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LECTIO DIVINA TIEMPO ORDINARIO (AÑO PAR)

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

Lectio diaria

Semana 1ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 2ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 3ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 4ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 5ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 6ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 7ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 8ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

Oraciones

Liturgia de las Horas

Lectio Divina

Devocionario

Adoración

Oficio de Lecturas

 

 

 

 

 

 

 

 

1. Redescubrir los días feriales

 

        El destino de cada hombre se juega en la vida cotidiana: en ella se salva o se pierde; en ella es bueno o malo; en ella, según la Biblia, se revela, llama y salva Dios. La elección y la unción real de Saúl tienen lugar mientras anda a la busca de unas asnas perdidas; en el caso de David, mientras estaba ocupado en apacentar el ganado de su padre; algo parecido ocurre con los discípulos de Jesús. La misma historiografía está descubriendo que, para comprender un pueblo o una época, no basta con describir las grandes empresas de los personajes particulares, sino que es preciso reconstruir la vida cotidiana de la gente.

        A pesar de ello, está difundida la tendencia a huir de la cotidianidad en cuanto es posible. Existe una actitud de rechazo contra ella. Tal vez se deba a eso el hecho de que no consigamos hacer despegar la fiesta: tenemos dificultades para comprender que el sábado bíblico viene después de los seis días caracterizados por la creatividad y los ilumina. Es en la escuela de la Biblia donde debemos redescubrir, por consiguiente, el sentido de los días feriales, de lo cotidiano, del tiempo «ordinario».

 

2. No hay que huir de lo cotidiano, sino entrar en ello

 

        En los días laborables parecemos a menudo un conjunto de gente aburrida, de esclavos, de reclusos condenados a trabajos forzados. El traqueteo cotidiano toma el rostro de la insatisfacción, de la obligación de ser lo que no somos, de hacer lo que no queremos o no nos interesa en absoluto. Somos como alguien que espera huir de una prisión y que, entre tanto, se embute de tranquilizantes, anhela dejar el trabajo para descansar, espera liberarse de las preocupaciones para conseguir un poco de paz.

        Tal vez, antes que huir, necesitemos tomar la decisión de entrar en esta realidad para poner al descubierto

sus raíces profundas, el «tesoro» escondido por el que vale la pena vender todo para conseguirlo; eso es lo que hizo el mismo Hijo de Dios cuando decidió encarnarse: «Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (Gaudium et spes 22). Desde entonces, «tanto despiertos como dormidos, vivimos unidos a él» (1 Tes 5,10); «si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor» (Rom 14,8).

        Para valorar plenamente lo cotidiano no hay más que un camino: ponernos a la escucha de Jesús, sentarnos a sus pies, escucharle precisamente en medio de nuestros días feriales, en su aparente monotonía.

 

3. Ser capaces de detenernos para el «recuperar» el tiempo ferial

 

        En tiempos de la colonización del «Nuevo Mundo», cuando se estaba construyendo el ferrocarril que unía el Atlántico con el Pacífico, fue interpelado un robusto piel roja mientras estaba fumando su pipa sentado beatíficamente en un tronco:

- Ven a trabajar con nosotros; te daremos mucho dinero.

- ¿Y qué haré con él?

- Podrás meterlo en el banco hasta que tengas mucho...

- ¿Y después?

- Después te comprarás una casa grande, en la que podrás descansar cuando seas viejo y fumarte tu pipa en paz.

- ¿Y por qué habría de trabajar tanto... para fumarme mi pipa en paz?

Y siguió fumándose su pipa.

        Más allá de los caminos trillados, existe una sabiduría que nuestra civilización «productivista» ya no consigue aceptar. Necesitamos sentarnos cada día y fumarnos nuestra pipa beatíficamente, superando este engranaje mortífero: trabajar para vivir, vivir para trabajar, producir para consumir y consumir para poder volver a producir. Tenemos necesidad de sentarnos y hacer sitio a cosas «gratuitas» (que no rinden) como la escucha, la contemplación, la plegaria...

 

4. Ser capaces de sentarnos a los pies de Jesús

 

Para escucharle

        El evangelio nos habla de Marta, preocupada por las muchas cosas que debe hacer, como nos ocurre a nosotros con frecuencia, y de María, sentada a los pies de Jesús, atenta a la escucha (cf. Le 10,38-42). Las palabras pronunciadas por Jesús en aquella ocasión constituyen, no una invitación a huir del «mucho trabajo», sino a encontrarle a él, el Señor, a través de la escucha, permaneciendo en la casa donde habitamos de ordinario, entre las preocupaciones de nuestros días laborables.

        Sentarse y escuchar al Maestro es beber en la fuente y saciar nuestra sed, es encontrar reposo para nuestras almas, tener ojos para ver su presencia dentro de «casa», llegar a ser señores del tiempo y no devorados por él.

 

Para apagar nuestra sed

        En las representaciones del Antiguo Egipto aparece con frecuencia una imagen singular que sintetiza toda la vida del pueblo. El rey, sentado en el trono, tiene en la mano una jarra y vierte agua; a sus pies está la reina, con las manos tendidas y unidas en forma de concha, recogiendo el agua que cae de la jarra: de este modo se simboliza al Nilo, que riega la tierra. Sentados como María a los pies de Jesús, escuchando su Palabra, recibimos

también nosotros el agua que calma la sed y fecunda nuestra jornada.

 

Para encontrar el verdadero reposo

        Cuando regresaron los apóstoles de su viaje misionero y se reunieron en torno a Jesús para contarle «todo lo que habían hecho y enseñado», les dijo el Señor: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco». Y como «no tenían ni tiempo para comer», cogieron una barca y se fueron «ellos solos a un lugar despoblado» (Mc 6,30-32). Lo que sucedió en aquel lugar solitario no nos lo dice el evangelista, pero sabemos, por otras páginas del evangelio, que Jesús les explica aparte a sus apóstoles la realización del Reino de Dios, les entrega su Palabra, y que esta Palabra se vuelve creadora, se vuelve «reposo» (en sentido bíblico). En efecto, es la Palabra de Dios la que, después de haber creado todas las cosas a lo largo de los seis días de los orígenes, crea el reposo del sábado; es la lectura de la Ley la que convierte el sábado en el día del reposo.

        Todo lo que tuvo lugar «en aquel tiempo» se renueva cada domingo. Jesús revela a los suyos, reunidos en un lugar despoblado, el misterio del Reino, y en esta revelación suya se cumple el «descanso»: su Palabra se convierte en la plenitud del descanso - un descanso no sólo físico, sino completamente restaurador-. Y lo que sucede en el ritmo semanal puede suceder también cada día: dando espacio a la Palabra llegamos al descanso propio de Dios.

 

Para descubrirlo en los días feriales

        Dios juega al escondite con nosotros. Se esconde en casa o cuando salimos a la calle. Se disfraza de viejecita, de chófer de autobús, de transeúnte anónimo, de niño y de todas las personas conocidas y desconocidas que nos encontramos. Debemos estar preparados y atentos para descubrirlo, porque aparenta enfadarse con nosotros, tal vez no nos comprende; a veces se muestra amable, simpático y amigable, hace sonreír... Dios es un infiltrado entre nosotros con ropa de clandestino; es el Enmanuel, Dios-con-nosotros. Él dijo de sí mismo en el evangelio de Mateo: «Era forastero, y me alojasteis; estaba desnudo, y me vestísteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme» (Mt 25, 35ss). Se encuentra en nuestra vida cotidiana.

        Ahora bien, ¿cómo descubrirle? ¿Cómo afinar el oído y aguzar la vista para darnos cuenta de su presencia? ¿Por qué, al llegar la noche y repasar la jornada, deberemos decir con pesar: «El Señor estaba allí y yo no lo sabía»? Asistamos a la escuela de la Biblia, dejémonos guiar por la Palabra. Ella cuenta muchos hechos semejantes a los nuestros, pero aquí y ahora ya no son opacos, incomprensibles. El que los ha escrito ha visto a Dios obrando en ellos. En esta escuela podremos aprender también nosotros a sentir y a ver a Dios en nuestra vida cotidiana; lo que para algunos es crónica, se volverá para nosotros historia de salvación. La lectura diaria de la Palabra nos llevará a intuir esta presencia, a creer en la proximidad, a gozar de la compañía del eterno Peregrino.

 

5. Ser fieles a las citas

 

        No debemos tener prisa ni ansiedad, querer aprender de inmediato, encontrar todo. El juego del escondite tiene sus tiempos. Si aceptamos las reglas del juego, debemos ser verdaderamente pacientes, fieles a las citas. Es seguro que descubriremos cada día mensajes que acabarán por brindarnos nuevas percepciones y afinarán nuestra capacidad para leer espiritualmente la vida. Más tarde, cuando el juego se haya desarrollado hasta el final, ya no nos quedará nada por adivinar; habrá llegado el momento del último y definitivo descubrimiento: la consecución del gran secreto al que nos lleva el juego del escondite.

 

6. La lectura de la Escritura

 

Una «historia» que ilumina la nuestra...

        La Iglesia nos presenta a lo largo de los días feriales la historia de Jesús, tal como la cuentan primero Marcos (semanas I-IX ), después Mateo (X-XX) y, por último, Lucas (XXI-XXIV). Junto con esta historia, nos hace escuchar las restantes historias de las intervenciones de Dios y lo que escribieron los profetas y los apóstoles. En los años pares se leen por este orden: 1 y 2 Samuel (semanas I-IV), 1 Reyes 1-16 (IV-V), Santiago (VI-VII), 1 Pedro y Judas (VIII), 2 Pedro y 2 Timoteo (IX), 1 Reyes 17-22 (X-XI), 2 Reyes (XI-XII), Lamentaciones (XII), Amos (XIII), Oseas (XIV), Isaías (XIV-XV), Miqueas (XV-XVI), Jeremías (XVI-XVIII), Nahúm y Habacuc (XVIII), Ezequiel (XIX-XX), 2 Tesalonicenses (XXI), 1 Corintios (XXI-XXIV), Proverbios y Eclesiastés (XXV), Job (XXVI), Gálatas (XXVII-XXVIII), Efesios (CCVIII-XXX), Filipenses (XXX-XXXI), Tito, Filemón, 2 y 3 Juan (XXXII), Apocalipsis (XXXIII-XXXIV).

        En apariencia, se presentan como muchas «pequeñas bombas» (perícopas, precisamente) diseminadas casi de modo casual a lo largo del abanico de los días feriales. Así dispuestas, constituyen como una fotografía del devenir de la historia, un devenir en el que se alternan todo tipo de acontecimientos y sentimientos. Aparentemente están yuxtapuestos casi de una manera confusa, pero quien escucha con atención encuentra que existe un hilo conductor: en todos los acontecimientos se hace presente y obra un Dios que salva. Este descubrimiento, hecho de una manera progresiva, proyecta su luz sobre nuestra historia, esa que vivimos

a diario.

 

...que se convierte en acontecimiento actual de salvación...

        Cuando esta historia es proclamada en la liturgia, se vuelve proclamación de un acontecimiento de salvación que se realiza hoy, en nuestros días feriales, en virtud de la presencia de Cristo. A este respecto puede resultar iluminador leer lo que la Iglesia nos enseña en los Prenotandos al Leccionario: En la celebración litúrgica, la Palabra de Dios no se pronuncia de una sola manera, ni repercute siempre con la misma eficacia en los corazones de los que la escuchan, pero siempre Cristo está presente en su Palabra y, realizando el misterio de salvación, santifica a los hombres y tributa al Padre el culto perfecto (cf. SC 7). Más aún, la economía de la salvación, que la Palabra de Dios no cesa de recordar y de prolongar, alcanza su más pleno significado en la acción litúrgica, de modo que la celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de esta Palabra de Dios.

        Así, la Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz (cf. Heb 4,12), por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres (n. 4). La Iglesia se edifica y va creciendo por la audición de la Palabra de Dios, y las maravillas que, de muchas maneras, realizó Dios, en otro tiempo, en la historia de la salvación se hacen de nuevo presentes, de un modo misterioso pero real, a través de los signos de la celebración litúrgica; Dios, a su vez, se vale de la comunidad de fieles que celebran la liturgia para que su Palabra siga un avance glorioso y su nombre sea glorificado entre los pueblos (cf. 2 Tes 3,1).

        Por tanto, siempre que la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo en la celebración litúrgica, anuncia y proclama la Palabra de Dios, se reconoce a sí misma como el nuevo pueblo en el que la alianza sancionada antiguamente llega ahora a su plenitud y total cumplimiento. Todos los cristianos, constituidos, por el bautismo y la confirmación en el Espíritu, en pregoneros de la Palabra de Dios, habiendo recibido la gracia de la audición deben anunciar esta Palabra de Dios en la Iglesia y en el mundo, por lo menos con el testimonio de su vida.

        Esta Palabra de Dios, que es proclamada en la celebración de los sagrados misterios, no sólo atañe a la actual situación presente, sino que mira también el pasado y vislumbra el futuro, y nos hace ver cuan deseables son aquellas cosas que esperamos, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría (n. 7).

 

...y que nos quiere hacer partícipes del acontecimiento de la salvación

        Lo que en la proclamación se convierte en acontecimiento actual de salvación espera nuevos actores. Es como si, en una representación teatral, los actores, a través de su recitado (proclamación), comprometieran hasta tal punto al público que desapareciera toda distinción: todos se vuelven y se sienten actores (todos suben al escenario). La proclamación de la historia de la salvación espera nuestra respuesta, nuestra participación, precisamente en medio de nuestros días feriales. A este respecto puede resultarnos iluminador leer lo que se dice en los Prenotandos: La Iglesia, en la acción litúrgica, responde fielmente el mismo «Amén» que Cristo, mediador entre Dios y los hombres, con la efusión de su sangre, pronunció de una vez para siempre para sancionar en el Espíritu Santo, por voluntad divina, la nueva alianza (cf. 2 Cor 1,20-22).

        Cuando Dios comunica su Palabra, espera siempre una respuesta, respuesta que es audición y adoración «en Espíritu y verdad» (Jn 4,23). El Espíritu Santo, en efecto, es quien da eficacia a esta respuesta, para que se traduzca en la vida lo que se escucha en la acción litúrgica, según aquella frase de la Escritura: «Llevad a la práctica la Palabra y no os limitéis a escucharla» (Sant 1,22).

 

7. Conclusión

 

        Para concluir, voy a tomar prestada la reflexión de un amigo sobre el Tiempo ordinario, una reflexión que puede extenderse al Tiempo ferial. «Es un tiempo de meditación, un tiempo para interiorizar el misterio de Cristo. Un tiempo, por consiguiente, en el que la Palabra de Dios hace de amortiguador del estruendo y de la vida frenética de cada día. Un tiempo para vivir en la cotidianidad más normal, más ordinaria. Un tiempo aparentemente exento de sobresaltos, aunque no faltan las celebraciones de santos y otras ocasiones para suscitar reflexiones incisivas sobre la vida cristiana. No es un tiempo vacío; no, la Iglesia no aparca. Es un tiempo en el que el pueblo de Dios, como María, acepta recorrer un camino desconocido e imprevisible, conservando en el corazón todas las palabras y los gestos de Cristo.

        Una "meditación" que, a ejemplo de María, es un "poner junto", un "acercar de nuevo dos partes". En este tiempo que se le concede vivir y esperar, somete a confrontación el don recibido, Cristo el Señor, y su respuesta; intenta hacer emerger el sentido, la densidad de los acontecimientos; los lee como camino hacia Dios. Le ha sido confiada una tarea ardua: hacer de puente para que la Luz, Cristo Jesús, se difunda en el mundo y pueda iluminar a los hombres. La fragua de este trabajo es el "corazón". La Iglesia, recogida en su interioridad, enlaza los hilos multicolores de la existencia de Cristo, unos hilos que recoge en el Evangelio para convertirlos en un ejemplo, en una invitación, en una provocación para el hombre» (Marino Gobbin).

 

 

Lunes de la 1ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 1,1-8

1 Había un hombre, natural de Rama, un sufita de los montes de Efraín, que se llamaba Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Eliú, hijo de Toju, hijo de Suf, efraimita.

2 Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.

3 Este hombre subía todos los años desde su pueblo a adorar y ofrecer sacrificios al Señor todopoderoso en Silo, donde los hijos de Eli, Jofní y Pinjas, eran sacerdotes del Señor.

4 Llegado el día, Elcaná ofrecía el sacrificio y daba a su mujer Feniná y a todos sus hijos e hijas sus raciones;

5 mientras que a Ana le daba sólo una, y eso que él prefería a Ana; pero el Señor la había hecho estéril.

6 Su rival la insultaba para humillarla porque el Señor la había hecho estéril.

7 Y así, año tras año; cada vez que subían al templo del Señor, le insultaba de este modo. Una vez Ana se puso a llorar y no quería comer.

8 Entonces su marido Elcaná le dijo: - Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?

 

        **• Según algunos investigadores, los libros de Samuel son los más modernos de toda la Biblia. Dios se hace presente en el hombre, y el hombre es un hombre «verdadero», un hombre que es pecador, aunque también generoso y con todas las contradicciones propias del ser humano. Dios ya no se manifiesta. Está presente en la piedad de David, en su generosidad, en el arrepentimiento por su pecado. El hombre es el sacramento de Dios. El carácter propio de los libros de Samuel es este humanismo, cuya figura más prestigiosa es David.

        Sin embargo, hay una multitud de personajes vivos que forman su corona: Samuel, Saúl, Jonatán... Lo primero que debemos destacar es esto: da la impresión de que Dios interviene cuando parece que todo ha llegado al final. Y así sucede en todo el desarrollo del libro: Israel está derrotado; parece excluida cualquier posibilidad de salvación; todo parece acabado. Pero en lo oculto, en medio del silencio, prepara Dios la resurrección de la nación. A un niño, llevado por su madre a servir en el templo, se le va a confiar el mensaje de la derrota, pero con este mismo mensaje se le concederá también el comienzo de una nueva era para el pueblo de Dios. Va a ser Samuel quien consagre al primer rey de Israel. Ana concibe y da a luz un hijo. Tras el llanto, la oración. Hay un cierto vínculo entre la oración y la concesión de lo que se pide. Samuel será una de las más grandes «figuras» veterotestamentarias de Jesús, en quien se cumplirán las promesas de Dios.

 

 

Evangelio: Marcos 1,14-20

14 Después de que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios.

15 Decía: - Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio.

16 Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que estaban echando las redes en el lago, pues eran pescadores.

17 Jesús les dijo: - Venid detrás de mí y os haré pescadores de hombres.

18 Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron.

19 Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan. Estaban en la barca reparando las redes.

20 Jesús los llamó también, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

 

 

        *•• Estos versículos muestran de manera concreta lo que significa la llamada de Jesús: «Creed en el Evangelio» (v. 15). Muestran la actitud nueva y radical del cristiano.

        Las dos escenas de vocación están estructuradas del mismo modo. Señalemos el dinamismo de la llamada: el Jesús que llama está siempre en movimiento. Se trata, en efecto, de la llamada a un nuevo éxodo, hacia el camino inaudito y nuevo del Evangelio: «Venid detrás de mí» (v. 17). «Ellos dejaron inmediatamente las redes y le siguieron.» Todo este dinamismo se desprende de la mirada y de la llamada de Jesús. No se trata de una iniciativa que parte del hombre, no se trata de un camino del hombre, sino del camino de Dios entre los hombres. La confianza y la entrega a la persona de Jesús hacen posible el seguimiento. Está claro que ir con Jesús es una perspectiva que reclama las opciones indicadas aquí de modo vago con el verbo «dejar»: se trata de un dejar con la mirada puesta en una realización; de un dejar que no empobrece. ¿Es posible dejar? Sí, porque él nos precede con una mirada penetrante que realiza y devana una identidad: es la mirada con la que Jesús nos invita, creando una relación personal con cada uno. El Jesús que pasa y ve, dice una palabra en este momento presente, pero es una palabra cargada con una promesa futura, que se convierte en la estructura de todo abandono y de todo seguimiento. Jesús va al encuentro del hombre en su vida cotidiana para cambiar su destino. Jesús proyecta, mediante su ver y su fijarse, una especie de energía.

        Se trata de una mirada que elige, que transmite una fuerza, que revela una identidad y la hace posible. Jesús no ve a pescadores, sino a personas que tienen un nombre y desarrollan una profesión; una mirada que los hace despegar de las arenas movedizas en las que habían caído.

 

 

MEDITATIO

        Ana conoce por propia experiencia la dureza de las relaciones humanas. Es una persona que, como otras muchas, junto al dolor agudo de la propia pobreza personal, debe experimentar la aflicción de la humillación que le infligen los otros. Y a esto le añade aún una nota ulterior de tristeza el hecho de que todo esto lo produzca una persona implicada en la práctica religiosa.

        Esto mismo puede pasar también en nuestros días. A las normas cultuales, observadas de modo sereno, no les acompaña una obligada atención para instaurar relaciones marcadas por la fraternidad. El culto a Dios no prosigue, tras la obligada preocupación por nosotros mismos, en la escrupulosa atención a las pasiones que se agitan en nosotros y pueden causar heridas a nuestro hermano, sino que se eclipsa con la explosión de sentimientos espontáneos que son vividos hasta alcanzar una brutalidad lacerante.

        Particularmente preciosa se presenta la actitud benévola de Elcaná, que pone todo su empeño en consolar y pacificar a la mujer amada. Se muestra como un hombre que, al encontrar en el templo la misericordia y la ternura de Dios, es capaz de reproducirla en el ámbito familiar. El tiempo nuevo que se está gestando, inaugurado por el Señor, tiene como característica dominante la creación de nuevas relaciones marcadas por la misericordia.

Por otra parte, por haberla manifestado de una manera radical en su existencia terrena, el Verbo que nos habló ha sido definido como «irradiación de la gloria de Dios e impronta de su sustancia».

 

 

ORATIO

        Te invoco, Señor de mi vida; a ti dirijo mis deseos y mis palabras. Haz que yo escuche tu voz. Ella me llama, desde el mar en que nos debatimos para no ahogarnos, a ti, orilla por la que suspiramos. Que tu Palabra nos encuentre dispuestos a dejar y cortar las redes de las que tú nos liberas, redes que nos mantienen atados a lo que está destinado a morir.

        Haz que nuestra mirada pueda reconocerte en los acontecimientos cotidianos, que nuestro corazón vuelva a pensar en ti y que encuentren paz los pensamientos.

        Que nuestro afecto permanezca estrechamente ligado a ti y florezcan la amistad y la fraternidad en nuestra tierra.

        Que la justicia, la paz y la alegría vuelvan a reinar entre los hombres.

 

 

CONTEMPLATIO

        No quieras buscar ninguna cosa fuera del Señor; busca al Señor y él te escuchará; y mientras todavía estés hablando, te dirá: «Estoy aquí». ¿Qué significa «Estoy aquí»? Estoy presente. ¿Qué quieres, qué esperas de mí? Todo lo que puedo darte es nada en comparación conmigo. Tómame a mí mismo, goza de mí, acércate a mí. Aún no puedes hacerlo del todo, pero tócame con la fe y quedarás inseparablemente unido a mí, y yo te libraré de todos tus fardos, para que puedas adherirte a mí por completo (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 33, 9ss).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Está llegando el Reino de Dios» (Mc 1,15).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Tú caminas a mi lado Tú caminas a mi lado, Señor. No deja huellas en la tierra tu paso. No te veo: siento y respiro tu presencia en cada tallo de hierba, en cada átomo de aire que me nutre.

        Por el sendero oscuro que discurre entre los prados me llevas a la iglesia de la aldea, mientras arde la puesta del sol detrás del campanario. Todo en mi vida ardió y se consumió como la hoguera que ahora prende a occidente y dentro de poco será cenizas y sombra: sólo me queda salva esta pureza de infancia que remonta, intacta, el curso de los años por la alegría de volver a encontrarte. No me abandones más. Hasta que no caiga mi última noche -aunque sea esta misma-, colma sólo de ti desde los rocíos a los astros, y transfórmame en gota de rocío para tu sed y en luz de astro para tu gloria (A.           Negri, Fons Ámoris, Milán 1946).

 

 

 

Martes de la 1ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 1,9-20

En aquellos días,

9 después de comer y beber en Silo, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla, junto a la puerta del santuario del Señor.

10 Ella, llena de amargura, estuvo suplicando al Señor, bañada en lágrimas,

11 y le hizo esta promesa: - Señor todopoderoso, si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí, si no olvidas a tu sierva y le das un hijo varón, yo lo consagraré al Señor por todos los días de su vida y la navaja no pasará por su cabeza.

12 Como ella prolongaba su oración ante el Señor, Elí se puso a observar sus labios,

13 pero Ana hablaba para sí; sus labios se movían, pero no se oía su voz. Entonces Elí pensó que estaba borracha

14 y le dijo: - ¿Hasta cuándo seguirás borracha? A ver si se te pasa el efecto del vino.

15 Ana respondió: - No, señor mío; es que soy una mujer desgraciada. No he bebido vino ni licor; estoy desahogando mi corazón ante el Señor.

16 No tomes a tu sierva por una mujer perdida, pues por el exceso de mi pena y mi dolor he estado hablando hasta ahora.

17 Elí le dijo: - Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.

18 Ella dijo: - Que tu sierva alcance tu favor. Y se fue por su camino. Después comió y ya no parecía la misma.

19 Se levantaron de madrugada, adoraron al Señor y se volvieron a su casa, a Rama. Elcaná se acostó con Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.

20 Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, pues dijo: - ¡Al Señor se lo pedí!

 

        **• Ana reza para que el Señor le conceda el don de los hijos. Su oración es personal. No la hace en voz alta,  pues Dios está en lo más íntimo del hombre y le escucha, conoce sus sentimientos más secretos, más escondidos.

        Elí se equivoca al juzgar a la mujer. Ve que mueve los labios, pero no oye ninguna voz. Piensa que está borracha, pero Ana reza con intensidad y su oración manifiesta una oración del corazón. Ana vive en esta oración una auténtica relación con Dios; no ve a Elí, todo se vuelve extraño, se olvida del mundo que le rodea, habla al Señor, sólo se abre a él. La oración verdadera es la oración en la que el hombre se encuentra con Dios en la intimidad de su corazón. Así fue la oración de Ana. Esto nos dice que, en la oración, el corazón del hombre debe unirse al corazón de Dios.

        Elí parece no comprender la oración de Ana; ahora bien, en su oración silenciosa, esta mujer habla con Dios, está en comunión con él y Dios la escucha. Dice el texto que Ana, tras el augurio del sacerdote, cambia de rostro: antes estaba triste, amargada, lloraba; ahora se serena al acoger el deseo de Elí como una promesa de Dios. Para Ana, la palabra del sacerdote es eficaz, como si Dios hubiera escuchado su oración: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». Ana ya está segura; aún no se ha unido con su esposo, pero le ha bastado la palabra de Elí para estar segura de que Dios ha escuchado ya su oración.

        Dios prepara los acontecimientos más importantes de la historia de la salvación con medios muy pobres, escondido y con humildad. Cuando Dios calla, es señal de que actúa en lo más hondo, pero el hombre no se da cuenta; y eso que, en realidad, lo que Dios ha preparado se realiza para la salvación del hombre.

 

 

Evangelio: Marcos 1,21-28

En aquel tiempo,

21 llegaron a Cafarnaún y, cuando llegó el sábado, entró en la sinagoga y se puso a enseñar a la gente

22 que estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la Ley.

23 Había en la sinagoga un hombre con espíritu inmundo, que se puso a gritar:

24 - ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quien eres: el Santo de Dios!

25 Jesús le increpó diciendo: - ¡Cállate y sal de ese hombre!

26 El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un fuerte alarido, salió de él

27 Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: - ¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus inmundos y éstos le obedecen!

28 Pronto se extendió su fama por todas partes en toda la región de Galilea.

 

        *+ En este fragmento de Marcos encontramos dos temas entrelazados: la enseñanza de Jesús, repleta de autoridad, y su poder de expulsar a los demonios. El evangelista quiere mostrar, en primer lugar, que la enseñanza de Jesús posee una eficacia extraordinaria.

        Su autoridad consiste en realizar lo que dice, en hacerse obedecer y liberar del mal. Jesús no enseña como los maestros de la Ley, sino como alguien que está investido del Espíritu Santo (Mc 1,9-11). Marcos se complace en poner el acento en la figura de Jesús como Maestro: ya desde el comienzo de su evangelio, en nuestro fragmento, aparece Jesús como alguien que enseña. La Palabra de Jesús nos pone frente a frente con el poder mismo de Dios. Tiene lugar, a continuación, el choque con el «espíritu inmundo». En el grito del hombre poseído resuena la cita de una frase de la Escritura: «¿Qué tienes contra mí, hombre de Dios? ¿Has venido...?» (1 Re 17,18). Esta frase del libro de los Reyes está dirigida al profeta Elias por una mujer cuyo hijo se encuentra enfermo de gravedad y al que cura el profeta.

        Cambiando «hombre de Dios» por «Jesús de Nazaret», nos presenta Marcos a Jesús como el verdadero profeta que cura. Jesús es el Santo de Dios, sus palabras están dotadas del poder divino. La Palabra de Jesús es una palabra que renueva, transforma y rehace al hombre.

 

 

MEDITATIO

        Jesús experimentó la muerte «por la gracia de Dios». Eso nos dice de modo paradójico el autor de la Carta a los Hebreos. Por nuestra parte, no nos sentimos inclinados a unir la gracia con el sufrimiento. Solemos considerar como una gracia que se nos dispense del mismo, mientras que interpretamos el dolor como un signo de la privación de la gracia. Ahora bien, dado que esta última es, más que un don, Dios mismo que se acerca a nosotros con benevolencia, interpretamos la presunta falta de gracia como ausencia o muerte de Dios. Sin embargo, el caso de Ana parece confirmar esta convicción: esta mujer advierte como un don de Dios la liberación de la aflicción de su esterilidad.

        También el hombre que es liberado de la esclavitud del diablo en el evangelio recibe la curación y el don de una vida serena. Todo esto nos recuerda que el fin último del proyecto de Dios consiste en liberar al hombre de todo mal. La nueva creación, llevada a cabo por Dios mismo, no prevé la presencia del dolor. Sin embargo, en la situación presente, dado que el hombre no se encuentra aún en la realidad ideal del mundo futuro, sino que debe participar en la dramática lucha contra el mal, y no algunas veces o en ciertas circunstancias excepcionales, sino como una situación ordinaria, el amor que se asigna a Dios como puro don gratuito no sólo soporta, no sólo acepta, sino que desea la travesía del desierto del dolor. Esto no vale para esbozar los rasgos de una filosofía universal del dolor (cf. Heb 2,9).

        Vale para comprender la calidad del amor de Cristo por los hombres y, por consiguiente, el amor de Dios. No presenta argumentos indiscutibles para la «defensa de Dios», pero puede poner en marcha al creyente para revivir la misma gracia. ¿Bastará con esta convicción para crear la resignación o el consuelo? En el fondo, el elemento decisivo no consiste en este buen resultado de carácter psicológico. A quien ama le basta con saber amar y con saber que Dios puede apreciar como acontecimiento providencial precisamente la «estupidez» de mi incomprensible sufrimiento.

 

 

ORATIO

        Oh Dios, te invoco a la puesta del sol: ayúdame a orar y a concentrar en ti mis pensamientos, porque por mí mismo no sé hacerlo. Hay oscuridad dentro de mí, pero junto a ti está la luz; estoy solo, pero sé que tú no me abandonas; estoy asustado, pero junto a ti está la ayuda; estoy inquieto, pero junto a ti está la paz; en mí está la amargura, pero junto a ti está la paciencia; no comprendo tus caminos, pero tú conoces el mío (D. Bonhoeffer).

 

 

CONTEMPLATIO

        Tu deseo es tu oración; si tu deseo es continuo, continua será tu oración. No en vano dijo el apóstol: «Orad sin cesar». ¿Acaso doblamos las rodillas, postramos el cuerpo o levantamos las manos sin interrupción para que pueda afirmar: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que no podemos orar sin cesar. Ahora bien, hay otra oración interior y continua, y es el deseo. Hagas lo que hagas, si deseas aquel reposo sabático, no interrumpas nunca la oración. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo. Tu continuo deseo será tu voz, es decir, tu oración continua. Callarás si dejas de amar. [...] La frialdad en la caridad es el silencio del corazón; el fervor de la caridad es el clamor del corazón. Si la caridad permanece constante, clamarás siempre; si clamas siempre, siempre desearás (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 37, 14).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ana se presentó al Señor y elevó a él su oración» (cf. 1 Sm 1,9ss).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        A modo de imagen, voy a partir de la experiencia de ciertos monjes de los primeros tiempos de la Iglesia, allá por los siglos III y IV. De noche se mantenían de pie, en posición de espera. Se erguían allí, al aire libre, derechos como árboles, con las manos levantadas hacia el cielo, vueltos hacia el lugar del horizonte por el que debía salir el sol de la mañana. Su cuerpo, habitado por el deseo, esperaba durante toda la noche la llegada del día. Esa era su oración. No pronunciaban palabras. ¿Qué necesidad tenían de ellas? Su Palabra era su mismo cuerpo en actitud de trabajo y de espera. Este trabajo del deseo era su oración silenciosa. Estaban allí, nada más. Y cuando llegaban por la mañana los primeros rayos del sol a las palmas de sus manos, podían detenerse y reposar. Había llegado el sol.

        Esta espera, de la que es imposible decir si es más corporal o espiritual, si es más específicamente conceptual o afectiva, se encuentra en la experiencia espiritual. Siempre será para nosotros una tentación constante pretender identificar a Dios con algo de orden afectivo o bien de orden racional, de orden físico o bien de orden cerebral. La espera afecta a todo nuestro ser. Y lo que llega a nosotros es, precisamente, el rayo que, iluminando las palmas de nuestras manos y cambiando poco a poco el paisaje, nos anuncia que viene el sol, diferente a lo que la noche nos permite conocer (M. de Certeau, Ma¡ senza l'altro Magnano 1993).

 

 

 

Miércoles de la 1ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 3,1-10.19ss

En aquellos días,

1 el joven Samuel estaba al servicio del Señor con Elí. La Palabra del Señor era rara en aquel tiempo, y no eran frecuentes las visiones.

2 Un día estaba Elí acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a apagarse y no podía ver.

3 La lámpara de Dios todavía no se había apagado. Samuel estaba durmiendo en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios.

4 El Señor llamó a Samuel: - ¡Samuel, Samuel! Él respondió: - Aquí estoy.

5 Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: - Aquí estoy, porque me has llamado. Elí respondió: - No te he llamado, vuelve a acostarte. Y Samuel fue a acostarse.

6 Pero el Señor lo llamó otra vez: - ¡Samuel! Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: - Aquí estoy, porque me has llamado. Respondió Elí: - No te he llamado, hijo mío, vuelve a acostarte.

7 (Samuel no conocía todavía al Señor. No se le había revelado aún la Palabra del Señor.)

8 Por tercera vez llamó el Señor a Samuel: - ¡Samuel! Él se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: - Aquí estoy, porque me has llamado. Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven,

9 y le dijo: - Vete a acostarte y, si te llaman, dices: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Samuel fue y se acostó en su sitio.

10 Vino el Señor, se acercó y lo llamó como las otras veces: - ¡Samuel, Samuel! Samuel respondió: - Habla, que tu siervo escucha.

19 Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

20 Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel estaba acreditado como profeta del Señor.

 

 

        **• Samuel había sido entregado al Señor para el servicio del templo. En éste había permanecido durante años en silencio, conocido sólo por Dios. Ahora le llama el Señor. ¿Para qué le llama el Señor? En la vocación de Samuel podemos intuir de inmediato el estilo de la llamada de Dios. Llama a cada uno por su nombre: «¡Samuel, Samuel!». Esto significa que su llamada es siempre una llamada personal y no anónima; que es una llamada original dirigida a cada uno; que quien nos llama nos conoce por medio de un verdadero conocimiento de amor. Sin embargo, Samuel no está en condiciones de conocer de inmediato la voz de Dios. Si bien, por una parte, afloran objetivamente dificultades para reconocer la voz de Dios (su trascendencia y su carácter imprevisible), meditando el pasaje podemos descubrir en él, no obstante, la paciente pedagogía de Dios encaminada a insertarse en el corazón del hombre. Dios se adapta; llama de manera gradual; le da tiempo al hombre; le renueva su llamada.

        Samuel recibe la llamada por primera, por segunda, por tercera vez... En este punto intervienen los intermediarios que pueden servir para ayudar a la voz del Dios que llama; en el caso de Samuel, es el anciano sacerdote Eli, que con su sensatez le sugiere al joven Samuel cómodebe comportarse (v. 9).

        Esto nos hace ver que en la llamada interviene, casi estructuralmente, la presencia de mediaciones humanas; a menudo resulta indispensable la ayuda de alguien para salir de la duda, de la inseguridad. Pero eso no es todo: hemos de subrayar la absoluta disponibilidad de Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (w. 9ss).

        Sólo una atenta vigilancia y disponibilidad para «no dejar escapar vacía ni una sola de sus palabras» puede llevar al llamado, antes o después, a reconocer la voz de Dios, a acogerla y a dejarse guiar por ella.

 

 

Evangelio: Marcos 1,29-39

En aquel tiempo,

29 al salir de la sinagoga, Jesús se fue inmediatamente a casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan.

30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablaron en seguida de ella,

31 y él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y se puso a servirles.

32 Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados.

33 La población entera se agolpaba a la puerta.

34 Él curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no los dejaba hablar, pues sabían quién era.

35 Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar.

36 Simón y sus compañeros fueron a buscarle.

37 Cuando lo encontraron, le dijeron: - Todos te buscan.

38 Jesús les contestó: - Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido.

39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios.

 

 

        *• Con este fragmento concluye Marcos la primera jornada mesiánica de Jesús. Ésta representa un poco la actividad de la jornada típica seguida por sus discípulos y por los que leen el evangelio con tal sorpresa y admiración que les hace preguntarse: «¿Quién es éste?» (Mc 1,27). El primer milagro que el evangelio nos ofrece parece de tan poca monta que corre el riesgo de pasar desapercibido: el milagro sigue siendo un signo que remite a otra cosa; así, la simple curación de una fiebre, que ciertamente no llama la atención, lleva en sí un significado fundamental.

        La suegra de Pedro vuelve a estar en condiciones de «servir». Este «servir», con el que se cierra este primer milagro, encierra el programa mesiánico de Jesús, que está entre nosotros «como el que sirve» (Lc 22, 27). Esa es la característica fundamental dejada por Jesús en herencia a sus discípulos antes de morir; en este sentido, la suegra de Pedro se convierte en el prototipo del creyente liberado que puede ofrecer su servicio a los hermanos.

        Igualmente significativa es la salida nocturna de Jesús a orar en un lugar desierto, colocada al término de una dura jornada de evangelización. Podemos considerar esta oración de Jesús como su éxodo de la fatiga cotidiana para encontrarse con el Padre. Y gracias a esta oración podrá responder a Pedro: «Vamos a otra parte», superando la fácil tentación que supone un fácil mesianismo ligado al «todos te buscan». Toda la población está agolpada en la plaza, todos le buscan, pero Jesús no vuelve atrás y se va a «otra parte», para que llegue allí también su salvación.

 

 

MEDITATIO

        Las lecturas de hoy ponen de relieve, en diferentes planos, el papel principal que debe ejercer Dios en la vida de todo creyente. Jesús, ante las invitaciones de la gente de su medio, elige dar prioridad a la misión recibida del Padre; y Samuel, con la disponibilidad conquistada tras cierto trabajo, se vuelve disponible para seguir la voluntad de Dios en su vida. En todo caso, la propensión a abrirnos a la voluntad de Dios y, a continuación, la actuación práctica de éste suscitan al mismo tiempo la adquisición de dos estados de ánimo diferentes y complementarios entre sí. Ser elegidos por Dios como colaboradores suyos suscita un sentimiento de alegría desconcertante, de maravilla inesperada y de reverente aprensión.

        Afirmar, como María, «hágase en mí según tu Palabra » no significa aprender a resignarse, sino que implica, en primer lugar, abrirse, con una admiración empapada de alegría, a un proyecto seductor. Pero, la correspondencia a tanto don exige atravesar y superar las pruebas. Esto no implica siempre la necesidad de asumir un compromiso doloroso (aunque sea necesaria la disponibilidad para el mismo), pero sí requiere, en todo caso, la capacidad de discernimiento.

        No respondemos a Dios con la verdad si la obediencia vivida no nos habilita para adquirir cierta sintonía con él, de modo que advirtamos intuitivamente, mediante un sexto sentido espiritual, lo que se nos pide de vez en cuando. Una condición ulterior para esta correspondencia natural cotidiana es la oración prolongada y perseverante, ésa de la que nos da testimonio Jesús, dispuesto a buscar a su Dios hasta la llegada de la aurora.

 

 

ORATIO

        ¿Qué soy yo para ti, Señor? ¿Por qué deseas ser amado por mí hasta el punto de que te inquietas si no lo hago? ¡Como si no fuera ya una gran desventura no amarte...! Dime, te lo ruego, Señor, Dios misericordioso, ¿qué eres tú para mí? Dilo, que yo lo oiga. Los oídos de mi corazón, Señor, están ante ti; ábrelos y dile a mi alma: «Yo soy tu salvación». Perseguiré esta voz y así te alcanzaré (Agustín de Hipona).

 

 

CONTEMPLATIO

        Intentamos comprender la vocación con la que nacen los elegidos: no han sido elegidos por haber creído, sino que han sido elegidos a fin de que crean. El mismo Señor nos revela bastante bien el sentido cuando dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os elegí yo a vosotros». En efecto, si hubieran sido elegidos por haber creído, evidentemente habrían sido ellos los primeros en elegirlo al creer en él, y por eso habrían merecido ser elegidos. Ahora bien, el que dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os elegí yo a vosotros», excluye por completo esta hipótesis. Sin embargo, está fuera de duda que también ellos le han elegido cuando creyeron en él. Cuando dice: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que os elegí yo a vosotros», quiere dar a entender esto: no fueron ellos quienes le eligieron para poder ser elegidos, sino que fue él quien les eligió a fin de que lo eligieran (Agustín de Hipona, La predestinación de los santos 17,34).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Habla, Señor!» (cf. 1 Sm 3,9-10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El magno e inefable diálogo entre Dios y el hombre que constituye nuestra religión supone, en el hombre mismo, una actitud receptiva particular. Si el hombre busca y escucha la Palabra de Dios, la Verdad salvadora entra en el alma y engendra nuevas relaciones entre Dios y el hombre: la fe, la vida sobrenatural. Pero si el hombre no escucha, Dios habla en vano; se abre un drama tremendo.

        En la Biblia aparece por doquier esta alternativa decisiva, la escucha del hombre es, por excelencia, un acto racional y voluntario, pleno y consciente del obsequio tributado al Dios que revela, pero supone la maduración interior, trabajada por la gracia, de una disposición innata y honesta para el encuentro con Dios. Como edad de la crisis y edad de la elección, la juventud está más expuesta a padecer el influjo arreligioso y antirreligioso de nuestro tiempo. Ahora bien, en cuanto edad del pensamiento y edad del amor, la juventud es la más capaz de comprender el valor religioso de la vida y de dar a su piedad un profundo significado personal, que adquiere a menudo una dramática expresión moral, una especie de fidelidad inmolada y total, plena de impulso apasionado, si bien todavía poco segura, como un vuelo, aunque espléndida y generosa, precisamente como un vuelo milagroso realizado en los cielos del heroísmo y de la poesía. Esto tiene lugar cuando el sentido religioso se pronuncia -como tormento, como atractivo, como alegría, poco importa- de un modo tan vigoroso que constituye un juego íntimo y sublime de libertad y de obligación, y se vuelve determinante desde el punto de vista moral.

        Es entonces, por lo general, cuando la voz interior se revela, no ya como propia, sino como eco de otra voz, lejana y próxima, la de Dios (G. B. Montini, Sul senso religioso, 1957 [edición española: El sentido religioso, Ediciones Sígueme, Salamanca 1964]).

 

 

 

Jueves de la 1ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 4,1-11

1 En aquellos días, los filisteos se reunieron para atacar a Israel. Los israelitas acamparon en Eben Ezer, mientras que los filisteos estaban acampados en Afee.

2 Puestos los filisteos en orden de batalla, se entabló el combate e Israel fue batido por los filisteos, que mataron en el campo de batalla a unos cuatro mil hombres.

3 El pueblo volvió al campamento y los ancianos dijeron: - ¿Por qué nos ha hecho sufrir hoy el Señor esta derrota frente a los filisteos? Vayamos a Silo a buscar el arca de la alianza del Señor, para que venga con nosotros y nos libre de nuestros enemigos.

4 El pueblo mandó gente a Silo para que trajeran el arca de la alianza del Señor todopoderoso, que se sienta sobre los querubines. Los dos hijos de Eli, Jofní y Pinjas, venían con el arca de la alianza de Dios.

5 Cuando el arca de la alianza del Señor llegó al campamento, los israelitas lanzaron el grito de guerra y la tierra retemblaba.

6 Al oír los filisteos el griterío, dijeron: - ¿A qué se debe ese clamor tan grande en el campamento de los hebreos? Y cayeron en la cuenta de que el arca del Señor había llegado al campamento.

7 A los filisteos les entró miedo, y decían: - Ha venido Dios al campamento. ¡Ay de nosotros! Esto no había sucedido nunca.

8 ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos salvará de la mano de esa divinidad tan poderosa? Es la que castigó a Egipto con toda clase de plagas y epidemias.

9 Cobrad ánimo y sed fuertes, filisteos, para no servir a los hebreos como ellos os han servido a vosotros. Sed hombres y luchad.

10 Los filisteos fueron al combate. Israel fue batido y huyó cada uno a su tienda. Fue una gran derrota; cayeron de Israel treinta mil hombres de infantería,

11 el arca de Dios fue capturada y los dos hijos de Eli, Jofní y Pinjas, murieron.

 

 

        *»• La protagonista de este fragmento es el arca. Los hebreos consideraban el arca de la alianza como el «signo» visible de la presencia invisible de Dios, y con este signo alimentaban su fe. He aquí que ahora los filisteos se disponen en orden de batalla contra Israel, e Israel sucumbe. Tiene lugar una gran derrota, y caen cuatro mil muertos; Israel se vuelve esclavo de los vencedores, pero antes de darse por vencido, Israel cree disponer aún de un arma invencible: el arca. Dios se ha ligado a Israel con el pacto de la alianza, e Israel llevará el arca santa al campo de batalla. Ahora los mismos filisteos ya no se sienten seguros de la victoria.

        Se inicia de nuevo la batalla y, desastre terrible para Israel, les arrebatan la misma arca de Dios. Capturada ésta, Israel queda como abandonado de Dios; Israel queda sin su Dios. Haber llevado el arca de Dios al campo de batalla supone haber provocado aún más el castigo de Dios, que permite que el arca, signo de la alianza, sea arrebatada a Israel. Es la derrota total.

        Eli, por medio de sus hijos, habría continuado guiando a Israel, pero también éstos han muerto en la batalla, y hasta el mismo Eli, al recibir la noticia de la derrota, cae en el umbral del santuario y muere (4,13.18). Es el final. Sin embargo, no es así: Dios ha llamado a Samuel, su vocación es ya el comienzo de una nueva historia. A pesar de todo, Dios permanece fiel a la alianza. Samuel vive aún a la sombra del santuario, pero el Señor le conoce. En su misma vocación, Dios le hace partícipe de su designio: desde ese mismo momento se convierte Samuel en alguien que representa ahora al pueblo santo y lleva consigo el destino de la nación.

 

 

Evangelio: Marcos 1,40-45

En aquel tiempo,

40 se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: - Si quieres, puedes limpiarme.

41 Jesús, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: - Quiero, queda limpio.

42 Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio.

43 Entonces lo despidió, advirtiéndole severamente:

44 - No se lo digas a nadie; vete, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les conste a ellos.

45 Él, sin embargo, tan pronto como se fue, se puso a divulgar a voces lo ocurrido, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados, y aun así seguían acudiendo a él desde todas partes.

 

 

        **• Con este nuevo milagro hace estallar Jesús una auténtica revolución: no se aleja del leproso, como quería la Ley; no rechaza el contacto con él, no teme ninguna amenaza. Su propuesta no consiste ya en separarse del inmundo, sino en la transformación por contagio vital que va del puro al inmundo. Jesús encarna al hombre puro y sagrado que «contagia» y atrae a su propia esfera al hombre inmundo y no sagrado. El leproso «se le acercó» (v. 40): no se trata sólo de un movimiento espacial, sino también de un movimiento del espíritu, porque le dice a Jesús: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Con la venida de Jesús cayó el muro de la Ley (cf. Ef 2,14ss), porque Dios, el Santo, el Justo, se hizo en todo solidario con nosotros, enseñándonos el acceso a él. El gesto de extender la mano indica el poder de Jesús, que se manifiesta también por medio de su Palabra imperiosa: «Quiero, queda limpio» (v. 41). La salvación no está ya en la separación y en la marginación, sino en la reintegración, porque con Jesús ha entrado en el mundo el poder salvífico mismo de Dios. En el acontecimiento histórico de Jesús se ha hecho «visible» el poder sanador de Dios, que se pone de parte de los pobres, de los últimos de la sociedad de los hombres. Jesús inaugura una sociedad nueva, una sociedad que no margina a nadie, que no separa, que no excluye, sino que es consciente de poseer el poder mismo de Dios que le ha sido dado por Jesús. Precisamente porque Jesús ha abolido el sistema que separaba lo puro de lo inmundo tal como se entendía en el mundo judío, queda libre el cristiano para Dios y para el prójimo.

 

 

MEDITATIO

        Hoy se nos vuelve a proponer la cuestión decisiva para la vida de la fe: «¡Escuchad al Señor!». La Carta a los Hebreos la plantea como actitud válida para cada día. Decía un antiguo eremita: «Una voz invoca desde el fondo de tu corazón: ¡Conviértete hoy!». Allí donde no permanece con suficiente vigor este propósito, se abre camino el riesgo del endurecimiento del corazón. En efecto, la escucha obediente o el rechazo desobediente no es una simple cuestión de audición física, ni siquiera una cuestión de buena voluntad. El creyente debe desarrollar una «sensibilidad» propia al respecto. Sólo con un empeño permanente se adquiere la sensibilidad suficiente para percibir la voz del Señor o para advertir sus inspiraciones.De rebote, se corre el peligro atestiguado por el pueblo de Israel, tal como aparece en la lectura de hoy.

        Éste intenta construir una relación religiosa con Dios totalmente aparente, porque, a pesar de todo el aparato cultual desplegado y a pesar de las intenciones declaradas, no tiene ninguna seria intención de someterse a la decisión de Dios ni de respetar su voluntad, tal como se encuentra expresada en sus mandamientos. Los textos bíblicos nos recuerdan así una verdad que es bastante obvia: el primer paso hacia una relación auténtica con Dios consiste en la recuperación de una honestidad que aborrece toda ficción.

        El Señor, por su parte, se compromete a destruir, aun aceptando el riesgo de desfigurar y de provocar una crisis de fe en los hombres, todo aparato religioso que no parta de él y sea expresión de su auténtica voluntad. A veces, el desacralizador más radical es el mismo Señor. Frente a su santidad no resiste ninguna ambigüedad. Antes o después, queda el hombre al desnudo y debe elegir con autenticidad (o bien rechazar sin fingir).

 

 

ORATIO

        Concédeme, Señor Jesús, entrar contigo en la voluntad del Padre: que yo quiera lo que quiere él, que yo crea que él quiere siempre la salvación.

        Concédeme, con la fuerza del Espíritu, desear y pedir la verdadera curación.

 

 

CONTEMPLATIO

        Los malvados llevan a cabo muchas acciones contra la voluntad de Dios, pero éste posee tanta sabiduría y poder que todos los acontecimientos que parecen contrarios a su voluntad tienden a los objetivos y fines que él mismo ha previsto como buenos y justos. Por eso, cuando se dice que Dios ha cambiado de voluntad, de suerte que se muestra, por ejemplo, indignado con aquellos con quienes se mostraba indulgente, son ellos los que han cambiado, no Él, y en cierto sentido lo encuentran cambiado en las adversidades que padecen.  Del mismo modo cambia el sol para los ojos enfermos y, en cierto modo, se convierte de apacible en irritante, de agradable en inoportuno (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XXII, 2).

        En todo caso, por muy fuertes que puedan ser las voluntades de los ángeles o de los hombres, buenos o malos, favorables o contrarios a lo que quiere Dios, la voluntad del Omnipotente es siempre invencible; no puede ser nunca mala, puesto que, incluso cuando inflige males, es justa, y si es justa, a buen seguro, no es mala. El Dios omnipotente, ya sea que por misericordia experimente misericordia por quien quiere, ya sea que por el juicio endurezca a quien quiere, no lleva a cabo injusticia alguna, no realiza nada contra su propia voluntad y todo lo que quiere lo hace (Agustín de Hipona, Manual XXVI, 102).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

No te pido que me cures:

sería ofensiva la demanda

que no puedes escuchar.

Lo que pido es que me salves,

que no me dejes para siempre

sometido a esta

muerte cotidiana.

Pido que la Nada no venza

y no vuelva yo a necesitar

encenderme de deseos,

y viva infeliz allí

como ahora aquí,

solo y alejado.

Tú sabes lo que me cuestas en remordimientos

y lo que yo te cuesto a ti por gracia:

que no se interrumpa la competición.

Yo, arrepintiéndome,

y tú, teniendo piedad de mí,

pues es necesidad para mí fallar

y para ti continuar perdiendo.

Así te pienso: un Dios

siempre expuesto a locuras,

a contentarse por cómo somos,

a perder siempre:

oh Luz incandescente

y piadosa.

(D. M. Turoldo, Canil ultimi, Milán 1991).

 

 

 

Viernes de la 1ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 8,4-7.10-22a

En aquellos días,

4 todos los ancianos de Israel se reunieron, fueron a ver a Samuel a Rama

5 y le dijeron: - Mira, tú ya eres viejo y tus hijos no se comportan como tú. Así que nómbranos un rey para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones.

6 A Samuel le desagradó que le pidiesen un rey para que les gobernara, y se puso a invocar al Señor.

7 Pero el Señor le dijo: - Haz caso al pueblo en todo lo que te diga, porque no te rechazan a ti; es a mí a quien rechazan; no me quieren como rey.

10 Samuel transmitió lo que le había dicho el Señor al pueblo, que le pedía un rey.

11 Y les dijo: - Así gobernará el rey que va a regiros: tomará a vuestros hijos y los pondrá al servicio de sus carros y sus caballos, haciéndoles correr ante su carroza;

12 los empleará como jefes y capataces; les hará trabajar sus campos, segar sus mieses, fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros.

13 A vuestras hijas las tomará para perfumeras, cocineras y panaderas.

14 Os quitará vuestros mejores campos, viñas y olivares para dárselos a sus servidores.

15 Os exigirá los diezmos de vuestras mieses y vuestras viñas para dárselos a sus cortesanos y ministros.

16 Se adueñará de vuestros siervos y siervas, de vuestros mejores bueyes y asnos, para emplearlos en sus trabajos.

17 Os exigirá el diezmo de vuestros rebaños, y vosotros mismos seréis sus esclavos.

18 Entonces gritaréis contra el rey que vosotros mismos habéis elegido, pero el Señor no os responderá.

19 El pueblo no quiso escuchar a Samuel, e insistió: - No; queremos tener un rey.

20 Así seremos como las demás naciones. Nuestro rey nos gobernará y marchará al frente de nosotros para luchar en la guerra.

21 Samuel escuchó las palabras del pueblo y se las transmitió al Señor.

22 El Señor le respondió: - Atiende a su ruego y nómbrales un rey.

 

 

        *»• Con este texto nos encontramos en un momento crucial de la historia de la salvación: la institución de la monarquía. Como en todas las demás etapas de esta historia, la Biblia sitúa en un primerísimo plano la causa primera: Dios. El pueblo pide un rey. ¿Qué significa que Samuel no quiera dar un rey al pueblo? Dios mismo parece de acuerdo con Samuel y no acepta la petición del pueblo. Dios quiere que el hombre se abandone a él sin más garantía que la fe. La garantía es él mismo, que permanece fiel a su pacto.

        Lo que le falta a Israel es la fe. El hombre no es capaz de abandonarse nunca hasta el fondo. Por eso se adapta el Señor y sale al encuentro de la debilidad del hombre. El pueblo de Israel debe fiarse de Dios. El pueblo quiere un rey como las otras naciones, quiere tener seguridad, una garantía humana más clara y continua.

        Pedir garantías es, en el fondo, no fiarse por completo de Dios. «No te rechazan a ti; es a mí a quien rechazan; no me quieren como rey» (v. 7), dice el Señor. Samuel avisa al pueblo: estáis pidiendo un rey, pero si lo obtenéis seréis sus siervos, vuestras cabezas serán propiedad suya y, sin embargo, pedís un rey. El pueblo insiste: sólo un jefe podría llevar a cabo la unidad de las tribus.

        Hasta Samuel, Israel no era una nación; de vez en cuando se reunía en el santuario, pero la unión entre las tribus era pobre. Tener un rey supuso para Israel tener conciencia al fin de ser una nación. Para Samuel, era difícil aceptar la novedad, pero el pueblo está en condiciones de insistir: «Tus hijos no se comportan como tú» (v. 5). Al final interviene el mismo Dios y exhorta a Samuel a que dé un rey al pueblo.

 

Evangelio: Marcos 2,1-12

1 Después de algunos días entró de nuevo en Cafarnaún y se corrió la voz de que estaba en casa.

2 Acudieron tantos que no cabían ni delante de la puerta. Jesús se puso a anunciarles el Mensaje.

3 Le llevaron entonces un paralítico entre cuatro,

4 Pero, como no podían llegar hasta él a causa del gentío, levantaron la techumbre por encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico.

5 Jesús, viendo la fe que tenían, dijo al paralítico: - Hijo, tus pecados te son perdonados.

6 Unos maestros de la Ley que estaban allí sentados comenzaron a pensar para sus adentros:

7 - ¿Cómo habla éste así? ¡Blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

8 Jesús, percatándose en seguida de lo que estaban pensando, les dijo:

- ¿Por qué pensáis eso en vuestro interior?

9 ¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decirle: "Levántate, carga con tu camilla y vete"?

10 Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo:

11 - Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

12 El paralítico se puso en pie, cargó en seguida con la camilla y salió a la vista de todos, de modo que todos se quedaron maravillados y daban gloria a Dios diciendo: - Nunca hemos visto cosa igual.

 

 

        *»• Con el fragmento evangélico de hoy comienzan una serie de controversias sobre la Ley (2,1-3,6). Éstas conducen a Jesús, desde el principio de su actividad, al choque con el poder religioso y civil. En el presente fragmento aparece la narración de un milagro. El punto focal se encuentra en el v. 10, en donde se declara el núcleo de la controversia y, junto con él, el objetivo del milagro: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados». El milagro mismo no es más que la demostración de este poder de reconciliación con Dios que reivindica Jesús. La atención se traslada de un mal físico a un mal más profundo, el pecado, que mantiene al hombre «paralizado» en sí mismo y en unas formas rígidas, incapaz de «caminar» y de avanzar según el plan de Dios.

        El significado quebrantador de tal afirmación es captado de inmediato por los maestros de la Ley; sin embargo, éstos no están dispuestos a aceptar la «blasfemia» que supone que este hombre pueda perdonar los pecados, porque «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (v. 7). Pero Jesús responde aumentando la dosis sin equívocos: «Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió hacia el paralítico y le dijo: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa"» (w. 10-11). El milagro es, por consiguiente, signo de su poder de reconciliación con Dios, y eso implica la superación de la ley que separa al hombre de Dios. Este poder, reservado sólo a Dios, se le entrega ahora al hombre en el Hijo del hombre, Jesús. Ésa es la blasfemia del Evangelio que será motivo de la condena de Jesús. Quien acoge, es decir, quien tiene fe en esta «blasfemia», puede levantarse, como el paralítico, y ponerse a caminar. La muchedumbre que ha estado presente, y que ha entrevisto algo del misterio de Jesús, expresa su propia admiración y prorrumpe en una exclamación que es una profundísima entrada en la fe: «Nunca hemos visto cosa igual» (v. 12).

 

 

MEDITATIO

        Dios se adecúa a menudo a la inmadurez del hombre y lo acompaña a través de sus circunlocuciones desviadas. El Señor no comunica de inmediato su voluntad de manera radical y plena, porque no somos capaces de recibirla. La elección que está llevando a cabo Israel, la de querer un rey, es una de esas circunlocuciones. El pueblo deberá esperar el fracaso de su iniciativa para darse cuenta de que el único verdadero rey es el Señor. Sólo entonces encontrará reposo. Entre tanto, Dios mismo tiene paciencia y acompaña al pueblo para que la complicación que ellos mismos se han buscado no les resulte fatal. No son, en efecto, las estructuras jerárquicas ni los expedientes los que salvan, sino YHWH, única fuente de vida para el pueblo elegido: él le propone incesantemente su voluntad por medio de los profetas, y llama a todos para que vuelvan a poner en él toda la confianza a través de una relación personal y vital.

        A esta misma relación de confianza plena, cuyos confines son rebasados cada vez por la Palabra eficaz de Jesús, nos llama el Evangelio: perdonar los pecados va más allá del simple gesto «mecánico» y «utilitarista» de la curación. El Nazareno, con su atrevida afirmación, pide a los maestros de la Ley que superen la imagen de Dios que se han creado («¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?»: v. 7), para poder recibir el anuncio de la fuerza liberadora del Reino. También a nosotros se nos pide hoy que no nos dejemos condicionar por la rigidez de las estructuras mentales y de las instituciones humanas, y que seamos capaces de darnos cuenta –con ojo avizor- de la presencia activa de un Dios que, con gestos gratuitos e inesperados, se hace encontrar en nuestros límites.

 

 

ORATIO

        Concédenos, Padre, una fe capaz de abrir los techos, una fe capaz de deslizar nuestras camillas -ésas en las que yacemos con el corazón encogido-, para deslizarnos dentro, en lo vivo de la vida, en el corazón de la historia; para que nos encontremos frente a Jesús. Una vez perdonados por él, curados por él -de las mil pretensiones sobre la vida y sobre la historia-, podremos volver a nuestra casa y con nuestros seres queridos, ya sanos y agradecidos. Como quienes saben que todo lo reciben como don: el ser en el mundo, el ser guiados tras los acontecimientos del mundo.

 

 

CONTEMPLATIO

        Puede pasar que un hombre se diga a sí mismo: «Las Escrituras nos engañan», y todos sus miembros desistan de hacer el bien; y que, entregando por dentro hasta los miembros del hombre interior -lo que constituye una cosa muy grave- deje de hacer el bien y se diga a sí mismo: «¿De qué sirve hacer el bien?». ¿Podemos, hermanos, levantar al que piensa así y ha perdido la facultad de hacer obras buenas en todos sus miembros interiores, como si fuera paralítico, abrir el techo de esta Escritura y presentarlo al Señor? Ved, en efecto, que estas palabras son oscuras, están encubiertas; y yo entreveo a alguien con el alma paralítica. Veo este techo, y bajo el techo veo a Cristo escondido. Haré, en lo que pueda, lo que se alaba en aquellos que, una vez abierto el techo, presentaron el paralítico a Cristo, a fin de que éste le dijera: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Porque de este modo salvó al hombre interior de la parálisis, perdonándole los pecados y reforzando su fe. Pero había allí hombres que no disponían de ojos capaces de ver que el paralítico interior estaba ya curado, y creyeron que el Médico que lo curaba blasfemaba. Ese Médico realizó entonces algo también en el cuerpo del paralítico, algo que sirviera para sanar la parálisis interior de los que habían dicho tales cosas. Realizó cosas que ellos pudieran ver, y dichas a su modo de creer.

        Quienquiera que seas, tan enfermo y débil de corazón que quieres renunciar a las obras buenas, y estás preso de una parálisis interior, haz fuerza para ver si, una vez abierto este techo, podemos presentarte al Señor (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 36, 3,3).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Levantaron la techumbre y descolgaron la camilla en la que yacía el paralítico» (Mc 2,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Qué piden estos hombres, hoy, en la presente «maduración» histórica? ¿Qué piden en este punto tan elevado - a pesar de todo- del proceso histórico de la civilización humana? Todo está puesto en tela de juicio: las bases de todo el edificio humano -bases económicas, bases sociales, bases políticas, bases culturales, bases religiosas- están o bien quebrantadas o bien sacudidas; todos los valores están sometidos a crítica y a revisión, como si todas las cosas, todas las ¡deas, todas las normas, tuvieran que ser introducidas otra vez en un crisol nuevo para ser recuperadas, para ser sometidas a una nueva forma y a una nueva medida.

        ¿Entonces? ¿Nos retiraremos desanimados de la «contemplación », ciertamente no consoladora, del espectáculo del mundo presente? Esta «invasión de las aguas» que ha roto los diques más firmes, que ha puesto todo en tela de juicio, que lo ha mezclado todo, que ha roto todos los moldes precisos de cuerpo social, ¿acabará asustándonos o apagará en nosotros, o debilitará al menos, la osadía constructiva de la esperanza? Bien al contrario, la esperanza verdadera -la esperanza teologal- florece lozana precisamente en los momentos más críticos de la «fractura»: cuando todo está destrozado, cuando todo parece acabado, cuando los límites de la ruptura más áspera han sido alcanzados, entonces nace, de improviso, como por milagro, el arco iris de la esperanza.

        Cuando el invierno se encuentra en el punto álgido de sus rigores, ya está firmemente construida la primavera: termina la nieve y apuntan las flores. Es el misterio siempre renovado de la divina creación, tanto en el cosmos como, más aún, en la historia. Es casi una ley -por así decirlo- del comportamiento de Dios con respecto a la historia de los hombres. La «dialéctica histórica» de Dios no se encuadra en el esquema de la «dialéctica histórica» del hombre; tiene una andadura diferente: procede a menudo a través de paradojas, por inversiones: vence a la prudencia con la estupidez, a la grandeza con el oprobio (G. La Pira, Lettere alie claustral! Vil, Milán 1978).

 

 

 

Sábado de la 1ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 9,1-4.10.17-19;10,1

9,1 Había un hombre de la tribu de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afíaj, benjaminita; un hombre de buena posición.

2 Tenía un hijo llamado Saúl. Era un buen mozo; no había entre los israelitas ninguno más esbelto que él, pues sobrepasaba a todos de los hombros para arriba.

3 Un día que se le perdieron las asnas a Quis, éste dijo a su hijo Saúl: - Llévate a uno de los criados y vete a buscar las asnas.

4 Recorrieron las montañas de Efraín y la región de Salisá, pero no las encontraron; recorrieron la región de Salín, y nada; luego la de Benjamín, y tampoco las encontraron.

10 Entonces fueron a la ciudad donde estaba el hombre de Dios.

17 Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: - Mira, es el hombre del que te hablé; éste es el que regirá a mi pueblo.

18 Saúl se acercó a Samuel en medio de la puerta de la ciudad y le dijo:

- Indícame, por favor, dónde está la casa del vidente.

19 Samuel le respondió: - Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy comeréis conmigo y mañana por la mañana te despediré y te descubriré todo lo que tienes en tu corazón.

10,1 Entonces Samuel tomó la vasija de aceite, derramó el aceite sobre la cabeza de Saúl y le besó diciendo: - En verdad, el Señor te unge como jefe de su heredad. Tendrás poder sobre el pueblo del Señor y le librarás de las manos de los enemigos que lo rodean.

 

 

        **• En el centro de la perícopa de hoy encontramos a Saúl. Con el capítulo 9 comienza para Israel una nueva historia. La historia de la monarquía comienza con la aparición de Saúl, hijo de Quis. ¿Por qué se presenta su genealogía? ¿Qué puede significar? ¿Por qué tantos nombres que nada nos dicen a nosotros? ¿Qué importancia puede tener la genealogía de Saúl? Sin embargo, las genealogías tienen siempre una gran importancia en los libros del Antiguo Testamento. El personaje del que nos habla el libro es el término de toda una historia, que, aunque sea privada, es siempre historia de Israel. La historia empieza con la búsqueda de las asnas perdidas. Quis, el padre de Saúl, ha perdido sus asnas, y su hijo va a buscarlas. Así actúa el Señor. Los comienzos de la historia son de una humanidad que desconcierta, aunque nos parezca que no dicen nada. Dios convierte la vida del hombre en una continua sorpresa. Saúl va en busca de las asnas y regresa siendo rey de Israel. No tiene nada que llevar al vidente. Saúl va a casa del vidente para saber si alguien ha encontrado las asnas. Encuentra a Samuel y éste le consagra rey. Así actúa Dios. Su vida tiene la dimensión del amor gratuito de Dios. Saúl vivirá la tragedia de tener que vivir una realeza que el pueblo de Dios no estaba preparado para recibir, a pesar de haberla reclamado. El pueblo querrá volverse atrás, pero no podrá hacerlo. Dios debe realizar su plan en contra de la voluntad de los que ahora se le resisten. Abandonarse a la voluntad de Dios no es fácil. Queremos que Dios actúe, pero cuando lo hace y nos pide sumisión y obediencia, nos rebelamos; pretendemos que Dios siga nuestra voluntad, no que nosotros sigamos la suya.

 

Evangelio: Marcos 2,13-17

En aquel tiempo,

13 Jesús volvió a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él, y él les enseñaba.

14 Al pasar, vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: - Sígueme. El se levantó y le siguió.

15 Después, mientras Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron con él y sus discípulos, pues eran ya muchos los que le seguían.

16 Los maestros de la Ley del partido de los fariseos, al ver que Jesús comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: - ¿Por qué come con publicanos y pecadores?

17 Jesús lo oyó y les dijo: - No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

 

 

        **• En el pasaje de hoy se entiende la fe como seguimiento de Cristo. Se cuenta que Jesús «al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y le siguió» (v. 14). Leví se encuentra con Jesús y se hace cristiano en pleno ejercicio de su profesión «mundana». En todas las profesiones se puede «seguir» a Jesús, hacer lo que él hace. No pensaban así los fariseos, que reprocharon a Jesús que comiera «con publicanos y pecadores» (v. 16). Para los fariseos, ciertas profesiones eran incompatibles con la religiosidad judía, porque impedían observar el sábado y otras leyes.

        Para Jesús, en cambio, no hay profesiones que excluyan del discipulado cristiano. Lo que impide ser discípulo de Cristo es creerse «justo» y «sano», esto es, no sentirse necesitado de salvación. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (v. 17). La cura que les aplica es estar con ellos, no excluirlos, no condenarlos, no juzgarlos. Ésa es la cura del mal interior del hombre. Esta paciencia, esta misericordia, esta longanimidad, es lo que constituye su cura. Es hermoso contemplar esta imagen de Jesús como médico; su terapia puede durar toda una vida, es decir, no puede ser excluida nunca, porque la terapia es su presencia, su estar con nosotros. El Señor parece querer decirnos que la conversión más difícil es la del justo o la de los que se consideran como tales.

 

 

MEDITATIO

        La Palabra del Señor actúa de manera eficaz. Penetra en nuestro corazón, lo pone al desnudo, lo juzga. Esta Palabra corresponde, sin embargo, al Hijo, que es capaz de compadecerse de nuestras debilidades y quiere presentarse como nuestro intercesor.

        La eficacia y la misericordia aparecen en el obrar de Dios en la vida de Saúl. El texto pone de relieve el proyecto gratuito de Dios, que precede a toda iniciativa por parte de Saúl. Pone de manifiesto cómo se despliega su acción utilizando situaciones normales, casi triviales, en la vida de las personas. Saúl no recibe un cargo honorífico, sino la habilitación para un servicio. La gracia sólo nos hace sentir su acción en nosotros cuando nos habilita en concreto para algún ministerio. Todo tiene lugar en lo escondido, sin clamor alguno. La eficacia de la Palabra no tiene nada que ver con el clamor mundano. Esto mismo aparece con más fuerza aún en el episodio narrado por el evangelio. La llamada de Leví anuncia la fuerza de la Palabra. También en este caso se despliega la total gratuidad del amor divino que llama: no hay ningún mérito, ninguna preparación por parte del elegido.

        También él se encuentra inmerso en el laborío de la vida, un laborío marcado, además, por la negatividad.  Esta vez, no obstante, el signo de la misericordia suscita clamor. Este tipo de fama no ayuda al Señor, que debe dar cuentas de su misericordia.

 

 

ORATIO

        Dame, Señor, un corazón atento y límpido; un corazón deseoso de encontrarte allí donde me encuentre, y de seguirte, es decir, de imitarte, desde el lugar en el que me encuentre. Un corazón atento para poder reconocer tus pasos en mi historia; en la pequeña, en la de todos los días, y en la grande, la que lleva los colores fuertes de la alegría o del dolor, de la esperanza que nos hace volar o de la desesperación que nos aplasta. Un corazón límpido, porque sólo la mirada de quien es profundamente puro y libre es capaz de ver..., de verte. Un corazón deseoso de encontrarte, porque ése es el camino seguro para descubrirte ya presente... Un corazón que quiera seguirte, porque sólo el camino del Evangelio, que eres tú, conduce a la vida plena y verdadera.

 

 

CONTEMPLATIO

        Pasa el Señor... ¿En qué sentido pasa Jesús? Jesús realiza acciones temporales. ¿En qué sentido pasa Jesús? Jesús realiza acciones transitorias. Considerad con mucha atención cuántas acciones suyas han pasado. Nació de la Virgen María, pero ¿acaso nace continuamente? Fue amamantado cuando era niño, pero ¿acaso está chupando la leche continuamente? Fue pasando por las distintas edades hasta la juventud, pero ¿acaso creció de continuo físicamente? También los mismos milagros por él realizados pasaron: nosotros los leemos y los creemos. Tales hechos fueron escritos para que puedan ser leídos y, en consecuencia, pasaban una vez realizados. Por último, y para no detenernos en muchos otros hechos, fue crucificado, pero ¿acaso está colgado de continuo en la cruz? Fue sepultado, resucitó, ascendió al cielo; ahora ya no muere más... su divinidad es permanente y la inmortalidad de su cuerpo ya no tendrá fin. Sin embargo, y a pesar de ello, todas las acciones que llevó a cabo Jesús en el tiempo pasaron, pero fueron escritas para ser leídas y son anunciadas para ser creídas.

        Por consiguiente, Jesús pasó a través de todas esas acciones... Jesús pasa también ahora... Me explicaré: cuando se leen los hechos que llevó a cabo el Señor mientras pasaba, siempre se nos presenta al Jesús que pasa... ¿Comprendéis, hermanos, lo que digo? No sé, efectivamente, cómo expresarme, pero todavía sé menos cómo callar.  Pues bien, esto es lo que digo, y lo digo de manera abierta. Porque temo no sólo al Jesús que pasa, sino también al Jesús que permanece, por eso no puedo callar (Agustín de Hipona, Sermón 88, 10.9 y 14.13).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, el rey se alegra por tu fuerza» (de la liturgia).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús «pasa»: en el carácter opaco y al mismo tiempo transparente de las cosas que acaecen. Pasa: en la superposición de las inspiraciones, que iluminan el corazón. Pasa: en la pobreza y en la desesperación del hombre. «Pasa»: por la rendija del egoísmo humano encerrado en sí mismo. Pasa: en la decepción de las cosas que se prometen y no se cumplen. Pasa: en la seguridad del bienestar y en la fatua satisfacción del llamado «nuevo rico».

        Pasa y vuelve: como la lanzadera de un telar. Como el amante encarnizado que no se resigna a la renuncia de su propio amor. Pasa cuando menos te lo esperas: así atraviesa el Señor tu vida. Pasa y se va; pasa y se queda, al mismo tiempo. De todos modos, deja huellas visibles y sensibles de su paso: la atracción de una invitación persistente, el clamor de una Palabra que no es posible callar, el tormento de un deseo que renace, la alegría de un compromiso que agita las fuerzas del hombre...

        Jesús pasa. Es uno de los muchos transeúntes con los que nos cruzamos en la calle. Son incontables los que nos «pasan» a derecha e izquierda, los que saltan, obstaculizan, cortan la calle, nos observan con una perfecta indiferencia. Muchos, demasiados, no se dan cuenta de nada. Pasan y no ven. Jesús pasa y «ve»... Se da cuenta de nosotros. De mí. Ve: en el corazón. A través de los deseos y las aspiraciones profundas. Ve: no tanto los rasgos de nuestra fisonomía y las actitudes de nuestro comportamiento.

        Ve: la dimensión interior del hombre: pensamientos, deseos, afectos, intenciones, disponibilidad, propósitos. La dureza del corazón ve y hace ver. Ve: la verdad entera que hay en el hombre. Me ve a mí... Jesús necesita encontrar en nosotros al hombre. Al hombre es a quien dirige su Palabra divina (F. Berra, lo ho scelto voi, Roma 1990, pp. 41-43).

 

 

Lunes de la 2ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 15,16-23

En aquellos días,

16 Samuel dijo a Saúl: - Deja que te diga lo que el Señor me ha dicho esta noche. Él le dijo: - Habla.

17 Continuó Samuel: - ¿No es cierto que, a pesar de considerarte a ti mismo insignificante, eres el jefe de todas las tribus de Israel y que el Señor te ungió como rey de Israel?

18 El Señor te mandó a esta expedición diciéndote: «Vete y consagra al exterminio a esos pecadores amalecitas, y hazles la guerra hasta acabar con ellos».

19 ¿Por qué no has obedecido la orden del Señor? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín, haciendo lo que desagrada al Señor?

20 Respondió Saúl: - ¡Yo he obedecido la orden del Señor! Fui a la expedición a la que él me mandó, traje a Agag, rey de Amalee, y consagré al exterminio a los amalecitas.

21 Sólo que la gente reservó del botín ovejas y vacas, las primicias de lo consagrado al exterminio, para ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guigal.

22 Samuel respondió: ¿Acaso no se complace más el Señor en la obediencia a su Palabra que en holocaustos y sacrificios? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad, más que la grasa de carnero.

23 La rebeldía es como un pecado de superstición, y la arrogancia, como un crimen de idolatría. Por haber rechazado la Palabra del Señor, él te rechaza a ti como rey.

 

        *» El episodio aquí narrado revela la orientación última del corazón de Saúl: busca conservar el reino siguiendo la lógica de las conveniencias políticas, antes que obedecer al Señor y hacer depender su vida de su elección. Saúl, reprendido por el profeta, disimula la culpa cometida levantando una polvareda de pretextos; justo lo contrario de lo que hará David. Éste, por el contrario, confesará abiertamente su pecado. El elemento más digno de destacar en el relato figura en la declaración de Samuel: la obediencia tiene más valor que el sacrificio. Se trata de una conquista relevante del pensamiento religioso: se pasa a valorar más la experiencia vivida que los actos de culto -que pueden estar disociados de la práctica de la fe-; se da más relieve a la actitud interior de la persona que a los actos externos. La obediencia vivida con amor será el elemento que caracterice la ofrenda sacerdotal y existencial de Jesús.

 

 

Evangelio: Marcos 2,18-22

18 Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decir a Jesús: - ¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan y los tuyos no?

19 Jesús les contestó: - ¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen.

20 Llegará un día en el que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán.

21 Nadie cose un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, porque lo añadido tirará de él, lo nuevo de lo viejo, y el rasgón se hará mayor.

22 Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque el vino reventará los odres y se perderán vino y odres. El vino nuevo en odres nuevos.

 

 

        **• El ayuno no está valorado como una práctica en sí misma, sino en relación con el significado que puede adquirir dentro del contexto de referencia en que se practica.

        Los discípulos de Juan el Bautista ayunaban para prepararse para la llegada inminente del juicio divino; el pueblo se abstenía de tomar alimento en el «Día de la Expiación» (Kippur) o en el día en que se recordaba la destrucción del templo. Esa práctica devota subraya una actitud interior y ayuda a conservarla. El espíritu religioso que inducía a practicar el ayuno, en ocasiones con cierta frecuencia, como es el caso de los fariseos, impulsa a Jesús a suspenderlo, realizando así un signo profético voluntariamente provocador. Dado que él mismo introduce en el mundo el tiempo glorioso de las nupcias entre Dios, el esposo, y su pueblo, la esposa, no tiene sentido reiterar un signo que recuerda el luto.

        El signo que conviene aquí, por el contrario, es el del banquete alegre. El ayuno, estrictamente ligado a poner de relieve la fortuna de la presencia de Jesús, ha sido restablecido en el tiempo de la Iglesia. La razón de ello es que la expectativa del Reino exige durante su curso la confrontación dolorosa con las fuerzas del mal, una confrontación que estalló ya, además, en el momento en el que el Esposo fue arrebatado. Las afirmaciones posteriores sobre el vestido y sobre el vino nos invitan a comprender la novedad introducida por el Evangelio y confirman el signo de la suspensión del ayuno.

 

MEDITATIO

        La Palabra del Señor nos pone hoy en guardia: ¡cuidado con administrar la relación «religiosa» según nuestra necesidad particular de seguridad! Podríamos darnos cuenta de que interpretamos la Escritura con el criterio de la racionalidad para protegernos de su propuesta de radicalismo, que nos descoloca. O bien podríamos descubrir que «usamos» el culto como mampara para poner a cubierto una presunta santidad construida a nuestra propia medida.

        El Señor nos recuerda hoy, de manera inequívoca, que la relación con él sólo es auténtica cuando se modula sobre la obediencia. Ésa es la única seguridad. Obedecer a Dios significa estar con el corazón y la mente abiertos, dispuestos a vibrar con todo soplo del Espíritu, prefiriéndolo a nuestro «sentido común»; disponibles para comprobar la consistencia de nuestras formas exteriores habituales de expresar la fe y para convertirnos a una mayor autenticidad, comprometiendo en ella nuestra vida. Dios se entrega del todo, de modo imprevisible, sorprendente. ¿Somos capaces de mostrarnos acogedores y dispuestos a adherirnos a su Novedad?

 

 

ORATIO

        Señor Jesús, tú que fuiste obediente en todo al Padre, enséñame a no buscar mi voluntad, sino la suya. Hazme comprender que eso no significa abdicar de mi capacidad de elección, sino vivir con libertad y gratuidad el don que soy. Me resulta fácil, Señor, encontrarme a mis anchas en la lógica, incluso religiosa, que me he construido y considerar como «hereje» a quien no la sigue...

        Que yo madure, Señor, al calor de tu Espíritu, la inteligencia de mi corazón, para no encerrarme en mis razonables certezas y permanecer abierto a las exigencias de tu Palabra, novedad inagotable.

 

 

CONTEMPLATIO

        Los hombres sabios y de gran ánimo ponen su cabeza, con humildad, bajo el yugo de la obediencia, pero los tontos se lo sacuden y no se adaptan a obedecer. Considero más importante obedecer por amor de Dios a quien está por encima de mí que obedecer al Creador mismo, aunque anunciara directamente a alguien su voluntad. Los que han puesto la cabeza bajo el yugo de la obediencia y, a continuación, diciendo que pretenden seguir la vía de la perfección, se lo sacuden, dan signos de que en el fondo de su alma se esconde una gran soberbia (Egidio di Assisi, / detti, Milán 1964, pp. 128ss).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La obediencia vale más que el sacrificio» (1 Sm 15,22).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El Señor no viene a limitarnos, a despojarnos; es más, hace que, adhiriéndonos a él, podamos crecer. Revelándose como el Dios-amor, invita a nuestra libre voluntad para que dé una respuesta que sea obediencia de fe y de amor. [...]

        El espíritu filial que anida en nosotros nos hace verdaderamente capaces de llamar al Padre y obedecerle. Si en algunas ocasiones nos mostramos como niños caprichosos, no ha de asaltarnos ningún temor: el Padre sabe mostrarse paciente y corregir con amor. Acepta como una gran cosa cualquier pizca de buena voluntad y de santo deseo que vea en el fondo de nuestro corazón, bajo la áspera corteza de nuestra naturaleza indisciplinada y esquiva. A través de los acontecimientos de nuestra vida cotidiana, se entreteje la voluntad de Dios como una tela. Es preciso que esta tela no tenga desgarros. Si los hay -ningún hombre es justo ante Dios-, éste es el remedio: la penitencia, el sacramento de la reconciliación. [...]

        Ahora bien, ¿cómo distinguir de manera adecuada la voluntad de Dios de la nuestra? No siempre resulta fácil. La experiencia de los que nos han precedido en el camino de la fe y de la obediencia nos enseña que, a menudo, la voluntad de Dios requiere un impregnado de renuncia y sufrimiento, la superación de nuestras propias inclinaciones y un confiado abandono que, para la lógica humana, puede parecer deserción del uso de nuestra propia razón y de nuestras propias capacidades. El paso se da en la oscuridad e incluso en la aridez o la repulsa, aunque podemos estar seguros, por la fe, de que en ese caso cumplimos de manera más libre la voluntad de Dios antes que la nuestra (A. M. Cánopi, Sí, Padre, Milán 1999, pp. 69 y 77ss).

 

 

 

Martes de la 2ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 16,1-13

En aquellos días,

1 el Señor dijo a Samuel: - ¿Hasta cuándo vas a estar llorando por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Yo te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque me he elegido un rey entre sus hijos.

2 Samuel preguntó: - ¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata. El Señor le contestó: - Llevarás contigo una ternera y dirás: «He venido para ofrecer un sacrificio al Señor».

3 Invitarás a Jesé al sacrificio y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga.

4 Samuel hizo lo que le había dicho el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron preocupados a su encuentro y le dijeron: - ¿Es para bien tu venida?

5 Respondió: - Sí, he venido para ofrecer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio. Él purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrifico.

6 Al entrar ellos, vio a Eliab y se dijo: «Seguramente, éste es el ungido del Señor».

7 Pero el Señor dijo a Samuel: - No te fijes en su aspecto ni en su gran estatura, que yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón.

8 Después, Jesé llamó a Abinadab y le hizo pasar delante de Samuel, que dijo: - Tampoco es éste el elegido del Señor.

9 Jesé hizo pasar a Sama, pero Samuel dijo lo mismo: - Tampoco es éste el elegido del Señor.

10 Jesé hizo pasar a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel le dijo:

- A ninguno de éstos ha elegido el Señor.

11 Entonces, Samuel preguntó a Jesé: - ¿Son éstos todos tus muchachos? Él contestó: - Falta el más pequeño, que está guardando el rebaño. Samuel le dijo: - Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que haya venido.

12 Jesé mandó a por él. Era rubio, de hermosos ojos y de buena presencia. El Señor dijo: - Levántate y úngelo, porque es éste.

13 Samuel tomó el cuerno del aceite y lo ungió en presencia de sus hermanos. El espíritu del Señor entró en David a partir de aquel día. Samuel se puso en camino y volvió a Rama.

 

 

        **• Samuel, afligido por el fin miserable de Saúl, representa al hombre desalentado que añora el pasado y se deja dominar por el abatimiento. Dios le anima y emprende con él una nueva historia. El profeta, de manera semejante a Abrahán, debe partir sin saber a dónde  va, mostrándose disponible a las indicaciones de la voluntad de Dios que se le manifiesten. El Señor no nos rechaza ni nos vuelve la espalda. Dios actúa con absoluta libertad, suscitando la sorpresa. Sólo Él conoce el corazón de los hombres y los valora con verdad. Y no sólo esto: también puede actuar a través de personas desaventajadas, por motivos sociales, culturales e incluso por motivos morales (como hará con san Pablo).

 

 

Evangelio: Marcos 2,23-28

Sucedió que

23 un sábado pasaba Jesús por entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas según pasaban.

24 Los fariseos le dijeron: - ¿Te das cuenta de que hacen en sábado lo que no está permitido?

25 Jesús les respondió: - ¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando tuvo necesidad y sintió hambre él y los que lo acompañaban?

26 ¿Cómo entró en la casa de Dios en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la ofrenda, que sólo a los sacerdotes les era permitido comer, y se los dio además a los que iban con él?

27 Y añadió: - El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.

28 Así que el Hijo del hombre también es señor del sábado.

 

 

        **• Este breve relato pretende resaltar la autoridad definitiva de Jesús. Marcos no se muestra claro en absoluto al establecer el objeto de la transgresión de los discípulos. Quizás no hubieran debido trabajar en sábado para prepararse la comida, sino haber previsto ya esto el día anterior. De todos modos, es a Jesús, más que a los discípulos, a quien se pone en tela de juicio. Por otra parte, aparece una comparación entre él y David.

        Si, por motivos superiores, el antiguo rey podía pasar por encima de la Ley, mucho más puede hacerlo Jesús. Más aún, Jesús posee una autoridad tal que puede abrogar el sábado y sustituirlo por otro día de fiesta. Todo esto no está precisado con claridad, aunque se capte con claridad en los pliegues del discurso.

 

 

MEDITATIO

        Dios se revela como el Señor del tiempo y de la historia: es libertad absoluta, no reducible a ninguna medida humana, ni siquiera religiosa. La libertad soberana de Dios coincide con su amor, un amor que se manifiesta en la predilección por los más pequeños, en mirar más allá de las apariencias, en el reconocimiento del primado de la persona humana afirmado en la creación y nunca desmentido. Me pregunto si me muestro en mi vida realmente como hijo de este Dios, si acojo su libertad esclava del amor y la hago mía.

        Las decisiones de Dios me desorientan cuando infringen -o por lo menos ponen en crisis- el statu quo. Es más sencillo referirme a reglas claras y precisas que poner en el centro a la persona, a toda persona, cada una con sus exigencias, con sus características, que pueden resultarme instintivamente desagradables, que puedo considerar inadecuadas... La Palabra de Dios me invita y me provoca hoy a ser capaz de discernir la verdad de las cosas, recordándome que Dios es Señor de todo.

 

 

ORATIO

        Ven, Espíritu Santo. Me confío a tu soplo: enséñame a moverme en los espacios de Dios, donde los pequeños son los mayores, donde la atención al otro vale más que la Ley escrita. Ayúdame a discernir lo que cuenta, más allá de cualquier apariencia, bajo cualquier resplandor inmediato, más allá de cualquier voz seductora o convincente.

        Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que no me quede prisionero de mis ideas sobre el hombre o sobre Dios, hasta el punto de que, por miedo a tener que modificarlas, pueda dejar de encontrar al hombre, de encontrar a Dios...

 

 

CONTEMPLATIO

        Comprendo que los más pequeños acontecimientos de nuestra vida están dirigidos por Dios. [...] Cuando nuestra buena Madre me propuso convertirme en su ayudante, lo confieso, hermano, me quedé vacilante.

        Considerando las virtudes de las santas carmelitas que me rodean, me parecía que la Madre habría servido mejor a sus intereses espirituales escogiendo a otra hermana en vez de a mí; sólo el pensamiento de que Jesús no se habría fijado tanto en mis obras imperfectas como en mi buena voluntad me hizo aceptar el honor de participar en sus trabajos apostólicos. No sabía entonces que había sido él mismo, nuestro Señor, que se sirve de los instrumentos más ineptos para llevar a cabo sus maravillas, quien me escogió (Teresa de Lisieux, Lettere, en Gli scritti, Roma 1970, p. 693 [edición española: Cartas, Editorial Monte Carmelo, Burgos 1954]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón» (1 Sm 16,7).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Todos los movimientos naturales están regidos por leyes análogas a las de la gravedad material. Sólo la gracia constituye una excepción. Es preciso esperar siempre que las cosas sucedan en conformidad con la gravedad, salvo intervención de lo sobrenatural.

        Gravedad. En general, lo que esperamos de los otros está determinado por los efectos de la gravedad en nosotros; lo que recibimos de ellos está determinado por los efectos de la gravedad en ellos. En algunas ocasiones (por casualidad), ambos hechos coinciden; con frecuencia, no. [...] El hombre tiene la fuente de su energía moral, así como la de su energía física (alimento, respiración) en el exterior. Por lo general, la encuentra, y eso le crea la ilusión -incluso respecto a su propio físico- de que su ser lleva en sí mismo el principio de su propia conservación. Sólo la privación hace sentir la necesidad. Y, en caso de privación, no se le puede impedir dirigirse hacia cualquier objeto comestible.

        Existe un solo remedio: una clorofila que le permita alimentarse de luz. No juzgar. Todas las culpas son iguales. Existe una sola culpa: no tener la capacidad de alimentarse de luz. Porque, una vez abolida esta capacidad, son posibles todas las culpas. Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envía. No existe el bien fuera de esta capacidad (S. Weil, L'ombra e la grazia, Milán 31 996, pp. 15-17 [edición española: La gravedad y la gracia, Editorial Trotta, Madrid 1994]).

 

 

 

Miércoles de la 2ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 17,32-33.37.40-51

En aquellos días,

32 David dijo a Saúl: - Que nadie se desanime a causa de ese filisteo. Tu siervo irá a batirse con él.

33 Saúl le respondió: - Tú no puedes ir a batirte con ese filisteo, porque eres un muchacho, mientras que él es un guerrero desde su juventud.

37 Pero David le replicó: - El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las zarpas del oso, me librará de las manos de ese filisteo. Entonces Saúl le dijo: - ¡Vete, y que el Señor te ayude!

40 Tomó su cayado, escogió en el torrente cinco cantos bien lisos y los metió en su zurrón, y con la honda en la mano se dirigió hacia el filisteo.

41 El filisteo se iba acercando poco a poco a David, precedido de su escudero.

42 Al ver a David, se burló de él, porque era joven, rubio y de buena presencia.

42 El filisteo dijo a David: - ¿Es que soy un perro, para que vengas contra mí con un cayado?

43 Y maldijo a David invocando a sus dioses.

44 Después, le dijo: - Acércate, que yo daré tus carnes a las aves del cielo y a las bestias del campo.

45 David le respondió: - Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has desafiado.

46 Hoy mismo te entregará el Señor en mi poder, te mataré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo daré tu cadáver y los cadáveres del ejército filisteo como pasto a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. Toda la tierra sabrá que Israel tiene un Dios.

47 Y toda esa multitud aprenderá que el Señor no salva con espada ni con lanza; él es el Señor de la guerra y os entregará en nuestro poder.

48 Cuando el filisteo se dispuso a avanzar contra David, éste salió corriendo a su encuentro,

49 metió la mano en el zurrón y cogió una piedra; la lanzó con la honda e hirió al filisteo en la frente. La piedra se le clavó en la frente y cayó de bruces en tierra.

50 Así, con la honda y la piedra, venció David al filisteo. Lo mató de un golpe, sin empuñar la espada.

51 David fue corriendo hasta donde estaba el filisteo, le sacó la espada de la vaina, lo remató y le cortó la cabeza. Los filisteos, al ver muerto a su héroe, se dieron a la fuga.

 

 

        **• El choque entre los que se desafían es interpretado como una confrontación entre el Dios vivo y los dioses impotentes, de suerte que se pueda reconocer con claridad la presencia activa de Dios e invitar a todos al reconocimiento de su esplendor. La perícopa pone de relieve tres elementos: la fe de David, que hace frente a una situación ignominiosa para el pueblo y para la fe en Dios; la impotencia del muchacho, pero también su fe en la Providencia (experimentada ya en muchas ocasiones); el contenido religioso del desafío que se basa en la confrontación entre los dioses y el único Dios verdadero. De este modo, aparece con toda nitidez que una fe auténtica puede hacer frente y solucionar las dificultades más erizadas.

 

 

Evangelio: Marcos 3,1-6

En aquel tiempo,

1 entró de nuevo Jesús en la sinagoga y había allí un hombre que tenía la mano atrofiada.

2 Le estaban espiando para ver si lo curaba en sábado y tener así un motivo para acusarle.

3 Jesús dijo entonces al hombre de la mano atrofiada: - Levántate y ponte ahí en medio.

4 Y a ellos les preguntó: - ¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla? Ellos permanecieron callados.

5 Mirándoles con indignación y apenado por la dureza de su corazón, dijo al hombre: - Extiende la mano. Él la extendió, y su mano quedó restablecida.

6 En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él.

 

 

        **• Se nos da a conocer en este texto la quinta y última controversia de Jesús con sus adversarios. El clima ha degenerado: el Maestro parece indignado y amargado; sus interlocutores se muestran obstinados y rencorosos, hasta proyectar la eliminación física de su adversario.

        Por una parte, Jesús lleva a cabo con una fidelidad extrema su ministerio profético, haciendo frente de manera valiente a la situación (vuelve a entrar en la sinagoga, pone al enfermo en el centro de la sala, continúa proponiendo una institución sabática que esté al servicio del hombre); por otra, se rechaza toda incitación a reconsiderar su figura y a plantear la posibilidad de la autenticidad de su mensaje. El drama vivido en esta ocasión se repetirá más veces hasta el final. Hacer bien al hombre le cuesta a Dios la eliminación de su propio Hijo.

 

 

MEDITATIO

        La Palabra de Dios nos habla hoy de victoria: la victoria de David sobre el filisteo; la de Jesús sobre la parálisis del hombre y sobre la interpretación opresiva de la Ley por parte de los fariseos. La victoria es el desenlace positivo de una lucha: en los episodios que nos ha presentado la Escritura podemos leer nuestras experiencias personales de lucha.

        Es posible que en alguna ocasión nos hayamos encontrado en situaciones que hemos sentido como superiores a nosotros; tal vez, hemos sentido que nos encontrábamos en dificultades que se presentaban como superiores a nuestras fuerzas, frente a las que considerábamos inadecuados los medios que estaban a nuestra disposición. O bien nos hemos sentido en alguna ocasión bloqueados, incapaces de actuar, condenados a la impotencia, reducidos a objetos de la fría conmiseración de los otros.

        La Palabra del Señor nos alcanza, precisamente, en situaciones de este tipo y nos invita a atrevernos a lo que a nosotros nos parece imposible: a atrevernos en el nombre del Señor, esto es, contando con su fuerza, con la capacidad que él nos comunica con su Espíritu.

        Es preciso que nos expongamos tal como somos, con nuestros escasos medios, con nuestros límites, con nuestras parálisis; es preciso que entremos en juego sin esperar ser idóneos para hacerlo. Y pase lo que pase.

        Y contra toda previsión razonable, la lucha se convierte en victoria, una victoria que, para nosotros –y tal vez también para los que tenemos cerca-, tiene la forma de la liberación de las presuntas o reales esclavitudes interiores.

 

ORATIO

        Te alabo, Señor, porque me invitas continuamente a crecer, a dar un paso adelante y, a continuación, otro más. No hay impedimentos de talla: tú me has creado para que fuera una persona viva, y nada puede ser obstáculo para tu proyecto.

        Te alabo porque me liberas de todo miedo que me bloquee, de todo sentido de inferioridad que me paralice: cuando acojo tu Palabra dispuesto a darle cuerpo en mi vida, sin reservas, me doy cuenta de que sales victorioso en mí.

        Te alabo porque también en mí y a través de mí continúas obrando tus maravillas de amor, de bien, de vida, y llevas la liberación a otros hermanos.

 

 

CONTEMPLATIO

        Te muestro un camino espiritual que no necesita fatiga o lucha del cuerpo, aunque exige fatiga del alma, atención del intelecto y pensamiento vigilante, y se sirve del auxilio del temor y del amor de Dios. Con este método podrás poner en fuga fácilmente a toda la falange de los enemigos, como el bienaventurado David –uno solo- mató al gigante de los filisteos mediante la fe y la confianza en Dios. [...] Si quieres conseguir la victoria y poner en fuga fácilmente a la falange de los filisteos espirituales, entra en ti mismo mediante la oración y la sinergia de Dios, sumérgete en las profundidades del corazón, localiza a estos tres poderosos gigantes del diablo, a saber: el olvido, el descuido y la ignorancia, apoyo de los filisteos espirituales. (Marcos el Asceta, Lettera al Monaco Nicola, en La Filocalia, Turín 1982,1, pp. 225ss [edición española: La filocalia de la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca, '1998]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo voy contra ti en nombre del Señor» (1 Sm 17,45).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En mi clase -cuenta en una carta [su autora es Rose, una muchacha ugandesa de diecinueve años, estudiante de una escuela media superior]- se sentaban conmigo en el mismo banco cinco muchachas bagando [la tribu más importante del sur del país, situada en la región de Kampala]. Un día decidieron echarme. Llamaron a sus amigas bagando y ocuparon mi sitio. Cuando llegué, empezaron a insultarme diciendo que era buciga y que toaos los buciga, los batolo y los balongo [todas ellas tribus del norte] debían volverse a su tierra. Entonces intervino una muchacha del norte: «Si es así, ¿cómo es posible que estemos en el poder? ¿No veis que no habéis conseguido ni siquiera gobernar vuestro propio territorio? Salvo prueba en contrario, el presidente no es bagando» [Obote, que gobernaba por entonces en Uganda, pertenecía, en efecto, a la tribu de los lango, tribu del norte].

        Inmediatamente después -prosigue el relato de Rose-, se produjo una agitación en la clase. La muchacha del norte estaba decidida a llegar a las manos y me invitó a que la acompañara. «¡Vamos a pegarles!», me dijo. Yo la retuve. «No, no debemos comportarnos como ellas. "Perdónales, poraue no saben lo aue hacen". ¿Acaso somos diferentes nosotras de ellas? ¿Es posible que alguna tenga tres ojos y las otras dos? ¿Acaso no somos hijas del mismo Creador?». La invité a que rezara conmigo, a fin de que el Señor cambiara sus corazones. Pasado este episodio, busqué otro sitio, pero después me pregunté: «¿Por qué no escapó Jesucristo cuando fue insultado por la gente, sino que se quedó con ellos? Yo, sin embargo, estoy huyendo de estas muchachas porque me insultan. ¿Cómo podrán darse cuenta de que las quiero bien?».

        Regresé y volví a sentarme detrás de ellas. Dirigí una plegaria en silencio a María y también las muchachas permanecieron tranquilas. Durante el recreo, intenté saludar y hablar con una de ellas. Cuando llegué a casa, le pedí a la Virgen María que cambiara el corazón de mis condiscípulos. Al volver a la escuela, una de ellas, llamada Angela, se levantó y me preguntó: «¿Cómo estás, Rose?». Respondí a su saludo de manera cordial. Las otras estudiantes se quedaron estupefactas al ver que Angela me saludaba, y me dijeron: «Es posible que esa muchacha quiera darte veneno. No vayas con ella». Yo recé con el corazón y empecé a conversar y a jugar con ellas. Una muchacha se les acercó y dijo: «¿Por qué jugáis con ella? ¿No sabéis que es una guerrillera?». Yo le respondí que todos éramos criaturas de Dios. Toda la clase se quedó sorprendida al verme jugar con ellas y vernos amigas. Si alguna trae dulces o avellanas, las comparte con las otras, y yo hago lo mismo. Cuando otras estudiantes preguntan el porqué, mis amigas responden: «Lo pasado, pasado. Rose nos ha dicho que todos somos criaturas de Dios, y es verdad» (E. Castelli, La difficile speranza, Milán 1986, pp. 49ss [edición española: Uganda: la difícil esperanza, Encuentro, Madrid 1987]).

 

 

 

Jueves de la 2ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 18,6-9;19,1-7

En aquellos días,

18,6 cuando volvían, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las ciudades de Israel salían cantando y danzando al encuentro del rey Saúl al son alegre de panderos y arpas.

7 Y las mujeres cantaban a coro: «Saúl mató a mil, David a diez mil».

8 Saúl se irritó mucho y, muy airado por estas palabras, decía:

- A David le dan diez mil y a mí me dan mil; ya sólo le falta ser rey.

9 Y a partir de aquel día, Saúl miró a David con malos ojos.

19,1 Saúl comunicó a su hijo Jonatán y a todos sus servidores su intención de matar a David. Pero Jonatán, hijo de Saúl, que quería mucho a David,

2 se lo fue a decir: - Saúl, mi padre, trata de matarte. Así que estáte alerta mañana por la mañana; vete a un lugar oculto y escóndete.

3 Yo saldré y estaré al lado de mi padre en el campo donde tú estés. Hablaré de ti a mi padre para ver lo que piensa, y te informaré.

4 Jonatán habló bien de David a su padre Saúl. Le dijo: - ¡Que el rey no ofenda a su siervo David! El no te ha ofendido; al contrario, sus acciones te han sido muy útiles.

5 Expuso su vida, mató al filisteo y el Señor dio una gran victoria a todo Israel. Tú mismo lo viste y te alegraste. ¿Por qué has de hacerte responsable de la muerte de un inocente matando a David sin motivo?

6 Saúl escuchó las palabras de Jonatán e hizo este juramento: - ¡Juro por el Señor que no morirá!

7 Jonatán llamó a David y le contó todo esto; después, le llevó ante Saúl, y David estuvo a su servicio como antes.

 

 

        *•• Los versículos de la primera parte de la lectura, extrapolados del capítulo 18, narran la irrupción de un agudo sentimiento de celos por parte del rey Saúl contra David. En compensación, surge la gracia divina, que actúa ahora de modo claro en la vida de David; gracias a su valor, se está afirmando como el elegido del Señor. Saúl, por el contrario, se muestra más interesado por su prestigio personal que por el beneficio de la nación a la que debería servir.

        Los versículos tomados del capítulo 19 presentan, sin embargo, la mediación llevada a cabo por Jonatán ante Saúl. Impulsado por la gran amistad que ha entablado con David, Jonatán consigue superar el espíritu de servilismo y de autodefensa que reina ahora en la corte. Una pasión movida por la envidia arremete al consagrado del Señor y una pasión movida por la amistad lo salva. A través de nuestras pasiones pasan grandes males y grandes bienes. El Señor puede obrar también a través de ellas. Por nuestra parte, es necesario que no las dejemos abandonadas a sí mismas, sino que las pongamos al servicio de un proyecto de amor.

 

 

Evangelio: Marcos 3,7-12

En aquel tiempo,

7 Jesús se retiró con sus discípulos hacia el lago y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea,

8 de Jerusalén, de Idumea, de TransJordania y de la región de Tiro y Sidón acudió a él una gran multitud, al oír hablar de lo que hacía.

9 Como había mucha gente, encargó a sus discípulos que le preparasen una barca, para que no lo estrujaran,

10 pues había curado a muchos, y cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle.

11 Los espíritus inmundos, cuando le veían, se postraban ante él y gritaban:

- Tú eres el Hijo de Dios.

12 Pero él les prohibía enérgicamente que lo descubriesen.

 

 

        *•• Con el pasaje de hoy se abre una nueva sección narrativa (Mc 3,7-6,6) que tiene como escenario de fondo el espacio abierto, mientras que en la precedente se desarrollaban los hechos en la sinagoga o en zonas relacionadas con ella. La actividad de Jesús se propaga; ya no es en absoluto un desconocido, y suscita sensación.

A pesar de este ensanchamiento del horizonte, el entusiasmo acogedor, aunque bastante poco arraigado y profundo, se irá amortiguando hasta convertirse en una actitud de estupor incrédulo (6,6). Entre tanto, Jesús se está preparando una nueva familia compuesta por personas que muestran una disponibilidad más auténtica respecto a él, e inicia una enseñanza particular dirigida a los discípulos.

        La lectura de hoy presenta un eco de la resonancia obtenida por Jesús, que ahora se ha convertido en el centro de la atención. Tiene que defenderse de su misma fama y, por otra parte, no quiere ponerse al servicio de intereses personales, sino al servicio de Dios. Por eso ordena a los demonios que se callen: no tiene que ser considerado como un curandero, sino como el enviado del Padre, que cuenta, recurriendo a todo tipo de experiencias, lo que Dios da a conocer de sí mismo y lo que pide a los hombres, más dispuestos a buscarse a sí mismos que a Dios, incluso en sus actos más clamorosamente religiosos.

 

 

MEDITATIO

        Pasamos con frecuencia por la experiencia de la incomprensión, del equívoco, de los malentendidos. Alguien dice una palabra, hace un gesto atribuyéndole un significado y el interlocutor percibe otro. Sobre esta base se forma una opinión, emite un juicio, elabora unos criterios de valoración. ¡Cuánto sufrimiento se sigue de ahí en ocasiones! Nos sentimos interpretados, no nos sentimos reconocidos ni acogidos en nuestra propia verdad, y eso duele. Y todavía más cuando nos damos cuenta de que nos convertimos en objeto de envidia o celos por el simple hecho de ser como somos. La experiencia de David nos muestra la oportunidad, por lo que a nosotros respecta, de buscar un camino adecuado para proyectar luz en los meandros del corazón, allí donde los celos generan incomprensión.

        El ejemplo de Jesús nos sugiere que no hemos de replegarnos en nosotros mismos, que no hemos de encerrarnos en actitudes de resentimiento y un tanto victimistas. Nos invita, más bien, a continuar recorriendo nuestro camino, sin pretender aclaraciones a toda costa, creyendo que, de todos modos, la verdad acabará triunfando y, antes o después, se impondrá por sí misma. Ahora bien, la Palabra del Señor nos invita también hoy a proyectar luz en nuestro propio corazón; tal vez también nosotros, como Saúl, nos encontremos desviados por el temor de perder prestigio y poder; como la muchedumbre, busquemos a Jesús sólo por obtener ventajas materiales de su presencia. Éste es el momento oportuno para que aparezca la verdad.

 

ORATIO

        Hoy no sé cómo dirigirme a ti, Dios mío, y es que me reconozco en el celoso Saúl, aunque también en el ignorante David. Por eso te pido un corazón grande, te invoco para que seas en mí luz de verdad. Sí, Dios mío, tal vez precisamente por eso tengo una gran necesidad de ser como esos discípulos tuyos que van detrás de ti sin otro motivo que aprender a ser como tú eres.

        Oh luz verdadera, que vea yo el camino justo que he de recorrer y no me desvíe, aunque eso pueda atraerme enemistades. Oh amor de todo amor, que no se me endurezca el corazón, sino que sepa acoger el bien y el éxito de los otros, celebrar su alegría, reconocer en ellos la belleza de tu presencia activa.

 

 

CONTEMPLATIO

        Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo que se abstengan las hermanas de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, preocupación y solicitud por este mundo, de la difamación y la murmuración, de la discordia y de la división. Sean, en cambio, solícitas para conservar siempre, recíprocamente, la unidad de la caridad mutua, que es el vínculo de la perfección (Clara de Asís, Regola, en Fonti Francescane, Padua 31982, 2.262 [edición española: Escritos de Santa Clara y documentos complementarios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Enséñame, Señor, a alegrarme del bien» (cf. 1 Sm 19,5).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El temor y la hostilidad no se limitan a los encuentros con los desvalijadores, con los drogadictos o con los anormales. En un mundo invadido por la competición, incluso aquellos que se encuentran muy cerca los unos de los otros, como los compañeros de escuela o de equipo, los actores de una misma compañía, los colegas de trabajo, están infectados por el miedo y por la hostilidad si se sienten, recíprocamente, como una amenaza a la seguridad intelectual o profesional. Muchos de los espacios creados para acercar a la gente y ayudarla a formar una comunidad pacífica degeneran en campos de batalla mental. Los estudiantes en las aulas, los profesores en las reuniones, el personal en los hospitales y los miembros de proyectos comunes se sienten a menudo paralizados por una mutua hostilidad, incapaces de llevar a cabo sus objetivos a causa del miedo, de la sospecha e incluso de una agresión abierta. En ocasiones, las instituciones creadas expresamente para dar vida a un espacio y a un tiempo libres -donde desarrollar las preciosas potencialidades humanas- han terminado siendo tan dominadas por el espíritu de defensa que las mejores ideas y las opiniones más válidas no llegan a expresarse. [...]

        Una gran parte de nuestro mundo se asemeja a un escenario donde la paz, la justicia y el amor son recitados por actores dispuestos, a continuación, a mutilarse unos a otros con una hostilidad recíproca. ¿No hay acaso médicos, sacerdotes, abogados, asistentes sociales, psicólogos y consejeros espirituales que han empezado su actividad con un profundo deseo de servir y, muy pronto, se han convertido en víctimas de una intensa rivalidad y hostilidad tanto en el ámbito personal como en el social? Ministros del culto y sacerdotes que proclaman la paz y el amor desde el pulpito son, después, incapaces de encontrarse cuando se sientan a la mesa en la casa parroquial. Asistentes sociales que intentan resolver litigios familiares se enfrentan con los mismos conflictos en su propia casa. ¿Cuántos de nosotros no estamos agitados por una aprensión interna porque nos sentimos afligidos por los mismos dolores que quienes piden nuestra ayuda?

        Sin embargo, precisamente esta paradoja podría proporcionarnos la facultad que nos permitiría curar. Tras haber visto y reconocido, sin posibilidad de duda, nuestras hostilidades y nuestros  miedos en los otros, podremos estar en condiciones de sentir, desde dentro, el polo hacia el que nos queremos conducir no sólo a nosotros mismos, sino también al prójimo. [...] Apenas hayamos adquirido la sensibilidad necesaria para entrever los dolorosos contornos de nuestra hostilidad, estaremos en condiciones de identificar lo opuesto, hacia lo que estamos llamados a desplazarnos: la hospitalidad. [...] Hospitalidad significa, principalmente, creación de un espacio libre donde pueda entrar el extraño para convertirse en amigo en vez de en enemigo. Hospitalidad no significa cambiar a las personas, sino ofrecerles un espacio donde pueda tener lugar el cambio (H. J. M. Nouwen, Viaggio spirituale per l'uomo contemporáneo, Brescia 1998, pp. 63-65).

 

 

 

Viernes de la 2ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Samuel 24,3-21

En aquellos días,

3 Saúl tomó consigo tres mil hombres escogidos en todo Israel y marchó en busca de David y de su gente hasta las Rocas de las Gamuzas.

4 Cuando llegó a los rediles de las ovejas que hay junto al camino, Saúl entró para hacer sus necesidades en una cueva que hay allí. David y sus hombres estaban en el fondo de la cueva.

5 Los hombres de David le dijeron: - Mira, éste es el día al que se refería el Señor cuando te dijo: «Yo entrego a tu enemigo en tu poder; trátale como te parezca». David se levantó y cortó sigilosamente la orla del manto

de Saúl.

6 Después empezó a latirle fuertemente el corazón por haber cortado la orla del manto de Saúl.

7 Y dijo a sus hombres: - Dios me libre de hacerle daño alguno, porque él es el ungido del Señor.

8 Con estas palabras, David reprimió a sus hombres y no les permitió lanzarse sobre Saúl. Saúl salió de la cueva y prosiguió su camino.

9 Después se levantó David, salió de la cueva y se puso a gritar detrás de él: - ¡Mi señor! ¡Majestad! Saúl miró hacia atrás y David cayó rostro en tierra y se postró.

10 Después dijo a Saúl: - ¿Por qué haces caso a la gente que dice que David busca tu ruina?

11 Hoy mismo puedes ver con tus propios ojos que el Señor te puso en mis manos en la cueva. Me incitaron a matarte, pero yo te he respetado, pues me dije: «No haré daño alguno a mi señor, porque él es el ungido del Señor».

12 Mira, padre mío, mira la orla de tu manto en mi mano. Puesto que he cortado la orla de tu manto y no te he matado, reconoce y comprueba que no hay en mí maldad ni rebeldía y que no he pecado contra ti. Tú, en cambio, intentas a toda costa quitarme la vida.

13 Que el Señor sea nuestro juez y que Él me vengue de ti, pero yo no te tocaré.

14 Como dice el viejo proverbio: «De los malos, la malicia». Pero yo no te tocaré.

15 ¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¡A un perro muerto, a una pulga!

16 Que el Señor juzgue y pronuncie sentencia entre nosotros dos. Él examinará, defenderá mi causa y me librará de tu poder.

17 Cuando David terminó de decir estas palabras a Saúl, éste dijo: - ¿Es ésa tu voz, David, hijo mío? Saúl se puso a llorar

18 y dijo a David: - Tú eres inocente y yo no, porque tú me has hecho el bien y yo te hecho el mal.

19 Hoy has demostrado que te portas bien conmigo, pues el Señor me puso en tus manos y no me mataste.

20 Cuando alguien encuentra a su enemigo, ¿lo deja continuar tranquilo su camino? Que el Señor te pague lo que hoy has hecho conmigo.

21 Ahora reconozco que tú serás rey y que la realeza de Israel será estable en tus manos.

 

 

        **• El acto de benevolencia ejercido por David respecto a su adversario, más que un gesto de perdón, es un acto de fe en la acción providencial de Dios, justo juez, que intervendrá para defender, a su tiempo y a su modo, a su «pobre» que es ahora perseguido. La comparación entre ambos pone de relieve, con una enorme claridad, la diversa calidad de los personajes y hace aún más evidente el motivo del repudio de uno y de la elección de otro.

        David, como guerrero y político, ha sentido la tentación de eliminar a su adversario, que ha caído a merced de sus manos, pero se retiene, sabiendo que su vida está guiada por el Señor; no es él quien debe garantizarse su propio futuro a toda costa, incluso cediendo al mal, sino esperarlo pacientemente de Dios. Saúl, por el contrario, quiere tomar las riendas él mismo, hasta el punto de pretender forzar los acontecimientos y planear incluso un crimen, en caso de que le parezca conveniente. Ahora Saúl, observando la diferente calidad de la perspectiva de vida elegida por David con respecto a la suya, puede intuir que es precisamente David alguien con el que Dios puede contar y que la gracia presente en la vida del muchacho héroe le hace capaz de realizar una mejor «justicia» también en las relaciones solidarias entre los hombres.

 

 

Evangelio: Marcos 3,13-19

En aquel tiempo, Jesús

13 subió al monte, llamó a los que quiso y se acercaron a él.

14 Designó entonces a doce, a los que llamó apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar

15 con poder de expulsar a los demonios.

16 Designó a estos doce: a Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro;

17 a Santiago, el hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno;

18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo

19 y Judas Iscariote, el que lo entregó.

 

        *+• Jesús se constituye una nueva familia (como se sugerirá en 3,35), es decir, según su mensaje, intenta formar un grupo de personas que estén dispuestas a acogerlo, aunque también deba realizar en ellos el milagro de la conversión. Sin embargo, aun cuando al hablar de familia se quiere acentuar la relación personal y afectiva que deberá reinar entre Jesús y sus discípulos, uno a uno, el grupo recibe también de inmediato un valor estructural más amplio: son el nuevo Israel, los que constituirán los fundamentos de la futura Iglesia.

        El evangelista carga de solemnidad el hecho. Tiene lugar sobre el monte, esto es, sobre el lugar típico de la proximidad con Dios. Todo depende de la gracia, y nada de la buena voluntad de los discípulos: Cristo los llama, los elige con una soberanía absoluta, y también es él quien los «constituye» en comunidad. El grupo es convocado para que sus componentes se dirijan a él (v. 13) y, antes que nada, para estar con él (v. 14). El nuevo pueblo se constituye en torno a la persona del Señor, que se sitúa, de manera escandalosa para un judío, como referencia absoluta, asumiendo la función que debería corresponder a la Ley. Sus discípulos reciben su mismo poder de expulsar los demonios, señal de que podrán ser realmente los ejecutores plenipotenciarios en el ejercicio de la fuerza del Evangelio. Aparece, por tanto, el motivo de la misión como prioridad concomitante a la relación personal.

 

 

MEDITATIO

        No sorprenden ya las faltas de fidelidad, por lo frecuentes que son: se falta a una promesa hecha, se traiciona la confianza y la amistad, y todo ello con desenvoltura, como si formara parte de la naturaleza misma de las cosas. La sospecha casi parece obligada en las relaciones humanas, hasta el punto de qué son noticia los gestos de lealtad, que sorprenden las relaciones que se mantienen a lo largo del tiempo y que despierta admiración quien, aun a costa de sacrificios, no falta a la palabra dada.

        Si he sido creado a semejanza del Dios fiel a sus promesas, ¿puedo acaso ser diferente de él? Hoy se me pone a David como ejemplo a quien mirar. Los apóstoles, llamados a vivir con Jesús y a compartir su misión, aprendieron que la lealtad y la fidelidad implican la entrega de sí. No son éstas prerrogativas exclusivas del cristiano; son cualidades humanas que hacen al hombre persona libre, no esclavo de los instintos caprichosos, de las emociones pasajeras y fluctuantes.

        La fe me ayuda en mi formación para la fidelidad precisamente porque me hace conocer al Dios fiel, me hace echar raíces profundas en la roca de los valores que no pasan. Y, de este modo, puedo hacer promesas que duren para siempre. Y así, como los apóstoles, en virtud de la fidelidad de Jesús, puedo comprometerme a permanecer con él para siempre. ¡Palabras duras en este tiempo de la cultura del instante y de lo provisional! El Señor me invita boy a redescubrir la belleza de quien compromete toda su vida por valores que ha reconocido como esenciales. ¿No haré yo lo mismo?

 

 

ORATIO

        Señor, yo soy de los que están contigo desde hace tiempo, pero me doy cuenta de que mi corazón no late aún en sintonía con el tuyo. Tal vez, repito a veces tus palabras, pero con frecuencia no las pongo en práctica.

        Hoy quiero reconocer ante ti la lentitud -quizás también la pereza- con la que procedo para vencer al mal con el bien. Los pensamientos y los deseos de venganza me ocupan, tal vez, de una manera sutil y les doy seguimiento «golpeando» con palabras duras y gestos bruscos a aquellos por quienes me siento herido. Si no pongo en marcha la venganza es porque, a veces, no se me presenta la ocasión propicia...

        Quiero tomar conciencia, Señor, de los proyectos de revancha que formulo de manera silenciosa y convertirlos en magnanimidad. Sé muy bien, Señor, que no los llevaré a buen puerto gracias a mi destreza, sino a tu fuerza, al poder del amor que tú me comunicas y que vence al mal de cualquier modo que se manifieste.

 

 

CONTEMPLATIO

        La opción que hice de sufrir sólo por amor debes hacerla tú también si quieres ser semejante a mí. Así le complace a mi Padre. Fíjate, cuando en Getsemaní salí de la oración tan inflamado de amor, yo mismo fui al encuentro de mis enemigos. Así has de hacer tú también: sal a su encuentro, no temas. Yo fui entregado con un beso de mi amado discípulo. Así tú también debes alegrarte si eres engañada y añigida por quien te quiere bien. [...] Reconoce que tienes que estar mucho más agradecida a los te hacen el mal que a los que te hacen el bien. Aquéllos purifican tu alma, la hacen bella, graciosa, agradable en mi presencia (Camilla Battista da Varano, / ricordi di Gesú, Milán 1985, pp. 59ss).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, haz que seamos capaces de hacer el bien a quien nos hace el mal» (cf. 1 Sm 24,18).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Excelencia:

        Al enviarle el Impegno con Cristo no me esperaba ni un consentimiento ni un cumplido. [...] No pretendo imponer a otros mis puntos de vista personales; es más, gozo con las divergencias de opiniones que encaminan a la discusión y la provocan, si fuera necesario, exponiendo y defendiendo mis ideas con ese calor que sabe a «categórico», dada la poca costumbre, arraigada también entre nosotros, del hablar un tanto franco. Por otra parte, los motivos del libro no son intocables, especialmente ahora que todo es sometido a revisión con tal desconfianza en nuestras consideraciones y con tal radicalismo que nos debería preocupar más seriamente. [...]

        Su Excelencia sabe bien que no soy ni un desilusionado ni un defraudado y aue mi carrera termina con la misa. ¿Acaso le he pedido algo a lo largo de treinta años? ¿Acaso me he quejado de las tareas que me ha confiado? ¿No sería más lógico pensar que si alguien habla de tal modo que pierde la benevolencia de los de fuera y de los de dentro o es un loco o está obligado a decir, con una voz  más fuerte que la que marcan las conveniencias, lo que muchos piensan y no se atreven a decir? [...] No me parece dar mala fama ni a mi diócesis ni a mi obispo; sin embargo, y no una sola vez, he oído decir de mí que «ni siquiera su obispo está contento de usted». Ahora bien, mi obispo no habrá oído que don Mazzolari haya dicho una palabra que no sea afectuosa y de admiración respecto a los suyos y a la diócesis.

        No tengo tiempo para las murmuraciones y las habladurías. Discuto las opiniones, no a las personas, y a rostro descubierto, en voz alta y con tal pasión que puede parecer «una pretensión de infalibilidad». [...] La pena que me produce no contar con su confianza es grande, pero no por eso disminuye mi veneración, y pidiéndole perdón de rodillas por mi audacia, le beso el anillo con el mismo afecto filial. Su sacerdote Primo Mazzolari (P. Mazzolari, Obedientísimo ¡n Cristo... Lettere al Vescovo 7077-1959, Cinisello B. 21996, pp. 153ss y 157).

 

 

 

Sábado de la 2ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 1,1-4.11-12.17.19.23-27

1 En aquellos días, David, que había vuelto de batir a los amalecitas, estuvo dos días en Sicelag.

2 Al tercer día, llegó un hombre del campamento de Saúl con la ropa desgarrada y la cabeza cubierta de polvo. Al llegar junto a David, se postró rostro en tierra.

3 David le preguntó: - ¿De dónde vienes? Él respondió: - Vengo huyendo del campamento de Israel.

4 David insistió: - ¿Qué ha pasado? Cuéntamelo. Y él contestó: - Los que luchaban se dieron a la fuga; muchos cayeron y murieron. Murieron también Saúl y su hijo Jonatán.

11 Entonces David se rasgó las vestiduras, y todos los que estaban con él hicieron lo mismo.

12 Hicieron duelo, llorando y ayunando hasta la tarde por Saúl y por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, que habían caído a espada.

17 David entonó esta lamentación por Saúl y por su hijo Jonatán:

19 ¡Ay, Israel! ¡Tu gloria ha sido herida sobre tus montes! ¡Cómo han caído los héroes!

23 ¡Saúl y Jonatán, tan amados y queridos! No se separaron ni en vida ni en muerte, más raudos eran que águilas, más fuertes que leones.

24 Hijas de Israel, llorad por Saúl, que tan lujosamente os vestía de púrpura y recubría con adornos de oro vuestros vestidos.

25 ¡Cómo han caído los héroes en medio del combate! ¡Jonatán, sobre tus montes herido!

26 ¡Qué angustia me ahoga, hermano mío, Jonatán! ¡Cómo te quería! Tu amor era para mí más dulce que el amor de las mujeres.

27 ¡Cómo han caído los héroes, cómo han perecido los guerreros!

 

        **• Emprendemos hoy la lectura del segundo libro de Samuel, tras haber leído, de una manera un tanto sumaria, el primero. El texto presenta la derrota de Saúl o, mejor, el sincero lamento de David por este triste acontecimiento.

        El canto fúnebre parece una elegía guerrera desprovista de elementos religiosos. En realidad, el acontecimiento tiene que ver, en primer lugar, con las vicisitudes del pueblo del Señor, el pueblo liberado de Egipto, constituido por una relación de alianza con Dios y suspendido siempre del hilo de su gracia y su juicio. Todos los hechos que acaecen a este pueblo influyen en su relación con Dios y con su misterio. El lamento de David es la toma de conciencia de la situación irredenta en la que vive Israel en ese momento, dependiente aún del filisteo.

        Por otra parte, el canto revela la nobleza de ánimo del elegido del Señor: preocupado por el pueblo, capaz de admitir la relativa grandeza de su adversario, capaz de sentir ternura fiel hacia su amigo Jonatán. Toda lamentación del pueblo es releída por el Señor como invocación en una dura prueba de fe.

 

 

Evangelio: Marcos 3,20ss

En aquel tiempo,

20 volvió Jesús a casa, y de nuevo se reunió tanta gente que no podían ni comer.

21 Sus parientes, al enterarse, fueron para llevárselo, pues decían: «Está fuera de sí.».

 

        *» La presencia y la actividad del Señor, después de las primeras escaramuzas descritas en las secciones precedentes, adquieren una resonancia notable. Con todo, el clamor y la atención de la gente no conducen necesariamente a la fe. Ahora debe hacer frente Jesús a los primeros rechazos serios. En primera fila aparecen los mismos familiares y parientes, que, preocupados por el buen nombre de la familia, emprenden medidas drásticas para resolver una situación que resulta, por lo menos, embarazosa. No basta la consanguinidad para crear una simpatía con el Evangelio; es preciso formar parte de la consanguinidad por la gracia. El amigo de Dios deberá encontrar, necesariamente, aislamiento y hostilidad; a veces, le vendrá la desconfianza de donde menos podía esperarla.

 

 

MEDITATIO

        ¡Qué doloroso es sentirse juzgados mal por nuestros propios seres allegados! Se hacen añicos las expectativas de los familiares o de los amigos porque somos diferentes de como ellos nos habrían querido y se nos «marca» como personas extrañas, como afectadas por alguna perturbación psíquica... No es raro ser «víctimas» -o «artífices»- de un amor posesivo que no soporta que el amado sea él mismo. Se trata de una experiencia de esclavitud: somos prisioneros de nuestros propios sentimientos infantiles o de los sentimientos infantiles de los otros.

        ¡Qué liberadora resulta, en cambio, una verdadera relación de amistad! El amigo se muestra disponible y abierto a hacer suyos las alegrías y los sufrimientos del otro, sin segundas intenciones, sin intereses egoístas. El amigo sabe ver al otro en su verdad y no pretende plegarlo, forzarlo, asimilarlo a sí mismo. El amigo exalta la calidad del otro. El dolor de David por la muerte de Saúl y de Jonatán nos muestra la intensidad del vínculo de amistad que vivía, un vínculo que se había fortalecido a través de las dolorosas o exaltadoras vicisitudes por las que aceptó pasar. La amistad tiene como precio la entrega de nosotros mismos, una entrega continua, reafirmada en cada momento crucial de la existencia. Y tiene una ganancia inconmensurable: la experiencia del amor.

 

 

ORATIO

        Te doy gracias, oh Dios, por todos aquellos que me has dado como amigos y por todos aquellos de quienes me has hecho amigo: hombres y mujeres que, con su presencia fiel, me han hecho conocer algo de mí mismo y algo de ti.

        Te doy gracias por la alegría que han proporcionado a mis días y también por el dolor que hemos soportado juntos. Con ellos he aprendido que todo lo que comparto resulta multiplicado y que «dar» sin esperar nada a cambio se transforma en un «recibir» rebosante. Te doy gracias por todos y cada uno de mis amigos, cada uno con su particular modo de ser luz de amor y de esperanza en mi historia. Y quisiera pedirte por quienes no han conocido la amistad o ya no consiguen fiarse después de una experiencia de amistad traicionada. Hazte reconocer -siempre- a cada amigo herido tal como eres: como el Amigo. Jesús, haz resonar en el corazón de todos aquellas palabras que dijiste un día a los discípulos: «Os he llamado amigos».

 

 

CONTEMPLATIO

        [Los signos] que brotan de los corazones que aman y se sienten amados, y se expresan con la conducta, con las palabras, con la mirada y con mil gratísimos gestos, funden juntos como una llama los ánimos y de muchos hacen uno solo. Éstas son las cosas que amamos en los amigos, y las amamos de tal modo que nos sentimos culpables en conciencia si al amor no le respondemos siempre con el amor. De ahí el luto cuando muere un amigo, las tinieblas del dolor, la dulzura que se transforma en amargura, el corazón henchido de llanto y el sentido de muerte que arrebata a los vivos por la pérdida de la vida del que muere.

        Bienaventurado quien te ama y en ti ama al amigo y al enemigo en tu nombre. Sólo él, en efecto, es quien no pierde nunca a ninguna persona querida, porque quiere a todos en aquel a quien no perdemos nunca, a saber: nuestro Dios (Agustín de Hipona, Le confessione, Milán 61993, p. 132 [edición española: Las confesiones, Ediciones Palabra, Madrid 1988]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédeme, Señor, el bien precioso que es un amigo» (cf. 2 Sm 1,26).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ...Después está la gracia de la amistad, el don, o el drama, de la amistad; el sufrimiento, la cruz, la búsqueda, la necesidad biológica de la amistad. [...] Fijaos en el riesgo de las soledades más pavorosas y sórdidas de los hombres que están en el poder: la soledad que sienten, a veces, los obispos, los sacerdotes... ¡Dios mío, qué desiertos! Todos los que están en torno al poder son amigos inútiles y enemigos terribles. No hay ni uno que sepa en quién puede confiar y en quién no; ni tú sabes distinguir cuándo son amigos verdaderos. Pensad en la soledad de un pontífice, en la soledad de un emperador... Nadie es verdadero hermano hasta que no se convierte en amigo del hermano. Y es que la amistad pertenece al orden del Espíritu, mientras que la fraternidad, la paternidad, la maternidad, la filiación y cualquier tipo de parentesco pertenecen al orden de la sangre o, al menos, también al orden de la sangre.

        Nada, nada resulta más insidioso que la sangre, nada resulta más interesado, ambiguo e incierto (al contrario que la amistad). Desconfiad de la sangre, de la familia de la sangre; desconfiad de los instintos, y también de la razón (no desconfiéis nunca de la inteligencia, ni de la sabiduría, ni de la intuición).

        Los santos son todos amigos: amigos de Dios y amigos del hombre. «¡Aquél es un amigo!» «Nadie es más amigo que quien da la vida por el hermano.» Lo supo David -para seguir dentro de la corriente de la Biblia- cuando perdió a Jonatán: «Jonatán... tu amistad era para mí más dulce que el amor de las mujeres. Oh montes de Gelboé, que ni el rocío ni la lluvia os bañe ni os riegue...» porque ha muerto el amigo. Lo supo Cristo, que buscó un amigo durante toda su vida y no lo encontró... (D. M. Turoldo, Amare, Cinisello B. 1990, pp. 75-77).

 

 

 

Lunes de la 3ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 5,1-7.10

En aquellos días,

1 todas las tribus de Israel acudieron a David, en Hebrón, y le dijeron: - Somos de tu misma carne y sangre.

2 Ya antes, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú quien guiabas a Israel. El Señor te ha dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo; tú serás el jefe de Israel».

3 Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel a Hebrón, donde estaba el rey. David hizo con ellos un pacto en Hebrón ante el Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.

4 David tenía treinta años cuando comenzó a reinar, y reinó cuarenta años.

5 En Hebrón reinó sobre Judá siete años y medio; y en Jerusalén, treinta y tres años sobre todo Israel y Judá.

6 El rey y sus hombres marcharon sobre Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban el país, y éstos le dijeron: - No entrarás aquí; los ciegos y los cojos bastarán para rechazarte. (Era una manera de decir que David no entraría.)

7 Pero David conquistó la fortaleza de Sión, es decir, la ciudad de David.

10 David iba siendo cada vez más poderoso, y el Señor, Dios todopoderoso, estaba con él.

 

        **• El pasaje incluye dos episodios distintos: la unción de David como rey de Israel (w. 1-5) y la conquista de Jerusalén (w. 6ss), con una conclusión recogida en el v. 10. En los w. lss, las tribus de Israel reconocen por propia iniciativa la soberanía de David, mientras que en los w. 4ss se precisan los datos cronológicos de su reinado.

        El versículo central, con la alianza y la unción del rey, es la cima a la que tiende toda la historia de la ascensión al poder, desde la primera aparición de David en la corte de Saúl. La narración, de una brevedad que frisa en el laconismo, no tiene una intención celebradora, sino que se propone legitimar la subida al trono de David, alejando de él cualquier sospecha de incorrección en la lucha por el poder.

        La conquista de Jerusalén se imponía por razones políticas: dado que estaba situada entre los territorios de Israel y de Judá, y no pertenecía a ninguno de los dos, sino a los jebuseos, podía ser aceptada como capital por los dos socios del nuevo reino. La ciudad fue tomada por la milicia personal de David. Debemos subrayar que no fue sometida ni a Israel ni a Judá, sino que permaneció -por así decirlo- neutral, como centro autónomo del poder del rey. El v. 10 repite el leitmotiv teológico, y podría representar la conclusión originaria de la historia de David, de su tortuoso camino por Jos pastos de Belén a los dominios de Sión. Lo que sigue, con el tema del reino mesiánico eterno, introducido por la profecía de Natán (2 Sm 7), corresponde a otra mano.

 

 

Evangelio: Marcos 3,22-30

En aquel tiempo,

22 los maestros de la Ley que habían bajado de Jerusalén decían: - Tiene dentro a Belzebú. Y añadían: - Con el poder del príncipe de los demonios expulsa a los demonios.

23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones: - ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás?

24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir.

25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. 26 Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin.

27 Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear su ajuar si primero no ata al fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa.

28 Os aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan,

29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno.

30 Decía esto porque le acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

 

        *»• El pasaje refiere una de las disputas entre Jesús y los que se le oponen. Al no poder negar la evidencia de los prodigios realizados por Jesús, sus adversarios atacanla naturaleza misma de su poder, insinuando que expulsa a los demonios en nombre de Belzebú (v. 22).

        Jesús hace frente de manera abierta a los que lecalumnian: conoce su pensamiento (cf. Mt 12,25) y los llama para rebatir directamente sus acusaciones o, bien, hablando por medio de «comparaciones» (v. 23).

        Su respuesta, extensa y articulada, es una argumentación típica de escuela que pone de relieve la contradicción en la que incurren sus adversarios. Si fuera Satanás el que expulsa a Satanás, eso querría decir que su poder está llegando a su fin. Con una sutil ironía, Jesús pliega el argumento adverso transformándolo en una profecía inconsciente: el reino de Satanás llega, efectivamente, a su fin porque el Reino de los cielos está cerca; es más, está aquí (w. 24-26). Atar al hombre fuerte y saquear su casa -esto es, liberar al endemoniado del poder de Satanás y a los pecadores de la esclavitud del pecado- constituye, precisamente, el signo del reconocimiento de que obra en nombre de Dios. Confundir, de modo artero, las cosas y atribuir al «espíritu inmundo» (v. 30), en vez de al Espíritu de Dios, la acción liberadora de Jesús es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Una blasfemia que no puede ser perdonada, porque es la negación consciente y voluntaria del amor de Dios.

 

 

MEDITATIO

        La primera lectura subraya la acción unificadora de David, que, asumiendo el poder sobre las tribus del norte y del sur y conquistando Jerusalén, construyó el reino de Israel. En la perícopa del evangelio describe Jesús el «reino dividido» de Satanás, a fin de mostrar el poder del Espíritu. La figura del reino dividido y rebelde, del hombre fuerte atado y desautorizado, se contrapone a la imagen del Reino eterno del perdón, contra el que nadie podrá oponerse con éxito y en el que todos encuentran acogida y salvación: «Os aseguro que todo se les podrá perdonar a los hombres, los pecados y cualquier blasfemia que digan» (Mc 3,28). De esta misericordia sin fin sólo podrá excluirnos el misterio terrible de nuestra libertad: sólo quien «blasfema contra el Espíritu Santo», confundiendo al Hijo del hombre con Satanás, «divide» el Reino de Dios y lo hace en sí mismo insignificante e ineficaz.

 

 

ORATIO

        Tu Palabra resulta hoy, Señor, dura. Nos gustaría encontrar siempre en el evangelio dulzura y perdón, nos gustaría sentirnos comprendidos, aceptados, excusados.

        Sentimos fuertemente la tentación de cubrir las páginas terribles de la Escritura, de imaginar un dualismo entre un «Dios vengador» que rechazamos y un «Dios misericordioso» que sería el tuyo, Señor Jesús, y que quisiéramos transformar de Padre en «abuelo».

        Sin embargo, están -también en tu Evangelio, Señor- las palabras de condena. Y es que la conversión que nos propones es seria; no basta con un movimiento superficial del sentimiento. Por eso te invoco: tú, Padre, que te llamas Misericordia, tú que no consideras a nadie un «granuja», sino siempre un hijo amado, encuentra caminos para llegar a nosotros en nuestro escondite y hacernos partícipes de tu mirada sobre nosotros. Tu mirada es una mirada de bondad, una mirada de clemencia, una mirada de comprensión: la única capaz de volver a lanzarnos hacia ti y hacia los hermanos.

 

 

CONTEMPLATIO

        Los fariseos, considerados como especialistas de la Ley, [...] ofrecían sacrificios a los demonios y no a Dios (cf Dt 32,17), diciendo que el Señor tenía un demonio y atribuyendo las obras de Dios a los demonios. [...] Era más bien Belzebú el que hablaba en ellos, haciendo que por los aspectos humanos lo llamaran simplemente hombre, y por las obras que eran propias de Dios no lo reconocieran como tal, sino que en su lugar divinizaron al Belzebú que tenían en ellos, mereciendo así ser atormentados eternamente en el fuego con él. [...]

        Si tal es la pena que les está reservada, está claro que los verdaderos creyentes en Cristo, esto es, aquellos que lo adoran, ya sea según la carne, ya sea según el Espíritu (cf. Rom 1,3), [...] reinarán para siempre en los cielos (Atanasio, Lettere a Serapione. Lo Spiritu Santo, Roma 1986, pp. 163-170).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Satanás no puede subsistir, sino que está llegando a su fin» (Mc 3,26).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La «buena noticia» del Evangelio es el anuncio de un perdón otorgado de manera indistinta a todos, un perdón gratuito, alegre, preveniente, sin condiciones ni «penitencias», salvo la de abrirse a él y dejarle cambiar nuestros corazones. Pero he aquí que Jesús nos habla de pecados irremisibles y eternos. ¿Existe, pues, un pecado que no puede ser perdonado? ••] El Antiguo Testamento era el reino del Padre, que se revelaba a través de la naturaleza y la historia del pueblo judío; ahora bien, esta revelación era provisional y progresiva y convenció a pocos. [...] El Nuevo Testamento es el reino del Hijo, pero su gloria estuvo velada durante los días de la encarnación e irradió sólo después de la ascensión. Decepcionó, desanimó, produjo descontento entre sus conciudadanos, sus seguidores, su familia, sus discípulos. [...]

        Ahora bien, el tiempo de la Iglesia es el reino del Espíritu Santo. Se trata del esfuerzo supremo, definitivo, de Dios para manifestarse a nosotros. Ya no es preciso esperar otros, porque no hay una cuarta persona de la Trinidad. A quienes no convenza el testimonio del Espíritu Santo no les queda más esperanza de salvación. En efecto, por continuar esperando, a pesar de todo, una nueva revelación de Dios, terminan por caer en las trampas del Anticristo. Este recogerá a cuantos piensan que Dios no hubiera debido hacerse reconocer a través del amor, sino a través de signos más eficaces, como la fuerza, el prestigio, el miedo, el dinero, la disciplina, la eficiencia. [...] Nuestras iglesias, frías e impersonales, son, con frecuencia, lugares en los que circula poco el Espíritu de amor incluso cuando están llenas de cristianos. Estos se encuentran más yuxtapuestos que reunidos.

        La indiferencia recíproca que reina entre los presentes desanima el intento de un encuentro fraterno. Por eso el Espíritu de amor no se hace visible, y nadie se convierte asistiendo a ciertas misas dominicales. [...] Nuestro mundo dividido, desfigurado por el odio, por el racismo, por la droga, por la violencia, se convertirá ante comunidades cristianas en que valga la pena vivir, creer, comprometerse. Es fácil convertir al mundo: basta con hacer visible al Espíritu Santo (L. Evely, Meditazioni sul Vangelo, Asís 1975, pp. 154-156).

 

 

 

Martes de la 3ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 6,12b-15.17-19

12b En aquellos días, David se puso en camino e hizo traer el arca de Dios de casa de Obededón a la ciudad de David entre gran alborozo.

13 Cuando los que llevaban el arca dieron seis pasos, se sacrificó un toro y un ternero cebado.

14 David danzaba ante el Señor frenéticamente; llevaba ceñido un efod de lino.

15 Así David y todo Israel trajeron el arca del Señor entre gritos de júbilo y al son de trompetas.

17 Introdujeron el arca del Señor y la colocaron en su lugar, en medio de la tienda que David había hecho levantar para ella, y David ofreció al Señor holocaustos y sacrificios de comunión.

18 Al acabar de ofrecerlos, David bendijo al pueblo en el nombre del Señor todopoderoso;

19 luego distribuyó a todo el pueblo, a los hombres y mujeres de aquella multitud israelita, una torta de pan a cada uno, un pedazo de carne y un pastel de uvas pasas. Después, cada uno se marchó a su casa.

 

 

        **• Este fragmento forma parte de los relatos que dedican al arca de Dios los libros de Samuel. El arca, símbolo de la presencia del Señor, contenía las tablas de la Ley  entregadas a Moisés en el Sinaí. Había seguido la peregrinación del pueblo desde el éxodo a la conquista de la Tierra, y siguió las vicisitudes alternas de la guerra contra los filisteos. Una vez consolidado el reino, establecida la capital en Jerusalén y vencidos los filisteos, David dudó primero en llevar el arca a la ciudad santa, retenido por el temor sagrado que ésta difunde a su alrededor. Decide hacerlo cuando consigue saber que ha descendido la bendición del Señor sobre la casa que custodia el arca (v. 12), signo que transforma el temor en confianza.

        El traslado del arca es ocasión de fiesta para el pueblo y para el rey: David muestra abiertamente su alegría danzando, ceñido con un efod de lino, vestidura sagrada de los sacerdotes. Todavía no hay ningún templo en la ciudad (será construido por Salomón), y colocan el arca en una tienda (v. 17): ésta, signo de la movilidad del pueblo y del mismo Dios, recuerda a los israelitas que no pueden apoderarse de la presencia del Señor, como si lo hicieran prisionero. Los holocaustos, los sacrificios de comunión y la comida sagrada -el pan, la carne, la uva- distribuida por David a todos sellan la ceremonia. El arca, instrumento de batalla durante la guerra contra los filisteos, se convierte ahora en signo de paz y de prosperidad.

 

 

Evangelio: Marcos 3,31-35

En aquel tiempo,

31 llegaron su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.

32  La gente estaba sentada a su alrededor y le dijeron: - ¡Oye! Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.

33 Jesús les respondió: - ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

34 Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: - Éstos son mi madre y mis hermanos.

35 El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

 

 

        *• En el capítulo 3 del evangelio de Marcos se agrupa en torno a Jesús un movimiento en cuyo interior, con la elección de los Doce, se va caracterizando cada vez más el grupo de los discípulos. Nuestra perícopa va precedida por una clara distinción entre aquellos a quienes elige Jesús y aquellos que se le oponen: sus enemigos, que «le acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo» (Mc 3,30). En los w. 31-35 vienen a buscarlo «su madre y sus hermanos»: éste es el único pasaje de Marcos en el que aparece la madre del Señor, a la que ni siquiera se cita de una manera explícita entre las mujeres que estaban presentes en la crucifixión y en el sepulcro. Se habla asimismo, de manera genérica, de «hermanos», un término más bien vago que puede designar simplemente a personas de la misma parentela. La indeterminación de la expresión parece atribuirle un valor especialmente simbólico: poco importa la identificación de los personajes y la historicidad o no historicidad del hecho de que algunos miembros de la familia de Jesús hubieran venido en un determinado momento a buscarlo, no sabemos bien por qué motivo; en cambio, sí importa, y mucho, establecer en virtud de qué características se entra a formar parte de su verdadera familia. Bajo esta luz, la dureza de la respuesta de Jesús (v. 33) se suaviza mucho: no se trata de una ingratitud con su madre, ni de un despego respecto a los afectos humanos. Marcos no se ocupa de estos afectos; se apoya simplemente en ellos para crear una situación paradójica que proporciona mayor relieve a los w. 34ss, cima del episodio.

        Madre y hermanos de Jesús son todos lo que le rodean; ahora bien, entre ellos hay simples curiosos, discípulos titubeantes, apóstoles que se esforzarán por comprender hasta el final, traidores... Ser hermano de Jesús no es una cuestión de sangre ni de mérito, sino de gracia: «cumplir la voluntad de Dios» es algo que está al alcance de todos y que habilita para convertirse en «hijos de Dios».

 

MEDITATIO

        En la primera lectura, la acogida del arca atrae la bendición divina sobre la casa de Obededón, un extranjero, alguien que no es israelita; en la segunda lectura, la acogida obediente y activa del Evangelio da lugar a una familiaridad con Jesús más fuerte que cualquier vínculo de sangre (cf. Jn 1,13). No podemos tener a Jesús encadenado a nuestras categorías. «Oye, tu madre y tus hermanos te buscan»: bajo estas sencillas palabras se esconde una visión mezquina y estrecha del anuncio evangélico. Es como si le dijéramos: «Mira, Señor, nosotros somos buenos cristianos, estamos comprometidos con nuestra Iglesia, seguimos los preceptos. Ven, por tanto, a poner un sello de calidad a nuestras iniciativas, autorízanos a poner la etiqueta de denominación de origen sobre nuestros productos».

        Los papeles que ejercemos en la sociedad y en la Iglesia tienden a endurecerse y a prevalecer sobre todo lo demás. Hemos construido estructuras, necesarias ciertamente para la humanidad, pero corremos el riesgo de olvidar que el Espíritu sopla donde quiere, incluso fuera de las estructuras. La sencillez de corazón de David, que sabe reconocer sin celos el signo de la gracia del Señor descendida sobre la casa de Obededón, y la claridad con que define Jesús a sus familiares, deben hacer que estemos atentos a lo esencial y también disponibles a subvertir los papeles: el rey danza en la calle como un hombre cualquiera, cualquier persona puede ser «hermana, hermano y madre» de Jesús.

 

 

ORATIO

        Señor, líbranos de la presunción de considerarnos siempre justos. Tú nos has convertido en tu familia: que esto no sea motivo de orgullo y de discriminación respecto a los otros. Concédenos un corazón acogedor y una mente limpia de prejuicios, a fin de que seamos capaces de reconocer tu presencia y tu voz incluso fuera del círculo de los «nuestros».

        Haznos capaces de abrirnos con alegría a la escucha de tu Palabra y de reservar en nosotros el sitio de honor al Evangelio, del mismo modo que David y toda la ciudad festejaron con música, danzas y banquetes la llegada del arca.

        Ayúdanos, Señor, a reconocer como hermanas y hermanos a todos los que cumplen la voluntad de Dios, sin detenernos en las apariencias exteriores, en los nombres, en los vínculos construidos por el hombre. Los confines de tu familia, de tu Iglesia, están verdaderamente exterminados y no podemos delimitarlos nosotros: enséñanos a ser compañeros de camino hacia la unidad de tu amor.

 

 

CONTEMPLATIO

        ¡Hijos! ¡Hermanos! ¡Amigos! Hombres desconocidos y ya amados por nosotros como ligados recíprocamente -vosotros a nosotros y nosotros a vosotros- por un parentesco superior al de la sangre, al del territorio, al de la cultura; un parentesco que es una solidaridad de destinos, una comunión de fe -ya existente o que debemos suscitar-, una unidad misteriosa que nos hace cristianos, una sola cosa en Cristo.

        Todas las distancias están superadas, caen las diferencias, se disuelven las desconfianzas y las reservas; estamos juntos, como si no fuéramos extraños los unos a los otros (Insegnamenti di Paolo VI, Ciudad del Vaticano 1968, VI, p. 693).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,35).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Cristo, enviado por el Padre, concede al hombre -de manera individual o en grupos, por categorías de edades, según las distintas épocas, etc.- citas de amor. Ahora bien, para estas citas, es éí quien elige, por medio del Espíritu Santo, lugares y momentos diferentes. Es preciso respetarlos. No le corresponde al hombre elegir, ni siquiera a los teólogos. Si bien es preciso querer con todas nuestras fuerzas encontrar al Cristo total, para llegar a una vida de fe equilibrada y firme, también es preciso respetar los itinerarios de cada uno. [...]

        Desde hace varias decenas de años estamos admirando a muchos jóvenes y adultos que se han ido poniendo, de manera progresiva, al servicio de sus hermanos, en especial al de los más pobres. Comprometidos en su ambiente social, en su profesión, en su barrio, en los grupos humanos en que estaban insertos de una manera natural, han descubierto poco a poco en el curso de su vida militante al Cristo vivo. Aunque han empleado mucho tiempo en identificarlo, los que han sido testigos de su lucha generosa y de su ascenso espiritual no han tenido la menor duda de que, desde el principio de su actividad y en el corazón de la misma, estaba Cristo misteriosamente presente. Hace falta tener mala fe para no admitirlo, para no arrodillarse delante de ciertas vidas militantes que arden de amor por sus hermanos.

        «Ahora bien, ¿se trata de verdadera caridad?», se preguntan inquietos algunos, desconcertados al ver florecer rosas fuera de los parterres bien rastrillados. Es cierto que hemos encontrado militantes que no «practicaban» de una manera regular o no practicaban en absoluto al comienzo de su vida militante. ¿Por qué sorprenderse? ¿Debemos cortar el amor a rebanadas? No hay más que un solo amor. Amar es siempre abandonarse, olvidarse, por el otro, por los otros, «Dios está presente en todo amor auténtico» (1 Jn 4).

        Los teólogos discuten también y estudian la naturaleza de esta presencia: es tarea suya. Pero que se abstengan ellos, y también nosotros, de asignar o negar a sus hermanos carnets de identidad cristiana. El Evangelio nos enseña que es preciso desconfiar de las categorías demasiado definidas. El Amor no sabe qué hacer con ellas (M. Quoist, Cristo é vivo, Turín 91980, pp. 155-157).

 

 

 

Miércoles 3ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 7,4-17

En aquellos días, el Señor dirigió esta palabra a Natán:

4 - Ve a decir a mi siervo David: Esto dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que viva en ella?

5 Yo no he habitado en una casa desde el día en que saqué de Egipto a los israelitas hasta hoy.

6 He estado peregrinando de un sitio a otro en una tienda que me servía de santuario.

7 Durante todo el tiempo que he caminado con ellos, ¿pedí yo acaso a uno solo de los jueces de Israel, a quienes mandé pastorear-a mi pueblo Israel, que me edificaran una casa de cedro?

8 Por tanto, di a mi siervo David: Así dice el Señor todopoderoso: Yo te tomé de la majada, de detrás de las ovejas, para que fueras caudillo de mi pueblo, Israel.

9 He estado contigo en todas tus empresas, he exterminado delante de ti a todos tus enemigos, y yo haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra.

10 Asignaré un lugar a mi pueblo Israel y en él lo plantaré, para que lo habite y no vuelva a ser perturbado, ni los malvados lo opriman como antes,

11 como en el tiempo en que yo establecí jueces sobre mi pueblo Israel; te daré paz con todos tus enemigos. Además, el Señor te anuncia que te dará una casa.

12 Cuando hayas llegado al final de tu vida y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti el linaje salido de tus entrañas y consolidaré su reino.

13 Él edificará una casa en mi honor y yo mantendré para siempre su trono real.

14 Seré para él un padre y él será para mí un hijo. Si hace el mal, yo le castigaré con varas y con golpes, como hacen los hombres.

15 Pero no le retiraré mi favor, como se lo retiré a Saúl, a quien rechacé de mi presencia.

16 Tu casa y tu reino subsistirán para siempre ante mí y tu trono se afirmará para siempre.

17 Natán comunicó a David estas palabras y esta visión.

 

 

        **• La profecía de Natán, uno de los textos fundamentales del mesianismo real, derriba por completo el proyecto de David. Pretendía éste construir un templo que fuera digno del arca de Dios en la ciudad santa (2 Sm 7,1-3). El oráculo se abre con una pregunta retórica, «¿Eres tú quien me va a construir una casa para que viva en ella?» (v. 5), que forma inclusión con la afirmación antitética del v. 11: «Además, el Señor te anuncia que te dará una casa». Viene, a continuación, la referencia al éxodo, como ocurre cada vez que se hace mención de la alianza, insistiendo en la tienda y en las peregrinaciones del desierto: la presencia del Señor no puede quedar aprisionada en un lugar y en un edificio.

        A la mención del éxodo va unido el recuerdo de las acciones en favor del rey. El poder de David depende únicamente de la intervención de Dios: él lo tomó de los pastos, le dio la victoria (la «paz con todos tus enemigos», se repite en esta perícopa tres veces), dará estabilidad al pueblo en la Tierra y engrandecerá el nombre del rey. No será David quien construya el templo, sino, al contrario, es el Señor quien le dará una casa: la contraposición queda subrayada con la repetición del mismo vocablo, «casa», para designar tanto al templo como a la dinastía davídica.

        Sólo después de la muerte de David, suscitará el Señor su linaje (cf. v. 12). Como sucede a menudo en los oráculos proféticos, hay dos posibles niveles de lectura: la referencia inmediata iría dirigida a Salomón, que será quien construya el templo; en segunda instancia, la profecía se refiere al Mesías futuro. El Mesías construirá «una casa» al Nombre de Dios, su reino durará para siempre, y es a él a quien se aplica la fórmula de adopción: «Seré para él un padre y él será para mí un hijo» (v. 14).

 

 

Evangelio: Marcos 4,1-20

En aquel tiempo, Jesús

1 se puso a enseñar de nuevo junto al lago. Acudió a él tanta gente que tuvo que subir a una barca que había en el lago y se sentó en ella, mientras toda la gente permanecía en tierra, a la orilla del lago.

2 Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía:

3 - ¡Escuchad! Salió el sembrador a sembrar.

4 Y sucedió que, al sembrar, parte de la semilla cayó al borde del camino. Vinieron las aves y se la comieron.

5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; brotó en seguida, porque la tierra era poco profunda,

6 pero, en cuanto salió el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz.

7 Otra parte cayó entre cardos, pero los cardos crecieron, la sofocaron y no dio fruto.

8 Otra parte cayó en tierra buena y creció, se desarrolló y dio fruto: el treinta, el sesenta y hasta el ciento por uno.

9 Y añadió: - ¡Quien tenga oídos para oír que oiga!

10 Cuando quedó a solas, los que le seguían y los Doce le preguntaron sobre las parábolas.

11 Jesús les dijo: - A vosotros se os ha comunicado el misterio del Reino de Dios, pero a los de fuera todo les resulta enigmático,

12 de modo que: por más que miran, no ven, y, por más que oyen, no entienden; a no ser que se conviertan y Dios los perdone.

13 Y añadió: - ¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo vais a comprender entonces todas las demás?

14 El sembrador siembra el mensaje.

15 La semilla sembrada al borde del camino se parece a aquellos en quienes se siembra el mensaje, pero en cuanto lo oyen viene Satanás y les quita el mensaje sembrado en ellos.

16 Lo sembrado en terreno pedregoso se parece a aquellos que, al oír el mensaje, lo reciben en seguida con alegría,

17 pero no tienen raíz en sí mismos: son inconstantes y, en cuanto sobreviene una tribulación o persecución por causa del mensaje, sucumben.

18 Otros se parecen a lo sembrado entre cardos. Son esos que oyen el mensaje,

19 pero a quienes las preocupaciones del mundo, la seducción del dinero y la codicia de todo lo demás les invaden, ahogan el mensaje y éste queda sin fruto.

20 Lo sembrado en la tierra buena se parece a aquellos que oyen el mensaje, lo acogen y dan fruto: uno treinta, otro sesenta y otro ciento.

 

        *+• Este fragmento inaugura la sección de las «parábolas del Reino». El auditorio es muy amplio, hasta tal punto que Jesús debe subir a una barca para que lo vean todos. Los judíos estaban acostumbrados a las parábolas, pues también las empleaban los rabinos. Eran relatos de apariencia sencilla, aunque con un elemento de sorpresa o una conclusión inesperada que inducen a buscar un significado ulterior por debajo del inmediato.

        La parábola se orienta sin demora a la figura del sembrador (v. 3), pero la atención se traslada de inmediato a la semilla (v. 4). Del sembrador queda sólo el gesto generoso y amplio con que la esparce sin llevar cuidado y de manera abundante. Aquí encontramos ya una cosa extraña. Sigue, a continuación, la tipología de los terrenos en los que cae la semilla, hasta la exageración evidente de la cosecha en el terreno bueno (v. 8): tenemos aquí el punto culminante, el punto en el que la prodigalidad fuera de lo común del sembrador es recompensada por un rendimiento desproporcionado. La imagen de la cosecha remite al fin de los tiempos: el significado originario de la parábola, reconducible al mismo Jesús y comprensible a sus oyentes, dice que la venida del Mesías está cerca y describe la abundancia de gracia del Reino mesiánico.

        Viene, después, un breve diálogo en torno a la comprensión de las parábolas. Es probable que esta parte sea más tardía; aparece, en efecto, de repente, una antítesis entre los miembros de la comunidad y los demás: «vosotros» y «los de fuera» (v. 11), con una cita de Isaías. Es probable que Marcos quiera subrayar aquí un tema que le resulta entrañable: el «secreto mesiánico». La explicación (w. 14-20), en clave alegórica, se resiente de la experiencia de la comunidad primitiva en la predicación del Evangelio. La semilla se identifica claramente con la Palabra, y los terrenos corresponden a las diferentes reacciones suscitadas por la predicación de los discípulos. La antítesis que aparece aquí no es tanto entre los discípulos y los otros como entre los distintos oyentes, según su actitud hacia la Palabra.

 

 

MEDITATIO

        Estamos acostumbrados a razonar según nuestros esquemas, a calcular por anticipado los resultados de nuestro trabajo, a proyectar nuestra actividad. Los criterios de juicio del Evangelio son, sin embargo, muy distintos y, con frecuencia, el Señor subvierte nuestros planes de manera inesperada, a veces difícil de comprender y aceptar. Como David, pensamos hacer bien proyectando atrevidas construcciones, y cuando salimos a los campos para «sembrar» -una metáfora que se aplica muy bien al compromiso eclesial- no estamos, a buen seguro, tan despistados que echemos la semilla en el camino y entre las piedras. El mismo profeta, en un primer momento, aprueba la intención de David (2 Sm 7,3), e incluso los apóstoles tienen dificultades para comprender la lógica de una siembra tan extraña (Mc 4,13).

        Debemos acostumbrarnos a darle la vuelta a nuestra mentalidad, a cambiar radicalmente de dirección: ése es el primer significado de la palabra conversión. No nos hagamos la ilusión de que cumplimos nuestro deber sólo porque «construimos» algo visible, incluso grandioso a los ojos de los hombres. No pretendamos que el fruto de nuestra «siembra» dependa exclusivamente de la prudencia de nuestros programas. Todo lo que hagamos está en manos del Señor: Él será quien dé estabilidad a nuestra «casa» y haga fértil nuestro «terreno».

        Confiémonos con humildad y con sencillez a su guía, sin desvivirnos detrás de tantas preocupaciones tal vez secundarias: como David, «descansaremos con nuestros antepasados» (2 Sm 7,12) y el Señor guiará a su pueblo en la paz.

 

 

ORATIO

        Perdona, Señor, nuestra superficialidad: somos, con frecuencia, el terreno pedregoso en el que tu Palabra no puede echar raíces. Perdona, Señor, nuestra inconstancia, que seca enseguida en nuestro corazón el entusiasmo suscitado por tu Palabra. Perdona, Señor, nuestra fragilidad: las preocupaciones cotidianas nos distraen y corremos detrás de muchas cosas superfluas. Perdona, Señor, nuestra presunción: creemos poder predisponerlo todo y hacerlo todo con nuestras fuerzas.

        Ayúdanos a confiarnos con la seguridad del niño a tu guía: sólo tú puedes hacer estable nuestra fe para siempre. Convierte nuestro corazón y manténnos cerca de ti hasta el momento en el que, como a David, nos lleves de la mano a «descansar con nuestros antepasados».

 

 

CONTEMPLATIO

        Cuando las pavas reales incuban en lugares muy blancos, también los polluelos son completamente blancos; así, cuando nuestras acciones se encuentran en el amor de Dios, si proyectamos alguna obra buena o tomamos alguna iniciativa, todas las acciones que de ahí se siguen toman el valor y llevan la nobleza del amor de donde han tomado su origen: en efecto, ¿quién no ve que las acciones propias de su vocación o necesarias para la realización de su proyecto dependen de la primera opción y de la primera decisión que tomó?

        Ahora bien, Teótimo, no hemos de detenernos en este punto; más aún, para realizar un excelente progreso en la devoción, es preciso orientar toda nuestra vida y todas nuestras acciones a Dios no sólo al comienzo de nuestra conversión y, después, de año en año, sino que hemos de ofrecerlas también todos los días; [...] en efecto, en la renovación diaria de nuestra ofrenda, pongamos en nuestras acciones la energía y la virtud de la dilección, mediante una renovada aplicación del corazón a la gloria divina, por cuyo medio se ve santificado cada vez más (Francisco de Sales, Trattato dell'amor di Dio, Milán 1989, pp. 885ss [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Los que oyen el mensaje, lo acogen y dan fruto» (Mc 4,20).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Entremos en las sencillas y cotidianas realidades del vivir de cada persona. Hay un proyecto, una expectativa, un compromiso: está el deseo ae alcanzar cierta posición social, de realizar algunos sueños cultivados largamente en la adolescencia y en la primera juventud; hay un conjunto de ideales que forman casi la plataforma de las opciones más inmediatas. Mirando por todas partes, escuchando todas las voces, dejando que desde dentro de sí irrumpa el grito espontáneo, puede decirse que todo va repitiendo: «¡La vida es tuya!». La vida es la bella invención que cada día brota de la mente y de los sentimientos del hombre, es la hermosa aventura que cada hombre realiza de manera personal, es la incógnita que cada día es descifrada y explotada para nuestra propia felicidad. La vida es tuya. Ahora bien, si miras alrededor, te darás cuenta de que la vida no está para nada en tus manos: no puedes hacer con ella lo que quieras.

        La vida te ha sido dada: no la has pedido tú, no la has programado, no la has diseñado como un proyecto que debes seguir. La vida me ha sido dada para que pueda gozarla de una manera tan plena que agote el proyecto de Dios, de suerte que pueda convertirla en un momento, en un paso, en un elemento palpitante de todo el universo, en un punto importante en el camino de la civilización humana. Desde esta perspectiva, todo hombre tiene ante sí campos ¡limitados de acción, modos inagotables de elección, posibilidades continuas para «inventar su propia vida», para administrar esta inmensa riqueza y hacer de él mismo y de toda la humanidad una aventura nunca acabada y cada vez más fascinante.

        La primera regla para inventar la vida, para dar consistencia y garantía de crecimiento y de solidez a nuestra personalidad, es la de echar raíces. Echar raíces significa adherirse a una realidad concreta, pertenecer a un territorio, a una experiencia, a un contexto: todo eso equivale a reconocer una realidad que nos precede y a declarar de manera positiva nuestro carácter concreto. Equivale a aceptar el ambiente en el que estamos, sentir que pertenecemos a ese pedazo de tierra, a ese segmento de la sociedad, al círculo de personas con las cuales, queramos o no, vivimos: equivale a aceptar como propia la realidad cotidiana.  Echar raíces supone siempre una actitud libre y responsable que compromete a una presencia inteligente e invita a la fantasía a encontrar nuevas posibilidades y nuevas soluciones destinadas a cambiar y mejorar todo lo que encontramos (G. Basadonna,Inventare la vita, Milán 31990, pp. 28-42, passim).

 

 

Jueves de la 3ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 7,18-19.24-29

18 Después de que Natán hubiera hablado a David, el rey se presentó ante el Señor y le dijo: - ¿Quién soy yo, mi Dios y Señor, y qué méritos tiene mi familia para que me hayas hecho llegar hasta aquí?

19 Y por si fuera poco, mi Dios y Señor, también te has referido a la descendencia de tu siervo para un futuro lejano, mientras dure la humanidad, mi Dios y Señor.

24 Has consolidado a tu pueblo Israel y lo has hecho tu pueblo para siempre, y tú, Señor, te has convertido en su Dios.

25 Y ahora, mi Dios y Señor, mantén firme para siempre la promesa que has hecho a tu siervo y a su dinastía, cumpliendo lo que has dicho.

26 Que tu nombre sea glorificado por siempre, que siempre se diga: «El Señor todopoderoso es el Dios de Israel». Y que la dinastía de tu siervo David se mantenga estable ante ti,

27 ya que tú, Señor todopoderoso, Dios de Israel, has hecho esta revelación a tu siervo: «Yo te daré una dinastía». Por eso tu siervo se ha atrevido a hacerte esta súplica.

28 Sí, mi Dios y Señor, tú eres Dios y tus palabras son verdaderas. Ya que has hecho a tu siervo esta gran promesa,

29 dígnate bendecir su dinastía para que permanezca siempre en tu presencia. Porque eres tú, mi Dios y Señor, el que has hablado, y gracias a tu bendición será bendita para siempre la dinastía de tu siervo.

 

        **• Después de haber escuchado el oráculo, David pronuncia ante el arca una sencilla plegaria de alabanza. Los motivos por los que Dios rechaza, al menos de momento, la construcción del templo no están del todo claros; sin embargo, David los acepta de buen grado. Sus planes han sido anulados por la voluntad del Señor, pero eso no es negativo a los ojos de David; más aún, es una demostración de benevolencia: el Señor sabe lo que es bueno para el hombre (v. 19).

        La confianza de David se apoya en la memoria de todo lo que ha hecho Dios en la historia en favor de su pueblo: el texto, siguiendo el estilo del Deuteronomio, recuerda que Dios había ido preparando desde siempre a su pueblo, rescatándolo de la esclavitud de Egipto (w. 23ss). La plegaria de David está en sintonía con la Palabra del Señor, pidiéndole que actúe: mantén firme para siempre la promesa que has hecho (v. 25). La grandeza del Señor se revela plenamente en la demostración de su fidelidad: la estabilidad de la descendencia de Dios es importante no por razones de vanagloria humana, sino porque corresponde a la promesa de Dios (cf. v. 27).

        De este modo, la fidelidad del Señor, la verdad de su Palabra, la estabilidad de su voluntad, corresponden a la bendición que desciende para siempre sobre la casa de David (w. 28ss).

 

Evangelio: Marcos 4,21-25

En aquel tiempo,

21 decía también a la gente: - ¿Acaso se trae la lámpara para taparla con una vasija de barro o ponerla debajo de la cama? ¿No es para ponerla sobre el candelero?

22 Pues nada hay oculto que no haya de ser descubierto, nada secreto que no haya de ponerse en claro.

23 ¡Quien tenga oídos para oír que oiga!

24 Les decía, además: - Prestad atención a lo que escucháis. Con la medida con que vosotros midáis, Dios os medirá, y con creces.

25 Pues al que tenga se le dará, y al que no tenga se le quitará incluso lo que tiene.

 

        **• A la parábola del sembrador le siguen, casi como un comentario, dos pares de sentencias breves. Parecen afirmaciones contradictorias e incluso en contraste con lo dicho antes: hablan de manifestar y de esconder, de dar y de quitar; están conectadas en el centro por una doble invitación a estar atentos (w. 23ss).

        En la primera pareja, la imagen de la lámpara que debe estar puesta en el candelero está desarrollada por dos antítesis paralelas: lo que está oculto será descubierto, lo secreto será puesto en claro. Por consiguiente, si bien el Reino, de momento, es anunciado a través del velo de las parábolas, pronto saldrá a la luz en su gloria y habrá que anunciar el Evangelio a todo el mundo.

        En la segunda pareja se traslada el contraste desde el tema del anuncio al exterior a la condición interna vivida en la comunidad. La imagen de la medida remite a la humildad y a la prohibición de juzgar a los demás; la segunda imagen, más paradójica, se refiere de un modo más abierto a la parábola del sembrador. «El que tenga» corresponde, en efecto, al terreno bueno, al que acoge con fe la Palabra y se compromete a ponerla en práctica.

 

MEDITATIO

        La estabilidad en el tiempo es fruto de la bendición y objeto de la promesa hecha por el Señor a la casa de David. Mantenerse estable para siempre no significa la gloria terrena o el éxito político de la dinastía reinante; indica más bien la firmeza en la fe y la correspondencia al designio de Dios sobre el destino de su pueblo, y eso es fruto de la gracia.

        El pueblo de Israel y el rey, que es a la vez su representante y su guía, no son más que un instrumento en las manos del Señor; sin embargo, el Señor hace de este humilde instrumento el canal de la salvación para todos los seres humanos. Esta será la misión confiada al Mesías, descendiente de David: cumplir la promesa hecha ya al patriarca Abrahán: «Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra» (Gn 12,3). «Haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra» (2 Sm 7,9), dice el Señor a Israel, su siervo, que se vuelve así «luz para alumbrar a las naciones», lámpara que no es colocada debajo de una vasija de barro, sino en el candelero, para iluminar a todas las naciones de la tierra.

 

ORATIO

        Ayúdanos, Señor, a esperarlo todo de ti. Ayúdanos a no tener la presunción de ser los únicos artífices de nuestro destino o de atribuirnos todo el mérito del éxito de nuestras buenas acciones. Danos ánimo para que no seamos tímidos anunciadores de tu Palabra, para que nuestras preocupaciones no hagan sombra a la luz, para que nuestra pereza no nos lleve a mantener escondido el anuncio de salvación que nos has confiado.

        Haznos confiados, porque poner en ti nuestra esperanza nos libera del ansia de hacerlo todo y de la angustia de no estar a la altura. Señor, haz que reconozcamos la grandeza de tu Nombre sin enorgullecemos por las bendiciones que nos has concedido.

 

CONTEMPLATIO

        Dios es autor de todos los bienes, por eso debemos decirle: «Tú das éxito, oh Señor, a todas nuestras empresas» (Is 26,12). Y así es en verdad. Por eso debes atribuirle a Él todo bien y nada a ti, considerando que no es «tu fortaleza o el vigor de tus manos» (Dt 8,17) lo que ha obrado lo que tienes, porque es el Señor quien nos ha hecho y no hemos sido nosotros quienes nos hemos hecho (cf. Sal 99,3). Una consideración como ésta destruye la soberbia de todos los que dicen: «Somos nosotros los que hemos vencido, no es el Señor el que ha hecho todo esto» (Dt 32,17). [...] Dice el bienaventurado Bernardo: «Me atrevo a decir que, sin humildad, ni siquiera la virginidad de María hubiera complacido a Dios; por eso es una virtud grande, sin cuya adquisición no hay virtud; más aún, se acaba en la soberbia» (Buenaventura de Bagnoregio, Della perfetta vita religiosa, La Verna 1974, pp. 71-73 [edición española: Obras de san Buenaventura, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1949-1972]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dígnate bendecir su dinastía para que permanezca siempre en tu presencia» (2 Sm 7,29).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Conocerás, atento lector, que el corazón de nuestro padre, el stárets Isidoro, albergaba un sentido de gran modestia y de profunda sumisión. Hablaba rara vez de sus actos consagrados a la causa divina, y si lo hacía era sólo para la edificación; en general, tendía a mantenerlos escondidos. No se ponía nunca como ejemplo, no hablaba nunca de sí mismo de modo que se pusiera por encima de su interlocutor. Ocultaba su bondad no sólo a los otros, sino también a sí mismo: hacía el bien y era como si no se acordara de ello. En verdad, según las palabras del Señor Jesucristo nuestro Salvador, su mano derecha no sabía lo que hacía la izquierda. Por eso no se tenía nunca en ninguna consideración; más aún, se consideraba una nulidad y estaba convencido, con toda sinceridad, de que no había un hombre peor que él. A veces, el interlocutor de Isidoro, al estar con él, sentía que se le dilataba el corazón de alegría al contemplar esta belleza celestial bajo unos despojos corpóreos; ocurría alguna vez que se escapaba de los labios del interlocutor esta exclamación: «Batiuska, ¡qué bello eres!». Pero el stárets con aire embarazado negaba: «¿Cómo bello? Soy feo, el último de los hombres».

        Isidoro no alimentaba ningún sentido de orgullo. Podía suplicar ante cualquiera, podía incluso estar de rodillas ante cualquiera, a todo el mundo podía besarle la mano, si esto servía para medicar el espíritu. Se sometía sin esfuerzo ni resquebradura. [...] Para Isidoro, no había hombre alguno ante el que pudiera enorgullecerse, por muy insignificante, vil y pecador que fuera. Del mismo modo, por el contrario, no había para él hombre alguno que pudiera inducirle a cambiar, por muy influyente o de rango que éste fuera. Decía todo lo que pensaba ante todos los padres y, sobre todo, ante los hombres importantes. Conocerás, además, lector, que Isidoro no temía a nadie, no buscaba  acerse con los favores de nadie ni nunca olvidaba con nadie su dignidad de hombre; se sentía siempre dueño de sí, libre, sometiéndose únicamente a la voluntad divina (P. A. Florenskij, // sale della térra. Vita dello starec Isodoro, Magnano 1992, pp. 57ss).

 

 

Viernes de la 3ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 11,1-4a.5-10a.l3-17

1 Al año siguiente, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab, a sus oficiales y a todo Israel, los cuales asolaron el país de los amonitas y sitiaron Raba. David se quedó en Jerusalén.

2 Una tarde, paseando después de la siesta por la terraza del palacio, vio a una mujer bañándose. Era muy bella.

3 David mandó que se informasen acerca de ella, y le dijeron: - Es Betsabé, hija de Alian, mujer de Urías, el hitita.

4 Entonces David envió unos a que se la trajeran.

5 La mujer concibió y mandó decir a David: - Estoy embarazada.

6 Entonces David envió este mensaje a Joab: - Mándame a Urías, el hitita. Joab se lo envió.

7 Cuando llegó Urías, David, le pidió noticias sobre Joab, el ejército y la marcha de la guerra.

8 Después le dijo: - Baja a tu casa y lávate los pies. Cuando Urías salió de palacio, se le mandó detrás un obsequio de la mesa real para él.

9 Pero Urías durmió a la puerta del palacio con los guardias de su señor y no bajó a su casa.

10 Comunicaron a David que Urías no había bajado a su casa.

11 Al día siguiente, David le invitó a comer y beber con él y Urías se emborrachó. Al anochecer salió para acostarse junto a los guardias de su señor, pero no bajó a su casa.

14 A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por medio del propio Urías.

15 Decía en ella: «Poned a Urías en primera línea, en el punto más duro de la batalla, y dejadlo solo para que lo hieran y muera».

16 Joab, que estaba sitiando la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes.

17 Los habitantes de la ciudad hicieron una salida y atacaron a Joab; cayeron muchos oficiales del ejército de David, y murió también Urías, el hitita.

 

        **• El fragmento narra el famoso episodio del pecado de David: la primera parte relata el adulterio (w. 2-5); la  segunda (w. 6ss), el homicidio. La introducción (v. 1), que nos muestra el contexto de la guerra contra los amonitas, subraya que, mientras el ejército pone sitio a la ciudad enemiga, David se queda ocioso en Jerusalén: ¿es posible que se encuentre en esta dejadez la raíz del pecado?

        En la segunda parte, el pecado se va apoderando cada vez más del corazón del rey y lo arrastra con un ritmo creciente de perfidia. David intenta primero engañar a Urías y ocultar el adulterio (v. 8), pero no tiene éxito en su intento. En efecto, Urías, cumpliendo las leyes de pureza que impedían las relaciones conyugales en el curso de las acciones de guerra, no va a casa de su mujer (w. 9.13). Ahora no le queda al rey más que el delito: tras ser enviado a primera línea, Urías pierde la vida a mano de los enemigos (w. 15-17).

        El relato, en su sencillez, es preciso y no muestra ninguna reticencia a la hora de acusar al rey; el libro de las Crónicas, que se muestra más obsequioso con David, calla el episodio.

 

Evangelio: Marcos 4,26-34

En aquel tiempo,

26 decía Jesús a la gente: - Sucede con el Reino de Dios lo que con el grano que un hombre echa en la tierra.

27 Duerma o vele, de noche o de día, el grano germina y crece, sin que él sepa cómo.

28 La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga.

29 Y cuando el fruto está a punto,en seguida se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

30 Proseguía diciendo: - ¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?

31 Sucede con él lo que con un grano de mostaza. Cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas.

32 Pero, una vez sembrada, crece, se hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

33 Con muchas parábolas como éstas, Jesús les anunciaba el mensaje, acomodándose a su capacidad de entender.

34 No les decía nada sin parábolas. A sus propios discípulos, sin embargo, se lo explicaba todo en privado.

 

        **• El pasaje incluye dos comparaciones destinadas a ilustrar la idea del Reino. La primera (w. 26-29), que recuerda la parábola del sembrador, compara el Reino con el campesino que, tras la siembra, espera inactivo el crecimiento de la semilla hasta el momento de la siega. Dos son al menos los niveles de lectura de esta breve parábola. La siembra puede representar la predicación del Evangelio, una predicación confiada a los discípulos: Jesús les invita a que tengan paciencia, porque la semilla de la Palabra actúa por su propia virtud y da fruto según modos y tiempos que el hombre no puede conocer ni acelerar a su gusto.

        La semilla se desarrolla sin que el campesino sepa cómo, y la tierra produce por sí misma el grano: sólo «cuando el fruto está a punto» (v. 29), esto es, cuando el Reino se haya manifestado en su gloria, será necesario volver a ponerse a la obra. Ahora bien, podemos ver también en el sembrador la acción de Dios: ha enviado al mundo su Palabra, ahora espera que dé fruto (cf. Is 55,10ss), y, en el tiempo de la siega, metáfora del juicio final, empuñará la hoz.

        La segunda comparación (w. 30-32) representa el Reino como el grano de mostaza del que nace un gran árbol. También aquí se trata de un mensaje de confianza, un mensaje importante para la comunidad primitiva, que hubiera podido caer en el desánimo. No importa que sus miembros sean pocos y pequeños; es más, la Palabra de Dios dará frutos inconmensurables, aunque no por nuestros méritos, sino por la gracia. La conclusión (w. 33ss) retoma el tema del doble lenguaje de Jesús: parábolas para el gran público, explicación en privado sólo para los discípulos.

 

MEDITATIO

        El Señor realiza su designio de salvación, y los hombres son simples instrumentos en sus manos. No nos corresponde a nosotros decidir cuándo y en qué medida dará fruto la semilla: el crecimiento tiene lugar en secreto, mientras nosotros nos ocupamos de otras cosas, y es un crecimiento desproporcionado en comparación con nuestras expectativas. No podemos influir de ninguna manera: ni de modo positivo, acelerando los tiempos; ni de modo negativo, frenando con nuestro pecado la eficacia de la Palabra.

        Sin embargo, esto no debe desanimarnos, ni disminuir nuestro compromiso. En realidad, las lecturas de hoy nos envían un gran mensaje de esperanza y de confianza: nos ha sido confiada una tarea para la que somos inadecuados, aunque, a pesar de todo, nuestra colaboración es importante. Sólo debemos abstenernos de sentirnos atosigados por la expectativa del resultado: éste no se encuentra en nuestras manos, no nos corresponde a nosotros medir el efecto, y, tal vez, no veamos nunca los resultados. Sólo al final empuñaremos la hoz: al final de nuestra vida recogeremos el fruto de nuestro trabajo, y la siega será una fiesta alegre si hemos sabido esperar con serenidad, confiados en la obra del Padre.

        Confiar en Él, ése es el secreto: sin huir de las responsabilidades y sin maquinar engaños para encubrir nuestras culpas. David creyó haber obrado con astucia y haber enmascarado la traición, pero el Señor ve en lo secreto de los corazones y sabrá intervenir.

 

ORATIO

        Haznos pacientes, Señor, confiados en tu Palabra. A nosotros nos resulta difícil esperar a que llegue el tiempo de la cosecha: quisiéramos ver enseguida el resultado de nuestras acciones, programamos todo de manera detallada y creemos tener bajo control todo el proceso.

        Ahora bien, sólo tú sabes el momento en el que tu Palabra mostrará su poder. Sólo tú sabes cuándo llegará el momento de empuñar la hoz. La semilla crece, no por nuestros méritos, sino sólo por tu gracia. Haznos dóciles, Señor, respetuosos con los tiempos de maduración, respetuosos con los hermanos a quienes hablamos en tu Nombre. Quisiéramos que todos nos siguieran cuando hablamos de ti: tal vez confundamos el testimonio en favor del Evangelio con el éxito de nuestras iniciativas.

        Haznos capaces de esperar tu venida, aunque en ocasiones nos parezca que está muy lejana. Atráenos a ti: estamos ansiosos de participar en la gran fiesta de la cosecha en tu Reino.

 

CONTEMPLATIO

        «Plantar» significa evangelizar y atraer a la fe; «irrigar» significa bautizar con palabras solemnes. [...] Si Dios da efecto a la salvación, no hay en ello gloria alguna para el hombre. [...] «Ahora bien, ni el que planta ni el que riega son nada;Dios, que hace crecer, es el que cuenta» (1 Cor 3,7). O bien lo plantado puede morir, o bien lo regado acostumbra [a veces] a no llegar a la fecundidad si Dios no le otorga una vida sana. En consecuencia, por lo que respecta al honor divino, nada corresponde al hombre. Sin embargo, en lo que respecta al ministerio, es preciso que reciba el honor como siervo, no como si se esperara algo de él, produciendo ofensa a Dios (Ambrosiaster, Comentario a la primera carta a los Corintios, Roma 1989, pp. 60ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que hace crecer, es el que cuenta» (1 Cor 3,7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Era el tiempo en el que se procedía a una violenta persecución contra todas las religiones en China. Tuve noticias de que muchos obispos, sacerdotes, hermanas y simples fieles estaban en la cárcel o en campos de trabajos forzados. Habían sido condenados por su fe en Cristo. Recuerdo las santas misas que celebré en la habitación de mi albergue. Sólo el jefe de la delegación de la que formaba parte conocía mi identidad sacerdotal. ¡Ay de mí si los chinos la hubieran descubierto! Sin embargo, me había traído de Hong Kong una botellita de vino, hostias y algunas hojas de papel con las partes móviles de la misa. Me levantaba a las dos o a las tres de la noche y celebraba la misa en la habitación del albergue, con el mínimo de luz, para no levantar sospechas. Ofrecía yo el divino sacrificio por todos los hermanos cristianos chinos que sabía que estaban en la cárcel, en campos de trabajos forzados o en la clandestinidad.

        Aquellas misas nocturnas me conmovían. Estaba llevando a cabo un gesto misionero en China. Dice el Concilio que la eucaristía es «la fuente y la cima de la evangelización» (PO 5).

        Es Dios, en efecto, quien evangeliza y convierte los corazones, a través de la obra del misionero, aunque también de modos misteriosos que sólo él conoce. ¿Qué gesto misionero más auténtico puede haber, por consiguiente, que celebrar la misa en la China de la «revolución cultural», cuando estaba prohibido cualquier gesto público de culto? (P Gheddo, // Vangelo delle 7.7 9, Bolonia 1991, pp. 162ss).

 

 

Sábado de la 3ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 12,1 -7a. 10-17

En aquellos días,

1 el Señor envió al profeta Natán, que se presentó a David, y le dijo: - Había en una ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre.

2 El rico tenía muchas ovejas y vacas.

3 El pobre no tenía nada más que una corderilla que había comprado. La había criado, y había crecido con él y con sus hijos; comía de su bocado, bebía de su vaso y dormía en su seno; era como una hija para él.

4 Un día llegó un huésped a casa del rico y éste no quiso tomar de sus ovejas ni de sus vacas para servir al viajero, sino que robó al pobre la corderilla y se la sirvió al huésped.

5 David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: - Vive el Señor que el que ha hecho tal cosa merece la muerte,

6 y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad.

7 Entonces Natán dijo a David: - ¡Ese hombre eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: la espada no se apartará nunca de tu casa, por haberme despreciado y haber tomado a la mujer de Urías, el hitita.

8 Así dice el Señor: Yo haré que el mal te venga de tu propia familia; a tus propios ojos tomaré a tus mujeres y se las daré a tu prójimo para que se acueste con ellas a la luz del sol que nos alumbra.

12 Tú lo has hecho en secreto, pero yo lo haré a la vista de todo Israel y a la luz del sol que nos alumbra.

11 David dijo a Natán: - He pecado contra el Señor. Entonces Natán le respondió: - El Señor perdona tu pecado. No morirás.

14 Pero, por haber ultrajado al Señor de este modo, morirá el niño que te ha nacido. Y Natán se marchó a su casa.

15 El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y se puso muy malo.

16 David rogó a Dios por el niño: ayunó, se retiró y pasó la noche acostado en el suelo.

17 Los ancianos de su casa le insistieron para que se levantara del suelo, pero él no quiso ni tomó alimento alguno con ellos.

 

        **• Tras haber hecho morir a Urías, David tomó a Betsabé como mujer. Pero el Señor no deja impune el delito y envía al profeta Natán para que mueva el corazón del rey a la conversión. Natán le cuenta la célebre parábola del hombre rico que toma para sí la única corderilla del vecino (w. 1-4). David es un rey justo y pronuncia con indignación la inmediata condena del hombre: debe morir (v. 5). Pero se produce entonces el giro dramático del relato: Natán no se demora más en relatos simbólicos, sino que habla con dura claridad: «¡Ese hombre eres tú!» (v. 7). La palabra del profeta obtiene el efecto para el que ha sido pronunciada: David reconoce su pecado y la plegaria de arrepentimiento que brota de su corazón encuentra su expresión en el salmo 50.

        Con todo, el drama no ha concluido. David no es rechazado por el Señor, que se mantiene fiel a la promesa de no alejarse de él como se había alejado de Saúl; sin embargo, llega el castigo, un castigo terrible que David

padece impotente y postrado por el dolor: el niño, fruto del adulterio, enferma y muere.

 

Evangelio: Marcos 4,35-41

35 Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo: - Pasemos a la otra orilla.

36 Ellos dejaron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas lo acompañaban.

37 Se levantó entonces una fuerte borrasca y las olas se abalanzaban sobre la barca, de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse.

38 Jesús estaba a popa, durmiendo sobre el cabezal, y le despertaron, diciéndole: - Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

39 Él se levantó, increpó al viento y dijo al lago: - ¡Cállate! ¡Enmudece! El viento amainó y sobrevino una gran calma.

40 Y a ellos les dijo: - ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis te?

41 Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: - ¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?

 

        *• La tempestad calmada sigue al discurso sobre las parábolas (Mc 4,1-34) e inaugura una sección que incluye cuatro milagros (4,35-5,43). El arranque (w. 35ss) inserta el episodio en la situación espacio-temporal precedente: es el mismo día, estamos aún en el lago. La iniciativa parte de Jesús, que decide «pasar a la otra orilla». Sin embargo, los discípulos son sujetos activos. Éstos «lo llevaron en la barca» y se quedaron después solos luchando contra la tempestad, mientras Jesús dormía.

        La primera parte del relato (w. 35-37) contempla un ritmo creciente de los acontecimientos hasta el drama. El v. 38 es central, y subraya el contraste entre la serenidad de Jesús y el ansia de los discípulos.

        Casi se han invertido las relaciones: Jesús se confía, tranquilo, a la pericia de los marineros, pero los angustiados discípulos no confían en la presencia de Jesús, incluso le lanzan reproches: «¿No te importa que perezcamos? » (v. 38). En la segunda parte (w. 39ss), la decidida intervención de Jesús resuelve el drama. Basta una orden y callan tanto el fragor de la tempestad como el vocear aterrorizado de los discípulos: la pregunta de Jesús (v. 40) queda sin respuesta. El miedo que se ha apoderado de los discípulos es síntoma de falta de fe.

        La manifestación del poder de Jesús sobre los elementos transforma el miedo en temor de Dios: los discípulos no tienen todavía claro quién es Jesús y sólo intuyen que hay en él algo que les llena de espanto.

 

MEDITATIO

        La pregunta sobre la identidad de Jesús es una constante en el evangelio de Marcos (cf. Me 1,27). La familiaridad con él no facilita mucho las cosas a los discípulos; más aún, habituarse a tenerlo como compañero de camino, tomarlo con ellos en su propia barca, puede engendrar la ilusión de haberse apoderado de él. Pero la inesperada tempestad supone para ellos un brusco despertar, un despertar que pone en crisis la confianza en el Maestro, y casi oímos la decepción en sus voces: «¿No te importa que perezcamos?».

        Cuántas veces nos sentimos tranquilos, al amparo de nuestras comunidades bien organizadas, protegidos por la asiduidad a los ritos y tranquilizados por lecturas edificantes. Incluso cuando nos aventuramos a salir al exterior, creemos seguir teniendo con nosotros al Señor, aunque, en realidad, no nos fiamos hasta el fondo de él: a la primera adversidad, a los primeros fracasos, le reprochamos habernos abandonado.

        La fragilidad, la incertidumbre, la duda, nos parece que son sólo de los otros: nosotros conocemos bien el catecismo, ¡qué diantre! Sin embargo, también temblamos apenas se levanta el viento: somos nosotros los discípulos desconcertados y temerosos, somos nosotros David el pecador. «¡Ese hombre eres tú!», nos dice también a nosotros el profeta.

 

ORATIO

        Socorre nuestra fragilidad, Señor, y humilla nuestro orgullo. Abre nuestros ojos para que reconozcamos nuestro pecado. Nos jactamos ante los otros, como si el don de formar parte de tu rebaño fuera una garantía y no una gracia inmerecida. Ayúdanos a comprender que el conocimiento de tu Evangelio es un don que debemos comunicar a los otros, y no una posesión que debemos guardar celosamente.

        Sostennos en las pruebas, para que no caigamos en la tentación de considerar el mal como un desmentido de tu bondad. Te acusamos a menudo de estar lejos, de no ver ni oír nuestros lamentos; merecemos tus reproches mucho más que tus discípulos: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

        No eres tú el que duerme, Señor. Somos nosotros los que no conseguimos verte. Perdónanos y ten piedad de nuestra poca fe.

 

CONTEMPLATIO

        Es bueno no caer, o bien caer y volver a levantarse. Y si llegamos a caer, es bueno no desesperar y no volvernos extraños al amor que tiene el Soberano por el hombre.

        Si lo quiere, puede tener, en efecto, misericordia de nuestra debilidad. Tan solo hemos de limitarnos a no alejarnos de él, a no sentirnos angustiados si nos sentimos forzados por los mandamientos, y no hemos de sentirnos abatidos si no llegamos a nada. [...] No debemos tener prisa ni replegarnos, sino volver a empezar siempre de nuevo. [...] Espéralo, y él tendrá misericordia de ti, bien con la conversión, bien con pruebas, bien con cualquier otra providencia que ignoras (Pedro Damasceno, Libro secondo. Ottavo discorso, en La filocalia, Turín 1982, I, p. 94 [edición española: La filocalia de la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca 51998]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «David dijo: "He pecado contra el Señor"» (2 Sm 12,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        [La historia de David] llena de sensatez, no es lejana para nosotros, porque David es un gran modelo para todos los tiempos. Nos enseña cómo a partir de pequeñas desatenciones puede entrar el hombre en graves dificultades, y si no mantiene la mirada fija en Dios cae en errores cada vez más grandes para cubrir los precedentes. Dios, sin embargo, es rico en misericordia e interviene para ayudarnos a volver a encontrar lo mejor de nosotros, a volver a encontrar lo que el Espíritu ha puesto como don en nuestro corazón: el amor a la verdad, a la justicia, a la lealtad.

        Nos reconocemos en David porque en cada uno de nosotros está el corazón malvado del que procede el desorden. Por eso nos invitan el salmo 50 y el relato [del segundo libro de Samuel] a reflexionar en serio: no podemos presumir de estar exentos de la culpa sólo porque no seamos reyes o no tengamos el poder de David. Es nuestra condición humana la que se encuentra en un destino de desorden y, por eso, corre el riesgo de convertirnos, al menos en las pequeñas circunstancias, en prisioneros de nosotros mismos, incapaces de reconocernos y de confesarnos pecadores. Sólo la gracia de Dios, continuamente invocada y acogida, vuelve a ponernos cada día en la verdad.

         [Reflexionemos] sobre todo el contexto de la historia de Betsabé y de Urías, preguntándonos en la oración por qué los libros sagrados han querido contar tales acontecimientos y otorgar tanto espacio a la descripción de este pecado de David y tanta importancia a la sucesión (cf. 1 Reyes). Sólo así nos será posible comprender la figura de David en todo su significado y, en consecuencia, comprender la historia de la salvación, comprender que en el rostro de Cristo resplandecen la luz de Dios y la esperanza de los hombres (C. M. Martini, David peccatore e creciente, Milán - Cásale Monf. 1989, pp. 75-78, passim [edición española: David, pecador y creyente, Editorial Salterrae, Santander 1996]).

 

 

Lunes de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 15,13-14.30;16,5-13a

En aquellos días,

15,13 vinieron a informar a David y le dijeron: - Los israelitas se han puesto de parte de Absalón.

14 Entonces, David dijo a todos los servidores que estaban con él en Jerusalén: - Levantaos y huyamos, porque, si no, no podremos escapar de Absalón. Salid inmediatamente, no sea que se dé prisa, nos sorprenda y nos cause una gran desgracia, pasando a cuchillo la ciudad.

30 David subía llorando la pendiente del monte de los Olivos; iba con la cabeza cubierta y los pies descalzos, y todo el pueblo que lo acompañaba subía también con la cabeza cubierta y llorando.

16,5 Cuando el rey David llegó a Bajurín, salió de allí un hombre de la familia de Saúl, llamado Semey, hijo de Güera. Salía echando maldiciones

6 y tiraba piedras a David y a todos sus servidores, mientras todo el ejército y los valientes iban a los flancos del rey.

7 Semey lo maldecía así: - ¡Vete, vete, hombre sanguinario y malvado!

8 El Señor te ha castigado por todas las muertes de la familia de Saúl, a quien usurpaste el trono, y ha puesto el reino en manos de tu hijo Absalón. Ahí tienes la desgracia que mereces, porque eres un hombre sanguinario.

9 Entonces Abisay, hijo de Seruyá, dijo al rey: - ¿Por qué insulta ese perro muerto al rey, mi señor? Déjame que vaya y le corte la cabeza.

10 Pero el rey dijo: - No os entrometáis en mis asuntos, hijos de Seruyá. Si el Señor le ha mandado que maldiga a David, nadie puede reprochárselo.

11 Y añadió David a Abisay y a todos sus servidores: - Si un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme, con mayor razón lo hará este hijo de Benjamín. Dejadlo maldecir, si el Señor se lo ha mandado.

12 Tal vez el Señor vea mi aflicción y cambie en bendición esta maldición de hoy.

13 David y sus hombres continuaron su camino, mientras Semey iba por la falda del monte, frente a David, insultándole, tirando piedras y levantando polvo.

 

        *•• La conjura de Absalón es uno de los dramáticos episodios que forman parte del atormentado declinar del reinado de David. Los w. 13ss recogen la reacción de David al enterarse de la rebelión de su hijo. Absalón venía preparando con cuidado, desde hacía tiempo, la conjura y había sabido seducir con lisonjas a los israelitas (15,lss), que se pusieron de su parte más por interés que por afecto (v. 13). David huye: su huida, más que una retirada estratégica, parece resignación, como si quisiera evitar un choque directo con su hijo. El rey parte al exilio, aunque el v. 30 describe más bien una peregrinación penitencial, la humilde aceptación de un castigo divino.

El oscuro episodio de la maldición de Semey (16,5-13a) acentúa la sensación de encontrarnos ante una derrota irreparable, atribuida a la voluntad del Señor. Semey pertenece a la familia de Saúl (v. 5), que, con la amenaza de una secesión del norte, constituía un permanente peligro para David.

        La maldición del v. 8 da en el blanco: en cierto modo, David usurpó el reinado de Saúl y teme ahora que Absalón pueda hacer lo mismo. David teme que Dios le haya abandonado, del mismo modo que había abandonado a Saúl (v. 11): por eso rechaza la ayuda del que quiere matar a Semey y acepta la afrenta como una prueba. El rey se siente implicado, si no responsable, en la cadena de los delitos que ensangrientan su casa, desde la violencia cometida por Amnón sobre Tamar al fratricidio de Absalón. Su esperanza es que el sufrimiento de hoy pueda ser ocasión de bien para mañana (v. 12).

 

Evangelio: Marcos 5,1-20

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

1 llegaron a la otra orilla del lago, a la región de los gerasenos.

2 En cuanto saltó Jesús de la barca, le salió al encuentro de entre los sepulcros un hombre poseído por un espíritu inmundo.

3 Tenía su morada entre los sepulcros y ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo.

4 Muchas veces había sido atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y había hecho trizas los grilletes. Nadie podía dominarlo.

5 Continuamente, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras.

6 Al ver a Jesús desde lejos, echó a correr y se postró ante él,

7 gritando con todas sus fuerzas: - ¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.

8 Es que Jesús le estaba diciendo: - Espíritu inmundo, sal de este hombre.

9 Entonces le preguntó: - ¿Cómo te llamas? El le respondió: - Legión es mi nombre, porque somos muchos.

10 Y le rogaba insistentemente para que no los echara fuera de la región.

11 Había allí cerca una gran piara de cerdos, que estaban hozando al pie del monte,

12 y los demonios rogaron a Jesús: - Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos.

11 Jesús se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron, entraron en los cerdos, y la piara se lanzó al lago desde lo alto del precipicio, y los cerdos, que eran unos dos mil, se ahogaron en el lago.

14 Los porquerizos huyeron y lo contaron por la ciudad y por los caseríos. La gente fue a ver lo que había sucedido.

15 Llegaron donde estaba Jesús y, al ver al endemoniado que había tenido la legión sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor.

16 Los testigos les contaron lo ocurrido con el endemoniado y con los cerdos.

17  Entonces comenzaron a suplicarle que se alejara de su territorio.

18 Al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía que le dejase ir con él.

19 Pero no le dejó, sino que le dijo: - Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti.

20 El se fue y se puso a publicar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se quedaban maravillados.

 

        *»• El pasaje es una típica historia de exorcismo, enriquecida por numerosos detalles de no siempre fácil explicación, que hacen pensar en el relato de un testigo ocular. El episodio está ambientado en el este del lago de Tiberíades, en territorio pagano: eso explica la presencia de la piara de cerdos, animales impuros para Israel. La descripción del endemoniado acentúa el carácter dramático de la situación: el caso se presenta de inmediato como grave, y las condiciones en que se encuentra el hombre, como desesperadas. El grito de los demonios irrumpe con fuerza, anticipado además con respecto a la orden de Jesús que lo provoca; como en Mc 1,24, los demonios reconocen a Jesús; más aún, proclaman su divinidad y le piden que los deje estar, porque temen su poder. La descompuesta reacción del desventurado y la furia de los demonios hacen resaltar, por contraste, la imperturbabilidad de Jesús, que les pregunta el nombre como para obligarles a entregarse a él, y les permite refugiarse en los cerdos porque sabe que no tendrán escapatoria.  La imagen de la piara que se precipita en el lago es tal vez simbólica: indica el retorno de los demonios a Satanás, rey de los abismos. La reacción de los presentes, sin embargo, está dominada por el terror: los porquerizos huyen, los paisanos del que había recibido el milagro le ruegan a Jesús que se vaya.

        Quizás era demasiado pronto para que la Palabra de Jesús fuera acogida en un territorio extranjero, no preparado para su venida. Es necesaria la mediación del testigo y del apóstol: en sentido contrario al silencio impuesto normalmente en el evangelio de Marcos, aquí el endemoniado curado recibe la orden de anunciar la noticia a los suyos y proclama en la Decápolis la obra de Jesús.

 

MEDITATIO

        El drama que turba los últimos años de la vida de David se parece, trágicamente, al drama del endemoniado de Gerasa. Violencia, venganza y terror unen a David saliendo de Jerusalén con el infeliz geraseno que vaga entre los sepulcros. Romper grilletes y cadenas (Mc 5,4) no hace más que añadir violencia a la violencia, como cortarle la cabeza a Semey (2 Sm 16,9) no haría más que perpetuar la cadena de las venganzas.

        La liberación que el hombre necesita es algo diferente: David la espera a través de la purificación por el sufrimiento; el geraseno la obtiene de la iniciativa gratuita de Jesús. Nadie le ha pedido que cure a este hombre, que no dispone ni siquiera de su propia voz para implorarlo, puesto que quien grita en él es la legión de demonios que quiere alejar a Jesús. Sorprende la pasividad de los presentes, una pasividad que se transforma, a continuación, en hostilidad abierta respecto a Jesús, un extranjero venido a desbaratar una condición habitual y tranquila: los enfermos están excluidos del consorcio civil y rechazados a un lugar de muerte, los animales impuros son criados y guardados con cuidado. Arrojar la impureza a los abismos y restituir a la sociedad a quien había sido expulsado de ella es un gesto revolucionario, un gesto que rompe los esquemas mentales y da miedo. Es difícil convivir con la libertad: es mejor pedirle a Jesús que se vaya a otra parte (Mc 5,17).

 

ORATIO

        Cuántas veces he intentado romper, Señor, los grilletes y las cadenas. Cuántas veces he creído que las cosas no iban en la dirección adecuada simplemente porque se oponía cualquier obstáculo en la realización de mis planes. He intentado cambiar las cosas, me he rebelado y me parecía justificada la indignación e incluso la ira.

        Hubiera querido «cortar cabezas», como sugería Abisay; he comprobado con todas mis fuerzas que intentaba «mantenerme atado», como hacían los gerasenos. Ayúdame, Señor, a ser dócil como David, que se aleja sin combatir, dejando que se cumpla la voluntad de Dios. Ayúdame y libérame, Señor, de otras cadenas, no de las que puedo romper en un ímpetu de rabia, sino de esas otras interiores del pecado, que tal vez no consigo reconocer ni siquiera ver, pero que son el verdadero enemigo de quien sólo tú me salvas.

 

CONTEMPLATIO

        Si estás tú, Señor, que irrumpan también nuestros adversarios: más que irrumpir sobre nosotros, serán derrotados por ellos mismos. Que acudan de todas partes, serán dispersados igualmente. Perderán toda la fuerza ante la majestad de Dios, como la cera al primer contacto con el fuego. ¿Y habré de temer a quien está destinado a una derrota semejante? Aunque camine en medio de las tinieblas más oscuras, no temeré mal alguno, siempre que tú, Señor, Dios mío, estés conmigo. A una simple orden del Salvador, toda una legión diabólica tuvo que abandonar el cuerpo de un hombre que durante mucho tiempo había estado infestado, y no se atrevieron a hacer mal ni siquiera a una piara de cerdos, antes de que Él lo permitiera.

        Con cuánta mayor facilidad caerán a escuadras [los espíritus malignos] allí donde se encuentren, frente a la majestad de Cristo. Así pues, intrépido y libre de cualquier temor, alegrándote en la alabanza [de Dios], podrás ver todo esto con tus ojos (Bernardo de Claraval, Comentario al salmo 90, Alba 1977, pp. 104ss, passim [edición española: Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1984]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti» (Mc 5,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Afirma Dostoievski que basta con el sufrimiento ineluctable de un niño para hacer saltar todos los silogismos. Como decir: o se cree o no se cree. Así con la existencia del Mal. ¿Acaso no es necesaria la misma humildad para hacer frente a un problema tan desconcertante? Decías: tu designio no va adelante, los cálculos no salen. Tú entendías todo de manera diferente, querías precisamente lo contrario, sin embargo... La infidelidad no querida, la traición consumada por el más querido de tus amigos, ¡y la inocencia que sucumbe! Por no hablar de desventuras mayores, como el furor de la destrucción y de la muerte, la ferocidad que se desencadena a oleadas sobre la humanidad, y la invención de las torturas más refinadas para destruir a un hombre, para aniquilarlo sádicamente y ponerse, a continuación, a reír. Así ocurre tanto en lo grande como en lo pequeño. [...] Satanás: el contradictor, el adversario, el insidioso. Ahora vagabundo y viajante perpetuo. Diablo, es decir, el disgregador, el calumniador, el acusador. Hipóstasis del odio que divide y que separa. Satanás: muchedumbre, masa, el innúmero, el indeterminado. Cuántos nombres, cuántas tareas, cuántas mansiones. Y para cada mansión, una máscara nueva; un nuevo estilo y nuevos trucos.

        Ahora bien, es posible que la forma y el espacio más secretos e insidiosos estén dentro, dentro de esta conciencia nuestra. Dentro de los «dobles pensamientos» que a todos nos asaltan. Este hacernos nosotros mismos pábulo de mal, aunque no lo queramos. Y más aún el oscuro goce del mal ajeno, también instintivo; o mejor: precisamente por ser instintivo, esto es, no deseado, signo de una presencia malvada. Un ser que no se da nunca por vencido y no perdona a nadie. ¿Y qué decir del pobre endemoniado de Gerasa que andaba entre los sepulcros dando alaridos bajo el dominio de todo un infierno? Y más tarde, liberado por fin, invaden los demonios toda una piara de cerdos que se lanzan enloquecidos al mar como para apagar el

terrible ruego que los devora. Y es sabido que ni siquiera el mar basta para apagar semejante llama (D. M. Turoldo, // diavolo sul pinnacolo, Cinisello B. 31989, pp. 55-69, passim).

 

 

Martes de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 18,9-10.14.24-25a.30-19,4

En aquellos días,

18,9 Absalón se encontró frente a frente con los hombres de David; iba montado en un mulo, y al pasar el mulo por debajo de las ramas de una gran encina, la cabeza de Absalón se enredó en las ramas de la encina y quedó colgando en el aire, mientras el mulo que montaba continuó adelante.

10 Le vio uno y se lo fue a decir a Joab: - He visto a Absalón colgando de una encina.

14 Dijo Joab: - No quiero perder el tiempo discutiendo contigo. Y tomando tres flechas, las clavó en el corazón de Absalón, que estaba aún vivo colgado de la encina.

24 David estaba sentado entre las dos puertas de entrada. El centinela, que estaba en la terraza que hay a la entrada, por encima de la muralla, miró, y al ver a un hombre que venía corriendo solo,

25 gritó para anunciárselo al rey.

30 El rey dijo: - Retírate y quédate aquí. Él se retiró a un lado y se quedó allí.

19,4 Entonces llegó el cusita y dijo: - Traigo buenas noticias para el rey, mi señor. El Señor te ha hecho justicia librándote de todos los que se habían sublevado contra ti.

32 El rey preguntó al cusita: - ¿Está bien el joven Absalón? El cusita contestó: - ¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos del rey, mi señor, y todos los que se han sublevado contra ti para hacerte daño!

19,1 El rey se estremeció y, subiendo a la habitación que hay encima de la entrada de la ciudad, se echó a llorar; decía sollozando: - ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!

2 Informaron a Joab de que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón;

3 y aquel día la victoria se cambió en luto para toda la tropa, porque oyeron decir que el rey estaba afligido por su hijo.

4 Por eso aquel día la tropa entró a escondidas en la ciudad, como entran los que vuelven avergonzados por haber huido en la batalla.

 

        *•• El reinado de David se vio afligido en su ocaso por la rebelión de su hijo Absalón, una rebelión en la que tuvo que intervenir el ejército. El rey ha ordenado respetar la vida de su hijo; sin embargo, el joven, en su huida, queda colgado entre las ramas de un árbol y lo mata Joab, que cree ganar de este modo el favor del rey por haber eliminado al usurpador.

        El relato, del que la liturgia sólo lee hoy algunos fragmentos, es intensamente dramático: el rey espera con ansias las noticias de la batalla, dividido entre el deseo de la victoria y la angustia por la suerte de su hijo (w. 24-27); los criados le comunican primero las buenas noticias, fingiendo ignorar el fin de Absalón (w. 28-31).

        El drama estalla cuando, ante la pregunta explícita de David, «¿Está bien el joven Absalón?», no queda escapatoria posible y es preciso revelarle que su hijo ha muerto. Estalla entonces el dolor del rey: el hijo muerto ya no es un enemigo y un rival, sino sólo un muchacho; la exultación por la victoria se transforma en luto, el pueblo siente vergüenza como por una derrota (19,1-4).

 

Evangelio: Marcos 5,21-43

En aquel tiempo,

21 al regresar Jesús, mucha gente se aglomeró junto a él a la orilla del lago.

22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies

23 y le suplicaba con insistencia, diciendo: - Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que se cure y viva.

24 Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo estrujaba.

25 Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años

26 y que había sufrido mucho con los médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor,

27 oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto.

28 Pues se decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada».

29 Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió que estaba curada del mal.

30 Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó: - ¿Quién ha tocado mi ropa?

31 Sus discípulos le replicaron: - Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién te ha tocado?

32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho.

33 La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad.

34 Jesús le dijo: - Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal.

35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga diciendo: - Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro.

36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga: - No temas; basta con que tengas fe.

37 Y sólo permitió que le acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

38 Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos,

39 entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.

40 Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que le acompañaban, y entró donde estaba la niña.

41 La tomó de la mano y le dijo: - Talitha kum (que significa: «Niña, a ti te hablo, levántate»).

42 La niña se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron atónitos.

43 Y él les insistió mucho en que nadie se enterase de aquello, y les dijo que dieran de comer a la niña.

 

        **• El pasaje forma parte de la sección de los milagros, que va desde Mc 4,35 a 6,6a. Dos episodios, al parecer independientes, han sido encajados de tal modo que se resaltan con habilidad tanto las diferencias como los puntos de contacto. El versículo inicial (v. 21) conecta el relato con la sección de las parábolas: Jesús vuelve a la otra orilla del lago tras una excursión a territorio pagano. El episodio de la hija de Jairo (w. 22-24.35-43) presenta, en la primera parte, la súplica del padre y la pronta disponibilidad de Jesús. El relato queda, a continuación, bruscamente interrumpido por la inserción de un nuevo personaje y de su historia (w. 25-28). Resalta el contraste entre Jairo, hombre influyente que implora de manera insistente a Jesús delante de todos, y la mujer anónima que se le acerca de modo furtivo, escondida entre la gente. Sin embargo, son iguales su confianza en Jesús y la inmediata respuesta del mismo. El milagro de la hemorroísa tiene lugar en dos tiempos: primero en secreto, sólo la mujer y Jesús se dan cuenta del prodigio; a continuación, la pregunta de Jesús y el estupor de los discípulos provocan un nuevo prodigio: la mujer habla, sale de sí misma, entra en relación con Jesús. No ha sido curada simplemente de la enfermedad (v. 29), sino que ha sido salvada (v. 34).

        Sin solución de continuidad, reemprende el otro relato. Se precipita el drama: la niña ha muerto, la intervención del taumaturgo parece inútil (v. 35). Sin embargo, Jesús da un vuelco a la situación: no está muerta, duerme. La actitud del Maestro es completamente distinta: la mujer se le había acercado en secreto y él la había impulsado a mostrarse ante todos; Jairo le ha rogado en público y Jesús deja a la gente fuera de la estancia, ordenando no decir nada de lo sucedido.

 

MEDITATIO

        Son muchas y diferentes las formas en que las personas se dirigen, en el evangelio, a Jesús; diferentes también, aunque al mismo tiempo semejantes, son sus respuestas. A veces da la impresión de que no quiere escuchar, y el que lo invoca debe insistir bastante tiempo; otras veces, incluso previene la petición.

        Jairo es un hombre que ocupa un lugar de prestigio en la sociedad, y no vacila en implorar humildemente la ayuda de un rabino. La hemorroísa, en cambio, tiene vergüenza, porque su enfermedad la excluía del contacto con los otros, y teme asimismo una nueva decepción, después de haber padecido tantas. Jesús escucha a ambos con prontitud: no existe una técnica, para obtener el milagro, que excluya a otras; basta con la fe, de cualquier forma que se exprese.

        Sin embargo, hay algo que va más allá del milagro. La mujer se ve como obligada a mostrarse: Jesús quiere mostrar tal vez que ninguna enfermedad, ninguna condición humana, puede ser considerada infamante, con tal de que se confíe en él. Jairo, a su vez, con su familia, se ve como llamado a la sobriedad y a la discreción: sólo unos pocos discípulos asisten a la resurrección de la niña y, sobre todo, no tienen que dar publicidad al hecho. Es posible que Jesús quiera mostrar una atención a los pequeños, un respeto hacia los sentimientos de la niña que podían quedar desatendidos en ese momento. Es preciso desviar la curiosidad morbosa de la gente de la personalidad en formación de una niña de doce años; es menester volver a introducir lo más pronto posible a la pequeña en la normalidad: dadle de comer.

        ¡Cuánto hemos de aprender hoy, trastornados como estamos por el bombardeo obsesivo de las telecrónicas del corazón que ninguna ley sobre la privacidad consigue frenar!

 

ORATIO

        Señor, pon en mis labios la invocación silenciosa de la mujer enferma. Pon en mi corazón su confianza: basta con tocar tu manto para curar.

        Concédeme, Señor, la humildad de Jairo. Por culpa de mi orgullo, no sé pedir ayuda, no soy capaz de reconocer que necesito a los demás. Escucha, Señor, las palabras que no sé decirte. Tú sabes mejor que yo lo que me ocurre. No me dejes vagar de un sitio a otro, donde no pueda encontrar socorro.

        Haz, Señor, que no busque grandes cosas, sino sólo la paz de tu reino. Aleja de mí el deseo de lo que no es esencial y condúceme en lo secreto del corazón a buscar sólo tu proximidad. Señor, enséñame a rogarte.

 

CONTEMPLATIO

        Antes de que la Palabra evangélica revele el misterio del significado, quisiera detenerme un poco en los sufrimientos afrontados y soportados por los padres a causa del afecto y del amor que sienten por sus hijos.

        Es peor aún el día de la muerte, cuando son los hijos quienes les preceden. [El archisinagogo] creyó en Dios, dado que pidió que la misma mano por quien sabía que había sido creada su hija la vuelva a crear y la restituya a la vida. La lectura de hoy ha recogido, por una parte, todo lo que es propio de la esperanza y, por otra, ha excluido cualquier cosa que tenga que ver con la desesperación.

        Como el aire se convierte en torbellino, así estaba turbada la mujer por tempestades de pensamientos. Luchaban la fe con la razón, la esperanza con el temor, la necesidad con el pudor. Así pues, con semejante estado de ánimo, llegó merecidamente la mujer del extremo de un pedazo de tela a la plenitud de la divinidad de Jesús.

        [Esta] mujer, mostrándonos que hay algo muy grande en el borde del manto de Cristo, nos ha enseñado lo que vale el Cuerpo de Cristo.

        Escuchen los cristianos, que tocan cada día el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir del mismo cuerpo, si una mujer obtuvo toda la salud con sólo tocar el borde del manto de Cristo (Pedro Crisólogo, Omelie per la vita quotidiana, Roma 21990, pp. 109-117, passim [existe edición española de Homilías escogidas, Ciudad Nueva, Madrid 1998]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada» (Mc 5,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Muchas personas pasan por la misma experiencia de la mujer que sufría hemorragias. Se han agotado, su fuerza vital se ha consumido, han gastado todo su patrimonio sólo para ganarse la simpatía y el reconocimiento, el amor y la estima. Sin embargo, su condición se vuelve cada vez peor. Todo este dispendio de dinero no les ha permitido encontrar una amistad verdadera.

        No se puede comprar nuestro propio valor con dinero. [...] Puesto que [Jesús] desprendía confianza, amor y simpatía, esta mujer consiguió encontrar el coraje necesario para decir toda la verdad. No podemos arrancar la verdad adoptando metodologías de diálogo, sino sólo si hemos creado una atmósfera de amor y confianza. [...] «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal» Aquí se ha instaurado una relación verdadera. Jesús le desea la paz a la mujer y le da la esperanza de estar curada de su enfermedad. La mujer, tras haber experimentado su valor a través del encuentro, ya no puede sangrar. Al entrar en contacto con este hombre que la acepta sin reservas, se detiene su flujo de sangre, ya no tiene necesidad de continuar consumiéndose para ser aceptada y amada.

        Frente a la hemorroísa no puedo dejar de pensar en las muchas personas que se sacrifican por los otros, aunque lo hacen, de manera inconsciente, por una necesidad de tranquilidad y de reconocimiento. Ponen su patrimonio a disposición de los otros, dan su dinero para beneficencia, lo gastan todo. Sin embargo, esta generosidad no se traduce en una mayor interioridad y libertad. Esto no les produce satisfacción; es más, se sienten vacías y agostadas. Al final se sienten excluidas de la vida. Lo han entregado todo y ahora nadie las tiene en consideración; están vacías y agotadas. Han «bypassado» la vida. Su sacrificio no estaba dictado por un amor verdadero, sino por un deseo de gratificación, por el deseo de ser premiadas, de ser, finalmente, alguien. No es posible curar a estas personas pretendiendo aún más de ellas, mayores sacrificios, mayor compromiso a favor de la familia. En su encuentro con nosotros deben advertir ante todo que valen simplemente por lo que son. En este encuentro deben «tocar» a un ser humano, de suerte que fluya la energía, que experimenten el flujo vital. Si el encuentro tiene lugar simplemente entre seres humanos, no hay necesidad de nacerse más interesante aportando problemas; las dificultades se trasladan a un nivel razonable. En este fragmento del evangelio de Marcos no se habla sólo de la mujer que padece hemorragias y que, al encontrarse con Jesús, toma conciencia de su valor cuando encuentra estima y simpatía, se habla asimismo de la hija de Jairo, que, evidentemente, no puede vivir en la casa de su padre, uno de los jefes de la sinagoga. Jesús cura a esta muchacha, que se había ido extinguiendo cada vez más hasta yacer inmóvil y rígida como muerta en el lecho, cogiéndole la mano y ordenándole que se levante. No continúa reteniéndole la mano, sino que la deja ir, deja que encuentre su camino. Y ordena que le den de comer. Comer es, bajo ciertos aspectos, un signo de sociabilidad. La muchacha es de nuevo capaz de entrar en la vida social. Este relato nos dice que no debemos atar a nosotros a las personas con un cuidado excesivo que no les permita crecer en libertad. No debemos tener [a una persona] de la mano durante toda la vida; de lo contrario, la haríamos permanecer en su enfermedad. Debemos reforzar su vitalidad y enseñarle a dar por sí sola los pasos necesarios (Anselm Grün, Scopríre la ricchezza della vita, Brescia 2000, pp. 46-49, passim [edición española: Descubrir la riqueza de la vida, Editorial Verbo Divino, Estella 1999]).

 

 

Miércoles de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 24,2.9-17

En aquellos días,

2 el rey dijo a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él: - Recorred todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba, y haced el censo del pueblo para que sepa yo cuántos son.

9 Joab informó al rey sobre el resultado del censo del pueblo; había en Israel ochocientos mil hombres aptos para la guerra y diestros con la espada, y en Judá, quinientos mil.

10 Después de hacer el censo del pueblo, David sintió remordimientos de conciencia, y dijo al Señor: - ¡He cometido un gran pecado al hacer esto! Pero dígnate, oh Señor, perdonar el pecado de tu siervo, porque me he portado como un insensato.

11 Al día siguiente, cuando se levantó David, el Señor dirigió esta palabra al profeta Gad, vidente de David:

12 - Vete a decir a David: Así dice el Señor: tres castigos te pongo delante; elige uno de ellos y yo lo llevaré a cabo.

13 Gad se presentó a David y le dijo: - ¿Qué prefieres? ¿Que venga una carestía de tres años a tu tierra, que tengas que huir durante tres meses perseguido por tu enemigo o que haya tres días de peste en tu tierra? Piensa y decide la respuesta que debo dar al que me envía.

14 David dijo a Gad: - Me veo en un gran aprieto. Pero es preferible caer en manos de Dios, cuya misericordia es grande, a caer en manos de los hombres.

15 Y David eligió la peste. Era el tiempo de la siega del trigo. El Señor envió la peste desde la mañana hasta el tiempo fijado, y murieron desde Dan hasta Berseba setenta mil hombres del pueblo.

16 El ángel extendió su mano sobre Jerusalén para exterminarla. Entonces el Señor se retractó del mal y dijo al ángel que exterminaba al pueblo: - Basta; que cese el castigo. El ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo.

17 Cuando David vio al ángel que azotaba al pueblo, dijo al Señor: - Soy yo quien ha pecado y quien ha hecho el mal, pero el pueblo es inocente. Castígame a mí y a mi familia.

 

        **• Los últimos capítulos del segundo libro de Samuel interrumpen la historia de la sucesión de David para insertar, como en apéndice, algunos episodios. El censo dispuesto por David (v. 2) va contra la Ley, según la cual sólo Dios puede cuantificar la consistencia de su pueblo. Por eso David siente remordimientos (v. 10) y el profeta Gad le preanuncia el castigo (v. 13).

        David sólo puede escoger entre la carestía, la derrota y la peste: son los castigos previstos por la Ley para la traición a la Alianza (cf. Dt 28,21-26). David prefiere la peste a la guerra, no sólo por su menor duración, sino

porque un castigo de la mano de Dios permite confiar en la misericordia divina (v. 14), lo que no ocurre cuando el castigo lo aplica la mano del hombre.

        En efecto, el Señor siente piedad y perdona a Jerusalén (v. 16); también el rey siente compasión e intercede por el pueblo inocente, asumiendo la responsabilidad de lo sucedido (v. 17).

 

Evangelio: Marcos 6,1-6

En aquel tiempo, Jesús

1 salió de allí y fue a su pueblo, acompañado de sus discípulos.

2 Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La muchedumbre que lo escuchaba estaba admirada y decía: - ¿De dónde le viene a éste todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por él?

3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí entre nosotros? Y los tenía escandalizados.

4 Jesús les dijo: - Un profeta sólo es despreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

5 Y no pudo hacer allí ningún milagro. Tan sólo curó a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.

6 Y estaba sorprendido de su falta de fe.

 

        **• Esta breve perícopa concluye la sección de los milagros e introduce una serie de peregrinaciones de Jesús dentro y fuera de Galilea. La expresión genérica «pueblo» (v. 1) era suficiente para indicar Nazaret; es más precisa la determinación del tiempo: es importante que la manifestación de Jesús tenga lugar el sábado (v. 2). En Israel, cualquier hombre adulto podía comentar la Escritura en la sinagoga: sin embargo, la enseñanza de Jesús es diferente a la de todos los rabinos de aquel tiempo. Aunque sin citar (entre los sinópticos sólo lo hace Lucas [4,17ss]) los versículos de Isaías comentados en Nazaret, Marcos registra el estupor de los presentes. Tres son los motivos de admiración: el origen de las palabras pronunciadas por Jesús; la sabiduría que posee; los prodigios que realiza. Todo esto parece contrastar con la familiaridad que los nazarenos creían tener con él, dado que conocían a sus padres y hermanos.

        La verdadera identidad de Jesús se revela aquí a través de su ser signo de contradicción, piedra de tropiezo, motivo de escándalo (v. 3). Esto mismo constituía ya una característica de los profetas, perseguidos con mayor frecuencia precisamente por aquellos que hubieran debido comprenderles mejor (v. 4). Por esa desconfianza, no pudo realizar Jesús milagros entre sus paisanos: él mismo se muestra sorprendido de esta falta de fe, del mismo modo que los suyos estaban admirados de su autoridad.

 

MEDITATIO

        De este fragmento se desprende la ambigua relación que mantuvo Jesús con su ciudad: los nazarenos, asombrados por sus palabras, se escandalizan de él, y él se sorprende de su incredulidad. Entre líneas parece manifestarse el desconcierto del mismo evangelista: ¿cómo es que los suyos, aquellos que hubieran debido serles más próximos, no creen en él? ¿Cómo es que, precisamente en su ciudad, realiza poco prodigios? Sin embargo, esto no debía sorprender a los israelitas, que conocían bien la historia de los profetas, perseguidos y despreciados a menudo precisamente por su mismo pueblo. Y tampoco debe sorprendernos a nosotros, que nos encontramos, por así decirlo, en la condición de los nazarenos: ¿por qué precisamente las comunidades cristianas se encuentran con frecuencia tan alejadas de la Palabra de Dios? ¿Por qué sucede que los no creyentes conocen mejor la Biblia? ¿Por qué tampoco en nuestros días son escuchadas las voces «proféticas» o, lo que es peor, son marginadas, ridiculizadas, acusadas de herejía?

        En el segundo libro de Samuel es el Señor quien sugiere a David el censo (2 Sm 24,1), mientras que el primer libro de las Crónicas atribuye la idea a Satanás (1 Cr 21,1). En realidad, se trata de una lectura teológica especular: Satanás no es más que un instrumento en manos de Dios (cf. Job 1,6), que pone a prueba la fe de los suyos. David cree seguir una sugerencia exterior, pero no hace más que obedecer a su sed de dominio, que quiere hacerle controlar al pueblo; olvida que es sólo el administrador, no el dueño, del pueblo de Dios.

        El problema, tanto en el caso de David como en el de los nazarenos, consiste en dejarse llevar por la Palabra de Dios sin pretender saber más que ella o juzgar si en el hijo de un carpintero puede manifestarse o no la sabiduría de Dios.

 

ORATIO

        Señor, perdona el orgullo que me impide leer las cosas por dentro. Pretendo siempre ser capaz de dominar los acontecimientos, y me escandalizo cuando no discurre todo según mis previsiones. Perdona, Señor, mi falta de confianza en ti.

        Te acuso de estar lejos, de no escucharme, de no acudir en mi ayuda; sin embargo, soy yo quien no es capaz de hacer el vacío en mi corazón para dejarte espacio.

        Señor, no sé rogarte. No sé dirigirte mis peticiones con sencillez y confianza. Sugiéreme tú las palabras, porque tengo necesidad de ellas: soy un ser humano, Señor, y no soy capaz de soportar el silencio.

No haces prodigios para mí porque yo, como los nazarenos, no creo en ti. No tienes piedad de mí como tuviste piedad de Jerusalén porque no sé reconocer mis culpas como las reconoció David. Ayúdame, Señor.

        Tú no estás lejos de mí: soy yo el que estoy lejos de mí mismo y de ti.

 

CONTEMPLATIO

        Tiene albugo en el ojo aquel a quien la ceguera producto de su presunción de sabiduría y de justicia no le permite ver la luz de la verdad. En efecto, si la pupila del ojo está negra, ve, pero si tiene una mancha blanca, no ve nada. Está claro que si el hombre se reconoce necio y pecador en su meditación, llega a la experiencia de la claridad interior. Ahora bien, si se atribuye el candido brillo de la sabiduría y de la justicia, se excluye por sí mismo de la luz divina; y tanto menos consigue penetrar en la claridad de la verdadera luz cuanto más exalta su presunción a sus propios ojos (Gregorio Magno, La regola pastorale, Roma 31995, pp. 62ss [edición española: Obras, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1959).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?» (Mc 6,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Al cabo de una inmensa preparación, llena de sangre y de luces, una preparación que orienta toda la historia y tiene su propio eje en el destino de Israel, Dios se ha hecho hombre para cambiar el sentido de la muerte y abrir de nuevo a los hombres la plenitud de su vocación. En Cristo, el hombre ha sido restablecido en su dignidad de persona «a imagen de Dios» y por eso, aunque supera infinitamente al mundo, ha sido llamado a transformarlo en «cuerpo de Dios» a través de la difusión de la eucaristía. La meditación de la Iglesia antigua -que fue sintetizada por la regla de fe elaborada por los siete grandes concilios ecuménicos- ha hecho posible el desarrollo de la ciencia y de la técnica «occidentales». Esta meditación está sellada por la sangre de los mártires y por la luz de los transfigurados. [...]

         La historia y el cosmos fueron arrancados así a los dioses y entregados al hombre, aunque sólo en la medida en que el hombre se reconoce criatura y sólo mientras su técnica permanezca al servicio de la celebración. [...] La rebelión moderna constata que «dios» se reduce a unas dimensiones muy determinadas de este mundo: proyección de la lucha de clases en Marx, de la debilidad y del resentimiento en Nietzsche, de una sexualidad reprimida en Freud. En la política, en la medicina o en la psicología se constituyen saberes y técnicas para sofocar la angustia fundamental: reducir las consecuencias destructoras del azar y de la necesidad. Si no hay nada fuera del mundo, el conocimiento de sus leyes, un conocimiento que se pretende total, justifica los regímenes totalitarios. Si no hay nada fuera del placer, es menester producir y consumir hasta la eutanasia final. No bromeaba Solzhenitsin cuando decía que la inflación no tiene otra causa que no sea el pecado.

        El más grande entre todos los concilios ecuménicos fue, sin duda, el de Calcedonia, celebrado el año 453 en la orilla oriental del Bósforo, ese río marino en el que se encuentran Europa y Asia. El concilio de Calcedonia celebró la unión de lo divino y de lo humano, sin separación ni confusión, en Cristo. Pues bien, parece ser que, en el siglo XIX, un cristianismo ampliamente pietista y moralista, y esto puede decirse tanto de Oriente como de Occidente, se olvidó del dogma de Calcedonia. Feuerbach, que en este punto sería seguido por Marx, consideraba que «dios» era la parte mejor del hombre y que éste, a causa de su impotencia, lo proyectaba en un cielo imaginario. De este modo, anunciaba oficialmente la carencia de la vocación a la deificación en el cristianismo de su tiempo. Los dos términos del adagio patrística, tan profundamente «calcedoniano», Dios hecho hombre, el hombre hecho Dios (es decir, plenamente hombre en la unión con Dios), están ahora el uno contra el otro. Es el duelo, descrito por Dostoievski, del hombre-Dios anticristiano contra el Dios-hombre crístico. Calcedonia ha caído en el olvido, Cristo vuelve a ser crucificado (O. Clément, La rívolta dello Spiríto, Milán 1980, pp. 18-23).

 

 

Jueves de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 2,1-4.10-12

1 David, a punto ya de morir, dio a su hijo Salomón estas instrucciones:

2 - Yo voy a morir, ten ánimo y pórtate varonilmente.

3 Sé fiel al Señor, tu Dios, y camina por sus sendas; observa sus mandamientos, preceptos, dictámenes y normas como está escrito en la Ley de Moisés, para que triunfes en todas tus empresas,

4 y el Señor cumpla la promesa que me hizo: «Si tus hijos hacen lo que deben y caminan fielmente en mi presencia con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás un sucesor en el trono de Israel».

10 David se adormeció con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David.

11 Había reinado en Israel cuarenta años; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.

12 Salomón sucedió a su padre, David, en el trono y su reino se consolidó firmemente.

 

        **• El primer libro de los Reyes narra la muerte de David como la muerte de los antiguos patriarcas de Israel: «David se adormeció con sus padres» (v. 10). Es el signo de que David, a pesar de sus errores y de sus pecados, «caminó por los senderos del Señor», según la expresión característica del Deuteronomio y de los libros históricos. Del estilo de la obra histórica deuteronómica son asimismo las últimas recomendaciones del rey a su hijo Salomón, que le sucedió en el trono y que llevó el reino de Israel a su máximo esplendor. El compromiso principal que debe asumir Salomón es seguir la Ley del Señor, entregada a Moisés en el Sinaí (v. 3), y para la que se usan los términos del Deuteronomio: estatutos, mandamientos, preceptos, dictámenes y normas. No se trata sólo de los «Diez mandamientos», sino también de las disposiciones contenidas en los códigos del Pentateuco y de los preceptos rituales que, poco a poco, fueron enriqueciendo la legislación de Israel. La Ley vincula al rey del mismo modo que a todos los demás, con esta diferencia respecto a las otras teocracias de la antigüedad: en Israel, el rey es un hombre y no una divinidad.

        Consecuencia de esta fidelidad a la Ley será el éxito de todos los proyectos del rey (w. 3ss) y, en particular, la permanencia de la casa de David sobre el trono de Israel, según la promesa del profeta Natán: de la estirpe de David, en efecto, nacerá el Mesías.

 

Evangelio: Marcos 6,7-13

En aquel tiempo,

7 llamó Jesús a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos.

8 Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón. Ni pan, ni zurrón, ni dinero en la faja.

9 Que calzaran sandalias, pero que no llevaran dos túnicas.

10 Les dijo además: - Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de aquel lugar.

11 Si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudid el polvo de la planta de vuestros pies, como testimonio contra ellos.

12 Ellos marcharon y predicaban la conversión.

13 Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

        **• Tras la visita a Nazaret, y antes de seguir su camino hacia otros territorios, envía Jesús en misión a los Doce (cf. 3,14ss), dándoles el poder de expulsar a los espíritus inmundos (v. 7).

        Podemos distinguir tres pasajes. En el primero, Jesús da disposiciones sobre el estilo de vida (w. 8ss): los enviados no deben llevar provisiones consigo, porque sólo podrán contar con la generosidad de aquellos a quienes se dirijan. En el segundo pasaje, el mandato precisa el método de la predicación: quedarse en la casa que los reciba, pero abandonarla sin añoranza si no les escuchan (w. lOss). Por último, al mandato de Jesús le sigue la ejecución: los discípulos parten, predican la conversión y su obra de exorcismo y de curación resulta eficaz (w. 12ss).

        Esta narración, en su sencillez, sigue un desarrollo lógico. La reducción de la vida a lo esencial, apoyada en una absoluta confianza en el Señor, es condición para poder estar por completo al servicio de la Palabra. La predicación de la Palabra de la verdad y la conformidad con sus dictámenes son, a su vez, dos condiciones para la eficacia de la actividad apostólica.

 

MEDITATIO

        Es posible que no nos preguntemos con una frecuencia suficiente cuáles son las cosas verdaderamente importantes en nuestra vida. Resulta fácil caer en tópicos, adecuarse a los sondeos televisivos, quedarse en la superficie: es importante tener un trabajo, una familia unida, la salud... Cambian las gradaciones, pero éstos son, más o menos, los términos que aparecen en nuestra escala de valores.

        Las lecturas de hoy nos proponen unos parámetros muy diferentes. Los discípulos de Jesús han abandonado ya el trabajo y la familia para seguirle; pues bien, ahora les envía también lejos de él, solos por el mundo, a anunciar el Evangelio. Les impone prescindir de todo lo que a nosotros nos parece indispensable: ni provisiones, ni alforjas, ni dinero, ni túnica de recambio, sino sólo sandalias y bastón. Antes de darle disposiciones más precisas a su hijo Salomón sobre el trato que debe reservar a los enemigos del reino, David le recomienda la obediencia fiel a los preceptos de la Ley, única condición para el buen éxito de cualquier proyecto.

        A buen seguro, la salud, la familia y el trabajo son cosas importantes. Pero no son las primeras que debemos buscar: no son la condición para poder seguir los caminos del Señor; al contrario, son su consecuencia. No digamos: tengo demasiado trabajo para poder comprometerme en el voluntariado; la familia me absorbe y no tengo tiempo de orar; mi salud es frágil y no puedo hacer nada por la Iglesia. Busquemos primero la Palabra del Señor y su alimento, y el resto vendrá por añadidura.

 

ORATIO

        Señor, ayúdame a buscar en primer lugar tu voluntad. Libérame de las preocupaciones sofocantes de la vida cotidiana. Concédeme la serenidad de los lirios del campo y de los pajarillos, que no se angustian por su supervivencia.

        Hazme generoso, Señor. Haz que piense antes en los otros que en mí mismo. Concédeme el discernimiento necesario para realizar cada vez elecciones justas. Señor, me gustaría ser capaz de dar testimonio de ti, de llevar tu Palabra a los hombres en el mundo en el que vivo. Pero me atosigan las dificultades, tengo demasiado miedo a no salir bien del envite, soy tímido y me falta seguridad. Hazme comprender que el éxito no depende de mis capacidades, sino de tu voluntad.

        Concédeme el don de la sencillez, Señor, para que sepa encontrar lo esencial y no me disperse en mil revuelos de actividades superfluas.

 

CONTEMPLATIO

        [El Señor] afirma que sólo puede seguir su camino e imitar su gloriosa pasión aquel que, dispuesto y expedito, no está enredado por los lazos de su patrimonio, sino que, libre y sin nada que le embarace, sigue él mismo a sus riquezas, que ya ha enviado como ofrenda a Dios.

        [...] A aquellos que buscan el reino y la justicia de Dios, les promete que les dará todo lo demás por añadidura. En efecto, puesto que todo pertenece a Dios, nada le faltará a quien posee a Dios, si él mismo no le falta a Dios (Cipriano, «De dominica oratione», en M. G. Mará [ed.], Ricchezza e povertá nel cristianesimo primitivo, Roma 31998, p. 152 [edición española: El padrenuestro (La oración dominical), Nueva Frontera, Madrid 1983]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Les ordenó que no tomaran nada para el camino, excepto un bastón» (Mc 6,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Jesús propone a sus discípulos que van en misión un estilo de vida que les afecta en cuanto personas. En efecto, Jesús les pide que vivan el compromiso misionero con sobriedad de vida, con  un estilo de pobreza en el alimento, en el vestido, en las exigencias cotidianas, en las relaciones interpersonales. El sentido profundo de esta reducción a lo esencial está en el hecho de que el Reino de Dios es tan importante, grande y suficiente que hace pasar a segundo plano «el resto».

        La propuesta del Señor a sus discípulos, que van en misión, es vivir con un estilo de gratuidad, de disponibilidad, de prontitud a todo. El motivo radical de esta actitud reside, una vez más, en el hecho de que el Reino de Dios, anunciado por nosotros, consiste precisamente en el amor gratuito, sin reservas y sin condiciones con el que Dios se pone a disposición del hombre.

        Así pues, la propuesta que hace Jesús no ha de ser entendida, en primer lugar o únicamente, como propuesta ascética; se trata de una propuesta mística, en el sentido de que este estilo de vida se convierte en el lenguaje a través del cual se expresa propiamente la naturaleza de lo que comunicamos, el Reino, que vale más que cualquier cosa y es don de la misericordia.

        Ahora bien, ¿qué significa para el apóstol ser pobre, convertirse en pobre? Como respuesta a esta pregunta intentamos tomar no sólo la relación pobreza-cosas, sino también la relación entre la pobreza y la propia persona. Queremos decir: puesto que el Reino de Dios es Dios mismo que se pone a disposición el hombre y que se quiere comunicar a él, el anuncio del Reino pasa como es debido sólo cuando su anunciador se pone a total disposición del hombre. No hay escapatoria. La lógica evangélica es ésta. La disponibilidad real y generosa respecto a la gente se convierte para nosotros en el modo de anunciar el Reino mismo, porque es lo que está en la mente y en el corazón de Dios.

        Como es natural, deberemos preguntarnos qué es lo que contrasta con esta orientación en [nuestra] vida. Creo, por ejemplo, que se ha de considerar como sustancialmente equivocado un estilo de vida o una mentalidad «burgueses» -en términos de dinero, de calendario anual, de uso del tiempo de cada día, etc.-. ...] Creó aún que esta perspectiva evangélica contrasta con el lecho de tener en cuenta aquellas palabras que dicen: Quod superest, date pauperibus. Contrasta con aquel orden de ideas para el que ciertos derechos, incluso en términos de rentas, son considerados como indiscutibles y de tal entidad que nadie puede decirnos nada. Ahora bien, ¿es precisamente verdad que Dios no puede decirnos nada? ¿Que no puede reprocharnos nada a ti y a mí, que queremos ser apóstoles, misioneros, anunciadores del Reino? [...] Este subrayado relativo al camino de la pobreza corre el riesgo de parecer muy retórico. En efecto, si no estamos atentos, todo se queda como está. Sin embargo, es difícil negar el hecho de que, entre las virtudes descritas por el Evangelio, la pobreza es, probablemente, de la que más habla Jesús. Me parece que el Señor quiere hacernos comprender que, si queremos llegar a ser misioneros, debemos hacernos pobres (R. Corti, Guai a me se non evangelizzo, Milán 1984, pp. 63ss).

 

Viernes de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Eclesiástico 47,2-11

2 Como se separa la grasa del sacrificio salvífico, así David fue separado de entre los hijos de Israel.

3 Jugaba con leones como con cabritos, con osos como con corderos.

4 Bien joven aún, ¿no mató al gigante y quitó así el oprobio de su pueblo, lanzando con la honda la piedra que abatió la soberbia de Goliat?

5 Porque él invocó al Señor Altísimo, que hizo fuerte su diestra para matar a un guerrero potente y devolver el honor a su pueblo.

6 Por eso celebraron su triunfo sobre diez mil, y lo alabaron como bendito del Señor, ciñéndole una corona de gloria.

7 Porque él destruyó a los enemigos del contorno y aniquiló a los filisteos, sus adversarios, machacando para siempre su poder.

8 Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo, con palabras de alabanza; con todo su corazón le cantó himnos, mostrando que amaba a su Creador.

9 Puso arpas para el servicio del altar, para que acompañaran con su música el canto.

10 Dio esplendor a las fiestas y ordenó perfectamente las solemnidades, haciendo que alabaran el santo nombre del Señor, llenando de cánticos el santuario desde el amanecer.

11 El Señor perdonó sus pecados y afianzó su poder para siempre, le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel.

 

        *» El libro del Eclesiástico o del Sirácida, compuesto probablemente a comienzos del siglo II antes de Cristo, era conocido hasta el siglo pasado sólo en su versión griega, realizada antes del año 132 antes de Cristo por un nieto del autor. Se trata de un libro sapiencial, y en su última parte muestra que la Sabiduría de Dios se ha manifestado en la historia de Israel. Entre otros, se habla también de David, presentado como el hombre elegido previamente por Dios para constituir el reino de Israel (v. 2).

        Las empresas de David están narradas de una forma poética y épica, como empresas de un héroe casi sobrehumano, un héroe que es tal sólo porque ha sido guiado por la mano de Dios. La grandeza de David consiste precisamente en someterse al Señor y en invocar su protección: «Porque él invocó al Señor Altísimo» (v. 5), «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (v. 8), «Puso arpas para el servicio del altar» (v. 9).

        Por esta fidelidad que mantuvo, y no por su fuerza de bandolero, le perdonó el Señor sus pecados y le concedió el reino, la victoria y, sobre todo, la descendencia mesiánica (v. 11).

 

Evangelio: Marcos 6,14-29

En aquel tiempo,

14 la fama de Jesús se había extendido, y el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían que era Juan el Bautista resucitado de entre los muertos y que por eso actuaban en él poderes milagrosos;

15 otros, por el contrario, sostenían que era Elías; y otros, que era un profeta como los antiguos profetas.

16 Herodes, al oírlo, decía: - Ha resucitado Juan, a quien yo mandé decapitar.

17 Y es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había condenado metiéndolo en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien él se había casado.

18 Pues Juan le decía a Herodes: - No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

19 Herodías detestaba a Juan y quería matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre recto y santo, y lo protegía. Cuando le oía, quedaba muy perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

21 La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la nobleza de Galilea.

22 Entró la hija de Herodías y danzó, gustando mucho a Herodes y a los comensales. El rey dijo entonces a la joven: - Pídeme lo que quieras y te lo daré.

23 Y le juró una y otra vez: - Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.

24 Ella salió y preguntó a su madre: - ¿Qué le pido? Su madre le contestó: - La cabeza de Juan el Bautista.

25 Ella entró en seguida y a toda prisa donde estaba el rey y le hizo esta petición: - Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza

de Juan el Bautista.

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa del juramento y de los comensales, no quiso desairarla.

27 Sin más dilación, envió a un guardia con la orden de traer la cabeza de Juan. Éste fue, le cortó la cabeza en la cárcel,

28 la trajo en una bandeja y se la entregó a la joven, y la joven se la dio a su madre.

29 Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

 

        *•• La redacción que nos presenta Marcos del martirio de Juan el Bautista es la más extensa, comparada con las de Mateo y Lucas. Nos refiere primero las opiniones de la gente sobre la identidad de Jesús, en respuesta a las preguntas de Herodes (el tema se repite en Mc 8,27ss, donde es el mismo Jesús quien interroga a sus discípulos). Herodes, atormentado por los remordimientos, cree reconocer en el Nazareno al profeta que él había hecho matar (v. 16): así es como queda introducida la narración.

        Se habla, en primer lugar, del arresto de Juan a causa de Herodías: el relato entra de inmediato en el meollo, señalando la valiente acusación al rey como causa del martirio del profeta (w. 18-20). Sigue la narración dramática de las intrigas de Herodías, con la figura de Salomé reducida a instrumento por su pérfida madre (w. 21-25). Herodes aparece aquí más como un hombre débil que como un malvado, súcubo de su mujer, incapaz de resistir a su instinto. Víctima de su mismo imprudente juramento, debe ordenar contra su propia voluntad la decapitación del profeta (w. 26-28). Sin embargo, el remordimiento le perseguirá. El relato se cierra con un toque de piedad: se entrega el cuerpo del profeta a sus discípulos, que le dan sepultura (v. 29).

 

MEDITATIO

        La grandeza de un hombre, según los criterios de la Biblia, se mide por su fidelidad a la Ley del Señor. En esto, las figuras, por otra parte tan diferentes, de David y Juan el Bautista pueden ser asociadas.

        Fidelidad al Señor significa asimismo claridad de juicio y valor en el testimonio. David muestra su fuerza de ánimo cuando hace frente al gigante y cuando combate a los enemigos de Israel, pero sobre todo cuando reconoce, con humildad, su pecado. Se le recuerda no tanto por haber unificado las tribus de Israel bajo su trono, sino por haberse sometido a la palabra del profeta que le fue dirigida en nombre de Dios. Juan no tuvo miedo ante el poderoso Herodes y no vaciló en pronunciar el juicio que le sugería la inspiración del Señor.

        La fe es un don frágil y pesado al mismo tiempo. Frágil, porque basta con poco para ahogarla dentro de nosotros; pesado, porque implica un cambio radical en nuestros criterios y en toda nuestra vida. Ahora bien, la palabra pesado tiene en hebreo la misma raíz que la palabra gloría: la gloria del Señor, que acoge junto a sí a David y al Bautista, es la contrapartida de un «peso» llevado con alegría, porque es «un yugo suave y ligero» (cf. Mt 11,30).

 

ORATIO

        Líbrame, Señor, de la tentación de buscar la gloria humana y de creer en las lisonjas del poder terreno. Son demasiadas las veces que el deseo de sobresalir, de asegurarme privilegios, de entrar en familiaridad con las personas «importantes», me lleva a olvidar la coherencia y la fidelidad a tus enseñanzas.

        Señor, hazme firme en la fe. Concédeme el coraje que no tengo. Hazme superar el respeto humano que me impide dar testimonio de ti frente al mundo.

        Haz que no vacile ante el deber de elegir. El débil Herodes, la oportunista Herodías, la superficial Salomé, están muy cerca de mí: concédeme, Señor, la fuerza de ponerme de parte de Juan el Bautista, de parte de la verdadera vida. Haz que no tenga más que tu Palabra en mi cabeza.

 

CONTEMPLATIO

        El que se mira sólo a sí mismo vive con poco temor de Dios, no observa la justicia; más aún, la traspasa y comete muchas injusticias; se deja contaminar por las lisonjas de los hombres unas veces por dinero, otras por complacer a quienes le piden un favor que será una injusticia obtenerlo; otras veces, para huir del castigo por la falta que había cometido, será liberado, allá donde la vara de la justicia debía caerle encima. Ése ha obrado como hombre inicuo. [...] ¿Cuál es el motivo? Tener amor propio, que es de donde brotan las injusticias. [...]

        Y, sin embargo, os digo que quisiera que fuerais justos, que reluciera en vuestro pecho la perla de la justicia (Catalina de Siena, Le lettere, Milán 1987, pp. 393ss [edición española: Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).

 

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por todas sus empresas daba gracias al Altísimo» (Eclo 47,8).

 

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Los periódicos están repletos de noticias alarmantes: corrupción, administradores que no respetan las leyes, juntas que caen, funcionarios envueltos en tormentas de escándalo, instituciones inoxidables corrompidas por la herrumbre de la sospecha.

        Dichosos vosotros si, en el asedio de los problemas comunitarios que os acosan, en el tráfico de las preocupaciones políticas que os angustian, en la encrucijada de los delicadísimos equilibrios que os mantienen como funámbulos suspendidos en el vacío, sois lo suficientemente testarudos para encontrar el espacio necesario para descongestionaros del afán de las cosas y para reconstruiros, en el interior de la familia, gruesas capas de humanidad. Lo sabéis: el pueblo os propone muchos problemas (la casa, el trabajo, la enseñanza, la salud) para que se los resolváis, y debéis hacerlo dando siempre prioridad a la parte más indefensa de vuestra gente. Con todo, existe la impresión de que, en ocasiones, el timonel de la barca sigue rumbos impuestos por los jeques locales, no por la gente pobre, y que las velas recogen sólo los vientos de quienes tienen más resuello en el cuerpo, y no los suspiros de quienes jadean porque carecen de todo.

        Tened el coraje de oponeros, pagando incluso con vuestra propia persona, cuando en la distribución de los cargos, en la asignación de las contratas de trabajo, en la elaboración de planes de fabricación, en la destinación de las áreas urbanas, se tienen presentes los intereses de los que están bien y se pisotean los derechos primarios de los que están sumidos en la desesperación o, en todo caso, se suplantan las exigencias de la comunidad.

        Frente [a la tragedia] que se consuma ante la indiferencia general, ¿cuáles deben ser las actitudes de las personas civiles que apenas quieren comenzar a deletrear el alfabeto de la solidaridad? En primer lugar, es menester denunciar los daños ya ocasionados (A. Bello, Vegliare nella notte, Cinisello B. 1995, pp. 9, 32ss, 164 [edición española: Asoma la esperanza, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).

 

 

Sábado de la 4ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 3,4-13

En aquellos días,

4 el rey fue a sacrificar a Gabaón, el altozano más importante, y ofreció mil víctimas en holocausto sobre aquel altar.

5 Allí, el Señor se le apareció en sueños durante la noche y le dijo: - Pídeme lo que quieras, que yo te lo daré.

6 Salomón respondió: - Tú favoreciste mucho a mi padre, David, tu siervo, porque caminó en tu presencia con fidelidad, justicia y rectitud de corazón, y le has conservado tu favor dándole un hijo que se sienta en su trono, como hoy sucede.

7 Y ahora, Señor, Dios mío, tú me has hecho rey a mí, tu siervo, como sucesor de mi padre, David, pero yo soy muy joven y no sé cómo gobernar.

8 Tu siervo está en medio del pueblo que te has elegido, un pueblo numeroso, que no se puede contar y cuya multitud es incalculable.

9 Da, pues, a tu siervo un corazón sabio para gobernar a tu pueblo y poder discernir entre lo bueno y lo malo. Porque ¿quién, si no, podrá gobernar a un pueblo tan grande?

10 Agradó mucho al Señor esta petición de Salomón,

11 y le dijo: - Ya que me has pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para obrar con justicia,

12 te concederé lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no ha habido antes de ti ni lo habrá después.

13 Pero además te añado lo que no has pedido: riquezas y gloria en tal grado que no habrá en tus días rey alguno como tú.

 

        **• El fragmento narra el sueño de Salomón siguiendo la estructura de la fábula popular. El protagonista aparece como el héroe positivo que sigue la Ley y ofrece sacrificios al Señor, por lo cual puede pedir algo como don (w. 4ss).

        En este punto, aparece la grandeza de Salomón en el núcleo del fragmento (w. 6-9): tras haber recordado los beneficios concedidos por el Señor a David (v. 6), confiesa el rey su propia juventud e inexperiencia (v. 7) y pide sabiduría para gobernar al pueblo según la justicia (w. 8ss). Las expresiones usadas por Salomón son típicas del lenguaje sapiencial y profético: «un corazón sabio» para gobernar al pueblo y poder para «discernir entre lo bueno y lo malo». El «corazón», según la antropología bíblica, es la sede del pensamiento y el lugar donde se toman las decisiones profundas.

        Como en las fábulas, la petición complace a su destinatario y no sólo es escuchada, sino que éste añade también aquello que el joven no ha pedido: además de la sabiduría, la riqueza y la gloria en mayor medida que cualquier otro rey (vv. 11-13).

 

Evangelio: Marcos 6,30-34

En aquel tiempo,

30 los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

31 Él les dijo: - Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco. Porque eran tantos los que iban y venían, que no tenían ni tiempo para comer.

32 Se fueron en la barca, ellos solos, a un lugar despoblado.

33 Pero los vieron marchar y muchos los reconocieron y corrieron allá, a pie, de todos los pueblos, llegando incluso antes que ellos.

34 Al desembarcar, vio Jesús un gran gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

        **• Tras el paréntesis sobre el martirio del Bautista, el fragmento enlaza de nuevo con el envío en misión de los Doce (Mc 6,7-13). Se trata de un breve momento de intimidad entre Jesús y los suyos. A la vuelta de la misión, refieren los discípulos al Maestro cómo les ha ido. Éste les invita a descansar con él en un lugar solitario (v. 31). Es raro que el grupo de Jesús consiga separarse de la multitud, e incluso esta vez la soledad dura poco de hecho: el espacio que ocupa un versículo (v. 32), el más breve, que, de manera significativa, se encuentra en el centro del pasaje. Inmediatamente después, la gente, que había hecho a pie el trayecto a lo largo de la orilla del lago, alcanza a Jesús. Éste, compadecido de ella, la acoge.

        La perícopa tiene una estructura en quiasmo, esto es, en forma de «X». Al v. 30, acción y enseñanza de los discípulos, le corresponde el v. 34, la enseñanza de Jesús; al v. 31, propuesta de alejarse de la multitud, le corresponde el v. 33, donde la multitud vuelve a ser protagonista con un movimiento de nueva aproximación a Jesús. La atención se concentra en el v. 32, puesto en el centro, cuando el grupo se dirige en barca hacia un lugar apartado: la comunidad de los Doce se reagrupa y reanima, en vistas a la nueva y magna sección de los milagros con la doble multiplicación de los panes.

        El milagro de los panes, con su hondo significado, es anunciado previamente por la doble alusión a la necesidad insatisfecha de alimento, material y simbólico: los discípulos «no tenían ni tiempo para comer» (v. 31), las muchedumbres «eran como ovejas sin pastor» (v. 34).

 

MEDITATIO

        Lo esencial en la vida no es lo que parece más importante a los ojos de los hombres. El poder y la gloria del más grande entre los reyes de Israel es nada frente a la Palabra del Señor: Salomón no es grande, en la historia de la salvación, por sus riquezas, por sus relaciones con los imperios del tiempo, ni siquiera por la sensatez de sus juicios. Salomón es grande porque supo dirigir al Señor la oración justa. No se consideró a sí mismo como sabio, sino que imploró, como un don de lo alto, la sabiduría, y la obtuvo gracias a esta humildad suya.

        Cuando los discípulos vuelven con Jesús a contarle el éxito de su misión («expulsaban a los demonios y curaban a los enfermos»: Me 6,13), el Maestro no hace caso a lo que cuentan, sino que los llama para algo más esencial aún que el éxito: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco» (6,31). En el mundo convulso en el que nos hemos acostumbrado a vivir, hemos perdido la dimensión del reposo; nos creemos generosos y buenos porque nos dispensamos sin reserva, sin conservar ya espacio alguno para nosotros, sin casi tener tiempo para «comer».

        Jesús nos recuerda que no es posible vivir sin alimento. Nos recuerda la simple realidad de nuestra condición humana, donde mostrarse demasiado activo tal vez signifique presunción y orgullo. Pero nos recuerda, sobre todo, el alimento del que no podemos prescindir, so pena de la nulidad de todo lo demás: sin retirarnos aparte para la oración, sin acercarnos a la mesa de la Palabra y de la eucaristía, se seca nuestro corazón y se marchita nuestra fe.

 

ORATIO

        La oración, Señor, no resulta tan fácil. Es preciso hacer silencio dentro de nosotros, retirarnos aparte, si no físicamente, sí al menos con el pensamiento y en lo que atañe a las preocupaciones.

        Ayúdame, Señor, porque no sé buscar la soledad donde pueda estar solo contigo. No sé ni siquiera buscar el reposo, y el «tiempo libre» me dispersa en mil distracciones. Libérame tú, Señor, del apremio que supone tener siempre algo que hacer, del frenesí de estar siempre en medio de la gente, de la búsqueda extenuante de rumores y confusión. Ya no sabemos escuchar el silencio, y hasta en los templos, durante las celebraciones, llenamos todos los huecos de músicas y cantos.

        Concédeme la capacidad de descubrir tu voz en las cosas pequeñas: en el reposo, en el sueño, cuando todo lo demás está en silencio y sólo tú puedes entrar en lo íntimo de los corazones. Hazme atento, Señor, y haz que también yo, como Salomón, te pida sabiduría.

 

CONTEMPLATIO

        Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi apóstol dice: In quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae Dei absconditi; esto es: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios (Col 2,3); los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber (san Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid l41994, libro 2, capítulo 22, nn. 3-4, p. 368).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Da, pues, a tu siervo un corazón sabio» (1 Re 3,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Día tras día tenemos que tomar gran cantidad de decisiones. Hablar o callar, optar por uno u otro extremo de una alternativa, elegir entre más posibilidades, aceptar o declinar una invitación o una llamada, hacer una cosa o simplemente omitirla: son algunos de los múltiples aspectos de esa experiencia elemental que es la capacidad de decidir, característica fundamental de nuestra condición humana. Son muchas las opciones que forman parte de cualquier hábito casi automático, de esos que no exigen ninguna atención especial; ahora bien, en la vida se presentan momentos fuertes que nos ponen frente a situaciones difíciles. Algunas veces la decisión es de gran alcance: sus consecuencias son tal vez irreversibles y afectan a lo profundo de nuestra vida o, en ocasiones, al destino de muchos [...] [La] dimensión central de la vida del Salvador, que es vivir en un contexto de oración la toma de sus decisiones, constituye un dato evangélico primario, al que debemos estar atentos en nuestro esfuerzo de autoevangelización y de crecimiento en la fe.

        Las grandes decisiones que debe tomar un cristiano en su vida no pueden perder de vista los ejes de referencia de su propia opción fundamental. Por eso no deben ser el resultado puro y simple de un proceso desvinculado, funcionalmente, de aquello que da alimento y significado existencial a la vocación cristiana. Para un cristiano, decidir es esforzarse por encontrar y hacer explícita por sí mismo la voluntad del Señor, y eso no es fácil. No lo es, sobre todo, cuando se amplía la gama de las posibles opciones o cuando gozamos de libertad plena para inclinar la balanza de un lado o de otro, por ser ambos buenos y recomendables. Y es que aquí estamos hablando precisamente de ese tipo de decisiones cuyo objeto es siempre bueno. No considero aquí el caso de la elección entre un bien y un mal: hablo de la opción entre bienes reales, eventualmente tan buenos que nos hacen difícil llegar a una conclusión límpida sobre la orientación que hemos de tomar. [...]

        Sólo una rectitud total, en presencia del Señor, nos permite localizar poco a poco el subsuelo profundo de nuestra voluntad y de nuestro obrar. Intentar hacerlo ya es, en parte, caminar hacia la libertad. Con la fuerza del Espíritu en nosotros, y a través de su acción sobre nosotros en la oración, empezaremos a comprender en lo más íntimo de nosotros mismos y llegaremos a percibir, en la verdad, cuan relativo es todo lo que no es Dios en nuestra vida.

        Las grandes decisiones que hemos de tomar en nuestra vida forman parte de la manifestación y del incremento del Reino de Dios: en consecuencia, deben ser tomadas en el ámbito de la conciencia cristiana, a saber: en el ámbito de la orientación y de la referencia de todo nuestro ser a Dios y a los hermanos, a la luz de los criterios y los valores fundamentales que nos explica Jesús en su vida y en su mensaje. Eso no es posible si no vivimos el discernimiento de la decisión en un contexto de oración; sólo ésta, en efecto, nos hace libres para referir nuestra verdad a la verdad de Dios, condición imprescindible de paz y de rectitud frente a la decisión. Discernir en la oración es abrirse sin reservas, en medio de la libertad y de la verdad, para buscar lo que Dios quiere. Decidir, practicando el discernimiento y la oración, es disponerse a expresar, en la vida y con la vida, la voluntad del Señor tal como la hemos reconocido y hecho nuestra (M. Azevedo, La preghiera nella vita, Milán 1989, pp. 219-228, passim [edición española: La oración en la vida, desafío y don, Editorial Verbo Divino, Estella 1990)].

 

Lunes de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,1-7.9-13

En aquellos días,

1 Salomón convocó en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de tribu y cabezas de familia de los israelitas, para trasladar el arca de la alianza del Señor desde la ciudad de David (es decir, Sión).

2 Se reunieron en torno al rey Salomón todos los israelitas el mes de Etanín, que es el mes séptimo, con motivo de la fiesta.

3 Cuando llegaron los ancianos de Israel, los sacerdotes tomaron el arca

4 y la subieron junto con la tienda del encuentro y todos los utensilios sagrados que había en ella.

5 La subieron los sacerdotes y los levitas.  El rey Salomón y toda la asamblea de Israel con él inmolaron ante el arca ovejas y toros en gran cantidad.

6 Los sacerdotes dejaron el arca de la alianza del Señor en su lugar, en el camarín del templo, es decir, en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines.

7 Los querubines tenían las alas extendidas sobre el lugar en el que se encontraba el arca, cubriendo el arca y sus varales.

9 En el arca no había más que las dos losas de piedra, depositadas en ella por Moisés en el Horeb, cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto.

10 Mientras los sacerdotes salían del lugar santo, una nube llenó el templo del Señor,

11 de modo que los sacerdotes no podían oficiar, por causa de la nube. La gloria del Señor llenaba el templo.

12 Entonces, Salomón exclamó: Tú, Señor, dijiste que habitarías en una nube oscura.

13 Pero yo te he construido una casa para que vivas en ella, un lugar donde habites para siempre.

 

        *• Se trata de una etapa importante de la historia de la salvación, de esas que marcan el cumplimiento de una larga espera y prefiguran la venida de una realidad ulterior.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, y mientras relee la historia de Israel a la luz de Cristo, Esteban nos habla así: «Nuestros antepasados tenían en el desierto la tienda del testimonio, como había dispuesto el que mandó a Moisés hacerla según el modelo que había visto. Después de recibirla, nuestros antepasados la introdujeron, bajo la guía de Josué, en la tierra conquistada a los paganos, a quienes Dios expulsó delante de ellos. Así hasta los días de David. Esto agradó a Dios y suplicó el favor de encontrar un santuario para la estirpe de Jacob. Con todo, fue Salomón quien le edificó una casa» (Hch 7,44-47).

        La construcción del templo de Salomón representa, por consiguiente, la culminación de esta historia que parte de la promesa de Dios en el Sinaí: «Me harán un santuario y habitaré entre ellos» (Ex 25,8).

        Es la historia del éxodo: un pueblo que se va constituyendo en torno a la alianza, cuya memoria itinerante es el arca; un camino guiado por el Dios-Presente, el Dios a quien la nube oculta y revela; una relación cada vez más profunda y personal entre Dios y el hombre, una relación de la que la gloria del Señor es signo luminoso, esplendor consistente que brilla en el rostro de quien ha encontrado a Dios. Ésta es la historia que, como signo, encierra el templo.

 

Evangelio: Marcos 6,53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos,

53 terminada la travesía, tocaron tierra en Genesaret y atracaron.

54 Al desembarcar, lo reconocieron en seguida.

55 Se pusieron a recorrer toda aquella comarca y comenzaron a traer a los enfermos en camillas a donde oían decir que se encontraba Jesús.

56 Cuando llegaba a una aldea, pueblo o caserío, colocaban en la plaza a los enfermos y le pedían que les dejase tocar siquiera la orla de su manto, y todos los que lo tocaban quedaban curados.

 

        *•• Encontramos a Jesús tras la enésima travesía del lago, casi ha cosido las dos orillas: la del este, orilla de los paganos; la del oeste, orilla de los judíos. Una vez llegado a Galilea -y la gente lo reconoce-, nos describe el evangelista Marcos una escena que, de modo figurativo, muestra el cumplimiento de las promesas de salvación mesiánica anunciadas por los profetas. Desde Isaías: «Al final de los tiempos estará firme el monte del templo del Señor; sobresaldrá sobre los montes, dominará sobre las colinas. Hacia él afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos. Dirán: "Venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Él nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus sendas"» (Is 2,2-3), a Zacarías: «Todavía han de venir gentes y habitantes de ciudades populosas. Los habitantes de una ciudad irán a decir a los de la otra: "Vamos a invocar al Señor todopoderoso y a pedir su protección. Yo también voy contigo"» (Zac 8,21-22).

        Convergen a Jesús todos los que se reconocen menesterosos de salvación: «gente que tiene cualquier mal», todos los que estaban «enfermos». La enfermedad y la debilidad quedan expuestas «en la plaza», sin vergüenza, en presencia de Jesús y con la confianza de que bastará con tocarle, aunque sólo sea «siquiera la orla de su manto », para quedar curado. Zacarías había profetizado: «En aquellos días, diez extranjeros agarrarán a un judío por el manto y le dirán: "Queremos ir con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros"» (Zac 8,23). El que acude a Jesús lo ha intuido: Dios está con él. Ahora bien, después de haberlo encontrado, puede comprender de veras que, en Jesús, Dios está con nosotros y para nosotros.

 

MEDITATIO

        Este evangelio, con el afán de tocar a Jesús y la carrera para alcanzar y estrechar algo de él, enciende en el corazón la intuición luminosa que un día abrasó a Pablo: «En Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad». Es en Jesús donde habita, como en el verdadero y definitivo templo, la plenitud de Dios «somatizada». Y «habéis alcanzado vosotros [nosotros] su plenitud» (Col 2,10). Una lógica continua y discontinua respecto a la que había erigido el templo de Salomón.

        En efecto, el cuerpo de Cristo, su humanidad, es la realidad que prefiguraba el templo: Dios en medio de su pueblo. Ahora bien, con Jesús, el arca de la alianza ya no soporta quedar encerrada en el Santo de los Santos: Jesús circula por las calles, nos sale al encuentro. Y si alguien fue golpeado por la muerte al instante por haber tocado el arca (cf. 2 Sm 6,7), Jesús, por el contrario, vino precisamente para hacerse alcanzar, para hacerse «tocar».

        Para nosotros, hoy, el cuerpo de Cristo es la Iglesia, que prolonga su humanidad en la historia y en el tiempo, hasta que toda la familia humana se haya vuelto tienda, santuario del encuentro entre Dios y el hombre.

 

ORATIO

        Oh Cristo, único mediador nuestro, tú nos eres necesario para entrar en comunión con Dios Padre, para llegar a ser contigo, que eres el Hijo único y Señor nuestro, sus hijos adoptivos, a fin de ser regenerados en el Espíritu Santo. Tú nos eres necesario, oh único verdadero maestro de las verdades recónditas de la vida, para conocer nuestro ser y nuestro destino, el camino para conseguirlo. Tú nos eres necesario, o gran paciente de nuestros dolores, para conocer el sentido del sufrimiento y para dar a éste un valor de expiación y de redención.

Tú nos eres necesario, oh Cristo, oh Señor, oh Dios con nosotros... (Pablo VI).

 

CONTEMPLATIO

        Entre la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y la fragilidad e iniquidad de los seres humanos, se ha hecho mediador un Hombre. No inicuo, pero sí débil.

        Así, por el hecho de no ser inicuo, te une a Dios; y por el hecho de ser débil se hace próximo a ti. Ahora, para que hubiera un mediador entre el hombre y Dios, el Verbo se ha hecho carne, es decir, el Verbo se ha hecho hombre (Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 29, II, 1).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todos los que lo tocaban quedaban curados» (Mc 6,56).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En un sentido verdadero, los cristianos son gente que ya no tiene templo: con la venida de Cristo, el templo material, el edificio, ya no es el signo por excelencia de la presencia de Dios entre nosotros. Nuestro modo de encontrarnos con Dios ya no será el «subir al templo»; por lo demás, también los israelitas podían ir a él y desarrollar ritos espléndidos, espectaculares, sugestivos, sin poner en ellos «el corazón» y, por consiguiente, sin llevar a cabo una verdadera comunión con Dios. El lugar de la presencia de Dios para nosotros, aquel en el que Dios se ha manifestado y en el que podemos encontrarle, es «el templo de la humanidad de Cristo».

        Y esto hemos de entenderlo en dos sentidos. En primer lugar, en el sentido de que el lugar de mi encuentro con Dios es el vínculo entre Jesucristo y yo. Llego a ser hijo de Dios como Jesucristo: eso es el encuentro con Dios. Y en segundo lugar, en el sentido de que «el templo de la humanidad de Cristo» es toda la humanidad, que es su esposa y su cuerpo. No es posible encontrar a Dios sin encontrar todo lo que Dios encuentra (G. Moioli, Temí cristiani maggiorí, Milán 1992, pp. 104ss, passim).

 

 

Martes de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 8,22-23.27-30

En aquellos días,

22 Salomón se colocó ante el altar del Señor a la vista de toda la asamblea de Israel y, levantando sus manos al cielo,

23 dijo: - Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú ni en los cielos ni en la tierra. Tú guardas fielmente la alianza hecha con tus siervos, si caminan en tu presencia de todo corazón.

27 Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra? Si el universo en toda su inmensidad no te puede contener, ¡cuánto menos este templo construido por mí!

28 No obstante, atiende, Señor, Dios mío, la oración y la súplica que tu siervo te dirige hoy;

29 ten tus ojos abiertos noche y día sobre este templo, al que te referiste diciendo: «Aquí se invocará mi nombre». Escucha la plegaria que tu siervo te hace en este lugar.

30 Escucha las súplicas que tu siervo y tu pueblo Israel te hagan en este lugar; escúchalas desde el cielo, lugar de tu morada, atiéndelas y perdona.

 

        *•• Ahora que la construcción del templo de Jerusalén ha terminado y la gloria del Señor ha tomado posesión del mismo, presenta Salomón su plegaria. En el corazón de la misma, como la chispa de fuego de donde brotan la alabanza y la invocación, está el estupor que experimenta el hombre ante el Dios-presente, ante un Dios que quiere habitar en la tierra. «Pero ¿acaso puede habitar Dios en la tierra?» (v. 27a). En efecto, la realidad más preciosa que custodia el templo -más que el oro con el que Salomón ha hecho revestir el altar y las puertas, más que las columnas de bronce y más que todos los adornos sagrados- es la presencia de Dios, es la alianza con la que el Señor ha elegido unirse a su pueblo.

        Una alianza de la que el templo es memoria estable, así como silencioso y elocuente relato. A continuación, la plegaria, tal como se presenta, descubre el fondo de la realidad: la «casa» que Salomón ha hecho construir para el Señor no es una morada que pueda contenerlo-capturarlo.

        La presencia de Dios no está condicionada a aquel lugar y a aquel espacio, porque Dios está presente allí donde se vive la alianza.

 

Evangelio: Marcos 7,1-13

En aquel tiempo,

1 los fariseos y algunos maestros de la Ley procedentes de Jerusalén se acercaron a Jesús

2 y observaron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavárselas

3 (es de saber que los fariseos y los judíos en general no comen sin antes haberse lavado las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus antepasados;

4 y al volver de la plaza, si no se lavan, no comen; y observan por tradición otras muchas costumbres, como la purificación de vasos, jarros y bandejas).

5 Así que los fariseos y los maestros de la Ley le preguntaron: - ¿Por qué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?

6 Jesús les contestó: - Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.

8 Vosotros dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a la tradición de los hombres.

9 Y añadió: - ¡Qué bien anuláis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!

10 Pues Moisés dijo: «Honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga a su padre o a su madre será reo de muerte».

11 Vosotros, en cambio, afirmáis que si uno dice a su padre o a su madre: «Declaro corbán, es decir, ofrenda sagrada, los bienes con los que te podía ayudar»,

12 ya le permitís que deje de socorrer a su padre o a su madre, anulando así el mandamiento de Dios con esa tradición vuestra que os habéis transmitido. Y hacéis otras muchas cosas semejantes a ésta.

 

        **• La progresiva revelación de la identidad de Jesús, en la que nos va introduciendo con su evangelio Marcos, incluye asimismo la revelación de una relación nueva entre los discípulos del Nazareno y las reglas que observan los hombres a fin de estar preparados para el encuentro con Dios (ser puros). «¿Porqué tus discípulos no proceden conforme a la tradición de los antepasados» (v. 5). Antes incluso de que Jesús pronuncie una respuesta, él mismo, su persona, se pone frente a nosotros como la respuesta.

        El «porqué», en efecto, es precisamente él. Jesús, al revelarse como el Hijo de Dios, como el mediador entre Dios y los hombres, relativiza de un golpe todas las reglas y preceptos humanos. No los anula, sino que nos muestra que son válidos si están en relación con él; con él, que es la norma, la encarnación del mandamiento de Dios, la Palabra viva. Aquí está en juego el contenido de la tradición, a saber: lo que se ha de transmitir de la fe; lo que cuenta de verdad y resulta indispensable para entrar en comunión con Dios, y lo que puede ser también bueno, pero siempre es relativo. Los preceptos de los fariseos son «tradición de los antiguos», «tradición de los hombres», «tradición vuestra». Que es como decir: vosotros os transmitís a vosotros mismos.

 

MEDITATIO

        Somos presa del estupor frente a algo que no nos esperamos, frente a algo mucho más bello y mucho más importante que lo que consideramos importante y bello. Y lo que mayor estupor puede despertar en la vida es darse cuenta de que Dios está con nosotros, reconocer que esta historia que estoy viviendo está toda ella dentro de la alianza: se desarrolla en su casa. Que el vínculo con Dios fundamenta el sentido y la dignidad de mi persona, incluso antes de que yo pueda hacer alguna cosa sensata y digna. La oración nace aquí: una mezcla entre el impacto que recibe quien se descubre amado antes, amado gratis, y la inconsciencia de quien por esto se encuentra libre, libre de darle largas a Dios. A quien se pregunte cómo se ha llevado a cabo este vínculo, cómo se vive la alianza, el evangelio de hoy le presenta la Palabra que va al corazón y desenmascara las poses de fachada. El tipo de relación que Dios nos ofrece en Jesucristo es vital: de vida a vida. Hasta tal punto que la acostumbrada pretensión humana de fijarla en rígidos esquemas se convierte en uno de los mayores obstáculos para que se lleve a cabo el encuentro. En tiempos de desorientación, como son los nuestros, puede sorprendernos la tentación de ir a la caza de seguridades y de adherirnos a prácticas, ceremonias y costumbres «antiguas», a «los nuestros», a «lo nuestro».

        Estamos convencidos -a hurtadillas-, como los fariseos y los maestros de la Ley, de que la fidelidad a Dios consiste enteramente en eso. Ahora bien, la Palabra de Dios no secunda este tipo de necesidades; al contrario, nos llama a asumir el riesgo de entablar nuevas relaciones, totales: con Dios y entre nosotros.

 

ORATIO

        Concédenos, Padre, asombrarnos siempre de nuevo ante al misterio que llevas a cabo para nosotros en Jesús, tu Hijo.

        Haz que siempre sepamos reconocer el carácter provisorio de todo lo que es menos que tú, para cantar en nuestra vida la invencible alegría de quien ha creído en la Palabra de tu Promesa. Amén. Aleluya. (B.            Forte).

 

CONTEMPLATIO

        No es demasiado pequeño el corazón del creyente para aquel a quien no le bastó el templo de Salomón. Nosotros, en efecto, somos el templo del Dios vivo. Como está escrito: «Habitaré en medio de ellos». Si un personaje importante te dijera: «Voy a habitar en tu casa», ¿qué harías? Si tu casa es pequeña, no hay duda de que te quedarías desconcertado, te espantarías, preferirías que el encuentro no tuviera lugar. Ahora bien, tú no temes la venida de Dios, no temes el deseo de tu Dios. Al venir, no te reduce el espacio; al contrario, cuando venga, será él quien te dilate (Agustín de Hipona, Sermón 23, 7).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Pero acaso puede habitar Dios en la tierra?» (1 Re 8,27).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Estamos aún en los bajos fondos, en los sótanos de la vida espiritual: también nosotros, que algunas veces nos mostramos un tanto burócratas, debemos ascender a la planta superior. Subir a la planta superior significa en nuestro caso superar la frialdad de un derecho sin caridad, de un silogismo sin fantasía y sin inspiración, de un cálculo sin pasión. Significa superar la frialdad de un logos sin sophia, de un discurso sin sabiduría y sin corazón. Significa no contentarnos con el acopio de nuestras pequeñas virtudes humanas, como si éstas pudieran comprarnos el Reino de Dios, cuando sabemos que es el Señor quien nos da la fuerza para ser buenos y humildes. En efecto, el Señor no nos ama porque seamos buenos, sino que nos hace ser buenos porque nos ama... María, inquilina acostumbrada a la planta superior, nos alivia de un estilo pastoral «atareado», sin inspiración, de una experiencia de oración requerida sólo por el guión, sin sobresaltos de fantasía, sin emoción. Nos rescata del achatamiento de nuestra vida interior en el ámbito de las trivialidades, del afán de las cosas por hacer que nos impiden elevarnos a ti (A. Bello, Cirenei della gioia, Cinisello B. 1995, pp. 44ss).

 

 

Miércoles de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 10,1-10

En aquellos días,

1 la reina de Sabá, al oír la fama de Salomón, vino para ponerle a prueba con enigmas.

2 Hizo su entrada en Jerusalén con un gran séquito y con camellos cargados de perfumes, oro y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Se presentó a Salomón y le manifestó todo lo que tenía pensado decirle.

3 Salomón contestó a todas sus preguntas; no hubo ninguna cuestión tan oscura que el rey no pudiera resolver.

4 Cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón y el palacio que se había construido,

5 los manjares de su mesa, las casas de sus cortesanos, el porte de sus servidores y sus uniformes, sus provisiones de bebidas y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó maravillada,

6 y dijo al rey: - Era verdad lo que yo había oído en mi país acerca de ti y de tu sabiduría.

7 Yo no quería creerlo, hasta que he venido y lo he visto con mis propios ojos, pero veo que no me habían dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus riquezas superan la fama que había llegado a mis oídos.

8 ¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría!

9 ¡Bendito el Señor, tu Dios, que ha tenido a bien sentarte en el trono de Israel! Por su amor eterno a Israel, te ha constituido su rey, para administrar el derecho y la justicia.

10 La reina obsequió al rey con cuatro mil kilos de oro, perfumes y piedras preciosas en cantidad fabulosa. Jamás se vio tanta cantidad de perfumes como la ofrecida al rey Salomón por la reina de Sabá.

 

        **• Este fragmento nos presenta el marco conclusivo de la primera parte del primer libro de los Reyes, en donde se narra la historia del rey Salomón. Se trata de la descripción del esplendor, de la riqueza y de la estabilidad que alcanzó el reino con Salomón, tal como se nos había anticipado algunos capítulos antes: «Salomón sucedió a su padre, David, en el trono, y su reino se consolidó firmemente» (1 Re 2,12).

        En estos versículos se pone de relieve la floreciente actividad comercial entre Israel y los pueblos del Oriente Próximo, y a este respecto resulta significativo que sea precisamente una «desconocida» reina de Sabá, probablemente la regente de alguna de las lejanas tribus sabeas que se habían establecido en el norte de Arabia, la que emprendiera un viaje tan largo, hasta Jerusalén, para conocer a Salomón. La sabiduría de la que habla el texto, según la mentalidad de todo el Oriente antiguo, es la del buen gobierno, de acuerdo al cual la primera cualidad que debe tener un rey es la de ser justo. Salomón la ha pedido y Dios se la ha concedido (cf. 3,5-15; 5,9-14), de suerte que la reina de Sabá puede exclamar: «¡Feliz tu gente, felices tus servidores, que están siempre a tu lado y escuchan tu sabiduría!» (v. 8).

        La imagen del gran movimiento de las tribus sabeas hacia Jerusalén vuelve en los libros de los profetas (cf Is 60,6): Sabá representa a los pueblos que se convierten y vienen al verdadero Dios, tal como canta también el salmista: «Que los reyes de Tarsis y de los pueblos lejanos le traigan presentes; que los monarcas de Arabia y de Sabá le hagan regalos» (Sal 72,10). Por último, en el Nuevo Testamento, Mateo utiliza esta referencia como llamada a la fe en Jesucristo. Se trata de una llamada dirigida a todos: a las jóvenes comunidades cristianas, aunque de manera especial a los judíos. Estos últimos, al revés que los paganos, rechazan la salvación traída por Jesús y no reconocen que «aquí hay uno que es más importante que Salomón» (Mt 12,42).

 

Evangelio: Marcos 7,14-23

En aquel tiempo,

14 llamando Jesús de nuevo a la gente, les dijo: - Escuchadme todos y entended esto:

15 Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.

16 Quien tenga oídos para oír que oiga.

17 Cuando dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de la comparación.

18 Jesús les dijo: - ¿De modo que tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo,

19 puesto que no entra en su corazón, sino en el vientre, y va a parar al estercolero? Así declaraba puros todos los alimentos.

20 Y añadió: - Lo que sale del hombre, eso es lo que mancha al hombre.Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez.

21 Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre.

 

        **• Estamos en plena discusión con los fariseos sobre «la tradición de los antiguos». La palabra y la atención se dirigen ahora de nuevo a la gente común, al pueblo: volvemos a encontrar, en efecto, a Jesús adoctrinando a la gente y, en un segundo momento, se dirige aparte a los discípulos. Toda la argumentación gira en torno a cuestiones legales muy delicadas para la mentalidad del piadoso judío observante. El tema está relacionado con la cuestión de lo puro y de lo impuro, con una referencia particular a los alimentos. Se trata de una cuestión central para la tradición judía, hasta el punto que constituye uno de los problemas más candentes por los que habían pasado las primeras comunidades de los creyentes. Podemos subdividir el texto en tres escenas: la enseñanza de Jesús a la gente (w. 14-16); el dicho de Jesús (v. 15); la enseñanza a los discípulos (w. 17-23): la verdadera impureza, el corazón, el catálogo de vicios.

        El tema central de toda la perícopa es el comportamiento de los hombres respecto a las exigencias del Reino de Dios. Los fariseos reclaman la pureza a propósito de las abluciones, y Jesús responde tomando en consideración el problema más general de la impureza atribuida por la Ley a ciertos alimentos. Traslada el problema y lo sitúa en su centro: el corazón del hombre.

        Los últimos versículos, por último, constituyen un catálogo de vicios que podemos encontrar, ampliamente documentados, en toda la literatura paulina. Y es precisamente el eco de san Pablo lo que resuena entre líneas: «No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior» (Rom 12,2).

        «Renunciad a vuestra conducta anterior y al hombre viejo, corrompido por apetencias engañosas. De este modo, os renováis espiritualmente y os revestís del hombre nuevo creado a imagen de Dios, para llevar una vida verdaderamente recta y santa» (Ef 4,22-24).

 

MEDITATIO

        «Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre.» Estamos frente a un nuevo principio de la moral cristiana: todo lo que hago es puro en la medida en que está en relación con la persona del Señor Jesús. San Pablo habría dicho: «Lo que hagáis, hacedlo con el mayor empeño, buscando agradar al Señor y no a los hombres» (Col 3,23ss).  Se trata de una invitación explícita: «Escuchadme todos y entended esto».

        El hombre, de una manera casi subversiva, queda puesto frente a sí mismo, frente a las actitudes y deseos de su corazón; en una palabra, frente a las intenciones profundas que motivan sus opciones y sus decisiones. Queda colocado de nuevo en la posición justa: bajo la mirada de Dios. Frente a su Señor no puede esconderse, aunque puede no conocerse a fondo. Por eso hay aquí, ante todo, una invitación a «comprender », una invitación que tiene que ver, principalmente, con el conocimiento de nosotros mismos. Una invitación a recibir como don de Dios una comprensión más profunda de la realidad. Es la invitación a derribar la pretensión farisaica presente en nosotros y que nos lleva a intentar poseer y administrar el misterio de Dios; la invitación a dejarnos más bien investir y transformar por la desconcertante novedad que es Dios cuanto entra en nuestra vida.

        La Palabra de Dios que nos alcanza nos sitúa en un principio nuevo de obediencia: «Escuchadme todos», poniendo así el principio de la escucha como criterio de juicio y de discernimiento. Escucha de la historia contemporánea y de la Iglesia; escucha de los más débiles e indefensos en la sociedad y en la comunidad; escucha de las verdaderas necesidades del hombre; escucha del grito de los que sufren y de los oprimidos; escucha de la Palabra de Dios que es Cristo, presencia resucitada y viva en medio de nosotros; escucha como raíz del seguimiento de Cristo-Verdad, que supera los esquemas que cada uno de nosotros es muy capaz de construir y justificar y que nos llama a ser sus verdaderos discípulos en la escuela de la Verdad por el camino de la interioridad.

 

ORATIO

        ¡Oh Verdad, lumbre de mi corazón, no me hablen mis tinieblas! Me incliné a éstas y me quedé a oscuras, pero desde ellas, sí, desde ellas te amé con pasión. Erré y me acordé de ti. Oí tu voz detrás de mí, que volviese; pero apenas la oí por el tumulto de los sin-paz. Mas he aquí que ahora, abrasado y anhelante, vuelvo a tu fuente. Nadie me lo prohiba: que beba de ella y viva de ella. No sea yo mi vida; mal viví de mí; muerte fui para mí. En ti comienzo a vivir; habíame tú, sermonéame tú. He dado fe a tus libros, pero sus palabras son arcanos profundos (Agustín de Hipona, Las confesiones, XII, 10, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1968, pp. 515-516).

 

CONTEMPLATIO

        No salgas fuera de ti, vuelve a ti mismo: la verdad habita en el hombre interior. Y si encontraras que tu naturaleza es mutable, pasa también por encima de ti mismo. [...] Obremos de manera que nuestra religión no consista en vacías representaciones. Cualquier cosa, en efecto, con tal de que sea verdadera, es mejor que todo lo que pueda ser imaginado por el albedrío.

        Obremos de suerte que nuestra religión no consista en el culto a las obras humanas, que no consista en el culto a animales, que no consista en el culto a los muertos, ni a los demonios, ni a los cuerpos etéreos y celestes, ni siquiera a la misma perfecta y sabia alma racional.

        La religión, por consiguiente, nos une al Dios único y omnipotente. Él es el principio al que volvemos, la forma que seguimos y la gracia por la que somos reconciliados (cf Agustín de Hipona, La verdadera religión).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Escuchadme» (cf. Me 7,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Desde que el Señor insertó en el mundo como fermento «incomodador » el principio del amor fraterno, se ha introducido en las estructuras sociales una levadura de permanente revolución.

        Ahora, en ocasiones -incluso a menudo-, sucede esto: hasta los cristianos nos adherimos a ciertos valores relativos como si fueran absolutos y no nos damos cuenta de que esos valores, que eran considerados como absolutos antes de Cristo, no pueden ser considerados ya como tales después de la venida de Cristo.

        Bajo la acción fermentadora -aunque invisible- del amor, han sido purificados de una manera gradual; se ha resquebrajado la corteza que esconde su núcleo sustancial; de un modo lento, aunque indefectible, han sido colocados en su verdadero sitio en la jerarquía de los valores. Aparece aquel incómodo precepto del amor fraterno: esclavos y libres son ¡guales; el orden está subordinado al amor; la patria está ordenada a la amplia familia humana y sus intereses han de ser subordinados a los de la familia colectiva de las naciones; la potestad familiar ha de ser transformada en su raíz; la personalidad de cada uno –hombre y mujer, adulto o pequeño, esclavo o libre- ha de ser respetada como sagrada, como reflejo de la misma personalidad divina.

        Todo se desbarajusta, todo se revoluciona, todo se tambalea: los perezosos y los temerosos hacen sonar la alarma, pero el amor procede de manera inexorable en su obra «corrosiva»: donde es posible se corrige, donde no lo es se abate. ¡Qué extraño es este Cristo! ¿Cuáles son los límites de la autoridad? ¿Cuáles los del amor familiar y los del amor patrio? ¿Cuáles los del orden? ¿Cuál es la única dirección en la que es lícito decir que alguien puede inmolarse por un ideal? ¿Cuándo puede decirse de verdad que una acción es heroica y virtuosa? ¿Entre qué límites tiene fundamento la propiedad? La respuesta de Cristo es inflexiblemente sencilla: todo define y califica el amor al otro: al otro en cuanto tal, prescindiendo de cualquier esquema en el que este pueda encontrarse encasillado. Libre o esclavo, bárbaro o escita, rico o pobre, etc. (G. La Pira, «Sull'ottimismo cristiano», en L'Osservatore Romano, 1941).

 

 

Jueves de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 11,4-13

4 Cuando Salomón se hizo viejo, desviaron hacia otros dioses su corazón, que ya no perteneció al Señor, como el de su padre, David.

5 Dio culto a Astarté, diosa de los sidonios, y a Moloc, el ídolo de los amonitas.

6 De este modo, Salomón ofendió con su conducta al Señor y no fue tan fiel como su padre, David.

7 En el monte que hay frente a Jerusalén erigió un altar a Camós, ídolo de Moab, y otro a Moloc, ídolo de Amón.

8 Otro tanto hizo para los dioses de todas sus mujeres extranjeras, que quemaban en ellos perfumes y ofrecían sacrificios a sus dioses.

9 El Señor se irritó contra Salomón porque apartó su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces,

10 ordenándole que no fuese tras otros dioses, pero él no cumplió esta orden.

11 Entonces, el Señor dijo a Salomón: - Por tu mal comportamiento, porque has roto mi alianza y no has guardado mis mandamientos, te quitaré el reino y lo daré a uno de tus servidores.

12 Pero, en atención a tu padre, David, no lo haré mientras tú vivas, sino que se lo quitaré a tu hijo.

13 Sin embargo, no le quitaré todo el reino; le dejaré una tribu, en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que yo elegí.

 

        **• El motivo por el que en tiempos de Salomón estaban prohibidos en Israel los matrimonios con mujeres extranjeras era evitar el pecado de la idolatría. En él cayó Salomón. En la vejez, subraya el texto, y siguiendo a los ídolos de sus numerosas mujeres, construyó altares para adorar a todas las divinidades de los pueblos vecinos. Se menciona incluso el monte donde construyó estos altozanos, el monte situado frente a Jerusalén, llamado «de los escándalos». Salomón había apartado su corazón del Señor, Dios de Israel, y el Señor se indignó contra él. La consecuencia de la infidelidad al Dios único fue la división del reino.

        Es útil tener en cuenta el hecho de que estos pasajes del primer libro de los Reyes son textos tardíos, pues fueron escritos en la época del exilio o después, cuando la situación de gran sufrimiento en que se encontraba hacía vivir a Israel un replanteamiento en clave teológica de toda la historia del pueblo. Era acuciadora la pregunta sobre el porqué del exilio, de la dispersión del reino y de la vejación que sufría, acuciadora como el deseo de revivir la unidad y la paz del reino davídico. Este deseo se funda en la certeza de que, a pesar de la infidelidad del hombre -la Biblia no esconde, en efecto, los defectos y pecados de Salomón, como tampoco escondió los de David, su padre-, Dios permanece fiel a su alianza y a su promesa de paz.

 

Evangelio: Marcos 7,24-30

En aquel tiempo, Jesús

24 salió de allí y se fue a la región de Tiro y Sidón. Entró en una casa, y no quería que nadie lo supiera, pero no logró pasar inadvertido.

25 Una mujer, cuya hija estaba poseída por un espíritu inmundo, oyó hablar de él e inmediatamente vino y se postró a sus pies.

26 La mujer era pagana, sirofenicia de origen, y le suplicaba que expulsara de su hija al demonio.

27 Jesús le dijo:- Deja que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.

28 Ella le replicó: - Es cierto, Señor, pero también los perrillos, debajo de la mesa, comen las migajas de los niños.

29 Entonces Jesús le contestó: - Por haber hablado así, vete, que el demonio ha salido de tu hija.

30 Al llegar a su casa, encontró a la niña echada en la cama, y el demonio había salido de ella.

 

        **• Una vez que se fue de la llanura de Genesaret, donde había curado a muchos y donde se había desarrollado la disputa con los fariseos, prosigue Jesús su viaje fuera de Galilea, en territorio pagano, y allí realiza dos curaciones: la de la hija de una mujer pagana y la de un sordomudo. Estamos en la región de Tiro, en la costa mediterránea. Se adelanta una mujer. Es una cananea, sinónimo de idólatra, y, por si fuera poco, de origen griego, es decir, pagana. ¡Un verdadero golpe de escena! Pero Jesús no se esconde de esta mujer. En el diálogo que ambos mantienen aflora toda la tensión entre el papel preeminente de Israel en la historia de la salvación, una tensión que se expresa con la metáfora de los «hijo» y de los «perros», y el universalismo de la salvación, anunciado en la respuesta de la mujer, que con una confesión de fe, única en Marcos, reconoce a Jesús como «Señor-Kynos». La tensión se resuelve con la liberación de la hija de esta mujer del espíritu inmundo. El contexto en el que nos encontramos todavía es el de la magna «sección de los panes», que abarca los capítulos

6,30-8,10.

        Volvemos a encontrar, en efecto, una referencia explícita al tema del «pan» en las réplicas (w. 27 y 28) entre Jesús y la mujer, donde se habla del «pan de los hijos» y de las migajas que comen los perrillos. Por otra parte, el episodio está en estricta continuidad con la disputa con el legalismo judío, pero aquí se dirige la atención hacia el mundo y la cultura paganos (hemos de tener en cuenta que Marcos escribe para una comunidad cristiana griega). No se trata de un relato de milagros ni de un apotegma, sino de un fragmento que se inserta en el ardor de la controversia mantenida con los judíos y destinada a confirmar el hecho de que, en Cristo, el concepto de puro-impuro ha quedado anulado, que la Buena Noticia, la salvación obrada por él, es para todos los hombres.

 

MEDITATIO

        Precisamente con esta mujer, extranjera en tierra extranjera, es con quien se identifica la Iglesia, misionera y católica. En una palabra, universal. Frente a este evangelio se descubre que la catolicidad de la Iglesia no es un hecho institucional, como estamos acostumbrados a pensar, sino que tiene que ver profundamente con su esencia, con su llamada y con su misión. En efecto, la Iglesia, extranjera entre los extranjeros, pobre entre los pobres, prosigue la obra de la encarnación a través de los cristianos.

        De igual modo que Cristo ha asumido en sí mismo toda la humanidad, así también la Iglesia se inserta y se somete profundamente, casi suplicante, al esfuerzo de la humanidad que tiende a su plenitud, al movimiento del espíritu humano que tiende a Cristo. Se trata de una inversión o conversión que constituye la catolicidad de la Iglesia, para que todo el esfuerzo humano converja en ella hacia su punto de atracción y de comprensión. Y lo haga con un movimiento de inclusión, de integración, de asimilación de la humanidad a la humanidad de Cristo. La «católica» es esa mujer extranjera del evangelio que busca a Cristo en tierra extranjera, que no permite que siga siendo desconocido, que se sitúa frente a la verdad de sí misma, humilde entre los humildes, no se defiende, hasta ser capaz de reírse de ella misma, y descubre al mundo la verdad que Cristo le revela sobre sí misma: «Sí, Señor». Implora para todos que las migajas, los elementos parciales de la humanidad, su hija -herida, enferma, desconcertada, confusa-, sean reorientadas, recompuestas, asumidas, integradas, curadas, ensalzadas, entregadas de nuevo a la plenitud de Cristo.

 

ORATIO

        Oh Dios, todo está invadido por tu aliento y lleno de tu misterio. De ahí derivan las imágenes y los pensamientos sobre lo divino que se encuentran en los pueblos y en los individuos. Esas imágenes y esos pensamientos contienen con frecuencia un profundo significado que toca el corazón y promete salvación, aunque también algo confuso y malo que conduce al error. Por eso, te lo ruego, abre mi corazón al misterio que por doquier da testimonio de sí, protégelo contra los descarríos que nos desvían de él.

        Da seguridad a mi conocimiento, de suerte que siempre llame bueno al bien y malo al mal. Ilumina mi espíritu, a fin de que pueda distinguir entre lo que conduce a ti, entre lo que es santo de verdad y lo que de ti desvía, a través del error y del engaño. Amén (R. Guardini, Preghiere teologiche, Brescia 1986 [edición española: Oraciones teológicas, Ediciones Cristiandad, Madrid 1966]).

 

CONTEMPLATIO

        [...] en cierto lugar, dice [el Señor]: Otras ovejas tengo fuera del redil este; conviene traerlas a mí, para que sea uno solo el rebaño, y el pastor uno solo. Al número de estas últimas pertenecía la cananea; por ello no se la despreciaba: se la dejaba para más adelante. La cosa parece evidente en la respuesta dada a la mujer: No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perros. Tú eres un perro, una gentil; adoras a los ídolos, ¿y hay causa más ordinaria en los perros que lamer las piedras? No está, pues, bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perros. Si ella, oyendo estas palabras, se hubiera retirado, perro habría venido y perro se habría ido; pero siguió llamando y fue trocada de perro en hombre. Insistió en pedir y aun tomó pie de aquella especie de ultraje para sacar a la luz su gran humildad y seguir implorando misericordia. Ni se turbó ni se quemó de oírse llamar perro cuando pedía un favor e imploraba misericordia; antes bien, dijo: Es verdad, Señor; llamásteme perro, y lo soy de cuerpo entero; tal es mi nombre, lo dice la misma Verdad; mas no por ello se me debe rechazar el beneficio. Perra soy de arriba abajo, mas también los perros comen las migajas caídas de la mesa de su dueño. Lo que yo deseo es una gracia insignificante, poquita cosa: no me subo a la mesa; me contento con las migas (Agustín de Hipona, Sermón 77, 8.9.10 [edición española de Amador del Fueyo, BAC, Madrid 1952]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Mujer, qué grande es tu fe!» (Mt 15,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Lo que dijeron Justino y Clemente de Grecia puede ser aplicado muy bien a la India. El Logos preparaba de una manera misteriosa el camino para su propia venida, y el Espíritu Santo estimulaba desde el interior la búsqueda de los más puros entre los sabios griegos. El Logos y el Espíritu Santo siguen obrando aún, de un modo análogo, en las profundidades del alma india. Por desdicha, la sabiduría india está contaminada (afectada) por errores y no parece que haya encontrado su propio equilibrio.

        Algo así ocurría con la sabiduría griega antes de que Grecia hubiera encontrado humildemente el mensaje pascual de Cristo resucitado. El hombre, fuera de la única revelación y de la única Iglesia, se muestra siempre y en todas partes incapaz de discernir entre la verdad y el error, entre el bien y el mal.

        Ahora bien, una vez cristianizada, Grecia rechaza sus ancestrales errores y, bautizada en la sangre de sus mártires, se vuelve maestra del mundo en filosofía, teología y mística. Del mismo modo, nosotros, confiando en la indefectible dirección de la Iglesia, esperamos que la India, una vez bautizada en la profundidad de su «búsqueda del Brahmán», que dura ya muchos siglos, rechazará sus propias tendencias panteístas y, descubriendo en el esplendor del Espíritu la verdadera mística, engendrará para bien de la humanidad y de la Iglesia, y, en definitiva, para gloria de Dios, galaxias incomparables de santos y de doctores (J. Monchanin, Eremitti del Saccidananda, cit. en H. de Lubac, Paradosso e mistero della Chiesa, Milán 1979, p. 172 [edición española: Paradoja y misterio de la Iglesia, Ediciones Sígueme, Salamanca 1967]).

 

 

Viernes de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 11,29-32; 12,19

11,29 Un día que Jeroboán salía de Jerusalén, se encontró en el camino con el profeta Ajías de Silo. Llevaba éste un manto nuevo y estaban los dos solos en el campo.

30 Ajías se quitó el manto nuevo y lo rasgó en doce trozos. Y dijo a Jeroboán: - Toma para ti diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: «Voy a arrancar el reino de manos de Salomón y a ti te daré diez tribus.

32 A él le dejaré una tribu en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que elegí entre todas las tribus de Israel».

12,19 Así se consumó la separación entre Israel y la dinastía de David hasta el día de hoy.

 

        **• El desenlace final de la infidelidad a Dios por parte de Salomón es la división del reino. La causa del cisma se explica en el capítulo siguiente, aunque -no hace falta una gran fantasía para intuirlo-, como de costumbre, se trata de una cuestión de impuestos. Jeroboán, uno de los funcionarios de Salomón, a la muerte del rey, le pide a Roboán, hijo suyo y heredero del trono, que alivie la presión fiscal, pero la respuesta es desconcertante: «Mi padre puso sobre vosotros un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado; mi padre os azotó con látigo, pero yo lo haré con escorpiones» (1 Re 12,11.14). Roboán rechaza la petición del pueblo y abre la puerta a la división política.

        El episodio del profeta Ajías de Silo, que precede inmediatamente a estos hechos, tiene un doble significado: por una parte, el gesto profético de rasgar el manto en doce trozos es una advertencia y una denuncia, representada de una manera eficaz, de las consecuencias de la injusticia social que hereda Roboán de su padre junto con el reino; por otra, nos orienta para considerar la figura del profeta en cuanto tal. Éste es signo de la presencia de Dios y anuncio de su intervención en la historia del pueblo. Se trata de una intervención salvífica: Dios no es alguien que se divierte estropeando los «mantos nuevos» de los profetas, sino alguien que quiere hacer nuevas todas las cosas.

 

Evangelio: Marcos 7,31-37

En aquel tiempo,

31 dejó el territorio de Tiro y marchó de nuevo, por Sidón, hacia el lago de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

32 Le llevaron un hombre que era sordo y apenas podía hablar, y le suplicaron que le impusiera la mano.

33 Jesús lo apartó de la gente y, a solas con él, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva.

34 Luego, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: - Effatha (que significa «ábrete»).

35 Y al momento se le abrieron sus oídos, se le soltó la traba de la lengua y comenzó a hablar correctamente.

36 Él les mandó que no se lo dijeran a nadie, pero cuanto más insistía, más lo pregonaban.

37 Y en el colmo de la admiración, decían: - Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

 

        **• Jesús cura aquí al hombre entero. La palabra aramea effatha no se dirige, en efecto, a los órganos enfermos, sino al enfermo: «¡Ábrete!» (v. 34). Es el segundo milagro obrado por Jesús en territorio pagano, y este texto, propio de Marcos, pretende continuar la descripción de la actividad misionera de la primera comunidad cristiana e indicar la apertura de los paganos a la fe en Jesucristo. Todo está descrito con sus mínimos detalles, y la acción simbólica de Jesús, que mete los dedos en los oídos del hombre y le toca la lengua, ha pasado después a formar parte del rito del bautismo.

        En cuanto al grito de admiración sorprendida de los que habían llevado al sordomudo a Jesús, recuerda, por una parte, el estribillo de Gn 1: «Yvio Dios que era bueno», y, por otra, la profecía de Isaías: «La lengua del mudo cantará» (Is 35,6). Aunque en Marcos el hombre sanado habla sólo «correctamente» (v. 35), en realidad el anuncio contenido en el episodio es el cumplimiento de la promesa de salvación.

 

MEDITATIO

        El milagro es la relación: una auténtica «noticia alegre» para nuestros días. No sólo porque todos intuyamos que la salvación tiene que ver con relaciones nuevas, por fin liberadas, sino sobre todo porque Jesús nos sale aquí al encuentro como alguien que puede llevar a cabo todo esto. Si lo ha hecho con un hombre sordo y mudo -y además extranjero-, es para dar a entender que puede hacerlo con cualquier hombre.

        Si participamos en el dolor de la humanidad que padece, no nos resultará difícil darnos cuenta de que, hoy, las heridas más graves de la gente tienen que ver precisamente con las relaciones. Con los endurecimientos, con las atrofias, verdaderas y auténticas parálisis de la relación. De ahí procede el aislamiento, la sospecha y el miedo al otro, que nos hace encerrarnos en nosotros mismos y nos condena a la pérdida del sentido.

        Ahora bien, Jesús busca, toca los sentidos del hombre -parece hurgarnos en la vida-, para llegar finalmente al corazón y tocarlo. «¡Effatha!»: es la condición para volver a lanzar puentes con la Vida. Abrirse a Dios, a su Palabra, al encuentro con él, para ser devueltos -abiertos- al encuentro con el mundo, al diálogo con los hombres, a la relación verdadera con todos.

 

ORATIO

        No tengáis miedo de acoger a Cristo ni de aceptar su poder. No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su poder salvador las fronteras de los estados, los sistemas económicos y también los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. No tengáis miedo.

        Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo él lo sabe. Con gran frecuencia, el hombre no sabe hoy lo que lleva dentro, en el fondo de su ánimo, en su corazón. Con gran frecuencia, no está seguro del sentido de su vida en esta tierra. Está invadido por la duda, que se transforma en desesperación. Permitid a Cristo hablar al hombre. Sólo él tiene palabras de vida, sí, de vida eterna (Juan Pablo II).

 

CONTEMPLATIO

        ¿Qué es este Verbo? Verbo sin tiempo, por medio del cual fueron hechos los tiempos; Verbo que no empezó cuando alguien abrió los labios, ni terminó cuando los cerró. Verbo que no tiene su comienzo en la boca de quien lo pronuncia y, sin embargo, abre la boca de los  mudos; Verbo que no se produce en las lenguas locuaces de las gentes y, sin embargo, hace elocuentes las lenguas de los niños (Agustín de Hipona, Sermón 369, lss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Haz, Señor, que escuchemos tu voz» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        ¿Cree de verdad que uno de mis chicos de la montaña posee muchos menos conocimientos que otro de la ciudad de su misma edad? [...] Estoy seguro de que la diferencia entre mi hijo y el suyo no está en la cantidad ni en la calidad del tesoro encerrado en la mente y en el corazón, sino en algo que está en el umbral entre dentro y fuera; más aún, es el mismo umbral: la Palabra. Los tesoros de sus hijos se difunden libremente desde la ventana abierta de par en par. Los tesoros de los míos están tapiados dentro para siempre y esterilizados.

        Así pues, lo que les falta a los míos es sólo esto: el dominio de la palabra. De la palabra ajena para aferrar su esencia íntima y los límites precisos, de la palabra propia para que exprese sin esfuerzo y sin traición las infinitas riquezas que encierra la mente. Hace siete años que enseño a los campesinos y a los obreros, y he dejado ahora casi todas las otras materias. No enseño más que lengua e idiomas. Me retiro diez, veinte veces por noche a las etimologías. Me detengo en las palabras, se las secciono, se las hago vivir como personas que tienen un nacimiento, un desarrollo, una transformación, una deformación. En los primeros años, los jóvenes no querían saber nada de esto; después, poco a poco, experimentan las primeras alearías (L Milani, Carta al director del «dómale del Mattino», Barbiana, 28 de marzo de 1956).

 

 

Sábado de la 5ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Reyes 12,26-32; 13,33ss

En aquellos días,

12,26 Jeroboán pensaba para sí: «Tal como están las cosas, el reino terminará por volver a la casa de David.

27 Si la gente continúa subiendo a Jerusalén a ofrecer sacrificios en el templo del Señor, acabarán poniéndose de parte de su señor Roboán, rey de Judá, y me matarán a mí para unirse a él».

28 Después de aconsejarse, construyó dos becerros de oro y  dijo al pueblo: - ¡Se acabó el subir a Jerusalén! Israel, aquí tienes a tu Dios, el que te sacó de Egipto.

29 Y puso uno en Betel y otro en Dan.

30 Esto fue ocasión continua de pecado, porque el pueblo iba en peregrinación hasta Betel y hasta Dan para adorarlos.

31 También levantó santuarios en los altozanos y nombró sacerdotes de entre la gente del pueblo que no pertenecía a la tribu de Leví.

32 Declaró fiesta el día quince del mes octavo, a imitación de la que se celebraba en Judá, y subió a ofrecer sacrificios sobre el altar de Dan. En Betel hizo lo mismo: ofreció sacrificios a los becerros que había fabricado, trajo sacerdotes para los santuarios que había edificado en los altos.

13,33 Después de esto, Jeroboán no se apartó de su mal camino. Siguió nombrando de entre el pueblo sacerdotes para los santuarios de los altozanos. A todo el que se lo pedía lo consagraba sacerdote de los altozanos.

34 Éste fue el pecado de la dinastía de Jeroboán, por el que fue destruida y borrada de la tierra.

 

        ** El reino de Salomón está ahora dividido: Jeroboán guía a las diez tribus del norte, mientras que las tribus de Judá y Benjamín se quedan con Roboán. Al cisma político le sigue muy pronto el religioso. Su astuto inventor fue Jeroboán, que sabe muy bien el papel fundamental que desarrolla el factor religioso en la vida de Israel. Las visitas y las peregrinaciones al templo de Jerusalén habrían vuelto a llevar seguramente el corazón del pueblo -y, por consiguiente, el reino- a la casa de David, además de reforzar desde el punto de vista económico al reino del sur. Pensando así en su corazón y temiendo por su propia vida, actuó Jeroboán con un sorprendente ingenio político: reorganizó santuarios en su reino, dando nueva vida a los que ya eran estimados en la memoria del pueblo: Betel, donde Abrahán había levantado un altar al Señor -y también Jacob después del sueño de la escalera-, y Dan, ciudad-santuario desde los tiempos de los jueces.

        Por otra parte, Dan y Betel, al delimitar el reino por el norte y por el sur, recogerían, respectivamente, las tribus aisladas del norte y atraerían, desviándolos, a los peregrinos que iban hacia el sur, hacia Jerusalén. Colocó en cada santuario un becerro de oro, conectando con la antigua tradición de tiempos de Moisés que atribuía al becerro la función de pedestal de la divinidad invisible, precisamente del mismo modo que el arca constituye el trono de YHWH en el templo de Jerusalén. Incitó el orgullo del pueblo escogiendo libremente a los sacerdotes al prescindir de la descendencia de Leví. Por último, previo la posible nostalgia de la «fiesta de la Chozas», que atraía al pueblo en peregrinación al templo de Salomón, e instituyó una fiesta análoga en sus santuarios. Todo esto llevó a cabo Jeroboán por haber escuchado las razones de su corazón: un amor ciego en sí mismo, que vicia su reino desde el nacimiento, destinándolo a la destrucción.

 

Evangelio: Marcos 8,1-10

1 Por aquellos días se congregó de nuevo mucha gente y, como no tenían nada que comer, llamó Jesús a los discípulos y les dijo:

2 - Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen nada que comer.

3 Si los envío a sus casas en ayunas, desfallecerán por el camino, pues algunos han venido de lejos.

4 Sus discípulos le replicaron: - ¿De dónde vamos a sacar pan para todos éstos aquí, en un despoblado?

5 Jesús les preguntó: - ¿Cuántos panes tenéis? Ellos respondieron: - Siete.

6 Mandó entonces a la gente que se sentara en el suelo. Tomó luego los siete panes, dio gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los repartieran. Ellos los repartieron a la gente.

7 Tenían además unos pocos pececillos. Jesús los bendijo y mandó que los repartieran también.

8 Comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos con los trozos sobrantes.

9 Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió,

10 subió en seguida a la barca con sus discípulos y se marchó hacia la región de Dalmanuta.

 

        **• En este pasaje evangélico nos refiere Marcos una segunda multiplicación de los panes. Sigue abierta la pregunta de si se trata de una segunda versión del único episodio ya narrado (Mc 6,30-44) o, bien, se trata, efectivamente, de un nuevo milagro. Con todo, es importante subrayar la particular tonalidad teológica conferida a cada una de ambas narraciones.

        Aquí da la impresión de que Marcos quiere poner de manifiesto que la multiplicación de los panes, prefiguración de la eucaristía cristiana, ha tenido lugar a favor de los paganos. Lo hace suponer, entre otros elementos que aparecen en filigrana, esta anotación: «Algunos han venido de lejos». Por otra parte, la compasión que siente aquí Jesús está suscitada por la miseria física de esa gente que ya lleva tres días con él. Es precisamente esta íntima y entrañable coparticipación de Jesús en la incomodidad de la gente lo que provoca la multiplicación de los panes.

 

MEDITATIO

        La lectura en paralelo de los dos textos orienta al pensamiento a detenerse en la diferente «mirada» que figura en la base del obrar de Jeroboán y de Jesús y a remontar desde aquí a su fuente: el corazón. De aquí brota esa fuerza que es el amor, motor y timón de toda acción.

        Jeroboán se mira a sí mismo, teme la precariedad de su posición y orquesta toda una serie de intervenciones orientadas a inducir al pueblo, desde «detrás de los bastidores», para que siga su juego, sin preocuparse de atraerlo así a un pecado que le conducirá a la destrucción.

        Una mirada de este tipo es la que está en la base de eso que llamamos «estructuras de pecado». La mirada de Jesús, en cambio, se dirige al hombre. Se posa y se une a su necesidad actual, material y espiritual. La mirada que nace de la compasión se convierte en gesto, y el gesto en don para la vida del otro. ¿No es acaso ésta la mirada que inaugura la «nueva civilización del amor», «la ciudad de Dios»?

 

ORATIO

        Señor, Dios de piedad, compasivo, lento a la ira y lleno de amor, Dios fiel, vuélvete a mí y posa sobre tu siervo tu mirada de misericordia (cf. Sal 86,15ss). Alcanza y toca lo profundo de mi ser. Pon al desnudo los pensamientos angostos y mezquinos de mi corazón, capaz de oír y seguir sólo la voz insistente de mi yo.

        Quema y purifica todo residuo de esta esclavitud mía, para que habite en mí un nuevo sentir, un auténtico compadecer -el de Jesús-. Sólo tu mirada puede encender, Señor, esta vida nueva en mí para llevarme a seguir a Jesús en su ministerio de compasión.

        Dos amores [...] han construido dos ciudades: el amor de Dios, impulsado hasta el desprecio de uno mismo, ha construido la ciudad celeste; el amor a uno mismo, impulsado hasta despreciar a Dios, ha construido la ciudad terrena (Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 28).

        De estos dos amores uno es puro e impuro el otro. Uno es social, el otro privado. Uno se muestra solícito en servir al bien común en vistas a la ciudad celeste, el otro está dispuesto a subordinar incluso el bien común a su propio poder en vistas a una dominación arrogante.  Uno está sometido a Dios, el otro es enemigo de Dios. Tranquilo uno, turbulento el otro; pacífico uno, litigioso el otro; amistoso uno, envidioso el otro. Uno quiere para el prójimo lo que quiere para él, el otro quiere someter al otro a sí mismo. Uno gobierna al prójimo para utilidad del prójimo; el otro, por su propio interés (Agustín de Hipona, De Genesi ad litteram, XI, 15,20).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me da lástima esta gente» (Mc 8,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        En la ciudad se cruzan cada día hombres y mujeres que, cada vez más numerosos, piden ayuda... Lo que podemos hacer... es comportarnos de tal modo que esa mujer, ese hombre, se den cuenta de que los veis... Un día me dijo uno de ellos: «Lo peor en esos momentos es su mirada. No distingue entre el ser humano que mendiga y el cartel que hay en la pared detrás de él»... Todo esto explota dentro de mí con la violencia de una bomba, dado que estoy herido por la herida del parado, por la herida de la muchacha de la calle... como una madre está enferma por la enfermedad de su hijo. Eso es la caridad..., estar herido por la herida del otro. Y unir también todas mis fuerzas a las fuerzas del otro para curar juntos su mal, que se ha vuelto mío (Abbé Pierre, Testamento, Cásale Monf. 1994, pp. 143, 148).

 

 

Lunes de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,1-11

1 Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo, el Señor, saluda a todos los miembros del pueblo de Dios dispersos por el mundo.

2 Considerad como gozo colmado, hermanos míos, el estar rodeados de pruebas de todo género.

3 Tened en cuenta que, al pasar por el crisol de la prueba, vuestra fe produce paciencia,

4 y la paciencia alcanzará su objetivo, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna.

5 Si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, y Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo en cara, se la concederá.

6 Pero que pida con fe, sin dudar, pues el que duda se parece a una ola del mar agitada por el viento y zarandeada con fuerza.

7 Un hombre así no recibirá nada del Señor;

8 es un hombre de doble vida, un inconstante en todo cuanto hace.

9 Que el hermano de humilde condición se sienta orgulloso de su dignidad

10 y que el rico se haga humilde, porque pasará como flor de heno:

11 salió el sol con su ardor y secó el heno, y su flor cayó y se desvaneció su bella apariencia. Así también se marchitarán los proyectos del rico.

 

        **• Empieza hoy la proclamación de la Carta de Santiago. Este documento puede ser considerado como un conjunto de exhortaciones dominadas por dos preocupaciones principales: por una parte, revelar a los pobres el valor de prueba que tiene la angustia por la que están pasando y, de modo paralelo, revelar a los acomodados el sentido del peligro que se encuentra en sus riquezas, y, por otra parte, poner en guardia a todos contra una fe que no se traduzca en obras prácticas de misericordia.

        El clima de sabiduría veterotestamentaria y las perspectivas típicamente judías están iluminados, aunque no de un modo demasiado directo, por la luz proyectada por Cristo. Este género literario encuentra dificultades para plegarse al estilo epistolar, aunque comienza con el encabezamiento clásico de las cartas apostólicas; la Carta de Santiago se comprende mejor como una homilía de estilo sinagogal típica de las asambleas judeocristianas del siglo I.

        El pasaje de hoy recoge el encabezamiento (v. 1) y el comienzo de la exhortación introductoria (w. 2-18), que será retomada de distintos modos en el cuerpo de la carta. Los temas señalados son el carácter providencial de la prueba (w. 2-4), la necesidad de la oración para alcanzar la sabiduría y para saber moverse en medio de las dificultades de la vida (w. 5-8), así como el carácter ilusorio de la riqueza (w. 9-11).

 

Evangelio: Marcos 8,11-13

En aquel tiempo,

11 se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con la intención de tenderle una trampa.

12 Jesús, dando un profundo suspiro, dijo: - ¿Por qué pide esta generación una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna.

13 Y dejándolos, embarcó de nuevo y se dirigió a la otra orilla.

 

        ** El contexto más general en el que se inserta esta breve perícopa es el constituido por la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26) y, más en particular, el marco de la reacción a la revelación cristológica de todo el conjunto por parte de los fariseos (8,11-13) y de los discípulos (8,14-21). La petición de «una señal del cielo», situada en este contexto, tiene el significado provocador de no reconocer el valor del milagro del maná renovado por el «profeta» de Nazaret. La intención de los fariseos, destacada por el autor sagrado, es también la de «tenderle una trampa». Eso permite comprender la respuesta categórica de Jesús, con la que se niega a conceder «serial» alguna.

        Marcos emplea, por lo general, el término dynamis («prodigio») para designar el milagro; aquí emplea el término sémeion («señal»). Por eso podemos situar la petición de una señal en el contexto más amplio de los portentos prodigiosos de Marcos, que llevan a percibir el poder y la capacidad de compartir de Jesús de Nazaret y a invadir la problemática de los criterios de credibilidad, nunca suficientes para quienes no quieren creer.

        «Esta generación» (v. 12) es una expresión que va acompañada, a veces, por adjetivos como «adúltera y pecadora» (8,38; cf. Mt 12,39.45; 16,4) o, bien, «infiel y perversa» (9,19; cf. Mt 17,17) y designa en la literatura profética al pueblo de Israel infiel a la alianza, que pone continuamente a prueba a su Dios y reclama siempre nuevas manifestaciones de su poder {cf Dt 32,5-20; Is 1,2; Sal 78,8; 95,10); aquí parece dirigirse Jesús no sólo a los fariseos con los que habla, sino también a todos aquellos que nunca encuentran suficientes signos de credibilidad.

 

MEDITATIO

        Cualquier tipo de prueba o de dificultad pone en juego nuestra fe, manifestando de una manera evidente de quién nos fiamos de verdad: de Dios o de nosotros mismos.

        Para considerar la prueba como perfecta alegría se requiere la sabiduría, la sabiduría que viene de Dios, la sabiduría de la cruz, que es necedad para el mundo. De ahí que sólo podamos y debamos pedirla a Dios - a él, «que da a todos generosamente y sin echarlo en cara»- y pedirla con la seguridad de que nos será concedida. Con una seguridad basada en la fe, la fe que no vacila, la fe que se manifiesta en las obras. La sabiduría nos es concedida para que podamos ver en las pruebas la mano paterna de Dios -«Dios os trata corno a hijos y os hace soportar todo esto para que aprendáis. Pues ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija?» (Heb 12,7)- y para que pasemos nuestra vida cotidiana, con sus opciones y valoraciones, a través de este filtro. Quien busca la sabiduría, en el Antiguo Testamento, lo hace por lo general bajo el nombre de Salomón, pero «aquí hay uno que es más importante que Salomón» (Mt 12,42): tenemos a Jesús, sabiduría encarnada.

        A Jesús, que acaba de realizar la multiplicación de los panes, se dirigen en tono polémico los fariseos para pedirle una señal del cielo»: se trata de una petición desenvuelta y, en apariencia, inocua, pero Jesús ve aquí algo que plantea problemas.

        En los fariseos prosigue la incredulidad y la dureza de corazón reprochada por los profetas en todo el Antiguo Testamento al pueblo de Israel, nunca saciado de señales y de pruebas del amor de Dios. Es posible que tampoco nosotros andemos muy lejos de esta miopía religiosa, que pide una señal del cielo: es Jesús mismo la señal dada a los hombres para que crean.

 

ORATIO

        Señor, reconozco que ante las pruebas, aunque no sean grandes ni requieran un particular «heroísmo», mi fe se muestra como una llama temblorosa que amenaza con apagarse a cada ráfaga de viento; con todo, aunque me descubro débil, y eso es algo que no me sorprende, deseo estar estrechamente unido a ti, como la llama que no se despega de la mecha de la candela. No me quites nunca esta conciencia y concédeme la sabiduría para que, en todos los momentos de mi vida, me acuerde de en quién he puesto mi confianza.

 

CONTEMPLATIO

        En verdad no le llega nunca al hombre un gran sufrimiento sin que sea, naturalmente, contrario a Dios, y él no lo permitiría si no fuera fecundo para el hombre. El sufrimiento en cuanto tal no agrada a Dios, excepto por

el gran bien que ha preordenado en él para el hombre.

        Y puesto que Dios lleva el peso con el hombre que se ha entregado por completo a él, y el sufrimiento viene al hombre a través de Dios, se le vuelve en verdad dulce y divino, y entonces el hombre recibe el desprecio de modo tan voluntario como el honor, la amargura como la dulzura. Estas cosas, en efecto, toman todo su sabor de Dios y se vuelven deiformes y divinas.

        En efecto, el hombre recibe también de mejor gana la amargura que la dulzura, porque piensa que le conviene más y la ha merecido más. Ahora bien, puesto que se ha abandonado a Dios, le es grato todo lo que le acaece y acepta todo de manos de Dios. Puesto que no ama, no busca y no le complace otra cosa que no sea Dios, lo encuentra tanto en la amargura y en la contrariedad como en la mayor dulzura. Aquí brilla la luz en las tinieblas y se ve. Es imposible que alguien pueda sufrir por la gloria de Dios y no saboree también a Dios en ese sufrimiento (Juan Tauler, Opere, Milán 1977, pp. 727ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «La paciencia alcanzará su objetivo, de manera que seáis perfectos y cabales, sin deficiencia alguna» (Sant 1,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Es ya un don de la sabiduría conocer que todo viene de Dios.

        De ahí que, teniendo la gracia de conocer que todo viene y no puede venir más que de Dios, no podamos hacer nada y no nos quede más que abrirnos a Dios en la oración. La vida religiosa nace de la oración. Es cierto que la misma oración supone la gracia, pero esta última aparece, en primer lugar, ante la conciencia de la miseria, de la impotencia absoluta, a fin de que podamos orar. Por consiguiente, el hombre debe vivir con la sabiduría para poseer todo bien, para tener capacidad de trabajar, ejercitar la virtud y contemplar a Dios; debe saber también que, antes que nada, se le impone la oración. Al principio, la oración es una exigencia fundamental e insustituible, porque todo depende de Dios, pero Dios no interviene si no se le invoca. La oración está en el origen de todos los bienes espirituales.

        Es ésta también una de las verdades más formalmente afirmadas, más solemnemente establecidas por el libro inspirado. El hombre no vive una relación personal con Dios más que en tanto lo invoca y lo espera. Ahora bien, el hombre no puede orar si no siente que le falta algo, si no siente que le falta Dios en lo alto de la sabiduría, en su unión y convivencia con ella (D. Barsotti, Meditazioni sul libro delta sapienza, Brescia 51992, p. 135).

 

 

Martes de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,12-18

12 Dichoso el hombre que aguanta en la prueba, porque, una vez acrisolado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman.

13 Ninguno, al verse incitado a pecar, diga: «Es Dios quien me está incitando a pecar», pues nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar.

14 Cada uno es incitado a pecar por su propia pasión, que lo arrastra y lo seduce.

15 Después, la pasión concibe y da a luz al pecado, y el pecado, una vez consumado, origina la muerte.

16 No os engañéis, mis queridos hermanos.

17 Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces, en quien no hay cambios ni períodos de sombra.

18 Por su libre voluntad nos engendró, mediante la Palabra de la verdad, para que seamos los primeros frutos entre sus criaturas.

 

        *•• Esta perícopa puede constituir la parte final de la exhortación introductoria con un tema en el que insistirá el cuerpo de la carta: «Dichoso el hombre que aguanta en la prueba» (v. 12). El tema de la prueba o tentación está recogido en este versículo con el mismo carácter positivo de los w. lss; allí se subrayaba la necesidad de que las cosas preciosas sean probadas y la importancia que tiene para los cristianos la oportunidad de ser incitados a alcanzar la perfección de la obra. La proclamación de un «macarismo» o de una bienaventuranza está destinada a los que entran en un camino que, al comienzo, requiere esfuerzo y paciencia, y sólo en un segundo momento conduce a algo grande.

        No carece de finura psicológica la descripción de la labor lenta y continua de la concupiscencia, que lleva adelante la «prueba» mediante el halago y la seducción.  El mal, que ha conseguido entrar en el hombre a través de la seducción y el halago, da a luz el pecado, y éste, a su vez, engendra la muerte.

        La finalidad de estas consideraciones no parece ser llevar a cabo una meditación sobre la naturaleza de Dios, sino más bien una revelación de lo que la pureza divina engendra en nosotros. En efecto, como es propio de la fuente luminosa comunicarse, nosotros somos partícipes de la irrigación divina, rica no sólo de luz iluminadora, sino determinada por la voluntad, capaz de engendrar «mediante la Palabra de la verdad» (que es el Evangelio, según Col 1,5).

 

Evangelio: Marcos 8,14-21

En aquel tiempo,

14 los discípulos se habían olvidado de llevar pan y sólo tenían un pan en la barca.

15 Jesús, entonces, se puso a advertirles, diciendo: - Abrid los ojos y tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la levadura de Herodes.

16 Ellos comentaban entre sí, pensando que les había dicho aquello porque no tenían pan.

17 Jesús se dio cuenta y les dijo: - ¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente?

18 Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís. ¿Es que ya no os acordáis?

19 ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil? Le contestaron: - Doce.

20 Jesús insistió: - ¿Y cuántos cestos llenos de trozos recogisteis cuando repartí los siete entre los cuatro mil? Le respondieron: - Siete.

21 Jesús añadió: - ¿Y aún no entendéis?

 

        **• El marco literario de esta perícopa es también el de la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26) y, más en particular, la reacción a la revelación cristológica por parte de los fariseos (8,11-13) y, ahora, por parte de los discípulos (8,14-21). El endurecimiento del corazón es un tema profético y veterotestamentario, dramático y complejo. Aparece en los evangelios a propósito de la comprensión-aceptación del misterio del Reino propuesto en parábolas (Mc 4,10-12; Mt 13,10-14; Le 8,9ss; cf. Jn 12,37-41).

        La insistencia en el tema por parte de Marcos pretende subrayar la novedad y la profundidad del mensaje propuesto; los fariseos lo han intuido, pero han preferido provocar al Mesías a tomar una opción diferente; la dificultad para entrar en él, en el caso de los discípulos, indica la opción radical a la que está llamada su fe.

        Esa dificultad, para decirlo con los términos de nuestro pasaje, consiste en no alinearse con la levadura de los fariseos y en comprender, en cambio, la lógica de la multiplicación repetida de los panes. Es ésta un misterio de reparto; el pan que se parte para ser multiplicado, la carne que debe ser «masticada» a fin de que se convierta en fuente de vida eterna para los que participan en el banquete, trae a colación el misterio de la necesidad de pasar a través de la muerte para ser fuente de vida.  Esto por lo que respecta a Jesús, por lo que respecta a la cristología en sí misma y también por lo que se refiere a los discípulos, en virtud de una lógica eclesial que sea conforme con la enseñanza del Maestro.

 

MEDITATIO

        En el pasaje de ayer, Santiago nos hacía pedir a Dios la sabiduría, a fin de ver las pruebas desde su justa perspectiva.

        El libro de los Proverbios se refiere al valor de la sabiduría cuando recuerda que «la necedad del hombre tuerce su camino e irrita su corazón contra el Señor» (19,3). Santiago se muestra categórico: «Nadie puede incitar a Dios para que haga el mal, y él no incita a nadie a pecar» (1,13). En consecuencia, nuestra atención debe detenerse en otro punto: el hombre-criatura. En él está presente la concupiscencia y, si la sigue, se encamina a la muerte. Ahora bien, el hombre dispone también de la posibilidad real de ser «los primeros frutos entre las criaturas de Dios» (1,18), engendradas por su voluntad «mediante la Palabra de la verdad».

        Ante la «fijación» de los discípulos en una preocupación superficial y material, Jesús no sólo los amonesta, sino que les hace practicar una anamnesis por medio de una serie de preguntas - «¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente? Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís»- y los lleva a releer la «señal» de la multiplicación de los panes. Jesús se muestra provocador en el empleo que hace de la terminología de los antiguos profetas. De este modo revela también que «la levadura de los fariseos y de Hewdes», esto es, la falta de disponibilidad para acoger lo que han visto, está presente asimismo en sus discípulos, que permanecen ligados al «pan» y no llegan a él, «Palabra de la verdad». En nuestro caso, tampoco nos hará daño una anamnesis de este tipo, puesto que abriendo los «ojos» y los «oídos» también llegaremos nosotros a reconocer que «todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces».

 

ORATIO

        Piadosísimo Dios mío, te ruego que me libres del embarazo excesivo de las preocupaciones de esta vida; de que las varias necesidades corporales me hagan prisionero de los placeres; de que todos los impedimentos del alma quebranten mi ánimo con sus molestias y llegue a desmayar.

        No quiero decir que me libres de esas cosas que la mundanal vanidad ambiciona con toda su alma. No, Señor, me refiero a esas miserias que al alma de tu siervo molestan y embarazan, por castigo, por esa maldición común a todos los mortales, para no poseer la libertad de espíritu siempre que quieren (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, III, 26, Apostolado Mariano, Sevilla, s i . , p. 152).

 

CONTEMPLATIO

        Sí, ví además que nuestro Señor se alegra de la tribulación de los suyos con piedad y compasión; y a toda persona que quiere llevar con amor a su felicidad le envía algo que, a sus ojos, no constituye un defecto, pero a causa del cual esas personas son humilladas y despreciadas en este mundo, ultrajadas, sometidas a burlas, puestas aparte. Y hace esto para impedir el daño que les produciría el fasto, el orgullo y la vanagloria de esta mísera vida, y hacer más expedito el camino que les llevará al cielo, a la alegría infinita y eterna. Por eso dice: «Yo os arrancaré por completo de vuestros afectos vanos y de vuestro orgullo malvado, y os reuniré después y os haré humildes y apacibles, puros y santos, uniéndoos a mí».

        Y entonces vi que toda compasión natural que tiene el hombre por sus hermanos cristianos, unida a la caridad, es Cristo en él. Por otra parte, todo tipo de anonadamiento mostrado por Jesús en su pasión revela dos aspectos de la intención de nuestro Señor: uno es la felicidad a la que seremos llevados y en la que quiere que nos alegremos; el otro es el consuelo en nuestro dolor, porque quiere que sepamos que todo se transformará en gloria y ganancia para nosotros en virtud de su pasión, y que sepamos también que nosotros no sufrimos solos, sino con él, y que lo veamos como nuestro apoyo. Y desea que veamos que todos sus sufrimientos y tribulaciones superan con mucho todo cuanto nosotros podamos sufrir, hasta tal punto que no podemos tener una comprensión cabal del mismo. Y si consideramos bien esta voluntad suya nos salvaremos de lamentarnos y de la desesperación cuando experimentemos dolor; y si pensamos correctamente que nuestro pecado nos merece las penas, su amor nos excusa aún. Y por su gran cortesía elimina todo reproche y nos mira con compasión y piedad, como niños inocentes y sin culpa (Juliana de Norwich, Libro delle rivelazioni, Milán 1984, p. 168).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Toda dádiva buena, todo don perfecto, viene de arriba, del Padre de las luces» (Sant 1,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La historia de la salvación no está marcada sólo por las repetidas llamadas de Dios, sino también por los repetidos rechazos por parte del hombre a tomar el camino de la vida. El mismo Verbo de Dios, nos recuerda el evangelista Juan, «vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Jesús, en el evangelio de Juan, nos indica la raíz profunda del rechazo, de la incredulidad, y lo hace empleando un lenguaje duro, que requiere ser descifrado: «Yo hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre; vuestras acciones manifiestan lo que habéis oído a vuestro padre. [...] El que es de Dios acepta las palabras de Dios, pero vosotros no sois de Dios, y por eso no las aceptáis» (Jn 8,38-47). La raíz de la fe bíblica está en la escucha, actividad vital, aunque también exigente. Y es que escuchar significa dejarse transformar, poco a poco, hasta ser conducidos por caminos a menudo diferentes de aquellos que hubiéramos podido imaginar encerrándonos en nosotros mismos. Los caminos que nos indica Jesús están marcados por la belleza –porque la vida de comunión es bella, bello el intercambio de dones y de misericordia-, pero son caminos que comprometen. De ahí la tentación de no abrirle la puerta, de dejarlo fuera de nuestra existencia real. La historia del pecado, en efecto, echa siempre sus raíces en la historia de la falta de escucha. Aunque -y hay que decirlo con fuerza- ninguno de nosotros pueda juzgar la escucha de los otros, ni siquiera la de los que se declaran alejados de la fe (Comunicar el Evangelio en un mundo que cambia, n. 13, Roma 2001).

 

 

Miércoles de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 1,19-27

19 Sabéis, mis queridos hermanos, que todo hombre ha de ser diligente para escuchar, parco en hablar y lento a la cólera,

20 pues el hombre encolerizado no hace lo que Dios quiere.

21 Por eso, abandonad toda inmundicia, todo exceso vicioso, y acoged con mansedumbre la Palabra que, injertada en vosotros, tiene poder para salvaros.

22 Poned, pues, en práctica la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos.

23 Pues el que la oye y no la cumple se parece al hombre que contempla su rostro en un espejo

24 y, después de mirarse, se marcha, olvidándose al punto de cómo era.

25 En cambio, dichoso el hombre que se dedica a meditar la ley perfecta de la libertad y no se contenta con oírla, para luego olvidarla, sino que la pone en práctica.

26 Si uno piensa que se comporta como un hombre religioso y no sólo no refrena su lengua, sino que conserva pervertido su corazón, su religiosidad es falsa.

27 La religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre consiste en socorrer a huérfanos y viudas en su tribulación y en mantenerse incontaminado del mundo.

 

        *» La perícopa de hoy (w. 19-27) se inserta en el fragmento más amplio delimitado por los w. 16-27, que se articulan, desde el punto de vista literario, en tres tiempos: empiezan con una exhortación de estilo directo y prosiguen con algunas consideraciones de tipo sapiencial y de carácter impersonal.

        A pesar de esta estructura, la conexión de las ideas no es demasiado inmediata, y obedece más a un estilo rabínico de yuxtaposición de conceptos diferentes que al desarrollo lineal de una idea: en los diferentes aspectos de la «Palabra revelada» podemos señalar un pensamiento de fondo: la Palabra nos engendra para ser los primeros frutos de las obras de Dios (v. 18); esa Palabra, sembrada en nosotros, tiene la capacidad de salvar nuestras almas (v. 21) y, llevada a cumplimiento en las obras concretas, nos conduce a la experiencia de la bienaventuranza evangélica (w. 26ss).

        Aparecen aquí con claridad huellas de catequesis bautismal. Se plantea aquella libertad que es prerrogativa de la ley nueva, tema entrañable a Pablo (Rom 3,27; 16,15; 7,1; Gal 4,21ss). O sea, y recogiendo las expresiones del prólogo de Juan, que nos parecen también muy adecuadas en este contexto: los que han recibido en el bautismo el don de haber sido engendrados como hijos han recibido la iluminación de la fe y la habilitación para obrar: «Éstos son los que no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,13).

 

Evangelio: Marcos 8,22-26

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos

22 llegaron a Betsaida y le presentaron un ciego, pidiéndole que lo tocara.

23 Jesús tomó de la mano al ciego, lo sacó de la aldea y, después de haber echado saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: - ¿Ves algo?

24 Él, abriendo los ojos, dijo: - Veo hombres; son como árboles que caminan.

25 Jesús volvió a poner las manos sobre sus ojos; entonces el ciego comenzó ya a ver con claridad y quedó curado, de suerte que hasta de lejos veía perfectamente todas las cosas.

26 Después le mandó a su casa, diciéndole: - No entres ni siquiera en la aldea.

 

        *+• Este fragmento refiere el milagro de la curación del ciego de Betsaida, propio de la tradición de Marcos. El pasaje se presenta rico en rasgos particulares de su estilo y de su concepción cristológica. Aparece como conclusión de toda la composición de la «sección de los panes» (Mc 6,30-8,26), composición que no es difícil distribuir en dos dípticos (que se desarrollan siguiendo un módulo compositivo semejante) y encuentra un paralelo en la curación del sordomudo del primer díptico (7,31-37).

        El segundo díptico (8,1-26) empieza con la descripción de la segunda multiplicación de los panes, alude a la travesía del lago para llegar a Dalmanuta, donde está ambientada la discusión con los fariseos sobre la señal del cielo, y desde aquí describe la salida en barca con los discípulos: éstos son los interlocutores de la discusión sobre los panes de la nueva levadura. Y, por último, se refiere la curación del ciego en Betsaida.

        Ésta, siempre en el marco de un remachado secreto mesiánico, prepara la magna revelación cristológica de ese bloque particular en la construcción del evangelio de Marcos que llaman los exégetas el canal de confluencia de las dos vertientes de su obra (8,27-9,13). Éste encuentra su cima en la escena de la transfiguración.

        No resulta difícil ver la curación de un ciego por parte del Hijo del hombre como una discreta alusión a la necesidad de ser reintegrados en nuestras propias capacidades cognoscitivas para poder comprender y estar preparados para «ver» la gloria del Hijo de Dios en Jesús.

 

MEDITATIO

        El hecho de «ser diligente para escuchar, parco en hablar y lento a la cólera» revela un corazón pacificado y, por ello, capaz de acoger la Palabra que ha sido sembrada en nosotros. Sin embargo, resulta fácil hacernos ilusiones de que somos corazones acogedores, oyentes fieles. ¿Cómo saber si tenemos en nosotros esta Palabra que, injertada en nosotros, tiene poder para salvarnos? Si la ponemos en práctica.

        La Palabra acogida es la Palabra que se encarna; estamos llamados a hacerla visible en nosotros haciéndola operante a nuestro alrededor. La Palabra de Dios ya ha sido sembrada en nosotros, pero aún tenemos necesidad de una intervención de la gracia para ver con limpidez la «gloria del Hijo de Dios», para tener una «religiosidad auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre».

        Después de haberlo llevado fuera de la aldea y de haberle devuelto la vista, Jesús dice al ciego de Betsaida que no entre en la aldea; con ello volvemos a encontrarnos aún ante el «secreto mesiánico» de Marcos. También nosotros estamos invitados a hacer el mismo recorrido: estamos ciegos; nos llevan fuera de la aldea; nos llaman a convertirnos en oyentes de la Palabra de Jesús y a ver. Sin embargo, en nuestro caso ya no existe el secreto mesiánico: ha llegado para nosotros el tiempo de volver a entrar en la aldea a fin de ser epifanía de la Palabra que habita en nosotros, la «Palabra de la verdad» que lleva a ver hasta de lejos perfectamente todas las cosas, a verlas a la luz de la verdad, sin alterarlas, sin confundir los árboles con los hombres.

 

ORATIO

        Abre, Señor, mi corazón para que, con ojos nuevos, pueda ver la belleza de las cosas que creaste y sepa reconocer en mí y en los otros la imagen del hombre tal como tú la pensaste. Abre, Señor, mi corazón a la escucha de tu Palabra para que le permanezca fiel, no como oyente desmemoriado, sino como alguien que la pone en práctica. Abre, Señor, mi corazón a una religiosidad sincera, pura y sin mancha, para que encuentre mi alegría y mi felicidad en la realización de lo que es justo ante ti, Dios, nuestro Padre.

 

CONTEMPLATIO

        Y, además, el Señor nos ha proporcionado una comprensión y una doctrina especiales sobre la obra y la revelación de los milagros, así: «Es sabido que antes de ahora he hecho milagros, muchos, nobilísimos y maravillosos, gloriosos y grandes, y lo mismo que hice, lo hago y lo seguiré haciendo en el tiempo futuro». Es sabido que antes de los milagros hay dolores, angustia y tribulación, y esto es así para que podamos conocer nuestra debilidad y la maldad en la que nos ha hecho caer el pecado, y para volvernos humildes y hacernos invocar la ayuda y la gracia de Dios. Vienen después grandes milagros, y esto por el poder, la sabiduría y la bondad sublimes de Dios, que revela su virtud y las alegrías del cielo en la medida en que ello es posible en esta vida transitoria, a fin de reforzar nuestra fe y aumentar nuestra esperanza en la caridad. Ésta es la razón por la que le complace ser conocido y honrado en los milagros. Esto es lo que él pretende: no quiere que nosotros caigamos en la depresión a causa de los dolores y tempestades que se abaten sobre nosotros, porque así fue siempre antes de que llegaran los milagros (Juliana de Norwich, Libro delle Rivelazioni, Milán 1984, p. 184).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús tomó de la mano al ciego» (Mc 8,23).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Creer y escuchar la Palabra de Dios es la misma e idéntica cosa. Creer es la capacidad de percibir, más allá de nuestra propia «verdad», humano-mundana y personal, la verdad absoluta del Dios que se revela y se ofrece a nosotros, y dejarla y hacerla valer como la verdad más grande, como la verdad que decide también sobre nosotros. Quien cree, quien se considera creyente, dice que está en condiciones de oír la Palabra de Dios.

        Y quien quiere creer sin contradicciones internas, o sea, el que afirma incluso interiormente lo que cree y quiere poseer en su verdad, el que, en suma, también ama y espera, no necesita reflexionar demasiado para comprender que una fe sin amor está «muerta», es un despojo de su interna vitalidad, porque ha sido como robada de sí misma. Un hombre que cree en serio que Dios es amor y que se ha sacrificado por nosotros en una cruz, y que lo ha hecho porque nos ama y nos ha elegido desde la eternidad y destinado a una eternidad feliz, ¿cómo podrá considerar este mensaje, esta palabra que viene de Dios como justa y válida, y, al mismo tiempo, querer que sea inválida con la misma seriedad, es decir, con sus acciones, al menos para él, al menos en este momento o mientras esté determinado a pecar?

        Dispone de esta posibilidad incomprensible e «imposible», pero la tiene como la posibilidad de contradecir cuanto él mismo ha puesto y afirmado, y por eso es alguien que se contradice a sí mismo, se elimina a sí mismo y se prende fuego. Quien de algún modo dice sí a la fe, aunque sólo sea del modo vago de quien reconoce en el fondo a la verdad de Dios (o bien de un absoluto, divino, universal) un dominio sobre su verdad personal, ése dice «sí» a esta verdad, la ama y espera en ella; es un oyente de la Palabra, no importa que sea de manera abierta o escondida (H. U. von Balthasar, Nella preghiera di Dio, Milán 1997, p. 24).

 

 

Jueves de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 2,1-9

1 Hermanos míos, no mezcléis con favoritismos la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado.

2 Supongamos que en vuestra asamblea entra un hombre con sortija de oro

y espléndidamente vestido, y entra también un pobre con traje raído.

3 Si os fijáis en el que va espléndidamente vestido y le decís: «Siéntate cómodamente aquí», y al pobre le decís: «Quédate ahí de pie o siéntate en el suelo a mis pies»,

4 ¿no estáis actuando con parcialidad y os estáis convirtiendo en jueces que actúan con criterios perversos?

5 Escuchad, mis queridos hermanos, ¿no eligió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?

6 ¡Pero vosotros menospreciáis al pobre! ¿No son los ricos los que os oprimen y os arrastran a los tribunales?

7 ¿No son ellos los que deshonran el hermoso nombre que ha sido invocado sobre vosotros?

8 Así pues, si cumplís la suprema ley de la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, hacéis bien.

9 Pero si os dejáis llevar por los favoritismos, cometéis pecado y la ley os condena como transgresores.

 

        **• Con un ejemplo vivo y concreto, que afecta al aspecto cotidiano de la vida comunitaria, ilustra Santiago lo que debemos entender por una fe activa. Está marcada por una connotación esencial: la capacidad para acoger al pobre. La fe auténtica no rechaza a nadie por el aspecto con el que se presenta, no se deja impresionar por él. Es significativo señalar que el término empleado, favoritismos, corresponde al utilizado por Pablo en Rom 2,11 y Col 3,25 a propósito de Dios para indicar que no tiene preferencias personales. Sólo quien se comporta con esa ecuanimidad tiene una fe recta en Jesús, a quien se le atribuye el título, tal vez litúrgico, de «Señor de la gloria».

El ejemplo que aparece en los w. 2-4 muestra, por el contrario, lo fácil que resulta también para los cristianos honrar a las personas importantes y despreciar, sin embargo, al «pordiosero», es decir, al que está necesitado de todo. No es éste el modo de obrar de Dios.

        Santiago lo recuerda introduciendo lo que dice con un verbo muy importante: «Escuchad, mis queridos hermanos ». Escuchad, prestad atención a los caminos de Dios, que no son los vuestros. Dios prefiere a los pobres «que le aman» y que, de este modo, pueden llegar a ser «ricos» en la fe. Encontramos aquí un eco de la primera bienaventuranza (Mt 5,3), que recoge un tema muy querido en toda la Biblia. Santiago no habla, en efecto, de la pobreza material como condición para la elección divina, ni de la riqueza como motivo de condena. Al rico se le reprueba cuando sus bienes se convierten en motivo de injusticia con el pobre.

        Esa opresión es equiparada a una blasfemia contra el «hermoso nombre»; probablemente, se trata de una referencia al nombre de Jesús, que todo cristiano lleva desde el momento de su bautismo. Con él ha sido injertado en la vida nueva, cuya única ley es el amor que abarca de manera indistinta a cada hombre, porque en cada uno de ellos está Cristo; en el momento del juicio (Mt 25,31-46), se nos preguntará precisamente si hemos sabido reconocerlo. Éste será el mejor fruto de la divina sabiduría en nosotros.

 

Evangelio: Marcos 8,27-33

En aquel tiempo,

27 Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y por el camino les preguntó: - ¿Quién dice la gente que soy yo?

28 Ellos le contestaron: - Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas.

29 Él siguió preguntándoles: - Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Pedro le respondió: - Tú eres el Mesías.

30 Entonces Jesús les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él.

31 Jesús empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían y, a los tres días, resucitaría.

32 Les hablaba con toda claridad. Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparle.

33 Pero Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: - ¡Ponte detrás de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.

 

        *•• En el fragmento que hemos leído encuentra su clarificación el misterio respecto a la persona de Jesús. La primera parte del evangelio de Marcos está atravesada por la pregunta que suscita la persona de Jesús: «¿Quién es ése?». Ahora es el mismo Jesús quien plantea la pregunta para llegar a un primer balance de lo que dice la gente de él. Le consideran no sólo un profeta, sino el mayor de ellos, el precursor de los tiempos mesiánicos.

        Sin embargo, Jesús no se contenta con las respuestas de la gente. Quiere saber lo que piensan de él sus discípulos. Sólo a Pedro le ha sido concedido «ir más allá» y reconocer en él al Mesías, al Cristo, al Ungido de Dios. Pero Jesús impone de nuevo lo que se ha dado en llamar el «secreto mesiánico». En efecto, el Maestro, en el mismo momento en el que acoge y confirma la intuición de Pedro, habla a los discípulos del misterio de la cruz, un misterio que ha de figurar en el corazón de su mesiazgo: él es el Siervo de Yahvé venido a cargar con nuestros pecados para llevar a cabo la verdadera Pascua, para hacernos pasar con él de la muerte a la vida (cf. Is 53).

        En el momento en que Jesús se revela como el Hijo del hombre que ha de padecer se vuelve claro también lo que le pide al discípulo: seguirle por el camino de la cruz. Pedro, que parece haber captado el misterio de Jesús, es el primero también en manifestar su escándalo ante el desconcertante camino que se le anuncia. Jesús lo trae de nuevo al orden. Al pie de la letra le dice: «Pasa detrás de mí, Sígueme». Ésta es la posición justa a la que nos reconduce siempre la Palabra para no hacer vana la venida de Cristo a nosotros. Cuanto más aumenta el conocimiento de él, tanto más estamos llamados a convertirnos en partícipes del misterio de su cruz, que es misterio de amor.

 

MEDITATIO

        «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Ésta es la pregunta a la que se nos pide, continuamente, que demos una respuesta en la vida de cada día si queremos ser, de verdad, discípulos de Jesús. Él es nuestro Señor Jesucristo, el Señor de la gloria, como nos sugiere la Carta de Santiago, pero no podemos contentarnos con invocarlo sólo con los labios.

        No basta, en efecto, con decir: «Señor, Señor». Reconocerle como el soberano de nuestra vida significa creerle también vivo y presente en los hermanos, justamente en cada uno de ellos, según el magno realismo que se ha llevado a cabo en el misterio de la encarnación.

        En efecto, el Hijo de Dios, el Dominador del universo por quien todo fue creado, quiso asumir por amor a nosotros el rostro del Siervo de Yahvé, del Varón de dolores que «no tiene apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas» (Is 53, 2). Y de este modo nos ha revelado nuestra incomparable grandeza.

También a nosotros, como a Pedro, se nos puede conceder intuir en algunos momentos de gracia el misterio del Dios vivo en su esplendor, aunque la comprobación de nuestra fe se lleva a cabo cuando no nos dejamos vencer -como Pedro- por el escándalo de la cruz. Reconocer al Señor Jesús significa saber que su camino pasa, de manera inevitable, por el camino de la cruz y que también nosotros debemos pasar por él, abrazando nuestra cruz.

        No hay otro modo de que se abran los ojos de nuestro corazón y, sin dejarnos desviar por el aspecto exterior, por la riqueza o por la pobreza, por la seguridad o por la necesidad, veamos en cada hombre el misterio de una presencia, el esplendor de un rostro, de su rostro.

 

ORATIO

        Te rogamos, oh Padre, en el hermoso nombre de Jesús, tu Hijo y Señor de la gloria, que hagas límpida y fuerte nuestra fe, no contaminada por favoritismos personales. Abre nuestros ojos para que veamos en cada hombre a un hermano que Jesús ha rescatado al precio de su sangre. Danos una mirada buena, capaz de ver en cada rostro los rasgos del tuyo.

        Él vino a nosotros humilde y pobre, se hizo por nosotros Siervo de Yahvé y cargó con nuestros pecados para darnos la alegría de llegar a ser ricos de tu gloria eterna. Ensancha nuestros corazones para que en ellos sea acogido y amado cada hombre con ese amor de predilección que sientes por cada uno de nosotros, haciéndonos hijos en tu amadísimo Hijo.

 

CONTEMPLATIO

        Hermanos y compañeros de pobreza, recibid este discurso mío sobre el amor a los pobres y orad al mismo tiempo conmigo a fin de que alimente con la Palabra vuestras almas y parta el pan espiritual para aquellos que tienen hambre.

        No es fácil en absoluto encontrar entre las virtudes una que venza a las otras y darle a ésta el primer puesto y el premio de la victoria, del mismo modo que tampoco resulta fácil encontrar en un prado lleno de flores y de perfumes la flor más bella y más perfumada, puesto que ahora una y después otra atraen el olfato y la vista e intentan persuadirnos de que las cojamos en primer lugar.

        Sin embargo, si bien es preciso considerar la caridad como el primero y el mayor de los mandamientos, me parece que la parte más considerable de ésta consiste en el amor a los pobres y en la capacidad de conmovernos y de sufrir con todo nuestro corazón junto con aquellos que son nuestros hermanos. En efecto, Dios no recibe honor de ninguna otra cosa como de la misericordia, puesto que no hay ninguna otra cosa más semejante que ésta a Dios.

        Es menester, por tanto, abrir el corazón a todos los pobres y a los que sufren por cualquier causa, según el precepto que nos ordena alegrarnos con quien está alegre y llorar con los que lloran: y dado que también nosotros somos hombres, es preciso llevar como contribución a los hombres el beneficio de la humanidad; allí donde sea mayor la necesidad a causa de la viudez, de la pérdida de los padres, del exilio, de la crueldad, de la sed de beneficio, de los malhechores, de la insaciabilidad de los ladrones: de todos éstos debemos tener asimismo piedad, porque miran a nuestras manos como nosotros miramos a las manos de Dios en busca de aquello de lo que tenemos necesidad.

        ¿Quién es el sabio que comprenderá esto? Sabe de dónde te viene el existir, el respirar, el conocer a Dios, el esperar el Reino de los Cielos... ¿Quién te ha regalado todas esas prerrogativas gracias a las cuales supera el hombre a los otros seres animados? ¿No es aquel que te pide ahora, antes que todo y en lugar de todo, la humanidad? Y si él no se avergüenza de ser llamado nuestro Padre, aun siendo Dios y Señor, ¿renegaremos nosotros de nuestra parentela? (Gregorio Nacianceno, «Orazione 14», lss, passim; en id., Tutte le orazioni, Milán 2000, pp. 333-337).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me dice el corazón: "Busca su rostro". Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco» (Sal 27,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El pobre es profético. Grita. Nos llama a cambiar, a abandonar nuestros egoísmos, para abrirnos al compartir. ¿Qué es lo que pide? Ser reconocido como una persona, como tú y como yo, y ser amado con un amor que no sea sentimentalismo, sino compromiso. El pobre espera un encuentro repleto de gratuidad y de amor, en el que sea reconocido y no tengamos miedo de «perder el tiempo» ¡untos. Busca una relación que incluya algo de absoluto, un compromiso. Sin embargo, por nuestra parte, tenemos miedo de amar, porque amar es comprometerse con las personas y hacer morir algo de nosotros mismos: bienestar, comodidades, riquezas, empleo de nuestro propio tiempo, distracciones, cultura, reputación, éxito y, tal vez, nuestras propias amistades. El grito del pobre es exigente. Pero nosotros no tenemos tiempo. El pobre es profético. Nos invita a cambiar. Nos invita a un nuevo estilo de vida. Nos llama al encuentro y a la fiesta, al reparto y al perdón. El rico, sin embargo, tiene miedo y se cierra en su riqueza y en su soledad, en su hiperactividad y en sus distracciones. Para salir de la soledad, de la prisión en la que se ha encerrado, necesita el rico al pobre. El pobre le molesta. Si se deja molestar, entonces puede tener lugar el milagro. El pobre penetra a través de los barrotes de su prisión. La mirada del pobre penetra en su corazón para despertarlo a la vida. Se produce el encuentro. Si el rico, tocado en su intimidad, se deja llevar por la llamada del pobre, va descubriendo poco a poco una fuerza, una energía escondida, más profunda que sus conocimientos y que sus capacidades de acción. Descubre el poder de su corazón, un corazón hecho para el encuentro, para el servicio y para ser signo del amor de Dios. Descubre el poder de la ternura, de la bondad, de la paciencia, del perdón, de la alegría y de la celebración. Empieza a manar una fuente oculta hasta entonces.

        Jesús vino a habitar en la tierra con hombres y mujeres pobres. Y pide a sus discípulos que le sigan, que vayan al encuentro de los pobres, que se dejen formar por ellos, que les den su corazón. Entonces reciben un don precioso, el amor del corazón del pobre, reflejo del corazón del pobre que es Jesús, y quedan colmados. Haciéndose «acogida», viviendo en relación con el pobre, se descubre la dimensión contemplativa del amor (J. Vanier, Dietro ¡I pavero, Gesú, Padua 1985, pp. 8-23, passim).

 

 

Viernes de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 2,14-24.26

14 ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo la fe?

15 Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos del alimento cotidiano,

16 y uno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero no les da lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve?

17 Así también la fe: si no tiene obras, está muerta en sí misma.

18 También se puede decir: «Tú tienes fe, yo tengo obras; muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe».

19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien, pero también los demonios creen y se estremecen.

20 ¿Por qué no te enteras de una vez, pobre hombre, de que la fe sin obras es estéril?

21 ¿Acaso no alcanzó Abrahán, nuestro antepasado, el favor de Dios por sus obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?

22 Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y por las obras se hizo perfecta su fe.

23 Así se cumplió la Escritura, que dice: Creyó Abrahán a Dios, y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación, y fue llamado amigo de Dios.

24 Ved cómo por las obras alcanza el hombre la salvación y no sólo por la fe.

26 Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.

 

        *» La carta prosigue su reflexión sobre la relación fe-obras. No se trata tanto de dar una definición de la fe en sí misma -una realidad bien conocida por los cristianos de la comunidad de Santiago- como de mostrar que ésta no puede existir sin manifestarse en una acción consecuente. En su argumentación apremiante y repleta de preguntas que implican la escucha, Santiago pone el ejemplo de esos creyentes que presumen de despedir en paz a los hermanos menesterosos de todo sin ofrecerles lo que necesitan. ¿No es acaso esto algo absurdo? Eso mismo es también la fe sin obras. Es un cadáver. La fe y las obras son inseparables. En efecto, no es suficiente una fe proclamada sólo de palabra. La afirmación de la carta es muy fuerte y siempre actual. No basta con que alguien diga que cree para que sea cristiano: también los demonios creen por conocimiento intelectual que «Dios es uno» (v. 19), pero eso puede correr el riesgo de seguir siendo precisamente sólo una fe «diabólica». El creyente, como Abrahán, atestigua con sus obras lo que conoce, porque -lo remacha una vez más Santiago- «la fe sin obras está muerta» (v. 26), es como un cuerpo inanimado.

        El pasaje en cuestión ha dado pie a las más diversas interpretaciones y controversias, en especial a partir de la lectura que hizo Lutero, contraponiendo el pensamiento de Santiago al de Pablo. Los exégetas actuales están de acuerdo en sostener que se trata, sin embargo, de formulaciones complementarias que nacen de mentalidades y posiciones diferentes. Pablo (cf. Rom 4,2ss y 3,28) tiene ante sí a judeocristianos que buscan la salvación en las «obras de la Ley». A éstas contrapone Pablo la salvación obrada por Cristo y acogida en la fe. Santiago subraya, en cambio, la necesidad de que la fe no se quede en una teoría, sino que se exprese de modo activo y laborioso. Éste es el mensaje que hoy nos vuelve a proponer la Palabra y sobre el que nos pide que nos interroguemos.

 

Evangelio: Marcos 8,34-9,1

En aquel tiempo,

8,34 Jesús reunió a la gente y a sus discípulos y les dijo: - Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.

35 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

36 Pues ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida?

37 ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida?

38 Pues si uno se avergüenza de mí y de mi mensaje en medio de esta generación infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

9,1  Y añadió: - Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto antes que el Reino de Dios ha llegado ya con fuerza.

 

        **• Jesús no se deja condicionar por el rechazo opuesto por Pedro (8,32) al primer anuncio de su camino de sufrimiento; es más, con una iniciativa soberana llama a «la gente», además de a «los discípulos», a que le sigan.

        Hemos de señalar que Jesús se encuentra en tierra pagana; por consiguiente, quiere que todos escuchen lo que tiene que decir: el futuro que le espera a todo discípulo. El que quiera seguirle debe dejar de poner el centro de su vida en sí mismo, porque quien pone por encima de todo su propia vida no puede conocer de verdad a Jesús. El discípulo debe cargar con su cruz, seguir los pasos de Cristo y salir con él del lugar habitado hacia el suplicio en medio del escarnio de la gente.

        El cristiano está llamado, en efecto, a un destino paradójico. Sigue a Jesús -que es la Vida-, pero esto tiene lugar sólo al precio de la renuncia plena y total a la propia autoafirmación. Sólo quien sea capaz de esta pérdida radical de sí mismo por amor a Cristo lo encontrará y tendrá la verdadera vida. ¿De qué nos sirve, en efecto, tener todo si no «ganamos» nuestra propia vida? Ahora bien, ésta es un bien que sólo se puede adquirir amando a Cristo más que a nosotros mismos. Las palabras de Jesús han de ser recibidas en su totalidad, sin descuentos y sin decaimientos delante de una generación que es siempre pecadora y adúltera, acechada por la tentación de fabricarse otros dioses y adorarlos.

        Ahora es el momento de poner sobre nosotros el sello de la cruz, porque éste es el tiempo en el que se está jugando el destino eterno del hombre. Si nosotros no renegamos de él, cuando Cristo vuelva en su gloria nos reconocerá como suyos. De este modo, se hace posible ver ya el comienzo glorioso del Reino de Dios, ese que pudieron pregustar algunos discípulos en la transfiguración (cf. Mc 9,2ss).

 

MEDITATIO

        «¿De qué sirve?» La misma pregunta aparece repetida en la Carta de Santiago y, después, en el evangelio. Recojamos la pregunta con la que hoy nos apremia la Palabra y nos invita a considerar si nos estamos comportando o no de modo que beneficie a nuestro verdadero interés. Sería trágico darnos cuenta de que no hemos aprovechado el tiempo presente llevando a cabo en él todo lo que vale para la eternidad. Sin embargo, ésta es la tentación que se repite: hacer las cosas a medias. Tener, por ejemplo, la fe, pero no desarrollarla por completo en el orden concreto. Seguir a Cristo, pero intentar salvar asimismo muchas otras cosas junto con él. El evangelio de hoy nos recuerda que Jesús llama a la gente, nos llama precisamente a todos, para confirmarnos que no se puede vivir el compromiso como discípulos medrosos. La fe está viva cuando se concreta en obras; de otro modo, está muerta en nosotros, que estamos vivos sólo en apariencia. En efecto, quien no es capaz de amar a Cristo y a los hermanos más que a sí mismo, anteponiéndolos en cada instante a su propio egoísmo, se dará cuenta de que ha pasado junto a la vida sin haberla degustado nunca y, al final, se dará cuenta de que no ha conseguido salvar sus propios días. Éstos, en efecto, se consumirán de manera inexorable antes de que él se haya decidido a entrar en la fiesta del amor que ya ha comenzado.

 

ORATIO

        Concédenos, oh Dios, la sabiduría del corazón que nos permita comprender lo que nos ayuda de verdad para la eternidad. Haz crecer en nosotros una fe sincera que se traduzca en obras valientes para ayudar a nuestros hermanos. Concédenos una fe sólida que, en toda prueba, nos guíe como luz a seguir a Jesús, tu Hijo, por su camino de humildad y de servicio, un camino muy distinto de lo que el mundo aprecia. Haz que, como don del Espíritu, gustemos ya desde ahora en nosotros la alegría de tu reino de amor en unidad con Cristo y con los santos.

 

CONTEMPLATIO

        Hoy mismo debes darte cuenta de que estás muerto para el mundo, para sus obras y para sus deseos, y que -como dice el apóstol- tú estás crucificado para el mundo, así como el mundo está crucificado para ti (cf. Gal 6,14). Considera, por tanto, las exigencias de la cruz, porque deberás vivir de ahora en adelante bajo este signo y a su luz: ahora ya no serás tú el que viva, sino que vivirá en ti aquel que por ti fue crucificado (cf. Gal 2,20). En esta vida debemos configurarnos con el comportamiento y con la imagen que él nos ofreció cuando estuvo colgado en la cruz por nosotros. [...] Sólo así obedeceremos el precepto del Señor que dice: «Quien no tome su cruz y me siga, no es digno de mí» (Mt 10,38). Ahora bien, quizás puedas decirme: «¿Cómo puede llevar un hombre continuamente la cruz y cómo podría seguir viviendo, una vez crucificado? Voy a explicarte la razón con pocas palabras.

        El que está colgado en el patíbulo de la cruz no se apega a las cosas presentes, no se preocupa por su futuro, no se deja dominar por el deseo de poseer y ni siquiera tiene sentimientos de soberbia, de contienda y de envidia; no le causan pena las injurias que ahora recibe y no se acuerda de las que recibió en el pasado; en resumidas cuentas, aunque se siente vivo aún en el cuerpo, está convencido de que ya está muerto para el mundo, y dirige ahora la mirada de su corazón hacia la meta, una meta que no duda en alcanzar lo más pronto posible (Juan Cassiano, Le istituzione cenobitiche IV, 34-36 [edición española: Instituciones, Ediciones Rialp, Madrid 1957]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo si pierde su vida?» (Mc 8,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        «Si salimos de nosotros mismos, ¿a quién encontramos?», pregunta el obispo Teófanes el Recluso, y de inmediato él mismo da la respuesta: «Encontramos a Dios y al prójimo». Ésta es la verdadera razón por la que la renuncia a nosotros mismos es una condición - y la principal además- que debe cumplir aquel que busca la salvación en Cristo: de este modo, el centro de gravedad de nuestro ser se traslada de nosotros a Cristo, que, a un mismo tiempo, es Dios y nuestro prójimo. Mientras no hayamos llevado a cabo esto, todos nuestros intentos en tal sentido estarán falseados en su base, porque son nuestros y proceden del deseo de complacernos a nosotros mismos. Es absolutamente necesario comprender bien esto; de otro modo, corremos el riesgo de caminar con facilidad fuera del camino, comprometiéndonos por el camino de una supuesta dedicación a los otros y con obras bien intencionadas, pero que nos llevan de manera inevitable al pantano de nuestra personal satisfacción. El atarearse, bajo todas sus formas, es un veneno terrible. Sondea tu corazón, examínate con diligencia y deberás reconocer que muchas actividades en las que te parece deshacerte por los otros proceden en realidad de la necesidad de aturdir tu conciencia; su verdadera fuente es nuestra invencible tendencia a buscar lo que nos gusta y nos satisface. ¡No! El Dios del amor, de la paz y del sacrificio total no puede estar allí donde se busca la propia satisfacción, en la agitación y en el atarearse, aunque sea con nobles pretextos.

        He aquí un principio para el discernimiento: si la paz de tu espíritu está turbada, si te encuentras desanimado o un poco irritado porque cualquier razón te ha obligado a renunciar a una obra buena que habías proyectado, eso te muestra que la fuente estaba turbia. Es impensable que Dios pueda encontrar un obstáculo. Ahora bien, un acto verdaderamente desinteresado no es mío; es de Dios. En consecuencia, no puede encontrar obstáculos. Para aquel que ha descubierto la senda estrecha que conduce a la vida, esto es, a Dios, no queda más que un obstáculo posible: su propia voluntad pecadora. Si quiere hacer algo y no logra llevarlo a puerto, ¿por qué habría de ponerse triste? Por lo demás, ya no hace proyectos (cf. Sant 4,13-16). Pero esto es otro secreto de los santos (T. Colliander, // cammino dell'asceta, Brescia 1987, pp. 23-25, passim).

 

 

 

Sábado de la 6ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 3,1-10

1 Hermanos míos, no queráis todos llegar a ser maestros; sabed que los maestros tendremos un juicio más severo.

2 Porque todos fallamos en muchas cosas, pero quien no cae en falta al hablar, ése es varón perfecto, capaz de controlar todo el cuerpo.

3 A los caballos les metemos el freno en la boca para que nos obedezcan y poder así dirigir todo su cuerpo.

4 Lo mismo pasa con los barcos: por muy grandes que sean y por muy recio que sea el viento que los impulsa, un pequeño timón basta para que sean gobernados a voluntad del piloto.

5 Pues lo mismo pasa con la lengua: es un miembro pequeño, pero capaz de grandes cosas. ¿No veis cómo un pequeño fuego hace arder un gran bosque?

6 Pues también la lengua es fuego y un mundo de maldad; se instala en medio de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, atizada por los poderes del fuego eterno, hace arder el curso entero de la existencia.

7 Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos han sido y siguen siendo domados por el hombre.

8 Pero nadie es capaz de domar la lengua de los hombres, que es malvada e irreductible y está cargada de veneno mortal.

9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios.

10 De la misma boca salen bendición y maldición. No tiene que ser así, hermanos míos.

 

        *+• Prosiguiendo el examen de la raíz profunda de los problemas eclesiales de su tiempo, se detiene Santiago en el de la veracidad en el hablar, tema que formula como control de la «lengua». La fe se manifiesta en el obrar y también en el decir. De hecho, hablar con verdad y coherencia es, para el creyente, signo de una fe sincera.

        Con un estilo sapiencial, afronta el autor sagrado este importante tema y nos pone en guardia contra la tentación de erigirnos, de manera indebida, en maestros de otros. La severidad de juicio sobre las palabras (cf. Mt 12,36), de la cual se nos pedirá cuenta un día, es una señal de la importancia de la lengua, cuyo buen uso es indicio de perfección, entendida ésta como autocontrol y como relación correcta con los otros. Los ejemplos del freno en la boca que se pone al caballo y del timón son muy eficaces: la lengua, aunque es un miembro pequeño, puede guiar al hombre.

        Con la tercera comparación (v. 5) se traslada la atención a los peligros de una lengua no controlada. De ella se considera su poderosa carga destructora. El hablar ambiguo es como un fuego (cf. Prov 16,27), como una llama infernal, que una vez instalada dentro de nosotros destruye toda la vida. Sorprende la vehemencia con la que el apóstol presenta el aspecto negativo de la «indomable » lengua, a la que se considera corno «malvada e irreductible», «cargada de veneno mortal» (v. 7). Produce, en efecto, una dolorosa sorpresa que con la misma lengua podamos bendecir al Padre y maldecir a nuestros hermanos. El texto nos suena duro porque estamos acostumbrados a reducirlo todo a dimensiones que nos acomoden. Sin embargo, después de su proclamación, aclamamos: «Palabra de Dios».

 

Evangelio: Marcos 9,2-13

En aquel tiempo,

2 Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los llevó a solas a un monte alto y se transfiguró ante ellos.

3 Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos.

4 Se les aparecieron también Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

5 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

6 Estaban tan asustados que no sabía lo que decía.

7 Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: - Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.

8 De pronto, cuando miraron alrededor, vieron sólo a Jesús con ellos.

9 Al bajar del monte, les ordenó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

10 Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí sobre lo que significaría aquello de resucitar de entre los muertos.

11 Y le preguntaron: - ¿Cómo es que dicen los maestros de la Ley que primero tiene que venir Elías?

12 Jesús les respondió: - Es cierto que Elías ha de venir primero y ha de restaurarlo todo, pero ¿no dicen las Escrituras que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado?

13 Os digo que Elías ha venido ya y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito de él.

 

        *•• El relato de la transfiguración está colocado en el evangelio de Marcos dentro de un desarrollo concreto. Viene después de la profesión de fe por parte de Pedro e inmediatamente después del anuncio de la cruz, por eso es un acontecimiento que constituye el sello oficial puesto por el Padre a la misión del Hijo. Jesús está a punto de entregar su propia vida; el anticipo de la gloria lo confirma en el camino hacia Jerusalén y tranquiliza a los discípulos llamados a compartir el mismo destino del Maestro. El episodio tiene lugar «seis días después» (v. 2), probable alusión a la fiesta de las Chozas, celebrada seis días después del Kippur. El último día todos se vestían de blanco y se encendían gran cantidad de luces.

        En el relato están presentes los elementos típicos de una teofanía: un monte alto, la gloria, la nube luminosa, las tiendas, la voz. La presencia de Moisés y de Elías confirma que Jesús es el profeta definitivo y el Mesías esperado. La voz que se oye no está dirigida sólo al Hijo, como en el bautismo, sino también a los presentes, y constituye la presentación oficial hecha por el Padre a los discípulos, llamados a ser también testigos de la agonía (14,33). El destino de Jesús se va cumpliendo. El secreto mesiánico está confirmado, aunque con un límite de tiempo: ha de ser mantenido hasta la resurrección.

        Los discípulos, aunque han sido testigos privilegiados de la intimidad filial de Jesús con el Padre y con los grandes amigos de Dios del Antiguo Testamento, no consiguen creer que el Mesías deba morir y, por tanto, resucitar. Precisamente por eso se erige Jesús en intérprete de las Escrituras para los suyos, afirmando que Elias ya ha venido en la persona del Bautista y también él ha sufrido el destino de sufrimiento y de muerte que es el paso obligado para todos a la gloria. El evangelista no cuenta, en efecto, la transfiguración como un prodigio, sino para indicar el necesario camino divino y humano que desemboca en la gloria pasando a través de la humillación.

 

MEDITATIO

        Podemos detectar un elemento común en los dos pasajes que nos propone hoy la liturgia. En la primera lectura nos pone en guardia Santiago, de una manera casi chocante para nuestra sensibilidad, contra los peligros de la lengua, de ese pequeño músculo capaz de provocar enormes daños: un arma mortal y poderosa dispuesta siempre a difundir su veneno mortífero. También en el evangelio se habla de palabras y de silencio. El evangelista Marcos comenta la propuesta de Pedro encaminada a construir tres tiendas, y afirma que «no sabía lo que decía». Jesús renueva de manera categórica a sus discípulos el mandato de no decir nada de lo que han visto en el monte hasta que él no haya resucitado de la muerte.

        ¿Se trata sólo de una medida de prudencia ligada a la circunstancia o podemos encontrar en ese mandato alguna indicación válida para nosotros, hoy? Cuando el Padre hace oír su voz, dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». En esta escucha de Jesús está, para el cristiano, la raíz tanto del silencio como de la palabra.

        Sólo si nos mantenemos en la constante escucha del Verbo, las palabras que nazcan de nuestro corazón serán palabras verdaderas y no traicionarán el misterio de Jesús. Es muy fácil hacerse maestros en muchos aspectos, y tal vez nunca ha sido tan fácil como en nuestro tiempo caer en la inflación de sonidos que no transmiten ya contenido alguno. Sólo es posible oír, acoger y entregar al Verbo en el silencio, como hizo María, mujer del silencio. De ella dice el evangelio que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón».

 

ORATIO

        Oh Señor, haz que seamos cada vez más responsables de las palabras que pronunciemos, puesto que nos pedirás cuentas de ellas. Danos también unos labios que no inyecten en el corazón veneno de muerte: ¡es tan fácil matar a los hermanos sin ni siquiera darnos cuenta! Danos asimismo un corazón silencioso, capaz de custodiar el misterio del Verbo de la vida, porque sólo si estamos atentos a él podremos aprender a conocerlo de verdad y a seguirlo en su camino. Sólo entonces será auténtico el testimonio de fe que ofrezcamos a los hermanos y verán en nuestra mirada un resplandor de tu luz. Concédenos lo que te pedimos, oh Dios, Padre del Verbo que se ha consumido en silencio por nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        Hermanos, voy a poneros un ejemplo para que comprendáis mejor. Quien enciende un fuego, primero tiene sólo un carboncillo, que es la palabra del hermano que le ha entristecido; fíjate, es apenas un carboncillo: ¿qué es acaso la palabra de tu hermano? Si lo soportas, apagas el carbón. En cambio, si continúas pensando: «¿Por qué me lo habrá dicho? Puedo muy bien responderle». Fíjate, has puesto unas cuantas astillas o algún material semejante, como quien enciende el fuego y hace humo, que es la turbación. La turbación es esa agitación y combate de pensamientos que despierta y vuelve agresivo el corazón. Pero también esto, si quieres, puedes apagarlo con facilidad, apenas comienza, con el silencio, con la oración; si, no obstante, continúas haciendo humo, irritando y excitando tu corazón a fuerza de pensar: «¿Por qué me lo habrá dicho? Puedo muy bien responderle», por el combate mismo y por la colisión de los pensamientos el corazón se consume, se calienta demasiado, y entonces se enciende la cólera. Pero, si quieres, también puedes apagar esta antes de que se convierta en ira; no obstante, si continúas turbando y turbándote, vienes a encontrarte como el que ha echado leña al fuego, y el fuego prende cada vez más.

        ¿Veis cómo de una sola palabra se llega a un mal tal grande? Sí desde el principio se hubiera dirigido el reproche sobre sí mismo, si no hubiera querido justificarse y a cambio de una sola palabra decir dos o cinco y devolver mal por mal, hubiera podido huir de todos estos males. Por eso os digo siempre: cuando las pasiones son jóvenes, cortadlas enseguida, antes de que se robustezcan en menoscabo vuestro y debáis sufrir después.

        En efecto, una cosa es arrancar enseguida una planta pequeña y otra arrancar de raíz un gran árbol. Poned en práctica y comprended bien lo que escucháis. En verdad, si no lo ponéis en práctica, no podréis comprenderlas: las palabras no bastan (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali VIII, pp. 90-93, passim).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Pon, Señor, en mi boca un centinela, un vigilante a la puerta de mis labios» (Sal 141,3).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        No se le reconoce ya al silencio su relación esencial con la Palabra, el humilde enmudecer del individuo ante la Palabra de Dios. Callamos antes de escuchar la Palabra porque nuestros pensamientos están dirigidos ya hacia la Palabra, como calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de escuchar la Palabra porque ésta nos habla todavía, vive y mora en nosotros. Callamos pronto por la mañana porque Dios debe tener la primera palabra, y callamos antes de acostarnos porque la última palabra pertenece a Dios. Callamos sólo por amor a la Palabra, es decir, precisamente para no deshonrarla, sino honrarla y recibirla como es debido. Callar, por último, no significa otra cosa que esperar la Palabra de Dios y salir, después de haberla escuchado, con su bendición.

        Cada uno de nosotros sabe por propia experiencia que se trata precisamente de aprender a callar en un tiempo en el que predomina el hablar; y que se trata justamente de aprender a callar de verdad, a hacer silencio en nuestro propio interior, a detener de una vez nuestra propia lengua: no es otra cosa que la natural y sencilla consecuencia del silencio espiritual. Ahora bien, el saber callar frente a la Palabra ejercerá su influjo en nosotros a lo largo de toda la jornada. Si hemos aprendido a callar frente a la Palabra, aprenderemos también a usar rectamente el silencio y las palabras a lo largo del día. Hay un modo de callar prohibido, complaciente consigo mismo, soberbio, ofensivo. A partir de aquí vemos ya que no es posible pensar nunca en un silencio en sí. El silencio del cristiano es un silencio tendente a escuchar, un silencio humilde, que, por amor a la humildad, puede ser interrumpido también en cualquier momento.

        Es el silencio vinculado a la Palabra. En eso pensaba Tomás de Kempis cuando decía: «Nadie habla con más certeza que quien calla por propia voluntad». En el silencio se encuentra un maravilloso poder de clarificación, de purificación, de concentración en las cosas esenciales. Es también, de hecho, un dato profano. Ahora bien, el silencio antes de escuchar la Palabra conduce a saber escuchar de verdad, y por eso la Palabra nos hablará también en el momento oportuno (D. Bonhoeffer, La vita comune, Brescia 1979, pp. 104ss [edición española: Vida en comunidad, Ediciones Sígueme, Salamanca 1997]).

 

 

Lunes de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 3,13-18

Queridos:

13 ¿Hay entre vosotros algún sabio y experimentado? Pues muestre con su buena conducta que la sabiduría ha llenado su vida de dulzura.

14 Pero si tenéis el corazón cargado de rivalidad y de ambición, ¿por qué os vanagloriáis y falseáis la verdad?

15 Semejante sabiduría no procede de arriba, sino que es terrena, sensual, demoníaca.

16 Porque donde hay envidia y ambición, allí reinan el desorden y toda clase de maldad.

17  En cambio, la sabiduría de arriba es en primer lugar intachable, pero además es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera.

18 En resumen, los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación.

 

        *• La Carta de Santiago está dirigida a los cristianos procedentes de la sinagoga. Sus destinatarios son hermanos que se reúnen en asamblea constituyendo Iglesias. En éstas, eran muchos los que llegaban a ser maestros (3,1); por eso, tras haberlos amonestado para que dominen la lengua, plantea Santiago esta pregunta: «¿Hay entre vosotros algún sabio y experimentado?» (v. 13). El autor contrapone aquí dos tipos de sabiduría: la de arriba y la terrena; una conduce a la comunión y la otra a la discordia.

        La comunión viene inspirada siempre de arriba, da un buen testimonio y permite vivir en la dulzura y en la paz. La discordia, en cambio, tiene su raíz en el corazón del hombre y hace que crezcan los sentimientos de envidia, de rivalidad, alimentados por la soberbia. Es una sabiduría terrena, mala, que divide, sugerida por el demonio, e invita a realizar toda clase de acciones negativas, veladas por un bien aparente (w. 15ss). La sabiduría que viene de arriba, en cambio, obra siempre el bien y es pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera. Queda así manifiesto que la paz y la concordia de una comunidad siembran una semilla que dará fruto en el campo de la justicia divina (w. 17ss).

 

Evangelio: Marcos 9,14-29

En aquel tiempo, subió Jesús al monte y,

14 cuando llegó adonde estaban los otros discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos maestros de la Ley discutiendo con ellos.

15 Toda la gente, al verlo, quedó sorprendida y corrió a saludarle.

16 Jesús les preguntó: - ¿De qué estáis discutiendo con ellos?

17 Uno de entre la gente le contestó: - Maestro, te he traído a mi hijo, pues tiene un espíritu que lo ha dejado mudo.

18 Cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes hasta quedarse rígido. He pedido a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.

19 Jesús les replicó: - ¡Generación incrédula! ¿Hasta cuando tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo.

20 Se lo llevaron y, en cuanto el espíritu vio a Jesús, sacudió violentamente al muchacho, que cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos.

21 Entonces Jesús preguntó al padre: - ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? El padre contestó: - Desde pequeño.

22 Y muchas veces lo ha tirado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, compadécete de nosotros y ayúdanos.

23 Jesús le dijo: - Dices que si puedo. Todo es posible para el que tiene fe.

24 El padre del niño gritó al instante: - ¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!

25 Jesús, viendo que se aglomeraba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: - Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas y no vuelvas a entrar en él.

26 Y el espíritu salió entre gritos y violentas convulsiones. El niño quedó como muerto, de forma que muchos decían que había muerto.

27 Pero Jesús, cogiéndole de la mano, lo levantó y él se puso en pie.

28 Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: - ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?

29 Les contestó: - Esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con la oración.

 

        **• Jesús baja del monte donde se había transfigurado y vuelve con el resto de sus discípulos. Los encuentra rodeados de una muchedumbre que se queda sorprendida con su inesperada llegada. Dejando aparte toda discusión, todos se apresuran a saludar al Maestro. Jesús pregunta el motivo de la reunión de los discípulos, gente sencilla y maestros de la Ley y -tras cierta vacilación- es el padre de un muchacho endemoniado quien toma la palabra. Cuenta el estado de salud en el que se encuentra su hijo y afirma que los discípulos no han podido liberarlo (w. 17ss).

        Jesús se indigna con todos, porque constata que su predicación y los milagros realizados no han consolidado ni la fe de los discípulos ni la fe de la gente. Con todo, y aunque con una nota de rabia y de cansancio, Jesús no abandona a esta gente y le ofrece una vez más su ayuda. El padre del muchacho interviene de nuevo y pone al descubierto la endeblez y la inconsistencia de su fe: «Si algo puedes...» (v. 22b). Esta petición sorprende al Maestro, y responde de inmediato: «Todo es posible para el que tiene fe» (v. 23). Al decir: «Creo» (v. 24b), el padre del muchacho afirma la impotencia del hombre y la gran misericordia de Dios. Entonces Jesús realiza el milagro: libera al muchacho del espíritu mudo y deja pasar un breve intervalo de tiempo, un espacio para que se manifiesten la grandeza y el poder del amor. No, el muchacho no está muerto; está completamente libre (w. 25-27).

        Cuando los discípulos le preguntan a Jesús la razón de su impotencia, se refiere éste a la oración, es decir, al reconocimiento total y humilde de que todo viene de Dios y de que contar únicamente con nuestros propios medios no conduce a ninguna parte.

 

MEDITATIO

        La sabiduría y la fe se entrelazan hasta formar un tejido compacto que recubre a todo el hombre y le da calor. En medio de esta tibieza encuentra el hombre dentro de sí dos elementos que le hacen ir en la dirección del bien y del amor: el primero es una relación con sus semejantes fundada en la acogida y la escucha, que lo hacen pacífico, tolerante, conciliador, compasivo, fecundo, imparcial y sincero; el segundo es el reconocimiento de estar necesitado de Dios y de encontrar en nuestro camino a Jesús, el Verbo hecho carne. Muchas veces nos sentimos dispuestos a desafiar las distintas situaciones de la vida, creyéndonos capaces de mediar y de llevar a cabo las mismas acciones de Dios, pero la presunción de poder hacerlo por nosotros mismos nos hace fracasar también en el bien.

        La fe hace crecer la sabiduría y la sabiduría aumenta nuestra fe: éste es el camino que hemos de recorrer para no caer en la trampa de una justicia sólo terrena, reivindicadora de derechos. La humildad es la fe escondida, es la confianza de aquel que lo espera todo; por eso lo cubre todo con la caridad. De este modo, la oración es también ese pan de cada día que fermenta la masa de la existencia y hace levantar la mirada hacia aquel que es el Señor de la vida, del cual tenemos necesidad para expulsar el mal tormentoso y afanoso de nuestros días.

 

ORATIO

        Señor Jesús, somos débiles y frágiles y tenemos dificultades para conseguir acoger «las cosas de arriba», la sabiduría que viene de lo alto y la fe en ti. Ayúdanos a mantener vivo el deseo de no abandonarte y de vislumbrar tu presencia en la vida diaria. Pon siempre en nuestro corazón ese justo temor que nos permite dirigir los ojos a ti cuando creemos realizar acciones buenas, en particular las dirigidas a nuestro prójimo, a fin de que no se pierda ningún don que el Espíritu haya infundido en nosotros.

 

CONTEMPLATIO

        No compares todas las obras poderosas y los prodigios realizados en el mundo con un hombre que sabiamente more en la quietud. [...] Que lo más perfecto a tus ojos sea soltar tu alma de los vínculos del pecado, antes incluso que soltar a los oprimidos, liberándolos de aquellos que mantienen esclavos sus cuerpos. Prefiere reconciliarte con tu alma en la concordia de la tríada que hay en ti -cuerpo, alma, espíritu-, más que reconciliar a los airados con tu enseñanza.

        Ama la sencillez de las palabras con la ciencia de la experiencia interior, más que ir en busca de un Giscón de doctrina con la agudeza de la mente y el depósito del oído y de la tinta. Preocúpate de resucitar tu alma muerta por las pasiones al movimiento de sus impulsos hacia Dios, más que de resucitar de la muerte a los muertos según la naturaleza.

        Muchos han realizado grandes cosas, han resucitado muertos, se han cansado en favor de los errantes, han llevado a cabo muchos prodigios y han atraído a muchos a Dios con la admiración despertada por las obras de sus manos. Después, precisamente esos mismos que habían salvado a otros han caído en pasiones torpes y reprobables.

        Mientras daban la vida a los otros, se daban la muerte a sí mismos, provocando su propia caída con la contradicción mostrada en sus obras. El hecho es que, mientras estaban aún enfermos en el alma, no se preocuparon de su propia curación, sino que se echaron al mar del mundo para curar las almas de los otros, estando enfermos ellos aún. De este modo, privaron a sus almas de la esperanza en Dios, en el sentido que he dicho, porque la enfermedad de sus sentidos no podía sostener el choque con los rayos de las cosas mundanas, que, por lo general, excitan la vehemencia de las pasiones en aquellos que todavía tienen necesidad de vigilancia (Isaac de Nínive, Discorsi ascetici I, Roma 1984, pp. 87ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Todo es posible para el que tiene fe» (Mc 9,23b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La gracia cambia de raíz la relación con Dios, entre nosotros, y cambia la comprensión que cada uno de nosotros tiene de sí mismo.

        Primero: la gracia cambia de raíz el modo de concebir la relación con Dios, que se convierte, esencialmente, en una relación de acogida y de gratitud. No es el camino del hombre el que asciende a Dios, sino que es el camino de Dios el que baja al hombre. La salvación es don, no conquista. Esto precisamente es el Evangelio, el alegre anuncio que debemos llevar a todos, un anuncio esperado y deseado: Cristo ha muerto y resucitado por nosotros y, en consecuencia, estamos salvados por el amor  gratuito de Dios manifestado en la cruz, no por nuestras obras. Nuestra seguridad se apoya en el amor de Dios, no en nuestra respuesta: por eso es una noticia alegre.

        Segundo: la gracia cambia las relaciones en el interior de la comunidad. En ella debe reinar el orden de la entrega recíproca y no el de la justicia sin más. «No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrarío, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás», escribe san Pablo a la comunidad de Filipos. Todo eso es necesario si la comunidad quiere ser la proclamación de la gracia, es decir, de la lógica que llevó a Cristo, que existía en la condición de Dios, a tomar la forma de esclavo, a hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

        Tercero: la gracia no cambia sólo las relaciones humanas en la comunidad, sino también las relaciones de la comunidad con el mundo. Estas deben ser unas relaciones de servicio, y de ningún modo relaciones de autoglorificación. La salvación está en la fe y no en las culturas, y, por ello, todas las culturas pueden abrirse a Cristo y ningún pueblo puede imponer a todos su propia cultura particular en nombre de Cristo. Si no fuera así, la salvación dejaría de ser gracia, basada únicamente en el amor de Dios, sino que estaría condicionada por una cultura o por otra, esto es, por las obras del hombre.

        Cuarto: el hombre debe concebirse como don gratuito, como una existencia regalada, y, por consiguiente, no puede permanecer encerrado en sí mismo y buscar sólo lo que supone una ventaja para él. Debe abrirse y hacerse don gratuito para todos. Si esto no tuviera lugar, el movimiento de Dios quedaría interrumpido y distorsionado: el amor gratuito que desciende sobre el hombre quedaría transformado por él: ya no sería don, sino posesión; ya no sería servicio, sino poder (B. Maggioni, "Vita consacrata come trasparenza evangélica", en Consacrazione e servicio. Suplemento n. 10/11, Roma 1981, pp. 29ss).

 

 

Martes de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 4,1-10

Queridos:

1 ¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esas pasiones que os han convertido en un campo de batalla?

2 Ambicionáis y no tenéis; asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; os enzarzáis en guerras y contiendas, pero no obtenéis porque no pedís;

3 pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones.

4 ¡Gente infiel! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguno quiere ser amigo del mundo, se hace enemigo de Dios.

5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: Dios ama celosamente al espíritu que ha hecho habitar en nosotros?

6 Aunque él da una gracia mayor y por eso dice: Dios resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes.

7 Por tanto, someteos a Dios, pero resistid al diablo, que huirá de vosotros.

8 Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad vuestras manos; purificad vuestros corazones, los que lleváis doble vida.

9 Reconoced vuestra miseria; llorad y lamentaos; que vuestra risa se convierta en llanto y en tristeza la alegría.

10 Humillaos ante el Señor y él os ensalzará.

 

        **• Tras haber considerado, de manera general, los aspectos negativos que nos llevan a dividirnos, penetra Santiago de modo más profundo en el corazón de aquellos que se erigen en maestros de la comunidad. La incorrección de estos conduce a guerras y contiendas suscitadas por las pasiones de la codicia y de la posesión, que matan moralmente y suscitan la envidia. ¿Cómo es posible pensar que se va a obtener lo que se pide si hasta la más pequeña petición está hecha con estos sentimientos? A ésos sólo les corresponde el título de «¡gente infiel!» (v. 4), esto es, los que aman y son amigos de las cosas del mundo, mientras que odian y se hacen enemigos de Dios.

        Para dar razón de lo que dice, cita el apóstol la Escritura y afirma que es Dios quien nos otorga el amor en su plenitud y totalidad. De este amor, justamente definido como «celoso», parte la llamada a la conversión. No más confusión, doblez de corazón, compromisos entre el mundo y Dios, sino transparencia y humildad, a fin de ser reconocidos ante los hombres por lo único que vale ante Dios. Éste sólo exalta a quien se le somete.

 

Evangelio: Marcos 9,30-37

En aquel tiempo,

30 se fueron de allí y atravesaron Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera,

31 porque estaba dedicado a instruir a sus discípulos. Les decía: - El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días, resucitará.

32 Ellos no entendían lo que quería decir, pero les daba miedo preguntarle.

33 Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó: - ¿De qué discutíais por el camino?

34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más importante.

35 Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: - El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

36 Luego tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:

37 - El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado.

 

        **• Servir, en sentido bíblico, es servir a Dios, y por tanto también al prójimo, y tiene como consecuencia la liberación del pecado que domina todo corazón.

        Dice Jesús que quien quiera ser el primero «que sea el último de todos y el servidor de todos» (v. 35). En la predicción de su pasión, ofrece Jesús a sus discípulos una lectura -que no comprenden, a buen seguro, todavía de humillación y entrega de sí mismo por los otros a través del sufrimiento y el dolor, pero, sobre todo, a través del amor oblativo y desinteresado. En consecuencia, el seguimiento del discípulo ha de tener estas características.

        Ahora bien, el Maestro prosigue aún con estas palabras: «El que me acoge a mí no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado» (v. 37). El que cree ser el primero no hace fructificar los talentos que ha recibido, sino sólo aquellos de los que presume; el último y el siervo saben, sin embargo, que todo les ha sido dado por Dios, por eso se ponen en actitud de acogida.

        La acogida de un niño (w. 36ss) es símbolo de sencillez, humildad y pobreza, de alguien que se confía del todo a la ayuda de Dios, de quien responde cuando le llaman y no hace razonamientos de grandeza porque no sabe hacerlos. Eso no equivale a callar por temor a pedir, sino al abandono confiado a quien se preocupa por él y a la certeza de que existe siempre Alguien que ve en su justa medida aquello de lo que tenemos necesidad.

 

MEDITATIO

        Es muy grande la tentación de ser o hacerse líder. Se trata de una tentación que aparece de una manera sutil y en forma de bien: al comienzo, tal vez ni siquiera nos damos cuenta, pero poco a poco nos va sugiriendo cosas cada vez más alejadas de la verdad de Cristo.

        Charles de Foucauld oyó un día esta frase durante una homilía del padre Huvelin: «Jesucristo ha tomado el último puesto de tal modo que nadie podrá quitárselo jamás». Estas palabras nos hieren y nos proporcionan consuelo al mismo tiempo, porque la experiencia humana de cada día nos lleva a decir que somos nosotros quienes debemos luchar con los condicionamientos y los bombardeos psicológicos que se nos presentan. Sin la humildad, esa virtud que nos permite reconocer a Otro fuera y por encima de nosotros, sólo conseguimos afirmar nuestras pasiones, que no conducen a la unión y al compartir, sino sólo a imposiciones que con el correr del tiempo no concuerdan ya con la sabiduría, don de Dios. Existe una sola pasión, y es aquella que sufrió Jesucristo por cada uno de nosotros, haciéndonos de nuevo niños en el espíritu, últimos en el mundo, pero grandes en su Reino. Jesús «rico como era, se hizo pobre por nosotros» y, de este modo, puso en tela de juicio la raíz del mal que reina dentro de nosotros: hacernos como él.

        Imitar al Señor no significa repetir de manera servil los gestos que él realizó, sino confrontar lo que sale de nuestro corazón con lo que él dijo e hizo. La obediencia al Padre que lo envió le hizo libre de obrar por nosotros y en nosotros, para que no seamos esclavos de nuestras voluntades, sino libres de amar y de entregar a los otros lo que nosotros mismos recibamos.

 

ORATIO

        Señor, estamos en deuda contigo por la vida que nos has dado con tu pasión, muerte y resurrección. No permitas que usemos los dones gratuitos que nos has dado para especular en perjuicio de los pobres o para hacernos grandes ante los otros.

        Recuérdanos, cuando volvamos a ti humillados, lo que hemos tenido miedo de pedirte en los momentos de orgullo y de presunción. Ayúdanos a acoger y a dar antes de ser acogidos y recibir, para no presumir de hacer nuestra voluntad, sino la de nuestro Padre, tal como tú nos enseñaste.

 

CONTEMPLATIO

        En esta vida y en toda tentación, luchan entre sí el amor del mundo y el amor de Dios; el que venza de estos dos amores arrastra con su peso al que ama. En efecto, no vamos a Dios caminando ni volando, sino con nuestros afectos buenos. Y, del mismo modo, nos quedamos cautivos de la tierra, no con cuerdas o cadenas, sino por nuestros malos sentimientos. Vino Cristo a hacer cambiar nuestros afectos y a hacer que se enamoraran del cielo antes que de la tierra. Se hizo hombre por nosotros el que nos creó e hizo hombres. Y tomó él, Dios, la naturaleza humana para hacer a los hombres como dioses. Ésta es la batalla a la que estamos llamados, ésta es nuestra lucha con la carne, con el diablo, con el mundo. Pero confiemos, puesto que quien pregonó esta justa no se queda mirándola sin darnos su ayuda, pues nos recomienda no presumir de nuestras fuerzas. [...]  «No améis al mundo ni lo que hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2,15).

        Dos son los amores: el del mundo y el de Dios; donde habita el amor del mundo, no puede entrar el amor de Dios. Si se va de allí el amor del mundo, habitará el amor de Dios en ese lugar: ¡que el afecto mayor obtenga el sitio de manera estable! Tú amaste el mundo; no lo ames más. Cuando hayas expulsado de tu corazón el amor terreno, acogerás en él el divino y empezará a habitar en ti la caridad, de la cual no puede derivarse ningún mal. Oíd, pues, las palabras de quien quiere reducir con discursos vuestros corazones para que den mejores frutos. Se ha puesto a tratarlos como campos. ¿Y de qué modo? Si encuentra todavía boscaje, lo elimina; si encuentra el campo limpio ya de maleza, planta árboles enél; y, precisamente, quiere plantar un árbol: la caridad.  ¿Y de qué boscaje quiere quitar la maleza? Del amor del mundo (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Dios resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes» (Sant 6,6b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Dichosos los que saben reírse de ellos mismos: nunca acabarán de divertirse. Dichosos los que saben distinguir un monte del montoncillo de un topo: se ahorrarán gran cantidad de preocupaciones.

        Dichosos los que son capaces de reposar y de dormir sin necesidad de buscar excusas: llegarán a sabios.

        Dichosos los que saben callar y escuchar: aprenderán muchas cosas nuevas. Dichosos los que son lo suficientemente inteligentes para no tomarse en serio: serán estimados por sus amigos.

        Dichosos vosotros si sois capaces de mirar en serio las cosas pequeñas y con serenidad las serias: llegaréis lejos en la vida.

        Dichosos vosotros si sois capaces de apreciar una sonrisa y olvidar una burla: vuestro camino estará lleno de sol.

        Dichosos vosotros si sois capaces de interpretar siempre de manera benévola las actitudes de los otros, incluso cuando las apariencias son contrarias: pasaréis por ingenuos, pero ése es el precio de la caridad.

        Dichosos los que piensan antes de actuar y ríen antes de pensar: evitarán cometer gran cantidad de tonterías.

        Dichosos vosotros si sois capaces de callar y sonreír cuando os interrumpen, os contradicen u os pisan los pies: el Evangelio empieza a entrar en vuestro corazón.

        Dichosos sobre todo los que sois capaces de reconocer al Señor en todos aquellos a quienes os encontráis: habéis hallado la verdadera luz, habéis hallado la verdadera sabiduría (J.-F. Six, Le beatitudini oggi, Bolonia 1986, pp. 195ss [edición española: Las bienaventuranzas hoy, Ediciones San Pablo, Madrid 1989]).

 

 

Miércoles de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 4,13-17

11 En cuanto a los que decís: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allí todo el año; traficaremos y nos enriqueceremos»,

12 ¿sabéis acaso lo que será mañana de vosotros? Pues sois vapor de agua que por un instante es perceptible y al punto se disipa.

13 Haríais mejor en decir: «Si el Señor quiere y vivimos, haremos esto o lo otro».

16 Pero no, alardeáis ostentosamente, sin daros cuenta de que tal actitud es reprochable.

17 Por tanto, el que sabe hacer el bien y no lo hace comete pecado.

 

        **• El apóstol Santiago se dirige a los ricos que forman parte de la comunidad cristiana. Son hombres que viajan por negocios, para obtener beneficios que van mucho más allá de las necesidades cotidianas. Se trata de un poseer por avidez; en consecuencia, de una riqueza injusta que los erige en dueños del futuro. Precisamente por esa presunción son «vapor de agua», es decir, algo que sube hacia lo alto, pero que se disuelve muy pronto porque es inconsistente y, por tanto, deja de verse.

        Santiago subraya en este punto la importancia vital y existencial de dirigir la mirada y el pensamiento al Señor para tomar decisiones sensatas incluso en aquellas cosas que pertenecen a la vida diaria -como el trabajo, por ejemplo, que no puede tener como finalidad exclusiva el beneficio personal. Enriquecerse de este modo se convierte casi en un alarde, en una pretensión sobre los otros y en un arrogarse derechos y privilegios. Ahora bien, todo eso es pecado, porque los ricos, conociendo el bien, no lo hacen.

 

Evangelio: Marcos 9,38-40

En aquel tiempo,

38 Juan le dijo a Jesús: - Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.

39 Jesús replicó: - No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí.

40 Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro.

 

        *+• Llegados al final del capítulo 9 del evangelio de Marcos, podemos resumir algunos puntos: la fe de los discípulos es endeble, no están en condiciones de expulsar a los demonios; los mismos discípulos andan a la búsqueda de grandezas, jactándose de cierta pretensión sobre quienes no forman parte del grupo que sigue a Jesús.

        Casi da la impresión de que la acción del Espíritu Santo, que sopla cómo y donde quiere, es limitada. Los discípulos están encerrados todavía en la mentalidad de que sólo los que pertenecen al grupo de Jesús pueden llevar a cabo acciones que respondan a las enseñanzas del Maestro. Ahora bien, Jesús ha venido a traer una novedad para todos, no sólo para unos pocos, de ahí que ni su misión ni su enseñanza tengan ni puertas ni muros.

        Con razón dice: «Nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí» (v. 39). Ese «en mi nombre» indica precisamente libertad de acción, acogida del amor, total dependencia de Dios, que no excluye a nadie que se declare en favor suyo.

 

MEDITATIO

        La verdadera riqueza consiste en la posesión de la felicidad personal y, al mismo tiempo, en tener la mirada dirigida hacia los otros. Ciertamente, no es posible medir, por nuestra parte, lo que conseguimos dar ni, sobre todo, cómo damos, porque los listones o los programas telemáticos tienen una acción limitada dentro de nuestros esquemas. Con todo, podemos saber qué sentimiento nos impulsa a dar gratuitamente, qué hay de verdad en nuestro corazón que hace saltar el muelle del don. Si bien nada ni nadie está en condiciones de evaluar nuestros sentimientos, siempre hay, a pesar de todo, Alguien al que no se le escapa nada que tenga que ver con nosotros.

        Cuando obramos en la caridad de Cristo, de inmediato se nos sugiere el movimiento siguiente, de inmediato entra en acción nuestra fantasía y nos hace realizar cosas que nunca hubiéramos pensado. Con frecuencia, nos sorprende que otros estén en condiciones de llevar a cabo gestos de amor mayores que los nuestros. Es precisamente en este punto donde nace el verdadero sentido de la comunidad, de ese encuentro de personas que -reunidas en el amor oblativo- tienen como dinamismo vital al Espíritu Santo, el cual obra y realiza su verdadera misión: «Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice el Señor Jesús. Tenemos grandes ejemplos en nuestra historia de personas que, en apariencia, «nos dejan» para «dedicarse » a los demás. ¡Cuántas vidas escondidas salen a la luz incluso después de haber dejado este mundo!

        El Señor sabe encontrar los modos de no dejarlas para siempre en el silencio. Una mirada de amor hacia el otro, una atención dirigida a quien se encuentra menesteroso y en medio de la necesidad, no pueden ser «arrebatadas» por la racionalidad humana: necesitamos dejar que sea el Señor quien nos revele cuál es el verdadero bien para cada uno de nosotros y para todos.

 

ORATIO

        Oh Señor, perdónanos porque nos mostramos presuntuosos en las acciones que realizamos «en tu nombre ». Nos llenamos la boca, las manos, el corazón y la cabeza de ti, pero, después, nuestros sentimientos persiguen intereses y resultados egoístas. No permitas que los justifiquemos, porque no existe más que una sola justificación: la tuya, la redención llevada a cabo por medio de tu muerte en la cruz. Haz que nuestra única riqueza sea ver la pobreza del otro, para salirle al encuentro, y que nuestra pobreza esté repleta de la riqueza que el otro nos ha dado.

 

CONTEMPLATIO

        Ojalá no caigamos en la mezquindad, en la relajación de los que juzgan como absolutamente imposible pasar la vida sin disponer de inmensos tesoros. [...] Lo que se os pide a vosotros, oh ricos de este mundo, no es inhumano, ni puede resultaros indeseable. Si no es posible exigiros que queráis ser pobres en la tierra, preocupaos al menos de no tener que mendigar por toda la eternidad. Si sentís horror de la indigencia presente, ¿porqué no teméis la futura, la perpetua? Si aborrecéis los males efímeros, esforzaos por evitar las desventuras sin fin, eternas. Mientras estáis en vida, tembláis, os espanta el pensamiento de la miseria; sin embargo, el daño mundano que teméis es con mucho inferior al que os afligirá en el más allá. Si juzgáis insoportable la pobreza terrena, ¿cómo valoraréis aquella que no tendrá nunca fin?

        Las consideraciones que estoy haciendo son muchísimo más conformes con vuestro modo de sentir, con vuestros deseos. Si no queréis separaros de ninguna manera de vuestros tesoros, haced que eso no tenga lugar algún día. Os pedimos algo que debe seros agradable, grato. Vosotros, que no sabéis vivir sin disponer de riquezas, obrad de modo tal que sigáis siendo siempre adinerados. Justamente el Señor dice: «Por consiguiente, soberanos de los pueblos, si os deleitáis con los tronos y los cetros, honrad la sabiduría, para que podáis reinar siempre» (Silvano de Marsella, Contro l'avarízia, Roma 1997, pp. 79ss).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro» (Mc 9,40).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Afortunadamente, hay una «fábula» que es siempre verdadera, y lo sigue siendo cada día. Una «fábula» vivida por alguien o por algo que, en general, no tiene nombre ni vistosidad, y se propone al libro de la vida desde su escondite lleno de sol. A veces es descubierta y contada por periódicos y libros, aunque es más frecuente que siga siendo desconocida por la publicidad, atareada en temas que no son en absoluto fabulosos.

        La encuentran, como una gracia, los que buscan la luz: o bien porque tienen la mirada iluminada o bien porque sienten la desesperación del vacío. La «fábula» cotidiana confirma en la paz a los primeros y lleva a la paz a los segundos. Es la maravilla que Dios mantiene en la tierra, donde son muchos los que trabajan para que sea cada vez menos maravillosa, aunque su maravilla acaba por imponerse siempre, sin escenarios ni estrépito, en la naturaleza y entre los hombres.

        La llamamos «fábula» de manera inapropiada, dado que es verdadera, aunque le conviene este nombre porque no parece verdadera, por lo mucho que se ha vuelto excepcional y obsoleta, cuando debía ser casi normal por el hecho de que todo hombre está llamado a ser y a obrar, y por el hecho de que está difundida por todas partes en la naturaleza. La «fábula» se llama don, amor, unidad. Se cuenta en las casas de los pobres que se sienten señores y en las casas de los ricos que comparten lo que tienen. Se encuentra en el asfalto, donde, ¡unto con los «viajeros luctuosos», va un peregrino de humanísima libertad; y se encuentra también en la estancia donde sonríe la enfermedad como sobreabundancia de vida. Se lee en el vuelo de las mariposas, en el canto del mirlo, en las conchas de las playas, en el juego de luces de un abetal de montaña. Verla y sentirla, tan difundida en su escondite, hace pensar que el «invierno» de la vida diaria no es, de verdad, la estación dominante (G. Agresti, Le fragole sull'asfalto, Milán 1987, pp. 165-166).

 

 

Jueves de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,1-6

1 Y vosotros los ricos gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan.

2 Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla.

3 Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?

4 Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso.

5 En la tierra habéis vivido lujosamente, os habéis entregado al placer, y con ello habéis engordado para el día de la matanza.

6 Habéis condenado, habéis asesinado al inocente, y ya no os ofrece resistencia.

 

        *• Santiago retoma en este pasaje las invectivas proféticas comunes a toda la predicación bíblica (cf. Is 5,8-10; Jr 5,26-30; Am 8,4-8) para dirigir una severa advertencia a la sociedad en la que vive, una sociedad donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres se ven cada vez más defraudados.

        El apóstol retoma, de modo más explícito y con tonos más duros, lo que ha indicado ya antes (Sant 2,6ss) sobre el tema pobres-ricos: invita al rico a lamentarse con verbos que expresan sollozos ruidosos, gemidos semejantes a los de las bestias heridas (v. 1). El motivo de este llanto violento y lacerante es la mísera situación del rico, cuyos bienes amasados se están pudriendo, sus vestidos son pasto de las polillas, su oro y su plata se oxidan (w. 2-3a).

        Ahora bien, la verdadera amenaza no consiste tanto en haber puesto su seguridad en lo que se deteriora como en el juicio de Dios que aguarda a todos (v. 3b). Este pensamiento vuelve a aparecer en los versículos posteriores: la injusticia de la que son objeto los obreros defraudados grita y llega a los oídos del Señor (v. 4); su frívola conducta les hace semejantes a los animales que acumulan el alimento sólo con vistas a la matanza (v. 5). En la nota conclusiva del justo (v. 6), Santiago ha querido relacionar la figura del oprimido, privado injustamente de sus derechos, con la figura bíblica del pobre de YHWH, que, a pesar de ser maltratado, no opone resistencia al mal (cf. Is 50,5; se reconocen sus rasgos: indigencia, debilidad, confianza en el Señor). Éste es el pobre a quien ama Dios, del que no aparta su mirada y hacia el cual están siempre atentos sus oídos.

 

Evangelio: Marcos 9,41-50

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

41 Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua en mi nombre porque sois del Mesías no quedará sin recompensa.

42 Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar.

43 Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue.

44 Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno.

47 Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te Vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno,

48 donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.

49 Todos van a ser salados con fuego.

50 Buena es la sal. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿con qué le daréis sabor? Tened sal entre vosotros y convivid en paz.

    

        *» Después del segundo anuncio de la pasión y de la resurrección, llega Jesús a Cafarnaún con sus discípulos (cf. Me 9,30-33). Marcos inserta en este punto de su evangelio una serie de loghia aparentemente inconexos entre sí, aunque en realidad se reclaman recíprocamente a través de las palabras-clave. La expresión «en mi nombre» (v. 41), que figura al comienzo del fragmento de hoy, estaba ya anunciada en el v. 37; la expresión «ser ocasión de pecado» o «escándalo» (v. 42) anticipa toda la sección que viene después (w. 43-48); la sentencia conclusiva de la «sal» (v. 50) recuerda el versículo precedente.

        Todos estos dichos forman una colección de instrucciones dadas a los discípulos para caminar en el seguimiento de su Maestro. En la perícopa litúrgica, Jesús afronta diferentes temáticas. Empieza con la de la acogida: gestos pequeños y sencillos (cf. Mt 25,40) realizados en su nombre; es él, en efecto, quien llena de significado las acciones humanas, confiriéndoles un valor de eternidad (v. 41).

        Prosigue con la cuestión del escándalo: quien pone un obstáculo a aquellos que todavía son débiles en la fe, merece un castigo severo e infamante (v. 42). En los w. 43-47 asume Marcos un lenguaje paradójico, típico, por el radicalismo y por la dureza del juicio, de la mentalidad semítica. Sirve para indicar que -si es necesario es mejor sacrificar ciertos órganos vitales que adherirse al pecado e incurrir en la condena eterna simbolizada por la Gehena. Para confirmar todo esto (v. 48) aparece la cita bíblica tomada del profeta Isaías (Is 66,24).

        El tema del sacrificio de nosotros mismos a fin de preservarnos y purificarnos del pecado aparece también en los w. 49ss con las imágenes de la sal y del fuego. La sabiduría de Cristo que debe buscar el discípulo para dar sabor a todas sus acciones, el fuego del amor con el que debe abrasarse para poner su propia existencia al servicio de la comunión, pasan por el camino de la paradoja cristiana: perder para encontrar (cf. Mc 8,35).

 

MEDITATIO

        Los profetas, apoyados en la Palabra que les ha sido anunciada, tienen el valor de hacer resonar la voz de Dios en la historia. Son ellos quienes nos incitan, nos liberan de la indiferencia en el que caemos a menudo o en la que nos refugiamos. Su voz nos vuelve a llamar y nos hacen levantarnos de las cómodas poltronas de nuestro egoísmo para ponernos en movimiento. Todos los tiempos tienen necesidad de profetas que levanten la antorcha de la esperanza en medio de la oscuridad de la noche que nos rodea, que denuncien las injusticias, que ayuden a los pobres a levantar su grito hacia el cielo.

        Nosotros somos los primeros que necesitamos ser importunados, despertados de nuestro entorpecimiento, para mirar, no ya con nuestros ojos, sino con los de Dios. Los desafíos que marcan toda una época, como en la nuestra supone la globalización para los creyentes, están a la vista de todos: individuos y naciones. También el apóstol Santiago ve desigualdades entre ricos y pobres y se da cuenta del pecado de los primeros y de la grandeza de los otros. Gracias a la perspectiva divina conseguimos vislumbrar lo que permanece invisible a la lógica humana. Dios nos entrega su Palabra en su Hijo hecho carne y nos llama a ser profetas en nuestro tiempo. Dejémonos abrasar por esta Palabra para que nuestros gestos, hasta los más pequeños, sencillos y aparentemente insignificantes, sean realizados en su nombre, dejen su sello. Sólo de este modo dejaremos de ser los falsos profetas que escandalizan a los débiles, que ponen obstáculos en el camino de la Verdad. El Señor es el principio y el fin de nuestro vivir, es la verdadera riqueza de la existencia humana: decidámonos por él. Volvámonos a él para encontrar de nuevo la dimensión justa de las cosas, para liberarnos de nosotros mismos y de nuestros protagonismos, para tener el valor de ser coherentes, aunque ello exija algunas «amputaciones», por dolorosas que sean.

 

ORATIO

        Que tu Espíritu, Señor, ilumine nuestra historia, porque estamos confusos y ya no sabemos distinguir el bien del mal. El pecado se ha acumulado en nosotros y se ha convertido en nuestra riqueza, en el tesoro amontonado en las arcas de nuestro corazón. Que tu Espíritu, Señor, vuelva a arder en nosotros y vuelva a llevarnos a lo esencial; que nos dé unos ojos limpios, capaces de mirar lo creado y a las criaturas; que nos dé unas manos abiertas para acoger a los hermanos y compartir con ellos nuestro bienestar; que nos dé unos pies seguros para recorrer los caminos de la esperanza.

        Entonces también nosotros seremos tus profetas, los anunciadores de la vida nueva que lleva la marca de la sabiduría de tu Hijo.

 

CONTEMPLATIO

        Poseéis bienes que os garantizan la prosperidad para muchos años. No os limitéis a conservarlos. Hacedlos fructificar, para vosotros y para los demás.

        ¿De qué modo? Depositándolos en un lugar inaccesible a los ladrones: encerrándolos en el corazón de los pobres.

        He aquí vuestros cofres: los vientres de los hambrientos.

        He aquí vuestros graneros: las casas de las viudas.

        He aquí vuestros almacenes: las bocas de los huérfanos.

        Dios os concede la prosperidad para vencer vuestra avaricia o, dicho de otro modo, para condenarla.

        Por consiguiente, no tenéis justificación cuando empleáis sólo para vosotros lo que, a través de vosotros, ha querido dispensar Dios a su pueblo.

        Dice el profeta Oseas: «Sembrad semillas de justicia». Echad, pues, vuestras semillas en el corazón de los pobres. Llegados a este punto, quizás me opongáis esa objeción que se ha convertido en un lugar común: no es justo ayudar a los que están en la miseria, puesto que es voluntad de Dios que lo estén; su miseria es signo de que Dios los maldice. De ninguna manera. Los pobres no están malditos. Es justamente lo contrario. Exclama Jesús, en efecto: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos». No es al pobre, sino al rico, a quien Dios maldice. Y esto es tan verdad que leemos en el libro de los Proverbios: «Maldito el que acapara el grano». Por otra parte, no os corresponde a vosotros distinguir entre los dignos y los indignos. El amor no acostumbra a juzgar los méritos, sino a proveer a las necesidades: ayuda al pobre sin mirar si es bueno o malo. Nos enseña el salmista: «Bienaventurado el que tiene la inteligencia del pobre y del débil». ¿Quién posee esa inteligencia? El que sufre junto al otro, el que comprende que el justo es su hermano (Ambrosio de Milán, «La viña de Nabot», en El buen uso del dinero, Desclée de Brouwer, Bilbao 1995, pp. 96-97).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿De qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida?» (Mc 8,36).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        Señor, sálvame de la indiferencia, de esta anonimia de hombre adulto. Es el mal de que sufrimos sin tener conciencia de ello. [...]

        Ahora que la aparición de Cristo no conmueve a nadie, no infunde reverencia o terror, ahora pueden suceder otras cosas más monstruosas, y cada uno diría: «¿Ah sí? ¿Se ha aparecido el Señor?». Ahora podemos amontonar, robar, hacer violencia, y todos continuamos diciendo: «Así es el mundo, así es la vida». Ahora somos hombres sin remordimientos y sin pecados.

        Sin embargo, están los llantos de mi infancia por haber dicho una mentira a mi madre, el dolor por aquellos días en los que no conseguí ser bueno, el disgusto por haberme olvidado de las oraciones de la mañana y de la noche, y la turbación por un pensamiento impuro. Entonces no podía apacentar a mi rebaño en paz en tanto no te hubiera pedido perdón, Señor; no podía mirarme en el espejo de las fuentes, no conseguía mirar a la cara a los hermanos cuando comíamos en la mesa el poco y sabroso pan. Entonces el pobre, cuando venía a pedir un puñado de harina a la puerta, me hacía llorar; ahora, en cambio, decimos que también eso es una necesidad: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Mt 26,11); de ahí que los soportemos hasta en las puertas de las iglesias, los domingos, cuando, por costumbre, asistimos a tu muerte. Ahora somos todos como el Epulón, con ese bajorrelieve de Lázaro en el umbral del palacio para dar relieve a  nuestra distinción (D. M. Turoldo, Pregare, Sotto ¡I Monte 1997, pp. 164 y l66ss).

 

 

Viernes de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,9-12

9 Hermanos, no os soliviantéis unos contra otros, para que no seáis condenados, pues el juez está ya a las puertas.

10 Tomad como modelo de constancia y sufrimiento a los profetas que hablaron en nombre del Señor.

11 No en vano proclamamos dichosos a los que han dado ejemplo de paciencia. En concreto, habéis oído hablar de la paciencia de Job y conocéis el desenlace al que le condujo el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso.

12 Pero, sobre todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra, ni hagáis ningún otro tipo de juramento. Que vuestro «sí» sea sí y vuestro «no» sea no, para no incurrir en condenación.

 

        *•• En la parte final de su carta (5,7-20), Santiago se dirige a todos los miembros de la comunidad icf w. 7.9.10.12.19) y les exhorta a vivir en el tiempo presente (cf. v. 7) de modo positivo y confiado icf. 9a. 12). Con su estilo conciso, aunque franco y decidido, fija su mirada de inmediato en aquello que es esencial y da sentido a la vida cristiana, la venida final del Señor: «el juez está ya a las puertas» (v. 9b). Para esta larga espera, durante la cual está llamado el cristiano a pasar por pruebas y adversidades, pone Santiago dos ejemplos del Antiguo Testamento: «los profetas» (v. 10) y «Job» (v. 11).

        Con la cita del Sal 103, 8, colocada como conclusión del v. 11, se nos confirma que así como el Señor no defraudó las expectativas de los que permanecieron fieles a la palabra que debían anunciar y de los que perseveraron en la fe, así tampoco frustrará las nuestras.

        Por último (v. 12), añade Santiago otra recomendación a la que había puesto en la apertura de nuestro fragmento: a fin de que la espera de la parusía sea un tiempo de serenidad y de edificación recíproca, invita a sus lectores a evitar, además de las murmuraciones, el juramento, retomando el texto de Mt 5,33-37: no hemos de dar garantía a nuestra palabra recurriendo a Dios, sino haciendo frente con empeño, seriedad, autenticidad y transparencia a nuestra vida, que no necesita muchos discursos.

 

Evangelio: Marcos 10,1-12

En aquel tiempo,

1 Jesús partió de aquel lugar y se fue a la región de Judea, a la otra orilla del Jordán. De nuevo la gente se fue congregando a su alrededor, y él, como tenía por costumbre, se puso también entonces a enseñarles.

2 Se acercaron unos fariseos y, para ponerle a prueba, le preguntaron si le era lícito al marido separarse de su mujer.

3 Jesús les respondió: - ¿Qué os mandó Moisés?

4 Ellos contestaron: - Moisés permitió escribir un certificado de divorcio y separarse de ella.

5 Jesús les dijo: - Moisés os dejó escrito ese precepto por vuestra incapacidad para entender.

6 Pero desde el principio Dios los creó varón y hembra.

7 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer

8 y serán los dos uno solo. De manera que ya no son dos, sino uno solo.

9 Por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.

10 Cuando regresaron a la casa, los discípulos le preguntaron sobre esto.

11 Él les dijo: - Si uno se separa de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera;

12 y si ella se separa de su marido y se casa con otro, comete adulterio.

 

        *•• En el centro de este pasaje del evangelio de Marcos figura la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio. La ambientación geográfica (v. 1) en la que la inserta el evangelista saca a la luz la continuidad de la instrucción de Jesús y también la revelación progresiva a los discípulos que perseveran en su seguimiento, a pesar de las dificultades de su naturaleza humana. Desde Cesárea de Filipo (8,27), suben Jesús y sus discípulos al elevado monte de la transfiguración (9,2), atraviesan Galilea (9,30), se detienen en Cafarnaún (9,33) y, finalmente, entran en Judea y pasan el Jordán. A la llegada a este territorio nos encontramos ante una controversia (v. 2) provocada por la diabólica pregunta planteada por los fariseos sobre la licitud del repudio o divorcio. Jesús, tal como acostumbra a hacer en estas ocasiones, pone una contrapregunta (v. 3), obligando a sus interlocutores a profundizar en el sentido de su objeción (v. 4).

        Las disposiciones de la ley mosaica (cf. Dt 24,1-4) no son una concesión benévola de Dios a su pueblo, como se creía en las escuelas rabínicas del tiempo. En realidad, revelan la ligereza con la que se practicaba el divorcio en el pueblo hebreo y la indigna situación en la que se encontraba la mujer repudiada, la cual, sin el certificado de divorcio, habría seguido siendo siempre «propiedad» del primer marido. El verdadero problema al que conduce Jesús a sus interlocutores es la incapacidad de amar (v. 5), que nos aleja del proyecto divino originario (w. 6ss). El hombre y la mujer llevan ambos en sí mismos la imagen del Dios que es amor y, aunque en medio de la diversidad, están llamados a ser una sola cosa en el matrimonio (v. 8). En el acto creador se descubre el auténtico sentido del amor y a nadie le está permitido romper la profunda unidad introducida por Dios en la naturaleza humana (v. 9).

        Las precisiones añadidas en privado a los discípulos (w. 10-12) confirman la enseñanza de Jesús sobre la cuestión ya discutida, con una adaptación al marco grecorromano. En este último, a diferencia del semítico (cf. Mt 5,32), también le estaba permitido a la mujer divorciarse del marido.

 

MEDITATIO

        La historia humana se desarrolla entre los dos grandes momentos de la creación y de la venida gloriosa de Jesús. Entre el comienzo y el cumplimiento del tiempo encontramos el sentido profundo de nuestro vivir: Dios, que nos llama y nos quiere en comunión con él. El tiempo presente, que, si vamos detrás de las sugerencias mediáticas imperantes, se nos presenta como el hoy absoluto, parece intentar cortarse del pasado, como si no le perteneciera, y no consigue proyectarse en un futuro posible, con lo que acaba replegándose sobre sí mismo de una manera estéril. La Palabra de Dios nos dice hoy algo preciso a este respecto. Nuestro tiempo es el tiempo de la paciencia, esto es, el de la expectativa laboriosa, confiada, segura de la venida del Señor. El nuestro es también el tiempo en el que damos cuerpo e historia a la «imagen y semejanza» divinas impresas en nosotros en el acto creador, mediante las cuales cada uno realiza el proyecto originario de comunión en la diversidad, de armonía en el amor.

        Al mismo tiempo, estamos llamados a palpitar con la vida misma del Dios Uno y Trino; el hombre y la mujer unidos en matrimonio son «sacramento», signo y realización posible de esa vida misma de Dios, dentro de los límites del lenguaje humano. ¿Cómo dar forma en el orden concreto de las relaciones cotidianas al proyecto originario de Dios sobre nosotros? El apóstol Santiago nos invita a vivir con transparencia, sin doblez ni ambigüedad, de tal modo que nuestras acciones sean creíbles por sí mismas. Y nos recuerda que hay un pasado del que podemos extraer indicaciones útiles para el presente; que el futuro no es una realidad desteñida, lejana, sino algo que se construye ya en el hoy y, en cierto modo, lo pregustamos ya. Es posible que en este tiempo de la «satisfacción inmediata», de los proyectos a corto y a cortísimo plazo, de la memoria evanescente, la Palabra que hoy nos presenta la liturgia sea, más que nunca, un faro luminoso para orientarnos en el camino.

 

ORATIO

        Bendito seas, Señor Dios: tú me recuerdas que vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos, y esta perspectiva cambia mi relación con la vida. No estoy caminando sin meta: la mía eres tú. No he llegado aquí por casualidad: mi origen eres tú. Por consiguiente, eres tú, Señor mío, quien da sentido y sabor a las relaciones conmigo mismo y con los demás, unas relaciones sazonadas con sentimientos de afecto y amistad.

        Da vigor a mi voluntad -siempre frágil- de conocer tu proyecto originario para cada hombre y para cada mujer, ese proyecto de amor y de alegría que tu Palabra me revela y que ha tomado carne sin equívocos en Jesús. Y así sepa yo dar el justo valor a lo que es humano y capturar en mi tiempo fugaz fragmentos duraderos, reflejos de la eternidad.

 

CONTEMPLATIO

        Manten siempre delante de tus ojos el punto de partida. Conserva los resultados alcanzados. Lo que hagas, hazlo bien. No te detengas; antes bien, con carrera veloz y paso ligero, con pie firme, que ni siquiera permita al polvo retrasar la marcha, avanza confiado y alegre por el camino de la bienaventuranza que te has asegurado (Clara de Asís, "Lettere", en Fonti francescane, Padua 41996, 2288 [edición española: Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que vuestro "sí" sea sí y vuestro "no" sea no» (Sant5,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        La imagen primaria que tienen nuestros contemporáneos del tiempo no es una imagen serena. En la aldea global las esperas son brevísimas: asistimos a los acontecimientos en directo, el poder de los mandos a distancia se ha convertido en el signo de la satisfacción de lo inmediato. El imaginario  de todos, pequeños y adultos, está poblado de figuras de mil colores, aunque efímeras como un meteoro, ya sean las imágenes terribles de la guerra o las del papa cuando realiza un viaje apostólico, asociadas sin distinción de valor a los mensajes publicitarios. Si, por un lado, todo parece bajo control, por otro estos tiempos acelerados y segmentados son fuente de angustia y de amenaza para el hombre. El tiempo en el que vivimos se parece más que nunca al chronos del mito griego que devora a sus hijos, y nosotros nos reconocemos cada vez más en la figura del hombre proskairos del que habla la explicación de la parábola evangélica de la semilla (Mt 1 3,3-23): el hombre inconstante, el hombre de un momento, incapaz de ser constante, de perseverar, de construir una historia que no sea frustratoria e inconexo montón de episodios.

        Si pensamos, en cambio, que la experiencia de la fe necesita proceder de manera gradual, de acompañamiento, de una marcha progresiva, se vuelve aún más urgente una educación encaminada a adquirir aquellas virtudes que están particularmente ligadas al tiempo: la paciencia, la esperanza, la espera, la vigilancia, la perseverancia, entendidas como el arte de permanecer en el tiempo con la conciencia de que es la totalidad de la vida lo que hace de la existencia una obra maestra. [...]

        Me pregunto qué educación recibe nuestra gente para distinguir entre las promesas de Dios y los horóscopos que invaden cada día las páginas de los diarios y de las revistas. Los profetas de Israel nos han transmitido el gusto por las sorprendentes promesas de Dios, promesas que no pueden ser codificadas en el derecho canónico, aunque esperan de la Iglesia y de todos nosotros gestos valientes y libertad para ayudar al mundo de hoy a salir del círculo inexorable de un chronos que está devorando más que nunca a sus hijos (P. Ferrari, «ll mistero del tempo», en AA. W . , Un tempo di grazia. Quale futuro per la Chiesa?, Milán 2000, pp. 40ss, 44ss, 48ss).

 

 

Sábado de la 7ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Santiago 5,13-20

Queridos:

13 Si alguno de vosotros sufre, que ore; si está alegre, que entone himnos.

14 Si alguno de vosotros cae enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con óleo en nombre del Señor.

15 La oración hecha con fe salvará al enfermo; el Señor le restablecerá y le serán perdonados los pecados que hubiera cometido.

16 Reconoced, pues, mutuamente vuestros pecados y orad unos por otros para que sanéis. Mucho puede la oración insistente del justo.

17 Elías, que era un hombre de nuestra misma condición, oró fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses;

18 oró de nuevo, y el cielo dio la lluvia y la tierra produjo su fruto.

19 Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte,

20 sepa que el que convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y obtendrá el perdón de muchos pecados.

 

        *» La perícopa de hoy constituye la conclusión de la Carta de Santiago. No contiene los acostumbrados saludos, como las cartas paulinas, y esto ha planteado siempre el problema del género literario de la obra; el pensamiento final es grandioso, aunque no se presenta como conclusivo. El autor, que tiene siempre presente el retorno escatológico del Señor (cf. 5,7-9), continúa exhortando sobre aspectos concretos de la vida común.

        El tema que une estos últimos versículos es la oración Santiago sostiene que no hay situación de nuestra vida que no pueda ir acompañada de la oración; en toda ocasión -sea alegre o triste-, podemos ponernos delante de Dios para elevarle gritos de súplica o cantos de alabanza y agradecimiento (v. 13).

        Descendiendo, después, al plano particular, toma en consideración en el v. 14 la enfermedad y exhorta a los que se encuentren en ese estado de postración y debilidad a no quedarse solos, sino a dirigirse a Dios y a los hermanos para recibir la fuerza necesaria. Los responsables de la comunidad, llamados a realizar plegarias y gestos concretos con la autoridad del Señor, son ejemplo de una práctica usada en la Iglesia primitiva. De esa práctica ha tomado la tradición cristiana, a continuación, el sacramento de la unción de los enfermos. La intervención de Dios, invocado confiadamente en la oración común, afecta al hombre en su totalidad (cuerpo y espíritu), lo vuelve a levantar de la enfermedad y también del pecado (v. 15). Santiago usa en este caso el mismo verbo de la resurrección de Cristo para subrayar que el Señor hace partícipe de su misma vida a quien se confía a él.

        En los versículos finales (w. 16-20) se retoman los temas ya indicados: remisión de los pecados, oración, curación. Señalemos la insistencia en el compartir, a la que se añaden asimismo otras actitudes, como la atención al otro, la reciprocidad, la corrección fraterna. Son todos ellos gestos indispensables para un camino comunitario que se convierte en camino de salvación para todos.

 

Evangelio: Marcos 10,13-16

En aquel tiempo,

10,13 llevaron unos niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.

14 Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: - Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios.

15 Os aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.

16 Y tomándolos en brazos, los bendecía, imponiéndoles las manos.

 

        *» El pasaje recuerda el episodio narrado antes por el mismo Marcos (cf. 9,36ss). Con estos gestos simbólicos fija Jesús la atención en algunas de las enseñanzas más radicales de todo el Evangelio, dirigidas a los que han decidido seguirle hasta Jerusalén.

        El cuadro que se presenta ante nuestros ojos es muy sencillo: llevan a Jesús algunos niños para que los bendiga (v. 13a). En una primera lectura sorprende que un hecho aparentemente normal engendre contrariedad entre los discípulos y una decidida toma de posición por parte de Jesús (w. 13b-14a). Todo ello sirve para orientar la atención hacia el punto más central de todo este pasaje evangélico (v. 14b): sólo quienes se confían ciegamente a Dios acogen la Buena Nueva del Reino.

        Jesús pone a los niños como ejemplo no por su inocencia o sencillez, sino por su total dependencia y disponibilidad; son pequeños y pobres, carecen de seguridades para defender, de privilegios para reclamar, lo esperan todo de sus padres. Así deben ser los que se pongan detrás de Cristo para seguirle (v. 15); el Reino no es una conquista personal, sino un don gratuito de Dios Padre que hemos de alcanzar sin pretensiones.

        En el marco cultural de Palestina, ni los niños pequeños ni las mujeres tenían valor; eran personas con las que no se perdía el tiempo. Esta mentalidad estaba también, probablemente, difundida entre los discípulos, pero Jesús se opone a ella. Con el gesto de cogerlos en brazos (v. 16) parece querer eliminar el Señor toda distancia, y con su misma vida se convierte en modelo de esta actitud de infancia espiritual: la ternura con la que se dirige al Padre llamándolo «Abbá», la total sumisión a su voluntad, el abandono en sus manos (cf. Me 14,36; Lc 24,46).

 

MEDITATIO

        El Reino de Dios es como el abrazo de Jesús (cf. Me 10,16), es Cristo mismo, el Hijo que nos permite ser hijos del Padre y hermanos entre nosotros. Es reino de libertad, justicia, acogida, paz, bendición, comunión..., todo lo que vemos en ese abrazo y necesita y anhela nuestro corazón. El Reino de Dios es una realidad que ya está presente en medio de nosotros, que tiene que ser acogida en la fe como si fuéramos niños, sin pensar en construirla con nuestras capacidades. El reino está aquí, pero ¿dónde están los niños? ¿Dónde están esos pequeños dispuestos a dejarse amar con un amor auténtico? ¿Acaso nos hemos convertido en adultos autosuficientes? ¿Acaso nos hemos construido un «reino» a nuestra medida con nuestras propias manos?

        La Palabra de Dios nos interroga; dejemos que resuene en nosotros: «De los que son como ellos es el Reino de Dios» (Mc 10,14), y aún: «Está llegando el Reino de Dios Convertios y creed en el Evangelio» (Mc 1,15), o bien: «El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3,3). Se trata de una palabra que nos pone al desnudo, que desenmascara los miedos recubiertos por el orgullo, pero no nos deja solos y desorientados en medio de un camino. Cristo se entrega a nosotros, adultos renacidos como niños, para hacernos sentir su presencia: vida verdadera que acoge y vuelve a levantar nuestra vida y cura nuestro corazón.

        Cristo está presente y nos indica un camino concreto de liberación a fin de que lo emprendamos personalmente para volver a encontrarnos entre sus brazos junto con muchos otros hermanos, pobres pecadores como nosotros, aunque confiadamente abandonados en ese abrazo.

 

ORATIO

        Señor, renacidos del agua y del Espíritu, nos encontramos en el abrazo de tu Iglesia. Éste que hemos recibido es un gran don, ayúdanos a custodiarlo sin apropiarnos de él.

        Concédenos poder dirigirnos a ti en todas las situaciones para saborear tu presencia: tanto en la sonrisa como en el llanto, tanto en el estupor como en el desconcierto, tanto en la soledad como en la compañía. Tú eres nuestro único refugio: custódianos entre tus brazos y gozaremos de tu paz. Y si llega a suceder que crecemos en nuestras falsas seguridades y nos alejamos de la verdad, ayúdanos a renacer de nuevo reconociéndonos menesterosos de tu misericordia y de la comunión contigo y con nuestros hermanos.

 

CONTEMPLATIO

        A Jesús le complace mostrarme el único camino que conduce a la hoguera divina, a saber: el abandono del niño que se adormece sin miedo entre los brazos de su Padre. «El que sea pequeño que venga acá» (Prov 9,4), ha dicho el Espíritu Santo por boca de Salomón, y este mismo Espíritu de amor ha dicho aún que «es a los pequeños a quienes se concede la misericordia» (Sab 6,7).

        ¡Ah!, si todas las almas endebles e imperfectas sintieran lo que siente la más pequeña entre ellas, el alma de su Teresa, ninguna desesperaría de llegar a la cumbre de la montaña de amor, puesto que Jesús no pide grandes acciones, sino sólo el abandono y el reconocimiento.

        ¡Ah!, lo siento más que nunca, Jesús está sediento, no encuentra sino ingratos e indiferentes entre los discípulos del mundo, e incluso entre sus mismos discípulos encuentra pocos corazones que se abandonen a él sin reservas y comprendan la ternura de su amor infinito (Teresa del Niño Jesús, Gli scritti, Roma 1970, 230ss [edición española: Obras completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos 1997]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Si alguno de vosotros sufre, que ore; si está alegre, que entone himnos» (Sant 5,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

        El niño pequeño, absolutamente arrebatado por su nuevo juguete, se sumerge por completo en su entretenimiento. Mientras juega, se identifica hasta tal punto con su papel que hasta se olvida de su padre y de su madre. De improviso, llega un enorme perro rabioso, ¿qué hará el niño? ¿Continuará su juego ignorando al perro y rechazando inconscientemente el peligro? ¿Se lanzará a una lucha furiosa contra el animal? ¿Intentará ponerse a salvo? En todos estos casos será devorado. Si, por el contrario, el niño toma conciencia del peligro desde el punto de vista objetivo: «El perro es enorme y yo soy pequeño», así como desde el punto de vista subjetivo: «Tengo miedo», entonces se dará  cuenta inmediatamente de que no está sólo y de que tiene un padre y una madre a los que pedir ayuda. [...] El primer paso de la fe es recordar que tenemos un Padre atento en el cielo y redescubrir, en la ternura de su abrazo, la presencia y la ayuda de los hermanos que viven a su lado. El niño que ha tomado conciencia del peligro no por ello está salvado ya: no sólo deberá ver el peligro, sino acogerlo. El pequeño aceptará acoger el peligro sólo porque sabe que su padre es más fuerte que el perro; deberá fiarse por completo de la intervención paterna. [...]

        Es fe auténtica aquella que, en la prueba, como María en el Calvario, no cree aue Dios permita el mal por falta de amor; si lo permite, es sólo para concedernos un bien superior, que aún no podemos ver y comprender. Esta esperanza sin límites es la condición más difícil de vivir del abandono. Si tenemos dificultades para practicar el abandono es porque no somos capaces de seguir esperando incluso cuando se ha perdido toda esperanza. [...] El niño que se ha dado cuenta del peligro desde el punto de vista objetivo y subjetivo, y lo ha hecho suyo aceptándolo, ¿qué hará ahora? Correrá a echarse en los brazos de su padre. Es la cumbre de la confianza y del amor. Lo mismo nos ocurre también a nosotros cuando nos confiamos a Dios. [...] Nuestra disponibilidad para confiarnos al Señor es lo que mide nuestro amor por El. [...] La cumbre del abandono será la ofrenda de todo nuestro ser: sin máscaras, desnudos y pobres frente al Señor, con nuestro fardo de miseria y de pecado. Este impulso del corazón calienta el alma y supone una fuerza irresistible. Es el Espíritu Santo que se apodera de nosotros. Es el amor que nos impulsa a dejarnos mecer confiados en la ternura divina (V. Sion, L'abbandono a Dio, Milán 31998, pp. 20-24, passim).

 

 

Lunes de la 8ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Pedro 1,3-9

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva,

4 para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable. Una herencia reservada en los cielos para vosotros,

5 a quienes el poder de Dios guarda mediante la fe para una salvación que ha de manifestarse en el momento final.

6 Por ello vivís alegres, aunque un poco afligidos ahora, es cierto, a causa de tantas pruebas.

7 Pero así la autenticidad de vuestra fe -más valiosa que el oro, que es caduco, aunque sea acrisolado por el fuego- será motivo de alabanza, gloria y honor el día en que se manifieste Jesucristo.

8 Todavía no lo habéis visto, pero lo amáis; sin verlo, creéis en él y os alegráis con un gozo inefable y radiante;

9 así alcanzaréis vuestra salvación, que es el objetivo de la fe.

 

*• El anuncio del apóstol al pueblo de Dios que vive en las pequeñas comunidades elegidas está inscrito en un admirable himno de bendición. En él se enlaza la revelación de la regeneración de la humanidad, llevada a cabo en la resurrección de Jesucristo, con el «todavía no» de la plena manifestación de la misma y del carácter del tiempo que transcurre entre el «ya» de la salvación y el «todavía no» de la manifestación de la misma. La «-herencia reservada en los cielos» (v. 4) es la meta de la nueva esperanza. En virtud de ella, las personas que se han fortalecido por la fe perseveran haciendo el bien (cf 4,19) y, tanto en la alegría como en el dolor, dan un bello testimonio de Cristo.