

29 El compañero se echó a sus pies, suplicándole: "¡Ten paciencia conmigo y te pagaré!".

30 Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda.

31 Al verlo sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido.

32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera porque me lo suplicaste. "¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?".

32 Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda.

33 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

 

**• Estamos en la segunda parte del discurso eclesial (Mt 18), dedicado especialmente al perdón de la ofensa personal. Pedro es el interlocutor de Jesús (v. 21), que piensa distanciarse del sombrío horizonte de la venganza a ultranza y sin límites (cf. venganza de Lamec en Gn 4,23s), manifestando estar dispuesto a perdonar "hasta siete veces", número muy significativo de su disponibilidad total al perdón (v. 21). En la respuesta de Jesús, se dilatan hasta el infinito los límites del perdón (v. 22). Es la nueva mentalidad a la que está llamado el cristiano.

Por ser paradójico, Jesús lo va a ilustrar con una parábola (vv. 23-34) estructurada en tres escenas contrapuestas y complementarias: encuentro del siervo deudor con su señor, encuentro del siervo perdonado de la deuda con otro siervo deudor a su vez del primero, nuevo encuentro entre el siervo y el señor.

Los discípulos deberán aprender a imitar al Padre celestial (v. 35). La deuda del siervo es enorme, las cifras son a todas luces hiperbólicas, pero el señor tiene lástima (v. 27: se utiliza el mismo verbo para describir los sentimientos de Jesús en la muerte del amigo Lázaro): manifestando su gran magnanimidad con un perdón gratuito. Pero este siervo se encuentra con un colega que le debe una cifra irrisoria (vv. 28-30). Esperaríamos que inmediatamente le perdonase la pequeña ciencia, pero no sucede así y su reacción es despiadada. La gracia recibida no transformó su corazón. Por eso pasamos a la última escena- es digno de juicio y del castigo divino. La conclusión es clara: el perdón del hombre a su hermano condiciona el perdón del Padre,

 

MEDITATIO

San Ambrosio indica que Dios creó al hombre para tener alguien a quien perdonar y revolar así el rostro de su amor desconcertante, que es disponibilidad ilimitada al perdón a cualquier precio, incluso el más elevado, como es la sangre de su Hijo. Pero amor pide amor, y la misericordia de Dios desea inspirar la misma disposición en el hombre, pecador perdonado, en relación con sus hermanos. ¿De qué nos sirve haber experimentado la misericordia divina si no permitimos que se transparente en nuestro rostro, en nuestra vida? Quien no acepta perdonar al hermano muestra no reconocer la gravedad del propio pecado.

El perdón de Dios sería vano si no permitimos que se plasme a su imagen y semejanza, pues él es un Dios "piadoso y misericordioso, lento a la ira y rico en amor". Jamás podremos pagar la enorme deuda de nuestros pecados, de nuestra ciega ingratitud... pero él los perdona pidiéndonos hacer lo mismo: perdonar de corazón "hasta setenta veces siete" al hermano, será en la tierra el comienzo de una gran fiesta que culminará en el cielo: fiesta de la reconciliación, gloria de los hijos que Dios se ha adquirido al precio de la sangre del Hijo, en el Espíritu Santo derramado para el perdón de los pecados.

 

ORATIO

¡Qué inmenso es tu corazón, oh Padre bueno y misericordioso, lento a la ira y rico en amor! ¡Nos sentimos tan tacaños y mezquinos ante tu magnanimidad...!

Tú nos has llamado gratuitamente a la vida y quieres que la gastemos por ti y los hermanos en plenitud de donación. Sólo así podemos ser felices. Pero qué lejos estamos de participar en esta extraña lógica en la que el que más ama parece perder, en la que se es grande en la medida que nos hacemos pequeños.

Enséñanos a recordar tu amor, que no dudó en darnos lo que tenía de más precioso, tu amado Hijo, aun sabiendo que somos siervos despiadados: capaces, claro está, de recibir todo y acoger el perdón de nuestras inmensas deudas, pero sin estar dispuestos a hacer lo mismo con nuestros deudores. Abre los ojos de nuestro corazón, para que sepamos reconocer, en lo ordinario de cada día, las mil ocasiones que se presentan de verter en los hermanos una medida de amor "apretada, rellena, rebosante": la misma que tú viertes en nuestro interior cada vez que tocamos fondo en nuestra pobreza.

 

CONTEMPLATIO

Al predicar las bienaventuranzas, el Señor antepuso los misericordiosos a los limpios de corazón. Y es que los misericordiosos descubren en seguida la verdad en sus prójimos. Proyectan hacia ellos sus afectos y se adaptan de tal manera que sienten como propios los bienes y los males de los demás. La verdad pura únicamente la comprende el corazón puro, y nadie siente tan vivamente la miseria del hermano como el corazón que asume su propia miseria.

Para que sientas tu propio corazón en la miseria de tu hermano, necesitas conocer primero tu propia miseria. Así podrás vivir en ti sus problemas, y se despertarán iniciativas de ayuda fraterna. Éste fue el programa de acción de nuestro Salvador: quiso sufrir para saber compadecerse, se hizo miserable para aprender a tener misericordia. Por eso se ha escrito de él: "Aprendió por sus padecimientos la obediencia" (I leb 5,8) (Bernardo de Claraval, Tratado sobre los grados de humildad y soberbia, III, 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tú eres, Señor, bueno e indulgente" (Sal 85,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que cuenta es soportar al otro en todas las facetas de su carácter, incluso las difíciles y desagradables, y callar sus errores y pecados -también los que ha cometido contra nosotros-; aceptar y amar sin descanso: todo esto se acerca al perdón.

Quien adopta una postura similar en las relaciones con los otros, con su padre, su amigo, su mujer, su marido, también en las relaciones con extraños, con todos los que encuentra, sabe bien lo difícil que es. A veces se verá impulsado a decir: "No, ya no puedo más, no logro soportarlo; estoy al límite de mi paciencia; esto no puede seguir así: 'Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano si peca contra mí?'. ¿Cuánto tiempo tendré que soportar su dureza contra mí, que me ofenda y hiera; sus faltas de atención y delicadeza; que continúe haciéndome mal? Señor, ¿cuántas veces?'.

Esto deberá acabar, alguna vez tendremos que llamar al error por su nombre; no, no es posible que siempre se pisotee mi derecho. '¿Hasta siete veces?'" [...].

Es un verdadero tormento preguntarme: "¿Cómo me las arreglaré con este individuo, cómo podré soportarlo? ¿Dónde comienza mi derecho en mis relaciones con él?". Ya está: hagamos como Pedro, vayamos a Jesús, vayamos a plantearle siempre esa pregunta.

Si acudimos a otro o nos preguntamos a nosotros mismos, quedaremos desasistidos o la ayuda recibida será fatal. Jesús sí nos puede ayudar. Pero sorprendentemente: "No te digo hasta siete veces -responde a Pedro-, sino hasta setenta veces siete"; y sabe muy bien que es la única manera de ayudarle (D. Bonhoeffer, Memoria e fedeltá, Magnano 1995, 96-98, passim).

Miércoles de la tercera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Deuteronomio 4,1.5-9

Moisés habló al pueblo y dijo:

1 Y ahora, Israel, escucha las leyes y los preceptos que os enseño a practicar, para que viváis y entréis en posesión de la tierra que os da el Señor, Dios de vuestros antepasados.

5 Mirad, os he enseñado leyes y preceptos como el Señor mi Dios me mandó, para que los pongáis en práctica en la tierra a la que vais a entrar para tomar posesión de ella,

6 guardadlos y ponedlos en práctica; eso os hará sabios y sensatos ante los demás pueblos, que, al oír todas estas leyes, dirán: "Esta gran nación es ciertamente un pueblo sabio y sensato".

7 Y en efecto, ¿qué nación hay tan grande que tengan dioses tan cercanos a ella como lo está el Señor nuestro Dios siempre que lo invocamos?

8 ¿Y qué nación hay tan grande que tenga leyes y preceptos tan justos como esta Ley que yo os promulgo hoy?

9 Pero presta atención y no te olvides de lo que has visto con tus ojos; recuérdalo mientras vivas y cuéntaselo a tus hijos y a tus nietos".

 

*> En los tres primeros capítulos del Deuteronomio Moisés habla a Israel recordándole la historia para subrayar la fidelidad de Dios con su pueblo. En el c. 4 se sacan las consecuencias: se pide al pueblo una respuesta que manifieste absoluta fidelidad a Dios, que se traduzca en la práctica de las leyes y normas que, por orden del Señor, enseñó Moisés de acuerdo con lo que él mismo aprendió. Éstas no constituyen sólo una condición para entrar en posesión de la tierra (v. 1), sino también y sobre todo una tarea concreta a cumplir, una "vocación" (v. 56): pues, de hecho, un estilo de vida inspirado en dichas ordenanzas hará a Israel objeto de estima y admiración de otros pueblos, que apreciarán la sabiduría superior y podrán reconocer la proximidad extraordinaria de su Dios. Israel se convertirá así, en medio de las naciones, en testimonio del Dios vivo y verdadero, que ama al hombre y se hace presente cuando se invoca su nombre, revelado a Moisés (v. 7). Por consiguiente, la lealtad a Dios se manifiesta en una serie de acciones expresadas en los mandamientos. No hay que entender los mandamientos como simples prohibiciones, sino como respuesta de amor. Y como se basan en anteriores beneficios de Dios, para poder practicarlos libremente es indispensable recordar la historia de salvación: traer a la memoria las obras del Señor ayuda al pueblo a crecer en gratitud a Dios y en la observancia de sus leyes, de generación en generación (v. 3).

 

Evangelio: Mateo 5,17-19

Dijo Jesús:

17 No penséis que he venido a abolir las enseñanzas de la Ley y los profetas; no he venido a abolirías, sino a llevarlas hasta sus últimas consecuencias.

18 Porque os aseguro que, mientras duren el cielo y la tierra, la más pequeña letra de la Ley estará vigente hasta que todo se cumpla.

19 Por eso, el que descuide uno de estos mandamientos más pequeños y enseñe a hacer lo mismo a los demás será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Pero el que los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los Cielos.

 

**• La persona y las enseñanzas de Jesús desconciertan a sus contemporáneos: de hecho, constituyen una novedad radical. La perícopa de hoy nos deja entrever el interrogante que suscitaban y, a la vez, refleja la delicada situación de las primeras generaciones cristiAnás en sus relaciones con el judaísmo.

El evangelio según Mateo, destinado en primer lugar a una comunidad judeocristiana, presenta a Jesús como el nuevo Moisés que promulga en el monte la nueva Ley: las bienaventuranzas. Pero no por ello quedan abolidas la Ley y los profetas; más bien, llegan a su plenitud en Cristo.

El mismo Jesús manifiesta un gran aprecio de la Torah, que a lo largo de los siglos prepara a Israel para una vida de comunión con Dios. Esta comunión se nos concede ahora, por gracia, en plenitud: en Jesús Dios se hace Emmanuel, Dios-con-nosotros. Los antiguos preceptos en su plenitud, en Cristo, permanecerán como norma perenne. Jesús lo afirma con suma autoridad, como evidencia el texto griego donde aparece la palabra original: "Amén" (v. 18), frecuente en boca de Jesús y después del resto del Nuevo Testamento y de la Iglesia primitiva. Ni siquiera los minúsculos signos de la Ley -esto es, los preceptos secundarios serán anulados, y de su observancia o inobservancia dependerá la suerte definitiva de cada uno. De hecho, por lógica, y de acuerdo con el estilo oriental, ser considerado mínimo en el Reino de los Cielos significa ser excluido, como parece en el v. 20.

 

MEDITAIK)

El hombre se caracteriza por el deseo infinito de vida y felicidad, sed nunca plenamente apagada y que lo convierte en un incansable buscador de Dios. Y, sin embargo, hoy quizás más que nunca, nos enfrentamos a un nuevo fenómeno, el de una humanidad cansada e intolerante: los caminos antiguos -¿o viejos?- no satisfacen; los nuevos aparecen con mucha frecuencia como auténticos callejones sin salida y suscitan escepticismo o desesperación.

Las lecturas de la presente liturgia nos vuelven a llevar a un camino concreto, "recto"; es decir, que lleva directamente a su fin. Su punto de partida es la escucha de la Palabra y exige humildad y obediencia. El paso a seguir consiste en llevar a la práctica la Palabra cada día.

La meta es el encuentro con la Palabra, Jesús y, por consiguiente, la felicidad, la bienaventuranza. El camino puede parecer exigente, pero para quien camina se convierte en estímulo para ensanchar el corazón. No se trata tanto de practicar con rigor los preceptos, sino de seguir a una persona paso a paso, a Jesús. La palabra ley puede parecer hoy sinónimo de esclavitud, legalismo, algo frío o a hipocresía. Por el contrario, ¿hay algo más estupendo que el verdadero amor, que siempre busca y encuentra nuevos modos de darse?

Precisamente, esta fidelidad absoluta a la enseñanza del Señor puede hacer radicalmente nueva nuestra vida incluso a los ojos de los demás. La fidelidad a mandatos antiguos nos hará testigos de la perenne novedad:

Jesús, el Señor, está con nosotros, y en él encontramos plenitud de gozo hasta en el cotidiano trabajo de la existencia.

 

ORATIO

Señor, en tu gran bondad nos has mostrado el camino a seguir para llegar a la meta de la eterna comunión contigo. Con frecuencia hemos preferido escuchar otras voces diferentes de la tuya, nos hemos adherido a normas más de acuerdo con nuestros gustos, hemos querido abrir atajos alternativos para encontrar una felicidad ilusoria...

¡Perdónanos, Señor! Ayúdanos a volver a empezar, a comenzar partiendo de la escucha humilde y fiel de tu Palabra, de caminar dócil y generosamente por tus mandamientos: éstos son los pasos -pequeños pero seguros- que nos conducirán a un amor grande contigo y con los hermanos; son pasos humildes que nos pueden hacer "grandes" en tu Reino. Enséñanos a caminar detrás de ti, Jesús, nuestro verdadero maestro, para que nuestra vida, renovada en la escuela de la caridad, testimonie al mundo el gozo del Evangelio.

 

CONTEMPLATIO

Oye, hijo mío, mis palabras suavísimas, que exceden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo.

"Mis palabras son espíritu y vida" (Jn 6,63) y no se pueden ponderar por el sentido humano. No se deben traer al sabor del paladar, sino que se deben oír con silencio y recibir con humildad y gran afecto.

Dije: "Dichoso el hombre a quien tú educas, Señor, aquel a quien instruyes con tu ley" (Sal 93,12s). Yo, dice el Señor, enseñé a los profetas desde el principio, y no ceso de hablar a todos hasta ahora; pero muchos son duros y sordos a mi voz. Muchos oyen de mejor grado al mundo que a Dios; siguen más fácilmente el apetito de su carne que el beneplácito divino. El mundo promete cosas temporales y pequeñas, pero aun así le sirven con gran ansia; y yo prometo cosas grandes y eternas, y se entorpecen los corazones de los mortales.

Yo daré lo que tengo prometido. Yo cumpliré lo que he dicho, si alguno perseverare fiel en mi amor hasta el fin [...].

Escribe tú mis palabras en tu corazón y considéralas con gran diligencia, pues en el tiempo de la tentación las habrás menester. Lo que no entiendes cuando lo lees, lo conocerás el día que te visite (Imitación de Cristo, III, 3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Inclino mi corazón a cumplir tus leyes, mi recompensa será eterna " (Sal 118,112).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando aquellos a quienes amamos nos piden algo, les damos las gracias por pedírnoslo. Si tú deseases, Señor, pedirnos una única cosa en toda nuestra vida, nos dejarías asombrados, y el haber cumplido una sola vez tu voluntad sería el gran acontecimiento de nuestro destino. Pero como cada día, cada ñora, cada minuto, pones en nuestras manos tal honor, lo encontramos tan natural que estamos hastiados, que estamos cansados... Y, sin embargo, si entendiésemos qué inescrutable es tu misterio, nos quedaríamos estupefactos al poder conocer esas chispas de tu voluntad que son nuestros minúsculos deberes. Nos deslumbraría conocer, en esta inmensa tiniebla que nos cubre, las innumerables, precisas y personales luces de tus deseos. El día que lo entendiésemos, iríamos por la vida como una especie de profetas, como videntes de tus pequeñas providencias, como agentes de tus intervenciones.

Nada sería mediocre, pues todo sería deseado por ti. Nada sería demasiado agobiante, pues todo tendría su raíz en ti. Nada sería triste, pues todo sería querido por ti. Nada sería tedioso, pues todo sería amor por ti.

Todos estamos predestinados al éxtasis, todos estamos llamados a salir de nuestras pobres maquinaciones para resurgir hora tras hora en tu plan. Nunca somos pobres rechazados, sino bienaventurados llamados; llamados a saber lo que te gusta hacer, llamados a saber lo que esperas en cada instante de nosotros: personas que necesitas un poco, personas cuyos gestos echarías de menos si nos negásemos a hacerlos. El ovillo de algodón para zurcir, la carta que hay que escribir, el niño que es preciso levantar, el marido que hay que alegrar, la puerta que hay que abrir, el teléfono que hay que descolgar, el dolor de cabeza que hay que soportar...: otros tantos trampolines para el éxtasis, otros tantos puentes para pasar desde nuestra pobre y mala voluntad a la serena rivera de tu deseo (M. Delbrél, La alegría de creer, Santander 1 997, 1 35s).

Jueves de la tercera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 7,23-28

Esto dice el Señor:

23 lo único que les mandé fue esto: Escuchad mi voz, yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; seguid fielmente el camino que os he prescrito para que seáis felices.

24 Pero ellos no obedecieron ni hicieron caso; siguieron las inclinaciones de su corazón obstinado, me dieron la espalda y no la cara.

25 Desde el día en que vuestros antepasados salieron de Egipto hasta hoy os envié a mis siervos, los profetas.

26 Pero no escucharon ni me hicieron caso, sino que se obstinaron y fueron peores que sus antepasados.

27 Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando les llames, no te responderán.

28 Entonces les dirás: Ésta es la nación que no escucha la voz del Señor su Dios y no aprende la lección. La verdad ha desaparecido de su boca.

 

*•• Dentro de la dura condena del culto convertido en formulismo vacío (Jr 7,1-8,3), el profeta denuncia sobre todo la sordera de Israel a la voz de Dios (v. 23), escuchada de modo extraordinario en el Sinaí, en el momento de la alianza (cf. Ex 20,1-21). Solamente en la escucha obediente -de hecho, el primer mandamiento comienza con "Escucha, Israel"- el pueblo elegido podrá conocer a su Dios, diferente de otra divinidad o ídolo.

Los verdaderos profetas no cesan de exhortar, pero junto a su predicación está la más fácil y cómoda de los falsos profetas. La elección es radical: se juega uno la vida o la muerte. El fragmento está dividido en tres partes; las dos primeras presentan una idéntica estructura: al mandamiento de Dios {"Escuchad": v.23) y su urgente solicitud ("Envié" v. 25) corresponden los claros rechazos: "Pero no escucharon" (vv. 24.26). No aparece ni sombra de arrepentimiento, ningún deseo de conversión.

Sólo queda una conclusión -tercera parte-: mientras el pueblo vuelve a caer obstinadamente en la idolatría y espiritualmente vuelve a ser esclavo de Egipto, lejos de Dios (vv. 24-27; cf. Nm 11,4-6), el profeta no deja de ser fiel a su vocación: enviado a desenmascarar esta situación enojosa (v. 27), comparte con Dios el sufrimiento de ser rechazado, incluso de ser tachado de impostor por los que prefieren la mentira a la verdad.

 

Evangelio: Lucas 11,14-23

14 Un día estaba Jesús expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando salió el demonio, el mudo recobró el habla, y la gente quedó maravillada.

15 Pero algunos dijeron: - Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.

16 Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo.

17 Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: - Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras.

18 Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Pues eso es lo que vosotros decís: Que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú.

19 Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces.

20 Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

21 Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros.

22 Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus despojos.

23 El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

 

**• Jesús acaba de enseñar a los suyos el Padre nuestro (11,2-4); les ha regalado la oración por excelencia, que abre el corazón a la venida del Espíritu Santo (v. 13). El Reino de los Cielos ya está en la tierra. Tiene lugar una curación. El pueblo sencillo se admira: intuye que algo extraordinario está pasando y se dispone a acoger la salvación.  Pero no todos piensan lo mismo (vv. 14s).

Como en la primera lectura, se da una oposición entre dos actitudes irreconciliables. Surge una duro contraste (vv. 14-I.S) entre los fariseos y Jesús, a quien se le  acusa de blasfemia y de aliarse con Satanás. Es el destino de todo profeta. Jesús responde con un discurso apologético. La imagen fuerte de la catástrofe (v. 17) lleva al oyente a excluir que Satanás pueda luchar contra sí mismo.

La conclusión se impone: está actuando "el poder de Dios", expresión que recuerda los prodigios ejecutados por medio de Moisés en el tiempo del Éxodo. Lo mismo que después de la enseñan/a sobre la oración, aparece la afirmación esencial: '7:7 Reino de Dios ha llegado a vosotros", Jesús, expulsando a los demonios, abre una nueva época, época de libertad de la esclavitud, a condición de acoger libremente la Buena Noticia que anuncia (v. 23).

 

MEDITATIO

Si instintivamente sentimos la necesidad de valorar personas y acontecimientos, viéndolo con nuestros propios ojos, la Palabra que se nos actualiza hoy nos proporciona materia abundante: para saber ver de verdad, es indispensable aprender antes a escuchar. Escuchar ¿qué? La voz del que ha creado todo con su Palabra amorosa y tiene todo en su mano. Pero hay un enemigo celoso de la felicidad del hombre siempre al acecho para impedirle escuchar la voz del Señor y dejarse conducir por su mano.

El mentiroso sugiere pensamientos falsos, infunde dudas y sospechas. Y si el hombre no guarda en su corazón la Palabra de Dios, lámpara de sus pasos, si no la medita día y noche, no estará en disposición de discernir rectamente, con riesgo de extraviarse y hasta de caer totalmente bajo el dominio de falsas doctrinas. Nos puede suceder también a nosotros, en tantas cuestiones, quizás de ética personal, familiar o comunitaria, que no nos sintamos en sintonía con el Evangelio, nos parezca duro, desfasado, incapaz de ponerse al día... De este modo, imperceptiblemente, en muchas ocasiones aparentemente secundarias nos deslizamos hacia un paganismo tal vez no de calibre mayor, pero paganismo al fin y al cabo. A la larga, se perderá el gusto por la Palabra: no sólo no parecerá dulce al paladar, sino hasta llegaremos a perder la necesidad de ella e incluso puede llegar a molestarnos si alguien nos la recuerda.

 

ORATIO

Padre, que tu voz resuene siempre en nuestro corazón, no permitas que otras voces la apaguen. Vuelve a susurrarnos lo mucho que nos quieres, lanío cuando nos animas como cuando nos corriges. Apártanos de  esas sugestiones sutiles, de los mensajes persuasivos del antiguo enemigo astuto, celoso de nuestra amistad contigo.

Sabes bien que el orgullo frecuentemente nos acecha, el miedo nos paraliza frente al dolor o la prueba. Con tal de sufrir menos, estamos dispuestos a vender la piel al diablo. Perdona, Señor, nuestra arrogancia, la audacia con que nos erguimos presumidos frente a tu Hijo y frente a ti, cuando nos hablas de cruz, de camino estrecho, de escucha, obediencia, sacrificio...

Compadécete de nuestra fragilidad, mira nuestra buena voluntad, acrecienta en nosotros los deseos de verdad y bondad. Si te ofendemos, no nos lo tomes en serio; si te comprendemos mal, ayúdanos a rectificar; si te damos la espalda, sigue buscándonos.

 

CONTEMPLATIO

Ciertamente, el término o fruto de la Sagrada Escritura no es cualquiera, sino la plenitud de la bienaventuranza eterna. Las palabras de esta Escritura son palabras de vida eterna.

A esta plenitud se esfuerza en introducirnos la divina Escritura: con este fin y con esta intención ha de ser la Sagrada Escritura escudriñada y enseñada y también escuchada. Para que lleguemos a este fruto o término andando derechamente por el recto camino de las Escrituras, hemos de comenzar por el exordio, a saber, por acercarnos con fe al Padre de las luces, doblando las rodillas de nuestro corazón, a fin de que él, por su Hijo en el Espíritu Santo, nos dé verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, su amor.

Sólo así, conociéndole y amándole, y consolidados en la fe y arraigados en la caridad, podremos comprender la amplitud, la longitud, la altura y la profundidad de la Sagrada Escritura y llegar por este conocimiento al conocimiento perfecto y amor extático de la Santísima Trinidad, adonde tienden los deseos de los santos y donde se halla el término y la plenitud de todo lo verdadero y bueno (Buenaventura, Breviloquium, prologus).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Callarse no significa estar mudo, como tampoco hablar equivale a locuacidad. El mutismo no crea soledad, como tampoco la locuacidad crea comunión. "El silencio es el exceso, la embriaguez y el sacrificio de la palabra. El mutismo, en cambio, es malsano, como algo que sólo fue mutilado y no sacrificado" (Ernest Helio).

Del mismo modo que existen en la ¡ornada del cristiano determinadas horas para la Palabra, especialmente las horas de meditación y de oración en común, deben existir también ciertos momentos de silencio a partir de la Palabra. Serán sobre todo los momentos que preceden y siguen a la escucha de la Palabra. Ésta no se manifiesta a personas charlatanas, sino en el recogimiento y silencio.

Callamos antes de escuchar la Palabra, para que nuestros pensamientos se dirijan a la Palabra, igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su Padre. Callamos después de haber oído la Palabra, porque todavía resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al comenzar el día, porque es Dios quien debe decir la primera palabra; callamos al caer la noche, porque a Dios corresponde la última palabra. Callamos sólo por amor a la Palabra. Callar, en definitiva, no significa otra cosa que estar atento» a la Palabra de Dios para poder caminar con su bendición (D. Bonhoeffer, Vida en Comunidad, Salamanca 1983, 61).

Viernes de la tercera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 14,2-10

Esto dice el Señor: - Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, pues tu iniquidad te ha hecho caer.

2 Buscad las palabras apropiadas y volved al Señor; decidle:

3 Perdona todos nuestros pecados y acepta el pacto; como ofrenda te presentamos las palabras de nuestros labios.

4 Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo y no llamaremos más dios nuestro a la obra de nuestras manos, pues en ti encuentra compasión el huérfano".

5 Yo sanaré su infidelidad, los amaré gratuitamente, pues ha cesado mi ira.

6 Seré como rocío para Israel; él crecerá como el lirio y echará raíces como los árboles del Líbano.

7 Se desplegarán sus ramas, tendrá el esplendor del olivo y como el del Líbano será su perfume.

8 El Señor volverá a ser su protector, de nuevo crecerá el trigo, como la vid florecerán y serán famosos como el vino del Líbano.

9 Efraín no tendrá ya nada que ver con los ídolos Yo escucho su plegaria y velo por él; yo soy como un ciprés lozano y de mí proceden todos tus frutos.

10 ¿Quién es tan sabio como para entender esto? ¿Quién tan inteligente como para comprenderlo? Los caminos del Señor son rectos, por ellos caminan los inocentes y en ellos tropiezan los culpables.

 

**• En este fragmento, estructurado como una liturgia penitencial, Oseas invita al pueblo a "volver" -es decir, a convertirse- al Señor reconociendo el propio pecado como causa de las desgracias actuales. Es necesaria una confesión lúcida y sincera de la culpa; el mismo profeta sugiere palabras para expresarla y el modo de presentarla, acompañada no con víctimas de sacrificio, sino con una vida purificada y la ofrenda de alabanza (v. 3).

Además, es necesaria una decidida renuncia al mal, a compromisos y diversas opciones idolátricas. Libre de todo apoyo humano, el pueblo se encontrará aparentemente pobre, pero será entonces cuando Dios en persona cuidará de él.

A la conversión del pueblo corresponde la "conversión" de Dios: depondrá su ira y con la fuerza de su amor sanará el mal de Israel, perdonará su infidelidad.

Los efectos benéficos de este amor se evocan con imágenes magníficas que recuerdan al Cantar de los Cantares, en una refrescante descripción de vida nueva (cf. La imagen de Dios como rocío). Estas promesas llegan al culmen en el v. 9: Dios será para el pueblo liberado de los ídolos "ciprés frondoso".

El epílogo del redactor, de corte sapiencial, indica que es necesario el discernimiento para comprender el texto de Oseas, porque en él se manifiestan los caminos de Dios, y sólo podrá caminar por ellos quien proceda con rectitud.

 

Evangelio: Marcos 12,28-34

28 Un maestro de la Ley que había oído la discusión y había observado lo bien que les había respondido se acercó y le preguntó: - ¿Cuál es el mandamiento más importante?

29 Jesús contestó: - El más importante es éste: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor.

30 Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento y con todas tus fuerzas.

31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo  como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos.

32 El maestro de la Ley le dijo: - Muy bien, maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él;

33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

34 Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: - No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole.

 

**• La pregunta del escriba nos conduce a una discusión de actualidad en las escuelas rabínicas de aquel tiempo. En la Ley se enumeran 248 mandatos y 365 prohibiciones, agrupados en diversas categorías. La cuestión se plantea a Jesús: Antiguo y Nuevo Testamento se encuentran frente a frente. Quizás aparezca el intento de tender una trampa al joven rabbí. Él solventa la dificultad vendo directamente a lo esencial. De hecho, la respuesta de Jesús no es desconocida: cita el Sheuia' Ytsra'el {"Escucha, Israel"), de Dt 6,4s, que todo israelita repetía en la oración tres veces al día.

A este primer mandamiento, Jesús asocia -el verbo griego indica una relación de fuerte y recíproca interdependencia- un segundo, sacado también de la Sagrada Escritura (Lv 19,18). En esta unión está la originalidad de la respuesta de Jesús al escriba, que reconoce la verdadera síntesis de la Ley y del culto; más aún: el amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús elogia al escriba, y en su respuesta aparece explícito otro elemento novedoso: la cercanía/presencia del Reino de Dios, cuya ley es el amor y, por consiguiente, la libertad.

 

MEDITATIO

Un escriba pregunta a Jesús haciéndose portavoz de todos nosotros, que tratamos de comprender mejor lo que nos pide el Señor. Se trata de una pregunta sencilla que quizás planteamos no por curiosidad, sino con el corazón dispuesto a obedecer. La respuesta no es menos sencilla: Dios, que es amor, quiere de nosotros amor porque quiere hacernos partícipes de su misma vida. Lo que nos manda es, antes que nada, don inaudito, tesoro, fuente de todo bien. Hoy la Palabra nos señala en concreto el horizonte ilimitado de esta realidad nueva y cómo tenemos que actuar para poderlo abarcar en su plenitud. La condición esencial es renunciar a cualquier forma de idolatría: "El Señor nuestro Dios es el único Señor". Pero cuántas veces hemos llamado "dios nuestro" a las obras de nuestras manos, adorando nuestras realizaciones de bienes materiales, de carrera y posición social, de éxito... Y nos hemos hecho esclavos de cosas efímeras, transformando a los hermanos en rivales, perdiendo la libertad tan deseada.

Desde lo hondo de este abismo queremos volver a las altas cimas. Pero no será nuestro esfuerzo el que lo logrará, sino nuestra humildad, nuestra pobreza: mendigos de amor y de paz, recibiremos gratuitamente el don si acogemos al Amor sobreabundante que nos renueva, día tras día, rompiendo las barreras de nuestro egoísmo, traspasando los estrechos horizontes de nuestra capacidad de amar. Entonces, todo hombre se convertirá en "prójimo".

 

ORATIO

Oh Padre, tú eres puro don y de ti viene todo bien: acoge nuestro humilde y frágil deseo de entrar en la región bienaventurada de tu amor. No somos capaces de nada, pero tú mismo has querido derramar en nuestros corazones tu Santo Espíritu, fuente de amor. Haz que acojamos con generosidad un don tan grande. Abre de par en par la capacidad de nuestro corazón para que dejemos que tú mismo, hecho amor en nosotros, llegues a todo hermano que encontremos en el camino. Sabes qué necesidad tenemos todos de experimentar un amor santo que, superando cualquier formalismo convencional, todo cálculo, se manifieste en gestos verdaderamente evangélicos, creativos, capaces de novedad y belleza.

Pero ¿quién sino tú mismo ha puesto en nosotros esta aspiración tan noble? Danos lo que nos mandas, lleva a plenitud lo que has comenzado en nosotros.

 

CONTEMPLATIO

El amor no está sometido al tiempo, conserva siempre su fuego. Algunos piensan que el Señor ha sufrido por amor a los hombres y, como no encuentran este amor en su propia alma, les parece que eso aconteció en un pasado remoto. Pero cuando el alma conoce el amor divino por el Espíritu Santo, percibe con claridad que el Señor es un Padre con nosotros, el más real, el más íntimo, el más cariñoso, el más bueno. Y no existe mayor felicidad que amar a Dios con todo el entendimiento, con toda el alma, con todo el corazón, y al prójimo como a nosotros mismos, como nos lo ha mandado el Señor.

Cuando este amor more en nosotros, todo dará gozo al alma. La gracia viene del amor a nuestro hermano, y es mediante el amor a nuestro hermano como se conserva. Pero si no amamos a nuestro hermano, el amor de Dios no vendrá a nuestra alma.

Si los hombres observasen los mandamientos de Cristo, la tierra sería un paraíso. Todos tendrían lo suficiente y lo indispensable con poco esfuerzo. El Espíritu divino viviría en las almas de los hombres, pues él busca por sí mismo al alma humana y desea vivir en nosotros; si no fija su morada en nosotros, eso sólo se debe al orgullo de nuestro espíritu (Archimandrita Sofronio, San Silonan el Athonita, Madrid 1996, 315).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Todo el que ama ha nacido de Dios v conoce a Dios" ( U n 4,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El flujo y reflujo de la caridad entre Dios y los hombres, este amor que el cristiano, solidario con toda la humanidad, recibe de Dios por todos y a todos remite a Dios, este amor y sólo esto es lo que constituye la victoria de Jesucristo, la misión y el esfuerzo de su Iglesia. Los dos polos de este amor son el amor filial a Dios y el amor fraterno con el prójimo.

El amor filial que ansia en cada momento lo que la esperanza espera; que cree tener todo el amor de Dios para amarlo. El amor filial que desea de Dios incesantemente lo que incesantemente recibe de él, que lo desea tanto como el respirar.

El amor fraterno que ama a cada uno en particular. No de cualquiera de cualquier modo, sino a cada uno como el Señor lo ha creado y redimido, a cada uno como Cristo lo ama. El amor fraterno que ama a cada uno como prójimo dado por Dios, prescindiendo de nuestros vínculos de parentesco, de pueblo, raza o simple simpatía. Que reconoce a cada uno su derecho por encima de nosotros mismos.

Sabemos que hay que amar al Señor "con toda el alma" y "con todas las fuerzas". Pero olvidamos fácilmente que debemos amar al Señor con todo el corazón. Al no recordarlo, nuestro corazón se queda vacío. Como consecuencia, amamos a los demás con un amor más bien tibio. La bondad tiende a ser para nosotros algo externo al corazón. Vemos lo que puede ser útil al prójimo, tratamos de actuar en consecuencia, pero no llega mucho al corazón (M. Delbrél, Las comunidades según el Evangelio, Madrid 1998, 88s, passimj.

Sábado de la tercera semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Oseas 6,1-6

Esto dice el Señor: En su aflicción madrugarán para buscarme. Y dirán:

1 Venid, volvamos al Señor; él ha desgarrado y él nos curará; él ha herido y él vendará nuestras heridas.

2 En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará y viviremos en su presencia.

3 Esforcémonos en conocer al Señor; su venida es tan segura como la aurora; como aguacero descenderá sobre nosotros, como lluvia primaveral que riega la tierra.

4 ¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá? Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío que pronto se disipa.

5 Por eso los he quebrantado por medio de los profetas; los he aniquilado con las palabras de mi boca y mi juicio resplandece como la luz.

6 Porque quiero amor, no sacrificios, conocimiento de Dios, y no holocaustos.

 

*•• El pasaje constituye un acto litúrgico penitencial (vv. 1-3) en el que participa todo el pueblo. El horizonte más lejano que mueve a la conversión es el temor del día del castigo mesiánico anunciado varias veces (cf. 5,9); el contexto próximo es, sin embargo, el actual estado de guerra entre Israel y Judá. El buscar ayuda en el enemigo mortal, Asiría, ha extirpado las regiones septentrionales del reino Norte (732 a.C), con los inevitables horrores de la ocupación, la destrucción y la deportación (cf. 2 Re 15,29; 17,55). El profeta exhorta y amonesta: tantas desgracias han ocurrido porque el corazón estaba lejos del Señor, acallado con sacrificios vacíos, pobre de amor.

Con una imagen frecuente en la Sagrada Escritura (cf. Ex 15,26; Dt 32,29; Is 30,26; Ez 34,16), el pueblo reconoce ser un enfermo (Os 5,13) que recurre a Dios como a su médico: él mismo ha producido la herida con vistas a la enmienda, y sólo él puede curarla (v. 1). YHWH es el señor de la historia. Pero el arrepentimiento del pueblo no es sólo interesado (v. 3), sino también efímero (v. 4). Dios lo sabe bien. Y, sin embargo, no se cansa de invitar a la conversión: su palabra es una espada que inexorablemente hiere para curar (cf. Is 49,2; Heb 4,12): pide amor, no holocaustos (v. 6); confianza, no una simple observancia de prácticas cultuales desgraciadamente hipócritas.

 

Evangelio: Lucas 18,9-14

9 También a unos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola:

10 - Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano.

11 El fariseo, erguido, hacía interiormente esta oración: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos adúlteros; ni como ese publicano.

12 Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de todo lo que poseo".

13 Por su parte, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador".

14 Os digo que éste bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro, no. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

**• Estamos en el contexto de la subida de Jesús a Jerusalén, y la atención se dirige a las condiciones necesarias para entrar en el Reino (cf. Le 18,9-19,28). Aparecen dos personajes contrapuestos, y ambos oran: en su modo de orar se revela su modo de vivir y sus relaciones con Dios y los demás. Ambos, en la oración, dicen la verdad de su existencia.

El fariseo saca a colación sus méritos: se tiene por acreedor de Dios. En el fondo, no necesita de Dios, aunque le dé gracias, al menos formalmente, porque le ha concedido ser tan perfecto. Pero hay más. Su justicia le hace juez, y juez despiadado: tan ciega es la estima que encuentra en sí mismo que cuando mira a los demás sólo es para despreciarlos (v. 11). El publicano, por el contrario, consciente de sus pecados -que le hacen tener la cabeza inclinada-, en realidad está abierto al cielo y espera de Dios todo: golpeándose el pecho, llama a la puerta del Reino, y se le abre.

 

MEDITATIO

Conocer a Dios y conocerse a sí mismo o, mejor, conocerse a sí mismo en Dios: ése es el comienzo de la sabiduría y de la verdadera vida. Todos los santos lo han experimentado. De hecho, ¿qué es el hombre sin Dios?

Un soberbio destinado a la oscura soledad, rodeado de presuntos rivales o de seres juzgados indignos; en resumidas cuentas, un desesperado pillado en el cepo de su egoísmo, de su pecado. ¿Qué es el hombre con Dios? Sigue siendo un orgulloso, un pecador. Pero sabe que precisamente la experiencia del pecado puede convertirse en un lugar en el que Dios -el Misericordioso- revela su rostro.

Vemos, pues, lo importante que es dejar caer las caretas con las que pretendemos ocultarnos, sobre todo a nosotros mismos, la pobreza de nuestro ser, la mezquindad de nuestro corazón, la dureza de nuestros juicios. Uno sólo puede curarse si se reconoce enfermo, necesitado de salvación. Dios espera este momento, incluso hasta lo provoca sabiamente con su pedagogía inconfundible.  Todos somos siempre un poco "fariseos", pero a todos nos brinda Dios poder hacer la experiencia del publicano de la parábola, lograr una auténtica humildad, la que reconoce que Dios es mayor que nuestro corazón y que siempre perdona.

 

ORATIO

Oh Dios, creador del cielo y la tierra, el universo entero es lugar de tu presencia, morada de tu santo nombre. En ti, bajo tu mirada, vivimos, nos movemos y existimos. Todas nuestras palabras y acciones son oración que sube a tu presencia. La verdad de nosotros mismos está patente a tus ojos. El temor nos asalta porque sabemos que nuestro corazón no es puro, que nuestra vida no es santa, y tratamos de ocultarnos y de despreciar a los demás para justificarnos a nosotros mismos; pensamos adornarnos con tantas obras que son pura apariencia. Tratamos, en vano, de buscar una seguridad.

No podemos acallar una voz que desde lo hondo de nosotros mismos nos grita: "¿Por qué actúas así? ¿Qué tratas de buscar con lo que haces?". Es tu voz, Señor, que silenciosamente va creando en nuestro interior un gran vacío: desde este abismo brota, desesperadamente, el único grito verdadero: "Ten piedad de mí, que soy un pecador". El orgullo me mata, humildemente te busco, Señor.

 

CONTEMPLATIO

Me preguntáis [...] si un alma puede acudir a Dios confiadamente conociendo su propia miseria. Respondo que el alma conocedora de su propia miseria no sólo puede tener una gran confianza en Dios, sino que le será imposible alcanzar la verdadera confianza si carece del conocimiento de su propia miseria; porque el conocimiento y la confesión de esta miseria nos introducen en la presencia de Dios. Por eso los grandes santos, como Job, David y otros, comenzaban siempre sus oraciones confesando la propia miseria e indignidad; es, por lo tanto cosa excelente reconocerse pobre, vil, bajo e indigno de comparecer ante el divino acatamiento.

El célebre dicho de los antiguos: "Conócete a ti mismo", se suele interpretar así: "Conoce la grandeza y excelencia de tu alma para no envilecerla ni profanarla con cosas indignas de su nobleza". Pero se interpreta también de esta otra manera: "Conócete a ti mismo, es decir, tu indignidad, tu imperfección, tu miseria.

Cuanto más miserables somos, tanto más debemos confiar en la bondad y misericordia de Dios; porque entre la misericordia y la miseria existe un parentesco tan grande que la una no se puede ejercitar sin la otra.

Si Dios no hubiera creado a los hombres, hubiera sido ciertamente bondadoso, pero no misericordioso, puesto que no hubiera podido ejercitar su misericordia con ninguno, ya que la misericordia se practica con los miserables (Francisco de Sales, Conversaciones espirituales, II)

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Conoces hasta el fondo de mi alma" (Sal 138,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

De la ascesis de pobreza surge cada día un hombre nuevo, todo paz, benevolencia y dulzura. Queda para siempre marcado por el arrepentimiento, pero un arrepentimiento lleno de alegría y de amor que aflora por todas partes y siempre y permanece en segundo plano de su búsqueda de Dios. Este hombre ha alcanzado ya una paz profunda, pues fue quebrantado y reedificado en todo su ser por pura gracia. Apenas se reconoce. Es diferente. En el mismo instante en que tocó el abismo profundo del pecado, fue precipitado al abismo de la misericordia. Ha aprendido a entregar las armas ante Dios, a no defenderse ante él. Está despojado y sin defensa.

Ha renunciado a la justicia personal y no tiene proyectos de santidad. Sus manos están vacías o sólo conservan su miseria, que se atreve a exponer ante la misericordia. Dios se ha hecho verdaderamente Dios para él, y nada más que Dios. Eso es lo que quiere decir Salvator, salvador del pecado. Incluso está casi reconciliado con su pecado, como Dios se ha reconciliado con él.

Para sus hermanos y prójimos se ha convertido en un amigo benevolente y dulce que comprende sus debilidades. No tiene ya confianza en sí mismo, sino sólo en Dios. Es el primer pecador -así lo piensa-, pero pecador perdonado. Por eso debe abrirse, como a un igual y a un hermano, a todos los pecadores del mundo. Se siente cercano a ellos porque no se cree mejor que los demás. Su oración preferida es la del publicano, que se parece a su respiración y al latir del corazón del mundo, su deseo más profundo de salvación y curación: "Señor Jesús, ten piedad de mi, pobre pecador" (A. Louf, A merced de su gracia, Madrid 1991, 125s, passim).

Cuarto domingo de cuaresma Ciclo A

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 16,1b-4a.6-7.10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:

- Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Yo te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque me he elegido un rey entre sus hijos.

4 Samuel hizo lo que le había dicho el Señor.

6 Al entrar ellos, vio a Eliab y se dijo: "Seguramente, éste es el ungido del Señor".

7 Pero el Señor dijo a Samuel:

- No te fijes en su aspecto ni en su gran estatura, que yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón.

10 Jesé hizo pasar a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel le dijo:

- A ninguno de éstos ha elegido el Señor.

11 Entonces, Samuel preguntó a Jesé:

- ¿Son éstos todos tus muchachos?

Él contestó:

- Falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.

Samuel le dijo:

- Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que haya venido.

12 - Jesé mandó a por él. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo:

- Levántate y úngelo, porque es éste.

13 Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en presencia de sus hermanos.

 

*•• Con la unción de David la realeza pasa a la tribu de Judá: se cumple así la predicción de Jacob en su lecho de muerte viendo el futuro de las diversas tribus (Gn 49,8-12). También el anciano Samuel debe aprender a mirar con la mirada de Dios. Pues el Señor "ha visto" (como indica literalmente el v. Ib) entre los hijos de Jesé un rey según su voluntad y manda al profeta a consagrarlo.

¿Cómo conocer entre los jóvenes que desfilan ante él al elegido de Dios? Samuel "ve" las cualidades del primogénito parecidas a las de Saúl, pero el Señor indica otro criterio de discernimiento: el "ver" de Dios es distinto del "ver" humano (v. 7 en el original), porque Dios mira al corazón, no al exterior.

De acuerdo con este mirar divino, Samuel descarta a los hijos mayores de Jesé (vv. 8-10) y procede luego sin dudar a consagrar rey al menor, sin tener en consideración a su padre (v. 12). Sobre este "pequeño" se posará de modo estable (v. 13b) el Espíritu del Señor, ese Espíritu que sólo de modo ocasional había irrumpido en los jueces y que abandonó definitivamente a Saúl (v. 14), repudiado por Dios a causa de su orgullosa desobediencia.

 

Segunda lectura: Efesios 5,8-14

Hermanos:

8 En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Portaos como hijos de la luz,

9 cuyo fruto es la bondad, la rectitud y la verdad.

10 Buscad lo que agrada al Señor

11 y no toméis parte en las obras vanas de quienes pertenecen al reino de las tinieblas; al contrario, desenmascaradlas,

12 pues lo que ésos hacen en secreto, hasta decirlo da vergüenza

13 Pero cuando todo eso ha sido desenmascarado por la luz, queda al descubierto;

14 y lo que queda al descubierto es a su vez luz. Por eso se dice: Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

 

**• El término clave de este fragmento es la palabra luz, en una clara alusión al bautismo, sacramento de la iluminación. Por medio del bautismo, los cristianos se convierten en "hijos de la luz", es decir, en miembros de Cristo, "luz del mundo". Por esta real transformación se consigue, correspondiendo a la gracia, una vida distinta, de modo que las obras de los cristianos sean fruto de la unción recibida, la fragancia de Cristo, el perfume de su nombre, que se difunde para llenar toda la tierra (vv. 8b-10). De la luz se deriva todo lo que es justo, verdadero, bueno. Éstos son los tres frutos principales que menciona el apóstol por su referencia particular a la vida comunitaria: el amor de benevolencia, el respeto al derecho del otro, la sinceridad en las palabras y las acciones.

Una conducta auténticamente cristiana es un rayo de luz que no sólo juzga las tinieblas, sino que las penetra para transformarlas. El discípulo de Cristo es misionero con su vida: despierto del sueño de la muerte -así es la vida bautismal-, despierta a su vez las conciencias, para que su esterilidad se convierta en fecundidad de bien.

 

Evangelio: Juan 9,1-41

1 Mientras caminaba, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento.

2 Sus discípulos, al verlo, le preguntaron: - Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?

3 Jesús respondió: - La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres. Nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse en él.

4 Mientras es de día, debemos realizar las obras del que me envió; cuando llegue la noche, nadie podrá trabajar.

5 Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo.

6 Dicho esto, escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva y lo extendió sobre los ojos de aquel hombre.

7 A continuación le dijo: - Ahora ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa "enviado"). El ciego fue, se lavó y, cuando regresó, ya veía.

8 Sus vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna comentaban: - ¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?

9 Unos decían: - Sí, es el mismo. Otros, en cambio, negaban que se tratase del mismo y decían: - No es él, sino uno que se le parece. Pero él decía: - Soy yo mismo.

10 Ellos le preguntaron: - ¿Y cómo has conseguido ver?

11 Él les contestó: - Ese hombre que se llama Jesús hizo un poco de lodo con su saliva, me lo extendió sobre los ojos y me dijo: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé". Fui,  me lavé y comencé a ver.

12 Le preguntaron: - ¿Y dónde está ahora ese hombre? - No lo sé.

13 Llevaron ante los fariseos al hombre que había estado ciego,

14 pues el día en que Jesús había hecho lodo con su saliva y había dado la vista al ciego era sábado.

15 Así que los fariseos preguntaban a aquel hombre cómo había obtenido la vista. Él les contestó: - Extendió un poco de lodo sobre mis ojos, me lavé y ahora veo.

16 Algunos de los fariseos decían: - Éste no puede ser un hombre de Dios, porque no respeta el sábado. Pero otros se preguntaban: - ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estos signos?. Esto provocó la división entre ellos.

17 Entonces volvieron a preguntarle: - ¿Qué opinas tú sobre el que te dio la vista? Respondió: - Que es un profeta.

18 Los judíos no querían creer que aquel hombre había estado ciego y que había comenzado a ver. Llamaron, pues, a sus padres

19 y les preguntaron: - ¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?

20 Los padres respondieron: - Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego.

21 Cómo es que ahora ve no lo sabemos, ni sabemos quién le ha dado la vista. Preguntádselo a él, que ya tiene edad suficiente para responder por sí mismo.

22 Los padres respondieron así por miedo a los judíos, pues éstos habían tomado la decisión de expulsar de la sinagoga a todos los que reconocieran que Jesús era el Mesías.

23 Por eso sus padres dijeron: "Preguntádselo a él, que ya tiene edad suficiente".

24 Entonces llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: - Dinos la verdad delante de Dios. Sabemos que este hombre es un pecador.

25 Entonces él respondió: - Yo no sé si es un pecador o no. Lo único que sé es que yo antes estaba ciego y ahora veo.

26 Y volvieron a preguntarle: - ¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista?

27 Él les contestó: - Ya os lo he dicho, y no me habéis hecho caso, ¿para qué queréis oírlo otra vez? ¿O es que queréis también vosotros haceros discípulos suyos?

28 Ellos entonces se pusieron a insultarlo: - Discípulo de ese hombre lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.

29 Nosotros sabemos muy bien que Dios habló a Moisés; en cuanto a éste, ni siquiera sabemos de dónde es.

30 Él replicó: - Esto es lo sorprendente. Resulta que a mí me ha dado la vista y vosotros ni siquiera sabéis de dónde es.

31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; en cambio, escucha a todo aquel que le honra y cumple su voluntad.

32 Jamás se ha oído decir que alguien haya dado la vista a un ciego de nacimiento.

33 Si este hombre no viniese de Dios, no habría podido hacer nada.

34 Ellos replicaron: - ¿Es que también pretendes darnos lecciones a nosotros, tú, que estás envuelto en pecado desde que naciste? Y lo echaron fuera.

35 Jesús se enteró de que lo habían echado fuera y, cuando se encontró con él, le preguntó: - ¿Crees en el Hijo del hombre?

36 El ciego le preguntó: - Y ¿quién es, Señor, para que pueda creer en él?

37 Jesús le contestó: - Ya lo has visto. Es el que está hablando contigo.

38 Entonces aquel hombre dijo: - Creo, Señor. Y se postró ante él.

39 A continuación, Jesús declaró: - Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver.

40 Al oír esto, algunos fariseos le preguntaron: - ¿Acaso también nosotros estamos ciegos?

41 Jesús respondió: - Si estuvieseis ciegos, no seríais culpables; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece.

 

**• La narración del milagro del ciego de nacimiento cobra todo su alcance teológico (kerigmático, pascual y bautismal a la vez) en el contexto en que aparece: la fiesta de las Tiendas (Jn 7-10), durante la cual Jesús se revela como "luz del mundo" (8,12), suscitando la consecuente polémica con los judíos. El milagro acontece en las inmediaciones del templo por obra del mismo Jesús. El enfermo no pide nada. Es Jesús quien le mira. Sólo de un modo secundario los discípulos toman la palabra, mientras que el ciego no dice nada todavía. Y el discurso aborda un tema fundamental: el significado del sufrimiento, que, según la mentalidad de aquel tiempo, estaba vinculado al pecado. Jesús afirma claramente: "No ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres".

La ceguera (sufrimiento) indica más bien la situación natural del hombre. Todos somos ciegos de nacimiento. Todos estamos "enfermos", y enfermos de una enfermedad tan grave que no nos quedan fuerzas para acudir al único que puede curar. Es el Médico quien toma la iniciativa. Sus acciones están calcadas de las de la primera creación (cf. el barro aplicado a los ojos: v. 6). Para que el hombre pueda ver la luz, se precisa una nueva creación. Luego Jesús da un mandato al ciego, quien - a diferencia del primer Adán obedece. El no conoce a Jesús, pero su obediencia es el acto de una gran fe, del total abandono. De él brota una sabiduría que viene de lo alto: sabe dar verdadera gloria a Dios con las palabras y con la adoración.

 

MEDITATIO

En el camino de la cuaresma hoy brilla una luz particular que nos invita a encontrarnos con mayor profundidad con el Señor Jesús. El ciego ha seguido un proceso desde las tinieblas a la luz de la fe en Jesús, que le habla, que está delante de él. Creer que alguien le ha dado la vista no es tan difícil. Encontrarse en una situación determinada de un hecho y reconocerlo es ya tener cierta fe. Pero encontrarse de tú a tú con el que ha cambiado nuestra situación, con el que nos ha sacado de la noche de la ceguera y nos ha hecho pasar a la claridad de su día es la fe madura a la que debemos llegar. Debemos ir más allá del creer ser cristianos, para manifestar con toda nuestra vida este encuentro que nos vincula indisolublemente al Señor Jesús como su fuente.

Jesús no nos pide creer en una doctrina abstracta, sino que quiere una adhesión plena e incondicional a su persona. Nos pregunta: "¿Quieres encontrarte conmigo para vivir para mí?". Todos los días y a todas horas, el Señor es el que está ante nosotros y nos habla. Si él es mi luz, veo en su luz y me convierto en una manifestación transparente de las obras de Dios para su gloria.

 

ORATIO

Aquí estamos, Señor Jesús, luz radiante de la gloria del Padre, a tus pies, como ciegos ignorantes de su enfermedad. Míranos, hijo de David, como miraste a tus discípulos cargados de sueño, en la luz del Tabor. Despiértanos, Señor Jesús, verdadero sol sin ocaso; ilumínanos y quedaremos radiantes. Cúranos, Señor Jesús, con el leve rozar del dedo de Dios y con la Palabra que abre los ojos y corazones a la luz. Envíanos, Señor Jesús, a la perenne piscina del bautismo de vida nueva.

Danos a tu Madre, Señor Jesús, cántaro de oro para sacar agua viva de la fuente perenne de tu corazón traspasado por nosotros en la cruz. Guárdanos, amoroso Jesús, en la prueba de la fe por la que todos pasamos, como la pasaste tú, Señor. Manifiéstate, Señor Jesús, luz gozosa del día eterno, poniendo sobre nuestros labios el grito del ciego curado: "¡Creo, Señor!".

 

CONTEMPLATIO

Nuestro Señor dijo: "Yo soy la luz del mundo"[...].

"Abandona tu luz, que en realidad es tiniebla frente a mi luz, y me es contraria; puesto que yo soy la Luz verdadera, quiero darte, en vez de tus tinieblas, mi luz eterna, para que sea tan tuya como mía, y con mi luz te daré mi ser, mi vida, mi beatitud y mi alegría" [...].

Hay que indicar el modo y el camino para lograr la verdadera luz. Se trata de la verdadera renuncia del hombre a sí mismo y una pura, profunda y exclusiva intención de amar a Dios y no nuestras cosas: desear únicamente el honor y la gloria de Dios y atribuir todo inmediatamente a Dios, provenga de donde provenga, y dárselas a él sin escapatorias ni mediaciones: éste es el verdadero camino recto. Él es la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Ninguno recibe esta luz, excepto los pobres de espíritu y de voluntad propia. Hijos carísimos, poned en obra lo que podáis, tanto espiritual como naturalmente, para que esta luz verdadera resplandezca en vosotros y podáis gustar la luz. Pedid a los amigos de Dios que os ayuden; juntaos con los que se adhieren a Dios para que os atraigan a Dios.

Que todos nosotros podamos cumplirlo. Nos ayude Dios amable. Amén (J. Taulero, Sermone dal Vangelo di Giovanni per il lunedi prima della vigilia delle Palme, en // fondo dell'anima, Cásale Monf. 1997, 102-108, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "En ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz" (Sal 35,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ciegos y sordos, debemos comenzar por escuchar lo que se nos dice, por una escucha paciente; llegar a creer, a ver la luz del día, a esperar. Esperar todo de ti significa vivir de gracia. Estoy convencido de que la Biblia es un libro de esperanza. En cuestión de esperanza, cada mañana tú eres nuestra esperanza. Aquí estamos juntos, nosotros, que esperamos conocerte un día, verte cara a cara. Y seremos iluminados con tu mirada: con-vivientes.

Tú eres nuestra esperanza: en nuestro corazón se abre un camino, una calzada de felicidad. En este tema, en cuanto puedo entenderlo, descubro una cosa: lo que entrevemos de ti entre todos, elegido, mirado, amado, soy yo. Sí, quiero [...]. Sí, esperar es como reconocer ante ti lo sorprendente que soy. Cuando decía: "Que las tinieblas me encubran" la noche se hizo luz en torno a mí (cf. Sal 138). La humanidad está llamada a convertirse en rostro: "Verán tu rostro... no habrá más noche... porque el Señor Dios los alumbrará, y reinarán" (Ap 22). Cada uno oirá decir: "Álzate, revístete de luz, porque llega tu luz, y la gloria del Señor brilla sobre ti" (Is 60). Sí, nos espera un futuro de luz, y ya nos es concedido vivirlo: ya somos hijos de la luz (cf. Col 1,23). Yo... ¿Y los otros? La esperanza es la puerta que se abre a la novedad y me da un mandamiento nuevo, el mandamiento de la novedad de la que quieres hacernos cómplices, enamorados. Esperar es corrosivo [...]. Sí, este siervo humilde despreciado, desfigurado, verá la luz y será colmado (Frére Ch. Lebreton, en Piü forti dell'odio. Gli scritti dei monaci trappisti uccisi in Algeria. Cásale Monf. 1997, 1 37-143, passim).

 

Cuarto domingo de cuaresma Ciclo B

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Crónicas 36,14-16.19-23

14 Del mismo modo, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo pecaron sin cesar, practicando las abominaciones idolátricas de las naciones y contaminando el templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén.

15 El Señor, Dios de sus antepasados, en su afán de salvar a su pueblo y a su templo, les envió continuos mensajeros.

16 Pero se burlaron de ellos, menospreciaron sus palabras y se burlaron de sus profetas, colmando la ira del Señor contra su pueblo hasta tal punto que ya no hubo remedio.

19 El templo del Señor fue pasto de las llamas, las murallas demolidas, los palacios incendiados y todos los objetos preciosos destruidos.

20 Nabucodonosor deportó a Babilonia a los que habían escapado de la espada, los cuales pasaron a ser esclavos del rey y de sus hijos hasta el advenimiento del imperio persa.

21 Así se cumplió la Palabra del Señor pronunciada por Jeremías: "La tierra descansará asolada durante setenta años hasta que recupere sus años de descanso sabático".

22 El año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la profecía de Jeremías, el Señor despertó el espíritu de Ciro, rey de Persia, que publicó de palabra y por escrito por todo su reino este edicto:

23 "Así dice Ciro, rey de Persia: El Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que de entre vosotros pertenezcan a su pueblo, que vuelvan, y que el Señor su Dios esté con ellos".

 

**• Este fragmento, puesto como conclusión de los libros de las Crónicas, es una lectura sintética en clave teológica de la historia del Reino de Judá: se desatiende la alianza con Dios, domina el influjo de los cultos idolátricos, el templo de Dios está contaminado. A la infidelidad creciente del pueblo, Dios opone la delicadeza de un amor fiel. Envía profetas para llamar al camino de la verdad, pero en vano. Para conducir al pueblo a la salvación deberá entonces hacer que pase por el crisol del sufrimiento: la devastación del templo y la ciudad, la amargura de un largo destierro, devolviendo a la tierra de Judá el reposo sabático del que se había visto privada.

Los versículos conclusivos (22s), que aparecen literalmente en Esdras 1,1-3b, contienen el edicto de Ciro y ponen una nota de optimismo y esperanza. YHWH, Señor de la historia, confía a un rey extranjero la tarea de reconstrucción del templo de Jerusalén. No se trata sólo de una obra material, pues está unida a la restauración moral y espiritual. La referencia continua a la palabra de los profetas (vv. 15.21s) subraya la fidelidad-verdad de Dios: él actúa siempre según un designio de salvación, pero exige al hombre la acogida dócil y la colaboración activa.

 

Segunda lectura: Efesios 2,4-10

4 Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor,

5 aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo -¡Por pura gracia habéis sido salvados!-,

6 os resucitó y nos sentó con él en el cielo.

7 De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la  excelsa riqueza de su gracia, hecha bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

8 Por la gracia, en efecto, habéis sido salvados mediante la fe; y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios;

9 no viene de las obras, para que nadie pueda presumir.

10 Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta.

 

*» Creando un fuerte contraste con los versículos precedentes -donde se pinta un cuadro de muerte y de pecado-, Pablo describe el designio de salvación del Señor.

Amor y vida son los dos términos esenciales. La redención revela que Dios es amor y gracia a rebosar. El mediador de la salvación es Jesucristo: asumiendo un cuerpo semejante al nuestro, con su muerte vence nuestra muerte, con su resurrección nos abre el camino. Como don gratuito, la humanidad ha sido asociada a la glorificación de Cristo. Como ya aparecía en la Carta a los Romanos, el apóstol utiliza un léxico sumamente significativo para poner de relieve la participación en la suerte de Cristo: con-vivificados, con-resucitados, sentados con él en los cielos (vv. 5s).

En virtud de esta unión con él, la naturaleza y la historia del mundo resultan, a los ojos del Padre, unitarias y sencillas: son la misma historia de Jesús. Volviendo con la afirmación del v. 5, Pablo desarrolla el tema de la gracia. La omnipotencia de Dios se manifiesta en su amor. Frente a esta gratuidad, desaparece toda obra humana o, mejor, el mismo hombre se convierte en nueva criatura y sus obras no son sino el desbordar de la gracia divina en él. Desaparece cualquier asomo de vanagloria: sólo hay lugar para la gratuidad, la eucaristía.

 

Evangelio: Juan 3,14-21

14 Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto

15 para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

16Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

17 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo; sino para salvarlo por medio de él. ,

18 El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

19 El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal.

20 Todo el que obra mal detesta la luz y la rehuye por miedo a que su conducta quede al descubierto.

21 Sin embargo, aquel que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que él hace está inspirado por Dios.

 

*•• En la presente lectura, que continúa la respuesta a Nicodemo, Jesús revela su propia identidad y la suerte que le espera, la misión recibida del Padre y su desenlace entre los hombres. Después de haberse identificado con la figura gloriosa del Hijo del hombre bajado del cielo (v. 13), Jesús se parangona con la serpiente de bronce que Moisés había alzado en el desierto para librar de la muerte segura al pueblo pecador (Nm21,8s).

Para comprender el pasaje, es preciso adentrarse en el mundo de los símbolos, tan característico del cuarto evangelio. La serpiente recuerda la muerte, pero también su antídoto. De hecho, en la civilización en contacto con Israel, la serpiente era figura de la fecundidad. La elevación de Jesús en la cruz como maldito, aunque represente el culmen de la ignominia, constituye también el máximo de su gloria. Encontramos aquí la primera expresión de la teología joanea que hace coincidir la elevación en la cruz con la glorificación de Cristo, porque precisamente en la cruz se manifiesta en todo su esplendor el amor salvífico de Dios. Todo esto lo desarrolla en los versículos sucesivos: es el amor el que mueve al Padre a entregar al Unigénito para que el hombre pase del pecado a la vida eterna (v. 16). Pero este don exige la acogida de la fe: en el desierto había que mirar a la serpiente de bronce, ahora se debe creer en Jesús. El envío del Hijo es para una misión de salvación (v. 17), y cada uno, con su adhesión o su rechazo, hace una opción que implica un juicio.

 

MEDITATIO

La Palabra nos invita ante todo a reflexionar sobre la vida humana como viaje de regreso a la casa del Padre, viaje no individual, sino como pueblo, como humanidad: no podemos quedarnos indiferentes con la suerte de nuestros hermanos. La Iglesia -cada cristiano- siente que debe vivir cada vez más en Cristo para poder dar vida a quien yace "en las tinieblas y sombra de muerte".

Teniendo la mirada fija en él, la comunidad cristiana puede alimentar la lámpara de la esperanza. Pues Cristo, sacerdote y víctima, es el documento con el que el Padre celestial nos declara su amor infinito, nos revela su designio de salvación y nos invita a acoger su don. Deseamos la vida, pero estamos rodeados por la realidad de muerte. Para que crezca la vida, es preciso insertarnos en la fuente de la vida que es Cristo, es necesario hacer de la vida presente un don.

El tiempo con Jesús, vivido minuto a minuto, adquiere un significado nuevo. Él se presenta como elevado en la cruz, pero también como glorificado en el sufrimiento.

En él se nos brinda la visión concreta y desconcertante del amor de Dios. Si tenemos los ojos fijos en el Crucificado, poco a poco, como fuente viva, brotará en nosotros el testimonio del Espíritu: Cristo "me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20). Y esta fuente no dejará nunca de borbotear su canto de amor en el que confluyen lágrimas de arrepentimiento y lágrimas de alegría. Por pura gracia estamos salvados mediante la fe, por gracia, por gracia...

 

ORATIO

Jesús, sacerdote eterno, que sabes compadecerte de nuestras enfermedades, que has sido probado en todo, tenemos los ojos puestos en ti: somos tuyos, acógenos. Déjanos oír hoy tu voz, tu Palabra, para que no se endurezcan nuestros corazones. Haz que también nosotros nos dejemos herir por el amor y el dolor para adherirnos con fe a la santísima voluntad del Padre.

Tú has sido fiel hasta la cruz para abrirnos el camino del santuario del cielo, donde habrá plena paz. Haznos sentir hoy, cada vez con más intensidad, la urgencia de llegar a ser santos, totalmente dados a los demás para ayudarles, confortarles, ser para ellos fieles compañeros de camino. No es mérito nuestro el haberte encontrado y conocido: es don de tu gracia, que siempre nos renueva y nos sorprende; que todos los hombres puedan leer en nuestro rostro el gozo de pertenecerte, el anhelo de anunciarte, el deseo de vivir para siempre en la Jerusalén celestial, en el seno de la Santísima Trinidad.

 

CONTEMPLATIO

¡Inefables entrañas de la misericordia divina! ¡Piedad inmensa, digna de la más profunda admiración! Para librar al esclavo has entregado al Hijo. Él nos ilumina y benévolamente nos enseña el camino de la humildad, del amor y de toda virtud...

Lo prendieron para librarnos a nosotros del yugo de la esclavitud. Lo hicieron prisionero para liberarnos a nosotros, prisioneros de la mano del enemigo. Lo vendieron por dinero para comprarnos con su sangre. Lo despojaron para revestirnos de inmortalidad. Se burlaron de él para arrebatarnos de las burlas de los demonios.

Fue coronado de espinas para desarraigar de nosotros las espinas y cardos de la antigua maldición. Fue humillado para ensalzarnos. Por todas estas cosas, te doy gracias y alabo tu nombre, oh Padre santo (Juan de Fécamp, Confessio theologica, 26, Milán 1986, 65s, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús vino ciertamente para padecer, pero su ideal no es la cruz, sino la obediencia, ese modo de vivir la relación con su Padre, testimoniarlo hasta el fondo, sin echarse atrás ante la dificultad ni ante el interrogante más dramático de su vida. El ideal de Jesús es único: la obediencia, una obediencia que no acaba en la muerte, porque quien muere de ese modo sólo puede concluir en la resurrección. La obediencia tiene como contenido el don de sí mismo por nosotros, la donación de Jesús a nosotros. El ideal de Jesús no es el dolor.

¿La cruz de Jesús es una palabra dirigida al dolor humano que, queriendo realizar el ideal del bien, de la justicia, de la virtud, encuentra y padece contradicción? ¿O es también una palabra para el dolor humano en todas sus facetas, para el dolor que nos viene sin buscarlo, sin quererlo, el dolor repentino, el dolor que parece llegar de modo absurdo? La respuesta es única: la cruz del Señor es una palabra para todo el dolor humano. El cristiano no dice: padecemos el dolor, Jesús también lo padeció. Ha aprendido, más bien, a razonar de otro modo. Ha aprendido que la cruz de Jesús es precisamente su dolor, el nombre que se debe dar también al dolor humano. El cristiano mira al crucifijo, ve el dolor de Jesús y dice: este dolor es una palabra para el dolor del hombre, que no puede tener otro nombre que el nombre de la cruz. Si redujésemos la cruz de Jesús a un caso particular de dolor del mundo, no cambiaría nada. Dar un nombre significa la posibilidad de encontrar un sentido. Vivir tiene significado si lleva consigo dolor. La resurrección de Cristo me lo recuerda en cuanto es el éxito de un padecer y morir que no ha puesto en tela de juicio el sentido de la vida.

Esta es la pretensión del cristiano frente al dolor, que él llama cruz: la pretensión de que esta realidad, tan difícil y misteriosa, tenga una posibilidad de sentido (G. Moioli, La parola della croce, Viboldone 1987, 51-54, passim).

 

Cuarto domingo de cuaresma Ciclo C

 

LECTIO

Primera lectura: Josué 5,9a.l0-12

9 El Señor dijo a Josué: - Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto.

10 Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la pascua el día catorce de aquel mes, al atardecer, en la llanura de Jericó.

11 Desde el día siguiente a la pascua empezaron a comer de los frutos de la tierra, panes ácimos y trigo tostado.

12 Entonces dejó de caer el maná, y los israelitas ya no volvieron a tener maná; aquel año se alimentaron de los frutos de la tierra de Canaán.

 

*•• Tras el largo y fatigoso caminar por el desierto, el pueblo elegido -al que Dios no duda en llamar reiteradamente "hijo"- llega desde la dura esclavitud de Egipto al umbral de la Tierra prometida. Acababa de efectuar el rito de la circuncisión (vv. 3-5) como signo de purificación y renovación de la alianza. Se celebra la pascua "al atardecer". Es una noche solemne como la del comienzo del Éxodo, vigilia cargada de esperanza. Al "día siguiente" (v. 11) Israel experimenta la poderosa intervención del Señor; Dios declara solemnemente a Josué: "Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto" (v. 9).

Y el "signo" es: el pueblo que durante cuarenta años se había alimentado con el maná, pan de lágrimas -puro don del Señor- ahora por primera vez gusta de los frutos de la región. Israel circuncidado, es decir, santificado, tiene la experiencia filial de llegar a casa.

 

Segunda lectura: 2 Corintios 5,17-21

17 De modo que si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura; lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo.

18Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.

19 Porque era Dios el que reconciliaba consigo al mundo en Cristo, sin tener en cuenta los pecados de los hombres, y el que nos hacía depositarios del mensaje de la reconciliación.

20 Somos, pues, embajadores de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios.

21 A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado para que, por medio de él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios.

 

**• La perícopa comienza con la afirmación esencial del cristianismo: si la humanidad ha muerto y resucitado con Cristo, todo lo viejo (lo que está bajo la ley del pecado) ha desaparecido. Lo que cuenta es la criatura nueva. El hombre viejo ha sido sepultado en el bautismo.

Surge del agua el hombre nuevo. Esta transformación es pura gracia. El género humano, inmerso en el pecado, no podía volver a Dios con sus propios medios. En su amor sobreabundante (cf. Ef 2,4; Rom 5,8), Dios envió a su Unigénito para llevar a cabo la reconciliación con su inmolación. Estamos salvados "por Cristo" y "en Cristo". Ambas expresiones no son una repetición, sino una profundización; equivale a decir que, una vez reconciliados por los méritos de Cristo, hemos sido injertados en él y nos hemos convertido con él en cooperadores de la obra de salvación. De hecho, en el v. 20 se nos confía una misión específica: somos embajadores

de Cristo; a través de nosotros, Dios quiere exhortar a todos a dejarse reconciliar. La misión exige adhesión plena y libre a su voluntad. Pablo propone un motivo altísimo para suscitar el asentimiento: el Justo se ha hecho pecado para que los pecadores llegasen a ser justicia. Él ha querido hacerse solidario de nosotros, ¿no nos haremos nosotros solidarios con él?

 

Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32

1 Entre tanto, todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: - Este anda con pecadores y come con ellos.

11 Entonces Jesús les dijo esta parábola: " - Un hombre tenía dos hijos.

12 El menor dijo a su padre: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde". Y el Padre les repartió el patrimonio.

13 A los pocos días, el hijo menor recogió sus cosas, se marchó a un país lejano y allí despilfarró toda su fortuna viviendo como un libertino.

14 Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran carestía en aquella comarca, y el muchacho comenzó a padecer necesidad.

15 Entonces fue a servir a casa de un hombre de aquel país, quien le mandó a sus campos a cuidar cerdos.

16 Habría deseado llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

17 Entonces recapacitó y se dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre!

18 Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

19 Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".

20 Se puso en camino y se fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio, y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos.

21 El hijo empezó a decirle: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".

22 Pero el padre dijo a sus criados: "Traed, enseguida, el mejor vestido y ponédselo; ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies.

23Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta,

24 porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado". Y se pusieron a celebrar la fiesta.

25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando vino y se acercó a la casa, al oír la música y los cantos

26llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba.

27 El criado le dijo: "Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano".

28 Él se enfadó y no quería entrar. Su padre salió a persuadirlo,

29 pero el hijo le contestó: "Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos.

30 Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado".

31 Pero el padre le respondió: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.

32 Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado".

 

**• Se ha definido el de Lucas como el "evangelio de la misericordia". El capítulo 15 está precisamente en el centro: comprende tres parábolas de la misericordia que son similares en la estructura pero están dispuestas in crescendo: el dracma perdido, la oveja descarriada, el hijo pródigo que pide su parte de herencia y se va. A mayor lejanía corresponde mayor amor: por la moneda y la oveja encontradas se celebra una fiesta; por el hijo recobrado se mata el ternero cebado y se le pone el anillo y el traje real.

Se trata de una página evangélica que no necesita exégesis. Sólo recalcar algunas cosas. En primer lugar, el contexto de las tres parábolas: Jesús está rodeado de "pecadores" y "come" con ellos (para la mentalidad hebrea, esta acción denotaba una profunda comunión). A su vez, los pecadores -todos- "se acercan" a él; es decir, le consideran amigo. Los escribas y fariseos "murmuran", se escandalizan y censuran el modo de actuar de Jesús, que es contrario a la Ley. El protagonista de las parábolas es siempre Dios, al que Jesús ha venido a revelar. En la narración del hijo pródigo aparece la situación de la humanidad, muy bien representada en los dos hermanos. A causa del pecado, el hombre se siente esclavo de un amo, viva como viva su esclavitud: con rebelión o con sumisión sin amor. Todo se convierte en pretexto o cálculo para que la vuelta, tras la rebelión, del hijo menor revele lo que hay en el corazón del hermano mayor y en el rostro auténtico del "amo": en realidad, el amo es el Padre rebosante de amor. Su misericordia cura las profundas heridas causadas por la rebelión. Su ternura se manifiesta como una invitación a la fiesta y a la comunión, que no pueden ser totales hasta que participen todos. Esta plenitud tiene como precio la pasión y muerte de Cristo. "Un hombre tenía dos hijos..." así comienza la parábola: es la humanidad desgarrada.

 

MEDITATIO

Dirijamos nuestro corazón y nuestros deseos a Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros. Todas las lecturas hablan de retorno. Se trata de una palabra importante para un cristiano, estrechamente unida a otra: conversión. Todo retorno, para ser auténtico, exige una purificación, un cambio, la renovación del corazón.

En la parábola del hijo pródigo se describe el viaje de cada uno de nosotros desde la lejanía, cansados por el pecado, a la semejanza creada por el amor. Este regreso se realiza recorriendo el camino que el mismo Padre ha abierto a los hombres, Jesús, el mediador, el sacerdote eterno. Jesús se revela como "el hombre para los demás": es camino para todos y todos pueden caminar por él. Por este camino que es el mismo Cristo va el hijo pródigo después de decidir "levantarse". El pecado, de hecho, envilece, humilla, quita dignidad. En este hijo está representado el género humano; en él estamos todos.

Quizás no nos alejamos físicamente, sino sólo en nuestro interior: en esto nos parecemos más al hijo mayor. Quizás hemos ido tan lejos que ya ni siquiera sabemos dónde estamos: hemos perdido el sentido de la orientación cuando en nuestro entorno nada nos recuerda algo familiar, cuando nos pesa la soledad; entonces se siente el más sincero deseo, que brota desde lo más hondo del corazón; es la voz del Padre, que nunca nos ha abandonado. Es la hora de decidir. Uniéndonos a Cristo, también nosotros, pecadores perdonados, deberemos ser unos con otros el cordero que se inmola. Y, al mismo tiempo, deberemos evitar protestar como el hijo mayor, pues no es ésta la actitud propia de un cristiano. Si sentimos que la protesta brota en nuestro interior, invoquemos inmediatamente la ayuda del Señor, porque, de lo contrario, nos alejaremos de la casa de la comunión. Quien está unido a Cristo se convierte en salvación para los demás y participa en la fiesta no como espectador, sino ofreciéndola personalmente, con alegría.

 

ORATIO

Jesús, has venido a acompañarnos para emprender con nosotros, como hijo pródigo, lejos de la casa del Padre, lejos de la gloria del cielo, el regreso. Tu corazón siempre ha estado rebosante de nostalgia y amor: tus palabras hacen que ardan de deseo nuestros corazones, porque en ti encontramos a un hermano; en ti descubrimos lo que significa hacerse solidario con los pobres, con los miserables, con los privados de todo, incluso de la esperanza.

Jamás nosotros nos atreveríamos a presentarnos al Padre. Te has vestido con nuestros jirones y has llamado el primero a la puerta. Contigo, detrás de ti, hemos entrado nosotros, y nos ha sorprendido el amor.

 

CONTEMPLATIO

Oh Dios, alejarse de ti es caer, volver a ti es resurgir, permanecer en ti es construirse sólidamente; oh Dios, salir de ti es morir, encaminarse a ti es revivir, habitar en ti es vivir [...]. Recíbeme a mí, tu siervo, que huyo de las cosas engañosas que me acogieron mientras huía de ti. Siento que debo volver a ti; llamo para que se abra tu puerta; enséñame cómo se puede llegar hasta ti. No tengo nada más que tu buena voluntad. Sólo sé que se deben despreciar las cosas caducas y pasajeras y que se deben buscar las cosas eternas.

Es todo cuanto sé, oh Padre, porque sólo esto he aprendido, pero ignoro de dónde hay que partir para llegar a ti. Sugiéremelo tú, muéstrame el camino y dame lo necesario para el viaje. Si con la fe te encuentran los que vuelven a ti, dame la fe; si con la virtud, concédeme la virtud; si con el saber, dame el saber. Auméntame la fe, auméntame la esperanza, auméntame la caridad, oh bondad admirable y singular (san Agustín, Soliloquios, I, 2-4, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Me enseñarás el sendero de la vida" (Sal 15,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Observando al Padre logro distinguir tres caminos que llevan a una auténtica paternidad misericordiosa: el dolor, el perdón y la generosidad. Puede parecer extraño que el dolor conduzca a la misericordia. Pero así es. El dolor me lleva a dejar que los pecados del mundo -incluidos los míos- desgarren mi corazón y me hagan derramar lágrimas, muchas lágrimas por ellos. Si no son lágrimas que brotan de los ojos, por lo menos son lágrimas del corazón. Este olor es oración.

El segundo camino que conduce a la paternidad espiritual es el perdón. Por el perdón constante es como vamos llegando a ser como el Padre. Él perdón es el camino para superar el muro y acoger a los demás en el corazón sin esperar nada a cambio.

El tercer camino para llegar a ser como el Padre es la generosidad. En la parábola, el Padre del hijo que se va no sólo le da todo lo que le pide, sino que le colma de regalos cuando vuelve. Y al hijo mayor le dice: “Todo lo mío es tuyo". El Padre no se reserva nada. Lo mismo que el Padre se vacía de sí mismo por sus propios hijos, así debo darme a mis hermanos y hermanas. Jesús deja entender a las claras que en esta oblación está el signo del verdadero discípulo: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Darse supone una auténtica disciplina, porque no es algo que brota automáticamente. Cada vez que doy un paso en dirección a la generosidad, me muevo del temor al amor.

Como Padre, debo creer que todo lo que el corazón humano desea se puede encontrar en casa. Como Padre, debo tener el valor de asumir la responsabilidad de una persona espiritualmente adulta y creer que el gozo verdadero y la satisfacción plena sólo pueden venir acogiendo en casa a los que han sido ofendidos y heridos en el viaje de su vida y amándolos con un amor que no pide ni espera nada a cambio.

Se da un vacío terrible en esta paternidad espiritual. Pero este vacío terrible es también el lugar de la verdadera libertad. Libre de recibir la carga de los otros, sin necesidad de valorar, clasificar, analizar. En este estado del ser que no se permitiría nunca juzgar, puedo engendrar una confianza liberadora (H. Nouwen, L'abbraccio benedicente, Brescia 1994, 190-199, passim).

Lunes de la cuarta semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 65,17-21

Esto dice el Señor:

17 Mirad, voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; lo pasado no se recordará, ni se volverá a pensar en ello,

18 sino que habrá alegría y gozo perpetuo por lo que voy a crear. Pues convertiré en gozo a Jerusalén y a sus habitantes en alegría;

19 me gozaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, y ya no se oirán en ella llantos ni lamentos.

20 Ya no habrá allí niños malogrados, ni ancianos que no colmen sus años; pues será joven quien muera a los cien años, y el que no llegue a ellos se tendrá por maldito.

21 Construirán casas y vivirán en ellas, plantarán viñas y comerán su fruto.

 

         **• El pueblo, vuelto del destierro, cede una vez más a la tentación de los cultos idolátricos. Se resiste a la voz del Señor, olvidando invocar su nombre (vv. 1-7) y provocándolo de este modo. Es cuando interviene el profeta: recuerda que Dios es un juez justo que asigna una suerte muy distinta a sus siervos fieles o a los rebeldes (vv. 8-16a). En este contexto, el fragmento propuesto abre una espiral de luz sobre el futuro, revelando las dimensiones del plan de Dios, que no se limita al destino de los individuos, sino que abarca a todo el cosmos.

Pronto se olvidarán de las fatigas pasadas, porque el Señor se dispone a ejecutar una "nueva" creación inundada de alegría. En estos versículos parecen entrelazarse el canto del corazón de Dios y el de la humanidad: al gozo de Dios por su ciudad santa, por su pueblo renovado interiormente, responde la alegría del pueblo por las maravillas de esta re-creación. El profeta utiliza las más bellas imágenes sacadas de la vida humana para expresar lo inefable, para indicar la vida de comunión con Dios: en la nueva Jerusalén se disipará cualquier asomo de tristeza, cesará la difundida mortalidad infantil, la longevidad será admirable, la libertad y la estabilidad política garantizarán una vida próspera y serena.

La obra salvífica del Señor transformará el mundo: es una promesa cuyo cumplimiento es Jesús, y llegará a plenitud al final de los tiempos.

 

Evangelio: Juan 4,43-54

43 Jesús partió de Samaría y prosiguió su viaje hacia Galilea.

44 El mismo Jesús había declarado que un profeta no es bien considerado en su propia patria.

45 Cuando llegó a Galilea, los galileos le dieron la bienvenida, pues también ellos habían estado en Jerusalén por la fiesta de la pascua y habían visto todo lo que Jesús había hecho en aquella ocasión.

46 Jesús visitó de nuevo Cana de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún.

47 Cuando se enteró de que Jesús venía de Judea a Galilea, salió a su encuentro para suplicarle que fuese a su casa y curase a su hijo, que estaba a punto de morir.

48 Jesús le contestó: - Si no veis signos y prodigios sois incapaces de creer.

49 Pero el funcionario insistía: - Señor, ven pronto, antes de que muera mi hijo.

50 Jesús le dijo: - Vuelve a tu casa; tu hijo ya está bien. El hombre creyó en lo que Jesús le había dicho, y se fue.

51 Cuando volvía a casa, le salieron al encuentro sus criados para darle la noticia de que su hijo se había puesto bueno.

52 Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado la mejoría. Los criados le dijeron: - Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre.

53 El padre comprobó que la mejoría de su hijo había comenzado en el mismo momento en que Jesús le había dicho: "Tu hijo ya está bien"; y creyeron en Jesús él y todos los suyos.

54 Este segundo signo lo hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

 

        **• La presente narración de una curación a distancia quiere revelarnos a Jesús como Palabra de vida. El Maestro vuelve a Galilea, donde es bien recibido porque se ha difundido la fama de lo que había hecho en Jerusalén.Pero él rehuye la popularidad basada en lo prodigioso.

        Se acerca a Cana, donde había obrado su primer milagro ("signo" según el lenguaje propio de Juan). Y ahora viene el segundo: un funcionario de Herodes Antipas suplica a Jesús que le siga a Cafarnaún, donde su hijo estaba en las últimas. La ubicación de Cana respecto a Jerusalén explica el uso del verbo "bajar", pero no agota su significado, cuya importancia aparece en la insistencia con la que el funcionario suplica a Jesús que "baje". El, de hecho, es el que "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo". Jesús reprende una fe demasiado imperfecta, pero el funcionario no desiste.

        Como respuesta a la invocación desesperada de una humanidad que languidece y está muñéndose. Jesús ofrece una palabra de vida, pero exige la fe.

        El prodigio de Jesús está en la Palabra: si se cree y se obedece, se experimentará el milagro final (v. 50). Maravilloso y eficaz el efecto del eco: el funcionario se pone en camino dejando resonar en el corazón lo que le ha dicho Jesús: "Vuelve, tu hijo ya está bien". Esta palabra, única esperanza, acompaña y sostiene cada uno de sus pasos hacia casa. Y desde su casa le salen al encuentro los criados con la grata certeza y con las mismas palabras: "Tu hijo ya está bien". La fe que ha caminado en la oscuridad (v. 52ss) encuentra la luz y se convierte en pleno asentimiento: ha repetido in crescendo la palabra de Jesús (v. 53) e inmediatamente se confirma: "Y creyó".

 

MEDITATIO

        Creer la Palabra es como abrir ante nosotros una puerta que nos introduce en una realidad nueva. Permanecer en la Palabra, guardándola en el corazón, significa participar en la obra divina de la re-creación, santificación y transfiguración del cosmos.

        Jesús es la Palabra viva de Dios: sólo él puede dirigirnos esta Palabra eficaz. Y lo hace de modo sereno, común, pidiendo una fe desnuda, total. Asentir y caminar fiándose de él puede ser cuestión de vida o muerte: lo fue para aquel padre cansado que nos narra el Evangelio, que en respuesta a su ruego no recibió de Jesús un prodigio, sino una palabra de vida, y se fió con total abandono. Nada había cambiado en su existencia, pero en su corazón anidó la esperanza. En la noche del subimiento y de la prueba, la Palabra es lámpara para nuestros pasos. La Palabra se convierte también en oración repetida sin cesar hasta que encuentre la confirmación luminosa y potente: el Señor ha escuchado, el Señor ha hecho maravillas de gracia. Cristo Jesús es el Señor de la vida ahora y por toda la eternidad.

        La fe se convierte en canto de gozo que se difunde hasta formar un coro de alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias; contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 33,4-6).

 

ORATIO

        Jesús, hijo de Dios, tú que eres la plena expresión del Padre, su Palabra viva, ayúdame a encontrarte cada vez que leo y escucho el Evangelio. Enséñame a guardar en el corazón tus santas palabras, a fiarme de ellas con una fe sencilla, a buscar en ellas una respuesta en el momento de la prueba. No quieres proponerme prodigios extraordinarios, sino una fe, un abandono total. Éste es el prodigio que pides al hombre: la fe. Con fe podrás ejecutar en nosotros esos "signos" de vida que te suplicamos.

        No sólo ni siempre en el tiempo presente, pero sí en la eternidad: tu palabra es vida inmortal, es semilla que, acogida en la tierra del corazón, germina, florece y da fruto en el Reino de los Cielos.

 

CONTEMPLATIO

        El Señor no hace distinción de personas a condición de que le amemos como hijos, pues es nuestro Padre celestial. El Señor atiende a condición de que se le ame desde lo hondo del corazón y de que se tenga una fe auténtica, una fe "grande como una semilla de mostaza".

        Así es, amigo de Dios. Cualquier cosa que pidas a Dios la obtendrás si la pides para gloria de Dios o el bien de tu prójimo. Pues Dios no separa el bien del prójimo de su gloria. Por consiguiente, ten por seguro que el Señor escuchará tus peticiones, siempre que las hagas para la edificación y el bien de tu prójimo.

        Pero incluso si pidieses algo por necesidad, utilidad o beneficio personal, no temas, que Dios te la concederá si realmente lo necesitas, porque él ama a los que le aman. Es bueno con todos y su misericordia se extiende también a los que no invocan su nombre; con mayor razón, pues, cumplirá los deseos de los que le temen. Él escuchará todas tus peticiones y no las rechazará por tu recta fe en Cristo Salvador [...].

        Pero también podrá decirte por qué le has molestado sin motivo y cómo pides cosas de las que puedes prescindir fácilmente (Serafín de Sarov, Coloquio con Motilov, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme" (Sal 69,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Que vuestra fe sea sencilla, confiada, incansablemente perseverante, animada en la oscuridad y anclada en Jesús. En él, a quien debe llegar nuestra fe por el Evangelio, en la realidad de su presencia ¡unto a vosotros. Practicad vuestra fe en las palabras de Cristo...

        Releed el Evangelio proponiéndoos comprender lo que Jesús os dice. Ha hablado casi únicamente de esto, y si ha insistido tanto es porque sabia que no le escucharíamos; sabia que era lo esencial, que nos desanimaríamos, que nos faltaría perseverancia. Nada puede sustituir la fuerza de las palabras de Jesús: leedlas, releedlas y, sobre todo, vividlas: "¿Por qué me decís: Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?" (Le 6,46). No os perdáis en fantasías, en búsquedas retorcidas. Jesús está a vuestro alcance, si tenéis fe. Nada hay más concreto y cierto aue la fe, porque es una realidad presente; es sólida, fuerte e indestructible. Jesús está aquí, y vosotros también, a condición de que os hagáis presentes cuando pasa.

        Vuestros gozos y tristezas, vuestro cansancio del trabajo y de los hombres, vuestro sufrimiento, vuestras rebeliones y vuestros disgustos no son sino oleaje de superficie, y no impide que Jesús esté allí, que os ame y os quiera a través de estas cosas por las que sufrís más cercano en ofrenda al Padre y en sacrificio por vuestros hermanos.

        Ésta es la realidad, la pura realidad; lo demás, si lo comparamos, es sólo apariencia. Lo sé: es más fácil decirlo que hacerlo. Pero el Espíritu de luz, el Espíritu de amor, actúa en vosotros. Es necesario, sin cansarse, abrirle el camino mediante la práctica de vuestra fe en Jesús (R. Voillaume, Come loro, Roma 1979, 212s, passim).

Martes de la cuarta semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Ezequiel 47,1-9.12

1 Después el ángel me llevó a la entrada del templo, y vi que debajo del umbral, por el lado oriental hacia el que mira la fachada del templo, brotaba una corriente de agua. El agua descendía por el lado derecho del templo hasta la parte sur del altar.

2 Me hizo salir por el pórtico norte y dar la vuelta por fuera hasta el pórtico exterior que mira hacia oriente, y vi que las aguas fluían desde el costado derecho.

3 El hombre salió en dirección este con un cordel en la mano, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos; midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas;

4 midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura;

5 midió, por fin, otros quinientos metros y la corriente de agua era ya un torrente que no pude atravesar, pues había crecido hasta el punto de que sólo a nado se podía atravesar.

6 Entonces me dijo: - ¿Has visto, hijo de hombre? Después me hizo volver a la orilla del torrente

7 y, al volver, vi que junto al torrente en las dos orillas había muchos árboles. Y me dijo:

8 Estas aguas fluyen hacia oriente, bajan al Araba y desembocan en el mar Muerto, cuyas aguas quedarán saneadas

9 Por donde pase este torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Habrá abundancia de peces, porque las aguas del mar Muerto quedarán saneadas cuando llegue este torrente.

12 Junto a los dos márgenes del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán ni sus frutos se acabarán. Cada mes darán frutos nuevos, porque las aguas que los riegan manan del santuario. Sus frutos servirán de alimentó y su follaje de medicina.

 

*•• Debido al clima árido de Palestina, las fuentes se consideran con frecuencia símbolos del poder vivificador de Dios. Por eso, a veces en las inmediaciones de una fuente se erigía un santuario. En la visión de Ezequiel, este poder de vida nueva mana del zaguán del mismo templo y fluyen hacia oriente, por donde regresó la Gloria del Señor a morar en medio del pueblo vuelto del destierro. Al principio, es un pequeño arroyo de agua insignificante, comparado con los grandes ríos mesopotámicos, pero va creciendo cada vez más y más hasta convertirse en un río navegable.

Es sugestivo el contraste entre la medida exacta y calculada siempre igual por el ángel y el crecer sin medida del agua, cuyo poder debe experimentar el profeta en su cuerpo (vv. 3b.4b). A él se le revela la extraordinaria fecundidad y eficacia de la fuente: llena de vegetación el territorio, sana el mar Muerto, hace que abunden los peces y que prosperen las gentes (vv. 7-10); los árboles frutales dan cosechas extraordinarias: el agua que viene de Dios sana y fecunda la tierra que recorre.

El Nuevo Testamento recogerá y llevará a plenitud la simbología: Jesús es el verdadero templo del que brota el agua viva del Espíritu (Jn 7,38; 19,34) por medio de la regeneración con esta agua vivificante y medicinal (Jn 3,5).

 

Evangelio: Juan 5,1-3.5-16

1 Después de esto, Jesús volvió a Jerusalén para celebrar una de las fiestas judías.

2 Hay en Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas, un estanque conocido con el nombre de Betesda, que tiene cinco soportales.

3 En estos soportales había muchos enfermos recostados en el suelo: ciegos, cojos y paralíticos.

5 Había entre ellos un hombre que llevaba treinta y ocho años inválido.

6 Jesús, al verlo allí tendido, y sabiendo que llevaba mucho tiempo, le preguntó: - ¿Quieres curarte?

7 El enfermo le contestó: - Señor, no tengo a nadie que me introduzca en el estanque cuando se mueve el agua. Cuando quiero llegar yo, otro se me ha adelantado.

8 Entonces Jesús le ordenó: - Levántate, toma tu camilla y echa a andar.

9 En aquel instante, el enfermo quedó curado, tomó su camilla y comenzó a andar. Aquel día era sábado.

10 Los judíos se dirigieron al que había sido curado y le dijeron: - Hoy es sábado y no te está permitido llevar al hombro tu camilla.

11 Él respondió: - El que me curó me dijo: "Toma tu camilla y vete".

12 Ellos le preguntaron: - ¿Quién es ese hombre que te dijo: "Toma tu camilla y vete"?

13 Pero él no lo conocía ni sabía quién le había curado, pues Jesús había desaparecido entre la muchedumbre que se había reunido allí.

14 Más tarde, Jesús se encontró con él en el templo y le dijo: - Has sido curado, no vuelvas a pecar más, pues podría sucederte algo peor.

15 El hombre fue a informar a los judíos de que era Jesús quien le había curado.

16 Jesús hacía obras como ésta en sábado; por eso lo perseguían los judíos.

 

w Jesús, salvación de Dios, decide atravesar los soportales de miserias humanas que se reúnen junto a la piscina de Betesda, en Jerusalén. Allí se encuentra con una en particular. Su palabra se dirige a ese pobre paralítico que lleva enfermo treinta y ocho años, casi toda su existencia. Después de tan larga espera, ¿qué puede pedir de bueno a la vida?

La pregunta aparentemente obvia de Jesús (v. 6) despierta la voluntad de este hombre y, por un simple mandato (v. 8), recobra la fuerza: carga con su camilla, compañera de tantos años de enfermedad, y camina llevándola consigo como testimonio de su curación.  

Jesús renueva la vida, cosa que no podrían hacer los ritos supersticiosos, ni siquiera la Ley: quien se queda bloqueado en su interpretación literal, en la rigurosa observancia del sábado, es un paralítico del espíritu, un ciego de corazón. A diferencia de aquel enfermo, no quiere curarse y su rigidez se convierte en hostilidad. En el templo, Jesús se encuentra con el hombre curado y le dirige la palabra clara y exigente (v. 14), de la que se desprende que hay algo peor que 38 años de parálisis: el pecado, con sus consecuencias. Jesús no quiere renovar la vida a medias: si no se nos libera de las ataduras del pecado, de nada nos sirve que se nos desentumezcan los miembros. Es una libertad por la que debemos optar cada día: "¿Quieres quedar sano?... No peques más".

 

MEDITATIO

Sentado en los límites de la esperanza, sin poder comprometerse con la vida, desilusionado de los demás y con frecuencia también de la religión: así es el hombre de hoy, de siempre, al que Cristo viene a buscar allí donde se encuentra, paralizado por el sufrimiento, el pecado o por distintas circunstancias. Jesús sencillamente pregunta: "¿Quieres curarte?". Pregunta obvia, quizás, pero exige una respuesta personal que renueva interiormente y hace sentir la gran dignidad del hombre: su libertad y responsabilidad. Luego, sencillamente, dice: "Levántate: echa a andar...". No por medio de ritos vacíos o por no sé qué agua milagrosa, sino por el poder de la Palabra de Dios que recrea, rompe las ataduras que aprisionan. No es nada la parálisis del cuerpo: hay ataduras mucho peores que atan el corazón al pecado. Por esta razón, Cristo ha dejado a la Iglesia la eficacia de su Palabra y la gracia que brota como un río de su costado abierto: agua viva del baño bautismal, que regenera y renueva al pecador; agua viva de las lágrimas del arrepentimiento, que suscita el Espíritu para absolver de todo vínculo de culpa al penitente; sangre derramada por aquel que fue perseguido a muerte por haber traído al mundo la salvación de Dios.

 

ORATIO

Ven, Señor Jesús a buscar a todo el que yace con el ánimo abatido, en la enfermedad de sus miembros, en la desesperación del pecado oculto. Ven a buscarme también a mí. Acércate a nosotros, oh Cristo, vuélvete a nosotros, uno por uno, para que en cada uno resuene la pregunta: "¿Quieres curarte?". Pídemelo también a mí. Ven a sumergirnos, Señor, en el profundo abismo de tu amor, que brota de tu corazón abierto como un río y corre, inagotable y potente, atravesando y renovando tiempos y espacios para desembocar en el Eterno. Ya me purificaste en la fuente bautismal: haz que viva fielmente en conformidad a los dones recibidos. Que pueda cada día cancelar las culpas cometidas con el agua de mis lágrimas: que me abran a la gracia del perdón nunca merecido, siempre humildemente implorado. Libre del pecado que me inmoviliza en una existencia carente de sentido, que pueda caminar anunciando que en ti todos pueden volver a encontrar la vida y sentirse hermanos.

 

CONTEMPLATIO

La piscina o el agua simbolizan la amable persona de nuestro Señor Jesucristo [...]. Bajo los pórticos de la piscina yacían muchos enfermos, y el que bajaba al agua después de ser agitada quedaba completamente curado.

Esta agitación y este contacto son el Espíritu Santo, que viene de lo alto sobre el hombre, toca su interior y produce tal movimiento que su ser, literalmente, se conmociona y se transforma completamente, hasta el punto de que le hastían las cosas que antes le agradaban o desea ardientemente lo que antes le horrorizaba, como el desprecio, la miseria, la renuncia, la interioridad, la humildad, la abyección, el distanciamiento de las criaturas.

Ahora constituye su mayor delicia. Cuando se produce esta agitación, el enfermo -esto es, el hombre exterior, con todas sus facultades- desciende interiormente al fondo de la piscina y se lava a conciencia en Cristo, en su sangre preciosísima. Gracias a este contacto, se cura con toda certeza, como está escrito: "Todos los que lo tocaban se curaban" (J. Taulero, Sermón del evangelio de Juan para el viernes después de ceniza).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Devuélveme la alegría de tu salvación" (Sal 50,14a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Volviendo a un hombre totalmente sano, Jesús le confiere la vida en plenitud; se exhorta ciertamente al hombre a no pecar más, pero él no hace más que una cosa: "andar". A diferencia del ciego de nacimiento, después de su curación, no se pone a proclamar que Jesús es un profeta, ni se pone a confesar su fe, sino que es simplemente un signo vivo de la vida transmitida por el Hijo, y en este sentido expresa al Padre. No hay ninguna consigna de que no "reniegue", sino el deber de existir, de "caminar" simplemente. El creyente es un hombre que camina, si permanece en relación con el Hijo y, por él, con el Padre [...].

¿Cómo transmite Jesús la verdad que habitaba en él? El sabe que la Palabra es creadora de vida y sabe también que la Palabra traducida en palabras corre el peligro de verse confundida con el parloteo del lenguaje humano. Por eso empieza dando la salud a un hombre que llevaba muchos años enfermo; y sólo a continuación ilumina su acción [...]. Al realizar esta acción en día de sábado, suscita una cuestión sobre la autoridad de su misma persona, y luego explica su sentido.

De esta manera, todo discípulo puede aprender también la forma de comunicar su experiencia de fe. Frente a los que no la comparten, me siento tentado a combatir con palabras que expresen la verdad. Pero de esta manera me olvidaría de que las palabras no son solamente un medio de comunicación, sino también un obstáculo para el encuentro con otro. Por el contrario, si pongo al otro en presencia de un acto que invite a reflexionar sobre ese ser extraño que soy yo (cf. Jn 3,8), entonces se entabla un diálogo, no con palabras que se cruzan, sino entre unos seres vivos, discípulos, para comunicarse a través de unos gestos que ofrecen sentido (X. Léon-Dufour, Lectura del evangelio de Juan, Salamanca 1992, II, 67-68, passim).

Miércoles de la cuarta semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 49,8-15

8 Así dice el Señor: Te he respondido en tiempo de gracia, te he auxiliado en día de salvación, te he formado y te he hecho alianza del pueblo para restaurar el país, para repartir las heredades devastadas,

9 para pedir a los cautivos: "¡Salid", a los que están en tinieblas: "¡Dejaos ver!". A lo largo de los caminos se apacentarán, en todos los montes pelados tendrán pastos.

10 No pasarán hambre ni sed, el bochorno y el sol no los dañarán, pues el que se compadece de ellos los guiará y los conducirá hacia manantiales de agua.

11 Convertiré en caminos mis montos y se nivelarán mis senderos.

12 Vienen todos de lejos, unos del norte y del poniente, otros de la región de Sinín.

13 Gritad, cielos, de gozo; salta, tierra, de alegría; montes, estallad de júbilo, que el Señor consuela a su pueblo, se apiada de sus desvalidos.

14 Sión decía: "Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado".

15 ¿Acaso olvida una mujer a su hijo, y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

 

»*• El Siervo de YHWH experimenta el desaliento y el fracaso, pero Dios le infunde nuevos ánimos y dilata hasta el extremo de la tierra los confines de su misión salvífica (vv. 5-7). Implica en primer lugar la liberación de los israelitas del destierro, porque ha llegado el tiempo de la misericordia, el día de la salvación (v. 8). Dios tiene sus tiempos y sus días, en los que ofrece su gracia y realiza su promesa. Penetra en el curso de la historia humana para transformarla. En el designio de Dios, el Siervo es como Moisés: mediador de la alianza. Como Josué, restaurará y repartirá la tierra. Será el heraldo del nuevo éxodo que el Señor mismo, "El Compasivo", guiará como buen pastor y facilitará superando todo lo esperado (vv. lOs). Es un mensaje de vida dirigido a los desterrados descorazonados.

El profeta a continuación contempla desde Jerusalén (v. 12) la entrada en la patria del pueblo, que confluye en la ciudad santa no sólo desde Babilonia, sino desde todos los puntos donde habían sido dispersados. El cosmos entero canta, exultando por la misericordia que el Señor ha tenido con su pueblo (v. 13). Su amor es una ternura honda, visceral. Le caracterizan su entrega y fidelidad perennes. Es su icono el amor de una madre por sus hijos (vv. 14s). Son imágenes tomadas del lenguaje humano para indicar lo unido que está Dios con sus criaturas; no es un Dios lejano ni impasible, ni un Dios juez implacable, sino un Dios cercano y solícito con la suerte de todos sus hijos.

 

Evangelio: Juan 5,17-30

17 Dijo Jesús: - Mi Padre no cesa nunca de trabajar; por eso yo trabajo también en todo tiempo.

18 Esta afirmación provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino que además decía que Dios era su propio Padre, y se hacía igual a Dios.

19 Jesús prosiguió, diciendo: - Yo os aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta; él hace únicamente lo que ve hacer al Padre: lo que hace el Padre, eso hace también el Hijo.

20 Pues el Padre ama al Hijo y le manifiesta todas sus obras; y le manifestará todavía cosas mayores, de modo que vosotros mismos quedaréis maravillados.

21 Porque así como el Padre resucita a los muertos dándoles la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere.

22 El Padre no juzga a nadie, sino que le ha dado al Hijo todo el poder de juzgar.

23 Y quiere que todos den al Hijo el mismo honor que dan al Padre. El que no honra al Hijo, tampoco honra al Padre que lo ha enviado.

24 Yo os aseguro que quien acepta lo que yo digo y cree en el que me ha enviado, tiene la vida eterna; no sufrirá un juicio de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida.

25 Os aseguro que está llegando la hora, mejor aún, ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la oigan, vivirán.

26 El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder.

27 Le ha dado también autoridad para juzgar, porque es el Hijo del hombre.

28 No os admiréis de lo que os estoy diciendo, porque llegará el momento en que todos los muertos oirán su voz

29 y saldrán de los sepulcros. Los que hicieron el bien resucitarán para la vida eterna, pero los que hicieron el mal resucitarán para su condenación.

30 Yo no puedo hacer nada por mi cuenta. Juzgo según lo que Dios me dice, y mi juicio es justo, porque no pretendo actuar según mi voluntad, sino que cumplo la voluntad del que me ha enviado.

 

**• Jesús es perseguido por los judíos a causa de las curaciones que realiza en sábado. Para fundamentar sus obras, Jesús revela su propia identidad de Hijo de Dios, poniéndose así por encima de la Ley. El v. 17 alude a especulaciones judías: el descanso sabático de Dios se refiere a su obra creadora, no a la continua actividad de Dios, que incesantemente da la vida y juzga (el Eterno nunca puede interrumpir estas dos actividades, porque pertenecen a su propia naturaleza).

En los versículos 19-30, Jesús muestra que se atiene en todo a la actividad de Dios como hijo que aprende en la escuela de su padre. "El hijo no puede hacer nada por su cuenta": esta afirmación, reiterada en el v. 30, incluye la perícopa e indica su sentido. La total unidad entre la acción del Padre y del Hijo es fruto de la completa obediencia del Hijo, que ama el querer del Padre y comparte su amor desmesurado por los pecadores. Por eso el Padre da al Hijo lo que a él sólo pertenece: el poder sobre la vida y la autoridad del juicio (vv. 25s). Esta íntima relación entre Padre e Hijo puede extenderse también a los hombres por medio de la escucha obediente de la Palabra de Jesús, que hace entrar en el dinamismo de la vida eterna superando la condición existencial de muerte que caracteriza la vida presente.

 

MEDITATIO

El Señor ha constituido a su Siervo como alianza para restaurar el país. El Padre ha enviado al Hijo y le ha dado el poder de resucitar de entre los muertos. Nadie está excluido de esta invitación a la vida, nadie podrá sentirse abandonado u olvidado por Dios, porque el único verdaderamente abandonado es el Hijo amado, a quien un Amor más grande entrega a la muerte en la cruz para librarnos de la muerte eterna. A los judíos que le acusan de violar el sábado y de no respetar el descanso del mismo Dios, él les revela la propia conformidad sustancial de Hijo que actúa en todo de acuerdo con lo que ve y escucha del Padre: por consiguiente, de él recibe la autoridad de juzgar. A cuantos escuchan con fe su Palabra y la guardan en el corazón, les da el poder de llegar a ser hijos de Dios; desde ahora pasan de la muerte a la vida eterna, y, en el último día, no encontrarán al juez, sino al Padre, que les espera desde siempre, porque en ellos reconoce el rostro de su Hijo amado, el Unigénito, convertido por nosotros en hermano primogénito.

Grande es la esperanza que se nos propone: nos concede nueva luz en la existencia cotidiana. Vivir como hijos es la herencia eterna y, a la vez, el tesoro secreto que nos sostiene cada día en la fatiga.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú que siempre miras al Padre y cumples lo que le ves hacer, atrae nuestra mirada a ti: en tu luz veremos la luz, aprenderemos a vivir como hijos de Dios.

De él has recibido el poder de dar la vida y devolverla, nueva, al que la ha perdido, porque te has entregado a la muerte por todos. Aumenta nuestra fe; en ti está la fuente viva y de ti lograremos con gozo nuestra salvación.

Tú, juez de todo mortal, que escuchas siempre los juicios veraces de Dios, haz que nosotros escuchemos tu Palabra con corazón obediente; de ti aprenderemos que la mayor sabiduría es adherirse a la voluntad del Padre con humilde amor. En la fiesta sin fin de la divina ternura, que envuelve a todo hombre para convertirlo en hijo, gozaremos contigo, oh Hijo unigénito, porque no te has avergonzado de llamarnos "hermanos".

 

CONTEMPLATIO

Si ha descendido a la tierra ha sido por compasión hacia el género humano. Sí, ha padecido nuestros sufrimientos antes de padecer la cruz, incluso antes de haber asumido nuestra carne. Pues si no hubiese sufrido, no habría venido a compartir nuestra vida humana. Primero ha sufrido, luego ha descendido. ¿Cuál es la pasión que sintió por nosotros? La pasión del amor. El mismo Padre, el Dios del universo, "lento a la ira y rico en misericordia", ¿no sufre en cierto modo con nosotros? ¿Lo ignorarías tú, que gobernando las cosas humanas padeces con los sufrimientos de los hombres? Como el Hijo de Dios "llevó nuestros dolores", también el mismo Dios soporta "nuestro padecer". Ni siquiera el Padre es impasible. Tiene piedad, sabe algo de la pasión de amor... (Orígenes, Homilías sobre Ezequiel, VI, 6, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Acuérdate, Señor, de tu ternura" (Sal 24,6a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Anunciar la resurrección no es anunciar otra vida, sino mostrar que la vida puede ganar en intensidad y que todas las situaciones e muerte que atravesamos pueden transformarse en resurrección.

Un gran poeta francés, Paul Eluard, decía: "Hay otros mundos, pero están en este". Así es como debemos pensar en la resurrección. Creo que debemos intentar participar un poco en esta realidad, esto es, intentar convertirnos en hombres de resurrección, testimoniando una moral de resurrección como una llamada a una vida más profunda, más intensa, que finalmente pueda deshacer el sentido mismo de la muerte. Pues estoy convencido de que el gran problema de los hombres de hoy es precisamente el problema de la muerte. Pienso que el lenguaje que debemos utilizar para dirigirnos a los hombres es ante todo el ejemplo que debemos dar, el lenguaje de la vida: con este lenguaje lograremos que comprendan lo que significa resurrección.

Nos hacen falta profetas quizás un poco locos. Sí, porque la resurrección es una locura, y hay que anunciarla a lo loco: si se anuncia de un modo "educado", no puede funcionar. Debemos decir: "Cristo ha resucitado", y todos nosotros hemos resucitado en él. Todos los hombres; no sólo los que pertenecen a la Iglesia, todos. Y entonces, si en lo más hondo de nosotros la angustia se transforma en confianza, podremos hacer lo que nadie se atreve a hacer hoy: bendecir la vida.

Hoy los cristianos son cada vez más minoritarios, casi en diáspora. ¿Qué relación tiene esta minoría con la humanidad entera? Esta minoría es un pueblo aparte para ser reyes, sacerdotes y profetas; para trabajar, servir, orar por la salvación universal y la transfiguración del universo, para convertirse en servidores pobres y pacíficos del Dios crucificado y resucitado (O. Clément, cit. en En el drama de la incredulidad con Teresa de Lisieux, Verbo Divino, Estella 1998).

Jueves de la cuarta semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Éxodo 32,7-14

7 El Señor dijo a Moisés: - Vete, baja porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto.

8 Muy pronto se han apartado del camino que les señalé, pues se han fabricado un becerro chapado en oro, se están postrando ante él, le ofrecen sacrificios y repiten: "Israel, éste es tu Dios, el que te sacó de Egipto".

9 Y añadió el Señor: - Me estoy dando cuenta de que ese pueblo es un pueblo obcecado.

10 Déjame; voy a desahogar mi furor contra ellos y los aniquilaré. A ti, sin embargo, te convertiré en padre de una gran nación.

11 Moisés suplicó al Señor, su Dios, diciendo: - Señor, ¿por qué se va a desahogar tu furor contra tu pueblo, al que tú sacaste de Egipto con tan gran fuerza y poder?

12 ¿Vas a permitir que digan los egipcios: "Los sacó con mala intención, para matarlos entre los montes y borrarlos de la faz de la tierra"? Aplaca el ardor de tu ira y arrepiéntete de haber querido hacer el mal a tu pueblo. "Recuerda a Abrahán, a Isaac y a Israel, tus servidores, a quienes juraste por tu honor y les prometiste:

13 Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo y daré a vuestros descendientes esa tierra de la que os hable, para que la posean como heredad eterna".

14 Y el Señor se arrepintió del mal que había querido hacer a su pueblo.

 

**• Dios acaba de establecer su alianza con Israel, confirmándola con una solemne promesa (cf. Ex 24,3). Moisés todavía está en el monte Sinaí en presencia del Señor, donde recibe las tablas de la Ley, documento base de la alianza. Pero el pueblo ya ha cedido a la tentación de la idolatría: se construye un becerro de oro, obra de manos humanas, y se atreve a adorarlo como el Dios que le ha librado de la esclavitud de Egipto (v. 8). Dios montó en cólera (las características antropomórficas con las que se describe a Dios en este episodio atestiguan la antigüedad del fragmento). Sin duda, informó a Moisés de lo acaecido (v. 7): se ha roto la alianza. Es un momento trágico: Dios está a punto de repudiar a Israel, sorprendido en flagrante adulterio.

Aunque Moisés, jefe del pueblo, permaneció fiel. ¿Le rechazará también el Señor? No, pero se pondrá a prueba su fidelidad. ¿Cómo? Mientras el Señor amenaza con destruir al pueblo, propone a Moisés comenzar con él una nueva historia y le promete un futuro rico de esperanza (v. 10). Moisés no cede a la "tentación". Ha recibido la misión de guiar a Israel hacia la tierra prometida y no abandona al pueblo. Como en otro tiempo Abrahán (cf. Gn 18), intercede poniéndose como un escudo entre Dios y el pueblo pecador. Con su súplica, trata de "dulcificar el rostro del Señor" (v. 11). Su angustiosa oración, en la que recuerda al Señor las promesas hechas a los patriarcas, es tan ardiente que llega al corazón de Dios.

 

Evangelio: Juan 5,31-47

Dijo Jesús:

31 Si me presentase como testigo de mí mismo, mi testimonio carecería de valor.

32 Es otro el que testifica a mi favor, y su testimonio es válido.

33 Vosotros mismos enviasteis una comisión a preguntar a Juan, y él dio testimonio a favor de la verdad.

34 Y no es que yo tenga necesidad de testigos humanos que testifiquen a mi favor; si digo esto es para que vosotros podáis salvaros.

35 Juan el Bautista era como una lámpara encendida que alumbraba; vosotros estuvisteis dispuestos, durante algún tiempo, a alegraros con su luz.

36 Pero yo tengo a mi favor un testimonio de mayor valor que el de Juan. Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que realizo la obra que el Padre me encargó llevar a cabo.

37 También habla a mi favor el Padre que me envió, aunque vosotros nunca habéis oído su voz ni visto su rostro.

38 Su palabra no ha tenido acogida en vosotros; así lo prueba el hecho de que no queréis creer en el enviado del Padre.

39 Estudiáis apasionadamente las Escrituras, pensando encontrar en ellas la vida eterna; pues bien, también las Escrituras hablan de mí;

40 y a pesar de ello, vosotros no queréis aceptarme para tener vida eterna.

41 Yo no busco honores que puedan dar los hombres.

42 Además, os conozco muy bien y sé que no amáis a Dios.

43 Yo he venido de parte de mi Padre, pero vosotros no me aceptáis; en cambio, aceptaríais a cualquier otro que viniera en nombre propio.

44 ¿Cómo vais a creer vosotros, si lo que os preocupa es recibir honores los unos de los otros y no os interesáis por el verdadero honor, que viene del Dios único?

45 No penséis que voy a ser yo quien os acuse ante mi Padre; os acusará Moisés, en quien tenéis puesta vuestra esperanza.

46 Él escribió acerca de mí; por eso, si creyerais a Moisés, también me creeríais a mí.

47 Pero si no creéis lo que él escribió, ¿cómo vais a creer lo que yo digo?

 

**• Continúa el discurso apologético de Jesús como réplica a las acusaciones de los judíos. A medida que avanza el discurso, se va enconando más y más. Cada vez aparece más clara la distinción entre el "yo" de Jesús y el "vosotros" de los oyentes hostiles. La perícopa llega al punto culminante del proceso del Señor Dios contra su pueblo amado con predilección, pero obstinadamente rebelde, ciego y sordo.

Cuatro son los testimonios aducidos por Jesús que deberían llevar a los oyentes a reconocerlo como Mesías, el enviado del Padre, el Hijo de Dios: las palabras de Juan Bautista, hombre enviado por Dios; las obras de vida que él mismo ha realizado por mandato de Dios; la voz del Padre, y, finalmente, las Escrituras. Estos testimonios, tan diversos, tienen dos características comunes: por una parte, como respuesta a la acusación de blasfemia por los judíos contra Jesús, remiten al actuar salvífico de Dios Padre; por otra, no dicen nada verdaderamente nuevo.

Los judíos se encuentran así sometidos a un proceso. Su ceguera procede de una desviación radical, interior: los acusadores no buscan la "gloria que procede sólo de Dios", revela el riesgo y les pone en guardia: creen obtener vida eterna escudriñando los escritos de Moisés, pero estos escritos son los que les acusan. ¿El intercesor por excelencia tendrá que convertirse en su acusador? El fragmento concluye con una pregunta que pide a cada uno examinar la autenticidad y sinceridad de la propia fe.

 

MEDITATIO

Llevar una vida auténticamente religiosa significa ante todo sentirse dependiente de Dios, unidos a él con un vínculo indisoluble. Lo demás es secundario. De ahí brotan las actitudes espirituales y prácticas que caracterizan al creyente y le diferencian del no creyente. El creyente es el que, en una situación de prueba, no abandona a Dios como si fuese la causa de su mal, sino que se vuelve hacia él con una insistencia invencible, romo hizo Moisés.

Además, el creyente adulto en la fe siente como prueba personal las pruebas de sus hermanos próximos o lejanos: en todos ve a su prójimo. Ora por todos y es un intercesor universal, dispuesto a cargar con las debilidades de los demás, a sufrir para que los otros puedan ser aliviados en su dolor, como hicieron Moisés y, sobre todo, Jesús, el inocente muerto como pecador por nosotros, injustos. En esta humilde, fiel y continua donación de sí está el verdadero testimonio. Frente a una vida entregada al servicio de los más débiles, frente a personas que no acusan, sino que suplican y perdonan, antes o después surgirá la pregunta: "¿Por qué actúa así?". La existencia de un Dios que es amor no se "demuestra" más que dejando transparentar que vive en los corazones de los que le acogen.

 

ORATIO

Señor, esplendor de la gloria del Padre, ten piedad de nosotros. Hemos buscado la gloria humana vanamente: lo único que sacamos es hacernos más duros de corazón, sin saber dar un sentido a las cosas, a los acontecimientos.

Queremos ir a ti para tener vida; a ti, que eres transparencia del rostro del Dios-humildad. Jesús, testigo fiel y veraz del Padre, ten piedad de nosotros. Hemos rechazado las exigencias de tu Palabra y hemos preferido seguir los ídolos del mundo, viviendo una "espiritualidad de compromiso": ilusiones falaces que apagan el amor interior. Queremos ir a ti para tener vida; a ti, que nos permites oír la voz del Dios-verdad.

Cristo, Hijo obediente enviado por el Padre, ten piedad de nosotros. Hemos olvidado las Escrituras, que nos cuentan la pasión que sufriste por nosotros; hemos apartado la mirada de quien todavía vive la pasión en el cuerpo o en el corazón; intercede por nosotros, pecadores, tú, inocente Cordero de Dios. Queremos ir a ti para tener vida; a ti, que eres la presencia encarnada del Dios-misericordia.

 

CONTEMPLATIO

¡Oh, cuan bella, dulce y cariñosa es la Sabiduría encarnada, Jesús! ¡Cuan bella es la eternidad, pues es el esplendor de su Padre, el espejo sin mancha y la imagen de su bondad, más radiante que el sol y más resplandeciente que la luz! ¡Cuan bella en el tiempo, pues ha sido formada por el Espíritu Santo pura, libre de pecado y hermosa, sin la menor mancilla, y durante su vida enamoró la mirada y el corazón de los hombres y es actualmente la gloria de los ángeles! ¡Cuan tierna y dulce es para los hombres, especialmente para los pobres y pecadores, a los que vino a buscar visiblemente en el mundo y a los que sigue todavía buscando invisiblemente!

Que nadie se imagine que, por hallarse ahora triunfante y glorioso, es Jesús menos dulce y condescendiente; al contrario, su gloria perfecciona en cierto modo su dulzura; más que brillar, desea perdonar; más que ostentar las riquezas de su gloria, desea mostrar la abundancia de su misericordia (L.-M. Grignion de Montfort El amor de la Sabiduría eterna, XI, 126-127).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "El que cree tiene la vida eterna" (Jn 6,47).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La tradición cristiana sostiene que el libro que vale la pena leer es nuestro Señor Jesucristo. La palabra Biblia significa "libro", y todas las páginas de este libro hablan de él y quieren llevar a él [...].

Es necesario que se dé un encuentro entre Cristo y la persona humana, entre ese Libro que es Cristo y el corazón humano, en el que está escrito Cristo no con tinta, sino con el Espíritu Santo. ¿Por qué leer? Porque Jesús mismo ha leído. Fue libro y lector, y continúa siendo ambas cosas en nosotros. ¿Cómo leer? Como leyó Jesús. Sabemos que Jesús leyó y explicó a Isaías en la sinagoga de Nazaret. Sabemos también cómo comprendió las Escrituras y cómo a través de ellas se comprendió a sí mismo y su misión. Como lector del libro y él mismo como Libro, después de su glorificación concedió este carisma de lectura a sus discípulos, a la Iglesia y también a nosotros. Desde entonces, gracias al Espíritu, que actúa en la Iglesia, toda lectura del Libro sagrado es participación de este don de Cristo. Somos movidos a leer la Escritura porque él mismo lo hizo y porque en ella le encontramos a él. Leemos la Escritura en él y con su gracia.

Y debemos concluir que la lectura cristiana de las Escrituras no es principalmente un ejercicio intelectual, sino que, esencialmente, es una experiencia de Cristo, en el Espíritu, en presencia del Padre, como el mismo Cristo está unido a él, cara a cara, orientado a él, penetrando en él y penetrado por él. La experiencia de Cristo fue esencialmente la conciencia de ser amado por el Padre y de responder a este amor con el suyo. Es un intercambio de amor. A través de nuestra experiencia personal, seremos capaces de leer a Cristo-Libro y, en él, a Dios Padre (J. Leclercq, Ossa humiliata, Seregno 1993, 65-85, passim).

Viernes de la cuarta semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 2, 1a. 12-22

2,1a Dijeron los impíos, discurriendo equivocadamente:

12 Acechemos al justo, porque nos resulta insoportable y se opone a nuestra forma de actuar, nos echa en cara que no hemos cumplido la Ley, y nos reprocha las faltas contra la educación recibida;

13 se precia de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor.

14 Es un reproche contra nuestros pensamientos, y sólo verlo nos molesta.

15 Pues lleva una vida distinta de los demás y va por caminos muy diferentes.

16 Nos considera moneda falsa, se aparta de nosotros como si fuéramos impuros. Proclama dichosa la suerte de los justos y se precia de tener a Dios por Padre.

17 Veamos si es verdad lo que dice, comprobemos cómo le va al final.

18 Porque si el justo es hijo de Dios, él lo asistirá y lo librará de las manos de sus adversarios.

19 Probémoslo con ultrajes y tortura: así veremos hasta dónde llega su paciencia y comprobaremos su resistencia.

20 Condenémoslo a muerte ignominiosa, pues, según dice, “Dios lo librará".

21 Así piensan, pero se equivocan, pues los ciega su maldad.

22 Ignoran los secretos de Dios, no confían en el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de los intachables.

 

*+• Después de una exhortación para vivir de acuerdo con la justicia (Sab 1,1-15), el hagiógrafo deja la palabra a los "impíos". Éstos, en un discurso articulado, exponen su "filosofía": viven la vida como búsqueda desenfrenada del placer, eliminando -incluso con violencia- cualquier obstáculo que se les ponga por delante. Los dos versículos que enmarcan la exposición manifiestan un claro juicio condenatorio: razonan equivocadamente (v. 1), se engañan (v. 21).

Los "impíos" de los que se habla son probablemente los hebreos apóstatas de la comunidad de Jerusalén, que, aliados con los paganos, persiguen a sus hermanos fieles al Dios de la alianza. Con su conducta estos "justos" constituyen una presencia insoportable. Cuatro imperativos muestran un creciente rencor oculto que se convierte en odio abierto: del tender acechanzas se pasa al insulto, para llegar finalmente al proyecto de condena a muerte, en un desafío blasfemo contra Dios (v. 18; cf. v. 20).

El "resto" de Israel vive su pasión profetizando la del Mesías. Jesús es el único Justo verdadero, el Hijo amado, el humilde puesto a prueba, escarnecido (v. 19) y condenado a una muerte infame (v. 20). Pero, sobre todo, es él quien, habiendo puesto toda su confianza en el Padre, surge del abismo en la luz de pascua como primogénito de los muertos. La esperanza del Antiguo Testamento adquiere una dimensión inesperada, que supera cualquier "profecía" posible: por los méritos de uno solo, todos son constituidos "justos", si se abre el corazón para acoger el don de su gracia.

 

Evangelio: Juan 7,1-2.10.25-30

1 Después de algún tiempo, Jesús andaba por Galilea. Evitaba estar en Judea porque los judíos buscaban la ocasión para matarlo.

2 Ya estaba cerca la fiesta judía de las Tiendas.

10 Cuando sus hermanos se habían marchado ya a la fiesta, fue también Jesús, pero de incógnito, no públicamente.

25 Entonces, algunos de los que vivían en Jerusalén se preguntaban: - ¿No es éste el hombre al que quieren matar?

26 Resulta que está hablando en público y nadie le dice ni una palabra. ¿Es que habrán reconocido nuestros jefes que es en realidad el Mesías?

27 Pero, por otra parte, cuando aparezca el Mesías, nadie sabrá de dónde viene, y éste sabemos de dónde es.

28 Al oír estos comentarios, Jesús, que estaba enseñando en el templo, levantó la voz y afirmó: - ¿De manera que me conocéis y sabéis de dónde soy? Sin embargo, yo no he venido por mi propia cuenta, sino que he sido enviado por aquel que es veraz, a quien vosotros no conocéis.

28 Yo sí lo conozco, porque vengo de él y es él quien me ha enviado.

29 Intentaron entonces detenerlo, pero nadie se atrevió a ponerle la mano encima, porque todavía no había llegado su hora.

 

**• La persona de Jesús suscitó preguntas e inquietudes entre sus contemporáneos, mientras la aversión de los jefes judíos llega al paroxismo (v. Ib). Jesús no es un provocador ni un cobarde: espera la hora del Padre sin huir ni adelantar los acontecimientos. Por eso evita la Judea hostil y cuando por fin sube a Jerusalén a la fiesta más popular, la de las Tiendas, lo hace "de incógnito", contrariamente al deseo de sus parientes, pero deseosos de disfrutar su fama (vv. 3-5). En la ciudad santa, sin embargo, es reconocido en seguida. Y como siempre se dividen los ánimos: ahora se trata de su mesianismo.

Los círculos apocalípticos de la época sostenían el origen misterioso del Mesías: y si Jesús proviene de Nazaret, es sólo un impostor (vv. 26s). Jesús no ignora las voces que se van difundiendo, y sobre ellas se eleva su propia voz, fuerte y clara, en el templo (v. 28: literalmente "grito"; se trata de una proclamación solemne y con autoridad). Con sutil ironía, se muestra que su origen es efectivamente desconocido a los que piensan saber muchas cosas de él: de hecho, no quieren reconocerlo como el enviado de Dios y por eso no conocen al Dios veraz y fiel que cumple en él sus promesas.

Las palabras de Jesús suenan a los oídos de sus adversarios como una ironía, un insulto y una blasfemia. Tratan de echarle mano, pero en vano: él es el Señor del tiempo y las circunstancias, porque se ha sometido totalmente al designio del Padre, y todavía no ha llegado su "hora" (v. 30).

 

MEDITATIO

Juan ubica el drama mesiánico en el interior de la historia del pueblo de Dios; en particular, une la vida de Jesús con las celebraciones de las grandes fiestas hebreas, que tenían como objetivo mantener viva la memoria de las grandes obras de Dios. Como siempre, en el cuarto evangelio, los pequeños detalles adquieren un valor simbólico. ¿Por qué aparece el complot contra Jesús pocos días antes de la celebración de la fiesta de las Tiendas? En esta fiesta se agradecía a Dios las cosechas y se recordaban los cuarenta años pasados en el desierto. Se construían chozas con ramas –también en Jerusalén-, a las que se iba a meditar: retiro en un desierto simbólico.

La controversia que relata Juan se sitúa precisamente en vísperas de este tiempo propicio a la reflexión. Es como si Jesús hiciese un último esfuerzo para invitar a los adversarios a reflexionar sobre su persona y sobre sus "obras". Sabemos que el resultado fue negativo. ¿No podríamos quizás nosotros, acogiendo la sugerencia de la liturgia de hoy, hacer este alto en nuestro camino hacia la pascua, tomarnos un tiempo para dedicarlo a releer y meditar este texto tan denso e inagotable, para interrogarnos más profundamente sobre el misterio de la persona de Jesús y adherirnos a él con mayor amor?

 

MEDITATIO

¡Ven, Espíritu Santo de Dios! Hemos endurecido nuestros corazones como una piedra a causa de nuestro pertinaz orgullo, la violencia finamente perpetrada, las grandes o pequeñas ambiciones que perseguimos a toda costa. Cada día condenamos al Inocente a una muerte infame, cuando nos mueve un principio distinto de el del amor. El mal que hacemos, quizás sin darnos cuenta, aplasta hoy a los inocentes.

¡Ven, Espíritu Santo, crea en nosotros un corazón nuevo! Tú, luz santísima, esclarece la conciencia, ilumina la inteligencia: pretendíamos conocer a Dios y hemos despreciado a su Cristo en la multitud de pobres humillados por la vida que, sin apariencia ni brillo, han pasado junto a nosotros.

¡Ven, Espíritu Santo, crea en nosotros un corazón nuevo! Dulce huésped del alma, ayúdanos a descubrir el origen del Humilde que soportó en silencio la iniquidad de todos nosotros sin avergonzarse de llamarnos "hermanos". Confórmanos a él para que comprendamos la gracia de vivir como hijos del único Padre, enviados por él con Cristo a llevar el amor a todo ser humano.

¡Ven, Espíritu Santo, crea en nosotros un corazón nuevo!

 

CONTEMPLATIO

Tú eres el Cristo, Hijo del Dios vivo. Tú eres el revelador de Dios invisible, el primogénito de toda criatura, el fundamento de todo. Tú eres el Maestro de la humanidad.

Tú eres el Redentor: naciste, moriste y resucitaste por nosotros. Tú eres el centro de la historia y del mundo.

Tú eres quien nos conoce y nos ama. Tú eres el compañero y amigo de nuestra vida. Tú eres el hombre del dolor y de la esperanza. Tú eres aquel que debe venir y que un día será nuestro juez y, así esperamos, nuestra felicidad.

Nunca acabaría de hablar de ti. Tú eres luz y verdad; más aún: tú eres "el camino, la verdad y la vida" [...].

Tú eres el principio y el fin: el alfa y la omega. Tú eres el rey del nuevo mundo. Tú eres el secreto de la historia.

Tú eres la clave de nuestro destino. eres el mediador, el puente entre la tierra y el cielo. Tú eres por antonomasia el Hijo del hombre, porque eres el Hijo de Dios, eterno, infinito.

Tú eres nuestro Salvador. Tú eres nuestro mayor bienhechor. Tú eres nuestro libertador. Tú eres necesario para que seamos dignos y auténticos en el orden temporal y hombres salvados y elevados al orden sobrenatural.

Amén (Pablo VI, 29 noviembre 1970).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor" (Sal 33,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En la vida de Jesús, en su vivir mediante el Padre, se hace presente el sentido intrínseco del mundo, que se nos brinda como amor -de un amor que ama individualmente a cada uno de nosotros- y, por el don incomprensible de este amor, sin caducidad, sin ofuscamiento egoísta, hace la vida digna de vivirse. La fe es, pues, encontrar un tú que me sostiene y que en la imposibilidad de realizar un movimiento humano da la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la otorga. La fe cristiana obtiene su linfa vital del hecho de que no sólo existe objetivamente un sentido de la realidad, sino que este sentido está personalizado en Uno que me conoce y me ama, de suerte que puedo confiar en él con la seguridad de un niño que ve resueltos todos sus problemas en el "tú" de su madre.

Todo esto no elimina la reflexión. El creyente vivirá siempre en esa oscuridad, rodeado de la contradicción de la incredulidad, encadenado como en una prisión de la que no es posible huir. Y la indiferencia del mundo, que continúa impertérrito como si nada hubiese sucedido, parece ser sólo una burla de sus esperanzas. ¿Lo eres realmente? A hacernos esta pregunta nos obligan la honradez del pensamiento y la responsabilidad de la razón, y también la ley interna del amor, que quisiera conocer más y más a quien ha dado su "sí", para amarle más y más.

¿Lo eres realmente? Yo creo en ti, Jesús de Nazaret, como sentido del mundo y de mi vida (J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Salamanca 1969, 57-58, passim).

Sábado de la cuarta semana de cuaresma

 

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 11,18-20

Dijo Jeremías:

18 Señor todopoderoso me lo hizo saber y comprendí. Entonces me hiciste descubrir sus maquinaciones.

19 Yo era como un cordero manso llevado al matadero; no sabía lo que tramaban contra mí. "¡Destruyamos el árbol cuando aún tiene savia, arranquémosle de la tierra de los vivos v que no se mencione más su nombre!"

20 Pero tú, Señor todopoderoso, juzgas rectamente y examinas los pensamientos e intenciones; haz que yo pueda ver tu venganza sobre ellos, porque a ti he confiado mi causa.

 

**• El presente texto constituye la primera de las llamadas "confesiones de Jeremías". Son ráfagas de luz que nos permiten adentrarnos en el mundo interior del profeta a través de las repercusiones personales de su misión: son un testimonio precioso, único en la Biblia.

Por voluntad del Señor, Jeremías descubre la conjura que sus paisanos de Anatot han urdido contra él para quitarle de en medio (v. 19). Es difícil precisar las causas históricas, pero esto no impide captar el mensaje fundamental. En la historia de la salvación, las vicisitudes de la vida del profeta son de capital importancia, por el modo con que tuvo que vivirlas.

Jeremías, víctima inocente, pensando