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LECTIO DIVINA TIEMPO ORDINARIO (AÑO IMPAR)

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Lectio diaria

 

Semana 26ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 27ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 28ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 29ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 30ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 31ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 32ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 33ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 34ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

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1. Nuestro carácter ferial

Vamos a comparar, de manera breve, dos cuadros, casi dos iconos, de la dimensión ferial.

Veamos el primero: el hombre de hoy -cada uno de nosotros- en los días feriales. Nos encontramos inmersos en una febril e intensa actividad, en una carrera frenética y sin pausa. La dimensión ferial está marcada, para nosotros, por la «fiebre de la acción» y por el miedo a perder tiempo, por una doble y opuesta sensación: que nos roben nuestro tiempo y que nos coma el tiempo. Nuestra dimensión ferial está amenazada, está enferma.

Veamos ahora el otro cuadro: se trata de los primeros seis grandes días feriales en los que Dios está trabajando, hace ser y da forma a toda la creación (Gn 1,1-2,4). Viene, a continuación, el hombre, asociado a Dios en esta obra «ferial»: «el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y lo guardara» (Gn 2,15). Aquí, la dimensión ferial es creativa; el tiempo aparece como un espacio de realización. La dimensión ferial se encuentra en estado de nacimiento y no conoce aún las turbaciones y los desgarros que vendrán después.

Nuestra dimensión ferial está enferma y necesita ser redimida. Esta enfermedad se ha originado por haber prestado oído a las voces del «enemigo»; la redención se llevará a cabo a través de la escucha del verdadero «Amigo». Escuchar a Dios en los días feriales es ponerse en marcha por el camino de la redención.

 

2. Escuchar a Dios en la vida ordinaria, en la condición ferial

 

La dimensión ferial, tiempo para custodiar, meditar y hacer fructificar la Palabra

 

        Nuestra condición ferial encuentra su rescate y su victoria en la escucha de la Palabra. Al final de la celebración eucarística de cada domingo se nos remite a los días feriales. Tías haber sido espectadores y haber vivido los glandes acontecimientos de la salvación, el Espíritu nos impulsa a salir, a proclamar y a dar testimonio de lo que hemos escuchado y vivido en el misterio de la celebración, lo que ha sido depositado en nosotros como depósito que debemos custodiar, meditar y hacer fructificar. A fin de que podamos vencer las grandes tentaciones, a fin de que podamos hacer frente sin miedo a los múltiples desafíos, el Espíritu de Dios se encuentra junto a nosotros y nos recuerda la Palabra que libera y salva.

La Palabra que hemos oído en los diferentes domingos vuelve de nuevo en los días feriales, aunque dispuesta en nuevos contextos y en nuevas sucesiones: cada lectura está puesta en contacto con otras diferentes a las del domingo; cada acontecimiento de la historia de la salvación se conjuga con otros; conjuntamente nos hablan después a nosotros, hombres y mujeres de los días feriales, para hacernos «ver más allá», para hacernos descubrir la voluntad del Amigo escondida en el tejido de la vida cotidiana, para introducirnos en los secretos de un amor concreto, para hacernos pasar de la dispersión a la unidad y de la soledad a la comunión, para hacernos capaces de ofrecer, día a día, el sacrificio espiritual que Dios espera de sus hijos, para darle a toda la vida una impronta pascual.

 

Escuchar para ser capaces de «ver más allá»

 

Durante los días feriales vivimos inmersos en una historia cuya orientación y sentido, con frecuencia, no acertamos a entrever de modo claro. A veces puede presentársenos como carente de dirección, caótica y sin sentido. Es como si nos encontráramos ante algo opaco que no permite ver lo que hay más allá. Los israelitas que caminan por el desierto no consiguen entrever lo que hay delante de ellos, lo que les espera; sin embargo, a Balaán -el hombre que «oye las palabras de Dios», el oyente- le ha sido quitado «el velo de los ojos», ha recibido un «ojo penetrante» y «ve la visión». Él es capaz de interpretar la historia y su orientación (Nm 24,3ss).

        Si nos hacemos oyentes de las «palabras de Dios», tendremos el ojo penetrante; seremos capaces de interpretar con mayor facilidad la historia, y en particular nuestra propia vida, y, sobre todo, seremos capaces de intuir la presencia de Dios en los pliegues de la vida de cada día, hasta en los dolorosos. Incluso cuando la oscuridad sea tal que no podamos vislumbrar nada y seamos como ciegos, si escuchamos la Palabra de Dios, percibiremos el paso del Señor y tendremos la fuerza necesaria para decirle: «Que yo pueda ver» (cf. Le 18,35-43).

 

Escuchar para descubrir la voluntad del Amigo

 

        La capacidad de escucha - u n don que Dios regala a cada hombre- nos lleva a descubrir su voluntad no como una fatalidad a la que no podemos sustraernos, sino como una manifestación de amor que encuentra su expresión en las cosas pequeñas de cada día. La familiaridad con la escucha diaria nos conduce a ser como el profeta que devora las palabras y hasta el libro (Jr 15,16), a convertir -precisamente como Jesús- la voluntad de Dios en nuestro alimento diario (Jn 4,34).

 

Escuchar para entrar en los secretos del amor

 

        Si somos capaces de ponernos a la escucha, los días feriales no serán un tiempo de lejanía de Dios; de una manera gradual, nos llevarán a entrar en la intimidad más profunda con él. La escucha humilde y atenta, el estar pendientes de los labios del amado, nos introducirá en la bodega del amor (Cant 2,4). Si no fallamos a la cita, descubriremos las infinitas atenciones de Dios, los juegos misteriosos de su ausentarse para volver a presentarse a continuación, su continuo sorprendernos. Estas palabras pueden parecer... exageradas, y así son para el que sigue aún en el umbral de la verdadera escucha.

 

Escuchar para pasar de la dispersión a la unidad, de la soledad a la comunión

 

        Los días feriales nos llevan a vivir «fuera»: fuera de casa y fuera también de nosotros mismos. De una manera extraña se insinúa el miedo de «volver a entrar en nuestra casa», en nosotros. En esta situación percibimos que algo -si no todo- se dispersa, se nos escapa. Sin esta vuelta, aunque estemos en medio de mucha gente, estaremos solos, nos será imposible encontrarnos con el otro, no llegaremos a la comunión.

        Si decidimos ponernos a la escucha de Dios, nuestros días feriales se convertirán en el tiempo en el que nos recuperaremos a nosotros mismos, recuperaremos nuestra identidad más profunda y estableceremos relaciones profundas y verdaderas con los otros.

 

Escuchar para ofrecer el sacrificio espiritual

 

        Aunque estamos situados en medio del «huerto», en el magno espacio del mundo, nosotros no debemos huir ni escondernos para no oír el paso de Dios. Dios pidió a los israelitas en el desierto que escucharan su voz porque sólo esto tenía valor de sacrificio: «Yo no prescribí nada a vuestros antepasados sobre holocaustos y sacrificios cuando los saqué de Egipto. Lo único que les mandé fue esto: Si obedecéis mi voz, yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo» (Jr 7,22ss).

        Esta escucha de la Palabra de Dios convierte nuestros días feriales en el tiempo oportuno de nuestro sacrificio a Dios. Pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en «hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo» (1 Pe 2,5) (Lumen gentium 34).

 

Escuchar para ser redimidos, celebrar la pascua

Los días feriales transcurridos escuchando la Palabra se convierten en días de «rescatados», «santificados», redimidos; se convierten en días «pascuales», de «paso» hacia la pascua eterna; son como los escalones de la escalera de Jacob (Gn 28,10-12).

 

3. La ordenación de las lecturas

 

        En las ferias del tiempo ordinario hay dos ciclos anuales para la primera lectura: el ciclo I para los años impares, y el ciclo II para los años pares; para el evangelio hay un solo ciclo.

 

Ordenación de las lecturas evangélicas

 

        La ordenación adoptada para los evangelios prevé que se lea primero Marcos (semanas l-IX), después Mateo (semanas X-XXI), a continuación Lucas (semanas XXII-XXXIV). Los capítulos 1-12 de Marcos se leen en su totalidad; se prescinde sólo de dos perícopas del capítulo 6, que son leídas en días de otros tiempos. De Mateo y Lucas se leen lodos los pasajes que no se encuentran en Marcos. De este modo, algunas parles se leen dos o tres veces: se trata de aquellas que tienen características absolutamente propias en los distintos evangelios o son necesarias para entender bien la seguida del evangelio. El «discurso escatológico», en su redacción completa referida por Lucas, se lee al final del año litúrgico.

 

Ordenación de las primeras lecturas

 

        En la primera lectura se van alternando los dos Testamentos, varias semanas cada uno, según la extensión de los libros que se leen.

        De los libros del Nuevo Testamento se lee una parte bastante notable, procurando dar una visión sustancial de cada una de las cartas.

        En cuanto al Antiguo Testamento, no era posible ofrecer más que los fragmentos escogidos que, en lo posible, dieran a conocer la índole propia de cada libro. Los textos históricos han sido seleccionados de manera que den una visión de conjunto de la historia de la salvación antes de la Encarnación del Señor. Era prácticamente imposible poner los relatos demasiado extensos: en algunos casos se han seleccionado algunos versículos, con el fin de abreviar la lectura. Además, algunas veces se ilumina el significado religioso de los hechos históricos por medio de textos tomados de los libros sapienciales, que se añaden, a modo de proemio o conclusión, a una determinada serie histórica (OLM 110).

        Proyectando una visión panorámica sobre los dos años, vemos que en los días feriales figuran casi todos los libros del Antiguo Testamento. Sólo se ha prescindido de los libros proféticos más breves (Abdías, Sofonías) y de un libro poético (Cantar de los cantares). Entre los libros narrativos con carácter edificante, que exigen una lectura más bien prolongada para ser entendidos como es debido, se leen Tobías y Rut; de los otros (Ester, Judit) se prescinde, aunque se leen algunos pasajes de los mismos en domingos o ferias de otros tiempos litúrgicos.

        Las primeras lecturas de los años impares están tomadas de Hebreos (semanas I-IV); Génesis 1-11 (V-VI); Eclesiástico (VII-VIII); Tobías (IX); 2 Corintios (X-XI); Génesis 12-50 (XII-XIV); Éxodo (XV-XVII); Levítico (XVII); Números (XVIII); Deuteronomio y Josué (XVIII-XIX); Jueces y Rut (XX); 1 Tesalonicenses (XXI-XXII); Colosenses (XXII-XXIII); 1 Timoteo (XXIII-XXIV); Esdras, Ageo y Zacarías (XXV); Zacarías, Nehemías y Baruc (XXVI); Jonás, Malaquías y Joel (XXVII); Romanos (XXVIII-XXXI); Sabiduría (XXXII); 1 y 2 Macabeos (XXXIII); Daniel (XXXIV).

 

 

 

Lunes de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Zacarías 8,1-8

En aquellos días,

1 el Señor todopoderoso me dirigió esta palabra:

2 Así dice el Señor todopoderoso: Siento un amor profundo por Sión y me abraso de pasión por ella.

3 Así dice el Señor todopoderoso: Voy a volver a Sión, voy a habitar en medio de Jerusalén. Jerusalén será llamada «ciudad fiel», y el monte del Señor todopoderoso, «monte santo».

4 Así dice el Señor todopoderoso: Ancianos y ancianas volverán a sentarse en las plazas de Jerusalén; cada uno con el bastón en la mano por lo avanzado de su edad.

5 Y las plazas de la ciudad estarán llenas de niños y niñas, que jugarán en ellas.

6 Así dice el Señor todopoderoso: En aquellos días, esto parecerá  imposible al resto del pueblo, pero no me lo parecerá a mí, oráculo del Señor todopoderoso.

7 Así dice el Señor todopoderoso: Voy a liberar a mi pueblo del país del sol levante y del país del sol poniente.

8 Y los traeré para que vivan en Jerusalén. Ellos serán mi pueblo, y yo seré para ellos un Dios fiel y salvador.

 

         *»• Empieza aquí una sección de Zacarías con fuerte sentido mesiánico. El texto es una especie de mosaico de pequeños oráculos de salvación. Los dos primeros sugieren el motivo conductor: la fidelidad de Dios al pacto -en virtud de la cual el Señor ama profundamente a Sión y no tolera los abusos ni los sufrimientos padecidos por su pueblo- será la razón del retorno de los exiliados a Jerusalén y fuente del perdón con el que se curan las infidelidades pasadas, que fueron causa del exilio. Renace así una ciudad santificada por la Palabra de Dios, fiel y dócil a ella (v. 3).

         Viene, a continuación, una serie de oráculos de prosperidad. En ellos aparecen temas acostumbrados, como la multiplicación del número de los habitantes, una prodigiosa longevidad, una fecundidad inesperada (w. 4-6) y, sobre todo, el retorno de todos los exiliados, incluso de los que habían lindado emprender la aventura de la vuelta a la patria. A la objeción presentada por algunos de que este sueño es irrealizable desde el punto de vista humano, el profeta responde recordando que lo imposible para los hombres es posible para Dios: «Esto parecerá imposible al resto del pueblo, pero no me lo parecerá a mí» (v. 6). El versículo es verdaderamente la cima de esta sección, porque fundamenta en la fidelidad y en el poder de Dios una serie de expectativas, una esperanza  que de otro modo podría parecer sólo un optimismo irreal. Sin embargo, se trata de la certeza de la salvación llevada a cabo por Dios (cf. v. 7), por el Dios de la alianza, fiel y justo.

 

Evangelio: Lucas 9,46-50

En aquel tiempo,

46 surgió entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.

47 Jesús, al darse cuenta de la discusión, tomó a un niño, lo puso junto a sí

48 y les dijo: -El que acoge a este niño en mi nombre a mí me acoge, y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado, porque el más pequeño entre vosotros es el más importante.

49 Juan tomó la palabra y le dijo: -Maestro, hemos visto a uno expulsar demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no pertenece a nuestro grupo.

50 Jesús les dijo: -No se lo prohibáis, que el que no está contra vosotros está de vuestra parte.

 

         **• La comunidad de Jesús no es una comunidad de hombres y mujeres perfectos. Las discusiones que hemos oído sobre quién sería el más importante –según Lucas- aparecerán incluso durante la última cena de Jesús con los discípulos (Lc 22,24). Como antídoto a sus deseos de grandeza meramente humanos, Jesús contrapone el inesperado modelo del niño, un modelo que deberá iluminar la problemática planteada por las relaciones en el interior de la comunidad, formada por miembros muy sensibles al honor y al prestigio humano (v. 47). Jesús no presenta aquí al niño como alguien que carece de espíritu de rivalidad, sino como alguien que carece de grandeza, alguien que en el estatus social de la época no contaba en absoluto. En definitiva, los discípulos, a quienes se dirige Jesús poniendo al niño junto a sí, aunque no desprecian al pequeño, no desean ciertamente volver a ser como él.

          Con este gesto, que para los discípulos es desconcertante, se manifiesta de manera visible el mandato de negarse a sí mismo, de renunciar a la autoglorificación. Un signo de esta renuncia a los sueños de gloria autónoma será precisamente la acogida y la atención que los discípulos habrán de reservar a los que no cuentan desde el punto de vista humano, a los que son pequeños, irrelevantes (v. 48). Sin embargo, a través de esta atención a los débiles, a los insignificantes, se abrirán a la acogida del mismo Dios.

          Lucas pone a continuación un dicho sobre las relaciones de la comunidad con el exterior. Contra el «no pertenece a nuestro grupo» (v. 49) -la motivación aducida por Juan para prohibir el ejercicio del exorcismo a un extraño-, Jesús pide por encima de todo que se sepa reconocer el bien allí donde se encuentre y que se abandone la lógica de la competencia. Tal vez, Juan desconfía del exorcista irregular no porque tema la posibilidad de que se sirva del nombre de Jesús como si se tratara de un instrumento, sino porque aquél, con su práctica sustraída a los controles de su grupo, puede disminuir a los ojos de los otros el prestigio de los discípulos. De ahí, pues, la instrucción de Jesús («el que no está contra vosotros está de vuestra parte»: v. 50), que les ayudará a superar la insidia del triunfalismo.

 

MEDITATIO

          Las lecturas de hoy nos presentan diversas provocaciones. El texto de Zacarías es casi un himno al poder de Dios, un Dios que es verdaderamente el Dios de lo imposible y que quiere hablar en medio de su pueblo para siempre. De ahí que la profecía sea una exhortación a la esperanza y a saber reconocer cómo Dios conduce a su realización, con una fidelidad infalible, su maravilloso plan de salvación. Con todo, el estilo que le caracteriza es paradójico: pasa por caminos muy alejados de nuestra lógica humana, caminos que son ilustrados de una manera eficaz por la figura del niño. La persona misma de Dios se ha hecho visible en el rostro de un Niño sencillo y pobre, pero rico en amor a todos nosotros.

          Por otra parte, el niño representa también la denuncia dirigida por Jesús a sus discípulos, alejados con frecuencia de una plena adhesión a la lógica evangélica en el marco de la vida eclesial. El mismo síntoma de la incomprensión de las exigencias evangélicas aparece en el intento de monopolizar la fe en él (véase el episodio del exorcista extraño). Se trata de una voluntad de acaparar el poder de Jesús, ignorando que el poder y la gloria del nombre de Jesús superan los mismos confines de la comunidad.

          Esta última debe recordar más bien en todas las ocasiones que cualquier curación, liberación o victoria sobre las fuerzas del mal no procede de ella, sino sólo de aquel Nombre que supera a todos, incluida la Iglesia.

 

ORATIO

          Oh Padre, tú que eliges a los pequeños y a los pobres, tú que les revelas a ellos los misterios de tu Reino, ayúdame a caminar por los caminos de la humildad y de la sencillez. Quiero imitar a tu hijo, Jesús, «dócil y humilde de corazón», y hacerme como él «siervo» de mis hermanos y hermanas. Sé que mi «hombre viejo» intenta impedir que me rinda a tu amor, alimentando en mí el orgullo, la presunción y la ingratitud. Sé también, no obstante, que a ti nada te es imposible y que con tu Espíritu puedes renovarme, realizando en mí las maravillas de las que sólo tú eres capaz.

          Crea, pues, en mí, oh Padre celestial, un corazón dócil, alejado de triunfalismos, colmado de gratitud por el inmerecido amor con el que has revestido mi vida, un corazón ajeno a las envidias y a las rivalidades, pero capaz de gozar sinceramente con cada semilla de bien que has sembrado en el mundo.

 

CONTEMPLATIO

          Nadie puede ir al conocimiento de Dios si no lo hace por el camino de la humildad. El camino para ensalzarse es humillarse. Por el camino de la humildad es como el hombre encuentra gracia a los ojos de Dios y paz con los otros hombres. Un rey de corona que tuviera que enviar a una muchacha a cierto país no la pondría encima de un rocín salvaje, feroz y extraño, sino sobre una caballería tranquila, de paso suave: de este modo, el Señor no pone su gracia en los soberbios, sino en los humildes (Egidio de Asís, / detti, Milán 1964, pp. 68.71).

 

ACTIO

          Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ellos serán mi pueblo, y yo seré para ellos un Dios fiel y salvador» (Zac 8,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

          El pequeño monje era hijo de su tiempo, es decir, de nuestro tiempo. Los esfuerzos de sus contemporáneos para promover todas las grandezas del hombre le entusiasmaban; por amor a la humanidad, por su honor y su gloria, también él intentaba ser grande. Así, desde el comienzo de su profesión, se sintió un tanto desorientado por ciertas máximas evangélicas. Intuía de una manera confusa que su rica personalidad podría incurrir en riesgos. Por eso redactó estas notas: «Si quieres hacerte pequeño, no desprecies la grandeza da los otros (excitado por una admiración no dirigida a él). Si descubres que eres pequeño, no concluyas que eres una perla (después de ciertas fulgurantes iluminaciones sobre su pequeñez).

          Quien se considera "extremadamente pequeño", raramente lo es; los verdaderos pequeños saben que están en los comienzos de la pequeñez (un día que se había mostrado humilde en todo y para todo). Si no puedes admirar tu virtud, no admires tu arrepentimiento (el día que se apartó de todo para encerrarse en elremordimiento). Tu gran hombre lo llevas en ti; san Pablo lo llama el hombre viejo (una noche que había concluido brillantemente cierto asunto). La importancia de los grandes hombres no cambia nada de lo que tú eres: precisamente porque Dios es grande eres tú pequeño (el día que el corazón del pequeño monje latía de admiración). No llegar el último con eí aspecto de alguien que ha ganado el Tour de Francia (un día en que se encontraba maravillosamente pequeño). Sé pequeño, pero sin creer que un gramo tuyo vale lo que un kilo de tu hermano (como arriba)» (M. Delbrél, // piccolo moñaco. Taccuino spirituale, Turín 1990, pp. 53-55).

 

 

Martes de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Zacarías 8,20-23

20 Así dice el Señor todopoderoso: Todavía han de venir gentes y habitantes de ciudades populosas.

21 Los habitantes de una ciudad irán a decir a los de la otra: «Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección. Yo también voy contigo».

22 Y muchos pueblos y naciones poderosas vendrán a adorar al Señor todopoderoso en Jerusalén y a pedir su protección.

23 Así dice el Señor todopoderoso: En aquellos días, diez extranjeros agarrarán a un judío por el manto y le dirán: «Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros».

 

          **• La comunidad de los hombres del retorno tiene una clara propensión a una actitud penitencial, puesto que es consciente de los efectos del pecado que había causado el exilio y la destrucción de la Ciudad Santa. El riesgo consiste en que esta actitud penitencial ofusque la alegría de la salvación llevada a cabo por el Señor.

          Aquí está, por tanto, la respuesta del profeta a la consulta sobre los ayunos. A los distintos ayunos añade también el del cuarto mes, que conmemora la brecha en las murallas de Jerusalén, y el del décimo mes, que recuerda el comienzo del asedio. Pues bien, aun sin abolir la necesidad de una actitud penitencial, en la que el ayuno ocupaba una parte importante, se confirma, no obstante, el sentimiento de alegría, de júbilo, de fiesta, que debe caracterizar la espiritualidad de la comunidad. Con todo, a fin de que esta fiesta no se altere, será necesario que la comunidad ame la verdad y la paz, pues de otro modo la fiesta se volvería «vividora», no gozosa. ¿Y cuáles son las razones de la fiesta, además del retorno? La perspectiva de una reunión universal precisamente en Jerusalén. Estos pueblos reconocerán entonces en los judíos a los maestros que les enseñarán el camino hacia el Señor (v. 23).

          A través de esta perspectiva de salvación de los pueblos, el profeta vuelve a llamar a sus primeros destinatarios -los hijos de Israel- a la exigencia de una auténtica alianza que esté basada en la confianza en la presencia del Señor, en la certeza profunda de su ser el «Dios fiel», el «Dios con nosotros».

 

Evangelio: Lucas 9,51-56

51 Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.

52 Entonces envió por delante a unos mensajeros, que fueron a una aldea de Samaría para prepararle alojamiento,

53 pero no quisieron recibirlo, porque se dirigía a Jerusalén.

54 Al ver esto, los discípulos Santiago y Juan dijeron: -Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?

55 Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, les reprendió severamente.

56 Y se marcharon a otra aldea.

 

          **• Comienza aquí la parte más característica de la obra de Lucas, el gran viaje hacia Jerusalén (Lc 9,51-19,28). Lucas nos sitúa de inmediato frente a un episodio en el que se rechaza a Jesús. El texto griego podría ser aducido de un modo más literal así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, endureció su rostro para ir a Jerusalén. Envió, pues, mensajeros delante de su rostro...». La partida de Jesús hacia Jerusalén es considerada desde la perspectiva de la misión profética, que requiere decisión para hacer frente a los peligros, con la seguridad de la ayuda del Señor (cf Jr 1,18; Is 50,7: «Endurecí mi rostro como el pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado»). Se aproxima el tiempo de su «asunción», elevación paradójica que contrasta con la lógica del hombre y que nos hace comprender que este viaje de Jesús es un viaje sin retorno, hacia la muerte.

          Como ya les ocurriera a los profetas, Jesús experimenta un clima de rechazo, de hostilidad; es el rechazo de los samaritanos (Lc 9,53). Obsérvese la ironía del texto: a primera vista, el rechazo se atribuye a la hostilidad de los samaritanos hacia el culto de Jerusalén, pero yendo más al fondo la oposición al viaje remite a la arraigada dificultad humana para aceptar el plan divino cuando éste incluye dolor y fracaso. En consecuencia, es rechazado por todos: por los suyos y por los samaritanos, por los de dentro del pueblo y por los de fuera. Sin embargo, el plan de Dios no se interrumpe por el rechazo humano. Por eso, el v. 56 afirma que «se marcharon a otra aldea»: la Buena Nueva, rechazada por unos, será acogida por otros.

          Por otra parte, el camino de Jesús encuentra incomprensión hasta por parte de los mismos discípulos. El evangelista refiere, en efecto, el episodio de la violenta indignación de Santiago y de Juan por la injusticia cometida al Maestro (v. 54) y, en consecuencia, a Dios, que es quien le envía, una indignación que traiciona la incapacidad para comprender lo que Jesús va a vivir. Jesús se lo reprocha con aspereza (v. 55), precisamente porque quiere invitarles a abandonar la idea errónea que tienen sobre la misión de Jesús y sobre la misión de ellos.

 

MEDITATIO

          La primera lectura y el pasaje evangélico parecen mantener, en apariencia, dos visiones opuestas. Por una parte, está el mensaje de Zacarías, con la perspectiva optimista de la conversión de los gentiles y de una peregrinación universal, en la que Israel va en cabeza de la procesión que sube hacia Sión. En el evangelio, en cambio, nos las vemos con la cerrazón de Israel, que está implicada en el rechazo de Jesús, y con la incredulidad de los samaritanos, que niegan toda hospitalidad al Nazareno y a sus discípulos.

          En realidad, ambas visiones no son contradictorias, sino que están profundamente coordinadas en el plan de la salvación. En el pecado de incredulidad, que conduce a excluir a Jesús de la vida humana, están implicados tanto Israel como los samaritanos y cada uno de nosotros. Todos estamos necesitados de la salvación, que nos viene precisamente del hecho de que Jesús hizo frente con valor a su destino de pasión y muerte en obediencia al plan del Padre.

          La salvación que Jesús ofrece a todo el mundo es el cumplimiento de las antiguas profecías de una redención universal, y entre esas profecías figura precisamente como un ejemplo fúlgido el presente oráculo de Jeremías. A buen seguro, el Evangelio sigue sufriendo todavía hoy rechazo y oposición, pero al discípulo dócil le está prohibida toda impaciencia, dado que ésta, más que celo amoroso, muestra una fe pequeña y representa un obstáculo para un testimonio auténtico de la obra de Cristo.

 

ORATIO

          Señor Jesús, bendigo el valor con el que endureciste tu rostro como piedra y emprendiste el camino hacia la cruz, aun sabiendo que nosotros te habríamos de corresponder con la incredulidad, la indiferencia e incluso la hostilidad.

          Bendigo la paciencia de la que haces gala incesantemente con nosotros, que nos mostramos a menudo impacientes y severos con los otros y con sus errores.

          Bendigo tu misericordia con nosotros, que no éramos hijos de Israel pero que precisamente gracias a tu muerte hemos sido hechos partícipes de las promesas que hiciste a tu pueblo. Bendigo tu fidelidad, gracias a la cual te has seguido fiando de nosotros y creyendo en nuestro discipulado, a pesar de nuestras defecciones y caídas.

          Me aferro al borde de tu manto, seguro de que encontraré en ti al que me cura de mis infidelidades y me conduce a la casa del Padre. Amén.

 

CONTEMPLATIO

          Sed dulces en vuestras acciones: nada de violencia, nada de impaciencia, nada de furor: si en alguna ocasión es preciso recurrir a la severidad, no recurráis a ella más que justo lo necesario, cuando estéis bien seguros de que es necesario; en caso de duda, preferid siempre los caminos de la dulzura a los caminos del rigor [...].

          ¡Oh! Cuando os ataquen, sólo tenéis que hacer una cosa: imitar la dulzura que mostré en mi pasión, dejaros despojar de todo, golpear, condenar a muerte, sin sombra de resistencia, como yo os daré ejemplo [...].

          Creed lo que os repito cada día, a cada hora. Creed que vuestro lema es «ser corderos». Imitadme en esto y en todo, a mí «el Cordero de Dios» (Ch. de Foucauld, All'ultimo posto. Ritiri in Terra Santa 1897-1900, Roma 1974, pp. 77-79).

 

ACTIO

          Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección» (Zac 8,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

          Es necesario desarraigarse. Cortar el árbol y hacer con él una cruz, y llevarla después todos los días. La contradicción experimentada hasta el fondo del ser es la laceración, es la cruz. Hace falta un hombre justo al que imitar para que la imitación de Dios no sea una palabra vacía, pero nace falta también, a fin de que vayamos más allá de la voluntad, que sea imposible querer imitarle. No podemos querer la cruz. Podemos querer cualquier grado de ascetismo o de heroísmo, pero no la cruz, que es un sufrimiento penal.

          El misterio de la cruz de Cristo reside en una contradicción, porque es, al mismo tiempo, una ofrenda voluntaria y un castigo que sufrió a su pesar. Si sólo viéramos la ofrenda, podríamos querer lo mismo para nosotros. Pero no es posible querer un castigo padecido a pesar nuestro. Quienes conciben la crucifixión sólo bajo el aspecto de la ofrenda cancelan el misterio salvífico y la amargura salvífica. Desear el martirio es desear verdaderamente demasiado poco. La cruz es infinitamente más que el martirio [...].

          La cruz es una palanca con la que un cuerpo frágil y ligero, pero que era Dios, ha levantado el peso de todo el mundo. «Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo.» Este punto de apoyo es la cruz. No puede haber otro. Es menester que se encuentre en la intercesión del mundo con lo que no es el mundo. La cruz es esta intercesión (S. Weil, // chicco di melagrana, CiniselloB. 1998, pp. 105ss).

 

 

Miércoles de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Nehemías 2,1-8

1 En el mes de Nisán del año vigésimo del reinado de Artajerjes, tomé el vino y se lo serví al rey en mi calidad de copero. Como nunca anteriormente había estado triste en su presencia,

2 el rey me preguntó: -¿Por qué ese semblante tan triste? Puesto que no estás enfermo, tiene que ser una aflicción del corazón. Sumamente azorado,

3 dije al rey: -Viva eternamente el rey. ¿Cómo no ha de estar triste mi semblante cuando la ciudad que guarda las tumbas de mis antepasados está destruida y sus puertas quemadas?

4 Me preguntó el rey: -¿Qué es lo que quieres? Entonces yo, encomendándome al Dios del cielo,

5 le dije: -Si le parece bien al rey y está contento de su siervo, le ruego que me permita ir a Judá para reconstruir la ciudad de las tumbas de mis antepasados.

6 El rey, que tenía a la reina sentada a su lado, me preguntó: -¿Cuánto durará tu viaje y para cuándo piensas volver. Yo le indiqué una fecha que le pareció bien, y me autorizó a realizar el viaje.

7 Me atreví a decirle todavía: -Si le parece bien al rey, podría darme cartas para los gobernadores del territorio del otro lado del Eufrates, a fin de que me faciliten el viaje hasta Judá.

8 También, una carta para Asaf, el encargado de los bosques reales, para que me proporcione madera de construcción para las puertas de la ciudadela del templo, para la muralla de la ciudad y la casa que voy a ocupar. El rey accedió a ello, porque mi Dios me protegía con toda su bondad.

 

          **• El personaje de Nehemías subintra en el de Esdras y plantea numerosos problemas a la cronología de ambos personajes y a las relaciones entre ellos. De todos modos, aparece aquí una comparación implícita entre ambos a través de una serie de paralelismos y contrastes.

          Los dos tienen que hacer frente a las dificultades y a la oposición de los vecinos: a la obra de la reconstrucción del templo, en el primer caso, y a la reconstrucción de la ciudad, en el segundo. El autor, más que degradar a Nehemías y la política que él representa, quiere acentuar su complementariedad con el proyecto de Esdras y la necesidad de dos modos de estar presente en la comunidad: Esdras estaba más preocupado por la reconstrucción religiosa del pueblo, y Nehemías, por su reconstrucción civil.

          La memoria de Nehemías, narrada en primera persona, es atribuida al final a la presencia protectora y providente de Dios, a la mano benéfica con la que YHWH guía a los protagonistas de la reconstrucción del pueblo (v. 8). También está implícito el motivo de la necesidad de superar las vacilaciones personales, de vencer el temor por la propia vida y por la propia fortuna, de estar dispuesto a sacrificarlo todo, incluso todas las comunidades, por la causa del pueblo de Dios. De este modo, Nehemías arriesga la vida, mostrándose triste ante el rey, pero, al final, el atrevimiento del que hace gala en su discurso le permite obtener las credenciales que le permitirán reconstruir la ciudad. El motivo es semejante al de Ageo: la necesidad de anteponer la causa del pueblo de Dios a nuestro propio bien particular.

 

Evangelio: Lucas 9,57-62

En aquel tiempo,

57 mientras iban de camino, uno le dijo: -Te seguiré adondequiera que vayas.

58 Jesús le contestó: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

59 A otro le dijo: -Sígueme. Él replicó: -Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre.

60 Jesús le respondió: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.

61 Otro le dijo: -Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia.

62 Jesús le contestó: -El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.

 

        **• Lucas presenta a Jesús, por el camino hacia Jerusalén, acompañado por sus discípulos (v. 57), a los cuales se les asocian otros. El evangelista menciona ahora el caso de tres aspirantes al discipulado. A los tres les pone la condición de estar dispuestos a partir, de no demorarse. La exigencia de la vocación se propone con fórmulas lapidarias: dejarlo todo para seguir a Jesús y no posponer el seguimiento de Jesús a ninguna otra cosa.

        El primer caso es el de un aspirante a discípulo que toma la iniciativa de pedirle a Jesús que le deje seguirle: «Uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas» (v. 57). Esta conmovedora declaración de fidelidad recuerda lo que prometió Rut a su suegra Noemí (Rut 1,16). Del mismo modo que hizo la anciana Noemí con su nuera, Jesús parece frenar -planteando exigencias inderogables- tanto el impulso generoso de este anónimo discípulo como, a continuación, la disponibilidad de otros dos seguidores a los que tampoco se nombra: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (v. 58).

        He aquí ahora el segundo caso (w. 59ss), en el que es el mismo Jesús quien pide a alguien que le siga, mostrando así con claridad que el discipulado tiene siempre su origen en la libre elección por parte del Maestro. El llamado, sin embargo, no debe mostrar un asentimiento condicionado, ni aunque se trate de pedir permiso para enterrar a su propio padre. Jesús no quiere negar el deber de dar sepultura a los muertos ni la observancia del cuarto mandamiento, sino que pretende recordar que hasta los vínculos más queridos han de estar subordinados a los valores del Reino.

        El último caso (w. 61ss) hace referencia a la llamada de Eliseo por parte del profeta Elías (1 Re 19,19-21). Se establece así una relación de continuidad y de contraste. El discípulo, como en el caso de Eliseo, recibe el carisma del Maestro, pero no se le permite ninguna vacilación o dilación. La llamada al discipulado es incondicionada y no tolera los titubeos que nos impiden estar dispuestos a reconocer el Reino de Dios.

 

MEDITATIO

        La primera lectura nos pone de nuevo frente a la urgente tarea que supone para cada creyente colaborar en la edificación del pueblo de Dios y robustecer su camino en la fe. En cuanto discípulos de Jesús, estamos llamados, por habernos adherido a su seguimiento, a descubrir también que la pasión por la comunidad del Señor no puede ser algo secundario para quien ha experimentado el inmenso amor que Dios tiene por su pueblo.

        La dureza de las condiciones que Jesús pone a los aspirantes a discípulos no tiende a formar un discípulo que persiga un elevado ideal ascético, cosa que podría engendrar en el ánimo una especie de sentimiento altanero de seguridad o indiferencia hacia los otros; Jesús recuerda aquí más bien que el discipulado es «gracia cara» y que las renuncias propuestas deben ser entendidas sólo como manifestaciones de un radicalismo en el amor.

        Se trata de la disponibilidad para hacerse ofrenda, a imitación de aquel que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9). El arado en el que nos dice que pongamos la mano es el servicio generoso, perseverante, humilde, al Reino. Eso significa que debemos roturar los duros terrones de nuestro corazón, renunciando a expectativas y proyectos sólo nuestros, para buscar, en cambio, por encima de todo, el bien del pueblo de Dios, tal como hicieron Nehemías y los justos de Israel y tal como hicieron los innumerables santos de la Iglesia.

 

ORATIO

        Señor Jesús, infunde en mí una sincera pasión por ti, un profundo deseo de seguirte y de servirte en tus hermanos y hermanas. Sin embargo, tú conoces lo débil que soy frente a los obstáculos que encuentro en mi camino, unos obstáculos que engendran en mi corazón dudas, vacilaciones, contradicciones. Revísteme, pues, de tu fuerza para que no ponga la mano en el arado y, después, por cansancio u otro motivo, acabe por volverme atrás.

        Concédeme un corazón indiviso que sepa reconocerte en todo instante como el Señor de mi vida y no se deje arrastrar por distracciones, afanes o embriagueces.

        Concédeme no escandalizarme de ti cuando te descubro pobre, débil, sin una piedra donde reposar la cabeza. Suscita en mí eso que echo de menos: el compartir, el amor por ti, una fidelidad capaz de perseverar en la contemplación de tu santa pasión y muerte. Amén.

 

CONTEMPLATIO

        ¿Has oído contar la antigua historia de Lot y sus hijas (cf. Gn 14,15ss), cómo Lot se salvó con sus hijas ganando el monte, mientras que su mujer acabó transformada en una estatua de sal? Fue inmovilizada así para que se hiciera perenne el recuerdo de su perversa elección de volver la mirada hacia atrás. Has de llevar, por tanto, buen cuidado en no volver la mirada atrás después de haber puesto la mano en el arado (cf. Le 9,62), en no volver con semejante comportamiento a la amarga salinidad de la vida precedente (cf. Dt 4,23; Tob 4,13), y has de refugiarte en el monte (Gn 19,17) junto a Jesús, la Piedra no cortada por mano de hombres que ha llenado el universo (cf. Dn 2,34-35.45) (Cirilo de Jerusalén, Le Catechesi, Roma 21997, pp. 440ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mi Dios me protegía con toda su bondad» (Neh 2,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La llamada de Jesús al seguimiento convierte al discípulo en un individuo aislado. Quiéralo o no, debe decidirse, y debe decidirse solo. No se trata de una elección personal, por la que pretende convertirse en un individuo aislado; es Cristo quien transforma al que llama en individuo. Cada uno es llamado individualmente. Debe seguir individualmente. Temeroso de encontrarse solo, el hombre cusca protección entre las personas y cosas que le rodean. De un solo golpe descubre todas sus responsabilidades y se aferra a ellas. Quiere tomar sus decisiones al abrigo de estas responsabilidades, no desea encontrarse solo, frente a frente con Jesús, ni quiere tener que decidirse mirándole solo a él. Pero ni el padre ni la madre, ni la mujer ni los hijos, ni el pueblo ni la historia pueden proteger en este momento al que ha sido llamado. Cristo quiere aislar al hombre, que no debe ver más que al que le ha llamado.

        En la llamada de Jesús se ha consumado la ruptura con los datos naturales entre los que vive el hombre. No es el seguidor quien consuma esta ruptura, sino Jesús mismo en el momento en que llama. Cristo ha liberado al hombre de las relaciones inmediatas con el mundo, para situarlo en relación inmediata consigo mismo. Nadie puede seguir a Cristo sin reconocer y aprobar esta ruptura ya consumada. No es el capricho de una vida llevada según la propia voluntad, sino Cristo mismo quien conduce al discípulo a la ruptura. [...]

        Todos se lanzan aislados al seguimiento, pero nadie queda solo en el seguimiento. A quien osa convertirse en individuo, basándose en la Palabra de Jesús, se le concede la comunión de la Iglesia. Se halla en una fraternidad visible que le devuelve centuplicadamente lo que perdió. ¿Centuplicadamente? Sí, porque ahora lo tiene sólo por Jesús, todo lo tiene por el mediador, lo que significa, por otra parte, «con persecuciones». «Centuplicadamente», «con persecuciones», es la gracia de la comunidad que sigue a su maestro bajo la cruz. Esta es, pues, la promesa hecha a los seguidores de convertirse en miembros de la comunidad de la cruz, de ser pueblo del mediador, pueblo bajo la cruz (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, pp. 57.63).

 

 

Jueves de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Nehemías 8,l-4a.5-6.7b-12

1 Todo el pueblo se congregó como un solo hombre en la plaza de la Puerta de las Aguas y pidió a Esdras, el escriba, que trajera el libro de la ley de Moisés que el Señor había entregado a Israel.

2 Así lo hizo el sacerdote Esdras. El día primero del séptimo mes trajo el libro de la ley y ante la asamblea compuesta por hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón,

3 lo estuvo leyendo en la plaza de la Puerta de las Aguas desde la mañana hasta el mediodía. Todo el pueblo, hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón, escuchaban con atención la lectura del libro de la ley.

4 Esdras, el escriba, estaba de pie sobre un estrado de madera levantado al efecto.

5 Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo, pues estaba más alto que todos, y, al abrirlo, todo el pueblo se puso en pie.

6 Esdras bendijo al Señor, el gran Dios; y todo el pueblo, alzando las manos, respondió: -Amén, amén. Después se postraron y, rostro en tierra, adoraron al Señor.

7 Los levitas explicaban la ley al pueblo que estaba de pie.

8 Leían el libro de la ley de Dios clara y distintamente, explicando el sentido, para que pudieran entender lo que se leía.

9 El gobernador Nehemías; Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a todos: -Este día está consagrado al Señor, nuestro Dios: no estéis tristes ni lloréis. Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley.

10 Nehemías añadió: -Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces y mandad su porción a los que no han preparado nada, pues este día ha sido consagrado a nuestro Señor. ¡No os aflijáis, que el Señor se alegra al veros fuertes!

11 Y los levitas tranquilizaban a todo el pueblo diciendo: -No os lamentéis ni os aflijáis, que éste es un día santo.

12 Y todo el pueblo se fue a comer y a beber. Repartieron porciones y celebraron una gran fiesta, pues habían comprendido las palabras que les habían enseñado.

 

        **• El relato de Nehemías presenta al pueblo de Dios reunido por su Palabra. Ésta inspira también el servicio y el gobierno en la comunidad del Señor. Tras la vuelta del exilio de Babilonia, el pueblo no reconstruye su propia vida religiosa sólo sobre el templo y los sacrificios, sino que empieza a elaborar una nueva institución: una comunidad que se reúne para leer y orar la Palabra. Esa institución es la Sinagoga. Israel se convierte así en religión del Libro. Según el relato bíblico, como conclusión de la reforma civil y religiosa, Nehemías y Esdras convocan a todo el pueblo para que escuche la lectura de la ley de Moisés. Puede observarse cómo el encuentro de la comunidad con la Palabra de Dios está modelado sobre el ritual y la modalidad de la lectura sinagogal de la Tora, que volvemos a encontrar en la época de Jesús y que también servirá de referencia para el culto de la Palabra en la comunidad cristiana.

        «El día primero del séptimo mes» es fiesta del nuevo año civil (cf. Lv 23,24ss; Nm 29,1-6). La comunidad que se reúne declara así su voluntad de fundamentar la vida cotidiana, en el nuevo año que comienza, con las decisiones que implica la vida civil, basadas precisamente en la Palabra que va a oír dentro de poco. El libro de la Ley está rodeado de gran honor: el pueblo se pone en pie, se postra en acto de adoración, levanta las manos al cielo en señal de oración cuando Esdras trae el libro a la presencia de todos. Ese acto de adoración expresa la conciencia de que esas Escrituras no son fruto exclusivo del trabajo humano, sino que son revelación de Dios, su presencia iluminadora en medio del pueblo que escucha.

        Después de la lectura de distintos fragmentos, los levitas explicaban el sentido del texto, traduciéndolo al arameo, es decir, a la lengua de la época, y comentándolo (actualizándolo). Se trata del equivalente de la «homilía» y es un momento que todavía está presente en los ritos de la Sinagoga. El relato presenta asimismo los efectos de la Palabra, escuchada de modo religioso y adorador.

 

Evangelio: Lucas 10,1-12

 En aquel tiempo,

1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.

2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino. 5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.

6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.

9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.

10 Pero si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y decid:

11 Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos y os lo dejamos. Sabed de todas formas que está llegando el Reino de Dios.

12 Os digo que el día del juicio será más tolerable para Sodoma que para ese pueblo.

 

        *» El relato de Lucas sobre el envío de setenta y dos discípulos a los pueblos de Galilea por parte de Jesús acentúa fuertemente el hecho de que aquel que los envía a llevar el anuncio del Reino es enviado a su vez por el Padre: «¡En marcha! Mirad que os envío...» (v. 3). Dada su calidad de mensajeros, no deberán atraer la atención sobre ellos mismos, sino más bien llevar los corazones de aquellos a quienes se dirijan a abrirse a recibir a aquel que viene. El discípulo experimentará en esta aventura su propia fragilidad y se encontrará asimismo en situaciones de peligro, como «corderos en medio de lobos» (cf. v. 3). Deberá precaverse, por tanto, contra la tentación de dar un testimonio agresivo; ser como cordero en medio de lobos comporta más bien un estilo de acción dotado de paciencia, de mansedumbre, capaz de aceptar el rechazo y la persecución.

        Otra tentación que deberán superar los enviados es la de mezclar intereses personales con los del Reino. La invitación de Jesús a no saludar a nadie por el camino, o sea, a no aprovechar el viaje para visitar a parientes y amigos, es un modo paradójico de confirmar la prioridad absoluta del Reino. Un riesgo ulterior es el de la eficiencia: los mandatos de Jesús sobre la severa limitación del equipaje del evangelizador (vestido, bolsa, etc.) son una exhortación a que sean libres, sobrios, a que no antepongan los medios al fin (v. 4). Lucas recuerda a renglón seguido que la evangelización no incluye sólo la dimensión del don, sino que suscita también el intercambio («comed lo que os pongan»: v. 7). De este modo, entre el enviado y el que acoge el mensaje del Reino se crea una comunión, una reciprocidad, que figura en el origen de la vida de la comunidad. Una comunidad que tendrá sus primeros hogares en las casas de los creyentes.

        El discípulo que lleva el anuncio del Reino deberá ser consciente siempre de que Dios no permanece inactivo ni está condicionado por la mala voluntad de los destinatarios del anuncio. Tanto si lo aceptan como si lo rechazan, el Reino de Dios vendrá a nosotros: «Pero si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y decid: Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos y os lo dejamos. Sabed de todas formas que está llegando el Reino de Dios» (v. 11).

 

MEDITATIO

        La espléndida lectura de Nehemías nos ayuda a reflexionar sobre los frutos producidos en nuestra vida por una escucha religiosa de la Palabra de Dios. El primer efecto es la conversión, es decir, un deseo ferviente y decidido de cambiar de vida y hacerla más conforme con las exigencias divinas expresadas en el Libro. Esta conversión se hace evidente en el llanto que se apodera del pueblo: «Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley».

        La conversión suscitada por la escucha atenta de la Palabra se vuelve en nosotros caridad, atención a las necesidades del prójimo, impulso a compartir y a la fraternidad: «Mandad su porción a los que no han preparado nada». La escucha de la Palabra suscita arrepentimiento y, de este modo, prepara el corazón para la alegría del encuentro salvador con el Dios misericordioso. Esta alegría procede del hecho de que en la lectura del Libro se encuentra un Dios que se hace cercano, que sacia nuestro deseo, que da cabal cumplimiento a nuestra búsqueda más profunda, porque en este encuentro Dios se deja encontrar por quien le busca: «Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces [...] ¡No os aflijáis, que el Señor se alegra al veros fuertes!» (Neh 8,8-10). Esta última frase es una síntesis admirable de cuanto produce en nuestra vida la escucha atenta, afectuosa y obediente de la Sagrada Escritura: coraje, fuerza vital, alegría de vivir, generosidad en el compartir. «¡El Señor se alegra de veros fuertes».

        No se trata de que la palabra de la Escritura tenga una eficacia casi mágica; se trata más bien de una fecundidad que nos compromete con una acogida libre, consciente y laboriosa, de una fecundidad que, a veces, requiere un largo tiempo de gestación (Is 55,10ss). Ahora bien, cuando la semilla de la Palabra cae en un terreno preparado para recibirla, entonces arraiga, germina y da fruto, tanto en la vida personal como en la comunitaria, y, sobre todo, se convierte en fuerza de evangelización, en impulso para la misión, en sintonía profunda con el corazón de aquel Dios que quiere enviar muchos obreros a su mies.

 

ORATIO

        Hoy, Señor Dios mío, te voy a rezar con las palabras que tú mismo me has dado para dirigirme a ti. Te alabo con el salmista por el don precioso e incomparable de tu Palabra:

«Tu Palabra es antorcha para mis pasos y luz para mis sendas.

Lo he jurado y lo haré: cumpliré tus justos mandamientos.

Estoy hundido en la miseria, Señor, dame vida según tu Palabra.

Acepta, Señor, mi ofrenda, enséñame tus mandamientos.

Mi vida está siempre en peligro, mas no olvido tu ley.

Aunque los malvados me tiendan una trampa, no me apartaré de tus decretos.

Tus preceptos son por siempre mi herencia y la alegría de mi corazón.

Inclino mi corazón a ejecutar tus normas, mi recompensa será eterna».

Amén.

 

CONTEMPLATIO

        La Palabra de Dios es, al mismo tiempo, lámpara y luz (cf Sal 118,105; Prov 6,23). Ilumina los pensamientos según la naturaleza de los creyentes y quema aquellos que son contra natura; disuelve las tinieblas de la vida según la percepción sensible para los que, por medio de los mandamientos, tienden a la vida que esperan, y castiga con el fuego del juicio a los que se adhieren con la voluntad, por afecto a la carne, a la noche tenebrosa de la vida [...].

        Las palabras de Dios, si son expresadas sólo con palabras, es decir, si no tienen como voz la práctica de quienes las pronuncian, no son oídas. Sin embargo, si son pronunciadas unidas a la práctica de los mandamientos, entonces esta voz tiene el poder de hacer desvanecerse a los demonios y de disponer a los hombres a edificar el templo divino del corazón con el progreso en las obras de la justicia (Máximo el Confesor, «Segunda centuria» 39.91, en La filocalia, Turín 1983, II, 197.209 [edición española: La filocalia en la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca 1994]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Haz, Señor, que prestemos atención a tu Palabra» (cf. Neh 8,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Están los que escuchan la Palabra de Dios, se dejan sacudir un momento, mientras la oyen, y dicen: «¡Qué belleza! ¡Deberíamos seguir más esta Palabra!». Pero después todo pasa, como pasan tantas emociones. Cuántas veces, al salir de un hospital, decimos: «¡Deberíamos venir con más frecuencia!». Después, al doblar la primera esquina, ya te has convertido en otro. Dejas de acrisolarte con los pensamientos del sufrimiento. Si se tratara de embrollar, estás dispuesto a ello de inmediato. Cuando escuchas la Palabra de Dios te dejas captar: «¡Mira, el Señor tiene verdaderamente razón!». Pero en cuanto pones fuera los pies, basta que un amigo, un compañero, alguien, te haga una propuesta de negocios poco honesta y te aboques de inmediato [...].

       Que la Palabra de Dios pueda crecer en vosotros y dar fruto hasta tal punto que la gente que se encuentre a vuestro lado se sienta consolada. ¡Escuchemos la Palabra del Señor! ¡Escuchémosla! Es una Palabra que nos provoca. Y no se alinea con la lógica humana. ¡Recordadlo siempre! Hay quien nos toma por locos cuando pronunciamos en su integridad la Palabra de Dios, porque se muestra imposible de encuadrar en los sistemas. Es siempre diferente, es provocadora, no avala las lógicas humanas, no es una confirmación de nuestros esquemas mentales, casi siempre de posesión, de acaparamiento, de interés, de cálculo. La Palabra de Dios es él. Llevemos en nuestro corazón al Señor Jesús. El nos otorga un enorme consuelo, una gran confortación, un gran valor, una enorme esperanza, un montón de deseos de vivir, de volver a empezar desde el principio con una gran energía, con una gran esperanza. Que el Señor entre en nuestro espíritu (A. Bello, Senza misura, Mofetta 1993, pp. 52-54).

 

 

Viernes de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Baruc 1,15-22

15 Diréis: Reconocemos que el Señor es inocente; nosotros, en cambio, estamos hoy abrumados de vergüenza, junto con los habitantes de Judá y de Jerusalén,

16 con nuestros reyes y gobernantes, con nuestros sacerdotes, profetas y antepasados.

17 Porque hemos pecado ante el Señor, le hemos desobedecido, no hemos escuchado la voz del Señor, Dios nuestro, y no hemos cumplido los mandamientos que él nos había dado.

19 Desde que el Señor sacó a nuestros antepasados de Egipto hasta hoy, hemos sido rebeldes al Señor, Dios nuestro, e, insensatos de nosotros, no hemos escuchado su voz.

20 Por eso ahora han caído sobre nosotros la desgracia y la maldición con que el Señor amenazó a su siervo Moisés cuando sacó a nuestros antepasados de Egipto para darnos una tierra que mana leche y miel.

21 Nosotros no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios, que nos habló por medio de sus enviados, los profetas.

22 Cada uno de nosotros ha seguido los proyectos de su obstinado corazón, dando culto a otros dioses y ofendiendo al Señor, nuestro Dios, con su conducta.

 

       **• Tras la liturgia de la lectura del Libro, el texto de Baruc introduce una amplia oración penitencial, cuyos primeros versículos hemos leído. Es la súplica de los exiliados, en la que pueden reconocerse todos los judíos sometidos al dominio extranjero, en cualquier parte del mundo en que se encuentren. Es, por consiguiente, la oración del pueblo de Dios en la diáspora, que no quiere perder su propia identidad espiritual.

       En primer lugar, se siente solidario en la culpa que ha marcado la historia pasada, una historia compuesta de promesas divinas y pecados del pueblo. La historia es considerada como una historia solidaria en el bien y en el mal. Los dones de Dios a su pueblo han sido generosos y grandiosos, mientras que el pueblo ha reaccionado con la desobediencia y con la rebelión. Por eso se hace necesaria una confesión de las culpas que reconozca la justicia de Dios y su inocencia. En esta justicia, en esta falta de culpabilidad de Dios reside la posibilidad que tiene el pueblo de volver a comenzar, de esperar de nuevo, de aguardar el perdón del Señor.

       Debemos señalar que, en esta confesión, el pueblo que está presente, que está dirigiendo su súplica a Dios, se siente de todos modos corresponsable asimismo de las culpas del pasado. Ahora bien, esa corresponsabilidad le hará precisamente solidario en las promesas indefectibles que Dios ha hecho a su pueblo.

 

Evangelio: Lucas 10,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús:

13 ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

14 Por eso, será más tolerable el día del juicio para Tiro y Sidón que para vosotras.

15 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás!

16 Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.

 

       **• Lucas sitúa el juicio sobre las ciudades del lago tras el envío de los 72 discípulos en misión (Lc 10,1-12), dejando entender así un desenlace negativo de su anuncio Jesús había ofrecido a los enviados una especie de vademécum para su misión; aquí, en cambio, indica las condiciones requeridas para una efectiva acogida del Evangelio del Reino.

       Las ciudades del lago son sometidas a un juicio severo (w. 13-15) por no haber respondido con una fe verdadera y una sincera conversión al anuncio de los discípulos de Jesús. Corozaín, Betsaida y Cafarnaún fueron las ciudades en las que más actuó Jesús, anunciando la Buena Nueva y realizando en ellas muchos milagros; sin embargo, no creyeron en el Evangelio ni cambiaron de conducta. Por eso se les profetiza una suerte peor que la de Sodoma y Gomorra, que representan en la tradición bíblica la oposición más obstinada a Dios (cf. Gn 19). Jesús establece otra comparación con Tiro y Sidón: estas ciudades, enemigas de Israel y extrañas a la promesa, se han mostrado más abiertas a la escucha de la Palabra de Dios y disponibles a la penitencia que las ciudades judías situadas junto al lago de Genesaret.

       En la conclusión del discurso, Jesús se refiere al principio de la Shalia, en virtud del cual el enviado goza de la misma autoridad que quien le ha enviado y, por consiguiente, puede exigir la misma obediencia que se debe a quien le envía. Dado que los discípulos han sido enviados por Jesús, que a su vez ha sido enviado por su Padre, recibirles o rechazarles significa recibir o rechazar a Dios mismo.

       En consecuencia, la decisión se convierte en una cuestión de salvación o perdición: «Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado» (v. 16).

 

MEDITATIO

       Las dos lecturas litúrgicas tienen en común un evidente rasgo penitencial. La constante conversión requerida por el discipulado exige que la dimensión penitencial esté siempre presente en nuestra vida cristiana. El durísimo juicio emitido por Jesús sobre las ciudades del lago constituye también una severa advertencia para quienes leemos la palabra del Evangelio, a fin de que no nos endurezcamos ni cerremos nuestro corazón a una verdadera escucha de la Palabra. Seremos más imperdonables que Sodoma y Gomorra, y más incrédulos que Tiro y Sidón si, habiendo encontrado la alegre noticia, permaneciéramos extraños, alejados, cerrados en nosotros mismos.

       Por el contrario, tanto el profeta Baruc como la enseñanza de Jesús nos invitan a que seamos capaces de confesar nuestro pecado, reconociendo al mismo tiempo la fidelidad y la misericordia de nuestro Dios. Por eso debemos acoger de buen grado a quien nos exhorta a la conversión, haciéndonos constatar nuestros pecados e incitándonos a cambiar de vida. En los profetas, que a menudo nos resultan incómodos, la Palabra bíblica nos hace reconocer la voz de Dios, que nos habla y no quiere humillarnos de manera gratuita o deprimirnos, sino indicarnos el único camino de salvación. Éste es el de una incesante búsqueda de conversión y una lucha tenaz contra las fuerzas destructoras del pecado: «Cada uno de nosotros ha seguido los proyectos de su obstinado corazón dando culto a otros dioses y ofendiendo al Señor, nuestro Dios, con su conducta».

 

ORATIO

       Oh Dios, Padre nuestro celestial, te damos gracias por haber reconciliado contigo el mundo a través de Jesucristo y por habernos regenerado con el poder del Espíritu Santo.

       Jesucristo, te damos gracias por habernos llamado a la reconciliación, al servicio de tu Palabra y del prójimo, por amor a la creación de Dios. Te damos gracias porque haces posible la reconciliación con nosotros mismos, para que, con un sentido de responsabilidad y de coraje, podamos poner aparte el pasado y mirar hacia el futuro que tú nos das.

       Oh Dios, te damos gracias porque vas tejiendo con paciencia la trama de tela para la paz, la concordia, la unidad entre las personas y en la vida de nuestras comunidades cristianas. Te damos gracias también por el día en que, por obra del Espíritu Santo, todos seremos acogidos, reconciliados contigo, en tu morada. Amén.

 

CONTEMPLATIO

       Y ciertamente, Señor, como ante tus ojos está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí, aunque yo no te lo quisiera confesar? Lo que haría sería esconderte a ti de mí, no a mí de ti. Pero ahora que mi gemido es testigo de que no me desagrado a mí, tú brillas y me places y eres amado y deseado hasta avergonzarme de mí y desecharme y elegirte a ti, y así no me plazca a ti ni a mí si no es por ti.

       Quienquiera, pues, que yo sea, manifiesto soy para ti, Señor. También he dicho yo el fruto con el que te confieso; porque no hago esto con palabras y voces de carne, sino con palabras del alma y clamor de la mente, que son las que tus oídos conocen. Porque, cuando soy malo, confesarte a ti no es otra cosa que desplacerme a mí; y cuando soy piadoso, confesarte a ti no es otra cosa que desplacerme a mí; y cuando soy piadoso, confesarte a ti no es otra cosa que no atribuírmelo a mí. Porque tú, Señor, eres el que bendices al justo (Sal 5,1 ) pero antes le haces justo de impío (Rom 4,5).

       Así pues, mi confesión en tu presencia, Dios mío, se hace callada y no calladamente; calla en cuanto al ruido de las palabras, clama en cuanto al afecto. Porque ni siquiera una palabra de bien puedo decir a los hombres si antes no la oyeras tú de mí, ni tú podrías oír algo tal de mí antes de que no me lo hubieses dicho tú a mí» (Agustín de Hipona, Las confesiones, X, II, 2).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Perdona nuestro corazón obstinado» (cf. Bar 1,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Una de las provocaciones más grandes de la vida espiritual es recibir el perdón de Dios. Hay algo en nosotros, seres humanos, que nos mantiene tenazmente aterrados a nuestros pecados y no nos permite dejar que Dios cancele nuestro pasado y nos ofrezca un comienzo completamente nuevo. Algunas veces parece incluso que deseara yo demostrar a Dios que mis tinieblas son demasiado espesas para ser disueltas. Mientras que Dios quiere restituirme la plena condición de hijo, continúo insistiendo en que me instalaré como criado. Ahora bien, ¿quiero ser restituido de verdad a la plena responsabilidad de hijo? ¿Quiero verdaderamente ser perdonado del todo, de modo que me sea posible una vida completamente nueva? ¿Tengo confianza en mí mismo y en una redención tan radical? ¿Deseo romper con esa rebelión mía contra Dios profundamente arraigada y rendirme de un modo tan absoluto a su amor que haga brotar una persona nueva? Recibir el perdón exige una voluntad total de dejar que Dios sea Dios y lleve a cabo todo el saneamiento, la reintegración y la renovación. En cuanto quiero hacer, aunque sólo sea una parte de todo esto, me contento con soluciones parciales (H. J. M. Nouwen, L'abbracao benedicente, Brescia 152000, p. 78).

 

 

 

Sábado de la 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Baruc 4,5-12.27-29

5 ¡Ánimo, pueblo mío, tú mantienes vivo el recuerdo de Israel!

6 Habéis sido vendidos a las naciones, mas no para ser aniquilados; porque provocasteis la ira de Dios, fuisteis entregados a los enemigos.

7 Irritasteis, en efecto, a vuestro creador, pues ofrecisteis sacrificios a los demonios y no a Dios.

8 Olvidasteis al Dios eterno, que os alimentó, y afligisteis a Jerusalén, que os crió.

9 Ella fue la que dijo cuando vio que el castigo de Dios se cernía sobre vosotros: «Escuchad, vecinas de Sión, Dios me ha enviado una gran pena;

10 he visto el destierro que el Dios eterno ha traído sobre mis hijos e hijas.

11 Yo, que los había alimentado con gozo, los he visto partir llorosa y apenada.

12 Que nadie se alegre a mi costa, viéndome viuda y abandonada de tantos.

Estoy desolada por los pecados de mis hijos, porque se apartaron de la ley de Dios.

27 Valor, hijos míos, clamad a Dios, pues el mismo que os mandó esto se acordará de vosotros.

28 Como apartasteis vuestro pensamiento de Dios, convertíos ahora y buscadlo con redoblado ardor.

29 Pues el que os acarreó los males os traerá la alegría imperecedera, junto con vuestra salvación.

 

       *•• Comienza aquí la tercera parte del libro de Baruc, y lo hace con un oráculo profético de consolación. Sin embargo, antes de introducir el mensaje de salvación -en términos muy similares a los del Segundo y Tercer Isaías-, el autor presenta a un pueblo, personificado en la ciudad de Jerusalén, como una viuda, como una mujer desolada, que reconoce el fundamento del castigo recibido por parte de Dios, un castigo debido a los pecados del pueblo, a su olvido del Dios eterno, que es Padre, ignorando, por tanto, el poder y la paternidad de Dios.

       Tras haber reconocido que la ira de Dios se ha abatido justamente sobre el pueblo, se reconoce asimismo su carácter pedagógico. Dios no castiga para condenar, sino para salvar. De ahí que la última parte del oráculo se abra a la esperanza del perdón: el pueblo, que ha experimentado el castigo, podrá volver a Dios multiplicando su celo en la búsqueda de YHVVII. Entonces experimentará una salvación que trasciende los límites de las expectativas humanas.

       Jerusalén habla a sus hijos, en este oráculo, como una madre habla a sus propios hijos que se han mostrado malos y desobedientes, pero que podrán corregirse, enmendarse, y reemprender un camino de madurez, un camino positivo. El mensaje es, por consiguiente, una exhortación a convertirse al Señor y decuplicar el celo en la búsqueda. Se trata de dar una respuesta total a aquel que dio las diez palabras a su pueblo, que ahora «decuplica las fuerzas» en la búsqueda de la conversión a su Dios.

 

Evangelio: Lucas 10,17-24

En aquel tiempo,

17 los setenta [y dos] volvieron llenos de alegría, diciendo: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

18 Jesús les dijo: -He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo.

19 Os he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para dominar toda potencia enemiga, y nada os podrá dañar.

20 Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.

21 En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

22 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: -Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis.

24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

       **• Los w. 17-20 p r e s e n t a n el regreso de los setenta y dos después de la misión. Se dirigen al Kyrios, título de la confesión pascual de la Iglesia, porque ven la difusión de la Palabra y retirarse ante ella el poder del mal, expulsado por el poder del Nombre de Jesús.

       El v. 18 es intrigante: en él afirma Jesús que, mientras sus enviados estaban en misión, él había visto caer a Satanás cayendo como un rayo del cielo. La comunidad, sabiendo que el poder de Satanás ha sido derrotado precisamente por la palabra de la predicación, no deberá dejarse desanimar por los obstáculos y las dificultades (v. 19). Sin embargo, deberá vigilarse a sí misma, a fin de no complacerse demasiado en sus propios éxitos y exaltarse por el poder que le ha sido dado; el verdadero entusiasmo brotará más bien de la conciencia de la gratuidad de la salvación {«alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo»: v. 20). Viene, a continuación, el himno de júbilo (w. 21ss) en el que Jesús reconoce la verdad de su propia vocación de Hijo incluso a través de la fe de los pequeños, o sea, de aquellos que -aun siendo los marginados, según la opinión de los hombres de religión- han acogido con gratitud y humildad la predicación de los setenta y dos discípulos.

       Jesús reconoce y celebra todo esto en la fuerza del Espíritu Santo. Exulta por el «conocimiento», o sea, por el amor que le profesa el Padre, y, a continuación, le alaba por el conocimiento que le ha sido dado del rostro y del corazón del Padre, en cuyos inefables secretos introduce a sus propios amigos, esto es, a los que aceptan el Evangelio (v. 22). En este conocimiento de Dios y en esta participación en su vida íntima consiste la verdadera bienaventuranza de los discípulos: éstos viven ahora en el tiempo de la plenitud, marcado por la presencia de la salvación que Israel había esperado durante siglos en la persona de los profetas y de los reyes justos (vv. 23ss).

 

MEDITATIO

       El himno de júbilo nos introduce en el misterio inefable de la vida divina de la que Jesús nos ha hecho partícipes. No es imposible reconocernos en los discípulos que regresan de una misión cuyos resultados son de difícil evaluación: por una parte, deben poner su fracaso en personas de las que hubieran podido esperar mucho; por otra, en cambio, pueden señalar la sorprendente acogida que brindan al Evangelio aquellos que parecían irremediablemente alejados. De ahí que sea necesario volver a escuchar a Jesús mientras da gracias al Padre y muestra su júbilo en el Espíritu por sus inescrutables designios, que revelan el misterio del Reino a los últimos, a los humildes, «a los sencillos», y lo cierran, sin embargo, «a los sabios», a los soberbios, a los que cuentan con su propia pretensión de justicia.

       El Padre se manifiesta precisamente a través de la fe de estos pequeños, de esos que, aun pareciendo desfavorecidos desde el punto de vista humano, acogen con gratitud y humildad la predicación de la Iglesia. Sólo ésos son introducidos por Jesús en su conocimiento del verdadero rostro de Dios, que brota de la íntima familiaridad que le une al Padre: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». No se trata de una familiaridad impuesta, sino de una familiaridad a la que invita a sus amigos, de modo persuasivo, con la promesa de una bienaventuranza incomparable. La comunidad cristiana asume también, a través de esta experiencia de la participación en la vida divina, un rostro familiar: el de una madre que colma de ternura a sus hijos e hijas y los educa con amorosa paciencia. «Valor, hijos míos, clamad a Dios, pues el mismo que os mandó esto se acordará de vosotros».

 

ORATIO

       Señor Jesús, me uno en el Espíritu a tu grito de júbilo, porque me llena de conmoción saber que tú me consideras amigo y confidente y me has hecho partícipe de tu diálogo de amor con el Padre. Tú me has hecho saber cuan precioso soy a los ojos del Padre y cómo ha pensado en mí desde la eternidad y me ha querido como hijo suyo, a imagen tuya, de ti, que eres el Hijo unigénito engendrado desde los siglos eternos.

       Reconozco, oh Señor, que sólo a través de la humildad y sencillez de corazón puedo entrar en este inmenso plan de amor. Te pido, por tanto, que me ayudes a vencer toda soberbia y presunción, que ofuscan la gratitud con la que estoy llamado a acoger tu Evangelio en mi vida, y a corregirme cuando me olvido de que sólo tu gracia me hace vivir. Amén.

 

CONTEMPLATIO

       La fe de los cristianos comprende lo que nos ha conferido la humildad de un modo tan sublime, pero está lejos de los corazones de los impíos, puesto que «Dios ha escondido estas cosas a los sabios y a los prudentes y se las ha revelado a los sencillos» (Mt 11,25). Que los humildes, por tanto, comprendan la humildad de Dios, a fin de que con tal instrumento, como un jumento en ayuda de su debilidad, lleguen a la altura de Dios.

       Los sabios y prudentes, mientras buscan las cosas elevadas de Dios y no creen las humildes, descuidando precisamente éstas no llegan tampoco a aquéllas; vacíos e inestables, hinchados y elevados, quedarán suspendidos en la zona del viento, entre el cielo y la tierra. Son, en efecto, sabios y prudentes, pero según este mundo, no según aquel por quien el mundo fue hecho (Agustín de tripona, Scnnoiii per i tempi liturgici, Milán 1994, p. 106).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Valor, hijos míos, clamad a Dios» (Bar 4,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Basta con la preocupación por el presente: no es preciso emplear fantasía y ansiedad en la construcción del futuro. El vicario de Cristo sabe lo que Cristo quiere de él; no es necesario que se ponga por delante o le imponga proyectos. La regla fundamental de la conducta del papa es ésta: contentarse siempre con su estado presente y no embarazarse con el futuro, esperándolo, en cambio, del Señor, sin hacer cuentas o disposiciones humanas sobre él, y absteniéndose incluso de hablar de él con seguridad y con facilidad a cualquiera.

       La experiencia de estos tres años de mi servicio pontificio, que, «tremens et timens» (1 Cor 2,3), acepté por pura obediencia a la voluntad del Señor que me fue expresada por la voz del sacro colegio cardenalicio en cónclave, es testimonio y motivo conmovedor y perenne de la fidelidad de mi espíritu a esta máxima: absoluto abandono en Dios, en cuanto al presente, y perfecta tranquilidad, sobre el futuro. De las distintas iniciativas de carácter pastoral que bordan este primer ensayo de pontificio compromiso de apostolado, todo ha venido por absoluta, quieta y amable -y diría incluso silenciosa- inspiración del Señor a este pobre siervo suyo, que sin mérito alguno por su parte, que no fuera el simplicísimo no discutir, sino limitarse a secundar y obedecer, ha podido conseguir no ser un inútil instrumento de amor a Jesús y de edificación para muchas almas.

       Los primeros contactos con los grandes y con los humildes; algunas visitas caritativas aquí y allá; mansedumbre y humildad de acercamientos, claridad de ideas y fervor de ánimo; las visitas cuaresmales a las nuevas parroquias; la celebración del sínodo diocesano, con éxito inesperado; el acercamiento al Padre de toda la cristiandad, en multiplicada creación de cardenales y de obispos de toda nación, de toda raza y color; y ahora el vastísimo  movimiento de proporciones imprevistas y más que imponentes del concilio ecuménico: todo confirma la bondad del principio de esperar y de expresar con fe, con modestia, con fervor confiado, las buenas inspiraciones de la gracia de Jesús, que preside el gobierno del mundo y lo conduce a las más altas finalidades de la creación, de la redención, de la glorificación final y eterna de las almas y de los pueblos (Juan XXIII, ll giornale del anima e altri scritti di piefá, Cinisello B. 1989, pp. 579ss [edición española: Diario del alma, Ediciones Cristiandad, Madrid 1964]).

 

 

Lunes de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 1,1-2,1.11

En aquellos días,

1,1 el Señor dirigió su palabra a Jonás, hijo de Amitay, y le dijo:

2 -Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pronuncia un oráculo contra ella, pues su maldad ha llegado hasta mí.

3 Jonás se levantó, pero dispuesto a huir a Tarsis, lejos del Señor. Bajó a Jafa, encontró un barco que zarpaba para Tarsis, pagó su pasaje y se embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos del Señor.

4 Pero el Señor desencadenó un viento huracanado sobre el mar y se originó una borrasca tan violenta que parecía que el barco estaba a punto de partirse.

5 Los marineros, aterrados, invocaron cada uno a su dios; luego arrojaron al mar la carga para aligerar el peso. Sólo Jonás, que había bajado a la bodega del barco, estaba acostado y dormía profundamente.

6 El capitán se acercó a él y le dijo: -¿Qué haces aquí durmiendo? Levántate e invoca a tu Dios, a ver si ese Dios se ocupa de nosotros y no perecemos.

7 Después se dijeron unos a otros: «Vamos a echar a suertes para saber quién es el culpable de este mal». Echaron a suertes y le tocó a Jonás.

8 Entonces le preguntaron: -Dinos por qué nos sucede esto. ¿Cuál es tu profesión? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu país? ¿De qué pueblo eres?

9 Jonás respondió: -Soy hebreo y adoro al Señor, Dios del cielo, el que ha hecho el mar y la tierra.

10 Aquellos hombres se llenaron de miedo y le dijeron: -¿Por qué has hecho esto? (pues por su relato sabían ya que huía de la presencia del Señor).

11 ¿Qué hemos de hacer contigo para que se calme el mar? (pues el mar se embravecía cada vez más).

12 Él contestó: -Agarradme y tiradme al mar, y éste se aplacará, porque sé que esta borrasca os ha sobrevenido por mi culpa.

13 Los hombres remaron tratando de llegar a la costa, pero no lo lograron, porque el mar seguía encrespándose.

14 Entonces invocaron al Señor: -Oh Señor, haz que no perezcamos por culpa de este hombre, ni nos hagas responsables de la muerte de un inocente, ya que esto sucede según tus designios.

15 Luego agarraron a Jonás y lo tiraron al mar; y el mar calmó su furia.

16 Aquellos hombres, llenos de un gran temor hacia el Señor, le ofrecieron un sacrificio y le hicieron promesas.

21 El Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches.

22 Entonces el Señor dio orden al pez, y al punto el pez vomitó a Jonás en tierra firme.

 

      **+• El libro veterotestamentario de Jonás, recogido en su totalidad por el leccionario, es un relato didáctico, nacido en un contexto judío de celosa defensa de la propia identidad y de cierre -al menos por parte de un segmento del mundo judío- a los otros pueblos. Jonás, de una forma paradójica y repleta de humor, ridiculizando esta mentalidad nacionalista y exclusivista, a través de un relato viva/, agudo y grotesco -y, por consiguiente, particularmente incisivo en virtud de su capacidad pedagógica demuestra que YHWH no es sólo el Dios de Israel, sino también el Dios de los paganos, hasta el de los enemigos acérrimos de Israel. El prototipo de estos enemigos es la ciudad de Nínive, capital de la feroz y odiada Asiría, que había conquistado el reino del Norte de Israel, deportado a los principales ciudadanos como esclavos e instalado grupos de otras nacionalidades en el norte de Palestina.

       El profeta Jonás, representante de la mentalidad más cerrada del judaísmo, es enviado a predicar la conversión a esta ciudad. Es normal que un judío de este tipo, pintado además con rasgos caricaturescos desgarbados y bobalicones, sienta horror ante una misión tan absurda, horror que expresa con una huida hacia las columnas de Hércules, o sea, el lugar más lejos posible de ese en el que se encuentra la detestada ciudad. Sin embargo, el Señor sabe cómo vencer la esquivez del profeta: comienzan así las sorprendentes aventuras de Jonás, perseguido por la mano de Dios, que, a través de la tempestad, los marineros, el cetáceo, lo lleva al punto de partida. Es imposible sustraerse a la mano del Creador de todas las cosas.

       Debemos señalar que los marineros paganos están presentados con simpatía: son hombres religiosos que manifiestan el temor de Dios. Muy a su pesar, sacrifican al profeta reacio. Por consiguiente, también entre los paganos hay personas buenas, dispuestas a escuchar las señales que vienen del Omnipotente. Sin embargo, no todos los miembros del pueblo de Dios presentan comportamientos edificantes, como vemos precisamente en el profeta fugitivo.

       El relato se hizo muy popular en la antigüedad, hasta el punto de que el mismo Jesús lo recordará como tipo de la resurrección {cf. 2,1b). También los primeros cristianos recurrieron a este relato para atestiguar su fe en la resurrección, representando los acontecimientos de la vida de Jonás sobre sus sarcófagos.

 

Evangelio: Lucas 10,25-37

En aquel tiempo,

25 se levantó un maestro de la Ley y le dijo para tenderle una trampa: -Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

26 Jesús le contestó: -¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

27 El maestro de la Ley respondió: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

28 Jesús le dijo: -Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás.

29 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo y golpearlo sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto.

31 Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo.

32 Igualmente, un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo.

33 Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima.

34 Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego, lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.

35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».

36 ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

37 El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo.

 

       **• Tras el discurso sobre la misión, he aquí ahora algunos rasgos fundamentales del verdadero discípulo: ayudar al prójimo que se encuentra en dificultades (el buen samaritano), el primado de la escucha de la Palabra (Marta y María), la oración esencial (el padrenuestro). Éstas son las tres lecturas que el leccionario nos presenta para estos días.

       La parábola de hoy aclara el segundo mandamiento, «semejante al primero». Al escriba que le pregunta, en el plano teórico, quién es el prójimo, Jesús le responde dándole la vuelta (y dándole concreción) a la pregunta: ¿quién de nosotros es verdaderamente prójimo de los otros? El problema no consiste en saber quién es mi prójimo, a qué nacionalidad, raza, color, religión, partido, sindicato o formación pertenece; la cuestión versa sobre mi actitud respecto a él, como muestra el samaritano, que no le pidió el documento de identidad al malaventurado, sino que le socorrió inmediatamente.

       Esta parábola ha sido objeto de innumerables comentarios y glosas, que van desde la insuficiencia de una religión preponderantemente ritual, representada por el comportamiento del sacerdote y el levita, a la necesidad de una caridad sin límites con todos. La lección que procede de un extranjero, oficialmente poco recomendable, sacude la conciencia cristiana y nos sigue diciendo a ti y a mí: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37). Al mismo tiempo, se trata de una lección cristológica de importancia capital: el samaritano es icono transparente del misterio del Nazareno, que se hizo prójimo de cada hombre y de sus heridas cargando sobre sí sus miserias y preocupándose por sus debilidades.

 

MEDITATIO

       También yo, como Jonás, estoy llamado a anunciar la Palabra de Dios, porque ésa es la tarea de todo cristiano. Una tarea de la que intento sustraerme de una manera más o menos consciente, aduciendo los motivos y las dificultades más «actuales»: la indiferencia de la juventud, el desorbitado poder de los medios de comunicación, la secularización, el fenómeno de la globalización y otras muchas cuestiones que parecen muy alejadas de la lógica de Jesús.

       Sin embargo, esta Palabra me interroga hoy y sacude hasta sus raíces mi vocación cristiana. Me interroga asimismo porque Dios ha mostrado en la historia que también entre los paganos - a los que temo o trato con desdén- puede haber personas rectas, personas en condiciones de despertar mi conciencia. También el samaritano del evangelio era una persona que, oficialmente, debía ser evitada; sin embargo, hoy sacude mi despavorida existencia cristiana con su ejemplar prontitud y generosidad. Jonás duerme para estar lo más alejado posible del Señor, pero un marinero pagano le despierta del torpor y le llama al cumplimiento de su vocación.

       Como Jonás, es preciso que yo también me deje despertar y provocar por los otros, aunque no correspondan a mis expectativas, a mis gustos y a mis ideas, dado que el Señor me puede hablar a través de todos. A buen seguro, también puedo dejar de escucharle y huir hacia mi Tarsis, aunque es inútil, porque antes o después, como en el caso de Jonás, vendrá una tempestad, un pez, y me volveré a encontrar en la playa de partida. Si Dios me ha confiado una misión, no puedo huir: «¿A dónde podré ir  lejos de tu espíritu, a dónde escaparé de tu presencia? Si subo hasta los cielos, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro» (Sal 139,7ss).

 

ORATIO

       Oh Señor, sabes que soy una pobre persona y que no siempre sé decirte que sí; sabes que soy débil e infiel.

       Sin embargo, no quieres excluirme de tu plan de salvación; es más, quieres convertirme en un estrecho colaborador tuyo.

       Ayúdame, oh Dios mío, a no huir de ti, como hizo Jonás, sino a buscarte, porque sin ti no soy nada.

Haz que adecué mis acciones a tus deseos y no permitas que me aleje de ti buscando otras tierras y otros mares, como con frecuencia siento la tentación de hacer.

       Ayúdame a dejarme despertar por aquellos a quienes pones en mi camino, para que no caiga en el sueño de la indiferencia y de la resignación.

       Úngeme con tu Espíritu Santo, para que no desprecie a ninguna Nínive y salga de la Nínive que hay dentro de mí. Que, guiado por tu luz, trabaje yo en su conversión y en la mía.

 

CONTEMPLATIO

       El carácter profético de Jonás está confirmado por Cristo. No es preciso suponer que las expresiones de Jesús quieran enseñarnos la historicidad del acontecimiento.  Esas expresiones pretenden decir que este libro es figura y profecía de lo que se cumple en su persona.

       No hay, en efecto, otro libro que, desde esta perspectiva, sea más luminosamente profético respecto a Cristo. Y lo es precisamente porque el libro de Jonás resume, en cierto modo, toda la historia antigua, toda la historia de Israel, en clave profética. El destino de Israel, sus pruebas, su destrucción, todo esto tuvo lugar con la mirada puesta en una misión de salvación, una salvación que debería provocar después sus mismos celos, porque Israel habría de rechazar su elección, en vez de aceptar esta salvación ofrecida a todos. Dado que su misión no le convertía en el predilecto entre todos y no le otorgaba un puesto de privilegio en sus designios divinos y le ponía en plano de igualdad con todas las otras naciones, este pueblo habría de negarse a esta igualdad. En este breve libro, la vida civil, los comercios, el ordenamiento estatal, la ciudad..., todo pertenece a las naciones; a Israel no parece pertenecerle más que el profetismo, pero éste pertenece sólo a Israel. Toda la grandeza y la función de Israel consisten en la misión profética (D. Baisoltl, Meditazione sul libro di Giona, Brescia 31990, p. 21).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Sacaste mi vida de la fosa, Señor» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Hay mucho miedo en nosotros, miedo de la gente, de Dios, y mucha ansia pura y simple, indefinida, que escapa a nuestro control. Cuando entramos en la presencia de Dios y empezamos a sentir esta inmensa reserva de miedo en nosotros, quisiéramos escapar cediendo a las distracciones que nuestro ajetreado mundo nos ofrece de un modo tan abundante. Ahora bien, no debemos tener miedo de nuestros miedos. Podemos hacerles frente, traducirlos con palabras y llevarlos a la presencia de aquel que dice: «No temáis, soy yo» (Mt 14,27). Nos sentimos inclinados a mostrarnos al Señor sólo con los aspectos en los que nos sentimos cómodos, pero cuanto más nos atrevamos a revelarle ese yo nuestro tan medroso, tanto más seremos capaces de sentir que su amor, que es perfecto, expulsa nuestros miedos.

       Oh Señor, este mundo está lleno de miedos. Haz de mi miedo una oración por quien tiene miedo. Haz que esta oración alivie el corazón de los otros. Tal vez entonces mi oscuridad se vuelva luz para los otros y mi oración interior se convierta en una fuente de curación para los otros. También tú, Señor, conociste el miedo. Te sentiste profundamente turbado; tu sudor y tus lágrimas eran señal de tu miedo. Haz que mi miedo forme parte del tuyo, para que no me lleve a la oscuridad, sino a la luz, y me proporcione una nueva comprensión de la esperanza de tu cruz (H. J. M. Nouwen, Preghiere dal silenzio, Brescia 2000, pp. 11 ss y 17 [edición española: Oraciones desde la abadía, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998]).

 

 

Martes de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 3,1-10

En aquellos días,

1 por segunda vez el Señor se dirigió a Jonás y le dijo:

2 -Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama allí lo que yo te diré.

3 Jonás se levantó y partió para Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad grandísima; se necesitaban tres días para recorrerla.

4 Jonás se fue adentrando en la ciudad y proclamó durante un día entero: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida».

5 Los ninivitas creyeron en Dios: promulgaron un ayuno y todos, grandes y pequeños, se vistieron de sayal.

6 También el rey de Nínive, al enterarse, se levantó de su trono, se quitó el manto, se vistió de sayal y se sentó en el suelo.

7 Luego mandó pregonar en Nínive este bando: «Por orden del rey y sus ministros, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado, ni pasten ni beban agua.

8 Que se vistan de sayal, clamen a Dios con fuerza y que todos se conviertan de su mala conducta y de sus violentas acciones.

9 Quizás Dios se retracte, se arrepienta y se calme el ardor de su ira, de suerte que no perezcamos».

10 Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con el que los había amenazado.

 

       **• El Señor, como si nada hubiera pasado, dirige a Jonás el mismo mandato de ir a predicar a Nínive. Esta vez, Jonás parte sin plantear objeciones; más aún, hasta parece contento de poder proclamar a los cuatro vientos que Nínive será destruida pronto. La ciudad de Nínive está presentada como exageradamente grande (cf. v. 3). De las excavaciones arqueológicas se desprende, en efecto, que tuvo un perímetro amurallado de doce kilómetros: toda una metrópoli para aquellos tiempos. Sin embargo, la descripción que hace el libro es claramente exagerada, como, por lo demás, todo lo que aparece en el libro de Jonás: la palabra «grande» y sus derivadas aparecen catorce veces en este breve libro. La misma actitud del anónimo rey, que manda hacer penitencia incluso a los animales, resulta pintoresca y exagerada al mismo tiempo. Hasta los «cuarenta días» (v. 4) pierden aquí su significado matemático para adquirir el simbólico, típico de toda la Biblia, a saber: el del tiempo necesario para completar una acción o una obra.

       Contra toda expectativa, Nínive, la ciudad pagana y cruel, enemiga mortal de Israel, se convierte, «se vuelve atrás», y por eso Dios también se convierte, «se vuelve atrás» y suspende el castigo. El Dios de Israel está dispuesto a cambiar sus propósitos cuando alguien, aunque esté muy alejado de él por su fe y su conducta, está dispuesto a cambiar de vida. Es un Dios que se muestra piadoso y misericordioso no sólo con Israel, sino con todos los hombres, con toda criatura, con toda ciudad o pueblo.

       Es el Dios de todos. La elección de Israel no obedece así sólo a su propia salvación, sino a la salvación de todos los hombres: es un servicio a la bondad de Dios, es una proclamación de su voluntad de salvación para todos, de su compasión con todos los seres vivos. Este pasaje constituye también una predicación dirigida antes que nada a los grupos más sectarios de Israel, que, en nombre de la elección divina, estaban más dispuestos a condenar que a convertirse. Es una predicación que siempre está de actualidad. También para nosotros...

 

Evangelio: Lucas 10,38-42

En aquel tiempo,

38 según iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa.

39 Tenía Marta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

40 Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acercó a Jesús y le dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude.

41 Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas,

42 cuando en realidad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.

 

       **• En el plano exegético, este pasaje tiene que ser leído a contraluz con la parábola precedente. Como si dijera: a los que afirman que lo importante es ayudar a la gente o amar de manera concreta al prójimo (como ha hecho precisamente el buen samaritano), Lucas les presenta el fragmento de Marta y María donde se afirma la prioridad de la escucha de la Palabra.

       Podría decirse que el servicio al prójimo alcanza su autenticidad, su verdad, la perfección, cuando es fruto de la escucha de la Palabra, cuando no es sólo trabajo o servicio humano, sino participación en la compasión del mismo corazón de Dios, consecuencia de la frecuentación asidua de su Palabra. Sin contar con que el trabajo o el servicio, dejados a sí mismos, pueden convertirse en afán, engendrar estrés, incluso desviar del camino, alejar del camino del Señor. La «mejor parte» que no será quitada es esta inmersión en la voluntad de Dios, porque «quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre». Si Marta se dejara iluminar por los deseos de Jesús, podría servirle mejor y no correría el riesgo de llevarle cosas que no le interesan o pudieran hacerle mal. La dimensión contemplativa está en la base de la también necesaria dimensión activa.

       La gran fortuna de la que ha gozado este episodio entre los autores espirituales de todos los tiempos indica que el peligro de dejarse enredar por las cosas urgentes, a costa de las cosas importantes, de lo único necesario, está constantemente al acecho. La tentación de subordinar las cosas de Dios a nuestras propias urgencias sólo se puede superar con la frecuentación fiel y constante de la Palabra, con una actitud de verdadero discípulo, a los pies de Jesús. El discípulo es el que se comporta con el prójimo como el buen samaritano, porque participa en la compasión misma de Dios, fruto de la escucha de la Palabra que viene de Dios.

 

MEDITATIO

       Para comprender la misericordia sin límites de Dios, para entrar en su compasión, es preciso frecuentar a Dios y su Palabra. Si Jonás hubiera escuchado más a Dios que al ambiente que le rodeaba, si se hubiera preocupado más de la voluntad de Dios que de las opiniones que estaba respirando, habría seguido el corazón de Dios, su voluntad de misericordia y de salvación, más que el deseo difuso de venganza y de destrucción. Pero

es preciso dejarse desestructurar hasta el fondo por la Palabra: un contacto superficial con la Palabra nos permite reestructurarla según nuestros gustos y nuestra mentalidad. Es menester un contacto de discípulo, un contacto desarmado y devoto, una disposición a rendirse a la Palabra más que a domesticarla.

       Del mismo modo que Jonás se «afana» por encontrar sus soluciones, también hay quien se afana por encontrar muchas soluciones cuando Jesús no es acogido como huésped y Señor de la propia interioridad. Se corre entonces el riesgo de colorear de espíritu cristiano las soluciones de la cultura o de la mentalidad dominante, con la convicción de que Jesús habita con nosotros. Se corre así el riesgo de convertir a Jesús en un instrumento, asignándole la tarea de refrendar las decisiones tomadas en su nombre, que en realidad están tomadas bajo el influjo de intereses, orientaciones y opciones de sello mundano.

       ¿Y si, en vez de mirar el espíritu del tiempo y sus gustos, perdiéramos un poco más de tiempo en escuchar de verdad al Señor? ¿Hasta qué punto, por ejemplo, goza de prioridad el mandamiento nuevo en mis decisiones? ¿Hasta dónde llega mi convicción de que uno de los medios más seguros de evangelización es la práctica del mandamiento nuevo con todos, en virtud del cual el amor gratuito y desinteresado representa el puente más seguro hacia el otro? Y eso no porque los frutos se muestren abundantes de inmediato, sino porque ésa es la voluntad del Señor...

 

ORATIO

       Oh Señor Jesús, haznos asiduos oyentes tuyos. Ayúdanos a dejarnos cambiar a fondo por tu Palabra, para que podamos ponernos a tu servicio y al de los hermanos. Tú que nos has hecho saborear la misericordia de Dios y no su cólera, haz que en nuestra vida cotidiana no nos mostremos fríos en el amor y en el perdón. Enséñanos a ver nuestra vida como un servicio a tu misericordia, de suerte que toda persona que encontremos en nuestro camino pueda vislumbrar en nosotros un reflejo del rostro misericordioso del Padre, que nos ama a todos con un amor infinito.

 

CONTEMPLATIO

       El libro de Jonás pretende enseñarnos la doctrina común del profetismo: es Dios quien conduce la historia, la cual responde a un designio divino de misericordia; Dios quiere la salvación de todos, y para esta salvación mueve a los hombres, elige a Israel. Israel no ha sido elegido para la destrucción, sino para su salvación.

       Todo el profetismo judío tiene un carácter universalista, pero su universalismo no es nunca tan pleno como en este libro. No sólo el Dios de Israel es el Dios de todas las naciones, sino que es un Dios que tiene piedad y misericordia de todas las naciones. En su amor no existe diferencia entre Israel y los otros pueblos. Existe una diferencia en la misión que cada pueblo debe tener y debe desarrollar en la historia humana, pero no puede haber diferencia definitiva frente al Señor en lo que se refiere al destino último de cada pueblo, porque el destino de todos es la salvación a la que llama a todos (D. Barsotti, Meditazione sul libro di Giona, Brescia 31990, p. 20).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará» (Lc 10,42).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Inmediatamente después de haber vuelto a poner a Jonás en su camino, Dios vuelve a confiarle su tarea. La reiteración atestigua la paciencia de Dios con su personaje indócil, así como el poder del perdón, que vuelve a dirigirse a él como si no hubiera pasado nada. La misión de Jonás no peca, a buen seguro, de prolijidad. Jonás no va a excavar en la maldad de Nínive, ni hace alarde de elocuencia para inducir a la gente a llevar una vida mejor. No presenta un cuadro apocalíptico del fin del mundo ni cita nunca el nombre de Dios. Con fría objetividad, afirma que la hora concedida a la metrópoli está a punto de sonar: el progreso por el camino del mal tiene unos límites bastante estrechos.

        Nunca como hoy resulta evidente que la maldad cava su propia fosa también y sobre todo cuando intenta afirmar del modo más absoluto su propio poder. También hoy es determinante que Jonás no calle para que Nínive pueda sobrevivir. Cualquiera que pruebe en su propia piel, como Jonás, que la rebelión frente al mandato de Dios no tiene posibilidad de éxito debe proclamar con sencillez que el tiempo para el uso indiscriminado de la violencia, para la búsqueda egoísta de la seguridad, para el despiadado deseo de venganza, está ahora para cumplirse. Estos pocos pasos, estas escasas expresiones de obediencia de Jonás, determinan nada menos que la conversión de Nínive, símbolo paradigmático de la grandeza y la maldad del mundo y de sus centros de poder. El autor pretende liberarnos de nuestra timidez respecto a estos centros de poder y maldad. Lanza una provocación a nuestra esperanza y describe la universalidad de la conversión en tres grandes direcciones: todos, grandes y pequeños (Jon 3,5). No sólo los niños o sólo los adultos, no sólo las personas cultas o sólo los ignorantes, no sólo la masa informe o sólo los individuos influyentes que poseen un juicio crítico, sino también el rey y sus ministros, y, entrando incluso en el plano fabuloso, hasta los animales (w. 7ss), están implicados en el movimiento penitencial, porque las decisiones del hombre, para el bien o para el mal, implican en la salvación o en la catástrofe a toda la creación. Toda forma de vida que haya sobre la tierra es solidaria y depende de lo que realizan las manos del hombre (H. W. Wolff, Studi sul libro di dona, Brescia 1982, pp. 131 -144, passim).

 

 

Miércoles de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Jonás 4,1-11

1 Jonás se sintió muy contrariado, se enfadó

2 y se encaró con el Señor diciendo: -Ah, Señor, ya lo decía yo cuando todavía estaba en mi tierra. Por algo me apresuré a huir a Tarsis. Porque sé que eres un Dios clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal.

3 Así que ya puedes, Señor, quitarme la vida, porque prefiero morir a seguir viviendo.

4 El Señor le respondió: -¿Te parece bien enfadarte de esta manera?

5 Jonás salió de la ciudad y se instaló al oriente de la misma; levantó una choza y se sentó a su sombra, para ver qué suerte corría la ciudad.

6 El Señor hizo que creciera una planta de ricino por encima de la cabeza de Jonás, para darle sombra y librarlo de su enojo. Y, en efecto, el ricino llenó de alegría a Jonás.

7 Pero al día siguiente, al rayar el alba, Dios mandó un gusano, que dañó el ricino, y éste se secó.

8 Al salir el sol, Dios envió un viento solano abrasador. El sol caía sobre la cabeza de Jonás y, a punto de desvanecerse, se deseó la muerte diciendo:

-Prefiero morir a seguir con vida.

9 Entonces Dios le dijo: -¿Te parece bien enfadarte por ese ricino? Jonás respondió: -Sí, me parece bien enfadarme hasta la muerte.

10 El Señor replicó: -Tú sientes compasión de un ricino que tú no has hecho crecer, que en una noche brotó y en una noche pereció,

11 ¿y no voy a tener yo compasión de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que aún no distinguen entre el bien y el mal, y una gran cantidad de animales?

 

**• La teología y la ironía llegan a su cima en esta conclusión. Jonás está enfadado: tenía razón cuando se negó a ir a Nínive, pues sabía muy bien que «Dios es clemente, compasivo, paciente y misericordioso, que se arrepiente del mal» (v. 2). Jonás conoce muy bien estas espléndidas cualidades de Dios, estos nombres de Dios, esta naturaleza de Dios, pero no está de acuerdo con él. Sus ideas, que son las del medio en que vive, no son las de Dios. Y, por consiguiente, es mejor no querer cuentas con él. En vez de plegarse a la realidad de Dios, le evita, le contesta con su actitud de rechazo. Sin embargo, YHWH es misericordioso hasta con su profeta testarudo, disidente tenaz de los caminos de Dios, y quiere ser misericordioso también con todos los que quieran imponerle su comprensible punto de vista. Dios quiere convertir también a Jonás, y para ello recurre a todas las astuciaspedagógicas de su dominio sobre la naturaleza.

        El libro termina con una pregunta que supone un desafío para la gente del tiempo del autor y para todos sus lectores futuros: «¿Y no voy a tener yo compasión de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que aún no distinguen entre el bien y el mal?» (c/. v. 11). ¿Acaso Dios no es libre? ¿O debe actuar, como piensa Jonás, siguiendo los estrechas limitaciones de la justicia humana? ¿Puede quedarse Dios insensible frente a la suerte del hombre que él mismo ha creado, aunque éste viva lejos de él? ¿No habrá que pasar de los pequeños sufrimientos personales -como el del ricino que se seca, en el caso de Jonás- al conocimiento de acontecimientos mucho más importantes de toda la humanidad, objeto del amor misericordioso de Dios y, en consecuencia, objeto de un amor misericordioso también por parte del creyente?

 

Evangelio: Lucas 11,1-4

1 Un día, estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

2 Jesús les dijo: -Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu Reino;

3 danos cada día el pan que necesitamos;

4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación.

 

        **• No basta con hacer y escuchar; también es menester orar, y orar de manera justa, a partir de la visión justa de Dios. Jesús, al enseñarnos a orar, nos enseña que el Dios al que nos dirigimos es un «papá» que da su Reino a quien se lo pide con confianza. El padrenuestro nos ha llegado en las dos versiones de Lucas y Mateo. La primera (Lc 11,1-4) es más breve, mientras que la segunda (Mt 6,6-15), más larga, es la que ha adoptado la Iglesia. Con todo, la inspiración es única, porque ambas invocan la glorificación del Padre a través de la venida de su Reino en la historia. También ambas piden el alimento suficiente para cada día y el perdón misericordioso de las culpas. Las peticiones son necesarias porque el hombre está expuesto a diario al peligro de la tentación, esto es, al peligro del fracaso definitivo o escatológico, al peligro de perder el gran e insustituible don del Reino.

        En la oración del Señor aparece el sentido de Dios y el sentido del hombre, de la bondad infinita del Padre y de la limitación de la criatura, menesterosa de todo, desde el alimento al perdón: aparece el don del Reino y la dificultad que supone aceptarlo en el orden concreto, el esplendor divino que se inclina sobre la pobre condición humana y las nieblas de la vida cotidiana. Aparece, en suma, todo el camino del hombre, don y tarea, grandeza y miseria, llamado a ser hijo y hermano de sus semejantes, pero, al mismo tiempo, tentado a responder de manera negativa. Con todo, nada puede cancelar el comienzo, sencillo, alentador, inolvidable, de la oración sin parangón posible: «Ábbá, papá».

 

MEDITATIO

        Querido Jonás, ¡cómo te comprendo! También yo, en algunas ocasiones, quisiera escapar lejos de la lógica, para mí incomprensible, de Dios. Tantas fatigas pasadas por él, por su Reino, para serle fiel, para darle a conocer, y después todo parece «acabar de manera gloriosa», incluso para aquellos que ni siquiera se han dignado dirigirme una mirada. Tanto si trabajo como si me quedo mano sobre mano, al final todo parece continuar como siempre: buena parte de la gente sigue viviendo como si él no existiera, y él perdona a todos a la menor señal de arrepentimiento. ¿No resulta esto desalentador?

        Sin embargo, son demasiados los momentos que se nos escapan. Él, por ejemplo, quiere que le oremos como Padre, quiere que le pidamos perdón y ayuda en los momentos de la prueba, quiere que no nos cansemos de recordar a todos que es misericordioso y está dispuesto al perdón. En suma, parece preocupado por hacernos comprender que entiende nuestra debilidad, que desea ser más amado que temido y que comprendamos que siempre está disponible para echarnos una mano todas las veces que hagamos ademán de volver a él.

        Querido Jonás, este Dios tan incomprensible no pide otra cosa que podernos amar, y no pierde ocasión de invitarnos a dejarnos poseer por su misterio de amor, verdaderamente misterioso. A partir de ti y de mí, testigos impacientes de un amor dotado de unos perfiles demasiado humanos, demasiado limitados, demasiado controlables, alejado años luz del amor de un verdadero Padre, cuyo amor no conoce límites de este tipo. ¿Y si, en vez de angustiarnos e interrogarnos, nos pusiéramos  a decir poco a poco, mirando al firmamento: «Padre». Tal vez, también nuestro corazón sería capaz de comprender su lógica. A buen seguro, saldríamos de nuestra mezquindad para respirar el aire salubre de la inmensa compasión del Padre por todos sus hijos desgraciados.

 

ORATIO

        Oh mi Señor, tú eres bueno y paciente, lento a la ira y misericordioso: hoy te pido que me infundas tu Espíritu, para que yo pueda tener un corazón semejante al tuyo y aprenda a obrar y a orar según el ejemplo que nos has dado en tu hijo, Jesús.

        Sabes que yo también caigo con frecuencia en el error, pero no me condenas, no dejas que sea presa de la tentación. Cada vez me das el perdón. Perdona mis pecados, para que yo pueda hacer lo mismo con mis hermanos, aun cuando eso signifique humillarme ante ellos, demoler el muro de mi orgullo, arriesgarme a sentirme rechazado por ellos.

        Ayúdame a tener un corazón humilde, que no solo sepa ser misericordioso, sino que no juzgue ni condene a ninguno de los que se equivocan. Rompe mis defensas, desgarra los diafragmas que ofuscan la luz que viene de ti, haz resonar en mi oído interior la fascinación de tu voz. Concédeme un corazón tan grande que no se canse nunca de suplicarte por tus hijos que se equivocan y, sobre todo, de alabarte, bendecirte y agradecerte la ilimitada misericordia que muestras a todos, indistintamente.

 

CONTEMPLATIO

        La principal lección del capítulo conclusivo de Jonás es la revelación del inmenso amor de Dios y la revelación de la pobreza del hombre. Jonás es un instrumento de Dios y el hombre que ha elegido; por consiguiente, debería ser más santo que cualquier otro. Ahora bien, aunque es profeta, anda tan lejos de Dios que parece más bien oponerse a él. El hombre y Dios: el hombre aparece aquí como un ser mezquino, mientras que Dios se muestra magnánimo en su amor. Aquí está anticipado el Nuevo Testamento. Dios dice ya las palabras que dirá Jesús en la cruz: «No saben lo que hacen». Dios excusa el pecado del hombre. Dios no quiere ser ofendido por el hombre, no soporta que le ofenda nuestro pecado. Dios nos excusa. El hombre frente al Señor es tan pequeño, tan pobre, que no tiene de grande más que el amor que Dios le tiene. No tenemos de grande más que su inmensa misericordia con nosotros.

        El hombre, aunque ha sido elegido por Dios, sigue siendo egoísta, mezquino: intenta que Dios se adapte a sus propios puntos de vista humanos y no soporta, sin embargo, adaptarse él mismo a los puntos de vista de Dios. Pero Dios está cerca de nosotros: nos socorre no sólo cuando nos resistimos a su gracia y cuando estamos resentidos contra él, sino incluso cuando pecamos de verdad.

        El hombre y Dios realizan en el libro de Jonás el mismo misterio, el misterio de la salvación del mundo. Ahora bien, el hombre lo realiza en contra de su voluntad: primero quiere escapar de la misión y, cuando la cumple, lo hace con la secreta esperanza de que a su predicación le siga una condena. La realizan juntos. Sin embargo, el hombre la realiza como hombre y Dios como Dios (D. Barsotti, Meditazione sul libro di Giona, Brescia 31990, pp. 84-88, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú, Señor, eres lento a la cólera y rico en piedad» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Qué significa vivir en el mundo con un corazón verdaderamente compasivo, un corazón abierto continuamente a toda la gente? Es muy importante tener presente que la compasión es más que la simpatía o la empatía. Si se nos pide que escuchemos las penas de la gente o que sintonicemos con sus sufrimientos, pronto llegaremos a nuestros límites emocionales. Sólo podemos escuchar durante un corto espacio de tiempo y a un número reducido de gente. En nuestra sociedad estamos bombardeados por tantas «noticias» sobre la miseria humana que nuestro corazón se queda insensible simplemente por saturación.

        Pero el corazón compasivo de Dios no tiene límites. El corazón de Dios es más grande, infinitamente mayor que el corazón humano. Ese corazón divino es el que Dios quiere darnos, de manera que podamos amar a todos sin quemarnos y sin saturarnos. Ese es el corazón compasivo que pedimos cuando decimos: «¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu» (Sal 51).

        El Espíritu Santo de Dios se nos da para que podamos llegar a ser partícipes de la compasión de Dios y podamos llegar a todos los hombres y en todo momento con el corazón de Dios. (H J M Nouwen, Aquí y ahora. Viviendo en el Espíritu, Pablo 42002, pp. 112-113).

 

 

Jueves de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Malaquías 3,13-20a

13 Vuestras palabras contra mí han sido insolentes, dice el Señor. Vosotros replicáis: «¿Qué hemos dicho contra ti?»

14 Pues que es tiempo perdido servir a Dios, que no habéis sacado ningún provecho de observar sus mandamientos y hacer penitencia ante el Señor todopoderoso,

15 que los arrogantes son dichosos, tienen éxito a pesar de hacer el mal, y, aunque provocan a Dios, quedan impunes.

16 Esto es lo que comentaban entre sí los que honran a Dios. Y he aquí que el Señor ha prestado atención y ha escuchado; en su presencia se ha escrito un libro en el que figuran todos los que son fieles al Señor y honran su nombre.

17 Estoy preparando un día, dice el Señor todopoderoso, en el que ellos volverán a ser mi propiedad. Seré indulgente con ellos, como un padre con el hijo que le sirve.

18 Entonces vosotros veréis de nuevo la diferencia que hay entre el justo y el malvado, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve.

19 Porque ya viene el día, abrasador como un horno; todos los arrogantes, todos los malvados, no serán entonces más que paja. Ese día que está llegando, dice el Señor todopoderoso, los abrasará y no dejará de ellos ni rama ni raíz.

20 Pero sobre vosotros, los que honráis mi nombre, se alzará un sol victorioso que trae la salvación entre sus rayos.

 

        *+• Malaquías es uno de los profetas que trata vigorosamente el tema del «día del Señor» como momento resolutivo de los acontecimientos humanos. Estos últimos parecen dominados precisamente por la prosperidad de los malvados y por la tribulación de los justos. La presentación que hace aquí el profeta Malaquías (cuyo nombre significa «mi mensajero») toma la forma de una disputa entre el Señor y su pueblo. Este último, con presunción y arrogancia, se defiende de la acusación del Señor afirmando: «¿Qué hemos dicho contra ti?» (v. 13). A lo que replica el Señor: «Pues que es tiempo perdido servir a Dios, que no habéis sacado ningún provecho de observar sus mandamientos y hacer penitencia ante el Señor todopoderoso» (v. 14).

        Se trata del perenne interrogante sobre el porqué de las dificultades que encuentran los justos y el éxito, en cambio, de los que viven sin excesivas rémoras morales. Un interrogante al que responde el Señor diciendo que el nombre de los justos está escrito en un libro que servirá en el día del Señor, día de miedo y de terror, día en el que los injustos «no serán entonces más que paja» que arderá en el horno abrasador, hasta que no quede de ellos «ni rama ni raíz» (v. 19), mientras que el Señor aparecerá como padre para los justos, porque son su propiedad (cf. w. 17.20).

        Entonces es cuando se verá qué significa ser justo o impío, entonces es cuando se invertirán las suertes, entonces es cuando se manifestará quién tiene razón, cuando se verá «la diferencia que hay entre el justo y el malvado, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve» (v. 18). Mientras pasa la representación de este mundo, en el que no siempre son reconocidos los valores auténticos, la certeza de la venida del día del Señor sostiene  al justo en su decisión de permanecer fiel al servicio de Dios.

 

Evangelio: Lucas 11,5-13

En aquel tiempo,

5 dijo Jesús a sus discípulos: -Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a media noche diciendo: «Amigo, préstame tres panes,

6 porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de camino y no tengo nada que ofrecerle».

7 Imaginaos también que el otro responde desde dentro: «No molestes; la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos».

8 Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite.

9 Pues yo os digo: Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán.

10 Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren.

11 ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente?

12 ¿O si le pide un huevo le va a dar un escorpión?

13 Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

 

        *»• El pasaje de hoy parece casi un comentario y una continuación del padrenuestro. Si creemos que Dios nos ama como Padre, tendremos confianza en él. Esa confianza se ejerce de manera concreta y se pone a prueba por la insistencia y la constancia en la oración, expresada en esta triple confesión: «Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán» (v. 9). Quien confía en la bondad del Padre pide con constancia y no se cansa, porque sabe que no pide en vano.

        La oración confiada e insistente resulta, por tanto, eficaz e infalible. Ahora bien, Lucas nos reserva una sorpresa: la oración confiada e insistente obtiene siempre al Espíritu Santo (v. 12). No obtiene necesariamente bienes útiles y deseados, siempre transitorios, sino más bien el don por excelencia, el don que introduce en el Reino, da la fuerza que permite vivir en y para el Reino, sostiene en la tentación, ayuda en el perdón de las ofensas y permite hacer la voluntad de Dios. Es el don que cumple las peticiones de la oración del Señor, implicando también como coprotagonista a aquel que ora. Los dones deseados por la naturaleza humana no han de ser despreciados, puesto que también pueden sernos concedidos. Con todo, la oración, sumergiendo al orante en el mundo de Dios, le otorga el don divino más precioso, para que pueda entrar en el mundo divino, o sea, en el Reino.

        La bondad del «papá que está en el cielo» es tal que usa nuestras necesidades para hacernos descubrir la necesidad de fondo, escondida en todas las otras necesidades: la de entrar a forma parte de su Reino; por eso, a quien pide con constancia se le dará el Espíritu Santo, la llave para entrar y para progresar en su designio de salvación universal.

 

MEDITATIO

        El problema presentado por las lecturas de hoy es muy actual: hacer el bien y orar parecen con frecuencia cosas inútiles. Nada cambia, el mundo sigue como antes.  Y, además, la mirada irónica del mundo se maravilla a menudo de que haya todavía alguien dispuesto a perder su tiempo en estas preocupaciones. Entonces nos dirigimos a Dios, para que se haga sentir, y, frente a su renovado silencio, se nos echa la culpa de nuestra poca fe. Es una espiral que nos quita la paz y nos deja el corazón lacerado por la duda, por la terrible duda de que todo sea una ilusión.

        En la Palabra de hoy hay un soplo restaurador, hay una clave de lectura: está sobre todo el don del Espíritu, que nos transporta a otras dimensiones, que introduce en el círculo cerrado de nuestras preocupaciones horizontales la línea recta que hace levantar la mirada, infunde sentido, sostiene el coraje para continuar e ilumina la fidelidad y la oración de cada día con la belleza misma de Dios. Con el Espíritu todo queda transformado y todo se vuelve posible. Es posible adquirir la convicción íntima de que es bueno y bello hacer el bien. Es posible superar el sentido de inutilidad sabiendo que nada se pierde. Es posible encontrar el gusto de invocar a Dios como Padre. Es posible hacer frente a las pruebas de la vida en general y de la vida cristiana en particular. Se hace posible no mirar los resultados inmediatos ni la aprobación de la gente, sino tener confianza en la mano de Dios, que orienta todo al bien. Es posible orar sin cansarse, porque así es como el Espíritu viene a nosotros trayendo el Reino y llevándonos a él.

 

ORATIO

        Ven, Espíritu Santo, llena de fe y confianza mi corazón vacilante. Ven, Espíritu Santo, y muéstrame tu verdad, para que no me deje engañar por las evidencias del mundo. Ven, Espíritu Santo, y abre mis ojos al bien silencioso que se da entre la gente y no me dejes desanimarme por el mal rumoroso y prepotente.

        Ven, Espíritu Santo, y hazme exultar de alegría por tu presencia. Ven, Espíritu Santo, y mantén despierto en mí el deseo de la vida eterna, esperando el día del retorno del Señor. Ven, oh Espíritu, y ahonda en mí el anhelo de conocer, amar y servir a aquel que será mi felicidad eterna. ¡Ven, Espíritu, ven!

 

CONTEMPLATIO

        Cuando un alma se ha abandonado a la guía del Espíritu Santo, éste la levanta gradualmente y la dirige. En los comienzos, no sabe a dónde va, pero poco a poco la luz interior la va iluminando y le hace ver todas sus acciones y la va guiando hacia Dios a través de las mismas, de modo que no le queda casi otra cosa por hacer más que dejar obrar a Dios en ella y por medio de ella lo que a él le place; de suerte que ésta progresa de una manera maravillosa.

        Tenemos una figura de la guía del Espíritu Santo en la conducta seguida por Dios con los israelitas después de la salida de Egipto, en su viaje por el desierto para llegar a la tierra prometida. Les dio como guía una columna de nube durante el día y una columna de fuego para la noche. Ellos seguían el movimiento de esta columna y se detenían cuando ella se paraba; no la adelantaban nunca, sólo la seguían, y no se alejaban nunca de ella. Así es como nosotros deberíamos comportarnos respecto al Espíritu Santo (L. Lallemant, Doctrina spirituale IV, 1).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (del salmo responsorial).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Vivimos en un mundo lleno de preocupaciones. Nosotros mismos estamos ocupados y preocupados por muchas cosas; sin embargo, nos sentimos al mismo tiempo aburridos, resentidos, deprimidos y muy solos. En este mismo mundo se hace presente el Hijo de Dios, Jesucristo, para ofrecernos una vida nueva, la vida del Espíritu de Dios. Nosotros deseamos esta vida, pero comprendemos asimismo que es tan radicalmente diferente de la que conocemos que nos parece algo ilusorio aspirar también a ella. ¿Cómo podemos pasar entonces de la fragmentación a la unidad, de las muchas cosas a la única necesaria, de nuestras vidas divididas a una vida indivisa en el Espíritu? Se hace necesario un gran esfuerzo que permita al Espíritu de Dios trabajar en nosotros y volver a crearnos.

        Con frecuencia nos resulta difícil encaminarnos por la senda de la vida espiritual no sólo porque las causas de nuestras preocupaciones tienen un poder muy fuerte sobre nosotros, sino también porque casi no conseguimos darnos cuenta de la presencia del Espíritu de Dios. Permaneciendo vigilantes y atentos a su divina presencia, seremos conducidos cada vez más profundamente al Reino. Allí, con gran sorpresa y alegría por nuestra parte, descubriremos que todas las cosas empiezan a tener un  significado nuevo (H. J. M. Nouwen, Invito alia vita spirituale, Brescia 22000, pp. 77ss, passim).

 

 

Viernes de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Joel 1,13-15; 21 ss

1,13 Sacerdotes, vestíos de sayal; lamentaos, dad gritos, ministros del altar; venid, pasad la noche haciendo penitencia, ministros de mi Dios; porque ha quedado sin ofrendas ni libaciones el templo de vuestro Dios.

14 Promulgad un ayuno, convocad la asamblea, reunid a los ancianos y a todos los habitantes de esta tierra en el templo del Señor, vuestro Dios, y clamad al Señor:

15 ¡Ay, qué día! ¡Está cerca el día del Señor; ya llega como devastación del Devastador!

21 Tocad la trompeta en Sión, tocad a rebato en mi monte santo, tiemblen todos los habitantes de esta tierra, porque ya llega el día del Señor, ya está cerca:

22 día de tinieblas y de oscuridad, día de nubarrones y de espesa niebla. Un pueblo innumerable y poderoso se despliega como la aurora sobre los montes. No hubo otro antes como él ni se verá jamás otro igual.

 

        *»• Una espantosa invasión de saltamontes lo ha devastado todo, revelándose como una auténtica catástrofe. Por donde han pasado, sólo han dejado destrucción y muerte. Ha desaparecido la alegría de los rostros de los labradores, que han visto desaparecer como humo el fruto de tantas fatigas. Pero también ha desaparecido la alegría del rostro de los sacerdotes, «porque ha quedado sin ofrendas ni libaciones el templo de vuestro Dios» (1,13). ¡Es un luto nacional! Es menester convocar una solemne liturgia penitencial, porque la terrible calamidad está cargada también simbólicamente: es un aviso de la proximidad del «día del Señor», «día de tinieblas y de oscuridad» (2,2a), un día en el que también la naturaleza estará implicada. La invasión devastadora de los saltamontes, que por su número oscurecen el cielo, se convierte en prefiguración del día en el que el Señor vendrá a juzgar a los impíos. Será un día espantoso: «No hubo otro antes como él ni se verá jamás otro igual» (2,2b). La furia devastadora del flagelo natural está presentada como un ejemplo que invita a la reflexión, a la oración, a la conversión y a la penitencia. Será un acontecimiento que sorprenderá a todos por sus proporciones y sus consecuencias.

        El profeta, apoyándose en un fenómeno natural, una plaga no infrecuente en la Palestina de aquellos tiempos, proyecta su mirada sobre un acontecimiento único, definitivo, para el que es preciso prepararse con la penitencia, a partir de la penitencia de los sacerdotes («Sacerdotes, vestios de sayal; lamentaos, dad gritos, ministros del altar»: 1,13). Joel es un profeta ligado al templo y predica la conversión -ésta comienza precisamente por los agregados al templo- para extenderla después «a todos los habitantes de esta tierra» (1,14).

 

Evangelio: Lucas 11,15-26

En aquel tiempo, después de que Jesús hubiera expulsado a un demonio,

15 algunos dijeron: -Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.

16 Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo.

17 Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: -Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras.

18 Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su Reino? Pues eso es lo que vosotros decís: Que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú.

19 Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces.

20 Pero si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

21 Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros.

22 Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus despojos.

23 El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

24 Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí.

25 Al llegar, la encuentra barrida y adornada.

26 Entonces, va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí, de modo que la situación final de este hombre es peor que la del principio.

 

        **• En este pasaje combate Jesús contra dos adversarios: el demonio y «algunos» (para Mateo son los fariseos). Éstos le acusan de un modo grave, con una violencia  inaudita: es verdad, ese Jesús es un exorcista eficaz, pero recibe sus poderes del mismo demonio que expulsa. Jesús responde con dos argumentos: no es posible pensar que el demonio se expulse a sí mismo, porque su dominio se hundiría. Y, además, los fariseos enseñan también exorcismos especiales a sus discípulos: ¿también están endemoniados ellos? Más bien, deberían reconocer, al ver las obras de liberación del sufrimiento realizadas por Jesús, que aquí actúa el poder de Dios y que, por consiguiente, ya ha llegado el Reino de Dios, con su poder curador y liberador. 

        El otro gran adversario, que domina todo el pasaje, es el demonio, el «fuerte», que se siente seguro hasta la llegada de Jesús, pues éste se muestra bastante más fuerte que él. Entre Jesús y el demonio se ha entablado un apretado y decisivo combate, que exige al discípulo tomar partido, elegir campo: «El que no está conmigo, está contra mí» (v. 23). No es posible la neutralidad, pues la lucha del Maestro es también la lucha del discípulo. Y esta lucha es escatológica, tiene que ver con el destino final, dado que «el que no recoge conmigo, desparrama» (v. 23).

        Una vez encuadrado el discípulo en el bando del «más fuerte», no por ello puede estar tranquilo; a pesar de todo, debe vigilar, porque la envidia del demonio, que vaga por lugares áridos, lanza contra él ataques cada vez más poderosos, implicándole en un combate terrible.

        El discípulo ha sido advertido: estar de parte de Cristo significa participar en su victoria, pero también participar en su combate contra el mal y contra el Maligno, que no se da por vencido con facilidad y quiere arrastrar cu su ruina a la mayor cantidad de discípulos posible. La lucha entre Cristo y el demonio continúa así en el corazón de los discípulos. Éstos, con coraje y confianza, no pueden sustraerse a esa lucha.

 

MEDITATIO

        El tema del combate espiritual fue desarrollado por los Padres del desierto, pero sigue siendo una realidad que goza de una impresionante actualidad. A pesar de cierto escepticismo difundido en la sociedad, que se considera evolucionada, el demonio está más presente en el mundo de lo que podemos imaginar. En algunos momentos, casi de repente, es posible percibir lo arraigada que está su presencia. Su fuerza consiste en hacerse olvidar y en aparecer bajo los aspectos más seductores y tranquilizadores. Dado que conoce bien a sus presas, lanza por lo general sus ataques por el frente más desguarnecido, por las realidades a las que somos más sensibles. A veces sentimos el ataque verdaderamente como devastador, y la única manera de liberarnos de él parece precisamente ceder. Pero la apuesta es demasiado elevada. Ceder ante él una vez significa abrirle un paso que le hará más fácil el acceso en el próximo asalto.

        Las armas son las de siempre: oración intensa, recordar continuamente la Palabra del Señor y sus promesas; penitencia; una gran humildad, que nos haga poner toda nuestra confianza en el Señor; vigilancia, para no ser cogidos por sorpresa. En estas condiciones, el desafío asume una fascinación particular: estamos llamados a combatir contra un adversario más fuerte que nosotros, pero con un arma más, un arma que viene del Espíritu Santo. Nuestro adversario se presenta cada vez más fuerte después de cada derrota, pero no tan fuerte que no pueda ser derrotado. Cristo quiere unirnos a su combate, para que también nosotros podamos hacer retroceder el mal que se propaga por el mundo, y hacernos así partícipes de su victoria, aunque esta victoria, cuando estamos inmersos en el duro combate, pueda parecemos no rara vez una ilusión lejana.

        La presencia del demonio nos invita a reflexionar sobre el carácter dramático de la existencia cristiana, sobre el poder del mal, sobre lo que está en juego, sobre la grandeza de la victoria de Cristo, sobre la necesidad de encuadrarnos de una manera abierta y decidida de su parte, sobre la convicción de que el combate espiritual es parte esencial del discípulo de Cristo.

 

ORATIO

        Oh mi Señor, tú conoces hasta el fondo mis debilidades, porque a ti no puedo esconderte ni mis miedos ni mis hundimientos. Sabes lo débiles que son mis fuerzas y lo que sufro por los continuos asaltos del mal y del Maligno. Te ruego, oh bueno y omnipotente Señor, que no me dejes solo en la hora de la tentación, que me despiertes de mi pasividad, de mi poca voluntad de resistencia a la acción del malvado.

        Ilumina, pues, con tu Espíritu mi corazón, para que sea capaz de recurrir a la luz de la fe precisamente cuando, en las horas más oscuras y difíciles, me asalte el enemigo. Inspira y guía mis decisiones: abre en mí esa mirada interior que capta la verdad de las cosas y sabe discernir el bien en medio de las ambigüedades y las incertidumbres de la vida. Haz que en el combate contra el poder del mal, que pretende destruir mi fe en ti, no cese yo de invocarte, porque sólo junto a ti y contigo sé que nadie me podrá sorprender. Envíame, pues, tu Espíritu y seré fuerte en mí.

 

CONTEMPLATIO

        Sus amigos, que venían a verle, pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería dejarles entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética, haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y chillando: «¡Vete de nuestro dominio! ¿Qué tienes que hacer en el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución». Al principio, los que estaban afuera creían que había hombres peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras, pero, cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron cuenta de que eran los demonios los que estaban en el asunto, y, llenos de miedo, llamaron a Antonio.

        El estaba más inquieto por ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta, les aconsejó que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: «Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos».

        Entonces se fueron, fortalecidos con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir ningún daño de los demonios. Pero tampoco se enojaba por la contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de visiones y la debilidad de sus enemigos le daban un gran alivio en sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarle muerto, pero le escuchaban cantar: «Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios» (Sal 67,2). Y también: «Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé» (Sal 117,10) (Atanasio de Alejandría, Vita Antonii, 13, versión electrónica).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vigilad y orad para no caer en la tentación» (Me 16,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Antonio se marchó al desierto para combatir a los demonios en su terreno. Fue una declaración de guerra a los demonios, los cuales le atormentaron y se las ingeniaron para expulsarle de su terreno. Antonio creía que, gracias a su lucha con los demonios, algo se volvería más claro y más sano también para los hombres del mundo. Si él vencía a los demonios, éstos tendrían también menos poder sobre los hombres que estaban en el mundo. En consecuencia, su combate con los demonios adquiere una función vicaria respecto al mundo.

        La tentación se convierte así en parte esencial de la vida. La vida del hombre está marcada por un conflicto continuo. No podemos contentarnos con vivir al día. Debemos hacer frente a los ataques que la vida trae consigo. Nunca habrá un tiempo en el que podamos dormir en los laureles. Las tentaciones nos acompañarán más bien hasta el final de la vida. Dijo Antonio: «Nadie, si no es tentado, puede entrar en el Reino de los Cielos; de hecho -dice- suprime las tentaciones, y nadie se salvará (Apotegmas, 5). Y otro eremita: «Si el árbol no es sacudido por los vientos, ni crece ni echa raíces. Así ocurre también con el monje: si no es tentado ni soporta la tentación, no se convierte en nombre» (Apotegmas, 396). Quien se entrega a la tentación de los demonios encuentra la verdad de su alma, descubre ¡deas crueles, imágenes sádicas, fantasías inmorales. Nos convertiremos en hombres maduros sólo si aceptamos esta verdad, sólo si damos la talla en esta tentación. Conocer la tentación, sin ser aplastados por ella, es un método que nos mantiene vivos, un método que nos recuerda incesantemente que no podemos mejorar solos, sino que sólo Dios nos puede cambiar. Únicamente Dios puede darnos la victoria en la lucha contra las tentaciones, una paz profunda que, si falta el combate, no puede ser experimentada con la misma intensidad (A. Grün, ll cielo comincia in te, Brescia 22000, pp. 49ss, passim).

 

 

Sábado de la 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Joel 4,12-21

Así dice el Señor:

12  Que vengan las naciones y acudan al valle de Josafat; allí me sentaré para juzgar a las naciones de alrededor.

13 Meted la hoz, la mies está madura; venid a pisar, el lagar está lleno, las cubas rebosan. ¡Tan grande es su maldad!

14 ¡Muchedumbres y muchedumbres en el valle de la Decisión, porque está cerca el día del Señor en el valle de la Decisión!

15 El sol y la luna se oscurecen, pierden su brillo las estrellas.

16 Ruge el Señor desde Sión, desde Jerusalén hace oír su voz; el cielo y la tierra se estremecen. Mas, para su pueblo, el Señor es un refugio, un baluarte para los hijos de Israel.

17 Sabréis entonces que yo soy el Señor, vuestro Dios, que habito en Sión, mi monte santo. Jerusalén será lugar santo, y los extranjeros no volverán a pasar por ella.

18 Ese día manará vino nuevo de los montes, y las colinas destilarán leche; por todos los torrentes de Judá correrá el agua, y una fuente, que manará del templo del Señor, regará el valle de las Acacias.

19 Egipto quedará hecho un desierto, Edom una estepa desolada, por haber asesinado a los habitantes de Judá, cuya sangre inocente derramaron en su tierra.

20 Pero Judá subsistirá por siempre, Jerusalén de edad en edad.

21 Yo vengaré su sangre, no la dejaré impune. Y el Señor habitará en Sión.

 

        **• Estamos en el último capítulo del libro de Joel. En él se presenta el «día del Señor», el día del choque final entre el bien y el mal, entre el pueblo de Dios y los pueblos paganos coaligados. La descripción es vivaz y aterradora: los paganos están invitados a presentarse en el valle de Josafat, el «valle de la Decisión» (v. 14), junto al antiquísimo cementerio judío: allí serán segados como mies madura y pisados en el lagar, mientras el cosmos participa en el «rugido» del Señor, con desconciertos espantosos, semejantes a los presentados por toda la literatura apocalíptica. Bien distinta es la suerte del pueblo de Dios, que conocerá, por fin, el poder de su Señor. Éste entregará definitivamente Jerusalén a sus fieles y hará justicia a todas las opresiones y abusos padecidos.

        Se trata de un fragmento con fuertes tintes apocalípticos que, a través de un lenguaje comprometedor, anuncia el castigo de los malvados y la salvación del pueblo (al que el Señor considera como suyo: cf. v. 16b). Y no sólo la salvación, sino el triunfo definitivo de Israel y Judá, con una tierra que volverá a tener su fertilidad, la del paraíso perdido y la del esperado Mesías. Aquí está toda la esperanza de Israel y el gran mensaje de los profetas.

 

Evangelio: Lucas 11,27 ss

En aquel tiempo,

27 cuando estaba diciendo esto, una mujer de entre la multitud dijo en voz alta: -Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron.

28 Pero Jesús dijo: -Más bien, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

 

        ** Es posible que en la base de esta perícopa esté, una vez más, el recuerdo de cierto contraste entre la familia de Jesús y los discípulos, miembros de la nueva familia de Jesús. Lucas pretende mostrar aquí que la madre de Jesús no pertenecía sólo a su familia natural, sino también a la formada por los discípulos. Por eso es dichosa, por haber sido la primera en escuchar la Palabra, adhiriéndose a ella (Lc 1,38), haciéndola fructificar al ciento por uno. María tenía conocimiento de su dicha («Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones»: 1,48), y perseveró con fidelidad en medio de las pruebas, convirtiéndose en la primera discípula y en el modelo de todo discípulo.

        El texto, típicamente lucano, es completamente «mariano»: de María se puede hablar tanto en el sentido de la mujer del pueblo como en el sentido que le da Jesús. La mujer del pueblo, admiradora de Jesús, se convierte en admiradora de su madre. ¡Y quién no habría querido tener un hijo como Jesús! Dichosa esa madre afortunada. Jesús acentúa la dicha de la escucha y, por consiguiente, si bien de una manera implícita, de la ulterior grandeza de su madre, dichosa sobre todo por escuchar la Palabra y acoger el misterio. Ambos motivos de dicha no se excluyen, pero el segundo es imitable: todos pueden alcanzarlo, y no sólo su madre, como ocurre con el primero.

 

MEDITATIO

        Los primeros siglos cristianos contemplaron sobre todo la primera bienaventuranza, la pronunciada por la mujer del pueblo, la bienaventuranza de la maternidad de María. La primera «definición» solemne de María tenía que ver con su divina maternidad, ser la theotókos, la engendradora de Dios. Esto no debe sorprendernos, porque la definición mira más a Cristo que a María, es más cristológica que mariológica, puesto que se trata de la encarnación de Dios, gracias a la cooperación de María. De aquí procede la comprensión de la gran dignidad de la Virgen, Madre de Dios: de la afirmación de la divinidad del Hijo, y de la contemplación de este gran misterio procede la afirmación de la sublime dignidad de María, una dignidad muy superior a la de cualquier madre, porque ella le dio un cuerpo al Hijo mismo de Dios. Los siglos posteriores y la Iglesia, sobre todo la oriental, se han mantenido en esta perspectiva.

        Nunca ha faltado, sin embargo, una corriente que ha recordado, junto a la primera, también la bienaventuranza pronunciada por Jesús en el evangelio de hoy, como premisa indispensable de la misma divina maternidad: María es bienaventurada porque ha creído en la Palabra, la ha meditado, la ha concebido en su seno, se  ha convertido en madre dando carne a la Palabra. El Concilio Vaticano II recuerda esta dimensión, a veces descuidada por una devoción intensa y sincera pero no suficientemente evangélica.

        La Palabra me interpela hoy: ¿es María para mí modelo de escucha de la Palabra? ¿Es la engendradora de Dios porque ha escuchado con fe esta Palabra? ¿Es digna de mi admiración antes que nada por haberse consagrado por completo a Cristo, perseverando en las pruebas, en la fe inquebrantable en su hijo tan maravilloso como misterioso? ¿También yo puedo «engendrar a Cristo» a través de la escucha perseverante de la Palabra?

 

ORATIO

        Dichosa tú, oh María, que fuiste digna de recibir la «paz» del Padre por medio de Gabriel. Dichosa tú, oh María, porque en ti habitó el Espíritu Santo del que cantó David. Dichosa tú, que fuiste como una carroza y le sostuvieron tus rodillas, le llevaron tus brazos, y como fuentes fueron para él, para el Hijo de Dios, tus senos, y abrazaste al que está vestido de llamas. Dichosa tú, María, que fuiste figura de la zarza vista por Moisés.

        Dichosa tú, oh María, porque todos los profetas te pintaron en sus libros. Dichosa tú, oh María, porque también te anunció Isaías en su profecía: «La Virgen concebirá, dará a luz un hijo cuyo nombre es Emmanueh. He aquí que todas las gentes exclaman: «Con nosotros está el que con su voluntad gobierna todo» (Efrén el Sirio, Himno a la Virgen María).

 

CONTEMPLATIO

        Preocupaos más, hermanos míos, preocupaos más, por favor, de lo que dijo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Ésta es mi madre y mis hermanos; y quien hiciere la voluntad de mi Padre, que me envió, es para mí un hermano, hermana y madre (Mt 12,49-50). ¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres, creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado?

        Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso es más para María ser discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz llevó en su seno al Maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Mientras caminaba el Señor con las turbas que le seguían, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó! Más, para que no se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor? Más bien, bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la guardan (Lc 11,27-28).

        Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en la mente mejor que la carne en su seno. Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: es más lo que está en la mente que lo que es llevado en el vientre. Santa es María, bienaventurada es María, pero mejor es la Iglesia que la Virgen María. ¿Por qué? Porque María es una porción de Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero al fin miembro de un cuerpo entero. Si es parte del cuerpo entero, más es el cuerpo que uno de sus miembros. El Señor es cabeza, y el Cristo total es cabeza y cuerpo. ¿ Qué diré? Tenemos una Cabeza divina, tenemos a Dios como cabeza» (Agustín, Sermón 72/A, 7).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones» (Lc 1,48).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Lucas nos ha hecho ver en su evangelio que María, la madre de Jesús, es un modelo de fe para los hombres. Ella, como mujer y como símbolo de todos los seres humanos, ha recibido el gran don de la presencia transformadora de Dios en la tierra (Lc 1,28). Esa presencia se concreta como «Espíritu creador» y se manifiesta en el nacimiento del Mesías. A través de la palabra de María, que se ofrece y colabora (1,38), se realiza el misterio primordial de nuestra historia: Dios hecho hombre. Exteriormente todo sigue como antes; sin embargo, en este campo inmensamente delicado e inmensamente abierto a la fe de una mujer ¡oven, que acepta la Palabra de Dios, empezó a gestarse la nueva vida de los hombres. María es el signo del nuevo estilo de vida. Como decían los Padres, María concibió con la fe antes de hacerlo con su seno. Su bienaventuranza no está limitada al regazo y al seno, sino que abarca toda su persona.

        María ha creído (1,38), y por eso recibe la justa alabanza. Es bienaventurada por su fe (11,39-45), y su vida se convierte en un fundamento de júbilo y de bendición para todos los que han creído como ella. Jesús la desconcierta (2,41-52), y el camino de la cruz está empedrado de espada y de dolor para la madre (2,33-35), pero Lucas sabe que María fue fiel hasta el final. En los estratos más profundos de su vida, ella creyó en la Palabra de Jesús y se convirtió en principio y fundamento de la Iglesia. En todos estos aspectos, la Madre de Jesús es el modelo de la mujer abierta al misterio de la vida y el modelo del creyente, que responde con confianza y generosidad a la palabra que Dios le ha dirigido (J. Pikaza, cit. en Commento alia Bibb'ia litúrgica, CiniselloB. 1986, 1212ss).

 

 

Lunes de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 1,1-7

1 Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido como apóstol y destinado a proclamar el Evangelio que Dios

2 había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas.

3 Este Evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David

4 y constituido, por su resurrección de entre los muertos, Hijo poderoso de Dios según el Espíritu santificador: Jesucristo, Señor nuestro,

5 por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que para su gloria respondan a la fe todas las naciones,

6 entre las cuales también estáis vosotros, que habéis sido elegidos por Jesucristo.

7 A todos los que estáis en Roma y habéis sido elegidos amorosamente por Dios para constituir su pueblo, gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

 

       *•• En Pablo no es posible separar la persona de la misión: este criterio vale tanto para comprender la personalidad de Pablo como para interpretar sus cartas, y de modo particular la carta a los cristianos de Roma, que empezamos a leer esta semana.

       Es el mismo Pablo el que se presenta directamente, el que se muestra solícito para darnos no sólo sus connotaciones personales, sino también el sentido y el valor de la misión que le ha sido confiada por el Señor resucitado. El acontecimiento que debemos tener siempre presente cuando leemos las cartas paulinas es el de Damasco, o sea, el encuentro de Saulo con Jesús de Nazaret, reconocido en su identidad personal y en su mística presencia en los cristianos perseguidos. En el centro del mensaje paulino, así como en el centro de su existencia terrena, se encuentra este Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, hijo de David e hijo de Dios, resucitado, pero idéntico al Jesús de Nazaret. De él ha recibido Pablo directamente -y lo afirma con una convicción plena y un puntito de orgullo- «la gracia de ser apóstol» (v. 5). En consecuencia, Pablo se siente gratificado por la misión que, en cierto modo, le ha sido impuesta, a la cual, como dice en otro lugar, no se ha podido sustraer, sintiéndose casi violentado, como le sucedió ya al profeta Jeremías (Jr 20,7).

       En la inescindible unidad de su misión, Pablo considera también a los destinatarios de esta carta suya oyentes de la palabra que Dios le ha confiado como «Evangelio», como «Buena Nueva», a saber: que viene de Dios y tiene que ver con Jesús, el Cristo, muerto y resucitado para la salvación de todos. El deseo de gracia y de paz (v. 7) que les dirige Pablo es la síntesis de ese Evangelio, y Pablo se reconoce en él de buena gana como siervo y heraldo.

 

Evangelio: Lucas 11,29-32

En aquel tiempo,

29 la gente se apiñaba en torno a Jesús y él se puso a decir: -Ésta es una generación malvada; pide una señal, pero no se le dará una señal distinta de la de Jonás.

30 Pues así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación.

31 La reina del sur se levantará en el juicio junto con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino desde el extremo de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

32 Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás.

 

       **• Durante su vida pública, Jesús se encontró muchas veces frente a pretensiones a las que, honestamente, no podía responder. En semejantes circunstancias, su discurso asume tonalidades polémicas, que centran su pensamiento. En este caso específico, la pretensión recae en la petición de un signo milagroso, un signo que Jesús interpreta de inmediato como objeto de mera curiosidad y búsqueda de espectáculo. Sin embargo, él no ha venido a satisfacer estas demandas, y no está dispuesto ni mucho menos a dejarse desviar del significado primero de su misión. De ahí que su respuesta no se haga esperar. En ella dice Jesús de modo claro qué señal está dispuesto a dar. Se trata de la que él mismo llama señal de Jonás (cf. v. 29).

       Vale la pena referir la diferencia que existe entre Mateo y Lucas a este respecto. Mientras Mateo insiste sólo en un hecho de la vida del profeta (Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo) para poder presentar la resurrección de Jesús como la señal esperada aquí, Lucas considera, en cambio, toda la vida de Jonás como un único gran signo, dando un relieve particular a la predicación del profeta. A Jonás se le presenta, en relación con Cristo, como una figura, como una profecía del mismo Jesús. Por consiguiente, es Cristo, con el carácter extraordinario de su misión, con la transparencia de sus palabras, con el radicalismo de sus pretensiones, con el poder de sus milagros, quien constituye la señal primera, unitaria e insustituible, capaz de atraer la atención de sus contemporáneos, al menos de los que no levantan barreras psicológicas o ideológicas insuperables.

       El doble ejemplo de la reina del sur (v. 31) y de los habitantes de Nínive (v. 32) sirve a Lucas para poner claramente de manifiesto que frente a Jesús, profeta de los últimos tiempos, se perfilan dos posibles reacciones: no sólo la negativa de la «generación malvada», sino también la positiva de los extranjeros.

 

MEDITATIO

       Desde que, en el camino de Damasco, Pablo encontró a Cristo, no puede pensar en sí mismo sin ponerse en relación con él. Pablo es ahora «siervo» de Cristo Jesús, su «apóstol», enviado a anunciar el Evangelio. En la apremiante presentación que hace de sí mismo a los romanos aparece un orgullo porfiado en su misión. Parece percibirse en sus palabras un estremecimiento de impaciencia; Pablo quisiera correr por todos los caminos para llevar a todos a la obediencia de la fe, a reconocer en Jesús al Cristo, al enviado del Padre para nuestra salvación.

       El fragmento evangélico de Lucas habla de otro enviado: Jonás, el profeta menor que, a la inversa, no quiso saber nada de su encargo de predicar a los ninivitas y que ni siquiera se dio cuenta de que era tan importante para el Señor como para que le siguiera de un extremo al otro del mar y hasta en sus profundidades. Sin embargo, el caprichoso heraldo de la conversión de los paganos ha tenido el honor de convertirse nada menos que en la «señal» por excelencia ofrecida a la «generación malvada y perversa» que hay en cada uno de nosotros, o sea, la señal del Crucificado-Resucitado, que bajó -por solidaridad con nosotros, pecadores- a las profundidades de los infiernos. Allí permaneció Jesús para demostrar hasta qué punto nos ama: ahora ya no hay «lugar» exento de su presencia amorosa, no hay soledad que no esté habitada por su proximidad. Abrirnos a este don es fuente de bienaventuranza y nos hace por eso mismo gozosamente misioneros para los hermanos.

       A quien verdaderamente ha encontrado a Cristo le resulta impensable no arder en deseos de llevar a todos el alegre anuncio. Sin embargo, qué fácil resulta dar por descontada la novedad de la vida cristiana, encerrarla en nuestros prejuicios, que nos hacen, como a Jonás, jueces de Dios y de sus designios. El Señor Jesús, misericordia del Padre, planta en nuestro corazón la señal grande de la cruz para que, vencidos por su amor, también nosotros lleguemos a ser testigos alegres en medio de los hermanos.

 

ORATIO

       Eran tiempos difíciles, marcados por dudas y angustias, y muchas voces se disputaban mi corazón. Contaba mis talentos y mis infinitas posibilidades. La vida me había dado mucho y me prometía mucho. ¡Pides demasiado, Señor!

       Sin embargo, desde hacía tiempo, una voz inconfundible robaba espacios a mi vida, una voz delicada, pero imposible de detener, repetía claramente su llamada: «Te he llamado por tu nombre». ¡Mira hacia otra parte, Señor!

       Te he pensado como único, te he querido irrepetible, te he amado desde siempre, te he enriquecido con dones específicos e indispensables para la misión que te quiero confiar. ¡Todavía no, Señor!

       Con todo, no he nacido para molestar, ni puedo pasar por este mundo sin ser notado. Debo ser y llegar a ser, como Cristo, señal para llevar a cabo la misión apremiante del Padre. ¡Aquí estoy, Señor!

 

CONTEMPLATIO

        [...] Envióle en clemencia y mansedumbre, como un rey envió a su hijo-rey; como a Dios nos lo envió, como hombre a los hombres le envió, para salvarnos le envió; para persuadir, no para violentar, pues en Dios no se da la violencia. Le envió para llamar, no para castigar; le envió, en fin, para amar, no para juzgar. [...]

        [...] lo cierto es que ningún hombre vio ni conoció a Dios, sino que fue él mismo quien se manifestó. Ahora bien, se manifestó por la fe, única a quien se le concede ver a Dios. Y, en efecto, aquel Dios, que es Dueño soberano y Artífice del universo, el que creó todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró benigno con el hombre, sino también longánime. A la verdad, él siempre fue tal, y lo sigue siendo y lo será, a saber: clemente y bueno y manso y veraz; es más: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un gran e inefable designio, lo comunicó sólo con su Hijo. [...] Y cuando nuestra maldad llegó a su colmo y se puso totalmente de manifiesto que la sola paga de ella que podíamos esperar era castigo y muerte, venido que fue el momento que Dios tenía predeterminado para mostrarnos en adelante su clemencia y poder (¡oh benignidad y amor excesivo de Dios!), no nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó resentimiento alguno; antes bien, mostrósenos longánime; él mismo, por pura misericordia, cargó sobre sí nuestros pecados; él mismo entregó a su propio Hijo como rescate por nosotros; al Santo por los pecadores, al Inocente por los malvados, al Justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales.

       Porque ¿qué otra cosa podría cubrir nuestros pecados, sino la justicia suya? ¿En quién otro podíamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, oh beneficios inesperados! ¡Que la iniquidad de muchos quedara oculta en un solo Justo y la justicia de uno solo justificara a muchos inicuos! («Ad Diognetum», VIII-IX, en Padres apostólicos, ed. Daniel Ruiz Bueno, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21967, pp. 854-856, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor» (Rom 1,7).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Pablo dice de sí mismo que es siervo de Cristo Jesús. Que el hombre se reconozca siervo de Dios (tal vez más exactamente aún, esclavo de Dios) no es algo natural. El griego no entendió así sus relaciones con la divinidad. Creía que un hombre libre no debía ser siervo de nadie, ni siquiera de Dios. «¿Cómo podría ser feliz el hombre que presta servicio a alguien?» (Platón, Gorgias, 491). Sin embargo, el hombre piadoso del Antiguo y del Nuevo Testamento declara con esa fórmula que pertenece a su Dios de una manera simple e incondicional. Ahora bien, aunque precisamente los grandes patriarcas de la antigua alianza, los amigos de Dios, como Abrahán, Moisés, Josué, David, se declaran siervos de Dios, esta declaración no es una palabra humillante, sino el título honorífico más elevado. Si bien el Nuevo Testamento, en las parábolas de Jesús, habla a menudo del hombre como siervo de Dios, no es ésta la única concepción del hombre frente a Dios que tiene el cristiano. Este último es asimismo hijo y heredero respecto a Dios. Y por estar al servicio de un Dios, el Padre, y de un Señor, Cristo, y por ello bajo su poderosa protección, sabe que es libre de todas las espantosas potencias diabólicas del mundo. Quien es siervo de Cristo es liberado por Cristo, y quien ha sido liberado por Cristo es siervo

de Cristo.

       Ahora bien, Pablo se considera siervo de Cristo Jesús no sólo en un sentido genérico, sino en el sentido especial de apóstol. ¿Qué era y qué es, por consiguiente, un apóstol? No es un señor, sino un siervo, que ha sido llamado y al que se le pide que venga; es enviado por otro; como tal, no ha de anunciarse a sí mismo, sino precisamente a ese otro que le envía. Ha sido elegido previamente y segregado de la comunidad. Es un solitario, un hombre que no considera como suyo propio más que la Palabra y el don de Dios. Sin embargo, dado que Dios es absolutamente diferente de como piensa el hombre, su mensaje también es diferente. Su palabra no puede ser probada; sólo puede ser creída (K. H. Schelkle, Meditazioni sulla lettera ai Romani, Brescia 1967, pp. 18-20).

 

 

Martes de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 1,16-25

Hermanos:

16 No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es.

17 Porque en él se manifiesta la fuerza salvadora de Dios a través de una fe en continuo crecimiento, como dice la Escritura: Quien alcance la salvación por la fe, ese vivirá.

18 En efecto, la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra la impiedad e injusticia de aquellos hombres que obstaculizan injustamente la verdad. 19 Pues lo que se puede conocer de Dios lo tienen claro ante sus ojos, por cuanto Dios se lo ha revelado.

20 Y es que lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible desde la creación del mundo, a través de las cosas creadas. Así que no tienen excusa,

21 porque, habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su insensato corazón.

22 Alardeando de sabios, se han hecho necios

23 y han trocado la gloria del Dios incorruptible por representaciones de hombres corruptibles, e incluso de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.

24 Por eso Dios los ha entregado, siguiendo el impulso de sus apetitos, a una impureza tal que degrada sus propios cuerpos.

25 Es la consecuencia de haber cambiado la verdad de Dios por la mentira y de haber adorado y dado culto a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por siempre. Amén.

 

       **• Tras el saludo inicial (primera lectura de ayer), Pablo enuncia de inmediato el tema de su carta: «El Evangelio, que es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es» (v. 16). El compromiso del apóstol consistirá en profundizar y en proclamar la «Buena Nueva», según la cual Dios quiere salvar a todos mediante el don de la fe. Pablo no se avergüenza de este Evangelio, sino que más bien se siente justamente orgulloso y satisfecho: en efecto, es también mediante su ministerio como se revela la justicia de Dios de fe en fe.

       Parece casi como si estuviéramos viendo al apóstol en acción, inclinado no tanto a anunciar el Evangelio que le ha sido comunicado como a hacer participar a otros en la experiencia por la que él mismo ha pasado. En efecto, él mismo había experimentado en el camino a Damasco el invencible poder del amor de Dios que salva; en el camino que le habría llevado a la persecución de los cristianos, Saulo fue sorprendido por Jesús de Nazaret, que le cambió las connotaciones espirituales.

       Además de la primera formulación del tema, esta página litúrgica presenta un primer desarrollo: el proyecto de Dios se ha revelado ya en la historia de Jesús de Nazaret y se revela día tras día en la historia de la humanidad. Considerando bien las cosas, la situación espiritual que describe aquí Pablo es bastante negativa, aunque se trata sólo de una primera consideración a la que pronto seguirá la positiva de la salvación otorgada en Cristo Jesús.

 

Evangelio: Lucas 11,37-41

En aquel tiempo,

37 al terminar de hablar, un fariseo le invitó a comer. Jesús entró y se puso a la mesa.

38 El fariseo se extrañó al ver que no se había lavado antes de comer.

39 Pero el Señor le dijo: -Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras que vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

40 ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?

41 Pues dad limosna de vuestro interior y todo lo tendréis limpio.

 

       *»• Esta página evangélica cuenta un hecho de vida que implicó a Jesús de una manera personal: se trata de la invitación a comer en casa de un fariseo. Viene, a continuación, una reacción de Jesús en tono bastante polémico, de la que se desprende una enseñanza clara y fuerte.

       La relación entre Jesús y los fariseos la conocemos también por otras páginas evangélicas; casi siempre aparece la inmensa distancia que separa la lógica evangélica de la práctica farisaica. También aquí, en el marco de una simple comida, aparece la actitud del fariseo anfitrión, que está más preocupado por la observancia de una norma legal que por el honor que debe reservar a su huésped excepcional. Es sabido que los judíos otorgaban una gran importancia a la práctica de las abluciones, sobre todo antes de las comidas {cf. También Mc 7,3ss); también sabemos que Jesús, con frecuencia y de manera voluntaria, se negaba a observar tales prácticas (tanto él como sus discípulos: cf. Mt 15,1-20). Queda plasmada, de un modo más que evidente, no sólo la distancia espiritual que existe entre Jesús y los fariseos, sino, en cierto modo, también la incompatibilidad de sus respectivos puntos de vista.

       En este marco histórico se insertan las palabras de Jesús con las que, en primer lugar, intenta describir y censurar el fuerte contraste que existe entre la exagerada atención a lo que está «fuera del hombre» y el olvido imperdonable de lo que está «dentro del hombre». Bastaría con este detalle para darse cuenta de lo indigno de la persona humana que es el código de comportamiento fariseo.

       Sin embargo, el Nazareno no se contenta con esto. Después de haber censurado su actitud, Jesús les llama «insensatos» (v. 40). ¿En qué sentido?, nos preguntamos. Esa insensatez consiste en el hecho de que los fariseos, mientras cultivan la religión de los ritos y de las observancias, acaban olvidando la religión del corazón. O mejor aún, refiriéndose a la acción creadora de Dios, Jesús nos invita a no separar lo que Dios ha unido: el interior y el exterior, el cuerpo y el corazón, la práctica y la intención. La invitación a la limosna constituye un ejemplo concreto de cómo puede expresar el discípulo de Jesús, de una manera unitaria, una espiritualidad, la evangélica, que se sintetiza perfectamente en la ley de la caridad.

 

MEDITATIO

       La Palabra de Dios ilumina las profundidades del corazón humano: saca a la luz su grandeza y descubre sus miserias. No es casualidad que, en la lista de las maldades que brotan de ese «abismo», Pablo hable también de la insensatez. A veces, en efecto, nos quedamos sorprendidos de nuestra torpeza. Al hombre de hoy, capaz de maravillosos descubrimientos científicos, se le ofrece una oportunidad desconocida hasta ahora: la de adentrarse en los secretos de la naturaleza que llevan inscritas -desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande- las cifras misteriosas de la inteligencia y del amor divino. Más he aquí que, en vez de embriagarse con tanta belleza y perderse en el éxtasis de una contemplación rica y fascinante, en las páginas de los periódicos se apiñan crónicas de hechos tan perversos y repugnantes que sólo pueden explicarse admitiendo una presencia demoníaca.

       El evangelio también nos habla de insensatez, de una religiosidad no iluminada: prestamos atención a un montón de cosas exteriores, pero no captamos la sustancia. Es el riesgo que corremos nosotros, los cristianos, que con mucha frecuencia nos fijamos en el detalle, en las formas, y perdemos de vista el amor a Dios y a los hermanos. Al leer la vida de los santos tenemos a menudo la impresión de que están dotados de una audacia y un anticonformismo desconcertantes. En realidad, se trata sólo de ese ojo penetrante, agudizado por la inteligencia de la fe, que sabe ir siempre más allá de cuanto está consolidado, fijado, aunque no para la búsqueda de lo cómodo o para liberar de la ley, sino para que sea el amor -y sólo el amor- el que trace el camino. En una sociedad obsesionada por las imágenes, por las apariencias, por lo exterior, sólo Jesús es capaz de llegar al corazón para convertirlo, de modo que, purificado, pueda dejar aparecer el buen tesoro que esconde.

 

ORATIO

       Tu Palabra, Señor, es «una espada de doble filo». Cuando pone al descubierto nuestra miopía, obnubilada por intereses egoístas, nos hace mal. Cuando encuentra una mente sedienta de verdad, cura nuestra ceguera. Cuando molesta a nuestra apatía disonante con tu plan de salvación, se siente incómoda. Cuando encuentra un oído abierto a la escucha, sana nuestra sordera. Cuando nos agita con el mensaje de la cruz, molesta y da miedo. Cuando encuentra un corazón capaz de aceptar la prueba como algo que forma parte constitutiva de la vida, entonces alivia nuestro sufrimiento.

       Haz, Señor, que tu Palabra, siempre dinámica y viva, encuentre en mí una respuesta de fe: sólo así producirá en mí una conversión verdadera y me salvará.

 

CONTEMPLATIO

       Nuestro Padre celestial nos ha llamado y nos ha elegido previamente desde la eternidad en su Hijo amado y, con su mano amorosa, ha escrito nuestros nombres en el libro vivo de la eterna Sabiduría: por consiguiente, nosotros debemos corresponder a su amor con todas nuestras fuerzas, con una reverencia y una veneración infinitas. Precisamente así empiezan todos los cantos de los ángeles y de los hombres, cantos que no tendrán nunca fin.

       La primera melodía del canto celestial es el amor a Dios y al prójimo. Dios Padre, para enseñárnosla, nos ha enviado a su Hijo. El que no conozca esta melodía no podrá entrar en el coro celestial, porque no sólo no la conoce, sino que no saborea su belleza: por consiguiente, será excluido para siempre de los ejércitos celestiales [...]. Todo lo más sublime y más gozoso que se puede cantar en el cielo y en la tierra es precisamente esto: amar a Dios, y amar al prójimo por Dios, a causa de Dios y en Dios. El arte y la ciencia de este canto nos los proporciona el Espíritu Santo.

       Cristo, que es nuestro cantor y maestro de coro, ha cantado desde el principio y entonará por nosotros eternamente el cántico de la fidelidad y del amor sin fin. Y también nosotros, con todas nuestras fuerzas, cantaremos después de él, tanto aquí abajo, en la tierra, como en el coro de la gloria de Dios. El canto común que todos debemos conocer para formar parte del coro de los ángeles y de los santos en el Reino de Dios es, por tanto, el amor verdadero y sin ficción. El amor es, en efecto, la raíz y la causa de todas las virtudes en la intimidad de nuestro corazón y es, en el exterior, la vestidura capaz de adornar todas nuestras buenas obras (Ruysbroek el Admirable, Les sept degrés de l'amour spirituel, XII).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Evangelio es fuerza de Dios» (Rom 1,16).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Recibir el mensaje evangélico en la vida significa dejar que nuestra vida llegue a ser, en el sentido más amplio y real de la palabra, una vida religiosa, una vida referida a Dios, en estrecha relación con él. La revelación esencial del Evangelio es la presencia dominante e invasora de Dios. Se trata de una invitación a encontrar a Dios, y a Dios no se le encuentra más que en la soledad. Esta soledad parece estar negada a aquellos que viven con los hombres. Sería como creer que nosotros podemos entrar en la soledad antes de que Dios nos llame. En realidad, es él quien nos espera. Encontrarle significa encontrar la soledad, porque la verdadera soledad es espíritu, y todas nuestras soledades humanas son sólo un modo de encaminarnos hacia la fe, que es la perfección de la soledad. La verdadera soledad no es la ausencia de los hombres, sino la presencia de Dios. Poner nuestra propia vida frente a Dios, dejar que la noción de Dios transforme nuestra propia vida, significa entrar en una región donde se nos da la soledad.

       Es la altura lo que procura la soledad de las montañas, no el lugar donde se apoyan sus bases. Si el manar de la presencia de Dios en nosotros acaba en el silencio y en la soledad, entonces nos deja en la paz, conscientes de estar profundamente unidos a todos los hombres, hechos de la tierra como nosotros... «Bienaventurado el que recibe la Palabra de Dios y la guarda» (Lc 11,28) (M. Delbrél, Nous autres, qens des rúes, París 1966, pp. 83-87, passim [edición española: Nosotros, gente de la calle, Estela, Barcelona 1971]).

 

 

Miércoles de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 2,1-11

1 Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás, pues juzgando a otros tú mismo te condenas, ya que haces lo mismo que condenas.

2 Y sabemos que el juicio de Dios es riguroso contra quienes hacen tales cosas.

3 Y tú, que condenas a los que hacen las mismas cosas que tú haces, ¿piensas que escaparás al castigo de Dios?

4 ¿Desprecias acaso la inmensa bondad de Dios, su paciencia y su generosidad, ignorando que es la bondad de Dios la que te invita al arrepentimiento?

5 Por el endurecimiento y la impenitencia de tu corazón estás atesorando ira para el día de la ira, cuando Dios se manifieste como justo juez

6 y dé a cada uno según su merecido:

7 a los que perseverando en la práctica del bien buscan gloria, honor e inmortalidad, les dará vida eterna,

8 pero los que por egoísmo rechazaron la verdad y se abrazaron a la injusticia tendrán un castigo implacable.

9 Tribulación y angustia para todos cuantos hagan el mal: para los judíos, por supuesto, pero también para los que no lo son;

10 gloria, honor y paz para los que hacen el bien: para los judíos, desde luego, pero también para quienes no lo son,

11 pues en Dios no hay lugar a favoritismos.

 

       **• Judíos o griegos, todos somos culpables ante Dios: esta constatación, que podría suscitar sentimientos de desánimo y desolación, provoca, en cambio, una fuerte búsqueda de la verdad. Es verdad que todos somos culpables y no tenemos excusa (cf. v. 1), pero debemos preguntarnos cómo se sitúa Dios frente a esta situación humana, negativa e insuperable en sí misma. Hay, en efecto, modos y modos de emitir un juicio: un modo totalmente nuestro y un modo totalmente de Dios (cf. v. 2). ¿De dónde procede la culpabilidad de los judíos? Del hecho -así razona Pablo- de que los judíos actúan como aquellos a quienes condenan, y por eso también ellos serán condenados.

       Es el carácter dramático del pecado que impacta directamente sobre nosotros, tanto más por el hecho de que los judíos tienen a sus espaldas toda una historia de la salvación que, como sabemos, está encerrada en el Antiguo Testamento. Ese drama se concentra para Pablo en el hecho de que, frente a la novedad de Jesús, los judíos no fueron capaces de reaccionar de una manera positiva y acogedora. Una exasperada adhesión a sus tradiciones no les ha permitido percibir la gran novedad del Dios hecho hombre.

       Ahora bien, el juicio de Dios se ajusta a la verdad, y no puede estar condicionado ni por nuestro modo de juzgar ni por la situación de pecado que se ha dado históricamente. El don de la vida eterna, es decir, el don de la salvación plena, Dios lo reserva y lo reservará siempre «a los que perseverando en la práctica del bien buscan gloría, honor e inmortalidad» (v. 7). Y Pablo se apresura a añadir el motivo de ese posible desenlace positivo: «Pues en Dios no hay lugar a favoritismos» (v. 11).

 

Evangelio: Lucas 11,42-46

En aquel tiempo, dijo Jesús:

42 Pero ¡ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Esto es lo que hay que hacer, aunque sin omitir aquello.

43 ¡Ay de vosotros, fariseos, que os gusta ocupar el primer puesto en las sinagogas y que os saluden en la plaza!

44 ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros que no se ven, sobre los que se pisa sin saberlo!

45 Entonces, uno de los doctores de la Ley tomó la palabra y le dijo: -Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros.

46 Jesús replicó: -¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que imponéis a los hombres cargas insoportables y vosotros no las tocáis ni con un dedo.

 

       *>• La invitación a comer en casa de un fariseo, como vimos ayer, provocó una reacción fuerte y dolorosa en Jesús. En la lectura de hoy, Lucas refiere otras invectivas de Jesús contra los fariseos, además de contra los maestros de la Ley. De este modo expresa Jesús su actitud pedagógica respecto a algunos de sus contemporáneos que han demostrado no querer entrar en la lógica evangélica que suscita actitudes humanas consecuentes. Aunque sea a contraluz, estamos invitados a captar una espiritualidad que caracteriza a los discípulos de Jesús en cada momento de su vida.

       Como verdadero pedagogo, capaz incluso de recurrir a modales fuertes cuando es necesario, el Señor tiende a arrancar las máscaras del rostro de aquellos que se hacen ilusiones de poder esconder su verdadera identidad bajo semblantes aparentes e ilusorios. Ahora bien, lo que más cuenta es considerar los valores que están en juego: los que Jesús quiere afirmar más allá y por encima de toda hipocresía humana.

       En primer lugar, el valor de la justicia y del amor de Dios, que debe buscar el verdadero creyente con todas sus fuerzas, en vez de perderse en la mera observancia de normas particulares. En segundo lugar, el espíritu de servicio a los otros, que nos conduce a renunciar también a los primeros puestos con tal de ser útiles de cualquier modo. En tercer lugar, el valor de la transparencia interior y exterior contra la epidemia del mal que consiste en la hipocresía. Por último, el valor de la comprensión fraterna contra la actitud de los que se muestran intransigentes a la hora de aplicar la ley a los demás, mientras que se muestran permisivos a la hora de aplicársela a ellos mismos.

 

MEDITATIO

       La Palabra de Dios se muestra siempre viva y eficaz. Sin embargo, hay momentos en los que casi parece empeñarse con tesón en ponernos ante nuestro pecado de una manera que parece implacable. Las requisitorias de Pablo al comienzo de la Carta a los Romanos son duras, severas: nadie ha de gloriarse ante Dios. En el evangelio, Jesús nos hace comprender también que precisamente los que se creen justos y desprecian a los otros andan muy lejos de serlo. La condición para ser liberados del pecado es, por tanto, admitir que somos pecadores. Ahora bien, eso no es nunca motivo para dejarnos caer en la tristeza o en el desánimo, sino más bien para hacernos tomar una conciencia más aguda de lo grande que es la misericordia de la que somos objeto en Cristo Jesús. Hoy, en el clima de permisividad que se propaga, el criterio de moralidad parece estar tomado de un pasotista «lo hacen todos», pero no es ésa la escala de valores con la que hemos de medirnos si queremos ser de Cristo. La grandeza del hombre viene dada por su libertad y, en consecuencia, por su responsabilidad.

       Rechazar la perspectiva del juicio es rechazar la dignidad de la persona. En efecto, también hemos de reconocer nuestras culpas lealmente, sin llamar bien al mal. Es noble reconocerse pecador, si esto supone el primer paso para la conversión. El camino del arrepentimiento nos hace conocer la tolerancia, la paciencia y la bondad como rasgos del rostro de ese Dios que se nos ha revelado en Jesús como la verdad que nos hace libres.

 

ORATIO

       Dar de comer no es caridad; es justicia. Ayudar a un minusválido no es bondad; es justicia. Vestir a los desnudos no es altruismo; es justicia. Hospedar a un peregrino no es generosidad; es justicia.

       Dar cuatro monedas para sentirse bien es conveniencia. Rechazar al extranjero porque incomoda es injusticia. Someter al débil es tiranía. Hacer chantaje al necesitado es usura. Rezar, para hacerse ver, con un corazón malvado, es fariseísmo. Observar la ley y creerse superior es soberbia. Proclamarse hombre de bien sin misericordia es dureza de corazón. Cantar las alabanzas del Señor y calumniar al hermano es hipocresía.

       Danos, Señor, conciencia de que «basta con ser un hombre para ser un pobre hombre». Ayúdanos, Señor, a no caer en la degradación que supone la versión farisaica de quien está repleto de sí mismo. Haz, Señor, que vivamos tu ley con actitudes humanas sugeridas por el Evangelio.

 

CONTEMPLATIO

       El hombre debe comprender cuál es su condición y reconocerla ante Dios. Escuchemos lo que dice el apóstol al hombre soberbio y orgulloso, que intenta engrandecerse: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7). Y, por consiguiente, el hombre que quería atribuirse a sí mismo lo que no era suyo debió reconocer que cuanto tiene lo había recibido, y hacerse muy pequeño; es bueno para él que Dios sea glorificado en él. Él debe disminuir a sus propios ojos para poder crecer en Dios [...].

       Así pues, si Dios tiene que crecer, Dios que es siempre perfecto: ha de crecer en ti. Cuanto más conoces a Dios tanto más lo acoges en ti, tanto más parece crecer Dios en ti, aunque en sí mismo no crezca, dado que es siempre perfecto. Ayer lo conocías un poco, hoy lo conoces un poco más, mañana le conocerás todavía mejor: es la luz misma de Dios la que crece en ti. He aquí por qué y cómo crece Dios en ti, aunque también es siempre perfecto. Un hombre era ciego, y he aquí que sus ojos empiezan a curar. Empieza a ver un poquito de luz; al día siguiente, un poco más y, al tercero, todavía más. Tendrá la impresión de que es la luz la que crece, pero la luz es perfecta tanto si él ve como si no. Así sucede con el hombre interior: progresa en Dios, y parece que es Dios quien crece en él. Entretanto, el hombre disminuye, decayendo de su gloria para elevarse a la gloria de Dios

(Agustín de Hipona, Tratado sobre el evangelio de Juan, XIV, 5).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Es la bondad de Dios la que te invita al arrepentimiento» (Rom 2,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       En un mundo que va perdiendo la capacidad de amar a medida que pierde la capacidad de conocer a Dios y hace del hombre centro supremo de su pensamiento y de su actividad, se diviniza a sí mismo, apaga la luz de la verdad, vulnera los motivos de la honestidad y de la alegría, nosotros proclamaremos la ley del amor que nos sublima, del amor que hace subir, del amor que se atreve a prefijar a su término la infinita Bondad.

       Responderemos a Dios con la ofrenda de nuestro corazón, con nuestra consagración, con el cumplimiento del primer y soberano precepto, el de amarle con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente [...].

       En un mundo que ha desfigurado el amor de todas las maneras y lo ha hecho fuente de indescriptibles bajezas; que lo ha confundido con el placer y ha convertido el placer en emoción animal; que lo ha secularizado en la inocencia, lo ha escarnecido en su integridad, lo ha mercantilizado en su debilidad, lo ha exaltado para envilecerlo, lo ha exasperado para hacerlo cómplice de la pasión y del delito, nosotros proclamaremos la ley del amor que nos purifica. Lo respetaremos en los afectos sagrados de la familia cristiana; lo defenderemos en las crisis de la juventud [...]; lo educaremos para la visión serena de la belleza que hay en las cosas, en la humana naturaleza, en el arte, en la poesía, en el ideal; lo elevaremos para la contemplación piadosa y filial de la toda bella, la inmaculada María.

       En un mundo, por último, que se devora en el egoísmo individual y colectivo y crea de este modo los antagonismos, las enemistades, las envidias, las luchas de intereses, los conflictos de clase y las guerras; en una palabra, el odio, proclamaremos la ley del amor que se difunde y se entrega, que sabe ensanchar el corazón para amar a los otros, perdonar las ofensas, servir a las necesidades de los otros; para sacrificarse sin cálculos y sin encomios, hacerse pobre para los pobres, hermano entre los hermanos, para crear un mundo nuevo de concordia, de justicia y de paz (G. B. Montini, «La devozione al Sacro Cuore», en Discorsi di papa Montini, Ciudad del Vaticano 1977, pp. 61 ss).

 

 

Jueves de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 3,21-30a

Hermanos:

21 ahora, con independencia de la ley, se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios, atestiguada por la ley y los profetas.

22 Fuerza salvadora de Dios que, por medio de la fe en Jesucristo, alcanzará a todos los que crean. Y no hay distinción:

23 todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios,

24 pero ahora Dios los salva gratuitamente por su bondad, en virtud de la redención de Cristo Jesús,

25 a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón. Ha manifestado así su fuerza salvadora, pasando por alto los pecados cometidos en el pasado,

26 porque Dios es paciente. Pero es ahora, en este momento, cuando manifiesta su fuerza salvadora, al ser él mismo salvador y salvar a todo el que cree en Jesús.

27 ¿De qué, pues, podemos presumir si toda jactancia ha sido excluida? ¿Y en razón de qué ha sido excluida? ¿Acaso por las obras realizadas? No, sino en razón de la fe.

28 Pues estoy convencido de que el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley.

29 Y Dios ¿lo es sólo de los judíos? ¿No lo es también de los paganos? Sí, también de los paganos,

30 ya que no hay más que un solo Dios.

 

       *» Dios había dado al pueblo elegido la ley mosaica como don capaz de revelar el rostro y el corazón de Dios mismo, pero, de hecho, históricamente, esa ley reveló que todos los hombres son pecadores: una revelación dramática, con la que todos tienen que hacer sus cuentas.

       La realidad del pecado, sin embargo, no puede detener el proyecto salvífico de Dios. Al contrario: Dios, que es fiel, se siente provocado también por el pecado a reafirmarse a sí mismo y su proyecto de salvación en favor de todos. En la plenitud de los tiempos entregó a su Hijo, Jesús, como mediador de la nueva alianza, como puente entre Dios y el hombre, como redentor de todos.

       Jesús se encuentra en el centro de la historia de la salvación, en el centro del anhelo religioso de todos los pueblos, en el centro de la historia de cada persona: ésta es la verdad que Pablo tiene presente y que intenta ilustrar con algunos rasgos personales que quedarán asegurados para siempre en la reflexión teológica. Pero es la fe, sólo la fe, la que pone a Jesús en el centro. Y de ahí que, según la enseñanza de Pablo, fiel y genial intérprete del mensaje evangélico, la fe en Jesús, que es la nueva ley, nos injerte directamente en la justicia de Dios, obteniéndonos así el don de la salvación. Es verdad que «todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios» (v. 23), pero lo es igualmente y aún más que «ahora Dios los salva gratuitamente por su bondad, en virtud de la redención de Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón» (w. 24-25).

 

Evangelio: Lucas 11,47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor:

47 ¡Ay de vosotros, que construís mausoleos a los profetas asesinados por vuestros propios antepasados!

48 De esta manera, vosotros mismos sois testigos de que estáis de acuerdo con lo que hicieron vuestros antepasados, porque ellos los asesinaron y vosotros les construís mausoleos.

49 Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, y a otros los perseguirán».

50 Pero Dios va a pedir cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde la creación del mundo,

51 desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, a quien mataron entre el altar y el santuario. Os aseguro que se le pedirán cuentas a esta generación.

52 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia! No habéis entrado vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis impedido.

53 Cuando Jesús salió de allí, los maestros de la Ley y los fariseos comenzaron a acosarle terriblemente y a proponerle muchas cuestiones, 54 tendiéndole trampas con intención de sorprenderlo en alguna de sus palabras.

 

       *•• En esta página evangélica prosiguen las amenazas-lamentos de Jesús contra los maestros de la Ley. La clave de lectura sigue siendo siempre la misma: con ella podemos comprender las motivaciones profundas que mueven a Jesús a expresarse en estos términos. El objeto de estos «¡ay de vosotros!» conduce a Jesús a consideraciones extremadamente graves: por un lado, pone de manifiesto lo fácil que es honrar a los profetas de Dios sólo de palabra y no prestar después atención a su mensaje. En negarse a escuchar a los profetas de ayer y a los apóstoles de hoy (es Lucas quien señala explícitamente a los «apóstoles»: v. 49) e incluso al nuevo profeta, Jesús de Nazaret: en eso consiste el pecado que Jesús quiere censurar y del cual quiere liberarnos al mismo tiempo. A buen seguro, no es fácil escuchar la Palabra de Dios, esto es, escuchar y acoger a Dios, que, por medio de sus ministros, nos habla, nos invita, nos sacude y nos orienta hacia nuevas metas. No es fácil, pero es obligatorio; más aún, necesario.

       El drama de los maestros de la Ley, según Jesús, se hace aún más grande porque, poseyendo «la llave de la ciencia» (v. 52), no sólo no entran ellos, sino que impiden el acceso incluso a los que quisieran entrar. De este modo pone Jesús de manifiesto el hecho de que quien no se abre a la escucha de la Palabra de Dios acaba arrastrando a la misma actitud de sordera y de cierre también a los otros. Aparece así el drama de la solidaridad en el mal, diametralmente opuesta a la solidaridad en el bien. Para Jesús, la verdadera ciencia consiste en la comprensión de los signos de los tiempos (cf. Le 12,54-59), tiempos escatológicos, es decir, tiempos visitados por Dios en la persona y en la misión de Jesús y, por consiguiente, tiempos últimos y decisivos en orden a la salvación.

 

MEDITATIO

       San Pablo, a través de la Carta a los Romanos, continúa haciéndonos reflexionar sobre la condición humana, una condición pintada con tintas oscuras, que, por desgracia, no sorprenden a quien, hoy, está acostumbrado a encontrarse frente al mal en formas de crueldad y violencia impensables, sobre todo cuando se consuman en nuestras mismas casas, entre familiares... No nos cansamos de repetir con el apóstol Pablo: «Todos están privados de la gloria de Dios», todos.

       También Jesús, en el evangelio, dirigiéndose a los maestros de la Ley y a los fariseos, arranca la máscara de su respetabilidad -y de la nuestra-. Los remedios humanos pueden engañarnos, pero el mal resurge de continuo, más duro y violento. Sólo Dios puede extirparlo de raíz de un modo pleno y definitivo, y lo ha hecho en Cristo. Pablo nos recuerda -y lo hace empleando una fórmula audaz- que Dios ha usado a su Hijo como instrumento de expiación exponiéndolo en la cruz. Hubiera podido justificarnos a un precio menor, pero el camino que escogió -escándalo para unos y locura para otros –es el del amor hasta la consumación total, hasta recibir en él todos los golpes de nuestra inaudita violencia.

       Ahora bien, precisamente la inmensidad del don nos hace calibrar la malicia del pecado. No estamos en condiciones de valorar plenamente la grandeza del amor y del don de Dios, ni tampoco la gravedad de nuestra culpa, pero cuando la comprendamos debería abrir de par en par nuestro corazón a la gratitud. Vemos bien, en efecto, que el hombre no puede salvarse a sí mismo si no cree en Cristo Jesús, el Salvador. En él -y sólo en él-  nosotros, injustos, llegamos a ser justos.

 

ORATIO

       Oh Señor, tus profetas hablan, pero pocos les escuchan. Su tarea consiste en mantener despierta a la humanidad, en indicar nuevos caminos, en leer y orientar la historia. Abre, Señor, nuestro corazón a los signos de los tiempos. La palabra de tus profetas dice que el pasado y el presente tienen significado sólo si se proyectan hacia el futuro. Libéranos, Señor, de un tradicionalismo cómodo. Su misión es provocar al pueblo de Dios - a todos nosotros- a vivir su Palabra con valor y en plenitud.

       Concédenos, Señor, la fuerza de cumplir y proclamar tu voluntad. Su vida es dura, está sometida a prueba, exenta de seguridad y gratificaciones. Nadie la escoge; más aún, todos huyen de ella cuando la ofreces. Doblega, Señor, nuestra resistencia, para que tu voz resuene en toda la tierra.

       Oh Señor, haz que, como cristianos y apóstoles, seamos profetas dignos de ti, cueste lo que cueste.

 

CONTEMPLATIO

       Los carnales no pueden hacer las obras espirituales, ni los espirituales las obras carnales, como tampoco la fe puede hacer las obras de la infidelidad, ni la infidelidad las de la fe. Pero aquellas mismas obras que vosotros hacéis en la carne son espirituales, pues es en Jesucristo que vosotros lo hacéis todo. [...]

       Vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz, sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto, y la caridad es el camino que os eleva hacia Dios [...]. «Orad sin cesar» (1 Tes 5,17) por los otros hombres, porque hay en ellos esperanza de arrepentirse, para que lleguen a Dios. Permitidles, pues, al menos por vuestras obras, ser vuestros discípulos. Frente a sus iras, vosotros sed mansos; frente a sus jactancias, vosotros sed humildes; frente a sus blasfemias, vosotros mostrad vuestras oraciones; frente a sus errores, vosotros sed «firmes en la fe» (cf. Col 1,23); frente a su fiereza, vosotros sed apacibles, sin buscar imitarlos. Sed hermanos suyos por la bondad y buscad ser imitadores del Señor (cf. 1 Tes 1,6) [...]

       Solamente si somos encontrados en Cristo Jesús entraremos en la vida verdadera. Fuera de él, que nada tenga valor para vosotros, sino Aquél por quien yo llevo mis cadenas, perlas espirituales; quisiera resucitar con ellas, gracias a vuestra oración, de la que quisiera ser siempre partícipe para ser hallado en la herencia de los cristianos de Efeso, que han estado siempre unidos a los apóstoles, por la fuerza de Jesucristo (Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios, VIIIss, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ahora se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios por medio de la fe en Jesucristo» {cf. Rom 3,21ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Hay dos categorías de personas que, de momento, deben temer la cólera de Dios: por un lado, los pecadores endurecidos y, por otro, los justos endurecidos. El pecador endurecido, o sea, el que no quiere hablar en absoluto de dar la vuelta, deberá enfrentarse al final con la cólera de Dios, aun cuando consiga eludirla con habilidad en la vida cotidiana. Ahora bien, es lícito pensar que, en realidad, existen poquísimos pecadores endurecidos.

       En cambio, los justos endurecidos son, sin lugar a dudas, mucho más numerosos: se trata de personas que -si se nos permite expresarnos en estos términos- no conocen la misericordia de Dios e intentan actuar cada vez mejor por el simple motivo de que tienen miedo de la cólera de Dios. Se sentirán más o menos liberados de este miedo en la medida en que sean capaces de realizar su ideal en la vida cotidiana. A largo plazo esto puede llegar a ser también soportable; sin embargo, viven con un muy magro consuelo: ése es el motivo por el que rara vez se muestran convincentes y, todavía menos, contagiosos. Se trata de personas que no conocen aún el amor, y el poco de vida que habita en ellas deriva de cierta autocomplacencia que corre el riego de aislarles aún más de los otros.

       Su vida carecería de perspectiva y estaría privada de salidas si el término «endurecido», usado tanto para los pecadores como para los justos, dejara suponer una condición definitiva. Sin embargo, todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto los pecadores como los justos viven en el tiempo, un tiempo que es un don que Dios les hace, un tiempo de gracia y, por consiguiente, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador endurecido ni el justo endurecido permanecerán así para siempre, pues todos ellos están llamados a ser «pecadores en proceso de conversión».

       La gracia nos impulsa día a día precisamente a este vuelco interior: Dios viene a tocarnos de infinitos modos para hacernos dóciles a ese estado de conversión; por nuestra parte, sólo podemos prepararnos para ser tocados por Dios (A. Louf, Sotto la guida aello Spiríto, Magnano 1990, pp. 14ss).

 

 

Viernes de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 4,1-8

Hermanos:

1 ¿Y qué diremos del caso de Abrahán, padre de nuestra raza?

2 Si Abrahán hubiera alcanzado la salvación por sus obras, tendría razón para presumir, pero no sucedió así ante Dios.

3 Pues ya lo dice la Escritura: Creyó Abrahán a Dios y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación.

4 Es sabido que al que trabaja no se le cuenta el jornal como favor, sino como deuda;

5 por eso, al que no se apoya en sus obras, es decir, al que ha puesto su fe en un Dios que salva al impío, esa fe le será tenida en cuenta para alcanzar la salvación.

6 Del mismo modo, David llama dichoso al hombre a quien Dios salva independientemente de las obras:

7 ¡Dichosos aquellos a quienes Dios ha perdonado sus maldades, aquellos cuyos pecados han sido sepultados!

8 ¡Dichoso el hombre a quien el Señor no toma en cuenta su pecado!

 

       *•• El capítulo 4 de la carta de Pablo a los cristianos de Roma puede ser considerado como una prueba bíblica en apoyo de su tesis, a saber: que Dios nos salva por medio de la fe y antes de las obras. Esa prueba está toda ella concentrada en la figura de Abrahán, a quien Pablo caracteriza precisamente como nuestro padre en la fe.

       Vale la pena hacer una composición de lugar de la historia de Abrahán y de sus relaciones con Dios. Es cierto que Abrahán, sometido a prueba, la aceptó como tal y se adecuó a ella con un maravilloso acto de obediencia (eso es lo que se narra en el capítulo 22 del Génesis).

       Abrahán estuvo grande, y grande sigue siendo por eso su maravillosa y total confianza en Dios, que quiso someter a prueba la fidelidad de Abrahán con una petición inconcebible desde el punto de vista humano. Pero ya antes Dios había dirigido a Abrahán sus promesas: después de haberle elegido y haberle hecho salir de Ur de Caldea (Gn 12,lss), Dios le dirigió a Abrahán una promesa, a la que él se adhirió con una fe plena (esto se narra en el capítulo 15 del Génesis). A la luz de esta sucesión de acontecimientos debemos reconocer con Pablo que la fe precedió en Abrahán a las obras y que sus obras fueron fruto de la fe: «Creyó Abrahán a Dios y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación» (Rom 4,3).

       También resulta iluminador el ejemplo de David que se cita y se recomienda aquí. Parece que David habla aquí de sí mismo como de alguien a quien le ha sido perdonado el pecado, con independencia de las obras. Será bueno releer el Sal 32,lss, una plegaria penitencial válida para todos los tiempos.

 

Evangelio: Lucas 12,1-7

En aquel tiempo,

1 la gente se aglomeraba por millares, hasta pisarse unos a otros. Entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo: -Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

2 Pues nada hay oculto que no haya de manifestarse, nada secreto que no haya de saberse.

3 Por eso, todo lo que digáis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que habléis al oído en una habitación será proclamado desde las azoteas.

4 A vosotros, amigos míos, os digo esto: No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden hacer nada más.

5 Yo os diré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno. A ése es a quien debéis temer.

6 ¿No se venden cinco pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, Dios no se olvida ni de uno solo de ellos.

7 Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis más que todos los pájaros.

 

       **• Las palabras de Jesús recogidas en esta página están dirigidas a los discípulos; por consiguiente, para comprenderlas a fondo debemos meternos en la piel de los afortunados que pudieron seguir a Jesús y atesorar sus enseñanzas.

       Tras haber dirigido no pocos «¡ay de vosotros!» a los fariseos y a los maestros de la Ley, Jesús pone ahora en guardia a sus discípulos contra el persistente peligro de dejarse contaminar por su ejemplo. La imagen de la levadura («Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía»: v. 1) es bastante iluminadora. Según Jesús, existe el peligro de que el mal ejemplo de algunas levaduras llegue a contaminar también a la masa buena.

       Mientras que Mt 16,12 dice que la levadura es «la doctrina de los fariseos y de los saduceos», Lucas, por su lado, insiste en centrar la divergencia entre sus obras y su vida. En eso consiste la hipocresía de los fariseos: una actitud que desentona no sólo en su vida, sino también en la de los discípulos de Jesús. Con un rasgo psicológico bastante delicado, Jesús reemprende el discurso dirigido a sus discípulos llamándoles «amigos» (y. 4): un rasgo que recuerda el lenguaje joáneo (cf. sobre todo Jn 13,13ss). Los verdaderos amigos de Jesús son sus discípulos, en cuanto comparten su misión, sus sufrimientos, su destino de muerte y resurrección. La invitación a no tener miedo es un rasgo muy alentador para los que deberán sostener una lucha abierta contra los enemigos que pueden procurarles la muerte. A lo sumo, deben tener miedo a Dios, el único que después de la muerte tiene poder para arrojarlos a la maldición eterna. El pasaje evangélico termina, por tanto, con una clara y vigorosa invitación al santo temor de Dios (cf. w. 4-7).

 

MEDITATIO

       «Creyó Abrahán a Dios...» San Pablo, para hacernos comprender bien cuál es la verdadera actitud que se pide al creyente, nos muestra en Abrahán un ejemplo inequívoco de lo que pretende. La fe que nos salva no es una actitud pasiva; más aún, necesitamos estar bien vivos para creer, como Abrahán, contra toda evidencia. También Jesús invita a sus oyentes a mantener una inquebrantable actitud de confianza y de abandono incondicionado en Dios Padre. Él cuida de nosotros con una ternura a la que no se le escapa ni siquiera el detalle más pequeño: ¡hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados! El creyente está invitado, por consiguiente, a ver que Dios está siempre actuando en la historia y en su vida, en cualquier circunstancia.

       Abraza así la obediencia de la fe y obtiene como fruto la paz. Nada ni nadie pueden dañar a quien cree. No es casualidad que san Pablo asocie al tema de la fe el perdón de los pecados. En el fondo, ¿qué es el pecado, sino una ponerse deliberadamente fuera -si es que fuera posible- de la mirada buena y amorosa del Padre, para buscar nuestro modo de afirmarnos en una falsa libertad? Si la imagen del hombre pecador es el hijo pródigo que se marcha a una región lejana, la del creyente es Jesús, el Hijo amado, que en los tormentos de la pasión se abraza confiadamente al Padre y se abandona en sus manos. Así es como el amor puede cantar su estupenda victoria que le hace más fuerte que la muerte.

 

ORATIO

       Me ves en la transparencia de un cielo infinito, en la belleza arcana de los mil colores, en la magia instintiva de una hormiga: ¡visión que encanta! Me oyes en las notas diferentes de los grillos, las campanas y las fuentes, en el estruendo de una ola gigante, en el silencio de tu corazón: ¡concierto de voces que se hace alabanza! Me saboreas en el perdón dado y recibido, en el desierto sin caminos, en los ojos límpidos de un niño abierto a la vida: ¡sabor de dulzura! Me hueles en la vida de los mártires, en las lágrimas de un corazón quebrantado, en el sufrimiento de un pobre: ¡incienso de redención!

       Me tocas en cada acontecimiento que me revela como padre y como creador, en cada momento que me revela como amigo y esposo en el dolor y en la paz: ¡presencia de fidelidad! Me imaginas como padre bueno que te abraza, como madre tierna que te alimenta, como amigo fiel que te espera: ¡fuerza que consuela, guía y sostiene! Me recuerdas en los sueños de tu infancia, en las desilusiones de la juventud, en las pruebas de la madurez, en las amarguras de la vejez: ¡ancla de esperanza!

 

CONTEMPLATIO

       Cuando lees que Jesús «enseñaba en las sinagogas, honrado por todos» (Lc 4,15), presta atención a no considerar afortunadas sólo a las personas que podían escucharle, sintiéndote excluido de su enseñanza. Si la Escritura es la verdad, entonces Dios no ha hablado sólo una vez en las reuniones de los judíos, sino que habla todavía hoy en nuestras asambleas. Y no sólo aquí; también en las asambleas de todo el mundo enseña Jesús y busca instrumentos con los que transmitir su enseñanza. Orad para que me encuentre también a mí preparado y dispuesto a servirle con la palabra [...].

       No es simple casualidad que Jesús abriera el libro precisamente por el capítulo de la profecía referida a él. También esto formaba parte del designio de Dios. Dado que el evangelio dice que ni un pajarillo cae en la red sin que el Padre lo quiera (cf. Le 12,6) y que «los cabellos de la cabeza están contados» (Lc 12,7), es menester pensar que la elección del libro de Isaías y la lectura de un texto relacionado precisamente con el misterio de Cristo no se deba a capricho o a casualidad, sino a un designio providencial de Dios [...].

       También ahora, en nuestra asamblea, con tal de que lo queráis, pueden fijarse vuestros ojos en el Salvador. Cuando desde lo profundo del corazón te vuelves a contemplar a la Sabiduría, la Verdad, al Hijo Único de Dios, tus ojos ven a Jesús. Dichosa la asamblea de la que dice la Escritura que «los ojos de todos estaban fijos en él».

       Cómo quisiera que de nuestra asamblea se dijera lo mismo: que todos, catecúmenos y fieles, mujeres, hombres y niños, tienen los ojos del alma fijos en Jesús. Cuando os hayáis vuelto a él y lo contempléis, su luz hará vuestro rostro más luminoso y entonces podréis decir: «Has dejado sobre nosotros tu signo, la luz de tu rostro, oh Señor» (Sal 4,7 vulg.) (Orígenes, Homilía 32, sobre san Lucas; París 1962, pp. 386-392).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Dichoso el hombre a quien el Señor no toma en cuenta su pecado! (Rom 4,8).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es bueno que yo no sea el dueño de mí mismo, que mi tiempo no esté en mis manos. Es bueno que mi tiempo, la historia de mi vida, yo mismo, todo esté en tus manos.

       Sí, me diréis, pero ¿entonces Dios tiene manos? A buen seguro, Dios tiene manos, manos muy diferentes, mejores, mucho más hábiles y más fuertes que estas zarpas nuestras. ¿Qué significa «manos de Dios»? Por ahora dejadme expresarlo así: las manos de Dios son sus acciones, sus obras, que por todas partes - no importa que lo sepamos o lo queramos- nos envuelven y nos abrazan, nos llevan y nos protegen. Esto podría ser dicho y entendido siempre como si se tratara sólo de una imagen, de un símbolo. Pero hay un punto donde se detiene todo lo que es imagen y símbolo, donde las manos de Dios se convierten realmente en algo que debemos tomar al pie de la letra, donde todas las acciones, las obras y las palabras de Dios tienen su principio, su centro y su fin: «tus manos» son las manos de nuestro salvador Jesucristo. Son las manos que él ha extendido, gritando: «Venid a mí todos los que estáis cansados y fatigados y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Son sus manos, esas con las que bendijo a los niños. Son sus manos, esas que tocaron y curaron a los enfermos. Son las manos con las que partió y distribuyó el pan a los cinco mil en el desierto y, después, una vez más, a sus discípulos antes de su muerte. Por último y sobre todo, son las manos clavadas en la cruz para reconciliarnos con Dios. Éstas, éstas son las manos de Dios: manos fuertes de padre; manos bondadosas, tiernas, delicadas de madre; manos fieles y generosas de amigo, las manos de Dios, ricas de gracia, en las cuales está nuestro tiempo, en las' que estamos nosotros mismos (K. Barth, «Rufe mich an», en id., Neue Predigten aus der Strafanstalt, Basilea, Zúrich 1965, pp. 41-44).

 

 

Sábado de la 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 4,13.16-18

Hermanos:

4.13 Cuando Dios prometió a Abrahán y a su descendencia que heredarían el mundo, no vinculó la promesa a la ley, sino a la fuerza salvadora de la fe.

16 Por eso la herencia depende de la fe, es pura gracia, de modo que la promesa se mantenga segura para toda la posteridad de Abrahán, posteridad que no es sólo la que procede de la ley, sino también la que procede de la fe de Abrahán. Él es el padre de todos nosotros,

17 como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchos pueblos; y lo es ante Dios, en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas quino existen.

18 Contra toda esperanza creyó Abrahán que sería padre de muchos pueblos, según le había sido prometido: Así será tu descendencia.

 

       *»• Pablo desarrolla ulteriormente la lección que se desprende de la vida de Abrahán, estableciendo un fuerte contraste entre la ley y la justicia que procede tic de la fe. En primer lugar, el apóstol pone bien de manifiesto que la promesa de Dios a Abrahán no depende de la ley (cf. v. 13); de este modo, se establece de una manera inequívoca que la promesa de Dios es absoluta, previa e incondicionada. No hay ley, ni siquiera la mosaica, que pueda condicionar la promesa de Dios. Es cierto que, al prometer, Dios se compromete con nosotros en el amor y en la fidelidad, pero lo hace siempre en medio de su más absoluta libertad.

       Por otro lado, Pablo afirma que la fe es la única vía que conduce a la justicia, esto es, a la acogida del don de la salvación. De ahí que los verdaderos descendientes de Abrahán no sean los que viven según las exigencias y las pretensiones de la ley, sino los que acogen el don de la fe y lo viven con ánimo agradecido y conmovido.

       Desde este punto de vista, Pablo define como «herederos» de Abrahán a los que han aprendido de él la lección de la fe, y no sólo la obediencia a la ley. Se trata de una herencia extremadamente preciosa y delicada, porque solicita y unifica diferentes actitudes de vida, todas ellas reducibles a la escucha de Dios, que habla y manda, que invita y promete.

       La fe de Abrahán, precisamente por estar íntimamente ligada a la promesa divina, también puede ser llamada «esperanza»: «Contra toda esperanza creyó Abrahán» (v. 18). De este modo, entra Abrahán completamente en la perspectiva de Dios, esto es, de aquel «que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen» (v. 17b). Y así, mediante la fe, todo creyente puede llegar a ser destinatario, y no sólo espectador, de acontecimientos tan extraordinarios que únicamente pueden ser atribuidos a Dios.

 

Evangelio: Lucas 12,8-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

8 Os digo que si uno se declara a mi favor delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará a favor suyo delante de los ángeles de Dios;

9 pero si uno me niega delante de los hombres, también yo lo negaré delante de los ángeles de Dios.

10 Quien hable mal del Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado.

11 Si os llevan a las sinagogas, ante los magistrados y autoridades, no os preocupéis del modo de defenderos, ni de lo que vais a decir;

12 el Espíritu Santo os enseñará en ese mismo momento lo que debéis decir.

 

       *» Dirigiéndose aún a sus discípulos, Jesús traza ante sus ojos un programa de vida evangélica dotado de caracteres nuevos y atractivos. La vida de sus discípulos estará animada por el mismo Espíritu que ha orientado e iluminado la vida de Jesús.

       El discípulo de Jesús debe ser, de entrada, un testigo fiel y animoso, y eso no sólo durante el período de la vida pública de su maestro, sino también y sobre todo en una perspectiva escatológica. Desde esta perspectiva, resultan iluminadores los tiempos futuros que emplea Jesús: «Si uno se declara a mi favor delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará...», «si uno me niega delante de los hombres, también yo lo negaré...» (w. 8-10). Al testigo le competen dos características: por una parte, la de caminar por el mismo camino que ha recorrido Jesús; por otra, la de recibir de su Señor el reconocimiento prometido a los mártires.

       En cuanto al «pecado contra el Espíritu Santo», es útil recordar la opinión de algunos Padres de la Iglesia según los cuales se trataría de la apostasía de los cristianos. Sin embargo, es asimismo útil señalar que Lucas, al distinguir entre el pecado contra el Hijo del hombre y el pecado contra el Espíritu Santo, pretende distinguir los tiempos de la misión terrena de Jesús y los tiempos de la misión apostólica, después de Pentecostés. No, ciertamente, para establecer una oposición entre dos momentos de la misma historia de la salvación, sino para indicar que la gravedad del pecado crece a medida que la luz, cada vez más brillante -en particular la luz pentecostal del Espíritu Santo-, que nos da el Señor. Del Espíritu Santo, además, nos habla también Jesús en otros términos, concretamente como de aquel que sugerirá a los discípulos, cuando sean puestos a prueba en unas circunstancias históricas extremadamente delicadas, las palabras adecuadas que deban decir en los tribunales para defender la verdad. Nos viene de manera espontánea a la mente la referencia a Jn 15,26ss: «Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad que yo os enviaré y que procede del Padre, él dará testimonio sobre mí. Vosotros mismos seréis mis testigos, porque habéis estado conmigo desde el principio».

 

MEDITATIO

       Hay en el hombre una maravillosa dignidad y una grandeza que le vienen del hecho de ser interlocutor de Dios. Por eso no acabamos nunca de meditar sobre la figura de Abrahán, padre de todos nosotros. ¿Qué sentimientos habrían nacido en el corazón de aquel viejo caravanero acostumbrado a los grandes silencios del desierto, al silbido del viento, al mugir de los rebaños, cuando comprendió que Dios le hablaba? No reconoció la voz; la escuchó, se adhirió a ella y, de la esterilidad de su vejez, floreció una descendencia innumerable. En efecto, el que cree no es hecho justo sólo para sí mismo: el amor que toma el rostro de la fe es fecundo no sólo para quien se confía a Dios, sino también para otros que, de una manera misteriosa, son alcanzados por nuestro asentimiento.

       También nosotros, como Abrahán, estamos llamados a hacer depender nuestra vida de la escucha de la Palabra que cada día nos dirige Dios. En una sociedad que siembra la muerte, su Palabra es vida. En un tiempo de desesperación y de angustia, hay necesidad de quien sepa esperar contra toda esperanza. En unos días atormentados por un implacable utilitarismo y por la búsqueda del beneficio a toda costa, debe haber alguien que levante los ojos a las estrellas del cielo para contemplar gratuitamente la belleza de las huellas de quien es capaz de dar vida incluso a los muertos. Solamente de este modo puede ser el creyente, en medio de sus hermanos, verdadero portador del «Evangelio», de la Buena Nueva: nuestro corazón es lo suficientemente amplio para contener el Espíritu de amor que nos une, de una manera indisoluble, al Padre en el Hijo, dador de todo bien.

 

ORATIO

       Fe es creer que tu mano, oh Dios, lleva el volante de mi vida, es saber que ningún mal podrá hacerme daño, es certeza de tu amor: una fe que no me ayuda a despegar está muerta.

       Fe es dar calor a quien tiene hielo en el alma, es ofrecer un trozo de pan a quien sufre los calambres del hambre, es inventar una meta para quien no tiene dónde reposar: una fe sin obras está muerta.

       Fe es vivir tu designio inescrutable, oh Padre; es entrar en la perspectiva de tus invitaciones absurdas, es confianza en tu promesa todavía invisible: una fe que no se vuelve coraje está muerta.

       Fe es también duda, inseguridad: «Tú también me has abandonado»; es debilidad y miedo: «Si es posible, que pase de mí este cáliz»; es muerte que da vida: «No mi voluntad, sino la tuya»: una fe que no se mide con la prueba está muerta.

       Fe es un continuo proceso de aprender y reaprender qué significa amar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos, es un devenir cotidiano hacia el bien, es viajar con él hacia la meta final: una fe que no engendra esperanza está muerta.

 

CONTEMPLATIO

       Como el soplo vital del hombre baja a través de la cabeza a vivificar los miembros, así el Espíritu Santo llega a los cristianos a través de Cristo. Cristo es la cabeza, el cristiano es el miembro. La cabeza es una, los miembros son muchos: cabeza y miembros forman un solo cuerpo, y en este único cuerpo hay un solo Espíritu.

       Espíritu que se encuentra en plenitud en la cabeza y es participado por los miembros. Así pues, si hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, quien no esté en el cuerpo no puede ser vivificado por el Espíritu, como dice la Escritura: «Quien no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece» (Rom 8,9). En efecto, quien no tiene el Espíritu de Cristo no es miembro de Cristo: en un cuerpo que es uno, el soplo vital es uno. En el cuerpo no puede haber un miembro muerto, y viceversa: fuera del cuerpo no hay miembros vivos. Nosotros nos convertimos en miembros con la fe, y con el amor somos vivificados.

       Con la fe recibimos la unidad, con la caridad recibimos la vida. Así ocurre en el sacramento: el bautismo nos une, el cuerpo y la sangre de Cristo nos vivifican. Con el bautismo nos convertimos en miembros del cuerpo; con el cuerpo de Cristo participamos en su vida.

       La Iglesia santa es el cuerpo de Cristo: un único Espíritu la vivifica, la une en una sola fe y la santifica. Los miembros de este cuerpo son cada uno de los fieles, y todos forman un solo cuerpo gracias al único Espíritu y a la única fe que hace de cemento entre ellos. Cada miembro tiene sus tareas propias en el cuerpo humano, unos diferentes a los otros; sin embargo, lo que hace un miembro por sí solo no lo hace sólo para él. Así, en el cuerpo de la santa Iglesia se dan diferentes gracias a cada individuo, pero nadie tiene nada únicamente para él, ni siquiera aquello que sólo él posee. Sólo los ojos ven; sin embargo, no ven sólo para ellos, sino para todo el cuerpo. Sólo los oídos pueden oír; sin embargo, no oyen sólo para ellos, sino para todo el cuerpo. Sólo los pies caminan; sin embargo, no caminan sólo para ellos, sino para todo el cuerpo. Del mismo modo, lo que cada uno posee por sí solo no lo posee únicamente para él, porque aquel que ha distribuido sus dones con tanta largueza y sabiduría ha establecido que todo sea de todos y todo de cada uno. Por consiguiente, si alguien ha conseguido recibir un don de la gracia de Dios, sepa que lo que posee no le pertenece sólo a él, aunque sólo él lo posea (Hugo de San Víctor, De Sacramentis Christianae Fidei, II, 2, en PL 176, cois. 415-417).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Contra toda esperanza creyó Abrahán» (Rom 4,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Juan XXIII ha dicho en un momento muy solemne, en la apertura del Concilio, que necesitaba anunciar al mundo de hoy la verdad de la que es depositaría la Iglesia con un lenguaje nuevo, es decir, el lenguaje de los hombres de hoy, el único que ellos comprenden. Y el santo padre daba la razón de ello: una cosa es la idea y otra su expresión concreta en palabras. Aun conservando fielmente la doctrina pura, es posible expresarla de un modo o de otro, según la mentalidad y el lenguaje de los hombres [...]. Preguntémonos ahora cuál es el mejor modo de evitar los escollos que amenazan el amor y la búsqueda de la verdad. El mejor modo es, sin duda, el auténtico amor al prójimo.

       Tomad, por ejemplo, el amor materno o el de un verdadero amigo. Fijaos cómo este amor aprende a meterse, efectivamente, «en la piel del otro», a considerar el punto de vista del otro, a intentar ver lo que piensa, lo que hay de verdad en lo que piensa; a esforzarse por comprender el pensamiento del otro o nacerse comprender, recurriendo siempre a nuevos términos, nuevas comparaciones, nuevas ideas. Fijaos cómo este amor sabe respetar con benevolencia a la persona amada y, por consiguiente, también sus opiniones [...].

       Por otra parte, debemos añadir en seguida una advertencia: cuidado con las insidias y las aberraciones. Qué fácil es, por ejemplo, que el amor materno llegue a ser imprudente, demasiado remisivo; qué fácil es que se transforme en una debilidad nociva que no es capaz de negar nada, arruinando así a la persona amada... ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, no presta atención a la verdad de ciertos principios de la razón, del sentido común, etc., porque la caridad no está unida al amor efectivo a la verdad.

       Dos cosas, por tanto, son necesarias: el amor a la verdad y el amor a la persona, o sea, la caridad con el prójimo: uno y otro armoniosamente unidos, cada uno en su sitio y según su importancia. De este modo pueden unir efectivamente a Tos hombres y crear la armonía muy eficazmente (A. Bea, Alocución pronunciada en Roma el 13 de enero de 1963, en La documentaron catholique del 17 de febrero de 1963, cois. 272-274).

 

 

Lunes de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 4,20-25

Hermanos:

20 Tampoco vaciló [Abrahán] por falta de fe ante la promesa de Dios; al contrario, se consolidó en su fe dando así gloria a Dios,

21 plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete.

22 Lo cual le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación.

23 Estas palabras de la Escritura no se refieren solamente a Abrahán;

24 se refieren también a nosotros, que alcanzaremos la salvación si creemos en aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús, nuestro Señor,

25 entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación.

       *•• Pablo, llevando a la conclusión su «prueba bíblica», centra ulteriormente el discurso en la fe de Abrahán y su estrecha relación con la promesa de Dios. Hay dos pasajes en esta página: el primero tiene que ver directamente con Abrahán y su camino hacia la salvación por medio de la fe (w. 20-22), mientras que el segundo tiene que ver con nosotros, hijos de Abrahán en la fe y, como tales, llamados a creer en el Dios que también es capaz de resucitar a los muertos (w. 23-25).

       De Abrahán se dice con toda claridad que «tampoco vaciló» frente a la promesa de Dios: una vez vencido el peligro de la incredulidad, él, por gracia, «se consolidó en su fe dando así gloría a Dios» (v. 20). Con estas palabras define Pablo la actitud de Abrahán en el momento en que reconoce que se lo debe todo a Dios y, al mismo tiempo, se confía sólo a él. Constatamos, por consiguiente, que el ejemplo que nos da Abrahán en la acogida de la promesa de Dios y en su confiarse a él se vuelve cada vez más lineal, existencial y concreto también para nosotros.

       Desde esta perspectiva, que interesa a todos, personal y comunitariamente, termina Pablo su discurso sobre Abrahán. Por eso nos sentimos implicados, de entrada, en el designio salvífico de Dios; a continuación, en la historia particular de Jesús de Nazaret, nuestro Señor, que murió y resucitó por nosotros; y, por último, en esa pequeña historia de la salvación que nos contempla como sujetos interlocutores y cooperadores de Dios.

       El último versículo del capítulo presenta una estupenda síntesis del misterio pascual de Jesús en sus dos aspectos complementarios: fue «entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación» (v. 25). El misterio pascual no es sólo objeto de fe para cada creyente, sino que, antes aún, es fuente de gracia y de salvación.

 

Evangelio: Lucas 12,13-21

En aquel tiempo,

13 uno de entre la gente le dijo: -Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

14 Jesús le dijo: -Amigo, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?

15 Y añadió: -Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia, que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas.

16 Les contó una parábola: -Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha.

17 Entonces empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo dónde almacenar mi cosecha».

18 Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes,

19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien».

20 Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?».

21 Así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico ante Dios.

 

       *+• Tras haber invitado a mantener el ánimo, apoyado por el don del Espíritu Santo en el momento del testimonio, Jesús, solicitado por la petición de un anónimo, pone en guardia contra el peligro de la avaricia y confirma su enseñanza con una parábola sencilla e iluminadora al mismo tiempo.

       La petición del anónimo tiene que ver con un problema que nos afecta a todos de cerca y que, con frecuencia, provoca disensiones y disidencias entre hermanos: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (v. 13). Pero Jesús se niega a responder (v. 14), porque su misión tiene que ver con algo bien distinto: en efecto, no ha venido a resolver nuestros problemas sociales, sino a enseñarnos a vivir nuestras relaciones sociales para entrar en la vida eterna. La respuesta de Jesús, además de contener una negación implícita, expresa asimismo una enseñanza sapiencial, bien conocida en toda la Biblia, que pone en guardia contra la avaricia, contra todo tipo de avaricia: vicio capital que está siempre al acecho en la vida de toda persona. La enseñanza de Jesús recae, como es obvio, sobre la relación entre riqueza y pobreza o, mejor aún, sólo sobre la riqueza considerada como posible peligro para una vida humana y cristiana digna de este nombre: «Aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas» (v. 15).

       La parábola (w. 16-21) viene a ilustrar el mismo tema. Resulta bastante estimulante el soliloquio inicial en el que el hombre rico, protagonista de la parábola, se muestra necio en sus palabras y, por consiguiente, en sus opciones de vida. Propiamente hablando, aquí no se pone de relieve la pecaminosidad de su comportamiento, sino más bien la futilidad, la estupidez de su desvivirse y de poner su confianza sólo en lo que ha acumulado.

       Igualmente iluminadora es la intervención final de Dios (v. 20), entendida precisamente como respuesta inmediata y directa a la actitud insensata del hombre rico. Ahora bien, aquí hemos de poner de relieve un punto particular: la estupidez de ese hombre consiste de manera especial en el hecho de que no ha pensado en lo que le sucederá después de la muerte. Ha pensado en explotar sus riquezas sólo para la vida presente y no ha considerado la posibilidad de obtener beneficios de ellas también para la vida futura.

       Desde esta perspectiva, resulta extremadamente importante y decisiva la conclusión de esta página evangélica, que tiende a aplicar a cada uno de nosotros la puesta en guardia de Jesús y el significado de la parábola. Hemos de señalar en particular que «hacerse rico ante Dios» (v. 21), según Lucas, no es otra cosa más que dar limosna (Lc 11,41) y hacerse un tesoro inagotable junto a Dios (Lc 12,33).

 

MEDITATIO

       El apóstol Pablo nos recuerda, en la primera lectura, que Abrahán no vaciló con incredulidad frente a la promesa divina, sino que «dio gloria a Dios». Sin embargo, el cumplimiento de esa promesa andaba muy lejos de la evidencia y el patriarca no tenía ninguna garantía visible de la herencia futura. También el cristiano está llamado a la le. Sin embargo, él sí ha visto en Cristo el cumplimiento de las promesas y puede repetir con el apóstol su profesión de fe: «Sé en quién he creído». Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación, nos invita cada día a la mesa de la Palabra, de su cuerpo y de su sangre. En ella podemos alcanzar de manera abundante la verdadera vida, la alegría, la paz. En efecto, participando en el misterio de su ofrenda es como el hombre se vuelve cada vez más capaz de amar y de dar y, así, de glorificar a Dios.

       Qué bello es pensar, con san Ireneo, que la gloria de Dios es el hombre vivo, o sea, nosotros, cuando, en un mundo aplastado por el odio y por la violencia, nos convertimos en dóciles testigos del amor; cuando, en un mundo asfixiado por el odio y por la violencia, nos convertimos en dóciles testigos del amor; cuando, en una sociedad asfixiada por la búsqueda exasperada del beneficio, tenemos el corazón «en otra parte», «en lo alto», y somos capaces de decir a los hermanos la palabra de esperanza de la que también su corazón tiene sed. Dado que somos habitantes de este mundo, es inevitable que estemos implicados en problemas de herencias o de intereses.

       Qué importante es, pues, sobre todo en esos casos, que el creyente se manifieste «distinto», libre de los criterios mundanos de quienes tienen como único horizonte los bienes de la tierra. Si Abrahán supo ya mirar más allá del presente, cuánto más nosotros, invadidos por el Espíritu del Resucitado, debemos tener el corazón desvinculado de lo que es caduco, habitado por la secreta dulzura que supone ser hijos amados por el Padre, para que el Señor no deba llamarnos «estúpidos» por habernos contentado con lo que no vale y haber olvidado que estamos destinados a la vida eterna.

 

ORATIO

       La caza del tesoro es el juego preferido, la epidemia más extendida, hoy. Loterías compradas como el pan de cada día. Juegos de azar que arruinan a muchas familias. Esposos que se separan para rescatar los miles de millones del divorcio. Padres que olvidan los afectos más entrañables para hacerse un patrimonio. ¿Hasta cuándo, Señor, seguirá atado el hombre a tanta falsedad? ¿Hasta cuándo se negará a comprender que la vida no está atada a los bienes? ¿Hasta cuándo se embriagará con las mentiras de los medios de comunicación, ignorando que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios?

       Sólo quien busca encuentra, sólo quien da recibe, sólo quien rescata con sus propios bienes a un esclavo es libre, sólo quien renuncia a sus comodidades vence la miseria ajena, son quien se muestra solidario con los pobres tendrá cien veces más en esta tierra y, además, la vida eterna.

 

CONTEMPLATIO

       Son muchos los que, tras haber despreciado grandes bienes, sumas ingentes de oro y de plata, así como espléndidas propiedades, se turban a causa de un cortaplumas, de un estilo, de una aguja o de una pluma. Si se hubieran mantenido constantes en la contemplación y en la pureza del corazón, nunca habrían perdido este bien por cosas de nada, cuando habían preferido abandonar las cosas grandes y preciosas antes que incurrir en tal peligro.

       En efecto, hay quienes custodian manuscritos con tanto celo que no toleran que nadie les eche una ojeada o los toque apenas; de este modo, encuentran ocasiones de impaciencia y de ruina precisamente donde deberían aprender a adquirir los bienes de la paciencia y de la caridad.

       Han abandonado todas sus riquezas por amor a Cristo, y conservan, sin embargo, el primitivo apego del corazón a las cosas más triviales, dejándose vencer a menudo por la cólera a causa de ellas. No tienen en ellos la caridad de la que habla el apóstol, y se vuelven por eso estériles e infructuosos.

       Refiriéndose a hechos de este tipo, dice san Pablo: «Si distribuyera todas mis sustancias en alimento a los pobres, si entregara mi cuerpo al hambre y no tuviera caridad, de nada me ayuda» (1 Cor 13,3). De esto se desprende claramente que la perfección no se alcanza de golpe con la desnudez y la privación de todas las riquezas o con el desprecio de los honores, si después carecemos de la caridad, cuyas formas nos describe el apóstol y que consiste únicamente en la pureza del corazón [...].

       En consecuencia, las cosas secundarias, esto es, los ayunos, las vigilias, la soledad, la meditación de la Escritura, debemos referirlas al fin principal, es decir, al de la pureza de corazón que es la caridad; no es justo poner en peligro la virtud fundamental a causa de estas otras cosas.

       En efecto, si ésta permanece íntegra e intacta, nada podrá perjudicarnos, aunque nos veamos obligados a prescindir por necesidad de algo secundario: de nada nos serviría cumplir perfectamente todos los compromisos si nos privamos del bien más importante en vistas al cual debemos hacer todas las otras cosas (Juan Casiano, Conlatio prima, 6ss, París, 1955, pp. 83-85 [edición española: Colaciones, Ediciones Rialp, Madrid 1961]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, nuestro Señor, entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación» (Rom 4,25).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La postura del cristiano frente a la esperanza es compleja y operante. Nosotros no nos alienamos con las esperanzas terrenas y dirigimos nuestros ojos exclusivamente hacia la esperanza eterna, y ni siquiera nos zambullimos en el efímero olvido de la eternidad. No perdemos de vista el hecho de que el Creador ha confiado al hombre el derecho y el deber de dominar la naturaleza y completar la creación, pero tampoco olvidamos que nosotros somos sólo cocreadores y que nuestras esperanzas ahondan sus raíces en la grandeza y en la generosidad del Padre, que nos ha querido a su imagen y semejanza y nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.

       Nuestra esperanza no es ingenua ni tiene miedo de hacer frente a los obstáculos. Tiene el coraje suficiente para mirarlos de cerca y se esfuerza por superarlos contando con sus propias fuerzas, sin olvidar, no obstante, que el Hijo de Dios se hizo hombre y ha comenzado ya la obra de liberación del hombre, y que a nosotros nos corresponde completarla con la ayuda de Dios. ¿Es acaso una audacia excesiva, un sueño irrealizable, una esperanza vana, pensar en «la esperanza de una comunidad mundial»? Pues sí, ciertamente, es una audacia, es un sueño. Una audacia y un sueño que, sin embargo, según la decisión y el realismo con los que seamos capaces de afrontar los obstáculos que se levanten en el camino, podrán transformarse de esperanza en realidad [...].

       Cuando esperar nos parezca absurdo o ridículo, acordémonos de que, en la evolución creadora, el hombre brotó de un pensamiento de amor del Padre, ha costado la sangre del Hijo de Dios y es objeto permanente de la acción santificadora del Espíritu Santo (H. Cámara, Conferencia pronunciada en Winnipeg el 13 de enero de 1970, en La documentación catholique del 1 de marzo de 1970, pp. 221 ss y 224).

 

 

Martes de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 5,12.15b.l7-19.20b-21

Hermanos:

12 Así pues, por un hombre entró el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte. Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte. La gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos.

15  Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobreabundancia de la gracia y del don de la salvación.

18 Por tanto, así como por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo es para todos los hombres fuente de salvación y de vida.

19 Y como, por la desobediencia de uno solo, todos fueron hechos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, todos alcanzarán la salvación.

20 Pero cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia,

21 de modo que si el pecado trajo el reinado de la muerte, también la gracia reinará y nos alcanzará, por medio de nuestro Señor Jesucristo, la salvación que lleva a la vida eterna.

 

       *»• La página que estamos leyendo es un texto clásico de la teología sobre el pecado original. Tras haber afirmado que todos, judíos y griegos, son culpables e inexcusables, Pablo recuerda el acontecimiento original que, a su modo de ver, determina y justifica esta universal fragilidad, esta debilidad común, esta pobreza radical de toda persona frente a Dios y a las exigencias de su voluntad. Con el pecado -razona Pablo- también ha entrado en el mundo la muerte: la muerte total (v. 12). Y así como cada persona humana se reconoce débil frente a la muerte física, tampoco puede dejar de reconocerse impotente frente a la muerte total. También aquí saca a la luz el apóstol una doble solidaridad que une a toda la humanidad: la solidaridad en el mal, que amenaza con dejar reinar la muerte en el mundo, y la solidaridad en el bien, que está garantizada por la presencia de Jesús (w. 17ss).

       Existe una clave de lectura muy sencilla y muy eficaz para esta página paulina: consiste en la contraposición entre la figura de Adán, a causa del cual «entró el pecado en el mundo» (v. 12), y la persona de Jesús, merced al cual ha llegado a nosotros la gracia de Dios. Este concepto, desarrollado siempre en una tensión histórico-salvífica, se repite más veces en estas pocas líneas (w. 15b.l7ss).

       De este modo, Pablo nos ayuda a volver, con un estupor siempre mayor y con un deseo de comprender siempre creciente, sobre el gran acontecimiento de la muerte y la resurrección de Jesús, que ha cambiado el rostro a la historia de toda la humanidad, que ha renovado el corazón de todo hombre, hijo de Adán, que ha hecho reinar definitivamente en el mundo la gracia de Dios.

 

Evangelio: Lucas 12,35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

35 Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas.

36 Sed como los criados que están esperando a que su amo vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame.

37 Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos.

38 Si viene a media noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

 

       **• Esta página evangélica contiene una advertencia (w. 35ss), una bienaventuranza (w. 37a.38) y una promesa (v. 37b). No es difícil captar el mensaje correspondiente, a condición de mantener íntimamente unidas las tres partes de la enseñanza de Jesús.

       La advertencia tiene que ver con la vigilancia expectante, que conocerá ulteriores desarrollos en la liturgia de la Palabra de los próximos días. La doble imagen de la cintura ceñida y de las «lámparas encendidas» no es más que una invitación a asumir actitudes que estén de acuerdo con la vigilancia: un deber imperioso e ineludible para todos, puesto que el Señor está cerca, porque «el que viene» está a punto de llegar. Las parábolas contenidas en este capítulo y en el siguiente pueden ser caracterizadas como las «parábolas de la inminencia escatológica»: en ellas vibra, en efecto, un sentido de inmediatez y de espontaneidad que, lejos de crear incertidumbre, suscita más bien espera y confianza. El mensaje que de ahí se sigue es obvio: es preciso estar preparado, porque la hora escatológica está a punto de sonar.

       La bienaventuranza a la que se alude está íntimamente ligada al relato parabólico: es la bienaventuranza de quien, teniendo plena conciencia de su condición de criado, mantiene con fidelidad una actitud de vigilancia durante la espera. Esa bienaventuranza está confirmada cuando la parábola, al llegar a su término, describe el retorno del amo y su encuentro con los criados vigilantes.

       Así pues, es menester permanecer vigilantes por una primera razón, que consiste en el hecho de no conocer con exactitud la hora en la que volverá el amo. Pero la segunda razón es todavía más importante, y consiste en la gran promesa que formula Jesús a sus siervos buenos y fieles: «Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos» (v. 37b). Es la promesa de la comunión plena y definitiva entre los siervos y su amo, entre Dios y aquellos que viven con la perspectiva del gran encuentro.

 

MEDITATIO

       «Cada hombre es Adán, cada hombre es Cristo.» Podemos recordar estas palabras de san Agustín mientras volvemos a saborear el célebre texto del apóstol Pablo, base y fundamento de la reflexión teológica sobre el pecado, del que hemos puesto de relieve sólo un aspecto particular, existencial, aunque no por ello menos importante.

       En cada uno de nosotros revive siempre el conflicto entre el hombre viejo y el hombre nuevo. Y no sólo esto, sino que se manifiesta también el desenlace de su contraposición, no circunscribible ya a la persona particular, sino que se refiere por necesidad a una multitud de hermanos. En este choque, es esencial dejar que Cristo more en nosotros realmente. Así, gracias a él, nuestro combate individual -ese que nadie puede librar por nosotros- puede obtener la victoria. Del mismo modo que el Hijo venció al pecado y a la muerte con su adhesión a la voluntad del Padre, así también nuestra relación de obediencia a Dios desprende salvación y gracia para los otros, los de cerca y los de lejos, conocidos y desconocidos.

       Es ésta una verdad que debemos tener presente con gozosa conciencia: la apuesta de nuestra vida es muy grande. De nuestra apertura al don de Dios dependen la paz, la alegría y la gracia de muchos hermanos. Ahora bien, ¿cómo hacer para mantener viva la conciencia del compromiso ligado a nuestra adhesión a Dios? El evangelio nos invita a la vigilancia, a mantenernos siempre despiertos. El aburrimiento y el torpor nacen del sentimiento de estar vacíos, de sentirnos inútiles.

       En la vida del creyente no hay ningún momento o situación en los que no pueda amar y dar al prójimo una mirada de bondad, la ofrenda de un sufrimiento. Y poniéndonos ante el Crucificado es como podemos alcanzar la fuerza y la audacia para entrar no en la rebelión del viejo Adán desobediente, sino en el movimiento de confiado abandono del Hijo obediente usque in finem, hasta el fin.

 

       ORATIO

Tú eres gracia cuando me eliges por lo que soy y no por lo que valgo: tu gracia, Señor, es siempre gratuita. Tú eres gracia cuando tomas la iniciativa de amarme y no esperas mis tímidos avances: tu gracia, Señor, me previene y me sorprende siempre. Tú eres gracia cuando te manifiestas históricamente en el espacio y en el tiempo a través de acontecimientos, personas, cosas: tu gracia, Señor, se muestra siempre perceptible, concreta.

       Tú eres gracia cuando te dejas entrever y saborear en el sentido de esplendor, de patriotismo y de alegría, de belleza, de gratuidad y de perdón: tu gracia, Señor, es siempre una experiencia gratificante.

       Tu gracia seduce, porque, con tu ternura y compasión, con tu lealtad y fidelidad, vences el pecado y mis debilidades. Tu gracia, Señor, es siempre un don, puro don.

 

CONTEMPLATIO

       «Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94,8). Este «hoy» se extiende a cada nuevo día, mientras que se diga «hoy». Es un hoy que, como nuestra capacidad de aprender, dura hasta la consumación final. Así, el verdadero hoy, el día sin fin de Dios, vendrá a coincidir con la eternidad. Obedezcamos, pues, siempre a la voz del Verbo de Dios, porque este hoy es imagen eterna de la eternidad; más aún, el día es símbolo de la luz, y la luz de los hombres es el Verbo, en el que nosotros vemos a Dios [...].

       El Señor, puesto que ama a todos los hombres, les invita «al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), y es él mismo quien les envía el Paráclito. ¿En qué consiste este conocimiento? En la piedad, es decir, en vivir conscientemente la propia relación con Dios. «Y la piedad es útil para todo», según san Pablo, «porque posee la promesa de la vida presente y de la vida futura» (1 Tim 4,8) [...]. Para asemejar el hombre a Dios, en la medida en que ello es posible, esta piedad nos da un maestro adecuado: Dios, que es el único que puede imprimir en el hombre, según su mérito, la semejanza divina.

       El apóstol, que tiene la experiencia de esta obra divina de educación, escribe a Timoteo: «Desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras, que te guiarán a la salvación por medio de la fe en Jesucristo» (2 Tim 3,15). Y son verdaderamente sagrados estos textos que santifican y divinizan. Sus letras y sus sílabas sagradas forman las obras que el mismo apóstol, en el mismo pasaje, llama «inspiradas por Dios, y es útil para enseñar, para persuadir, para reprender, para educar en la rectitud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer el bien» (2 Tim 3,16ss). Las exhortaciones de los otros santos no podrían tener en absoluto la misma eficacia que las del Señor: él es verdaderamente quien ama al hombre, y su única obra es la salvación del mismo (Clemente de Alejandría, Protréptico, 9, París 1949, pp. 151-156 [edición española: Protréptico, Gredos, Madrid 1994]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Pero cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia» (Rom 5,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El pecado es fuente de esclavitud: «Todo el que comete pecado es esclavo del pecado» (Jn 8,34). La experiencia cotidiana del hombre constata desde siempre esta límpida y neta afirmación de Cristo. Empezamos a pecar por curiosidad (en ocasiones incluso por vanidad); continuamos por debilidad y por hábito; acabamos pecando por desesperación, porque ahora ya no conseguimos romper las cadenas. Llegados a este punto, nos persuadimos de que el pecado no existe; sólo hay tabúes que debemos derribar o, al menos, superar. De este modo, el hombre, creyendo afirmarse como libre señor de su propia vida, se vuelve el hazmerreír de las fuerzas del mal.

       Para el Evangelio, el único pecado del que debe ocuparse el hombre es el suyo; en cuanto al de los otros, Jesús nos recomienda que no lo juzguemos. Para el Evangelio, la fuente del mal es el corazón del hombre: del corazón, es decir, del misterio de nuestra personalidad interior y del uso injusto de nuestra libertad, proceden todas las iniquidades, toda avidez, las corrupciones y las locuras que convierten la tierra en un lugar donde casi no parece posible vivir. Diríase incluso que, para el hombre moderno, el pecado parece que ya no existe o que, en todo caso, lo considera un fenómeno irrelevante. Sin embargo, el Evangelio continúa llamando a las cosas por su nombre. El pecado, para el Evangelio, es una realidad triste y universal. Es una calamidad tal que, si no intervienen el arrepentimiento y el perdón, tiene como desenlace la condenación eterna. Es tanta su gravedad que el Hijo de Dios acabó en la cruz para liberarnos de él.

       El Señor me salva de mi pecado, concediéndome la gracia inesperada de empezar siempre de nuevo el intento de llevar una vida inocente. Ante nuestra fragilidad debemos redescubrir, por un lado, la plena y efectiva responsabilidad que nos viene de nuestra naturaleza de criaturas libres y dueñas de sus actos y, por otro, el poder de la gracia de Cristo, que es capaz de darnos la fuerza que nosotros no poseemos por nosotros mismos. Se trata, en suma, de reafirmar nuestra libertad, aunque como «libertad redimida» (G. Biffi, La meraviglia dell'evento cristiano, Cásale Monf. 1996, pp. 307-309 passim).

 

 

 

Miércoles de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 6,12-18

Hermanos:

12 Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal. No os sometáis a sus apetitos,

13 ni prestéis vuestros miembros como armas perversas al servicio del pecado. Ofreceos más bien a Dios como lo que sois, muertos que habéis vuelto a la vida, y haced de vuestros miembros instrumentos de salvación al servicio de Dios.

14 No tiene por qué dominaros el pecado, ya que no estáis bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia.

15 Entonces, ¿qué? ¿Nos entregaremos al pecado porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!

16 Sabido es que si os ofrecéis a alguien como esclavos y os sometéis a él, os convertís en sus esclavos: esclavos del pecado, que os llevará a la muerte, o esclavos de la obediencia a Dios, que os conducirá a la salvación.

17 Pero, gracias a Dios, vosotros, que erais antes esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón la doctrina que os ha sido transmitida la y, liberados del pecado, os habéis puesto al servicio de la salvación.

 

       **• La lectura comienza con una orden (w. 12ss): no se trata de un deseo, sino de una exigencia. Exactamente la  que deriva del acontecimiento histórico-salvífico que se ha llevado a cabo en la vida de cada creyente por medio del sacramento del bautismo. Del bautismo está hablando, efectivamente, Pablo en este capítulo de su carta, y ese sacramento ha de ser puesto como fundamento de cuanto va a comunicar a sus destinatarios.

       «Todos a quienes el bautismo ha vinculado a Cristo hemos sido vinculados a su muerte. En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo, quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva» (w. 3ss). En consecuencia, también nosotros podemos caminar en una vida nueva (cf. v. 4). Y sobre esta novedad de vida construye Pablo ahora su discurso: es preciso que nos convirtamos en lo que ya somos, es menester que obremos de un modo consecuente con el don que hemos recibido, es necesario que vivamos en nuestra vida el misterio pascual de Cristo. Eso implica, sobre todo, dos cosas: morir al pecado y vivir en Cristo; dos momentos de un único estilo de vida, dos actitudes complementarias entre sí e igualmente necesarias. Lo que Pablo afirma deja entrever también un acento polémico contra algunos que, disociando los dos momentos del único misterio pascual, admitían la hipótesis de una existencia cristiana al son de la permisividad y del laxismo. Sin embargo, Pablo no puede ceder frente a semejantes desviaciones. La gracia del ministerio que ha recibido le hace responsable de sí mismo y de los otros.

       De ahí se sigue que el estilo de vida cristiana que Pablo traza en esta página incluye, al mismo tiempo, un momento negativo y otro positivo, un compromiso contra el pecado y una adhesión a la gracia de Dios, una neta contraposición a la lógica de muerte que se propaga en el mundo y una adhesión total a la lógica de la vida nueva traída por Jesús. Pablo concluye su pensamiento con una acción de gracias (cf. v. 17) dirigida a Dios y motivada por el comportamiento de los cristianos de Roma, que habían comprendido ya las instancias concretas de su fe en Cristo: ellos, en efecto, ya habían abandonado la esclavitud del pecado y se habían «puesto al servicio de la salvación» (v. 18).

 

Evangelio: Lucas 12,39-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

39 Tened presente que, si el amo de la casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, no le dejaría asaltar su casa.

40 Pues vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

41 Pedro dijo entonces: -Señor, esta parábola ¿se refiere a nosotros o a todos?

42 Pero el Señor continuó: -Vosotros sed como el administrador fiel y prudente a quien el dueño puso al frente de su servidumbre para distribuir a su debido tiempo la ración de trigo.

43 ¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!

44 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

45 Pero si ese criado empieza a pensar: «Mi amo tarda en venir», y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse,

46 su amo llegará el día en que menos lo espere y a la hora en que menos piense, lo castigará con todo rigor y lo tratará como merecen los que no son fieles.

47 El criado que conoce la voluntad de su dueño pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo.

48 En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho, se le podrá exigir mucho; y a quien se le confió mucho, se le podrá pedir más.

 

       *•• Las exhortaciones de Jesús dirigidas ahora a sus discípulos sacan a la luz la responsabilidad de todo creyente frente a la novedad del Evangelio y a sus instancias prácticas. Según el Maestro, el verdadero discípulo no sólo debe vigilar mientras espera, sino que debe conservarse fiel a lo que ha prometido, hasta que el Señor vuelva. Dice en efecto: «Tened presente» (v. 39a). Se trata, pues, de un discernimiento que sólo es posible practicar si la fe, junto a la razón, se convierte en fuente de luz para nuestro camino. Saber no lo es todo, pero, a buen seguro, es una condición indispensable para estar dispuesto todo el tiempo que haga falta.

       En medio del fragmento aparece una extraña pregunta de Pedro (cf. v. 41), que sirve de introducción a la parábola del administrador fiel y prudente. También éste, sin embargo, en un determinado momento, contempla la posibilidad de un olvido y de una falta de atención. La fidelidad y la prudencia parecen ser las dos cualidades que Jesús quiere recomendar a todos, pero sobre todo a sus discípulos. Al mismo tiempo, deja claro de una manera inequívoca la seriedad y el dramatismo del seguimiento evangélico. De ahí que, por una parte, resuene una bienaventuranza consoladora: «¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!» (v. 43); con ella quiere exhortar el Señor a la fidelidad, pero, al mismo tiempo, enuncia la promesa de una comunión definitiva. Por otra parte, resuena la amenaza de un castigo severo para todo el que no se mantenga fiel y activo en la espera. Ésos serán contados entre «los que no son fieles» (v. 46).

       Los dos últimos versículos del fragmento evangélico son característicos de Lucas: en ellos se complace en acentuar la relación entre conocimiento y castigo (cf. asimismo 19,11-28) y aplica este juicio a los responsables de la comunidad.

 

MEDITATIO

       Atosigados como estamos por tantos problemas, por las mil urgencias que nos acosan en nuestra vida diaria, la Palabra de Dios nos llama a lo esencial, a fijar sobre nosotros mismos una mirada serenamente consciente de lo que Dios ha hecho por nosotros y de nosotros. San Pablo nos recuerda que somos «muertos que habéis vuelto a la vida», habitados por la fuerza y por el poder de Cristo resucitado, llamados a ofrecernos a nosotros mismos a Dios con alegría y gratitud en todo lo que llevemos a cabo, para que verdaderamente, tanto si comemos como si dormimos, seamos del Señor y nada sea extraño a este horizonte de pertenencia que enriquece y embellece nuestra existencia. Cuanto más hayamos experimentado en nosotros mismos y en los otros -tal vez en personas que nos son particularmente queridas o familiares- qué verdad es que el pecado somete y esclaviza al hombre hasta matarlo, tanto más se dilatará nuestro corazón en el servicio a Dios con alegría. Ay de nosotros si, como el siervo de la parábola, pensamos que el amo «tarda en venir». Nuestro amado Señor y Maestro está con nosotros para que vivamos con su gracia, de manera conforme a la vida nueva que él nos ha dado, y lleguemos a ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El camino -es siempre san Pablo el que nos lo indica- es la obediencia de corazón a la enseñanza de Jesús. Es un camino que va desde la escucha de la Palabra a la fracción del pan de la caridad juntos, desde el reconocimiento de Cristo presente en los pequeños y en los pobres al servicio generoso a los hermanos del que todos somos personalmente responsables. Es seguro que se nos pedirá cuentas de lo mucho que hemos recibido, pero sabemos también que el que nos juzgará será aquel que murió por amor a nuestro amor.

 

ORATIO

       «¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!» Dichoso el que, solícito, cumple lo que tiene que hacer: su esperanza se verá recompensada con el bien prometido. Dichoso el que, como atleta fiel, permanezca en la carrera: recibirá una corona incorruptible.

       Dichoso el que, habiendo puesto la mano en el arado, no mira hacia atrás: recogerá frutos en abundancia. Dichoso el que procede con templanza y prudencia en el viaje: verá las alegrías eternas. Dichoso el que se muestra constante en la prueba: tendrá la suerte que Dios prepara a sus amigos. Dichoso el que afronta con buen ánimo las fatigas del deber: gozará con la recompensa de sus esfuerzos. Dichoso el que se prodiga a favor de los otros sin segundas intenciones: saboreará el triunfo final. Dichoso el que sirve y piensa en hacer el bien: estará aún mejor en el Reino de los Cielos.

       Dichoso el que camina en la verdad desmenuzándola mientras va de camino: sus numerosos seguidores le darán la gloria. Dichoso el que haya dado a Dios tiempo para realizar sus designios: gustará la victoria de los fuertes. Dichoso el que hace su vida útil y santa: se le dará cien veces más. «¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!».

 

CONTEMPLATIO

       San Pablo afirma esta verdad: «Si alguien está en Cristo, es una nueva creación» (2 Cor 5,17). Y para que no pensemos en una creación material, precisa: si alguien está en Cristo. La nueva creación es, por tanto, la que se nos revela a través de aquel que se adhiere a Cristo en la fe. Decidme, ¿es más grande el hecho de que el cielo u otro elemento creado se renueve o que un hombre pase del vicio a la virtud y abandone el error para ponerse al servicio de la verdad? Eso es precisamente lo que san Pablo llama «nueva creación».

       Y no sólo esto, sino que añade de inmediato: «Las cosas viejas han pasado, he aquí que lo hago todo nuevo» (2 Cor 5,17). El sentido de estas palabras está claro: los hombres, a través de la fe en Cristo, abandonan el fardo de sus pecados como si se despojaran de un vestido viejo; liberados del error, son iluminados por el Sol de justicia y, de este modo, se revisten de un vestido completamente nuevo y resplandeciente, una vestidura real. Ha irrumpido la gracia de Dios: es como si hubiera creado de nuevo las almas, las ha rehecho desde el interior, transformando no ya su naturaleza, sino su voluntad. Ahora ya no se permite a la mirada del espíritu el velo que cubría los ojos, y he aquí que la vista percibe con claridad todo el horror del vicio y la resplandeciente belleza de la virtud [...].

       Así pues, todos juntos, vosotros que ya habéis sido bautizados desde hace muchos tiempo y vosotros que acabáis de recibir este don del Señor, escuchemos la exhortación del apóstol que nos dice: «Las cosas viejas han

pasado, he aquí que lo hago todo nuevo». Olvidemos todo nuestro pasado. Puesto que ahora hemos sido hechos partícipes de una vida nueva, empeñémonos en transformar todo nuestro ser. Tengamos presente, en todo lo que digamos y hagamos, la dignidad de aquel que habita en nosotros (Juan Crisóstomo, Cuarta homilía bautismal XII, 14-16; París 1957, pp. 189-191).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Demos gracias a Dios porque os habéis puesto al servicio de la salvación» (cf. Rom 6,17ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El Dios creador es libre. La criatura humana, plasmada según su imagen, también estará dotada de libertad. ¿Qué es lo que distingue, principalmente, al animal humano de los otros animales? Sobre todo, la conciencia de sí, la voz de la conciencia, el libre albedrío, la capacidad de tomar decisiones éticas. Mientras que los otros animales obran siguiendo su propio instinto, el animal humano está en su propia conciencia en presencia de Dios, elige. Dios dice cada día al hombre: «Ante ti están la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia» (Dt 30,19).

       Sólo ejercitando su libertad se vuelve el hombre auténticamente humano. En un mundo que se va haciendo día a día más inhumano -un mundo aparentemente controlado por el psicoanálisis, por las estadísticas y por las máquinas-, es urgente reafirmar, por parte de los cristianos, el valor supremo de la libertad humana. No hay nada más decisivo en todo el universo que las elecciones ponderadas llevadas a cabo por personas dotadas de razón y de conciencia.

       El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, puede alabar a Dios también por este mundo, restituir a su Creador como ofrenda la creación en una acción de gracias; y, mediante este acto de oblación, el hombre llega a ser verdaderamente humano, una persona en su integridad (K. Ware, Riconoscerete Cristo in voi, Magnano 1994, pp. 30-32, passim).

 

 

Jueves de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 6,19-23

Hermanos:

19 Os estoy hablando al modo humano, haciéndome cargo de vuestra dificultad para comprender. Lo mismo, pues, que antes os entregasteis como esclavos a la impureza y a la iniquidad hasta llegar a la perversión, así ahora entregaos como esclavos al servicio de la salvación en busca de la plena consagración a Dios.

20 En otro tiempo erais esclavos del pecado y no os considerabais obligados a buscar la salvación.

21 ¿No os avergüenza ahora el fruto que entonces cosechasteis? Porque el resultado de todo aquello fue la muerte.

22 Ahora, en cambio, liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios, tenéis como fruto la plena consagración a él y como resultado final la vida eterna.

23 En efecto, el salario del pecado es la muerte, mientras que Dios nos ofrece como don la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor.

 

       *•• Pablo sigue reflexionando sobre el «gran paso» que se realiza en la vida del creyente tanto por la fe que alimenta como por el bautismo que recibe. Nos encontramos, en efecto, delante de una gran contraposición entre el pasado y el presente: dos tiempos separados en entre sí por el misterio pascual de muerte y de vida, que fue de Jesús y ahora es de sus discípulos. Así pues, la vida cristiana es asimilable, para Pablo, a un viaje: es necesario saber de dónde venimos, pero es asimismo indispensable saber hacia dónde nos encaminamos. El camino de todo cristiano se desarrolla entre un pasado marcado por la esclavitud y un presente marcado por la libertad. El trecho de camino que nos queda por recorrer está trazado claramente por Dios, y su nombre es Jesús: el camino, el único camino que estamos llamados a conocer y a recorrer.

       La vida cristiana, para Pablo, es semejante también a un servicio, marcado asimismo por una fuerte y decisiva separación. En efecto, del mismo modo que antes estábamos al servicio de la impureza y de la iniquidad, así ahora estamos al servicio de la justicia y de la santidad. Es como decir que, en cierto modo, el nombre debe reconocer que es «siervo» de alguien: si no se hace siervo de Dios, liberándose del pecado, acabará siendo siervo de Satanás, subyugado por el pecado.

       Será bueno poner de relieve un detalle de este razonamiento desarrollado por Pablo. Es él quien insiste en el hecho de que «en otro tiempo erais esclavos del pecado y no os considerabais obligados a buscar la salvación» {cf. v. 20). Pero ahora, para explicitar el pensamiento del apóstol, ahora que hemos sido justificados o salvados por el amor de Dios mediante la fe, ya no somos libres respecto a la justicia, sino que nos hemos vuelto –y como tales nos comportamos- siervos de la justicia, o sea, de Dios.

 

Evangelio: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

49 He venido a prender fuego a la tierra; y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!

50 Tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y estoy angustiado hasta que se cumpla.

51 ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división.

52 Porque de ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres.

53 El padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

 

       **• La humanidad está obligada a elegir frente a Cristo. No es posible permanecer indiferente ante su Evangelio y sus «pretensiones» correspondientes. Esto depende sobre todo del radicalismo de la propuesta de salvación que ha venido a traer el Nazareno: una propuesta impregnada de amor, frente a la que es preciso reaccionar por amor.

       «He venido a prender fuego a la tierra» (v. 49): el tono del discurso es autobiográfico. Eso significa que para poder elegir qué hacer y cómo vivir es necesario, antes que nada, resolver el dilema sobre la identidad de Jesús: quien no le reconozca en su verdadera identidad no podrá llevar a cabo decisiones dignas del seguimiento de Jesús. «Un fuego... un bautismo...» (w. 49ss): no se trata del fuego del Espíritu Santo, ni siquiera del fuego del juicio, sino del vivo deseo que alimenta Jesús de pasar por el fuego purificador de su pasión y muerte. Igualmente, Jesús desea pasar a través de ese bautismo de sangre que será su sacrificio en la cruz. Desde esta perspectiva, las imágenes del fuego y del bautismo nos proyectan hacia el final de la vida terrena de Jesús y hacia la cima de su misterio, que culminará con la entrega total de sí mismo al Padre por amor a nosotros.

       Frente al amor que nos ha atestiguado Jesús, es menester reaccionar con amor, y es cosa sabida que el amor, el verdadero, es siempre muy exigente, en ocasiones desgarrador.

       Ésa es la razón de que responder a la llamada evangélica implique, por un lado, dejar y, por otro, tomar. Dejar todo lo que es contrario al Evangelio y a sus exigencias radicales para tomar la única cosa necesaria; es más, la única persona necesaria: Jesús, hijo de Dios y redentor nuestro. La instancia ascética claramente dibujada por este fragmento evangélico tiene que ser leída desde la perspectiva de una vocación propuesta por Jesús a sus discípulos, y vuelta a proponer ahora a todos nosotros.

 

MEDITATIO

       Del fragmento de san Pablo que hemos leído hoy se desprende una clara contraposición entre lo que los destinatarios de la carta eran en un tiempo, cuando eran esclavos del pecado, y lo que son ahora. Es posible que

para nosotros esta realidad no sea tan clara: no hay en nosotros un pasado de impureza y desorden absoluto y un hoy de santidad y justicia, sino un camino de conversión en acto para llegar a ser según el corazón de Dios. Necesitamos ponernos a mendigar a diario la gracia del poder de la cruz, a invocar el don del Espíritu. Si constatamos nuestra lentitud en el camino de conversión, nos tranquiliza la certeza de que Dios es paciente y quiere atarnos a él de un modo cada vez más estrecho, para que podamos saborear qué grande es la libertad que deriva de nuestra pertenencia a él.

       Sí, es paradójico, pero -como atestiguan los santos cuanto más somos poseídos por Dios, tanto más libres estamos de todo. No son éstas realidades comprensibles a la razón: sólo quien las vive las puede reconocer fácilmente. Jesús nos habla en el evangelio de hoy del deseo que le consume de llevar a cabo la misión que le ha dado el Padre, aunque sabe demasiado bien lo que comporta el paso cruento a través de la cruz. Las mismas disposiciones interiores, el mismo anhelo de seguir a Jesús, a cualquier precio, se encuentran en el cristiano que ha adquirido la verdadera libertad haciéndose, por propia voluntad, esclavo de un Dios que es Amor.

 

ORATIO

       Tu bautismo en el Jordán, Señor Jesús, me ha revelado el alcance de tu amor: Hijo de Dios, nacido por nosotros. Tu bautismo de sangre, Señor, me ha redimido por tu amor: fuego purificador de mis culpas. Tu resurrección, Señor, me ha mostrado el poder de tu amor: promesa consoladora de vida eterna. Tu ascensión, Señor, me ha asegurado la plenitud de tu amor: respiración vital y recreadora. Tu pentecostés, Señor, me inunda de tu amor: certeza perenne de luz y calor. Oh Señor, «renueva la faz de la tierra» y también mi vida.

 

CONTEMPLATIO

       El amor se basta a sí mismo, gusta por sí mismo y por su propia causa; es mérito y recompensa de sí mismo. No busca fuera de él ninguna causa ni ningún fruto: su fruto es precisamente amar. Amo porque amo, amo para amar. Es una gran cosa el amor, siempre que se remonte a su principio y, vuelto a su origen, reservado en su fuente, tome siempre de ella para poder fluir de manera perenne. De todos los movimientos del alma, entre todos los sentimientos y los afectos, es el amor el único con el que la criatura puede responder a su Creador, si no de igual a igual, sí al menos de semejante a semejante [...]. El amor del Esposo -o mejor, el Esposo que es amor- sólo pide reciprocidad de amor y fidelidad. En consecuencia, la amada debe amarle a su vez. ¿Cómo podría dejar de amar ella, que es esposa y esposa del Amor? ¿Cómo podría no ser amado el Amor?

       Es justo entonces que, renunciando a todos los otros afectos, se entregue del todo a un único amor, pues a ella le toca corresponder al Amor mismo con amor. En efecto, aunque se derrame toda en amor, ¿qué proporción habrá en este amor suyo y el perenne manar de la fuente del mismo? No cabe la menor duda de que el flujo del amor no brota con la misma riqueza de quien ama y de aquel que es el Amor, del alma y del Verbo, de la esposa y del Esposo, del Creador y de la criatura: la abundancia de la fuente no es, a buen seguro, la del sediento.

       ¿Entonces? ¿Será, pues, vano, desaparecerá por completo el deseo de la que espera las nupcias? La aspiración de quien espera, el ardor del amante, la confianza de quien espera, ¿se verán decepcionados porque la esposa no pueda correr con el paso de un gigante, contender en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en candor con el lirio, en luminosidad con el sol, en amor con aquel que es Caridad? No. En efecto, aunque la criatura ame menos porque es más pequeña, puede amar a pesar de todo con todo lo que es, y donde está el todo, nada falta. Por eso, como he dicho, amar así es una verdadera unión nupcial (Bernardo de Claraval, Sermones super Cántica Canticorum, Sermo LXXXIII, Roma 1958, II, pp. 300-302).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ahora, en cambio, hemos sido liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios» (cf. Rom 6,22).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       «Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Si el amor cristiano tiende a la imitación de Cristo, esta verdad primordial sobre la que se fundamenta todo el cristianismo no puede ser ignorada. El «prójimo», el más cercano a Cristo, es el más alejado. El Señor nos hace advertir, en el marco inequívoco que nos proporciona del juicio final (Mt 25), que detrás de este «alejado» que tiene hambre y sed, que está desnudo, enfermo, prisionero, es a él a quien encontramos, escondido a pesar de ser alcanzable, sin ser notado a pesar de ser experimentado en verdad. Ahora bien, cuando el Señor vino a buscar a los hombres, a amarlos, cuando dio la vida para volver a llevarlos a casa, el prójimo no era a buen seguro para él sólo un alma perdida, un hombre entre tantos. El amor no puede amar más que el amor. El amor de Dios, que invade todo el mundo y pasa por todos los extravíos, no puede amar más que a Dios. Cuando el Hijo pasa del Padre al mundo para ir a buscar a su enemigo y llevarle el amor del que éste carece, debe ver, a través de él, en él, a Dios: debe ver al Padre, que ha creado a este hombre, lo ha formado a su imagen y semejanza, le ha amado, llamado y marcado con una marca indeleble: la señal de la pertenencia al Hijo, al Verbo, a la redención y a la Iglesia [...].

       La exigencia de que el amor no se detenga en el hombre, aunque sea en el más miserable, el más necesitado de amor, es lo que distingue el amor cristiano de todo tipo de humanitarismo puramente terreno. Es un amor dirigido a Dios a través del hermano: Dios en sí mismo y Dios para nosotros en Cristo y en la Iglesia. Y no puede ser más que así, porque el amor divino, el amor que viene de Dios, es infinito, y por eso debe extenderse hasta el mismo Dios [...]. Al amor cristiano no se le pide ciertamente descubrir a Cristo, como en una especie de juego del escondite, «detrás» del hermano extranjero que «representaría» a Cristo, o incluso que ame a Cristo «en el puesto» del hermano, de modo que se instaure entre ambos un oscuro mecanismo de sustitución. Basta con que el cristiano ame a su hermano junto con Cristo: así lo amará con referencia al Padre (H. U. von Balthasar, Die Gottesfrage des heutigen Menschen, Viena 1956, pp. 208ss; 212-214 [edición española: El problema de Dios en el hombre actual, Ediciones Cristiandad, Madrid 1966]).

 

 

Viernes de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 7,18-25a

Hermanos:

18 Y bien sé yo que no hay en mí -es decir, en lo que respecta a mis apetitos desordenados- cosa buena. En efecto, el querer el bien está a mi alcance, pero el hacerlo no.

19 Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco.

20 Y si hago el mal que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino la fuerza del pecado que actúa en mí.

21 Así que descubro la existencia de esta ley: cuando quiero hacer el bien, se me impone el mal.

22 En mi interior me complazco en la ley de Dios,

23 pero experimento en mí otra ley que lucha contra el dictado de mi mente y me encadena a la ley del pecado que está en mí.

24 ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte?

25 ¡Tendré que agradecérselo a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor.

 

       *» El capítulo 7 de la carta de Pablo a los cristianos de Roma tal vez sea el más dramático, entre otras razones porque el apóstol considera en él no tanto la condición espiritual de la humanidad como nuestra situación de cristianos, salvados por la fe, pero siempre en lucha para la consecución de la salvación. No basta, en efecto, con conocer la ley de Dios para observarla; no basta  tampoco -sería un irenismo espiritual desviado- con saber que la fe es capaz de salvarnos mediante un acto de abandono total al amor misericordioso de Dios. No basta siquiera con hacer nuestro, por medio de la fe, el misterio pascual de Jesús, que anima y sostiene asimismo la vida de todo verdadero discípulo suyo. El discurso de Pablo se hace ahora mucho más concreto y personal, diríamos que casi autobiográfico.

       En efecto, se trata de una descripción en primera persona del singular que, por una parte, nos permite entrar en el drama de Pablo y, por otra, nos ayuda a vivir con plena conciencia nuestro drama personal. Es cierto que hemos sido liberados de una terrible esclavitud -la del pecado y Satanás-, pero es igualmente cierto que día tras día estamos expuestos a otra esclavitud, la de la carne, la del mal, la de nuestros deseos más bajos.

En consecuencia, no podemos dejar de compartir el tono de esta página paulina ni dejar de considerarla también como plenamente nuestra. Basta releerla con honestidad para sentirnos implicados personalmente en las reflexiones, en las angustias y en el anhelo profundo que sube del corazón de Pablo: «¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte?» (v. 24). En esta exclamación y en esta pregunta reconocemos todo el drama de Pablo, todo nuestro drama.

 

Evangelio: Lucas 12,54-59

En aquel tiempo,

54 Jesús se puso a decir a la gente: -Cuando veis levantarse una nube sobre el poniente decís en seguida: «Va a llover», y así es.

55 Y cuando sentís soplar el viento del sur, decís: «Va a hacer calor», y así sucede.

56 ¡Hipócritas! Si sabéis discernir el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente?

57 ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?

58 Cuando vayas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura arreglarte con él por el camino, no sea que te arrastre hasta el juez, el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel.

59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

       *•• Jesús se dirige «a la gente»: a todos incumbe, en efecto, el deber de saber discernir «el tiempo presente» (v. 56), que es un tiempo providencial y dramático; a todos concierne saber juzgar «lo que es justo» (v. 57), o sea, lo que en su vida está de acuerdo o no con la voluntad de Dios. El presente discurso sobre «los signos de los tiempos» no hemos de considerarlo, por consiguiente, como abstracto o académico; al contrario, Jesús pretende llamar nuestra atención sobre la extrema seriedad de la vida que llevamos, de la historia que estamos viviendo. Se trata de una instancia evangélica que se repite, ésta: quien no la acepta y no se esfuerza en vivirla merece directamente de Jesús el calificativo de «hipócrita».

       No se trata, según Jesús, de una mera incapacidad para leer los «signos de los tiempos»: diríase que en ellos hay una evidencia inmediata que ni siquiera los ciegos pueden negar. Tampoco se trata, aquí, de la actitud pecaminosa de quienes viven como si no existiera Dios o, mejor, como si no hubiera venido Jesús a nosotros y, por consiguiente, como si la luz del Evangelio no iluminara a cada hombre que viene a este mundo. Se trata, más bien, de hipocresía: la actitud de quien ve los signos pero no quiere comprenderlos, esto es, no quiere aceptar su evidencia, ni siquiera quiere dejarse rozar por la luz que éstos desprenden. Los verbos que Jesús usa son «saber», «discernir», «juzgar», y este relieve hace aún más evidente el significado de las parábolas de Jesús. Como es obvio, se trata de los signos que se manifiestan en la vida de Jesús, y no es difícil comprender cuáles son. Ciertamente, los signos de las acciones milagrosas realizadas por él; ciertamente, los signos muy fuertes, en ocasiones, de sus palabras, de algunas de sus palabras; ciertamente, los signos anexos a toda su existencia terrena (vida oculta de Nazaret y vida pública en Palestina). Pero se trata, sobre todo, de ese «signo» que ha sido y sigue siendo todavía la vida de Jesús considerada en su totalidad. Como los profetas de cierto tiempo, también Jesús es una profecía viva, una persona hecha profecía.

 

MEDITATIO

       Pocas páginas como la que nos propone hoy san Pablo son capaces de expresar con un carácter más incisivo el drama que se consuma en el interior de cada creyente. Así es, porque la lucha entre el bien y el mal no se desarrolla sólo fuera de nosotros, sino que llega hasta el interior de cada uno. El hombre se presenta despedazado en lo profundo de su ser entre la atracción del bien, por el que se siente irresistiblemente fascinado como la verdadera patria de su corazón, y del mal que le asedia, le rodea y le seduce con mil apariencias atractivas.

       Pablo, intérprete capacitado de este trasiego, llega a exclamar: «¡Desdichado de mí!», y a sentir todavía con más fuerza el deseo de una paz que aplaque toda disidencia. Ahora bien, el apóstol no se detiene aquí. Va más allá y nos señala la verdadera originalidad del creyente: a él se le concede mirarse y examinarse no bajo un cielo vacío e implacable, sino bajo la mirada de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Sería desesperante tomar conciencia sólo de nuestros propios desgarros. El hombre de fe advierte con mayor agudeza el drama de su estar dividido, desgarrado, pero sabe también que hay remedio para todo esto, porque ya no está solo. Jesús, nuestra paz, ha venido a ponerse en el corazón de nuestra aventura humana, para que hasta en el fondo del abismo podamos sentirnos como hijos amados. El cristiano, si bien experimenta de una manera muy dolorosa su ser pecador, sabe también que ésta no es la última palabra sobre su condición. En consecuencia, puede y debe dejar brotar de su corazón una plena acción de gracias, porque toda nuestra vida es ahora eucaristía al Padre por medio de Jesucristo.

 

ORATIO

       Piedad, Señor, por mi pereza a la hora de satisfacer las necesidades ajenas; por mi superficialidad, que no es capaz de percibir el llanto de los pobres; por mi tranquilo vivir frente a injusticias incómodas; por tantas palabras inútiles, que se han quedado como vocablos sin corazón.

       Piedad, Señor, por mi orgullo, incapaz de juicios imparciales; por mi intromisión, que ha arrebatado a otros su espacio vital; por haberme servido de las ideas de los otros para manifestar sus debilidades; por haber sido un censor rígido de los fallos ajenos y olvidar los míos de una manera culpable.

       Piedad, Señor, por mis infidelidades cotidianas, por mi ingratitud -que ha tomado por descontado todo bien-, por mi presunción intolerante frente a la desaprobación, por haber pasado junto a quien estaba solo sin hacerme su prójimo. Piedad pido a la humanidad, y a ti, Señor, la libertad.

 

CONTEMPLATIO

       Nadie como san Pablo ha mostrado lo que es el hombre, nadie como él ha puesto de relieve la grandeza de su naturaleza y las capacidades con las que está dotado.

       Cada día se entregaba por completo y hacía frente a los peligros que le asediaban con un coraje siempre renovado, como atestiguan sus mismas palabras: «Olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está delante» (Flp 3,13). Y frente a la perspectiva de la muerte, invita a los otros a compartir su alegría diciendo: «Alegraos también vosotros y regocijaos conmigo» (2,18). Exulta de nuevo en medio de los peligros, de las injurias y de las humillaciones, y escribe a los corintios: «Y me complazco en soportar por Cristo flaquezas, oprobios, necesidades, persecuciones y angustias» (2 Cor 12,10).

       Para Pablo, sólo había que tener miedo y huir de una cosa: ofender a Dios; sólo había que desear una cosa: complacerle. Y no sólo no le atraían los bienes terrenos, sino ni siquiera los bienes eternos. De ahí se deduce qué ardiente era su amor a Cristo. Fascinado por él, no se dejó conquistar por la grandeza de los ángeles y de los arcángeles, ni por ninguna otra cosa. Tenía en sí mismo algo más grande que todo eso: el amor de Cristo. Con este amor se consideraba el más feliz de los hombres. Con este amor prefería estar entre los hombres; más aún, entre los despreciados, antes que estar sin él entre las personas de más autoridad y más honradas. Faltarle este amor habría sido para san Pablo la única verdadera pena, el infierno, el castigo, el mal infinito.

       Todas las cosas de aquí abajo que no le comunicaban este amor le parecían carentes de sentido -ni penosas ni agradables-. Despreciaba todas las realidades visibles, del mismo modo que se hace poco caso de una planta que se marchita. Los pueblos agitados y sus jefes le parecían grandes como insectos. La muerte, los suplicios, los tormentos, le parecían juegos de niños, con tal de sufrir por Cristo. Habría considerado como un premio salir de este mundo para estar con Cristo; permanecer en la carne significaba para él un combate continuo. Sin embargo, eligió precisamente esto, considerándolo necesario para él. Permanecer separado de Cristo representaba para él una lucha y un sufrimiento mucho más pesados que todo lo demás. Estar con él era el final de la lucha, el premio de la fatiga. Y Pablo eligió el combate por amor a Cristo (Juan Crisóstomo, Le lodi di san Paolo, homilía 2, en PG 50, cois. 447-481, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte?» Rom 7,24).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El cristiano parte de un núcleo inicial: Dios es Palabra, Verbo, Palabra personal del Padre, Palabra creadora, Palabra que es vida y luz para los hombres. Esta palabra se ha hecho carne, es decir, ha penetrado en la criatura humana; carne designa aquí a la criatura en su extrema debilidad, casi ¡unto a los confines de la nada. El sentido de es el hecho inicial es que tal condescendencia tuvo lugar para nuestra elevación, que este empobrecimiento tuvo lugar para enriquecernos, que esta humillación es nuestra más elevada promoción. Aquí se revela una línea constante del obrar de Dios: a él le gusta revestir las cosas más grandes con los vestidos más humildes y modestos. También la ciencia se ha dado cuenta de ello, y para penetrar en el fondo del misterio de la naturaleza ha pasado de la investigación sobre las cosas inmensas a la meditación sobre lo infinitamente pequeño: el átomo. ¡Qué formidable cantidad de energía se libera en pocos segundos del átomo! ¡Qué formidable cantidad de energía emana de la Palabra de Dios, que ha creado el átomo!

       La Palabra de Dios es como el átomo, como la semilla. Bajo su aparente simplicidad y pobreza esconde una complejidad máxima, una capacidad máxima de transformación del hombre y de la vida. La parábola que estamos comentando, tras haber trazado la procedencia, la riqueza, las intenciones de la palabra, presenta su drama: la semilla puede morir, la puede matar precisamente el ambiente que debería haberla hecho vivir. La Palabra de Dios puede ser aniquilada en cada uno de nosotros, orque Dios ofrece sus dones, pero no los impone, porque Dios, que nos ha dado la libertad, ni la retoma ni la pisotea. La libertad, sumo valor, se convierte así en algo que la hace más grande: riesgo, riesgo para el hombre y riesgo para Dios (G. Beviíacqua, La parola ai padre Giulio Beviíacqua, Brescia 1967, pp. 28ss).

 

 

Sábado de la 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,1-11

Hermanos:

1 Ya no pesa, por tanto, condenación alguna sobre los que viven en Cristo Jesús.

2 La ley del Espíritu vivificador me ha liberado por medio de Cristo Jesús de la ley del pecado y de la muerte.

3 Pues lo que era imposible para la ley, a causa de la fragilidad humana, lo realizó Dios enviando a su propio Hijo con una naturaleza semejante a la del pecado. Es más, se hizo sacrificio de expiación por el pecado y dictó sentencia contra él a través de su propia naturaleza mortal,

4 para que, así, los que vivimos no según nuestros desordenados apetitos, sino según el Espíritu, cumplamos la ley en plenitud.

5 Los que viven según sus apetitos subordinan a ellos su sentir, mas los que viven según el Espíritu sienten lo que es propio del Espíritu.

6 Ahora bien, sentir según los propios apetitos lleva a la muerte; sentir conforme al Espíritu conduce a la vida y a la paz.

7 Y es que nuestros desordenados apetitos están enfrentados a Dios, puesto que ni se someten a su ley ni pueden someterse.

8 Así pues, los que viven entregados a sus apetitos no pueden agradar a Dios.

9 Pero vosotros no vivís entregados a tales apetitos, sino que vivís según el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a Cristo.

10 Ahora bien, si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté sujeto a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive por la fuerza salvadora de Dios. 11 Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos hará revivir vuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu suyo que habita en vosotros.

 

       **• La liturgia de la Palabra nos hará leer, a partir de hoy, la totalidad del capítulo 8 de la carta de Pablo a los Romanos. A buen seguro, es el capítulo más bello de todo el escrito; incluso, según no pocos estudiosos, es uno de los capítulos más bellos de todo el Nuevo Testamento. Su belleza procede también del contraste con el capítulo anterior, dotado de tonos extremadamente dramáticos, como ya hemos visto. A contraluz, las reflexiones de Pablo resultan ahora mucho más iluminadoras y reconfortantes.

       El hombre es «carnal», es decir, esclavo del egoísmo que le conduce al pecado y a la muerte. Pero ahora vive bajo una ley nueva, «la ley del Espíritu vivificador me ha liberado por medio de Cristo Jesús» (y. 2). Los exégetas señalan que esta expresión es una síntesis de las famosas profecías de Jeremías (31,33) y de Ezequiel (36,27; 37,14). El creyente, renovado y transformado por el Espíritu de Dios, que le ha sido dado por Jesús, puede obedecer ahora a la voluntad de Dios, y ello no ya por una constricción externa, sino por la ley interior de su nueva vida. Bien dijo santo Tomás de Aquino que «la ley del Nuevo Testamento es el Espíritu».

       A partir de esta primera afirmación, el discurso de Pablo se desarrolla de manera lineal y lógica. En el centro de su pensamiento se encuentra, como es obvio, el magno acontecimiento de la encarnación del Verbo: «Pues lo que era imposible para la ley, a causa de la fragilidad humana, lo realizó Dios enviando a su propio Hijo con una naturaleza semejante a la del pecado. Es más, se hizo sacrificio de expiación por el pecado y dictó sentencia contra él a través de su propia naturaleza mortal» (v. 3). La vida cristiana es, por consiguiente, vida «espiritual», en el sentido más fuerte de la expresión: el cristiano, precisamente porque ha hecho suya la «ley del Espíritu» y porque el Espíritu habita en él, vive según el Espíritu, piensa en las cosas del Espíritu, alimenta los deseos del Espíritu, siente que pertenece al Espíritu y vive con la esperanza de experimentar el poder del Espíritu de Dios, que le hará resucitar de los muertos y partícipe de la gloria de Dios.

 

Evangelio: Lucas 13,1-9

En aquel tiempo,

1 llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos, a quienes Pilato había hecho matar mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

2 Jesús les dijo: -¿Creéis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás?

3 Os digo que no; más aún, si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo.

4 Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé ¿creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

5 Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

6 Jesús les propuso esta parábola: -Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a buscar fruto en la higuera no lo encontró.

7 Entonces dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?

8 El viñador le respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

9 a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás».

 

       *•• Según un esquema frecuente en Lucas, después de una afirmación de Jesús sigue una ilustración por medio de una parábola. La enseñanza global es la siguiente: los signos de los tiempos deben ser leídos e interpretados no sólo en la vida de Jesús, sino también en nuestra historia, en nuestra vida personal. Sin embargo, es preciso estar en guardia contra el peligro de las pseudolecturas, dictadas más bien por nuestros preconceptos, del mismo modo que los contemporáneos de Jesús se dejaron desviar por una concepción de la retribución personal superada ahora, pretendiendo percibir en algunas calamidades un castigo de Dios dirigido contra los que las han sufrido.

       Se trataba en esta ocasión de la matanza ordenada por Pilato de unos que estaban ofreciendo sus sacrificios en el templo, además del accidente fortuito de «aquellos dieciocho» que murieron aplastados bajo la torre de Siloé. El razonamiento de algunas personas anónimas que fueron a contarle estos hechos a Jesús está totalmente superado ahora: no es que Dios sea justo y se manifieste como tal porque ha castigado a esas personas, demostrando así que eran pecadoras. Jesús rechaza esa interpretación tan mezquina y simplista (cf. asimismo Jn 9,2ss); es más, afirma que esos hombres no eran peores que los otros. La desgracia que se ha abatido sobre ellos es sólo la señal del juicio que incumbe a todos. Se trata, por tanto, de un aviso de Dios dirigido a todos, también a nosotros, para que sepamos interpretar correctamente no los hechos de una historia pasada, sino unos hechos que sirven de contrapunto a la historia presente.

       La invitación de Jesús es, por consiguiente, clara e ineludible: urge convertirse a partir de una lectura inteligente de los signos de los tiempos, de los tiempos en los que vivimos, reconociendo también en ellos la presencia discreta, pero eficaz, de Dios, la presencia escondida, pero real, del Señor resucitado, la presencia de sus testigos. Todas estas presencias son otras tantas luces que iluminan nuestro camino.

 

MEDITATIO

       No acabaremos nunca de leer el capítulo 8 de la Carta a los Romanos... En ella oímos resonar palabras verdaderas, capaces de dar razón del mal que hay en nosotros, pero, sobre todo, de abrirnos a la esperanza en virtud de la maravillosa realidad de nuestra liberación del pecado llevada a cabo por medio de Cristo Jesús. Nosotros estamos ahora bajo el señorío del Espíritu y se nos pide que vivamos según esta nueva modalidad. El Espíritu de Dios, en efecto, no permanece inactivo en nosotros. Somos nosotros quienes, distraídos y superficiales, nos dejamos distraer de la realidad de su presencia, fuente de paz, manantial de alegría, luz que proporciona una sensibilidad nueva para las palabras y los caminos de Dios.

       El Espíritu pone en marcha una fuerza irresistible y suave que nos guía a la verdad completa y nos libera de los vínculos de la «carne». Ponernos cada vez más bajo el suave yugo del Espíritu es el camino de conversión al que estamos llamados. Nos lo recuerda también el fragmento evangélico en el que Jesús nos invita a reflexionar sobre algunos acontecimientos dramáticos. Todo debería impulsarnos  a alcanzar la linfa buena del Espíritu que nos permita dar frutos buenos para nosotros y para los hermanos.

       Nadie, sin embargo, puede sustituirnos en la aceptación de las invitaciones que, continuamente, se nos dirigen para que nos adentremos en alta mar y nos dejemos conducir por el soplo del Espíritu en el gran mar de la libertad y del amor.

 

ORATIO

       «Si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo».

       Si la historia humana en su locura homicida que te mata ve sólo un pueblo, la historia divina ve en ese pueblo a todos nosotros. Oh Señor, haz que no pensemos nunca: «Yo soy mejor que los otros».

       Si la historia humana encuentra pocos responsables para el dolor del mundo, para las persecuciones de tantos inocentes, para las penurias de muchos hambrientos, para el horror del odio que reina en diferentes frentes de la tierra, la historia divina nos encuentra en esos pocos a todos nosotros. Oh Señor, haz que no digamos nunca: «Estamos en nuestro sitio».

       Si la historia humana considera que unos pocos malvados son causa de una sonrisa perdida y nunca vista, de una paz sólo soñada a causa de miedos infinitos, de una esperanza truncada por la droga mortífera, de niñas destruidas por la trata inhumana, de vidas radiantes marcadas por la muerte de guerras sin fin, la historia divina reconoce en esos malvados a todos nosotros. Oh Señor, haz que nos convirtamos, para ser testigos tuyos en un mundo que se siente fatigado de amar.

 

CONTEMPLATIO

       Al ver Dios que el temor arruinaba el mundo, trató inmediatamente de volverlo a llamar con amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su caridad, de vinculárselo con su afecto.

       Por eso purificó la tierra, afincada en el mal, con un diluvio vengador y llamó a Noé padre de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras, ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo que le instruía piadosamente sobre el presente y le consolaba con su gracia, respecto al futuro. Y no le dio ya órdenes, sino que con el esfuerzo de su colaboración encerró en el arca las criaturas de todo el mundo, de manera que el amor que surgía de esta colaboración acabase con el temor de la servidumbre y se conservara con el amor común lo que se había salvado con el común esfuerzo.

       Por eso también llamó a Abrahán de entre los gentiles, engrandeció su nombre, lo hizo padre de la fe, lo acompañó en el camino, lo protegió entre los extraños, le otorgó riquezas, lo honró con triunfos, se le obligó con promesas, lo libró de injurias, se hizo su huésped bondadoso, lo glorificó con una descendencia de la que ya desesperaba: todo ello para que, rebosante de tantos bienes, seducido por tamaña dulzura de la caridad divina, aprendiera a amar a Dios y no a temerlo, a venerarlo con amor y no con temor.

       Por eso también consoló en sueños a Jacob en su huida, y a su regreso le incitó a combatir y lo retuvo con el abrazo del luchador, para que amase al padre de aquel combate y no lo temiese.

       Y, asimismo, interpeló a Moisés en su lengua vernácula, le habló con paterna caridad y le invitó a ser el liberador de su pueblo.

       Pero así que la llama del amor divino prendió en los corazones humanos y toda la ebriedad del amor de Dios se derramó sobre los humanos sentidos, satisfecho el espíritu por todo lo que hemos recordado, los hombres comenzaron a querer contemplar a Dios con sus ojos carnales.

       Pero la angosta mirada humana ¿cómo iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el mundo creado? La exigencia del amor no atiende a lo que va a ser o a lo que debe o puede ser. El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la dificultad. El amor es capaz de matar al amante si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir.

       El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más? El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos si no iban a poder ver a Dios. Moisés se atreve por ello a decir: Si he obtenido tu favor, enséñame tu gloria. Y otro dice también: Déjame ver tu figura. Incluso los mismos gentiles modelaron sus ídolos para poder contemplar con sus propios ojos lo que veneraban en medio de errores (Pedro Crisólogo, Sermón 147, PL 52, 594ss).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a Cristo» (Rom 8,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Este Espíritu de Cristo, al venir al creyente, a través de los sacramentos, la Palabra y todos los demás medios a su disposición, en la medida en que es acogido y secundado, es capaz de cambiar aquella situación interior que la ley no podía modificar.

       He aquí como sucede esto. Mientras el hombre vive «para sí mismo», o sea, en régimen de pecado, Dios se le muestra inevitablemente como un antagonista y como un obstáculo. Hay, entre él y Dios, una sorda enemistad que la ley no hace más que poner en evidencia. El hombre «ansia» con concupiscencia, quiere determinadas cosas, y Dios es el que, a través de sus mandamientos, le cierra el camino, oponiéndose a sus deseos con los propios: «Tú debes» y «Tú no debes».

       La tendencia a lo bajo significa rebeldía contra Dios, pues no se somete a la Ley de Dios (Rom 8, 7). El hombre viejo se revuelve contra su creador y, si pudiera, querría incluso que no existiera. Basta que - o por culpa nuestra, o por contraposición, o por simple permisión de Dios- nos falte a veces el sentimiento de la presencia de Dios, para descubrir inmediatamente que no sentimos en nosotros más que ira y rebelión y todo un frente de hostilidad contra Dios y contra los hermanos que surge de la antigua raíz de nuestro pecado, hasta ofuscar el espíritu y darnos miedo a nosotros mismos. Y esto hasta que no estemos establecidos para siempre en esa situación de completa paz, en la que -como dice Juliana de Norwich- se está «plenamente contento de Dios, de todas sus obras, de todos sus juicios, contentos y en paz con nosotros mismos, con todos los hombres y con todo lo que Dios ama» (capítulo 49). Cuando, en la situación unas veces de paz y otras de contraposición que caracteriza la vida presente, el Espíritu Santo viene y toma posesión del corazón, entonces tiene lugar un cambio. Si antes el hombre tenía clavado en el fondo del corazón «un sordo rencor contra Dios», ahora el Espíritu viene a él de parte de Dios, le atestigua que Dios le es verdaderamente favorable y benigno, que es su «aliado», no su enemigo; le pone ante sus ojos todo lo que Dios ha sido capaz de hacer por él y cómo no se ha reservado ni a su propio Hijo. El Espíritu lleva al corazón del hombre «el amor de Dios» (cf. Rom 5,5). De esta manera, suscita en él como otro hombre que ama a Dios y cumple a gusto lo que Dios le manda [cf. Lutero, Sermón de Pentecostés, ed. Weimar 12, p. 586ss). Por lo demás, Dios no se limita sólo a mandarle hacer o dejar de hacer, sino que él mismo hace con él y en él lo que manda. La ley nueva que es el Espíritu es mucho más que una «indicación» de voluntad; es una «acción», un principio vivo y activo. La ley nueva es la vida nueva. Por eso, mucho más a menudo que ley, se denomina gracia: ¡Ya no estáis en régimen de ley, sino en régimen de gracia! (Rom 6, 14) (R. Cantaíamessa, La vida en el señorío de Cristo, Edicep, Valencia 1988, pp. 162-163).

 

 

Lunes de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,12-17

12 Por tanto, hermanos, estamos en deuda, pero no con nuestros apetitos para vivir según ellos.

13 Porque si vivís según ellos, ciertamente moriréis; en cambio, si mediante el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

14 Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.

15 Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y nos permite clamar: «Abba», es decir, «Padre».

16 Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios.

17 Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él.

 

       **• La reflexión teológica de Pablo se desarrolla en una línea nueva, aunque siempre íntimamente conexa con el comienzo del capítulo 8. El apóstol no se contenta ya con afirmar que el creyente en Cristo, mediante el bautismo, vive una vida nueva por el poder del Espíritu que habita en él y le anima, sino que especifica aún que esta vida es una vida de «hijos de Dios» (v. 16): es la filiación divina que caracteriza ahora de una manera decidida al cristiano. Se trata, ciertamente, de una filiación adoptiva, pero real, auténtica, que debe ser entendida como participación en la vida de Dios por la mediación de Cristo Jesús, Hijo unigénito del Padre.

       Como el apóstol, también nosotros estamos invitados, en primer lugar, a contemplar ese misterio, el misterio de la vida de Dios, vida trinitaria rebosante y difusiva. Esta vida es el misterio de la vida de Jesús, hijo unigénito del Padre, y es también la vida de los creyentes, signo y reflejo de la vida de Dios.

       Precisamente porque somos hijos, no sólo estamos habilitados, sino también invitados a comportarnos con Dios con la libertad y la confianza de los hijos, por eso podemos gritarle: «¡Abba!» (v. 15), que, según el testimonio de los evangelios, es la palabra con la que Jesús se dirigía a Dios. La traducción exacta de esa invocación no es «padre», sino «papá», que expresa en términos todavía más claros la extrema confianza y ternura que caracteriza a nuestra relación filial con Dios.

       «Y si somos hijos, también somos herederos» (v. 17): la reflexión de Pablo se cierra justamente con esta precisión ulterior de la riqueza -más aún, de la fortuna absolutamente nuestra- que supone ser hijos de Dios. En virtud de este don nos convertimos en titulares de otro beneficio, a saber: el de compartir con Jesús la herencia de la vida eterna, la plena y definitiva participación en la vida divina.

 

Evangelio: Lucas 13,10-17

10 Un sábado, estaba Jesús enseñando en una sinagoga,

11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba poseída por un espíritu que le producía una enfermedad; estaba encorvada y no podía enderezarse del todo.

12 Jesús, al verla, la llamó y le dijo: -Mujer, quedas libre de tu enfermedad.

13 Le impuso las manos y, en el acto, se enderezó y se puso a alabar a Dios. 14 El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, empezó a decir a la gente: -Hay seis días en los que se puede trabajar. Venid a curaros en esos días y no en sábado.

15 El Señor le respondió: -¡Hipócritas! ¿No suelta cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en sábado para llevarlo a beber?

16 Y a ésta, que es una hija de Abrahán, a la que Satanás tenía atada hace dieciocho años, ¿no se la podía soltar de su atadura en sábado?

17 Al hablar así, quedaban confusos todos sus adversarios, pero toda la gente se alegraba por los milagros que hacía.

 

       *•• El evangelista Lucas nos propone el relato de un milagro, uno de los muchos que hizo Jesús y, sin embargo, un milagro singular, en virtud de una circunstancia cronológica que lo vuelve problemático, casi inaceptable para algunos contemporáneos suyos. Este milagro desencadena, en efecto, la famosa polémica en torno al sábado, una polémica que ya conocemos por otras páginas evangélicas (cf. Le 6,6-11 y 14,1-6).

       La beneficiaria es una mujer a la que un espíritu maligno mantenía enferma desde hacía dieciocho años (cf. v. 11). Lucas se complace en acentuar esta especial atención de Jesús con un miembro de una categoría débil de la sociedad de aquella época, precisamente las mujeres. Jesús no sólo la cura de su enfermedad, sino que la defiende frente a los ataques de sus adversarios. Jesús es, en efecto, el Mesías de los pobres, de los últimos, de los marginados y, en cuanto tal, a Lucas le gusta presentarle también en esta página. El jefe de la sinagoga se indigna -dice el relato de Lucas-, y esta indignación desencadena la polémica entre él y Jesús. Pero, como siempre, la polémica conduce a una clarificación, una clarificación que también necesitamos en nuestros días.

       La cuestión es siempre la misma: ¿qué criterios deben inspirar los hechos, los compromisos y las opciones en el día del Señor? Frente a un legalismo miope y mezquino, Jesús remacha que es preciso vivir según el espíritu de la ley y no dejarse embaucar sólo por la letra. Hasta los mandatos más nobles de una ley como la de Moisés, que también es de origen divino, si no pasan por la criba de un espíritu nuevo -el espíritu evangélico-, corren el riesgo de esconder intenciones mezquinas y triviales hipocresías para el cristiano, para el discípulo de Jesús. Por eso llama Jesús «hipócritas» a sus interlocutores, pretendiendo desmantelar su intransigencia a la hora de aplicar la ley a los otros, mientras que se muestran hábiles para encontrar excepciones cuando se trata de aplicarse la ley a ellos mismos. Jesús no puede callar frente a tamaña hipocresía.

 

MEDITATIO

       Podemos entrever cierta analogía entre las dos lecturas sobre las que estamos meditando. Por un lado, Pablo nos invita a vivir según el Espíritu, a superar el espíritu de esclavos, a vivir en la libertad que nos ha dado el Espíritu, a gritar: «¡Abba!», cuando hablemos con Dios.

       En efecto, nos consideramos -«y lo somos realmente»— hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1). Por otro lado, Jesús nos da ejemplo de cómo vivir como hijos, de cómo manifestar nuestra verdadera libertad, de cómo tender a una curación perfecta confiando totalmente en la ayuda de Dios. Comparando esta doble, aunque unitaria, enseñanza con nuestra vida, con la experiencia de todos los días, no podemos dejar de sentirnos provocados a realizar un examen de conciencia, una confrontación entre el ideal y la realidad de nuestra vida, entre la nueva ley del Espíritu que da la vida y las opciones diarias que a menudo dejan bastante que desear. Esa confrontación si, por una parte, nos conduce a constatar la gran distancia que media entre nuestro ser libres con la libertad de los hijos de Dios y nuestro hacernos esclavos de algunos «amos» que consiguen ejercer derechos sobre nosotros, por otra no puede dejar de desembocar en un sentimiento de gratitud y de estupor, por el simple hecho de que frente a nuestra debilidad y nuestra impotencia para vivir como verdaderos hijos de Dios se yergue siempre el amor misericordioso de aquel que es nuestro Padre y desea ser invocado por nosotros como «papá». Al querer actualizar este discurso, acude de una manera espontánea a nuestra mente advertir que el mundo en el que hoy vivimos espera con impaciencia, sobre todo de los cristianos, un testimonio vigoroso sobre la verdadera libertad, que marca a toda persona humana consciente de su dignidad, antes aún de caracterizar a cada cristiano.

 

ORATIO

Padre, tú eres mi creador, porque, en la plenitud de tu amor, has pensado en mí desde siempre y me has engendrado en el tiempo. Tú eres mi guía, porque con tus intervenciones evidentes o inescrutables me conduces a través del discernimiento a optar por el bien. Tú eres mi fuerza, porque con tu firmeza y delicadeza me impulsas hacia la realización de mi ser personal y original.

       Tú eres mi refugio, porque con tu compasión infinita soportas mis errores. Tú eres mi pedagogo, porque, a través de la experiencia dolorosa de mis carencias, me llevas como «sobre alas de águila». Tú eres mi providencia, porque te has hecho y te haces presente en todas mis necesidades y crisis.

       Tú eres mi faro, porque mis pasos, frecuentemente inseguros y lentos, siempre encuentran encendida la lámpara de tu Palabra. Tú eres mi autoridad, porque con la autoridad de tus preceptos me enseñas los valores y los ideales que dan sentido a la vida. Tú eres mi Padre: ¡te pareces mucho a mi papá!

 

CONTEMPLATIO

       Y, como el bienaventurado apóstol nos enseña, «en cuanto a nosotros, no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios gratuitamente nos ha dado» (1 Cor 2,12); y el mismo Dios sólo acepta como culto piadoso el ofrecimiento de lo que él nos ha concedido. ¿Y qué podremos encontrar en el tesoro de la divina largueza tan adecuado al honor de la presente festividad como la paz, lo primero que los ángeles pregonaron en el nacimiento del Señor? La paz es la que engendra los hijos de Dios, alimenta el amor y origina la unidad, es el descanso de los bienaventurados y la mansión de la eternidad.

       El fin propio de la paz y su fruto específico consiste en que se unan a Dios los que el mismo Señor separa del mundo. El apóstol nos invita a buscar esta paz cuando dice: «Así pues, quienes mediante la fe hemos sido redimidos, estamos en paz con Dios» (Rom 5,1). Esta frase, en su brevedad, resume aquello a lo que tienden casi todos los mandamientos, porque allí donde está la verdadera paz no puede faltar ninguna virtud.

       En efecto, carísimos, estar en paz con Dios significa querer lo que él ordena y no querer lo que él prohíbe. Si la amistad humana exige afinidad de sentimientos y armonía de voluntad, y si la diversidad de los modos de ser no puede conducir nunca a una concordia estable, ¿cómo podremos ser partícipes de la paz de Dios buscando nuestro placer en las cosas que sabemos que le ofenden? No es ése el espíritu de los hijos de Dios [...].

       Es grande el misterio del amor de Dios. Se trata de un don que supera a todos los dones. Dios llama al hombre hijo suyo, y el hombre se dirige a Dios llamándole Padre [...]. Por eso, «los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,13), ofrezcan al Padre sus corazones de hijos unidos en la paz; todos los hombres convertidos en hijos adoptivos se reúnen en aquel que es el primogénito en esta nueva creación (León Magno, Sexto sermón para Navidad, 3ss y 5; París 1947, pp. 128-136).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios» (Rom 8,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El Concilio Vaticano II ha hablado de libertad, refiriéndola a muchas cosas. Libertad es una palabra mágica. Debe ser estudiada con seria y serena diligencia, si no queremos apagar la luz y convertirla en un término de confusión equívoca y peligrosa [...].

       Simplificando bastante la inmensa y compleja materia relativa a la libertad, podemos observar, en primer lugar, que el Concilio no ha descubierto en absoluto o inventado la libertad. Ha reivindicado para la conciencia personal sus derechos inalienables, los ha sufragado con la magnífica teología del Nuevo Testamento, los ha proclamado para todos en el ámbito de la sociedad civil. O sea, que ha sostenido, además de la existencia, el ejercicio de la libertad en dos direcciones principales: la dirección personal, admitiendo un alto grado de autonomía para todo hombre, reconociendo su dominio a la conciencia, regla próxima e indeclinable de la acción moral, por ello tanto más necesitada de ser iluminada por la verdad y sostenida por la gracia, cuanto más tiende a determinarse por sí sola; y la dirección social, exigiendo una verdadera y pública libertad religiosa, en un clima, no obstante, de respeto de los derechos del otro y del orden público, y sosteniendo el «principio de subsidiaridad», el cual, en una sociedad bien organizada, apunta a dejar la más amplia libertad posible a las personas y a los entes subalternos, y a hacer obligatorio sólo lo que es necesario para un bien importante, que no se puede alcanzar de otro modo, y, en general, para el bien común.

       La mentalidad favorecida por las enseñanzas del Concilio lleva

el juego de la libertad [...] al fuero interno de la conciencia; por tanto, tiende a templar la injerencia de la ley exterior, pero tiende a incrementar la de la ley interior, la de la responsabilidad personal, la de la reflexión sobre los deberes supremos del hombre [...]. Ahora bien, deberemos ser conscientes al mismo tiempo de que nuestra libertad cristiana no nos sustrae a la ley de Dios, en sus exigencias supremas de humana sensatez, de seguimiento evangélico, de ascetismo penitencial y de obediencia al orden comunitario propio de la sociedad eclesial. La libertad cristiana no es carismática, en el sentido arbitrario que hoy se arrogan algunos: «Sois libres, pero no utilicéis la libertad como pretexto para el mal, sino para servir a Dios» (1 Pe 2,1 ó) (Pablo VI, Discorsi del mercoledi, de 9 luglio 7 969, en L'Osservatore Romano del 10 de julio de 1969).

 

 

Martes de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,18-25

Hermanos:

18 Entiendo, por lo demás, que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará.

19 Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios.

20 Condenada al fracaso, no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso, la creación vive en la esperanza

21 de ser también ella liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22 Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente.

23 Pero no sólo ella; también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo.

24 Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza, y es claro que la esperanza que se ve no es propiamente esperanza, pues ¿quién espera lo que tiene ante los ojos?

25 Pero si esperamos lo que no vemos, estamos aguardando con perseverancia.

 

       *•• Hemos sido justificados por la gracia de Dios por medio de la fe en el poder del Espíritu Santo. Ahora somos hijos de Dios, libres por Dios y coherederos de Cristo. Sin embargo, lo que seremos debe ser aclarado ulteriormente.

       Sobre esta perspectiva futura se detiene ahora la reflexión teológica de Pablo. En efecto, la primera relación que establece es entre «los padecimientos del tiempo presente» y «la gloria que un día se nos revelará» (v. 18). El contraste es evidente y de fácil interpretación. La vida cristiana se desarrolla de hecho entre el «ya» y el «todavía no», entre un presente que frecuentemente se caracteriza por las penumbras de la duda y las pruebas del dolor, y un futuro que deja entrever un horizonte de luz y de paz.

       No sólo el cristiano -pone de relieve el apóstol Pablo-, sino la creación entera vive y sufre esta impaciente espera de la revelación de lo que serán los hijos de Dios (v. 19). Por consiguiente, es todo el orden creado el que comparte con la humanidad, con cada persona humana, el misterio pascual de la muerte-vida, de las tinieblas-luz, que constituye ahora la clave con la que podemos descodificar los misterios de la historia. El hombre, en cuanto creado a imagen y semejanza de Dios, en cuanto señor del orden creado, está llamado a vivir en primera persona -en ocasiones sometido a indecibles sufrimientos- el drama de una expectativa que parece no acabar nunca, de un goce que no parece satisfacer nunca del todo. Eso es lo que pretende afirmar Pablo cuando escribe: «Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza» (v. 24).

       Como la adopción filial (cf. v. 15), también nuestra salvación está ya adquirida, aunque esperamos todavía su plena realización. Nuestra tarea, concluye el apóstol, consiste en perseverar mientras esperamos.

 

Evangelio: Lucas 13,18-21

En aquel tiempo,

18 Jesús añadió: -¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?

19  Es como un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto; creció, se convirtió en árbol y las aves del cielo anidaron en sus ramas.

20 De nuevo les dijo: -¿Con qué compararé el Reino de Dios?

21 Es como la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

 

       *»• Según algunos exégetas, las parábolas del grano de mostaza y de la levadura expresan el mismo mensaje: el que se desprende del contraste entre el punto de partida, pequeño e insignificante, y el punto de llegada, grande e imponente. Alguno advierte también que el contraste puede ser considerado desde dos puntos de vista diferentes: o bien desde el lado de lo que es pequeño, la semilla (éste sería el punto de vista del Jesús histórico, y en este caso se derivaría una invitación a la confianza, al valor y a la esperanza), o bien desde el lado de lo que es grande, el árbol (y éste sería el punto de vista del evangelista, que cuenta la parábola actualizándola para sus destinatarios, o sea, para una comunidad de fieles que ya está un tanto extendida).

       Sin embargo, tal vez nos quede aún algo por descubrir. En efecto, Lucas, en su relato, no insiste propiamente en el contraste entre la semilla pequeña y la planta grande -como parecen hacer Marco y Mateo-, sino más bien en la idea del crecimiento. Éste demuestra para Lucas la realización de una profecía, y esta afirmación de Jesús, en la pluma del evangelista, se convierte en el anuncio de un cumplimiento mesiánico. En perspectiva podría corresponder a la expansión del Evangelio entre los paganos y esto constituiría un maravilloso puente lanzado por Lucas entre las dos partes de su obra (el tercer evangelio y los Hechos de los apóstoles). En efecto, con el don del Espíritu Santo y con el don de la predicación apostólica, la Palabra de Dios se difundirá por el mundo y se propagará entre los hombres la única fe en el Señor Jesús.

       Es de utilidad subrayar que a través de la parábola, como a través de un espejo, es posible entrever el paso de la situación del ministerio público de Jesús, marcado por unos comienzos sencillos y pobres, a la situación de la Iglesia primitiva, en la cual, con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, la pequeña semilla lanzada por Jesús ha empezado a crecer extendiéndose por el mundo y arraigando en el corazón de los hombres.

 

MEDITATIO

       También entre las dos lecturas de la liturgia de la Palabra de hoy parece que podemos entrever una no débil analogía. En efecto, por una parte, Pablo abre la vida cristiana a la perspectiva de un futuro que será la plena manifestación del don de Dios: a esto nos sentimos llamados y orientados por el don de la esperanza que nos sostiene a lo largo del camino, aunque esta perspectiva no elimina el dolor de la peregrinación terrena. Por otra parte, con las parábolas del grano de mostaza y de la levadura, Jesús nos deja entrever que el Reino de Dios anunciado e inaugurado por él tendrá un crecimiento y unos desarrollos inauditos, humanamente imprevisibles, pero, a buen seguro, realizables.

       Nos parece entrever una gran lección de vida en este horizonte, un horizonte abierto a todo creyente por la fe en Cristo. Es la lección que se desprende de esa pequeña aunque selecta semilla que es la esperanza, «la más pequeña pero la más preciosa de todas las virtudes», que diría Charles Péguy. La segunda virtud teologal, que está estrechamente emparentada con la fe y es preludio de la caridad, es capaz, en efecto, de lanzar puentes invisibles, pero reales, entre este presente histórico y el futuro escatológico, entre la experiencia que consumamos «en este valle de lágrimas» y el don que nos está asegurado en la patria celestial, entre las luchas que debemos sostener aquí abajo y la «corona de gloria» que nos espera allá arriba.

       Desde esta perspectiva, debemos reflexionar también sobre el significado exacto de la expresión «Reino de Dios», con la que son introducidas las dos parábolas evangélicas. Ese Reino ha sido inaugurado por la presencia, por la palabra y por las acciones de Jesús, pero se realizará plenamente cuando el mismo Hijo entregue todo y a todos a Dios, su Padre. Por consiguiente, la indicada con la expresión «Reino de Dios» es una realidad escatológica. Sólo Jesús puede decir que es un anticipo auténtico y una realización personal de la misma. Todo lo demás es sólo indicio y figura. Lo dice también con claridad el Concilio Vaticano II cuando afirma, en la constitución dogmática sobre la Iglesia, que «la Iglesia es germen e inicio del Reino de Dios» {Lumen gentium 5).

 

ORATIO

       Oh Señor, sembrar -y esto es algo que nos enseña la experiencia- requiere atención para que el terreno sea fértil, vigilancia para que las malas hierbas no ahoguen la semilla, paciencia porque el desenlace no es seguro hasta la cosecha. Hacer fermentar la masa también es un trabajo comprometedor, pleno de delicadeza y de cuidados para que, por medio del calor propicio y el tiempo necesario, aumente el volumen de la masa y no quede sin fermentar. Lo mismo supone trabajar por ti y por las almas.

       Ahora bien, tu mandato, oh Señor, es mucho más radical: es preciso que nos convirtamos en semilla y en levadura. Y esto es algo que me hace temblar, porque debo hacer la parte que me corresponde, pero requiere, sobre todo, entrega total, transformación profunda y muerte para dar comienzo a nuevas vidas.

       Oh Señor, dame coraje para no desertar, dame fuerza para perseverar, dame celo para hacer florecer tu amor en esa parte del mundo en la que no ha fermentado la levadura. Señor, dame esperanza para entrever tu gloria junto con mis hermanos y hermanas.

 

CONTEMPLATIO

       Yo tengo plena conciencia de que es a ti, Dios Padre omnipotente, a quien debo ofrecer la obra principal de mi vida, de suerte que todas mis palabras y pensamientos hablen de ti.

       Y el mayor premio que puede reportarme esta facultad de hablar que tú me has concedido es el de servirte predicándote a ti y demostrando al mundo, que lo ignora, o a los herejes, que lo niegan, lo que tú eres en realidad: Padre; Padre, a saber, del Dios unigénito.

       Y aunque es ésta mi única intención, es necesario para ello invocar el auxilio de tu misericordia, para que hinches con el soplo de tu Espíritu las velas de nuestra fe y nuestra confesión, extendidas para ir hacia ti, y nos impulses así en el camino de la predicación que hemos emprendido. Porque merece toda confianza aquel que nos ha prometido: «Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá».

       Somos pobres, y por eso pedimos que remedies nuestra indigencia; nosotros ponemos nuestro esfuerzo tenaz en penetrar las palabras de tus profetas y apóstoles y llamamos con insistencia para que se nos abran las puertas de la comprensión de tus misterios, pero el darnos lo que pedimos, el hacerte encontradizo cuando te buscamos y el abrir cuando llamamos, eso depende de ti.

       Cuando se trata de comprender las cosas que se refieren a ti, nos vemos frenados por la pereza y la torpeza inherentes a nuestra naturaleza y nos sentimos limitados por nuestra inevitable ignorancia y debilidad, pero el estudio de tus enseñanzas nos dispone para captar el sentido de las cosas divinas, y la sumisión de nuestra fe nos hace superar nuestras culpas naturales.

       Confiamos, pues, que tú harás progresar nuestro tímido esfuerzo inicial y que, a medida que vayamos progresando, lo afianzarás y que nos llamarás a compartir el espíritu de los profetas y apóstoles; de este modo, entenderemos sus palabras en el mismo sentido en el que ellos las pronunciaron y penetraremos en el verdadero significado de su mensaje.

       Nos disponemos a hablar de lo que ellos anunciaron de un modo velado: que tú, el Dios eterno, eres el Padre del Dios eterno unigénito, que tú eres el único no engendrado y que el Señor Jesucristo es el único engendrado por ti desde toda la eternidad, sin negar, por esto, la unicidad divina ni dejar de proclamar que el Hijo ha sido engendrado por ti, que eres un solo Dios, confesando, al mismo tiempo, que el que ha nacido de ti, Padre, Dios verdadero, es también Dios verdadero como tú.

       Otórganos, pues, un modo de expresión adecuado y digno, ilumina nuestra inteligencia, haz que no nos apartemos de la verdad de la fe; haz también que nuestras palabras sean expresión de nuestra fe, es decir, que nosotros, que por los profetas y apóstoles te conocemos a ti, Dios Padre, y al único Señor Jesucristo, y que argumentamos ahora contra los herejes que esto niegan, podamos también celebrarte a ti como Dios en el que no hay unicidad de persona y confesar a tu Hijo, en todo igual a ti (Hilario de Poitiers, De Trinitate I, 37ss, en PL 10,48ss).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará» (Rom 8,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       La condición humana es siempre una condición situada en un espacio: en un espacio y en un tiempo, en un límite más allá del cual se advierte la ausencia y lo desconocido. La tensión que mueve o que «espera» el futuro está, por tanto, al menos en cierto sentido, fuera de su alcance. «Lo que es esperado, en sentido estricto, está sustraído al poder de aquel que espera. Nadie dice que espera lo que él mismo puede hacer o provocar».                          Precisamente a este respecto, santo Tomás decía que el objeto de la esperanza es siempre algo «arduo».

       Por otra parte, no se puede decir que el objeto de la esperanza esté infundado del todo; en tal caso, deberíamos hablar de mera ilusión y, en última instancia, de desesperación. «La esperanza -decía Descartes- es una disposición del alma que la persuade de que vendrá lo que desea.» ¿En qué se basa esta persuasión? ¿En la simple probabilidad del objeto o en la magnanimidad de aquel que nos lo puede dar? Ahora bien, en ese caso, deberemos hablar más propiamente de deseo y de carencia: el deseo, como nos hace ver su derivación de sidus, es un «esperar desde las estrellas» y, al mismo tiempo, «una pérdida de la constelación que nos guiaba por el mar», un «dejar de ver», un «sentir y echar de menos la carencia» y un no ser capaz de «orientarse». La esperanza, en cambio, está sostenida  en el fondo por la confianza: puede esperar también lo que parece, que tal vez es imposible, pero, mientras espera, apunta a una determinada certeza, a una confianza que ya es comunión con lo que ha de venir.

       Esperando -como ha señalado G. Marcel- contribuyo a «preparar», dispongo el camino a lo que ha de venir y, en cierto modo, participo ya de ello. «No es que, hablando con propiedad, atribuya yo una eficacia causal al hecho de esperar o desesperar. La verdad es más bien que, al esperar, tengo conciencia de reforzar, y desesperando o simplemente dudando tengo conciencia de soltar, de aflojar, cierto vínculo que me une a lo que está en causa» (V. Melchiorre, Sulla speranza, Brescia 2000, pp. 15-17).

 

 

Miércoles de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,26-30

Hermanos:

26 Asimismo, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables.

27 Por su parte, Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu que intercede por los creyentes según su voluntad.

28 Sabemos, además, que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus designios.

29 Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos.

30 Y a los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó, los puso en camino de salvación; y a quienes puso en camino de salvación, les comunicó su gloria.

 

       **• Sin oración, la vida cristiana no es digna de este nombre, sino que se disuelve en una serie de experiencias que desgarran el corazón y crean confusión en la mente. San Pablo se encarga en esta página no sólo de recomendarnos el compromiso de la oración, que sigue al don que hemos recibido, sino de consolidar antes aún en nosotros la convicción de que la oración no es cualquier cosa para un cristiano, y mucho menos un compromiso que debamos atender, sino que es, sobre todo, la respiración de la vida nueva, la manifestación de una espiritualidad que invade toda la vida; es el acto de sumo abandono y de suma confianza en aquel que esnuestro Padre.

       Todo esto lo expresa san Pablo de diferentes maneras: en primer lugar, diciendo que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza» (v. 26). Es como decir que, por nosotros mismos, no podemos ni tomar la iniciativa de la oración ni llenarla de peticiones dignas de Dios. Frente a esta incapacidad nuestra, he aquí que interviene el mismo Espíritu de Dios, que «intercede» por nosotros y gime con nosotros. Por eso, la oración del cristiano es una acción exquisitamente «espiritual»: porque nace del Espíritu, está sostenida por el Espíritu y animada por el Espíritu.

       El apóstol Pablo afirma aún que «Dios, que examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu que intercede por los creyentes según su voluntad» (v. 27). Por consiguiente, tenemos dos intercesores ante Dios: Jesús, el único mediador, y el Espíritu, el otro consolador. En consecuencia, el que ora no lo hace nunca solo, aunque se encuentre en la más absoluta soledad. La compañía que nos procuran Jesús y el Espíritu Santo otorga a nuestra oración una eficacia absolutamente especial, una orientación segura y una intensidad maravillosa.

       Al orar, el cristiano se hace consciente no sólo de los dones que ha recibido, sino también de los que recibirá. De ahí que san Pablo concluya esta página de su Carta a los Romanos trazando el camino de toda vida cristiana: desde la predestinación a la llamada, desde la llamada a la justificación, desde la justificación a la glorificación.

 

Evangelio: Lucas 13,22-30

En aquel tiempo,

22 mientras iba de camino hacia Jerusalén, Jesús enseñaba en los pueblos y aldeas por los que pasaba.

23 Uno le preguntó: -Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús le respondió:

24 -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

25 Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, vosotros os quedaréis fuera y, aunque empecéis a aporrear la puerta gritando: «¡Señor, ábrenos!», os responderá: «¡No sé de dónde sois!».

26 Entonces os pondréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas».

27 Pero él os dirá: «¡No sé de dónde sois! ¡Apartaos de mí, malvados!».

28 Entonces lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera.

29 Pues vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a sentarse a la mesa en el Reino de Dios.

30 Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

 

       **• Otro personaje anónimo se cruza en el camino de Jesús mientras se dirige hacia Jerusalén. Le plantea una pregunta a primera vista ociosa que, sin embargo, hará de hilo conductor en los episodios evangélicos narrados en esta sección de Lucas: «¿Quién acoge el anuncio del Reino de Dios? ¿Quién se abre verdaderamente a su novedad? ¿Quién está dispuesto a conjugar su vida con la propuesta de salvación que trae Jesús a la humanidad?

       La respuesta, en apretada síntesis, suena así: «Sucederá lo contrario de lo que pensáis: muchos de los que creéis que serán los primeros serán los últimos». El discurso de Jesús comienza con una afirmación clara y distinta: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha» (v. 24). Como podemos ver, no ofrece una respuesta directa a la pregunta que le han planteado, sino que invita a una asunción plena de responsabilidades, al compromiso total, a la lucha abierta (icf. Asimismo Lc 16,16). De una manera casi insensible, el discurso pasa del género literario exhortativo-parenético al género literario parabólico. En consecuencia, se nos invita, como siempre, a interpretar la parábola para comprender plenamente el sentido de la exhortación.

       Es fácil percibir el hecho de que Jesús se refiere aquí a los judíos de su tiempo: nótese en particular el cambio de sujeto: «vosotros os quedaréis fuera y, aunque empecéis a aporrear la puerta...» (w. 25ss). Para Mt 7,22, los que están fuera son los malos cristianos; para Lucas, sin embargo, son los judíos del tiempo de Jesús, que han desatendido su invitación a la conversión y opusieron una clara negativa a su propuesta de salvación. En esta parábola de Jesús podemos ver también una profecía, extremadamente importante para una interpretación teológica de la historia, relacionada no sólo con la exclusión de los judíos -parcial, temporal y providencial del Reino, sino también con la conversión de los paganos. De este modo, encuentran un decidido mentís y se da la vuelta a todas las opiniones que corrían entre los judíos del tiempo de Jesús.

 

MEDITATIO

       La oración es un don del Espíritu Santo que ora en nosotros siempre, que ora en todo el cosmos. De esta realidad sólo puede convencerse quien, liberándose del embarazoso fardo de los razonamientos complicados, se abandona a la aventura del Espíritu, acepta rebasar los confines de lo sensible, de lo que se puede experimentar, y entra en la tierra de lo inexpresable y de lo inaprensible.

Se trata de una realidad que sólo puede ser comprendida, incluso vivida, por los pobres de espíritu. Lo indispensable para orar es, por tanto, tener un alma de pobre. Así pues, si con excesiva frecuencia nos encontramos en dificultades con la oración, es probable que la causa se encuentre en la inconsistencia de la fe, en la superficialidad de nuestra vida, en nuestra desmemoria crónica: no somos conscientes de que hemos sido hechos capaces -como hijos de Dios- de orar en el Espíritu del Hijo unigénito. El cristiano recibe, en efecto, del Espíritu la capacidad de expresarse a sí mismo. Entonces la oración se le vuelve algo connatural y no tiene miedo de que su voz vaya a chocar contra una barrera de silencio, puesto que no duda del amor del Padre, ni siquiera cuando le parece callar. El silencio de Dios es también, en efecto, una respuesta. Cuando nosotros deseemos y pidamos cosas equivocadas, el Padre nos escuchará dándonos no lo que pedimos, sino lo que es verdaderamente un bien para nosotros.

       Los rasgos particulares del hombre que vive según el Espíritu son la humildad y la oración incesante, la fuerza y la dulzura de la caridad, la paz y la alegría; con todo, esta fisonomía no se adquiere de una vez para siempre: está en continuo perfeccionamiento. El grito de la oración -cargado con toda la angustia y la esperanza humana- es la más alta profesión de fe en aquellos en quienes no está contristado el Espíritu. Y el hombre de hoy tiene más necesidad que nunca de que haya alguien a quien pueda llamar «Padre», para darse cuenta de que no es simplemente el resultado de un largo proceso biológico, sino el fruto del amor de un Dios que le ha amado y querido personalmente desde siempre y para siempre.

 

ORATIO

       Oh Señor, les has invitado a seguirte por el camino de la cruz, pero temieron por sus hombros de cristal. Les exhortaste a convertirse según el radicalismo evangélico, pero la promesa estaba desproporcionada respecto a la renuncia. Les señalaste un sendero estrecho y difícil, pero les sedujo la autopista amplia y cómoda. Y ahora llaman tus ovejas, pero tu puerta permanece cerrada.

       Oh Señor, he visto venir a miserables desde todas partes de tu Reino: sucios, harapientos, gente cargada con pesados fardos; he visto a gente de toda edad, lengua y color con fardos de hambre, duras injusticias, persecuciones y guerras. Tus «bienaventurados» han llamado y tu puerta se ha entornado.

       Oh Señor, son muchos los que todavía se están acercando: llevan banderas diferentes, profesan religiones nunca oídas, se consideran paganos, indiferentes, no creyentes, y los lleva arrastrados la corriente tortuosa del mundo. Sedientos de verdad, buscadores de sentido, llaman a la puerta y tu puerta se abre.

       Oh Señor, no se salvan los que se consideran elegidos, sino aquellos que te buscan con corazón sincero y hacen tu voluntad.

 

CONTEMPLATIO

       El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con él, y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

       Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota si le dedicamos mucho tiempo.

       La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos, apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

       Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el apóstol: «Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables».

       El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

       Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, para preparar a Dios una casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma (Juan Crisóstomo, Homilía sexta, sobre la oración, en PG 64, cois. 461-465).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Asimismo, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza» (Rom 8,26).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Los escritos evangélicos nos dicen que Cristo oró como oraba un judío creyente y fiel a la ley. Desde la infancia, con sus padres, y más tarde, con sus discípulos, acostumbraba ir en peregrinación a Jerusalén en los tiempos prescritos, para participar en las grandes solemnidades que se celebraban en el templo. Es seguro que cantó con fervor, ¡unto con los suyos, himnos de júbilo en los que empezaba a manifestarse la alegría de los peregrinos: «Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor» (Sal 121,1). Recitó las antiguas plegarias de bendición sobre el pan, el vino y los frutos de la tierra, como todavía hacemos hoy. Esto lo sabemos por el relato de su última cena con los discípulos, una ceremonia destinada precisamente a cumplir uno de los deberes religiosos más santos: la solemnidad de la cena de pascua, memorial de la liberación de la esclavitud en Egipto. Y tal vez esta última reunión de Jesús con los suyos es precisamente la que nos proporciona la visión más profunda de la oración de Cristo y la que constituye la clave que nos introduce en la oración de la Iglesia.

       La bendición y la distribución del pan y del vino formaban parte del rito de la cena pascual. Pero ahora tanto una como otra asumen un sentido completamente nuevo. Aquí tuvo su comienzo la vida de la Iglesia. Esta aparecerá, ciertamente, como comunidad espiritual y visible sólo en pentecostés. Sin embargo, aquí, en la cena de pascua, se lleva a cabo el injerto del sarmiento en la vid que hará posible la efusión del Espíritu. Las antiguas oraciones de bendición se vuelven, en los labios de Cristo, palabras creadoras de vida (E. Stein, Das Gebet der Kirche, Colonia 1965, pp. 7-9).

 

 

Jueves de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 8,31b-39

Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

32 El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?

33 ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva?

34 ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto; más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?

36 Ya lo dice la Escritura: Por tu causa estamos expuestos a la muerte cada día: nos consideran como ovejas destinadas al matadero.

37 Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas.

38 Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente,  ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase,

39 ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

       *+• La última parte del capítulo 8 de la carta de Pablo a los cristianos de Roma puede ser considerada como un himno al amor de Dios que se ha manifestado plenamente en Cristo Jesús. Es seguro que Pablo no hubiera podido componerlo si no hubiera tenido una experiencia personal y singular de este amor: esa experiencia fue exactamente la de Damasco, de la que Dios salió vencedor y Pablo vencido. Como es obvio, se trata de una victoria que ennoblece al mismo tiempo al vencedor y al vencido.

       El misterio pascual constituye, una vez más, el punto de partida de esta página paulina: «El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros...» (v. 32). La expresión nos recuerda claramente el sacrificio de Isaac narrado en Gn 22,1-22 y saca a la luz del día el misterio que Pablo recuerda aquí por enésima vez. Los frutos de esta victoria de Dios sobre Pablo también se hacen sentir, obviamente, en nuestra vida.

       En efecto, en un determinado momento, Pablo afirma: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (y. 35), y a partir de aquí usará la primera persona del plural. De ahí que los frutos del amor de Dios para nosotros sean la plena justificación ante Dios y por parte de Dios; la plena comunión con Dios en Cristo Jesús; la plena superación de todo lo que de cualquier modo pudiera o quisiera separarnos de Dios y de Cristo; la plena confianza en poder continuar y llevar a término nuestro caminar en la fe, la esperanza y la caridad; la plena certeza de que la victoria de Dios ha comenzado ya en nuestra vida y se irá perfeccionando a medida que camine hasta su término final.

       En un arranque espiritual y poético, Pablo escribe: «Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas» (v. 37). Vencer holgadamente: ésta es la experiencia del cristiano cuando se confía plenamente al amor de Dios, que se nos ha manifestado y comunicado en Cristo.

 

Evangelio: Lucas 13,31-35

Aquel día,

31 se acercaron unos fariseos y le dijeron: -Sal, márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.

32 Jesús les dijo: -Id a decir a ese zorro: Sábete que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y que al tercer día acabaré.

33 Por lo demás, hoy, mañana y pasado tengo que continuar mi viaje, porque es impensable que un profeta pueda morir fuera de Jerusalén.

34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas y no habéis querido.

35 Pues bien, vuestra casa se os quedará desierta. Y os digo que ya no me veréis hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.

 

       **• Sabemos (cf. Lc 9,5 lss) que Jesús va de camino hacia Jerusalén: ante él se perfila ahora con claridad la meta del Calvario como lugar en el que podrá ofrecerse a sí mismo a Dios en sacrificio de amor por toda la humanidad. Nada puede apresurar o retrasar «la hora» en la que Jesús consumará su misión: ni Herodes, ni Pedro, ni otros. Lo que Jesús tiene que hacer pretende llevarlo a cabo con plena determinación y total libertad.

       Jesús manda decir a «ese zorro» de Herodes, aunque sea con términos velados, que todo lo que él hace lo lleva a cabo desde la perspectiva pascual. Como todo auténtico profeta, Jesús no puede morir fuera de Jerusalén, por lo que debe subir a ella por fidelidad a su misión y por amor a nosotros.

       Viene, a continuación, un doloroso lamento de Jesús sobre Jerusalén (w. 34ss), un lamento-profecía abierto también a las perspectivas de un futuro inmediato. Jesús quisiera hacer de Jerusalén un signo de reconciliación, paz y unidad, pero ella realiza gestos de violencia y división. La profecía de Jesús tiene dos momentos: uno negativo, en el cual, como ya hiciera el profeta Jeremías (Jr 12,7), predice la ruina de Jerusalén y de sus habitantes, a pesar de amarlos intensamente, y otro positivo (cf. Sal 118,26), que parece aludir a la conversión de Israel en referencia al fin de los tiempos.

 

MEDITATIO

       ¡Qué alegría saber que Dios está a nuestro favor! Se ha puesto a nuestro favor de una manera tan decidida que nos ha dado a su Hijo único; por eso, con san Pablo, podemos cantar un himno vigoroso a este amor del que nada podrá separarnos jamás. El apóstol enumera una lista de fuerzas hostiles a nuestra unión con Cristo, para afirmar que no son capaces de alejarnos de él.

       Ahora bien, ¿es verdad que no hay ninguna situación que nos impida la unión con Cristo? En realidad, es preciso admitir que no lo conseguirán nunca las cosas exteriores, pero sí hay alguien que nos puede alejar de Jesús: nosotros mismos. Dios, en Cristo, ha optado por estar siempre con nosotros, pero nosotros somos libres y, con frecuencia, no queremos estar con él. El evangelio nos habla de gente que dice a Jesús: «Vete». Jerusalén no acogió a su Salvador.

       El rechazo puede asumir en nosotros muchas formas y grados diferentes, porque se trata de responder con amor al amor que se nos ofrece, y nosotros vacilamos a menudo entre el sí y el no, calculamos en vez de acoger gratuitamente el don y gozar de él. Tal vez estemos tan habituados a nuestras tristezas, a nuestras pequeñas medidas, que nos da miedo la gran alegría de Dios. En vez de dejarnos inundar por la luz del amor ponemos una pantalla que intenta reducirlo a nuestro alcance. Meditemos a fondo sobre este hermoso texto, repitámonos que Dios está a nuestro favor, que somos «más que vencedores, en virtud de aquel que nos ha amado», y que nada nos podrá separar del amor de Cristo. Así también cambiará nuestro rostro: mirándole nos volveremos radiantes y también llegará la luz a nuestros hermanos, les llegará el amor.

 

ORATIO

       Señor Jesús, ni Pedro ni Herodes consiguieron disuadirte de cumplir tu misión según la voluntad del Padre: haz que tampoco yo me deje hipnotizar nunca por los muchos títulos y por el tentador.

       Señor Jesús, tú dijiste siempre sí y sin demora cada vez que el Padre te lo pedía: haz que yo también sea capaz de vivir el presente con empeño y responsabilidad, porque «nada es seguro mañana».

       Señor Jesús, viviste intensamente el espacio temporal de tus treinta y tres años: haz que también yo valore bien el tiempo que, de manera inexorable, huye llevándose consigo estaciones y años.

       Oh Señor, lo hiciste todo extraordinariamente bien: encuentros, diálogos y curaciones: haz que también yo sepa rechazar una vida cotidiana monótona y trivial, para no malgastar mi vida con sueños que no duran más de un día.

       Señor Jesús, tú lanzaste un grito acongojado sobre Jerusalén, reacia a tus invitaciones y a tus amenazas: haz que también yo responda seriamente a tu llamada dando sabor de eternidad a mi vida.

 

CONTEMPLATIO

       Job, en cuanto nos es dado a entender, hermanos muy amados, era figura de Cristo. Tratemos de penetraren la verdad mediante la comparación entre ambos. Job fue declarado justo por Dios. Cristo es la misma justicia, de cuya fuente beben todos los bienaventurados; de él, en efecto, se ha dicho: Los iluminará un sol de justicia Job fue llamado veraz. Pero la única verdad auténtica es el Señor, que dice en el evangelio: Yo soy el camino y la verdad.

       Job era rico. Pero ¿quién hay más rico que el Señor? Todos los ricos son siervos suyos, a él pertenece todo el orbe y toda la naturaleza, como afirma el salmo: Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. El diablo tentó tres veces a Job. De manera semejante, como nos explican los evangelios, intentó por tres veces tentar al Señor. Job perdió sus bienes. También el Señor, por amor a nosotros, se privó de sus bienes celestiales y se hizo pobre, para enriquecernos a nosotros. El diablo, enfurecido, mató a los hijos de Job. Con parecido furor, el pueblo farisaico mató a los profetas, hijos del Señor. Job se vio manchado por la lepra. También el Señor, al asumir carne humana, se vio manchado por la sordidez de los pecados de todo el género humano.

       La mujer de Job quería inducirle al pecado. También la sinagoga quería inducir al Señor a seguir las tradiciones corrompidas de los ancianos. Job fue insultado por sus amigos. También el Señor fue insultado por sus sacerdotes, que debían darle culto. Job estaba sentado en un estercolero lleno de gusanos. También el Señor habitó en un verdadero estercolero, esto es, en el cieno de este mundo y en medio de hombres agitados como gusanos por multitud de crímenes y pasiones.

       Job recobró la salud y la fortuna. También el Señor, al resucitar, otorgó a los que creen en él no sólo la salud, sino la inmortalidad, y recobró el dominio de toda la naturaleza, como él mismo atestigua cuando dice: Todo me lo ha entregado mi Padre. Job engendró nuevos hijos en sustitución de los anteriores. También el Señor engendró a los santos apóstoles como hijos suyos, después de los profetas. Job, lleno de felicidad, descansó por fin en paz. Y el Señor permanece bendito para siempre, antes del tiempo y en el tiempo, y por los siglos de los siglos (Zenón de Verona, Libro II, tratado 15, en PL 11, cois. 441-443).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas» (Rom 8,37).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Todos los santos padres nos dicen a una: «Lo primero que tienes que meterte en la cabeza, de una manera absoluta, es que no debes apoyarte nunca en ti mismo. El combate al que debes hacer frente es extraordinariamente arduo, y tus solas fuerzas humanas son absolutamente insuficientes para desarrollarlo. Si te fías de ti mismo, caerás inmediatamente en tierra y perderás todo deseo de continuar la lucha. Sólo Dios puede darte la victoria que deseas».

       Resolverse así a no poner ninguna confianza en nosotros mismos representa para muchos un serio obstáculo que les impide empezar de una vez por todas. Debemos despojarnos, por consiguiente, de esta confianza exagerada que tenemos en nosotros mismos. Esta confianza está con frecuencia tan arraigada en nosotros que ni siquiera nos damos ya cuenta del imperio que ejerce sobre nuestro corazón. Es precisamente nuestro egoísmo, nuestra preocupación por nosotros mismos, nuestro amor propio, la causa cíe todas nuestras dificultades, de nuestra falta de libertad interior en las pruebas, de nuestras contrariedades, de nuestros tormentos del alma y del cuerpo. Lanza una mirada sobre ti mismo y verás hasta qué punto estás engatusado por el deseo de complacer a tu «yo» y sólo a él. El sentimiento de disgusto que experimentas cuando alguien te contradice te permite constatarlo fácilmente. Vivimos así como esclavos. Ahora bien, «donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad».

       A partir de ahora debes pensar que todo lo que te pasa, sea o no importante, te lo envía Dios para ayudarte en la lucha. Sólo él sabe lo que necesitas y lo que te es menester en el momento presente: adversidad o prosperidad, tentación o caída. Nada sucede por casualidad; no hay ningún acontecimiento del que no tengas que aprender algo. Debes comprender bien esto desde ahora, porque de este modo crecerá tu confianza en el Señor, a quien has elegido seguir (T. Colliander, // cammino dell'asceta, Brescia 1987, pp. 8-14, passim [edición española: El sendero de los ascetas, Monte Carmelo, Burgos 2000]).

 

 

Viernes de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 9,1-5

Hermanos:

1 Digo la verdad como cristiano, y mi conciencia, guiada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento

2 al afirmar que me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón.

3 Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza.

4 Son descendientes de Israel. Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas.

5 Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre. Amén.

 

       *»- Los capítulos 9-11 de la Carta a los Romanos tratan de un solo tema: el drama de Israel en la historia de la salvación. Algunos los consideran como un paréntesis entre la parte dogmática de la carta (capítulos 1-8) y la parte parenético-exhortativa (capítulos 12-16), pero tal vez sería más exacto considerar estos capítulos como una variación sobre el tema de Israel, que ya fue recordado al comienzo de la carta. Señalemos, en primer lugar, el tono de este comienzo: Pablo se expresa en términos personales y autobiográficos: «Me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón» (9,2). Ésta, aunque no es la única, sí es, ciertamente, una importante clave de lectura de estos tres capítulos.

       ¿Por qué se expresa Pablo así? La respuesta la encontramos en otra página de su epistolario: «Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo. Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados, fariseo en cuanto al modo de entender la ley, ardiente perseguidor de la Iglesia e irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la ley» (Flp 3,4-6).

       Pablo no puede olvidar sus orígenes, su pertenencia al pueblo elegido, su tradición judía. Ese sentido de pertenencia le lleva a expresar un deseo paradójico, muy iluminador para comprender la personalidad y la espiritualidad de Pablo: «Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza» (Rom 9,3). Como es sabido, el término erem implica, en el Antiguo Testamento, la destrucción total de los enemigos de Dios y de sus bienes (cf Dt 7,26), mientras que el término anáthema, en el Nuevo Testamento, implica la idea de maldición. No es posible pensar algo más grave, y eso demuestra el amor que alimenta Pablo por el pueblo judío.

       De este pueblo realiza el mayor elogio al recordar, uno tras otro, todos los privilegios que los israelitas recibieron de su Dios hasta el último, el más importante aunque también el más escandaloso: que «de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo» (Rom 9,5). El mismo amor que une a Pablo con su pueblo le une a partir de ahora, de una manera definitiva e inseparable, a Jesucristo, su Señor.

 

Evangelio: Lucas 14,1-6

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos estaban al acecho.

2 Había allí, frente a él, un hombre enfermo de hidropesía.

3 Jesús preguntó a los maestros de la Ley y a los fariseos: -¿Se puede curar en sábado o no?

4 Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió.

5 Después les dijo: -¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado?

6 Y a esto no pudieron replicar.

 

       **• Lucas inserta, en el marco de un banquete, el relato de un milagro realizado por Jesús y explicita la circunstancia cronológica del sábado. A continuación, refiere algunas enseñanzas de Jesús relativas a la elección de los primeros puestos. Éstas son las dos páginas evangélicas que nos propone la liturgia de la Palabra para hoy y para mañana.

       Es la sexta vez, según el testimonio de Lucas, que Jesús acepta una invitación a comer, y eso revela un rasgo simpático de Jesús, siempre atento a los otros y deseoso de la compañía de los demás. Es un modo con el que el evangelista pretende subrayar la humanidad de Jesús, captada en una de sus expresiones más delicadas.

       Esta vez, es Jesús quien provoca a los maestros de la Ley y a los fariseos sobre la licitud o no de curar en sábado. Al querer proceder a la curación de un hidrópico, Jesús desea despejar el campo de toda objeción previa. Jesús hace frente a sus adversarios y los derrota: no en el análisis de los artículos de la ley, sobre cuya base hubieran podido responder con un «no» seco, sino en el campo de la observancia práctica de la ley, entendida sobre todo en su espíritu originario. Y a este respecto sus adversarios, sin saber qué responder, permanecen mudos {cf. v. 4a).

       Un silencio, a buen seguro, embarazoso, pero tal vez también indicio de un deseo de revancha: por eso lo repite Lucas dos veces. Pero Jesús supera también con elegancia esta situación y lanza un segundo ataque, provocándoles así: «¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado?» (v. 5). De este modo, Jesús, redimensionando el valor del sábado como sábado, ratifica su invitación- mandato a la caridad y a la benevolencia con el prójimo. Derriba así las superestructuras que amenazan la libertad del hombre e invita a todos y cada uno de ellos a encontrar la verdadera libertad en la caridad.

 

MEDITATIO

       La primera lectura de esta liturgia de la Palabra, precisamente por el tema que toca, posee un carácter de extrema actualidad. En efecto, todos nos sentimos fuertemente provocados a considerar las relaciones entre el cristianismo y el judaísmo de un modo tal vez más apremiante que antes. No es, no debe ser, una moda, sino la respuesta a una exigencia profunda, arraigada en nuestro credo y en la historia de la salvación. No se trata tampoco de un tema que debamos considerar de una manera abstracta y académica, sino de una relación vital que interesa a nuestros personas y a nuestras comunidades.

       Israel sigue siendo, hoy como siempre, la «raíz santa» (Rom 11,16), puesta por Dios de una vez para siempre para llevar a cabo su proyecto de salvación en favor de toda la humanidad. En esta raíz, que también ha conocido un momento de crisis e infidelidad, Dios pretende injertar cualquier otra rama, con el fin de favorecer una mayor abundancia de frutos. Estos frutos son, naturalmente, los dones salvíficos que el mismo Dios, por medio de Cristo Jesús, quiere asegurar a todos.

       En este marco, el estudio, la oración y la pasión de quien cultiva el deseo de una unidad que envuelva no sólo a los cristianos, sino también a Israel, no son más que la respuesta inteligente y activa de cuantos se sienten llamados a vivir la fe cristiana en la escuela del apóstol Pablo. Es él, en efecto, quien remueve nuestras perezas, quien provoca nuestras decisiones, quien orienta nuestro camino hacia esa unidad que está profundamente inscrita en el designio salvífico de Dios y que se llevará a cabo a través de nuestra débil, pero sincera, colaboración.

 

ORATIO

       Señor Jesús, haz que el dolor de Pablo sea también el nuestro. Tú, que puedes presumir de una descendencia directa de David, enséñanos a reconocer, con alegría y gratitud, que en las raíces del cristianismo se encuentra la tradición judía. Ayúdanos a disipar las nubes que todavía nos separan de nuestros hermanos mayores para que en ti podamos encontrarnos en el único redil.

       Espíritu Santo, haz que nuestros orígenes comunes venzan toda división. Tú, que eres el Amor y como verdadero amante sabes dar y perdonar, enséñanos a ver en los hermanos cristianos todavía separados a nuestro prójimo más próximo. Haz que sepamos reconocernos como don recíproco y que consigamos aliviar y curar las heridas que nos hemos infligido a lo largo de la historia.

       Padre, haz que todos seamos uno. Tú, que eres el creador de todos, ayúdanos a destruir los prejuicios que nos aprisionan y no nos permiten abrirnos a las otras religiones. Haz que todos seamos capaces de escuchar los mensajes de salvación, de fraternidad y de paz que llegan a nosotros desde todas las partes del mundo.

 

CONTEMPLATIO

       No prestamos nuestra adhesión a discursos vacíos ni nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón, como tampoco por el encanto de discursos elocuentes, sino que nuestra fe se apoya en las palabras pronunciadas por el poder divino. Dios se las ha ordenado a su Palabra, y la Palabra las ha pronunciado, tratando con ellas de apartar al hombre de la desobediencia, no dominándolo como a un esclavo mediante la violencia que coacciona, sino apelando a su libertad y plena decisión.

       Fue el Padre quien envió la Palabra, al fin de los tiempos. Quiso que no siguiera hablando por medio de un profeta, ni que se hiciera adivinar mediante anuncios velados, sino que le dijo que se manifestara a rostro descubierto, para que el mundo, al verla, pudiera salvarse.

       Sabemos que esta Palabra tomó un cuerpo de la Virgen y que asumió al hombre viejo, transformándolo. Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?

       Para que nadie pensara que era distinto de nosotros, se sometió a la fatiga, quiso tener hambre y no se negó a pasar sed, tuvo necesidad de descanso y no rechazó el sufrimiento, obedeció hasta la muerte y manifestó su resurrección, ofreciendo en todo esto su humanidad como primicia, para que tú no te descorazones en medio de tus sufrimientos, sino que, aun reconociéndote hombre, aguardes a tu vez lo mismo que Dios dispuso para él.

       Cuando contemples al verdadero Dios, poseerás un cuerpo inmortal e incorruptible, junto con el alma, y obtendrás el Reino de los Cielos, porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial; serás íntimo de Dios, coheredero de Cristo, y ya no serás más esclavo de los deseos, de los sufrimientos y de las enfermedades, porque habrás llegado a ser dios.

       Porque todos los sufrimientos que has soportado, por ser hombre, te los ha dado Dios precisamente porque lo eras, pero Dios ha prometido también otorgarte todos sus atributos, una vez que hayas sido divinizado y te hayas vuelto inmortal. Es decir, conócete a ti mismo mediante el conocimiento de Dios, que te ha creado, porque conocerlo y ser conocido por él es la suerte de su elegido. No seáis vuestros propios enemigos, ni os volváis hacia atrás, porque Cristo es el Dios que está por encima de todo: él ha ordenado purificar a los hombres del pecado y él es quien renueva al hombre viejo, al que ha llamado desde el comienzo imagen suya, mostrando, por su impronta en ti, el amor que te tiene. Y si tú obedeces sus órdenes y te haces buen imitador de este buen maestro, llegarás a ser semejante a él y recompensado por él, porque Dios no es pobre, y te divinizará para su gloria (Hipólito, Refutación de todas las herejías, X, 33ss, en GCS 26, 291-293).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cristo está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre» (cf. Rom 9,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       No tendríamos que situarnos frente al importante texto de Rom 9-11 con interrogantes que nos desvíen, como por ejemplo los relacionados con la «predestinación» de cada alma. La cuestión decisiva es, en efecto, ésta: ¿qué papel va a asignar Dios, en el plan de su historia, a la parte de su pueblo que, en el momento en que Dios realiza cosas nuevas en el mundo y extiende su salvación a toda la multiplicidad de los gentiles, por no ver esta nueva y decisiva orientación, deja de ponerse a disposición de la acción de Dios (aunque esto tenga lugar, precisamente, por celo a la forma en que la acción de Dios se había hecho visible a estos hombres de Israel hasta entonces)? ¿Sale simplemente de la escena o bien todo esto se inserta una vez más en el plan, para nosotros igualmente incomprensible, de Dios sobre la historia?

       Pablo está cogido y animado por lo que está exponiendo. Tratándose de su pueblo, todo le afecta hasta lo más íntimo. Se deja arrastrar de un lado a otro, hasta el punto de que al comienzo del capítulo dice que casi quisiera ser él mismo anáthema, es decir, excluido de la comunión de los santos, ser separado de Cristo, del que ahora se extiende la salvación a los gentiles, pero estar con sus hermanos que no consiguen ver esto (9,3): tan fuerte es la voz de la sangre. Con todos los medios de reflexión y de argumentación que tiene a su disposición, intenta encontrar, sin embargo, un significado que les ahorre semejante consecuencia. Escrutando así cada vez mejor la Escritura, se le abre el misterio del pensamiento de Dios sobre la historia (cf. 11,33ss) y ve el significado de lo que ahora tiene delante y ve el futuro previsto ya por Dios. Desarrollando ese punto de vista, en la cumbre de su exposición en Rom 11,2óss, recurre de nuevo a la categoría de la «alianza», citando la Escritura (N. Lohfink, L'alleanza ma¡ revocata, Brescia 1991, pp. ó3ss [edición española: La alianza nunca derogada, Editorial Herder, Barcelona 1992]).

 

 

Sábado de la 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 11,1-2a.l 1-12.25-29

Hermanos:

11.1 Y yo pregunto: ¿Es que Dios ha rechazado a su pueblo? ¡De ninguna manera! Que yo también soy israelita, del linaje de Abrahán y de la tribu de Benjamín.

2 Dios no ha rechazado al pueblo que había elegido.

11 Y pregunto todavía: ¿Habrán tropezado los israelitas de manera que sucumban definitivamente? ¡De ninguna manera! Por el contrario, con su caída ha llegado la salvación a los paganos, quienes a su vez han provocado la emulación de Israel.

12 Y si su caída y su fracaso se han convertido en riqueza para el mundo y para los paganos, ¿qué no sucederá cuando alcancen la plenitud?

25 No quiero, hermanos, que ignoréis este misterio para que no andéis presumiendo por ahí. El endurecimiento de una parte de Israel no es definitivo: durará hasta que se convierta el conjunto de los paganos.

26 Entonces todo Israel se salvará, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el libertador, alejará de Jacob la impiedad,

27 y mi alianza con ellos será restablecida cuando yo les perdone sus pecados.

28 En lo que respecta a la acogida del Evangelio, los israelitas aparecen como enemigos de Dios para provecho nuestro; sin embargo, si atendemos a la elección, siguen siendo muy amados por Dios a causa de sus antepasados,

29 pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.

 

       **• Pablo, concluyendo su discurso sobre el misterio de Israel, se pregunta, de una manera problemática, si acaso habría rechazado Dios a su pueblo. La respuesta no se hace de esperar: «¡De ninguna manera!» (v. 1). Y está dispuesto a ofrecer una serie de pruebas que avalan su certeza absoluta. La primera le implica en primera persona: «Yo también soy israelita» (v. 1). Es como decir que él mismo en persona es la demostración evidente de la fidelidad de Dios a sus promesas. Esto es, ciertamente, comprometedor para Pablo, aunque también es para él un motivo de santo orgullo y fuente de una gran esperanza.

       Considerando, a renglón seguido, la suerte del pueblo elegido, Pablo nos ofrece tres pinceladas nítidas y seguras sobre el modo como se ha desarrollado la historia de la salvación y, en consecuencia, sobre el destino del pueblo elegido. La defección de Israel, según Pablo, no ha sido total, sino parcial; no es definitiva, sino provisional; no es casual, sino providencial. En torno a estos tres motivos se desarrolla el pensamiento del apóstol en esta lectura. Los israelitas, es cierto, tropezaron para caer, aunque no para siempre. Es cierto que Pablo entrevé -y nos deja entrever también a nosotros- una maravillosa posibilidad de «resurrección» para su amado pueblo. Y sobre esta certeza se basa también nuestra esperanza en vistas a una unidad que está delante de nosotros y que pedimos de manera insistente en nuestra oración a Dios.

       Y no sólo esto, sino que «con su caída ha llegado la salvación a los paganos» (v. 11): he aquí el aspecto providencial de un acontecimiento histórico, aunque sea dramático y doloroso, en el que le gusta insistir a Pablo. De este modo nos ofrece una clave de lectura de toda la historia de la salvación, sobre todo del futuro que nos espera. Es interesante señalar con Pablo que la conversión de los paganos está destinada a suscitar los celos de los israelitas. De este modo nos deja intuir que el camino hacia la salvación será una especie de carrera: no una carrera para ver quien llega primero, sino para llegar juntos.

       Por último, san Pablo afirma que «el endurecimiento de una parte de Israel no es definitivo: durará hasta que se convierta el conjunto de los paganos» (v. 25), y de este modo ratifica el mismo concepto y abre nuestra esperanza a unos horizontes estupendos.

 

Evangelio: Lucas 14,1-7-11

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos. Ellos estaban al acecho.

7 Al observar cómo los invitados escogían los mejores puestos, les hizo esta recomendación:

8 -Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el lugar de preferencia, no sea que haya otro invitado más importante que tú

9 y venga el que te invitó a ti y al otro y te diga: «Cédele a éste tu sitio», y entonces tengas que ir todo avergonzado a ocupar el último lugar.

10 Más bien, cuando te inviten, ponte en el lugar menos importante; así, cuando venga quien te invitó, te dirá: «Amigo, sube más arriba», lo cual será un honor para ti ante todos los demás invitados.

11 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

       *»• ¿Se trata propiamente de una parábola o bien de una escena tomada de la vida misma? Tal vez haya un poco de lo uno y de lo otro. Lo que Lucas quiere decir es que en todos, tanto en los anfitriones como en los invitados, hay prejuicios egoístas, arribismos triviales, preocupaciones jerárquicas. Está claro que Lucas quiere indicar a su comunidad un modelo exquisitamente evangélico, y por ello reelabora un ejemplo tomado de la vida de Jesús que tiende a desmantelar las intenciones de la gente de su tiempo y a poner al desnudo, allí, en torno a la mesa, sus sentimientos.

       Las palabras de Jesús asumen ante todo un tono negativo: «No te pongas en el lugar de preferencia...» (v. 8). Lo que pueda pasar en el marco de un banquete común debe estar previsto, al menos por motivos de prudencia, cuando no precisamente por orgullo personal. Se trata asimismo de no caer en el ridículo, además de respetar ciertas reglas de etiqueta. La enseñanza de Jesús asume también por ello un tono sapiencial, antes que evangélico. Ahora bien, en un segundo momento, Jesús se expresa en términos positivos: «Ponte en el lugar menos importante» (v. 10). Se trata de una invitación clara a la humildad (cf. también Le 20,46), que encontrará su epílogo natural en el último versículo de esta página evangélica: «Porque el que se ensalza será humillado, y el que  se humilla será ensalzado» (v. 11), un dicho que se inspira en Ez 21,31, que cita a Lc 16,15 y se repetirá aún en Lc 18,14. Jesús habla, pues, de la humildad, una virtud que hoy no sólo está desatendida, sino casi olvidada por completo, aunque sigue vigente como rasgo característico del verdadero discípulo de Jesús. Será el mismo Jesús, en efecto, quien nos ofrecerá, personalmente, un altísimo ejemplo de humildad a lo largo de su pasión y muerte, y Pablo sintetizará esta enseñanza en su estupendo himno cristológico de Flp 2,5-11.

 

MEDITATIO

       Pablo ha reflexionado ampliamente sobre el misterio de su pueblo, sobre su endurecimiento y su incredulidad. El rechazo de una parte de Israel ha supuesto la ocasión para hacer entrar en masa a los paganos en la alianza concluida en un tiempo con Abrahán, con la que verdaderamente -según la promesa- han sido bendecidas todas las naciones de la tierra. El apóstol sabe que los dones y la llamada de Dios no tienen marcha atrás.

       La acogida dispensada a los gentiles no implica el repudio de Israel. No sabemos ni cómo ni cuándo tendrá lugar el retorno de aquellos que fueron, y seguirán siendo para siempre, los «elegidos». Todos estamos invitados al banquete del Reino, y la sala del banquete de bodas no es demasiado estrecha. Puede contenernos a todos cómodamente, porque tiene las mismas dimensiones del corazón de Dios. Lo que importa, por consiguiente, es que nuestro comportamiento sea el indicado por Jesús en la parábola evangélica. Nosotros, que nos sentimos invitados ahora al banquete, no debemos entrar en plan altanero, con altivez, poniéndonos en el lugar principal, sino con la humildad del que sabe que todo es gracia y don.

       Nuestra oración debería alimentar el deseo de que el Señor de la casa diga a nuestros «hermanos mayores»: «Subid más arriba, volved al primer puesto». La fiesta no estará completa, en efecto, hasta que todos juntos -judíos y gentiles- realicemos el deseo de Jesús, que vino a derribar el muro de separación, a hacer de los dos un solo pueblo nuevo. Frente a los designios de Dios, adoremos en silencio el misterio y oremos para que su plan de salvación no tarde en realizarse plenamente.

       A nosotros se nos pide vivir en la caridad y en un clima de acogida recíproca, para ser verdaderos hijos de aquel que es Padre de todos y ha enviado a su Hijo unigénito, el Predilecto, a recapitular en él a toda criatura.

 

ORATIO

       Señor, tu enseñanza es clara, aunque difícil de realizar: «Apártate para dejar el sitio a otro; a su tiempo serás buscado. Olvida la ofensa recibida, como si no te la hubieran hecho; a su tiempo serás premiado. Haz un tesoro con los dones que tienes, pero no te gloríes, porque no son tuyos. Permanece en tu puesto, sin invadir; a su tiempo serás revalorizado. Estímate, pero no con exceso, para poder emitir juicios imparciales. No acentúes todo lo que haces de bueno, actúa de una manera sencilla y silenciosa. Reconoce tu humana debilidad, para exaltar mi fuerza infinita. Da siempre testimonio de la verdad y, a su tiempo, ella triunfará. Oh Señor, escribí mi nombre en la arena, en el desierto, junto a las puertas de Jartum, y al día siguiente ya no estaba. Así es la persona humilde, me dices: sabe desaparecer, porque su nombre está escrito en el cielo».

 

CONTEMPLATIO

       ¿Por qué, pues, temes tomar la cruz por la cual se va al Reino?

       En la cruz está la salud, en la está cruz la vida, en la cruz está la defensa contra los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz esta la perfección de la santidad.

       No están la salud del alma y la esperanza de la vida eterna sino en la cruz.

       Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna.

       Él fue delante «llevando su cruz» (Jn 19,7) y murió en la cruz por ti, para que tú también lleves tu cruz y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con él, vivirás con él. Y si le fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria. Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella.

       Y no hay otro camino para la vida para la verdadera entrañable paz sino el de la santa cruz la continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres y no hallarás más alto camino en lo alto ni más seguro en lo bajo sino la vía de la santa cruz.

       Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer y no hallarás sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz.

       Pues o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás la tribulación en el espíritu.

       A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el prójimo y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni consuelo, mas conviene que sufras hasta

cuando Dios quisiere.

       Porque quiere Dios que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a él y te hagas más humilde con la tribulación.

       Ninguno siente así de corazón la pasión de Cristo como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes.

       Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir, dondequiera que fueres, porque dondequiera que vayas te llevas a ti contigo y siempre te hallarás a ti mismo.

       Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete afuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona. [...]

       Así que, leídas y bien consideradas todas las cosas, sea ésta la postrera conclusión: «Que por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el Reino de Dios» (Hch 14,21) {La imitación de Cristo, II, 12).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todo Israel se salvará, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (cf. Rom 11,26.29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Querida Edith:

Siempre he intentado imaginar lo que debió de ser para ti, judía, la experiencia del encuentro con Jesús, el Hijo de Dios nacido de María, una mujer como tú, de tu estirpe. Me parece que debió de suponer una conmoción y una alegría inexpresables y, sobre todo, una atracción irresistible. Lo revela la respuesta que te vino espontánea cuando tu madre, dolorida, intentaba convencerte de que se podía ser profundamente religiosa, «devota», también en el judaísmo: «Cierto», respondiste, «si no has aprendido a conocer a otro». Tú habías aprendido a conocer a aquel Otro a quien nadie se le puede comparar: al Dios hecho hombre en el seno del pueblo judío. Y ya no te era posible pensar tu vida sin él.

       Edith, no todos lo pueden comprender... Es menester haber pasado por la misma experiencia para que no nos parezca absurdo lo que hiciste... «¡Vamos, venga, por nuestro pueblo!», le dijiste a tu frágil hermana para animarla. Para ti, la muerte no era un sufrimiento, sino ofrecer la vida unida a Cristo, que se había vuelto tu vida. Habías nacido el gran día del Kippur... Te sentías predestinada a la expiación. «¡Vamos, Rosa, por nuestro pueblo!» Asumiendo a todos los de tu carne y sangre, transformaste en un magno holocausto de propiciación la hoguera exterminadora.

       Eras, como Jesús, el manso cordero que cargaba sobre sí los pecados de todos para destruir el odio humano en el fuego de la caridad divina. Gran misterio en verdad el silencio y la impotencia de Dios en aquella hora trágica de la historia de tantos pueblos, y en particular de tu pueblo, el elegido, siempre amado, a pesar de haberlo trabajado tanto, pasado por el fuego como se purifica el oro en el crisol. Un misterio que impone silencio y reflexión en la humilde adhesión de fe. Ahora  bien, a casi sesenta años de aquellos acontecimientos, el recuerdo de la Shoa se ha despertado; se habla y se escribe mucho de ella, tal vez incluso demasiado, con dolor e indignación, no siempre sin mantener y suscitar resentimientos y deseos de venganza.

       Es, en efecto, demasiado inconcebible e inaceptable la iniquidad cometida: un hecho que ha herido de muerte no sólo a millones de judíos, sino a toda la humanidad y, ante todo, el corazón del mismo Dios. Sí, ante todo, el corazón de Dios, porque si no intervino para impedirlo tal vez sea justo pensar que él mismo participaba de la tragedia, él mismo era sacrificado de nuevo en aquellos por los cuales, cuando vino al mundo, se despojó de su propia gloria y poder. Edith, tú ahora ya sabes, ya comprendes lo que para nosotros sigue estando todavía oscuro...

       Al escribir a los romanos, Pablo prorrumpía en una declaración que demuestra la medida en la que se sentía todo de Cristo y, al mismo tiempo, todo de su pueblo: «... siento en el corazón un gran dolor y un sufrimiento continuo». Cada vez que vuelvo a oír estas palabras del apóstol me siento presa de una inmensa conmoción y me parece que yo misma estoy invadida por esos atormentadores sentimientos. Por consiguiente, puedo imaginar un poco, Edith, lo que fue tu martirio de conciencia antes incluso de ser llevada, como cordero mudo, al lugar del exterminio.

       Y así fue, probablemente, para los otros judíos perseguidos a los que Jesús se manifestó de modo inequívoco. También hoy, en el trabajo que sigue atravesando la historia de nuestros pueblos, queda transfigurado el dolor por quien se ofrece, de una manera espontánea, como hizo Jesús, impulsado únicamente por el amor y, por consiguiente, perdonando (A. M. Cánopi, Lettera a Edith, Cásale Monf. 2000).

 

 

Lunes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 11,30-36

Hermanos:

30 También vosotros erais en otro tiempo rebeldes a Dios, pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, habéis alcanzado misericordia.

31 De igual modo, ellos son ahora rebeldes debido a la misericordia que Dios os ha concedido, para que también ellos alcancen misericordia.

32 Porque Dios ha permitido que todos seamos rebeldes para tener misericordia de todos.

33 ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos!

34 Porque ¿Quién conoce el pensamiento del Señor? ¿Quién ha sido su consejero?

35 ¿Quién le ha prestado algo para pedirle que se lo devuelva?

36 De él, por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por siempre. Amén.

 

       *•• Dios quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4), y esto sólo puede tener lugar a través de la obediencia de la fe, prestando oído a la Palabra y acogiendo el Evangelio de Cristo. Es el Evangelio que libera la vida. Si ahora todos, judíos y paganos, pasan por la experiencia de la rebeldía y de la desobediencia de la incredulidad, es para que brille la «misericordia» de Dios, que hace concurrir todo para el bien de los hombres.

       Así, por la desobediencia de los judíos -su rechazo al Evangelio- se ha dirigido a los paganos el anuncio de la salvación, y estos últimos han conocido la misericordia divina. Y, a la inversa, la misericordia usada con los paganos podrá servir de incitación a los judíos para que rivalicen con ellos en la fe, acogiendo lo que desde el principio han rechazado, puesto que Dios se reserva «tener misericordia de todos» (v. 32).

       Por consiguiente, la experiencia de la desobediencia por la que pasan todos los pueblos y cada hombre puede ser considerada un instrumento del plan de salvación de Dios, dado que, al fin y al cabo, ayuda a la reconciliación de todos. Y en verdad, los dones y la llamada de Dios constituyen un punto firme, lo mismo que su amor por Israel a causa de los padres (Rom 11,28): es algo que a Dios le importa y en lo que no dará marcha atrás. Nace así, de manera espontánea, el canto paulino (vv. 33-36) que alaba la profundidad y el carácter inescrutable de la sabiduría de Dios: el amor gratuito y misericordioso por el que existen todas las cosas y que llena de sentido la existencia.

 

Evangelio: Lucas 14,12-14

En aquel tiempo,

12 dijo Jesús al jefe de los fariseos que le había invitado: -Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, no sea que ellos a su vez te inviten a ti y con ello quedes ya pagado.

13 Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados y a los ciegos.

14 ¡Dichoso tú si no pueden pagarte! Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten.

 

       **• Jesús ha sido invitado a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos (cf. Le 14,1): en este marco sitúa el evangelista Lucas algunos de los discursos que, aprovechando la ocasión que le proporciona el convite, plantean interrogantes profundos a la vida. En los w. 12-14 se trata la cuestión de la selección de los invitados y, en consecuencia, el tema de la gratuidad.

       Sabemos que Jesús está en contra de la hipocresía de los fariseos (cf. Le 12,1), de la presunción que manifiestan al considerarse justos -con el consecuente desprecio que dirigen a los otros (cf. 18,9)- y de su apego a la riqueza (cf. 16,14). La actitud de los fariseos respecto a Jesús oscila entre la hostilidad -por lo que intentan cogerle en fallo mediante alguna palabra «comprometedora» salida de su boca (cf. 11,54)- y el deseo de escucharle, por tratarse de un personaje de relieve que entusiasma a la gente (cf. 14,25): se trata, a buen seguro, de un invitado especial.

       Jesús, reflexionando sobre los criterios que presiden la elección de los invitados a las comidas, exhorta a no convidar a aquellos de los que sea normal esperar que nos correspondan: «Tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos» (v. 12). El amor gratuito es el amor que se entrega a cambio de nada, el que se da sin esperar nada (cf. Le 6,32-35), sin esperar nada a cambio. El primer paso del seguimiento es incluso odiar/renunciar (cf. 14,26.33) a cuanto estimamos (afectos y riquezas).

       En consecuencia, es preciso invitar «a los pobres, a los lisiados y a los ciegos» (v. 13). El secreto de la bienaventuranza (v. 14) consiste en dar prioridad a los pobres, a los que sólo saben estar acurrucados para llorar (cf. Le 7,38) o para gritar (cf. 18,38) su nada. Será entonces cuando, allí donde florece la gratuidad, recibiremos la recompensa (v. 14), que será el fruto espontáneo de cuanto hayamos dado con un amor libre y desinteresado.

 

MEDITATIO

       El lenguaje de la gratuidad consigue pronunciar palabras liberadoras y expresar gestos vivos y vivificantes. Es un lenguaje al que, tal vez, no estemos acostumbrados, deslumbrados como estamos por los espejismos de lo útil, de lo eficiente, de lo productivo, que nos fascinan con sus lógicas del beneficio; un beneficio, sin embargo, que con frecuencia se nos pudre en el corazón y le impiden latir con regularidad, siempre y por todos. Nos capturan, invadiendo cada aspecto de nuestra existencia y -nos demos cuenta o n o - nos hacen asumir actitudes discriminadoras, nos inducen a usar a los otros, a convertirlos en instrumentos para nuestro mezquino interés...

       La gratuidad es uno de los atributos de Dios. Dios es gratuidad: entrega y se entrega, y no sería Dios-amor si no fuera así. Él nos ha creado a su imagen: eso significa que nosotros no somos verdaderamente humanos si no hacemos crecer y fructificar esa semilla de misericordia que nos hace semejantes a nuestro Creador y Padre. El amor no busca más que el amor. «Amo porque amo. Amo para amar», dice san Bernardo. Conscientes del don del amor de Dios que hemos recibido de manera gratuita, podemos entrar en la lógica sabia de la misericordia divina, una lógica de libertad y de alegría.

 

ORATIO

       ¡Qué grande es, oh Dios, tu amor por mí! Es un amor misericordioso, porque me toma como soy donde estoy: cojo, en la profundidad de mis errores; pobre, con las llagas desoladas de mi falta de sentido; ciego, en las nieblas opresoras de mis dudas, de mis fatigas. El tuyo es un amor gratuito, porque no está sometido a condiciones ni esconde chantajes ni intereses sutiles. Amar y sólo amar es tu alegría, es tu vida misma.

       Me estás diciendo que es lo mismo para mí. Señor, me ves: a menudo me dejo seducir por ese egoísmo que me separa de los otros y de mí mismo; con la ilusión de darme fuerza, me hace débil. Dios de misericordia y de gratuidad, que amar y sólo amar sea mi alegría. Al escuchar tu Palabra y al considerar tu ejemplo lo comprendo: amar y sólo amar es vivir.

 

CONTEMPLATIO

       Tu puerta, Señor, está abierta, pero nadie entra; tu gloria es manifiesta, pero nadie fija en ella sus ojos; tu luz ha surgido en las pupilas, pero no queremos ver; tu mano está tendida para dar, pero nadie toma; tú nos incitas a través de seducciones, pero no consentimos; tú nos asombras con cosas terribles mezcladas con la misericordia, pero no acudimos a ti.

       Dios nuestro, bueno, ten piedad de nuestra miseria. Creador nuestro, dulce, venda nuestras heridas. Padre nuestro, repleto de clemencia, persuádenos para que nos obliguemos a acercarnos a ti, dado que no queremos persuadirnos nosotros mismos.

       Haz salir nuestra alma, Señor, de la prisión en la que estamos encerrados, hacia la luz verdadera, aunque no queramos.

       Que prevalezca tu fuerza, Señor, sobre nosotros y nos haga salir del torpor al que somos propensos. Levanta, Señor, de delante de nuestros ojos todos los velos de los que está cubierta la vista de nuestra alma y le impiden ver tu verdadera luz (Juan de Dalyatha, Mostrami la tua belleza, Magnano 1996, p. 18).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!» (Rom 11,33).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Ya hemos visto una cosa: la gracia debe venir al hombre. Éste, con sus solas fuerzas, puede llegar, a lo sumo, hasta la puerta, pero nunca entrar. Además, la gracia puede venir a él sin que él la busque, sin que él la quiera.              La gracia es el Espíritu de Dios que se rebaja hasta el alma humana. Por consiguiente, el amor misericordioso puede rebajarse hasta llegar a cada individuo. La gracia puede limitarse a llamar, y hay almas que se abren ya a esta queda llamada. Otras no hacen caso. En esos casos, la gracia puede infiltrarse en el alma y difundirse cada vez más en ella. Cuanto más grande es el espacio que ella, de una manera tan ¡legítima, ocupa, tanto más inverosímil se vuelve el hecho de que el alma se cierre respecto a la gracia. En ese caso, la fe en el carácter ilimitado del amor y de la gracia divina justifica también la esperanza en la universalidad de la redención...

       La bajada de la gracia al alma humana es una acción libre del amor divino, y no hay límites para su difusión. Cuáles son los caminos que elige para su actividad, por qué busca un alma e induce a otra a buscarla, cómo y cuándo está actuando incluso allí donde nuestros ojos no notan efecto alguno..., son preguntas a las que no es posible responder con la razón (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 80-83, passim).

 

 

Martes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 12,5-16a

Hermanos:

5 Así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros.

6 Puesto que tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado, el que habla en nombre de Dios hágalo de acuerdo con la fe;

7 el que sirve, entréguese al servicio; el que enseña, a la enseñanza;

8 el que exhorta, a la exhortación; el que ayuda, hágalo con generosidad; el que atiende, con solicitud; el que practica la misericordia, con alegría.

9 Que vuestro amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno.

10 Amaos de verdad unos a otros como hermanos y rivalizad en la mutua estima.

11 No seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes en el espíritu y prontos para el servicio del Señor.

12 Vivid alegres por la esperanza, sed pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración.

13 Compartid las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad.

14 Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis.

15 Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran.

16 Vivid en armonía unos con otros y no seáis altivos; antes bien, poneos al nivel de los sencillos.

 

       *•• Del anuncio de gracia -la buena noticia de que Cristo ha muerto y resucitado por nosotros, la novedad del amor gratuito del Padre- hace derivar Pablo el código de la nueva humanidad: si Dios es amor gratuito, también los hombres deben concebir su vida como don... De la gracia a la gratuidad, de la cháris a los charísmata.

       Los cristianos constituyen, en Cristo, los muchos y diversos miembros de un único cuerpo. A cada uno de ellos se le da un don, una manifestación diferente de la gracia, un modo específico de vivir la gratuidad. Lo que importa es entender el don como don, no como posesión: como algo dado para la utilidad común (cf. 1 Cor 12,7), para edificar la comunidad en la caridad, para que cada uno camine con los otros hacia la plena humanidad de Cristo (cf. Ef 4,11-16). Es preciso cultivar, por tanto, la humildad y la caridad. La «humildad» (v. 16) consiste en tener una justa valoración de nosotros mismos (cf. Rom 12,3), para servir al Señor en la comunidad llevando a cabo lo que nos corresponde con pasión y con sencillez. La «caridad» es el modo y el fin del servicio: una actitud bendecidora respecto a cada hombre, una compasión que comparte los «sentimientos » del otro acogiendo sus alegrías y sus dolores, una confianza serena y perseverante en la oración que atraviesa las estaciones de la tribulación y de la esperanza. La caridad excluye la hipocresía (v. 9: farsa) para animar de manera auténtica las fibras de nuestra existencia.

 

Evangelio: Lucas 14,15-24

En aquel tiempo,

15 uno de los convidados le dijo a Jesús: -Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.

16 Jesús le respondió: -Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos.

17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado».

18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses».

19 Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses».

20 Y otro dijo: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir».

21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos».

22 El criado dijo: «Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio».

23 El señor le dijo entonces: «Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa.

24 Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena».

 

       **• En la comida a la que le habían invitado en casa del fariseo, Jesús, apoyándose en las palabras de uno de los comensales, se inspira una vez más en el contexto de la comida para contar una parábola que trata del tema de la urgencia de responder a la llamada del Reino. La parábola habla de un hombre que dio una «gran cena e invitó a muchos» (v. 16). Todos los invitados, sin embargo, se justifican «a la hora de la cena» y no se presentan (cf. w. 17ss). El señor se irritó y, como deseaba que su casa se llenara, mandó llamar «a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos» (v. 21).

       La cena preparada (v. 17) puede muy bien referirse a la Pascua preparada para los discípulos antes de la pasión y, en definitiva, al banquete del Reino (cf. Le 22,7ss): si todo está preparado y la invitación es gratuita, sólo es preciso estar disponible. La hora de la cena (v. 17) es el hoy de la salvación - un tema entrañable al evangelista Lucas-, que pide una respuesta pronta a la llamada del Señor.

       Hay mucho «sitio» (v. 22) en la sala del banquete, pero es fácil encontrar excusas, aducir pretextos. Así, muchos se dejan tentar por la invitación (Lc 9,57-62), pero luego sienten otras voces más fuertes, dan prioridad a otros bienes, materiales o afectivos: campos, bueyes, mujer (cf w. 18-20). De éstos dice Jesús, en otro lugar: «Nadie que haya puesto la mano en el arado y vuelva la vista atrás es apto para el Reino de Dios»; sólo el que paga el precio de la renuncia recibirá cien veces más (cf. Le 18,28-30).

       Los que no responden a la invitación son reemplazados con facilidad por otros, recogidos por las calles y plazas e incluso por las «veredas» (v. 23: ¿alusión a los que estaban fuera de Jerusalén?): vendrán de todas partes y «se sentarán a la mesa en el Reino de Dios» (Lc 13,29). Está claro que la bienaventuranza de quien come el pan del Reino (v. 15) es para todos: no es un privilegio, sino algo puramente gratuito que sólo espera ser acogido. Pero ninguno de los que la rechazan (v. 24) podrá saborear la alegría del convite.

 

MEDITATIO

       Estamos hechos de tal modo que nadie está completo por sí solo, nadie tiene todas las capacidades y todas las competencias posibles, nadie puede bastarse a sí mismo. Dios, que es Trinidad y Unidad, nos ha creado a imagen suya: somos «uno» no como individuos, sino sólo en la comunión, es decir, en la entrega recíproca. Cada uno de nosotros es único: si falla a la llamada de la entrega de sí, todos los demás quedan empobrecidos. Dar y darse no es, por consiguiente, un gesto de magnanimidad particular, sino la manera de ser personas humanas auténticas.

       El Señor nos invita a descubrir y vivir esta vocación humana fundamental. Y esto es tanto más urgente cuanto más vacíos de humanidad sufrimos. Muchas veces nos damos cuenta de que somos incapaces de «sentir» con el otro, de participar con verdad (y no de fachada o por conveniencia) tanto de sus dolores como de sus alegrías. Y, por otra parte, lamentamos la misma incapacidad de los demás respecto a nosotros.

       Dilatar la mirada y los espacios del corazón más allá de los asuntos que nos ocupan y preocupan en las situaciones contingentes, ciñéndonos a nosotros mismos; hacer sitio al otro con la misma atención que prestaríamos a esa parte de nuestro cuerpo que es más débil o sufre más; hacerlo a nuestra manera personalísima, según el carácter típico e irrepetible de las actitudes que tiene cada uno de nosotros... A esto nos exhorta hoy la Palabra del Señor. ¡No dejemos vacío nuestro sitio!

 

ORATIO

       Libérame, Señor, del mal del individualismo. Seca la fuente de donde tomo las justificaciones para eludir tu invitación a compartir lo que soy y tengo, a participar en la fiesta de la comunión que tú deseas para tus hijos. ¡Qué necesidad apremiante de entrar en tu casa, de vivir como miembro de tu cuerpo como soy!

       Por eso, te pido con las palabras de san Pablo: sostén mi compromiso de vivir la caridad sin ficciones, amando a los otros con afecto fraterno, estimándoles, dispuesto a socorrerles en sus necesidades, atento a acogerles. Concédeme tu Espíritu, que me ponga en sintonía con tu voluntad y con el corazón de los otros.

       Será hermoso entonces gozar juntos y sufrir juntos, esperar y orar, apoyarnos en la dificultad, no presumir de nosotros mismos, sino confiarnos con sencillez a tu misericordia, que no se cansa de preparar a cada uno el sitio en el banquete de la amistad.

 

CONTEMPLATIO

       Ésta es la sabiduría: ayudar a alguien mejor que perjudicar, y estar contento con la condición de que Dios nos ha dispensado también según el mérito de la fe de cada uno y no acaparar lo que uno ve que no se le ha concedido. Esto es no estimarse en más, porque a una misma persona no se le puede conceder todo. En efecto, si alguien lleva una vida buena, no por ello deberá pretender también la ciencia de la enseñanza, o no porque tenga experiencia de la ley deberá reclamar para sí el obsequio que corresponde a los diáconos. El apóstol exhorta, por tanto, y enseña por la gracia que se le ha dado. Esta gracia ha de ser entendida como experiencia de la doctrina del Señor, en virtud de la cual nos transmite que es preciso buscar la humildad y la justicia [...].

       Con el ejemplo del cuerpo nos enseña el apóstol que nosotros, por separado, no podemos hacerlo todo, porque somos miembros los unos de los otros, de modo que uno tiene necesidad del otro, y que debemos cuidarnos recíprocamente los unos a los otros sin oponernos entre nosotros, porque todos necesitamos mutuamente nuestros servicios. Esto será amar a Cristo: que los miembros se exhorten entre sí a colmar la medida por la que el cuerpo es perfecto en Cristo (Ambrosiaster, Commento alia lettera ai Romani, Roma 1984, p. 264, passirn).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Amaos unos a otros como hermanos» (Rom 12,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Cuando el cristiano reconoce, gracias a la irrupción de los otros en su vida, a Dios que le interpela, encuentra en este encuentro -que no excluye nunca la lucha- el comienzo de una reconciliación real con Dios y con los hombres, puesto que por el mismo camino será conducido al uno y a los otros. Esta paz le viene ante todo de un asentimiento más profundo a la tarea que Dios le fija. Con el conflicto aparece, en efecto, la heterogeneidad: la de los temperamentos, la de las situaciones, la de los intereses, la de los grupos. Las diferencias rompen la uniformidad que el egoísmo del fuerte, el conformismo del débil o la ideología de la utopía quisieran imponer o mimar. Éstas resisten a una asimilación. Ahora bien, además de esta purificación negativa, el hecho de las divergencias no puede dejar de imponer al cristiano una visión al mismo tiempo más religiosa y más realista de su situación. Si las condiciones de su tarea, sus responsabilidades de todo tipo y las necesidades de los hombres que ha convertido en sus prójimos le impiden traicionar un deber, descubre en este deber un sentido nuevo: las determinaciones de su carácter y de su trabajo, las posibilidades propias de que dispone le indican una vocación particular a la que no puede faltar sin caer en infidelidad a Dios.

       Ha recibido, entre otras cosas, una fuerza y una misión, y éstas le indican cómo debe colaborar en la obra común. El vigor (la «virtud») requerido por esta fidelidad al deber de estado ya no le permiten las cóleras que simulan o apuntan a la supresión de los otros. Al contrario, el respeto a la tarea que le ha sido confiada consigue dominar esta violencia exclusiva, precisamente porque se basa en la exigencia de una vocación particular. Del mismo modo que no autoriza el abandono, tampoco autoriza la agresividad. Allí donde los sentimientos son superficiales y las pasiones totalitarias, la fidelidad religiosa, definida como responsabilidad o tareas objetivas, requiere una fuerza incompatible tanto con una paz ficticia que evita al otro, como con una violencia que busca destruirle (M. de Certeau, Ma¡ senza l'altro, Magnano 1993, pp. 47-49, passirn).

 

 

Miércoles de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 13,8-10

Hermanos:

8 Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley.

9 En efecto, los preceptos de no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro que pueda existir, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

10 El que ama no hace mal al prójimo; en resumen, el amor es la plenitud de la ley.

 

       *•• Tras haber recordado que es bueno dar a cada uno lo que se le debe {cf. Rom 13,7), Pablo nos recuerda la existencia de una «deuda» que nunca puede ser liquidada y que no es preciso cansarse en pagar: el amor recíproco. El amor «resume» los mandamientos y «es la plenitud de la ley». Según el Talmud, también Hillel, padre de Gamaliel, maestro de san Pablo -en el comentario a Tob 4,15-, enseñaba lo siguiente (aunque de forma negativa): «Lo que detestes para ti, no se lo hagas al prójimo: en eso consiste toda la ley; el resto no es más que explicación».

       San Pablo dedica un gran espacio a valorar críticamente la función de la ley; ahora bien, para que se cumpla la justicia de la ley no hay, en última instancia, más que un camino: el amor gratuito de Cristo, que, precisamente, ha venido para darle cumplimiento y no para aboliría. Consiste este amor en mostrarse sencillo a la hora de hacer el bien, en no cerrar los ojos a las contiendas y los celos devolviendo mal por mal, que es dejarse vencer por el mal, pues se vence al mal con el bien (cf. 12,17-21). Amor al otro (v. 8), a cualquier otro (cf Gal 3,28): un amor del que Cristo, en quien Dios ha querido resumirlo todo, nos ha dado ejemplo y con el que es necesario que conformemos nuestra propia vida para participar en la plenitud de Dios (cf. Ef 1,10; 3,17-19). Porque, si el amor resume y cumple la ley, es Cristo quien resume y realiza de manera cabal nuestra humanidad.

 

Evangelio: Lucas 14,25-35

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y a ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que le vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

31 O si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

       **• La Palabra de Jesús y las «maravillas que realizó» (Lc 13,17) le procuraron que le siguiera mucha gente: ahora le vemos insistiendo en las exigencias que implica el seguimiento. En primer lugar, es preciso volver a apostar por la gratuidad y poner en cuestión nuestros propios vínculos afectivos e incluso nuestra propia vida (v. 26: nuestro texto traduce «renunciar» en vez del «odiar» que aparece literalmente en el texto original, porque «odiar» es un hebraísmo que implica un desprendimiento radical). El hombre de la parábola de Le 14,15-24 había comprendido bien que estaba justificado no poder corresponder a una invitación a cenar: «Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir» (Lc 14,20). Es preciso renunciar, además, «a todo lo que tiene» (v. 33).

       Si lo más urgente es buscar el Reino de Dios (cf. Lc 12,31), el seguimiento asume entonces la forma de la pobreza (pobreza de afectos, pobreza de bienes materiales): dejarlo «todo» (característica del relato de la llamada a los discípulos de Le 5,1-11) para ponerse «detrás» de uno (cf. 9,23), llevando la propia cruz (v. 27). No se trata de odiar, sino -como explica de manera adecuada Le 16,13- de la imposibilidad de servir a dos señores, de tener dos absolutos en nuestra propia vida. Parecerá que estamos perdiendo la vida, pero es el único modo de salvarla, y esto, en efecto, resulta evidente si nos preguntamos qué es aquello de lo que depende la vida: a buen seguro, no de los bienes (Lc 12,15).

       Es verdad, sin embargo, que la decisión de seguir a Cristo debe ser meditada de manera adecuada: del mismo modo que es necesario valorar los recursos disponibles para construir una torre y la oportunidad de hacer frente a un enemigo declarándole la guerra o preparando la paz (w. 28-32). Es preciso calcular nuestra propia fuerza/capacidad (w. 28-32), pero sabiendo - a ejemplo del Maestro, del fuerte que tuvo necesidad de consuelo (cf. Lc 3,16; 22,43)- que «lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27).

 

MEDITATIO

       La Palabra del Señor interpela mi libertad y me provoca a elegir: ¿por quién y por qué vivo? Estoy invitado a hacer que brille la verdad dentro de mí, a decirme cuál es el valor absoluto que jerarquiza mi vida. Jesús nos dice claramente que la opción por él no puede estar subordinada a nada más. No se trata de una pretensión por parte del Señor, sino de una indicación preciosa: el hombre se convierte en tal cuando se unifica a sí mismo en torno a un polo; si no lo hace, se dispersa, asume mil rostros y se encuentra dividido. El radicalismo que el Señor me propone es la condición necesaria para llevar una vida auténtica.

       Pero me dice algo más: que es preciso que yo sea consciente de la opción que realizo. En esto consiste la invitación a conocerme a mí y a conocerle a él. No tiene sentido elegir «al azar» o hacerlo siguiendo la onda emotiva de cualquier experiencia «fuerte», por exaltadora o decepcionante que sea.

       Jesús quiere ser seguido por personas libres y responsables, que asuman de una manera coherente las consecuencias de la opción que han tomado. En el seguimiento de Jesús está implicado todo lo que soy, porque se trata de una cuestión de amor, de un amor que no es ciego, sino inteligente, de un amor auténtico y no de un amor trivial, de un amor que sabe atravesar los amplios espacios de la fidelidad, de la perseverancia, de

la gratuidad.

       Fidelidad, perseverancia, gratuidad: son palabras que con excesiva frecuencia me dejan turbado, palabras que tengo miedo de llevar a la práctica, palabras con las que me parece que casi pierdo la vida. Jesús me repite que precisamente este amor es la realización cabal –no la pérdida- de la vida. ¿Qué elijo?

 

ORATIO

       Oh Dios, concédeme el valor de experimentar el amor que tú nos has mostrado con tu ejemplo. Me ves titubeante, reacio a soltar las amarras con las que acostumbro a anclar mis días en una seguridad hecha a mi medida. El amor que tú propones lo conoce el que te sigue, porque tú lo has dado a conocer con tus palabras y tu ejemplo; ese amor me parece como el océano, cuyos límites no logro ver y me parece imposible surcar.

       Te doy gracias, Dios mío, porque me hablas con claridad, porque no me engañas ni, más aún, me invitas a engañarme a mí mismo, con mis fáciles entusiasmos y los igualmente fáciles derrotismos. Quieres que reflexione antes de decirte: «Aquí estoy, Señor», porque me quieres como protagonista responsable de mi historia.

       Pero, precisamente porque quieres para mí un bien infinito, me recuerdas -y me lo recuerdas siempre- que sólo el amor me hace persona humana, que sólo el amor me da esa plenitud que tanto busco: el amor que aprendo de ti, siguiéndote.

 

CONTEMPLATIO

       Quien sólo se posee a sí mismo no posee nada, porque no subsiste sin muchos (otros).

       En efecto, sin los miembros, no subsiste el alma en el cuerpo, y sin ellos no recibe la recompensa por sus fatigas.

       El alma tiene necesidad de los miembros, aunque sea alma.

       El hombre aún tiene más necesidad del otro.

       El hombre lleva a cabo el camino de la justicia con el otro, y si es justificado sin el otro no es un hombre.

       El hombre no puede llegar a ser hombre sin el otro, y la justicia sin el hombre no es justicia.

       Tú, hombre, que intentas ser justo y bueno: haz a tus compañeros lo que deseas que te hagan a ti.

       Quieres recibir el salario por tus fatigas en el día de la recompensa: paga a tu compañero la deuda del amor y recibirás la recompensa.

       Deseas encontrar al esposo celestial revestido de luz: haz resplandecer tu rostro ante tus amigos y lo habrás encontrado.

       Quieres entrar con los sabios en esta felicidad: instruye a los necios y estarás a la cabeza de los sabios.

       Nadie entra en ese sitio hasta que no lleva a alguien con él: eso es lo que se pide a lo que entran (Narsai di Edessa, L'olio della misericordia, Magnano 1997, p. 33).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Con nadie tengáis deudas, a no ser la del amor mutuo» (Rom 13,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       El amor, para llegar a su cabal realización, exige la entrega mutua de las personas. Sólo de este modo puede ser el amor un «sí» pleno, porque una persona sólo se abre a la otra en la entrega. Sólo cuando llegan a ser una sola cosa es posible el verdadero conocimiento de las personas. El amor en esta forma suya, que es la más elevada, incluye por e so el conocimiento. Es, al mismo tiempo, recepción y acción libre; por consiguiente, incluye asimismo la voluntad y es satisfacción del deseo [...]. Ahora bien, debe ser siempre entrega para ser amor auténtico. Un deseo que sólo quiera sacar ventajas para sí, sin entregarse, no merece el nombre de amor. Podemos decir, tranquilamente, que el espíritu finito alcanza su vida más elevada y más plena en el amor...

       Si, en su realización más elevada, el amor es entrega mutua y un llegar a ser una sola cosa, eso incluye una pluralidad de personas. El «apego» a nuestra propia persona y la autoafirmación de nosotros mismos -típicos del amor a nosotros mismos equivocado- constituyen exactamente lo contrario de la esencia divina, que es entrega de sí. La única realización perfecta del amor es la misma vida divina, la mutua entrega de las personas divinas. Aquí cada persona encuentra en la otra a sí misma, y puesto que su vida es, como su esencia, una, así el amor recíproco es, al mismo tiempo, amor de sí mismas, es un «sí» dicho a la propia esencia y a la propia persona (E. Stein, // mistero della vita interiore, Brescia 1999, pp. 75-77, passim).

 

 

Jueves de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 14,7-13

Hermanos:

7 Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo;

8 si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor.

9 Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

10 Entonces, ¿cómo te atreves a juzgar a tu hermano? ¿Cómo te atreves a despreciarlo, si todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios?

11 Porque dice la Escritura: Por mi vida, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y todos darán gloria a Dios.

12 Así pues, cada uno de nosotros rendirá cuentas a Dios de sí mismo.

13 Por tanto, dejemos ya de criticarnos los unos a los otros. Procurad, más bien, no ser ocasión de caída y de pecado para el hermano.

 

       **• «Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor» (v. 8): la vida nueva del cristiano brota de un sentido de pertenencia {cf. también 1 Cor 3,23), de la decisión de estar de Yaparte de Cristo, acogido como Señor de nuestros propios días. En los pasajes de Is 45,23 y 49,18 leemos el reconocimiento del señorío de Dios, que se extiende a todo el universo: un señorío de misericordia y escucha, al que el pueblo de Israel gozaba con volver.

       La necesidad de dar cuentas ante el «tribunal de Dios» se convierte así en una invitación a mirar con ojos profundos nuestra propia existencia, reorientándola en virtud de una pasión (vivir para el Señor, morir para el Señor: v. 8), que es lo único que le puede dar sentido.

       La calidad de una vida que se desarrolla enteramente ante el Señor induce, por consiguiente, a superar el prejuicio mediante la acogida de la diversidad y de la debilidad. La modalidad más profunda de hospitalidad (Rom 12,13) es la acogida del otro icf. 14,1; 15,7). El prójimo es hermano.

       De la pertenencia a Cristo Señor, de la conciencia de que con su muerte y resurrección ha rescatado nuestra vida del absurdo, a la pertenencia cultivada en la vida de un modo cada vez más totalizador: ninguna vida puede encerrarse y replegarse en sí misma, sino que –en un clima de respeto a los caminos personales- cada uno de nosotros está llamado a abrirse a unas relaciones de caridad de las que Cristo mismo es fuente en última instancia.

 

Evangelio: Lucas 15,1-10

En aquel tiempo,

1 todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban: -Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les contó esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

 

       **• Jesús, que se junta con pecadores y come con ellos (v. 2), se atrae las críticas y las murmuraciones de los fariseos y de los maestros de la Ley. Por tanto, las tres parábolas que forman el capítulo 15 del evangelio de Lucas van dirigidas a ellos: son las llamadas «parábolas de la misericordia», porque ilustran la misericordia de Dios, que acoge a cuantos se acercan para escuchar su Palabra (v. 1) y, además, es el primero en salir en busca del hombre.

       De estas tres parábolas hemos leído hoy dos. La primera (w. 4-7) narra la recuperación de una «oveja» por parte de un pastor; la segunda (w. 8-10), la recuperación de una moneda, concretamente un dracma (moneda griega que corresponde al denario romano y equivale al salario de una jornada de trabajo de un jornalero agrícola). La estructura de ambas es análoga. De «cien» ovejas se pierde «una»; de diez «dracmas» se pierde «uno». Es digno de señalar el cuidado con el que se lleva a cabo la búsqueda del bien perdido, olvidando todo lo demás; el evangelista lo subraya describiendo las acciones del que se pone a buscar: el pastor «deja» las otras ovejas (por otra parte, el lugar donde pastan normalmente los rebaños en Palestina es el desierto) y «va a buscar» a la descarriada; la mujer «enciende» la lámpara, «barre» la casa y «busca con cuidado». La reacción ante la recuperación es idéntica: el pastor vuelve a casa «alegre» con la oveja sobre los hombros (Is 49,22 describe de la misma forma el regreso de los hijos de Israel del exilio), y la mujer llama a sus amigas y vecinas para invitarlas a compartir la alegría del feliz desenlace de la búsqueda.

       Algunos breves rasgos, de una buena eficacia plástica, expresan el cuidado amoroso y la preocupación sincera de Dios, que va en busca del hombre que se ha perdido, así como la alegría porque uno -uno sólo- se haya convertido y haya vuelto a dirigir su mirada al Padre. Está también la alegría del que escucha, de quien ya tiene experiencia de este Dios que no sabe quedarse esperando, sino que sale al encuentro, se conmueve, corre (cf. Le 15,20) «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

 

MEDITATIO

       Vivimos: es un hecho que damos por descontado, tan por descontado que no es raro trivializarlo o incluso sentirnos aburridos, de suerte que, sin llegar a gestos extremos, sobrevivimos sin «ganas de vivir». Si no consigo apreciar mi vida, muy difícilmente podré estimar y valorar la de los otros.

       La imagen del pastor atento a su oveja pretende comunicarme la pasión de Dios por mi vida. No se siente en paz hasta que no me ha recuperado, después de que yo me haya alejado de él, y desborda de alegría apenas me dejo abrazar. Tal vez sea éste precisamente el mensaje que estoy esperando: que alguien se interesa por mí. Más aún, alguien, mi Creador, no desea otra cosa sino que esté vivo y me sienta seguro.

       Necesito estar disponible para dejarme buscar, para «ver» la alegría que Dios siente por mí. Así podré captar algo de la belleza de la vida, que no es un terreno de rapiña para explotar lo más posible, sino un don para celebrar.

       Dios me ha dado la vida y recurre a todo para que yo la viva en plenitud. Ésa es su misericordia. Es inútil que me engañe a mí mismo: viviendo con él y para él es como la vida tiene sentido y sabor. Junto a él aprendo a no poner obstáculos a la vida de los otros y, más aún, a ser yo mismo «dador» de misericordia. Es posible que entonces la vida se vuelva consistente también para mí, y no será ése un valor evanescente, ese ave fénix que aparece a veces, sino que será la experiencia de la comunión.

 

ORATIO

       He recorrido senderos escarpados, Señor, en mi huida... Una carrera afanosa e inquieta la mía. Pero ¿hacia dónde?

       A tientas agarro tu mano, la descubro siempre tendida hacia mí; y me aplaco. Dejo que mi corazón se caliente con la chispa de alegría de tus ojos, Señor de mi vida. Ahora te reconozco: tú eres mi respiración, mi luz, mi quietud, mi alegría. Si vivo es porque tú me mantienes en la vida. ¿Qué tengo que no haya recibido? En mi rendimiento a tu misericordia, me descubro con una mirada diferente hacia los otros: también eres la respiración, la luz, la quietud y la alegría para ellos.

       Y te ruego: ayúdanos, a todos, a no juzgarnos. Haz que sepamos darnos, recíprocamente, el bien más precioso que hemos recibido: tu misericordia. Haz que sepamos gozar de la alegría que sientes por cada uno de nosotros.

 

CONTEMPLATIO

       Esta manera de amar es la que yo querría que tuviésemos nosotras; aunque a los principios no sea tan perfecta, el Señor la irá perfeccionando. Comencemos en los medios, que aunque lleve algo de ternura, no dañará, como sea en general.

       Es bueno y necesario algunas veces mostrar ternura en la voluntad, y aún tenerla, y sentir algunos trabajos y enfermedades de las hermanas, aunque sean pequeños; que algunas veces acaece dar una cosa muy liviana tan gran pena como a otra daría un gran trabajo, y a personas que tienen de natural apretarle mucho pocas cosas. Si vos le tenéis al contrario, no os dejéis de compadecer. Y por ventura quiere nuestro Señor reservarnos de esas penas y las tememos en otras cosas; y de las que para nosotras son graves -aunque de suyo lo sean- para la otra serán leves. Ansí que en estas cosas no juzguemos por nosotras ni nos consideremos en el tiempo que, por ventura sin trabajo nuestro, el Señor nos ha hecho más fuertes, sino considerémonos en el tiempo que hemos estado más flacas.

       Mirad que importa este aviso para sabernos condoler de los trabajos de los prójimos, por pequeños que sean, en especial a almas de las que quedan dichas: que ya éstas, como desean los trabajos, todo se les hace poco, y es muy necesario traer cuidado de mirarse cuando era flaca y ver que si no lo es, no viene de ella; porque podría por aquí el demonio ir enfriando la caridad con los prójimos y hacernos entender es perfección lo que es falta. En todo es menester cuidado y andar despiertas, pues él no duerme; y en los que van en más perfección, más, porque son muy más disimuladas las tentaciones, que no se atreve a otra cosa, que no parece que se entiende el daño hasta que está ya hecho, si -como digo no se trae cuidado. En fin, que es menester siempre velar y orar, que no hay mejor remedio para descubrir estas cosas ocultas del demonio y hacerle dar señal que la oración. Procurad también holgaros con las hermanas cuando tienen recreación, con necesidad de ella, y el rato que es de costumbre, aunque no sea a vuestro gusto, que, yendo con consideración, todo es amor perfecto (Teresa de Jesús, Camino de perfección, 7, 5-6 (códice de Valladolid), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 91997, p. 269).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta» (Lc 15,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       Es, pues, de importancia suprema que consintamos en vivir para otros y no para nosotros mismos. Cuando hagamos esto, podremos enfrentarnos a nuestras limitaciones y aceptarlas. Mientras nos adoremos en secreto, nuestras deficiencias seguirán torturándonos con una profanación ostensible. Pero si vivimos para otros, poco a poco descubriremos que nadie cree que somos «dioses». Comprenderemos que somos humanos, iguales a cualquiera, que tenemos las mismas debilidades y deficiencias, y que estas limitaciones nuestras desempeñan el papel más importante en nuestras vidas, pues por ellas tenemos necesidad de otros y los otros nos necesitan. No todos somos débiles en los mismos puntos, y por eso nos complementamos y nos suplementamos mutuamente, cada uno rellenando el vacío del otro [...].

       Todo hombre es un pedazo de mí mismo, porque yo soy parte y miembro de la humanidad. Todo cristiano es parte de mi cuerpo, porque somos miembros de Cristo. Lo que hago, para ellos y con ellos y por ellos lo hago también. Lo que hacen, en mí y por mí y para mí lo hacen. Con todo, cada uno de nosotros permanece responsable de su participación en la vida de todo el cuerpo. La caridad no puede ser lo que se pretende que sea si yo no comprendo que mi vida representa mi participación en la vida de un organismo totalmente sobrenatural al que pertenezco.

       Únicamente cuando esta verdad ocupa el primer sitio, encajan las otras doctrinas en su contexto adecuado. La soledad, la humildad, la negación a uno mismo, la acción y la contemplación, los sacramentos, la vida monástica, la familia, la guerra y la paz: nada de esto tiene sentido sino en relación con la realidad central que es el amor de Dios viviendo y actuando en aquellos a quienes él ha incorporado en su Cristo (Th. Merton, Nessun uomo é un'isola, Milán 1956, 19ss, passim [versión española tomada de www.feyrazon.org]).

 

 

Viernes de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 15,14-21

14 Estoy convencido, hermanos míos, de que estáis llenos de bondad, repletos de todo conocimiento, preparados para amonestaros unos a otros. 15 Con todo, os he escrito un tanto atrevidamente, con la intención de recordaros algunas cosas. Lo hago en virtud de la gracia que Dios me ha concedido,

16 de ser ministro de Cristo Jesús entre los paganos, ejerciendo el oficio sagrado de anunciar el Evangelio, a fin de que la ofrenda de los paganos, consagrada por el Espíritu Santo, sea agradable a Dios.

17 Podría enorgullecerme en Cristo Jesús de la tarea llevada a cabo al servicio de Dios,

18 pero sólo me atreveré a hablar de lo que Cristo ha realizado sirviéndose de mí, para que, con la palabra o con la acción,

19 a través de signos y prodigios, y con la fuerza del Espíritu Santo, los paganos acogieran la fe. Así que desde Jerusalén y en todas direcciones hasta llegar a Iliria he dado a conocer el Evangelio de Cristo.

20 Eso sí, he procurado no proclamar el Evangelio allí donde Cristo ya era conocido, para no edificar sobre fundamento ajeno,

21 pues como dice la Escritura: Los que nada conocían de él, lo verán y los que nada habían oído, entenderán.

 

       *»• Con extrema delicadeza justifica san Pablo, en la conclusión de su carta dirigida a los cristianos de Roma, el atrevimiento {cf v. 15) con el que se ha dirigido a ellos. Reconoce, por consiguiente, que también ellos son ricos en «bondad» y «conocimiento», capaces de crecer en la ayuda mutua para edificarse recíprocamente según el pensamiento del Señor, e interpreta su ministerio como el de quien ayuda a recordar lo que ya se ha aprendido.

       Apelando a la «gracia» que Dios le ha concedido de ser predicador del Evangelio entre los paganos, describe su propio ministerio empleando términos propios de un auténtico ministerio litúrgico (v. 16): Pablo es el liturgo de Cristo, alguien que ejerce el «oficio sagrado», y aquellos a quienes ha llegado su predicación constituyen la «oblación» a Dios. La liturgia del apóstol {cf Rom 1,9) presenta el modo propio en el que da culto a Dios con su vida, algo que ya había exhortado a hacer a los cristianos de Roma {cf. 12,1). Ese culto nace de la conciencia de estar en «deuda» {cf 1,14): la deuda de quien sabe que ha recibido de Cristo una gracia particular a la que intenta corresponder prestando su propia «debilidad» al «poder» del Evangelio. De este modo, el apóstol Pablo se convierte en instrumento de Dios, «con la palabra y con la acción», confirmado «a través de signos y prodigios», «con la fuerza del Espíritu Santo» (w. 18s).

       San Pablo predicó el Evangelio de Cristo en la zona comprendida entre la frontera extrema de Jerusalén (sudeste) y la Iliria (noroeste), para llevar a todos a la «obediencia», a la escucha de la Palabra, esforzándose por llegar en particular a cuantos todavía no habían sido evangelizados por otros (cita a Is 52,15, en el v. 21; cf. 2 Cor 10,15s). La comunidad cristiana de Roma, a decir verdad, había sido fundada por otros -y eso había constituido un impedimento para una eventual visita del apóstol {cf Rom 1,13; 15,22)-, pero, ahora que tiene la ocasión, desea ir a visitar a los romanos para recoger algún fruto entre ellos (Rom 1,13), recibir ayuda y gozar de su presencia (15,24), descansando entre ellos (15,32) antes de salir para España.

 

Evangelio: Lucas 16,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1 -Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo lo llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo; pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

 

       *» Tras haberse dirigido en particular a los maestros de la Ley y a los fariseos {cf Le 15,3), Jesús habla ahora también a sus discípulos (16,1) y les cuenta ellos la parábola del hombre rico y de su administrador. Este último, acusado de haber malversado los bienes de su amo (v. 1), reflexiona (v. 3) sobre lo que debe hacer en caso de que sea despedido del cargo. Fruto de esta reflexión, decide llamar a los que tienen deudas contraídas con su señor, para condonarles una parte de ellas; de este modo, se asegura su reconocimiento y la posibilidad de ser acogido en sus casas (w. 4-7) cuando lo necesite. Es posible que la deuda condonada correspondiera al interés que el administrador retenía habitualmente para él -y es en esta especulación donde debemos buscar la raíz de la injusticia y de la malversación-, pero la renuncia a los barriles de aceite (lit. bat: ¿entre 21 y 45 litros?) y a los sacos de trigo (lit.: kor: ¿corresponde a unos 10 bat?) constituye una actitud astuta.

       Del mismo modo que es preciso evaluar los gastos para la construcción de una torre o la oportunidad de declarar la guerra o pactar la paz (Lc 14,28-32), el administrador evalúa sus propias fuerzas (v. 3) y se procura amigos (cf 16,9) con su clemencia (imitación, aunque sea también interesada, de la misericordia de Dios; cf.7,41ss).

       Lejos de parecerse al rico necio (12,29) al que la muerte cogió sin estar preparado, se puede decir de este administrador que es astuto, aunque no sea «fiel» (cf. 12,42), pues en el limitado horizonte en el que se mueve (v. 8: «con su propia gente») sabe hacerse amar, pensando en el futuro: así, aunque no sepan mirar lejos, «los que pertenecen a este mundo son más sagaces» que «los que pertenecen a la luz» (Dios es luz: cf. 1 Jn 1,5), puesto que son capaces de darse cuenta de la urgencia del momento y comportarse con prudencia (= de manera previsora; cf. Mt 10,16).

 

MEDITATIO

       La Palabra de Dios nos puede dejar desconcertados: ¿acaso nos está diciendo que el fin justifica los medios? ¿Que los pillos son los que salen ganando? ¿Qué debemos preferir el arte de buscar arreglos a la honestidad? En ese caso, nuestro mundo sería ejemplar en más aspectos.

       Las provocadoras palabras de Jesús nos «obligan» a escucharlas de manera profunda. Está el modo de proceder ingenioso de quien obra de manera deshonesta y en- ganosa, que es una actitud que implica análisis, inventiva, abnegación. Es posible que los discípulos de Jesús no se caractericen por el mismo grado de compromiso, porque en ocasiones ceden en seguida frente a los imprevistos, a las dificultades, y se presentan con el rostro demacrado, con el paso apático...

       Tenemos que sentirnos interpelados: se trata de una invitación a verificar la calidad de nuestro apostolado. La Palabra del Señor que hemos escuchado hoy nos ofrece un modelo: Pablo y su apasionada y agotadora carrera evangelizadora. Ser discípulos del Señor significa ser hombres y mujeres vivos y creativos, que se han reconocido a sí mismos en la relación vital con Jesucristo, una relación nueva y renovada cada día. Se trata de dejarle vivir a él en nosotros y de arreglárnoslas para estar activamente con él y con los hermanos en él. Entonces, todos los fragmentos cotidianos de nuestra existencia se compondrán con armonía; como escribió santa Clara de Asís, «que, al vivir, tu vida sea una alabanza al Señor».

 

ORATIO

       ¡Ven, Espíritu Santo, fuerza creadora de Dios, fuente siempre fluyente! Enséñanos la fantasía del amor: que seguir a Jesús sea lo que me tome más a pecho y para ello esté dispuesto a todo.

       ¡Ven, Espíritu Santo, sabiduría fecunda de Dios, luz que brilla para siempre! Hazme comprender qué es el bien y cómo puedo conseguirlo, sin reparar en medios, poniendo en juego las capacidades que me has dado. Espíritu Santo, Espíritu santificador, que mi vida sea restituida a Dios y que, gracias también a mi contribución, puedan conocer los hermanos qué bello y deseable es ser discípulos tuyos.

 

CONTEMPLATIO

       Estar arraigados y fundados en el amor, ésta es, a mi modo de ver, la condición para cumplir dignamente mi oficio de Laudem gloriae [...].

       Para que pueda realizar personalmente este plan divino, una vez más viene san Pablo en mi ayuda y me traza él mismo mi regla de vida: «Camina en Jesucristo, me dice, arraigada en él, edificada sobre él, consolidada en la fe, creciendo de continuo en él mediante la acción de gracias». Caminar en Jesucristo me parece que equivale a salir de sí, perderse de vista, desprenderse de uno mismo para entrar más profundamente en él en cada instante que pase, de un modo tan profundo que estemos arraigados en él y poder lanzar en cada acontecimiento, en cada cosa, este hermoso desafío: «¿Quién me separará de la caridad de Cristo?». Cuando el alma está fijada en él a tales profundidades, cuando todas sus raíces han penetrado en él, la linfa divina fluye de manera copiosa en ella y todo lo que es vida imperfecta, trivial, natural, queda destruido. Entonces, según el lenguaje del apóstol, «lo que es mortal es absorbido por la vida». Despojada así de ella misma y revestida de Jesucristo, el alma no tiene que temer ya ni los contactos de fuera ni las dificultades de dentro.

       Estas cosas, lejos de serle un obstáculo, no hacen más que «arraigarla más profundamente en el amor» de su Maestro [...]. Ahora bien, estoy convencida de que el «cántico nuevo» capaz de hacer las delicias y cautivar a mi Dios por encima de cualquier otra cosa es el de un alma despojada y libre de sí misma en la que pueda reflejar todo lo que es y hacer todo lo que quiere. Esta alma se mantiene bajo el toque de su mano como una lira, y todos sus dones son otras tantas cuerdas que vibran para cantar día y noche la alabanza de su gloria (Isabel de la Trinidad, «Ultimo ritiro di Laudem gloriae», en id., Opere, Roma 1967, pp. 646.656-658, passim [edición española: Obras completas, Editorial de Espiritualidad, Madrid 21964]).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que tu Espíritu, Señor, actúe también por medio de nosotros» (cf. Rom 15,18).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

       ¿Qué se nos dice sobre el contenido del seguimiento? Sígueme, ven detrás de mí. Esto es todo. Ir detrás de él es algo desprovisto de contenido. Realmente, no es un programa de vida cuya realización podría aparecer cargada de sentido, no es un fin, un ideal, hacia el que habría que tender. No es una causa por la que, desde un punto de vista humano, merecería la pena comprometer algo, incluso la propia persona.

       ¿Y qué pasa? El que ha sido llamado abandona todo lo que tiene no para hacer algo especialmente valioso, sino simplemente a causa de la llamada, porque, de lo contrario, no puede marchar detrás de Jesús. A este acto no se le atribuye el menor valor. En sí mismo sigue siendo algo completamente carente de importancia, indigno de atención. Se cortan los puentes y, sin más, se continúa avanzando. Uno es llamado y debe salir de la existencia que ha llevado hasta ahora; tiene que «existir», en el sentido más estricto de la palabra.

       Lo antiguo queda atrás, completamente abandonado. El discípulo es arrancado de la seguridad relativa de la vida y lanzado a la inseguridad total (es decir, realmente, a la seguridad y salvaguarda absolutas en la comunidad con Jesús); es arrancado del dominio de lo previsible y calculable (o sea, de lo realmente imprevisible) y lanzado al de lo totalmente imprevisible, al puro azar (realmente, al dominio de lo único necesario y calculable); es arrancado del dominio de las posibilidades finitas (que, de hecho, son infinitas) y lanzado al de las posibilidades infinitas (que, en realidad, constituyen la única realidad liberadora).

       Esto no es una ley general; más bien, es exactamente lo contrario de todo legalismo. Insistamos en que sólo significa la vinculación a Jesucristo, es decir, la ruptura total de toda programática, de toda abstracción, de todo legalismo. Por eso no es posible ningún otro contenido: porque Jesucristo es el único contenido. Al fado de Jesús no hay otro contenido. Él mismo es el contenido (D. Bonhoeffer, El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 51999, p. 27).

 

 

Sábado de la 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Romanos 16,3-9.16.22-27

Hermanos:

3 Saludad a Prisca y Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,

4 quienes, por salvar mi vida, se jugaron la suya. Y no sólo tengo que agradecérselo yo, sino todas las iglesias de procedencia pagana.

5 Saludad también a la iglesia que se reúne en su casa. Saludad a Epéneto, tan querido para mí, el primero en creer en Cristo de la provincia de Asia.

6 Saludad a María, que tanto se ha fatigado por vosotros;

7 a Andrónico y a Junias, mis paisanos y compañeros de prisión, insignes entre los apóstoles, y cristianos incluso antes que yo.

8 Saludad también a Ampliato, a quien tanto aprecio en el Señor;

9 a Urbano, que ha colaborado con nosotros como auténtico cristiano, y a mi querido Estaquis.

16 Saludaos, en fin, unos a otros con el beso santo. Os saludan, a su vez, todas las iglesias de Cristo.

22 Y yo, Tercio, que he escrito esta carta, os saludo también en el Señor.

23 Os saluda Gayo, en cuya casa me hospedo y en la que se reúne toda la iglesia. Saludos de Erasto, el tesorero de la ciudad, y del hermano Cuarto.

25 Al Dios que tiene poder para consolidaros en la fe según el Evangelio que yo anuncio y según la proclamación que hago de Cristo Jesús; al Dios que ha revelado el misterio mantenido en secreto desde la eternidad,

26 pero manifestado ahora  por medio de las Escrituras proféticas según la disposición del Dios eterno, y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe;

27 a ese Dios, el único sabio, sea la gloria por siempre a través de Jesucristo. Amén.

 

       *• Es característico del apóstol saludar, en la conclusión de sus cartas, a las personas con las que mantiene alguna relación: de afecto, de colaboración en el apostolado, de comunidad de estirpe y de suerte. Así sucede también en este caso, en el que la hipótesis es que se trata de un postscriptum, aunque para algunos exégetas está sometida a discusión la inclusión del capítulo 16 -al que pertenece el pasaje que hemos leído hoy- en la primitiva Carta a los Romanos. Entre otros, se nombra a Prisca y Aquila, matrimonio que hospedó a Pablo en Corinto (1 Cor 16,19) y, más tarde, en Éfeso (Hch 18,2-3.26) -y aquí posiblemente arriesgaron su vida por él, con motivo de la revuelta de los orfebres (Hch 19,23-20,1)-. En la trama de relaciones aparece una referencia constante a Cristo: «en Cristo» y «a través de Cristo» aparecen constantemente en los saludos, así como el recuerdo de lo que ha originado el vínculo con el apóstol. Es digno de señalar el saludo que une a toda la Iglesia de Cristo y, símbolo de solidaridad, el «beso santo» (v. 16) -tal vez un gesto litúrgico- que los creyentes están invitados a intercambiar. De Cristo brota y por él se mantiene la nueva fraternidad, que penetra también la sencillez de las relaciones cotidianas.

       Concluye el fragmento con una doxología -canto de alabanza a Dios- centrada en el misterio del proyecto divino de salvación que, subsistiendo en el silencio de la eternidad, fue preanunciado por la Escritura y plenamente revelado en Cristo «y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe» (v. 26: vuelve al tema de la carta). Es Dios quien confirma a los creyentes en la fe y rige con sabiduría el universo: a él sea elevada la alabanza «a través de Jesucristo» (v. 27), expresión máxima de la sabiduría divina y lugar improrrogable de la fe, y, por eso, del sentido de la existencia creyente.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco, lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco, lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 El les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones, porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

       **• Jesús, al valorar la perspectiva del administrador deshonesto, preocupado por tener a alguien que le reciba en su casa (cf. Le 16,4), nos invita a considerar la riqueza en su valor de instrumento mediante el que podemos procurarnos amigos que nos reciban «en las moradas eternas» (v. 9): se trata de los pobres de Le 14,12-14, un tesoro indefectible (cf. asimismo 12,33) de intercesión en los cielos, cuando nos falte la misma riqueza.

       Es menester elegir el señor al que hemos de servir (v. 13) o bien el absoluto hacia el que orientar nuestra vida: una vez realizada la elección, todo lo demás -y así la riqueza, si hemos elegido a Dios- debe concurrir a este servicio. En los w. 10 ss el servicio, en cuanto asunción del primado de Dios en nuestra vida, se traduce en la fidelidad que no se puede ejercer en la riqueza «verdadera » si no la ejercemos primero en la «inicua» (que no garantiza la vida: cf. 12,22-31), no en la propia (el bien de la vida verdadera) si no la ejercemos antes en la «ajena» (los bienes exteriores que no son propios del hombre): en definitiva, es preciso ser fieles en lo «poco» para poder serlo en lo «mucho» (cf. también Mt 25,21). Así pues, la riqueza es «mammona» de injusticia (cf. Eclo 27,2: «Entre la compra y la venta se insinúa el pecado»). Es necesario replantear nuestra propia esperanza (fiarse, construir = 'aman en hebreo, que tiene una curiosa asonancia con el vocablo de origen fenicio mammona) en Dios, no en la riqueza insegura, y enriquecernos con obras buenas para adquirir la vida verdadera (cf 1 Tim 6,17-19).

       En conclusión (w. 14ss), Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos que, por ser «amigos del dinero», veían en sus riquezas un signo de predestinación: Dios, que conoce los corazones, desenmascarará su hipocresía, y, así, el que ahora es «exaltado» será «humillado»; la burla (cf. Le 23,35) se volverá en contra del que se burla (cf. Sant 1,9).

 

MEDITATIO

       Los grandes ideales toman cuerpo en los pequeños gestos ordinarios. Sabemos bien que no son las proclamas altisonantes las que hacen mejor el mundo, sino la fiel y constante obra de los que intentan poner en práctica, en los ámbitos propios de su vida, los valores en los que creen. La concreción del saludo enviado por Pablo a unos amigos lejanos, signo de un recuerdo vivo y afectuoso, nos hace comprender que la caridad -amor de Dios vertido en nuestro corazón- toma forma en las relaciones humanas; nos recuerda que el mandamiento nuevo debe ser encarnado entre las paredes domésticas del cotidiano fluir de la existencia.

       Lo «poco» que tenemos a diario entre las manos es, en realidad, un espacio precioso en el que se revela la gloria del Señor, en el que actualizamos la obediencia de fe en él. Dios no «salta» la humanidad: la ha asumido en él. Somos nosotros quienes continuamente hacemos discrepar materia y espíritu y los obligamos a contraponerse entre sí. Sin embargo, podemos hacer la experiencia de la unificación interior en lo «poco» que

se nos ha confiado. Vivir así -lo descubriremos- es la verdadera e incorruptible riqueza, a la que debemos «servir» con todas nuestras fuerzas y la que hemos de perseguir a toda costa.

 

ORATIO

       Pienso en ti, Jesús, que recorriste los caminos de Galilea, te encontraste con gente, tejiste relaciones de amistad y las viviste con la intensidad única de tu humanidad. Pienso en ti, que comprendiste cómo hablarnos del amor infinito del Padre implicándote en relaciones de amor con tu familia, con tus vecinos, con tus discípulos...

       ¡Que la belleza de todo esto me fascine cada vez más, Señor! ¡Que yo vislumbre la presencia del amor inimaginable del Dios Uno y Trino en gestos de amor cotidianos! Que yo sea capaz de ser fiel a este regalo que me has hecho y puesto en mis manos para que lo comparta. Y así también yo podré cantarte por la eternidad, como Francisco de Asís: «Tú eres toda nuestra riqueza de manera suficiente».

 

CONTEMPLATIO

       El que se muestra digno de Dios, cuando hace desaparecer el amor a sí mismo mediante la caridad, hace desaparecer al mismo tiempo toda la multitud de los vicios, que no tienen en él otro motivo para existir ni otro fundamento [...] e introduce, en cambio, todas las modalidades de la virtud que lleva a su realización cabal el poder de la caridad. Ésta reunifica lo que está dividido, recompone al hombre en un solo pensar y obrar, iguala y allana en todos toda desigualdad y diferencia de voluntad, y conduce justamente, en cambio, a esa otra laudable desigualdad, por la que cada uno atrae hacia sí a propósito al prójimo y lo prefiere a sí mismo en la misma medida en que antes estaba dispuesto a rechazarlo y a ponerse por delante de él. Por la caridad, cada uno se libera voluntariamente de sí mismo, separándose de los pensamientos y disposiciones personales conformes con su propia voluntad, y es reconducido a una única simplicidad e identidad, por la que nadie es separado en cosa alguna de lo que es común, sino que cada uno para cada uno, todos para todos, y todavía más para Dios, para quien los unos para los otros somos un solo ser, por haber hecho visible en nosotros mismos el único logos, unicísimo tanto en la naturaleza como en la voluntad, y Dios, que está incluido en él.

       En Dios debe ser contemplado y a él debe ser referido, como a su causa y a su artífice, el logos de las cosas, el cual permanece custodiado en nosotros con toda atención, puro e inmaculado, purificado de las pasiones que se rebelan contra él mediante nuestro sabio celo por las virtudes y por las fatigas que las acompañan (Máximo el Confesor, Lettera sulla canta, Magnano 1994, pp. 15ss, passim).

 

ACTIO

       Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédenos, Señor, ser fieles en lo "poco" que nos has confiado» (cf. Le 16,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        [Desde la cárcel de Tegel, 20 de mayo de 1944,Ad Eberhard Bethge] ...Dios y su eternidad quieren ser amados con todo el corazón; no de manera que resulte comprometido o debilitado el amor terreno, sino, en cierto modo, como cantus fírmus, respecto al cual las otras voces de la vida suenan como contrapunto; uno de estos temas contrapuntistas, que tienen su plena autonomía y que están relacionados, sin embargo, con el cantus fírmus, es el amor terreno [...]. Allí donde el cantus fírmus es claro y distinto, puede desplegarse el contrapunto con el máximo vigor [...].

       ¿Comprendes lo que pretendo? Quería rogarte que hicieras sonar con claridad ¡untos en vuestra vida el cantus fírmus, y sólo después se producirá un sonido pleno y completo, y el contrapunto se oirá siempre sostenido, no podrá desviarse ni separarse, y seguirá siendo, no obstante, algo específico, total, completamente autónomo. Sólo cuando nos encontramos en esta polifonía la vida es total, y, al mismo tiempo, sabemos que no puede suceder nada funesto mientras se mantiene el cantus fírmus.

       Tal vez se volverán más fáciles de soportar muchas cosas en estos días de vida juntos y en los de la separación que probablemente vendrán (D. Bonhoeffer, Resistenza e resa, Cinisello B. 1988, 373ss, passim [edición española: Resistencia y sumisión, Ediciones Sígueme, Salamanca 1983]).

 

 

Lunes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 1,1-7

1 Amad la justicia los que gobernáis la tierra, tened rectos pensamientos sobre el Señor y buscadlo con sencillez de corazón.

2 Porque se manifiesta a quienes no exigen pruebas, se revela a quienes no desconfían.

3 Los pensamientos torcidos alejan de Dios, y el poder, puesto a prueba, confunde a los necios.

4 La sabiduría no entra en alma perversa ni habita en cuerpo esclavo del pecado.

5 Pues el santo espíritu que nos educa huye de la doblez, se aleja de los pensamientos sin sentido, es rechazado cuando sobreviene la injusticia.

6 La sabiduría es un espíritu que ama a los hombres, pero no dejará sin castigo a los labios blasfemos, porque Dios es testigo de su conciencia, es vigilante veraz de su corazón, y escucha lo que su boca profiere.

7 Pues el espíritu del Señor llena el universo, lo abarca todo y tiene conocimiento de cuanto se dice.

 

        **• El autor del libro de la Sabiduría –probablemente un judío residente en Egipto que escribía en griego hacia la mitad del siglo I a. de C - se dirige a los reyes de la tierra (cf. v. 1), pero, al margen de la ficción literaria, se dirige a todos cuantos pretenden participar del don de la sabiduría: una cualidad que se requiere, qué duda cabe, a los gobernantes, pero que necesita asimismo todo el mundo para llevar una vida feliz.

        La primera invitación que formula es que amemos la justicia. Esto no es difícil de entender, porque «en el sendero de la justicia está la vida, el camino torcido conduce a la muerte» (Prov 12,28): sabio es el justo, el impío es necio. Dios y la Sabiduría -figura personificada de origen y naturaleza divinos- y la necedad/injusticia se rechazan inexorablemente: se expulsan (Sab 1,3.5) recíprocamente.

        Se describen algunas características de los necios: no creer, poner a prueba a Dios (w. 2ss; pensemos también en la relectura de la historia de Israel en clave de incredulidad del Sal 78) y obrar el mal. Los «pensamientos torcidos» y los «pensamientos sin sentido» (w. 3 y 5; cf. 2, lss) conducen a los necios a la muerte, cosa que ellos mismos eligen, porque la consideran amiga {cf. 1,16), siendo que sólo la sabiduría, a la que desprecian, conduce a la vida: y es que Dios ama la vida y «en el temor del Señor está la sabiduría; en apartarse del mal, la inteligencia» (Job 28,28).

        Por consiguiente, la sabiduría -y no la muerte o la vida impía- «es un espíritu que ama a los hombres» (v. 6). Bien lo sabe Dios, que, por haber plasmado el corazón del hombre (cf. Sal 33,15; 138), es testigo veraz de los pensamientos de su corazón y de las palabras de su boca (v. 6), pues él «tiene conocimiento de cuanto se dice» (v. 7) y es el único que está en condiciones de guiarnos por el camino de la vida.

 

Evangelio: Lucas 17,1-6

En aquel tiempo,

1 Jesús dijo a sus discípulos: -Es inevitable que haya ocasiones de pecado, pero ¡ay de quien las provoque!

2 Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar, antes que ser ocasión de pecado para uno de estos pequeños.

3 ¡Estad atentos! Si tu hermano llega a pecar, repréndelo, pero si se arrepiente, perdónale.

4 Y si peca contra ti siete veces al día y otras siete viene a decirte: «Me arrepiento», perdónale.

5 Los apóstoles dijeron al Señor: -Auméntanos la fe.

6 Y el Señor dijo: -Si tuvierais fe, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate y trasplántate al mar», y os obedecería.

 

        **• «¡Estad atentos!» (v. 3) es la exhortación que dirige hoy Jesús a sus discípulos. Sus enseñanzas están relacionadas con la vida fraterna, lugar de escándalos y de contraste: es algo «inevitable» (v. 1). Ahora bien, si la fragilidad es el camino del hombre, en la vigilante atención a nosotros mismos y en la incansable acogida al hermano (v. 3) se juega el primado de Dios, la opción por servirle.

        El discernimiento de la caridad es un recorrido delicado: incluye la preocupación amorosa por los «pequeños» (v. 2: los débiles, los sencillos, en cualquier acepción que queramos darle; cf. Le 10,21) y no excluye la corrección fraterna, sino que hace que el perdón sobreabunde sobre todo (v. 4: «siete veces» simboliza un perdón ilimitado que resiste a una debilidad que perdura).

        Se confirma así que, en el interior de la trama de las relaciones cotidianas, la atención principal debe centrarse en nosotros mismos y en nuestro propio camino, un camino marcado, a buen seguro, por las dificultades, aunque también por la esperanza de poder experimentar, incluso en los inevitables contrastes, la alegría de la mirada del hermano que vuelve a dirigirse a nosotros (esto es el «arrepentirse» de los w. 3ss).

        Así es como la fe, que aunque sea tan pequeña «como un grano de mostaza» (v. 6) engendra y acoge milagros, es no sólo don invocado, sino compromiso de caridad que transforma la confianza en Dios en confianza recíproca.

 

MEDITATIO

        A lo largo de la vida ocurren muchas cosas que nos indignan. A pesar de todo, pensamos que debe existir un mundo bueno, aunque en realidad no existe y no existirá nunca. Dios debería encargarse de hacer bueno este mundo, pero no lo hace. Por nuestra parte, probablemente nos consideremos exonerados de ayudar para mejorar un mundo que, por otro lado, sigue adelante del mismo modo que lo hacía antes sin nosotros.

        La consecuencia más obvia es que «vamos tirando», sin atender a nadie más que a nosotros mismos. Ahora bien, ¿eso es vida? Nos responde la Palabra del Señor. El arte de vivir, de «gobernarnos» a nosotros mismos, se aprende con la sencillez de la confianza, no con razonamientos torcidos. No es obrar por nuestro propio interés empleando la falsedad y el subterfugio lo que construye la vida, sino el respeto al otro y la acogida renovada continuamente a quienes tenemos a nuestro lado, conscientes de no ser por eso mejores que ellos. A través del perdón otorgado, a través de la atención a no ser un obstáculo para el hermano con actitudes o con palabras, a través de la transparencia de los sentimientos y de los pensamientos es como llegamos a ser lo que somos: semejantes a Dios. Y de este modo es también como lo imposible se vuelve posible.

 

ORATIO

        Tú no estás, Señor, en los complejos remolinos de mis oleadas interiores, ni te escondes en las intrincadas espesuras del raciocinio.

        No moras allí donde se responde al mal con el mal allí donde la acerba perversión de los grandes golpea al niño.

        No encuentras reposo en el corazón que te levanta barreras y se hace la ilusión de bastarse a sí mismo, desprecia al hermano y se burla de la fuerza de tu amor, La confianza sencilla te atrae, suma sabiduría que sabe guardar tu amistad.

 

CONTEMPLATIO

        Los verdaderos creyentes, que se mantienen firmes en la esperanza en Dios, se alegran en sus corazones esperando sus beneficios y están llenos de la alegría del Espíritu, necesitan, en primer lugar, ceñirse del amor de Dios. En él se engrandece y se dilata la magnífica construcción de su justicia [...].

        Feliz el hombre de amor, que hace habitar en su corazón al Dios que es amor.

        Feliz el corazón, aunque sea humilde y estrecho, que pone dentro de sí, espiritualmente, como en una mora da tranquila, a aquel que ni el cielo ni la tierra puede contener [...].

        El amor crece y se dilata en aquellos que están ligados por una pasión natural, estando el uno junto al otro. Y en el connubio de las miradas permanece vigilante su pasión. Y crece y se vigoriza por el intercambio de palabras de pasión. Y la memoria permanece siempre vigilante, bajo los alicientes de la gran fuera del amor.

        Así, por el morar incesante junto a él, por la mirada sencilla de la inteligencia y la contemplación espiritual de éste y por el diálogo incesante con su recuerdo y la meditación de sus palabras, se dilata en el hombre la

pasión por Dios [...].

        El que se encuentra consumado por el amor de Dios dirige hacia él el impulso de su carrera y vuela por encima de todo. (Martyrios [Sahdona], Sull'amore perfetto per Dio e per glialtri, Magnano 1993, l l s s , passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Amad la justicia y buscad al Señor con sencillez de corazón» (cf. Sab 1,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dios mío, tú, que me has enriquecido tanto, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, en un largo diálogo. Cuando me encuentro en un rincón del campo, con los pies plantados en tu tierra y los ojos elevados hacia tu cielo, tengo a menudo el rostro inundado de lágrimas, único exutorio de mi emoción interior y de mi gratitud. También por la noche, cuando, acostada en mi litera, me recojo en ti, Dios mío, lágrimas de gratitud inundan a veces mi rostro, y ésa es mi oración.

        Estoy muy cansada desde hace algunos días, pero es una cosa que pasará como todo lo demás. Todo progresa siguiendo un ritmo profundo, un ritmo propio en cada uno de nosotros.

        Debería enseñarse a la gente a escuchar y a respetar ese ritmo: es lo más importante que un ser humano puede aprender en esta vida. No lucho contigo, Dios mío. Mi vida no es más que un largo diálogo contigo. Es posible que no llegue a ser nunca la gran artista que quisiera ser, pues estoy demasiado bien resguardada en ti, Dios mío. En ocasiones, quisiera grabar con un buril pequeños aforismos y pequeñas historias vibrantes de emoción. Mas la primera palabra que me viene a la mente, siempre la misma, es: Dios. Contiene todo y hace inútil todo lo demás. Toda mi energía creadora se convierte en diálogos interiores contigo. El oleaje de mi corazón se ha vuelto más ancho desde que estoy aquí, más animado y más apacible a la vez, y tengo la impresión de que mi riqueza interior se incrementa sin cesar (E. Hillesum, Diario: 1941-1943, Milán 1996, pp. 253ss [tomado de Paul Lebeau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual. Amsterdam, 1941 - Auschwitz, 1943, Sal Terrae, Santander 2000, pp. 200-201]).

 

 

Martes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 2,23-3,9

2,23 Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser,

24 mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y tienen que sufrirla los que le pertenecen.

31 Pero las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento los alcanzará.

2 Los insensatos piensan que están muertos; su tránsito les parece una desgracia,

3 y su salida de entre nosotros, un desastre, pero ellos están en paz.

4 Aunque a juicio de los hombres han sufrido un castigo, su esperanza estaba llena de inmortalidad,

5 y por una leve corrección recibirán grandes bienes. Porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él.

6 Los probó como oro en el crisol y los aceptó como un holocausto.

7 En el juicio de Dios aparecerá su resplandor y se propagarán como chispas en un rastrojo.

8 Dominarán sobre naciones, gobernarán pueblos y su Señor reinará sobre ellos para siempre.

9 Los que ponen en él su confianza comprenderán la verdad, y los fieles permanecerán junto a él en el amor, pues la gracia y la misericordia son para sus elegidos.

 

        ** «Dios creó al hombre para la inmortalidad» (2,23), y la esperanza de «los que ponen en él su confianza» (3,9) «estaba llena de inmortalidad» (3,4): éste es el mensaje del fragmento de hoy, que trata sobre la suerte aparente/real de los justos. El destino originario del hombre es la inmortalidad -o sea, la experiencia de una vida que no conoce la muerte-, puesto que está hecho «a imagen» (2,23) de Dios, aunque «por envidia del diablo» (2,24) la muerte se asoma cual espectro sobre la existencia.

        Por primera vez, con un lenguaje filosófico (eco de la cultura helenística del autor del libro) y ahondando en la cuestión de la retribución (el justo debe ser recompensado y el malvado castigado), se habla de vida eterna, y eso tiene lugar casi comentando los primeros capítulos (2 y 3) del Génesis: el relato de cómo, ya desde los orígenes, vida y muerte se cruzan, en desgarradora tensión, en el camino del hombre.

        Es preciso confiar en el Señor, rechazando elegir la carne como propio apoyo (cf. Jr 17,5-8). Es necesario ir más allá de lo que se presenta a los ojos de los necios (cf. Sab 3,2.4), de los que miran con la mirada miope y superficial del tiempo que acaba. Es necesario aceptar atravesar el tiempo de la prueba (que se presenta a cada uno, aunque en los w. 5ss se alude, probablemente, al martirio del pueblo judío en la época de los Macabeos, en tiempos del rey Antíoco Epífanes). Entonces se verá satisfecha la confianza del justo, de cada hombre que haya esperado contra toda esperanza, a pesar de las apariencias (como ya profetizaba Isaías a propósito del Siervo de YHWH: cf. Is 52,13-53,12). Los justos «recibirán..., aparecerá su resplandor..., gobernarán...», etc. (w. 5-9), porque verdaderamente «están en paz» (v. 3), «están en las manos de Dios» (v. 1): en el tiempo breve y para la eternidad.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros que tenga un criado arando o pastoreando le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo; y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

        *•• Tras haber tratado el tema de la vigilancia sobre nosotros mismos, el evangelista Lucas, en el itinerario que conduce a una caridad que es fe recibida y responsablemente vivida, investiga sobre otra actitud que se pide a los discípulos de Jesús: la conciencia de la propia inutilidad (v. 10). Somos siervos de los que no hay necesidad.

        Jesús condena la presunción de justicia de los fariseos (cf. Le 18,9) que, con una religiosidad de fachada basada en la acumulación de obras, esperan su recompensa de Dios: no espera recompensa alguna el pobre que se sabe por completo en manos de Dios (humildad de los siervos del Magníficat).

        No debemos esperar recompensa, pues no hay motivo de gloria en lo que hacemos: como dirá san Pablo, «anunciar el Evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo» (1 Cor 9,16). Quien es consciente de estar constantemente en deuda de amor con Dios (v. 10), quien sabe que su vida es fruto de un don exagerado (perdón), no espera ninguna gracia de aquel a quien presta servicio, porque su misma existencia es gracia recibida (v. 9: el señor no está «obligado» respecto al siervo).                           También el siervo podrá comer y beber después (v. 8), participar en la alegría de su señor (cf. Mt 25,21), pero no en seguida (cf. v. 7): antes es preciso estar preparados «con la cintura ceñida y la lámpara encendida», en actitud de servicio, esperando a su señor (cf. Le 12,36-40).

 

MEDITATIO

        El dolor y la muerte nos acomunan a todos, con el carácter trágico de los «¿por qué?» que les acompañan. Se oye decir: «Venimos a este mundo a sufrir», tan cruda y persuasiva se muestra esta experiencia, frente a la cual sentimos nuestra precariedad, impotencia y pequeñez.

        No es ésta, sin embargo, nuestra verdad profunda y esencial: no hemos sido creados para sufrir, no hemos sido creados para morir, sino que estamos vivos para vivir y para vivir para siempre. Nuestra vida no es una vida para perderla, condenada a la derrota. ¡Bien al contrario! Dios nos tiene en sus manos: no nos ha hecho inmunes al dolor y a la muerte, pero los vive con nosotros y nos ha mostrado en Jesús cómo vivirlos. El amor y la misericordia levantan los asedios del sufrimiento que atenazan el corazón. El amor y la misericordia son la vida eterna que empieza ya en esta tierra, cuando dejamos que las reivindicaciones cedan el paso a la gratuidad, cuando ni siquiera en medio de la persecución no perdemos la esperanza ni la confianza. El amor y la misericordia son el lenguaje de Dios. Dichoso el que lo aprende: comprenderá qué es la muerte y qué es la vida.

 

ORATIO

        No me importa, Señor, presentarte la cuenta, como si tú debieras pagarme por lo que hago por ti. Tú me has dado todo, todo lo he recibido de ti: mi existencia no es más que un restituirte el don. Soy alguien a quien no se le debe nada.

        Sólo te pido, Señor, que no desaparezca en mí la certeza de estar ya contigo en esa vida que durará para siempre, para la cual la muerte no es más que un terrible paso. Refuerza mi fe en esa eternidad de amor que ya saboreo ahora en cada chispa de amor humano. Demasiadas veces, hoy, me apremian cerrando los confines de la existencia en este mundo, en una autocondena a una vida que ya es muerte.

        Creo, Señor, que del mismo modo que ahora me despierto por la mañana, resucitaré un día en tu aurora. No será un premio que me debas: será el rebosar definitivo de tu misericordia.

 

CONTEMPLATIO

¡Qué maravillosos son, Dios nuestro, tus secretos!,

¿quién los creerá?

Mi corazón se ha transformado con su recuerdo

y por su dulzura se han separado

los miembros de mi cuerpo.

He olvidado lo que es mío

en la meditación sobre cosas de las que no estoy cerca,

y apremio con (mi) deseo al Dador.

He olvidado (también) lo que es suyo,

y es para obtenerle a él mismo por lo que me fatigo.

Lo aferró, pero no es aferrado;

lo capturo, pero no es capturado.

Cuando estoy lleno, estoy vacío;

cuando lo aferró, no es él,

y cuando moro en él, en mí mora.

Cuando quiero llevarlo a alguna parte, se me resiste,

porque si está vestido no se detiene,

si está despojado no se encamina,

si lo dejan (solo) no se queda,

si viene conmigo a algún lugar, no se mueve de allí.

Cuando camino con él, mora en mí

y se dilata como cuando está fuera de mí;

cuando lo respiro sale de dentro (de mí)

y cuando lo vislumbro en lo íntimo de cada cosa

está revestido de todas ellas y (las) vela.

Me siento llevado por él y avanzo.

(Juan de Dalyatha, Mostrami la tua belleza, Magnano 1996, pp. 26ss, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Las almas de los justos están en las manos de Dios» (Sab3,l).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¡Dios mío, cógeme de la mano! Te seguiré de manera resuelta, sin mucha resistencia. No me sustraeré a ninguna de esas tormentas que caerán sobre mí en esta vida. Soportaré el choque con lo mejor de mis fuerzas. Pero dame, de vez en cuando, un breve instante de paz. No voy a creer, en mi inocencia, que la paz que descienda sobre mí es eterna. Aceptaré la inquietud y el combate que vendrán después. Me gusta mantenerme en el calor y la seguridad, pero no me rebelaré cuando haya que afrontar el frío, con tal de que tú me lleves de la mano. Yo te seguiré por todas partes e intentaré no tener miedo. Esté donde esté, intentaré irradiar un poco de amor, de ese amor al prójimo que hay en mí. Pero tampoco debo jactarme de este «amor».

        No sé si lo poseo. No deseo ser nada especial; sólo quiero tratar de ser esa que pide desarrollarse en mí plenamente [...]. Prometo vivir esta vida hasta el fondo, seguir adelante. Unas veces me da por pensar que mi vida apenas está en sus comienzos y que las dificultades están todavía por venir, y otras veces me parece que ya he luchado bastante. Estudiaré e intentaré comprender, pero creo que también deberé dejarme asombrar por lo que me sucede y, aparentemente, me desvía: siempre me dejaré asombrar, para llegar, tal vez, a una mayor seguridad [...]. Es como si cada día fuera echada en un gran crisol y cada día consiguiera salir de él (E. Hillesum, Diario: 1941-1943, Milán 1996, pp. 74ss, passim).

 

 

Miércoles de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 6,1-11

1 Escuchad, pues, reyes, y entended; aprended quienes regís los confines de la tierra.

2 Prestad oído los que domináis a muchedumbres y os sentís orgullosos de la multitud de vuestros pueblos.

3 Porque el Señor os ha dado el poder, y la soberanía procede del Altísimo. El juzgará vuestras acciones y examinará vuestros designios.

4 Porque, siendo ministros de su Reino, no gobernasteis rectamente, no respetasteis la ley ni pusisteis en práctica la voluntad de Dios.

5 Terrible y repentino caerá él sobre vosotros, porque un juicio inexorable espera a los grandes.

6 Al pequeño se le perdona por piedad, pero los grandes serán examinados con rigor.

7 Pues el Señor de todos no retrocede ante nadie, ni la grandeza lo intimida, porque él hizo al pequeño y al grande, y cuida de todos por igual;

8 pero a los poderosos les espera un riguroso examen.

9 A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras, para que aprendáis sabiduría y no pequéis.

10 Porque los que se conducen según las leyes santas serán reconocidos como santos, y los que se dejen instruir por ellas tendrán en ellas su defensa.

11 Así pues, desead mis palabras, anheladlas y seréis instruidos.

 

        *•• El autor, renovando la invitación lanzada ya al comienzo del libro, se dirige a los que gobiernan la tierra y dominan a las muchedumbres (w. ls) para que escuchen: esa escucha -que es principio de sabiduría- tiene por objeto la ley/sabiduría (según la identificación recogida, por ejemplo, en Bar 4,1), y es una escucha eficaz, que realiza lo que ha oído, configurando la vida a la Palabra del Señor (v. 4).

        La perspectiva en la que se sitúa esta exhortación es la del juicio de Dios (v. 3): toda autoridad viene de Dios (cf. 1 Cro 29,12: «La riqueza y la gloria proceden de ti. Tú eres el dueño de todo, en tu mano están la fuerza y el poder, la estabilidad y consistencia de todo»), y los soberanos son «ministros» -o sea, servidores- «de su Reino», de modo que serán juzgados según la fidelidad al servicio prestado, que, en última instancia, es el servicio al hombre. El juicio de Dios es imparcial -Job diría que él «no prefiere el pobre al rico» (Job 34,19), pues «ha creado al pequeño y al grande» (v. 7)-, pero su rigor está proporcionado a la responsabilidad de cada uno.

        Así pues, Dios «cuida» (v. 7) de todos, garantiza la justicia a los pequeños, pero mira con amor vigilante todo camino y, precisamente por eso, pide a cada uno según el poder (de servir) que se le ha concedido: por eso el mensaje, la invitación a la sabiduría que aparece en este fragmento, va dirigido a todos.

        La «defensa» (v. 10) y la «instrucción» (v. 11) del sabio es la Sabiduría, esposa ideal {cf. Sab 8,2ss), porque su compañía abre el camino de la inmortalidad, de la vida.

        No sorprende, por tanto, leer, en los versículos de la conclusión del fragmento (w. 9-12), los verbos del deseo y de la búsqueda amorosa: la sabiduría, mucho más que una filosofía, es un itinerario místico; encuentra y se hace encontrar, dejando satisfecha la pasión de quien «vela por ella» (6,15).

 

Evangelio: Lucas 17,11-19

11 De camino hacia Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaría y Galilea.

12 Al entrar en una aldea, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

13 y comenzaron a gritar: -Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

14 Él, al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios.

15 Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta,

16 y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano.

17 Jesús preguntó: -¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?

18 ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?

19 Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

        *» El evangelista Lucas nos propone en la perícopa de hoy el relato de un milagro hecho por Jesús: la curación de diez leprosos. La indicación «de camino hacia Jerusalén» (v. 11) recuerda a las que aparecen en Lc 9,51 y 13,22: el episodio narrado se desarrolla en el camino que conduce a Jesús hacia la cruz y la gloria de la resurrección, hacia la consumación de su vida; a lo largo de este recorrido, no cesa de enseñar a sus discípulos, de palabra y con obras.

        Diez leprosos salen al encuentro de Jesús y, gritando a voces (habla el dolor del hombre: cf. Le 4,33; 8,28; 23,46), piden su intervención piadosa (w. 12ss). Le llaman «maestro», nombre típico empleado por los discípulos, que, frecuentemente, es invocación y reconocimiento del poder de Jesús (cf. Le 5,5; 8,33; 9,33-49).

        Mientras van «a los sacerdotes» (v. 14), según el ritual de la purificación de Lv 14,2), quedan curados. Sin embargo, sólo uno vuelve y se echa a los pies de Jesús para darle las gracias (w. 15ss). Se trata de «un samaritano» (v. 16), de un «extranjero», por tanto (v. 18): para subrayar la condición de marginalidad en la marginación experimentada ya en la vida (v. 12: según Lv 13,45ss, los impuros estaban excluidos de la comunidad). Únicamente de él se dice que, por su «fe», no sólo ha sido curado, sino también y sobre todo «salvado» (v. 19). Como él, también los discípulos están llamados a vivir la fe como reconocimiento: con la capacidad de reconocer y, por consiguiente, de agradecer al Señor que se hace presente en la vida y en las muchas curaciones que realizó, venciendo la ignorancia que se abandona al goce de la saciedad del presente (cf. Jn 6,26).

 

MEDITATIO

        Puedo reconocerme en uno de los leprosos con los que se encontró Jesús; también yo he implorado su benévola intervención, también yo he sido curado, puesto que existo gracias a su misericordia.

        ¿Y qué más? ¿Puedo reconocerme también en el único que volvió sobre sus pasos y fue capaz de agradecer el favor recibido? La invitación a reflexionar y a verificar en qué medida la gratitud marca mis acciones me alcanza y me agita. No es fácil dar las gracias. Hay agradecimientos de conveniencias que casi oprimen a quien los recibe. Más frecuente es el silencio que expresa con elocuencia que «todo se me debe». Es ésta una actitud interior semejante a la del que, teniendo algún poder sobre otros, se arroga el derecho a hacer la ley.

        El Señor nos repite que no tiene acepción de personas, que cuida de todos y de cada uno. Las diferencias las marcamos nosotros: diferencias que se convierten en juicio. Si nos apropiamos de los dones de Dios –sean cuales sean-, nos excluimos del abrazo de su misericordia. Si nos mostramos agradecidos, manifestamos que nos reconocemos como criaturas, atentas a no enviar al vacío las palabras del Creador y Señor, contentas de poder servirle a él y a los hermanos.

 

ORATIO

        Hoy, mi oración, Señor, no puede ser más que agradecimiento. Gracias, porque me permites conocer lo que te gusta y eso es lo que me hace vivir. Gracias, porque no me juzgas siguiendo un arbitrio arcano, sino que dejas que mis obras mismas sean mi juicio. Gracias, porque tienes cuidado de todas las personas y lo manifiestas sobre todo dando tu Palabra que salva, que cura el mal profundo en cada uno.

        Gracias, porque tú mismo te has hecho para mí «acción de gracias», eucaristía. Cada vez que me alimento del pan y del vino eucarístico entro en comunión contigo: que, junto a ti, mi vida, toda ella, se convierta en una acción de gracias al Padre.

 

CONTEMPLATIO

        Hijo mío, acoge la disciplina y la sabiduría. No huyas de la disciplina y de la sabiduría, sino que si te es enseñada la sabiduría, acógela con alegría, y si te corrige en algo, haz lo que está bien. Mediante la corrección harás una corona para tu guía interior. Cíñete la santa sabiduría como un vestido; ten la nobleza de una buena conducta. Adquiere la austeridad de la disciplina; júzgate sólo a ti mismo como un juez sabio. No descuides mi enseñanza ni seas presa de la ignorancia, para que no extravíes a tu pueblo. No huyas de lo divino ni de la sabiduría que hay en ti, porque quien te instruye te ama mucho y te impondrá una austeridad adaptada a tu medida. Envía lejos la naturaleza animal que hay en ti y no permitas que entre en ti el pensamiento malvado.

        Está bien que llegues a saber el modo en el que te formo en la sabiduría. Si, como ves, está bien gobernar las cosas visibles, ¡cuánto mejor será que tú, que eres grande en toda la asamblea y en todo el pueblo, gobiernes cada cosa y te eleves de todas las maneras posibles mediante un Logos divino, una vez que te hayas convertido en señor de todo poder que da muerte al alma!

        Hijo mío, ¿acaso es normal que uno desee hacerse esclavo? ¿Por qué hay en ti esa mala turbación? Hijo mío, a nadie temas, excepto sólo a Dios, el Altísimo. Rechaza lejos de ti la astucia del diablo. Acoge la luz en tus ojos y rechaza lejos de ti las tinieblas. Vive en Cristo y conquistarás un tesoro en el cielo. No te conviertas en una selva de muchas cosas inútiles ni en guía de tu ignorancia, que es ciega (Abba Silvano el Egipcio, Voi siete miei amici, Magnano 1999, llss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Así pues, desead mis palabras, anheladlas y seréis instruidos» (Sab6,ll).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En primer lugar, debemos comprender bien lo que se dice aquí a propósito del retorno. Sabemos que el retorno se encuentra en el centro de la concepción judía del camino del hombre: tiene el poder de renovar al hombre desde el interior y de transformar su ámbito en el mundo de Dios, hasta el punto de que el hombre del retorno es ensalzado por encima del zaddik perfecto, el cual no conoce el abismo del pecado. Ahora bien, retorno significa aquí algo mucho más grande que arrepentimiento y penitencia; significa que el hombre que está extraviado en el caos del egoísmo -en el que él mismo era siempre la meta prefijada- encuentra, a través de un viraje de todo su ser, un camino hacia Dios, a saber: el camino hacia la realización de la tarea particular a la que Dios le ha destinado precisamente a él, ese hombre particular (M. Buber, // Cammino dell'uomo, Magnano 1990, p. 51).

 

 

Jueves de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 7,22-8,1

7,22 La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, límpido, diáfano, impasible, amante del bien, agudo,

23 expedito, benéfico, amigo de los hombres, estable, firme, libre de inquietudes, que todo lo puede, todo lo vigila y penetra en todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.

24 Pues más móvil que todo movimiento es la sabiduría, y con su pureza todo lo atraviesa y lo penetra.

25 Es ella un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso nada manchado entra en ella.

26 Es una irradiación de la luz eterna, un espejo inmaculado de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.

27 Aunque es una, lo puede todo; sin salir de sí, todo lo renueva, y, entrando en cada época en las almas santas, hace amigos de Dios y profetas.

28  Porque Dios sólo ama al que vive con la sabiduría.

29 Ella es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones. Comparada con la luz sale vencedora,

30 porque la luz tiene que dejar paso a la noche, pero no hay maldad que prevalezca sobre la sabiduría.

8.1 Ella despliega su fuerza de un extremo a otro, y todo lo gobierna acertadamente.

 

        *• El autor, en la línea de algunos precedentes veterotestamentarios y con el respaldo de la tradición profético-sapiencial (véase, por ejemplo, Prov 8,22), procede a la personificación de la sabiduría, de la que elabora un elogio multiforme.

        La describe, de entrada, con una sucesión de veintiún atributos (w. 22ss), cifra simbólica que expresa la perfección absoluta, dado que se obtiene de multiplicar siete (número de la perfección) por tres (plenitud). Hay quien ha leído en el Nuevo Testamento la atribución a Cristo de las mismas características: pensemos, entre otras, en la agudeza (Ap 1,16), en el poder benéfico (Hch 10,38), en la filantropía (Tit 3,4)...

        En consecuencia, se ponen de manifiesto el origen y la naturaleza divinos de la sabiduría, utilizando (w. 25ss), en parte, la terminología bíblica y, en parte, la filosófica: en particular, hálito, emanación e irradiación expresan, aunque sea con diferentes matices, el origen y la consustancialidad con Dios; espejo e imagen expresan la identidad de la naturaleza (en la distinción). Por último, se trata de la actividad de la sabiduría, que se explica o bien haciendo «amigos de Dios y profetas», o bien (creando) renovando y gobernando «todo», puesto que la sabiduría lo mantiene todo unido {cf. Sab 1,7).

        En la teología posterior, el «espíritu de sabiduría» (Is 11,2) informará la acción de Cristo, a quien se atribuirá el primado en la creación (cf. Col 1,15-29) con las mismas funciones indicadas aquí y de quien se señalará su existencia, iluminada por el escándalo de la cruz, como «sabiduría de Dios» (cf. 1 Cor 1,24.30).

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después, dijo a sus discípulos: -Llegará el día en el que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

        **• La perícopa de Lc 17,20-37, a la que pertenece el fragmento que acabamos de leer, constituye una especie de «pequeño apocalipsis lucano» (en Le 21,5-36 se encuentra una intervención más amplia) que se ocupa de la cuestión de la venida del Reino de Dios (w. 20ss) y del Hijo del hombre (w. 22-25).

        Ya está cerca Jerusalén, la meta del viaje de Jesús, y los discípulos «creían que el Reino de Dios debía manifestarse de un momento a otro» (Lc 19,11). Sin embargo, son los fariseos quienes interrogan a Jesús respecto al «cuándo» (v. 20): tras la experiencia del exilio de Babilonia (cf. Jr 25,11; 29,10) lo esperaban evaluando los tiempos y los signos (cf. Dn 9,2; 12,lss). En lo que respecta al Hijo del hombre, hay que mantener un discurso análogo.

        Con todo, tanto en un caso como en el otro -y ésta es la advertencia de Jesús- nadie puede decir: «Está aquí o está allí» (v. 21 y también en el v. 23). Es una invitación a acoger el Reino que ya está presente «entre vosotros» (v. 23) en la persona de Cristo («dedo de Dios»: Le 11,20), aunque no sea fácil reconocer la visita del Señor dentro de la historia, en los acontecimientos.

        Por lo que se refiere al retorno escatológico de Cristo, se llevará a cabo de improviso -especialmente para los que se dejen coger sin estar preparados-, pero será visible «desde un punto a otro del cielo» (v. 24). Ahora bien, antes es preciso que se cumpla el tiempo de la pasión y del rechazo por parte de los hombres (como está preanunciado en Le 9,22 y ratificado en 18,31-33).

        Hemos de recorrer todos los días de la vida, con su carga de sufrimientos y contradicciones: no puede haber historia de la salvación fuera de la misma historia.

 

MEDITATIO

        Dios está en medio de nosotros y está como Señor de lo que existe, porque él lo ha creado todo, porque lo ha redimido todo en la Pascua de Jesús. Sin embargo, el mundo funciona y sigue adelante sin él. Por otra parte, no hay necesidad de Dios como justificación de la realidad; ya Dietrich Bonhoeffer declaraba el final del «Dios-tapaagujeros».

        Con todo, precisamente ese mundo «autónomo» respecto a Dios, confiado a la técnica como nuevo espacio de «salvación», siente una gran voracidad de milagrería, de anuncios apocalípticos y corre allí donde el «santón» de turno proclama algo extraordinario. Viejos y nuevos milenarismos siguen atrayendo con gran fragor.

        La Escritura nos dice hoy que Dios está presente y actúa: nada ni nadie está excluido de su acción salvadora. La suya es una obra de amor, una acción que da valor de eternidad a lo que nosotros hacemos en el tiempo. Es una obra en favor nuestro: hace más significativo nuestro vivir y afirma nuestra dignidad de hijos suyos. ¡Dios está aquí! No para sustituirnos a nosotros, sino para hacer eterno nuestro vivir en el tiempo. Dios está aquí  no para poner un remiendo a nuestras insuficiencias, sino para que no se pierdan ni siquiera las migajas de nuestra existencia.

        Abramos los ojos, el corazón y las manos a él, que con la fuerza suavísima de su Espíritu colma de sí mismo toda realidad y la lleva a su consumación definitiva.

 

ORATIO

        Señor Dios, que acoges cada deseo de tus hijos y haces que dé frutos de vida, concédeme tu sabiduría, amante del bien, para que yo sepa reconocer el bien que hay en mí y a mi alrededor, semilla fecunda de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, amiga del hombre, para que yo sepa acoger y ofrecer una amistad sincera y fiel, profecía de tu Reino que está aquí.

        Concédeme tu sabiduría, estable, segura, sin afanes, para que yo sepa arraigarme en la roca de tu Palabra y consiga la certeza y la confianza en tu providencia, signo de tu Reino que está aquí.

 

CONTEMPLATIO

         [...] Este apetito tiene siempre el alma de entender pura y claramente las verdades divinas; y cuanto más ama, más adentro de ellas apetece entrar, y por eso pide lo tercero, diciendo: Entremos más adentro en la espesura.

        En la espesura de tus maravillosas obras y profundos juicios, cuya multitud es tanta y de tantas diferencias que se puede llamar espesura; porque en ellas hay sabiduría abundante y tan llena de misterios que no sólo la podemos llamar espesura; más aún, cuajada, según lo dice David, diciendo: Mons Dei, mons pinguis. Mons coagulatus, mons pinguis, que quiere decir: el monte de Dios es monte grueso y monte cuajado. Y esta espesura de sabiduría y ciencia de Dios es tan profunda e inmensa que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro, por cuanto es inmensa y sus riquezas incomprehensibles, según lo exclama san Pablo, diciendo: O altitudo divitiarum sapientiae, et scientiae Dei: quam incomprehensibilia sunt judicial ejus, et investigabiles viae ejus! (¡Oh alteza de riquezas de sabiduría y ciencia de Dios, cuan incomprehensibles son sus juicios e incomprehensibles sus vías!). Pero el alma en esta espesura e incomprehensibilidad de juicios desea entrar, porque le mueve el deseo de entrar muy adentro del conocimiento de ellos, porque el conocer en ellos es deleite inestimable que excede todo sentido. De donde, hablando David del sabor de ellos, dijo: Judicia Domini vera, justificata tu semetipsa. Desiderabilia super aurum, et lapidem praetiosum multum: et dulciora super mel, et favum. Etenim servus tuus custodit ea, que quiere decir: los juicios del Señor son verdaderos y en sí mismos tienen justicia. Son más agradables y codiciados que el oro y que la preciosa piedra de gran estima, y son dulces sobre la miel y el panal; tanto, que tu siervo los amó y guardó. Por lo cual desea el alma en gran manera engolfarse en estos juicios y conocer más adentro en ellos, y a trueque de esto le sería gran consuelo y alegría entrar por todos los aprietos y trabajos del mundo y por todo aquello que le pudiese ser medio para esto, por dificultoso y penoso que fuese, y por las angustias y trances de la muerte, por verse más dentro en su Dios. De donde, también por esta espesura en la que aquí el alma desea entrarse, se entiende harto propiamente la espesura y multitud de los trabajos y tribulaciones en que desea esta alma entrar, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer, porque ello es medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios, porque el más puro padecer trae más puro e íntimo entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto, no se contentando con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos más adentro en la espesura»; es a saber, hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios. De donde, deseando el profeta Job este padecer por ver a Dios, dijo: Quis detur veniat petitio mea: et quod expecto, tribuat mihi Deus? Et qui coepit, ipse me conterat: solvat manum suam, et succidat me? Et haec mihi sit consolatio, ut afligens me dolore, nan parcat, que quiere decir: ¿quién me dará que mi petición se cumpla y que Dios me dé lo que espero, y que el que me comenzó ése me desmenuce, y desate su mano y me acabe, y tenga yo esta consolación, que, afligiéndome con dolor, no me perdone? ¡Oh si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, sino es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en esto el alma su consolación y deseo, y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina, desea primero el padecer en la espesura de la cruz para entrar en ella! Que por eso san Pablo amonestaba a los de Efeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprehender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la largura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo: In chántate radicati, et fundati, ut possitis comprehendere cum ómnibus Sanctis, quae sit latitudo, et longitudo, et sublimitas, et profundum: scire etiam supereminentem scientiae charitatem Christi; y para ser llenos de todo henchimiento de Dios: Ut impleamini in omnem plenitudinem Dei. Porque para entrar en esta riquezas de sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos (Juan de la Cruz, Cántico espiritual B, estrofa 36, nn. 9-12).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La sabiduría hace amigos de Dios y profetas» (Sab 7,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Cuando yo era joven, la «religiosidad» era para mí la excepción. La «religiosidad» me alejaba por sí misma. Por otra parte estaba la existencia habitual, con sus negocios, aquí, en cambio, imperaba el arrobamiento, la iluminación, el éxtasis, sin tiempo ni causalidad. No tuvo lugar nada de particular: un día, tras una mañana de exaltación «religiosa», recibí la visita de un ¡oven desconocido, sin estar presente allí, no obstante, con toda el alma... No había venido a mí por casualidad, sino enviado por el destino no para una charla, sino para tomar una decisión, y precisamente a mí, precisamente en aquel momento.

        ¿Qué esperamos cuando estamos desesperados, pero buscamos también una persona? Probablemente, una presencia a través de la cual se nos diga que, pese a todo, la cosas tienen sentido. Desde entonces abandoné esa «religiosidad» que es solamente excepción, extrañamiento, evasión, éxtasis, o tal vez fui yo el abandonado por ella. Ahora no tengo más que la vida cotidiana de la que nunca me distraigo. El misterio ya no se pronuncia, se ha sustraído o bien mora aquí, donde todo sucede tal como sucede. Ya no conozco otra plenitud que la de cada hora mortal compuesta de pretensiones y responsabilidades. Muy lejos de estar en las alturas, sé, no obstante, que en la pretensión se me dirige la palabra y que puedo responder de manera responsable. Sé quién habla y me pide una respuesta. No sé mucho más. Si esto es religión, entonces la religión es todo, la totalidad vivida simplemente en su posibilidad de diálogo (M. Buber, Incontro. Frammenti autobiografía, Roma 1994, pp. 73ss, passim).

 

 

Viernes de la 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Sabiduría 13,1-9

1 Totalmente insensatos son todos los hombres que no han conocido a Dios, los que por los bienes visibles no han descubierto al que es, ni por la consideración de sus obras han reconocido al artífice.

2 En cambio, tomaron por dioses, rectores del mundo, al fuego, al viento y al aire sutil; a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo.

3 Pues, si embelesados con su hermosura los tuvieron por dioses, comprendan cuánto más hermoso es el Señor de todo eso, pues fue el mismo autor de la belleza el que lo creó.

4 Y si tal poder y energía los llenó de admiración, entiendan cuánto más poderoso es quien los formó,

5 pues en la grandeza y hermosura de las criaturas se deja ver, por analogía, su Creador.

6 Éstos, con todo, merecen más ligero reproche, porque quizás se extravían buscando a Dios y queriendo hallarlo.

7 Se mueven entre sus obras y las investigan, y quedan seducidos al contemplarlas, ¡tan hermosas son las cosas que contemplamos!

8 De todas formas, ni siquiera éstos son excusables,

9 porque, si fueron capaces de escudriñar el universo, ¿cómo no hallaron primero al que es su Señor?

 

        **• «Los cielos cuentan la gloría de D