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LECTIO DIVINA TIEMPO ORDINARIO (AÑO PAR)

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-.

Lectio diaria

Semana 26ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 27ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 28ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 29ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 30ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 31ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 32ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 33ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado
Semana 34ª Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado

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1. Redescubrir los días feriales

 

        El destino de cada hombre se juega en la vida cotidiana: en ella se salva o se pierde; en ella es bueno o malo; en ella, según la Biblia, se revela, llama y salva Dios. La elección y la unción real de Saúl tienen lugar mientras anda a la busca de unas asnas perdidas; en el caso de David, mientras estaba ocupado en apacentar el ganado de su padre; algo parecido ocurre con los discípulos de Jesús. La misma historiografía está descubriendo que, para comprender un pueblo o una época, no basta con describir las grandes empresas de los personajes particulares, sino que es preciso reconstruir la vida cotidiana de la gente.

        A pesar de ello, está difundida la tendencia a huir de la cotidianidad en cuanto es posible. Existe una actitud de rechazo contra ella. Tal vez se deba a eso el hecho de que no consigamos hacer despegar la fiesta: tenemos dificultades para comprender que el sábado bíblico viene después de los seis días caracterizados por la creatividad y los ilumina. Es en la escuela de la Biblia donde debemos redescubrir, por consiguiente, el sentido de los días feriales, de lo cotidiano, del tiempo «ordinario».

 

2. No hay que huir de lo cotidiano, sino entrar en ello

 

        En los días laborables parecemos a menudo un conjunto de gente aburrida, de esclavos, de reclusos condenados a trabajos forzados. El traqueteo cotidiano toma el rostro de la insatisfacción, de la obligación de ser lo que no somos, de hacer lo que no queremos o no nos interesa en absoluto. Somos como alguien que espera huir de una prisión y que, entre tanto, se embute de tranquilizantes, anhela dejar el trabajo para descansar, espera liberarse de las preocupaciones para conseguir un poco de paz.

        Tal vez, antes que huir, necesitemos tomar la decisión de entrar en esta realidad para poner al descubierto

sus raíces profundas, el «tesoro» escondido por el que vale la pena vender todo para conseguirlo; eso es lo que hizo el mismo Hijo de Dios cuando decidió encarnarse: «Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (Gaudium et spes 22). Desde entonces, «tanto despiertos como dormidos, vivimos unidos a él» (1 Tes 5,10); «si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor» (Rom 14,8).

        Para valorar plenamente lo cotidiano no hay más que un camino: ponernos a la escucha de Jesús, sentarnos a sus pies, escucharle precisamente en medio de nuestros días feriales, en su aparente monotonía.

 

3. Ser capaces de detenernos para el «recuperar» el tiempo ferial

 

        En tiempos de la colonización del «Nuevo Mundo», cuando se estaba construyendo el ferrocarril que unía el Atlántico con el Pacífico, fue interpelado un robusto piel roja mientras estaba fumando su pipa sentado beatíficamente en un tronco:

- Ven a trabajar con nosotros; te daremos mucho dinero.

- ¿Y qué haré con él?

- Podrás meterlo en el banco hasta que tengas mucho...

- ¿Y después?

- Después te comprarás una casa grande, en la que podrás descansar cuando seas viejo y fumarte tu pipa en paz.

- ¿Y por qué habría de trabajar tanto... para fumarme mi pipa en paz?

Y siguió fumándose su pipa.

        Más allá de los caminos trillados, existe una sabiduría que nuestra civilización «productivista» ya no consigue aceptar. Necesitamos sentarnos cada día y fumarnos nuestra pipa beatíficamente, superando este engranaje mortífero: trabajar para vivir, vivir para trabajar, producir para consumir y consumir para poder volver a producir. Tenemos necesidad de sentarnos y hacer sitio a cosas «gratuitas» (que no rinden) como la escucha, la contemplación, la plegaria...

 

4. Ser capaces de sentarnos a los pies de Jesús

 

Para escucharle

        El evangelio nos habla de Marta, preocupada por las muchas cosas que debe hacer, como nos ocurre a nosotros con frecuencia, y de María, sentada a los pies de Jesús, atenta a la escucha (cf. Le 10,38-42). Las palabras pronunciadas por Jesús en aquella ocasión constituyen, no una invitación a huir del «mucho trabajo», sino a encontrarle a él, el Señor, a través de la escucha, permaneciendo en la casa donde habitamos de ordinario, entre las preocupaciones de nuestros días laborables.

        Sentarse y escuchar al Maestro es beber en la fuente y saciar nuestra sed, es encontrar reposo para nuestras almas, tener ojos para ver su presencia dentro de «casa», llegar a ser señores del tiempo y no devorados por él.

 

Para apagar nuestra sed

        En las representaciones del Antiguo Egipto aparece con frecuencia una imagen singular que sintetiza toda la vida del pueblo. El rey, sentado en el trono, tiene en la mano una jarra y vierte agua; a sus pies está la reina, con las manos tendidas y unidas en forma de concha, recogiendo el agua que cae de la jarra: de este modo se simboliza al Nilo, que riega la tierra. Sentados como María a los pies de Jesús, escuchando su Palabra, recibimos

también nosotros el agua que calma la sed y fecunda nuestra jornada.

 

Para encontrar el verdadero reposo

        Cuando regresaron los apóstoles de su viaje misionero y se reunieron en torno a Jesús para contarle «todo lo que habían hecho y enseñado», les dijo el Señor: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco». Y como «no tenían ni tiempo para comer», cogieron una barca y se fueron «ellos solos a un lugar despoblado» (Mc 6,30-32). Lo que sucedió en aquel lugar solitario no nos lo dice el evangelista, pero sabemos, por otras páginas del evangelio, que Jesús les explica aparte a sus apóstoles la realización del Reino de Dios, les entrega su Palabra, y que esta Palabra se vuelve creadora, se vuelve «reposo» (en sentido bíblico). En efecto, es la Palabra de Dios la que, después de haber creado todas las cosas a lo largo de los seis días de los orígenes, crea el reposo del sábado; es la lectura de la Ley la que convierte el sábado en el día del reposo.

        Todo lo que tuvo lugar «en aquel tiempo» se renueva cada domingo. Jesús revela a los suyos, reunidos en un lugar despoblado, el misterio del Reino, y en esta revelación suya se cumple el «descanso»: su Palabra se convierte en la plenitud del descanso - un descanso no sólo físico, sino completamente restaurador-. Y lo que sucede en el ritmo semanal puede suceder también cada día: dando espacio a la Palabra llegamos al descanso propio de Dios.

 

Para descubrirlo en los días feriales

        Dios juega al escondite con nosotros. Se esconde en casa o cuando salimos a la calle. Se disfraza de viejecita, de chófer de autobús, de transeúnte anónimo, de niño y de todas las personas conocidas y desconocidas que nos encontramos. Debemos estar preparados y atentos para descubrirlo, porque aparenta enfadarse con nosotros, tal vez no nos comprende; a veces se muestra amable, simpático y amigable, hace sonreír... Dios es un infiltrado entre nosotros con ropa de clandestino; es el Enmanuel, Dios-con-nosotros. Él dijo de sí mismo en el evangelio de Mateo: «Era forastero, y me alojasteis; estaba desnudo, y me vestísteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme» (Mt 25, 35ss). Se encuentra en nuestra vida cotidiana.

        Ahora bien, ¿cómo descubrirle? ¿Cómo afinar el oído y aguzar la vista para darnos cuenta de su presencia? ¿Por qué, al llegar la noche y repasar la jornada, deberemos decir con pesar: «El Señor estaba allí y yo no lo sabía»? Asistamos a la escuela de la Biblia, dejémonos guiar por la Palabra. Ella cuenta muchos hechos semejantes a los nuestros, pero aquí y ahora ya no son opacos, incomprensibles. El que los ha escrito ha visto a Dios obrando en ellos. En esta escuela podremos aprender también nosotros a sentir y a ver a Dios en nuestra vida cotidiana; lo que para algunos es crónica, se volverá para nosotros historia de salvación. La lectura diaria de la Palabra nos llevará a intuir esta presencia, a creer en la proximidad, a gozar de la compañía del eterno Peregrino.

 

5. Ser fieles a las citas

 

        No debemos tener prisa ni ansiedad, querer aprender de inmediato, encontrar todo. El juego del escondite tiene sus tiempos. Si aceptamos las reglas del juego, debemos ser verdaderamente pacientes, fieles a las citas. Es seguro que descubriremos cada día mensajes que acabarán por brindarnos nuevas percepciones y afinarán nuestra capacidad para leer espiritualmente la vida. Más tarde, cuando el juego se haya desarrollado hasta el final, ya no nos quedará nada por adivinar; habrá llegado el momento del último y definitivo descubrimiento: la consecución del gran secreto al que nos lleva el juego del escondite.

 

6. La lectura de la Escritura

 

Una «historia» que ilumina la nuestra...

        La Iglesia nos presenta a lo largo de los días feriales la historia de Jesús, tal como la cuentan primero Marcos (semanas I-IX ), después Mateo (X-XX) y, por último, Lucas (XXI-XXIV). Junto con esta historia, nos hace escuchar las restantes historias de las intervenciones de Dios y lo que escribieron los profetas y los apóstoles. En los años pares se leen por este orden: 1 y 2 Samuel (semanas I-IV), 1 Reyes 1-16 (IV-V), Santiago (VI-VII), 1 Pedro y Judas (VIII), 2 Pedro y 2 Timoteo (IX), 1 Reyes 17-22 (X-XI), 2 Reyes (XI-XII), Lamentaciones (XII), Amos (XIII), Oseas (XIV), Isaías (XIV-XV), Miqueas (XV-XVI), Jeremías (XVI-XVIII), Nahúm y Habacuc (XVIII), Ezequiel (XIX-XX), 2 Tesalonicenses (XXI), 1 Corintios (XXI-XXIV), Proverbios y Eclesiastés (XXV), Job (XXVI), Gálatas (XXVII-XXVIII), Efesios (CCVIII-XXX), Filipenses (XXX-XXXI), Tito, Filemón, 2 y 3 Juan (XXXII), Apocalipsis (XXXIII-XXXIV).

        En apariencia, se presentan como muchas «pequeñas bombas» (perícopas, precisamente) diseminadas casi de modo casual a lo largo del abanico de los días feriales. Así dispuestas, constituyen como una fotografía del devenir de la historia, un devenir en el que se alternan todo tipo de acontecimientos y sentimientos. Aparentemente están yuxtapuestos casi de una manera confusa, pero quien escucha con atención encuentra que existe un hilo conductor: en todos los acontecimientos se hace presente y obra un Dios que salva. Este descubrimiento, hecho de una manera progresiva, proyecta su luz sobre nuestra historia, esa que vivimos

a diario.

 

...que se convierte en acontecimiento actual de salvación...

        Cuando esta historia es proclamada en la liturgia, se vuelve proclamación de un acontecimiento de salvación que se realiza hoy, en nuestros días feriales, en virtud de la presencia de Cristo. A este respecto puede resultar iluminador leer lo que la Iglesia nos enseña en los Prenotandos al Leccionario: En la celebración litúrgica, la Palabra de Dios no se pronuncia de una sola manera, ni repercute siempre con la misma eficacia en los corazones de los que la escuchan, pero siempre Cristo está presente en su Palabra y, realizando el misterio de salvación, santifica a los hombres y tributa al Padre el culto perfecto (cf. SC 7). Más aún, la economía de la salvación, que la Palabra de Dios no cesa de recordar y de prolongar, alcanza su más pleno significado en la acción litúrgica, de modo que la celebración litúrgica se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de esta Palabra de Dios.

        Así, la Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz (cf. Heb 4,12), por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres (n. 4). La Iglesia se edifica y va creciendo por la audición de la Palabra de Dios, y las maravillas que, de muchas maneras, realizó Dios, en otro tiempo, en la historia de la salvación se hacen de nuevo presentes, de un modo misterioso pero real, a través de los signos de la celebración litúrgica; Dios, a su vez, se vale de la comunidad de fieles que celebran la liturgia para que su Palabra siga un avance glorioso y su nombre sea glorificado entre los pueblos (cf. 2 Tes 3,1).

        Por tanto, siempre que la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo en la celebración litúrgica, anuncia y proclama la Palabra de Dios, se reconoce a sí misma como el nuevo pueblo en el que la alianza sancionada antiguamente llega ahora a su plenitud y total cumplimiento. Todos los cristianos, constituidos, por el bautismo y la confirmación en el Espíritu, en pregoneros de la Palabra de Dios, habiendo recibido la gracia de la audición deben anunciar esta Palabra de Dios en la Iglesia y en el mundo, por lo menos con el testimonio de su vida.

        Esta Palabra de Dios, que es proclamada en la celebración de los sagrados misterios, no sólo atañe a la actual situación presente, sino que mira también el pasado y vislumbra el futuro, y nos hace ver cuan deseables son aquellas cosas que esperamos, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría (n. 7).

 

...y que nos quiere hacer partícipes del acontecimiento de la salvación

        Lo que en la proclamación se convierte en acontecimiento actual de salvación espera nuevos actores. Es como si, en una representación teatral, los actores, a través de su recitado (proclamación), comprometieran hasta tal punto al público que desapareciera toda distinción: todos se vuelven y se sienten actores (todos suben al escenario). La proclamación de la historia de la salvación espera nuestra respuesta, nuestra participación, precisamente en medio de nuestros días feriales. A este respecto puede resultarnos iluminador leer lo que se dice en los Prenotandos: La Iglesia, en la acción litúrgica, responde fielmente el mismo «Amén» que Cristo, mediador entre Dios y los hombres, con la efusión de su sangre, pronunció de una vez para siempre para sancionar en el Espíritu Santo, por voluntad divina, la nueva alianza (cf. 2 Cor 1,20-22).

        Cuando Dios comunica su Palabra, espera siempre una respuesta, respuesta que es audición y adoración «en Espíritu y verdad» (Jn 4,23). El Espíritu Santo, en efecto, es quien da eficacia a esta respuesta, para que se traduzca en la vida lo que se escucha en la acción litúrgica, según aquella frase de la Escritura: «Llevad a la práctica la Palabra y no os limitéis a escucharla» (Sant 1,22).

 

7. Conclusión

 

        Para concluir, voy a tomar prestada la reflexión de un amigo sobre el Tiempo ordinario, una reflexión que puede extenderse al Tiempo ferial. «Es un tiempo de meditación, un tiempo para interiorizar el misterio de Cristo. Un tiempo, por consiguiente, en el que la Palabra de Dios hace de amortiguador del estruendo y de la vida frenética de cada día. Un tiempo para vivir en la cotidianidad más normal, más ordinaria. Un tiempo aparentemente exento de sobresaltos, aunque no faltan las celebraciones de santos y otras ocasiones para suscitar reflexiones incisivas sobre la vida cristiana. No es un tiempo vacío; no, la Iglesia no aparca. Es un tiempo en el que el pueblo de Dios, como María, acepta recorrer un camino desconocido e imprevisible, conservando en el corazón todas las palabras y los gestos de Cristo.

        Una "meditación" que, a ejemplo de María, es un "poner junto", un "acercar de nuevo dos partes". En este tiempo que se le concede vivir y esperar, somete a confrontación el don recibido, Cristo el Señor, y su respuesta; intenta hacer emerger el sentido, la densidad de los acontecimientos; los lee como camino hacia Dios. Le ha sido confiada una tarea ardua: hacer de puente para que la Luz, Cristo Jesús, se difunda en el mundo y pueda iluminar a los hombres. La fragua de este trabajo es el "corazón". La Iglesia, recogida en su interioridad, enlaza los hilos multicolores de la existencia de Cristo, unos hilos que recoge en el Evangelio para convertirlos en un ejemplo, en una invitación, en una provocación para el hombre» (Marino Gobbin).

 

 

  

Lunes 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Job 1,6-22

6 Un día en que los hijos de Dios asistían a la audiencia del Señor, se presentó también entre ellos Satán.

7 Y el Señor preguntó a Satán: -¿De dónde vienes? Él respondió: -De recorrer la tierra y darme una vuelta por ella.

8 El Señor le dijo: -¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay en la tierra nadie como él; es un hombre íntegro y recto, que teme a Dios y se guarda del mal.

9 Dijo Satán: -¿Crees que Job teme a Dios desinteresadamente?

10 ¿Acaso no lo rodeas con tu protección, a él, a su familia y a sus propiedades? Bendices todo cuanto hace y sus rebaños llenan el país.

11 Pero extiende tu mano y quítale todo lo que tiene. Verás cómo te maldice en tu propia cara.

12 El Señor le respondió: -Puedes disponer de todos sus bienes, pero a él no lo toques. Y Satán se retiró de la presencia del Señor.

13 Un día en que los hijos y las hijas de Job estaban comiendo y bebiendo en la casa del hermano mayor,

14 llegó un mensajero con esta noticia para Job: -Estaban los bueyes arando y las asnas pastando cerca de ellos,

15 cuando irrumpieron los sábeos, se los llevaron y mataron a todos tus siervos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

16 No había acabado de hablar, cuando llegó otro diciendo: -Cayó un rayo del cielo y abrasó a ovejas y pastores; todo lo devoró. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

17 Aún estaba hablando éste, cuando llegó otro que dijo: -Los caldeos, divididos en tres cuadrillas, se lanzaron sobre los camellos y se los llevaron. A tus criados los mataron. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

18 Todavía estaba hablando éste, cuando llegó otro que dijo: -Mientras tus hijos y tus hijas estaban comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor,

19 se levantó un fuerte viento venido del desierto que sacudió las cuatro esquinas de la casa; ésta se derrumbó sobre los jóvenes y los mató a todos. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia.

20 Entonces Job se levantó, rasgó sus vestiduras y se rapó la cabeza. Luego se postró en tierra en actitud de adoración

21 y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio,  el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!

22 A pesar de todo lo sucedido, Job no pecó ni maldijo a Dios.

 

**• El tema fundamental del libro de Job no es tanto el problema del sufrimiento como el del comportamiento del justo en la prueba de la fe. Sólo el sufrimiento en el momento de la prueba revela lo que hay en el corazón del hombre y la gratuidad de su fe. Dicho con otras palabras, el libro de Job nos muestra que la prueba existe, y que existe para todos, incluso para los mejores. No había motivo alguno para que Job fuera tentado, puesto que «es un hombre recto e íntegro, que teme a Dios y se guarda del mal» (1,1). Con todo, la prueba viene a llamar a su puerta. Verifica su fe. Revela si Job busca de verdad a Dios con una fe «pura» o, en cambio, se busca a sí mismo. Job sale vencedor de la prueba: «A pesar de todo lo sucedido, Job no pecó ni maldijo a Dios» (v. 22).

La primera parte de la narración comienza con una escena que se desarrolla en el cielo (w. 6-12). Da la impresión de que la reunión de los ángeles se asemeja a las asambleas que los reyes celebraban en sus cortes o a las que mantenían los dioses en la cima de las montañas sagradas. Los personajes fundamentales del relato son tres: Job, que vivía en Hus, fuera de las fronteras de Israel; era un hombre justo y rico y, por ello, estaba bendecido por Dios (cf. 1,1-3). Satán, el acusador, que aparece junto a la corte de Dios; está encargado de proyectar una luz mala sobre las acciones de los hombres. Por último, Dios, que sigue las acciones de los hombres. El diálogo tiene lugar entre Satán y Dios: «¿Crees que Job teme a Dios desinteresadamente?» (v. 9), dice Satán, y le propone a Dios la prueba: «Extiende tu mano y quítale todo lo que tiene. Verás cómo te maldice en tu propia cara» (v. 11). Se dará cuenta de si Job es capaz de amar verdaderamente de una manera gratuita. Dios accede frente a la petición de Satán, pero su confianza respecto a Job no disminuye un ápice.

La segunda parte (w. 13-22) describe las calamidades que se abaten sobre Job, provocadas por la espada, por el fuego y por el viento. De este modo es como se ve sometido Job a una dura prueba. A través de una apremiante sucesión de anuncios, pierde sus bienes, siervos e hijos. Sin embargo, para despecho de Satán, Job continúa bendiciendo al Señor y sale vencedor de l a prueba. Su fe no ha disminuido. Se postra en tierra y dice: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!» (v. 21). Satán ha perdido la apuesta.

 

Evangelio: Lucas 9,46-50

En aquel tiempo,

46 surgió entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.

47 Jesús, al darse cuenta de la discusión, tomó a un niño, lo puso junto a sí

48 y les dijo: -El que acoge a este niño en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado, porque el más pequeño entre vosotros es el más importante.

49 Juan tomó la palabra y le dijo; -Maestro, hemos visto a uno expulsar demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no pertenece a nuestro grupo.

50 Jesús les dijo: -No se lo prohibáis, que el que no está contra vosotros está de vuestra parte.

 

*•• La página evangélica que nos propone hoy la liturgia recuerda dos actitudes de verdadera fraternidad que nos traen a la mente la sencillez con la que san Francisco vivía el Evangelio. La primera de esas actitudes, contraria a la absurda de la ambición, es la humildad (cf. w . 46-48). La otra es la tolerancia (cf. w. 49ss). Los apóstoles se muestran sensibles a este problema. Jesús, en efecto, habla a menudo de él en el evangelio. En conjunto, ambas actitudes subrayan la necesidad de superar tanto la autosuficiencia de los grandes, que aspiran a los títulos y a los grados de dignidad, como el orgullo de pertenecer a un grupo.

La primera actitud se ocupa de la vida interna de la comunidad. Parece natural que, siguiendo la mentalidad mundana, ocupen los primeros puestos de la comunidad aquellos que se distinguen por sus dotes o por su sentido de la responsabilidad a la hora de administrar los servicios comunitarios. Por otra parte, también es natural en el hombre el deseo de sobresalir. Ésa es la razón de que los apóstoles se dejen arrastrar a discusiones interesadas (cf. también 22,24-27). Discuten espontáneamente sobre el puesto que ocupan y sobre quién de ellos es el más importante. Pero el Señor Jesús no piensa como ellos. Coge a un niño y lo pone junto a sí, en el centro, en el puesto de mayor dignidad. Su respuesta es bien precisa: «El más pequeño entre vosotros es el más importante» (v. 48b). Sólo el que es pequeño es «importante», porque es pobre, a saber: es pequeño de cuerpo, tiene necesidad de los otros, no tiene libertad de acción, es inútil. El niño es el símbolo del discípulo último y pobre. Pero es también la imagen de Jesús, que se abandona en actitud de adoración en brazos del Padre. Por eso dice aún Jesús: «El que acoge a este niño en mi nombre, a mí me acoge; y él que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado-» (v. 48a).

La segunda actitud del evangelio nos presenta otra característica de la fraternidad evangélica: la tolerancia. «Maestro, hemos visto a uno expulsar demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no pertenece a nuestro grupo» (v. 49). Jesús no es de este parecer: «No se lo prohibáis» (v. 50). Al contrario, invita a los suyos a abrir el corazón y el espíritu, a ser tolerantes. Dios envía a los que quiere a anunciar su Palabra. No es preciso pertenecer al grupo de Jesús o ser importante para hablar de él. Lo que cuenta no es la persona que habla; lo que cuenta es que se anuncie el Evangelio. Dios es rico: dispone de muchos modos para hablar al hombre.

 

MEDITATIO

Las lecturas litúrgicas de hoy constituyen una vigorosa invitación a mirar a Jesús crucificado y a extraer de aquí las consecuencias pertinentes para cualquier situación humana. De Job aprendemos que nuestra verdadera grandeza se manifiesta en el hecho de seguir amando con el «amor desmesurado» (Ef 2,4) de Dios, aun cuando la prueba y el sufrimiento puedan llegar a la violencia inaudita que aparece en la primera lectura.

La actitud de Job en la prueba dolorosa es una expresión profunda de adoración. Cuando nuestra vida discurre tranquila sin que el dolor golpee nuestro corazón, parece más fácil reconocer a Dios. De una manera casi instintiva y de una forma que es pagana volvemos siempre a una imagen de un Dios puesto a nuestro servicio, y no a la de un Dios a quien podemos confiarnos.

Tenemos casi la impresión de que Dios está a nuestro alcance. Por desgracia, no advertimos que somos precisamente nosotros quienes le debemos todo a Dios. Contrariamente a Satán, Dios piensa, sin embargo, que el hombre es capaz de obrar por gratuidad de amor incluso allí donde las gratificaciones ordinarias desaparecen. Job, despojado de todos sus bienes, de sus siervos e incluso de sus hijos, confía totalmente en Dios: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!». Job ha resistido y se ha abierto al corazón de Dios. Ahora es capaz de adorarle.

Job, ahora totalmente empobrecido, está en condiciones de realizar lo que dice Jesús: «El más pequeño entre vosotros es el más importante». Job empieza a ser «importante» porque precisamente ahora está completamente «desnudo» frente a Dios y a su amor crucificado. Es muy probable que no consiga comprender aún del todo el sentido de la prueba, pero sigue siendo fiel.

Comprende que Dios es el todo de su vida y que a él se lo debe todo. Gracias a Job hemos llegado a conocer qué es la. verdadera adoración. Ésta va unida al sentido vivo de l a pobreza y, a buen seguro, se trata de un ideal que no es fácil llevar a cabo. Puede parecemos irrealizable, pero sabemos que hemos de contar únicamente con la fuerza de Cristo. Lo importante es no olvidar nunca a Jesús crucificado, pues de este olvido nacerían el egoísmo y la mezquindad del corazón.

 

ORATIO

Señor Jesús, Hijo de Dios crucificado, concédenos tener un conocimiento más profundo de tu misterio de amor a través de los sufrimientos y las pruebas. Ábrenos el corazón y muéstranos el sentido oculto de las experiencias dolorosas a través de las cuales vienes a romper el velo de nuestra ignorancia. Haz que podamos entrever en tu inaprensible presencia el misterio de tu «amor desmesurado». Permítenos conocer quién es el Padre que te ha enviado; quién eres tú, que nos manifiestas el corazón del Padre mediante tu corazón traspasado en la cruz; quiénes somos nosotros, que vemos resplandecer tu amor en la humillación de nuestra pobreza y en la soledad del corazón.

Por eso, Señor, ayúdanos a mirar de frente nuestras pruebas y sufrimientos, deseando sólo -en esta mirada- conocerte y penetrar con el corazón y con la mente en tu inexpresable misterio de amor. Haz, pues, Señor, brotar en nosotros algunas pequeñas yemas de la contemplación de tu misterio, aunque sea a través de la transfixión de las pruebas. Nos importa considerarlas no sólo en su realidad, sino también en la manera en la que las asumimos y las vivimos en relación contigo.

Te pedimos por último, Señor, que no nos desanimemos si descubrimos en nosotros únicamente incapacidad y rechazo y no vemos que nuestro corazón está fijo en el tuyo. Ayúdanos, más bien, a servirnos de esta pobreza como si fuera una gracia que tú nos das para conocernos a nosotros mismos y ascender hasta ti. Te lo pedimos, oh Señor, por intercesión de María, que sufrió, pero creyó profundamente en ti.

 

CONTEMPLATIO

Cuando el físico del hombre se ve probado por el sufrimiento, se resiente su ánimo. Hace ya muchos años que me atormentan frecuentes dolores viscerales; me aflige sin tregua una grave debilidad del estómago, mientras la fiebre, aunque sea leve, no me abandona nunca. En esas condiciones, meditando lo que dice la Escritura: «El Señor corrige a quien ama» (Heb 12,6), cuando más deprimido me siento por la gravedad de los males presentes, tanto mal me hace respirar la esperanza de los bienes futuros. Tal vez sea un designio de la divina providencia que yo -herido por el mal- comente la historia de Job, herido por el mal. La prueba me ayuda a comprender mejor el estado de ánimo de un hombre tan duramente probado.

Sin embargo, está claro también que el sufrimiento físico me hace bastante difícil la aplicación al trabajo. Cuando las fuerzas físicas apenas permiten el uso de la palabra, el ánimo no se encuentra en condiciones de expresar de manera adecuada lo que siente. ¿Cuál es, en efecto, la función del cuerpo, sino la de ser instrumento del alma? Un músico, aunque sea un artista de talento, no puede expresar su arte si no dispone de un instrumento adecuado. La melodía ejecutada por una mano experta no puede ser emitida fielmente por un instrumento desafinado, ni tampoco el soplo consigue producir una armonía musical si el tubo resquebrajado emite sonidos estridentes (Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job, "Carta a Leandro", 5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstrame, oh Dios, los prodigios de tu amor» (cf. Sal 16,7a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Hay quien dice: «He hecho demasiado mal, el buen Dios no puede perdonarme». Hijitos míos, eso es una gran blasfemia; es poner un límite a la misericordia de Dios, que no los tiene en absoluto, pues es infinita. Aunque hayáis hecho más que para que se pierda toda una parroquia, si os confesáis, si os arrepentís de haber hecho ese mal y no queréis volver a hacerlo, el buen Dios os lo perdonará. Nuestro Señor es como una madre que lleva a su hijo en brazos. Este niño es malo; le da patadas, le muerde, le araña, pero la madre no hace caso; sabe que, si lo deja, caerá, no podrá caminar solo... Así es nuestro Señor. Sufre todos los maltratos, soporta nuestra arrogancia, perdona todas nuestras tonterías, tiene piedad de nosotros a pesar de nosotros mismos. El buen Dios está tan dispuesto a otorgarnos el perdón, cuando se lo pidamos, como una madre está dispuesta a retirar a su hijo del fuego (Juan María Vianney, en J. Frossard [ed.], Pensées choisies au Saint Curé d'Ars et petites fleurs d'Ars, París 1961, pp, 78ss, passim).

 

 

Martes 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Job 3,1-3,11-17.20-23

1 Por fin, Job abrió la boca y maldijo el día de su nacimiento,

2 diciendo:

3 ¡Desaparezca el día en que nací y la noche que dijo: «Ha sido concebido un hombre»!

11 ¿Por qué no quedé muerto desde el seno? ¿Por qué no expiré recién nacido?

12 ¿Por qué me acogió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?

13 Ahora dormiría tranquilo y descansaría en paz

14 junto a los reyes y señores de la tierra que reconstruyeron antiguos palacios

15 o junto a los príncipes que poseen oro y llenan de plata sus mansiones.

16 0 no existiría, como un aborto ignorado como los niños que no vieron la luz.

17 Allí termina el ajetreo de los malvados, allí reposan los que carecen de fuerzas.

20 Porque alumbró con su luz a un desgraciado y dio vida a los que están llenos de amargura,

21 a los que desean la muerte inútilmente y la buscan más que a u n tesoro;

22 a quienes saltarían de gozo ante un túmulo y se alegrarían si encontraran una tumba;

23 a quien no encuentra su camino y a quien Dios cierra el paso.

 

*•• Tras los siete días con sus siete noches durante los que los amigos de Job estuvieron sentados junto a él en silencio, éste «abrió la boca y maldijo el día de su nacimiento» (v. 1). La lectura litúrgica de hoy desarrolla precisamente este contenido: «Maldijo el día de su nacimiento». Job maldice el día en que nació y se pregunta por qué no murió ese mismo día y por qué no le fue arrebatada la vida en aquel momento. El continuo sufrimiento le lleva a la desesperación. No hay que extrañarse de que intente expulsar lejos de sí la memoria de su nacimiento: «que se apodere de él la oscuridad; que no se compute entre los días del año» (v. 6). Job desea que el día permanezca siempre noche, porque cada alba trae consigo el peso de nuevos sufrimientos.

En el capítulo precedente no se ve que Job maldiga a Dios o invoque la muerte. Veíamos más bien que Job resistía, dócilmente, a la violencia de la prueba. Este desahogo que le suponen las imprecaciones y los lamentos, en efecto, no los encontramos con frecuencia en la Escritura. Al contrario, en ella se alaba la vida y se habla con profusión del amor desinteresado. Sin embargo, encontramos en Jeremías una página célebre que recuerda a nuestro texto: «¡Maldito el día en que nací; el día en que mi madre me dio a luz no sea bendito!» (Jr 20,14).

Hay un cambio respecto a la meditación precedente. Aparece un nuevo modo de afrontar el problema del sufrimiento. Éste ya no es considerado simplemente como una prueba que evalúa la gratuidad de la fe, sino como una experiencia que nos lleva a penetrar en la intimidad del abandono, la angustia y la noche del Hijo de Dios crucificado. El hecho de que estas expresiones las encontremos ahora en la Escritura, como palabra revelada, resulta consolador. Significa que Dios no rechaza a quien, en medio de la prueba y de la experiencia de la oscuridad y de la desolación, habla sin saber lo que dice. Significa, por tanto, que la lamentación tiene un sentido, que no es inútil. Efectivamente, la Escritura acoge estas experiencias como oraciones. Las llama «oraciones de lamentación». Job, en la plenitud de su lamentación, no se aleja de Dios. No se esconde de su rostro. No busca otro Dios que no le oprima ni le aplaste.

Al contrario, se confía profundamente al Dios que le ha decepcionado. Y siempre es así: la lamentación sacude el corazón y lo libera.

 

Evangelio: Lucas 9,51-56

51 Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.

52 Entonces envió por delante a unos mensajeros, que fueron a una aldea de Samaría para prepararle alojamiento,

53 pero no quisieron recibirlo, porque se dirigía a Jerusalén.

54 Al ver esto, los discípulos Santiago y Juan dijeron: -Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?

55 Pero Jesús, volviéndose hacia ellos, les reprendió severamente.

56 Y se marcharon a otra aldea.

 

**• El v. 51 está dotado de una fuerte densidad dramática. Este versículo constituye el centro en el que confluyen los dos grandes temas del evangelio de Lucas. Hasta aquí hemos visto el desarrollo de la misión de Jesús en Galilea, con todas sus palabras, su mensaje, sus parábolas, sus milagros y el testimonio de su amor (4,14-9,50). Pero ahora el evangelio de Lucas nos muestra que el destino de Jesús se dirige hacia su consumación.

En la enseñanza y en las palabras subintra la marcha hacia Jerusalén. Se trata de una nueva parte del evangelio (9,51-19,44). La última. En ella se juega la suerte del mismo Jesús.

Este camino conduce a su muerte en la cruz y, después, a su resurrección. Es la «hora» de Jesús a la que alude Juan (12,23; 16,32). La hora expresa la voluntad de entrega de la vida de Jesús. Ya desde el comienzo del evangelio se ve que Jesús está dispuesto a entregarse y todo tiende en él hacia el momento de la entrega. En esta hora acoge Jesús en sí mismo todo el sufrimiento y el dolor del hombre y entrega su propia vida para su salvación.

El objetivo de la primera parte del evangelio de Lucas es «comprender» el Reino; en la segunda, se trata de «entrar» en el mismo. Mientras que, en la primera parte, se presenta el Reino de una manera oscura a través de parábolas, como misterio escondido que crece en la oscuridad, con un crecimiento contrastado y fatigoso, ahora se revela de un modo más claro como el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Hablando de este itinerario, dice Lucas que Jesús «tomó la decisión de ir a Jerusalén» (v. 51). La expresión significa, al pie de la letra, «endurecer el rostro». La expresión está tomada de uno de los cantos del Siervo de YHWH: «Endurecí mi rostro como el pedernal» (Is 50,7). Jesús no sólo tiene una visión clara de los dolores a los que deberá hacer frente, sino que se abandona por completo a la voluntad del Padre.

 

MEDITATIO

Las expresiones de Job, como hemos visto ya en la lectio, no son pura retórica. Volvemos a encontrar en ellas sentimientos que son comunes y que experimentamos todos. El grito de Job es un poco el grito dramático que, en determinados momentos de dolor, emiten todos aquellos a quienes ahoga el sufrimiento. Muchos llegan incluso a experimentar la tentación del siniestro deseo de la muerte. Ahora bien, precisamente a través de esta prueba es como podemos encontrar a Dios (o también perderlo). Lo dice el mismo Job: «le conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5).

Sólo ahora que Job se ha quedado desnudo frente a Dios es cuando es capaz de reconocerle y de amarle. Es verdad que Job se lamenta, grita y está abatido. Pero Job grita y se lamenta ante Dios. Resulta sugestivo que la Biblia no haya descartado estas expresiones; al contrario, las ha hecho suyas como oraciones de lamentación, asumiéndolas como un elemento de súplica y de petición acongojada a Dios.

¿Qué nos enseña el capítulo 3 del libro de Job? En primer lugar, a saber distinguir como es debido entre lamentación y queja. Estamos demasiado inclinados a lamentarnos de todo y con frecuencia. Nos lamentamos sobre todo de los otros. Ya no somos capaces de lamentarnos con Dios, de llorar ante Dios. Hemos perdido la capacidad de dirigirnos a Dios. Escribe el cardenal Martini que «abrir la vena de la lamentación es la manera más eficaz de cerrar los filones de las quejas que entristecen el mundo, la sociedad, las realidades eclesiásticas, que carecen de salida porque, al ser vividas en un ámbito puramente humano, no llegan al fondo del problema». En segundo lugar, nos enseña a mirar de frente nuestras pruebas, de modo que amortiguamos su aguijón.

Cuando pensamos que no lo lograremos, precisamente entonces llega el momento en el que podemos expresar nuestro amor gratuito. Jesús nos mostró la gratuidad de su amor precisamente en la cruz, en el colmo del dolor y de su grito, que, por una parte, expresa la extrema desolación y, por otra, la confianza total en el Padre (cf. Mc 15,34).

 

ORATIO

        Eres tú, Dios mío, quien fue el primero en amarnos. Eres tú quien nos buscó y llegó hasta nosotros en primer lugar. Leo en tu amor crucificado el amor infinito con que quisiste hablar a nuestro corazón y contarnos tu amor indecible. También nosotros quisiéramos amarte como tú has hecho con nosotros. Nuestra alma tiene sed de ti. Pero no conseguimos llegar hasta ti. Son demasiadas las cosas que atentan contra nuestra vida.

¿Por qué no conseguimos gozar de ti? ¿Por qué no oímos el grito de nuestro corazón? ¿Qué impulsa a nuestra alma a encerrarse lejos de ti? Concédenos, Señor, la gracia de comprenderte y comprender tu amor en la escuela de tu siervo Job, un creyente, aunque era pagano.

Ayúdanos a comprender las pruebas de Job, ayúdanos a entrar en su dolor, para poder entrar así en las pruebas y sufrimientos de Jesús. Tú, Señor, quisiste asumir nuestros sufrimientos en los tuyos para purificarlos. Por eso, Señor, puedes ayudarnos a contemplar la cruz, a fin de leer en el corazón traspasado de Cristo todas las riquezas del misterio de Dios.

 

CONTEMPLATIO

Tres son las fases por las que pasan los convertidos: la fase inicial, la intermedia y la final. En la fase inicial encuentran las caricias de la dulzura, en la intermedia las luchas de la tentación, en la final la perfección de la contemplación. Primero reciben las dulzuras que les consuelan, después las amarguras que les mantienen en ejercicio y, por último, las suaves realidades sublimes que les confirman. Así, todo hombre, en primer lugar, consuela a su esposa con suaves caricias, pero, una vez que la ha unido a sí, la prueba con ásperos reproches y, después de haberla probado, la posee seguro de ella. Del mismo modo, la gente de Israel, después de haberse prometido a Dios, fue llamada por él desde Egipto a las sagradas nupcias espirituales: primero recibió como prenda las caricias de los prodigios, pero, una vez se unió a Dios, fue sometida a la prueba, fue confirmada en la tierra prometida con la plenitud de la virtud.

Por eso, primero gustó en los prodigios lo que debía desear, después fue sometida a prueba en la fatiga a fin de ver si era capaz de custodiar lo que había gustado, y, por último, mereció recibir con mayor plenitud aquello que, mientras estuvo sometida a la prueba, había custodiado.

Así, la fase inicial, blanda, endulza la vida de todo convertido; la fase intermedia, áspera, la pone a prueba; y, después, la perfección plena la refuerza (Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job, XXIV, 28).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Y tú alejas de mí a mis amigos y conocidos, ¡las tinieblas son mi compañía!» (Sal 88,19).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuenta san Carlos Borromeo que experimentó la frustración, el sentimiento de inutilidad, de disgusto; y un día en que su primo Federico le preguntó lo que hacía en esos momentos, le mostró el librito de los Salmos, que llevaba siempre en el bolsillo. Recurría a los salmos de lamentación para dar voz a sus sufrimientos y, al mismo tiempo, para retomar aliento y fe frente al misterio del Dios vivo. Oremos para que el Señor nos conceda saber acceder también nosotros a las fuentes purificadoras y balsámicas de la lamentación bíblica (C. M. Martini, Avete perseveróte con me nelle mié prevé, Cásale Monf. 1990 [edición española: Habéis perseverado conmigo en mis pruebas, Edicep, Valencia 1990]).

 

 

Miércoles 26ª semana del Tiempo ordinario

LECTIO

Primera lectura: Job 9,1-12.14-16

1 Job tomó la palabra y dijo:

2 De acuerdo, sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios.

3 Si alguien pretende litigar con él, ni un argumento entre mil le podrá rebatir.

4 Sabio y fuerte como es, ¿quién le resiste y queda impune?

5 Él traslada los montes sin que se den cuenta y los remueve cuando se enfurece;

6 hace que la tierra tiemble en sus cimientos y que se tambaleen sus columnas.

7 Si él lo prohíbe, el sol no se levanta, ni las estrellas dan su resplandor.

8 Sólo él extiende los cielos y camina sobre las espaldas del mar.

9 Él ha creado la Osa y el Orion, las Pléyades y la Constelación del Sur.

10 Hace cosas grandes e insondables y maravillas sin número.

11 Pasa junto a mí y no l o veo, se desliza a mi lado y n o me doy cuenta.

12 Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá?

13 ¿Quién le dirá: «Qué es lo que haces»?

14 ¡Cuánto menos podré yo replicarle, encontrar palabras contra él!

15 Aunque tuviera razón, no debo replicar. Sólo puedo suplicar al que me acusa.

16 Aunque le llamara y él me respondiera, no creo que hiciera caso a mi llamada.

 

**• El texto que hoy nos propone la liturgia, tomado del capítulo 9 de Job, es la respuesta que da el patriarca a las palabras de consuelo del tercer amigo, Bildad de Suaj (cf. capítulo 8). Éste había dicho que la desproporción entre Dios y el hombre es tan grande que no es posible ninguna discusión entre ellos. Dios siempre tiene razón. Job rebate su discurso con un elogio de la sabiduría y de la omnipotencia de Dios tal como aparece en su creación. Si Dios es tan grande e inaccesible en su creación -piensa Job-, tanto más lo será en el orden sobrenatural y moral: «De acuerdo, sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios» (v. 2). En los versículos siguientes, se lamenta Job, una vez más, de la manera arbitraria y prepotente que tiene Dios de comportarse: «Si arrebata una presa, ¿quién se lo impedirá? ¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"?» (v. 12). De una manera un tanto irónica, da a entender Job que es inútil discutir con Dios, dado que nadie puede resistir ante él, puesto que siempre tiene razón en todo. Observa: «¡Cuánto menos podré yo replicarle, encontrar palabras contra él!» (v. 14). Frente a Dios no hay nada que hacer. Sólo, dejar que se hundan las montañas, que los vientos lo barran todo, que se abra la tierra, que el mar se desconcierte y que la tragedia se abata sobre el hombre.

Las palabras de Job son las de un hombre que sufre y protesta porque no consigue saber qué es justo y qué no. Hemos de señalar que Job no acepta soluciones que sean simples reducciones al pasado: sería mejor llamarlas actos de pereza, seguir la regla del mínimo esfuerzo.

Job quiere ver claro. Pero ¿eso es posible? Mientras dura nuestra peregrinación subsiste el problema del dolor. Está, sin embargo, la cruz de Cristo y su altísimo grito al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Me 15,33). La muerte de Jesús es dramática y él se precipita en el abismo doloroso de la maldad humana. Jesús no suprime el dolor, pero nos ha dicho lo suficiente sobre el valor salvífico del sufrimiento.

 

Evangelio: Lucas 9,57-62

En aquel tiempo,

57 mientras iban de camino, uno le dijo: -Te seguiré adondequiera que vayas.

58 Jesús le contestó: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

59 A otro le dijo: -Sígueme. Él replicó: -Señor, déjame ir antes a enterrar a mi padre.

60 Jesús le respondió: -Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.

61 Otro le dijo: -Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia.

62 Jesús le contestó: -El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el Reino de Dios.

 

*» Vimos ayer en el evangelio que con Lc 9,51 da comienzo una nueva parte del tercer evangelio. Se produce un cambio de ruta de Jesús: de la misión en Galilea a la-marcha hacia Jerusalén (9,51-56). Este nuevo camino, tal como decíamos, n o es nuevo sólo en un sentido topográfico, sino también en sentido teológico y místico.

Es un camino que culmina en la muerte y resurrección de Jesús. Esta perspectiva se vuelve paradigmática también para los discípulos. No hay vida cristiana sin compromiso con Cristo en la muerte. No basta, en efecto, con que el discípulo concentre la mirada en la gloria de Cristo; es preciso también que fije su mirada en el rostro de aquel que, tras haber muerto en la cruz, fue hecho perfecto y ha llegado a la gloria (cf. Heb 5,8ss).

Los tres diálogos referidos en el evangelio nos hacen ver que, además de los Doce, había también otros que querían seguir a Jesús, aunque no siempre sabían con claridad lo que significaba en el fondo «seguirle». Las exigencias del seguimiento de Cristo sólo se vuelven claras después de la pascua. Lucas no dice quiénes son estos tres interlocutores. Por Mateo, no obstante, sabemos que uno de ellos era un escriba o maestro de la Ley y el otro era un discípulo (8.19.21). En Lucas vemos que los tres se echan atrás intimidados por la «desnudez» que requiere Jesús para seguirle. El primero se había presentado a Jesús por propia iniciativa, pero Jesús le muestra el vacío que significa seguirle: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (v. 58). El segundo es un discípulo del Señor, como dice Mateo. Recibe la orden de seguirle que le da Jesús, pero le pide permiso para ir antes a sepultar a su padre. Jesús le responde: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 60).

Para el Señor está muerto todo lo que no es el Dios vivo (cf. Jn 14,6). El tercero ha preparado un programa y se lo muestra a Jesús: «Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia» (v. 61). Sin embargo, le responde el Señor de este modo: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (v. 62). No sabemos cómo acabaron estos tres. El evangelio sólo nos dice lo que ofrece Jesús a quienes le acompañan, o sea, el camino de la cruz. Pero aquí se requiere valor.

 

MEDITATIO

Job nos ha recordado el temor de Dios. De él hemos aprendido que hace falta proceder con mucho respeto para tratar con Dios. Nadie puede resistir ante Dios dirigiéndole palabras de crítica. Job lo dice muy bien: «Sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios»,

«¿Quién le dirá: "Qué es lo que haces"?». Con todo, debemos confiarnos por completo a Dios, aceptándolo humildemente en su grandeza infinita. Pero este Dios fuerte, tal como lo describe el Antiguo Testamento, se ha hecho hombre, ha tomado nuestra condición mortal y se ha revelado en el rostro pequeño, débil y vulnerable de Jesús.

Veíamos, en efecto, en el evangelio de hoy que Jesús obra con toda la autoridad de Dios, con una profunda humildad que nos impresiona. Mientras dice: «Sigúeme... deja... ve», nos pide al mismo tiempo que escojamos con valor una vida pobre y de sufrimiento semejante a la suya: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (y. 58). Dicho con otras palabras, Jesús vive su autoridad en medio de la máxima expoliación, como alguien que no tiene nada. ¿Quién se atrevería a hablar de autoridad y humillación juntas? Estarnos verdaderamente en el corazón de la fe plena y pura que se pide al discípulo. Con san Pablo podríamos decir: «Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,10b). Y esto nos hace sobreabundar de alegría. Toda profundización del espíritu parte de una renovada adhesión a la vida de Jesús.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú sabes que también nosotros, como los apóstoles, nos imaginamos un seguimiento fácil, embriagador, sin tropiezos, y rechazamos el camino que tú nos preparas.

Concédenos, Señor, sabiduría y fuerza para conocer tus proyectos y adherirnos al camino que tú, con tanto amor, nos has preparado. Ayúdanos a comprender bien y de modo profundo lo que quieres de nosotros. Ya sabes lo difícil que nos resulta leer tu ciencia de amor.

Hasta tu cruz nos resulta difícil de comprender, y aún más redescubrirla en la trama cotidiana de nuestra vida.

Ayúdanos, al menos, a no desistir de la lectura de nuestra experiencia, a fin de que podamos descubrir tu amor y tu intenso deseo de que nos adhiramos a ti. Y si también esto nos resulta difícil, ayúdanos a dejarnos acoger por ti sin dudar de tu amor infinito.

 

CONTEMPLATIO

No se objete que, en todos estos casos, no se trata de la fe, sino de misiones extraordinarias. Estas grandes misiones son necesariamente ejemplares, pues las «columnas de la Iglesia» determinan el estilo de todo el edificio, dan canónicamente la norma y regla para todos (el canon): son un término medio, aclaratorio, entre la soledad de Jesucristo y la fundamentación de la fe de todo cristiano. Las misiones, menores y mayores, y todo cristiano tiene la suya, proceden todas del mismo punto.

Y, en efecto, misiones y carismas no se dan en medio de la comunidad, sino que se «reparten a cada uno por Dios según la medida de la fe, desde un cara a cara con Dios al cuerpo eclesiológico de muchos miembros» (Rom 12,3-4).

Sólo como individuo puede ser llamado el cristiano para la Iglesia, y en la Iglesia, para el mundo; como solitario que, en el momento de la llamada, no puede ser apoyado, visiblemente, por nadie. Nadie le quita la responsabilidad de su asentimiento, nadie le quita la mitad de la carga que Dios le echa encima. Si es cierto que Dios puede juntar misiones, también lo es que cada enviado ha tenido que estar antes solo ante Dios. Y nadie puede ser enviado si antes no lo ha puesto todo, sin reservas, en manos de Dios, libremente, como un moribundo tiene que hacerlo forzosamente. Una misión cristiana sólo puede surgir en absoluto cuando fundamentalmente se ha ofrecido y entregado todo; cuando Dios, sin reserva alguna de parte del creyente, puede elegir en él lo que le place. Sólo de este punto del encuentro con el Dios muriente puede salir de una existencia de fe algún fruto cristiano. Este fruto lo es siempre de amor, pero fundado en la entrega de sí mismo (H. U. von Balthasar, Seriedad con las cosas. Cordilla o el caso auténtico, Sigúeme, Salamanca 1968, pp. 29-30).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «.¿Porqué, Señor, me rechazas y me ocultas tu rostro?» (Sal 88,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Gicinna Beretta Molla fue una madre de la diócesis de Milán que, para dar la vida a su hijo, sacrificó la suya con meditada inmolación. Gianna era médico, casada y con tres hijos. Estaba esperando otro. Pero su alegría se mezcló pronto con las más graves preocupaciones. Junto al útero iba creciendo un grueso fibroma y se hacía necesaria y urgente la intervención quirúrgica. Gianna comprendió de inmediato lo que le salía al encuentro. La ciencia de entonces ofrecía dos soluciones consideradas seguras para la vida de la madre: una laparotomía total, con extirpación tanto del fibroma como del útero, o la extirpación del fibroma, con la interrupción del embarazo. Una tercera solución consistía en extirpar sólo el fibroma, sin tocar al niño, pero ponía en grave peligro la vida de la madre.

La doctora Beretta, antes de ir al hospital, fue a visitar al sacerdote con el que se confesaba habitualmente. Éste le exhortó a esperar y tener valor. «Sí, don Luigi -le respondió la mujer-; he rezado mucho durante estos días. Me he confiado con fe y esperanza al Señor, incluso contra las terribles palabras de la ciencia médica, que me decían: o la vida de la madre o la vida de su criatura. Confío en Dios, sí, pero ahora me corresponde a mí cumplir con el deber de madre. Renuevo al Señor la ofrenda de mi vida. Estoy dispuesta a todo, con tal de salvar la vida de mi criatura.»

Ella misma nos contó su primer encuentro con el cirujano: «El doctor me dijo antes de la operación: "¿Qué hacemos? ¿La salvamos a usted o salvamos al niño?". Enseguida le contesté: "No se preocupe por mí". Y, después de la operación, me dijo: "Hemos salvado al niño"». El doctor, de religión judía, respetó la voluntad de la paciente (A. Sicari, Gianna Beretta Molla, en id., II terzo libro aei ritratti di santi, Milán 1993, pp. 144-146, passim [edición española: Retratos de santos, Encuentro Ediciones, Madrid 1995]).

 

 

Jueves 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Job 19,21-27

Dijo Job:

21 Tened piedad de mí, vosotros, mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido.

22 ¿Por qué me acosáis como me acosa Dios y no os cansáis de atormentarme?

23 ¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce!

24 ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!

25 Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo,

26 y, después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios.

27 Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño, y en mi interior suspirarán mis entrañas.

 

*»• «Job tomó la palabra y dijo: "¿Hasta cuándo me afligiréis y me acribillaréis con vuestras palabras?"». Llegamos así, en el capítulo 19, a la cima de los diálogos entre Job y sus tres amigos. Estos últimos no hacen más que repetir la tesis, ya esgrimida en otras ocasiones, de que las pruebas son el signo de que Job es culpable ante Dios. A su vez, Job sigue confesando su inocencia. Para Job no hay mayor tormento que tener que resistir a las excesivas palabras de sus amigos. El diálogo, prolongado durante diversos días, ha extenuado verdaderamente a Job. El sufrimiento más fuerte con que se enfrenta ahora es no conseguir proclamar su inocencia.

Su prueba consiste en considerarse inocente, pero no poder probarlo ni ante Dios ni ante sus amigos: «Grito: "¡Violencia!", y nadie me responde. Pido auxilio y nadie me defiende. Dios me ha cerrado el camino para que no pase, ha envuelto en tinieblas mis senderos» (19,7ss).

Entonces es cuando piensa Job en dejar por escrito su defensa, para que, un día, tal vez nosotros mismos que leemos hoy sus palabras, le hagamos justicia: «¡Ojalá se escribieran mis palabras! ¡Ojalá se grabaran en el bronce! ¡Ojalá con punzón de hierro y plomo se esculpieran para siempre en la roca!» (w. 23ss). Pero esta solución no le convence. Piensa también en apelar al supremo «defensor» para que le haga justicia: «Pues yo sé que mi defensor (Go'el) está vivo» (v. 25). Este Go'el, según la Ley judía, es el único testigo que puede ser oído como defensa. Después de haber insultado a Dios, le llama ahora «defensor, redentor». Nosotros, que conocemos el Evangelio, apelamos, en cambio, al amor, a la caridad, al Dios omnipotente y misericordioso salvador.

 

Evangelio: Lucas 10,1-12

En aquel tiempo,

1 el Señor designó a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares que él pensaba visitar.

2 Y les dio estas instrucciones: -La mies es abundante, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.

4 No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias, ni saludéis a nadie por el camino.

5 Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa.

6 Si hay allí gente de paz, vuestra paz recaerá sobre ellos; si no, se volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa, y comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa.

8 Si al entrar en un pueblo os reciben bien, comed lo que os pongan.

9 Curad a los enfermos que haya en él y decidles: Está llegando a vosotros el Reino de Dios.

10 Pero si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y decid:

11 Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos y os lo dejamos. Sabed de todas formas que está llegando el Reino de Dios.

12 Os digo que el día del juicio será más tolerable para Sodoma que para ese pueblo.

 

**• El «sí» total del corazón a Cristo por parte de quien sigue al Maestro irradia y se convierte en la fuerza de la misión evangélica. En los w. 1 -6 del capítulo 9 de Lucas veíamos que Jesús encargaba a los discípulos hacer lo mismo que él había hecho: expulsar a los demonios y curar a los enfermos (cf. Le 8,25-56). La Iglesia no tiene otra misión que continuar la obra de aquel que la envió. Los doce apóstoles son el fundamento de la misión de la Iglesia. Ahora bien, junto con ellos, Jesús eligió a otros muchos. La mies es abundante, pero los obreros son siempre pocos. El fragmento del evangelio de hoy se refiere a los setenta (y dos) discípulos que anuncian el mensaje del Reino (10,1-12). El número «doce» recuerda a las doce tribus de Israel. El número «setenta y dos» remite, en cambio, a los setenta y dos pueblos de la tierra enumerados en Gn 10. La misión de los discípulos tiene por ello un aspecto universal, se extiende a toda la tierra. Estos setenta y dos discípulos constituyen el signo de todos aquellos que el dueño de la mies llama para llevar el Evangelio. No se trata, en realidad, de una empresa humana, de algo que dependa de nuestra capacidad; se trata del Reino de Dios.

Los obreros del Reino no son tanto aquellos que lo anuncian como Cristo mismo en persona. Es él quien envía, quien toma la palabra, quien actúa. Se trata de dejar hacer a Jesús más que de hacer nosotros mismos. Lo importante es ser como él, adoptar su estilo, con su acontecer y sus frutos, y gracias a ello con su alegría.

«¡En marcha! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos» (v. 3). El Señor nos invita a no lamentarnos de los tiempos y de las dificultades de la misión. Más aún, las dificultades constituyen precisamente el signo del Reino. El signo con el que viene el Reino. Son la obra del Espíritu Santo. Jesús pide a los discípulos que no se preocupen: «no os preocupéis del modo de defenderos, ni de lo que vais a decir; el Espíritu Santo os enseñará en ese mismo momento lo que debéis decir» (12,11-12). El Maestro no quiere que caigamos en la ansiedad. La misión es siempre un milagro del Señor.

 

MEDITATIO

En la primera lectura de hoy nos sorprende Job con su actitud. Después de haberse lanzado contra Dios y de haber maldecido el día de su nacimiento (3,1-10), ahora proclama, en cambio, su esperanza: «Pues yo sé que mi defensor está vivo y que él, al final, se alzará sobre el polvo; y después que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios. Yo mismo lo veré...» (w. 25-27).

Primero vino la lamentación y el llanto ante Dios, ahora aparece el grito de la victoria. Llegados a este punto, nos preguntamos cómo llegó Job a este acto de fe profunda y de esperanza en el Señor. Cómo pasó de la angustia y del anhelo de la muerte a esta confianza en Dios. Basta con reflexionar atentamente. Job no ha cesado nunca de luchar en la oración: adoración, petición, súplica. Este diálogo ininterrumpido con Dios, incluso en la angustia más profunda, no ha disminuido. Job ha sabido luchar en la noche.

Ha conocido a Dios como adversario inhumano, como alguien que descarna y despoja, pero, al final, ha conocido en Dios el todo de su vida. De la nada al todo. Sólo a través de esta noche, a través de esta lucha inhumana, se hace posible llegar a Dios. Job nos hace ver que atravesar la nada es algo verdaderamente espantoso.

Para entrar en el «misterio de la luz infinita» es necesario sumergirse en la noche. La plegaria de los salmos de lamentación son una confirmación de lo que decimos. Basta con ver el salmo 22. Comienza con un grito desesperado: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?, ¿por qué no escuchas mis gritos y me salvas?». Pero termina con un grito de esperanza: «Yo viviré para el Señor». Para llegar a la resurrección, no es posible evitar la agonía de Getsemaní. Para entrar en comunión con Dios, es preciso no alejarnos de él, continuar viviendo en su proximidad.

 

ORATIO

«Pero no te ruego solamente por ellos, sino también por todos los que creerán en mí por medio de su palabra. Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado » (Jn 17,20ss).

Señor Jesús, te damos gracias porque has rogado por nosotros, que, por la palabra de tus apóstoles, hemos creído en ti. Haz que permanezcamos unidos a ti, confiados en tu oración. Si ésta nos faltara, no estaríamos aquí junto a ti; no podríamos darte gracias ni alabarte, ni darte a conocer a muchos de nuestros hermanos.

Concédenos ahora poder mostrar a todos que tú no nos abandonas, que tú no luchas con nosotros más que para rendirte a nosotros y bendecirnos. Gracias a esta oración, nosotros queremos ahora adorarte.

 

CONTEMPLATIO

Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas (Sal 76,15). Tú eres el fuerte, tú eres el grande (cf Sal 85,10), tú eres el altísimo, tú eres el rey omnipotente; tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra (cf Mt 11,25). Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses (cf. Sal 135,2); tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero (cf. 1 Tes 1,9).

Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia (Sal 70,5); tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres la justicia, tú eres la templanza, tú eres toda nuestra riqueza a saciedad.

Tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre, tú eres el protector (Sal 30,5); tú eres nuestro custodio y defensor; tú eres la fortaleza (cf Sal 42,2), tú eres el refrigerio. Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestra fe, tú eres nuestra caridad, tú eres toda nuestra dulzura, tú eres nuestra vida eterna, grande y admirable Señor, omnipotente Dios, misericordioso Salvador (Francisco de Asís, Alabanzas al Dios Altísimo [versión española tomada de Fuentes franciscanas, edición electrónica, versión de Patricio Grandón, OFM]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Se ha acercado a nosotros el Reino de Dios» (cf. Lc 10,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si de algunos -entre todos los seres deformes e infortunados del mundo- se apartaba instintivamente con horror Francisco era de los leprosos. Un día que paseaba a caballo por las cercanías de Asís le salió al paso uno. Y por más que le causaba no poca repugnancia y horror, para no faltar, como transgresor del mandato, a la palabra dada, saltando del caballo, corrió a besarlo. Y, al extenderle el leproso la mano en ademán de recibir algo, Francisco, besándosela, le dio dinero. Volvió a montar el caballo, miró luego a uno y otro lado y, aunque era aquél un campo abierto sin estorbos a la vista, ya no vio al leproso.

Lleno de admiración y de gozo por lo acaecido, pocos días después trata de repetir la misma acción. Se va al lugar donde moran los leprosos y, según va dando dinero a cada uno, le besa la mano y la boca. Así toma lo amargo por dulce y se prepara varonilmente para realizar lo que le espera (Tomás de Celano, Vida segunda, edición electrónica, versión de Patricio Grandón, OFM]).

 

 

Viernes 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Job 38,1.12-21; 40,3-5

38,1 El Señor respondió a Job desde la tormenta y dijo:

12 ¿Has mandado en tu vida a la mañana o has asignado su puesto a la aurora

13 para que agarre a la tierra por sus bordes y sacuda de ella a los malvados?

14 El da forma a la tierra, como el sello a la arcilla, y se tiñe de color como un vestido,

15 pero niega la luz a los malvados y el brazo altanero queda roto.

16 ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares? ¿Has pisado en las honduras del abismo?

17 ¿Te han mostrado las puertas de la muerte? ¿Has visto los umbrales de las sombras?

18 ¿Has abarcado la anchura de la tierra? Habla, si es que lo sabes todo.

19 ¿Sabes dónde habita la luz y cuál es la mansión de las tinieblas,

20 para que puedas llevarlas a su sitio, y enseñarles el camino de su casa?

21 Lo sabrás, pues tienes tantos años que para entonces ya habrías nacido.

40,3 Y Job respondió al Señor:

4 Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte? No diré una palabra más.

5 Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré.

 

**• Hemos llegado a descubrir que toda la búsqueda de Job está basada en una esperanza indestructible. Aquel a quien busca Job existe y nos ama. La búsqueda es, ciertamente, fatigosa y doliente. Hay mucha soledad y mucha noche en esta búsqueda, pero, al final, el descubrimiento de Dios suscita alegría, paz, entusiasmo.

Leyendo el libro de Job, tenemos la impresión de que el autor sagrado describe el juego del amor que atraviesa toda la existencia. En el amor está la ausencia o, mejor dicho, la ocultación y la presencia juntas. Es como la madre que se retira para que el niño tenga la sorpresa de encontrarla junto a él. En los últimos versos del poemita emerge, entre ambos diálogos, el tema fundamental del Cantar de los Cantares: «Mi amado es para mí, y yo para él» (Cant 2,16).

Hemos visto en el libro de Job que éste apela a menudo al juicio de Dios: «¡Ojalá que alguien me escuchara!» (31,35). Por fin, en los capítulos 38-42 responde Dios a los requerimientos de Job. Se trata de una respuesta que, a su vez, es también una interpelación. Dios presenta a Job la inmensidad y el carácter grandioso de la creación. Le hace ver que el mundo es un inmenso proyecto divino que suscita admiración y estupor por su carácter grandioso y su belleza. Las preguntas que dirige Dios a Job las dirige asimismo a cada uno de nosotros.

Dios ha creado el mundo movido únicamente por la alegría de dar. No nos es posible contemplar el mundo permaneciendo encerrados en el cálculo egoísta de quien lo valora exclusivamente sobre la base de la utilidad personal.

        Job, que antes había luchado y polemizado con Dios y con sus amigos, permanece ahora en silencio, confuso. Renuncia a hablar. Renuncia a proseguir la discusión. Reconoce que ha hablado demasiado y de manera superficial. Job ha sido siempre sincero. Ha buscado con seriedad, pero no ha encontrado. Ahora puede afirmar: «Ahora te han visto mis ojos», mientras que antes «te conocía sólo de oídas» (42,5). Job, a través de la prueba y permaneciendo fiel a Dios, ha penetrado por fin en el misterio profundo de Dios.

 

Evangelio: Lucas 10,13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús:

13 ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.

14 Por eso, será más tolerable el día del juicio para Tiro y Sidón que para vosotras.

15 Y tú, Cafarnaún, ¿te elevarás hasta el cielo? ¡Hasta el abismo te hundirás!

16 Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado.

 

**• El evangelio de hoy concluye el mensaje con el que Jesús envía en misión a los «setenta y dos discípulos», sobre el que hemos reflexionado en el pasaje precedente (10,1-12). ¿Por qué habla Jesús con tanta dureza de Corozaín, de Betsaida, de Cafarnaún? ¿Qué quiere decir Jesús? La condena de estas tres ciudades ha de ser entendida en diferentes ámbitos.

Jesús subraya, en primer lugar, que estas ciudades no han escuchado la Palabra que él ha predicado, o sea, la gracia del Evangelio, la invitación a la conversión que él ha traído. En segundo lugar, Jesús pone de relieve, trágicamente, que los suyos le han abandonado. Quizás advierte la hostilidad del pueblo. Las antiguas ciudades paganas de Tiro y Sidón tendrán un juicio menos severo que el pueblo de Israel. Por último, en un tercer ámbito, Jesús prevé también que el Evangelio superará las fronteras de Galilea, que llegará a los gentiles, mientras que -por desgracia- las ciudades que fueron las primeras en recibir su mensaje se quedarán encerradas en un judaísmo anticristiano.

El texto se convierte en un aviso no sólo para todo el pueblo de Israel, sino también para todas aquellas personas que se excluyen de la gracia del Señor y caen en la hipocresía y en la resistencia puestas de manifiesto por los «ayes». Puede decirse que Jesús pretende censurar el único gran pecado, el imperdonable, ése contra el Espíritu Santo: cerrar los ojos a la manifestación de la gracia, a la oferta de perdón. Ése es el gran riesgo que corre la misión cristiana. Jesús lo ha dicho con claridad: «Quien os escucha a vosotros a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza» (v. 16).

 

MEDITATIO

Job, en medio de su terrible desgracia, la había emprendido con Dios: «¿Por qué ocultas tu rostro y me consideras tu enemigo? ¿Vas a asustar a una hoja que se la lleva el viento o a perseguir una paja seca? Pronuncias contra mí amargas acusaciones y me imputas pecados de juventud» (Job 13,24ss). Al final del libro, sin embargo, oímos a Dios interpelando a Job: «¿Has mandado en tu vida a la mañana o has asignado su puesto a la aurora?... ¿Has llegado hasta las fuentes de los mares? ¿Has pisado en las honduras del abismo? ¿Te han mostrado las puertas de la muerte?» (cf. 38,12.16ss).

¡Cuántas cosas ignora Job! ¡Cuántas cosas se le escapan y no podrá aferrar nunca! Aunque poseyera la ciencia más refinada, desconocería aún muchas cosas. Llegado a este punto, reconoce Job que debe mostrarse pequeño y humilde ante Dios; más aún, «ligero», como dice en 40,3: «Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte?». Job reconoce que no lo sabe todo. Sólo Dios es el depositario de toda la ciencia. Job comprende que debe confiarse a Dios, abandonarse a él. Renuncia, por consiguiente, a interrogar: «No diré una palabra más. Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré» (40,4ss). La humildad consiste en «no saber», en carecer de pretensiones ante Dios. Sólo a través de la humildad, y de puntillas, entramos en el misterio de Dios: «Así que me puse a pensar para entenderlo, pero me resultaba muy difícil. Hasta que entré en los secretos de Dios y comprendí el destino que les aguarda [a los malvados] [...]. Yo era un estúpido y no lo comprendía, era como un animal ante ti. Pero yo estaré contigo siempre» (cf. Sal 73,16-23). Job nos enseña que lo que vale es estar siempre con Dios.

Señor Jesús, ante tu misterio de amor, frente al sufrimiento insondable que experimentaste en tu corazón, nos quedamos sin palabras. Nos sentimos impotentes y mudos, sin fuerzas. Nos descubrimos incapaces de experimentar tu infinita potencia de amor por nosotros. Sucumbimos fácilmente ante tu entrega inerme. Haznos comprender qué hay en el fondo de nuestros tormentos, qué hay dentro de los problemas que tanto nos hacen sufrir. Ayúdanos a estar siempre contigo. A poner nuestras manos en las manos de Dios, de suerte que podamos alcanzar su misterio, que no suprime el sufrimiento, sino que lo hace servir para que lleguemos a Él. Muéstranos que el secreto profundo de la realidad no se encuentra tanto en las grandes especulaciones como en la sobreabundancia del amor por ti.

 

CONTEMPLATIO

Job, ese hombre de tantas admirables virtudes, se conocía él mismo y era conocido por Dios, pero habría permanecido desconocido por nosotros si no hubiera sido golpeado y puesto a prueba. Ejercía también su virtud cuando vivía tranquilo, pero la fama de la misma se difundió sólo cuando se vio sacudido por el sufrimiento.

Mientras vivía en paz, conservaba dentro de él lo que era; cuando se vio sacudido, hizo llegar a todos el buen olor de su fortaleza. Del mismo modo que un perfume no se puede oler de lejos si no es agitado y el incienso no expande su aroma más que cuando lo queman, así el perfume de las virtudes de los santos no se expande más que en medio de las tribulaciones. Ésa es la razón de que se diga en el evangelio: «Si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte: "Trasládate allá", y se trasladaría» (Mt 17,20). Si no se muele el grano de mostaza, no es posible conocer la fuerza de su propiedad (Gregorio Magno, Tratados morales sobre el libro de Job, Pref., 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No diré una palabra más» (Job 40,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Que las dificultades no asustaron al beato Giovanni Battista Piamarta aparece asimismo en sus cartas: «Las contradicciones, en vez de remover nuestra constancia, deben revigorizarla fuertemente, porque la contradicción es señal de éxito de la obra».

Piamarta vio incluso en las tribulaciones y en las contrariedades un signo de la bondad de la obra: es obvio, por tanto, que debemos resistir, ser fuertes, no perder el valor, perseverar, aguantar, tener paciencia, porque las obras que están destinadas a dejar una huella y que quieren decir algo nuevo progresan y se imponen de este modo.

Le escribe a la madre Elisa Baldo: «He dado comienzo a mi obra, y los contrastes y los dolores, las desilusiones y las indiferencias y los abandonos, incluso por parte de personas de las que podía esperar con fundamento todo el apoyo moral y material, fueron mi pan de cada día y continúan siéndolo todavía más que nunca. La naturaleza se rebela ante tales tratos, pero el espíritu se encuentra a sus anchas, porque sabe que es precisamente con esos caracteres con los que el Dios bendito quiere marcar sus obras» (P. G. Cabra, Piamarta, Brescia 21997, p. 258).

 

 

Sábado 26ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Job 42,1-3.5-6.12-17

1 Job respondió al Señor y dijo:

2 Sé que todo lo puedes, que ningún plan está fuera de tu alcance.

3 «¿Quién es ése que enturbia mi consejo con palabras sin sentido?»

4 Así he hablado yo, insensatamente, de maravillas que me superan y que ignoro.

5 Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos.

6 Por eso me retracto, y me arrepiento cubierto de polvo y ceniza.

12 Y el Señor bendijo el final de la vida de Job más que su comienzo: llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas.

13 Tuvo además siete hijos y tres hijas.

14 A una le puso el nombre de «Paloma», a otra el de «Acacia» y a otra el de «Frasco de Perfumes».

15 No había en todo aquel país mujeres tan bellas como las hijas de Job. Y su padre les dio parte en la herencia junto con sus hermanos.

16 Después de todo esto, Job vivió todavía hasta la edad de ciento cuarenta años y vio a sus hijos y a sus nietos, hasta la cuarta generación.

17 Job murió anciano y colmado de días.

 

*+• Los últimos versículos del libro de Job constituyen un acto de confianza y de abandono en Dios. Ya ante el espectáculo de la creación y de sus maravillas, había hecho Job una primera confesión a Dios: «Hablé a la ligera, ¿qué puedo responderte? No diré una palabra más. Hablé una vez, pero no volveré a hacerlo; dos veces, pero no insistiré» (40,3-5). Ahora, en esta segunda confesión, Job no sólo reconoce el desorden de su mente, sino que confiesa la sabiduría y la omnipotencia de Dios. Retira todas las acusaciones que había movido antes contra Dios: «Sé que todo lo puedes, que ningún plan está fuera de tu alcance» (42,2).

Job ha hecho un largo recorrido. Se ha adentrado, en situaciones de práctica desesperación, a través de la noche de los sentidos y del espíritu, en una experiencia que figura entre las más terribles de la vida. Ha comprendido que Dios se esconde para hacerse buscar y para que podamos encontrarle: este ingreso subraya su camino místico, el gran dinamismo de su vida espiritual. En consecuencia, puede afirmar Job: «Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos» (42,5). Te conozco, ahora he entrado en lo profundo de tu misterio.

El conocimiento de Dios que ahora ha madurado en Job ya no es «de oídas», sino un conocimiento de quien se ha acercado a él y ha buscado asemejarse al Hijo de Dios, que dio su vida por el hombre. Ahora comprendemos bien que el problema de Job es, sobre todo, un gran problema de amor. El amor de quien, aun sintiéndose rechazado, no desiste a pesar de todo de continuar buscando y gritando a Dios su propia fidelidad. Satán había apostado con Dios que no había ningún amor gratuito. Job ha conseguido probar que, cuando el amor del hombre es atraído por el de Dios, es capaz de alcanzar una entrega total.

 

Evangelio: Lucas 10,17-24

En aquel tiempo,

17 los setenta [y dos] volvieron llenos de alegría, diciendo: -Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.

18 Jesús les dijo: -He visto a Satanás cayendo del cielo como un rayo.

19 Os he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones, y para dominar toda potencia enemiga, y nada os podrá dañar.

20 Sin embargo, no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo.

21 En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: -Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

22 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre, y quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Volviéndose después a los discípulos, les dijo en privado: -Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis.

24 Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

 

 

*+• El evangelio nos pone hoy de manifiesto el significado de la misión de los «setenta y dos discípulos». Vuelven éstos «llenos de alegría» (v. 17) y Jesús les descubre el contenido profundo de lo que han realizado.

El tema está desarrollado en dos secciones ligeramente diferentes, aunque unitarias (w. 17-20 y w. 21-24). Éstas incluyen: a) en primer lugar, la misión, considerada como una victoria que consiguen los setenta y dos en la lucha contra Satanás (v. 18); b) en segundo lugar, la victoria sobre Satanás, que pone de manifiesto que los discípulos son capaces de vencer al mal que hay en el mundo; por eso se les considera en el evangelio «dichosos» (v. 23) y sus nombres están escritos en el Reino de los Cielos (cf. v. 20); c) en tercer lugar y prosiguiendo, el evangelio hace observar que los «sencillos» (v. 21) están abiertos al misterio y reciben la verdad de Jesús; d) por último, Jesús alaba al Padre por el don concedido a los «sencillos» y revela la unión de amor entre él y el Padre: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre...» (v. 22).

Puede afirmarse que la misión es concebida en el evangelio como irradiación del amor que une al Padre y al Hijo. Este amor revelado a los «sencillos» es la fuerza que destruye el mal. Los discípulos son considerados «dichosos» porque ven y gustan ya desde ahora el amor del Padre y del Hijo.

 

MEDITATIO

Hemos llegado al final del libro de Job. Al principio habíamos reflexionado sobre la apuesta lanzada por Satanás sobre el hombre. Según la opinión de Satanás, el hombre es incapaz de un amor gratuito. Sin embargo, hemos concluido que, si bien no sabemos si tenemos o no el amor gratuito por Dios, una cosa es segura: Dios nos ama y dilatará nuestro corazón probándolo con el fuego incandescente de su amor. Por lo demás, Dios espera de nosotros que nos entreguemos a él con confianza y perseverancia, como Job, poniéndonos por completo a su disposición. Si de verdad amamos a Dios, nuestro amor encontrará en sí mismo su riqueza. Este amor increíble y atrayente es el que nos comprometerá y nos llevará a saborear el don inaudito del amor trinitario. En el Cantar de los Cantares se lee que aquel a quien buscamos sin cansarnos existe y nos ama. Un día lo encontraremos, si hemos perseverado en esta búsqueda contemplativa, y nos colmará de alegría. Pero lo debemos buscar ya desde ahora sin desanimarnos. En el fondo, también Job puede decir al final: «Ahora te han visto mis ojos» (42,5). Sólo quien ama -dice H. U. von Balthasar- puede hablar del amor. No es posible hablar ni siquiera de los más pequeños problemas del mundo espiritual sin haber tenido una experiencia directa. Del mismo modo, tampoco un cristiano puede hacer apostolado a no ser anunciando, como hizo Pedro, lo que ha visto y oído (cf. 2 Pe 1,16-19). Todo lo que podamos atestiguar sobre Dios procede de la contemplación: la de Jesús, la de la Iglesia y la nuestra. Gracias a este amor, que le ha puesto en una auténtica relación con Dios, obtiene Job su bendición, mucho mayor que la primera.

Durante estos días hemos meditado sobre el misterio de la prueba y del amor. Ante María santísima pidamos poder penetrar con mayor profundidad en este misterio.

 

ORATIO

Oh Dios, tú eres nuestro Señor, eres tú quien se anticipó a nosotros y nos amó cuando todavía ni siquiera te conocíamos y no te podíamos pagar tu amor con el nuestro. Eres tú quien sigue amándonos y preparaste para nosotros bienes invisibles de los que no tenemos ninguna visión intuitiva. También nosotros te amamos y nos movemos hacia ti, precisamente en la dirección que tú nos has prefijado. Pero estamos sumergidos en un montón de cosas y de obstáculos que nos impiden buscarte; nos impulsan lejos de ti; nos impiden gozar de tu intimidad. Concédenos, oh Padre, la gracia de comprender el grito lacerante de nuestro corazón.

Ayúdanos a entender mejor el sentido de las pruebas que nos apremian por todas partes; de la noche de nuestros sentidos, de la noche del espíritu y de la noche honda de la fe, donde nos agitamos en un estado de casi desesperación. Infunde en nuestros corazones el afecto de tu amor. Infúndelo profundamente. Conviértete tú mismo para nosotros en una corriente que fluya, para que nuestro discurrir nos conduzca hasta ti.

Tú, oh Dios, nos has hecho comprender que nos es necesario entrar en los sufrimientos y en las pruebas de Jesucristo. Ayúdanos ahora, oh Padre, a meditar su pasión a fin de participar en sus sufrimientos y conocer así la fuerza de la resurrección.

 

CONTEMPLATIO

El amante no entra en el reino del amor con la alegría de haber encontrado por fin la culminación de todos sus propios deseos, sino en silencio y con humildad, porque el amor ha sobrepasado todas sus expectativas y a él mismo. Tiene que soportar lo insoportable: la presencia del amor. Sería poco dar a esta imposibilidad de soportar el nombre de bienaventuranza, de éxtasis de amor. En efecto, el amor es demasiado grande, y en este «demasiado» se incluye una especie de dolor, que sólo conoce quien ama, pero que es la flecha, la espina de toda felicidad espiritual. Sería asimismo poco describir este dolor como el límite de la propia respuesta, como desilusión respecto a la propia realidad, que incluso en el momento de la máxima entrega no ofrece nada verdaderamente digno del amor. En efecto, el amor demasiado grande no rebosa sólo en relación con el yo, a la persona a la que beneficia; ni siquiera un yo más grande, más digno, conseguiría contener este desbordamiento; tal prerrogativa, en efecto, está ínsita en el amor mismo, que, confrontado consigo mismo, resulta demasiado grande, y todo el que se vea herido por su maravilla y arrollado por sus olas debería caer en adoración frente a su extremo poder y a su victoria radiante (H. U. von Balthasar, Sorelle nello Spirito. Teresa di Lisieux  Elisabetta di Digione, Milán 1974, p. 310).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¿Conque no habéis podido estar en vela conmigo ni siquiera una hora?» (Mt 26,40).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

He aquí una de las páginas más bellas que escribió santo Tomás Moro en la cárcel antes de ser ejecutado: «Cristo sabía que muchos, por su misma debilidad física, se habrían dejado aterrorizar por la sola idea del suplicio... y quiso confortar su ánimo con el ejemplo de su dolor, de su tristeza, de su angustia, de su miedo. Y a quienes estuvieran constituidos físicamente de este modo, o sea, a los débiles y a los miedosos, les quiso decir casi hablándoles directamente: "Ten valor, tú que eres tan débil; aunque te sientas cansado, triste, temeroso e importunado por el terror de crueles tormentos, ten valor: porque también yo, ante el pensamiento de la acérrima y dolorosísima pasión que me apremiaba de cerca, me sentí todavía más cansado, triste, temeroso y sometido a una íntima angustia... Piensa que te bastará con caminar detrás de mí... Confíate a mí, si no puedes tener confianza en ti mismo. Mira: yo camino delante de ti por este sendero que te da tanto miedo; agárrate al borde de mi túnica y de él obtendrás la fuerza que impedirá que tu sangre se disperse en vanos temores y mantendrá firme tu ánimo con el pensamiento de que estás caminando detrás de mis huellas. Fiel a mis promesas, no permitiré que seas tentado por encima de tus fuerzas"» (A. Sicari, «San Tommaso Moro», en id., Ritratti di santi, Milán 1993, p. 46 [edición española: Retratos de santos, Encuentro Ediciones, Madrid 1995]).

 

 

Lunes 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 1,6-12

Hermanos:

6 No salgo de mi asombro al ver qué pronto habéis abandonado a quien os llamó mediante la gracia de Cristo y con qué rapidez habéis abrazado otro evangelio.

7 Pero no hay otro evangelio. Lo que pasa es que algunos están desconcertándoos e intentan manipular el evangelio de Cristo.

8 Pues sea maldito cualquiera -yo o incluso un ángel del cielo- que os anuncie un evangelio distinto del que yo os anuncié.

9 Ya os lo dije, y ahora os lo repito: si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡caiga sobre él la maldición!

10 Porque, vamos a ver: ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Trato acaso de agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.

11 Quiero que sepáis, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es una invención de hombres,

12 pues no lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno; Jesucristo es quien me lo ha revelado.

 

**• En su segundo viaje misionero había atravesado Pablo «Frigia y la región de Galacia» (Hch 16,6), a saber, la región que se extiende en torno a la actual Ankara, y había fundado allí comunidades cristianas que visitó después en su tercer viaje (Hch 18,23), en los años 53-57 d. C. Lo que propugnaba Pablo es que el creyente se salva en virtud de la fe en Jesucristo crucificado y resucitado, y no a causa de la sola observancia de la Ley. Ésta -dirá Pablo- es libertad. Los cristianos judaizantes, no obstante, pretendían adaptar la práctica del Evangelio a la religión judía y a algunas de sus prácticas (como la circuncisión y otras prescripciones). También la Iglesia que estaba en Galacia padeció esta «intrusión» por parte de los judaizantes. Pretendían éstos nada menos que ironizar sobre la autoridad y la doctrina de Pablo. La reacción del gran convertido de Damasco es vigorosa.

Pablo, dirigiéndose a los «¡gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado?» (Gal 3,1), expresa una indignación que no es tanto autodefensa como constatación de que corren el riesgo de abandonar el Evangelio de Cristo o de contaminarlo, subvertirlo. El tono de esta perícopa ya es encendido. Estas palabras encendidas persiguen sobre todo obtener que los gálatas se declaren a favor de Cristo y acojan de modo pleno la única certeza que cuenta: el Evangelio, tal como les ha sido predicado, el Evangelio del Señor Jesús. Precisamente porque está convencido hasta el fondo de que se trata de la única alegre noticia que cuenta, puede declarar Pablo con toda franqueza que con la predicación del Evangelio no busca agradar a los hombres, sino a Dios. Lo que él ha venido a anunciar es, en efecto, la Palabra de Dios, recibida por revelación de Jesús y no por enseñanza humana.

 

Evangelio: Lucas 10,25-37

En aquel tiempo,

25 se levantó un maestro de la Ley y le dijo para tenderle una trampa: -Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?

26 Jesús le contestó: -¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?

27 El maestro de la Ley respondió: -Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.

28 Jesús le dijo: -Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás.

29 Pero él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: -¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús le respondió: -Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos salteadores que, después de desnudarlo y golpearle sin piedad, se alejaron dejándolo medio muerto.

31 Un sacerdote bajaba casualmente por aquel camino y, al verlo, se desvió y pasó de largo.

32 Igualmente un levita que pasó por aquel lugar, al verlo, se desvió y pasó de largo.

33 Pero un samaritano que iba de viaje, al llegar junto a él y verlo, sintió lástima.

34 Se acercó y le vendó las heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; luego lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.

35 Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero, diciendo: «Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a mi vuelta».

36 ¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?

37 El otro contestó: -El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: -Vete y haz tú lo mismo.

 

*+• Jesús va de viaje hacia Jerusalén. Un judío, experto legista, durante una parada, se propone «atraparlo» con una pregunta de extrema importancia: ¿qué se debe hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús, siguiendo su estilo, responde con otra pregunta que remite al experto legista a la Ley misma de Moisés. ¿Qué está escrito en ella? El hombre responde recordando el precepto del amor total a Dios, tal como aparecía formulado en Dt 6,3 y había sido retomado en el shema («.Escucha, Israel»), recitado a diario por los israelitas. Une a este precepto el del amor al prójimo, tal como aparece en Lv 19,18.

Tras aprobar Jesús esta perfecta síntesis, el legista le plantea otra pregunta-trampa: «¿Y quién es mi prójimo?» (v. 29). Si pensamos que en el Antiguo Testamento sólo era «prójimo» el israelita y, más tarde, el emigrante inserto en la comunidad israelita (cf. Lv 19,33ss); si tenemos en cuenta que en la época de Jesús el concepto de «prójimo» prácticamente se refería al miembro de la propia secta (fariseos, celotas, etc.), percibiremos la agitadora fuerza innovadora expresada en el relato de Jesús. Su respuesta no es teórica, sino que se inserta en el orden concreto de la vida con la narración de una parábola que debía recordar a los oyentes hechos acaecidos en la vida diaria.

También es importante el escenario: el camino que lleva desde Jerusalén (740 metros) a Jericó (bajando a 350 metros bajo el nivel del mar) presenta un recorrido impracticable, con un desnivel de 1.000 metros, lleno de quebradas donde se escondían los salteadores. Así pues, la acción es animada y fuerte: al hombre agredido, lacerado y sangrante, lo encuentran casualmente un sacerdote y un levita (en aquella época volvían a casa cada semana después de su turno en el templo de Jerusalén); dos hombres, religiosos por excelencia, ven lo sucedido y pasan de largo; por último, el protagonista del relato, un samaritano mestizo, bastardo y hereje, ve la misma escena y se ocupa del herido. Jesús se complace en describir con vivas pinceladas todas las acciones de este hombre con tan mala fama entre los judíos. Éste no se contenta con ver, sino que -sintiendo compasión- se acerca al malaventurado: desinfecta las heridas con el vino, fuertemente alcoholizado, de Palestina, le alivia el dolor con el aceite, le lleva al mesón, donde paga de su propio bolsillo las atenciones que se dispensen a este pobrecillo.

Jesús plantea aún otra pregunta: «¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». ¡Ojo!: aquí se encuentra el núcleo del relato.

Cuando Jesús, aprobando la respuesta del maestro de la Ley, le dice: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37), desplaza totalmente el centro del problema. La cuestión no es saber quién es nuestro prójimo, puesto que todo hombre que comparta con nosotros la naturaleza humana lo es; se trata más bien de saber cómo se llega a ser prójimo para el otro. El que expresa su propia compasión en el orden concreto de su acción cotidiana es verdadero discípulo de Dios, porque «se hace prójimo» del hombre.

 

MEDITATIO

También yo estoy llamado a vigilar para que mi fidelidad al Evangelio sea total. No eran sólo los gálatas quienes corrían el riesgo de confundir la verdadera «alegre noticia» que es el Evangelio de Cristo. También hoy circulan ideas confusas y resbaladizas dentro de un falso irenismo, con barullos de actitudes que no tienen nada que ver con el ecumenismo, con el diálogo interreligioso y con el mundo: realidades sacrosantas todas ellas y que hemos de buscar. La palabra de Pablo me interpela en orden a mi anuncio personal de Jesús, que no puede ser «teleguiado» por modas culturales y espiritualistas. Si quiero agradar a Dios, es preciso que sea siervo alegre del evangelio y, precisamente por eso, libre de amar.

Ésta es mi verdadera libertad, una libertad que está en plena consonancia con el Evangelio. «El buen samaritano se hace prójimo a pesar de la distancia étnica, social y hasta religiosa. No pide contrapartidas» (C. M. Martini). No se protege en pseudoseguridades o miedos, ni en integrismos para lanzar flechas de juicios puntiagudos sobre quienes no piensan lo mismo.

Seguir el camino del Evangelio de Jesús supone una adhesión plena y, por consiguiente, no sólo mental, sino del corazón y de la vida. Es dentro de mi vida diaria donde Jesús -el buen samaritano por excelencia, que se hizo tan prójimo que me entregó su vida en la cruz- me pide que me convierta. Desde la indiferencia del sacerdote y del levita estoy llamado a «hacerme prójimo» con un corazón atento y cálido. Desde la intolerancia del legista que también anida en mí he de pasar a la mansedumbre, a la escucha, al diálogo. De su dureza de corazón he de convertirme «preocupándome» por quienes están a mi lado, especialmente por los que sufren.

Hacerme prójimo en la familia, en el trabajo, en la parroquia o en el movimiento eclesial significa en la práctica revestirme por dentro de paciencia, de benevolencia, de empatía y simpatía; significa hacer desaparecer las muy posibles sombras de envidia y de celos y deseos de conseguir aprobaciones. Hacerse prójimo significa anegar en el mar de la misericordia de Dios resentimientos, amarguras e intereses recónditos. Hacerme prójimo supone, a fin de cuentas, estar revestido por completo de su amor, que, en el orden concreto, se convierte en disponibilidad para ocuparse, para hacerse cargo del otro.

 

ORATIO

Señor Jesús, que has dicho: «Sin mí no podéis nada, pero conmigo daréis mucho fruto» (cf. Jn 15,5), te pido que me ayudes a «introducirme vivo» en tu Evangelio, a creer con plena adhesión de mente y de corazón. Concédeme, pues, hacer desaparecer, con la energía de tu Espíritu, toda la indiferencia, la comodidad y la intolerancia que tanto me hacen asemejarme a quienes, por el camino de Jericó, dejaron en tierra al hombre herido.

Crea en mí, Señor, un corazón nuevo, un corazón capaz de advertir el grito secreto de quien sufre, un corazón tan persuadido de tu amor y tan enamorado de ti que viva sólo para reconocerte, para amarte y «ocuparse» de todo prójimo.

 

CONTEMPLATIO

        La Iglesia tiene necesidad de su perenne pentecostés, necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser Templo del Espíritu Santo, de una pureza total y de vida interior [...].

        La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de la verdad y escuchar con inviolable silencio y con dócil disponibilidad la voz, el coloquio en el asentimiento contemplativo del Espíritu, que nos enseña toda verdad.

        Y necesita también la Iglesia volver a sentir fluir por todas sus humanas facultades la onda del amor que se llama caridad y que ha sido difundida en nuestros corazones «.por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Pablo VI, en D. Ange, La Pentecoste perenne, Milán, 1998, pp. 39ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Despierta, Jesús, mi corazón: hazlo capaz de amar».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia.» Si lleváis todos estos ingredientes a vuestra vida, todo lo que hagáis será eterno. Es algo a lo que merece que le dediquemos tiempo. Nadie puede hacerse santo durmiendo.

Hacen falta la oración, la meditación y tiempo; el perfeccionamiento tanto en el plano físico como en el espiritual exige preparación y cuidados. Desead esta única cosa a cualquier precio, cambiad este «yo» viejo que tenéis para hacer sitio a la «novedad» del amor, al don de vosotros mismos. Volviendo al pasado, por encima y más allá de los placeres efímeros de la vida, aparecen también momentos en los que habéis podido realizar actos de bondad en favor de aquellos que os rodean: cosas demasiado pequeñas como para que valga la pena hablar de ellas, pero que también os producen la sensación de haber entrado en la verdadera vida.

He visto casi todas las cosas maravillosas que Dios ha hecho, he probado casi todos los placeres que Dios ha proyectado para el hombre. Sin embargo, mirando hacia atrás, veo brotar de la vida ya transcurrida breves experiencias en las que el amor de Dios se reflejaba en una modesta imitación de él, en un pequeño acto de amor mío. Estas son las únicas cosas que sobreviven.

Todo lo demás es transitorio. Cualquier otro bien es fruto de la fantasía. Pero los actos de amor que todos ignoran -e ignorarán siempre- no fracasan nunca (E. Drummond, La cosa piú grande del mondo, Roma 1992, pp. 67ss).

 

 

Martes 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 1,13-24

Hermanos:

13 Habéis oído, sin duda, hablar de mi antigua conducta en el judaísmo: con qué furia perseguía yo a la Iglesia de Dios intentando destrozarla.

14 Incluso aventajaba dentro del judaísmo a muchos compatriotas de mi edad como fanático partidario de las tradiciones de mis antepasados.

15 Pero cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por pura benevolencia,

16 tuvo a bien revelarme a su Hijo y hacerme su mensajero entre los paganos, inmediatamente, sin consultar a hombre alguno

17 y sin subir a Jerusalén para ver a quienes eran apóstoles antes que yo, me dirigí a Arabia y, después, otra vez a Damasco.

18 Luego, al cabo de tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro y permanecí junto a él quince días.

19 No vi a ningún otro apóstol, fuera de Santiago, el hermano del Señor.

20 En esto que os escribo, Dios es testigo de que no miento.

21 Fui después a las regiones de Siria y Cilicia.

22 Por entonces las Iglesias cristianas de Judea no me conocían aún personalmente;

23 únicamente oían decir que el perseguidor de otro tiempo anunciaba ahora la fe que antes combatía.

24 Y daban gloria a Dios por mi causa.

 

*+• Tras haber declarado con una apretada argumentación que su evangelio es el de Jesucristo, Pablo presenta -por así decirlo- sus credenciales de apóstol. Se trata de una perícopa importante, de corte decididamente autobiográfico. El apóstol recuerda a los gálatas lo repentino y radical que fue su cambio. De tenaz defensor de la Ley (como vía de salvación) y furioso perseguidor de la Iglesia de Cristo, se convirtió en su audaz defensor.

El Evangelio que predica Pablo no encuentra en su pasado de judío unas raíces psicológicas y sociológicas razonables. No ha «florecido» de sus profundas convicciones ni de su práctica de fariseo más celoso que sus mismos correligionarios (v. 14), aferradísimos en su adhesión a la Ley. La revelación en el camino de Damasco (cf. Hch 9,1-19; 22,1-21; 26,9-18) da literalmente la vuelta a su pensamiento y a su acción. No ha habido en ello ninguna mediación, ninguna intervención humana: éste es el quid de la cuestión.

Pablo es consciente de que el Padre lo eligió y lo llamó, desde el seno de su madre, en vistas a un acontecimiento absolutamente gratuito: anunciar a los paganos la revelación de Jesús (cf. w. 15 y 16). La traducción literal dice: «... revelar a su Hijo en mí», y expresa mejor la revolución existencial que, a partir de su interioridad, experimenta Pablo, aunque sus ojos quedaron cegados por la luz de Jesucristo resucitado. La suya es, por tanto, una vocación profética (como la de Jeremías), a la que no opone resistencia. «Sin consultar a hombre alguno» (literalmente, el v. 16 dice «sin consultar carne y sangre»), salió Pablo para Arabia, dejándose comprometer de inmediato en la aventura de anunciar a Jesús.

La absoluta independencia del Evangelio de Pablo respecto a cualquier influencia judía o de la Iglesia de Jerusalén aparece destacada por el hecho de que sólo en un segundo momento sintió la necesidad de «conocer a Pedro», cuando fue a Jerusalén, donde sólo se quedó «quince días» (v. 18). Lo que dice Pablo tiene todo el sabor de la verdad profundamente acogida y toda la luz de un acontecimiento vivido en plenitud.

 

Evangelio: Lucas 10,38-42

En aquel tiempo,

38 según iban de camino, Jesús entró en una aldea, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa.

39 Tenía Marta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

40 Marta, en cambio, estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio. Entonces Marta se acercó a Jesús y le dijo: -Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude.

41 Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas,

42 cuando en realidad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.

 

*• Esta perícopa ha suscitado gran interés a lo largo de los siglos. Es posible que el motivo de fondo sea haber «cristalizado» en Marta la figura-tipo de la vida activa y en María la de la vida contemplativa. Sin embargo, no se trata de dos estados de vida; la clave de lectura del texto se encuentra más bien en captar dos actitudes interiores.

Jesús va de viaje con los suyos hacia Jerusalén. El suyo es un caminar hacia el epílogo dramático de su propia misión, hacia el misterio pascual de nuestra salvación. El testo dice «según iban de camino» y, después, «entró».

        Cuando se encuentra en Betania, entra sólo en casa de Lázaro, donde Marta, la hermana de Lázaro y de María, le recibe. Hay audacia innovadora en este entrar de Jesús en una casa donde el hombre, si es que lo hay, ni siquiera es nombrado. Verdaderamente, para Jesús «no cuenta ya ser judío o griego, hombre o mujer»; cuenta la «nueva criatura» (cf. Gal 6,15) que se afirma en relación con él.

Marta recibe a Jesús; María se sienta a sus pies y escucha su Palabra. El tono descriptivo no se refiere aquí al Señor, que habla, sino a la «mujer-verdadera-discípula», que está acurrucada a sus pies con un olvido de todo lo que no sea él y su Palabra. Marta, en cambio, «estaba atareada con los muchos quehaceres del servicio» (v. 40). El verbo del texto original se emplea únicamente aquí; Lucas lo utiliza para expresar la gran tensión y agitación -digamos también la alienación- que hay en las cosas por hacer. Marta «se acercó» (v. 40, al pie de la letra en griego: «Se echó encima»), intervino con una cierta petulancia, molestando a la quietud contemplativa de las palabras de Jesús y de la escucha de María. El suyo es casi un reproche dirigido al Señor, que, según su restringido punto de vista, no se preocupa de su «ahogamiento» entre las muchas tareas de las que se ocupa.

Y es aquí donde Jesús aprovecha la oportunidad para censurar, no su útilísima entrega a la tarea, sino el afán y la preocupación que marcan de manera negativa su quehacer. ¿Acaso no había dicho ya Jesús en otro lugar: no os afanéis, no os preocupéis ni por el vestido ni por el alimento, no os afanéis por nada? (cf. Mt 6,25-34). En cambio, a propósito de María, afirma el Maestro que su elección tiene que ver con lo único que cuenta. Esta única cosa es la escucha de la Palabra (que en otro lugar es comparada con la semilla sofocada por las zarzas de las preocupaciones y de la avidez ansiosa). La parte mejor que nunca será quitada al que ama es el amor mismo: el Señor-Amor.

 

MEDITATIO

En la argumentación de Pablo a los gálatas hay un aspecto que toca en lo más hondo a mi vivir. También yo fui elegido, llamado «desde el seno materno», para vivir la realidad bautismal de mi adopción como hijo, con todo lo que esta elección y esta llamada comportan: como inestimable don por parte de Dios y como compromiso perseverante por mi parte. En un mundo marcado por una gran confusión y por una sofocante y desesperada pérdida de «sentido», en un mundo cuya realidad mediática (tan positiva en sí misma, aunque maniobrada por las fuerzas más ciegas de la eficiencia materialista a cualquier precio) «remeda» los «caminos de la paz» falsificando la vida y la muerte, se hace urgente acoger la Palabra de Jesús. Es en mí, en primer lugar, donde la acojo; es en mí donde, dentro de la prioridad contemplativa sugerida por la actitud de María en el evangelio de hoy, la escucho en tiempos y espacios de indispensable quietud de todo mi ser.

Urge el anuncio. Hoy más que nunca. Sin embargo, la trampa consiste en que hasta los creyentes más comprometidos se dejan envolver por un modo de hacer inquieto y preocupado. Precisamente lo que Jesús censuró en Marta. Es como si alguien quisiera ir a pescar agitando continuamente las redes, en vez de lanzarlas a mar abierto con mano firme. Ha llegado el tiempo de vivir, en la vida diaria, la actitud de escucha orante de María, aunque sin desatender el genuino servicio de Marta; al contrario, animándolo y vivificándolo con esta tranquila acogida de la Palabra. Sin una tenaz y humilde fidelidad a la Palabra rezada por la mañana y vivida en cada ministerio de servicio durante el día, no hay verdadera autenticidad ni de vida cristiana ni de anuncio comprometido. Es importante que esta persuasión invada todo mi ser.

 

ORATIO

Señor, en esta época cuyo signo es el aturdimiento producido por la inflación de excesivas palabras humanas, ayúdame a tener un corazón adorador y a la escucha, como María acurrucada a tus pies. «Tú me sondeas y me conoces», tú me amaste y me elegiste ya «cuando todavía no habitaba en el seno de mi madre». Que yo lo perciba en el corazón, que yo viva su fuerza irradiadora y, dirigiendo lo más a menudo posible la mirada a ti, que habitas en lo más profundo de mí, pueda yo anunciar con la vida que es hermoso conjugar la contemplación de María con el servicio de Marta, la escucha de la Palabra con la Palabra convertida en vida en el curso de los días.

 

CONTEMPLATIO

Escucha, Hijo, mi enseñanza

y pon fin al sueño

que pesa sobre ti.

Sal del aturdimiento

que te inunda de tinieblas.

¿Por qué seguir en tinieblas

si está a tu disposición la luz?

¿Por qué beber el agua turbia

si está al alcance de tu corazón la pura? [...]

No ames el oro ni la plata

y, si te aferra el afán, la preocupación,

échalos sólo en Dios

y revístete de la Sabiduría

como de un manto.

¿Vuelve de continuo al Padre;

no tengas un corazón altanero,

sino sé tú mismo un hombre

plasmado por el logos (la Palabra de Dios).

Vence la hipocresía, la codicia y la vanagloria.

No digas palabras arrogantes

ni malas al juzgar,

porque todo hombre malo hace mal

antes que nada a su propio corazón.

Hijo mío,

deja a tu espalda a tu «hombre viejo»

y tú, en Cristo, toma altura

como un águila

(Abbá Silvano el Egipcio, Voi siete miei amici, Magnano 1999, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me fío de ti, Señor: tú obras a través de mí».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús no responde a nuestro estilo de vida, marcado por las preocupaciones, diciendo que no deberíamos dedicarnos tanto a los asuntos de este mundo. No intenta alejarnos de los acontecimientos, de las actividades y de las personas que forman parte de nuestra vida. No dice que todo lo que hacemos es insignificante, carente de valor o inútil. Ni siquiera nos sugiere que nos retiremos de todas las actividades en las que estamos comprometidos, para vivir en quietud y tranquilidad lejos de las tensiones del mundo.

La respuesta de Jesús a las preocupaciones que colman nuestra vida es muy diferente. Nos pide que transfiramos el centro de gravedad, que traslademos el centro de nuestra atención, que cambiemos el orden de nuestras prioridades. Jesús quiere que nos traslademos desde las «muchas cosas» a la «única cosa necesaria». Es importante que nos demos cuenta de que Jesús no quiere en absoluto que abandonemos nuestro mundo, tan complejo.

Su voluntad, más bien, es que vivamos en él, firmemente arraigados en el centro de todas las cosas. Jesús no habla de que cambiemos de tipo de actividad o de que modifiquemos nuestras relaciones, ni siquiera de que disminuyamos el ritmo.

Jesús nos habla de un cambio del corazón. De una disposición diferente del corazón que haga todo diferente, aun cuando todo parezca seguir como antes. Eso significa: «Buscad primero el Reino de Dios... y todas estas cosas se os darán por añadidura».

Lo que cuenta es el empleo de nuestro corazón. Cuando nos asaltan las preocupaciones, nuestro corazón se encuentra en el lugar equivocado. Jesús nos pide que traslademos el corazón al centro, allí donde todo lo demás está en su sitio (H. J. M. Nouwen, Invito alia vita spirituale, Brescia 1998).

 

 

Miércoles 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 2,1-2.7-14

Hermanos:

1 Pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén junto con Bernabé, llevando también conmigo a Tito.

2 Subí impulsado por una revelación y, en conversación privada con los principales dirigentes, les di cuenta del Evangelio que anuncio a los paganos, no fuera que ahora y entonces me estuviera afanando inútilmente.

7 Al contrario, vieron que a mí se me había confiado la evangelización de los paganos, lo mismo que a Pedro la de los judíos,

8 ya que el mismo Dios que constituyó a Pedro apóstol de los judíos me constituyó a mí apóstol de los paganos.

9 Reconociendo, pues, la misión que se me había confiado, Santiago, Pedro y Juan, tenidos por columnas de la Iglesia, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de comunión: nosotros evangelizaríamos a los paganos, y ellos a los judíos.

10 Tan sólo nos pidieron que nos acordásemos de sus pobres, cosa que yo he procurado cumplir con gran solicitud.

11 Pero cuando Pedro llegó a Antioquía, tuve que enfrentarme, abiertamente con él a causa de su inadecuado proceder.

12 En efecto, antes de que vinieran algunos de los de Santiago, no tenía reparo en comer con los de origen pagano, pero, cuando vinieron, comenzó a retraerse y apartarse por miedo a los partidarios de la circuncisión.

13 Los demás judíos le imitaron en esta actitud, y hasta el mismo Bernabé se dejó arrastrar por ella.

14 Viendo, pues, que su proceder no se ajustaba a la verdad del Evangelio, dije a Pedro en presencia de todos: Si tú, que eres judío, vives como pagano y no como judío, ¿por qué obligas a los de origen pagano a comportarse como judíos?

 

**• En la perícopa de hoy continúa el tono autobiográfico. Pasados catorce años, Pablo se dirige a Jerusalén acompañado por un levita de Chipre llamado José, a quien los apóstoles le habían puesto el nombre de Bernabé (= hijo de la consolación). Éste acompañó después a Pablo durante todo el primer período de su actividad evangelizadora. Aquí el apóstol lleva consigo también a Tito, un griego cristiano que reconcilió a Pablo con la Iglesia de Corinto (cf. 2 Cor 3,13; 7,6.13ss) y que no estaba circuncidado.

La espinosa cuestión de la circuncisión -que Pablo decía que no había que imponer a los nuevos cristianos, mientras que en Jerusalén había quien sostenía lo contrario- encuentra en su persona su expresión fundadora: libertad en todo aquello que no forma parte de la primera enseñanza de Cristo. En consecuencia, Pablo expone a los jefes de Jerusalén su Evangelio. Lo expone porque no quiere «afanarse inútilmente» (v. 6). Es un grave momento el que vive la Iglesia de los orígenes a través de la venida de Pablo a Jerusalén. Es un momento de comunión. El texto lo expresa con el hecho de darles la mano Pedro, Santiago y Juan, llamados «las columnas» (styloi: v. 9) tal vez porque gobernaban colegiadamente la Iglesia-madre que estaba en Jerusalén.

Existe, por tanto, un pleno acuerdo en el reparto de las áreas de evangelización: para las «columnas», los circuncisos; para Pablo y sus compañeros, los paganos. Si existe una recomendación, es la relacionada con mostrarse atentos con los pobres, cosa que Pablo tuvo muy en cuenta (v. 10).

Viene ahora el acalorado enfado del convertido de Damasco. No puede aprobar que Pedro, llegado después a Antioquía, se deje dominar por el miedo a los cristianos judaizantes y empiece -dejándose casi esclavizar con ello- a no frecuentar la mesa de los cristianos convertidos del paganismo, que se consideraban justamente libres de tomar cualquier tipo de alimento. También aquí emergen dos realidades: la primera es la toma de posición de Pablo, tan franca y libre de toda simulación a la hora de decirle su verdad al mismo Pedro, el cual «cojea» en esta ocasión en cuanto a su práctica de creyente; la segunda es la espléndida realidad del mensaje de Cristo, que es siempre libertad respecto a todo formalismo, exterioridad, hipocresía y constricción.

 

Evangelio: Lucas 11,1-4

1 Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

2 Jesús les dijo: -Cuando, oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu Reino;

3 danos cada día el pan que necesitamos;

4 perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación.

 

*• Se habla aquí de un tiempo y de un lugar indeterminados en los que Jesús está orando. En efecto, es posible orar en todo lugar y en todo tiempo, aun cuando haya tiempos y lugares expresamente propicios para la oración. Apenas terminó, uno de los discípulos le pide que les enseñe a orar.

Lo que sorprende en comparación con el texto de Mateo es la invocación de apertura: «Padre», y no «Padre nuestro». Lucas pone, por tanto, el acento en la palabra Padre, que en el texto original es Abbá, tiernísimo término arameo que significa «papá» -«papi», diríamos hoy-. No es casual que este término aparezca unas veces en los evangelios. Introduce, por consiguiente, un modo de relacionarse con Dios marcado por la mayor confianza, por la confianza típica del niño respecto a sus padres. Dirigirse a Dios llamándole «Padre» es dejarse configurar con Jesús, el Hijo por excelencia; es entrar en su íntima relación de amor con el tiernísimo Abbá. Para nosotros los cristianos, esto es la oración por excelencia.

- «Santificado sea tu nombre» es pedir que Dios, Creador y Padre, sea glorificado por todos y en todos: tanto por los que son inteligentes y cultos como por los que no lo son, en el mundo de los hombres y en todo el cosmos. Es potenciar al hombre, que, sólo buscando la gloria de Dios y no la propia, se realiza a sí mismo y entra en comunión con Dios, con los hombres, con el cosmos.

- «Venga tu Reino». Toda la historia -de manera consciente o inconsciente- es aspiración a este Reino, que «no consiste en lo que se come o en lo que se bebe; consiste en la fuerza salvadora, en la paz y la alegría que proceden del Espíritu Santo» (Rom 14,17).

- Viene, a continuación, la petición del «pan que necesitamos». El pan es el elemento vital. Si permanece sólo «mío» se vuelve fuente de muerte. En cambio, si, aunque haya sido ganado con el sudor de la frente (cf. Gn 3,19; 2 Ts 3,6-13), es compartido, hace crecer. Tanto más cuando se trata del pan «supersustancial» que se rompe en el memorial de la asamblea eucarística (cf. Hch 2,14), alimentando en todos nosotros la espera del retorno de Cristo.

- «Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende». El perdón de Dios se vincula a nuestra actitud de perdón, como la raíz al árbol. La raíz de nuestra capacidad de perdonar está en sabernos perdonados siempre por Dios, con una misericordia que sobrepasa todo lo que nos es posible imaginar y desear. Por otra parte, sólo nuestra actitud de perdón hacia los hermanos hace posible que la vida de Dios fluya en nosotros.

«No nos dejes caer en la tentación» es una expresión típicamente aramea. Dios es padre y no cabe imaginar que quiera cogernos en la trampa de la tentación. Nuestra petición es más bien no sucumbir cuando seamos probados y tentados en nuestro estado de gran debilidad. Sabemos que el Padre nos escucha porque «podéis confiar en que Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas» (1 Cor 10,13).

 

MEDITATIO

Lo que más me provoca en la perícopa de la Carta a los Gálatas es la libertad con respecto a todo lo que no sea el Evangelio de Cristo y su enseñanza -precisamente - liberadora. Todo formalismo, constricción y oportunismo o tradicionalismo vacíos de alma son quemados por su fuego. Existe en Pablo una apasionada adhesión a Cristo y a su verdad. Nada ni nadie le ata. Ni siquiera el temor a perder su prestigio en su confrontación con Pedro. Ejerce sin más la corrección fraterna con el mismo Pedro no para hacer triunfar su idea, sino más bien para que triunfe el esplendor de la coherencia entre el Evangelio y la vida. También es urgente que nosotros instauremos en el interior de las comunidades cristianas y religiosas esta parresía, esta franqueza de relaciones, esta apasionada búsqueda de la verdad de Cristo, como escucha de las urgencias del Reino y no de nuestros pequeños y mezquinos intereses.

Está claro que sólo en espacios y tiempos precisos de oración se consigue el coraje necesario para hacer saltar trabas, vínculos, así como viejas incrustaciones y confusiones que contaminan la verdad pura del Evangelio y esclavizan nuestro corazón. Si oro al Abbá, al tiernísimo Padre mío y de los hermanos, si le pido que sea glorificado como conviene y que su Reino de justicia, de amor y de paz venga también por medio de mi pequeña vida, tendré ciertamente la fuerza para llegar a ser cada vez más, en la parte de la Iglesia en que vivo, el que hoy estoy llamado a ser. A buen seguro, no un elemento de polémica soberbia dinamitera, que sólo destruye en sí mismo y en los otros, sino una persona tan unida a Jesús, tan embebida de todo su humilde amor, que no teme el posible resentimiento de quien es corregido por amor. Repetir también a menudo durante el día «Venga tu Reino», la ardiente petición del Padre nuestro, es un secreto de energía espiritual para querer el Reino y buscarlo en toda actitud personal y de relación.

 

ORATIO

Señor Jesús, tú nos dijiste que si escuchamos y vivimos tu Palabra conoceremos la verdad, «y la verdad nos hará libres» (cf. Jn 8). Concédenos, pues, orar y vivir la ardiente petición: «Venga tu Reino», que es verdad y libertad tanto de Dios como del hombre. Concédenos pedirlo con tal perseverancia que se convierta no sólo en la respiración-deseo del corazón, sino también en el coraje y el compromiso liberador de todo nuestro modo de obrar y de relacionarnos con aquellos que, como nosotros, serán Iglesia en camino hacia los esplendores del Reino.

 

CONTEMPLATIO

Los fundamentos espirituales del futuro deben encarnarse en un nuevo estilo de vida, hecho simultáneamente de humildad y de orgullo, de ascesis y de fantasía, de verdad en medio de la caridad más incondicionada. Un estilo real, aunque sin olvidar que ser cristiano en el mundo, tal como es y tal como será, exigirá siempre cierta «locura» [...]. Un estilo que exigirá la más elevada ascesis, porque será necesaria toda la fuerza del Espíritu para que el hombre pueda tener poder sobre su propio poder [...]. Un estilo en el que se respire el Espíritu, en el que se dance la no-muerte, porque Cristo ha resucitado (O. Clément, Fondamenti spirituali del futuro, Roma 1997, p. 102).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Venga tu Reino» (Lc 11,2c).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando, a solas o con otros, no sabemos cómo orar, nos tranquiliza saber que se puede orar con casi nada. A veces nuestros labios permanecen cerrados, nos quedamos en silencio, pero nuestra alma está abierta ante Dios, le habla, y el Espíritu Santo ora en nosotros.

¿Hay otros valores que hagan bella la vida? Está la sencillez del corazón, que lleva a la sencillez de vida. Un día, oyó Cristo a un creyente que le decía: «Creo, pero ven en ayuda de mi incredulidad ». Cristo comprende estas dudas y esta petición de ayuda, puesto que ya había dicho en el evangelio: «¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida?». Así comprendemos que lo esencial es vivir con toda sencillez lo poco, sí, lo poquísimo que hayamos cogido del evangelio.

Con mis hermanos, tanto los que viven aquí en Taizé como los que viven entre los más pobres en distintas partes del mundo, tengo conciencia de que nuestra vocación nos llama a ser sencillos, como pobres del Evangelio. Eso significa no imponernos, no ser maestros espirituales, sino hombres que escuchan para comprender a los otros y discernir en ellos la belleza profunda del espíritu humano. Una de las afirmaciones más luminosas de nuestro tiempo ha sido pronunciada en el último concilio del Vaticano: «Cristo está unido a todo ser humano sin excepciones, aunque éstos no tengan conciencia de ello». En efecto, hay en la tierra multitudes de personas que ignoran que Dios nos busca incansablemente.

¿Lo sabemos bastante? Todos podemos hacer bella la vida a aquellos que están cerca o lejos de nosotros. ¿Cómo? Con nuestra acogida, con la sencillez de nuestro corazón y de nuestra vida (tomado de Atelliers et presses de Taizé, 1999).

 

 

Jueves 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,1-5

1 ¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado? ¿No os puse ante los ojos a Jesucristo clavado en una cruz?

2 Solamente quisiera saber esto de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por haber cumplido la Ley o por haber respondido con fe?

3 ¿Tan insensatos sois que, después de haber comenzado confiando en el Espíritu, acabáis ahora confiando en vuestras propias fuerzas?

4 ¿Habrán sido baldíos tantos dones? Porque, de hecho, serían baldíos.

5 ¿Acaso cuando Dios os comunica el Espíritu y realiza prodigios entre vosotros lo hace porque habéis cumplido la Ley, y no más bien porque habéis respondido con fe?

 

*» Para comprender la invectiva de Pablo, tan airado con los gálatas, es preciso recordar que este padre y maestro de su fe vive para comunicar su convicción fundamental: «Sabemos, sin embargo, que Dios salva al hombre no por el cumplimiento de la Ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salvación por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la Ley. En efecto, por el cumplimiento de la Ley ningún hombre alcanzará la salvación» (2,16). Pablo interpela a los gálatas para que reflexionen sobre su insensatez: la de volver a ser deudores de la Ley como si no hubieran conocido «a Jesucristo clavado en una cruz» (3,1), fuente única de la salvación.

Pablo sabe que es posible vivir en este mundo, que es posible vivir en la carne (o sea, plenamente encarnados en la propia realidad física, psíquica y sociocultural), aunque viviendo al mismo tiempo «creyendo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (2,20).  Y el horizonte cambia por completo. Es como pasar de una cámara en la que estamos obligados a accionar una manivela para poder respirar a un lugar abierto inundado por el sol y por el vivificante aire del mar.

Precisamente por eso el Dios que concede el Espíritu y obra maravillas (cf. 3,5) también entre los gálatas obra en orden a un creer que se vuelve operativo, a continuación, en la caridad, aunque nunca en virtud de un voluntarista «justificarse» por las obras prescritas por la Ley. Está claro que el hecho de que los gálatas crean en Cristo y en su Evangelio, anunciado por Pablo, no significa que deban omitir el cumplimiento de los mandamientos de la Ley (no robar, no levantar falso testimonio, no atentar contra nuestra propia vida ni contra la de los otros, etc.). Creer significa -como dice Pablo- ser crucificados en nuestra propia parte egoísta hasta poder decir: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (2,20).

Es evidente, por tanto, que, en virtud de él y con él, no sólo omitiremos hacer el mal, sino que intentaremos, con el amor del Espíritu, realizar todo el bien posible.

 

Evangelio: Lucas 11,5-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

5 -Imaginaos que uno de vosotros tiene un amigo y acude a él a media noche, diciendo: «Amigo, préstame tres panes,

6 porque ha venido a mi casa un amigo que pasaba de camino y no tengo nada que ofrecerle».

7 Imaginaos también que el otro responde desde dentro: «No molestes; la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme  a dártelos».

8 Os digo que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite.

9 Pues yo os digo: Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán.

10 Porque todo el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama le abren.

11 ¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le va a dar en vez del pescado una serpiente?

12 ¿O si le pide un huevo, le va a dar un escorpión?

13 Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

 

**• No es casualidad que Lucas inserte esta reflexión de Jesús sobre la oración inmediatamente después del Padre nuestro, la oración por excelencia del cristiano.

En efecto, ahora se trata de aprender cuál debe ser la actitud interior del que se dirige a un Dios que es Padre y profundamente amigo del hombre. La enseñanza está coloreada con dos pequeñas, aunque vivaces, parábolas: la primera es la del que va a media noche a casa de un amigo. La petición a esa hora, en condiciones incómodas para quien debe abrir la puerta de su casa, no puede ser atendida de inmediato. El acento del relato está puesto en la insistencia de quien sabe que llama al corazón (más que a la puerta) de un gran amigo con confianza, con la certeza confiada de obtener. El mensaje está aquí.

La segunda parábola profundiza en la categoría de la paternidad usando vivas imágenes de contraste: pan/piedra, pez/serpiente, huevo/escorpión. El pez, como el pan, es símbolo de Cristo; la serpiente evoca a la serpiente de Gn 3, el enemigo por excelencia del hombre. El huevo es símbolo de la vida; el escorpión, que lleva el veneno en la cola, evoca la muerte. La serie de verbos, fuertemente correlacionados entre sí, que aparecen después de la primera parábola -«Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán»- quiere persuadirnos a fondo de que la oración nunca es una pérdida de tiempo ni un desafío a un dios lejano y sordo. La oración tiene siempre una respuesta positiva.

Con todo, debe ser perseverante (cf. Le 18,1). La pregunta de Jesús que aparece después de la segunda parábola supone una interpelación a nuestra sensibilidad más profunda. Sabemos que no somos buenos por naturaleza; sin embargo, el vínculo de la paternidad es tal que un padre, por el hecho de serlo, no puede más que dar cosas buenas y positivas a su hijo. ¡Ojo! Lo más positivo, el bien por excelencia, es el don de los dones: el Espíritu Santo, que se concede siempre a quien ora.

Eso es lo que dice Lucas, a diferencia de Mateo, que habla, en cambio, de «cosas buenas» (Mt 7,11). Aunque la oración parezca no tener respuesta según nuestra lógica, siempre excesivamente «terrena», en realidad siempre es escuchada. Y el hecho de que Dios dé su Santo Espíritu a quien ora significa que el don incluye todo verdadero bien en orden a la salvación.

 

MEDITATIO

Un exasperado antropocentrismo y un secularismo que gesticula sin resultado alguno dentro de un afanoso «traficar» exclusivamente humano marcan en nuestros días un ambiente sociocultural en el que faltan puntos de referencia y los ejes estructurales del pensamiento y de la acción. Pablo la emprendería también con nosotros cuando, según las imposiciones de los medios de comunicación en que estamos sumergidos, creemos salvarnos a fuerza de correr para hacer esto o lo otro, proyectando y verificando por nosotros mismos, ciegos seguidores con excesiva frecuencia de un mundo tecnologizado, pero no iluminado, penetrado y sostenido por el Espíritu del Señor y por sus tiempos de oración.

Sin embargo, es posible -y urgente- renovar ahora este rancio y pernicioso abdicar de la autenticidad del propio Evangelio dilatando el corazón a una fe que sea un confiado y confidente gritar a Dios. Lo que nos hace falta para vivir esa novedad de vida, que se juega toda ella en el «no» a las perspectivas del egoísmo y en el «sí» a la verdadera expansión de nuestro «sí», que es el compromiso de amar, sólo lo obtendremos si nos mostramos decididos y serios a la hora de tener tiempos precisos de oración. Querer ser realistas y concretos constituye precisamente la aportación de lo que predica también, hoy, el mundo del materialismo más asfixiante. La realidad es creer que, si busco junto a Dios, encontraré ciertamente; si le pido a él, que es Padre, obtendré; si llamo a la puerta de su corazón, me abrirá y entraré en las perspectivas de su Espíritu, que consisten en creer de verdad que «él nos amó primero» (1 Jn 4,19), que me salvó con independencia de mi santidad y de mis fallos.

Cultivar la fe porque solamente de ella procede la salvación (cf. Gal 2,16), orando siempre, sin cansarse nunca (Le 18,1), es encontrar los ejes reales y concretos para innovar el hoy en Cristo y prever un mañana de autenticidad cristiana.

 

ORATIO

Señor, te ruego que aumentes mi fe. En un mundo, por una parte, ebrio de sus propios éxitos científicos y tecnológicos y, por otra, incierto, desesperado en sus propios egoísmos, concédeme fundamentar plenamente en ti mi pensamiento y mi acción.

Concédeme la lucidez de un pensamiento fuerte y verdadero por estar sostenido por la verdad de tu Espíritu Santo y, también, la audacia de un obrar honesto y bueno, todo él penetrado por la fuerza de la caridad, que sólo tu Espíritu puede derramar en mi corazón, si estoy libre del orgullo de creerme bueno.

 

CONTEMPLATIO

Ser como niño ante Dios es reconocer nuestra propia nada y esperarlo todo de él, como un niño que lo espera todo de su padre; es no inquietarse por nada, no querer ganar riquezas [...]. Ser pequeño significa también no atribuirse en absoluto las virtudes que practicamos, creyéndonos capaces de algo, sino reconocer que el buen Dios pone todo este tesoro en las manos de su hijo para que se sirva de él cuando tenga necesidad. Con todo, es siempre un tesoro del buen Dios.

Por último, no hay que desanimarse en absoluto por nuestras propias culpas, porque los niños caen a menudo, pero son excesivamente pequeños para hacerse demasiado mal (Teresa de Lisieux, Opere complete, Ciudad del Vaticano 1997, pp. 1060ss [edición española: Obras completas, Monte Carmelo 1990]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesús, me fío de ti. Obtenme del Padre el Espíritu Santo».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Llamar a Dios «Abbá, Padre» (cf. Rom 8,15; Gal 4,6) es algo diferente a darle a Dios un nombre familiar. Llamar a Dios Abbá significa entrar en la misma relación íntima, libre de miedo, confiada y rica, que Jesús mantenía con su Padre. Esa relación se llama Espíritu, y ese Espíritu nos ha sido dado por Jesús y nos hace capaces de gritar con él: «Abbá, Padre». Llamar a Dios

Padre «Abbá, Padre» es un grito del corazón, una plegaria que brota de lo más íntimo de nuestro ser. No tiene nada que ver con el hecho de darle un nombre a Dios, sino que es proclamar a Dios como fuente de nuestro ser. Esta declaración no procede de una intuición inesperada o de una convicción adquirida, sino que es la declaración de que el Espíritu de Jesús está en comunión con nuestro espíritu. Y... una declaración de amor.

El Espíritu, a continuación, no nos revela sólo que Dios es «Abbá, Padre», sino también que pertenecemos a Dios como hijos suyos amados. El Espíritu nos restablece así en la relación de la que todas las otras relaciones toman su significado. Abbá es una palabra muy íntima. Expresa confianza, seguridad, confidencia, pertenencia y el máximo de la intimidad. No tiene la connotación de autoridad, de poder y de dominio que evoca a menudo la palabra padre. Al contrario, Abbá implica un amor que nos envuelve y alimenta. Este amor incluye y trasciende infinitamente todo el amor que nos viene de nuestros padres, madres, hermanos, hermanas, esposos y seres amados. Es el don del Espíritu (H. J. M. Nouwen, Pane per ¡I viaggio, Brescia 1997, pp. 178ss [edición española: Pan para el viaje: una guía de sabiduría y de fe para cada día del año, Ediciones Obelisco, Barcelona 2001]).

 

 

Viernes 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,7-14

Hermanos:

7 Entended, por tanto, que los que viven de la fe son la verdadera descendencia de Abrahán.

8 Ya la Escritura, previendo que Dios salvaría a los paganos por medio de la fe, predijo a Abrahán esta buena nueva: Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones.

9 Así que los que viven de la fe reciben la bendición junto con Abrahán, el creyente.

10 En cambio, los que viven pendientes del cumplimiento de la Ley están sujetos a maldición, pues dice la Escritura: Maldito todo el que no persevere en el cumplimiento de cuanto está escrito en el libro de la Ley.

11 Que en virtud de la Ley nadie alcanza de Dios la salvación es manifiesto, pues: Quien alcance la salvación por la fe, ése vivirá.

12 Y la Ley no es fruto de la fe, sino que: El que cumpla los preceptos, por ellos vivirá.

13 Pero Cristo nos ha liberado de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues dice la Escritura: Maldito todo el que cuelga de un madero.

14 De esta manera, la bendición de Abrahán alcanzará a los paganos por medio de Cristo Jesús, y nosotros, por medio de la fe, recibiremos el Espíritu prometido.

 

*•• Inmediatamente antes de las cosas que dice aquí, Pablo ha recordado a los gálatas que el hecho de haber creído en Dios, por parte de Abrahán, «le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación-» (3,6). Es el pasaje de Gn 13,6 el que, a modo de fundamento de la fe israelita, se recuerda tanto aquí como en Rom 4,3. En efecto, Abrahán es «padre en la fe» precisamente porque aceptó peregrinar con Dios fiándose por completo y exclusivamente de su palabra; de este modo, se convirtió en instrumento de la bendición de Dios no sólo para su pueblo, sino para todas las naciones (v. 8).

Está claro, por consiguiente, que todos aquellos que, como los gálatas, se llaman «hijos de Abrahán» (v. 7) deberían fundamentar como él su propia vida únicamente en la fe en Dios; por tanto, en su Palabra escuchada y vivida.

Con el rigor de quien conoce a fondo la Escritura, Pablo no tiene miedo de remachar que serán malditos aquellos que piensen salvarse comprometiéndose de una manera voluntarista en la observancia de la Ley (cf. Dt 27,26). Ahora bien, la maldición no tiene lugar a buen seguro por el hecho de querer hacer cosas positivas y santas, escritas en la Ley y queridas por Dios, sino solamente por buscar realizarlas de modo autónomo, como si el Señor estuviera al margen de nuestra existencia, como un frío espectador y juez remunerador.

De hecho, como dice Pablo en Rom 7,7ss, nos descubrimos incapaces por nosotros mismos de realizar el bien al advertir la profunda divergencia que media entre nuestras aspiraciones y nuestras insuficientes posibilidades para darles cumplimiento. Y no sólo en el sentido más pleno, el que leíamos ya en el profeta Habacuc (2,4), confirmado aquí y presentado por Pablo en Rom 1,17: el hombre justo vivirá en virtud de la fe (cf. v. 11), es decir, vivirá santamente sus días por haberse fiado plenamente de un Dios que es «autor y perfeccionados de su fe (Heb 12,2).

En los w. 13ss, Pablo profundiza ulteriormente en su argumentación, tocando la ardiente profundidad del misterio cristiano. Cristo nos ha liberado de la maldición que supone vivir el clima opresor de la sola Ley, tomando sobre sí, en la cruz, la maldición del pecado.

En otro lugar dirá Pablo que Jesús, la inocencia infinita, se hizo pecado por nosotros (cf. 2 Cor 5,21). Nos amó verdaderamente hasta ese punto, abriendo las puertas de par en par a todas las naciones a la antigua bendición de Abrahán y a la promesa del Espíritu.

 

Evangelio: Lucas 11,15-26

En aquel tiempo, después de que Jesús hubiera expulsado a un demonio,

15 algunos dijeron: -Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios.

16 Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo.

17 Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: -Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras.

18 Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Pues eso es lo que vosotros decís: que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú.

19 Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso ellos mismos serán vuestros jueces.

20 Pero si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.

21 Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros.

22 Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus despojos.

23 El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

24 Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí.

25 Al llegar, la encuentra barrida y adornada. 26 Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí; de modo que la situación final de este hombre es peor que la del principio.

 

*•• Lucas nos hace entrar aquí en el encarnizamiento contra Jesús no sólo por parte de sus enemigos, sino también del Adversario por excelencia: Satanás, llamado aquí con un término de origen sirofenicio, Belzebú (Beelzebul significa «el señor del monte», mientras que la acepción de Beelzebub significaría «rey de las moscas»). El hecho del que parte toda la argumentación es la expulsión del demonio llevada a cabo por Jesús. De modo malicioso, sus adversarios insinúan la idea de que Jesús habría obtenido el poder de curar del mismo jefe de los demonios. Otros, agudizando la fricción, pretenden que realice un milagro como «señal del cielo» (v. 16) para confirmar su pertenencia a Dios. Es la acostumbrada trampa-tentación en la que, totalmente ofuscados, quisieran coger a Jesús: al margen de todo itinerario de fe auténtica.

«Sabiendo lo que pensaban» (v. 17), Jesús los desbarata con una lógica inequívoca: ¿cómo podría permitirle Satanás combatir a los demonios a él sometidos? Sería como si quisiera el hundimiento de su mismo reino.

Además, si fuera verdadera esta acusación, iría también contra los exorcistas judíos, porque -dice Jesús con ironía- quizás expulsarían a los demonios con la ayuda de su propio jefe. Pero la apretada argumentación del Señor encuentra su baricentro cuando advierte a los interlocutores que, si él expulsa a los demonios con el poder de Dios («dedo» significa «poder»: cf. Sal 8,13), eso quiere decir que su presencia equivale a la presencia del Reino en medio de ellos (cf. 11, 17-26).

Viene a continuación la pequeña parábola del hombre fuerte y del otro más fuerte, donde se pone de manifiesto la victoria de Cristo sobre Satanás. Quien no le reconoce y se pone de su lado, se pone en contra. Y es que, respecto a Jesús, no hay sitio para la neutralidad. O estás con él y recoges para la vida eterna, o estás contra él y desparramas todos los verdaderos bienes.

Aparece, por último, una llamada a la vigilancia. Satanás no es alguien que encuentre reposo dándose por vencido, sino que allí donde ve la casa «barrida y adornada » (v. 24), esto es, a una persona decidida a seguir a Jesús, lanza un ataque total (expresado por el número siete: v. 26), porque, por envidia (cf Sab 2,24), le apremia la ruina del hombre.

 

MEDITATIO

Hay una reviviscencia de lo demoníaco en nuestra realidad sociocultural. En ciertos ambientes se habla de esto cultivando miedos inútiles, en otros se tiende a ridiculizar el tema. Hay también grupos que realizan incluso prácticas satánicas. Nuestra certeza es que con el «dedo de Dios» (Lc 11,20), es decir, con el poder del Altísimo, Jesús, vivo en la Palabra y en las realidades sacramentales de la Iglesia, sigue saliendo vencedor sobre el maligno. Por consiguiente, quien de manera decidida está de su parte y vive con él, nada tiene que temer.

Con todo, es preciso salir de toda mentalidad ambigua, porque o estás con él o contra él. Satanás está «bien armado», pero Dios es mucho «más fuerte» que él, con todas las consecuencias que ello implica (Lc 11,23). «Como león rugiente anda rondando, buscando a quién devorar» (1 Pe 5,8), pero sigue siendo siempre una criatura a la que el «dedo de Dios» somete y destroza como una pajuela. Belzebú es el desesperado por excelencia, que «anda por lugares áridos» y no encuentra paz (Le 11,24), de ahí que su estrategia de «mono de Dios» -como le llamaban los Padres antiguos- sea hacerse semejante a él. Dios hace al hombre semejante a su ser amor y alegría; Satanás, si no consigue hacernos desesperados como él, pone todos los medios para conseguir echarnos al menos en el desánimo. En virtud de la muerte y resurrección de Jesús, ha perdido la guerra, pero es en este tipo de batallas donde todavía puede vencer. En consecuencia, hemos de estar atentos a la casa de nuestro corazón. Aunque esté «barrida y adornada», Satanás la asedia continuamente con sus ejércitos. Las armas para resistirle son la fe y la oración en la que se expresa la fe.

Creer que Jesús ha aceptado ser «por nosotros maldición, pues dice la Escritura: Maldito todo el que cuelga de un madero» (Gal 3,13) es pedir la gracia de ser fortificados y salvados por él: ésa es nuestra certeza. «El príncipe de este mundo [uno de los nombres de Satanás] va a ser arrojado fuera. Y yo [ha dicho Jesús], una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). En consecuencia, es mirándole a él, crucificado y resucitado, con confiados ojos de fe, como se abren horizontes de paz para nosotros, bendecidos por Dios (Gal 3,9). Por el contrario, el conjunto de nuestras obras no vivificadas ni dinamizadas por el Espíritu mediante la fe se convierte en terreno propicio para las artes del maligno.

 

ORATIO

Señor Jesús, que mi fe en ti sea, por gracia del Espíritu Santo, un fiarme de ti en el abandono más total.

Haz que te elija a ti en todos los instantes de mi jornada: a ti y al «dedo de Dios», o sea, el poder del Altísimo con el que obras. No permitas que me detenga en lo que no eres tú y tu Reino. No permitas tampoco, Señor, que me quede a veces en zonas de neutralidad respecto a ti, en connivencia, en cierto modo, con lo que es astucia de seguridades mundanas y, por tanto, terreno del maligno: pretensión de salvarme exclusivamente con mis fuerzas.

Tú, que me dices repetidamente: «No temas, yo estoy contigo», concédeme mirar a la cara, con lúcida conciencia, a las tentaciones del maligno, especialmente cuando me sugiere que exija «signos» de lo alto. Y concédeme también caminar sólo contigo: no con la pretensión de hacer por mí mismo el bien, ni tampoco con la demanda de «signos» milagrosos de tu bondad.

Creer que tú me amaste primero: que esto baste para mi paz. Amén.

 

CONTEMPLATIO

Ante todo, acostúmbrate a expulsar al maligno con la fuerza de la oración, como con tu primer y verdadero bien, y fija en ella toda la atención de tu mente. Con la oración, mientras reposa el cuerpo del que ora, son vencidos los furiosos principados y potestades del aire: con ella se superan las tentaciones; con ella se alejan los pensamientos molestos como moscas fastidiosísimas; con ella huyen las densas tinieblas y resplandece en la mente la luz invisible; con ella escruta el ojo del corazón, todavía velado por la pesadez carnal, las cosas de Dios; con ella contempla el espíritu humano, en la medida en que ello es posible al hombre, al mismo Espíritu no creado y creador de todo (Pedro el Venerable, Elogio de la vita solitaria, Magnano 1999, p. 29).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Contigo, Jesús, contigo venceré al mal».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Vivir la vida cristiana significa vivir en el mundo sin ser del mundo. Es en la soledad donde esta libertad interior puede crecer y desarrollarse. Jesús se marchó a un lugar solitario para orar, es decir, para hacer crecer en él la conciencia de que todo el poder que poseía le había sido conferido; de que todas las palabras que profería venían de su Padre, y de que todas las obras que realizaba no eran realmente suyas, sino obras de aquel que le había enviado. En aquel lugar donde reinaba la soledad, Jesús fue dejado libre de fracasar.

Una vida que no conozca un ámbito de soledad -es decir, una vida privada de un centro de quietud- se vuelve fácilmente presa de dinámicas destructivas. Cuando nos aferramos a los resultados de nuestras acciones convirtiéndolos en nuestro único medio de autoidentificación, nos volvemos posesivos, proclives a mantenernos a la defensiva, a considerar a nuestro prójimo más como un enemigo al que debemos mantener a distancia que como un amigo con el que compartir los dones de la vida.

En la soledad, en cambio, vamos adquiriendo gradualmente la capacidad de desenmascarar la naturaleza ilusoria de nuestro carácter posesivo y de descubrir, en lo hondo de nuestro ser, que no somos algo que podamos conquistar, sino algo que nos ha sido dado. En la soledad podemos escuchar la voz de aquel que nos habló antes de que nosotros pudiéramos proferir una sola palabra, que nos sanó antes de que nosotros pudiéramos hacer un solo gesto de ayuda a los otros, que nos liberó mucho antes de que nosotros estuviéramos en condiciones de liberar a otros, que nos amó mucho antes de que nosotros pudiéramos amar a cualquier otro. En esta soledad es donde descubrimos que ser es más importante que tener, y que nuestro valor consiste en algo más importante que los meros resultados de nuestros esfuerzos. En la soledad descubrimos que nuestra vida no es una posesión que debamos defender, sino un don para compartir [...], que el amor que consigamos expresar forma parte de un amor más grande (H. J. M. Nouwen, Forza dalla solitudine, Brescia 1998, pp. 19-21).

 

 

Sábado 27ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,22-29

Hermanos:

22 La Escritura presenta todas las cosas bajo el dominio del pecado, para que la promesa hecha a los creyentes se cumpla por medio de la fe en Jesucristo.

23 Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros de la Ley y esperábamos encarcelados que se nos revelara la fe.

24 La Ley nos sirvió de pedagogo para conducirnos a Cristo y alcanzar así la salvación por medio de la fe.

25 Pero, al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo.

26 Efectivamente, todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús,

27 pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos.

28 Ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

29 Y si sois de Cristo, sois también descendencia de Abrahán, herederos según la promesa.

 

**• En su argumentación en favor de la economía del amor gratuito de Dios, al que se accede mediante la fe, Pablo intenta aclarar ulteriormente la función de la Ley.

Ésta sirve, en el plan de Dios, para sumergir al hombre en la plena conciencia de la imposibilidad en que se encuentra para practicarla por sí solo, de ahí el carácter inevitable del pecado (v. 23). En la Carta a los Romanos (7,7-25) prosigue Pablo esta tesis de una manera todavía más detallada.

La Ley -nos dice aquí- ha realizado la función del «pedagogo» (w. 24ss), a saber, la de aquel que, en la sociedad grecorromana, se encargaba de la custodia de los niños. Era alguien duro y severo, que desarrollaba su tarea a golpes de vara y reprimendas, sin el menor atisbo de amor. Si comprendemos bien esta imagen del pedagogo, estaremos en condiciones de comprender la fuerza liberadora de la fe. Pablo la exalta con un «pero» que separa la vieja y la nueva economía: «Pero al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo. Efectivamente, todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (w. 25-26).Y la belleza de este tiempo nuevo, mediante la irrupción de Dios en Cristo Jesús, que nos ha liberado en virtud del amor, está expresada con dos conceptos vigorosos.

El primero tiene que ver con el salto cualitativo de nuestro «ser» en el momento del bautismo, que es, de hecho, el poder participar en la vida de Cristo. Más aún, Pablo hace todavía más vivida esta afirmación mediante una metáfora: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo habéis sido revestidos» (v. 27). No se trata, a buen seguro, de un revestimiento exterior, sino de la unión profunda con él, de la que habla Pablo asimismo en Rom 6,5.

El segundo concepto tiene que ver con la novedad absoluta del ser en Cristo, que suprime -como consecuencia inmediata- toda discriminación: Ser «uno en Cristo Jesús» (v. 28) significa no sólo que los creyentes forman una sola persona en Cristo (es el concepto de la Iglesia como cuerpo místico), sino que, al formar uno solo con Cristo, la unidad no se realiza en la exterioridad de la Ley, sino en el mismo Cristo, en la fe en él, que, si es auténtica, cambia la vida. Se trata de percibirse, en efecto, como verdaderos descendientes de Abrahán, herederos de las bendiciones prometidas, revistiéndonos, a continuación, del compromiso de los sentimientos de misericordia, bondad, humildad, etc. (cf. Col 3,12).

 

Evangelio: Lucas 11,27 ss

En aquel tiempo,

27 cuando estaba diciendo esto, una mujer de entre la multitud dijo en voz alta:

-Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron.

28 Pero Jesús dijo:

-Más bien, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

 

**• Tras el austero discurso sobre la realidad del demonio, Lucas inserta esta breve, aunque intensa, perícopa sobre la bienaventuranza. Según la mujer que eleva la voz entre la multitud, es una «dicha» o «bienaventuranza» ser madre de un hijo como Jesús, dotado de la fuerza de una palabra que sorprende y te introduce en el misterio de las realidades espirituales. En cambio, según Jesús, la «dicha» o «bienaventuranza» (es decir, la alegría profunda del corazón) consiste en la disponibilidad para la escucha de la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

La adversativa adverbial «más bien» parece contradecir lo que dice la mujer: es casi como querer relegar a la sombra a María, su madre. Ahora bien, si «ahondamos» en esta perícopa con la ayuda de otros pasajes de la Palabra de Dios, nos percataremos de lo contrario. Justamente la Madre de Jesús es proclamada «bienaventurada», en Le 1,42-45, por haber creído y obedecido a la Palabra (cf. 1,38). Ella misma, en el Magníficat, predijo que todas las generaciones la proclamarían bienaventurada (cf. 1,48) por su rendición plena a la Palabra que compromete su fe y su vida.

Por otro lado, ya había aprovechado Jesús otra ocasión en que habían venido su madre y sus hermanos a buscarlo para proclamar con vigor que su madre y sus hermanos son «los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Le 8,19-21). En consecuencia, ésta es la identidad profunda de María que se nos propone también a nosotros. El ser dichoso o bienaventurado es el secreto de este escuchar y practicar la Palabra de Jesús, que es el Verbo, la Palabra sustancial del Dios vivo.

 

MEDITATIO

Ser «dichoso» o «bienaventurado», es decir, vivir apaciguado y contento en el corazón, es posible; nos lo dicen estos textos. Pero no en la línea del papel que tenemos ni en orden a cosas que nos prefijamos realizar a fin de liberarnos de deberes coercitivos o para alcanzar ciertas prioridades.

Ser dichoso es dejar que nuestros días, aunque discurran al son de los compromisos y actividades más dispares, estén unificados por la escucha de la Palabra de Dios. Pero, cuidado, se trata de una escucha que tienda a convertirse en vida, en evangelio vivido a lo largo de los días. En efecto, Lucas nos recuerda en otro lugar que sólo la escucha transformada en vida cotidiana según Cristo da a la persona del creyente una firmeza como la de la casa construida sobre roca. En cambio, el que escucha y no pone en práctica lo que escucha es como el que construye la casa sobre arena y los vientos de las dificultades, junto con la tempestad de las tentaciones, la hunden (cf. Le 6,46-48). Lo que nos consuela es el hecho de nuestro bautismo: una realidad que actúa en nuestra existencia, una vida nueva, la vida misma de Cristo, que poco a poco va penetrando en nosotros y nos reviste interiormente, permitiéndonos «mudar de ropa» por dentro.

La prioridad de esta escucha nos impulsa. ¡Es importantísima! La ropa del hombre viejo que somos nos lleva (precisamente por una vieja costumbre) al egocentrismo, esto es, a preocuparnos más del parecer que del ser, más de lo que piensa la gente de nosotros que de la actitud de benevolencia, de comprensión, de paciencia, de humilde gratuidad en que se expresa nuestro ser y ser-amor y don para los otros. Verdaderamente, la novedad de un mundo cristiano -no sólo de nombre, sino de hecho- pasa a través de este primado de la escucha que haga de nosotros personas poderosamente revigorizadas en el hombre interior por estar «revestidos de Cristo»: de su mentalidad, de su estilo de amor (cf. Gal 3,25).

 

ORATIO

Señor, tú nos has creado para tu gloria, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ella. Ayúdame, pues, a poner el primado de la escucha de tu Palabra en mis jornadas. Permite a mi boca y a mi corazón el silencio necesario, para que comprenda, medite y acoja plenamente la Palabra. Concédeme las energías de tu Espíritu Santo, para que observe yo tu Palabra hasta transformarla en vida.

Y que de este modo sea tu vida, Señor Jesús, la que me revista por dentro, para que aprenda a amar como tú, sin discriminar a nadie. Que germine en mí la «nueva criatura» y promueva a mi alrededor criaturas nuevas. Que no sean el pobre o el rico, el palestino o el indio, el congoleño o el alemán, el hombre o la mujer, el objeto de mi interés, sino sólo el hombre -sea varón o hembra-, que sólo la criatura amada por ti sea objeto de mi interés invadido por tu modo de ser, que es amor.

 

CONTEMPLATIO

Dichoso el que camina contigo.

Dichoso el que dice: hoy es fiesta.

Dichoso el que espera el día y entona alabanzas.

Es alegre el ánimo del justo: entre los frutos del Espíritu es la alegría el primero.

Digamos «sí» a la Palabra, escuchemos el santo himno: que toda la mente se abra a la alegría (C. de Lagopesole, / / libro del pellegrino, Roma 1999, p. 254).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que yo sea feliz escuchándote y viviendo tu Palabra».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Fe, oración y contemplación atestiguan que reconocemos la presencia del Espíritu en todo, por todas partes y siempre. Fe y oración manifiestan el secreto convencimiento de que todo tiene su origen en el amor eterno del Padre, que todo se mantiene en el ser por la soberanía de Cristo Señor -por quien todo fue hecho (Jn 1,3) y en el que todo subsiste (Col 1,16)- y que en lo más íntimo de sí mismo todo es movido por el impulso del Espíritu.

La vida de cada hombre, y en especial la vida del cristiano, es oración y contemplación por la fe en la santa Presencia. Esta fe es la respiración del hombre interior. Su alma vive y respira en el Espíritu, del mismo modo que su cuerpo vive y respira en la atmósfera que le rodea. En cada una de sus acciones, físicas o mentales, inspira y espira -por así decirlo- el Espíritu que lo llena todo, dentro y fuera; lo recibe de continuo y siempre lo da.

En efecto, la vida del hombre es continua acogida del don de Dios y, asimismo, ofrenda constante de esta entrega a Dios y a los hombres (H. Le Saux, Risveglio a sé - Risveglio a Dio, Sotto ¡I Monte 1996, p. 42 [edición española: Despertar a sí mismo, despertar a Dios, Mensajero, Bilbao 1989]).

 

 

Lunes 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 4,22-24.26-27.31-5,1

Hermanos:

22 Porque está escrito que Abrahán tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de su esposa, que era libre.

23 El de la esclava nació conforme a las leyes naturales; el de la libre, en cambio, en virtud de la promesa.

24 Esto es una alegoría, pues las dos mujeres simbolizan las dos alianzas:

25 una proviene del monte Sinaí y engendra hombres para la esclavitud; es la simbolizada por Agar.

26 En cambio, la otra, la Jerusalén de arriba, es libre, y ésa es nuestra madre.

27 Pues dice la Escritura: Alégrate, estéril, tú que no das a luz; prorrumpe en gritos de júbilo, tú que no conoces los dolores de parto, porque son más los hijos de la abandonada que los de la que tiene marido.

31 Así pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.

5,1 Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud.

 

*» En la carta remitida por Pablo a las Iglesias de Galacia se anticipan los temas desarrollados con mayor extensión en la Carta a los Romanos. Tras la autopresentación en defensa del Evangelio, Pablo reprueba a los que siguen fácilmente la doctrina de los judaizantes, esto es, de los partidarios de la circuncisión y de la Ley mosaica. La justificación no viene de la Ley, sino de la gracia de Cristo.

A través de la alegoría de las dos mujeres que le engendran hijos a Abrahán se contrapone la economía de la Ley a la economía de la fe. Agar es esclava y su hijo es engendrado en la esclavitud de la carne: la antigua alianza del Sinaí, representada por Agar, es un yugo de esclavitud. Sara, la mujer libre, engendra a Isaac, el hijo de la promesa: nosotros, convertidos en hijos de Dios, en Cristo, hemos sido liberados porque en él ha llegado la promesa a su cumplimiento. La alegoría, sin insistir en su contraposición litigiosa tal como se describe en Gn 16 y Gn 21, dibuja sobre el fondo de las dos mujeres dos montañas, ambas también simbólicas. Detrás de la esclava se levanta el Sinaí, el monte en el que, entre truenos y relámpagos, recibió Moisés las tablas de los diez mandamientos. Es la Ley sobre la que se funda la antigua alianza entre Dios y su pueblo. Dios ha prometido su fidelidad de amor nupcial. Su pueblo ha prometido observar la Ley, pero de inmediato ha iniciado una historia de componendas y transgresiones. Detrás de Sara resplandece el monte Sión, la ciudad de Jerusalén que baja del cielo «ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2) para volver a llevar a Dios a los hijos de la nueva alianza. Exulte de alegría y alégrese la «Jerusalén de arriba» (Gal 4,26): muchos de sus hijos son regenerados para la vida nueva en Cristo.

 

Evangelio: Lucas 11,29-32

En aquel tiempo,

29 la gente se apiñaba en torno a Jesús y él se puso a decir:

-Ésta es una generación malvada; pide una señal, pero no se le dará una señal distinta de la de Jonás.

30 Pues así como Jonás fue una señal para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación.

31 La reina del sur se levantará en el juicio junto con los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino desde el extremo de la tierra a escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más importante que Salomón.

32 Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia por la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más importante que Jonás.

 

** Lucas pone en labios de Cristo, que va de camino hacia el misterio pascual que se consumará en Jerusalén, una serie de enseñanzas, exhortaciones, respuestas y reproches. Ahora le toca el turno a un grupo de ese pueblo de «dura cerviz» que tiene dificultades para acoger la Palabra de Dios. ¿Qué señal ofrece este mesías para que le creamos? ¿Qué ofrece de seguro? Se trata de una muchedumbre no muy diferente a la de Nínive, que no sabía distinguir entre el bien y el mal (cf. Jon 4,11); no muy diferente de los paganos, recién llegados a la fe, a los que se dirige Lucas; tal vez no muy diferente a nosotros, que siempre andamos a la búsqueda de algo extraordinario y, al mismo tiempo, inmediato.

El tono de la respuesta de Jesús es drástico. Habla de juicio y condena. Sin embargo, por detrás de la referencia a Jonás, a quien toma Jesús como símbolo de su muerte y resurrección, está todo el peso de la misericordia salvífica de Dios. Ésta les había sido ofrecida a los ninivitas a cambio de una humilde conversión, a la reina del sur por su generosa búsqueda de la sabiduría.

La Palabra de salvación pide tanto a los judíos como a los griegos un espíritu abierto: «Más bien, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28). Este anuncio de bienaventuranza contrasta todavía más con el juicio y la condena, que están reservados a quienes han recibido el tesoro de la Palabra revelada y, esclavos de una falsa fidelidad a la Ley, no saben reconocer las señales de la presencia del Salvador, y a quienes no son capaces de aceptar el duro lenguaje de la cruz ni se atreven a esperar en la resurrección.

 

MEDITATIO

Las dos lecturas de hoy nos obligan a considerar de nuevo episodios y figuras del Antiguo Testamento: Abrahán junto con Sara y Agar, Jonás junto con los ninivitas, la reina de Saba junto con Salomón. Parecen proponernos, por otra parte, problemas ahora un tanto distantes de nosotros, como la circuncisión o la ventaja que puede suponer ser griego en vez de judío. Con todo, el mensaje es extremadamente actual, porque siempre es actual la tentación de anclarnos en esquemas fijos sobre las propuestas de Dios y sobre las condiciones para justificarnos ante sus ojos.

El Señor no se desmiente. Quiere respuestas libres, una actitud confiada y filial. Si bien, prácticamente siempre, nos hace falta el ejercicio de la fe y el creer más allá de la evidencia, es sólo la persuasión de que el Señor nos ama y de que su amor supera infinitamente todas nuestras expectativas lo que abre nuestros estrechos horizontes, situados entre el legalismo y nuestro interés.

¡Qué triste es pensar que, pasados ya dos mil años desde que el Hijo del hombre, Jesucristo, nos ofreció un signo mucho más elocuente y eficaz que el signo de Jonás, todavía vayamos en busca de señales y confirmaciones en las absurdas respuestas de la astrología, de la magia (pagando un precio elevado) y de las abstrusas fantasías de sectas pseudorreligiosas! Tal vez sea demasiado sencillo creer en el amor o demasiado hermoso abandonarse como hijos en los brazos del Padre...

 

ORATIO

«Dichosa tú, que has creído», María. Primera hija de Abrahán no por ascendencia de la sangre, sino por la autenticidad de tu fe. Tú engendraste al verdadero Hijo de la promesa, al Hijo libre que hace libres a los que le siguen y creen en él.

Te pido, María, que apoyes mi débil fe y, sobre todo, que me ayudes a purificarla de tantas incrustaciones que la mantienen esclava. Enséñame a escuchar con sencillez la Palabra del Señor. Enséñame a acoger con asombro y entusiasmo la libertad que se me ofrece cuando me adhiero con amor a sus propuestas concretas, sin vanas discusiones ni resistencias. María, repite hoy por mí y conmigo tu maravilloso «sí».

 

CONTEMPLATIO

Si no se impone ninguna ley al justo, porque, previniendo la ley y sin necesidad de ser llamado al orden por ella, cumple la voluntad de Dios por el instinto de caridad que reina en su alma, ¿cuánto deberemos estimar a los bienaventurados del paraíso, libres y exentos de toda clase de mandamientos, dado que del goce de la suma belleza y bondad de Dios en que se encuentran fluye y deriva una dulcísima, aunque absoluta, necesidad en sus espíritus de amar eternamente a la santísima divinidad? En el cielo, Teótimo, amaremos a Dios no obligados o constreñidos por la ley, sino atraídos y arrebatados por la alegría que tal objeto, perfectamente amable, proporcionará a nuestros corazones; entonces cesará la fuerza del mandamiento, para hacer sitio a la alegría, que será el fruto y la cima de la observancia del mandamiento. Nosotros estamos destinados, por tanto, a la alegría que nos ha sido prometida en la vida inmortal, durante la cual, en verdad, estaremos obligados a observarlo con gran rigor, porque es la ley fundamental que Jesucristo nuestro rey ha dado a los ciudadanos de la Jerusalén militante, para hacerles merecer la plenitud y la alegría de la Jerusalén triunfante (Francisco de Sales, Teotimo, ossia Trattato dell'amor di Dios, X, 2 [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices» (Lc 1,38).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los judíos buscan en las Escrituras la vida eterna; por consiguiente, buscan en ellas a Dios y a su Hijo. Pero no buscan con la fe, sino con sus ¡deas prefabricadas [...]. Buscan la vida eterna en la prolongación de sus propios deseos e ideas y no comprenden que, para alcanzarla, deberían hacer exactamente lo contrario: plasmar su vida terrena según el plan de Dios o, mejor aún, dejarla plasmar por su amor. No comprenden que su actividad principal debería ser la contemplación y abrirse a Dios a través de ella para dejarle obrar solo y secundarlo después –lo bien o lo mal que puedan- en su acción. La obra de los judíos debería consistir en dejar obrar en ellos mismos, aunque no de una manera pasiva y sin participar, sino ofreciéndose sin hablar, entregándose callando [...]. En el fondo están llenos de sí mismos y, por eso, ciegos para las Escrituras de Dios.

La Escritura da testimonio del Señor. En la antigua alianza deja entrever su esencia y la predice [...]. Los judíos, siguiendo la orientación de la Escritura, deberían llegar a él. En él encontrarían la vida. Es el Señor, no el hombre mismo, quien provee a la vida eterna de los hombres. Por eso el Señor pide sólo la fe, no la acción humana ni la acción humana autónoma. El sentido de la vida humana no debe ser ya el sentido que ésta se da por sí sola, sino el sentido que le da el Señor. Todo esto es visible también en la antigua alianza (A. von Speyr, S. Giovanni. Esposizione contemplativa del suo vangelo, I: El Verbo s¡ fa carne, Milán 1985).

 

 

Martes 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 5,1-6

Hermanos:

1 Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo. Permaneced, pues, firmes y no os dejéis someter de nuevo al yugo de la esclavitud.

2 Soy yo, Pablo, el que os lo digo: Si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada.

3 De nuevo lo afirmo tajantemente: Todo aquel que se deja circuncidar queda obligado a cumplir enteramente la Ley.

4 Los que tratáis de alcanzar la salvación mediante la Ley os separáis de Cristo, perdéis la gracia.

5 Por nuestra parte, esperamos ardientemente alcanzar la salvación por medio de la fe, mediante la acción del Espíritu.

6 Porque, en cuanto seguidores de Cristo, lo mismo da estar circuncidados que no estarlo; lo que vale es la fe que actúa por medio del amor.

 

**• El tema principal de la perícopa de hoy es el de la libertad ofrecida por Cristo. Pablo, animado de celo apostólico, llama a los gálatas a la realidad, poniéndoles claramente en guardia contra el peligro en que incurren al querer volver bajo el pesado «yugo de la esclavitud» (v. 1) de la Ley. Pablo no pretende proponer la transgresión de la Ley o su abrogación. Jesús afirma en el evangelio  (cf. Le 16,17; Mt 5,17ss) que no abolió ni siquiera una pequeña letra de la Ley escrita naturalmente en el corazón del hombre y expresada en el decálogo y en la tradición mosaica. Se trata de no acartonarse en la observancia de unas prescripciones puramente exteriores y de no convertir en absolutos cosas que han sido establecidas en vistas y como preparación a las exigencias más vigorosas del Evangelio. «La Ley y los profetas llegan hasta Juan; esde entonces se anuncia la buena noticia del Reino de Dios, aunque todos se opongan violentamente» (Le 16,16).

La verdadera libertad consiste en seguir al Espíritu de Cristo y, a través de él, abrirse a una vida nueva, no sometida ya a los ritos judíos -como si de ellos pudiera derivar una justificación más firme-, a una vida fundamentada en la «fe que actúa por medio del amor» (Gal 5,6).

Sólo en Cristo, que «para que seamos libres nos ha liberado» (v. 1), encuentra la Ley su propio significado, y sólo la fe en él nos permite permanecer firmes y perseverar en la gracia. Volver a la circuncisión representa para los gálatas separarse del mismo Cristo y, con ello, decaer de su gracia y de su amor. El peligro para nosotros consiste en confiarnos a prácticas exteriores o en buscar vanas seguridades que nos desarraigan de la esperanza de la justificación que debemos y podemos esperar únicamente de la fe.

 

Evangelio: Lucas 11,37-41

En aquel tiempo,

37 al terminar de hablar, un fariseo le invitó a comer. Jesús entró y se puso a la mesa.

38 El fariseo se extrañó al ver que no se había lavado antes de comer.

39 Pero el Señor le dijo: -Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras que vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad.

40 ¡Insensatos! El que hizo lo de fuera ¿no hizo también lo de dentro?

41 Pues dad limosna de vuestro interior, y todo lo tendréis limpio.

 

**• Jesús se aparta de la muchedumbre. Su discurso sobre la honestidad del pensamiento y sobre la pureza de las intenciones prosigue en un contexto que se vuelve plástico y más real por la escena convival en la casa de un fariseo. Jesús se comporta con una extrema libertad y parece provocar adrede la extrañeza y el desdén del fariseo. El Rabí, sin esperar su crítica por haber dejado de observar uno de los muchos preceptos fariseos y sin justificarse por ello, la emprende contra el formalismo y la vanidad de quien se considera justo porque cumple los ritos puntualmente. De la observación sobre la limpieza de la vajilla pasa Jesús directamente al corazón del hombre. La regla de la «higiene evangélica» exige la exclusión de la avidez y del egoísmo, que engendran la rapiña y la maldad (cf v. 39).

La actitud contraria, la que califica la «pureza del corazón » -ni que decir tiene-, es la caridad. De la caridad viene la generosidad que sabe dar como limosna cuanto reconoce haber recibido gratuitamente de Dios (v. 41).

En el pasaje paralelo de Marcos, los discípulos provocan una explicación sobre esta pureza del corazón: «Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de dentro es lo que contamina al hombre. [...] Porque es de dentro, del corazón de los hombres, de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre» (Me 7,15.21-23).

 

MEDITATIO

Los diez mandamientos, las leyes y las prescripciones -incluidas las de la Iglesia- tienen sentido y valor en la medida en que nos ponen en guardia contra las malas inclinaciones, contra los instintos frecuentemente perversos que se ocultan en nosotros. Sin embargo, no tienen que ser ellos los que determinen en cada uno de nosotros el grado de realización del ideal de pureza al que nos invita y desea para nosotros la santidad de Dios. La raíz originaria del pecado se desarrolla en lo íntimo de nuestro espíritu, en nuestro corazón, aunque Dios nos ha hecho bellos por dentro y por fuera, y así es como nos quiere.

No sirve, por tanto, de nada, e incluso es peligroso, confiarse a la ficción de un perfeccionismo exterior. Si ponemos en movimiento «la fe que obra por medio de la caridad», si damos limosna desde nuestro interior, quemando en la caridad todo lo que acabaría por pudrirse si lo dejamos fermentar en el egoísmo del corazón, entonces «todo estará limpio», entonces podremos esperar «de la fe la justificación que esperamos».

 

ORATIO

Abre, Padre, mi corazón a la luz de tu verdad. Que yo no tenga miedo de dejarla penetrar en mí para reconocer todo el bien que puedo poner a tu servicio y al del prójimo. Que la franqueza y la sinceridad marquen mi pensamiento y mi acción, a fin de que no caiga en la hipocresía disfrazándome de justicia y de perfección, hasta creerme, yo mismo, justo y santo.

Padre, concédenos a mí y a toda tu Iglesia tu Espíritu de verdad, a fin de que la fe produzca realmente obras de caridad y se realice sugestivamente ante el mundo aquella libertad que Cristo nos dio «para que permanezcamos libres».

 

CONTEMPLATIO

Debemos vigilar nuestra conciencia desde diferentes aspectos. Es preciso vigilarla, en efecto, en relación con Dios, en relación con el prójimo y en relación con las cosas. En relación con Dios, para no acabar despreciando sus mandamientos, ni siquiera en aquellas cosas que nadie ve y de las que nadie pide cuentas. No vigilamos la conciencia en lo secreto ante Dios cuando, por ejemplo, descuidamos la oración; tampoco nos mostramos vigilantes de la santidad de Dios cuando nos dejamos vencer por un pensamiento pasional que sube al corazón y consentimos en él, y cuando sospechamos y condenamos al prójimo sobre la base de apariencias al oírle decir o verle hacer algo. En suma, debemos vigilar todo lo que acontece en lo secreto y nadie ve, excepto Dios y nuestra conciencia. En esto consiste vigilar la conciencia en relación con Dios (Doroteo de Gaza, Insegnamenti spirituali).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu Ley, Señor, es mi alegría» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La denuncia del mal constituye sólo el punto de partida, la conditio sine qua non. Lo que cuenta es el deseo ardiente de Dios, la confianza total e ¡ncondicionada en él y, sobre todo, el cambio del corazón. A propósito de este último, leemos en el Sal 119: «Te busco de corazón, no dejes que me desvíe de tus mandatos. Dentro del corazón guardo tu promesa» (w. 1 Oss). Y en el Sal 40,9: «Amo tu voluntad, Dios mío, llevo tu Ley en mi corazón».

Con buscar al Señor no basta. Lo importante es buscarlo en una atmósfera cargada, saturada, de amor. Lo mismo cumple decir en orden al cumplimiento de la Ley. La observancia puramente exterior de los preceptos sigue estando fuera de la «dinámica» de la conversión si no nos preocupamos con el mismo empeño de la calidad de las disposiciones interiores, si no tenemos el coraje de pasar de la fase de la mera «ejecución» a la fase de la «coparticipación». En este sentido, son claras y categóricas las palabras del salmista: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, renueva dentro de mí un espíritu firme» (Sal 51,12), «Instruyeme para que observe tu Ley y la guarde de todo corazón. Guíame por el camino de tus mandatos, que son mi delicia. Inclina mi corazón hacia tus preceptos, apártalo del lucro» (119,34-36).

La Ley adquiere el derecho de entrar en el espacio de la conversión cuando está en condiciones de dejarse esculpir no en la piedra, sino en lo íntimo del espíritu; cuando, dicho con otras palabras, es acogida por el hombre de manera libre y en un clima de incontenible alegría (V. Pasquetto, «Messaggio spirituale del vangeli», en Rivista di vita spirítuale [1978]).

 

 

Miércoles 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 5,18-25

Hermanos:

18 Si os dejáis guiar por el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley.

19 En cuanto a las consecuencias de esos desordenados apetitos, son bien conocidas: fornicación, impureza, desenfreno,

20 idolatría, hechicería, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, disensiones, cismas,

21 envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes. Los que hacen tales cosas -os lo repito ahora, como os lo dije antes- no heredarán el Reino de Dios.

22 En cambio, los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe,

23 mansedumbre y dominio de sí mismo. No hay ley frente a esto.

24 Ahora bien, los que son de Cristo Jesús han crucificado sus apetitos desordenados junto con sus pasiones y apetencias.

25 Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu.

 

*•• En el pasaje de hoy prosigue también Pablo su apasionada llamada dirigida a los gálatas para que arraiguen su vida en la verdadera libertad a la que han sido llamados.  Les exhorta a redescubrir su identidad de hijos, dejándose guiar por el Espíritu, caminando según sus deseos y siguiendo su camino, que está hecho de libertad y de amor.

El Espíritu Santo es, por consiguiente, el guía seguro para convertirse en nuevas criaturas, en hombres nuevos regenerados en Cristo, no sometidos ya a esa ley que no es capaz de impedir «las consecuencias de esos desordenados apetitos» (w. 19-21). A esta libertad estamos llamados también nosotros: «Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal [carne]. No os sometáis a sus apetitos. No tiene por qué dominaros el pecado, ya que no estáis bajo el yugo de la Ley, sino bajo la acción de la gracia» (Rom 6,12.14). La libertad del Espíritu es, por consiguiente, contraria al desenfreno de la «carne». Por eso se preocupa Pablo de hacer una lista de «los frutos del Espíritu» y los contrapone «a las consecuencias de esos desordenados apetitos» de la carne. Amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo (w. 22-23) son obras del Espíritu y, al mismo tiempo, el magnífico resultado de la libre adhesión del hombre que ha elegido como ley la caridad.

También Pedro, en su segunda Carta, presenta una lista semejante y su exhortación termina con una promesa formidable: «Si lo hacéis así, no fracasaréis» (2 Pe 1,10), una promesa tanto más estimulante cuanto menos extraordinarias sean las actitudes sugeridas en los «frutos del Espíritu», virtudes que corresponden a un casi trivial vivir cotidiano.

La Carta a los Gálatas toca a su fin. A Pablo ya no le queda más que sugerir diferentes avisos para traducir «la ley de Cristo» en servicio, en caridad «sobre todo para con los hermanos en la fe» (Gal 6,10).

 

Evangelio: Lucas 11,42-46

En aquel tiempo, dijo Jesús:

42 ¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres y descuidáis la justicia y el amor de Dios! Esto es lo que hay que hacer, aunque sin omitir aquello.

43 ¡Ay de vosotros, fariseos, que os gusta ocupar el primer puesto en las sinagogas y que os saluden en la plaza!

44 ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros que no se ven, sobre los que se pisa sin saberlo!

45 Entonces uno de los doctores de la Ley tomó la palabra y le dijo:

-Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros.

46 Jesús replicó:

-¡Ay de vosotros también, doctores de la Ley, que imponéis a los hombres cargas insoportables y vosotros no las tocáis ni  con un dedo!

 

**• Los fariseos: los mejores, los más comprometidos. Y los doctores de la Ley: encargados de enseñar y de guiar a los otros en los caminos del Señor. Jesús, según el evangelista Lucas, pronuncia dos series de «ayes» dirigidos a estos dos grupos. Censuró a cuantos querían señales para creer, puso al desnudo el corazón hipócrita y ahora pronuncia las palabras más duras contra el comportamiento de aquellos que usan sus prerrogativas de cultura y de autoridad para un vano prestigio y para una odiosa opresión de los otros. Son sepulcros que no se ven, «pero por dentro están llenos de huesos de muerto y podredumbre» (Mt 23,27), capaces de contaminar -según una ley también farisea- a quien camina sobre ellos sin darse cuenta.

Con fina ironía, Lucas pone una réplica resentida e indignada en boca de uno de los doctores de la Ley: «Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros» (v. 45). Pero en las palabras de Jesús se encuentra toda la amargura y el lamento, porque esta impermeable defensa de su propia imagen les impide verse en su propia mezquina realidad y les hace perder de vista lo más esencial e incluso lo más exigente, «la justicia y el amor de Dios» (v. 42b).

 

MEDITATIO

En las palabras de Pablo a los cristianos de Galacia aparecen sometidas a confrontación dos economías: una es objeto de una condena explícita e inapelable; la otra es apasionadamente preferida y, asimismo, iluminada de una manera realista en su intransigente pureza.

La economía de la «carne», más o menos ricamente revestida con apariencias de justicia y de rigor legalista, da frutos de maldad, de deshonestidad, de opresión insoportable.

La economía de la gracia está configurada sobre la cruz y sobre el amor oblativo de Cristo y da los frutos del Espíritu. Pero nuestra atención se ve excitada en particular por el aspecto negativo.

La tentación que sentimos nosotros, gente ordinaria, es ponernos orgullosamente del lado de Jesús para lanzar «ayes» sobre los fariseos y los doctores de la Ley de nuestros días, blancos fáciles para juicios y recriminaciones.

Como si no estuviéramos llamados también nosotros -cada uno de nosotros- a revisar nuestro propio protagonismo y a llevar con espíritu de servicio y de caridad las cargas que con tanta facilidad imponemos sobre los hombros de los otros.

ORATIO

Señor Jesús, manso y humilde de corazón, sé que tu desdén es directamente proporcional a la apasionada esperanza de bien que habías depositado en nosotros.

Te pido perdón por la decepción que procuramos a tu sentirte hermano mayor impedido de ofrecer al Padre una convencida y coherente respuesta de amor de nuestra parte.

Obtennos un «suplemento» de Espíritu Santo que nos libere de las trabas de nuestro «soy así»: el Espíritu de amor para que nada nos resulte trabajoso, el Espíritu de alegría sobreabundante contra las insinuantes satisfacciones del egoísmo y de la soberbia, el Espíritu de paz de quien sabe que es amado, el Espíritu de paciencia para saber hacer frente a las dificultades necesarias, el Espíritu de benevolencia y de bondad que disuelve la acidez y las durezas vertidas sobre los otros, el Espíritu de fidelidad para perseverar con valentía, el Espíritu de mansedumbre que nos configura contigo, el Espíritu de autodominio para crucificar nuestra carne con sus pasiones y deseos y estar plenamente disponibles y libres para la justicia y el amor a Dios.

 

CONTEMPLATIO

El apóstol, al enumerar los frutos del Espíritu Santo, los considera como un solo «fruto». No hay duda de que la caridad es el único fruto del Espíritu Santo; ahora bien, puesto que este fruto posee una infinidad de cualidades excelentes, el apóstol habla de él como si se tratara de muchos frutos. Pero no quiere decir otra cosa sino que el fruto del Espíritu es la caridad, que es alegre, pacífica, paciente, benigna, buena, longánima, dulce,

fiel, modesta, continente, casta; o sea, que el amor divino nos proporciona una alegría y un consuelo interior, con una gran paz del corazón que se conserva entre las adversidades de la paciencia y nos hace disponibles y prontos para ayudar al prójimo con una cordial bondad para con él.

Esta bondad no es voluble, sino animosa y perseverante, dado que nos proporciona un gran ánimo por medio del cual nos volvemos apacibles, afables y condescendientes para con todos, conservando una absoluta lealtad para con cada uno, manifestando una sencillez que va acompañada de confianza tanto en nuestras palabras como en nuestras acciones, viviendo con modestia y humildad (Francisco de Sales, Teotimo, ossia Trattato dell'amor di Dios, XI, 19, passim [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ven, Espíritu de amor: sin tu fuerza nada hay en el hombre, nada hay sin culpa» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La respuesta del hombre a la gracia estará representada por la sumisión de su persona a la acción del Espíritu de Dios. No hace falta martirizarnos el cerebro para saber qué privaciones imponernos. El dominio de nuestra propia persona constituye un programa suficiente. En vez de ir más allá de las exigencias de Dios, es mejor realizar con sencillez de corazón lo que se nos pide hoy. Es posible que, de una manera inconsciente, nuestro corazón prefiera ciertas exigencias ideales a las del hoy. Mientras que se nos pide seguir con paciencia un camino tras las huellas de Dios, nosotros rechazamos la abundancia de los dones y preferimos estériles repliegues sobre nosotros mismos; preferimos mirar nuestro pecado en vez del incomprensible perdón de Dios; preferimos buscar nosotros solos remedios a nuestro mal íntimo, cuando Dios nos presenta estos remedios a través de los medios de la gracia ofrecidos en la Iglesia.

En el camino hacia el dominio de nosotros mismos es importante fijar nuestra propia mirada no tanto en los detalles, en los progresos o en los retrocesos como en el fin: Cristo Jesús. De otro modo, al tomar los medios por el fin, llegaremos a meditar más sobre el hombre que sobre Dios, y a afligirnos por nuestro pecado en vez de experimentar un estupor siempre renovado ante el perdón de Dios. ¿Debemos temer acaso que la disciplina interior nos conduzca a actitudes falsas, como el formalismo o el deseo de la perfección por sí misma? Es preciso hacer frente a estos peligros, sin quedarnos, no obstante, inmóviles, permitiendo que el miedo nos aprese ni que nos marque el paso. El equilibrio del cristiano se puede comparar al de un hombre que camina sobre el filo de una navaja. Sólo Dios puede mantener firme en su marcha al que acepta el riesgo cristiano: el de correr hacia Cristo. El formalismo es la costumbre. En ella sucumbe cada día aquel cuya disciplina espiritual ya no es movida por el amor a Cristo y al prójimo (R. Schutz, L'oggi di Dio, Brescia 1982 [edición española: Vivir en el hoy de Dios, Estela, Barcelona 1969]).

 

Jueves 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 1,1-10

1 Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, al pueblo de Dios que está en Efeso y cree en Cristo Jesús.

2 A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor.

3 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales.

4 Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor,

5 él nos destinó de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo,

6 para que la gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria.

7 Con su muerte, el Hijo nos ha obtenido la redención y el perdón de los pecados, en virtud de la riqueza de gracia

8 que Dios derramó abundantemente sobre nosotros en un alarde de sabiduría e inteligencia.

9 Él nos ha dado a conocer sus planes más secretos, los que había decidido realizar en Cristo,

10 llevando la historia a su plenitud al constituir a Cristo en cabeza de todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.

 

** La Carta a los Efesios, que nos presenta la liturgia a partir de hoy, nació probablemente como carta circular dirigida a las diferentes Iglesias de la provincia de Asia por el apóstol Pablo durante el período de su primera prisión en Roma (61-63 d. C), o bien por alguno de sus discípulos. El autor propone en ella su propia visión de la historia humana y cósmica: la historia es, inequívocamente, historia de salvación, un grandioso proyecto de amor del Padre, que, en su Hijo Jesucristo, redime a todos los hombres y vuelve a atraer hacia sí, de una manera irresistible, todo lo creado. En él obra ahora la fuerza invencible de la resurrección, que, tras haber derrotado al pecado y la muerte, engendra la nueva humanidad, la Iglesia; esta última, aprendiendo a reconciliar todas las divisiones, va creciendo progresivamente como único y armónico cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Tras el acostumbrado saludo, prorrumpe el autor en un himno de alabanza donde bendice al Padre, que ha vuelto a colmar a los hombres con la sobreabundancia de sus bienes. El himno contempla previamente la increíble bondad de Dios, que, desde toda la eternidad, ha soñado y deseado hacer partícipes a todas sus criaturas de su misma vida divina (v. 4); contempla, a continuación, su inefable misericordia, que, sin rendirse frente

al pecado del hombre, le ha restablecido en la condición de hijo gracias a Cristo redentor, que nos ha obtenido con su sangre la remisión de los pecados (w. 5-7). Ahora bien, la redención es un misterio que se despliega a lo largo de la historia. Dios es creador y ama la multiplicidad de formas de lo creado, pero es también en sí mismo comunión de amor y ama la unidad: en Cristo va realizando esta voluntad suya de restaurar en todos los hombres la semejanza originaria con él y los va haciendo miembros de un único cuerpo -miembros con fisonomía diferente, pero profundamente unidos (v. 10)-. «Dios ha dado a Jesucristo como cabeza a todas las criaturas, a los ángeles y a los hombres. De este modo se va formando la unión perfecta, cuando todas las cosas estén bajo una cabeza y reciban de lo alto un vínculo indisoluble» (Juan Crisóstomo).

 

Evangelio: Lucas 11,47-54

En aquel tiempo, dijo el Señor:

47 ¡Ay de vosotros, que construís mausoleos a los profetas asesinados por vuestros propios antepasados!

48 De esta manera, vosotros mismos sois testigos de que estáis de acuerdo con lo que hicieron vuestros antepasados, porque ellos los asesinaron y vosotros les construís mausoleos.

49 Por eso dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán, y a otros los perseguirán».

50 Pero Dios va a pedir cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde la creación del mundo,

51 desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, a quien mataron entre el altar y el santuario. Os aseguro que se le pedirán cuentas a esta generación.

52 ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia! No habéis entrado vosotros y a los que querían entrar se lo  habéis impedido.

53 Cuando Jesús salió de allí, los maestros de la Ley y los fariseos comenzaron a acosarlo terriblemente y a proponerle muchas cuestiones,

54 tendiéndole trampas con intención de sorprenderlo en alguna de sus palabras.

 

*•• Los doctores de la Ley de tiempos de Jesús no eran mejores que sus padres. Jesús, con una profunda ironía, desenmascara su falsedad. Por un lado, pone de manifiesto que su veneración por los profetas es hipócrita, porque en estos momentos muestran que no están dispuestos a escuchar las llamadas de Dios, exactamente igual que hicieron sus padres en el pasado. Del mismo modo que los profetas fueron rechazados y muertos por ser incómodos, así también es rechazado ahora Jesús, Palabra definitiva del Padre: es exactamente el mismo comportamiento. Los «sabios», que construyen mausoleos a los profetas, no por ello se convierten en seguidores de los mismos, como quieren dar a entender -y tal vez ellos mismos crean-, sino en cómplices de quienes los mataron. El Gólgota confirmará este análisis de Jesús, apoyado por la «sentencia del juicio profético (w. 49-51), que concibe la historia de Israel, incluido el período postexílico, como una historia de porfiada obstinación» (Josef Ernst), que ha producido constantemente sus víctimas, «desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías» (la primera y la última muerte relatadas en la Biblia hebrea).

A modo de inciso, notemos que la culpa evocada de nuevo permanece totalmente en el ámbito del Antiguo Testamento: da la impresión de que Lucas quiera sugerir que la misericordia del Padre no pretende pedir cuentas de la sangre de su Hijo, que también está a punto de ser derramada; en efecto, «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él» (Jn 3,17). Sin embargo, «Dios va a pedir cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas vertida desde la creación del mundo», porque «el que no cree en él ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios» (Jn 3,18).

Con el mismo vigor se lanza Jesús contra la arrogancia intelectual y religiosa de los doctores de la Ley, que, aun disponiendo de los instrumentos necesarios, no han seguido ni siquiera reconocido el camino que conduce a Dios, indicado por la Ley y por los profetas; al contrario, lo han hecho inaccesible también al pueblo, privando a los preceptos y las normas de su auténtico significado.

 

MEDITATIO

¡Qué contraste entre la conmovida contemplación del grandioso proyecto de salvación «ideado» y puesto pacientemente en práctica por la benevolencia de Dios y las violentas y dramáticas invectivas de Jesús contra los doctores de la Ley y sus padres, que opusieron siempre un firme rechazo a las llamadas divinas. La Iglesia, sometiendo a confrontación estas «obstinaciones», nos lanza por lo menos una doble llamada.

El plan de la salvación es maravilloso: contemplémoslo; con ello obtendremos un profundísimo consuelo y alegría, que serán nuestra fuerza para los inevitables momentos de dificultad y para los tiempos -a menudo largos- de crecimiento y maduración, que con facilidad someten a una dura prueba nuestra perseverancia, aunque son necesarios para que se realice en nosotros el plan de Dios; ahora bien, también hemos de estar vigilantes, porque muchos a quienes Dios lo confió antes que a nosotros, en vez de colaborar, le opusieron resistencia y perdieron de vista la meta. ¡Que no nos suceda lo mismo a los que escuchamos esta palabra!

La segunda llamada es: No somos responsables sólo de nosotros mismos. Dios nos ha revelado a los cristianos el misterio de su voluntad, a saber: que todos los hombres se salven en Cristo, para que nosotros manifestemos este misterio y todos puedan entrar en él. Eso significa, por una parte, vigilar para no escandalizar con nuestros comportamientos y respetar a los que son diferentes, sin pretender imponer nuestra fe o nuestras formas culturales, a fin de convertirnos para los otros en lugar de encuentro con Cristo, y, por otra, significa también no escondernos, sino tener el valor de mostrarnos y actuar claramente como cristianos, a fin de llegar a ser vehículos de su amor.

 

ORATIO

Bendito seas, Dios, que, en tu Hijo amado, nos has dado «la redención por medio de su sangre» y nos invitas a contemplar en ella tu gran amor de Padre. Nuestro corazón debería estar repleto de gratitud, pero no somos demasiado capaces de darte las gracias, sobre todo por un acontecimiento que parece tan alejado de nosotros y de nuestra vida. Tal vez nos sintamos también algo incómodos: ¿qué podemos darte nosotros a cambio?

Nuestro amor es débil: tenemos miedo hasta del menor sufrimiento, tenemos deseos de amarte, pero eso no basta. Sólo tenemos para ofrecerte nuestros pecados: acéptalos y ejerce sobre ellos tu misericordia.

 

CONTEMPLATIO

Dios ha sabido desde toda la eternidad que podía crear una cantidad sin número de seres a los que hubiera podido comunicarse a sí mismo; y considerando que entre todos los modos de comunicarse a sí mismo no había ninguno tan grande como el unirse a una naturaleza creada, de tal modo que la criatura fuera asumida e insertada en la divinidad para constituir con ella una sola persona, su infinita bondad, que en sí misma y por sí misma está inclinada a la comunicación, decidió actuar de este modo. Ahora bien, entre todas las criaturas que la suma omnipotencia podía producir, eligió a la humanidad, que por eso fue unida a la persona de Dios Hijo y a la que destinó el honor incomparable de la unión personal a su divina Majestad, a fin de que gozara para la eternidad, de un modo especial, de los tesoros de su gloria infinita. La suma providencia dispuso, a continuación, no limitar su bondad sólo a la persona de su amadísimo Hijo, sino dilatarla por medio de él a otras muchas criaturas para que le adoraran y alabaran toda la eternidad (Francisco de Sales, Teotimo, ossia Trattato dell'amor di Dios, I, 2 [edición española: Tratado del amor de Dios, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El amor del Señor abarca el universo» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Qué significa «antes de la creación del mundo»? Significa que todavía no había nada: no existía el cielo, no existía la tierra y tampoco existía yo. Pero existía él, que pensaba ya en mí y me envolvía con su amor. Pensó en mí desde siempre y me amó desde siempre: el amor de Dios por mí es eterno. Es un pensamiento que da vértigo. No había todavía nada, pero existía ya, en el origen primigenio de las cosas, una ternura infinita que me envolvía: ahora se complace en mí, porque al verme ve a su Hijo y dice: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Mc 1,11). Al principio no había nada y él amó esta nada. Es esta nada la que fundamenta la gratuidad de su amor. El Señor me amó por nada, sin porqué. Lo ha dicho de una manera estupenda santo Tomás: «La raíz última del amor de Dios está en su gratuidad». Me ama por nada. Esto va unido a otro principio enunciado también por santo Tomás: «No me ama porque yo sea bueno, sino que me hace bueno al amarme». Es ésta una certeza que da a nuestro corazón una gran paz y una gran fuerza.

Si Dios me amara por algo, siempre podría pensar que, si este algo dejara de existir, dejaría de amarme. Sin embargo, los cielos y la tierra pueden hundirse, pero no así el amor de Dios, nunca. Es un amor que no se rinde nunca, ya que está fundado sobre la nada. El amor de Dios no supone nada en mí y me transforma. La santidad depende por completo del creer que somos amados de este modo y de nuestro abandono a este amor.

Yo soy una pobre y frágil criatura, soy nada, pero sobre esta nada se posa la mirada de Dios, se posa su amor. Y la nada florece ante él porque su amor realiza en mí maravillas. Es un amor omnipotente, que se derrama sobre el abismo de mi miseria y realiza grandes cosas (M. Magrassi, Amare con il cuore di Dios, Cinisello B. 1983). 

 

Viernes 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 1,11-14

Hermanos:

11 En ese mismo Cristo también nosotros hemos sido elegidos y destinados de antemano, según el designio de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad.

12 Así nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, seremos un himno de alabanza a su gloria.

13 Y vosotros también, los que acogisteis la Palabra de la verdad, que es la Buena Noticia que os salva, al creer en Cristo habéis sido sellados por él con el Espíritu Santo prometido,

14 prenda de nuestra herencia, para la redención del pueblo de Dios y para ser un himno de alabanza a su gloria.

 

**• Estos versículos son la parte conclusiva del magno himno al plan de la salvación llevado a cabo por Dios mediante la sangre de Jesucristo (cf. Ef 1,1-10). El autor presenta aquí un concepto clave: el de predestinación («destinados de antemano»), que ha generado controversias dramáticas en la historia de la Iglesia.

Tal vez sea menos ambiguo el término si lo explicamos a partir del concepto «herencia». Estamos predestinados a la salvación en el sentido de que Dios nos ha redimido en Jesucristo, sin mérito alguno por nuestra parte, haciéndonos así herederos de su misma vida. En consecuencia, todos estamos salvados; ahora bien, puesto que somos libres, podemos rechazar esta herencia y sustraernos con ello a la salvación que se nos ha dado gratuitamente. Predestinados no significa, por tanto, necesariamente salvados. «Dios, que nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros» (Agustín de Hipona).

Sin embargo, la eficacia de la voluntad salvífica de Dios se manifiesta de todos modos con claridad cada vez que la fe está dispuesta a acogerla. Así, tanto judíos («nosotros, los que tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo»: v. 12) como paganos («vosotros también»: v. 13a), por haber escuchado «la Palabra de la verdad» (v. 13) y haber creído en el Evangelio, se han convertido en herederos, recibiendo, sin distinción, a través del bautismo, el anticipo de los bienes futuros: el Espíritu Santo, que hace posible ya en esta tierra la vida que viviremos en plenitud sólo después de la muerte. El himno concluye después con otro término-clave: la «gloria» de Dios, que tiene un significado muy preciso en la Biblia.

Se trata de la manifestación de su presencia y de lo que él es. Los cristianos están llamados a ser «un himno de alabanza a su gloria» (v. 14c), o sea, a dejar aparecer, a través de la santidad de su vida, la belleza de Dios: «Mi Padre recibe gloria cuando producís fruto en abundancia» (Jn 15,8a).

 

Evangelio: Lucas 12,1-7

En aquel tiempo,

1 la gente se aglomeraba por millares, hasta pisarse unos a otros. Entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo:

-Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

2 Pues nada hay oculto que no haya de manifestarse, nada secreto que no haya de saberse.

3 Por eso, todo lo que digáis en la oscuridad será oído a la luz, y lo que habléis al oído en una habitación será proclamado desde las azoteas.

4 A vosotros, amigos míos, os digo esto: No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden hacer nada más.

5 Yo os diré a quién debéis temer: Temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno. A ése es a quien debéis temer.

6 ¿No se venden cinco pájaros por muy poco dinero? Y, sin embargo, Dios no se olvida ni de uno solo de ellos.

7 Más aún, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis: vosotros valéis más que todos los pájaros.

 

*•• El fragmento de hoy une, por comunidad temática, algunas sentencias que tienen un origen autónomo y pertenecen al género mashal, esto es, pequeñas parábolas que toman su significado del contexto en el que han sido insertadas. Los «ayes» dirigidos por Jesús a los fariseos y a los doctores de la Ley al final del capítulo 11 representan la ocasión para invitar a los discípulos a guardarse de la hipocresía farisea.

La intención de esta advertencia no es sólo de naturaleza moral. Lucas dirige su evangelio a comunidades que están viendo terminar el tiempo apostólico sin que se haya producido la parusía (la venida final de Jesús para instaurar el Reino de Dios) y que se ven amenazadas por las persecuciones y por la difusión de falsas doctrinas. En consecuencia, se plantea el problema de la perseverancia y de la fidelidad. Lucas hace frente a este problema pidiendo a los cristianos una actitud de autenticidad y claridad (w. 2ss) y ofreciéndoles una palabra de consuelo que se convierte en invitación a la confianza en Dios (w. 4-7).

Alienta a los cristianos a que no obren como los fariseos, cuyas palabras no corresponden a lo que tienen en el corazón y en la mente. Los cristianos deben, más bien, profesar abiertamente y sin temor su fe, cueste lo que cueste, porque, de todos modos, «nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto» (8,17). Cuando vuelva el Hijo del hombre, quedarán desenmascaradas las astucias y las mentiras y se revelarán vanas: serán causa de condena, antes que de salvación.

El riesgo real, el que corren los cristianos tentados de esconderse o incluso de renegar del Señor Jesucristo por miedo a las persecuciones, no es perder la vida corporal, sino perder la vida verdadera, que es eterna y depende del juicio de Dios. Como ya había recordado Lucas a los discípulos, al presentar las condiciones para seguir a Jesús, «el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí [por Jesús], ése la salvará» (9,24). Por otra parte, ¿cómo no abandonarse confiadamente a este Dios que se preocupa con amor hasta de sus criaturas más insignificantes (w. 6ss)?

 

MEDITATIO

Nos quedamos sin palabras cuando alcanzamos a tener alguna conciencia del inestimable valor y la incomparable belleza de lo que Dios nos ha dado al crearnos y recrearnos como hijos suyos en Jesucristo.

Nos quedamos espantados cuando pensamos que este bien lo pone Dios en nuestras manos y lo confía a nuestra libertad. Dios demuestra tener una confianza inmensa en nosotros, y, por haberse comprometido a no dejar que nos falte nada de lo que nos es necesario para corresponder a su don, nos inviste de una responsabilidad terrible: nos deja a nosotros determinar nuestra felicidad o infelicidad eterna. Dios, que envió a su Hijo a la tierra para salvarnos y quiso que tomara nuestra carne para compartir en todo la condición humana, al recordarnos nuestro destino eterno, no quiere sacarnos del mundo en que vivimos y debemos vivir, sino que nos declara su amor y nos sitúa ente una alternativa y nos pide que elijamos: «Te he amado con amor eterno y te he creado para que goces de mí para la eternidad. Tú no eres capaz de llegar a mí, pero yo me ocuparé completamente de ti y haré que puedas. Te pido sólo que te fíes de mí y correspondas a mi amor, testimoniándolo con sencillez y valor. Por ti mismo, solo, no puedes hacer nada: vencerán en ti el miedo, la lógica de la componenda, los instintos del egoísmo y las debilidades de tu naturaleza y me perderás para siempre. ¿Qué es lo que quieres? ¡Elige!».

 

ORATIO

Señor, tú me envuelves con tu amor. Todo mi ser está encerrado por tu amor: el comienzo de mi existir, el curso de mi vida sobre la tierra, mi destino eterno.

Gracias, Dios mío, por haberme soñado. Gracias por haberme vuelto a colmar de dones, por haber dispuesto previamente con cuidado todo aquello de lo que tengo necesidad. Gracias por estimarme. Gracias porque me has creado persona y me respetas, incluso cuando uso mal mi libertad. Gracias, sobre todo, porque no me quieres como un objeto pasivo de tu generosidad, sino que me pides que sea un «tú» que responde un «sí» libre de amor. Atráeme, para que yo pueda ser tu alegría.

 

CONTEMPLATIO

El Salvador usa una providencia especial y consagra una atención particular a aquellos que abandonan por completo hasta el cuidado de sí mismos para seguirle de un modo más perfecto: éstos tienen una capacidad mayor que los otros para entender bien la Palabra de Dios y también una capacidad mayor de ser atraídos por las dulzuras de sus atenciones. Mientras tengamos cuidado de nosotros mismos -me refiero a un cuidado lleno de inquietud-, nuestro Señor nos deja hacer, pero si le cedemos ese cuidado a él, lo asume enteramente y, según nuestra expoliación sea grande o pequeña, grande o pequeña será su providencia con nosotros. Qué felices son las almas que están muy enamoradas de nuestro Señor y siguen la norma de pensar en él con una ilimitada confianza en su suma bondad y en su providencia (Francisco de Sales, Esortazioni, LXI, 4ss [edición española: Pláticas espirituales, Balmes, Barcelona 1952]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «No temas, pequeño rebaño: vuestro Padre ya sabe de qué tenéis necesidad» (cf. Le 12,30.32).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Debemos darnos cuenta de que nosotros «somos la gloria de Dios». Leemos en el libro del Génesis: «Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente» (Gn 2,7). Nosotros vivimos porque participamos de la respiración de Dios, de la vida de Dios, de la gloria de Dios. La cuestión no es tanto la de «cómo vivir para la gloria de Dios», como la de «cómo vivir lo que somos, cómo realizar nuestro ser más profundo».

Tú eres el lugar donde Dios ha elegido habitar, tú eres el topos tu theu (el «lugar de Dios»), y la vida espiritual no es otra cosa que permitir la existencia de ese espacio donde Dios pueda morar, crear el espacio donde pueda manifestarse su gloria.

Cuando medites, pregúntate a ti mismo: «¿Dónde está la gloria de Dios? Si la gloria de Dios no está aquí donde yo estoy, ¿en qué otra parte puede estar?». Naturalmente, todo esto es más que una intuición, más que una idea, más que un modo de ver las cosas y, por consiguiente, es más tema de meditación que de estudio. Pero apenas empieces a «darte cuenta», de un modo íntimo y personalísimo, de que eres verdaderamente la gloria de Dios, todo se volverá diferente y tu vida llegará a un viraje decisivo. Entonces, por ejemplo, esas pasiones que parecían tan reales, más reales que el mismo Dios, revelarán su naturaleza ilusoria y, en cierto sentido, se disiparán (H. J. M. Nouwen, Ho ascoltato ¡I silenzio, Brescia 01998).

 

 

Sábado 28ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 1,15-23

Hermanos:

15 También yo, al conocer vuestra fe en Jesús, el Señor, y vuestro amor para con todos los creyentes,

16 no ceso de dar gracias a Dios por vosotros, recordándoos en mis oraciones.

17 Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda un espíritu de sabiduría y una revelación que os permita conocerlo plenamente.

18 Que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados, cuál la inmensa gloria otorgada en herencia a su pueblo

19 y cuál la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, manifestada a través de su fuerza poderosa.

20 Es la fuerza que Dios desplegó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha en los cielos,

21 por encima de todo principado, potestad, poder y señorío y por encima de cualquier otro título que se precie de tal no sólo en este mundo, sino también en el venidero.

22 Todo lo ha puesto Dios bajo los pies de Cristo, constituyéndolo cabeza suprema de la Iglesia,

23 que es su cuerpo, y, por lo mismo, plenitud del que llena totalmente el universo.

 

**• Tras haber contemplado el gran misterio de la voluntad redentora del Padre, Pablo se alegra porque, informado de la fe de los destinatarios de su carta, los ve como partícipes de la magnífica herencia adquirida por Cristo, una herencia que se hace visible ya ahora en la caridad activa de estas Iglesias.

Para que sigan firmes en la vida nueva pide Pablo incesantemente al Padre el don del «espíritu de sabiduría y una revelación» que les permita penetrar cada vez más en su misterio. «El Espíritu, en efecto, lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios. [...] Del mismo modo, sólo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios» (1 Cor 2,10b.1 Ib). Ahora bien, el Espíritu Santo es amor: el amor engendra, por consiguiente, el conocimiento, y el conocimiento engendra el amor.

La cima de este conocimiento amoroso es el saberse amado: la experiencia de este amor hace que podamos percibir qué grandes son los bienes que esperamos («la esperanza a la que habéis sido llamados»: v. 18a), qué espléndida es la dignidad de la que Dios nos hace partícipes («la inmensa gloria otorgada en herencia a su pueblo»: v. 18b), qué poderosamente eficaz es la acción salvífica de Dios, que obra en nosotros lo que ya ha realizado en Cristo al resucitarlo y poner todo ser bajo su dominio (w. 20ss).

Sometida a Cristo, la cabeza, está la Iglesia, que recibe de su Señor la vida y todos los bienes y que, en cuanto cuerpo, aunque esté sometida a los límites de sus miembros, debe crecer para alcanzar «en plenitud la talla de Cristo» (4,13b).

 

Evangelio: Lucas 12,8-12

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

8 Os digo que si uno se declara a mi favor delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará a favor de él delante de los ángeles de Dios;

9 pero si uno me niega delante de los hombres, también yo lo negaré delante de los ángeles de Dios.

10 Quien hable mal del Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no será perdonado.

11 Si os llevan a las sinagogas, ante los magistrados y autoridades, no os preocupéis del modo de defenderos, ni de lo que vais a decir;

12 el Espíritu Santo os enseñará en ese mismo momento lo que debéis decir.

 

*• El pasaje que nos propone la liturgia de hoy está constituido por un conjunto de dichos de Jesús reunidos por Lucas probablemente con la intención de animar a los cristianos frente a las persecuciones y a los desafíos del mundo y con la finalidad de proporcionarles criterios de comportamiento.

El evangelista recuerda de nuevo que es preciso considerar el presente con una perspectiva escatológica, ya que el hoy determina la eternidad. Y puesto que «nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él [Jesús] nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra» (Hch 4,12), Dios hace depender la salvación del reconocimiento público de Jesús. Esto podría dar la impresión de contradecir lo que se afirma en el versículo siguiente (v. 10). Se impone una distinción.

Algunos autores piensan que Lucas comprende la dificultad que supone reconocer en el Jesús terreno al Salvador, por lo que sería incluso admisible que haya quien «hable mal del Hijo del hombre». Pero no puede haber perdón para quien «blasfeme contra el Espíritu Santo», o sea, cuando la libertad humana rechaza la propia adhesión a la verdad que le ha sido interiormente revelada por la gracia de Dios. En ese caso, hasta la falta de reconocimiento ante los hombres se convierte en deliberada infidelidad y motivo de condena.

Sin embargo, cuando la acción del Espíritu es acogida por el creyente, éste puede estar seguro del apoyo eficaz del Espíritu en el momento en que sea llamado a dar testimonio.

 

MEDITATIO

La Carta a los Efesios y el evangelio de Lucas reclaman nuestra atención sobre el «papel» insustituible del Espíritu Santo. Tal vez sea el Espíritu la Persona más «desconocida » de la Trinidad, aunque, en comunión con el Padre y el Hijo, está actuando constantemente en la Iglesia y en el mundo. Por ser el amor personal con el que se aman recíprocamente el Padre y el Hijo, conoce toda la intimidad de la vida divina y, por morar en las almas que le acogen, les transmite el conocimiento amoroso que es él mismo. Ahora bien, su modo de instruirnos y de actuar es de una naturaleza completamente distinta a lo que estamos acostumbrados. Nos enseña dando la vuelta a nuestros mecanismos: mientras que en la experiencia humana, por lo general, acogemos lo que antes hemos comprendido y consentido, el Espíritu se comunica al hombre en la medida en que encuentra una acogida confiada. De ahí que comprendamos las cosas del Espíritu sólo en la medida en que estemos dispuestos a adherirnos.

Cuando el Espíritu encuentra en un alma obediencia a la verdad y disponibilidad para hacer lo que Dios quiere, lleva a cabo los prodigios de los que ya ha sembrado la historia de la salvación: desde la transformación de doce hombres atemorizados en columnas de la Iglesia universal, sobre la que «no prevalecerán las puertas del infierno», al animoso testimonio de los miles de mártires de la fe y de la caridad de nuestro siglo... al testimonio, menos llamativo aunque no menos audaz, que la coherencia con nuestra fe nos pide frente a los continuos desafíos de una sociedad y de una cultura cada vez más descristianizadas.

 

ORATIO

Señor, quién sabe si nuestra fe se vuelve caridad para con nuestros hermanos y supone para alguno ocasión de una plegaria de agradecimiento. Quién sabe si nuestra  fe y nuestra caridad hablan de ti a la gente de nuestro tiempo o bien no dicen nada. Tal vez hayamos renegado de ti no con las palabras, sino con los hechos. Si ha sido así, perdónanos. Estamos enfermos de individualismo y no siempre nos sentimos responsables de nuestros hermanos. Haz crecer en nosotros el sentido de la comunión para que podamos descubrir la belleza de vivir nuestra fe con los otros y hacer juntos cada vez más atrayente el rostro de tu Iglesia. Que tu Espíritu ilumine nuestros ojos para que sean capaces de mirar más allá de nuestra existencia y ver ya desde ahora en nuestra historia los signos de tu amor, que se manifestará en su esplendor totalizador cuando también nosotros queramos recibir nuestra herencia.

 

CONTEMPLATIO

Si no habláis en mi favor, me convertiré en palabra viva de Dios para anunciar su gloria con mi muerte. No queráis ofrecerme un beneficio mayor que éste: que yo sea inmolado a Dios, ahora que el altar está dispuesto, a fin de que -formando un coro en la caridad perfectacantéis un himno al Padre en Cristo. ¡Bello es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, trasponga en Dios, a fin de que en él yo amanezca. Por lo que a mí respecta, escribo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios con tal de que vosotros no me lo impidáis. Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo. Prefiero morir por Cristo que reinar sobre todo el mundo. Busco a aquel que murió por nosotros, quiero a aquel que por nosotros resucitó. Quiero ser por completo de mi Dios. Dejadme ascender a la luz pura; cuando llegue a ella seré hombre de verdad. Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: «Ven al Padre» (Ignacio de Antioquía, "Carta a los Romanos", en Padres apostólicos, ed. D. Ruiz Bueno, BAC, Madrid 21968, pp. 474-481 passim),

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu gloria, Señor, es el hombre vivo» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Precisamente esta ínsita vocación a la totalidad exige que el acto de fe no se quede en un puro acto de conciencia, sino que se exprese en todos los ámbitos de la fe y de la vida. El hombre que cree busca por fuerza - y al final debe encontrar de algún modo- una conducta nueva, una diferente capacidad de juzgar, un estilo original de obrar, de amar, de asociarse, de educar, de luchar, de morir. «Si alguien está en Cristo, es una nueva creación »: si todo sigue como antes, hay que dudar de la autenticidad de su acto de fe.

Todo esto se aplica no sólo a nivel individual, sino también comunitario. Un grupo de creyentes debe dar, necesariamente, principio a nuevas formas de comunidades humanas: no es posible que un verdadero acto de fe no tenga ninguna repercusión sociológica y permanezca encerrado en el ámbito de la vida del individuo. Tanto más por el hecho de que el acto de fe es, por naturaleza, comunitario: siempre tiene su origen, de un modo u otro, en la comunidad, que es portadora del anuncio salvífico se abre en cada caso al hombre a una vida de comunión con los hermanos.

De ahí que toda verdadera profesión de fe cristiana requiera encarnarse y expresarse en alguna «cristiandad». El discípulo de Jesús es la sal de la tierra, por eso no debe -y, por otra parte, tampoco puede- vivir separado, en un mundo construido sólo para él. Al contrario, precisamente para no desnaturalizarse hasta la insipidez y dar sabor de una manera eficaz a toda la realidad terrestre, debe aspirar siempre a instaurar alguna forma de sociedad cristiana. Un cristianismo que no esté diversificado sociológicamente es un cristianismo difunto (G. Biffi, Sullo Spirito di Dio. Soliloquio, Milán 1986).

 

 

Lunes 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,1-10

Hermanos:

1 En cuanto a vosotros, estabais muertos a causa de vuestros delitos y pecados.

2 Eran tiempos en que seguíais las corrientes de este mundo, sometidos al príncipe de las potestades aéreas, ese espíritu que prosigue eficazmente su obra entre los rebeldes a Dios.

3 Y entre éstos estábamos también todos nosotros, los que en otro tiempo hemos vivido bajo el dominio de nuestras apetencias desordenadas, siguiendo los dictados de la carne y de nuestra imaginación pecadora y viniendo a ser, como los demás, destinatarios naturales de la ira divina.

4 Pero Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor,

5 aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo -¡Por pura gracia habéis sido salvados!-,

6 nos resucitó y nos sentó con él en el cielo.

7 De este modo quiso mostrar a los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, hecha bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

8 Por la gracia, en efecto, habéis sido salvados mediante la fe, y esto no es algo que venga de vosotros, sino que es un don de Dios;

9 no viene de las obras, para que nadie pueda presumir.

10 Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta.

 

**• Pablo ha concluido el capítulo 1 de su carta con la estupenda oración que termina con tonos descriptivos y admirados por la realidad de Cristo. Ahora, de una manera directa, se dirige a los cristianos de Efeso y les hace conscientes de haber vivido intrínsecamente en una realidad de muerte espiritual siguiendo a Satanás, llamado aquí «príncipe de las potestades aéreas» (v. 2) porque, según una creencia judía, se pensaba que esos espíritus malignos vivían en el aire, desde donde podían influir en la vida de los hombres. Inmediatamente, sin embargo, incluye Pablo entre los que seguían las corrientes de este mundo a él mismo y a todos los demás, que durante un tiempo fueron «rebeldes a Dios» por estar movidos por «nuestras apetencias desordenadas, siguiendo los dictados de la carne y de nuestra imaginación pecadora» (v. 3).

«Carne» es un término que aparece a menudo en el Nuevo Testamento, y debe ser comprendido bien. A veces significa la naturaleza humana en sus aspectos de gran fragilidad y debilidad. A veces significa las pasiones que más inclinan al hombre al mal. A veces alude a un estilo de vida completamente negativo y que conduce a la muerte espiritual. Con todo, hay que subrayar que, en el Nuevo Testamento, este término no alude nunca al «cuerpo» (o a la materia en general) como si se tratara de una realidad negativa en sí misma. Los «dictados de la carne» son, por tanto, actitudes negativas de todo el hombre, que emanan de un uso equivocado de voluntad libre. De ahí procede el hecho de que tanto los israelitas como los paganos («como los demás»: v. 3; cf. Rom 3,9) fueran «destinatarios naturales de la ira divina». No se alude a una pasión destructora en Dios, sino a su juicio de condena, dado que Dios nunca puede aprobar el mal.

En la argumentación de Pablo salta en este punto un «pero». Con él expresa el contraste entre seguir las corrientes de este mundo y la intervención de un «Dios que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor» (v. 4) y por ello nos ha trasladado de la muerte a la vida, en Cristo Jesús. Pablo subraya una vez más que todo el proceso de la salvación (ser perdonados, regenerados, tener una heredad en el cielo) tiene lugar en Cristo y por Cristo. Por la fe hemos sido salvados y vivimos como salvados, no por eventuales méritos nuestros.

Con todo, la fe no excluye las buenas obras; en efecto, Dios quiere que las realicemos, y nos da la posibilidad de hacerlas (v. 10).

 

Evangelio: Lucas 12,13-21

En aquel tiempo,

13 uno de entre la gente le dijo:

-Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

14 Jesús le dijo:

-Amigo, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?

15 Y añadió:

-Tened mucho cuidado con toda clase de avaricia; que aunque se nade en la abundancia, la vida no depende de las riquezas.

16 Les dijo una parábola:

-Había un hombre rico, cuyos campos dieron una gran cosecha.

17 Entonces empezó a pensar: «¿Qué puedo hacer? Porque no tengo donde almacenar mi cosecha».

18 Y se dijo: «Ya sé lo que voy a hacer; derribaré mis graneros, construiré otros más grandes, almacenaré en ellos todas mis cosechas y mis bienes

19 y me diré: Ahora ya tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y pásalo bien».

20 Pero Dios le dijo: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién va a ser todo lo que has acaparado?».

21 Así le sucede a quien atesora para sí en lugar de hacerse rico ante Dios.

 

*•• El corazón de la perícopa está constituido por la parábola engastada entre un hecho narrativo y dos afirmaciones sapienciales: la primera al principio y la otra al final. El hecho narrativo consiste en la petición que se formula a Jesús para que intervenga a propósito de una herencia. Justamente para estos asuntos se requería también a menudo la intervención de los rabinos.

Jesús, aunque no se deja enredar en asuntos de este tipo, aprovecha la ocasión al vuelo para recordar la necesidad de mantener el corazón libre de la codicia de tener muchos bienes, porque no son ellos los que pueden garantizar la calidad y la prolongación de la vida. Y aquí viene la parábola. El protagonista es un rico que, tras haber obtenido una abundante cosecha, decide almacenarla en unos nuevos y grandiosos graneros, saboreando ya el placer tanto de poseer muchos bienes como de disponer de muchos años para gozarlos alegremente. Sin embargo, Dios le despierta de su estupidez haciéndole consciente de que no es él el dueño de su vida y de que, de un momento a otro (siempre muy pronto), será llamado a entregarla al Señor.

La afirmación sapiencial que cierra la perícopa es fuerte: quien piensa en acumular bienes para enriquecerse en vistas a un interés sólo personal es un necio, porque es ante Dios, realizando el precepto del amor, como se enriquece el hombre. En efecto, sólo dando es como nos enriquecemos del amor de Dios y de su premio eterno.

 

MEDITATIO

No sólo para los israelitas y los paganos convertidos de Efeso, sino también para mí, que vivo en una sociedad que ha vuelto a ser pagana, es importante que el camino de crecimiento espiritual se desarrolle sobre todo bajo la enseña de la vigilancia. Sólo si vigilo los «deseos» y los «apetitos de la carne» (siempre dispuestos a levantarse desde la raíz amarga de la codicia que anida en los rincones de mi corazón) podré ser un hombre libre, una mujer libre. Sólo si, a la luz del Espíritu Santo, me ejercito en discernir en mí entre los deseos buenos y los deseos malos, entre la voluntad buena y la voluntad mala, sabré administrar los dones de Dios -tanto materiales como espirituales-: no en virtud de la avidez egoísta o del orgullo espiritual, sino en virtud del Reino de Dios y de su justicia que es santidad.

Jesús nos ha recomendado que no acumulemos tesoros en la tierra, sino en el cielo, y nos ha hecho conscientes de que allí donde consideremos que está nuestro tesoro, allí estará constantemente nuestro corazón (cf. Mt 6,19ss). En consecuencia, es importante que, especialmente en las profundidades del corazón, nos mantengamos libres de los «apetitos de la carne», aprendiendo a comprender -como decía Isaac de Nínive- «cuánta amargura hay escondida en la dulzura del mundo» (Cent. 1,35). Entonces, revigorizados por el Espíritu, nos será posible «crecer» en la vida espiritual, que consiste en «hacerse rico ante Dios», es decir, en aprender el arte de vivir amando, en la entrega generosa y alegre de nosotros mismos.

 

ORATIO

Señor, te ruego que limpies con tu Espíritu Santo mi corazón. Haz que no habiten en él «los apetitos de la carne», sino sólo los del Espíritu. Recuérdame que mi vida pasa como la flor de la hierba (cf. 1 Pe 1,24) y que la codicia es una gran estupidez.

Concédeme, oh Señor, un corazón libre del apego y de la avidez del «tener», para dedicarme a «ser» tal como tú me has creado, «a imagen y semejanza» de ti, que eres amor.

 

CONTEMPLATIO

Discípulo: ¿Cómo puede desembarazar el hombre su corazón de la mundanería?

Maestro: Mediante el deseo suscitado por el recuerdo de los bienes futuros: esos que la sagrada Escritura siembra en el corazón con la suavidad de sus versículos repletos de esperanza. En efecto, el corazón no puede despreciar su amor de antes hasta que un deseo más excelente no se contraponga a las cosas que considera gloriosas y agradables por las que está poseído el hombre.

Lo que desea cada hombre puede ser conocido por sus obras. Se sentirá inclinado a pedir en la oración lo que tiene en el corazón; y aquello por lo que ora, llevará buen cuidado de manifestarlo también en las obras exteriores («Isaac de Nínive», en S. Chialá [ed.], Un'umile speranza, Magnano 1999, p. 120).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Enamórame de ti, Señor, y quedaré libre de toda codicia».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vía de acceso a las profundidades del corazón, a saber, la interioridad, nos la enseña de una manera ejemplar santa Teresa de Ávila con todo lo que ella pone en el ámbito de la oración de recogimiento. El recogimiento es para la santa la oración personal, pero ya bajo el influjo del Espíritu Santo y tal que nos vuelve atentos a la presencia de Jesús vivo en el fondo de nuestra alma. Esta forma de oración, más allá de todo esfuerzo de la imaginación, debe ponernos en contacto profundo con Jesús, que hace revivir y actualiza en nosotros cada uno de los misterios de su amor salvador.

Con todo, el término recogimiento indica de un modo aún más marcado las condiciones prácticas necesarias para acceder a la interioridad espiritual, es decir, a un desprendimiento de todo lo que no es Dios. Una mirada de amor constantemente renovada sobre Jesús obra en nosotros la purificación del corazón a través de la renuncia a todo lo que no sea la voluntad del Padre. Para que eso tenga lugar, el recogimiento debe formar una sola cosa con la libertad del espíritu de posesión y la aceptación de la pobreza personal. El hombre interior no es la reflexión sobre una estructura abstracta, sino la expresión de la presencia de Dios en el corazón y, por consiguiente, el camino hacia la pureza del corazón a imitación de Jesús (J. C. Sagné).

 

 

Martes 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 2,12-22

Hermanos: recordad

12 que en otro tiempo estuvisteis sin Cristo, sin derecho a la ciudadanía de Israel, ajenos a la alianza y su promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.

13 Ahora, en cambio, por Cristo Jesús y gracias a su muerte, los que antes estabais lejos os habéis acercado.

14 Porque Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba.

15 Él ha anulado en su propia carne la Ley, con sus preceptos y sus normas. Él ha creado en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad, restableciendo la paz.

16 Él ha reconciliado a los dos pueblos con Dios, uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad.

17 Su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para vosotros, los que estabais lejos, y paz también para los que estaban cerca;

18 porque gracias a él unos y otros, unidos en un solo Espíritu, tenemos acceso al Padre.

19 Por tanto, ya no sois extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos dentro del pueblo de Dios; sois familia de Dios,

20 estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular,

21 en quien todo el edificio, bien trabado, va creciendo hasta formar un templo consagrado al Señor,

22 y en quien también vosotros vais formando conjuntamente parte de la construcción, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu, morada de Dios.

 

        *»- El hecho de que los efesios fueran de origen pagano proporciona a Pablo la ocasión para subrayar su situación precedente de gran pobreza por la falta de Cristo. En efecto, no tenerle a él significa «estar lejos» de Dios; tenerle significa estar «cerca» gracias a la sangre que ha derramado por nosotros. Históricamente, pues, los paganos vivían una situación desfavorable respecto a los israelitas: como no pertenecían al pueblo de Dios, no podían participar, en consecuencia, de las promesas (v. 12). El punto focal de la perícopa es la afirmación de que «Cristo es nuestra paz» (v. lss). Es preciso captar el doble sentido de la palabra paz. Por una parte, se trata de la abolición de aquello que, en lo tocante a la Ley, separaba a judíos y paganos. Por otra, es la paz de todo hombre con Dios, entendida como una reconciliación que tiene lugar por el hecho de que ha sido eliminado el pecado.

Es Cristo -él solo- quien ha llevado a cabo tanto una como otra paz. Verdaderamente, la separación era una enemistad tan profunda que formaba como un «muro» que separaba al hombre de Dios y a los hombres entre ellos. La observancia de la Ley, caída en un ciego legalismo formalista, impedía la obediencia a Dios de una manera sustancial; esa obediencia es ahora posible por la pacificación que tiene lugar con la encarnación del Verbo y el rescate de su muerte en la cruz. En virtud de esta paz nuestra nace el «hombre nuevo» (v. 16). El camino, tanto para los que proceden del paganismo como para los que fueron israelitas, es ahora un sereno ir al Padre con la fuerza unificadora del Espíritu.

Pablo coloca, a continuación, la premisa de nuestra identidad como Iglesia. Ahora somos «conciudadanos dentro del pueblo de Dios; [...] familia de Dios» (v. 19), sólidamente «edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas» (v. 20). Nuestra piedra angular es Jesús. De él nos viene la posibilidad de evolucionar espiritualmente hasta llegar a ser, caminando con los hermanos, verdadero templo de Dios, su morada por intervención del Espíritu.

 

Evangelio: Lucas 12,35-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

35 Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas.

36 Sed como los criados que están esperando a que su amo vuelva de la boda, para abrirle en cuanto llegue y llame.

37 Dichosos los criados a quienes el amo encuentre vigilantes cuando llegue. Os aseguro que se ceñirá, los hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirlos.

38 Si viene a media noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

 

*•• Una invitación perentoria: «Tened ceñida la cintura, y las lámparas encendidas» (v. 35); y una exclamación reconfortante: «Dichosos ellos» (v. 38). Insertada en medio, una pequeña parábola dividida en dos partes: una en la que los siervos esperan al amo, y otra, igualmente sorprendente en su brevedad, en la que el amo, a su vuelta de la boda, en vez de querer restaurarse y reposar, invita a los siervos a que se sienten a la mesa y él mismo se pone a servirles.

Llama la atención el tema de la vigilancia, que resulta familiar en la enseñanza de Jesús. La imagen de las lámparas encendidas recuerda a las vírgenes vigilantes de la parábola narrada por Mateo (25,1-13) y encuentra su contrapunto en el pesado sueño de Pedro, Santiago y Juan, en absoluto dispuestos a compartir la angustia mortal de Jesús en el huerto de los olivos. Dormían, en efecto, porque «sus ojos estaban cargados» (Me 14,40).

La invitación de Jesús: «Velad y orad para que podáis hacer frente a la prueba» (Me 14,38), había caído completamente en el vacío. El gesto de tener ceñida la cintura y las lámparas encendidas expresa el hecho de estar dispuesto a quedarse o ir allí donde el amo quiera. Jesús recoge, del vestuario típico de los hombres de Palestina de aquellos tiempos cuando se preparaban para el trabajo o para emprender el camino de noche, la evidencia de un estado de vela espiritual, de gran importancia para un verdadero crecimiento en los ámbitos humano y cristiano.

No por casualidad recoge Lucas otra invitación perentoria de Jesús: «Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida» (Le 21,34). En efecto, nada como el embotamiento entorpece los ojos del corazón, atranca el crecimiento y siembra la vida de falsas ilusiones. El embotamiento espiritual hace perder el sentido de esta vida y de la que vendrá, en la que el Señor nos invitará al banquete servido por su amor, para siempre.

 

MEDITATIO

En nuestra época nos urge más que nunca descubrir a Jesús como «nuestra paz», como alguien que «ha reconciliado a los dos pueblos con Dios, uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad». Son, en efecto, demasiadas las propuestas de falsas paces ofrecidas en el hipermercado de la sociedad en la que vivimos. En el torbellino de las muchas «cosas que hemos de hacer» y de las pseudoseguridades con las que ponernos a cubierto del dolor y de la muerte, vamos cayendo poco a poco y con facilidad en el embotamiento espiritual. En vez de vivir con la conciencia de que esta vida es sólo la «preparación» del poema de amor y de plena felicidad que Dios nos ha preparado en Cristo, convertimos la vida presente en un absoluto, como si el bienestar actual -de todo tipo- lo fuera todo.

Pero cuando no salen las cuentas y nos encontramos heridos y decepcionados, ¿a qué vamos a recurrir, sino a psicofármacos o a otras soluciones «paliativas»? Aquí es donde se revela la formidable actualidad de vivir existencialmente a Cristo como «nuestra paz». Es menester pedirle que destruya la enemistad dentro de nuestro corazón: esa enemistad que nos impide aceptarnos a fondo a nosotros mismos y nuestra historia personal; esa que nos hace diferentes a los otros, competitivos y hostiles; esa que cierra sustancialmente nuestros ojos frente al único fulgor en el que adquieren sentido la fatiga y la belleza del existir: la cruz de Cristo. Entonces, manteniendo bien encendida la lámpara de una fe que se vuelve cada vez más confianza, nos mantendremos vigilantes, es decir, bien despiertos y preparados. Se trata de estar trabajando cuando venga el Señor, esto es, de vivir en una actitud plenamente humana y digna del seguidor de Cristo: en una actitud de disponibilidad, impulso, espera y confianza total. Si nos encuentra, el Señor no se dejará ganar en generosidad: se convertirá en nuestro siervo, introduciéndonos en el banquete donde la vida se transformará en una eterna fiesta nupcial.

 

ORATIO

Tú eres, Señor Jesús, mi paz. Ayúdame a comprenderlo no sólo con la mente, sino de un modo existencial, en el orden concreto de las horas vividas no sólo para ti, sino junto a ti. Que yo no caiga en el embotamiento, seducido por seguridades sólo materiales. No permitas tampoco que me deje esclavizar por el legalismo y el formalismo.

Concédeme un corazón sereno, vigilante y despierto en el cumplimiento de todo lo que complace al Padre. Derriba en mí todo muro de división, toda intolerancia y enemistad, toda forma -aunque sea larvada- de prevaricación y desamor. Con tu muerte en la cruz has acogido a todos los hombres en tu corazón, reconciliándolos con Dios dentro del único cuerpo que es la Iglesia. Hazme vivir, pues, reconciliado, en la alegría de llegar a ser «morada de Dios por medio del Espíritu».

 

CONTEMPLATIO

Ven, luz verdadera.

Ven, vida eterna.

Ven, misterio escondido.

Ven, realidad inexpresable.

Ven, perenne exultación.

Ven, espera veraz de cuantos serán salvados.

Ven, resurrección de los muertos.

Ven, alegría eterna.

Ven, corona inmarcesible.

Ven, tú a quien mi corazón ha codiciado y codicia.

Ven, tú que te has convertido en mi deseo

y has hecho que yo pueda desearte.

Ven, respiración y vida mía.

Ven, consuelo mío.

Ven, alegría y gloria y delicia sin fin

(Simeón el Nuevo Teólogo, Inni epreghiere, Roma 1996, pp. 75ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ven, Jesús. Separa mí paz y alegría».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nosotros creemos que Jesús es verdaderamente el enviado de Dios, ese que traza el camino de la paz y de la alegría auténticas.

Creemos que es verdaderamente el Enviado de Dios que viene a liberar a, la humanidad de todo lo que puede estropearla y destruirla. El encarna el sueño secular de los hombres y mujeres que tienen que hacer frente a las duras realidades de una vida en la que se confunden de un modo inextricable la alegría, el amor, el odio.

El mensaje de Jesús, el mensaje de su vida, consiste en manifestar que el amor y la vida tienen la última palabra. Ahora bien, para que la vida tenga la última palabra, será menester que seamos «concreadores» que continuamos su obra, y para que prevalezca el amor sobre el odio será menester que amemos hasta dar nuestra propia vida en una lucha cotidiana de la que ni el mismo Cristo salió indemne. Concrear significa rebelarse contra la fatalidad, no caer en la resignación.

Con todo, no debemos convertirnos en presa de fáciles esperanzas. La crisis es profunda. Más que en la vertiente económica y política, sufrimos una cierta degradación en el aspecto humano. Ahora bien, quien dice «crisis» dice elección: todavía es posible que, en Cristo -«nuestra paz»- nazca «un hombre nuevo». Nuestra fe nos hace creer que la creación «sufre y gime con dolores de parto», como dice san Pablo (Rom 1,22). Los tiempos han cambiado, pero siempre sigue siendo el tiempo de la paciencia de Dios y de la nuestra (Lettere dall'Algeria di Pierre Claverie, assassinato per ¡I dialogo con i musulmán!, Milán 1998, p. 123).

 

 

Miércoles 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 3,2-12

Hermanos:

2 Os supongo enterados de la misión que Dios en su gracia me ha confiado con respecto a vosotros:

3 se trata del misterio que se me dio a conocer por revelación y sobre el que os he escrito brevemente más arriba.

4 Por su lectura podréis comprobar el conocimiento que yo tengo del misterio de Cristo,

5 un misterio que no fue dado a conocer a los hombres de otras generaciones y que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas;

6 un misterio que consiste en que todos los pueblos comparten la misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del Evangelio,

7 del que la gracia y la fuerza poderosa de Dios me han constituido servidor.

8 A mí, el más insignificante de todos los creyentes, se me ha concedido este don de anunciar a las naciones la insondable riqueza de Cristo

9 y de mostrar a todos cómo se cumple este misterioso plan, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todas las cosas.

10 De esta manera, los principados y potestades que habitan en el cielo tienen ahora conocimiento, por medio de la Iglesia, de la múltiple sabiduría de Dios,

11 contenida en el plan que desde la eternidad proyectó realizar en Cristo Jesús, Señor nuestro.

12 Mediante la fe en él y gracias a él, nos atrevemos a acercarnos a Dios con plena confianza.

 

**• Antes de dejar que se convierta en oración la profunda meditación del capítulo precedente, se abre Pablo confidencialmente a sus destinatarios. Le concede una gran importancia a decir cuál es el ministerio que Dios le ha confiado: anunciar el misterio de Cristo a los paganos.

Pablo es consciente de la grandeza del designio de Dios, que sólo ahora, en Cristo, se ha manifestado del todo. Por eso anuncia a los efesios y celebra la eficacia de un poder que no viene de él, sino de la insondable riqueza de Cristo (v. 8). Los cristianos de Éfeso están llamados, precisamente como los judíos, a formar el mismo cuerpo místico de Jesús que es la Iglesia, a participar en las mismas promesas divinas, en la misma herencia, que es la vida eterna en la alegría. Sí, Pablo llama también a los paganos, a todos los hombres, por voluntad del Altísimo, a gozar de la magnanimidad de un Dios en el que, desde siglos, estaba escondido el misterio de la salvación total que ahora, precisamente a él, el más pequeño (= «ínfimo»: v. 8) entre los santos, o sea, entre los creyentes, le corresponde anunciar como pleno cumplimiento de las antiguas promesas de Dios.

        La inagotable riqueza del misterio de Cristo, expresado por su Iglesia, no corresponde, en efecto, sólo a los hombres; es mucho más amplio. Hasta las realidades angélicas (principados, potestades) están implicadas en orden a la múltiple sabiduría (v. 10) de un Dios que, justamente a través del misterio de su Hijo -encarnado, muerto y resucitado por nosotros-, guía la historia de la salvación. Precisamente esta realidad -concluye Pablo crea en nosotros el coraje de una fe auténtica que se convierte en plena confianza en el Señor.

 

Evangelio: Lucas 12,39-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

39 Tened presente que, si el amo de la casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, no le dejaría asaltar su casa.

40 Pues vosotros estad preparados, porque a la hora en que menos penséis vendrá el Hijo del hombre.

41 Pedro dijo entonces:

-Señor, esta parábola ¿se refiere a nosotros o a todos?

42 Pero el Señor continuó:

-¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el dueño puso al frente de su servidumbre para distribuir a su debido tiempo la ración de trigo?

43 ¡Dichoso ese criado si, al llegar su amo, lo encuentra haciendo lo que debe!

44 Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

45 Pero, si ese criado empieza a pensar: «Mi amo tarda en venir», y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a emborracharse,

46 su amo llegará el día en que menos lo espere y a la hora en que menos piense, le castigará con todo rigor y le tratará como merecen los que no son fieles.

47 El criado que conoce la voluntad de su dueño, pero no está preparado o no hace lo que él quiere, recibirá un castigo muy severo.

48 En cambio, el que sin conocer esa voluntad hace cosas reprobables, recibirá un castigo menor. A quien se le dio mucho se le podrá exigir mucho, y a quien se le confió mucho se le podrá pedir más.

 

*•• Con esta parábola nos pone en guardia Jesús contra el hecho de llevar una vida espiritualmente soñolienta, sin tener en ninguna consideración el hecho de que no se nos avisará de la hora en que el Señor nos llamará para que le demos cuenta de nuestra vida. El tema sigue siendo, por tanto, todavía el de la vigilancia. Pedro, a quien probablemente irrita la pequeña parábola donde aparece la figura del ladrón que asalta la casa de quien no ha estado vigilante, siente la tentación de acomodarse en una paz fingida. Y, en vez de dejarse provocar por la parábola de una manera positiva, le pregunta a Jesús si el relato va por los discípulos o por todos r es como si quisiera insinuar con su pregunta si los que han seguido a Jesús, o sea, los que viven como creyentes y practicantes, pueden estar tranquilos. ¿Por qué dirigirles a ellos, a los privilegiados, un discurso tan inquietante? Jesús, tal como hace con frecuencia, responde con otra pregunta: «¿Quién es el administrador fiel y prudente?» (v. 42).

El Señor Jesús es un gran provocador. Ahora echa mano de otra pequeña parábola para expresar lo que agrada al dueño (= el Señor) que, al volver y encontrar al siervo en su puesto de trabajo cumpliendo honestamente su voluntad, le asciende y le nombra incluso administrador de todas sus riquezas (w. 43ss). En cambio, con el siervo que se aprovecha de su lejanía para entregarse al festín del egoísmo, dando rienda suelta a su violencia prevaricadora y a sus instintos desordenados, el dueño se mostrará a buen seguro severo (w. 45ss). Pero la mayor severidad recaerá sobre aquellos que, por estar en condiciones de conocer más al Señor y penetrar en el sentido de su voluntad, en vez de entregarse a un cumplimiento lleno de amor se han comportando como el siervo infiel (w. 47ss).

 

MEDITATIO

Ciertamente, en ambas lecturas, pero sobre todo en el evangelio, nos avisa el Señor de que el amor de Dios por nosotros es exigente y de que la vida no puede ser vivida bajo el lema de la falta de compromisos. Ahora bien, ¿cómo evitar ese cansancio, esa especie de soñolencia en la vida espiritual que penetra a veces en los pliegues de nuestra vida?

Ante todo, se trata de abrir bien los ojos del corazón a las maravillosas riquezas de la llamada que, arraigada en el misterio de Cristo, libera en nosotros una gran capacidad de asombro y de amor. «A mí, el más insignificante de todos los creyentes -dice Pablo- se me ha concedido este don» (v. 8a). El apóstol percibe la amplitud y la profundidad de este don, y vive su asombro hasta comunicarlo, hasta persuadirme de que el designio del Padre -realizado en Cristo por amor a nosotros- es tal que puedo acercarme a él con plena confianza (cf v. 12).

Eso es: lo que importa es no descuidar la dimensión contemplativa que, por gracia del Espíritu Santo en nosotros, abre los ojos de nuestro corazón a los ricos y maravillosos horizontes de nuestra fe.

Si mi mirada es una mirada rejuvenecida cada día por el asombro producido por «la insondable riqueza de Cristo», no llegaré a sobrecargarme de ocupaciones y preocupaciones, ni me ahogaré de una manera eufórica en el éxito ni con signos de depresión en el fracaso, ni perseguiré consensos e intereses personales. Si me dejo aferrar por el maravilloso misterio de Cristo, que día tras día me revela y me narra la Palabra, no seré como el siervo descuidado que se olvida del regreso del Señor, no me entregaré a las incitaciones del egoísmo y de sus delirios, sino a las de una laboriosidad confiada en la gran fuerza que Jesús me da para que viva la alegría de hacer brillar, también ante los ojos de los hermanos, las maravillas de su amor.

 

ORATIO

Oh Padre, concédeme tu Espíritu, para que me enseñe a descubrir cada día las inenarrables riquezas de Jesús, tu Hijo unigénito, mi hermano mayor y Señor. No permitas que mi vida espiritual se vuelva asfíctica y se anquilose en pequeños espacios de agitado activismo, sin apertura de horizontes a las maravillas de tu proyecto, que es salvación para mí y para todos, en Cristo Señor.

Concédeme querer a cualquier precio espacios contemplativos en mis días frecuentemente quemados por el demasiado «hacer» en el interior del aparato de las lógicas mundanas. Fascíname de tal modo que el asombro que me produzcas me permita vivir trabajando con solicitud en la entrega de mí mismo, pero sólo por ti y por tu Reino.

 

CONTEMPLATIO

Con la ascensión, el cuerpo de Cristo, entrelazado con nuestra carne y con toda la carne de la tierra, ha entrado en el ámbito trinitario. Ahora lo creado está en Dios; es «su zarza ardiente», como dice Máximo el Confesor.

Al mismo tiempo, sigue sepultado en la muerte, en la opacidad y en la separación a causa del odio, de la crueldad y de la inconsciencia de los hombres. Hacerse santo es desplazar estas pesadas cenizas y hacer aflorar la incandescencia secreta, permitir a la vida, en Cristo, absorber la muerte.

Dice, en efecto, san Ambrosio: «En Cristo lo tenemos todo. Si quieres curar tus heridas, él es médico. Si ardes de fiebre, él es fuente. Si temes a la muerte, él es vida. Si aborreces las tinieblas, él es luz. Dichoso el hombre que espera en él» (O. Clément, Alie fonti con i Padri, Roma 1999, pp. 54ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «.Que resplandezca en mis acciones, oh Señor, tu misterio de vida y salvación».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La educación progresiva de nuestro pensamiento cristiano y su correlativo obrar (en proporción al estado y a la llamada recibida por cada uno) con respecto a todos los grandes problemas de la vida y de la historia, tiene que ver con lo que podríamos llamar la «sabiduría de la praxis». Esta última consiste sobre todo en la adquisición de hábitos virtuosos: unos hábitos que son necesarios todos ellos no sólo para actuar, sino también y en primer lugar para pensar correcta y exhaustivamente sobre los juicios y las consiguientes acciones que puedan exigir los problemas de las vicisitudes de la vida individual, familiar, social, política e internacional que el hoy presenta a la conciencia de cada uno y de la comunidad cristiana.

Es preciso reconocer que los resultados poco brillantes de las experiencias de los cristianos en la vida social y política no se deben tanto a la malicia de los adversarios, ni tampoco únicamente a las propias deficiencias culturales, como sobre todo a deficiencias de los hábitos virtuosos adecuados, y no sólo en el sentido de carencias de las dotes sapienciales necesarias para ver las direcciones concretas de la acción social y política. Justamente, creo que la causa de muchos fracasos ha sido, en primer lugar, la falta de sabiduría de la praxis: esa sabiduría que -supuestas las esenciales premisas teologales de la fe, la esperanza y el amor cristiano- requiere además un delicadísimo equilibrio de probada prudencia y de fortaleza magnánima; de luminosa templanza y afinada justicia, tanto individual como política; de humildad sincera y de mansa, aunque real, independencia en el juicio; de sumisión y, al mismo tiempo, deseo veraz de unidad, aunque también de espíritu de iniciativa y sentido de la propia responsabilidad; de capacidad de resistencia y, al mismo tiempo, mansedumbre evangélica (G. Dossetti, La parola e ¡I silenzio, Bolonia 1997, p. 93).

 

 

Jueves 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 3,14-21

Hermanos:

14 Doblo mis rodillas ante el Padre,

15 de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra,

16 para que, conforme a la riqueza de su gloria, os robustezca con la fuerza de su Espíritu, de modo que crezcáis interiormente.

17 Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que viváis arraigados y fundamentados en el amor.

18 Así podréis comprender, junto con todos los creyentes, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad

19 del amor de Cristo, un amor que supera todo conocimiento y que os llena de la plenitud misma de Dios.

20 A Dios, que tiene poder sobre todas las cosas y que, en virtud de la fuerza con la que actúa en nosotros, es capaz de hacer mucho más de lo que nosotros pedimos o pensamos,

21 a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por siempre y para siempre. Amén.

 

**• Pablo nos anunciaba ayer las maravillas del misterio del amor de Dios que, escondido durante siglos, ha sido revelado en Cristo. Hoy, del asombro que ejercía sobre él este misterio brota una vibrante oración de amor. El apóstol cae de rodillas ante el Padre, origen de toda familia en el cielo y en la tierra (v. 15), y le pide que los cristianos de Efeso sean robustecidos con poder en su interior por el Espíritu Santo (v. 16). Pablo pide en sustancia que su fe sea auténtica y vigorosa, para que Cristo habite en sus corazones y, por esta razón, pueda crecer en ellos el elemento típico y fundador de la pertenencia a Dios en Cristo Jesús: la caridad.

Pablo sabe que sólo los que están «arraigados y fundamentados en el amor» (v. 17), en comunión con los otros creyentes, se encuentran en condiciones de comprender «la anchura, la longitud, la altura y la profundidad» del amor que supera con mucho toda medida y categoría humanas (v. 18). Y es que, efectivamente, es por Dios y con la energía de Dios como podemos llevar a cabo nuestra estupenda vocación: la de ser colmados «de la plenitud misma de Dios» (v. 19).

Siempre con el impulso de una profunda admiración, Pablo expresa su alabanza a un Dios que tiene el poder de obrar cosas mucho más grandes de lo que requieren nuestras peticiones y nuestras mismas aspiraciones.

Sentimos vibrar en toda la perícopa un conocimiento del misterio de Dios que no es fruto del esfuerzo intelectual, sino de un amor estupefacto, que brota de una actitud profundamente interior y contemplativa.

 

Evangelio: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

49 He venido a prender fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviese ardiendo!

50 Tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y estoy angustiado hasta que se cumpla.

51 ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división.

52 Porque de ahora en adelante estarán divididos los cinco miembros de una familia, tres contra dos, y dos contra tres.

53 El padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera, y la nuera contra la suegra.

 

**• Por si acaso la oración de Pablo, leída en clave espiritualista, nos hubiera conducido por caminos aéreos no fundamentados en la realidad, la perícopa del evangelio de hoy está hecha adrede para hacernos caer de toda ilusión. No estamos dispuestos «naturalmente» a acoger toda «la plenitud misma de Dios»; la dilatación de nuestro corazón a las dimensiones de la vocación cristiana no es algo que tenga lugar por un proceso espontáneo. A esta plenitud no se llega sin el combate espiritual.

Jesús, que se declaró hasta tal punto por la paz que la convirtió en su saludo y en su don cada vez que se aparece como resucitado, está, sin embargo, decididamente en contra del pacifismo: contra ese pacifismo falso que es hijo de la equivocidad, de la confusión, de la cobardía, de la tristeza.

«¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues no, sino división» (v. 51). ¿Cómo? ¿No es el mismo Maestro y Señor el que, en su última intercesión por los suyos, oró al Padre para que estuvieran tan unidos que formaran «un solo corazón y una sola alma» (cf. Jn 17)? No se trata de una contradicción, sino de una profundización destinada a obtener una mayor claridad.

Precisamente para abrir su corazón y el ambiente en que vive a la paz de Cristo, que supera todo entendimiento, el seguidor de Jesús debe separarse de cuantos pertenecen, en la mente y en el corazón, a ese mundo que «yace bajo el poder del maligno» (1 Jn 5,19). «No es posible servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), dijo Jesús.

Pero aquí no se habla sólo del dinero, sino de cualquier otro ídolo que, hospedado a veces en la mente y en el corazón de sus mismos familiares, le impide al discípulo crecer en el Reino de Dios, fuente de la paz y del amor.

 

MEDITATIO

En una sociedad como la nuestra, en grave trance, donde reinan el alboroto y la superficialidad, es preciso que nos fortalezca el Espíritu en nuestra propia interioridad.

El riesgo que nos amenaza constantemente es el del aplanamiento, el de hacer oídos sordos a una llamada estupenda, como la que nos invita a colmarnos de toda la plenitud de Dios. Sin el asombro y la alegría que suponen el tomar conciencia de que estamos llamados a tan alta dignidad, sin el Espíritu, que -pedido en perseverante oración- viene a hacernos tomar conciencia en nuestro corazón de nuestras enormes riquezas, el ámbito de nuestra vida espiritual se convierte en un ámbito de esclavos.

Por otro lado, para que refulja en nosotros este tesoro adquirido y anunciado con la vida, es menester que la dimensión contemplativa de la Palabra respirada y vivida se haga concretamente posible a lo largo de nuestras jornadas. ¿Cómo? Con la espada de la que nos habla Jesús en el evangelio: nuestro libre y querido separarnos de la mentalidad corriente. Si la paz no equivale a pacifismo, tendré que hacer frente en ocasiones a la contradicción. En ciertos casos, deberé contradecir a los hombres para agradar a Dios. Allí donde se murmura de los ausentes, allí donde se hacen proyectos familiares o comunitarios «inclinados» a la mentalidad mundana dejando de lado la evangélica, allí donde se «roban» haberes sofocando al «ser» y privándole de tiempos y espacios para estar en silencio de adoración con Cristo..., en todos estos casos es preciso tener el coraje de la división.

Sin embargo, con mayor frecuencia tendremos que usar la espada sólo dentro de nosotros: contra el deseo de sobresalir, de ser el centro de afecto y de consensos, contra el desencadenamiento de las pasiones, que, si les damos rienda suelta, obnubilan la mente y el corazón, impidiendo la alegría de la contemplación, de la verdadera vida, que, en cierta medida, ya es bienaventuranza aquí abajo y remisión a aquel amor que ya no tendrá límites en la vida eterna.

 

ORATIO

Me arrodillo ante ti, oh Padre, de quien procede todo don en el cielo y en la tierra. Y te pido que derrames en mí tu Espíritu, para que me despierte a una fe viva que, por la gracia del Señor Jesús, inhabitando en lo más hondo de mi corazón, me permita comprender algo del amor de mi Dios, que supera toda posibilidad humana de conocer.

Concédeme, oh Padre, cada día el asombro y la veneración de este amor desmesurado. Concédeme la certeza de que tú, con el poder que ya obra en mí y en toda la Iglesia, recibes gloria: incluso a través de mi pequeñez, más allá y por encima de todas mis aspiraciones, si persevero en la lucha contra mi ego y sus mezquinas exigencias, sostenido por tu Espíritu que es Amor.

 

CONTEMPLATIO

Decía santa María Magdalena de Pazzi a sus hermanas: «¿No sabéis que mi Jesús no es otra cosa que amor; más aún, un loco de amor? Sí, un loco de amor en su entregarse en la cruz. Y siempre lo diré. Eres absolutamente amable, fuerte y alegre. Confortas, alimentas y unes.

Eres pena y refrigerio; fatiga y reposo; muerte y vida al mismo tiempo. Por último, ¿qué es lo que no hay en ti? Eres sabio y alegre, grande, inmenso, admirable, impensable, incomprensible, inexpresable. ¡Oh amor, amor!».

Y, dirigiéndose al cielo, decía: «Dame tanta voz, oh Señor mío, que, al llamarte, sea oída desde Oriente a Occidente, para que seas conocido y amado como el verdadero amor. Tú, que eres el único que penetras, traspasas y rompes, ligas, riges y gobiernas todas las cosas, tú eres cielo, tierra, fuego, aire, sangre y agua; tú, Dios y hombre» (M. Buber, Confessioni estatiche, Milán 1987, p. 74).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aumenta mi fe, Señor: hazla operante en la caridad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El poder de la fe suscitará un nuevo tipo de hombre capaz de dominar su propio poder. Para ello hace falta la fuerza desnuda del espíritu animado por el Espíritu; es necesario crear, siguiendo la estela de la fe y la contemplación, un auténtico estilo de humilde y fuerte soberanía. Una nueva santidad, una santidad hecha de ruptura ascética y transfiguración cósmica, nos permitirá, con el ejemplo y también con una misteriosa transfusión, un cambio progresivo de las mentalidades y la posibilidad de una cultura que sirva de mediación entre el Evangelio y la sociedad, entre el Evangelio y el orden político.

En el fondo, no se trata de negar la violencia, sino de canalizarla y transfigurarla, como hizo la Iglesia en la alta Edad Media al transformar al guerrero salvaje en caballero, al ¡efe cruel y despótico en «santo príncipe». Para esto se hacen necesarias la ascesis y la aventura, «la lucha interior más dura que una batalla entre hombres», el gusto por servir y crear, la exigencia de iluminar la vida con la belleza «que engendra toda comunión», como decía Dionisio el Areopagita (O. Clément, Il potere crocifisso, Magnano 1999, pp. 55ss).

 

 

Viernes 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,1-6

Hermanos:

1 Así pues, yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados.

2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor.

3 Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu.

4 Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados;

5 un solo Señor, una fe, un bautismo;

6 un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.

 

**• Si hasta aquí el tono de la carta era el de un admirado asombro contemplativo, desde esta perícopa en adelante prevalece el tono de la exhortación. Pablo se presenta como «el prisionero por amor al Señor» (v. 1), cuya autoridad deriva no sólo de ser apóstol, sino de haber aceptado también las «cadenas» (6,20), obedeciendo lo que puede exigir la vocación cristiana.

Su invitación no obedece a situaciones particulares de los destinatarios, sino que va dirigida al cristiano en cuanto tal, sin que importe la condición sociopolítica y temporal a la que pertenezca. Responde, por consiguiente, también a nuestras condiciones y a las exigencias de nuestros días. Se trata, ante todo, de la invitación a dar una respuesta plena y coherente a la belleza y nobleza de la vocación que acaba de describir.

Es interesante señalar que las cualidades de una vida comprometida con la realización de esta vocación están ordenadas a la unidad. La humildad, la amabilidad, la paciencia, la aceptación recíproca y cordial (v. 2), son elementos absolutamente necesarios para hacer este camino que es, a renglón seguido, obra de unificación perseguida por el Espíritu, en cada uno y en todos, en todos los ámbitos: el personal, el comunitario y el eclesial.

El apóstol insiste en este fascinante tema del «uno», pero, a diferencia de los filósofos neoplatónicos, lo hace en clave trinitaria. Uno es «el cuerpo» místico (la Iglesia), una es «la esperanza» -horizonte de luz abierto en nosotros por la llamada-, uno es «el bautismo» y una «la fe»; uno es, a continuación, «el Señor» Jesús, uno es «el Espíritu» y uno solo «el Padre de todos», fuente de amor que obra en todos y por medio de todos. La unidad en la Trinidad es fundamento y exigencia de la unidad visible, práctica a la que deben tender los cristianos bajo todos los cielos y en cualquier época.

 

Evangelio: Lucas 12,54-59

En aquel tiempo,

54 se puso Jesús a decir a la gente: -Cuando veis levantarse una nube sobre el poniente decís en seguida: «Va a llover», y así es.

55 Y cuando sentís soplar el viento del sur, decís: «Va a hacer calor», y así sucede.

56 ¡Hipócritas! Si sabéis discernir el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo es que no sabéis discernir el tiempo presente?

57 ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?

58 Cuando vayas con tu adversario para comparecer ante el magistrado, procura arreglarte con él por el camino, no sea que te arrastre hasta el juez, el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel.

59 Te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.

 

**• Jesús reprocha vigorosamente a la gente de su tiempo que sepa interpretar los signos meteorológicos anunciadores del buen tiempo y del malo, pero ande muy lejos de comprender el signo por excelencia de su tiempo, que es él mismo, el Unigénito enviado por el Padre para la salvación de todos.

Comprender el tiempo que se está viviendo significa comprender las intenciones de Dios, que, en cada tiempo, especialmente por el misterio de la Iglesia y de sus sacramentos, hace actual el misterio de Jesús con toda su eficacia de salvación.

Ser capaz de prever a partir de un determinado elemento meteorológico -por ejemplo, a partir del viento del sur- que hará calor comporta una atención específica e interesada. Ahora bien, si el corazón no presta atención a atisbar la importancia del tiempo como tiempo para ejercitar la justicia y la caridad dentro de las propias relaciones personales, se corre un gran riesgo. Es una invitación a reconciliarnos de inmediato y a fondo con aquellos con los que no estamos en paz, porque, si nos dejamos atrapar en el remolino de la falta de perdón, no saldremos indemnes. Es como si Jesús dijera que el signo del tiempo por excelencia, que es Jesús, es signo de salvación, pero sólo para quien se compromete con una vida reconciliada: de paz, de justicia y bondad.

 

MEDITATIO

Es importante comprender los signos de los tiempos, porque en el tiempo -y no fuera de él, en la ahistoricidad- es posible comprender las intenciones de Dios. Él, con su próvido amor, actúa en todo tiempo. Y me llama, en este tiempo que me ha sido dado, a leer los signos de salvación y también los de perdición, ambos típicos del «hoy». El signo por excelencia es siempre, evidentemente, Cristo, con su misterio pascual. Él me salva a medida que, leyendo los signos y confrontándolos con la Palabra, dejo que esta última dé fruto en mí y en mi tiempo, porque, al ponerla en práctica, permito al poder de Dios que obre más allá de mis expectativas.

A buen seguro, un gran signo positivo de nuestro tiempo es la globalización, el paso de un mundo dividido y fragmentado a ese otro al que M. McLuhan, gran teórico de la comunicación, ha llamado «aldea global». Pues bien, los mismos instrumentos de comunicación, cada día más poderosos, pueden facilitar enormemente la unificación y, por consiguiente, la paz del mundo.  Ahora bien, ¿con qué condiciones? Sólo con la condición de que la persona humana (en particular el creyente) intente salir de la fragmentación del individualismo y llegue a la unificación de su persona. Si mi vocación es la de ser consciente de que, por la fe, Cristo habita en mi corazón y así, arraigado y fundamentado en su caridad, puedo ser nuevamente colmado de toda la plenitud de Dios, es en él donde me voy unificando en el corazón y en todas las facultades y potencias, en toda mi persona. ¿Los medios? San Pablo nos los acaba de indicar: la humildad, la amabilidad, la paciencia, el soportarse los unos a los otros con amor.

Buscar todo lo que une y prescindir de lo que divide, como decía y practicaba el papa Juan XXIII, es la clave que tenemos al alcance de nuestra mano para entrar e ir realizando, día a día, un proyecto de unificación personal y comunitario, eclesial, social y... planetario.

De este modo, también mi tiempo, que se encuentra sustancialmente bajo el signo de Jesús, se convierte para mí en un tiempo de días claros, soleados por su salvación y por mi hacerme, en él y con él, instrumento de unidad y de paz.

 

ORATIO

Te pido, Señor, que me ayudes a prestar atención a los signos de mi tiempo. Sobre todo a través del Espíritu Santo, que, en la Santísima Trinidad, es vínculo de unión sustancial, haz que yo viva y obre apasionándome por la causa de la unidad como respuesta a ese signo de mi tiempo que es la aspiración a la unificación del mundo.

Para ello, sin embargo, te ruego que me concedas un corazón leal y animoso, a fin de que quiera convertir, mi ser, dividido y fragmentado con frecuencia, a la «única cosa necesaria»: amarte a ti, Señor, y amar a todos y a cada uno en ti y por ti. Haz que prescinda de todo lo que es causa de división y acoja y potencie todo lo que une en el signo de tu poder obrador de salvación: tu muerte y resurrección.

 

CONTEMPLATIO

Oh Trinidad, mi bien único, eres fuego que siempre arde y no se consume; fuego que quemas con tu calor todo amor propio del alma; fuego que hace desaparecer toda frialdad, fuego que ilumina. Con tu luz me has hecho conocer tu verdad: tú eres la luz superior a cualquier otra luz que ilumine el ojo del intelecto, con tanta abundancia y perfección que incrementas en claridad la luz de la fe. A través de esta fe veo que mi alma tiene vida, y, gracias a esta luz, te recibe a ti, fuente de la luz.

A la luz de la fe adquiero la sabiduría a través de la sabiduría del Verbo, tu Hijo; a la luz de la fe espero...

Esta luz es, verdaderamente, un mar, porque alimenta el alma en ti, mar de paz, Trinidad eterna. Tu agua es un espejo por medio del cual quieres que yo te conozca, ya que, mirando en este espejo, manteniéndolo con la mano del amor, ésta representa en ti a mí, que soy tu criatura, y representa a ti en mí por la unión que has hecho de la naturaleza divina con nuestra humanidad (Catalina de Siena, Dialogo della divina Provvidenza, Bolonia 1989, p. 468 [edición española: El diálogo, Ediciones Rialp, Madrid 1956]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédeme vivir unido contigo, conmigo y con todos con el vínculo de la paz».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos» (Jn 13,35). «Los unos a los otros», dice Cristo, no dice «a Dios». Nuestro amor a Dios sólo lo atestigua el amor fraterno. En efecto, «quien no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve» (1 Jn 4,20). Los buenos sentimientos de amor a Dios pueden producir ilusión, pero no así el amor fraterno. Por eso seremos juzgados por nuestro amor activo, por nuestro amor a todos los hombres indigentes que encontremos en nuestro camino [cf. Mt 25,31-46). Si de verdad nos hemos dejado reconciliar por Cristo Jesús con Dios, también debemos estar reconciliados entre nosotros; debemos recurrir a todo, a fin de que se recomponga también la unidad externa de la cristiandad, que internamente no hemos perdido nunca, dado que hemos sido redimidos en Cristo.

Esta unidad interna debe ser resorte vivo para la convivencia fraterna de todos los cristianos, y entonces el amor a Cristo nos liará recobrar también la unidad externa como testimonio y anticipación de aquella unidad en la que nosotros y todos los hombres de buena voluntad seremos asumidos de manera bienaventurada para toda la eternidad en la gloria del Padre («P. Seethaler», en F. W. Bautz [ed.], La parola della croce, Asís 1969).

 

 

Sábado 29ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,7-16

Hermanos:

7 A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo.

8 Por eso dice la Escritura: Al subir a lo alto llevó consigo cautivos, repartió dones a los hombres.

9 Eso de «subió» ¿no quiere decir que también bajó a las regiones inferiores de la tierra?

10 Y el que bajó es el mismo que ha subido a lo alto de los cielos para llenarlo todo.

11 Y fue también él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas y a otros pastores y doctores.

12 Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo,

13 hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo.

14 Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar por cualquier viento de doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en el arte del error.

15 Por el contrario, viviendo con autenticidad el amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo.

16 A él se debe que todo el cuerpo, bien trabado y unido por medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propia de cada miembro, vaya creciendo y construyéndose a sí mismo en el amor.

 

*• Pablo acaba de hablar hace un momento de la belleza y la importancia que tiene sentirnos partícipes de un solo cuerpo, la Iglesia, y ha exaltado la dimensión de la unidad. Ahora, en cambio, despliega su argumentación en favor de la variedad y riqueza de los dones que, distribuidos por Cristo en su ascensión al cielo, quedan personalizados.

El apóstol ejemplifica diciendo que Jesús, después de haber subido por encima de todo para «llenar» -de vida y gracia sobreabundante, como es obvio- todas las cosas, ha llamado a algunos para entregarles el don de constituirles apóstoles, ha llamado a otros para constituirles profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores. Cada uno tiene un don relacionado con su tarea específica, pero todos y todo está ordenado, a continuación, al crecimiento armónico del «cuerpo de Cristo» (v. 12), que es la Iglesia. Los individuos están dotados de su carisma para beneficio de toda la comunidad cristiana. En la medida en que cada uno los administre como es debido, obrando «con autenticidad el amor» (v. 15), todos y cada uno realizarán en «plenitud la talla de Cristo» (v. 13), que procede del tender constantemente a él, «que es la cabeza» (v. 15b).

Pablo subraya la belleza de la consecución de la plenitud de esta talla que procede de vivir de manera solidaria, en beneficio del crecimiento de todo el cuerpo presidido por la caridad. Lo contrario, que el apóstol denuncia y contra lo que pone en guardia, es el desordenado e infantil dejarse llevar por todas las olas y todos los vientos de pensamiento que estén de moda, arrastrados por hombres que obran el engaño con tal astucia que, casi sin que medie pensamiento alguno, lleva al error (v. 14).

También se puede ahondar en este tema de la tensión entre la diversidad y la unidad leyendo 1 Cor 12,4-21, donde Pablo habla de carismas más extraordinarios.

 

Evangelio: Lucas 13,1-9

En aquel tiempo,

1 llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían.

2 Jesús les dijo: -¿Creéis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás?

3 Os digo que no; más aún, si no os convertís, también vosotros pereceréis del mismo modo.

4 Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé, ¿creéis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

5 Os digo que no, y, si no os convertís, todos pereceréis igualmente.

6 Jesús les propuso esta parábola:

-Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero, cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró.

7 Entonces dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?

8 El viñador le respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono,

9 a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás».

 

*+• Jesús está muy atento a la vida, a la historia. En efecto, la ocasión de la enseñanza que ofrece aquí se la brinda una doble noticia de sucesos (w. 2.4). Pilato ha hecho matar a unos galileos mientras ofrecían sacrificios en el templo. Es probable que la causa que desencadenó esa orden fuera la oposición de los galileos a su disposición de usar los fondos del tesoro del templo para construir un acueducto.

De esta noticia y de la otra, referente a la muerte de dieciocho personas por el desplome de la torre de Siloé, extrae Jesús dos consideraciones importantes: en primer lugar, el hecho de que urge siempre, de todos modos, convertirse (w. 3.5). De lo contrario, el punto de llegada es la perdición. No hay escapatoria. La segunda consideración es que Dios no es un «castigador» que esté esperando un fallo nuestro para castigarnos. Sería, pues, necio por nuestra parte «interpretar» los hechos calamitosos de la existencia -la nuestra y la de los otros- en clave de castigo divino. El tiempo de la vida es el que es. No sabemos cuándo acabará el nuestro. En consecuencia, siempre es tiempo de «dar fruto» de buenas obras, precisamente mientras tengamos tiempo.

La otra pequeña parábola, la del hombre que busca frutos en la higuera que ha plantado en su viña, completa la enseñanza sobre la conversión, manifestando otro aspecto importantísimo: la paciencia de Dios, su inmensa misericordia y su voluntad de salvación. Ciertamente, la higuera alude a Israel, que se muestra infructuoso en su constante alejamiento de Dios (cf. Is 5,1-7; Jr 8,13). Pero la prolongación del plazo para cortarla y los amorosos cuidados («déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono»: v. 8) expresan la mediación salvífica llevada a cabo por Jesús y por su intercesión ante el Padre: no sólo por Israel, sino por todos nosotros.

 

MEDITATIO

Para que «dé fruto», es menester que el árbol haya llegado a su plena madurez. Ésta es la conexión entre el evangelio de hoy y la primera lectura, en la que Pablo presenta la enseñanza de la continua conversión al hilo de la adquisición de la plena madurez (a la talla de Cristo) abriéndose al misterio de Cristo. En un mundo que se ha vuelto opaco por tanto egoísmo y está encerrado en el cálculo más mezquino y en el individualismo, es importante que yo descubra los «dones» que Dios me ha dado.

Me sentiré amado y enriquecido por lo que es específico de mi persona, me sentiré amado y llamado. Lejos de seguir los caminos de la lógica mundana, que está a favor de la isla feliz del «hago lo que quiero y me place», actualizaré la invitación que me lanzan a que aproveche mis días y la misericordia de Dios para convertirme. ¿Convertirme a qué? Al misterio de Cristo como cuerpo místico del que yo soy miembro. Convertirme a vivir «con autenticidad el amor» (v. 15), pero en solidaridad con los otros miembros del cuerpo de Jesús, colaborando al bien de todos con la energía que me da el Espíritu Santo, potenciando mis dones naturales.

Hoy intentaré hacer balance. ¿Me demoro tal vez aún como un niño «traqueteado» por cualquier lógica mundana o me dejo «llenar» de gracia, identificando bien cuál es mi llamada personal, que, sin embargo, percibo cada vez mejor como un don destinado al desarrollo armónico de la totalidad del cuerpo: la Iglesia?

 

ORATIO

Señor Jesús, me considero un árbol granuja: tardo siempre mucho en dar frutos de conversión. Me asombra la belleza de tu misterio y me siento repleto de gratitud cuando pienso en mi vocación personal y en tus dones. Tú, no obstante, ayúdame a reconocerlos como tales y a vivirlos en el interior d e una dinámica de verdadera conversión.

Hazme, pues, respirar y obrar con autenticidad el amor. Siempre, en todas partes y con todos. Y hazme crecer en todo dirigido a ti, aprovechando la energía de tu Espíritu, para que pueda «romper» con las lógicas de este mundo y abrirme de par en par al espíritu de plena colaboración, solidario con c a d a hermano que busque el bien, a fin de que crezca tu Reino: levadura, sal y luz del mundo.

 

CONTEMPLATIO

Señor,

te lo suplico,

llámame a tu juicio.

Que tu juicio me libere,

que tu luz separe la luz de la noche,

que tu espada separe la vida de la muerte,

que tu Palabra me diga lo que eres

y lo que no eres,

que tu mirada aleje de mí lo que no eres tú.

Que tu fuego destruya, funda y queme

el mal entretejido en mí, que me martiriza;

el mal reprimido en mí en la raíz y en las fibras

de tu vida crucificada.

Que tu amor llame, suscite

mi rostro en el que puedo reconocer tu vida.

Señor,

te lo suplico,

libérame

(M. Emmanuelle, Seníieri ddl'Invisibile, Milán 1997, p. 95).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Hazme vivir, Señor, la autenticidad en la caridad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Evangelio se difunde por contagio: uno que ha sido llamado llama a otro. Si he conocido a Jesús y su inmenso amor por mí, el cuidado que tiene de mi vida, intentaré vivir el «sermón de la montaña», el espíritu de las bienaventuranzas, el perdón, la gratuidad; y la gente que vive a mi alrededor, antes o después, me preguntará: ¿cómo es que vives así? Un estilo de vida que no excluye a nadie, que no rechaza a nadie, que es camino de seguimiento de Jesús, es el primer modo de contagiar a los otros.

Por eso depende de mí, de cada uno de vosotros, que la Iglesia sea cada vez más expresión de la incansable carrera que el Evangelio desarrolla en la historia. Depende de nuestro vivir el Evangelio como don interior que hace la vida bella y luminosa, que hace gustar la paz y la calma en el espíritu. Y es que, desde lo íntimo del corazón, el Evangelio se difunde a la totalidad de nuestra propia vida personal cual fuente de sentido y de valores para la vida cotidiana, y con ello las acciones de cada día se enriquecen de significado, los gestos que realizamos adquieren verdad y plenitud.

Las páginas de la Escritura iluminan los acontecimientos de la jornada, lá oración nos conforta y nos sostiene en el camino, los sacramentos nos hacen experimentar el gusto de estar en Jesús y en la Iglesia. Se abre aquí el espacio cíe una caridad que me impulsa a amar como Jesús me ha amado, y el espacio de la vida de la comunidad cristiana se convierte en lugar de significados y de valores que despejan el camino y de gestos que llenan la vida. Nace la posibilidad de entretejer relaciones auténticas, de crecer en la verdadera comunión y en la amistad (C. M. Martini, // Padre di tutti, Bolonia-Milán 1 999, p. 466).

 

Lunes 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,32-5,8

Hermanos:

32 Sed más bien bondadosos y compasivos los unos con los otros y perdonaos mutuamente, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo.

5,1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos suyos muy queridos.

2 Y haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo, que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios.

3 En cuanto a la lujuria o cualquier clase de impureza o avaricia, que ni siquiera se nombren entre vosotros, pues así corresponde a creyentes.

4 Y lo mismo hay que decir de las palabras torpes y las conversaciones estúpidas o indecentes que están fuera de lugar. Ocupaos más bien de dar gracias a Dios.

5 Porque habéis de saber que ningún lujurioso o avaro -que es como si fuera idólatra- tendrá parte en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.

6 Que nadie os seduzca con razonamientos vanos; son precisamente estas cosas las que encienden la ira de Dios contra los hombres rebeldes.

7 No os hagáis, pues, cómplices suyos.

8 En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Portaos como hijos de la luz.

 

*• El bautizado vive en Cristo (cf. Ef 2,10), es morada del Espíritu (cf. 2,22); sus acciones deben estar en armonía con la verdad y la caridad (cf. 4,15) y deben corroborar la unidad de la comunidad (cf. 4,16). La benevolencia, la misericordia, el perdón recíproco, son las actitudes que califican las relaciones entre cristianos.

Éstos son conscientes de haber recibido gratuitamente el amor de Dios en Cristo (4,32). Pablo exhorta a los creyentes a actuar como actúa Dios. Nos vienen a la mente aquellas palabras de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Le 6,36). Los cristianos, convertidos en hijos adoptivos de Dios, han de vivir ese amor del que Jesús dio ejemplo con su entrega total (Ef 5,2; cf. Jn 15,13).

Dicho de manera negativa, la auténtica vida nueva en Cristo comporta el abandono de las costumbres y tendencias que no se corresponden con el amor. Pablo enumera aquí una serie de acciones que, por manifestar una relación desordenada con la sexualidad y con los bienes, ignoran el único señorío de Jesucristo y del Padre (w. 3-5). El placer y el tener, convertidos en ídolos, las palabras torpes y las conversaciones estúpidas que llevan a la vulgaridad: todo eso no puede ser más que objeto de condena por parte de Dios y motivo de exclusión de su Reino. De ahí la invitación apremiante del apóstol, a fin de que los efesios que se han hecho cristianos no sigan a los que intentan asociarlos a su propia rebelión contra Dios y volver a llevarlos al primitivo estado prebautismal en el que antes se encontraban (w. 6ss). Tras haber sido iluminados por la gracia del sacramento, ya no han de vivir en las «tinieblas» de la lejanía de Dios, sino en la «luz» de la comunión con él, de quien ahora son hijos (v. 8; cf. Jn 8,12).

 

Evangelio: Lucas 13,10-17

En aquel tiempo,

10 estaba Jesús enseñando en una sinagoga un sábado

11 y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba poseída por un espíritu que le producía una enfermedad; estaba encorvada y no podía enderezarse del todo.

12 Jesús, al verla, la llamó y le dijo:

-Mujer, quedas libre de tu enfermedad.

13 Le impuso las manos y, en el acto, se enderezó y se puso a alabar a Dios.

14 El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús curaba en sábado, empezó a decir a la gente:

-Hay seis días en que se puede trabajar. Venid a curaros en esos días y no en sábado.

15 El Señor le respondió:

-¡Hipócritas! ¿No suelta cada uno de vosotros su buey o su asno del pesebre en sábado para llevarlo a beber?

16 Y a ésta, que es una hija de Abrahán a la que Satanás tenía atada hace dieciocho años, ¿no se la podía soltar de su atadura en sábado?

17 Al hablar así, quedaban confusos todos sus adversarios, pero toda la gente se alegraba por los milagros que hacía.

 

*•• Jesús está en marcha hacia Jerusalén (cf Le 9,51), lugar donde tuvo comienzo su manifestación (cf. 2,22ss; 2,4 lss) y donde se consumará su misión salvífica (cf. 13,33; 19,28ss). Lucas sitúa en el interior de este gran viaje las enseñanzas de Jesús a sus discípulos. Éstos están llamados a recorrer de nuevo su mismo camino, volviendo a partir de Jerusalén (cf. 24,47; Hch 1,8).

El milagro de la curación de la mujer encorvada sólo lo narra Lucas. La curación realizada en sábado presenta la ocasión de afirmar el aspecto central del mensaje evangélico: el amor de Dios revelado por Jesús libera al hombre de las estrecheces de una ley que, entregada para asegurar la libertad, había terminado por hacerlo esclavo. Se trata de un amor gratuito, como la curación de esta mujer, que no la había pedido (v. 12).

La ley del sábado, convertida durante el período postexílico en el fulcro de la religiosidad judía, había perdido la motivación originaria del tiempo sagrado por la comunión con Dios. La casuística rabínica había asimilado ciertas acciones, como las de llevar a cabo curaciones, a la prohibición de realizar cualquier trabajo, una prohibición sólo derogable en caso de peligro para la supervivencia. Jesús, con su gesto gratuito, afirma que el sábado está al servicio de la vida: para quien ama a Dios, no hacer el bien equivale a hacer el mal. Y, efectivamente, es un «mal» el desdén del jefe de la sinagoga (v. 14), así como los pensamientos rencorosos, fácilmente adivinables, de los adversarios de Jesús, para quienes el anuncio del Reino de Dios se resuelve en vergüenza y confusión (v. 17a).

Jesús, cuya palabra realiza lo que dice y cuyos gestos son sencillos (v. 13) en comparación con los de los taumaturgos orientales, se presenta como el liberador del espíritu maligno -considerado como origen del mal- que deforma la imagen divina del hombre (cf. Gn l,26ss) haciéndolo esclavo, incapaz de levantar la mirada a su Creador (cf. Sal 121,1; 123,1). El hombre, restituido a la dignidad de la relación vital con Dios, está nuevamente colmado de alegría y, viviendo en plenitud su existencia, da gloria a su Señor y Salvador, exaltando su maravilloso obrar (w. 13b. 17b).

 

MEDITATIO

Los cristianos son personas liberadas de la opresión del carácter finito de las criaturas: éste ya no es obstáculo que impida la relación personal con Dios, porque Dios mismo la ha hecho posible y la ha manifestado en el Señor Jesús. Los cristianos han sido liberados de todo vínculo que dificulte la convivencia humana: el único vínculo es el amor, que promueve la vida de todos, porque anima a cada uno a hacer el bien. ¿Cómo atestiguar este don de libertad?

Hay una elección precisa que, en cuanto cristiano, debo llevar a cabo en la vida de cada día: la de comportarme como se comportó Jesús. Misericordia, perdón, benevolencia: ésos son los atributos de Dios que estoy llamado a hacer visibles en mi ambiente. Con todo, me doy cuenta a menudo de que, siendo misericordioso, teniendo un corazón benévolo, intentando perdonar..., me pongo a contracorriente respecto a la mayoría y me encuentro solo. Parece paradójico: ¿es que acaso vivir en comunión con Dios me aleja de los otros?

Es así, porque la propuesta de un amor que se da por completo a sí mismo parece incómoda, mientras que la riqueza y el sexo fáciles parecen seductores. Yo, cristiano de hoy, ¿de qué parte me encuentro?

 

ORATIO

Cuántas veces ni siquiera te pido que me ayudes a mirar hacia arriba, Señor, y finjo estar satisfecho con mi mirada a ras de tierra... Cuántas veces me digo que, después de todo, no es tan malo escarbar en la superficialidad y camuflo el vacío que experimento con ebriedades epidérmicas...

¡Señor, toma tú una vez más la iniciativa! Despierta en mí la conciencia de ser como tú me has hecho con el bautismo: hijo libre de amar, capaz de gestos que son chispas de luz en las tinieblas de la mezquindad y del egoísmo. Señor, salvador de mi vida.

 

CONTEMPLATIO

La perfección de la vida cristiana consiste en unirnos con el alma, con las palabras y con los hechos de la vida misma a todos los términos que explican el nombre de Cristo. Alguien podría objetar que este bien es difícilmente realizable, puesto que sólo el Señor de lo creado es inmutable, mientras que la naturaleza humana es mutable y está inclinada a los cambios. El hombre no es mutable sólo en relación con el mal. La más bella manifestación de la mutabilidad está representada por el crecimiento en el bien: el ascenso a una condición mejor convierte en un ser más divino a quien se transforma en sentido bueno. Lo que nos parece temible (hablo de la mutabilidad de nuestra naturaleza) es, en realidad, un ala adaptada al vuelo hacia las cosas más excelsas.

La verdadera perfección consiste, en efecto, precisamente en esto, en no detenerse nunca en el propio crecimiento y en no circunscribirlo dentro de un límite (Gregorio de Nisa, Fine, professione e perfezione del cristiano, Roma 21996, pp. 113-115, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Cristo me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí» (cf. Ef 5,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Existe una vida escondida en el hombre que sostiene su esperanza. ¿Serás capaz de prestarle atención? Sin esa esperanza, arraigada en el centro de tu corazón, sin ese ir más allá de tu persona, pierdes el gusto de avanzar. No se trata de una esperanza que es pura proyección de tus deseos, sino de esa que conduce a vivir lo inesperado, incluso en situaciones sin vía e salida. Esta esperanza engendra un impulso de creatividad: este impulso destruye los determinismos de la injusticia, del odio, de la opresión. En íntimo coloquio, se trata de una esperanza que procede de Otro y que puede reinventar el mundo.

Cuando pones el centro del universo en ti mismo, te hundes en el egocentrismo y se dispersan las energías de la creatividad y del amor. Para trasladar a otro lugar ese centro y para que en él se encienda el amor, dispones del mismo fuego que cualquier otro hombre posee en la tierra: el Espíritu que está dentro de ti.

Deja que sus impulsos, su espontaneidad, sus inspiraciones, se despierten y verás que tu vida se vuelve fuerte y densa. Una vez situado en las vanguardias de la Iglesia, ¿serás portador de agua viva? ¿Apagarás la sed del que busca la fuente?

No basta con el deseo de ser servidor de la paz y de la justicia para llegar a serlo. Es preciso subir a la fuente y reconciliar en nosotros mismos lucha y contemplación. ¿Quién podría aceptar ser un conformista de la oración, de la justicia o de la paz? ¿Quién podría soportar que se dijera de él: dice, pero no hace? Dice «Señor, Señor», pero no hace su voluntad; dice «Justicia, justicia», pero no la practica; dice «Paz, paz», pero dentro de él está la guerra (R. Schutz, Vivere l'inesperato, Brescia 21978, pp. 7-9, passim).

 

 

Martes 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 5,21-33

Hermanos:

21 Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo.

22 Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor;

23 pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y al mismo tiempo salvador del cuerpo, que es la Iglesia.

24 Y como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos.

25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella

26 para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la Palabra.

27 Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e inmaculada.

28 Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama,

29 pues nadie odia a su propio cuerpo; antes bien, lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia,

30 que es su cuerpo, del cual nosotros somos miembros.

31 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y llegarán a ser los dos uno solo.

32 Gran misterio éste, que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia.

33 En resumen, que cada uno ame a su mujer como se ama a sí mismo y que la mujer respete al marido.

 

*•• Después de haber hablado de una manera difusa sobre la vida nueva de los bautizados (cf. Ef 4,17-5,20), Pablo concentra ahora su propia atención sobre las relaciones en el interior de la familia (5,21-6,9). El v. 21 nos ofrece la clave de lectura de toda la sección: el cristiano, unido a Cristo por el bautismo, imprime el servicio y la obediencia a todas sus relaciones con los demás.

Nuestro pasaje considera la relación marido-mujer. Pablo desarrolla una doble comparación: como Cristo ama a la Iglesia, se entrega a sí mismo por ella y le dispensa todas las atenciones, así ha de hacer el marido con su mujer (v. 25); como la Iglesia responde al amor de Cristo con la obediencia y la sumisión, así la mujer respecto al marido (w. 22-24). El amor de Cristo a la Iglesia ha de ser, por tanto, el modelo de la unión conyugal: éste es el gran misterio que anuncia el apóstol (v. 32).

Las alusiones bautismales (v. 26: consagración, purificación, palabra) motivan e iluminan las exhortaciones. En el bautismo ha mostrado Cristo su amor a la Iglesia haciéndola pura, espléndida, digna de ser su esposa. Nada puede ocultar su belleza o servir de pretexto para el repudio: él lo garantiza (w. 26a.27). La exhortación a amar a la esposa dirigida al marido está reforzada con el ejemplo del cuerpo (v. 28): la mujer es parte del cuerpo del hombre, dado que el vínculo matrimonial hace de dos una sola carne, así como la Iglesia forma parte del único cuerpo de Cristo. «Alimentar» y «cuidar» expresan las acciones propias del amor que tutela la vida (w. 29-31).

La insistencia en la sumisión recomendada a la mujer (w. 22.24.33) tiene que ser comprendida en el contexto de la sociedad patriarcal, en la que la supremacía masculina estaba fuera de discusión y la mujer era considerada propiedad del marido (cf Ex 20,17b). Con la fuerte acentuación del paralelismo entre la relación marido- mujer y la relación Cristo-Iglesia, la concepción patriarcal de las relaciones conyugales asume tonos absolutamente nuevos: la sumisión al marido, a quien se exhorta repetidamente a que ame a su mujer, parece asumir el significado de una respuesta al amor ofrecido, más que el de una pasiva sumisión a una autoridad reconocida como de derecho natural.

 

Evangelio: Lucas 13,18-21

En aquel tiempo,

18 Jesús añadió:

-¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué lo compararé?

19 Es como un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerto; creció, se convirtió en árbol y las aves del cielo anidaron en sus ramas.

20 De nuevo les dijo:

-¿Con qué compararé el Reino de Dios? 21 Es como la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

 

•*• Jesús, al curar en sábado a la mujer encorvada (cf. Le 13,10-17), se manifestó como Señor del tiempo: él es el «hoy» de la salvación que se lleva a cabo en el amor. El Reino de Dios está presente entre los hombres (cf. 17,21). Las parábolas que siguen -las que componen el fragmento litúrgico de hoy- ilustran dos características peculiares del Reino de Dios: su gran expansión y su fuerza transformadora.

Entre los numerosos relatos parabólicos que, en la construcción lucana, cubren el viaje de Jesús hacia Jerusalén, sólo las dos parábolas que acabamos de leer se refieren directamente al Reino de Dios. Ponen de manifiesto su gran expansión en el mundo, fruto de la obra evangelizadora délos discípulos, obedientes al mandato recibido del Maestro (cf. 24,45-49; Hch 1,8). Los modestos comienzos que caracterizan el ministerio de Jesús tienen, pues, un gran desarrollo: la difusión de la Palabra de Dios, que resuena en todo el mundo y de la que todos reciben vida, es comparable al árbol cósmico de Dn 4,7a-9, cuya imagen recuerda el crecimiento del arbusto de la mostaza (w. 18ss).

La otra característica del Reino de Dios es su fuerza intrínseca, que obra un desarrollo cualitativo del mundo. Como la levadura, escondida en la masa inerte de harina, provoca su crecimiento, así el Reino de Dios, mediante la evangelización animada por el poder del Espíritu Santo, transforma todo el mundo, sin ninguna discriminación.

 

MEDITATIO

El amor entre el hombre y la mujer, recuperación de la imagen y semejanza plena del ser humano con Dios, constituye la expresión más elevada y significativa de la existencia humana. Sin embargo, ha sido enormemente envilecido, incluso entre los cristianos, reduciéndolo a necesidad de placer, a exigencia psicobiológica.

Dios, al hacerse hombre, ha dado un valor «divino» a las realidades humanas. Comprender y experimentar la libertad y la plenitud de vida que brotan del vivir la relación entre los esposos, considerando la que hay entre

Cristo y la Iglesia, que somos todos nosotros, como un ejemplo y un punto de atracción, es dilatar el Reino de Dios en este mundo. ¿Nos daremos cuenta alguna vez suficientemente de que no hay «asuntos privados» en los que cada chispa de amor no sea convertida por el Espíritu de Dios en alimento para tantos «hambrientos» de bien, de afecto y de calor humano? Dios continúa obrando a lo grande a través de nuestra pequeñez; continúa revelando su misterio infinito a través de nuestro limitado orden cotidiano. ¿Aceptaremos, por fin, tomarnos en serio nuestra vida humana?

 

ORATIO

¡Oh Dios, qué grande es tu misterio! Cuando me encierro en mí mismo, digo que se me escapa. Cuando me abro a ti de manera confiada, me estremezco de estupor.

Tú manifiestas tu verdad -amor personal ofrecido a todos los hombres- por medio de mi vida, por muy pequeña que me parezca. Y buscas su expresión más fuerte y totalizadora, como es la unión de vida entre el hombre y la mujer, para hacerme intuir lo intensamente que estás comprometido conmigo y quieres comprometerme contigo. Que tu voluntad ardiente, que ni disminuye ni disminuirá nunca, haga fermentar, a través de la obra de tus amigos, la vida de nuestro mundo.

 

CONTEMPLATIO

El hombre del cual leemos: «Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre» (Jn 3,13), ese hombre dejó padre y madre, es decir, dejó a Dios, de quien había nacido, y dejó Jerusalén, que es madre de todos nosotros, y se unió a la carne del hombre como a su esposa. En consecuencia, se unió a su mujer, ya que, así como el hombre y la mujer forman un solo cuerpo, así también la gloria de la divinidad y la carne del hombre se unen y se configuran, las dos, o sea, Dios y el alma, en una sola carne. Éste es el gran misterio, a cuyo conocimiento nos llama la admiración del apóstol y nos invita la exhortación de Dios, un misterio que, a no dudar, no es extraño a cuanto debe entenderse referido a Cristo y a la Iglesia. De modo que la carne de la Iglesia es la carne de Cristo, y en la carne de Cristo está Dios y el alma, y así en Cristo está la misma realidad que hay en la Iglesia, puesto que el misterio que creemos presente en la carne de Cristo está igualmente contenido, por la fe, en la Iglesia (Juan Casiano, L'incarnazione del Signore, Roma 1991, pp. 207ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo» (Ef 5,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El matrimonio es una realidad espiritual, o, lo que es lo mismo, un hombre y una mujer se ponen a vivir juntos para toda la vida no sólo porque experimentan un profundo amor el uno por la otra, sino porque creen que Dios les ha dado el uno a la otra para ser testigos vivos de ese amor. Amar significa encarnar el amor infinito de Dios en una comunión fiel con el otro ser humano.

Todas las relaciones humanas, ya sean entre padres e hijos, entre maridos y mujeres, entre amantes y entre amigos o entre miembros de una comunidad, han de ser entendidas como signos del amor de Dios por la humanidad en su conjunto y por cada uno en particular. Se trata de un punto de vista bastante poco común, pero es el punto de vista de Jesús. Éste nos revela que hemos sido llamados por Dios a ser testigos vivos de su amor, y llegarnos a serlo siguiendo a Jesús y amándonos los unos a los otros como él nos ama. El matrimonio es una manera de ser un testimonio vivo del amor fiel de Dios. Cuando dos personas se comprometen a vivir juntas su vida, viene a la existencia una nueva realidad. «Se convierten en una sola carne», dice Jesús. Eso significa que su unidad crea un nuevo lugar sagrado. Muchas relaciones son como dedos entrelazados: dos personas se aferran la una a la otra como dos manos entrelazadas por el miedo. Dios llama al hombre y a la mujer a una relación diferente. Se trata de una relación que se asemeja a dos manos unidas en el acto de la oración. Las puntas de los dedos se tocan, pero las manos pueden crear un espacio parecido a una pequeña tienda. Ese espacio es un espacio creado por el amor, no por el miedo. El matrimonio crea un nuevo espacio abierto, donde se puede manifestar el amor de Dios al «extranjero»: al niño, al amigo, al que nos visita. Este matrimonio se convierte en un testimonio del deseo que tiene Dios de estar entre nosotros como un amigo fiel (H. J. M. Nouwen, Vivere nelh Spirito, Brescia 41998, pp. 124ss y 127-129).

 

 

Miércoles 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 6,1-9

1 Hijos, obedeced a vuestros padres como es justo que lo hagan los creyentes.

2 Honra a tu padre y a tu madre, tal es el primer mandamiento, que lleva consigo una promesa, a saber:

3 para que seas feliz y goces de larga vida en la tierra.

4 Y vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino educadlos, corregidlos y enseñadles tal como lo haría el Señor.

5 Esclavos, obedeced a vuestros amos terrenos con profundo respeto y con sencillez de corazón, como si de Cristo se tratara.

6 No con una sujeción aparente que busca sólo agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios.

7 Prestad vuestro servicio de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres,

8 sabiendo que el Señor dará a cada uno, sea libre o esclavo, según el bien que haya hecho.

9 Y vosotros, amos, comportaos de la misma manera con ellos; absteneos de amenazas y tened presente que vuestro Señor y el suyo está en los cielos y que en él no hay favoritismos.

 

**• Después de haber exhortado a los cónyuges a vivir su relación matrimonial en conformidad con su identidad cristiana icf. Ef 5,22-33), el apóstol se dirige a los hijos y a los padres. También a ellos les dirige la invitación al mutuo respeto en la común obediencia a Cristo icf. 5,21).

A los hijos les recuerda el mandamiento mosaico: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12a). La obediencia a los padres tiene que ver con la relación con Dios, el cual liga a esta relación su bendición, expresada en términos de fecundidad, según la doctrina de la retribución temporal (v. 3; cf. Ex 20,12b).

A los padres les ha sido confiada la tarea de educar a los hijos, y la deben llevar a cabo con mansedumbre y premura, no siguiendo sus propios intereses, sino como servidores de la obra de Dios (v. 4): en él debe inspirarse y orientarse la acción educadora. La relación con el Señor y la obediencia a su voluntad califican, pues, las relaciones entre padres e hijos, iluminando y corroborando la paciente y suave firmeza de unos y el respeto de los otros.

También las relaciones entre esclavos y amos reciben nueva luz del anuncio cristiano. Se trata de relaciones entre personas sometidas todas ellas al mismo «Señor» (v. 9b), que, sin favoritismo alguno, reconoce y aprecia el bien realizado por cada uno, no la situación social que tiene (v. 8). Tanto para los esclavos como para los amos vale la misma Palabra de Jesús: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Por eso, el esclavo, cuando obedece a su amo, obedece a Cristo: su servicio, realizado con sencillez y generosidad, asume un valor religioso que excluye todo tipo de servilismo y la búsqueda de ambiguas complacencias (w. 5-7). El amo, por su parte, debe tratar al esclavo del mismo modo que trataría a Cristo, con un corazón animado por la caridad, exento de arrogancia y autoritarismo (v. 9a).

 

Evangelio: Lucas 13,22-30

En aquel tiempo,

22 mientras iba de camino hacia Jerusalén, Jesús enseñaba en los pueblos y aldeas por los que pasaba.

23 Uno le preguntó: -Señor, ¿son pocos los que se salvan?. Jesús le respondió:

24 -Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.

25 Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, vosotros os quedaréis fuera y, aunque empecéis a aporrear la puerta gritando: «¡Señor, ábrenos!», os responderá: «¡No sé de dónde sois!».

26 Entonces os pondréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas».

27 Pero él os dirá: «¡No sé de dónde sois! ¡Apartaos de mí, malvados!».

28 Entonces lloraréis y os rechinarán los dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera.

29 Pues vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, a sentarse a la mesa en el Reino de Dios.

30 Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

 

*•• Comienza una nueva etapa en el viaje hacia Jerusalén, marcada por la anotación-sumario del paso de Jesús por pueblos y aldeas y su incesante enseñanza (v. 22). La pregunta que abre la nueva sección tiene que ver con los que formarán parte del Reino de Dios (v. 23).

Jesús no da una respuesta directa sobre el número de los que se salvarán, sino que exhorta a estar preparados y a mostrarse solícitos en la acogida del Reino que viene. Se trata de la urgencia ineludible de comprometernos con todo nuestro ser, de concentrar todas nuestras fuerzas, como haríamos si tuviéramos que pasar por una puerta estrecha (v. 24). «Hoy» es el momento oportuno para este compromiso, un compromiso que no hemos de aplazar: la salvación es el don de Dios al que nos adherimos haciendo el bien, no simplemente reivindicando vínculos de familiaridad con Jesús (w. 25ss).

La imagen del banquete escatológico, en el que participan todos los pueblos de la tierra (v. 29), manifiesta la salvación ofrecida a todos los hombres y acogida por muchos paganos. Así éstos, los «últimos» en recibir el anuncio del Evangelio, serán los «primeros» en entrar en el Reino de Dios, mientras que Israel, primero en escuchar el anuncio, se verá excluido si no lo acoge (v. 30). La salvación no es cuestión de pertenencia étnica, sino de fe en Jesús. No es el ser hijo de Abrahán lo que asegura la participación en el Reino (v. 28), sino la realización de las obras de Abrahán (cf. Jn 8,39), el cual, con la esperanza de la redención futura (cf. 8,56), tuvo fe y por esa fe fue reconocido como justo (cf. Sant 2,23).

 

MEDITATIO

Nuestra comunión con el Señor tiene su comienzo ahora, en esta tierra, y durará más allá de la muerte, durante un tiempo sin fin. Se trata de un comienzo muy concreto: se lleva a cabo haciendo el bien y no el mal.

Este modo de proceder se convierte en el signo distintivo que nos hace ser reconocidos como personas que pertenecen a Jesucristo. La fe en él no puede dejar de convertirse en amor que penetra las relaciones con los otros.

No tenemos que mirar muy lejos: la familia es el primer «lugar» donde podemos convertir la fe en Jesús en comportamientos consecuentes. Si invoco el nombre del Señor, ¿acaso puedo pretender apelar a ciertas jerarquías de poder para regular sobre ellas las relaciones con los que viven junto a mí? La salvación toma forma en la entrega, en el respeto, en la delicadeza con que vivo mi rol-servicio familiar y mi rol social. No tiene ninguna salida positiva buscar otros caminos.

 

ORATIO

Señor, me resulta muy fácil demorarme en razonamientos a propósito de tu mensaje de salvación sin comprometerme. Perdóname: me parece «estrecha» la puerta del amor a los que viven más cerca de mí, el único amor en el que verdaderamente estoy dispuesto a poner en juego la verdad de mi fe en ti. Prefiero la puerta «abierta de par en par» de las grandes afirmaciones verbales, que no me exigen un compromiso, de una familiaridad formal con las «cosas de la Iglesia», a las que no me preocupo de dar respuesta en la vida. Dime que la mía es una ilusión y que sólo si amo en serio no a los que están lejos, sino a los que viven junto a mí, a aquellos a los que primero y sobre todo me has confiado, entonces y sólo entonces viviré la salvación que eres tú.

 

CONTEMPLATIO

Acuérdate, hijo mío, de lo que dice la Escritura: « Una buena palabra vale a menudo más que un rico don»...

Acuérdate de que, puesto que soy yo quien recibe todo lo que das, dices o haces a los otros, no basta con decir, hacer o dar cosas buenas; es preciso hacerlas también con suavidad, de una manera tan grata como las harías si yo, Jesús, estuviera delante de tus ojos... Es menester que todas las relaciones con el prójimo, por pequeñas que sean, rebosen de amor (Ch. de Foucauld, La vita nascosta. Ritiri IX/1, Roma 1974, p. 130).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tú eres el Señor de todos» (cf. Ef 6,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra misión es una misión de amor. Es una misión de bondad, sobre todo hoy, en que hay tanta hambre de Dios. Noto que, con el tiempo, cada uno de nosotros se transformará en mensajero del amor de Dios. Para obtener esto, debemos ahondar en nuestra vida de amor, de oración, de sacrificio. Es muy difícil dar a Jesús a los otros si no lo tenemos en nuestros corazones.

Si esto no nos interesa, estamos perdiendo el tiempo, porque limitarse a trabajar no es un motivo suficiente: sí lo es, en cambio, llevar la paz, el amor y la bondad al mundo de hoy, y para eso no tenemos necesidad ni de ametralladoras, ni de bombas. Necesitamos un amor profundo y una profunda unión con Cristo para ser capaces de dar a Cristo a los otros. Ahora bien, antes de poder vivir esta vida con el exterior, debemos vivirla en nuestras familias. El amor empieza en casa, y debemos ser capaces de mirar a nuestro alrededor y decir: «Sí, el amor empieza en la familia». Por eso nuestro primer esfuerzo debe ir encaminado a hacer de nuestras familias otros tantos Nazarets donde reinen el amor y la paz. Esto sólo se consigue cuando la familia se mantiene unida y reza unida.

A todos vosotros os ofrece una magnífica oportunidad la aran misión de vivir esta vida de amor, de paz, de unidad. Y, naciendo esto, proclamaréis a los cuatro vientos que Cristo está vivo (Madre Teresa de Calcuta, La gioia di darsi agli altrí, Roma 31981, pp. 82-84, passim [edición española: La alegría de darse a los demás, Ediciones San Pablo, Madrid 1997]).

 

 

Jueves 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Efesios 6,10-20

Hermanos:

10 termino pidiendo que el Señor os conforte con su fuerza poderosa.

11 Revestíos de las armas que os ofrece Dios para que podáis resistir a las asechanzas del diablo.

12 Porque nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que tienen su morada en un mundo supraterreno.

13 Por eso debéis empuñar las armas que Dios os ofrece, para que podáis resistir en los momentos adversos y superar todas las dificultades sin ceder terreno.

14 Estad, pues, en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad, protegidos con la coraza de la rectitud,

15 bien calzados vuestros pies para anunciar el Evangelio de la paz.

16 Tened embrazado en todo momento el escudo de la fe con el que podáis apagar las flechas incendiarias del maligno;

17 usad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de

Dios.

18 Vivid en constante oración y súplica guiados por el Espíritu. Y renunciando incluso al sueño para ello, orad con la mayor insistencia por todos los creyentes

19 y también por mí, a fin de que Dios ponga en mis labios la palabra oportuna para dar a conocer con audacia el misterio del Evangelio,

20 del que soy embajador entre cadenas. Que Dios me conceda anunciarlo con la entereza que debo.

 

**• La vida del cristiano es una lucha contra las fuerzas adversas a Dios, unas fuerzas que se oponen a su señorío en el mundo e intentan separar al hombre del Creador (v. 11b). Se trata de unas fuerzas oscuras, no identificables con facilidad, superiores al hombre (v. 12).

Sin embargo, el cristiano que vive en comunión con su Señor recibe de él la fuerza necesaria para el combate (v. 10), para ese combate que se desarrolla en la situación real en que vive. Pablo, empleando imágenes militares, en continuidad con aquellas que presentaban, en el Antiguo Testamento, a YHWH como un guerrero (cf. Is 42,13; Sab 18,15; Sal 35,1-3), exhorta al cristiano, despojado del hombre viejo en el bautismo (cf. Ef 4,22; Col 3,9), a revestirse de las armas para la lucha (w. 1 la-13a). La cintura, la coraza, las sandalias, el escudo, el yelmo, la espada de estas armas espirituales son la verdad, la justicia, la paz, la fe, la salvación, la Palabra de Dios (w. 14-17). Se trata de los dones que Dios distribuye a los bautizados y que éstos están llamados a acoger y poner en práctica para vivir la libertad de los hijos del Padre celestial, liberados de su miedo y de las insidias del maligno, fuertes y perseverantes en las pruebas hasta la consumación de los tiempos escatológicos (v. 13).

La oración es el medio indispensable para poder recibir los dones de Dios y llevar la batalla a buen fin, esto es, para obrar de modo cristiano: una oración incesante, guiada por el Espíritu Santo (v. 18a). Pablo llama la atención a fin de que el cansancio y el desánimo no lleven las de ganar en la difícil lucha: es necesario perseverar (v. 181). A tal fin, recomienda Pablo la oración de los unos por los otros y, en particular, por él mismo, enviado por Dios a anunciar el Evangelio, para que pueda cumplir su mandato con audacia y entereza (w. 18c-20).

 

Evangelio: Lucas 13,31-35

Aquel día,

31 se acercaron unos fariseos y le dijeron:

-Sal, márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte.

32 Jesús les dijo:

-Id a decir a ese zorro que expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y que al tercer día acabaré.

33 Por lo demás, hoy, mañana y pasado tengo que continuar mi viaje, porque es impensable que un profeta pueda morir fuera de Jerusalén.

34 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te envía! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas y no habéis querido.

35 Pues bien, vuestra casa se os quedará desierta. Y os digo que ya no me veréis hasta que llegue el día en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.

 

*+• La iniquidad más grande (cf. Le 13,27), compendio de todas las otras, será la muerte de Jesús. Éste resulta incómodo a Herodes (v. 31), pero también y sobre todo a los jefes religiosos de Israel. Sea cual sea la motivación -simpatía o bien hostilidad- por la que algunos fariseos le aconsejan que se aleje del territorio gobernado por Herodes, esto le permite a Jesús afirmar su fidelidad al mandato recibido del Padre: anunciar el tiempo de la salvación definitiva (cf. 2 Cor 6,2), de la que son signos la expulsión de demonios y las curaciones (v. 32). No hay perfidia humana que pueda cambiar el designio del amor de Dios.

El evangelista señala que Jesús es consciente de ir al encuentro de una muerte cruenta (cf. Le 9,22; 9,44; 17,25; 18,31-33), una suerte que no es diferente de la que siguieron los profetas (w. 33-34a; cf. 6,22ss). Eso sucederá precisamente en la ciudad santa de Jerusalén, la cual, en contradicción con su propio nombre -«Ciudad de la paz»-, ha sido el lugar de la masacre de los enviados de Dios. Es un acto deliberado ese con el que Jerusalén, símbolo de los israelitas incrédulos, no ha acogido la Palabra que Jesús le ha anunciado en más ocasiones, manifestando el deseo del Padre de convertirla en centro de unidad de su pueblo elegido (v. 34b).

Jesús predice su ruina (v. 35a), que es, a un tiempo, material (la ciudad será sometida todavía más duramente a los romanos y el templo será destruido) y espiritual. De hecho, Israel, al rechazar a Jesús, no recibe el cumplimiento de la promesa.

Sin embargo, puesto que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rom 11,29), el evangelista entrevé, en el signo de la aclamación triunfal del mesías al final de su viaje (v. 35b; cf. Le 19,28-39), la acogida de Jesús por parte de todo Israel, al final de los tiempos, cuando judíos y paganos, convertidos todos en cristianos, bendecirán juntos el nombre del Señor.

 

MEDITATIO

Hay que sostener una lucha para ser auténticamente cristianos, una lucha entre las muchas sugerencias y persuasivos reclamos que frenan el impulso de adhesión al Señor e intentan marchitar el vigor de la obediencia a su Palabra. El Señor mismo nos sostiene, asegurándonos su presencia poderosa en los signos sacramentales.

Con el don de la fe, de la Palabra, de la capacidad de discernir lo que está bien de lo que está mal, nos atrae hacia él a fin de que, en comunión con él, demos a conocer en el mundo su presencia, que es fuente de vida para todos, sin distinciones entre judíos y griegos.

        Pero tal vez hoy sea más difícil que nunca hacer callar al que se opone a todo esto y nos separa del Señor y délos otros. Quizás la causa resida en que no nos dejamos abrazar por su deseo de recogernos en la unidad -nosotros, seres tan doloridos por las dispersiones interiores, tan fragmentados en nuestras relaciones vitales-.

La oración nos ayuda a volver y a permanecer en el centro de nosotros mismos, en ese lugar donde el Espíritu Santo no cesa de recordarnos el amor del Padre y la ternura del Hijo.

 

ORATIO

Señor, te pedimos, siguiendo la invitación de tu apóstol, que los hermanos y hermanas que viven situaciones de prueba sean capaces de resistir a la tentación del desánimo.

Haz que escuchen tus llamadas y no abandonen la Palabra que han escuchado, la verdad en la que han creído, la justicia que han acogido. Te pedimos en particular, Señor, por los anunciadores del Evangelio: que, siguiendo tu ejemplo, perseveren contra todo opositor, visible o invisible; que sean fieles a tu voluntad, testigos de la verdad que ellos han sido los primeros en recibir como don; que su única preocupación sea que tú seas conocido y amado, alabado y agradecido.

 

CONTEMPLATIO

Dios nos ha otorgado tanta gracia que es nuestro ayudador y nos ha dado buenas armas. Y puesto que él quedó muerto y vencedor en el campo de batalla (muerto fue y, al morir en el leño de la santísima cruz, salió vencedor, y con su muerte nos ha dado la vida), y ha vuelto a la ciudad del Padre eterno con la victoria de su esposa, o sea, de nuestra alma, sigamos, pues, sus vestigios, expulsando el vicio con la virtud; la soberbia con la humildad; la impaciencia con la perfecta humildad y la continencia; la vanagloria con la gloria y el honor de Dios. Que lo que hagamos e ingeniemos sea para gloria, alabanza y honor del nombre de nuestro Jesús.

Hágase una dulce y santa guerra contra estos vicios: y cuanto más miremos al dulce Señor, tanto más animada se verá el alma a emprender mayor guerra (Catalina de Siena, Le lettere, Milán 41987, pp. 439ss [edición española: Obras de santa Catalina de Siena, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1996]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que el Señor nos conforte con su fuerza poderosa» (cf Ef 6,10).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra presencia es motivo de discordia: algunos la contestan hasta el punto de organizar atentados contra nosotros. Pero los ataques contra nuestra comunidad hacen nuestra presencia todavía más manifiesta. Lo hemos visto claramente después del rapto de los monjes y, más aún, después de su inmolación. La mayor parte de los musulmanes argelinos se ha unido a nosotros en la oración a Dios para que preservase su vida y plegara el corazón de los raptores. Más tarde, tras el anuncio de su muerte, han vuelto a vivir aún con nosotros la consternación, la condena y la vergüenza que semejante crimen ha suscitado. Las pruebas por las que pasamos, vividas sin espíritu de venganza y abiertos al perdón evangélico, asumen un papel en las obras de la reconciliación y de la paz. «... Hemos tenido que permanecer firmes en nuestro rechazo a dejarnos identificar con uno u otro campo, permanecer libres para contestar de manera pacífica a las armas y los medios de la violencia y de la exclusión.

Seguir siendo lo que somos en este contexto significa anunciar de modo concreto un evangelio de amor a todos, un evangelio que implica el respeto a la diferencia. ¡Ésta es una auténtica buena noticia! El incremento de la proximidad de nuestros vecinos) su aceptación de lo que somos hacen que acojamos, ciertamente, su propio mensaje. ¡Una felicidad hecha para crecer!» (Hermano Christian, prior de la Trapa de Tibhrine, en H. Teissier, Accanto o un amico, Magnano 1998, pp. 155ss [edición española: Cartas de Argelia, Encuentro, Madrid 2000]).

 

 

Viernes 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 1,1-11

1 Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que vivís en Filipos, junto con los dirigentes y colaboradores,

2 os deseamos gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.

3 Siempre que me acuerdo de vosotros, doy gracias a mi Dios.

4 Cuando ruego por vosotros lo hago siempre con alegría,

5 porque habéis colaborado en el anuncio del Evangelio desde el primer día hasta hoy.

6 Estoy seguro de que Dios, que ha comenzado en vosotros una obra tan buena, la llevará a feliz término para el día en que Cristo Jesús se manifieste.

7 Está justificado esto que yo siento por vosotros, pues os llevo en el corazón, y todos vosotros participáis de este privilegio mío de estar preso y poder defender y consolidar el Evangelio.

8 Dios es testigo de lo entrañablemente que os quiero a todos vosotros en Cristo Jesús.

9 Y le pido que vuestro amor crezca más y más en conocimiento y sensibilidad para todo.

10 Así sabréis discernir lo que más convenga, y el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles,

11 cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

 

        **• La carta que Pablo escribe a los filipenses –durante uno de los períodos que pasó en la cárcel (v. 7c; cf. v. 14a), pero cuya datación es insegura- figura entre las más afectuosas del epistolario paulino, según el testimonio de sus óptimas relaciones con la primera comunidad cristiana de Europa. En el saludo del envío (w. lss), Pablo, que se asocia a su discípulo Timoteo, no considera necesario explicitar, como sí lo hace, en cambio, en otros lugares (cf. Gal 1,1), su calidad de apóstol, plenamente reconocida por los filipenses. A ellos, Pablo y Timoteo les desean la plenitud de los dones de Dios Padre y de Jesucristo resucitado y glorioso (v. 2). De toda la comunidad de los bautizados, llamados «santos» (v. la) porque participan de la santidad del Señor Jesús, menciona específicamente a «los dirigentes y colaboradores» (v. Ib), que es como decir obispos y diáconos, a los que ha sido confiado un servicio particular: probablemente el gobierno y la administración a los primeros, y el cuidado de los pobres y el anuncio del Evangelio a los segundos.

En la acción de gracias que Pablo dirige a Dios por los filipenses, manifiesta el afecto profundo que le une a ellos. El recuerdo que tiene de ellos es constante, así como su oración por ellos, y es motivo de alegría porque los filipenses, desde que acogieron la Palabra de Dios gracias a la predicación de Pablo, se han vuelto miembros activos y solícitos misioneros. Eso refuerza en el apóstol la certeza de que el Espíritu del Señor los anima; el mismo Espíritu los hará perseverantes hasta el momento de la parusía, «el día en que Cristo Jesús se manifieste» (v. 6). El fundamento de la estima de Pablo por los cristianos de Filipos es firme: compartieron su misión y no lo abandonaron durante el tiempo que estuvo en la cárcel, tomando parte activa en la evangelización.

Eso ha alimentado en el apóstol la ternura entrañable, arraigada en el amor de Cristo, de la que Dios mismo es testigo (w. 7ss). De la sobreabundancia de sus sentimientos brotan aún una oración y un deseo: que crezca la caridad que anima a los filipenses y les haga capaces de comprender la voluntad de Dios en toda circunstancia; al cumplirla, se volverán cada vez más puros, más ricos en obras buenas. Así los encontrará el Señor Jesús a su vuelta al final de los tiempos. De este modo, a través de una vida auténticamente cristiana como la suya, Dios será glorificado y alabado (w. 9ss).

 

Evangelio: Lucas 14,1-6

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos y la gente le observaba.

2 Había allí, frente a él, un hombre enfermo de hidropesía.

3 Jesús preguntó a los maestros de la Ley y a los fariseos:

-¿Se puede curar en sábado o no?

4 Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió.

5 Después les dijo: -¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey caen en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado?

6 Y a esto no pudieron replicar.

 

**• La comida en casa de un jefe de los fariseos (v. 1 a) brinda a Jesús la ocasión de reafirmar la subordinación de la ley del sábado a la ley del amor (cf. Le 6,1-11; 13,10-17) y de poner en evidencia la reducción hipócrita que los doctores de la Ley y los fariseos hacían de la misma. El evangelista subraya que la atención de todos estaba centrada en Jesús, dado que «la gente le observaba » (v. Ib). Jesús toma de nuevo la iniciativa, como en el caso de la mujer encorvada (cf. 13,12), pero en esta ocasión es él mismo quien suscita la controversia sobre la observancia del precepto sabático, planteando esta pregunta: «¿Se puede curar en sábado o no?» (v. 3).

Una vez realizada la curación, Jesús interpela otra vez a sus interlocutores con una pregunta retórica, una pregunta en la que subyace su observancia no escrupulosa del reposo sabático cuando se veía comprometido su interés personal (v. 5). El silencio (w. 4a.6) con el que reaccionan los doctores de la Ley y los fariseos a las preguntas de Jesús pone de manifiesto el carácter irrebatible de los argumentos aducidos por el Nazareno y las insuficientes razones con las que éstos sostenían la interpretación de la Ley de Moisés.

 

MEDITATIO

Jesús es el Señor. Todos los aspectos de la vida reciben de él un nuevo significado, un nuevo valor, una nueva forma. Pero es menester nuestra libre adhesión a él para que esta realidad se vuelva «carne» en nuestra historia. Podemos desnaturalizar la Ley de Dios, como los fariseos, adaptándola a nuestros intereses, o bien, como los filipenses, escuchar con sencillez y disponibilidad el anuncio del Evangelio y convertirnos en sus testigos. Son dos modos diferentes de usar la libertad. ¿Cuál es su fruto? Mutismo amargo en el primer caso, puesto que la mezquindad deseca el corazón, pone barreras al encuentro con el otro; alegría profunda en el segundo, puesto que acoger a Jesús como Señor dilata y fecunda el espacio de la comunión.

        Descubramos, a despecho de antiguos lugares comunes, que conocer a Jesús, acogerle, seguirle, hace crecer –y no mortificar- nuestra humanidad, libera los sentimientos más profundos y nos hace capaces de expresarlos de verdad, con intensidad y de manera concreta. Allí donde se manifiesta el amor, Dios está presente y recibe gloria.

 

ORATIO

Te pido, Jesús, por los hermanos y hermanas cristianos: todos ellos, en algún momento preciso de su historia, y con frecuencia gracias a la mediación de otros hermanos y hermanas, se han adherido a tu Palabra, han confirmado su fe en ti, te han reconocido como su Señor. Sostenlos, a fin de que en las inevitables pruebas y contradicciones que marcan la existencia, no desistan, sino que, al contrario, se reafirmen en la opción que han tomado.

Libéralos, Señor, de la tentación de convertir tu ley de vida en instrumento a su servicio, reduciéndola a una pragmática «vía al cielo». Libéralos, Señor, del espejismo de una cómoda fe privada. Haz que sepamos gustar la alegría de seguir el soplo del Espíritu, haciendo de su vida un servicio al Evangelio.

 

CONTEMPLATIO

La «ley del Espíritu de vida», como dice el apóstol, es la que obra y habla en el corazón, y la ley de la letra es la que se realiza en la carne. La primera, en efecto, libera el intelecto de la ley del pecado y de la muerte. La otra crea, de manera insensible, un fariseo que piensa y cumple la ley sólo en un sentido corporal y cumple los mandamientos para ser visto. Los mandamientos serían como el cuerpo. Las virtudes, en cuanto cualidades, son los huesos. Y la gracia sería como el alma viva, que se mueve y realiza las operaciones de los mandamientos, casi su cuerpo.

Quien quiera hacer crecer el cuerpo de los mandamientos muéstrese solícito en desear la leche racional y genuina de la gracia madre. Es ahí, en efecto, donde amamanta todo el que busca y desea crecer en Cristo.

Entiende por «ley de los mandamientos» la fe que obra en el Corazón, que es una realidad no mediata. A través de ella, en efecto, es como brota cada mandamiento y opera la iluminación de las almas, cuyos frutos, provenientes de la fe veraz y operante, son la continencia y el amor. El término es la humildad, don de Dios, principio y apoyo del amor (Gregorio Sinaíta, «Utilissime capitoli in acróstico», 19.20.21.24, en La filocalia, Turín

1985, III, 535ss).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Lleva a buen término, Señor, la obra que has iniciado en mí» (cf. Flp 1,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El pueblo de los creyentes muestra a menudo una actitud de pasividad y aceptación de lo que acontece. Los cristianos carecen de alegría por la fe en Cristo y de entusiasmo por una clara profesión de fe: carecen de esperanza en una acción generosa que tenga impacto en la sociedad y esté destinada a salvar a toda la nación. Hay una gran fe, pero cada uno profesa la suya de manera privada, en casa o en la iglesia, pero no en público, en su lugar de trabajo y en el lugar de la sociedad en que vive. Por eso la fe no se convierte en movimiento, sino que permanece estática y estéril. Existe movimiento cuando dos o tres personas que tienen una clara fe en Cristo se unen y profesan con palabras y actos esa fe en el lugar donde viven y trabajan. Dos o tres de esas personas en una escuela, o en un hospital, o en una oficina, o en un cuartel, o en un partido político... obran con valor para iniciar un cambio en el lugar en el que viven y trabajan. Otra gente de buena voluntad se unirá a ellos (E. Castelli [ed.], La difficile speranza, Milán 1986, pp. 36ss [edición española: Ligando: la difícil esperanza, Encuentro, Madrid 1987]).

 

 

Sábado 30ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 1,18b-26

Hermanos: Al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente, Cristo es anunciado, y esto me llena de alegría. Y continuaré alegrándome,

19 porque sé que gracias a vuestras oraciones y a la asistencia del Espíritu de Jesucristo, esto contribuirá a mi salvación.

20 Así lo espero ardientemente con la certeza de que no he de quedar en modo alguno defraudado, sino que con toda seguridad, ahora como siempre, tanto si vivo como si muero, Cristo manifestará en mi cuerpo su gloria.

21 Porque para mí la vida es Cristo y morir significa una ganancia.

22 Pero si continuar viviendo en este mundo va a suponer un trabajo provechoso, no sabría qué elegir.

23 Me siento como forzado por ambas partes: por una, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor;

24 por otra, seguir viviendo en este mundo es más necesario para vosotros.

25 Persuadido de esto último, presiento que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para provecho y alegría de vuestra fe.

26 Así, cuando vaya a veros otra vez, vuestro orgullo .de ser cristianos será mayor gracias a mí.

 

*+• Pablo es informado en la cárcel de que muchos cristianos anuncian la Palabra de Dios (cf. Flp 1,14ss).

Algunos lo hacen por envidia y desacreditando al apóstol (w. 15a. 17), pero esto le duele menos que lo que le alegra la predicación del Evangelio, que es lo que cuenta de verdad (v. 18b). El Espíritu del Señor y la oración de los fieles de Filipos le sostienen y le confirman en la viva esperanza de que esas situaciones dolorosas no serán para él ocasión de decepción, sino de salvación (w. 19-20a), ya que cree firmemente que Cristo recibirá gloria tanto en el caso de que él siga vivo y continúe la evangelización como si muere (v. 20b).

Por otra parte, Pablo considera la muerte como la ganancia suprema, porque le introduce en la plena comunión con Cristo, que ya desde ahora es su vida (v. 21; cf. Jn 14). De ahí que el apóstol se sienta como tenso entre dos realidades que le atraen y motivan profundamente: el deseo de la unión total con Cristo, sólo posible después de la muerte, y la constatada necesidad de su presencia y de su palabra en las comunidades cristianas (w. 22-24). Si bien Pablo, por su parte, optaría por la primera posibilidad (v. 23b), considera, sin embargo, más probable que se realice la segunda. La fe de los filipenses recibirá así un nuevo impulso y crecerá su alegría gracias a la presencia del amado apóstol, cuya visita será para los filipenses un motivo para gloriarse de la comunión que les ha sido dada en Cristo (w. 25ss).

 

Evangelio: Lucas 14,1-7-11

1 Un sábado entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos y la gente le observaba.

7 Al observar cómo los invitados escogían los mejores puestos, les hizo esta recomendación:

8 -Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el lugar de preferencia, no sea que haya otro invitado más importante que tú

9 y venga el que te invitó a ti y al otro y te diga: «Cédele a éste tu sitio», y entonces tengas que ir todo avergonzado a ocupar el último lugar.

10 Más bien, cuando te inviten, ponte en el lugar menos importante; así, cuando venga quien te invitó, te dirá: «Amigo, sube más arriba», lo cual será un honor para ti ante todos los demás invitados.

11 Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

 

*+• Jesús toma pie en la vida cotidiana, con las ocupaciones que la caracterizan y con los acontecimientos que marcan su curso, para hacer comprender unas verdades que abren, a quienes las acogen, los horizontes de la «vida nueva» de los hijos de Dios. Así ocurre cuando, habiendo sido invitado a casa de un jefe fariseo (cf. Le 14,1), nota el afán que anima a los invitados por ocupar los primeros puestos (v. 7).

El relato-parábola propuesto por Jesús (w. 8-10) es una enseñanza de buena educación, de respeto de las precedencias según la escala social. Quien ocupa un puesto que no le corresponde se expone al ridículo y a la vergüenza (w. 8ss): la ambición, alterando el justo concepto de sí mismo, es un obstáculo para las relaciones con los otros. En cambio, el que no presume de ser digno de honores particulares puede encontrarse con la sorpresa feliz de recibir atenciones imprevistas por parte del señor de la casa (v. 10). El don de Dios es gratuito y no consecuencia matemática de méritos humanos, y Jesús advierte que deben recordarlo los que ambicionan recibir reconocimientos y gratificaciones. La humildad, es decir, la confianza total puesta en Dios y en su amor, es la condición que permite recibir la gloria y el honor que concede el mismo Dios (cf. 1,46-48.52; Sal 21,6-8), que consisten en estar unidos a él en la obra de salvación (cf. Le 22,28-30; Me 10,35-40).

 

MEDITATIO

La Palabra del Señor nos invita hoy a llegar a ser conscientes de nosotros mismos, a formarnos una conciencia realista, que nos haga ver el puesto que ocupamos, la responsabilidad que se nos ha confiado, la tarea que, congruentemente, estamos llamados a desarrollar.

El presuntuoso, que suele mirarse en un espejo que dilata las proporciones, viene a situarse con facilidad «fuera de su sitio», en situaciones desagradables, cuando no deletéreas, para él mismo y para los que están cerca.

¡Qué provechoso, en cambio, es estar en el sitio que nos corresponde! Fuera de las lógicas de los que aspiran a hacer carrera, lejos de los delirios de protagonismo -tan en boga en nuestros días-, se experimenta que la humildad auténtica no es una mal soportada reducción de nuestras propias cualidades, sino, más bien, un ponerlas al servicio de los otros con generosidad, sin autoexaltaciones.

Hoy siento que se me dirige una pregunta: ¿Qué es lo que estás buscando? Si busco un puesto bien vistoso, si busco el predominio sobre los otros, corro el riesgo de verme catapultado al final de la fila: construyo mi historia sobre la nada. Si busco el crecimiento del bien y la promoción de los demás, entonces -como Pablo- aprendo a celebrar todo aquello que pueda ayudarles, aunque suponga un sacrificio para mí. ¿Qué es lo que estoy buscando?

 

ORATIO

¿Cuál es hoy mi sitio, Señor? ¿Cómo puedo orientarme en las decisiones importantes, esas que expresan de modo claro mi identidad de hombre o mujer creyente?

El mundo me sacude a derecha e izquierda: con mil enseñas brillantes me atrae a sus redes, imponiéndome torrar posición. Cada una compite para hacerse con mi atención, con mi tiempo, con mi consentimiento, con mi inteligencia, con mis brazos, con mis votos y, sobre todo, con un pedazo de mi cartera... Con sonrisas amistosas, la vida de hoy me invita con los brazos abiertos a que me acomode en su banquete, hasta tal punto que es casi imposible sustraerse, hacer valer lo que más cuenta: el bien último, mi salvación y la de mis hermanos. Es más fácil desvincularse de la presa y buscar soluciones de pequeño cabotaje, volar bajo, buscar el compromiso, contentarse con vivir al día. O, incluso, tomar partido de una vez por todas: es mejor un beneficio egoísta inmediato que esperar hasta quién sabe cuándo, que ilusionarse con que un día alguien salga afuera y me diga: «¡Amigo, pasa más adelante! ¡Tú mereces más: eres una persona valiosa!».

¡Pero tu Palabra no deja escapatoria! Me inquieta, me ilumina, me infunde ánimo. Me impone vigorosamente confrontarme con la verdad de mí mismo -y con la Verdad que eres tú, oh Señor-. Me llama a la humildad (que no es autodenigración), me presenta la promoción de los hermanos, me ensancha los horizontes hasta los confines escatológicos. Gracias, Señor, por esta luz que no disminuye. Permanece siempre cerca y llévame de la mano a ocupar mi sitio.

 

CONTEMPLATIO

No es lícito ni es conforme con una inteligencia racional que aquellos que aman a Dios prefieran los males a los bienes. Ahora bien, si algunos de ellos se han visto arrastrados allí a la fuerza con el pueblo, nosotros consideramos que lo han sido no por su propia deliberación, sino inducidos por las circunstancias, para la salvación de aquellos que tenían necesidad de ser llevados de la mano: por eso han dejado la Palabra más elevada del conocimiento y han llegado a la enseñanza relacionada con las pasiones. Por ese motivo juzgaba el gran apóstol que era más útil permaneciendo en la carne, esto es, en la enseñanza moral, en favor de los discípulos, aunque deseaba plenamente liberarse de la enseñanza moral y estar con Dios, mediante la contemplación simple y ultraterrena del intelecto (Máximo el Confesor, «Duecento Capitoli, II Centuria, 49», en La filocalia, Turín 1983, II, 149 [edición catalana: Centúries sobre l'amor, Proa, Barcelona 2000]).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

A los ojos del judaísmo, toda alma humana es un elemento al servicio de la creación de Dios llamada a ser, en virtud de la acción del hombre, Reino de Dios; de ahí que a ningún alma le haya sido fijado un fin interno a sí misma, en su propia salvación individual. Es cierto que cada uno debe conocerse, purificarse, llegar a la plenitud, pero no en beneficio de sí mismo, no en beneficio de su felicidad terrena o de su bienaventuranza celestial, sino en vistas a la obra que debe realizar sobre el mundo de Dios. Es preciso olvidarse de uno mismo y pensar en el mundo. El rabí Bunam vio en cierto sentido la historia del género humano en camino hacia la liberación como un acontecimiento que se desarrolla entre estos dos tipos de hombres: el orgulloso, que, tal vez bajo la apariencia más noble, piensa en sí mismo, y el humilde, que en todas las cosas piensa en el mundo.

Sólo cuando cede a la humildad es redimido el orgulloso, y sólo cuando éste es redimido puede ser redimido, a su vez, el mundo. Y el mayor de los discípulos del rabí Bunam, ese que, entre todoilos zaddik, fue el personaje trágico por excelencia, el rabí Mendel de Kozk, dijo una vez a la comunidad reunida: «¿Qué es lo que os pido a cada uno? Sólo tres cosas: no mirar de reojo fuera de uno mismo, no mirar de reojo dentro de los otros, no pensar en uno mismo». Lo que significa: primero, que cada uno debe vigilar y santificar su propia alma en el mundo y en el lugar que le es propio, sin envidiar el modo ni el lugar de los otros; segundo, que cada uno debe respetar el misterio del alma de su semejante y abstenerse de penetrar en él con una indiscreción desvergonzada y con la intención de utilizarlo para sus propios fines; tercero, que cada uno debe abstenerse, en la vida consigo mismo y en la vida con los otros, de tomarse a sí mismo como fin (M. Buber, // cammino dell'uomo, Magnano 1990, pp. 53-56, passim).

 

 

Lunes 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,1-4

Hermanos:

1 Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tenéis un corazón compasivo,

2 dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo.

3 No hagáis nada por rivalidad o vanagloria; sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos.

4 Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás.

 

*•• Pablo acaba de exhortar a los cristianos de Filipos a comportarse de una manera digna del Evangelio; al mismo tiempo, se ha ofrecido a sí mismo como modelo de resistencia y de lucha contra los adversarios del Evangelio. Ahora, la exhortación apostólica se vertebra de un modo claro e iluminador. El comienzo (v. 1) y el final (v. 4) de esta pequeña unidad literaria se reclaman y se completan mutuamente: en primer lugar aparece una concentración cristológica y, a continuación, una dilatación antropológica. En el centro (w. 2ss), expresa Pablo el derecho a recibir una gratificación personal en calidad de apóstol: «Dadme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo».

La primera parte de esta lectura (w. lss) se caracteriza por una serie de «si» que, en realidad, expresan no una hipótesis, sino una certeza. Este relieve, de naturaleza literaria, es importante para comprender el pensamiento de Pablo por el hecho de que en su concepción teológica todo lo que es bueno, bello y santo deriva de Cristo y de su misterio pascual, que se dilata, como es obvio, en la mente, en el corazón y en las relaciones interpersonales de los creyentes. La segunda parte de la lectura (v. 3ss) presenta una formulación negativa orientada a otra positiva. El apóstol exhorta a extirpar del tejido conectivo de la comunidad creyente toda «rivalidad o vanagloria», y recomienda: «Sed, por el contrario, humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás».

 

Evangelio: Lucas 14,12-14

En aquel tiempo,

12 dijo Jesús al jefe de los fariseos que le había invitado: -Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, no sea que ellos, a su vez, te inviten a ti y con ello quedes ya pagado.

13 Más bien, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados y a los ciegos.

14 ¡Dichoso tú si no pueden pagarte! Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten.

 

*•• En el marco de una invitación a comer, después de haber curado a un hidrópico en sábado y de haber propuesto una parábola, Jesús dirige ahora una serie de advertencias al jefe de los fariseos que le había invitado.

Se trata de una de esas afirmaciones de Jesús que nacen de la experiencia, de la vivencia inmediata, observada con extrema atención, interpretada de manera simbólica y trasladada al ámbito religioso. Las dos partes de este breve texto evangélico se corresponden perfectamente: el paralelismo antitético facilita su comprensión («Cuando des una comida... Más bien, cuando des un banquete...»: w. 12.13).

La enseñanza de Jesús está muy clara y, para que pueda incidir en la sensibilidad de sus destinatarios, la confía en dos «situaciones de vida» que, para un jefe de los fariseos, debían ser habituales. Por un lado, Jesús pone en guardia contra actitudes sólo aparentemente generosas, aunque, en realidad, son interesadas, egoístas y productivas. Este modo de proceder, según Jesús, no sólo traiciona un ánimo mezquino, sino que termina por comprometer también las relaciones interpersonales.

La situación contraria que presenta Jesús se presta, en cambio, a una invitación exquisitamente evangélica, que nos conduce al corazón de la enseñanza de Jesús: la opción de privilegiar a los pobres, a los lisiados, a los cojos y ciegos, exactamente a ésos a quienes el Señor ama más que a cualquier otro y entre los que difunde su benevolencia. Se trata del mensaje de las bienaventuranzas (Le 6,20-26), que todos conocemos bien. La bienaventuranza y la promesa del v. 14 completan de modo admirable la enseñanza de Jesús.

 

MEDITATIO

Hasta en el gesto, aparentemente magnánimo, de quien distribuye a los invitados para la comida o la cena se puede esconder un sentimiento de egoísmo, a saber: cuando la elección de los invitados está sugerida sólo por motivos de obligación, de conveniencia social, de mera simpatía o de interés. Es obvio que el tema sugerido por la lectura evangélica -que encuentra también cierta resonancia en el final de la primera lectura- es el de la gratuidad, acompañado y reforzado por la «opción preferencial por los pobres», que no es un descubrimiento de los cristianos de hoy, sino la quintaesencia del Evangelio. Con todo, es menester liberar este término de un significado puramente material, como quizás estemos inclinados a hacer hoy, dada nuestra sensibilidad al valor económico de nuestras acciones y nuestros gestos: todo lo que hacemos, todo lo que producimos, no puede dejar de tener -incluso debe tener- un valor económico. Sin embargo, Jesús quiere educarnos para que procedamos a una evaluación también espiritual, es decir, integral y más completa, de nuestras acciones y de nuestras opciones.

Así, gratuidad significa e implica prestar más atención a los otros que a nosotros mismos, reconocer en los otros un valor objetivo, porque cada uno lleva en su propio ser la imagen y la semejanza de Dios, de ahí que sea, por sí mismo, digno de atención, de estima y de amor.

Comprendemos así el sentido de la bienaventuranza que proclama Jesús al final de este texto evangélico y, sobre todo, la promesa de una recompensa que, según la lógica de Dios, nos será asegurada «cuando los justos resuciten».

 

ORATIO

Oh Señor Jesús, tú buscaste a los pobres y a los hambrientos y me dices: «Comparte con ellos tu abundancia, y ellos creerán que yo soy el Pan de la vida».

Oh Señor Jesús, tú invitaste a tu mesa a los oprimidos y a los perseguidos y me dices: «Lucha por su libertad, y ellos creerán que yo soy la Luz del mundo».

Oh Señor Jesús, tú has llamado a las víctimas de muchas y diferentes violencias y me dices: «Denuncia con valor todo mal, y ellos creerán que yo soy la Verdad».

Oh Señor Jesús, tú acogiste en tu redil a las ovejas que estaban dispersas y me dices: «Abandona tu aspecto perfeccionista, y ellos creerán que yo soy el buen Pastor».

Así serás pobre, apacible, misericordioso, limpio de corazón, obrador de la paz, amante de la justicia. En una palabra, ¡serás bienaventurado!

 

CONTEMPLATIO

Está también el reproche del Señor a los escribas. Les reprocha su dureza cuando les dice: «Entended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios"» (Mt 9,13).

Tanto los escribas como los fariseos estaban persuadidos de que podían quitarse los pecados de encima con los sacrificios prescritos por la Ley. Por eso el Señor da preferencia a la misericordia sobre el sacrificio: para demostrar con claridad que los delitos de todo tipo de pecado pueden ser cancelados no en virtud de los sacrificios de la Ley, sino en virtud de las obras de misericordia. Análoga es la invitación que el Señor dirige a los fariseos en otro pasaje, cuando los apostrofa con estas palabras: «Pues dad limosna de vuestro interior, y todo lo tendréis limpio» (Le 11,41). Éste es, por consiguiente, el sentido de la expresión «misericordia quiero y no sacrificios». Tanto es así que continúa: «En efecto, no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Cromacio de Aquileya).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás» (Flp 2,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Uno de los encuentros más interesantes de la madre Teresa de Calcuta fue el que mantuvo con el emperador etíope Hailé Selassié pocos meses antes del golpe de Estado que acabaría por deponerle. La pequeña hermana estaba avisada de que no debía hacerse demasiadas ilusiones, dado que ya eran muchas las organizaciones religiosas y sociales que habían intentado inútilmente trabajar en Etiopía, y no tardó mucho en comprender que la decisión correspondía al emperador y sólo a él. La audiencia estuvo precedida por una conversación con el chambelán de palacio, que se desarrolló en estos términos: «¿Qué es lo que espera de nuestro gobierno?» «Nada -respondió la madre Teresa-; he venido sólo a ofrecer a mis hermanas para que trabajen entre los pobres y los que sufren.» «¿Qué harán las hermanas?» «Nos entregaremos con todo lo que somos a servir a los más pobres entre los pobres.» «¿De qué títulos disponen?» «Intentamos entregar amor y compasión a aquellos que no son amados ni deseados.» «Veo que su enfoque es completamente distinto. Usted predica a la gente, ¿intenta acaso convertirla?» «Nuestros actos de amor hablan al pobre que sufre del amor que Dios siente por él».

Cuando, finalmente, la madre Teresa fue conducida a la presencia del emperador, le esperaba una sorpresa. Selassié pronunció unas pocas palabras: «He oído hablar de su trabajo. Me hace muy feliz que esté aquí. Sí, que sus hermanas vengan también a Etiopía».

 

Martes 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,5-11

Hermanos:

5 Tened, pues, los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús.

6 El cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios.

7 Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre,

8 se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

9 Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre,

10 para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos,

11 y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

**• La liturgia nos presenta hoy una de las páginas más intensas y más bellas de todo el Nuevo Testamento.

Con bastante probabilidad, Pablo se hace testigo de una tradición anterior a él que había acuñado un himno cristológico de importancia fundamental. El himno está introducido por una exhortación apostólica que nos invita a hacer nuestros «los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús» (v. 5). No se trata de una vaga recomendación, sino de una indicación autorizada para caminar siguiendo el ejemplo de Jesús, es decir, a vivir como él vivió. A continuación viene el himno cristológico, que la liturgia pone de relieve con mucha frecuencia. El carácter ejemplar de Cristo se fundamenta aquí en «su misterio», y éste, a su vez, ilumina la vida de cada cristiano.

El himno se subdivide en dos partes. Los w. 6-8 describen la katabasi, o sea, el abajamiento de Jesús, que de Dios se hizo hombre, «tomó la condición de esclavo» y se humilló «hasta la muerte, y una muerte de cruz». Los w. 9-11 describen, en cambio, la anábasi, o sea, la elevación de Jesús por obra de Dios Padre, que lo resucitó y «le dio el nombre que está por encima de todo nombre», adorable en el cíelo y en la tierra, un nombre que debe ser proclamado a todo el mundo: «Jesucristo es Señor». El misterio de Cristo está sintetizado de una manera lineal y completa: la fe de cada cristiano encuentra aquí su centro y su síntesis gracias a la mediación de Pablo, que se hizo no sólo evangelizador, sino también - e incluso antes- discípulo y testigo de este misterio.

 

Evangelio: Lucas 14,15-24

En aquel tiempo,

15 uno de los convidados le dijo a Jesús:

-Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.

16 Jesús le respondió:

-Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos.

17 A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: «Venid, que ya está todo preparado».

18 Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: «He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses

19 Otro dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses».

20 Y otro dijo: «Acabo  de casarme y, por tanto, no puedo ir».

21 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos».

22 El criado dijo: «Señor, se ha hecho como mandaste y todavía hay sitio».

23 El señor le dijo entonces: «Sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre, hasta que se llene mi casa.

24 Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena».

 

**• El paso de una comida común a la imagen del banquete mesiánico es bastante lógico y espontáneo para Lucas: por eso este evangelista establece un nexo entre la parábola precedente (leída en el fragmento de ayer) y la de ahora insertando entre ambas la expresión: «Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios» (v. 15). Esta exclamación tiene por objeto la participación en la comunión con Dios en el tiempo de la «resurrección de los justos»: la dimensión escatológica de nuestra fe y de nuestra experiencia religiosa es más que evidente.

La parábola contempla diferentes invitaciones y otros tantos rechazos por parte de aquellos que, por no haber percibido la novedad de la presencia de Jesús, no sienten ninguna necesidad de salvación y se sustraen así al beneficio de un don maravilloso. Es interesante destacar, como hacen algunos exégetas, que en esta parábola está esbozada la historia de la salvación: casi podría decirse que cada invitación y cada rechazo corresponden a otras tantas estaciones de una historia visitada por Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

La «cima» de la parábola debe ser situada ciertamente en la expresión que pone Lucas en boca del señor de la casa: «Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos» (v. 21). Es como decir que en el banquete mesiánico participarán los excluidos y serán excluidos de él, en cambio, los que tenían derecho. La ley que caracteriza a la nueva alianza aparece confirmada una vez más; se afirma de nuevo la complacencia del Padre; la finalidad primera y central de la enseñanza y de la presencia de Jesús entre nosotros encuentran aquí una afirmación renovada.

 

MEDITATIO

La parábola que nos presenta el evangelio de hoy pertenece a una de esas que los estudiosos llaman «parábolas de la invitación divina»: tenemos aquí una clave de lectura no sólo del texto evangélico, sino de toda la liturgia de la Palabra de este día. Por un lado, sobresale claramente la figura de aquel que invita, el Padre, que, por medio de su Hijo, vuelve a expresar en cada tiempo y en cada lugar su propia voluntad salvífica universal. Al mismo tiempo, se perfila también con claridad la figura de aquel que, en nombre de Dios Padre, se hizo «Evangelio » por nosotros, en el sentido de que Jesús no se contentó con hablar en nombre de Dios, sino que es Palabra de Dios encarnada, es decir, viviente en medio de nosotros.

Junto a la figura de Dios Padre y de Jesucristo, aparece también en la parábola la figura de los invitados, esto es, de nosotros y de todos aquellos que, en distintos tiempos y lugares, han entrado en contacto con la Buena Mueva de Jesús salvador. Aquí es donde se capta el carácter dramático del relato, que, para nosotros, ya no es sólo una parábola, en el sentido literario del término, sino que se convierte en una historia viva, punzante, siempre actual. En ella, cada uno de nosotros está llamado a «jugarse» a sí mismo con la plena libertad de su decisión, pero también con la responsabilidad que implican sus opciones. Es bueno para nosotros que, de la parábola, mane claro el anuncio de lo que complace a Dios, de aquello para lo que vino Jesús al mundo, de lo que constituye el objeto de la predicación apostólica: Dios ama, prefiere y quiere como hijos suyos amadísimos a aquellos a quienes la sociedad margina y considera frecuentemente seres insignificantes e inútiles. La invitación dirigida a cada uno de nosotros consiste, por tanto, en ser pobres en el sentido evangélico del término, a saber: en tener un corazón consciente de su propio pecado, traspasado por el dolor y deseoso Reencontrar al Médico celestial.

 

ORATIO

Libérame, Señor, de los obstáculos que Sientan atarme a un pasado glorioso o cargado de injusticias y de resentimiento o a un presente mezquino o cautivador; hazme libre de seguirte por los caminos del Evangelio y de la historia para anunciar y difundir la verdadera libertad.

Señor, dame la fuerza necesaria para salir de una muchedumbre acomodadiza que, presa por completo de sus propios fines y de sus propias metas, se vuelve sorda e insensible a tus invitaciones y las rechaza presentando como excusas necesidades apremiantes; hazme sensible y dispuesto a tus llamadas, en todas las estaciones de mi vida, para anunciar y dejar aparecer tu voluntad.

Señor, ayúdame a seguir con honestidad y constancia mi misión -por pequeña o grande que sea-, contrarrestada a veces, trabajosa y en absoluto popular, porque deseo seguirte sólo a ti, que eres el único camino verdadero: fiel sin volverme nunca hacia atrás, cueste lo que cueste, para anunciar y servir tu proyecto de salvación.

 

CONTEMPLATIO

¿Qué es la compunción cristiana? Es la íntima experiencia del alma que -frente a la muerte y resurrección del Señor- percibe la entidad y la gravedad de su pecado en relación con la inmensidad de la majestad de Dios y de su amor absolutamente gratuito, tal como se revela en los padecimientos y en la muerte de Cristo y, al mismo tiempo, en el poder liberador y pleno de su señorío de Resucitado. La compunción se siente como una transfixión del corazón: como una punción que hace salir el veneno del mal, que atenúa y vence su dureza, que infunde junto con el dolor del pecado la certeza profunda y sosegada de haber encontrado por fin al Médico omnipotente: y por eso es un sentimiento de reposo y de humilde y amoroso reconocimiento, por un lado, de nuestra indignidad y, por otro, del inexpresable amor divino, que nos acoge en el perdón y en la paz, en Cristo y por Cristo, el Crucificado-Resucitado.

En el don de la compunción se injerta o el deseo del bautismo en el nombre de Jesús o, para los que ya estamos bautizados, la reactualización de nuestro bautismo y, por consiguiente, de sus energías sanadoras y elevadoras, a través del don renovado del Espíritu Santo.

Tal es -al menos en su inicio y con posibilidades de crecimiento y desarrollo infinito- la compunción cristiana, tan fundamental y tan discriminadora para el cristiano y, a fortiori, para el monje, que puede considerarse, antes que nada, un «hombre compungido», más que un hombre «aislado», más que un monje que vive en la soledad. Sin la compunción -siempre actualmente renovada incluso en los estadios más avanzados de la vida espiritual- me parece que no puede haber verdad total ni progreso real en el camino hacia Dios (G. Dossetti).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Jesucristo es Señor» (Flp 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Estar vestido de este «yo» hecho de opiniones de personas indiferentes, de condecoraciones insignificantes, de «intervenciones » protocolarias. Oprimido en esta camisa de fuerza de lo inmediato.

Salir de todo esto, desnudo, sobre el abismo del alba, aceptado, invulnerable, libre: en la luz, con la luz, de luz. Uno, real en el uno. Salir fuera de mí mismo en cuanto obstáculo para mí mismo en esta consumación.

¿Por qué privarte de ello -dices-, si la cosa no hace mal a nadie y a ti te hace bien? ¿Por qué, si no está en contradicción con la decisión que has tomado? Tu misma reacción al olvidar esta promesa -como reacción a una traición y a una debilidad humillante- es una respuesta suficiente a tu pregunta.

Todo en el presente, nada para el presente. Nada para el futuro que tenga que ver con tu nombre o tu sosiego. Sólo si tu esfuerzo ha sido guiado por una entrega al deber en la que te hayas olvidado por completo de ti mismo podrás conservar la fe en todo su valor. Ahora bien, si ha sido así, tu esfuerzo hacia la meta te habrá enseñado a alegrarte cuando otros la alcancen (D. Hammarksold).

 

 

Miércoles 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,12-18

12 Así pues, amados míos, vosotros, que siempre me habéis obedecido, hacedlo también ahora que estoy ausente, incluso con mayor empeño que si estuviera presente, y esforzaos con santo temor en lograr vuestra salvación.

13 Que es Dios quien, más allá de vuestra buena disposición, realiza en vosotros el querer y el actuar.

14 Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones.

15 Seréis así limpios e irreprochables; seréis hijos de Dios sin mancha en medio de una generación mala y perversa, entre la cual debéis brillar como lumbreras en medio del mundo,

16 manteniendo con firmeza la Palabra de vida para que, el día en que Cristo se manifieste, pueda yo enorgullecerme de no haber corrido o trabajado inútilmente.

17 Y aunque tuviera que ofrecerme en sacrificio al servicio de vuestra fe, me alegraría y congratularía con todos vosotros.

18 Por lo mismo, alegraos también vosotros y regocijaos conmigo.

 

**•' Del corazón de Pablo brotan algunas recomendaciones paternas dirigidas a los cristianos de la comunidad de Filipos, pero a cada una de ellas le corresponde su motivación y precisión concreta.

En primer lugar, los cristianos deben dedicarse con santo temor a obtener su salvación (v. 12); al mismo tiempo, sin embargo, deben recordar que sólo Dios puede suscitar en ellos la capacidad de vivir de un modo conforme a su voluntad (v. 13). En segundo lugar, los cristianos deben «brillar como lumbreras en medio del mundo» (v. 15) no para presumir ante los otros, sino únicamente con la finalidad de mantener con «firmeza la Palabra de vida» (v. 16a). En tercer lugar, los cristianos contribuyen a hacer crecer la alegría del apóstol en la medida en que se disponen a ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios, y no por una mera gratificación personal, sino para asimilarse a Cristo Jesús y disponerse a la comunión con el Padre (v. 16b-17).

De este modo, la exhortación apostólica se arraiga en el misterio de Cristo y de la salvación anunciada y realizada por él y, al mismo tiempo, se traduce en líneas de ortopraxis cristianas, las cuales valen no sólo para los destinatarios de la carta, sino también para nosotros, a quienes llega, aquí y ahora, el alegre mensaje de la salvación.

 

Evangelio: Lucas 14,25-33

En aquel tiempo,

25 como le seguía mucha gente, Jesús se volvió a ellos y les dijo:

26 -Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

27 El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío.

28 Si uno de vosotros piensa construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla?

29 No sea que, si pone los cimientos y no puede acabar, todos los que le vean se pongan a burlarse de él,

30 diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».

31 0 si un rey está en guerra contra otro, ¿no se sienta antes a considerar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que le va a atacar con veinte mil?

32 Y si no puede, cuando el enemigo aún está lejos, enviará una embajada para negociar la paz.

33 Del mismo modo, aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío.

 

**• Después de abandonar la casa del fariseo, Jesús se encuentra con la muchedumbre. Cuando tiene lugar este paso, la enseñanza evangélica asume, por lo general, unos acentos más íntimos y, en algunas ocasiones, más radicales. Éste es el caso de la lectura evangélica de hoy. En ella -como ya había ocurrido con las «bienaventuranzas »- confía Jesús a la muchedumbre el ideal evangélico, que, si es acogido en su integridad, compromete, arrolla y desconcierta toda la vida.

La disposición de este pasaje evangélico es muy simple: contiene dos parábolas (w. 28-32), precedidas (w. 25-27) y seguidas por dos invitaciones a la renuncia (v. 33). En ambas parábolas se ilustra la necesidad de reflexionar antes de emprender una empresa, calculando bien las posibilidades de llevarla a puerto. Es menester evitar toda ligereza o temeridad. Una vez que se ha tomado una decisión, es preciso proceder con la más absoluta fidelidad: un fracaso debido a la indecisión o la nostalgia sería imperdonable. Incluso el «seguir a Jesús» por el camino que le está llevando decididamente a Jerusalén y hacia el Calvario es una empresa bastante arriesgada, en la que es necesario comprometer toda la vida. En la verdad de esta reflexión se injertan la invitación inicial y la final de este pasaje, que contiene una de las exigencias más radicales del Evangelio.

Renunciar a nuestro padre y nuestra madre, llevar la cruz e ir detrás de Jesús, renunciar a todos los bienes que poseemos (w. 26ss y 33), son algunas de esas exigencias que no dejan lugar a ninguna duda; al contrario, con su valor paradójico chocan con nuestra sensibilidad y nos hacen escandalizarnos. Proceder así sería una manera, más o menos elegante, de sustraernos a la invitación de Jesús, para seguir haciendo lo que nos viene en gana.

 

MEDITATIO

Nos encontramos frente a una de las «palabras duras» de Jesús, de las que se desprende con unos términos extremadamente claros el radicalismo evangélico del que hemos hablado en la lectio. Con todo, este radicalismo no ha de ser considerado de un modo genérico y mucho menos de un modo irracional. En efecto, la invitación de Jesús implica algunas decisiones que dejan aparecer las grandes motivaciones del radicalismo evangélico cuando lo situamos en el contexto general del Evangelio.

La primera de estas decisiones recae sobre la persona misma de Jesús: «Si alguno quiere venir conmigo... El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío». Está claro, por tanto, que la renuncia a los bienes y a las personas no es un fin en sí misma, no tiene ningún valor autolesivo, no puede ser desarrollada en perjuicio propio, sino que encuentra en Jesús, maestro y salvador, su motivación primera y última.

La posibilidad de llegar a ser «discípulo de Jesús» constituye el otro gran deseo de todo verdadero creyente, y para alcanzar esta meta se debe estar dispuesto a dejar todo y a todos por amor, sólo por amor. Si es lógico o no emplear la propia vida de este modo no puede decirlo más que aquel o aquella que sabe que de la fe se desprende un estilo de vida. En consecuencia, no debemos buscar una racionalidad puramente humana, sino una racionabilidad que satisfaga la mente y el corazón del -verdadero discípulo.

Como sabemos, ha sido precisamente Lucas quien ha recogido este tipo de enseñanzas de Jesús. En efecto, el tercer evangelista escribía para una comunidad que necesitaba hacer cada vez más esencial su propia adhesión al Evangelio. Por eso Lucas la invita a practicar opciones fundamentales en favor del Evangelio, sin dejarse distraer por preocupaciones terrenas y sin alegar excusas fútiles. Y esto vale también para nosotros.

 

ORATIO

«Pierde tu vida y la encontrarás». Señor, esta invitación tuya suena ilógica, absurda, empapada de fracaso y de muerte. Sin embargo, la vida no puede ser poseída como un tesoro que escondamos celosamente o para administrar sólo como propio, porque se marchitaría en su propia limitación. Tú, en cambio, me has mostrado que mi existencia tiene que encarnarse poniéndome en movimiento entre tu proyecto misterioso y ya establecido y mi decisión de realizarlo o no; se ha de desarrollar entre una sucesión de aventuras placenteras o dolorosas, padecidas o compartidas, que orientan los pasos inseguros de mi vida diaria vivida con otros y para otros.

Lo he comprendido, Señor: mi vida es un don para compartir, es un bien para dar, es un tesoro para revelar; para gozarla plenamente, para vivirla a fondo, debo entregarla. ¡Lo quiero, Señor!

 

CONTEMPLATIO

Tanto que, por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá.

Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos (Col 2,3), en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos si (como habernos dicho) no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría; porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual; porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.

¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios -que son de muchas maneras- si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella en la espesura de la cruz! Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones [...] Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta, y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos (Juan de la Cruz, Cántico espiritual [B], Canción 37, 4; Canción 36, 13, en Obras completas, BAC, Madrid 141994, pp.884y882).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Debéis brillar como lumbreras en medio del mundo, manteniendo con firmeza la Palabra de vida» (Flp 2,15ss).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Ser tuya! Pongo en el seno de la Santísima Trinidad mi voluntad, mi corazón, mi cuerpo, mi pensamiento, para que sean consumidos por las llamas del amor divino. Señor Jesús, los abandono a ti para que en mí se produzca el vacío y en él puedas depositar tú tu pensamiento, tu corazón, tu voluntad, todo. Un intercambio silencioso e inefable a los pies del tabernáculo, después de la santa comunión y por la mañana: tu acción interior.

Tú y yo; yo y tú; tú en mí, más aún que yo en ti. Yo estoy en ti para morir ahí, tú estás en mí para vivir ahí. Tengo la impresión de que mi pobre ser debe ser incinerado por el poder, por la fuerza, por el ardor de tu divinidad reviviente en él. Siento que mi corazón... más aún, siento que tu corazón dejará en mi pecho latidos de amor.

Es terrible dejarte revivir en nosotros, es terrible esta unión contigo, porque nos amas con un amor que parece aniquilarnos, porque sufres con un sufrimiento que destruiría en virtud de su violencia nuestro ser, si tú no lo sostuvieras. Me pregunto si el perenne y oscuro sufrimiento de mi alma no deriva precisamente de esto: que no sé amar cuanto quisiera, que no sé dejarte vivir en mí como quisiera, que no sé transformarme en ti como quisiera.

Quisiera perderme en ti, guardar silencio, gozar de mi transformación (ítala Mela).

 

 

Jueves 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,3-8a

Hermanos:

3 La verdadera circuncisión somos nosotros, los que tributamos un culto nacido del Espíritu de Dios y hemos puesto nuestro orgullo en Jesucristo, en lugar de confiar en nosotros mismos.

4 Y eso que, en lo que a mí respecta, tendría motivos para confiar en mis títulos humanos. Nadie puede hacerlo con más razón que yo.

5 Fui circuncidado a los ocho días de nacer, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados, fariseo en cuanto al modo de entender la Ley,

6 ardiente perseguidor de la Iglesia e irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la Ley.

7 Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo.

8 Es más, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.

 

*•• Pablo abre la parte exhortatoria de esta carta con una especie de autobiografía. Se ve obligado a hacerlo frente a aquellos que no sólo se cierran a la llamada salvífica que se desprende del Evangelio, sino que también intentan denigrar su persona y su misión apostólica. De esto depende el carácter, polémico en parte, de este pasaje.

Sin embargo, esto brinda a Pablo la ocasión de presentar a todos, y no sólo a los filipenses, su origen hebreo, su vocación apostólica, su fidelidad a la misma.

De este modo nos hace ver que, para comprender sus cartas, resulta indispensable pasar a través de su personalidad, sobre todo a través del gran acontecimiento de Damasco, que marca su conversión a Cristo Señor y el comienzo de su misión. Pero le brinda, sobre todo, la ocasión de declarar abiertamente un hecho: el encuentro con Cristo ha invertido literalmente su manera de ver las cosas, su criterio valorativo sobre hechos y personas.

Por encima de todo y de todos está ahora, para él, Cristo, el Señor, no sólo como objeto de su fe, sino también como fuente de su misión y, lo más importante, como destinatario de su amor. Pablo expresa esta inversión de los valores con una frase extremadamente significativa: «Pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (v. 8).

Éste es el único lugar en todo el epistolario paulino en que el adjetivo posesivo «mi» aparece junto al título cristológico «Señor»: esto es signo no sólo del hecho de que Pablo se encontró con Jesús resucitado, sino también de la gran intimidad que alcanzó su amor con el mismo Jesús.

 

Evangelio: Lucas 15,1-10

En aquel tiempo,

1 todos los publícanos y pecadores se acercaban a Jesús para oírle.

2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban:

-Éste anda con pecadores y come con ellos.

3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:

4 -¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar a la descarriada hasta que la encuentra?

5 Y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría

6 y, al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!».

7 Pues os aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

8 O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?

9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: «¡Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!».

10 Os aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta.

 

*•• Estamos ante el capítulo central del evangelio según san Lucas; en él ha querido concentrar su autor el mensaje principal de su obra: el Evangelio de la misericordia.

Al mismo tiempo, y según los estudiosos, Lucas nos aproxima lo más posible al Jesús histórico, que vino a nosotros sobre todo a anunciar y a encarnar el amor misericordioso del Padre.

Los dos primeros versículos del pasaje evangélico nos ofrecen el contexto histórico de las tres parábolas contenidas en este capítulo. Por un lado, los publícanos y los pecadores, que se acercan a Jesús «para oírle» (v. 1) -sabemos que Jesús sentía una especial debilidad por ellos-. Por otro lado, los fariseos y los maestros de la Ley, que murmuraban en contra de él -y también sabemos que Jesús les dirigía con frecuencia amargas palabras-. Las parábolas de la oveja extraviada y la moneda perdida -junto a la parábola del padre misericordioso que nos presenta Jesús como icono de Dios-padre han de ser interpretadas a la luz del contexto histórico: ambas, por consiguiente, pretenden iluminar, por un lado, la situación de lo que estaba perdido y de quién estaba perdido y, por otro, la alegría del que ha podido encontrar lo que había perdido.

La alegría del hombre es trampolín de lanzamiento hacia la alegría de Dios: Lucas subraya fuertemente tres veces, a modo de estribillo, la alegría de Aquel que ha amado tanto al mundo que le ha dado a su Hijo y obtiene de ello la máxima alegría posible.

 

MEDITATIO

Que se alegren los que buscan al Señor: el estribillo del salmo responsorial de la liturgia de hoy sintetiza bastante bien el mensaje central. Como es obvio, cuando se habla de «alegría», en la jerga bíblica y, sobre todo, en la evangélica, es menester liberarla de todo significado exterior y efímero. Se trata, más bien, de una alegría exquisitamente personal, interpersonal, que crece en la medida en que es participada y compartida.

Es la alegría de Pablo, que brota del sublime conocimiento de Jesucristo y desea compartir con los cristianos de Filipos; es la alegría del Padre, que goza más en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión; es la alegría de Cristo, el buen Pastor dispuesto a dar su vida por la salvación de un solo pecador; pero es también nuestra alegría, la de los pecadores que sabemos que tenemos en el cielo un Padre misericordioso, además de un mediador compasivo y amoroso, del mismo modo que sabemos que tenemos también en la tierra alguien que, en su nombre, ha recibido el ministerio de perdonar nuestros pecados, a fin de que aprendamos a ser compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos.

Es, por consiguiente, la alegría del perdón otorgado a quien lo necesita y lo pide con humildad, pero es también la alegría del perdón pedido con humildad, acogido con gratitud y evangelizado con valor.

 

ORATIO

¿Fariseo? A veces lo soy, y tú entonces, Señor, me condenas, porque, tras haberme vuelto seguro con una lógica intransigente, me vuelvo intolerante con los que son esclavos de normas absolutas que ofuscan y desaprueban la libre aportación de decisiones individuales destinadas a situaciones específicas. Esta actitud me convierte en un «sepulcro blanqueado», irreprensible en cuanto a la justicia -como dice Pablo- y duro con las limitaciones ajenas. Pero tú has dicho: «¡Ay de los que juzgan...!».

¿Publicano? Así me presento, y tú, Señor, me perdonas porque no soy «justo» a mis ojos. Esta visión, más humana y más real, de mi debilidad me permite experimentar tu misericordia, gustar tu amor y vivir con agradecimiento en una actitud de respeto hacia ti, hacia mí mismo, hacia los otros, hacia el mundo. Al amor se le responde con alegría, y por eso «se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se convierta».

 

CONTEMPLATIO

Considera cuan grande es la dulzura y la piedad de Dios, su clemencia y bondad; cuan suave es con todos, compasivo en todas sus acciones, siempre dispuesto a perdonar, «clemente y misericordioso, lento a la ira, rico en amor y siempre dispuesto a perdonar. ¡Quién sabe si no perdonará una vez más!» (Jl 2,13). «Padre misericordioso y Dios de todo consuelo. Él es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor l,3ss).

Y «como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles» (Sal 103,13). Sobre todo, debemos considerar que si el Padre «no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?» (Rom 8,32), «reconciliando el mundo consigo en Cristo» (2 Cor 5,19), el cual «nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre» (Ap 1,5) y, por nosotros, se revistió de la carne, fue ultrajado con la cruz y condenado a muerte.

¿Crees que alguien que ha sufrido tanto por ti te abandonará? No lo pienses jamás. ¿A cuántos que se alejaron más que tú de él los llamó junto a él? En efecto, él es aquel por el cual «allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20). De ello es testigo el santo David, que cometió un gran pecado manchándose de adulterio, homicidio y traición... pero donde abundó la impureza, sobreabundó la pureza; donde abundó la crueldad, sobreabundó la piedad; donde abundó el engaño, sobreabundó la rectitud. Encontraríamos innumerables casos similares si quisiéramos recordar todos aquellos en los que Dios, con su misericordia y piedad, remitió la iniquidad y perdonó los pecados, purificándolos, justificándolos y santificándolos en el Espíritu Santo.

Verdaderamente, «como dista el Oriente del Occidente, así ha alejado de ellos sus culpas el Señor» (Sal 103,12), introduciendo en ellos el bien allí donde estaba el mal, el mérito donde estaba la injusticia, la gracia donde estaba arraigada la culpa (Adam Scott, cartujo del siglo XIII).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Que se alegren los que buscan al Señor» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si un padre es dueño, sólo es libre el hijo que se rebela, esto es, el ateo. En cambio, si el padre es misericordia, amor, alguien que da libertad, entonces es libre el hijo que vive la libertad. El problema, por tanto, es el de la imagen de Dios. Si Dios es la ley, entonces es antagonista de mi libertad. En cambio, si Dios es Padre, entonces no es antagonista de mi libertad, sino que me forma para ella incluso a través de la ley, que tiene una función pedagógica. Ahora bien, la ley lleva siempre en sí misma el peligro de mantener al hombre en estado de minoría de edad.

El riesgo que corre el cristiano es el de no comprender que la humanidad puede llegar a ser mayor de edad (S. Fausti).

 

Viernes 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 3,17-4,1

3,17 Imitad mi ejemplo, hermanos, y fijaos en quienes me han tomado como norma de conducta.

18 Pues como ya os advertí muchas veces, y ahora tengo que recordároslo con lágrimas en los ojos, muchos de los que están entre vosotros son enemigos de la cruz de Cristo.

19 Su paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarles y sólo piensan en las cosas de la tierra.

20 Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor.

21 Él transformará nuestro mísero cuerpo en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter todas las cosas.

4,1 Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, vosotros, que sois mi gozo y mi corona, manteneos firmes en el Señor, queridos.

 

**• Pablo señala dos caminos posibles a los cristianos de Filipos, que desean hacerse discípulos del Crucificado: uno es aquel por el que caminan «los enemigos de la cruz de Cristo» (3,18). Son esos cuyo «paradero es la perdición; su dios, el vientre; se enorgullecen de lo que debería avergonzarles y sólo piensan en las cosas de la tierra» (v. 19) y están completamente absorbidos por los intereses terrenos. Para ésos, «su paradero es la perdición» (v. 19a). Resulta fácil entrever en esta categoría de personas a un grupo de cristianos que, a pesar de haberlo recibido ya, se han olvidado del bautismo y, sobre todo, se han perdido en una práctica de vida contraria al Evangelio. El otro camino es el recorrido e indicado por el mismo Pablo y por los que se han mantenido fieles a la «regla de vida» que han aprendido. Pablo no siente pudor a la hora de ponerse como «ejemplo» (v. 17) no tanto por los dones naturales que ha recibido como por el don de la gracia que le sorprendió en el camino de Damasco y le descompuso literalmente su vida, dándole una nueva orientación: nueva según la novedad de Cristo muerto y resucitado.

Los fieles de Filipos están invitados, por tanto, a realizar su elección libre y consciente no sólo en virtud del ejemplo que tienen delante, sino también y sobre todo en virtud de la esperanza que alimentan, a saber: «Tenemos nuestra ciudadanía en los cielos, de donde esperamos como salvador a Jesucristo, el Señor» (v. 20). Es tal el bien que espero (se dibuja aquí la patria celestial, lugar de alegría indefectible y de comunión amistosa) que acepto por él cualquier pena (ésa es la dura batalla que cada uno está llamado a librar en los días de su vida terrena). Se advierte así la dinámica del ya pero todavía no que caracteriza la experiencia de todo creyente.

 

Evangelio: Lucas 16,1-8

En aquel tiempo,

1 decía Jesús a sus discípulos: -Había un hombre rico que tenía un administrador, a quien acusaron ante su amo de malversar sus bienes.

2 El amo le llamó y le dijo: «¿Qué es lo que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque no vas a poder seguir desempeñando ese cargo».

3 El administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita la administración? Cavar ya no puedo, pedir limosna me da vergüenza.

4 Ya sé lo que voy a hacer para que alguien me reciba en su casa cuando me quiten la administración».

5 Entonces llamó a todos los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?».

6 Le contestó: «Cien barriles de aceite». Y él le dijo: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en seguida cincuenta».

7 A otro le dijo: «Y tú, ¿cuánto debes?». Le contestó: «Cien sacos de trigo». Él le dijo: «Toma tu recibo y escribe ochenta».

8 Y el amo alabó a aquel administrador inicuo, porque había obrado sagazmente. Y es que los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su propia gente que los que pertenecen a la luz.

 

*+• Para captar el pensamiento de Jesús a través de esta parábola es preciso tener presente el contexto global del capítulo, cuyo centro vital está constituido por el v. 14, que dice así: «Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús».

Del mismo modo que la primera parábola (w. 1-8) enseña el modo correcto de usar los bienes de la tierra, la segunda -la del rico epulón (w. 19-31)- enseña cómo no deben ser usados. En todo caso, la lección tiene como tema la philargyría, es decir, el amor al dinero.

A primera vista, la parábola del administrador infiel podría suscitar cierto asombro e incluso cierto escándalo, precisamente porque Jesús alaba su conducta, a pesar de su actitud astuta, deshonesta y egoísta. Más adelante, Lucas comparará a Dios con un juez que no practica la justicia (Le 18,1-8), y también en Mt 10,16 se invita a los discípulos a ser astutos como serpientes.

Con todo, no debemos escandalizarnos en absoluto: el Señor no nos ofrece como modelo a un estafador o a un pillo; lo que hace, más bien, es recordarnos que somos responsables de unos bienes que no nos pertenecen del todo, sino que hemos de considerarlos como dones de Dios y, en consecuencia, hemos de tratarlos, al mismo tiempo, con una prudencia y una audacia dignas de los hijos de Dios.

Ciertamente, no es fácil captar la «intención» de la parábola, pero al final del fragmento se nos ofrecen pistas que nos ponen en el buen camino: Jesús desea que los hijos de la luz, en su camino terreno, en su intento de conseguir los verdaderos bienes -los eternos-, se muestren más astutos que los hijos de este mundo (v. 8b). La astucia de la que habla Jesús está en función directa del deseo y de la consecución del verdadero bien.

 

MEDITATIO

Captamos diferentes estímulos en este fragmento evangélico: con ellos quiere Jesús provocar nuestra reflexión y nuestra respuesta. Aunque el discurso se haga, en ocasiones, difícil y la respuesta bastante comprometedora, el verdadero discípulo de Jesús no puede sustraerse a sus deberes concretos. En primer lugar, es preciso mantener la confrontación con los hijos de este mundo: en el evangelio encontramos muchísimas veces la invitación a ser animosos no sólo frente a la propuesta divina, sino también frente a aquellos que no quieren saber nada ni del Evangelio ni de la vida cristiana.

Por eso, no basta con la astucia; se requiere también el coraje, la osadía y la audacia de quien sabe que posee una palabra superior a cualquier otra y puede apoyarse en una promesa que no puede ser retractada. Del contexto global del capítulo se desprende una segunda gran invitación, que concreta el coraje evangélico: nuestros verdaderos amigos son los pobres, y se requiere, a buen seguro, un coraje de león para considerarlos como nuestros primeros y más queridos amigos. Quien llega a considerarlos como tales demuestra ser de verdad «listo» según Jesús, aunque no ciertamente según la lógica del mundo. Llegados a este punto, ya no queda ninguna incertidumbre sobre la astucia por la que el administrador deshonesto es alabado por su señor. La luz que se desprende de esta parábola nos llega a todos nosotros e iluminará nuestro camino en la medida en que nos dispongamos a invocarla, a acogerla y a caminar por el sendero que abre delante de nosotros.

 

ORATIO

Me preguntas, Señor: «¿Por qué andas indeciso?».

Decir la verdad... cuesta sangre, Señor;

descubrir mis mezquindades... me expone, Señor;

perder mis seguridades... es duro, Señor;

aceptar la desaprobación... es doloroso, Señor;

ver bloqueados mis planes... me disgusta, Señor;

reconocer mis infidelidades... me hace daño, Señor;

mostrar mis debilidades... me humilla, Señor;

renunciar a mis razones... no lo soporto, Señor.

El precio que hemos de pagar para ser honestos es

elevado, pero servir a dos señores me repugna.

Señor, ayúdame a ser honesto,

¡cueste lo que cueste!

 

CONTEMPLAIO

Al ver Dios que el temor arruinaba al mundo, trató inmediatamente de volverlo a llamar con amor, de invitarlo con su gracia, de sostenerlo con su caridad, de vinculárselo con su afecto.

Por eso purificó la tierra, afincada en el mal, con un diluvio vengador y llamó a Noé padre de la nueva generación, persuadiéndolo con suaves palabras, ofreciéndole una confianza familiar, al mismo tiempo que le instruía piadosamente sobre el presente y lo consolaba con su gracia, respecto al futuro. Y no le dio ya órdenes, sino que con el esfuerzo de su colaboración encerró en el arca las criaturas de todo el mundo, de manera que el amor que surgía de esta colaboración acabase con el temor de la servidumbre, y se conservara con el amor común lo que se había salvado con el común esfuerzo.

Por eso también llamó a Abrahán de entre los gentiles, engrandeció su nombre, lo hizo padre de la fe, le acompañó en el camino, le protegió entre los extraños, le otorgó riquezas, le honró con triunfos, se le obligó con promesas, lo libró de injurias, se hizo su huésped bondadoso, lo glorificó con una descendencia de la que ya desesperaba; todo ello para que, rebosante de tantos bienes, seducido por tamaña dulzura de la caridad divina, aprendiera a amar a Dios y no a temerlo, a venerarlo con amor y no con temor. Por eso también consoló en sueños a Jacob en su huida, y a su regreso le incitó a combatir y lo retuvo con el abrazo del luchador; para que amase al padre de aquel combate y no le temiese. Y asimismo interpeló a Moisés en su lengua vernácula, le habló con paterna caridad y le invitó a ser el liberador de su pueblo.

Pero así que la llama del amor divino prendió en los corazones humanos y toda la ebriedad del amor de Dios se derramó sobre los humanos sentidos, satisfecho el espíritu por todo lo que hemos recordado, los hombres comenzaron a querer contemplar a Dios con sus ojos carnales. Pero la angosta mirada humana ¿cómo iba a poder abarcar a Dios, al que no abarca todo el mundo creado? La exigencia del amor no atiende a lo que va a ser, o a lo que debe o puede ser. El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la dificultad. El amor es capaz de matar al amante si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir.

El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más? El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos si no iban a poder ver a Dios. Moisés se atreve por ello a decir: Si he obtenido tu  favor, enséñame tu gloria. Y otro dice también: Déjame ver tu figura. Incluso los mismos gentiles modelaron sus ídolos para poder contemplar con sus propios ojos lo que veneraban en medio de sus errores (Pedro Crisólogo, Sermón 147, en PL 52, 594-595).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudadanía en los cielos» (Flp 3,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que hacemos representa menos que una gota en el océano, pero sin esa gota le faltaría algo al océano. Yo soy un lápiz de Dios. Él escribe lo que quiere. Por sangre y origen soy albanesa. Tengo la ciudadanía india. Soy una monja católica. Por vocación, pertenezco a todo el mundo. En el corazón, pertenezco por completo al corazón de Jesús... Nuestra gente apenas consigue mantenerse en pie. Están hambrientos, o enfermos, o desnudos. Ni siquiera son capaces de sostener la caña de pescar. Lo que yo hago es darles un pescado para comer hasta que estén lo suficientemente fuertes. Entonces los entregaré a vosotros, vosotros les entregaréis la caña y les enseñaréis a pescar...

Me he visto obligada a padecer la celebridad. La uso por amor a Jesús. Cuando hablan de mí, los periódicos y las televisiones hablan de los pobres y de este modo despiertan la atención sobre los pobres. Vale la pena soportar este peso... si no voy al cielo por cualquier otra cosa, iré por toda la publicidad que me rodea, porque con ella me he sacrificado y purificado, y me ha preparado para el paraíso (Madre Teresa de Calcuta).

 

 

Sábado 31ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 4,10-19

Hermanos:

10 Mi alegría como creyente ha sido grande al ver renacer vuestro interés por mí. De hecho, lo teníais ya, pero no habíais tenido ocasión de manifestarlo.

11 Y no os digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a arreglármelas en cualquier situación.

12 Sé pasar estrecheces y vivir en la abundancia. A todas y cada una de estas cosas estoy acostumbrado: a la hartura y al hambre, a que me sobre y a que me falte.

13 De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza.

14 Sin embargo, habéis tenido un hermoso gesto al solidarizaros conmigo en la tribulación.

15 Vosotros sabéis, filipenses, que cuando comenzó a extenderse el Evangelio y partí de Macedonia, con ninguna Iglesia tuve cuenta de haber y debe, sino sólo con vosotros.

16 Y sabéis también que cuando estaba en Tesalónica por dos veces me enviasteis con qué atender a mi necesidad.

17 Y n o es que yo busque regalos; lo que busco es que se multipliquen los intereses en vuestra cuenta.

18 Acuso, pues, recibo de todo y tengo más que suficiente. Me siento colmado, una vez que he recibido por medio de Epafrodito vuestros obsequios, que son ofrenda de suave olor y sacrificio que Dios acepta con agrado.

19 Mi Dios, que es rico, atenderá con largueza todas vuestras necesidades por medio de Cristo Jesús.

 

*•- Las relaciones de Pablo con la comunidad de Filipos estuvieron inspiradas siempre por la máxima franqueza y familiaridad: el apóstol aceptó incluso ser ayudado con bienes materiales. En este punto se alegra no sólo por los dones recibidos, sino también por la caridad que se encontraba en la base de su ayuda, que le llegó a Pablo en un momento particularmente difícil de su misión.

En primer lugar aparece la estupenda libertad apostólica, de la que Pablo se siente justamente orgulloso: podría prescindir de todo, porque ahora ha aprendido a ser pobre con quien es pobre (w. llss). Se trata de una libertad radical, que, sin embargo, no se sustrae a los vínculos de la comunión engendrada por la caridad.

Pero es, sobre todo, la caridad de los filipenses, como signo de la caridad de Cristo, lo que inspira este pasaje de las cartas paulinas: al servicio de este ideal ha puesto Pablo toda su predicación, todo su empeño apostólico. En efecto, el apóstol no ha buscado los bienes ajenos, sino más bien ese don, que, mediante la escucha de la Palabra y de la fe, le une a Cristo, su salvador. El paso, por tanto, va del don ofrecido al apóstol al don recibido por Dios: de ahí resulta una triple relación que liga lo entregado al donante por medio de aquel que se ha hecho servidor de ambos. Y es muy hermoso señalar que la alegría del apóstol Pablo brota, en primer lugar, de la constatación de que, obrando de este modo, los creyentes viven en plenitud el humanismo cristiano que ha descrito en los w. 8ss de este mismo capítulo.

 

Evangelio: Lucas 16,9-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Haceos amigos con los bienes de este mundo. Así, cuando tengáis que dejarlos, os recibirán en las moradas eternas.

10 El que es de fiar en lo poco lo es también en lo mucho. Y el que es injusto en lo poco lo es también en lo mucho.

11 Pues si no fuisteis de fiar en los bienes de este mundo, ¿quién os confiará el verdadero bien?

12 Y si no fuisteis de fiar administrando bienes ajenos, ¿quién os confiará lo que es vuestro?

13 Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.

14 Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de Jesús.

15 Él les dijo: -Vosotros queréis pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce vuestros corazones; porque, en realidad, lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios.

 

*• Recién acabada la parábola anterior, toma Jesús la palabra y explícita su enseñanza, una enseñanza que se vertebra de este modo: en primer lugar, encontramos una referencia explícita a la muerte, al momento en el que el dinero perderá su valor, cuando se nos quitará su administración y, por consiguiente, perderemos toda posibilidad de negociar con los dones que hemos recibido (v. 9). En segundo lugar, se nos dirige una invitación a la fidelidad frente al peligro de la deshonestidad (w. lOss). Se trata de un discurso sapiencial mediante el que Jesús se preocupa de pedirnos nuestra adhesión libre y gozosa al ideal de la pobreza evangélica. En efecto, la caridad, si no se conjuga con la pobreza, difícilmente asume los caracteres del ideal evangélico.

Jesús enuncia además una verdad apodíctica: «Ningún criado puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (v. 13). No hay escapatoria, no hay alternativa posible para el verdadero discípulo de Jesús. Amar al primero es odiar al segundo y, sobre todo, se traduce de manera espontánea en servicio, porque un amor que no se vuelva servicial no es un amor verdadero. Jesús lo demostró con su vida antes de enunciarlo con sus palabras. Por último, frente a los fariseos, que se consideran «hombres de bien ante la gente» (v. 15), Jesús nos invita a la humildad. La caridad, el servicio y la humildad, según la enseñanza de Jesús, no pueden ser separados, so pena de una descalificación total ante Dios.

 

MEDITATIO

Amar es servir: he aquí una síntesis estupenda de la vida cristiana: Servir con humildad: he aquí otra exigencia del Evangelio. Traducir el amor en gestos concretos de atención a los otros: he aquí un estilo de vida que el discípulo de Jesús ha de hacer suyo.

Amar, pues, pero ¿a quién?, ¿a qué?, ¿en qué condiciones?, ¿hasta qué punto? Quien está un tanto familiarizado con el Evangelio no tarda en encontrar las respuestas adecuadas. Si el objeto de su amor es el dinero, entonces se hará esclavo del dinero. En vez de servirse de él para sí y para los otros, quedará sometido al mismo.

Servir, en segundo lugar, pero ¿a quién?, ¿a qué?, ¿hasta qué punto? El verdadero seguidor de Jesús sabe con toda claridad que no basta con ejercer algunos servicios de cualquier modo; sabe que existe una jerarquía de valores que debemos respetar y, hasta cuando nos pongamos al servicio del prójimo, debemos tener siempre delante a aquel por cuyo amor nos hacemos siervos. Es preciso discernir también no sólo aquello que estamos llamados a hacer, sino a quién prestamos nuestro servicio y por qué lo hacemos.

Por último, morir, la perspectiva de la muerte, lejos de intimidar al creyente, a quien alimenta la esperanza de una vida sin fin junto a su Señor, contribuye a dar una motivación ulterior y más fuerte al servicio y a la caridad. Morir como personas libres no sólo porque debamos dejarlo todo y a todos, sino porque no tenemos ya nada ni a nadie que nos pueda retener y atar a esta tierra.

Quien aprende a servir por amor se prepara a bien morir; así hace también quien encarna su amor en gestos de servicio concreto a los últimos. No hay mejores opciones que éstas para prepararse al encuentro con el Señor.

 

ORATIO

Como tantos otros, también yo, Señor, me esfuerzo por entrar en tu casa, pero, antes de cruzar el umbral, me fijo estos objetivos:

- seguir el ejemplo de aquellos que no tienen nada de lo que avergonzarse en su vida;

- comportarme bien, como amigo de la cruz;

- alejarme de los ídolos del placer, del poder, del dinero;

- liberarme de todo complejo de superioridad;

- transfigurar mi cuerpo para configurarlo con el de Cristo;

- resistir firme junto al Señor, para que los hijos del mal no lleven las de ganar;

- evitar hacerme el listo perjudicando a los otros;

- acallar las mentiras con valor;

- celar por la salvación del mundo y por la causa del Reino;

- administrar los dones con la sencillez de la paloma, pero también con la prudencia de la serpiente. Solamente de este modo la astucia se convierte en sabiduría*.

 

* El texto original italiano está compuesto en forma de un acróstico cuyas letras iniciales forman la palabra scaltrezza, "astucia" (N. del T.).

 

CONTEMPLATIO

No temo la pobreza, no codicio las riquezas, no temo la muerte, ni deseo vivir, a no ser por vuestro bien [...] ¿Acaso me apoyo en mis propias fuerzas? No, porque tengo la prenda del Señor, tengo conmigo su Palabra: ella es mi bastón, mi seguridad, mi puerto tranquilo. Aunque todo el mundo esté descompuesto, tengo entre mis manos la Escritura, leo su Palabra [...] Vosotros sois conciudadanos míos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo, mi luz, más amable que la luz del día. Su rayo me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad me trenza la corona para la vida futura (Juan Crisóstomo).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «De todo me siento capaz, pues Cristo me da la fuerza» (Flp4,13).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La dialéctica del humanismo antropocéntrico se ha desarrollado a lo largo de tres siglos. En el primer momento de la dialéctica humanística, Dios se convierte en el garante del dominio del hombre sobre la materia. Era un Dios trascendente, pero encerrado en su trascendencia y al que se le impedía la intervención en los asuntos humanos. Se había convertido en un Dios «decorativo», en el Dios del mundo burgués clásico. En el segundo momento, con la filosofía romántica y los grandes meta-Físicos idealistas, Dios se convierte en una idea. Era un Dios inmanente, absorbido en el proceso dialéctico de la Idea que se afirma y del mundo que deviene. Este Dios del panteísmo y del mundo burgués romántico no era más que el límite ideal del desarrollo de la humanidad, y era la justificación absoluta, total e inflexible del bien y del mal, tanto del mal como del bien, de todos los crímenes, las opresiones y las iniquidades de la historia, y también de sus conquistas y de sus progresos, sobre todo de sus progresos en la consecución de riquezas y poder. En el tercer momento, Feuerbach debía descubrir que Dios -un Dios así concebido- alienaba al hombre de sí mismo; Marx descubriría que este Dios no era más que una proyección ideológica de la alienación o deshumanización del hombre producida a su juicio por la propiedad privada. Y Nietzsche debía embriagarse con la misión de la que se sentía investido: proclamar la muerte de Dios. ¿Cómo podría continuar viviendo Dios en un mundo en el que su imagen, es decir, la personalidad libre y espiritual del hombre, parece decididamente destinada a desaparecer? Dios como muerto, Dios en la tumba, ha sido el Dios de la agonía final y de la autodestrucción de una época, de una civilización llegada ahora a su final. El ateísmo es el término final de la dialéctica interna del humanismo antropocéntrico (J. Maritain).

 

 

Lunes 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 1,1-9

1 Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo para hacer que los elegidos de Dios lleguen a la fe y al conocimiento de la verdad que se manifiesta en una vida religiosa,

2 con la esperanza puesta en la vida eterna. Dios, que no miente, había prometido esta vida eterna antes de que el tiempo existiera,

3 y a su debido tiempo ha manifestado su Palabra a través de la predicación que me ha sido confiada por orden de Dios, nuestro Salvador.

4 A Tito, mi verdadero hijo en nuestra fe común, gracia y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador.

5 Te he dejado en Creta para que acabes de organizarlo todo y establezcas presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di:

6 que sean irreprochables, que se hayan casado una sola vez, que sus hijos sean fieles y no puedan ser tachados de mala conducta o de insubordinación.

7 Es preciso que el obispo sea irreprochable, como administrador que es de la casa de Dios; que no sea soberbio, ni iracundo, ni dado al vino, ni violento, ni codicioso,

8 sino hospitalario, amigo del bien, prudente, justo, piadoso, dueño de sí mismo,

9 firmemente adherido a la Palabra tal y como ha sido enseñada, para que sea capaz de exhortar según la sana doctrina y refutar a quienes la contradicen.

 

*+• Esta carta de Pablo ha sido calificada de «pastoral» precisamente por sus contenidos. El apóstol se dirige, en efecto, a uno de sus más queridos colaboradores en el momento en el que le confía el cuidado de una comunidad cristiana que está iniciando un camino de conversión y de plena adhesión al Evangelio. Pero las recomendaciones que hace Pablo a su discípulo Tito se fundamentan siempre en el acontecimiento de Jesús muerto y resucitado, en «la verdad que se manifiesta en una vida religiosa» (v. 1) y en «la esperanza puesta en la vida eterna» (v. 2).

La tarea del discípulo consistirá en educar a los creyentes para que se enamoren de la verdad revelada y predicada y, de este modo, consoliden sus vínculos de amor y de fe en la misma comunidad y, en última instancia, con Cristo, el Señor. Así se concreta la administración que Dios confía a sus siervos: el servicio de la Palabra, la predicación apostólica -está bien explicitarlo con letras bien grandes-, constituye el primer y fundamental servicio a la comunidad.

Se puede afirmar con toda justicia que «en el principio era la predicación», en el sentido de que sin el servicio y la escucha de la Palabra no nace ninguna comunidad cristiana. Ciertamente, el responsable de una comunidad debe tener cualidades excepcionales: su estilo de vida, su modo de actuar, el ejemplo que ha de ser capaz de dar en términos de fidelidad a la doctrina y de generosidad en el servicio son elementos indispensables para el bienestar de la comunidad. No es casualidad que Pablo insista asimismo en este aspecto, precisamente porque está convencido de que, para permanecer fieles al ideal recibido, es necesario el concurso del obispo y de sus fieles, del pastor y de su grey, de quien predica y de quien escucha: todos a la escucha y sometidos a la doctrina-verdad confiada por Dios en las Sagradas Escrituras, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

 

Evangelio: Lucas 17,1-6

En aquel tiempo,

1 Jesús dijo a sus discípulos: -Es inevitable que haya ocasiones de pecado, pero ¡ay de quien las provoque!

2 Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar, antes que ser ocasión de pecado para uno de estos pequeños.

3 ¡Estad atentos! Si tu hermano llega a pecar, repréndelo, pero, si se arrepiente, perdónalo.

4 Y si peca contra ti siete veces al día y otras siete viene a decirte: «Me arrepiento», perdónalo.

5 Los apóstoles dijeron al Señor:

-Auméntanos la fe.

6 Y el Señor dijo:

-Si tuvierais fe, aunque sólo fuera como un grano de mostaza, diríais a esta morera: «Arráncate y trasplántate al mar», y os obedecería.

 

**• El fragmento evangélico de hoy se vertebra en torno a tres temas: el escándalo, el perdón y la fe. La enseñanza de Jesús, recogida por el evangelista Lucas, se vertebra por ello en tres momentos que, sin embargo, requieren ser considerados de manera unitaria.

La primera actitud fundamental que caracteriza la vida del verdadero discípulo consiste en no provocar nunca que alguien se aleje del camino que ha emprendido, a causa de una opción suya individualista y egocéntrica.

Se trata del escándalo evangélico contra el que Jesús lanza uno de sus más terribles «ayes». El Señor no puede soportar la actitud de quienes, en virtud de algunas de sus opciones, no sólo ponen en peligro su propia salvación, sino que acaban comprometiendo también la de otros, sobre todo de los más «pequeños» v. 2). No sólo es preciso evitar el escándalo, sino que es indispensable perdonar a todos, siempre, a cualquier precio (w. 3b-4). Sabemos bien que el perdón es signo del verdadero amor. Tenemos una clara demostración en el modo en que Dios nos manifiesta su amor. También Jesús, que es la encarnación histórica del amor del Padre, ofreció en su vida terrena el perdón a todos los que lo necesitaban.

Como culminación de su enseñanza, Jesús hace el elogio de la fe. Ésta, aunque sea pequeña, puede expresar su maravillosa y misteriosa energía incluso de modo milagroso. Los apóstoles le piden que les aumente la fe, y Jesús les responde declarando la extraordinaria eficacia de la misma cuando es genuina y auténtica (v. 6).

 

MEDITATIO

La liturgia de hoy nos invita a concentrar la meditación en tres personajes: los pequeños, el hermano y los apóstoles. Pasando revista a estas tres categorías de personas podemos reapropiarnos de la espiritualidad evangélica, una espiritualidad que puede iluminar toda nuestra vida.

Sabemos que, históricamente, los pequeños fueron el objeto privilegiado de la atención de Jesús: no sólo fueron los destinatarios preferentes de su enseñanza, sino que personifican sacramentalmente su presencia entre nosotros. ¡Ay de quien se permita escandalizarlos! Ellos deberían constituir el objeto primario y mayor de nuestro servicio.

El hermano del que habla este fragmento evangélico no es una mera abstracción, sino una persona de carne y hueso; más aún, un pobre pecador que, sin embargo, es capaz de penetrar su pecado con un sentimiento de arrepentimiento. También nosotros, como Jesús, estamos llamados a ofrecerle a él, a ella, el don del perdón como el gesto más hermoso y capaz de restablecer unas relaciones humanas serenas y armoniosas.

Por último, los apóstoles: éstos, a pesar de la singularidad de su misión, advierten que aún les falta fe, esa fe que podría ponerles en plena sintonía con el Maestro.

Desde esta perspectiva también son un gran modelo para nosotros, que siempre tenemos necesidad de purificar la fe que se nos ha dado. Por pequeña o grande que sea, la fe posee y desprende una energía superior a toda capacidad humana; es milagrosa no tanto porque pueda realizar cosas extraordinarias como porque pone en acción un poder divino.

 

ORATIO

Dios, Padre nuestro, concédenos a tus hijos:

- pastores firmes en la fe para difundir tu verdad;

- sacerdotes de manos inocentes después de sus obras;

- presbíteros con un corazón puro que no pronuncia mentira;

- responsables capaces de servir y de suscitar iniciativas;

- líderes determinados a convencer más que a vencer;

- maestros dedicados al bien común y no al suyo propio;

- jefes libres de protagonismo y atentos a tu Reino;

- autoridades animosas a la hora de romper surcos de costumbres;

- guías fuertes a la hora de afrontar riesgos, juicios, infidelidades, soledad.

En pocas palabras: no «Prometeos», sino personas que se esfuerzan en dar testimonio de ti y en representarte.

 

CONTEMPLATIO

Bebe primero el Antiguo Testamento, para beber después el Nuevo Testamento. Bebe los dos cálices del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque en ambos bebes a Cristo. Bebes a Cristo, que es la vida; bebes a Cristo, que es río cuya corriente fecunda la ciudad de Dios; bebes a Cristo, que es la paz; bebes a Cristo, que es el viento de quien brotan venas de agua viva: bebes a Cristo para beber su discurso. Su discurso es el Antiguo Testamento, su discurso es el Nuevo Testamento. Devoramos la Escritura divina cuando el jugo de la Palabra eterna baja a través de las venas de la mente y de las energías del alma (Ambrosio de Milán).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gracia y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, nuestro Salvador» (Tit 1,4).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Toda palabra del prolongado, y no siempre fácil, diálogo entre Dios y su pueblo, y «nosotros», es preciosa. Aislar una palabra del prolongado discurso o diálogo significa no tomar en serio a aquel que habla. Quien escucha sólo la melodía del oboe no capta la sinfonía... Y el hecho de que el judaísmo haya canonizado un Tenak a más voces, y la Iglesia una Biblia que consta del Antiguo y del Nuevo Testamento, significa que la pluralidad y el carácter multiforme del canon reflejan la riqueza gloriosa y dramática del obrar de Dios. Hay una pluralidad que nace aparecer la complejidad de la vida y que nos ofrece toda una serie de figuras de esperanza y de búsqueda de Dios. Hay mementos en el que Job y Qohélet expresan la «palabra que profiere Dios», y otros en los que alguna parábola de Jesús o el testimonio de su resurrección nos trae la salvación, pero hay también otros en los que se unen muchas voces en una poderosa orquesta para dejar fascinada a toda la comunidad.

Y es precisamente este carácter multiforme de la Palabra de Dios, tal como resuena en el Antiguo Testamento, lo que hemos de preservar los cristianos del riesgo de caer en la miopía «cristológica» y en una eclesiología de corto aliento. Y es ese carácter multiforme el que nos invita a desconfiar de toda sistematización apresurada. No existe una llave capaz de abrir todas las dimensiones de la vida frente a Dios y con Dios, sino sólo las diferentes llaves de los diferentes testimonios bíblicos, mantenidos unidos por el anillo del canon y ofrecidos por la benevolencia divina (E. Zenger).

 

 

Martes 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 2,1-8.11-14

Querido:

1 Tú, por tu parte, enseña según la sana doctrina.

2 Que los ancianos sean sobrios, juiciosos y prudentes; que vivan plenamente la fe, el amor, y la paciencia.

3 De igual modo, que las ancianas observen una conducta digna de personas santas, que no sean calumniadoras, ni dadas al vino, sino buenas consejeras; 4 de este modo enseñarán a las jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,

5 a ser prudentes, castas, mujeres de su casa, buenas y respetuosas con sus maridos, para que la Palabra de Dios no sea denigrada.

6 Asimismo, exhorta a los jóvenes a ser prudentes en todo,

7 dando tú mismo ejemplo de una buena conducta. Sé íntegro en la enseñanza, ten buen juicio,

8 que tu palabra sea sana e irreprensible. De este modo, nuestros adversarios quedarán en evidencia y no podrán decir nada malo de nosotros.

11 Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

12 Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad,

13 aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,

14 el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

 

**• El destinatario de esta carta de Pablo es el responsable de la comunidad cristiana de Creta, pero los temas que desarrolla Pablo interesan a toda la comunidad.

Para que el mensaje del Señor resucitado pueda atravesar los confines de la comunidad creyente necesita del testimonio de todos. Sin esta colaboración de la comunidad, el Evangelio corre el riesgo de permanecer inerme e ineficaz. En el seno de la comunidad viven diferentes categorías de personas: Pablo tiene un consejo, una indicación para la marcha, una palabra de aliento, para cada una de ellas.

En primer lugar, el apóstol recomienda a los ancianos y a las ancianas sobriedad, un estilo de vida digno, perseverancia en la fe recibida, generosidad en el amor fraterno (w. 2ss). De este modo se convertirán en modelo para los jóvenes y para sus familias, precisamente por su fidelidad a la palabra dada y a los compromisos asumidos (w. 4ss). La Palabra de Dios podrá hacer su recorrido en el mundo gracias también a su colaboración.

A los jóvenes les dirige Pablo palabras extremadamente comprometedoras, pero, al mismo tiempo, ricas de luz y de gracia (w. 6-8): también ellos están invitados a dar buen ejemplo a la gente de su edad por medio de una «buena conducta», de un gran respeto recíproco y de una palabra sana e irreprensible. Pablo les recuerda que el enemigo número uno, el principal «adversario» que deben derrotar, es siempre Satanás.

La última parte de la lectura nos ofrece la motivación teológica tanto de ésta como de cualquier otra actitud o programa de vida («se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres. Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad»: w. 11-12): del acontecimiento salvífico de Cristo Jesús, esto es, de su misterio de vida, muerte y resurrección, deriva para todos nosotros un programa de vida evangélica.

 

Evangelio: Lucas 17,7-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

7 ¿Quién de vosotros, que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: «Ven, siéntate a la mesa»?

8 ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y sírveme mientras como y bebo, y luego comerás y beberás tú»?

9 ¿Tendrá quizás que agradecer al siervo que haya hecho lo que se le había mandado?

10 Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

**• Nos encontramos frente a un pasaje típicamente lucano. Jesús está hablando todavía a los apóstoles y, mediante la parábola del siervo (sería más exacto decir «esclavo»), después de haber hablado de la fe, les presenta la necesidad de «hacerse siervos» (una vez más, sería más exacto decir «esclavos») de todos. Jesús remacha el concepto según el cual, en la lógica del Reino, lo que cuenta no es tanto lo que se hace como la intención, el estilo y el método con que se obra. Jesús no quiere recomendar una humildad genérica ni, menos aún, «interesada»; le interesa, más bien, lo que sus apóstoles piensan y pretenden hacer cuando se ponen a su servicio y al de su causa. Dios no tiene necesidad de nosotros ni de nuestras ayudas, pero desea tener colaboradores que estén en plena sintonía con su proyecto de salvación, que -aquí y ahora- se personifica en Jesús de Nazaret. «Esclavos inútiles» (v. 10) o bien ordinarios, simples, etc. Hay incluso quien traduce el adjetivo griego «inútil» con la expresión non profit: una traducción que, desde cierto punto de vista, nos ayuda a captar la identidad del esclavo evangélico. Ahora bien, lo que Jesús quiere enseñar, es decir, fijar en el corazón de sus discípulos, es la actitud que él hará suya la víspera de su pasión: arremangarse la ropa, servir a los hermanos y, al final, considerarse y declararse con toda sinceridad «esclavos inútiles» (cf. Le 22,24-27; Jn 13,1-17). Hay algo paradójico en esta enseñanza de Jesús: sus palabras son duras; sin embargo, expresan lo más genuino que hay en el Evangelio.

 

MEDITATIO

El tema del servicio, como es obvio, corresponde a los apóstoles, pero en última instancia se dirige a todo cristiano. El Concilio Vaticano II ha restituido a todos el deber concreto de hacerse siervos en la Iglesia y en el mundo para bien de los hermanos. Se trata de una tarea que deriva de la gracia del bautismo, que hace nacer en cada uno de nosotros el derecho-deber de interesarnos por el bienestar de los hermanos, en virtud de la gracia que hemos recibido.

Lo que dice Jesús a los apóstoles lo atribuye Lucas también a María de Nazaret. En efecto, en el relato del anuncio en el que el ángel le abre a María la perspectiva de una extraordinaria maternidad, le responde ésta: «Aguí está la esclava del Señor» (Le 1,38). Un poco más adelante, en su gran oración de alabanza y de agradecimiento, exclama María: «Ha mirado la humildad de su sürva [literalmente, "esclava"]» (Lc 1,48). También Pablo, en la Carta a los Filipenses, dice de Cristo: «Tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo [literalmente, "se rebajó a sí mismo"]» (2,7b.8): nos encontramos constantemente frente a las mismas expresiones, que no por casualidad aparecen en los escritos de Pablo y de Lucas, su discípulo.

La actualidad de este mensaje no necesita ulteriores precisiones: hoy, en efecto, no es raro ver a personas que quieren ser útiles a los demás, sin considerarse, no obstante, «inútiles» ante Dios. Sucede que con bastante frecuencia encontramos a personas que desean servir a los demás, pero tal vez les falta la voluntad de adoptar este método evangélico del servicio a los otros empapado de verdadera caridad, de absoluta gratuidad y de profunda humildad.

 

ORATIO

Señor, he intentado construir una comunión basada en la rectitud, porque tenía hambre de una rectitud consumada en comunión, pero he oído que me decían: «¡Siervo inútil!».

Señor, he obrado con valor y con la parte más transparente de mí mismo, sin buscar componendas, pero las consecuencias han atemorizado a quienes no ven todo lo irredento que hay en su poder. Y de la muchedumbre ha salido el grito: «¡Siervo inútil!».

Señor, tengo muchos deseos de oír que hay necesidad de mí, porque la vida no me ha reclamado todavía todo, pero me encuentro abandonado y solo: «¡Siervo inútil!». Y tú me dices: «Ten fe, has hecho lo que debías».

 

CONTEMPLATIO

Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre (Tit 2,11). Gracias sean dadas a Dios, que ha hecho abundar en nosotros el consuelo en medio de esta peregrinación, de este destierro, de esta miseria. Antes de que apareciese la humanidad de nuestro Salvador, su bondad se hallaba también oculta, aunque ésta ya existía, pues la misericordia del Señor es eterna. ¿Pero cómo, a pesar de ser tan inmensa, iba a poder ser reconocida? Estaba prometida, pero no se la alcanzaba a ver, por lo que muchos no creían en ella.

Efectivamente, en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios por los profetas (Heb 1,1). Y decía: Yo tengo designios de paz y no de aflicción. Pero ¿qué podía responder el hombre que sólo experimentaba la aflicción e ignoraba la paz? ¿Hasta cuándo vais a estar diciendo: «Paz, paz», y no hay paz? (Jr 29,11). A causa de lo cual los mensajeros de paz lloraban amargamente (Is 33,7), diciendo: Señor, ¿quién creyó nuestro anuncio? (Is 53,1). Pero ahora los hombres tendrán que creer a sus propios ojos, ya que los testimonios de Dios se han vuelto absolutamente creíbles (Sal 92,1). Pues, para que ni una vista perturbada pueda dejar de verlo, puso su tienda al sol (Sal 18,6).

Pero de lo que se trata ahora no es de la promesa de la paz, sino de su envío; no de la dilatación de su entrega, sino d e su realidad; no de su anuncio profético, sino de su presencia. Es como si Dios hubiera vaciado sobre la tierra u n saco lleno de su misericordia, un saco que habría de desfondarse en la pasión, para que se derramara nuestro precio, oculto en él; un saco pequeño, pero lleno, ya que un niño se nos ha dado (Is 9,5), pero en quien habita toda la plenitud de la divinidad (Col 2,9).

Ya que, cuando llegó la plenitud del tiempo, hizo también su aparición la plenitud de la divinidad. Vino en carne mortal para que, al presentarse así ante quienes eran carnales, en la aparición de su humanidad se reconociese su bondad. Porque, cuando se pone de manifiesto la humanidad de Dios, ya no puede mantenerse oculta su bondad. ¿De qué manera podía manifestar mejor su bondad que asumiendo mi carne? La mía, no la de Adán,es decir, no la que Adán tuvo antes del pecado.

¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros? Señor, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano, para darle poder? (Sal 8). Que deduzcan de aquí los hombres lo grande que es el cuidado que Dios tiene de ellos; que se enteren de lo que Dios piensa y siente sobre ellos. No te preguntes tú, que eres hombre, por lo que has sufrido, sino por lo que sufrió él.

Deduce, de todo lo que sufrió por ti, en cuánto te tasó, y así su bondad se te hará evidente por su humanidad. Cuanto más pequeño se hizo en su humanidad, tanto más grande se reveló en su bondad; y cuanto más se dejó envilecer por mí, tanto más querido me es ahora. Ha aparecido -dice el apóstol- la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre (Tit 2,11). Grandes y manifiestos son, sin duda, la bondad y el amor de Dios, y gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios (Bernardo de Claraval, Sermón 1 en la Epifanía del Señor, 1-2; PL 133, 141-143).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Se ha manifestado la gracia de Dios» (Tit 2,11).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida es una oportunidad, cógela.

La vida es belleza, admírala.

La vida es bienaventuranza, saboréala.

La vida es un sueño, conviértela en una realidad.

La vida es un desafío, afróntalo.

La vida es un deber, cúmplelo.

La vida es un juego, juégalo.

La vida es preciosa, cuídala.

La vida es una riqueza, consérvala

La vida es amor, gózalo.

La vida es un misterio, descúbrelo.

La vida es promesa, cúmplela.

La vida es tristeza, supérala.

La vida es un himno, cántalo.

La vida es una lucha, combátela.

La vida es una aventura, córrela.

La vida es felicidad, merécela.

La vida es la vida, defiéndela

(Madre Teresa de Calcuta).

 

 

Miércoles 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Tito 3,1-7

Querido:

1 Recuerda a todos que sean sumisos al gobierno y a las autoridades; que les obedezcan y estén dispuestos a hacer el bien;

2 que no difamen a nadie, que sean pacíficos, afables y llenos de dulzura con todo el mundo.

3 Porque también nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos de toda clase de malas inclinaciones y placeres, llenos de maldad y de envidia; éramos aborrecidos y nos odiábamos unos a otros.

4 Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres.

5 El nos salvó no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia, por medio del bautismo regenerador y la renovación del Espíritu Santo,

6 que derramó abundantemente sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador.

7 De este modo, salvados por su gracia, Dios nos hace herederos conforme a la esperanza que tenemos de heredar la vida eterna.

 

*» Por medio de Tito, Pablo hace llegar su enseñanza a todos los miembros de la comunidad cristiana. Su intención es colaborar con el responsable de aquella comunidad en la construcción de una Iglesia que sea verdaderamente digna de este nombre y capaz de dar testimonio del Evangelio.

En primer lugar, explícita la dimensión pública del ser cristiano. Pretende hacer comprender que la fe en Cristo no puede ser reducida a una experiencia privada, doméstica; al contrario, ésta tiende a manifestarse en público y a penetrar en las redes de nuestras relaciones sociales. En segundo lugar, el apóstol -con una frase enormemente bella y vigorosamente expresiva- describe el paso decisivo desde un pasado envuelto de maldad y de odio a un presente iluminado ahora por la gracia de Dios: «También nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos... Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador...» (w. 3ss).

Este paso marca para Pablo, y también para nosotros, la gran novedad de Jesús, encarnación personal del amor misericordioso del Padre.

También nosotros, como creyentes confiados a los cuidados personales de Tito, somos destinatarios de este gran anuncio, de esta «bella noticia», que -hoy como ayer- se presenta como absolutamente gratuita e inesperada.

Cada vez que nos ponemos en contacto con la Palabra de Dios escrita se nos ofrece la oportunidad de hacer memoria viva de este gran acontecimiento, que, como un gran lavado, es capaz de regenerarnos y de renovarnos por el poder del Espíritu Santo.

 

Evangelio: Lucas 17,11-19

11 De camino hacia Jerusalén, Jesús pasaba entre Samaría y Galilea.

12 Al entrar en una aldea, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia

13 y comenzaron a gritar: -Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.

14 Él, al verlos, les dijo: -Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban de camino quedaron limpios.

15 Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta

16 y se postró a los pies de Jesús dándole gracias. Era un samaritano.

17 Jesús preguntó: -¿No quedaron limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve?

18 ¿Tan sólo ha vuelto a dar gracias a Dios este extranjero?

19 Y le dijo: -Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

** Jesús reemprende su largo viaje hacia Jerusalén (cf. Le 9,51; 13,22), meta de su peregrinación por los caminos de Palestina, hasta llegar a la ciudad en la que también él, como los profetas, está llamado a entregar su vida.

En un determinado momento entra en un pueblo samaritano: debería encontrarse incómodo e incluso hubiera podido pasar de largo, evitando todo encuentro y todo diálogo. Sin embargo, se deja interpelar por estos extraños, que, además, son leprosos; por consiguiente, gente que vuelve impuro a quien se les acerca (w. 12ss).

Jesús es verdaderamente el salvador de todos, el hermano universal. Jesús ha venido para todos: no muestra preferencias entre las personas. Y, sobre todo, no califica ni descalifica a nadie porque pertenezca a un pueblo o a una raza, y mucho menos aún por su estado de salud. Este milagro de Jesús está realizado también con la mayor discreción y con una apertura total a los más pobres entre los pobres, a aquellos que tienen más necesidad de su poder sanador.

Todos quedan curados, pero sólo uno siente la necesidad de volver a Jesús para agradecérselo (v. 15). Se le echa a los pies para darle a entender que, de ahora en adelante, se considera no sólo beneficiario de un milagro, sino también y sobre todo un discípulo (v. 16). Sólo él recibe de Jesús la curación completa: la del cuerpo y la del alma. Por desgracia, no a todos se les da la gracia de consumar el camino de la salvación, que va desde el beneficio recibido a la gratitud expresada y a la alabanza.

No es suficiente con encontrar o haber encontrado a Jesús de Nazaret; también es necesario escuchar su Palabra, ceder a la misteriosa atracción de la gracia y seguirle a donde vaya.

 

MEDITATIO

El encuentro de Jesús con los diez leprosos, especialmente su diálogo con el samaritano curado, merece una meditación complementaria. Nos sorprenden las preguntas que Jesús dirige al samaritano y, aún más, la exclamación final. Por un lado, Jesús expresa su sorpresa ante el hecho de que sólo uno de los diez haya sentido la necesidad de dar las gracias. Por otro, declara que ha sido la fe la que le ha procurado a este pobre leproso la curación completa.

Es interesante explicitar el itinerario que conduce a este pobre leproso desde una situación de miseria y extrema pobreza a una situación nueva, por haber sido renovada por el toque sanador de Jesús. También este leproso, como los otros, sufre una enfermedad tremenda. También él, como los otros, invoca la piedad de Jesús, el Maestro. También él, como los otros, va a presentarse a los sacerdotes. Pero sólo él vuelve a Jesús para expresarle un agradecimiento tan intenso que a Jesús no le supone el menor esfuerzo reconocerlo como un acto de pura fe. Así, el encuentro personal con Jesús no sólo renueva el cuerpo de este pobre leproso, sino que también transforma su espíritu profundamente. Al leproso curado no le basta con haber resuelto un problema personal: le parece demasiado poco y, sobre todo indigno de un hombre que ha intuido haber encontrado a una persona extraordinaria. Su verdadero deseo es volver para conocer; conocer para reconocer a su verdadero curador; reconocerlo para agradecérselo y para seguirle.

Reconocemos en esta página evangélica un auténtico camino de iniciación cristiana, que todo fiel debería hacer suyo y debería revivir en los momentos más decisivos de su existencia.

 

ORATIO

Señor, me siento leproso entre leprosos. Sin embargo, tú me miras y, a pesar de toda mi iniquidad, me inundas con la belleza de tu creación. ¡Gracias!

Señor, escucho y, entre gritos de guerra y odio, oigo tus palabras de paz, que calman todo movimiento de violencia. ¡Gracias!

Señor, veo por doquier enfermedades e injusticias, pero tú nos muestras tus acciones, que alivian el dolor de tantas heridas. ¡Gracias!

Señor, observo signos prepotentes de muerte y desesperación, pero tú nos ofreces con tu amor una esperanza de vida. ¡Gracias!

Sin embargo, como los leprosos del evangelio, somos ciegos y duros de corazón. Con la ilusión de estar curados, seguimos por nuestro camino, ingratos e incapaces de reconocer tus llamadas, tus «pastos jugosos», tus seguridades.

Pero el eco de tus palabras nos acompaña siempre: «Sólo salva una fe que se traduzca en vida».

 

CONTEMPLATIO

Y cuando nuestra injusticia llegó a su colmo y se puso completamente de manifiesto que el suplicio y la muerte, su recompensa, nos amenazaban, al llegar el tiempo que Dios había establecido de antemano para mostrar su benignidad y poder (¡inmensa humanidad y caridad de Dios!), no se dejó llevar del odio hacia nosotros, ni nos rechazó, ni se vengó, sino que soportó y echó sobre sí con paciencia nuestros pecados, asumiéndolos compadecido de nosotros, y entregó a su propio Hijo como precio de nuestra redención: al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. ¿Qué otra cosa que no fuera su justicia pudo cubrir nuestros pecados? ¿Por obra de quién, que no fuera el Hijo único de Dios, pudimos nosotros quedar justificados, inicuos e impíos como éramos?

¡Feliz intercambio, disposición fuera del alcance de nuestra inteligencia, insospechados beneficios: la iniquidad de muchos quedó sepultada por un solo justo, la justicia de uno solo justificó a muchos injustos! (Carta a Diogneto, 8, 5-9, 6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El nos salvó no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia» (Tit 3,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿Cuál es el mensaje que en este contexto tan nuevo de la historia de la Iglesia y del mundo confía el Señor a santa Teresa del Niño Jesús? Ésta es la pregunta que surge en todos, inevitablemente, cuando reflexionamos sobre la razón profunda de este centenario... Permitidme que llame a este mensaje «mensaje del contrapeso»... Esta «misión del contrapeso», que, para la salvación del mundo, le había confiado el Señor en la tierra y se la sigue confiando siempre en el cielo... es el «punto de Arquímedes» en el que aparece el descubrimiento interior en cierto sentido anterior: el descubrimiento del punto que mueve el mundo y el de la palanca necesaria para levantarlo... o sea, indicar, ayer como hoy, el único punto de apoyo del mundo, la gracia santificante, la oración y la adoración interior... Este es, en cierto sentido, el punto que mejor califica el mensaje de santa Teresa a nuestro tiempo: la atracción que ejerce Dios en cada uno. En una palabra, revelar el punto de Arquímedes: Dios presente en nosotros (G. La Pira).

 

 

Jueves 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: Filemón 7-20

Querido:

7 Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y de consuelo, pues ha confortado profundamente a los creyentes.

8 Por todo ello, aunque tengo plena libertad en Cristo para ordenarte lo que debes hacer,

9 prefiero pedírtelo apelando al amor. Yo, Pablo, anciano ya, y al presente además prisionero por Cristo Jesús,

10 te ruego por mi hijo Onésimo, al que he engendrado entre cadenas.

11 Si en otro tiempo te fue inútil, ahora se ha vuelto útil para ti y para mí;

12 ahí te lo envío, y es como si te enviara mi propio corazón.

13 Habría querido retenerlo conmigo para que me sirviera en tu lugar ahora que estoy encadenado por causa del Evangelio.

14 Pero no he querido hacer nada sin contar contigo, para que tu buen proceder sea fruto de la libertad y no de la coacción.

15 Y es que tal vez te abandonó por breve tiempo, precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva,

16 pero no ya como esclavo, sino como algo más, como un hermano muy querido. Para mí lo es ya muchísimo, pero más todavía ha de serlo para ti como persona y como creyente.

17 Si, pues, me tienes por amigo, acógelo como me acogerías a mí.

18 Si en algo te perjudicó o tiene alguna deuda contigo, ponlo a mi cuenta.

19 Yo Pablo -de mi puño y letra lo firmo- te lo pagaré, por no decirte que eres tú mismo en persona quien estás en deuda conmigo.

20 A ver, pues, hermano si me sirve de algo el que seas creyente, y confortas mi corazón en Cristo.

 

*• El texto que nos presenta la liturgia de hoy como primera lectura, más que una carta, es un billete de recomendación.

Pablo se siente impulsado por un incontenible amor a un esclavo llamado Onésimo, y lo defiende frente a su dueño, Filemón. Dado que Onésimo se ha escapado de su dueño, se encuentra ahora en una situación muy delicada. Por esa razón, Pablo, superando la lógica de la mera justicia retributiva, se atreve a dirigirse a Filemón para despertar en él los sentimientos de la fe y para animarle a llevar a cabo gestos de exquisita caridad evangélica.

Fundamentalmente, son dos los valores que Pablo pone en juego en este brevísimo escrito suyo: por un lado, la caridad, que, para un cristiano, constituye no sólo una meta que debe alcanzar, sino también, e incluso antes, la fuente de su acción moral y de sus relaciones sociales. Es la caridad de Dios revelada en Cristo Jesús la que «obliga», por así decirlo, a todo verdadero creyente a ponerla siempre en el primer lugar y a darle el primado sobre todo. El otro valor sobre el que Pablo hace girar sus pensamientos es el de la libertad que Cristo nos ha regalado y que no está permitido a nadie negar o menguar a otros. Esa libertad, por un lado, infunde audacia en Pablo para pedir aquello que le importa y, por otro, debe inspirar las decisiones de Filemón respecto a Onésimo. Quien es verdaderamente libre con Dios y consigo mismo no puede negar la libertad a quien razonablemente se la pide.

Caridad y libertad, conjugadas a la vez en relación con la verdad, están en condiciones de subvertir las relaciones sociales más allá de toda mera conveniencia personal y de todo interés colectivo.

 

Evangelio: Lucas 17,20-25

En aquel tiempo,

20 a una pregunta de los fariseos sobre cuándo iba a llegar el Reino de Dios, respondió Jesús: -El Reino de Dios no vendrá de forma espectacular,

21 ni se podrá decir: «Está aquí, o allí», porque el Reino de Dios ya está entre vosotros.

22 Después dijo a sus discípulos: -Llegará el día en que desearéis ver uno solo de los días del Hijo del hombre y no lo veréis.

23 Entonces os dirán: «Está aquí, está allí»; no vayáis ni los sigáis.

24 Porque como el relámpago brilla desde un punto a otro del cielo, así se manifestará el Hijo del hombre en su día.

25 Pero antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación.

 

*•• Estamos frente al llamado «pequeño discurso escatológico» (el más extenso se encuentra en el capítulo 21 de Lucas). Una pregunta de los fariseos es la que motiva esta breve, aunque intensa, enseñanza de Jesús. La pregunta se refiere al tiempo en que vendrá el Reino de Dios: no es difícil entrever la miopía espiritual y el interés egoísta con el que formulan tal pregunta. Pero Jesús no da una respuesta exacta: no ha venido a satisfacer nuestras curiosidades. Responde, en primer lugar, de modo negativo; a buen seguro para prevenir nuestras ilusiones, aunque también para educarnos en el discernimiento de las situaciones o personas que podrían hipnotizar nuestra atención y desviar nuestra fe. Por eso se presenta como el verdadero maestro: el que pone en guardia contra las posibles desviaciones, pero, sobre todo, el q u e indica a cada uno el camino que ha venido a proponer y por el que cada uno está llamado a caminar.

Con todo, en este discurso de Jesús aparece también una afirmación positiva, incluso dos: Jesús quiere concentrar nuestra atención en torno a ellas. La primera expresa el deseo que alberga todo creyente de «ver uno solo de los días del Hijo del hombre» (v. 22): de este modo quiere encender Jesús en todos nosotros el deseo del encuentro que colmará plenamente nuestras expectativas.

La segunda, de carácter más exquisitamente histórico, dice que «antes es preciso que sufra mucho y sea rechazado por esta generación» (v. 25). Es como decir que antes de la escatología debe tener lugar la pascua de Jesús: sólo quien acepta ir hasta Jerusalén, para compartir con Jesús su pascua, se prepara de manera adecuada para el encuentro final con su Salvador.

 

MEDITATIO

Para el verdadero discípulo de Jesús, la vida está compuesta de certezas y de expectativas: él mismo nos ha educado para vivir así. Por un lado, está el presente, que nos ofrece múltiples ocasiones para saborear los dones de Dios, sobre todo porque éstos nos hacen revivir un pasado lleno de Dios y de sus obras maravillosas. Por otro, está el futuro, que, desde la perspectiva cristiana, no es tanto objeto de nuestras previsiones o deseos como «lugar» de una nueva y definitiva manifestación de Dios. Es el futuro de Dios que irrumpe en el presente del hombre y así enciende en el corazón de este último una luz nueva que ilumina el camino y deja entrever la meta.

Toda la esperanza cristiana se encuentra aquí: no es fruto de nuestra inteligencia, sino don de la bondad de Dios. Jesús vino al mundo para dar a cada hombre y a cada mujer de buena voluntad esta lámpara preciosa que nos hace más clarividentes que Diógenes.

El cristiano, al resplandor de esta luz, puede y debe discernir los signos de los tiempos, puede y debe reconocer las «huellas» de la presencia de Dios en medio de nosotros, puede y debe desmantelar los falsos mesianismos y reconocer la presencia del verdadero Mesías: «No vayáis ni los sigáis». Esta advertencia de Jesús nos pone en guardia contra cierta impaciencia en el querer discernir de inmediato lo que sólo puede ser reconocido a medio o largo plazo. Al mismo tiempo, nos pone en guardia contra una debilidad nuestra congénita, a saber: la de querer llegar a la meta sin aceptar antes las necesarias fatigas del camino emprendido.

 

ORATIO

«El Reino de Dios ya está entre vosotros.» Tu Palabra es esperanza, creatividad, imaginación, nuevo horizonte, cuando, limpio de las cenizas de la derrota y del desaliento, continúo detrás de ti... porque tú estás conmigo. Tu Palabra es «sí» cuando lucho por elegir lo que es justo y no lo que es fácil; lo que es verdadero y no lo que es ensalzado; lo que es duradero y no lo que lanza destellos... porque así obraste tú. Tu Palabra es luz cuando te reconozco no en lo espectacular o extraordinario, sino en el pobre, en el hambriento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso, en el oprimido: allí donde estás y no donde yo quisiera encontrarte... porque tú estás en ellos.

Oh Padre, tu Reino no es un fantasma que huya. Es nuestra realidad cotidiana la que tiene oídos tensos para oírte, ojos abiertos para verte, mente atenta a tus alternativas, corazón palpitante para seguirte día tras día.

 

CONTEMPLATIO

El que ama a Dios se contenta con agradarle, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite. Porque es una gran verdad eso que dice el Señor: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón (Mt 6,21). El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso cosechará (Gal 6,7), y cual sea el trabajo de cada uno, tal será su ganancia; y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas, como sea que hay muchas clases de riquezas y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la tendencia de su deseo, y, si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha.

En cambio, los que ponen su corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra, y su atención en las cosas eternas, no en las perecederas, alcanzarán una riqueza incorruptible y escondida, aquella a la que se refiere el profeta cuando dice: La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el temor del Señor será su tesoro (Is 33,6).

Esta sabiduría divina hace que, con la ayuda de Dios, los mismos bienes terrenales se conviertan en celestiales cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los que reparten lo que les sobra para sustento de los pobres se ganan con ello una riqueza imperecedera; lo que dieron en limosnas no es en modo alguno un derroche; éstos pueden en justicia tener su corazón donde está su tesoro, ya que han tenido el acierto de negociar con sus riquezas sin temor a perderlas (León Magno, Sermón 92, 2.3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tu amor, hermano, me ha llenado en efecto de gozo y ie consuelo» (Flm 7).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Según una antigua tradición rabínica, la puerta de toda estancia judía debía estar entornada durante la pascua. La razón es que si el Mesías decidiera venir, tenía que encontrarla abierta.

Y si no era éste el caso, siempre se hubiera podido dar la bienvenida a los pobres, que habrían participado en la alegría común de la fiesta. También nuestras iglesias y nuestras casas deberían tener las puertas abiertas de par en par a Cristo y a los pobres durante la pascua. En efecto, los Hechos de los Apóstoles abren de par en par las puertas del cenáculo donde ha tenido lugar el encuentro de la Iglesia con el Resucitado y las abren por las calzadas imperiales romanas hacia Galilea, Siria, Asia Menor, Macedonia, Grecia, Malta, hasta llegar al corazón mismo del Imperio, Roma. Y también aquí están abiertas las puertas de la casa donde habita Pablo en residencia forzosa, mientras espera la celebración del proceso romano.

Hay muchos rincones del gran mundo y muchos también de nuestro pequeño mundo en los que debe resucitar Cristo, en los que debe ser anunciada de nuevo la pascua de Cristo. En este sentido, puede ser todavía válida la flagelante llamada que el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, uno de los más elevados y dramáticos representantes del moderno rechazo de Dios, lanzó a los cristianos: «Si la buena nueva de vuestra Biblia estuviera escrita asimismo en vuestro rostro, no necesitaríais insistir con tanta obstinación para que se crea en la autoridad de este libro: vuestras obras, vuestras acciones, deberían hacer casi superflua la Biblia, porque vosotros mismos deberíais constituir continuamente la Biblia nueva» (G. F. Ravasi).

 

 

Viernes 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 2 Juan 1a.3-9

1 El presbítero, a la «señora elegida» y a sus hijos, a quienes amo en la verdad.

3 La gracia, la misericordia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre, en la verdad y en el amor, estén con vosotros.

4 Me alegré mucho de encontrar a tus hijos viviendo conforme a la verdad, según el mandamiento que hemos recibido del Padre.

5 Y ahora te ruego, señora -y no es nuevo el mandamiento acerca del que te escribo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos los unos a los otros.

6 El amor consiste en vivir según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que os fue dado desde el principio, para que sea la norma de vuestra vida.

7 Ahora han irrumpido en el mundo muchos seductores, los cuales no reconocen que Jesucristo es verdaderamente hombre. Entre ellos se encuentra el seductor y el anticristo.

8 Vosotros estad atentos para no echar a perder lo que habéis trabajado, y así vuestra recompensa será completa.

9 Todo el que se descarría y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. Pero quien permanece en la doctrina tiene al Padre y al Hijo.

 

*» En esta brevísima carta, el apóstol Juan nos ofrece casi una síntesis de su evangelio, precisamente para recordar a su comunidad las condiciones fundamentales para la salvación: «Caminar en la verdad» y «creer que Jesús es el Hijo de Dios». De este modo, el apóstol se hace portador del mandamiento de Dios; no nos ofrece una hipótesis de vida basada en su sabiduría personal, sino que se hace intérprete del mandamiento nuevo que él mismo ha recibido de su Señor.

Las dos condiciones para la salvación pueden ser reconducidas al único mandamiento por el que llega a nosotros la verdad de Dios, revelada -incluso hecha carneen Jesucristo. Creer en él significa entrar en la verdad de Dios. Caminar por el sendero del amor significa participar en el amor que es Dios. Pero el apóstol Juan está preocupado también por la fidelidad de sus destinatarios: en efecto, siempre hay al acecho algunos, incluso muchos, «seductores» (v. 7) que no reconocen a Jesús y querrían corromper también la fe de los otros. Consecuentemente, sigue abierta la posibilidad de «echar a perder lo que habéis trabajado» (v. 8), esto es, la fe, y la posibilidad de transformar con ella toda nuestra vida.

La fortuna del que cree consiste precisamente en esto: no en conocer una verdad abstracta, sino en tener a Dios (v. 9); no en tender hacia adelante, hacia un futuro incierto, sino en caminar con Cristo hacia Dios; no en ejercer cierta filantropía, sino en amar a Dios a través del prójimo, en nombre de Cristo.

 

Evangelio: Lucas 17,26-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

26 Cuando venga el Hijo del hombre sucederá lo mismo que en tiempos de Noé.

27 Hasta que Noé entró en el arca, la gente comía, bebía y se casaba. Pero vino el diluvio y acabó con todos.

28 Lo mismo sucedió en los tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y edificaban.

29 Pero el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre y acabó con todos.

30 Así será el día en que se manifieste el Hijo del hombre.

31 Ese día, el que esté en la azotea y tenga en casa sus enseres que no baje a tomarlos; igualmente, el que esté en el campo que no vuelva atrás.

32 Acordaos de la mujer de Lot.

33 El que intente salvar su vida la perderá, pero el que la pierda la recobrará.

34 Os aseguro que esa noche estarán dos juntos en la misma cama: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán.

35 Estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a otra la dejarán.

37 Ellos le preguntaron:

-¿Dónde, Señor?

Y les contestó:

-Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres.

 

*+• Jesús, a fin de educar a sus discípulos en el ejercicio de la verdadera esperanza, completa el discurso sobre su última venida. Para que la esperanza no se convierta en utópica («sin lugar») y para que no produzca fáciles ilusiones, la conjuga Jesús con la fe: ésta nos liga, en efecto, desde ahora a su persona y nos introduce en su misterio de muerte y resurrección. Si la esperanza se conjuga con la fe, entonces, como creyentes, sabemos a quién esperamos y no nos interesa ya cuándo ni cómo tendrá lugar.

Jesús ilustra esta enseñanza suya con dos ejemplos: el de Noé (w. 26ss) y el de Lot (w. 28ss). Estos dos hechos históricos ponen de relieve el carácter inesperado y repentino del diluvio, por un lado, y de la lluvia de fuego, por otro, sólo en apariencia. En realidad, Jesús quiere señalar con ellos la necesidad de estar preparados para cuando Dios se manifieste en su divino señorío: preparados para reconocerlo, para ser introducidos por él en el gozo eterno y entrar así en plena comunión con él. La verdadera enseñanza, por tanto, es ésta: no debemos considerar sólo a Noé y a Lot como figuras de los creyentes, sino también a sus contemporáneos, tan bien representa dos por la mujer de Lot (v. 32). Vivían éstos olvidados de Dios y preocupados sólo por los bienes terrenos, y en esta situación fueron sorprendidos por el castigo de Dios; es su ceguera espiritual, su incapacidad para captar el carácter dramático de los tiempos, lo que atrae la atención de Jesús, del evangelista y también la nuestra.

 

MEDITATIO

«Acordaos de la mujer de Lot.» El discípulo de Jesús debe hacer un buen uso de su memoria: con ella, en efecto, puede volver a aquella historia que, precisamente por haber sido visitada por Dios, se convierte en fuente de sabiduría y, por ello, en maestra de vida. En este caso, la invitación recae directamente sobre el Antiguo Testamento, que, para nosotros los cristianos, constituye una fuente de enseñanzas siempre válidas y actuales.

La memoria del creyente no debe ser considerada como una mina de la que extraer materiales más o menos preciosos. Esta memoria induce más bien al creyente a «captar» en el interior de los acontecimientos históricos esos mensajes de los que Dios no priva a quienes le reconocen como tal. Quien recuerda los hechos históricos del Antiguo Testamento, preocupado por captar los motivos y los modos según los que interviene Dios, aprende no sólo a vivir en el tiempo presente, sino también a orientar la antena de su fe hacia la meta final.

Esa es la razón de que tal memoria se convierta en criterio de diagnóstico de todo lo que acontece aquí y ahora, de suerte que no marque nunca el paso ni lentifique el ritmo de nuestra peregrinación. Al mismo tiempo, esa memoria nos pide y nos habilita para superar peligrosas distracciones -debidas sobre todo a la hipnosis de las cosas  y de ciertas personas- y para practicar ese distanciamiento que hace posible un juicio sereno y ecuánime sobre todo y sobre todos. Más aún: esa memoria nos enseña a perder lo que debe ser perdido y a conservar lo que debe ser conservado. Está clara la contraposición que existe entre una vida que sólo en apariencia es tal -y que, en ocasiones, nosotros mismos apreciamos más que la verdadera- y la vida nueva adquirida por quien está dispuesto a sacrificar la propia vida terrestre. La orientación hacia el futuro de Dios es por lo menos clara.

 

ORATIO

Señor, tú eres el camino, la verdad y la vida. Pero ¡cuántos semáforos en rojo encuentro en mi camino! Por eso me aferró a los amigos como ancla de salvación; me entierro en mis seguridades personales; me vendo a mi trabajo; me quedo encantado con lo que brilla; me consagro a mi bienestar; me alineo con la superchería de los intolerantes; me distraigo con el estruendo de tantas mentiras; sigo el trajín de una vida sin sentido, dictada por los que me rodean.

Pero tú me avisas: reconoce a Dios como origen común y como creador para recuperar el sentido de lo sagrado. Reconoce a todo hombre para recuperar tu humanidad, con sus valores de fraternidad, de justicia, de libertad. Reconoce la naturaleza como fuerza que hemos de respetar sin intentar someterla, explotarla, poseerla o reproducirla en copias cada vez más desteñidas. Sólo así caminarás conmigo, y mi llegada te encontrará preparado.

Sólo en sintonía con los valores del Espíritu te salvarás y la muerte te encontrará preparado.

 

CONTEMPLATIO

¡Mucho vale el amor! Fijaos que sólo él sopesa y distingue los hechos de los hombres. Decimos esto en referencia a hechos semejantes. En referencia a hechos diferentes encontramos a un hombre que infiere por motivos de amor y a otro, gentil, que lo hace por iniquidad.

Un padre azota a su hijo y un mercader de esclavos, en cambio, los trata con miramiento.

Si te pones ante estas dos cosas -los azotes y las caricias-, ¿quién no prefiere las caricias y huye de los azotes? Si paras mientes en las personas, el amor azota, la iniquidad suaviza. Considerad bien lo que aquí enseñamos, a saber: que los hechos de los hombres no se diferencian si no es a partir de la raíz del amor. En efecto, pueden acaecer muchas cosas que tienen una apariencia buena, pero no proceden de la raíz del amor: también las espinas tienen flores; algunas cosas parecen ásperas y duras, pero se hacen, regidas por el amor, para instaurar una disciplina.

Se te impone, pues, de una vez por todas, un breve precepto: ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Esté en ti la raíz del amor, puesto que de esta raíz no puede proceder sino el bien (Agustín de Hipona).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El amor consiste en vivir según sus mandamientos» (2 Jn 6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El obispo no puede limitarse al acto litúrgico, sino que, vigilando, debe indicar, guiar y proyectar. Debe ser profeta en el sentido etimológico del término: pro (antes o delante), phemí (hablar). El obispo tiene, por tanto, la obligación de hablar delante de la gente y, sobre todo, de hablar antes: previendo las consecuencias del obrar humano y anticipando sus efectos. No es posible tener la prudencia como pastoral. A buen seguro, Jesús habría alcanzado una vejez tranquila si hubiera sido prudente, pero eso habría envilecido su mensaje, que, sin embargo, es muy rico en imprudentes llamadas a la fraternidad y a la solidaridad. Por no hablar de los santos y los mártires que pagaron con el sacrificio el valor arriesgado de la fe. No, Emilio; es preciso ir también, si es necesario, a la guarida del lobo, para demostrar que existe la menos cómoda y practicada vía del diálogo y de la razón a la hora de resolver las controversias: debemos afirmar que el odio y la guerra producen sólo frutos mortificantes (T. Bello)

 

 

Sábado 32ª semana del Tiempo ordinario

 

LECTIO

Primera lectura: 3 Juan 5-8

5 Mi querido amigo, te portas como creyente en todo lo que haces con los hermanos, y eso que son forasteros.

6 Ellos han dado testimonio de tu amor ante la comunidad. Harás bien en proveerlos para su viaje de una manera digna de Dios,

7 pues se han puesto en camino sólo por su nombre, sin recibir nada de los no creyentes.

8 Tenemos la obligación de ayudar a hombres como ellos, para hacernos colaboradores de la verdad.

 

**• Esta carta de Juan permite presuponer una situación de vida dramática: la comunidad cristiana sufre a causa de una división interna que amenaza con paralizar también su carácter misionero. Juan se dirige a un miembro de esta comunidad y, a través de él, quiere animar a todos a la fidelidad, a la comunión eclesial y al valor del testimonio.

Por lo que respecta al destinatario de la carta, habla Juan sobre todo de su amor, un amor que lo señala a la atención de todos. Es un amor tanto más digno de crédito por el hecho de que no se limita a favorecer a los que comparten la misma fe, sino que se entrega también a los que son forasteros (v. 5). Los confines de la caridad cristiana son, necesariamente, ilimitados, a ejemplo de Jesús, que vino para todos y no hizo acepción de personas. Ese amor se traduce, espontáneamente, en acogida -siempre a ejemplo de Jesús, que acogió preferentemente entre sus contemporáneos a los últimos: los pobres, los enfermos, los pecadores-. Acoger en su nombre a los que se encuentran en situación de necesidad significa acogerle a él mismo, y, de este modo, nos convertimos en «colaboradores de la verdad» (v. 8). Resulta, por lo menos, iluminador poner de manifiesto que la verdad de Dios, en particular la verdad revelada en Cristo, quiere ser difundida no sólo con la ayuda de la Palabra, sino sobre todo con el compromiso de la caridad.

Al mismo tiempo, el compromiso misionero es deber de toda la Iglesia: cuando uno de sus miembros se dedica a la misión, es toda la comunidad la que se compromete con él. El misionero representa a su Iglesia y la Iglesia se hace cargo de todo misionero.

 

Evangelio: Lucas 18,1-8

En aquel tiempo,

1 para mostrarles la necesidad de orar siempre sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola:

2 -Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres.

3 Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: «Hazme justicia frente a mi enemigo».

4 El juez se negó durante algún tiempo, pero después se dijo: «Aunque no temo a Dios ni respeto a nadie,

5 es tanto lo que esta viuda me importuna que le haré justicia para que deje de molestarme de una vez».

6 Y el Señor añadió: -Fijaos en lo que dice el juez inicuo.

7 ¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar?

8 Yo os digo que les hará justicia inmediatamente. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

 

*•• Dos son los «focos» en torno a los cuales se construye la parábola que nos propone la liturgia de hoy: por un lado, la perseverancia y la testarudez que muestra la viuda al pedir justicia; por otro, la decisión final del juez, que termina cediendo a la petición que se le hace.

Así pues, si bien es cierto que la parábola nos recuerda la perseverancia en la oración, también lo es que repite la enseñanza de Jesús sobre la seguridad del retorno y sobre la gravedad del juicio que pronunciará sobre aquellos que no hayan obrado con justicia.

Es obligatorio destacar lo que afirma Jesús en el v. 7a: «¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche'?». Pensando en Dios, este «hacer justicia» implica, ciertamente, su fidelidad a sus promesas y, en consecuencia, su voluntad de perdón y de salvación. Dios es justo en cuanto justifica: ésta es la concepción bíblica de la justicia. «¿Les hará esperar?» (cf. v. 7b). También esta pregunta ilumina nuestra búsqueda.

En efecto, Dios, según la enseñanza bíblica, no sólo es justo, sino también paciente y bueno. De este modo es como manifiesta su arte pedagógico no sólo escuchando nuestras oraciones, sino también estableciendo los tiempos en que intervendrá y los modos con que lo hará. Existe, por tanto, un aspecto de «escándalo» en este comportamiento de Dios, y consiste en el hecho de que él espera, tal vez demasiado, para hacer justicia. En ocasiones, esta paciencia suya pone impacientes a sus fieles. «Yo os digo que les hará justicia inmediatamente» (v. 8a). Éste es el verdadero «final» de la parábola, mientras que lo que sigue puede ser considerado como un añadido posterior. De este modo pretende confirmar Jesús nuestra fe en que Dios, como Padre, contrariamente a nuestras incertidumbres y crisis, no puede dejar de hacerse cargo de la situación de todos los que, en su pobreza, le eligen como su único Salvador.

 

MEDITATIO

«Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». La pregunta de Jesús supone para nosotros una abierta provocación. Antes que nada, por el hecho de poner en el centro de su discurso la fe: ésta, en efecto, es el don más precioso que podemos recibir de Dios, y estamos llamados a conservarla a cualquier precio.

La apertura al futuro nos deja entender también que, si bien es hermoso acoger el don, no es igual de fácil conservarlo y vivir de él.

¿Qué respuestas podemos dar, hoy, a esta provocación de Jesús? Por un lado, observando de manera atenta la situación espiritual del mundo contemporáneo, parece que podemos decir que la humanidad camina hacia un futuro cada vez menos rico de fe, cada vez más atado a los bienes terrenos, cada vez más solicitado por sus propios intereses. En general, el espectáculo

que tenemos delante no figura, a buen seguro, entre los más seductores, y es precisamente eso lo que nos induciría a dar una respuesta negativa.

No obstante, por otro lado, si hacemos uso no sólo de la lupa para ver de cerca las cosas que suceden, sino también del catalejo para tener una visión panorámica de la realidad, entonces veremos que la semilla de la fe está presente y escondida en el corazón de no pocas personas, y eso es lo que más cuenta. Lo que constituye la diferencia no es tanto la visibilidad externa, y mucho menos la eficiencia de las estructuras creadas por quien cree, sino el don de Dios, que, por su propia naturaleza, tiende a crear relaciones profundas y le gusta ocultarse en ellas.

La provocación de Jesús la podemos interpretar también como una consigna: le corresponde al «resto de Israel» asumirla como propia, hacerse cargo, hoy como en todas las épocas, de la historia y obrar de modo que, cuando venga el Hijo del hombre, pueda encontrarnos ricos en fe.

 

ORATIO

\Señor, enséñame a orar!

Tu oración consistía, a veces, sólo en una mirada dirigida al cielo antes de actuar o en una breve invocación; otras veces consistía en una expresión de abandono, en un grito de reparación, en un agradecimiento filial o en una manifestación de la voluntad del Padre.

Era una oración dulce y gozosa, pero también una oración de tensión cuando se acercaba la última hora, de miedo y de angustia al beber el cáliz. Orabas solo o con otros, de noche o por la mañana, de pie o sentado, en el desierto o en la soledad absoluta de tu alma. Orabas siempre, porque - a diferencia de los fariseos- tu oración se convertía en vida, y tu vida -expresión de tu fe- era una efusión de la oración.

¡Señor, enséñame a vivir!

 

CONTEMPLATIO

La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: Quien escucha mi Palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los antiguos justos, ciertamente, pudieron agradar a Dios empleando para este fin los largos años de su vida, mas lo que ellos consiguieron con su esforzado y generoso servicio de muchos años, eso mismo te concede a ti Jesús realizarlo en un solo momento. Si, en efecto, crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos, conseguirás la salvación y serás llevado al paraíso por el mismo que recibió en su Reino al buen ladrón. No desconfíes ni dudes de si eso va a ser posible o no: el que salvó en el Gólgota al ladrón a causa de una sola hora de fe te salvará también a ti si crees.

La otra clase de fe es esa que Cristo concede a algunos como don gratuito: Uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe, y otro, por el mismo Espíritu, el don de curar.

Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en esa otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe podría decir a una montaña que viniera aquí, y vendría. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe.

Es de esta fe de la que se afirma: Si fuera vuestra fe como un grano de mostaza... Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño de tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas donde pueden cobijarse las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas.

El alma, en efecto, iluminada por esta fe, alcanza a concebir en su mente una imagen de Dios y llega incluso a contemplar al mismo Dios en la medida en que eso es posible; le es dado recorrer los límites del universo y ver, antes del fin del mundo, el juicio futuro y la realización de los bienes prometidos.

Procura, pues, llegar a esa fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también esa otra que actúa por encima de las fuerzas humanas (Cirilo de Jerusalén, Catequesis 5, sobre la fe y el símbolo, 10-11).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «En el corazón de los justos resplandece la bondad del Señor» (de la liturgia).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un día despertó Hitler la antigua ilusión que contrapone la ciencia y la religión. Estaba convencido ciertamente de que afirmaba una verdad definitiva cuando declaraba: «Colocad un telescopio en un país y habréis terminado con Dios». Bajo la ordinariez de la propuesta se esconde un a priori que no corresponde sólo a la ideología nazi. Toda generación tiene su contingente de individuos que piensan haber terminado con la imagen de Dios gracias a la ciencia. Los hombres seríamos sólo el objeto de una manipulación genética, títeres producidos por casualidad. La idea de Dios se habría convertido, definitivamente, en una antigualla.

Sin embargo, precisamente la experiencia del telescopio puede llevar a una conclusión opuesta a la de Hitler. Si se os presenta la ocasión, no la dejéis escapar. Al contrario, buscadla. Es fascinante. Creo que en la vida humana hay un «antes» y un «después» cuando, gracias al telescopio, se ha tenido la posibilidad de experimentar de una manera visible, concreta, el infinito y su esplendor, por una parte, y nuestro límite y el vuelco que :se impone a la inteligencia bajo la impresión de tal realidad, por otra. La historia de la civilización confirma la experiencia (B. Bro).

 

 

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