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LECTIO DIVINA ABRIL DE 2016

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El cántico de alabanza que resuena eternamente en las moradas celestiales y que Jesucristo, sumo Sacerdote, introdujo en este destierro ha sido continuado fiel y constantemente por la Iglesia situando a Dios como centro de nuestra vida durante todas las horas del día -Liturgia de las horas- y todos los días del año -Lectio Divina-

Día 1

Viernes de la octava de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 4,1-12

4,1 En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban a la gente, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos.

2 Estaban molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban que la resurrección de los muertos se había realizado ya en Jesús.

3 Los prendieron y los encarcelaron hasta el día siguiente, pues era ya tarde.

4 Pero muchos de los que habían oído el discurso creyeron, y el número de hombres llegó a cinco mil.

5 Al día siguiente se reunieron en Jerusalén los jefes de los sacerdotes, los ancianos y los maestros de la Ley:

6 Anas, sumo sacerdote, y Caifas, Juan, Alejandro y todos los que pertenecían al linaje sacerdotal.

7 Hicieron comparecer a Pedro y a Juan y les preguntaron: - ¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho esto?

8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: - Jefes del pueblo y ancianos de Israel,

9 hoy ha sido curado un hombre enfermo, y nos preguntáis en nombre de quién se ha realizado esta curación;

10 pues sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que éste aparece ante vosotros sano en virtud del nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos.

11 Él es la piedra rechazada por vosotros, los constructores, que se ha convertido en piedra angular.

12 Nadie más que él puede salvarnos, pues sólo a través de él nos concede Dios a los hombres la salvación sobre la tierra.

 

**• Dos son los temas principales de este fragmento: la reacción de los jefes de Israel ante el éxito de los apóstoles y las importantes afirmaciones del discurso de Pedro.

Primer tema: sorprendentemente, el «caso Jesús» no se cerró con la crucifixión. Sus seguidores hacen prosélitos. Más aún, predican en el templo, convirtiéndose en maestros del pueblo (tarea reservada a los doctores de la Ley), y anuncian la resurrección de los muertos (lo que parece particularmente inoportuno a los saduceos).

Los jefes del pueblo, sorprendidos y exasperados, se les echan encima y los meten en la cárcel. Ésta fue la primera persecución, a la que siguió un ulterior incremento numérico de discípulos. El Sanedrín, el mismo que pocas semanas antes había juzgado a Jesús, se reúne.

En él se concentran los diferentes poderes: el religioso, el económico, el teológico, el social y lo que queda del poder político. Unos poderes que se sentían amenazados por el mensaje subversivo de Jesús y que, ahora, deben ocuparse nuevamente de la cuestión.

El segundo tema es el breve y vigoroso discurso de Pedro. Éste, «lleno del Espíritu Santo», tal como había prometido Jesús, habla con una gran parresia, es decir, con una audacia y un coraje inauditos, plantando cara a los jefes del pueblo y poniéndoles en una situación seriamente embarazosa. Parte del hecho de la curación para anunciar la salvación, la curación radical. Las afirmaciones de Pedro son solemnes y claras: aquel a quien vosotros condenasteis a muerte ha sido resucitado por Dios; y la piedra que vosotros desechasteis Dios la ha convertido en la piedra fundamental del nuevo edificio que pretende construir. Jesús, a quien los jefes rechazaron y mataron, ha sido elegido por Dios para dar cumplimiento a sus promesas. El conjunto está dominado por el «nombre de Jesús»; en ningún otro nombre hay salvación.

 

Evangelio: Juan 21,1-14

21,1 Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades.

2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Cana de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

3 En esto dijo Pedro: - Voy a pescar. Los otros dijeron: - Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca, pero aquella noche no lograron pescar nada.

4 Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.

5 Jesús les dijo: - Muchachos, ¿habéis pescado algo? Ellos contestaron: -No.

6 Él les dijo: - Echad la red al lado derecho de la barca y pescaréis. Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.

7 Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: - ¡Es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua.

8 Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros.

9 Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan.

10 Jesús les dijo: - Traed ahora algunos de los peces que habéis pescado.

11 Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

12 Jesús les dijo: - Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor.

13 Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió, y lo mismo hizo con los peces.

14 Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.

 

**• La «pesca milagrosa» presenta la tercera aparición del Resucitado a los discípulos-pescadores, reunidos junto a la orilla del lago Tiberíades. El encuentro de Jesús con los suyos, que habían vuelto a su trabajo, describe de manera simbólica la misión de la Iglesia primitiva y el retrato de cada comunidad. Éstas permanecen estériles cuando se quedan privadas de Cristo, pero se vuelven fecundas cuando obedecen a su Palabra y viven de su presencia. El texto se compone de dos fragmentos en el ámbito de la redacción: a) ambientación de la aparición en Galilea (vv. 1-5); b) la pesca milagrosa y el reconocimiento de Jesús (vv. 6-14).

El reducido grupo de los discípulos, con Pedro a la cabeza, representa a toda la Iglesia en misión. Pero sin Jesús en la barca, el fracaso de la «pesca» (= misión) es total y anda a tientas en la «noche» (v. 3). Frente a la conciencia de no triunfar por sí solos en la empresa, interviene Jesús -«al clarear el día» (v. 4 ) - con el don de su Palabra, premiando a la comunidad que ha perseverado unida en el trabajo apostólico: «Echad la red al lado derecho de la barca y pescaréis» (y. 6). La obediencia a la Palabra produce el resultado de una pesca abundante.

Los discípulos se fiaron de Jesús y experimentaron con el Señor la desconcertante novedad de su vida de fe. Jesús les invita después al banquete que él mismo ha preparado: «Venid a comer» (v. 12).

En el banquete, figura de la eucaristía, es el mismo Jesús quien da de comer, haciéndose presente de una manera misteriosa. Los discípulos son ahora presa del escalofrío que les produce el misterio divino. La conclusión del evangelista es una invitación a la comunidad eclesial de todos los tiempos para que vuelva a encontrar el sentido de su propia vocación y ponga a Jesús como Señor de la vida, de suerte que, a través de la escucha de la Palabra y de la eucaristía (= las dos mesas), la Iglesia haga fructuosos todos sus compromisos entre los hombres.

 

MEDITATIO

La seguridad de Pedro procede de la certeza interior de que Jesús es ahora el único Salvador. Toda la Iglesia de los orígenes vive de esta certeza, una certeza que la hace fuerte, intrépida, gozosa, misionera, irresistible.

Las grandes epopeyas misioneras se han nutrido siempre de esta conciencia. La Iglesia será siempre misionera mientras se interese por la salvación del prójimo, a la luz de Cristo salvador.

Nuestros tiempos no resultan demasiado fáciles a este respecto: es preciso justamente respetar las conciencias, está el diálogo interreligioso, es preciso promover la paz, existe la propagación de un cierto relativismo, está la desconfianza con respecto a todo tipo de integrismo. A pesar de todo ello, Cristo, ayer como hoy y como mañana, sigue siendo el único Salvador. De lo que se trata es de convertir esta certeza no en un arma contra nadie, sino en una propuesta paciente y firme, serena y motivada, testimoniada y hablada, orada y alegre, suave y valiente, dialogadora y confesante. En todo ambiente, en todo momento de la vida, aun cuando parezca tiempo perdido, incluso cuando parezca fuera de moda. De esta certeza nace una fuerza nueva: se liberan energías. Dejamos de tener miedo a los juicios de los hombres y nos convertimos en hombres y mujeres interior y exteriormente libres.

 

ORATIO

A menudo me siento, Señor, entre dos fuegos: el respeto a las opiniones de los otros y la necesidad de comunicar tu nombre y tu verdad. No quisiera ofender la sensibilidad de quien está a mi lado, pero al mismo tiempo siento la necesidad de comunicar tu nombre. No quisiera parecer un atrasado, pero siento que sin ti se retrocede. Debo confesarme y confesarte que estaba más seguro en el pasado: las muchas certezas apoyaban también esta certeza de tu unicidad. Pero debo admitir asimismo que ahora, en estos tiempos en que han venido a menos muchas certezas, siento que debo aferrarme cada vez más a ti y arriesgarme más a reconocerlo, tanto en público como en privado. Refuerza, Señor, mi pobre corazón, para que ponga y vuelva a poner su centro sólo en ti como Señor y Salvador.

Concédeme una experiencia vigorosa de esta realidad para que pueda yo decir que tú eres mi salvación y mi alegría. Concédeme una experiencia tan incisiva que suprima en mí toda inseguridad a la hora de anunciar tu nombre, tu nombre santo de Salvador de todos. Concédeme, Señor, la convicción de que la Buena Nueva reiniciará su carrera en el mundo cuando tú brilles en mi corazón y en el de tus discípulos como el Insustituible, como el Incomparable, como el Único necesario. Concédeme esta luz para que pueda yo iluminar este pequeño ángulo del mundo que me has confiado.

 

CONTEMPLATIO

¿Quién es Cristo? ¿Quién es para mí? Cuando reflexionamos sobre estas preguntas sencillas, aunque terribles, no nos damos cuenta de que nos sentimos tentados a deslizamos hacia un nominalismo cristiano y a eludir la lógica dramática del realismo cristiano. Si Cristo es aquél fuera del cual no hay solución a las cuestiones esenciales de nuestra existencia, si son verdaderas y actuales aquellas palabras de Pedro, «lleno del Espíritu Santo» (Hch 4,1 ls), entonces nos sentiremos agitados y quizás descompuestos. Ya no podremos considerar el nombre de Jesucristo como una pura y simple denominación que se ha insinuado en el lenguaje convencional de nuestra vida, sino que su presencia, su estatura -dotada de una infinita majestad- se levantará delante de nosotros. Él es el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas, el centro del orden cósmico, que nos obliga a reconsiderar la dimensión de nuestra filosofía, de nuestra concepción del mundo, de nuestra historia personal. No hemos de sentirnos anonadados, como los apóstoles en la montaña de la transfiguración. La humildad del Dios hecho hombre nos confunde en la misma medida que su grandeza. Sin embargo, ésta no sólo hace posible el diálogo, sino que lo ofrece y lo impone (Pablo VI, Audiencia general del 3 de noviembre de 1976).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La vida es imprevisible. Podemos ser felices un día y estar tristes al siguiente, estar sanos un día y enfermos un día después, ser ricos un día y pobres al siguiente. ¿A quién podremos, entonces, aferramos? ¿En quién podremos confiar para siempre? Sólo en Jesús, el Cristo. El es nuestro Señor, nuestro pastor, nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestro hermano, nuestro guía, nuestro amigo. Vino de Dios para estar con nosotros. Murió por nosotros y resucitó de entre los muertos para abrirnos el camino hacia Dios, y se ha sentado a la derecha de Dios y nos acogerá en su casa. Con Pablo, debemos estar seguros de que «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38s) (H. J. M. Nouwen, Pane per ¡I viaggio, Brescia 1997, p. 383 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]). 

 

Día 2

Sábado de la octava de pascua

 Liturgia de las Horas de hoy

 

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 4,13-21.

4,13 En aquellos días, al ver la valentía con que se expresaban Pedro y Juan, no salían de su asombro, sabiendo que eran hombres del pueblo y sin cultura. Los reconocían como compañeros de Jesús;

14 pero, como veían con ellos en pie al hombre curado, nada podían responder.

15 Entonces les ordenaron salir del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos:

16 - ¿Qué haremos con estos hombres? El milagro que han hecho es notorio y lo saben todos los habitantes de Jerusalén; no podemos negarlo.

17 No obstante, para que no se divulgue más entre el pueblo, les intimidaremos con amenazas, para que no vuelvan a hablar a nadie en nombre de ése.

18 Así que los llamaron y les prohibieron terminantemente hablar y enseñar en el nombre de Jesús.

19 Pedro y Juan les respondieron: - ¿Os parece justo delante de Dios que os obedezcamos a vosotros antes que a él?

20 Por nuestra parte, no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído.

21 Ellos los despidieron con amenazas, sin encontrar el modo de castigarlos, a causa del pueblo, pues todos daban gloria a Dios por lo sucedido.

 

*» Pedro y Juan han recibido en verdad, según la promesa de Jesús, «una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios»: estos últimos se encuentran, evidentemente, con dificultades. El fragmento está dominado, por una parte, por la fuerza de los hechos que se imponen y, por otra, por la voluntad de ocultarlos. Los hechos son la curación constatada y clamorosa; son todo lo que Pedro y Juan han visto y oído. Por otra parte, está el poder que quiere defenderse de la irrupción de los hechos, con su poder de desestabilización. Los hechos están acreditados por «hombres del pueblo y sin cultura», que pasan de acusados a acusadores.

Frente a la idea de prohibir «enseñar en el nombre de Jesús» -y en esto se muestra perspicaz el sanedrín, porque el peligro procede de ese «nombre», la verdadera novedad-, la respuesta de Pedro y Juan es la apelación a la evidencia: no pueden callar lo que han visto y oído.

Se trata de la conciencia de que hablar de estas cosas era voluntad de Dios, un mandato divino frente al cual los preceptos humanos pierden su consistencia. No hay amenaza humana que pueda oponerse a la fuerza del testimonio de los apóstoles, porque está con ellos la fuerza irresistible de Dios.

 

Evangelio: Marcos 16,9-15

16,9 Jesús resucitó en la madrugada del primer día de la semana y se apareció en primer lugar a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios.

10 Ésta fue a comunicárselo a los que le habían acompañado, que estaban tristes y seguían llorando.

11 Ellos, a pesar de oír que estaba vivo y que ella lo había visto, no le creyeron.

12 Después de esto se apareció, con aspecto diferente, a dos de ellos que iban de camino hacia el campo.

13 También fueron a dar la noticia a los demás. Pero tampoco les creyeron.

14 Por último, se apareció a los once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y su terquedad, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.

15 Y les dijo: -Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura.

 

**• El texto es un añadido que sirve de conclusión al evangelio de Marcos. Está redactado por otra mano, aunque pertenece a la época apostólica. Incluye la aparición de Jesús resucitado a María Magdalena, que fue a anunciar a los discípulos incrédulos el acontecimiento de la resurrección (vv. 9-11); la aparición del Señor con aspecto de peregrino a los dos discípulos de Emaús, que se volvían a su pueblo (vv. 12s) y, por último, la aparición del Resucitado a los Once, reunidos en torno a la mesa, esto es, recogidos en la celebración eucarística, a quienes reprocha su incredulidad y su actitud refractaria ante el testimonio de algunos discípulos (vv. 14s).

Sólo la presencia directa de Jesús liberará a los apóstoles de su dureza de corazón y los transformará en verdaderos creyentes. Al subrayar la incredulidad de los discípulos, típica de todo el evangelio de Marcos, el evangelista pretende poner de relieve que la resurrección no es fruto de una imaginación ingenua o de alguna sugestión colectiva de los seguidores del Nazareno, sino don del Padre en favor de aquel que se había hecho obediente hasta la muerte para la salvación de toda la humanidad.

Como conclusión, el Resucitado envía a los discípulos al mundo para que prolonguen su misión y desarrollen la actividad evangelizadora junto con el Señor: «Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura» (y. 15).

 

MEDITATIO

Es mejor obedecer a Dios que a los hombres: se trata de un criterio que hemos de desenterrar frente a la prepotencia del mundo. Éste, a través de los medios de comunicación y de otros medios todopoderosos, pretende nivelar el modo de pensar y de valorar típico del cristianismo, tomando como rasero el nivel del consumo y de los horizontes exclusivamente intramundanos. La identidad cristiana está padeciendo una agresión cada vez más abierta, aunque la mayoría de las veces soft y solapada, que hace pasar por normal y obvio lo que con frecuencia no es más que un comportamiento detestable.

En nombre de la voluntad superior de Dios es preciso entablar un verdadero «combate cultural» destinado a desenmascarar el peligro de la homologación pagana.

Pero éste presupone un «combate espiritual» en nombre de una experiencia fuerte de Cristo. No se puede acallar la experiencia de la salvación, la experiencia de ser amados y acompañados en la vida por el amor de Dios. No se puede vivir como si este amor no existiera ni actuara en la historia. Hay aquí una invitación ulterior al testimonio abierto y valiente, que no quiere imponer nada, pero que tampoco quiere recibir imposiciones para ocultar lo más querido, lo más dulce, lo más importante que mueve nuestra vida.

 

ORATIO

Ilumina, Señor, mi mente y mi corazón, para que me dé cuenta de con cuánta frecuencia obedezco en realidad más a los hombres que a ti, de lo contaminado que estoy por la mentalidad de este mundo, de la gran cantidad de seducciones de que soy víctima, de la gran cantidad de sirenas que me fascinan. A veces me doy cuenta, casi de improviso, de que, de hecho, estoy pensando y juzgando según los criterios del mundo y no según los tuyos. Descubro que me inclino a los ídolos fáciles, ligeros, envolventes, omnipresentes.

Ilumina las profundidades de mi ser, los estratos más escondidos de mi personalidad, los puntos menos conscientes de mi sensibilidad, para que tenga el valor de proceder a una revisión, de revisar mi modo de situarme frente a la mentalidad corriente. Haz, Señor, que tu Palabra descienda a los subterráneos de mi psique, a las sinuosidades de mi corazón, para que piense siguiendo tus criterios, para que te obedezca, para que nunca –por inconsciencia o por temor, por homologación o debilidad- tenga yo que obedecer a los hombres más que a ti o en contra de ti.

 

CONTEMPLATIO

Podemos preguntarnos: ¿pienso acaso, en conciencia, como cristiano? ¿Se inspira mi estado de ánimo en la verdad que Cristo nos ha enseñado? ¿No estamos inclinados más bien a tomar como guía de nuestros pensamientos, de nuestros juicios, de nuestras acciones, nuestro estado de ánimo personal, con una autonomía que con mucha frecuencia no admite consejos ni comparaciones? ¿Podemos afirmar de verdad, siendo celosos como somos de nuestra independencia, de nuestra libertad, que tenemos el ánimo libre? ¿No deberíamos admitir más bien que hay una gran cantidad de otros elementos que se sobreponen a nuestro juicio consciente para forjar nuestra mentalidad? Ciertamente, no podemos escapar de su influencia, pero debemos permanecer con una actitud crítica frente a todo esto y preguntarnos con una vigorosa libertad interior: ¿es cristiano todo esto? ¿Pienso verdaderamente como cristiano? El cristiano es un ser nuevo, original, feliz, como afirma también Pascal: «Nadie es feliz como un verdadero cristiano, nadie es tan razonable, virtuoso, ama ble» {Pensamientos, 541) (Pablo VI, Audiencia general del 8 de enero de 1975, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres» (Sal 118,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nosotros, hombres de hoy, aunque nos consideremos en comunión con la religión cristiana -una comunión que muy a menudo se calla, se minimiza o se seculariza-, poseemos rara vez o de forma incompleta el sentido de la novedad de nuestro estilo de vida. A menudo nos mostramos conformistas.

El miedo al «qué dirán» nos impide presentarnos por lo que somos, esto es, como cristianos, como personas que libremente han optado por un determinado estilo de vida, austero ciertamente, aunque superior y lógico. La Iglesia nos dice entonces: «Cristiano, sé consciente, coherente, fiel, fuerte. En una palabra: sé cristiano». «Renovad el espíritu de vuestra mente» (Ef 4,23).

La palabra espiritual se refiere a la gracia, esto es, al Espíritu Santo. Por eso diremos con san Ignacio de Antioquía: «Aprendamos a vivir según el cristianismo» [Ad Magnesios, 10). En esto consiste la renovación del Concilio. «Quien tenga oídos para oír, que oiga» (Pablo VI, Audiencia general del 8 de enero de 1975, passim).

 

 

 

Día 3

Segundo domingo de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 5,12-16

12 Los apóstoles realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos los creyentes se reunían en el pórtico de Salomón,

13 pero los demás no se atrevían a juntarse con ellos. El pueblo, sin embargo, los tenía en gran estima,

14 de modo que una multitud de hombres y mujeres se incorporó al número de los que creían en Jesús.

15 Incluso sacaban los enfermos a las plazas y los ponían en camillas y parihuelas para que, al pasar Pedro, al menos su sombra tocara a alguno de ellos.

16 Un gran número de personas procedentes de las ciudades cercanas acudían a Jerusalén llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos, y todos se curaban.

 

**• El fragmento presenta el tercero de los «compendios» de los Hechos de los Apóstoles. Se trata de resúmenes usados en la narración de Lucas como «puentes» entre diferentes secciones. Muestran cómo vivía la comunidad cristiana en aquellos tiempos y, a la vez, cómo debería vivir siempre. En este compendio se encuentran, en efecto, siete verbos en imperfecto destinados a indicar una situación habitual de la comunidad. Esta ha hallado un lugar estable de encuentro junto al Templo (el pórtico de Salomón), se reúne en torno a los apóstoles y muestra poseer una identidad bien definida frente a los otros.

En el centro de la narración aparece la presencia y la acción de los apóstoles, en particular la de Pedro. Éstos realizan signos y prodigios que atestiguan el poder del Resucitado. El pueblo los exalta; aumenta el número de los creyentes; aumenta también la fe suscitada por el poder de curación de los apóstoles, incluso por la sombra de Pedro. Se perfilan aquí los rasgos de la Iglesia, que, mientras se va formando, agrega siempre, por el poder del Espíritu, nuevos miembros, sobre todo mediante la actividad de los apóstoles.

 

Segunda lectura: Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

9  Yo, Juan, hermano vuestro, que por amor a Jesús comparto con vosotros la tribulación y la espera en la isla de Patmos por haber anunciado la Palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.

10 Caí en éxtasis un domingo y oí detrás de mí una voz potente, como de trompeta,

11 que decía: - Escribe en un libro lo que veas y mándalo a estas siete Iglesias: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.

12 Me volví para mirar de quién era la voz que me hablaba, y al volverme vi siete candelabros de oro,

13 y en medio de los candelabros una especie de figura humana que vestía larga túnica y tenía el pecho ceñido con una banda de oro.

17 Cuando lo vi, me desplomé a sus pies como muerto, pero él puso su mano derecha sobre mí diciendo: - No temas; yo soy el primero y el último;

18 yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo.

19 Escribe, pues, lo que has visto, lo que está sucediendo y lo que va a suceder después de todo esto.

 

**• El Apocalipsis es, por excelencia, el libro de la «revelación» de Jesús, aunque requiere por parte del lector el paciente trabajo de entrar en su lenguaje cargado de símbolos. Juan recibe esta revelación en favor de los hermanos mientras se encontraba confinado en la isla de Patmos a causa de la fe. La profunda experiencia espiritual (v. 10) vivida por él tiene lugar precisamente el domingo, día memorial de la resurrección del Señor.

Oye a su espalda una voz potente, «como de trompeta», que le ordena escribir lo que vea. Los elementos con los que se describe esta primera experiencia recuerdan la revelación del Sinaí, comprendida, no obstante, en su plenitud gracias al misterio pascual. En efecto, Juan tiene que volverse (el verbo usado es epistréphein, el mismo término que indica la «conversión» como retorno a Dios y precisamente porque se «convierte» puede ver.

Se presenta entonces ante sus ojos un misterioso personaje, «una especie de figura humana» (v. 13) en medio de siete candelabros de siete brazos. El único candelabro de siete brazos del templo de Jerusalén se ha transformado, por consiguiente, en muchos candelabros a fin de indicar que ha tenido lugar un paso desde el único ámbito del culto -o sea, el templo- a la totalidad de la comunidad eclesial. En medio de ellos está Cristo resucitado, descrito con elementos tomados del Antiguo Testamento. Éstos expresan la función mesiánica, que ha llegado a su culminación. La larga túnica y la banda de oro (v. 13) son un rasgo distintivo sacerdotal (cf. Dn 10,5); el pelo blanco (v. 14a) alude al «anciano de los días» de Dn 7,9. El Hijo del hombre es Dios mismo. Frente a él reacciona Juan con el desconcierto propio de quien entra en contacto con Dios, pero el personaje glorioso le tranquiliza y se presenta con cinco expresiones que le califican como el Resucitado.

En efecto, es «el primero y el último», es decir, el creador y señor del cosmos y de la historia (cf. Is 44,8; 48,12); «el que vive», a saber: el que tiene la vida en sí mismo, según una terminología muy estimada por el Antiguo Testamento. No sólo es el que vive, sino el que tiene las llaves -esto es, el poder- de la muerte y del abismo de los muertos.

 

Evangelio: Juan 20,19-31

20,19 Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: - La paz esté con vosotros.

20 Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

21 Jesús les dijo de nuevo: - La paz esté con vosotros. Y añadió: - Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros.

22 Sopló sobre ellos y les dijo: - Recibid el Espíritu Santo.

23 A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá.

24 Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús.

25 Le dijeron, pues, los demás discípulos: - Hemos visto al Señor. Tomás les contestó: - Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.

26 Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: - La paz esté con vosotros.

27 Después dijo a Tomás: - Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y mótela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.

28 Tomás contestó: - ¡Señor mío y Dios mío!

29 Jesús le dijo: - ¿Crees porque me has visto? Dichosos los que creen sin haber visto.

30 Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro.

31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna.

 

*» Estos dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema -el de la fe- son, el eco fiel de cuanto ha sucedido en los corazones de los apóstoles tras la muerte de Jesús.

En el primero de ellos (vv. 19-22), el Resucitado se aparece a los once, que, a pesar del anuncio de María Magdalena (v. 18), están encerrados todavía en el cenáculo por miedo a los judíos. Jesús supera las barreras que se le interponen: pasa a través de las puertas, manifestando que su condición es completamente nueva, aunque no ha desaparecido nada de los sufrimientos que padeció en la carne. La insistente referencia al costado traspasado de Jesús es propia de Juan, que, de este modo, quiere indicar el cumplimiento de las profecías en Jesús (Ez 47,1; Zac 12,10.14). El tradicional saludo de paz asume también en sus labios un sentido nuevo: de augurio -«la paz esté con vosotros»- se convierte en presencia -«la paz está con vosotros». La paz, don mesiánico por excelencia, que incluye todo bien, es, por tanto, una persona: es el Señor crucificado y resucitado en medio de los suyos («se presentó»: vv. 19b.26b y, antes, v. 14). Al verlo, los discípulos quedan colmados de alegría y confirmados en la fe. El Espíritu que Jesús sopla sobre ellos, principio de una creación nueva (Gn 2,7), confiere a los apóstoles una misión que prolonga la suya en el tiempo y en el espacio y les concede el poder divino de liberar del pecado.

El segundo cuadro (vv. 24-29) personaliza en Tomás las dudas y el escepticismo que atribuyen los sinópticos, de manera genérica, a «algunos» de los Doce, y que pueden surgir en cualquiera. Tomás ha visto la agonía de su Maestro y se niega a creer ahora en una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido testigo (v. 25). Jesús condesciende a la obstinada pretensión del discípulo (v. 27), pues es necesario que el grupo de los apóstoles se muestre firme y fuerte en la fe para poder anunciar la resurrección al mundo.

Precisamente a Tomás se le atribuye la confesión de fe más elevada y completa: «¡Señor mío y Dios mío!» (v. 28). Aplica al Resucitado los nombres bíblicos de Dios, YHWH y Elohím, y el posesivo «mío» indica su plena adhesión de amor, más que de fe, a Jesús. La visión conduce a Tomás a la fe, pero el Señor declara, de manera abierta, para todos los tiempos: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver.

Éstos experimentarán la gracia de una fe pura y desnuda que, sin embargo, es confirmada por el corazón y lo hace exultar con una alegría inefable y radiante (1 Pe 1,8). Los vv. 30s constituyen la primera conclusión del evangelio de Juan: se trata de un testimonio escrito que no pretende ser exhaustivo, sino sólo suscitar y corroborar la fe en que «Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (cf. Mc 1,1).

 

MEDITATIO

«Estaba muerto, pero ahora vivo para siempre.» Jesús vino a compartir en todo nuestra condición humana, y ahora también nosotros tenemos en él la certeza de que la muerte no es la última palabra pronunciada sobre nuestro destino. Esta certeza cambia de manera radical la orientación de nuestro corazón. En él, vivo, también nosotros vivimos una vida nueva. Así pues, es importante que todos nuestros pensamientos, todas nuestras acciones, todos nuestros encuentros, estén imbuidos de la alegría y de la novedad de la vida resucitada que Jesús ha venido a traernos. La comunidad cristiana es el lugar en el que podemos llevar a cabo y alimentar de manera estable la experiencia de la vida nueva, repleta por fin de sentido y liberada de la angustia y del miedo.

Sin embargo, con excesiva frecuencia nos mostramos tardos e incrédulos, y nos reconocemos fácilmente en la figura de Tomás, el apóstol que quería tocar para creer. Como él, también nosotros perseguimos, con frecuencia, certezas que sean conformes a nuestras mezquinas medidas. Y el Señor nos deja hacer. Nos da las pruebas que queremos y espera a que, ante la evidencia, lleguemos a proclamar, con un ímpetu de fe y de amor, que él es nuestro Señor, nuestro Dios.

 

ORATIO

Ven, quédate con nosotros, Señor, y aunque encuentres cerrada la puerta de nuestro corazón por temor o por cobardía, entra igualmente. Tu saludo de paz es bálsamo que hace desaparecer nuestros miedos; es don que abre el camino a nuevos horizontes. Dilata los angostos espacios de nuestro corazón. Refuerza nuestra frágil esperanza y danos unos ojos penetrantes para vislumbrar en tus heridas de amor los signos de tu gloriosa resurrección.

Con frecuencia también nosotros nos mostramos incrédulos, necesitados de tocar y de ver para poder creer y ser capaces de confiar. Haz que, iluminados por el Espíritu Santo, podamos ser contados entre los bienaventurados que, aunque no han visto, han creído.

 

CONTEMPLATIO

Cristo se apareció a los apóstoles escondidos en una casa y entró con las puertas cerradas. Pero Tomás, que no estaba presente durante esta aparición, permaneció incrédulo. Desea ver, no acepta ni le basta con oír hablar de ella. Cierra los oídos y quiere abrir el corazón. Le quema la impaciencia.

Tomás, hombre de carácter exigente y desconfiado, pone por delante su incredulidad, esperando gozar así de una visión. «Si él se me aparece -dice-, eliminará mi incredulidad. Pondré mi dedo en las cicatrices de los clavos y abrazaré al Señor a quien tanto amo. Me reprochará también mi incredulidad, pero me colmará con su visión.» El Señor se aparece de nuevo, aplaca el tormento y elimina la duda de su discípulo. Pero, más que la duda, satisface su deseo. Entra con las puertas cerradas. Esta increíble aparición confirma su increíble resurrección. Entonces le toca Tomás, desaparece su desconfianza y, colmado de una fe sincera y de todo el amor que se debe al mismo Dios, exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». El Señor le responde: «Porque me has visto, has creído. Bienaventurados los que creen sin haberme visto. Tomás, anuncia la resurrección a quienes no me han visto. Arrastra a toda la gente a creer no en lo que ven sus ojos, sino en lo que dice tu palabra».

Éstos son los nuevos reclutas del Señor [...]. Han seguido a Cristo sin haberlo visto, lo han deseado, han creído en él. Lo han reconocido con los ojos de la fe, no con los del cuerpo. No han puesto sus dedos en la herida de los clavos, pero se han unido a su cruz y han abrazado sus sufrimientos. No han visto el costado del Señor, pero se han unido a sus miembros a través de la gracia (Basilio de Seleucia, Omelia sulla Pasqua, cit. En Padri della Chiesa, // mistero pasquale, Brescia 19913, pp. 171-175, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Encontrar a Dios! Mira, estoy sin luz. Me parece que podría decir frases bonitas (y entusiasmarme con ellas), pero justamente pronunciadas demasiado deprisa, de manera superficial. Me encuentro en una situación en la que mi creer ya no se me presenta como un conocer algo sobre Dios, como un «Credo», sino como la piedra de toque de mi fe. Si yo creyera de verdad, ¿seguiría siendo aún presa de insignificantes contrariedades con tanta frecuencia? No, entonces nada sería objeto de desprecio, sino que todo quedaría iluminado por este inimaginable y rico cumplimiento de todo. En consecuencia, es mi fe la que tiene que ser reanimada...

Pero ¿dónde se encuentra su debilidad? Creo, a buen seguro, que Jesús es Dios que ha venido entre nosotros y ha dado vida a mi vida. Creo, ciertamente, en Jesús, verdadero hombre, que murió crucificado y resucitó de entre los muertos: como Dios verdadero, «la muerte ya no tiene poder sobre él». Sí, Jesús, creo que has resucitado. Tú, el Hijo de Dios encarnado, «la fidelidad encarnada de Dios», has resucitado con tu cuerpo de hombre. Creo que has vencido a la muerte, también la mía. ¿Pero creo de una manera vital en esta resurrección de la carne, de mi carne, como afirmo en el Credo? ¿Justamente como la vivió Jesús y como la leo en los cuatro evangelios? No entraré de verdad en la resurrección de Jesús más que si digo un «sí» incondicional a mi resurrección. Este «sí» a mi destino personal es el que debo pronunciar antes que nada, más allá de todas las falsas apariencia de los sentidos, un «sí» a un «yo que continúa en una vida nueva».

Es preciso que mi voluntad se comprometa con este «sí» a mi supervivencia gloriosa, para aue mi «sí» a Cristo sea algo diferente a un simple sonido vocal (J. Loew, Dios incontro alí'uomo, Milán 1985, pp. 164-167, passim). 

Día 4

Anunciación del Señor

 Liturgia de las Horas de hoy

 

Llegada la plenitud de los tiempos, el que desde antes de los siglos era el Unigénito de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, por obra del Espíritu santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre (elog. del Martirologio Romano).

  La catequesis ha hecho coincidir siempre anunciación y encarnación. Se puede deducir una primera colocación de la memoria de la encarnación en la liturgia de la edificación de una basílica constantiniana sobre la casa de María en Nazaret en el siglo IV. La reforma del calendario litúrgico romano de Pablo VI restableció la denominación de anunciación del Señor, «celebración que era y es fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: del Verbo que se hace Hijo de María y de la Virgen que se convierte en madre de Dios» (Marialis cultus, 6).

 

LECTIO

Primera lectura: Isaías 7,10-14

En aquellos días,

10 el Señor volvió a hablar a Ajaz y le dijo:

11 -Pide al Señor, tu Dios, una señal en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.

12 Respondió Ajaz: -No la pido, pues no quiero poner a prueba al Señor.

13 Isaías dijo: -Escucha, heredero de David, ¿os parece poco cansar a los hombres, que queréis también cansar a mi Dios?

14 Pues el Señor mismo os dará una señal: Mirad, la joven está encinta y da a luz un hijo, a quien pone el nombre de Enmanuel.

 

**• Ajaz, joven rey de Jerusalén, débil, mundano y sin hijos, ve vacilar su trono a causa de la presencia de ejércitos enemigos que hacen presión en los confines de su reino. ¿Qué puede hacer? Establecer alianzas humanas.

Isaías, sin embargo, le propone resolver el angustioso problema confiándose por completo a Dios. Más aún, el profeta invita al rey a pedir una «señal» (v. 11), como confirmación concreta de la asistencia divina en esta delicada situación. Ajaz, sin embargo, rechaza la propuesta con motivaciones de falsa religiosidad: «No lapido, pues no quiero poner a prueba al Señor» (v. 12). Isaías denuncia la hipocresía del rey, pero añade que, pese al rechazo, Dios dará esa señal: «La joven está encinta y da a luz un hijo, a quien pone el nombre de Enmanuel» (v. 14).

En lo inmediato, las palabras del profeta se refieren a Ezequías, el hijo de Ajaz, que la reina va a dar a luz y cuyo nacimiento fue considerado, en aquel particular momento histórico, como presencia salvífica de Dios en favor del pueblo angustiado. Sin embargo, yendo más al fondo, las palabras de Isaías son el anuncio de un rey Salvador. En este oráculo de una «virgen que da a luz» la tradición cristiana ha visto desde siempre el anuncio profético del nacimiento de Jesús, hijo de María.

 

Segunda lectura: Hebreos 10,4-10

Hermanos:

4 es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.

5 Por eso, al entrar en este mundo, dice Cristo: No has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo;

6 no has aceptado holocaustos ni sacrificios expiatorios.

7 Entonces yo dije Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. Así está escrito de mí en un capítulo del libro.

8 En primer lugar dice: No has querido ni te agradan los sacrificios, ofrendas, holocaustos ni víctimas por el pecado, que se ofrecen según la ley.

9 Después añade: Aquí vengo para hacer tu voluntad. De este modo anula la primera disposición y establece la segunda.

10 Por haber cumplido la voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios.

 

**• La perícopa está separada de su contexto. Éste intenta demostrar que el sacrificio de Cristo es superior a los sacrificios del Antiguo Testamento y convencer de ello. El autor de la carta relee ante todo el salmo 39 -empleado por la liturgia de hoy como salmo responsorial- como si fuera una declaración de intenciones del mismo Cristo al entrar en el mundo, o sea, cuando tomó carne y vino a habitar en medio de nosotros (cf. Jn 1,14), es decir, en el acontecimiento de la encarnación.

Y ésa es la actitud obediencial peculiar del pueblo de la antigua alianza y de todo piadoso cantor del salmo, a saber: la de un total «aquí vengo para hacer tu voluntad».

La encarnación como actitud obediencial se lleva a cabo el día de la anunciación del Señor a María. El día del anuncio empieza la peregrinación mesiánica finalizada con la donación del cuerpo de Cristo como sacrificio salvífico, nuevo e innovador, único e indispensable, que se completa en «el sacrificio de la cruz».

 

Evangelio: Lucas 1,26-38

En aquel tiempo,

26 al sexto mes, envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret,

27 a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la joven era María.

28 El ángel entró donde estaba María y le dijo: -Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo.

29 Al oír estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo.

30 El ángel le dijo: -No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor.

31 Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús.

32 Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre,

33 reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin.

34 María dijo al ángel: -¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?

35 El ángel le contestó: -El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios.

36 Mira, tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril;

37 porque para Dios nada hay imposible.

38 María dijo: -Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices.

Y el ángel la dejó.

 

 

*• La autobiografía constituye una clave de lectura de la perícopa: Lucas, cronista esmerado y atento oyente de los protagonistas, ha recibido probablemente confidencias de María y las ha traducido en mensaje evangélico. En el diálogo entre Dios -por medio del ángel Gabriel- y la muchacha de Nazaret resalta un rasgo esencial: la relación viva entre lo divino y lo humano.

Semejante relación se desarrolla como un recorrido en el que la propuesta de lo alto se va dilucidando poco a poco, porque el mensajero respeta -en una persona humana como la muchacha de Nazaret- el carácter gradual de la comprensión de un proyecto inesperado como fue la maternidad mesiánica, transversal a su proyecto o situación del momento, que era la virginidad. La persona humana -María, la virgen prometida como esposa a José- se asoma a este recorrido y entra progresivamente en él, en la conciencia del mensaje, que pretende secundar haciéndose disponible y adecuando a él su propio proyecto personal. La firma del acuerdo relacional entre María y Dios es el disponible «aquí está la esclava del Señor» (v. 38).

 

MEDITATIO

La perícopa lucana resuena en la inmensa mayoría de las liturgias marianas. Su puesto óptimo es precisamente la liturgia de la anunciación. Esta palabra parece un tanto desusada, y la liturgia la conserva tal vez para acentuar la aureola de solemnidad y misterio de un acontecimiento ciertamente único, irrepetible en su sustancia, insólito.

Concentremos nuestra atención en las dos últimas lecturas, que se aproximan en un estupendo paralelismo. En la Carta a los Hebreos, el hagiógrafo requiere o interpreta el anuncio de Cristo; en Lucas, el evangelista narra el anuncio a María. Cristo toma la iniciativa de declarar su propia intención; María recibe una palabra que viene de fuera de ella y está repleta de las peticiones de Otro. El paralelismo se transforma en coincidencia en la explicitación de la disponibilidad de ambos para cumplir la voluntad divina; disponibilidad separada por la calidad y la cantidad de conciencia, pero convergente en la finalidad de la obediencia total al proyecto de Dios.

La actitud obediencial aproxima ulteriormente a la madre y al hijo, María «anunciada» y Jesucristo «anunciado»: ambos pronuncian un «aquí estoy»; ambos se expresan con casi idénticas palabras: «Hágase según tu palabra», «vengo para hacer tu voluntad»; ambos entran en la fisonomía de «sierva» y de «siervo» del Señor, lista sintonía anima a todo discípulo a la disponibilidad en el servir a la Palabra de Dios, porque el Hijo mismo de Dios es siervo y porque la Madre de Dios es sierva, y ambos lo son de una Palabra que salva a quien la sirve y que produce salvación.

 

ORATIO

¡Salve, santa María, humilde sierva del Señor, gloriosa madre de Cristo!

Virgen fiel, seno sagrado del Verbo, enséñanos a ser dóciles a la voz del Espíritu; a vivir en la escucha de la Palabra, atentos a sus llamadas en lo secreto del corazón, vigilando sus manifestaciones en la vida de los hermanos, en los acontecimientos de la historia, en el gemido y en el júbilo de la creación.

Virgen de la escucha, criatura orante, acoge la oración de tus siervos.

 

CONTEMPLATIO

La página evangélica del anuncio a María atestigua el estilo con el que Dios se hace adelante para proponer y pedir disponibilidad a la persona humana, o sea, al diálogo.

El diálogo evangélico se desarrolla en la forma del don. El don de la alegría («Alégrate, María»): la Palabra de Dios ofrece alegría. El don de la gracia {«llena de gracia »; «has hallado gracia»). El don del aliento {«no temas »): la delicadeza de Dios disuelve el miedo a él que revela un rostro misericordioso, el miedo a su comprometedora palabra. El don de la vitalidad {«concebirás y darás a luz un hijo»): el hijo es señal de vida y de futuro, exigencia de custodia y de servicio, responsabilidad con la vida. El don del Espíritu {«el Espíritu Santo descenderá sobre ti»): es el primer pentecostés de María, y el Espíritu le indica la intención de posesión y custodia de parte de Dios, la demanda de colaboración. El don de la fe («porque nada hay imposible para Dios»): palabra final, llave que abre la disponibilidad consciente.

 

ACTIO

Repite y dirige hoy a los hermanos y hermanas el saludo evangélico: «El Señor esté contigo» {cf. Le 1,28).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Al anuncio de que Dios salva, nosotros también podemos responder, como María, con el fíat, «hágase». Pero ¿hágase qué? Cúmplase en mí, pero ¿qué cosa? Cúmplase en mí la fe: que yo pueda creer. Creer que desde hace miles de años Dios está en busca del hombre [...]. Fe en que Cristo es carne de esta carne nuestra, destino de nuestro destino; que él es aquí, apacible

y poderosa energía; que él está más allá, horizonte y destino y flauta que nos llama a otro lugar, y que con esta fe también nosotros podemos ser, al menos por un momento, casa de Dios, llenos de gracia al menos por un momento; que también nosotros podamos oírte decir: yo estaré contigo por donde vayas. El ángel nos repetirá entonces a cada uno las tres palabras esenciales: alégrate, no temas, también en ti va a nacer una vida (E. M. Ronchi, Dietro i mormoríí dell'arpa, Sotto il Monte 1999, pp. 35ss).

 

 

Día 5

 Martes de la segunda semana de pascua o s Vicente Ferrer

 Liturgia de las Horas de hoy

Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350. La casa natalicia de Vicente distaba muy poco del real convento e predicadores, donde los hijos de santo Domingo de Guzmán (padres dominicos) se habían establecido por singular gracia del rey Jaime el Conquistador, recién ganadas para la fe las tierras de Valencia.

El gran prestigio que siempre tuvieron en aquella capital los frailes predicadores, el contacto habitual que Vicente debió de tener con ellos desde su niñez y el interior llamamiento de Dios determinaron en él la resolución de vestir el hábito blanco y negro de los dominicos. Tal suceso tuvo lugar en el vecino real convento de predicadores el 5 de febrero de 1367, y el día 6 del mismo mes del año siguiente emitió los votos de su profesión religiosa.

A los veinte años era ya profesor de Lógica. En 1376 le vemos estudiando teología en Toulouse, en cuya universidad, de reciente creación, los profesores dominicos le ¡lustraron en la ciencia teológica dentro de los cánones del más depurado tomismo. Allí permaneció dos años. Tras su sólida formación teológica, Vicente regresó a Valencia, donde inmediatamente se dedicó a la enseñanza de la teología.

Por otra parte, fue un gran predicador. Murió en plena actividad misionera el 5 de abril del año 1419, miércoles de Ceniza. Fueron tantos los milagros realizados por Dios a través de él y fue tan grande su fama que el papa lo declaró santo, en 1455, a los 36 años de haber muerto.

 

 

 LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 4,32-37

32 El grupo de los creyentes pensaba y sentía lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas.

33 Por su parte, los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima.

34 No había entre ellos necesitados, porque todos los que tenían hacienda o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido,

35 lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según su necesidad.

36 Éste fue el caso de José, un levita nacido en Chipre, a quien los apóstoles llamaban Bernabé, que significa «el que trae consuelo».

37 Éste tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles.

 

**• Éste es el segundo «compendio», o cuadro recopilador, donde Lucas presenta el nuevo estilo de vida de la Iglesia, fruto del Espíritu. Se subraya aquí la comunión de bienes, descrita de un modo más bien detallado. Aparecen dos prácticas de comunión: la primera consiste en poner en común los propios bienes o comunión de uso. Cada uno es propietario de sus bienes, pero se considera sólo administrador de los mismos, poniendo el fruto de los mismos a disposición de todos. La segunda práctica consiste en la venta de los bienes, seguida de la distribución de lo recaudado. Esta distribución la hacen los apóstoles después de que se deposita a sus pies el importe de la venta. Estas dos prácticas de comunión no son las únicas: los Hechos de los Apóstoles presentan otras. Pablo habla del trabajo de sus propias manos para proveer a las necesidades de los suyos y de «los débiles» (20,34s).

Lo que le importa a Lucas sobre todo es mostrar que las distintas prácticas de comunión de bienes están arraigadas en una profunda comunión de espíritus y de corazones. Del conjunto se desprende que estamos en presencia de la comunidad mesiánica, heredera de las promesas hechas a los padres: «No habrá ningún pobre entre los tuyos, porque Yahvé te bendecirá abundantemente en la tierra que Yahvé tu Dios te da en herencia para que la poseas, pero sólo si escuchas de verdad la voz de Yahvé tu Dios» (Dt 15,4s).

 

Evangelio: Juan 3,5a, 7b-15

En aquel tiempo,

5 Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.

7 dijo Jesús a Nicodemo: «En verdad te digo: Tenéis que nacer de lo nuevo.

8 El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni adonde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu».

9 Nicodemo replicó: - ¿Cómo puede ser esto?

10 Jesús le contestó: - ¿Tú eres maestro de Israel e ignoras estas cosas?

11 Yo te aseguro que hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto; pero vosotros rechazáis nuestro testimonio.

12 Si no me creéis cuando os hablo de las cosas terrenas, ¿cómo vais a creerme cuando os hable de las cosas del cielo?

13 Nadie ha subido al cielo, a no ser el que vino de allí, es decir, el Hijo del hombre.

14 Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto

15 para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

 

*» El diálogo de Jesús con Nicodemo se transforma aquí en un monólogo ininterrumpido que el evangelista pone en los labios de Jesús. Nos encontramos frente a palabras auténticas de Jesús y a testimonios pospascuales fundidos por el autor en un solo discurso. Se trata de una profesión de fe usada en el interior de la vida litúrgica de la Iglesia joanea. En ella se contiene, en síntesis, la historia de la salvación.

El tema desarrolla lo que vimos en el fragmento de ayer, centrado en el testimonio de Cristo, Hijo del hombre bajado del cielo, el único que está en condiciones de revelar el amor de Dios por los hombres a través de su propia muerte y resurrección (vv. 11-15). El evangelista insiste ahora en la importancia de la fe. Si ésta no crece con la revelación hecha por Jesús sobre su destino espiritual, ¿cómo podrá ser acogida la gran revelación relacionada con su éxodo pascual? Los hombres deben dar crédito a Cristo, aunque ninguno de ellos haya subido al cielo para captar los misterios celestiales, ya que sólo él, que ha bajado del cielo (v. 13), está en condiciones de anunciar la realidad del Espíritu, y es el verdadero puente entre el hombre y Dios. Sólo Jesús es el lugar ideal de la presencia de Dios. Y esta revelación tendrá su cumplimiento en la cruz, cuando Jesús sea ensalzado a la gloria, para que «todo el que crea en él tenga la vida eterna» (v. 15).

La humanidad podrá comprender el escandaloso y desconcertante acontecimiento de la salvación por medio de la cruz y curar de su mal, como los judíos curaron en el desierto de las picaduras de las serpientes mirando la serpiente de bronce (cf. Nm 21,4-9). El simbolismo de la serpiente de Moisés afirma la verdad de que la salvación consiste en someternos a Dios y dirigir nuestra mirada al Crucificado, verdadero acto de fe que comunica la vida eterna (cf. Jn 19,37).

 

MEDITATIO

El texto de Hechos de los Apóstoles es uno de los más frecuentados por parte de la tradición espiritual de la Iglesia. A partir del primer monacato, en todos los momentos de crisis o de dificultades en la vida cristiana se ha hecho referencia a este texto como a un modelo fundador e insuperable de la vida de la Iglesia y, por consiguiente, como a una piedra sobre la que es posible construir formas auténticas de vida cristiana.

En este fragmento aparecen toda la fascinación y la nostalgia de la fraternidad; más aún: de una Iglesia fraterna.

En un momento en el que parecen desaparecer otras perspectivas, he aquí la posibilidad de retomar el camino del renacimiento a partir de la fraternidad, la fuente inagotable del estilo de vida cristiano. La novedad cristiana se expresa sobre todo en la fraternidad: a través de comunidades fraternas, a través de una Iglesia fraterna, a través de una mentalidad fraternal que busca por encima de todo crear relaciones fraternas, como signo de la venida del Reino de Dios.

¿Qué lugar ocupa la fraternidad en mis preocupaciones? ¿Qué importancia tiene la construcción de la fraternidad en mi vida espiritual? ¿Es acaso mi espiritualidad una espiritualidad individualista, de la que están prácticamente excluidos los hermanos y las hermanas?

 

ORATIO

Señor, muéstrate bondadoso conmigo, que, de hecho, considero poco importante la fraternidad. Estoy preocupado de que las cosas «funcionen» y, así, encuentro el pretexto para olvidarme de que los otros son mis hermanos, cuando no los convierto en meros instrumentos.

Estoy preocupado por mi salud y, así, me olvido de que los otros también tienen sus problemas, quizás mucho más graves que los míos. Estoy preocupado por el bien que debo hacer y, con frecuencia, no me pregunto si lo hago de una forma fraterna, si lo hago de hermano a hermanos.

Estoy preocupado por llevarte a los alejados y me olvido de los que tengo cerca.

Señor, concédeme unos ojos y un corazón fraternos.

¡Qué alejado ando de todo esto! Estoy alejado, y la mayoría de las veces ni siquiera me doy cuenta, porque no me tomo en serio la fraternidad: resulta demasiado poco gratificante, no me hace lucir, no enciende mi fantasía, no me hace sentirme un héroe.

      Señor, para hacer que yo quiera ser de verdad hermano y hermana de mi prójimo, debes iluminarme de continuo con tu palabra y tu Espíritu, como hiciste en los comienzos de tu Iglesia.

 

CONTEMPLATIO

Nuestro Creador y Señor dispone todas las cosas de tal modo que si alguien quisiera ensoberbecerse por el don que ha recibido, debe humillarse por las virtudes de que carece. El Señor dispone todas las cosas de tal modo que cuando eleva a uno mediante una gracia que ha recibido, mediante una gracia diferente lo somete a otro. Dios dispone todas las cosas de tal modo que mientras todas las cosas son de todos, en virtud de cierta exigencia de la caridad, todo se vuelve de cada uno, y cada uno posee en el otro lo que no ha recibido, de tal modo que cada uno ofrece como don al otro lo que ha recibido.

Es lo que dice Pedro: «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1 Pe 4,10) (Magno, Comentario moral a Job, XXVIII, 22). Mulles 101

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Reina, Señor, glorioso en medio de nosotros».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

         El fin de una comunidad no puede ser sólo ofrecer a sus componentes un sentimiento de bienestar. Su objetivo y su significado son más bien hacer que todos los miembros puedan incitarse unos a otros, día a día, a recorrer juntos el camino de la confianza, con madurez, con lealtad y en medio de la afectividad; que puedan aclarar los malentendidos que se producen; que puedan resolver los conflictos y, sobre todo, que puedan arraigarse en Dios. Y es que, en una comunidad, sólo podremos vivir bien a la larga si dirigimos de continuo nuestra mirada a Dios como nuestra verdadera meta y causa última de nuestra vida (A. Grün, A onore del cielo, come segno per la tetra, Brescia 1999, p. 151).

 

 

Día 6

Miércoles de la segunda semana de pascua

 Liturgia de las Horas de hoy

 

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 5,17-26

17 En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los de su partido, es decir, el grupo de los saduceos, llenos de rabia

18 prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública.

19 Pero el ángel del Señor abrió por la noche la puerta de la cárcel, los sacó les dijo:

20 - Id y anunciad al pueblo en el templo todo lo referente a este estilo de vida.

21 Dóciles a este mandato, entraron de madrugada en el templo y se pusieron a enseñar. Entre tanto, el sumo sacerdote y los de su partido convocaron al Sanedrín y a todos los ancianos de Israel y mandaron a buscarlos a la cárcel.

22 Pero, al llegar allá los alguaciles, no los encontraron; así que se volvieron y les dieron este informe:

23 - Hemos encontrado la cárcel bien cerrada y a los guardias custodiando las puertas, pero al abrir no hemos hallado a nadie dentro.

24 Al oír esto, el prefecto del templo y los jefes de los sacerdotes se quedaron perplejos, pensando qué habría sido de ellos,

25 hasta que alguien llegó diciendo: - Los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo enseñando al pueblo.

26 Entonces el prefecto fue con los alguaciles y trajo a los apóstoles, aunque sin violencia, pues temían que el pueblo los apedrease.

 

*•• La Palabra de Dios no puede estar aprisionada (cf. 2 Tim 2,9): este episodio constituye una demostración de la verdad de esta afirmación. La casta sacerdotal anda preocupada: no sólo está el furor teológico que produce a los saduceos ver anunciada la resurrección, en la que no creen, sino que a esto se añade también la envidia que sienten, es decir, el temor a perder la influencia sobre el pueblo. Los apóstoles, encarcelados, experimentan que «el ángel del Señor acampa en torno a los que le temen y los salva» (Sal 34,8). Los salva para que puedan ir al templo y ponerse a predicar «todo lo referente a este estilo de vida».

Dios protege a los anunciadores del Evangelio. Cuando Dios quiere una cosa, toda oposición humana resulta inútil y ridícula. En efecto, el resto del relato está repleto de humor: Dios se ríe de sus adversarios, según el Sal 2, citado en la plegaria comunitaria de los creyentes.

El gran despliegue de autoridad, dado que el Sanedrín está presente esta vez al completo, sólo sirve para verificar la mofa divina: los apóstoles no están en la cárcel, aunque en la cárcel todo se encuentra en orden. Sin embargo, llega alguien a decir que están de nuevo enseñando al pueblo. La mofa es completa, y el engorro crece de manera desmesurada. En efecto, ¿quién puede resistir a Dios?

 

Evangelio: Juan 3,16-21

16 En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

17 Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él.

18 El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

19 El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal.

20 Todo el que obra mal detesta la luz y la rehuye por miedo a que su conducta quede al descubierto.

21 Sin embargo, el que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz para que se vea que todo lo que él hace está inspirado por Dios.

 

**• La revelación puesta en marcha antes continúa subiendo en este fragmento y llega hasta la fuente de la vida: es el amor del Padre el que entrega al Hijo para destruir el pecado y la muerte. Entrevemos aquí concadenadas dos categorías joaneas clásicas: el amor y el juicio.

Los vv. 16s expresan una idea muy entrañable para Juan: el carácter universal de la obra salvífica de Cristo, que tiene su origen en la iniciativa misteriosa del amor de Dios por los hombres. El envío y la misión del Hijo, fruto del amor del Padre por el mundo, son la manifestación más elevada de un Dios que «es amor» (cf. 1 Jn 4,8-10).

Ésta es la elección fundamental del hombre: aceptar o rechazar el amor de un Padre que se ha revelado en Cristo. Sin embargo, este amor no juzga al mundo; es más, lo ilumina (v. 17).

Con todo, el amor que se revela entre los hombres, los juzga. Los hombres, situados frente a la propuesta de salvación, deben tomar posición manifestando sus libres opciones. Quien cree en la persona de Jesús no es condenado, pero quien lo rechaza y no cree en el nombre del Hijo de Dios hecho hombre ya está condenado (v. 18). Y la causa de la condena es una sola, a saber: la incredulidad, mantener el corazón cerrado y sordo a la Palabra de Jesús. Al final de esta revelación, a la que Jesús ha llevado a Nicodemo -y, con él, a todos los hombres-, al discípulo no le queda otra cosa que hacer suya la invitación a la conversión y al cambio radical de vida. La luz de Jesús es tan penetrante que derriba toda seguridad humana y todo orgullo, hasta el más escondido. Quien acepta a la persona de Jesús y deja sitio a un amor que lo trasciende encuentra lo que nadie Puede conseguir por sí mismo: poseer la verdadera vida.

 

MEDITATIO

¿Quién puede detener la Palabra? Dios está dispuesto a hacer prodigios en favor de los anunciadores de su Palabra porque es palabra de vida. Pero pensamos a veces: «¿Por qué no los hace también hoy? ¿No son necesarias también hoy las intervenciones milagrosas para hacer salir la Palabra del pequeño grupo, del gueto a veces, de los ya no tan numerosos fieles?». Sin embargo, será bueno señalar que el Señor no preserva de la cárcel a los anunciadores, sino que los libera, con mayor o menor rapidez, de ella. La impotencia de la Palabra dura una noche, en ocasiones años, a veces épocas, pero la Palabra avanza irresistible «hasta los confines de la tierra».

A los que gemían bajo la bola del comunismo les parecía que había terminado la época de la fe. En aquellas regiones sólo quedaban unos pocos viejos, los jóvenes parecían irremisiblemente perdidos para la fe y el futuro se presentaba oscuro. Después, de improviso, vino el hundimiento del régimen comunista. Ya ha sucedido innumerables veces a lo largo de la historia.

Constantino llegó después de la más violenta de todas las persecuciones. Una persecución que parecía poner en duda la misma existencia del cristianismo. Hay tantas formas de prisión como de liberación. El Señor va acompañando el camino de su palabra y, de diferentes modos, se hace presente a sus anunciadores, acampando junto a ellos y liberándolos de las presiones externas e internas.

 

ORATIO

Debo convencerme, Señor, de que, cuando tú quieres algo, eres irresistible. Pero no debo inquietarme ni tener miedo, ni deprimirme, ni rendirme. Cuando tu Palabra parece encadenada, cuando tus anunciadores parecen encarcelados en un gueto, no puedo perder la confianza en tu poder, aunque ésta sea quizás la tentación más peligrosa de hoy.

Concédeme la certeza interior de que tú estás con tus anunciadores y los asistes; la certeza interior de que yo debo anunciar; de que me pides el anuncio, no el éxito.

Y es que el éxito te lo reservas para ti mismo, cuando quieres abrir las puertas de los corazones, cuando quieres preparar un nuevo público y un nuevo pueblo, cuando decides que tu Palabra debe reemprender la carrera por el mundo, el mundo geográfico y el mundo de los corazones.

Concédeme, Señor, no dudar nunca de tu ilimitado poder, estar convencido de que debo sembrar siempre tu Palabra, sin «adaptarla» demasiado, para que quizás sea mejor aceptada y acogida. Hazme humilde, confiado, fiel dispensador de tu Palabra en todo momento y circunstancia, incluso cuando siembro encerrado en la cárcel de mi aislamiento.

 

CONTEMPLATIO

Las almas sencillas no necesitan medios complicados: dado que yo me encuentro entre ellas, una mañana, durante mi acción de gracias, el Señor Jesús me dio un medio sencillo para llevar a cabo mi misión. Me hizo comprender este pasaje del Cantar de los Cantares: «Atráenos, nosotros correremos al olor de tus perfumes».

Oh Jesús, no es preciso decir por tanto: «Atrayéndome, atrae a las almas que yo amo». Esta sencilla palabra, «atráeme», basta. Señor, ahora lo comprendo: cuando un alma se deja cautivar por el olor embriagador de tus perfumes, no puede correr sola, sino que todas las almas que ama son arrastradas tras ella. Y eso es algo que sucede sin presiones, sin esfuerzos. Es una consecuencia natural de su atracción hacia ti (Teresa del Niño Jesús).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen y los salva» (Sal 34,8).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Buena Noticia se convierte en mala noticia cuando es anunciada sin paz ni alegría. Todo el que proclama el amor de Jesús, que perdona y cura, con un corazón amargado es un falso testigo.

Jesús es el salvador del mundo. Nosotros, no. Nosotros estamos llamados a dar testimonio, siempre con nuestra vida y, en ocasiones, con nuestras palabras, de las grandes cosas que Dios ha hecho en favor de nosotros. Ahora bien, ese testimonio debe proceder de un corazón dispuesto a dar sin recibir nada a cambio.

Cuanto más confiemos en el amor incondicionado de Dios por nosotros, más capaces seremos de anunciar el amor de Jesús sin condiciones internas ni externas (H. J. M. Nouwen, Pane per ¡I viaggio, Brescia 1997, p. 239 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]). 

 

Día 7

Jueves de la segunda semana de pascua o s Juan Bautista de la Salle

 Liturgia de las Horas de hoy

       Nació en Reims, en el seno de una familia burguesa, el año 1651. Emprendió pronto la carrera eclesiástica: a los dieciséis años era canónigo de la catedral, a los veintisiete fue ordenado sacerdote y a los veintiocho alcanzó el doctorado en Teología en París. Se vio llevado, en virtud de circunstancias imprevistas, a trabajar con maestros comprometidos en abrir escuelas populares para los niños pobres. Esto le llevó a crear el instituto laical de los «hermanos de las escuelas cristianas» y a escribir para ellos y para los alumnos obras originales de formación pedagógica y espiritual. Fue un hombre de vigorosa piedad y de fina intuición educativa.

        Ha sido uno de los máximos pioneros de la educación popular moderna. Murió en 1719. Fue canonizado en 1900 y proclamado «patrono universal de los educadores» por Pío XII en 1950.

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 5,27-33

27 En aquellos días, los guardias hicieron entrar a los apóstoles para que comparecieran ante el Sanedrín, y el sumo sacerdote les preguntó:

28 - ¿No os prohibimos terminantemente enseñar en nombre de ése? Y, sin embargo, habéis llenado Jerusalén con vuestras enseñanzas y queréis hacernos responsables de la muerte de ese hombre.

29 Pedro y los apóstoles respondieron: - Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

30 El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero.

31 Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados.

32 Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto.

33 Ellos, enfurecidos por tales palabras, querían matarlos.

 

*• Es el cuarto discurso de Pedro, también delante del Sanedrín. En él responde a la doble acusación de haber desobedecido la prohibición terminante de «enseñar en nombre de ése» y haber hecho a los notables del pueblo responsables de la muerte de Jesús. Es preciso señalar la alergia que sienten los miembros del Sanedrín hacia «el nombre de ése», nombre en torno al cual se está llevando a cabo el giro decisivo.

Las características de este breve discurso pueden ser resumidas de este modo: en primer lugar, Pedro reafirma el deber de someterse a Dios antes que a los hombres, porque sólo a quien se somete a Dios se le concede el Espíritu Santo (v. 32). En segundo lugar, a Jesús se le vuelve a llamar, una vez más, «Príncipe» (o autor o iniciador) y «Salvador». Jesús es el nuevo Moisés que guía al pueblo hacia la liberación y la salvación. En tercer lugar, la obra propia y originaria de este Príncipe y Salvador consiste en «dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados».

Se trata de una alusión a Jeremías: «Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (31,33). Gracias a Jesús, Príncipe y Salvador, han llegado los tiempos de este don sublime. Por último, el Espíritu Santo es el garante de la autenticidad del testimonio tanto en favor de la vida nueva como de la certeza y el valor que infunde y de los prodigios que realiza. La reacción, de rabia, es preocupante: tras la eliminación física del Nazareno, se piensa también en la de los apóstoles.

 

Evangelio: Juan 3,31-36

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

31 El que viene de lo alto está sobre todos. El que tiene su origen en la tierra es terreno y habla de las cosas de la tierra; el que viene del cielo

32 da testimonio de lo que ha visto y oído; sin embargo, nadie acepta su testimonio.

33 El que acepta su testimonio reconoce que Dios dice la verdad,

34 porque cuando habla aquel a quien Dios ha enviado, es Dios mismo quien habla, ya que Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu.

35 El Padre ama al Hijo y le ha confiado todo.

36 El que cree en el Hijo tiene la vida eterna, pero quien no lo acepta no tendrá esa vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

 

*» La perícopa con que concluye Jn 3 recoge en una síntesis la reflexión del evangelista, expresada con una sucesión de dichos de Jesús muy estimados por la Iglesia joanea. El tema central sigue siendo la figura de Jesús, único revelador del Padre y dador de vida eterna a través del Espíritu. El discípulo está invitado por la Palabra de Dios a comprobar su propia relación con Jesús. Esto se lleva a cabo a la luz del ejemplo del Bautista, que renunció a sí mismo y se abrió con alegría a Cristo.

Cristo es «el que viene de lo alto» (v. 31a): pertenece al mundo divino y es superior a todos los hombres. El hombre, sin embargo, aun cuando sea un gran profeta como el Bautista, «es terreno» (v. 31b) y sigue siendo un ser terreno y limitado. En consecuencia, sólo Jesús puede hablar de Dios al hombre por experiencia directa. Ahora bien, incluso ante estas palabras de vida eterna que revela Jesús, se niegan los hombres a creer. Con todo, existe un «resto» que vive de la fe: son los creyentes que confiesan «que Dios dice la verdad» (v. 33).

Su fe es la que confirma que el obrar de Jesús forma unidad con el del Padre. Ahora bien, Cristo no es sólo la revelación de la Palabra de Dios: es la Palabra misma, es «Espíritu y vida» (Jn 6,63). Esta realidad profunda del ser de Jesús hace que no sólo sea el que recibe todo del Padre, sino también el que transmite a su vez cuanto posee. Es el canal a través de cual se da el Espíritu.

¿Cómo comunica Jesús este don? A través de su Palabra, cuando se deja que ella penetre en el interior del hombre, es como se da el Espíritu de Dios de una manera sobreabundante. Las palabras de Jesús y el Espíritu de Dios están en perfecta correspondencia.

 

MEDITATIO

Todos los discursos de Pedro concluyen con la promesa de la remisión de los pecados para aquellos que se conviertan. La obra de Jesús se presenta aquí como la del iniciador y salvador destinado a dar a Israel la gracia de la conversión y de la remisión de los pecados.

Esto nos hace pensar: ¿por qué este tema está desapareciendo de la predicación y de la conciencia de no pocos cristianos? Presentar la salvación como perdón de los pecados está, por lo menos, fuera de moda. No se usa mucho. Sin embargo, para quien tiene el sentido de Dios, para quien se da cuenta de la importancia decisiva que tiene estar en comunión con él, para quien siente la experiencia de la tragedia que supone estar lejos de él, para quien se toma en serio el hecho de que, en definitiva, lo que cuenta es estar en amistad y en comunión con Dios, el perdón de los pecados se presenta como el hecho decisivo de la vida.

¿Quién no es pecador? ¿Quién no tiene necesidad de perdón? ¿Quién es más «salvador» que aquel que, al perdonar, restablece la amistad con Dios? Presentar la obra de Jesús como ligada al perdón de los pecados, significa presentarla como la de alguien que restablece la comunión filial, amistosa, tranquilizadora, beatificante, con Dios. Ése es el inicio de cualquier otro bien mesiánico.

¿Qué se puede construir sin este fundamento? Estar lejos de Dios, sentirnos no aceptados por él, sentirnos ajenos a nuestro origen y a nuestro fin: ¿se puede llamar a eso vida? Por eso anuncia Pedro a Jesús como alguien que ha sido exaltado por Dios con el poder de ofrecer el don del restablecimiento de la amistad entre el angustiado corazón del hombre y el-ardiente corazón del Padre.

 

ORATIO

Te doy gracias, Señor, por haber hecho que me encontrara hoy con esta Palabra que me recuerda el don del perdón de los pecados. Me olvido demasiado pronto de las veces que me has perdonado, de la alegría de sentirme reconciliado por ti y contigo. En el intento de «actualizar» la palabra salvación para hacerla comprensible y aceptable por los otros, por los hermanos que considero distraídos por las excesivas cosas de este mundo, corro el riesgo de olvidarme de que la salvación, si bien se refleja también en este mundo, consiste fundamentalmente en estar y en sentirse en comunión contigo. Para nosotros, pecadores, eso incluye y presupone que tú perdonas nuestros pecados.

Señor, ilumíname para que sepa hablar de tu salvación en términos comprensibles, pero, al mismo tiempo, no me olvide del núcleo insustituible de esta realidad que es estar unido contigo. Haz, sobre todo, que no pierda la esperanza de tenerte como amigo benévolo cuando, oprimido por mis culpas, me dirija tembloroso a ti: muéstrame entonces tu rostro benigno de salvador y dame tu Espíritu «para el perdón de los pecados».

 

CONTEMPLATIO

El vigor de la conversión es el ardor de la caridad derramada en nuestros corazones con la visita del Espíritu Santo. Está escrito de este mismo Espíritu que es el perdón de los pecados. En efecto, cuando se digna visitar el corazón de los justos, los purifica con gran poder de toda la impureza de sus pecados, porque, apenas se derrama en el alma, suscita en ella de manera inefable el odio a los pecados y el amor a las virtudes. Hace que el alma odie de inmediato lo que amaba, ame ardientemente aquello por lo que sentía horror y gima intensamente por lo uno y lo otro, porque se acuerda de haber amado -para su condena- el mal y odiado el bien que ama. En efecto, ¿quién se atreverá a decir que un hombre, aunque esté cargado con el peso de todo tipo de pecados, pueda perecer si es visitado por la gracia del Espíritu Santo? (Gregorio Magno, Comentario al libro primero de los reyes, II, 107).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Bienaventurado el hombre que se refugia en el Señor» (cf. Sal 2,12c).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¿De qué modo trabajamos para la reconciliación? En primer lugar y sobre todo, reivindicando para nosotros mismos el hecho de que Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo. Pero no basta con creer esto con nuestra cabeza. Debemos dejar que la verdad de esta reconciliación penetre en todos los rincones de nuestro ser. Hasta que no estemos plena y absolutamente convencidos de que hemos sido reconciliados con Dios, de que estamos perdonados, de que hemos recibido un corazón nuevo, un espíritu nuevo, unos ojos nuevos para ver y unos nuevos oídos para oír, continuaremos creando divisiones entre la gente, porque esperaremos de ella un poder de curación que no posee.

Sólo cuando confiemos plenamente en el hecho de que pertenecemos a Dios y podemos encontrar en nuestra relación con Dios todo lo que necesitamos para nuestra mente, nuestro corazón, nuestra alma, podremos ser libres de verdad en este mundo y ser ministros de la reconciliación. Esto es algo que no resulta fácil; muy pronto volvemos a caer en la duda y en el rechazo de nosotros mismos. Necesitamos que se nos recuerde constantemente a través de la Palabra de Dios, de los sacramentos y del amor al prójimo que estamos reconciliados de verdad (H. J. M. Nouwen, Pane per il viaggio, Brescia 1997, p. 385 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]). 

 

Día 8

Viernes de la segunda semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 5,34-42

En aquellos días,

34 un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la Ley y respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera a los acusados unos momentos

35 y dijo: - Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con estos hombres.

36 Porque hace algún tiempo apareció un tal Teudas con la pretensión de ser alguien importante, y le siguieron unos cuatrocientos hombres, pero fue ejecutado y todos lo que lo seguían se dispersaron.

37 Después de éste, surgió Judas el Galileo en los días del empadronamiento, y arrastró detrás de sí al pueblo, pero también él pereció y todos sus secuaces se dispersaron.

38 En este caso mi consejo es que no os preocupéis de estos hombres y los dejéis en paz, porque, si su empresa y su obra son humanas, se desvanecerán,

39 pero si proceden de Dios no podréis destruirlas. No corráis el riesgo de luchar contra Dios.

40 Hicieron llamar a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron.

41 Ellos salieron de la presencia del Sanedrín gozosos de haber merecido tal ultraje por causa de aquel nombre.

 

*»• Lucas presenta siempre a los fariseos bajo una luz favorable. De Gamaliel dice que es fariseo, es decir, uno de los que, además de llevar una vida observante, creen en la resurrección. La intervención del doctor de la Ley se muestra prudente y resulta decisiva. A partir de dos ejemplos de rebeliones, citados asimismo por el historiador Flavio Josefo, que acabaron al poco de empezar, enuncia un principio de no intervención, en nombre de la constante intervención de Dios en favor de su pueblo. No se puede ir contra el obrar divino mediante una intervención humana.

Los apóstoles quedan en libertad después de –como Jesús- haber sido azotados. Es digna de señalar la alegría que sienten por haber merecido ese ultraje por amor al Nombre. Aparece aquí un eco de la realización de la bienaventuranza de los perseguidos: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22). Pero hemos de señalar también que aquí se habla del Nombre en absoluto para indicar a Jesús. En el judaísmo se empleaba la expresión «el Nombre» para decir «Dios». Los Hechos de los Apóstoles llevan a cabo está atrevidísima sustitución para expresar que Dios obra en Jesús, que Dios se identifica con él.

Más aún: el hecho de que los apóstoles enseñen en el templo significa que, a pesar de las incomprensiones y los abusos de poder de las autoridades, la Iglesia de Jerusalén se consideraba aún en el ámbito del judaísmo.

Ahora diríamos: era aún una «corriente», una «secta» del judaísmo. Éste, en aquel período, se mostraba, teniendo en cuenta todos los elementos, más bien tolerante. Hasta que llegó el ciclón Esteban, que obligó a dar un decisivo y doloroso giro, aunque vital.

 

Evangelio: Juan 6,1-15

1 Algún tiempo después, Jesús pasó al otro lado del lago de Tiberíades.

2 Lo seguía mucha gente, porque veían los signos que hacía con los enfermos.

3 Jesús subió a un monte y se sentó allí con sus discípulos.

4 Estaba próxima la fiesta judía de la pascua.

5 Al ver aquella muchedumbre, Jesús dijo a Felipe: - ¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos éstos?

6 Dijo esto para ver su reacción, pues él ya sabía lo que iba a hacer.

7 Felipe le contestó: - Con doscientos denarios no compraríamos bastante para que a cada uno de ellos le alcanzase un poco.

8 Entonces intervino otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, diciendo:

9 - Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es esto para tanta gente?

10 Jesús mandó que se sentaran todos, pues había mucha hierba en aquel lugar. Eran unos cinco mil hombres.

11 Luego tomó los panes y, después de haber dado gracias a Dios, los distribuyó entre todos. Hizo lo mismo con los peces y les dio todo lo que quisieron.

12 Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: - Recoged lo que ha sobrado, para que no se pierda nada.

13 Lo hicieron así, y con lo que sobró de los cinco panes llenaron doce cestos.

14 Cuando la gente vio aquel signo, exclamó: - Este hombre tiene que ser el profeta que debía venir al mundo.

15 Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo al monte él solo.

 

**• El milagro de la multiplicación de los panes introduce, de manera simbólica, en el magno «discurso del pan de vida» y está situado en el centro de la actividad pública de Jesús. Se trata de un signo querido por el Maestro para revelarse a sí mismo. Sin embargo, Juan presenta el signo como el nuevo milagro del maná (cf. Ex 16), hecho por Jesús, nuevo Moisés, en un nuevo Éxodo, y como símbolo de la eucaristía, cuya institución durante la última cena, a diferencia de los sinópticos, no cuenta el cuarto evangelio.

El fragmento manifiesta un significado cristológico y sacramental preciso. Este sentido no es tanto saciar el hambre de la muchedumbre, como revelar la gloria de Dios en Jesús, Palabra hecha carne. El texto está dividido de este modo: a) introducción histórica (vv. 1-4); b) diálogo entre Jesús y los discípulos (vv. 5-10); c) descripción del signo-milagro (vv. 11-13); d) incomprensión de la muchedumbre y soledad de Jesús, que se retira a rezar en el monte (vv. 14s).

Para Juan, Jesús es aquel en quien se cumple el pasado y se realizan todas las esperanzas de Israel. En efecto, el pan que el Maestro va a dar al pueblo perfecciona -superándola- la pascua judía y pone el gran milagro bajo el signo del banquete eucarístico cristiano. Jesús habla, en primer lugar, a la gente que le sigue de la nueva alianza con Dios y de la vida eterna (a la que está destinada la humanidad). A continuación, toma la iniciativa y llama la atención del apóstol Felipe sobre la dificultad del momento. La solución humana no basta para saciar las necesidades del hombre (v. 7). Es Jesús quien va a satisfacer en plenitud todas las necesidades.

El alimento se multiplica en sus manos. Todos quedan alimentados hasta tal punto que, por indicación de Jesús, se recoge lo que ha sobrado en doce cestos «para que no se pierda nada» (vv. 12s). Con el signo del pan, Jesús se presenta como el Mesías esperado que sacia el hambre de su pueblo sin bajar a compromisos con el proyecto que el Padre ha trazado.

 

MEDITATIO

La intervención de Gamaliel resulta al final favorable a los apóstoles. Su principio de no intervención -si la novedad no es de Dios, no durará; y si es de Dios, es inútil oponerse a ella- se cita con frecuencia como ejemplo de consejo sabio y prudente. Aunque no siempre está dictado por la sabiduría, porque puede meterse por medio la pereza, cierto deseo de vivir tranquilo, de dejar correr las cosas -incluso se podría incurrir en fatalismo-, sin embargo, cuando está dictado por un espíritu de fe en el Dios que obra en la historia, es, a buen seguro, un hecho positivo.

Es preciso poner en circulación, al menos en circunstancias parecidas, el criterio sugerido por Gamaliel, especialmente en Occidente, donde todo parece depender de nosotros y donde, hasta en las cosas de Dios, es el principio de la eficiencia el que dicta la ley. Es necesario adquirir de nuevo el sentido de Dios, que obra de continuo, que puede obrar, que está presente tanto en los fenómenos grandes como en los pequeños. Es necesario que seamos más humildes frente a los problemas de la salvación. En ellos el protagonista es Dios; nosotros somos sólo pobres y pequeños colaboradores.

Lo que se nos pide es que no «arruinemos» los planes de Dios, que discernamos más bien, con humildad, su acción, para secundarla, no para ponernos por encima de ella.

 

ORATIO

¡Qué presuntuoso y ciego soy, Señor, con mis programas, mis planes, mis organigramas, mis proyectos, mis proyecciones, mi organización! Me ocurre a menudo, Señor, que intento administrar tu «empresa» de salvación como si me perteneciera y debiera obtener de ella la mayor utilidad posible. Cautivado del todo por mi afán de eficiencia, me olvido de preguntarme sobre lo que estás haciendo, me olvido de preguntar lo que estás llevando a cabo.

Y así, sin darme cuenta, quisiera que tú entraras en mis planes. Y, así, tus sorpresas -¡que son muchas!- me inquietan y me turban. Concédeme el espíritu de sabiduría y de discernimiento para que sea capaz de encontrar el justo camino entre lo que debo dejarte hacer a ti y lo que a mí me corresponde. Concédeme hoy, sobre todo, la humildad necesaria para aceptar lo que quieres y para secundar de corazón tus planes, misteriosos con frecuencia, pero siempre infalibles.

 

CONTEMPLATIO

Os suplico que os establezcáis totalmente en Dios para todos vuestros asuntos, sin fiaros de vuestro poder o saber, ni tampoco de la opinión humana. Con esta condición, os considero armados contra todas las grandes adversidades espirituales y corporales que os puedan sobrevenir.

En efecto, Dios sostiene y fortifica a los humildes, especialmente a aquellos que, en las cosas pequeñas y bajas, han visto sus debilidades como en un claro espejo y se han vencido. Cuando esos hombres se sienten presa de tribulaciones superiores a todas las que han conocido, nada puede derrumbarlos, porque tienen la seguridad, en virtud de la grandeza de su confianza en Dios, de que nada puede acontecerles sin su permiso y sin su consentimiento (Francisco Javier).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Espera en el Señor y sé fuerte» (Sal 26,14a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Una lectura espiritual no significa sólo leer sobre personas o cosas espirituales. Es también leer espiritualmente, es decir, de manera espiritual, a saber: leer con el deseo de que Dios venga más cerca de nosotros.

La mayoría de nosotros lee para adquirir conocimiento o para satisfacer su propia curiosidad. El fin de la lectura espiritual, sin embargo, no es apoderarse del conocimiento o de la información, sino dejar que el Espíritu de Dios señoree sobre todos nosotros. Por muy extraño que pueda parecer, la lectura espiritual significa dejar que Dios nos lea. Podemos leer con curiosidad la historia de Jesús y preguntarnos: «¿Ha sucedido de verdad? ¿Quién ha compuesto esta historia y cómo lo ha hecho?». Pero también podemos leer la misma historia con atención espiritual y preguntarnos: «¿De qué modo me habla Dios aquí y me invita a un amor más generoso?». Podemos leer las noticias de cada día simplemente para tener algo de que hablar en nuestro trabajo. Pero también podemos leerlas para hacernos más conscientes de la realidad del mundo, que tiene necesidad de las palabras y de la acción salvífica de Dios. El problema no es tanto lo que leamos, sino cómo leamos. La lectura espiritual es una lectura que se hace prestando una atención interior al movimiento del Espíritu de Dios en nuestra vida exterior e interior. Esta atención permitirá que Dios nos lea y nos explique lo que verdaderamente estamos naciendo (H. J. M. Nouwen, Vivere nello Spirito, Brescia 1998", 64s). 

 

Día 9

Sábado de la segunda semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 6,1-7

6,1 En aquellos días, debido a que el grupo de los discípulos era muy grande, los creyentes de origen helenista murmuraron contra los de origen judío, porque sus viudas no eran bien atendidas en el suministro cotidiano.

2 Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: - No está bien que nosotros dejemos de anunciar la Palabra de Dios para dedicarnos al servicio de las mesas.

3 Por tanto, elegid de entre vosotros, hermanos, siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio

4 para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra.

5 La proposición agradó a todos, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

6 Los presentaron ante los apóstoles, y ellos, después de orar, les impusieron las manos.

7 La Palabra de Dios se extendía, el número de discípulos aumentaba mucho en Jerusalén e incluso muchos sacerdotes se adherían a la fe.

 

** Los problemas cotidianos de la joven comunidad obligan a tomar nuevas decisiones. Se trata de una murmuración, de un descontento: los apóstoles se lo toman en serio y lo resuelven. Hay, en primer lugar, un problema económico: probablemente son las viudas de los hombres de la diáspora, que han venido a pasar los últimos años de su vida a Jerusalén y se han quedado ahora sin apoyo familiar. Se trata de una necesidad real, y tiene que ser afrontada con sano realismo. Pero debía de haber también un problema cultural: los helenistas hablan griego, leen la Biblia en la traducción griega de los Setenta, tienen una sensibilidad diferente. Es preciso disponer una estructura completa para ellos, dotada de asistencia espiritual y material.

El pasaje tiene en cuenta estos dos aspectos: los «Siete», en realidad, son destinados tanto al servicio de la Palabra como al de las mesas. Aparecen como una organización eclesiástica «sectorial», como una especie de «clero indígena» para aquellos que tienen una lengua, una cultura y una situación económica diferentes de los judeocristianos de Palestina.

 

Evangelio: Juan 6,16-21

16 A la caída de la tarde, los discípulos bajaron al lago,

17 subieron a una barca y emprendieron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya de noche y Jesús no había llegado.

18 De pronto se levantó un viento fuerte que alborotó el lago.

19 Habían avanzado unos cinco kilómetros cuando vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el lago, y les entró mucho miedo.

20 Jesús les dijo: - Soy yo. No tengáis miedo.

21 Entonces quisieron subirlo a bordo y, al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían.

 

*» Si el milagro de los panes tiene la finalidad de revelar a Jesús como Mesías y profeta escatológico, el signo del Señor caminando sobre las aguas, destinado sólo a los discípulos, tiene como finalidad hacerles comprender la divinidad de Jesús, prevenirles ante el escándalo de la muchedumbre e impedir su defección.

Los discípulos están en la barca, ya es de noche. Han remado fatigosamente y luchado contra las dificultades del momento, cuando ven a Jesús caminando sobre el lago, y les entra mucho miedo (v. 19). La confrontación con el Maestro constituye para ellos un examen de conciencia y una llamada a superar sus cortas miras y a confiar en el misterio del hombre-Jesús. Con las palabras «Soy yo. No tengáis miedo» (v. 20), Jesús los tranquiliza y se hace reconocer revelándose como el Señor en quien reside la presencia poderosa y salvífica de Dios; es decir, se autorrevela a sus discípulos no sólo como Mesías que sacia su hambre, sino como persona divina que, una vez más, va a su encuentro con amor. A continuación, en el momento en el que los discípulos acogen a Jesús y aceptan reconocer su identidad en un ámbito superior, llegan de inmediato a la orilla a la que se dirigían (v. 21). Jesús es el lugar de la presencia de Dios entre los hombres. Bajo el rostro humano de Jesús se ocultan su misterio y su identidad. Quien sabe leer en la persona del Nazareno la manifestación misma de un Dios que ama, se convierte en su discípulo y permanece unido al Profeta de Galilea, a pesar del halo inaccesible que envuelve a su persona.

 

MEDITATIO

El cuadro idílico de la comunidad «con un solo corazón y una sola alma», dibujado en las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, parece oscurecerse de improviso. Surgen las primeras tensiones. Pero el realismo de Lucas sale airoso del reto: los problemas existen; hasta en las comunidades más perfectas hay problemas. Las tensiones y los problemas han de sido afrontados de una manera creativa y comunitaria. Pero, sobre todo, no deben bloquear la comunidad con disputas perennes, no deben impedir la difusión del Evangelio.

Todo ha de ser considerado con una mirada positiva; hasta el descontento, que ha de ser tomado en serio porque oculta problemas serios.

Los apóstoles no consideran el descontento y la crítica como un gesto de rebelión, sino como el síntoma de un problema al que hay que hacer frente y resolverlo. Es un signo de sabiduría y de prudencia que no siempre se ha repetido en la historia de la Iglesia, con notables consecuencias.

Hace falta una gran libertad y un gran desprendimiento, además de clarividencia, por parte de quien posee la autoridad, para hacer frente a las dificultades con espíritu creativo. Es preciso tener el sentido de la fraternidad cristiana, capaz de escuchar, de dialogar, de buscar juntos soluciones más avanzadas, que correspondan mejor a las nuevas situaciones. Los apóstoles nos dan aquí un ejemplo de flexibilidad y de guía sabia de la comunidad.

 

ORATIO

¡Cuántos problemas surgen, Señor, cada día! ¡Cuántas tensiones! ¡Y qué difícil resulta solucionarlas! A menudo, cuando me siento víctima, tengo la tentación de agredir y de atacar a quien posee la autoridad, mientras que cuando soy yo quien cargo con ella siento la tentación de considerar a los que critican como eternos insatisfechos, como gente imposible de contentar, como gente sedienta de dinero y poder.

Concédeme, Señor, la sabiduría prudente de los Doce, que escuchan, implican a toda la comunidad y disponen. Haz que en nuestras comunidades circule la misma sabiduría, la misma capacidad de escucha y de participación. No dejes que nos falte la misma creatividad, capaz de hacer frente con serenidad y de resolver las dificultades normales. Aparta de mi corazón la  amargura y la agresividad que surgen cuando no me siento comprendido, y dame en cambio el tono justo de la crítica constructiva. Aparta de mi corazón la arrogancia del poder que cree saberlo todo y no presta oídos a lo que no estaba previsto.

Señor, veo que la fraternidad está construida a base de todo y de todos: desde la crítica a la escucha, por la inteligencia y por el deseo de que todo se resuelva con espíritu fraterno. Muéstrame, Pastor eterno, los caminos cotidianos y concretos de la construcción paciente y sabia de la vida fraterna, con los materiales de nuestros límites, de nuestras exigencias, de nuestro amor.

 

CONTEMPLATIO

El justo, que antes sólo prestaba atención a sus cosas y no estaba disponible para cargar con los pesos de los otros y, como tenía poca compasión de los otros, no estaba en condiciones de hacer frente a las adversidades, va progresando de grado en grado y se dispone a tolerar la debilidad del prójimo, llega a ser capaz de hacer frente a la adversidad. Y, así, acepta con tanto más valor las tribulaciones de esta vida por amor a la verdad, mientras que antes huía de las debilidades ajenas.

Bajándose se levanta, inclinándose se distiende y le fortalece la compasión. Dilatándose en el amor al prójimo, concentra las fuerzas para levantarse hacia su Creador. La caridad, que nos hace humildes y compasivos, nos levanta después a un grado más alto de contemplación. Y el alma, engrandecida, arde en deseos cada vez más grandes y anhela llegar ahora a la vida del Espíritu también a través de los sufrimientos corporales (Gregorio Magno, Comentario moral Job, VII, 18).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Concédeme, Señor, el don de la escucha y de la creatividad».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Una comunidad donde se vive con otros puede representar para el individuo el espacio vital en el que se produce un intercambio vivaz y una experiencia que hace madurar, un lugar de confianza en el que cada uno puede crecer en el amor a sí mismo y al prójimo. Una comunidad de mujeres y de hombres maduros estimula continuamente al individuo para que haga frente a las tareas cotidianas y a los conflictos y, a través de éstos, madure como persona y como cristiano.

La crítica fraterna en un círculo de adultos constituye asimismo una fuerza creativa que sirve para mejorar en el conocimiento de nosotros mismos y en vistas a un proyecto propio de vida. Si la ejercemos con respeto y misericordia, nos ayuda a evitar o a protegernos de la tentación de escondernos en la casa de nuestro propio cuerpo. También los conflictos, inevitables en una comunidad espiritualmente viva, sea entre ancianos y jóvenes, o bien entre personalidades que chocan, podría convertirse en materia fértil para una provechosa cultura del conflicto, necesaria sobre todo en los conventos, donde conviven personas que no se han elegido y que no están unidas por vínculos de parentesco o de amistad. Añádase a esto que, en una comunidad de este tipo, el individuo puede y debe confrontarse también consigo mismo de un modo más radical del que lo haría si viviera solo (A. Grün, A onore del cielo, come segno per la térra, Brescia 1999, pp. 129ss., passim). 

Día 10

Tercer domingo de pascua Ciclo C

Liturgia de las Horas de hoy

 

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 5,27b-32.40b-41

En aquellos días,

27 hicieron entrar a los apóstoles para que comparecieran ante el Sanedrín y el sumo sacerdote les preguntó:

28 - ¿No os prohibimos terminantemente enseñar en nombre de ése? Y, sin embargo, habéis llenado Jerusalén con vuestras enseñanzas y queréis hacernos responsables de la muerte de ese hombre.

29 Pedro y los apóstoles respondieron: - Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

30 El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero.

31 Dios lo ha exaltado a su derecha como Príncipe y Salvador para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados.

32 Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto.

33 Ellos, enfurecidos por tales palabras, querían matarlos.

40 Hicieron llamar a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron.

41 Ellos salieron de la presencia del Sanedrín gozosos de haber merecido tal ultraje por causa de aquel nombre.

 

**• El camino de la Iglesia es un camino acompañado de luz y de tinieblas desde su origen: va creciendo entre el pueblo el favor de que goza la primera comunidad cristiana (vv. 14-16), pero aumenta también el odio de las autoridades judías, que llegan incluso a la persecución. Mientras se suceden los arrestos, interrogatorios y amenazas, resplandece cada vez más la obra del Espíritu Santo en los apóstoles.

Llevados por segunda vez ante al Sanedrín, dan pruebas de libertad y de valentía (parresta). El criterio de sus acciones es único: obedecer a Dios, no anteponer nada a él ni a su testimonio (cf. vv. 28s). Esta falta de miedo hace aún más incisiva y eficaz su confesión y su predicación. Pedro proclama una vez más el kerygma (vv. 30-39) y atribuye de nuevo a los jefes del pueblo la responsabilidad de la muerte de Jesús (una responsabilidad que aquellos querrían declinar: v. 28b).

Con todo, no se trata de una acusación estéril; es casi un proyectar sobre otros la propia culpa. En efecto, la parte fundamental del discurso hemos de buscarla en la afirmación que explica la finalidad del obrar de Dios: «Para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados». Otras veces acusa Pedro al auditorio de la crucifixión de Cristo, pero el texto sagrado añade siempre que, al arrepentirse y acoger sus palabras, «muchos creyeron».

Cuando el corazón queda traspasado por el arrepentimiento (2,37), el don de Dios se vuelve superabundante. Sólo cuando se rechaza la Palabra de manera obstinada, se endurece el corazón hasta llegar a la violencia (5,33.40). Es tarea de los apóstoles continuar con la predicación aun en medio de las persecuciones, fortalecidos por el Espíritu, que los confirma (v. 32) y los colma de alegría (v. 41). Desde ahora viven ya la bienaventuranza proclamada por el Señor Jesús y encuentran su recompensa en el amor a su nomine (Mt 5,10-12).

 

Segunda lectura: Apocalipsis 5,11-14

Yo, Juan,

11 oí después, en la visión, la voz de innumerables ángeles que estaban alrededor del trono, de los seres vivientes y de los ancianos; eran cientos y cientos, miles y miles,

12 que decían con voz potente: - Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

13 Y las criaturas todas del cielo y de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, oí también que decían: - Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos.

14 Los cuatro seres vivientes respondieron: «Amén», y los ancianos se postraron en profunda adoración.

 

*•• Ante nuestra contemplación se nos brinda una escena majestuosa y terrible: Dios omnipotente está sentado en el trono, tiene en su mano el libro sellado de sus inescrutables designios, pero nadie puede abrirlo. Momentos de silencio cargados de expectación y de temor. La situación parece desesperada. Pero, de repente, aparece victorioso un Cordero como inmolado (5,1-7: en arameo, talja designa tanto «siervo» como «cordero»).

Con este símbolo expresa, por tanto, Juan la realidad de Cristo, verdadero Cordero pascual y Siervo de YHWH, que ha cargado con nuestras iniquidades, tomando sobre sí el castigo que nos da la salvación (Is 53, sobre todo el v. 7). El Cristo-Cordero inmolado está de pie en medio del trono (v. 6). En su presencia se entona el canto de la solemne liturgia cósmica: una escuadra innumerable de ángeles recuerda triunfalmente el «motivo» (vv. 11 s) , repetido por el coro de todas las criaturas (v. 13), que alaban por los siglos de los siglos al Dios omnipotente y a Cristo, nuestra pascua.

Cielo y tierra se encuentran unidos así en un movimiento circular: el himno se inicia en el cielo, se derrama, desciende sobre la tierra, se propaga en ella y luego vuelve a subir al cielo para concluir en el «Amén», acorde final de los cuatro seres vivientes, símbolo de todas las realidades creadas. Se confirma así, de manera solemne, la plena adhesión a la voluntad de Dios. Y el silencio adorador de los cuatro ancianos, primicia celestial de todo el pueblo de Dios, prolonga la vibración del canto nuevo con la intensidad de la contemplación.

 

Evangelio: Juan 21,1-19

En aquel tiempo,

1 Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades.

2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Cana de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

3 En esto dijo Pedro: - Voy a pescar. Los otros dijeron: - Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca, pero aquella noche no lograron pescar nada.

4 Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.

5 Jesús les dijo: - Muchachos, ¿habéis pescado algo? Ellos contestaron: -No.

6 Él les dijo: - Echad la red al lado derecho de la barca y pescaréis. Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.

7 Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: - ¡Es el Señor!. Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua.

8 Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros.

9 Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan.

10 Jesús les dijo: - Traed ahora algunos de los peces que habéis pescado.

11 Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió.

12 Jesús les dijo: - Venid a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor.

13 Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió, y lo mismo hizo con los peces.

14 Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado de entre los muertos.

15 Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le contestó: - Sí, Señor, tú sabes que te amo. Entonces Jesús le dijo: - Apacienta mis corderos.

16 Jesús volvió a preguntarle: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro respondió: - Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: - Cuida de mis ovejas.

17 Por tercera vez insistió Jesús: - Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si le amaba, y le respondió: - Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo. Entonces Jesús le dijo: - Apacienta mis ovejas.

18 Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir.

19 Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió: - Sígueme.

 

*» Jn 21, colocado detrás de una primera conclusión del cuarto evangelio, añade algunos elementos importantes al capítulo precedente: abre de nuevo la perspectiva sobre la Iglesia futura (vv. 1-14), pone el fundamento del primado de Pedro entendido como servicio vicario (vv. 15-19), enfoca la relación entre Pedro y el discípulo amado (vv. 20-23).

Los vv. 1-14 hemos de leerlos recordando la vocación de los primeros discípulos (cf. Le 5,1-11). Los discípulos, cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos, atraviesan un momento de incertidumbre sobre la orientación que deben dar a su futuro. La perspectiva más inmediata es la de volver a la vida de antes, iluminada por la enseñanza de Jesús, al que reconocen vivo. Aquí interviene la tercera aparición (v. 14), una aparición que suena para los discípulos como una nueva llamada al seguimiento (v. 19), centrada en la continua presencia del Señor, reconocido, no obstante, por la fe (vv. 7.12), y al que encuentran concretamente en el pan partido y compartido de la eucaristía (v. 13). En verdad, los apóstoles no pueden hacer nada sin él (cf. 15,5), no tienen alimento (v. 5, al pie de la letra), mientras que gracias a la obediencia de la fe (v. 4b) a su Palabra realizan una pesca superabundante, como el día en que los llamó por primera vez. (Le 5,9). Sin embargo, la red no se rompe: la Iglesia católica debe permanecer indivisa aun cuando recoja multitudes inmensas (v. 11).

En la comunión de esta comida-con el Resucitado, éste rehabilita a Simón Pedro al frente de los discípulos: como tres veces renegó de Cristo, tres veces profesa que le ama. Y también por tres veces -de manera solemne, por consiguiente- le confía Jesús el mandato de alimentar y guiar su rebaño con un espíritu de servicio, en representación del buen pastor (vv. 15-17). Como tal, Pedro deberá ofrecer la vida por las ovejas, glorificando a Dios con el martirio: la invitación al seguimiento tiene ahora para Simón Pedro un sabor muy diferente a la que recibió «cuando era más joven»; tiene el sabor del amor (v. 17), que le llevará tras las huellas de Jesús (1 Pe 2,21), a amar «hasta el final» (Jn 13,1).

 

MEDITATIO

La liturgia de la Palabra traza hoy ante nosotros un largo y apasionante camino que, partiendo del tiempo, desemboca en la eternidad: vamos a indicar, brevemente, las etapas del mismo y le vamos a pedir al Señor la gracia de recorrerlo.

Al comienzo se encuentra la experiencia de un encuentro que se intercala en nuestros días más ordinarios, en medio de nuestras actividades habituales: se trata del encuentro con el Resucitado, un encuentro para el que, con frecuencia, no estamos preparados, sino más bien «ciegos», como los apóstoles en el lago. «Los discípulos no lo reconocieron»; sin embargo, aceptaron el consejo, más tarde dan crédito a la intuición que se comunican de uno a otro y, por último, lo reconocen por medio de una certeza interior (no a través de una evidencia sensible). Del mismo modo que hizo Simón Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la Palabra del Resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor. Sólo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecérselo, ahora que ya no es obra de una autoilusión y sólo nos queda -¡aunque lo es todo!- el deseo ardiente de amarlo, como pobres. Ahora es cuando él nos confía su tesoro: nuestros hermanos; nos hace responsables de dar testimonio ante ellos, un testimonio que nos llevará muy lejos en su seguimiento, quizás a un lugar que -hoy al menos- no querríamos.

A la luz de este encuentro con Cristo, siguiendo el eco de aquella pregunta interior -«¿Me amas?»- y de nuestra humilde respuesta, es preciso proseguir el camino con alegre valentía y abrir a muchos el camino de la fe con nuestra confesión transparente del nombre de Jesús, crucificado por nuestros pecados y resucitado por el Padre para la salvación del mundo. No han de faltarnos los sufrimientos, la multiforme persecución, aunque tampoco la alegría de hacerle frente por amor a Jesús. Una alegría que inundará todo el cosmos en el día eterno en una única confesión coral de alabanza al Dios omnipotente, a nuestro Creador, y a Cristo, Cordero inmolado, nuestro Salvador, en el Espíritu Santo, vínculo de amor.

 

ORATIO

Manifiéstate de nuevo, Señor. También nosotros, como tus discípulos, deseamos ir contigo y desafiar la noche oscura. Sin ti no podemos hacer nada; nuestra red sigue estando vacía y no sirve de nada el esfuerzo de echarla al mar. Pero a tu palabra queremos repetir una vez más este gesto, pues tú nos quieres llevar más allá de nuestra lógica mezquina, que se detiene a calcular los riesgos de las pérdidas y las posibilidades de ganancia.

Cuando tocamos el fondo de nuestra miseria, tú nos haces experimentar el poder de tu fuerza de Resucitado. Nosotros creemos que eres el Señor. Sin embargo, en medio de nuestra pobreza, que tú conoces tan bien, haz que al alba de cada nuevo día renovemos el deseo de seguirte, repitiendo humildemente: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo».

 

CONTEMPLATIO

No hay mejor medio para estar unido a Jesús que cumplir su voluntad, y ésta no consiste en ninguna olía cosa que en hacer el bien al prójimo... «Pedro –pregunta el Seño-, ¿me amas? Apacienta mis corderos» (Jn 21,15) y, con la triple pregunta que le dirige, Cristo manifiesta de manera clara que apacentar los corderos es la prueba del amor. Y eso es algo que no se dice sólo a los sacerdotes, sino a cada uno de nosotros, por pequeño que sea el rebaño que le ha sido confiado. De hecho, aunque sea pequeño, no debe ser descuidado, puesto que «mi Padre -dice el Señor- se complace en ellos» (Lc 12,32).

Cada uno de nosotros tiene una oveja. Tengamos buen cuidado y llevémosla a los pastos convenientes. El hombre, apenas se levante de la cama, no debe buscar otra cosa, tanto con la palabra como con las obras, que hacer que su casa y su familia sean cada vez más piadosas. Vive de verdad sólo quien vive para los otros. En cambio, el que vive sólo para sí mismo desprecia a los otros y no se preocupa de ellos; es un ser inútil, no es un hombre, no pertenece a la raza humana [...]. Quien busca el interés del prójimo no perjudica a nadie, tiene compasión de todos y ayuda según sus propias posibilidades; no comete fraudes, ni se apropia de lo que pertenece a los otros; no da falso testimonio, se abstiene del vicio, abraza la virtud, reza por sus enemigos, hace el bien a quien le hace mal, no injuria a nadie y tampoco maldice cuando le maldicen de mil formas diferentes [...]; si buscamos nuestro interés, el de los otros irá por delante del nuestro (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 77,6).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo» (Jn 21,17).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El amor de Cristo por Pedro tampoco tuvo límites: en el amor a Pedro mostró cómo se ama al hombre que tenemos delante. No dijo: «Pedro debe cambiar y convertirse en otro hombre antes de que yo pueda volver a amarlo». No, todo lo contrario. Dijo «Pedro es Pedro y yo le amo; es mi amor el que le ayuda para ser otro hombre». En consecuencia, no rompió la amistad

Para reemprenderla quizás cuando Pedro se hubiera convertido en otro hombre; no, conservó intacta su amistad, y precisamente eso fue lo que le ayudó a Pedro a convertirse en otro hombre. ¿Crees que, sin esa fiel amistad de Cristo, se habría recuperado Pedro? ¿A quién le toca ayudar al que se equivoca, sino a quien se considera su amigo, aun cuando la ofensa vaya dirigida contra él?

El amor de Cristo era ilimitado, como debe ser el nuestro cuando debemos cumplir el precepto de amar amando al hombre que tenemos delante. El amor puramente humano está siempre dispuesto a regular su conducta según el amado tenga o no perfecciones; el amor cristiano, sin embargo, se concilio con todas las imperfecciones y debilidades del amado y permanece con él en todos sus cambios, amando al hombre que tiene delante. Si no fuera de este modo, Cristo no habría conseguido amar nunca: en efecto, ¿dónde habría encontrado al hombre perfecto? (S. Kierkegaard, Gli atti dell'amore, Milán 1983, pp. 341-344, passim [trad. esp.: Las obras del amor, Guadarrama, Barcelona, s. f.]).

 

Día 11

Lunes de la tercera semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 6,8-15

En aquellos días,

8 Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes signos y prodigios en medio del pueblo.

9 Algunos de la sinagoga llamada «de los libertos», a la que pertenecían cirenenses y alejandrinos, y algunos de Cilicia y de la provincia de Asia se pusieron a discutir con él,

10 pero al no poder resistir la sabiduría y el espíritu con que hablaba,

11 sobornaron a unos hombres para que dijeran: - Hemos oído a éste blasfemar contra Moisés y contra Dios.

12 De este modo, amotinaron al pueblo, a los ancianos y a los maestros de la Ley. Luego salieron a su encuentro, lo apresaron y lo llevaron al Sanedrín

13 y presentaron testigos falsos, que decían: - Este hombre no cesa de hablar contra el templo y contra la Ley.

14 Le hemos oído decir que ese Jesús Nazareno destruirá este lugar santo y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés.

15 Todos los que estaban en el Sanedrín fijaron sus ojos en él, y les pareció que su rostro era como el de un ángel.

 

**• Entra Esteban en escena. Se le presenta con las mismas características que los apóstoles: «Lleno de gracia y de poder, hacia grandes signos y prodigios». Las palabras de Esteban están unidas a la «sabiduría» y al Espíritu»: Esteban, como los apóstoles, está completamente inmerso en el plan de Dios, lo conoce, recibe la fuerza del Espíritu para atestiguarlo y anunciarlo. Posee una personalidad humana de gran relieve y de espesor «espiritual». Su predicación provoca de inmediato un conflicto y, paradójicamente, con los judíos más abiertos. Lucas alude a la sinagoga llamada «de los libertos», es decir, los descendientes de aquellos que, llevados a Roma como esclavos por Pompeyo (63 a. C), habían sido liberados y se habían instalado en un barrio de la ciudad. En torno a ellos se reunían, probablemente, judíos de diferente procedencia. Pues bien, también para ellos era la predicación de Esteban demasiado radical: Esteban ataca al templo y las tradiciones mosaicas.

En consecuencia, las acusaciones que se le dirigen no carecen de fundamento por completo. Los ojos que se fijan en él con hostilidad están obligados a vislumbrar en ellos, no obstante, un esplendor particular, el de un ángel que expresa la presencia de Dios, algo semejante al rostro de Moisés cuando bajó, resplandeciente, del Sinaí tras haber encontrado a Dios. Lucas presenta otro rasgo de Esteban: es un testigo escogido por Dios para dar a conocer su voluntad.

 

Evangelio: Juan 6,22-29

22 Al día siguiente, la gente continuaba al otro lado del lago. Se habían dado cuenta de que allí solamente había una barca y sabían que Jesús no había embarcado en ella con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos.

23 Otras barcas llegaron de Tiberíades, y atracaron cerca del lugar donde la gente había comido el pan después que el Señor había dado gracias a Dios.

24 Cuando se dieron cuenta de que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, subieron a las barcas y se dirigieron a Cafarnaún en busca de Jesús.

25 Lo encontraron al otro lado y le dijeron: - Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?

26 Jesús les contestó: - Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros.

27 Esforzaos no por conseguir el alimento transitorio, sino el permanente, el que da la vida eterna. Este alimento os lo dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, lo ha acreditado con su sello.

28 Entonces ellos le preguntaron: - ¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere?

29 Jesús respondió: - Lo que Dios espera de vosotros es que creáis en aquel que él ha enviado.

 

**• Tras la multiplicación de los panes, alude el evangelista a la búsqueda de Jesús por parte de la muchedumbre. Lo encuentran en Cafarnaún y le dirigen al Maestro una pregunta sólo para satisfacer su propia curiosidad: «Maestro, ¿cuándo has llegado aquí?» (v. 25).

Jesús no responde la pregunta, sino que revela más bien a la muchedumbre las verdaderas intenciones que la han impulsado a buscarlo, y con ello desenmascara la mentalidad demasiado material de las personas (v. 26).

En realidad, toda esa gente sigue a Jesús por el pan material, sin comprender el signo realizado por el Profeta. Buscan más las ventajas materiales y pasajeras que las ocasiones de responder y de amar.

Ante esta ceguera espiritual, Jesús proclama la diferencia entre el pan material y corruptible y «el permanente, el que da la vida eterna» (v. 27). Jesús invita a la gente a superar el estrecho horizonte en que vive y a pasar al de la fe y al del Espíritu, al que sólo su persona (la de Jesús) les puede introducir. Él posee el sello de Dios, que es el Espíritu y el dinamismo divino del amor.

Los interlocutores de Jesús le preguntan ahora: «¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere?» (v. 28).

Una nueva equivocación. La muchedumbre piensa que Dios exige la observación de nuevos preceptos y de otras obras. Pero lo que Jesús exige de ellos es una sola cosa: la adhesión al plan de Dios, a saber: «Que creáis en aquel que él ha enviado» (v. 29). Sólo tienen que cumplir una sola cosa: dejarse implicar por Dios y adherirse con fe a la persona de Jesús. Es la apertura a la fe lo que ofrece un pan inagotable y lo que da la vida para siempre al hombre que acepta ser liberado de las tinieblas.

 

MEDITATIO

Esteban es el primer apóstol de los helenistas. Suyo fue el primer intento de inculturación, constituido por un decidido distanciamiento respecto al judaísmo tradicional. Pero no consiguió su objetivo en algunos de los suyos. También hay conservadores entre los procedentes de la diáspora, quizás incluso más que entre los propios judíos palestinenses. Probablemente se debiera a la necesidad de defender su propia identidad. La primera aproximación al mundo judío de lengua y cultura griega es rechazada también por los notables.

Esteban sigue así el destino de Jesús: es rechazado. Al parecer, el precio que hay que pagar para abrir nuevos caminos es ser incomprendido, malentendido, rechazado, calumniado y condenado. Sin embargo, también es verdad que del martirio de Esteban proceden frutos muy copiosos precisamente a partir de los griegos: y no sólo de los judíos de lengua griega, sino de toda la cultura griega.

Esteban es un provocador, y, por eso, se mete él mismo en el camino del martirio, como sucede en toda sociedad intolerante. Ahora bien, su provocación procede de una sabiduría superior, es fruto de una peculiar comprensión del plan de Dios. Este plan preveía que el Evangelio fuera anunciado no sólo en Jerusalén, sino «hasta los confines de la tierra». El Espíritu se sirve del carácter entusiasta y «belicoso» de Esteban para agitar el ambiente: Esteban pierde, pero la causa del Evangelio recorrerá el mundo.

 

ORATIO

Señor, tenemos necesidad de testigos animosos como Esteban. Tenemos necesidad de anunciadores «imprudentes» como él, que agitan a los adversarios y a los amigos, dentro y fuera de nuestros círculos. Tenemos necesidad de profetas «incómodos», como se decía hace algunos años, para difundir la Buena Nueva. Tenemos necesidad de hombres y mujeres que no tengan miedo de hacer frente a las incomprensiones y los malentendidos a causa de tu nombre. Tenemos necesidad de personas que sean capaces de recorrer nuevos caminos y no tengan miedo a no ser comprendidos por esos mismos por quienes se comprometen y se dejan la piel.

Señor, danos estos testigos fuertes y animosos. Señor, no permitas que nos ceguemos hasta el punto de no comprenderlos e incluso aislarlos, calumniarlos, contribuyendo con nuestra incomprensión a marginarlos y -¡no lo permitas, Señor!- a condenarlos.

 

CONTEMPLATIO

La Iglesia tiene a gala, y es mandamiento del Salvador, que no pensemos sólo en nosotros mismos, sino también en el prójimo. Considera la dignidad a la que se eleva el que se toma seriamente a pecho la salvación de su hermano. Este hombre, en la medida en que ello es posible al hombre, imita al mismo Dios. En efecto, escucha lo que nos dice por boca de su profeta: «Quien liana de un injusto un justo, será como mi boca». A saber: quien se aplica a salvar a su hermano caído en la negligencia e intenta arrancarlo del lazo del diablo, ni cuanto es posible al hombre, imita a Dios.

¿Existe acaso alguna acción que pueda compararse a ésta? Ésta es la más grande entre todas las obras buenas. Es la cumbre de toda virtud. Y es natural que así sea. Porque si Cristo derramó su sangre por nuestra salvación, ¿no es justo que cada uno de nosotros ofrezca, por lo menos, el aliento de su palabra y eche una mano a quien por negligencia ha caído en los lazos del diablo? (Juan Crisóstomo, Catequesis bautismal, VI, 18-20).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Tus mandatos son mi delicia» (cf. Sal 118,14).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Debemos dar un tono de valentía a nuestra vida cristiana, tanto a la privada como a la pública, para no convertirnos en seres insignificantes en el plano espiritual e incluso en cómplices del hundimiento general. ¿Acaso no buscamos, de manera ilegítima, en nuestra libertad personal, un pretexto para dejarnos imponer por los otros el yugo de opiniones inaceptables?

Sólo son libres los seres que se mueven por sí mismos, nos dice santo Tomás. Lo único que nos ata interiormente, de manera legítima, es la verdad. Esta hará de nosotros hombres libres (cf. Jn 8,32). La actual tendencia a suprimir todo esfuerzo moral y personal no presagia, por consiguiente, un auténtico progreso verdaderamente humano. La cruz se yergue siempre ante nosotros. Y nos llama al vigor moral, a la fuerza del espíritu, al sacrificio (cf. Jn 1 2,25) que nos hace semejantes a Cristo y puede salvarnos tanto a nosotros como al mundo (Pablo VI, Audiencia general del 21 de marzo de 1975).

 

Día 12

Martes de la tercera semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 7,51-8,1a

En aquellos días, Esteban decía al pueblo, a los ancianos y a los escribas:

51 Vosotros, hombres testarudos, obstinados y sordos, siempre os habéis resistido al Espíritu Santo. Eso hicieron vuestros antepasados, y lo mismo hacéis vosotros.

52 ¿A qué profeta no persiguieron vuestros antepasados? Ellos mataron a los que predijeron la venida del Justo, a quien vosotros acabáis de traicionar y asesinar.

53 Vosotros recibisteis la Ley por mediación de ángeles, pero no la habéis cumplido.

54 Al oír esto, se recomían de rabia en su corazón y rechinaban los dientes contra él.

55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios

56 y exclamó: - Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios.

57 Ellos, dando grandes gritos, se taparon los oídos y se arrojaron a una sobre él.

58 Lo echaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos habían dejado sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo.

59 Mientras lo apedreaban, Esteban oraba así: - Señor Jesús, recibe mi espíritu.

60 Luego cayó de rodillas y gritó con voz fuerte: - Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y dicho esto, expiró.

61 Saulo estaba allí y aprobaba este asesinato.

 

**• Primer cuadro: recoge la parte conclusiva del discurso de Esteban, un discurso durísimo. En él lee la historia de Israel como la historia de un pueblo de dura cerviz, de corazón y de oídos incircuncisos, siempre opuestos al Espíritu Santo. Mientras Pedro intenta excusar de algún modo en sus discursos a sus interlocutores, casi maravillándose del error fatal de la condena a muerte de Jesús, Esteban afirma, en sustancia, que no podían dejar de condenar a Jesús, dado que siempre han perseguido a los profetas enviados por Dios. Se trata de una lectura extremadamente negativa de toda la historia de Israel. Una lectura que no podía dejar de suscitar una reacción violenta.

Segundo cuadro: el martirio de Esteban. Éste, frente al furor de la asamblea, que está fuera de sí, aparece ahora situado mucho más allá y muy por encima de todo y de todos, en un lugar donde contempla la gloria de Dios y a Jesús, resucitado, de pie a la derecha del Padre. El primer mártir se dirige sereno al encuentro con la muerte, gozando del fruto de la muerte solitaria de Jesús. Éste, ahora Señor glorioso, anima a sus testigos mostrando «los cielos abiertos», que se ofrecen como la meta gloriosa, ahora próxima.

Muere sereno y tranquilo, confiando su espíritu al Señor Jesús, del mismo modo que éste lo había confiado al Padre. La lapidación, que tenía lugar fuera de la ciudad, era la suerte reservada a los blasfemos: Esteban no tiene miedo de proclamar la divinidad de Jesús y, en este clima enardecido, debe morir. Saulo, el que habría de proseguir la obra innovadora de Esteban, extendiéndola a los paganos, resulta que está de acuerdo con este asesinato.

 

Evangelio: Juan 6,30-35

En aquel tiempo,

30 replicó a Jesús la muchedumbre: - ¿Qué señal puedes ofrecernos para que, al verla, te creamos? ¿Cuál es tu obra?

31 Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio a comer pan del cielo.

32 Jesús les respondió: - Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo.

33 El pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo.

34 Entonces le dijeron: - Señor, danos siempre de ese pan.

35 Jesús les contestó: - Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed.

 

*• La muchedumbre, a pesar de las variadas pruebas dadas por Jesús en el fragmento anterior, no se muestra satisfecha aún ni con sus signos ni con sus palabras, y pide más garantías para poder creerle (v. 30). El milagro de los panes no es suficiente; quieren un signo particular y más estrepitoso que todos los que ha hecho ya. La muchedumbre y Jesús tienen una concepción diferente del «signo». El Maestro exige una fe sin condiciones en su obra; las muchedumbres, en cambio, fundamentan su fe en milagros extraordinarios que han de ver con sus propios ojos.

Nos encontramos aquí frente a un texto que manifiesta una viva controversia, surgida en tiempos del evangelista, entre la Sinagoga y la Iglesia en torno a la misión de Jesús. Éste no se dejó llevar por sueños humanos ni se hizo fuerte en los milagros, sino que buscó sólo la voluntad del Padre. La muchedumbre quiere el nuevo milagro del maná (cf. Sal 78,24) para reconocer al verdadero profeta escatológico de los tiempos mesiánicos. Pero Jesús, en realidad, les da el verdadero maná, porque su alimento es muy superior al que comieron los padres en el desierto: él da a todos la vida eterna. Ahora bien, sólo quien tiene fe puede recibirla como don. El verdadero alimento no está en el don de Moisés ni en la Ley, como pensaban los interlocutores de Jesús, sino en el don del Hijo que el Padre regala a los hombres, porque él c. el verdadero «pan de Dios que viene del cielo» (v. 33).

En un determinado momento, la muchedumbre da la impresión de haber comprendido: «Señor, danos siempre de ese pan» (v. 34). Pero la verdad es que la gente no comprende el valor de lo que piden y anda lejos de la verdadera fe. Entonces Jesús, excluyendo cualquier equívoco, precisa: «Yo soy el pan de vida, el que viene a mí no volverá a tener hambre» (v. 35). Él es el don del amor, hecho por el Padre a cada hombre. Él es la Palabra que debemos creer. Quien se adhiere a él da sentido a su propia vida y alcanza su propia felicidad.

 

MEDITATIO

Esteban tiene el encanto del testimonio valiente e intrépido, un testimonio que desafía a los adversarios, que no les halaga, .que no intenta defenderse, sino que proclama con una lucidez impresionante su propia fe. Tampoco usa -y lo hace adrede- ni pizca de diplomacia.

Es posible que quiera despertar y agitar a la misma comunidad cristiana, que, atemorizada por las primeras persecuciones, corría el riesgo de convertirse en una secta judía por amor a la vida tranquila o, al menos, por la necesidad de sobrevivir. Esteban ve también el peligro que supone para la joven comunidad cristiana mirar más al pasado que al futuro, el peligro que supone una Iglesia más preocupada por la continuidad con la tradición que por la novedad cristiana.

El diácono aparece presentado como alguien que ha comprendido a fondo el alcance de la novedad cristiana, la ruptura que implicaba la fe en Cristo con respecto a cierta tradición fosilizada, la necesidad de no dejarse apresar por compromisos de ningún tipo. Por algo será Saulo su continuador en la afirmación de la «diversidad» cristiana, en la acentuación de las peculiaridades de la nueva fe, en el correr los riesgos que traía consigo la ruptura con el pasado. Esteban no está dispuesto a transigir ni a bajar a compromisos... Su sacudida ha resultado beneficiosa, incluso por encima de lo necesario.

No se vive sólo de mediaciones, sino que, especialmente en determinados momentos decisivos, se hacen necesarias las posiciones claras. Esteban es el prototipo de la parresía cristiana, siempre necesaria, incluso para evitar los riesgos del concordismo.

 

ORATIO

Señor mío, cuánto me turba hoy Esteban. ¿Cómo es que hoy me parece excesivo, exagerado, desmesurado?

¿No será que soy yo demasiado moderado, mesurado, equilibrado? Debo confesártelo: ya no estoy tan acostumbrado a ver tamaña seguridad y capacidad de desafío.

Por eso debo pedirte hoy que me concedas un suplemento de tu Espíritu, para que comprenda la figura de Esteban, para que también yo pueda tener al menos un poco de su valentía para proclamarte como mi Señor, para no tener miedo de decir, en voz alta, que mis opciones están apoyadas por los «cielos abiertos» y por el hecho de que te contemplo como el Resucitado, glorioso a la diestra del Padre. Para tener el atrevimiento de desafiar a los que querrían borrar las huellas de tu presencia, para tener la luz que necesita una lectura de la historia y de los acontecimientos humanos de un modo no convencional.

Señor, qué tímida es mi fe cuando la comparo con la de Esteban. Qué frágil es mi caminar. Cuántas veces siento la tentación de acusar de intransigencia cualquier actitud de firmeza. Ayúdame a no quedarme prisionero de mi vivir tranquilo. Ayúdame a discernir. Ayúdame a no desertar de la tarea de ser tu testigo.

 

CONTEMPLATIO

Son los cielos abiertos los que iluminan mi camino. Mirando estos cielos luminosos es como tengo valor para atravesar las tinieblas, para no dejarme atemorizar por el vocerío, para no dejarme intimidar por el altísimo griterío del mundo; para no dejar caer los brazos frente a quien «se tapa los oídos» para no escucharme; para no desistir cuando todos se precipitan en contra de mí. Esos cielos abiertos son mi meta y mi gozo. Sé que debo atravesar la aspereza y la oscuridad para llegar a ellos. Debo mantenerlos de manera constante ante mis ojos: cielos abiertos, cielos acogedores, cielos habitados, cielos patria del Resucitado y de los resucitados, mis cielos.

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Veo los cielos abiertos» (Hch 7,56).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Edith Stein, enviada al campo de concentración, escribía en agosto de 1942: «Soy feliz por todo. Sólo podemos dar nuestra aquiescencia a la ciencia de la cruz experimentándola hasta el final. Repito en mi corazón: «Ave crux, spes única (Salve, oh cruz, única esperanza)».

Y leemos en su testamento: «Desde ahora acepto la muerte que Dios ha predispuesto para mí, en aceptación perfecta de su santísima voluntad, con alegría. Pido al Señor que acepte mi vida y mi muerte para su gloria y alabanza, por todas las necesidades de la Iglesia, para que el Señor sea aceptado por los suyos y para que venga su Reino con gloria, para la salvación de Alemania y por la paz del mundo. Y, por último, también por mis parientes, vivos y difuntos, y por todos aquellos que Dios me ha dado: que ninguno se pierda».

Edith estaba preparada: «Dios hacía pesar de nuevo su mano sobre su pueblo: el destino de mi pueblo era el mío». 

 

Día 13

Miércoles de la tercera semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 8,1b-8

1 Aquel día se desencadenó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría.

2 A Esteban lo enterraron unos hombres piadosos e hicieron gran duelo por él.

3 Saulo, por su parte, se ensañaba contra la Iglesia, entraba en las casas, apresaba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel.

4 Los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando el mensaje.

5 Felipe bajó a la ciudad de Samaría y estuvo allí predicando a Cristo.

6 La gente escuchaba con aprobación las palabras de Felipe y contemplaba los prodigios que realizaba.

7 Pues de muchos poseídos salían los espíritus inmundos, dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados.

8 Y hubo gran alegría en aquella ciudad.

 

**• Nos encontramos aquí en presencia de otro giro decisivo en la historia de la frágil comunidad cristiana: su difusión fuera de los muros de Jerusalén. Se pasa de la persecución a la dispersión y de la dispersión a la difusión de la Palabra. Son los helenistas, los seguidores de Esteban, quienes reciben los golpes. Tienen que huir y dispersarse por las regiones de Judea y Samaría. Con ello inician la carrera de la Palabra por el mundo, «hasta los confines de la tierra».

Está también el contraste entre el «gran duelo» por la muerte de Esteban y la «gran alegría» por la acción de Felipe, otro de los Siete. Saulo «se ensañaba contra la Iglesia», pero ésta se expande precisamente entre los que están al margen del judaísmo: la salida de Jerusalén es un hecho no sólo geográfico, sino también cultural.

Cristo es predicado también a los samaritanos. El fragmento da la impresión de que se ha producido un nuevo Pentecostés, una nueva primavera de la Iglesia, después de la que tuvo lugar en Jerusalén y antes de la que se produjo entre los paganos. El conjunto va acompañado de poderosos gestos de liberación: es un mundo que se renueva al contacto con la difusión de la Palabra.

 

Evangelio: Juan 6,35-40

En aquel tiempo,

35 dijo Jesús a la muchedumbre: - Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed.

36 Pero vosotros, como ya os he dicho, no creéis, a pesar de haber visto.

37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí.

38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día.

40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día.

 

**• La muchedumbre ha visto y escuchado la Palabra de Jesús en el fragmento precedente, pero no ha reconocido en él al Hijo de Dios bajado del cielo, como el maná del desierto. Entonces denuncia Jesús, con amargura, esta difundida incredulidad de los judíos (v. 36), a pesar de que la iniciativa amorosa del Padre se sirva de la obra del Hijo para darles la salvación y la vida (cf. Jn 3,14s; 4,14.50; 5,21.25s).

La Iglesia primitiva era consciente de este conflicto con la Sinagoga y, a través del evangelista, expresa su profundo vínculo con el Maestro, subrayando que el designio de Dios se realiza mediante la acogida que todo creyente reserva a Jesús. Él ha lomado carne humana no para hacer su propia voluntad, sino la de aquel que le ha enviado. El plan de Dios es un plan de salvación, y el Padre, confiándolo al Hijo, proclama que los hombres se salvan en Jesús, sin que se pierda ninguno. Más aún, aquellos que han sido confiados por el Padre al Hijo, quiere que los «resucite en el último día» (v. 39). La expresión «último día» tiene un significado preciso en Juan: es el día en que termina la creación del hombre y tiene lugar la muerte de Jesús, es el día del triunfo final del Hijo sobre la muerte; en él, todos podrán probar «el agua del Espíritu» que será entregada a la humanidad.

En ese día, Jesús dará cumplimiento a su misión mediante la resurrección y dará la vida definitiva. Esta última tiene su comienzo aquí en la fe, y su plena realización en la resurrección al final de los tiempos. Los que crean en Jesús, Hijo de Dios, no experimentarán la muerte, sino que disfrutarán de una vida inmortal.

 

MEDITATIO

El fragmento de los Hechos de los Apóstoles pone claramente de manifiesto que una de las causas de la difusión del Evangelio a través del mundo es la persecución.

Son objeto de la misma los irreductibles, los «extremistas» compañeros de Esteban, los que no aceptaban componendas con el judaísmo. Los apóstoles se libran por ahora, posiblemente porque todavía confían en encontrar una solución a los delicados problemas planteados con la tradición judía. La persecución le ha ayudado a la Iglesia a no dormirse y a encontrar o reencontrar sus propias raíces misioneras. Éstas han sido después el secreto de su perenne juventud. La Revolución francesa, por poner un solo ejemplo, supuso una fuerte prueba para la Iglesia, pero le hizo salir de la tormenta más delgada y más dispuesta a reemprender su itinerario misionero por el mundo.

Cuando existe el peligro de instalarnos cómodamente en un lugar, cuando existe la tentación de considerarnos integrados en un contexto social, cuando estamos demasiado tranquilos, entonces es cuando interviene el Espíritu para dar la alarma a través de diversas pruebas, la más terrible de las cuales -aunque quizás también la más eficaz- es la persecución. Esta última da frutos cuando la Iglesia está viva, como en el caso de la comunidad de Jerusalén. La Palabra se difunde para que los que están dispersos queden impregnados de la novedad cristiana, de la sorprendente realidad de la salvación en la que se sentían implicados y corresponsables. Por eso puede proceder del duelo la alegría, de la diáspora el crecimiento, de la muerte de Esteban la multiplicación de los apóstoles.

 

ORATIO

Esta Palabra, Señor, me turba una vez más, porque me parece que tú prefieres más bien los medios rápidos para alcanzar tus fines. Querías hacer salir el alegre mensaje de Jerusalén, y surge una violenta persecución.

Me siento turbado, lo confieso. Y es que me gusta evitar las desgracias y vivir en paz. En mi paz, que no es exactamente la tuya. Con mi paz no crece la alegría en el mundo; con tu dinamismo, producido de una manera frecuentemente desagradable para mí, crece, en cambio, la alegría en los que están fuera de mis intereses.

Señor, estoy turbado, sobre todo, porque esta Palabra tuya me dice que yo debería estar alegre en las persecuciones, que debería pedírtelas cuando me encuentro demasiado bien y cuando me siento satisfecho de lo que hago y de lo que me rodea. Pero te confieso que me falta valor. Con todo, hay algo que debo pedirte para no morir de vergüenza: que frente a las posibles persecuciones, puedan ver al menos mis ojos que éstas tienen un sentido para ti y para tu Iglesia. Y, por consiguiente, también para mí.

 

CONTEMPLATIO

Jesús invitaba [con sus palabras] a los judíos a que tuvieran fe, mientras ellos buscaban signos para creer.

Sabían que habían sido saciados con cinco panes, pero preferían el maná del cielo a aquel otro alimento. Sin embargo, el Señor decía que era muy superior a Moisés: éste no se había atrevido nunca a prometer el alimento «permanente, el que da la vida eterna» (cf. Jn 6,27). En consecuencia, Jesús prometía algo más que Moisés. Éste prometía llenar el estómago aquí en la tierra, aunque de un alimento que perece; Jesús prometía el «alimento permanente».

El verdadero pan es el que da la vida al mundo. El maná era símbolo de este alimento, y todas esas cosas -dice el Señor a los judíos- eran signos que hacían referencia a mí. Os habéis apegado a los signos que se referían a mí, y me rechazáis a mí, que soy aquel a quien se referían los signos. No fue, por tanto, Moisés el que dio el pan del cielo: es Dios quien lo da (cf. Jn 6,32). Ahora bien, ¿qué pan? ¿Acaso el maná? No, no el maná, sino el pan del que era signo el maná, o sea, el mismo Señor Jesús. Porque «el pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33) (Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 25,12s, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Grandes son la obras del Señor» (Sal 110,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Existe una compenetración entre el sufrimiento -llamémoslo cruz, una palabra que lo resume y transfigura- y el compromiso apostólico, esto es, la construcción de la Iglesia. No es posible ser apóstol sin cargar con la cruz. Y si hoy se ofrece el deber y el honor del apostolado a todos los cristianos de manera indistinta, para que la vida cristiana se revele hoy tal cual es y debe ser, es señal de que ha sonado la hora para todo el pueblo de Dios: todos nosotros debemos ser apóstoles, todos nosotros debemos cargar con la cruz. Para construir la Iglesia es preciso esforzarse, es preciso sufrir.

        Esta conclusión desconcierta ciertas concepciones erróneas de la vida cristiana presentada bajo el aspecto de la facilidad, de la comodidad, del interés temporal y personal, cuando su rostro tiene que estar siempre marcado por el signo de la cruz, por el signo del sacrificio soportado y realizado por amor: amor a Cristo y a Dios, amor al prójimo, cercano o alejado. Y no es ésta una visión pesimista del cristianismo, sino una visión realista. La Iglesia debe ser un pueblo de fuertes, un pueblo de testigos animosos, un pueblo que sabe sufrir por su fe y por su difusión en el mundo, en silencio, de modo gratuito y con amor (Pablo VI, Audiencia general del 1 de septiembre de 1976). 

 

Día 14

Jueves de la tercera semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 8,26-40

En aquel tiempo,

26 el ángel del Señor dijo a Felipe: - Ponte en marcha hacia el sur por el camino que va desde Jerusalén a Gaza por el desierto.

27 Él se puso en marcha y se encontró con un etíope, hombre de confianza y ministro de Candace, reina de los etíopes, y encargado de todos sus tesoros. Había ido a Jerusalén a cumplir sus deberes religiosos

28 y regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías.

29 El Espíritu dijo a Felipe: - Adelántate y ponte junto a ese carro.

30 Felipe fue corriendo y, al oírle leer al profeta Isaías, le dijo: - ¿Entiendes lo que estás leyendo?

31 Él respondió: - ¿Cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica? Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él.

32 El pasaje que leía era éste:

Como oveja fue llevado al matadero;

como cordero, mudo ante el esquilador,

tampoco él abrió su boca.

33 Por ser humilde no se le hizo justicia.

Nadie hablará de su descendencia,

porque ha sido arrancado de la tierra.

34 El etíope preguntó a Felipe: - Te ruego que me digas de quién dice esto el profeta, ¿de sí mismo o de algún otro?

35 Felipe tomó la palabra y, partiendo de este pasaje de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús.

36 Siguieron su camino y llegaron a un lugar donde había agua. Entonces el etíope dijo: - Aquí hay agua. ¿Hay algún impedimento para que me bautices?

38 Acto seguido, el etíope mandó detener el carro, ambos bajaron al agua y Felipe lo bautizó.

39 Después de subir del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El etíope no lo volvió a ver, pero continuó alegre su camino.

40 Por su parte, Felipe fue a parar a Asdod y, partiendo de allí, fue anunciando la Buena Noticia en todas las ciudades por las que fue pasando hasta llegar a Cesárea.

 

*» Lucas prosigue su esmerada presentación de la difusión del Evangelio a grupos cada vez más alejados del judaísmo oficial. Tras los samaritanos nos encontramos con un representante de la diáspora, probablemente alguien que no era judío desde el punto de vista étnico y que, sin embargo, formaba parte de la comunidad judía en calidad de «prosélito». Se trata de un etíope; por consiguiente, viene de lejos y llevará lejos el Evangelio. Es un eunuco, alguien que, para el Deuteronomio, no puede ser admitido en la comunidad del Señor, aunque para Isaías ya no será excluido. Es un personaje influyente y rico, puesto que dispone de medios para realizar un largo viaje con todo su equipamiento y cuenta con la posibilidad de disponer de un costoso rollo manuscrito de la Biblia.

A este personaje le envía Dios a Felipe a través de su ángel, y por medio del Espíritu le guía hacia la obra que debe llevar a cabo. La ocasión se la brinda la Sagrada Escritura, mientras que la mediación es apostólica. A partir de la profecía de Isaías sobre el Siervo de YHWH lleva a cabo Felipe su misión salvífica de predicador del Evangelio, abriendo los ojos a la inteligencia plena de la Escritura.

El eunuco plantea con claridad la gran pregunta de siempre desde los orígenes: «Te ruego que me climas de quién dice esto el profeta, ¿de sí mismo o de algún otro?». Con la mediación eclesial y con la gracia de Dios es posible disipar la duda de quien, pensativa aunque sinceramente, va buscando la verdad. Al don de la fe le sigue el bautismo, y de ambos brota la salvación.

 

Evangelio: Juan 6,44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a las muchedumbres:

44 - Nadie puede venir a mí si el Padre, que me envió, no se lo concede; y yo lo resucitaré el último día.

45 Está escrito en los profetas: Y serán todos instruidos por Dios. Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.

46 Esto no significa que alguien haya visto al Padre. Solamente aquel que ha venido de Dios ha visto al Padre.

47 Os aseguro que el que cree tiene vida eterna.

48 Yo soy el pan de la vida.

49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron. 50 Éste es el pan del cielo, y ha bajado para que quien lo coma no muera.

51 Jesús añadió: - Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo.

 

**• Las anteriores revelaciones de Jesús sobre su origen divino -«Yo soy el pan de vida» (v. 35) y «Yo he bajado del cielo» (v. 38)- habían provocado el disentimiento y la protesta entre la muchedumbre, que murmura y se vuelve hostil. Resulta demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Cristo y reconocerlo como Dios (v. 42). Jesús evita entonces una inútil discusión con los judíos y les ayuda a reflexionar sobre la dureza de su corazón, enunciando las condiciones necesarias para creer en él.

La primera es ser atraídos por el Padre (v. 44), don y manifestación del amor de Dios por la humanidad. Nadie puede ir a Jesús si no es atraído por el Padre. La segunda condición es la docilidad a Dios (v. 45a). Los hombres deben darse cuenta de la acción salvífica de Dios respecto al mundo. La tercera condición es escuchar al Padre (v. 45b). De la enseñanza interior del Padre y de la vida de Jesús es de donde brota la fe obediente del creyente en la Palabra del Padre y del Hijo.

Escuchar a Jesús significa ser enseñados por el Padre mismo. Con la venida de Jesús queda abierta la salvación a todo el mundo; ahora bien, la condición esencial que se requiere es dejarse atraer por él, escuchando con docilidad la Palabra de vida. Aquí es donde el evangelista precisa la relación entre la fe y la vida eterna, principio que resume toda regla para acceder a Jesús. Sólo el hombre que vive en comunión con Jesús se realiza y se abre a una vida duradera y feliz. Sólo «quien come» de Jesús-pan no muere. Jesús, pan de vida, dará la inmortalidad a quien se alimenta de él, a quien, en la fe, interioriza su Palabra y asimila su vida.

 

MEDITATIO

La evangelización es, por encima de todo, obra divina, misteriosa, prodigiosa, por sus inicios y por sus éxitos imprevisibles. En el fragmento de Hechos de los Apóstoles que hemos leído, por ejemplo, nos encontramos muy lejos de una acción humana planificada. Es Dios quien tiene su plan, un plan que nosotros hemos de secundar. Felipe recibe la orden de ir por un camino que cruza por el desierto, a pleno sol, precisamente hacia el sur. A decir verdad, no parece una buena premisa para la evangelización. Pero es aquí donde Dios ha predispuesto un encuentro importante. De él ha hecho partir la tradición la evangelización de África. Lo que parece decisivo aquí es la disponibilidad de Felipe, su impulso evangelizador que no deja perder ninguna ocasión; su capacidad para interpretar la Escritura. Con otras palabras: su convencida entrega a la causa del Evangelio y a su «preparación». El resto lo ha hecho el Espíritu, que hizo posible el encuentro y favoreció el acercamiento misionero.

Quizás nos preguntamos hoy, con excesiva frecuencia, por el futuro de la misión, cuando, en realidad, deberíamos preguntarnos por nuestra calidad de evangelizadores, por nuestra disponibilidad para ir a alguno de los muchos «desiertos» de la ciudad secular, precisamente a los sitios donde parece inútil ir, porque son áridos, lugares posiblemente desesperados. Sin embargo, es posible que sea en alguno de estos lugares desiertos donde puedan tener lugar encuentros decisivos. Depende del corazón ardiente del evangelizador, depende de su capacidad para intuir la pregunta religiosa, una pregunta que asume, a veces, una forma extraña. En cualquier lugar, incluso en el más improbable, es posible encontrar una pregunta y una inquietud a las que dar una respuesta, a veces rechazada, y en alguna ocasión acogida como liberadora.

 

ORATIO

Te pido, Señor, tener más confianza en tu Evangelio.

Recuerdo haber sido abucheado o ridiculizado o hecho callar demasiadas veces cuando hablaba de ti como respuesta a los problemas de nuestro tiempo: quizás por eso me he vuelto demasiado cauto, casi me he retirado y ya no me atrevo a hablar de un modo tan abierto de ti, a no ser en los lugares donde pienso que seré escuchado. Ciertamente, me he procurado óptimos motivos para obrar así: es necesario «respetar» los tiempos de maduración y las opciones de los otros, no debemos ser «fanáticos», no debemos «forzar» las cosas y los tiempos; pero el hecho cierto es que cada vez hablo menos  de ti. ¡Cuántas ocasiones he perdido para iluminar a corazones inquietos, cuántas situaciones potencialmente abiertas a tu Palabra se me han escapado!

Es posible que tú, Señor, me hayas llevado desde la excesiva seguridad a la desconcertante incertidumbre para traerme a este momento, en el que me siento un humilde servidor de la Palabra, consciente de que no soy yo quien decido las conversiones, sino de que eres tú el dueño de la mies, y de que yo debería estar, como Felipe, sólo dispuesto a introducir en la comprensión de tus caminos.

Gracias, Señor, por haberme indicado este camino.

 

CONTEMPLATIO

La vida de los predicadores resuena y arde. Resuena con la Palabra y arde con el deseo. Del bronce incandescente se desprenden chispas, porque de sus exhortaciones salen palabras encendidas que llegan a los oídos de quienes las escuchan. Las palabras de los predicadores reciben justamente el nombre de «chispas» porque encienden el corazón de aquellos con quienes tropiezan. Hemos de señalar que las chispas son muy sutiles y delicadas.

En efecto, cuando los predicadores hablan de la patria celestial, más que abrir los corazones con las palabras, los hacen arder de deseo. De sus lenguas llegan a nosotros algo así como chispas, puesto que a partir de su voz apenas se puede conocer levemente algo de la patria celestial, aunque ellos no la aman precisamente de una manera leve.

Sin embargo, la divina voluntad hace, ciertamente, que estas menudísimas chispas enciendan una llama en el corazón de quien escucha. Y es que hay algunos que con sólo escuchar unas pocas palabras se llenan de un gran deseo y les basta con las chispas muy tenues de algunas palabras para hacerlos arder con un purísimo amor a Dios (Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, i, 3,5).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, dame un corazón de evangelizador».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Si el siglo XXI se convierte, será a través de una mirada nueva, por medio de la mirada mística, que tiene la propiedad de ver las cosas, por primera vez, de una manera inédita.

Cuando el ser humano se dé cuenta de que está amenazado en su esencia por la cocina infernal de los aprendices de brujos; en su vida, por el peligro mortal de la polución, sin hablar de la polución moral que acabará por darle miedo, quizás experimente entonces la necesidad de ser salvado; y este instinto de salvación es posible que le lleve a buscar en otra parte, muy lejos de los discursos inoperantes de la política o del murmullo de una cultura exangüe, la razón primera de lo que es él. Ahora bien, no la encontrará más que a través del rejuvenecimiento integral de su inteligencia por medio de la contemplación, del silencio, de la atención más extrema y, para decirlo con una sola palabra, de la mística, que no es otra cosa que el conocimiento experimental de Dios (A. Frossard).

 

Día 15

Viernes de la tercera semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 9,1-20

1 Entre tanto, Saulo, que seguía amenazando de muerte a los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote

2 y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar encadenados a Jerusalén a cuantos seguidores de este camino, hombres o mujeres, encontrara.

3 Cuando estaba ya cerca de Damasco, de repente lo envolvió un resplandor del cielo,

4 cayó a tierra y oyó una voz que decía: - Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?

5 Saulo preguntó: - ¿Quién eres, Señor? La voz respondió: - Yo soy, Jesús, a quien tú persigues.

6 Levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que debes hacer.

7 Los hombres que lo acompañaban se detuvieron atónitos; oían la voz, pero no veían a nadie.

8 Saulo se levantó del suelo, pero, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada; así que lo llevaron de la mano y lo introdujeron en Damasco,

9 donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber.

10 Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: ¡Ananías!. El respondió: Aquí me tienes, Señor.

11 Y el Señor le dijo: - Levántate, vete a la calle Recta y busca en la casa de Judas a un tal Saulo de Tarso. Está allí orando

12 y ha visto a un hombre llamado Ananías que entra y le impone las manos para devolverle la vista.

13 Ananías respondió: - Señor, he oído a muchos hablar del daño que ese hombre ha hecho en Jerusalén a los que creen en ti;

14 y aquí está con poderes de los jefes de los sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.

15 Pero el Señor le dijo: - Vete, porque éste es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes y al pueblo de Israel.

16 Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.

17 Ananías fue, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: - Saulo, hermano, Jesús, el Señor, el que se te ha aparecido cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo.

18 En el acto se le cayeron de los ojos una especie de escamas y recuperó la vista, y a continuación fue bautizado.

19 Después tomó alimento y recobró las fuerzas. - Después de pasar algunos días con los discípulos que había en Damasco,

20 Saulo empezó a predicar en las sinagogas, proclamando que Jesús es el Hijo de Dios.

 

*»• La que para Saulo era una secta se está difundiendo peligrosamente más allá de los confines de Judea y Samaría, hasta Siria. Saulo quiere extirpar la herejía que está cosechando tanto éxito y obtiene para ello un mandato especial. Sin embargo, en el camino hacia Damasco, le envolvió un resplandor que lo cegó, y oyó una voz que le preguntaba. Estamos ante un relato típico de vocación, con la aparición de un fenómeno extraordinario y una voz que interpela. La voz aquí es nada menos que la del perseguido. Saulo se queda ciego y permanece en ayunas durante tres días, es decir, debe morir a su ceguera interior para resurgir a la nueva comprensión de la realidad.

Al reacio Ananías, un discípulo que no debemos confundir con el desdichado protagonista de Hch 5, le ha sido revelado el «misterio» de Saulo, el alcance único de su misión universal, su futuro de misionero discutido, controvertido y perseguido. El destino de Saulo está ligado ahora al «nombre» de Jesús, nombre que deberá llevar y atestiguar ante los paganos y ante sus gobernantes, así como ante los hijos de Israel. No se podía expresar mejor el contenido de la misión y de la «pasión» de Saulo. Pasan sólo algunos días y vemos ya a Saulo manifestando su carácter de una pieza, pasando a la acción más sorprendente que quepa imaginar: proclamar «Hijo de Dios» al Jesús que, pocos días antes, le llenaba de indignación y rabia, hasta el punto de perseguir a sus seguidores.

 

Evangelio: Juan 6,52-59

En aquel tiempo,

52 se suscitó una fuerte discusión entre los judíos, los cuales se preguntaban: - ¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?

53 Jesús les dijo: - Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día.

55 Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

56 El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él.

57 El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también, el que me coma vivirá por mí.

58 Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el pan que comieron vuestros antepasados. Ellos murieron, pero el que coma de este pan vivirá para siempre.

59 Todo esto lo expuso Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaún.

 

*+ Este fragmento, que sirve de conclusión al «Discurso del pan de vida», va unido a lo que el evangelista nos ha dicho antes. Sin embargo, el mensaje se vuelve aquí más profundo y se hace más sacrificial y eucarístico. Se trata de hacer sitio a la persona de Jesus en su dimensión eucarística. Él es el pan de vida, no sólo por lo que hace, sino especialmente en el sacramento de la eucaristía, lugar de unión del creyente con Cristo. Jesús-pan se identifica con su Inmunidad, la misma que será sacrificada en la cruz para la salvación de los hombres. Jesús es el pan -como palabra de Dios y como víctima sacrificial- que se hace don por amor al hombre. La ulterior murmuración de los judíos «¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?» (v. 52), denuncia la mentalidad incrédula de los que no se dejan regenerar por el Espíritu y no tienen intención de adherirse a Jesús.

Este insiste con vigor, exhortando a consumir el pan eucarístico para participar de su vida: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (v. 53). Más aún, anuncia los frutos extraordinarios que recibirán los que participen en el banquete eucarístico: el que permanece en Cristo y toma parte en su misterio pascual permanece en él con una unión íntima y duradera. El discípulo de Jesús recibe como don la vida en Cristo, una vida que supera toda expectativa humana porque es resurrección e inmortalidad (vv. 39.54.58).

Ésta es la enseñanza profunda y autorizada de Jesús en Cafarnaún, cuyas características esenciales versan, más que sobre el sacramento en sí, sobre la revelación gradual de todo el misterio de la persona y de la vida de Jesús.

 

MEDITATIO

Dios escoge a sus discípulos como y cuando quiere y del modo más imprevisto. Es posible contar innumerables casos de hombres que han experimentado un cambio inesperado e impensable en la orientación de sus energías. Antes las dedicaban a otra cosa y después las han consagrado a la causa del evangelio.

La lista podrían encabezarla Saulo, Agustín y otros casos menos clamorosos, más o menos conocidos. Eso significa que la misión está en las manos de Dios, que sabe recoger a sus colaboradores donde le parece mejor. Esto mismo nos hace pensar en ciertas inquietudes vocacionales, en ciertas intemperancias misioneras, en ciertos catastrofismos apostólicos, más bien extendidos, que casi dan a entender algo así como si «el brazo de Dios se hubiera... acortado». Como si casi fuera imposible que se produjera hoy la sorpresa de grandes cambios decisivos en la misión.

El Dios que puede hacer surgir de las piedras hijos de Abrahán, el Dios que pudo transformar a un violento perseguidor en un misionero imparable, puede hacer surgir también hoy, precisamente en nuestro mundo secularizado y secularizador, nuevas personalidades capaces de «llevar su nombre a las naciones» y de «proclamar a Jesús Hijo de Dios».

A nosotros quizás se nos pida, sobre todo en este momento, rezar y dar testimonio: rezar para que de nuestra constatada impotencia, pueda hacer brotar el Señor nuevos apóstoles, y dar testimonio para que -cual modestos Ananías- podamos servir de ayuda a los nuevos apóstoles que el poder del Señor quiera suscitar.

 

ORATIO

Señor, mi pecado más cotidiano es la poca esperanza.

Mis ojos ven sobre todo el mal que invade el mundo: el odio, las luchas fratricidas, la vulgaridad, la pornografía, la droga, las separaciones... y no sigo porque tú conoces bien mi lamento cotidiano. Y si bien estás contento de que te recuerde en la oración estas miserias, no sé si lo estás también cuando te digo, con sentido de desconfianza: «¿Hasta cuándo, Señor?».

Incluso cuando te rezo por las vocaciones, lo hago porque tú me lo has mandado, sin que esté convencido del todo de que tú me escuchas. Y es que te he rezado mucho, pero con tan escasos resultados, si es que no ha sido en vano. Hoy, no obstante, me animas presentándome tu acción poderosa en Saulo. Permíteme que te diga una sola cosa: renueva tus prodigios en medio de nosotros. Muestra una vez más tu poder y suscita grandes evangelizadores. Yo seguiré rezando en medio del silencio y en público, pero tú no me dejes decepcionado. Muestra tu poder, para bien del pueblo.

 

CONTEMPLATIO

El Arquímedes de Siracusa dijo: «Dame una palanca, un punto de apoyo, y levantaré el mundo». Lo que aquel sabio de la antigüedad no pudo obtener, porque su petición no se dirigía a Dios y porque sólo estaba hecha desde el punto de vista material, lo han obtenido los santos en plenitud. El Omnipotente les ha concedido un punto de apoyo: él mismo y sólo él. La palanca es la oración, que enciende todo con un fuego de amor.

Y así fue como ellos levantaron el mundo. Así es como los santos militantes lo levantan todavía y lo seguirán levantando hasta el fin del mundo (Teresa del Niño Jesús).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstranos, Señor, tu poder y suscita grandes evangelizadores».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ante las pruebas que agitan hoy a la Iglesia -el fenómeno de la secularización, que amenaza con disolver o marginar la fe, la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas, las dificultades con las que se encuentran las familias para vivir un matrimonio cristiano-, hace falta recordar la necesidad de la oración.

La gracia de la renovación o de la conversión no se darán más que a una Iglesia en oración. Jesús oraba en Getsemaní para que su pasión correspondiera a la voluntad del Padre, a la salvación del mundo. Suplicaba a sus apóstoles que velaran y oraran para no entrar en tentación (cf. Mt 26,41). Habituemos a nuestro pueblo cristiano, personas y comunidades, a mantener una oración ardiente al Señor, con María (Juan Pablo II, Discurso o los obispos de Suiza, julio de 1984).

 

Día 16

Sábado de la tercera semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 9,31-42

31 Entre tanto, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría; se consolidaba viviendo en el temor al Señor. Y se extendía impulsada por el Espíritu Santo.

32 Pedro, en su recorrido por toda aquella región, visitó también a los creyentes que residían en Lida.

33 Allí encontró a un hombre llamado Eneas, que llevaba ocho años postrado en cama porque era paralítico.

34 Y le dijo: - Eneas, Jesús, el Mesías, te cura; levántate y arregla tu lecho. Y al instante se levantó.

35 Todos los habitantes de Lida y de la región de Sarón lo vieron sano y se convirtieron al Señor.

36 Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa «Gacela», la cual hacía muchas obras buenas y repartía muchas limosnas.

37 Por aquellos días se puso enferma y murió. Lavaron su cadáver y lo pusieron en la sala del piso superior.

38 Como Lida está cerca de Jafa, los discípulos, al oír que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres para pedirle que viniera inmediatamente a su ciudad.

39 Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, le llevaron a la sala del piso superior, donde lo rodearon todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y mantos que les hacía Gacela cuando aún vivía.

40 Pedro echó a todos fuera, se arrodilló y oró. Vuelto después hacia el cadáver, dijo: - Tabita, levántate. Ella abrió los ojos, vio a Pedro y se incorporó.

41 Él la tomó de la mano y la levantó» Luego llamó a los discípulos y a las viudas y se la presentó viva.

42 Todos los habitantes de Jafa se enteraron de lo sucedido, y muchos creyeron en el Señor.

 

**• El fragmento empieza con una consideración sintética de la situación interna de la Iglesia. La comunidad cristiana «gozaba de paz», se mantenía en el santo temor de Dios y se extendía con el impulso del Espíritu Santo. Saulo ha sido llevado a Tarso, probablemente porque su presencia -discutida- creaba problemas a causa de su temperamento combativo, semejante al de Esteban.

A continuación, se presenta a Pedro no tanto como evangelizador, sino como jefe religioso que -durante sus visitas pastorales- sostiene, ayuda y anima a los discípulos: visita algunas comunidades ya evangelizadas (probablemente por Felipe) y, a su paso, se reproduce el clima primaveral, sorprendente, milagroso, del paso de Jesús. Pedro contribuye con dos prodigios a la difusión del Evangelio. El apóstol se ha convertido ahora en el pastor taumaturgo que representa en la joven Iglesia no sólo la Palabra, sino el poder de curación de Jesús. Lucas no pierde la ocasión de recordar que Jesús vive y continúa obrando en la Iglesia apostólica como cuando estaba vivo en medio de los suyos.

 

Evangelio: Juan 6,60-69

En aquel tiempo,

60 muchos de sus discípulos, al oír a Jesús, dijeron: - Esta doctrina es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla?

61 Jesús, sabiendo que sus discípulos criticaban su enseñanza, les preguntó: - ¿Os resulta difícil aceptar esto?

62 ¿Qué ocurriría si vieseis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?

63 El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.

64 Pero algunos de vosotros no creéis. Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a entregar.

65 Y añadió: - Por eso os dije que nadie puede aceptarme si el Padre no se lo concede.

66 Desde entonces, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no iban con él.

67 Jesús preguntó a los Doce: - ¿También vosotros queréis marcharos?

68 Simón Pedro le respondió: - Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna.

69 Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

 

**• Tras la extensa revelación de Jesús sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaún, sus discípulos le comunican su malestar por las afirmaciones «irracionales» de su Maestro, unas afirmaciones que resultan difíciles de aceptar desde el punto de vista humano. Frente al escándalo y la murmuración de los discípulos, Jesús precisa que no se debe creer en él sólo después de la visión de una subida de él al cielo, como que Elias y Henoc, porque eso significaría la no aceptación de su origen divino. Es algo que no tendría sentido, dado que él, el «Preexistente», viene precisamente del cielo (cf. Jn 3,13-15).

La incredulidad de los discípulos con respecto a Jesús, sin embargo, se pone de manifiesto por el hecho de que «el Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (v. 63). Juan afirma que tan real como la carne de Jesús es la verdad eucarística. Ambas son un don con el mismo efecto: dar la vida al hombre. Con todo, muchos discípulos no quisieron creer y no dieron un paso adelante hacia una confianza en el Espíritu, con lo que no consiguieron liberarse de la esclavitud de la carne.

A Jesús no le coge por sorpresa esta actitud de abandono por parte de los que le siguen. Conoce a cada hombre y sus opciones secretas. Adherirse a su persona y a su mensaje en la fe es un don que nadie puede darse a sí mismo. Sólo el Padre lo da. El hombre, que tiene en sus manos su propio destino, es siempre libre de rechazar el don de Dios y la comunión de vida con Jesús. Sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu, y no obra según la carne, comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios. A través de la fe es como el discípulo debe acoger al Espíritu y al mismo Jesús, pan eucarístico, sacramento que comunica el Espíritu y transforma la carne.

 

MEDITATIO

La perícopa de los Hechos de los Apóstoles leída hoy presenta otro pequeño cuadro de la jovencísima Iglesia.

La comunidad cristiana, extendida ahora en diversas comunidades, se enfrenta con los problemas de cada día: la enfermedad prolongada, la muerte inesperada de personas comprometidas, etc. La vida cotidiana se caracteriza por el santo temor de Dios y por la asistencia reconfortante del Espíritu Santo. Los discípulos viven bajo la mirada de Dios, con el sentido de su grandeza y de su soberanía. Miden su vida a partir de él y de su santa voluntad. Se interesan por los pobres y se preocupan por los enfermos. De este modo se va construyendo la Iglesia interiormente y se vuelve dócil a la acción del Espíritu Santo, que la extiende también exteriormente.

La construcción interna y la difusión externa van estrechamente unidas. El anuncio más discreto y eficaz de la Buena Nueva procede de la vida de la Iglesia, de la alegría que anima su sufrimiento, de su espíritu de servicio sin cálculos mezquinos y sin reservas. La Palabra y los milagros no caen en el vacío, sino que encuentran un terreno bien dispuesto y producen frutos abundantes. El libro de los Hechos de los Apóstoles, dedicado completamente a la difusión del Evangelio, no se olvida de la vida cotidiana, en su sencillez y sus exigencias, una vida que se va humanizando en contacto con el Evangelio y que se convierte, precisamente gracias a él, en la base de todo anuncio posterior.

 

ORATIO

Te confieso, Señor, que me gustaría ver, al menos alguna vez, un buen milagro. Tampoco te oculto que, en algunos momentos de debilidad, me gustaría incluso hacer alguno, aunque no fuera más que para mostrar que no estoy diciendo tonterías cuando hablo de tus cosas. Pero tú, aunque no me dejas privado de signos del cielo, prefieres el milagro de la vida serena, trabajadora, de una vida que confía en ti, que te deja tomar las grandes decisiones, que recibe todo de tus manos, que se preocupa de complacerte más a ti que a los hombres y a las mujeres, que expresa la alegría de poder servirles y de sentirse amado por ti.

Perdona mi debilidad que sueña con algún milagro, aunque sea muy pequeño, y refuerza mi convicción de que lo que tú quieres es la transformación de mi vida, el paso del temor al amor, del apego al desprendimiento, de la angustia a la confianza, del pesar a la alegría, del escrúpulo a la confianza ilimitada en ti, de la inclinación sobre mis cosas a la apertura al dolor del otro. Dame tu Espíritu para que me sea posible y apetecible, amable y tranquilizador, un programa tan comprometido como éste.

 

CONTEMPLATIO

Se ha dicho con acierto de Job: «Era un hombre temeroso de Dios y apartado del mal» (Jb 1,1). La santa Iglesia de los elegidos inicia ahora su camino por la vía de la sencillez y de la rectitud con temor, pero lo lleva a su consumación sólo con el amor. Se aleja verdaderamente del mal aquel que empieza a partir de ahora a no querer pecar nunca más por amor a Dios.

Si alguien realiza todavía el bien por temor, da a entender que no se ha alejado por completo del mal: si está dispuesto a pecar, en caso de que pueda hacerlo con impunidad, con eso mismo peca. Tras haber dicho que Job temía a Dios, añade el texto sagrado que también estaba apartado del mal: cuando el temor es reemplazado por el amor, entonces la culpa que había quedado en el alma queda eliminada por el firme propósito de la voluntad. Así como el temor mantiene a raya el vicio, el amor hace germinar las virtudes (Gregorio Magno, Comentario moral a Job,I, 37).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, yo soy tu siervo» (Sal 115,16a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El ejemplo de Tomás Moro demuestra que le es posible a un cristiano vivir en el mundo según el Evangelio y actuar en él a imitación de Cristo; y ello en medio de su propia familia, de sus posesiones y de la vida política: es posible llevar una vida santa en medio de estas distintas situaciones, con sobriedad, sencillez y honestidad, sin caer en fanatismos ni «beaterías», de modo serio y alegre al mismo tiempo.

¿Qué es, pues, lo más importante para un cristiano que vive en el mundo? Realizar, en la fe, una opción radical por Dios, por el Señor y por su Reino, a pesar de todas las inclinaciones pecaminosas, y conservarla intacta a través de los acontecimientos ordinarios de cada día. Conservar, viviendo en el mundo, la libertad fundamental respecto al mundo, en medio de la familia, de las posesiones y de la vida política, al servicio de Dios y de los hermanos. Poseer la alegre prontitud que permite ejercer esta libertad, en cualquier momento, a través de la renuncia, y cuando estemos llamados a hacerlo, a través de la renuncia total. Sólo en esta libertad respecto al mundo, buscada por amor a Dios, es donde el cristiano, que vive en el mundo, pero recibe la libertad como don de la gracia de Dios, encuentra la fortaleza, el consuelo, el poder y la alegría que son su victoria (H. Küng, Liberta nel mondo. Sir Thomas More, Brescia 1966, 44s)

 

Día 17

Cuarto domingo de pascua Ciclo C

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 13,14.43-52

En aquellos días,

14 Pablo y Bernabé, pasando más allá de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. Allí entraron en la sinagoga el sábado y se sentaron.

43 Disuelta la asamblea, muchos judíos y prosélitos que adoraban al verdadero Dios siguieron a Pablo y Bernabé, que trataban de persuadirlos con sus palabras para que permanecieran fieles a la gracia de Dios.

44 El sábado siguiente casi toda la ciudad se congregó para escuchar la Palabra del Señor.

45 Los judíos, al ver la multitud, se llenaron de envidia y se pusieron a rebatir con insultos las palabras de Pablo.

46 Entonces, Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía: - A vosotros había que anunciaros antes que a nadie la Palabra de Dios, pero puesto que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos.

47 Pues así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de las naciones para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra.

48 Los paganos, al oír esto, se alegraban y recibían con alabanzas el mensaje del Señor. Y todos los que estaban destinados a la vida eterna creyeron.

49 La Palabra del Señor se difundió por toda aquella región.

50 Los judíos, sin embargo, sublevaron a las mujeres distinguidas que adoraban al verdadero Dios, y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio.

51 Ellos, en señal de protesta, se sacudieron el polvo de los pies y se fueron a Iconio.

52 Los discípulos, por su parte, estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

 

**• El Espíritu del Señor se ha querido reservar a Pablo y Bernabé (13,2) para una obra particular. Así pues, éstos se ponen en camino y emprenden el primer viaje misionero. En cada ciudad que visitan, entran en la sinagoga y se dirigen a los judíos de la diáspora anunciándoles «la buena nueva de que la promesa hecha a los padres se ha cumplido con la resurrección de Jesús (vv. 32s). Por doquier se abre la gente a la fe. Especialmente en Antioquía de Pisidia, una gran multitud acogió con entusiasmo el kerygma.

Sin embargo, el favor que encontraron los apóstoles desencadenó los celos y la persecución por parte de los judíos, con la consiguiente crisis en las relaciones que marcará una clara y dolorosa separación entre la Sinagoga y la Iglesia. Por otra parte, de este contraste saldrá libre la Palabra para llevar a cabo su propio recorrido en el mundo (v. 49). Ésta, rechazada por los judíos, a quienes iba destinada en primer lugar (v. 46), no conoce ya límites nacionales y raciales y puede comunicar la vida eterna hasta los confines de la tierra: Cristo, luz destinada a iluminar todas las naciones, tiene que ser llevado a todas partes por los predicadores del Evangelio (v. 47). Quien rechaza el kerygma se encierra en unos estrechos horizontes, mientras que quien lo acoge en la fe conoce, ya desde ahora, la alegría de la vida eterna (vv. 48.52) y la exultación del Espíritu, que consuela a los que son perseguidos por amor a Jesús.

 

Segunda lectura: Apocalipsis 7,9.14b-17

9 Después de esto, yo, Juan, miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos.

14 Y uno de los ancianos dijo: - Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.

15 Por eso están ante el trono de Dios, le rinden culto día y noche en su templo, y el que está sentado en el trono habitará con ellos.

16 Ya nunca tendrán hambre ni sed, ni caerá sobre ellos el calor agobiante del sol.

17 El Cordero que está en medio del trono los apacentará y los conducirá a fuentes de aguas vivas, y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

 

*» Con la visión de la enorme muchedumbre de los salvados, llega a su cima la «Sección de los sellos» del Apocalipsis. Al ir abriéndolos uno tras otro, el Cordero inmolado -es decir, el Cristo crucificado y resucitado revela en plenitud el proyecto salvífico de Dios (5,1-8). Los sellos, en efecto, indican las dinámicas de la historia, y son siete, como los días de la creación. Al sexto día, dedicado a la creación del hombre, le corresponde el sexto sello: la salvación de la humanidad mediante la intervención escatológica de Dios, realizada en tres tiempos.

En primer lugar, se destruye el mal por completo (6,12-17). A continuación, aparece la muchedumbre de las ciento cuarenta y cuatro mil personas (número simbólico que indica la totalidad de Israel), que han sido marcadas con el sello de Dios -la Tau, que en la antigua escritura tenía forma de cruz- y han sido salvadas de la catástrofe. Por último, la salvación llega a su estadio definitivo, descrito en la visión, e implica a una muchedumbre enorme que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Como viven de la misma vida del Cordero (están de pie: cf. 5,6) y mantienen una relación personal con él, expresada por el hecho de que estaban «delante» de él, le miran a la cara. Los redimidos, partícipes de su resurrección de manera definitiva («vestían de blanco»), comparten con él la victoria sobre el mal y la vida inmortal («llevaban palmas en las manos»). Han pasado por la gran tribulación que es la pasión de Cristo, en la que se resume todo el sufrimiento de la humanidad.

Mediante el bautismo sacramental o bien mediante el bautismo de la aflicción vivida en comunión con Jesús se han convertido en partícipes del misterio pascual que regenera y santifica (v. 14); por eso rinden a Dios un culto perenne y gozan de su protección y de su presencia («habitará con ellos»). La plena realización de todos los deseos, el consuelo divino y la seguridad que el Segundo Isaías había profetizado, vaticinando un nuevo éxodo en el que Dios mismo sería el guía de su pueblo (Is 49,10; cf. Sal 23), se han realizado en Cristo. Él, venido en la carne, es el pastor de los redimidos para siempre, el que los conduce a la fuente de la vida, esto es, a la intimidad con el Padre, alegría infinita (vv. 16s).

 

Evangelio: Juan 10,27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:

27 Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen.

28 Yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre; nadie puede arrebatármelas.

29 Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de manos de mi Padre.

30 El Padre y yo somos uno.

 

** Como respuesta a la petición apremiante y casi ai lie na /.adora de los judíos: «Si eres el Cristo, dínoslo claramente de una vez» (v. 24), Jesús les habla empleando la imagen del buen pastor. Pero éstos no se encuentran con la disposición adecuada para creer en sus afirmaciones ni tampoco para dejarse convencer por las obras de Jesús. Se trata de un rechazo total que les autoexcluye del rebaño de Jesús (vv. 25s). Mas, a pesar de tanta hostilidad, Jesús se presenta una vez más a sí mismo como «buen pastor» (lo que supone, implícitamente, presentarse como Mesías), que conoce-ama a sus ovejas y, por consiguiente, como alguien que espera encontrar en las ovejas escucha, obediencia y seguimiento confiado.

El buen pastor les da «la vida eterna»: ésa es la obra esencial para la que ha venido Jesús (6,39s; 17,2), y la vida eterna es precisamente el conocimiento-comunión de amor con Dios y con su Enviado (17,3). Los vv. 28b-30 marcan un ritmo creciente en la intensidad de la pertenencia: las ovejas -los creyentes, los discípulos- que reciben la vida de Jesús están siempre en sus manos (17,12; 18,9), y por eso gozan de una seguridad perenne (v. 28b). El mismo Padre se las ha confiado, y como nadie es mayor que Dios, nadie se las puede arrebatar (v. 29). Se trata de afirmaciones que alientan a la comunidad cristiana, que sigue estando sometida a prueba por la persecución (16,4) y sigue estando asediada por las herejías.

Pertenecer a Jesús significa pertenecer a Dios mismo, para siempre. Del mismo modo que el Hijo pertenece al Padre y el Padre pertenece al Hijo, en la unidad del amor que es el Espíritu Santo.

 

MEDITATIO

Jesús se define como «buen pastor» que conoce y llama a sus ovejas, y como «puerta del redil», que es la puerta de la esperanza, porque es capaz de dar al hombre el bien absoluto: la salvación. En esto vuelve a revelar de nuevo todo su amor, respondiendo así, personalmente, a nuestra necesidad fundamental de oír una voz que sea verdadera y tranquilizadora, y de caminar en comunión con todos nuestros hermanos por un camino seguro.

Ahora bien, si Jesús se hace por nosotros un pastor que llama, nosotros debemos tener la humilde docilidad de disponer nuestros oídos para oír su voz. Si se hace puerta, debemos disponernos a entrar por él sin miedo y sin vacilación. Es posible volver al pastor y guardián de nuestras almas y, al recibir de él la vida, darla con él por las otras ovejas, hasta que «formemos todos un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16). Es posible, sí, pero sólo si confiamos totalmente en Dios, pues la voluntad por sí sola es incapaz de vencer las insidias del mundo y de superar las barreras del egoísmo.

Sólo el Espíritu de Jesús puede hacer percibir la cuerda locura de las bienaventuranza evangélicas, continuamente objeto de burlas por la cultura dominante. Sólo él puede abrir de par en par ante nosotros los horizontes insólitos del amor verdadero, el que sabe perder la propia vida a causa de Jesús, para recuperarla en plenitud. Es puro don suyo que, entre los eslóganes de lo efímero, podamos reconocer su voz como la única que sabe dar palabras de vida eterna.

 

ORATIO

Señor Jesús, «pastor bello», venido a guiarnos a los pastos de la vida, haz que se nos conceda entrever, aunque sólo sea un instante, el fulgor de tu belleza, para que arrebatados por ella te sigamos con ardor, sin que nunca más nada ni nadie nos lisonjee o nos seduzca. Nuestro corazón, en efecto, está cansado y decepcionado por las inmundicias producidas por nuestros egoísmos y busca un sendero de esperanza.

Danos ojos para reconocerte en la inocencia de los pequeños, para admirarte en la generosidad de los jóvenes, para estar junto a ti en la soledad de los ancianos. Que todo hermano nuestro sea pura transparencia de tu rostro, hasta que, después de haberte amado y servido en cada uno de ellos, gustemos la alegría de contemplarte eternamente en la luz sin ocaso de los pastos eternos.

 

CONTEMPLATIO

Nosotros, que estamos enfermos, tenemos necesidad del Salvador; perdidos, tenemos necesidad de su guía; ciegos, necesitamos que nos lleve a la luz; sedientos, tenemos necesidad de la fuente de la vida, de la que quien bebe no vuelve a tener sed; muertos, tenemos necesidad de la vida; ovejas, del pastor; niños, del pedagogo; en suma, toda nuestra naturaleza humana tiene necesidad de Jesús. Si queremos, podemos aprender la suma sabiduría que nos enseña el santísimo Pastor y Maestro, el omnipotente Verbo del Padre, cuando, sirviéndose de la alegoría, se proclama pastor de las ovejas [...]. Sí, oh Señor, aliméntanos con los pastos de tu justicia. Oh Maestro, apacienta a tus ovejas en tu santo monte: la Iglesia, que está en lo alto, más alto que las nubes, toca los cielos.

Quiere salvar mi carne revistiéndome con la túnica de la incorrupción, por eso ha consagrado mi cuerpo. No caeremos en la corrupción porque hemos sido llevados a la incorrupción por el mismo que nos lleva de la mano. Así demuestra que es el único buen pastor. Es generoso y magnífico aquel que llega hasta el punto de entregar su vida por nosotros. Está verdaderamente al servicio de los hombres y lleno de bondad aquel que, pudiendo ser Señor del hombre, quiso ser su hermano. Bueno hasta el punto de morir por nosotros (Clemente de Alejandría, El Pedagogo IX, 83,3-85,2, passim).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Me conduce junto a aguas tranquilas» (Sal 22,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús, el buen pastor, dice de sí mismo que conoce a los suyos. Ser conocidos por Jesús significa nuestra bienaventuranza, nuestra comunión con él. Jesús conoce sólo a quienes ama, a aquellos que le pertenecen, a los suyos (2 Tim 2,1 9). Nos conoce en nuestra calidad de perdidos, de pecadores que tienen necesidad de su gracia y la reciben, y, al mismo tiempo, nos conoce como ovejas suyas. En la medida en que nos sabemos conocidos por él y sólo por él, se nos da a conocer, y nosotros lo conocemos como el único al que pertenecemos para la eternidad (Gal 4,9; 1 Cor 8,3).

El buen pastor conoce a sus ovejas, y sólo a ellas, porque le pertenecen. El buen pastor, y sólo él, conoce a sus ovejas porque sólo él sabe quién le pertenece para la eternidad. Conocer a Cristo significa conocer su voluntad sobre nosotros y con nosotros, y llevaría a cabo; significa amar a Dios y a los hermanos (1 Jn 4,7s; 4,20). La bienaventuranza del Padre es reconocer al Hijo como hijo, y la del Hijo es reconocer al Padre como padre. Este recíproco reconocimiento es amor, es comunión. Del mismo modo, la bienaventuranza del Salvador es reconocer al pecador como su propiedad conquistada, y la del pecador es reconocer a Jesús como su Salvador. En virtud de que Jesús está ligado al Padre (y a los suyos) por semejante comunión de amor y de conocimiento recíproco, puede entregar su propia vida por las ovejas y adquirir así el rebaño como propiedad suya para toda la eternidad (D. Bonhoeffer, Memoria e fedeltá, Magnano 1979, pp. Ió3s).

 

Día 18

Lunes de la cuarta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 11,1-18

En aquellos días,

1 los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los paganos habían recibido la Palabra de Dios.

2 Y, cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le echaban en cara

3 que hubiese entrado en casa de incircuncisos y hubiese comido con ellos.

4 Entonces Pedro comenzó a darles una explicación, punto por punto:

5 - Estaba yo en Jafa orando, cuando caí en éxtasis y tuve una visión. Una especie de lienzo grande, colgado por las cuatro puntas, descendía desde el cielo y llegó hasta mí.

6 Yo lo miraba fijamente y vi que estaba lleno de cuadrúpedos, bestias, reptiles y aves.

7 Entonces oí una voz que me decía: «Pedro, levántate, mata y come».

8 «De ninguna manera, Señor -respondí- jamás ha entrado en mi boca cosa profana o impura».

9 Pero la voz me habló por segunda vez desde el cielo y me dijo: «Lo que Dios ha hecho puro no lo consideres tú impuro».

10 Esto se repitió tres veces, y después todo fue subido de nuevo al cielo.

11 En ese mismo momento, se presentaron en la casa donde estábamos tres hombres que me habían enviado desde Cesárea.

12 Y el Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar. Vinieron conmigo también estos seis hermanos y entramos en la casa de aquel hombre.

13 El nos contó cómo había visto un ángel que se presentó en su casa y le dijo «Manda que vayan a Jafa en busca de Simón, llamado Pedro

14 sus palabras te traerán la salvación a ti y a todos los de tu casa».

15 Apenas había comenzado yo a hablar, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, lo mismo que sobre nosotros al principio.

16 Entonces recordé aquello que había dicho el Señor: «Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo».

17 Por tanto, si Dios les había dado a ellos el mismo don que a nosotros por creer en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?

18 Al oír esto, se callaron y alabaron a Dios diciendo: - ¡Así que también a los paganos les ha concedido Dios la conversión que lleva a la vida!

 

**• El pasaje presenta las dificultades que encontraban los ambientes judeocristianos respecto a la apertura a los paganos. Incluso Pedro, el guía autorizado, se ve obligado a dar cuentas, de manera detallada y paciente, para explicar cómo llegó a dar un paso tan atrevido. El  descontento nace por un motivo de tipo ritualista y alimenticio: nos vienen a la mente los reproches que dirigían los fariseos a Jesús porque se sentaba a la mesa con publícanos y pecadores (Le 5,30). Aunque también puede ser un pretexto destinado a esconder el verdadero reproche: ¿cómo ha podido atreverse Pedro a bautizar sin hacer aceptar primero toda la iniciación judía?

Éste es el verdadero objeto del contencioso: ¿se puede ser cristiano sin pasar por el judaísmo? Pedro comprende que los argumentos no habrían bastado para convencer, y por eso pasa a la narración de los hechos. De éstos se desprende que ha sido claramente Dios quien, a través de una cadena de acontecimientos, le ha «obligado» a tomar esta decisión.

El clima general del ambiente de la Iglesia de Jerusalén es de gran franqueza, pero también y sobre todo de verdadera fraternidad y apertura a la acción del Espíritu.

Los obstáculos todavía no han caído del todo, ya que sus convicciones están arraigadas y sus costumbres son inveteradas. Pero la conclusión muestra una satisfacción admirada: «¡Así que también a los paganos les ha concedido Dios la conversión que lleva a la vida!». La sucesión de los acontecimientos, guiados como es evidente por la mano de Dios, ha abierto ahora el camino de la predicación a los paganos. La autoridad de Pedro es la garantía más segura.

 

Evangelio: Juan 10,1-10

En aquel tiempo, dijo Jesús:

1 Os aseguro que quien no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino por cualquier otra parte, es ladrón y salteador.

2 El pastor de las ovejas entra por la puerta.

3 A éste le abre el guarda para que entre, y las ovejas escuchan su voz; él llama a las suyas por su nombre y las saca fuera del redil.

4 Cuando han salido todas las suyas, se pone delante de ellas y las ovejas le siguen, pues conocen su voz.

5 En cambio, nunca siguen a un extraño, sino que huyen de él, porque su voz les resulta desconocida.

6 Jesús les puso esta comparación, pero ellos no comprendieron su significado.

7 Entonces Jesús se lo explicó: - Os aseguro que yo soy la puerta por la que deben entrar las ovejas.

8 Todos los que vinieron antes que yo eran ladrones y salteadores. Por eso, las ovejas no les hicieron caso.

9 Yo soy la puerta. Todo el que entre en el redil por esta puerta estará a salvo, y sus esfuerzos por buscar el sustento no serán en vano.

10 El ladrón va al rebaño únicamente para robar, matar y destruir. Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud.

  

**• En el «Discurso del buen pastor» prosigue y profundiza Jesús en la autorrevelación mesiánica: mientras, en la primera parte (vv. 1-10), se define como el pastor contrapuesto a los «ladrones y salteadores», en el fragmento de la liturgia de hoy se pone la atención en el adjetivo «buen» (lit., «bello»), que califica a Jesús como el pastor ideal, modelo de los pastores, es decir, de los guías espirituales y políticos del rebaño de Israel (cf. Sal 23 y 79). En este caso, la figura que se le contrapone es la del «asalariado» (v. 12).

El diferente modo de proceder de cada uno permite distinguir entre el verdadero pastor y el asalariado. El primero no huye cuando llega el peligro, no abandona el rebaño, mientras que el segundo -que actúa por su interés personal- sólo tiene en cuenta salvar su propia vida y sus intereses. Sin embargo, hemos de subrayar también otro aspecto: el buen pastor que es Jesús llega incluso a ofrecer su vida no sólo a través del trabajo diario, sino a través de la muerte aceptada por sus ovejas, en su lugar, demostrando así ponerlas por delante de sí mismo de manera absoluta. Eso no lo hace ningún pastor de ganado. Esta semejanza ilumina sobre todo el amor de Dios, cuya realidad, no obstante, sigue siendo inexpresable

El amor del buen pastor que aparece en los vv. 14s está expresado sobre todo en términos de «conocimiento», o sea, de comunión profunda entre Jesús y sus ovejas.  Éste es el reverbero transparente de la relación que existe entre el Padre y Jesús, una relación de entrega absoluta y desinteresada que se difunde y rebosa sobre los otros: «Lo mismo que mi Padre me conoce a mí y yo le conozco a él; y yo doy mi vida por las ovejas». Jesús no habla aquí de «sus» ovejas, sino de «las» (todas) ovejas, aludiendo así a su misión respecto a toda la humanidad, que ha venido a reunir para volver a llevarla al Padre, como esposa toda bella, sin arruga ni mancha.

 

 

MEDITATIO

Jesús se presenta como el buen pastor, pero hoy son pocos los que desean asumir el papel de «oveja», y menos aún el de oveja dócil. Menos todavía pertenecer a un rebaño. Existe en nuestros días una alergia innata a formar parte de un rebaño conducido por otros. ¿Se deberá al sentido de la dignidad personal? ¿Será la conciencia de los derechos de la persona? ¿Será la cultura democrática la que nos impide aceptar de buen grado esta imagen -pastoral, es cierto, aunque también paternalista-?

Una imagen contaminada además por recuerdos o por relatos de abusos por parte de pastores que han «esquilado» al rebaño, en vez de apacentarlo con benevolencia y discreción, por el recuerdo de no lejanos guías políticos que engañaron a las masas con discursos fascinantes y trágicos.

Jesús, sin embargo, se presenta como el pastor de los pastos eternos que conoce senderos que ningún otro conoce, que muestra de un modo bastante eficaz que es un pastor diferente, que no se limita a decir, sino que «llega a entregar su vida» para avalar su petición de convertirse en guía verdadero y bueno hacia las metas definitivas. No hay por su parte ninguna pretensión de dominio, ninguna petición de sometimiento, ninguna condición de renuncia a nuestra propia dignidad. Sólo pide que nos fiemos de él, que nos confiemos a él, para llegar a la meta. Está tan desprendido de todo poder, tan entregado a su acción de guía manso y seguro, que da su propia vida por las ovejas.

Por mí, de un modo particular y eficaz desde ahora, en la medida en que deseo ser guiado por él hacia la vida eterna.

 

ORATIO

También yo me encuentro, Señor, no pocas veces, entre los que no desean ser guiados demasiado por ti. Sin embargo, es entonces cuando me dejo guiar por este mundo. Queriendo huir de tu rebaño, me agrego al rebaño que camina sin meta y sin esperanza. O bien, sin preocuparme por lo que pasará mañana, prefiriendo vivir mi jornada con mis opiniones, que son después las de la mayoría que vagan por senderos que no llevan a ninguna parte. Veo que estoy terriblemente condicionado por el pensamiento de mi ambiente, que me resulta difícil salir del rebaño de quien vive su propia vida tranquilamente.

Te pido, Señor, que me ilumines para que pueda comprender que tú eres la luz, el guía, el camino. E ilumíname también para que comprenda que entrar en tu rebaño no supone conducir mi cerebro al montón, sino ponerlo en los senderos de la vida, unos senderos que sólo tú conoces, porque has bajado del cielo para indicarnos el camino que lleva al cielo. Especialmente en los días serenos, cuando las luces de este mundo brillan y nos atraen, ilumina mi corazón para que no me pierda, sino que te sienta como pastor dulce y guía digno de confianza.

 

CONTEMPLATIO

El buen pastor se hace hierba del pasto para quien se convierte en oveja suya. Por eso, lo primero que te enseña la Iglesia es que debes hacerte oveja del buen pastor y dejarte guiar por la catequesis hacia los pastos y las fuentes de la enseñanza, para ser sepultado con él mediante el bautismo en su muerte, y sin tener miedo de una muerte semejante. Y es que no se trata de muerte, sino de «sombra de la muerte», de una imagen [...].

Después, te apoya con el cayado del Espíritu Santo porque el Espíritu Santo es el consolador. Prepara con todo lujo para ti la mesa de la Palabra de Dios, frente a la mesa de tus adversarios, los demonios. Te perfuma la cabeza con el aceite del Espíritu. Te limpia el cáliz del vino que alegra el corazón y suscita en tu espíritu esa sobria embriaguez que te disuade de las cosas pasajeras, sumergiéndote en las eternas. Quien ha gustado esta ebriedad pasa de esta vida fugaz a la eterna y habita en la casa del Señor a lo largo de los días (Gregorio de Nisa).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 23,1).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Los guías religiosos -sacerdotes, ministros, rabinos o imanes pueden ser admirados y reverenciados, aunque también odiados y despreciados. Esperamos que nuestros guías religiosos nos lleven más cerca de Dios con sus oraciones, su enseñanza, su guía. Por eso, vigilamos su comportamiento con atención y escuchamos de manera crítica sus palabras. Pero precisamente porque esperamos de ellos, a menudo sin darnos cuenta, algo más grande que un comportamiento humano, nos sentimos fácilmente decepcionados o incluso nos sentimos traicionados cuando se muestran tan humanos como nosotros. Nuestra admiración absoluta se transforma rápidamente en un odio ilimitado.

Intentemos amar a nuestros guías religiosos, perdonar sus culpas y verlos como hermanos y hermanas. De este modo dejaremos que ellos, a través de su humanidad rota, nos lleven más cerca del corazón de Dios (H. J. M. Nouwen, Pane per il viaggio, Brescia 1997, p. 113 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]).

 

Día 19

Martes de la cuarta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 11,19-26

En aquellos días,

19 los discípulos que se habían dispersado a causa de la persecución provocada por el caso de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, pero sin predicar la Palabra a nadie más que a los judíos.

20 Había, sin embargo, entre ellos algunos chipriotas y cirenenses, los cuales, al llegar a Antioquía, predicaban también a los no judíos, anunciándoles la Buena Noticia de Jesús, el Señor.

21 El poder del Señor estaba con ellos, y fue grande el número de los que creyeron y se convirtieron al Señor.

22 La noticia llegó a oídos de la iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía.

23 Cuando éste llegó y vio lo que había realizado la gracia de Dios, se alegró y se puso a exhortar a todos para que se mantuvieran fieles al Señor,

24 pues era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una considerable multitud se adhirió al Señor.

25 Después fue a Tarso a buscar a Saulo. –

26 Cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía, y estuvieron juntos un año entero en aquella iglesia, instruyendo a muchos. En Antioquía fue donde se empezó a llamar a los discípulos «cristianos».

 

*•»• Lo que Pedro realizó con Cornelio lo llevan a cabo también los discípulos perseguidos y dispersados y, además, a gran escala. Los helenistas, expulsados de Jerusalén, se transforman en misioneros y predican en Samaría, Fenicia, Chipre y Antioquía, dirigiéndose asimismo a los griegos, es decir, a los paganos. Antioquía, situada en la parte septentrional de Siria, junto al Mediterráneo, aparece como el lugar privilegiado de la misión a los paganos, como polo de difusión del «nuevo camino» entre los griegos. Es también el lugar donde percibe la gente la nueva realidad representada por los cristianos, su diferencia respecto a los judíos, su identidad específica y, por consiguiente, el nuevo nombre. Pero Jerusalén vigila: las mismas reservas que aparecieron respecto a la actuación de Pedro surgen ahora con respecto a la comunidad de Antioquía. Y se envía una «inspección». Afortunadamente, se escoge al hombre justo, Bernabé, que no por nada recibe el nombre de «hombre que infunde ánimo», el cual, por encontrarse «lleno del Espíritu Santo», estaba en condiciones de discernir la obra del mismo Espíritu y de comprender sus caminos. Y, por consiguiente, de animar a perseverar en el camino emprendido. Se presenta a Bernabé con gran simpatía: no sólo sabe ver la dirección de la historia de la salvación, sino comprender también que hacen falta hombres justos para secundar la acción del Espíritu. Por eso no se queda mano sobre mano, sino que se va a «repescar » a Pablo, olvidado en Tarso, pero ahora maduro para las grandes empresas misioneras, y lo introduce en el clima vivaz y dinámico de Antioquía.

 

Evangelio: Juan 10,22-30

Era invierno. Se celebraba en Jerusalén la fiesta que conmemoraba la dedicación del templo.

23 Jesús estaba en el templo, paseando por el pórtico de Salomón.

24 En esto, se le acercaron los judíos, se pusieron a su alrededor y le dijeron: - ¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si eres el Cristo, dínoslo claramente de una vez.

25 Jesús les respondió: - Os lo he dicho con toda claridad y no me habéis creído. Las obras que yo hago por la autoridad recibida de mi Padre dan testimonio de mí;

26 vosotros, sin embargo, no me creéis porque no pertenecéis a las ovejas de mi rebaño.

27 Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen.

28 Yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre; nadie puede arrebatármelas.

29 Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de manos de mi Padre.

30 El Padre y yo somos uno.

 

**• Es la fiesta de la Dedicación, la que se celebra en Jerusalén durante el período invernal. Jesús pasea por el pórtico de Salomón por el lado oriental, que mira al valle del Cedrón. Se le acercan algunos y le plantean una pregunta sobre su identidad mesiánica (v. 24), una pregunta que tiene la apariencia de un interés sincero, aunque en realidad es insidiosa y provocativa. Jesús responde en dos momentos sucesivos: en primer lugar, sobre el mesiazgo (vv. 25-31) y, a continuación, sobre la divinidad (vv. 32-39).

Estamos ante la magna polémica que enfrentaba a Jesús con sus enemigos. Jesús ya había presentado antes de varios modos sus propias credenciales de Hijo de Dios y de enviado del Padre, especialmente a través de sus obras extraordinarias. Hubieran debido captar su mesiazgo y creer en su misión, pero lodo intento había resultado inútil (vv. 25s). Si muchos no aceptan su testimonio, la verdadera razón de ello consiste en el hecho de que no pertenecen a sn rebaño. En cambio, quien escucha da pruebas de pertenecer al nuevo pueblo de Dios (vv. 27s). Juan pone en boca de Jesús tres afirmaciones que señalan la identidad de las ovejas y sus características con respecto a Jesús: «Escuchan mi voz», «me siguen» y «no perecerán para siempre».

Los creyentes, que caminan en la verdad y en la luz, tendrán que sufrir, pero la vida de comunión con Cristo, vencedor de la muerte, les da la seguridad de la victoria. Su vida es asimismo para siempre comunión con el Padre, cuya mano, más poderosa que todo, los sostiene y los protege con la donación de su Hijo. La seguridad plena y definitiva que Jesús y el Padre garantizan a los creyentes se fundamenta en su profunda unidad y comunión: «El Padre y yo somos uno» (v. 30).

 

MEDITATIO

Nosotros pertenecemos a Jesús porque Jesús pertenece al Padre. Somos una sola cosa con Jesús porque Jesús es una sola cosa con el Padre. Creemos en las obras de Jesús porque Jesús realiza las obras del Padre.

Jesús quiere establecer conmigo la misma relación que él tiene con el Padre. Por eso escucho su voz, que es eco de la voluntad del Padre. Por eso le sigo, porque él me conduce al Padre. Por eso me aferró a él, para no perecer nunca, porque sé que me conduce al Padre.

Las afirmaciones de Jesús son imponentes, en especial para un judío: dice que es uno con el Padre, con Dios, con el Altísimo, con el creador del cielo y de la tierra, con el ser que está por encima de todos los otros seres. Éstas y otras afirmaciones, particularmente numerosas en el evangelio de Juan, sorprenden, aturden, dejan sin aliento, y así debió de ocurrirles a sus interlocutores.

También hoy le ocurre lo mismo a quien se queda perplejo frente a tamaña pretensión o presunción o luz deslumbrante. Pero Juan no atenúa nada, no hace descuentos; procede sobre la cresta de afirmaciones que dan vértigo, que requieren valor, pero que también permiten «no perecer para siempre». Precisamente porque toman su luminosidad de la luz misma de Dios.

 

ORATIO

Ilumina, Señor, mi corazón, tardo para comprender; abre mi mente a la comprensión de tu Palabra, tan grande que en ocasiones me desconcierta. También a mí me viene en algunos momentos la tentación de decirle: «Te escucharé en otra ocasión». En medio de la complejidad de nuestra sociedad, en medio de la presentación de tantas opiniones, incluso religiosas, frente al pulular de tantas divinidades, viejas  o nuevas, desde la incertidumbre que en ocasiones hace presa en mí, puedo comprender el desconcierto e incluso el escepticismo de muchos de mis hermanos. Éstos son «ovejas errantes sin pastor», porque es posible que tu voz haya resonado alguna vez en sus oídos, pero ha sido arrollada por demasiadas voces, por demasiadas opiniones, por demasiados maestros de vida o de muerte.

Te suplico, Señor, por mí, que me acerco a tu Palabra: confírmala en mi corazón con la evidencia que sólo tu Espíritu puede darle. Te suplico también, Señor, por mis hermanos, inseguros, perdidos, confusos: habíales al corazón, hazte oír no como un maestro entre tantos, sino como el Maestro, porque tú eres «uno con el Padre».

 

CONTEMPLATIO

He aquí, hermanos, un gran misterio que hace pensar. El sonido de nuestras palabras impacta en nuestros oídos, pero el verdadero Maestro está dentro de vosotros.

Que nadie piense que puede aprender algo de un hombre. La enseñanza exterior es sólo una ayuda, un reclamo. El que enseña a los corazones tiene su cátedra en el cielo. Que sea, pues, él quien hable dentro de vosotros, allí donde ningún hombre puede penetrar, puesto que, aunque alguien pueda estar a tu lado, nadie puede estar en tu corazón.

Y que no haya nadie en tu corazón: que en él esté Cristo, su unción, a fin de que tu corazón no permanezca sediento en el desierto, sin una fuente donde calmar su sed. En consecuencia, es interior el Maestro que enseña.

Es Cristo quien enseña con sus inspiraciones. Cuando nos faltan sus inspiraciones y su unción, en vano alborotan las palabras de fuera (Agustín, Comentario a la Primera carta de Juan, m,13).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Esculpe, Señor, la Palabra en mi corazón».

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Leer significa a menudo recoger información, adquirir nuevas perspectivas y nuevos conocimientos y dominar un nuevo campo del saber. Puede conducirnos a una licenciatura, a un título, a un certificado. La lectura espiritual, sin embargo, es diferente. No significa simplemente leer cosas espirituales; significa también leer las cosas espirituales de modo espiritual. Esto requiere disponibilidad no sólo para leer, sino también para ser leídos; no sólo para dominar las palabras, sino para ser dominados.

Mientras leamos la Biblia o un libro espiritual simplemente para adquirir conocimiento, nuestra lectura no nos ayudará en nuestra vida espiritual. Podemos llegar a ser grandes expertos en cuestiones espirituales, sin llegar a ser de verdad personas espirituales. Al leer las cosas espirituales de modo espiritual, abrimos el corazón a la voz de Dios. Debemos estar dispuestos a dejar aparte el libro que estamos leyendo y escuchar simplemente lo que Dios nos dice a través de sus palabras (H. J. M. Nouwen, Pane per ¡I viaggio, Brescia 1997, p. 118 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]). 

 

Día 20

Miércoles de la cuarta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

 

LECTIO

Primera lectura*. Hechos de los Apóstoles 12,24-25-, 13,l-5a

24 Entre tanto, la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba.

25 Bernabé y Saulo, cumplida su misión, volvieron de Jerusalén, llevando consigo a Juan, llamado Marcos.

13,1 En la iglesia de Antioquía había profetas y doctores: Bernabé, Simón el Moreno, Lucio el de Cirene, Manaén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.

2 Un día, mientras celebraban la liturgia del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: - Separadme a Bernabé y a Saulo para la misión que les he encomendado.

3 Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron.

4 Enviados, pues, por el Espíritu Santo, Bernabé y Saulo bajaron a Seleucia, y de allí se embarcaron rumbo a Chipre.

5 Llegados a Salamina, anunciaban la Palabra de Dios en las sinagogas de los judíos.

 

**• Se produce una escasez, y la comunidad de Antioquía, por medio de Bernabé y Saulo, envía ayuda a Jerusalén. Éste es el inicio de un constante «intercambio de dones» entre las Iglesias. Santiago ha sido condenado a muerte, Pedro ha sido encarcelado y liberado; muere el perseguidor Herodes Agripa, «roído por los gusanos».

«Entre tanto, la Palabra de Dios crecía y se multiplicaba»: los acontecimientos humanos sirven de fondo al acontecimiento divino de la carrera de la Palabra por el mundo. La comunidad de Antioquía, como ya sabemos, se muestra vivaz y está dotada de profetas y doctores, es decir, de personas que saben señalar la novedad de Dios y saben explicar su Palabra. Pablo y Bernabé, vueltos a Antioquía con Juan Marcos, tienen ante ellos la evangelización de la gran ciudad, de cerca de medio millón de habitantes, pero el Espíritu (¿a través de un oráculo de alguno de los profetas?) les destina a la misión del vasto mundo.

¿Será ésta la verdadera voluntad de Dios? La respuesta procede del ayuno y de la oración: sí, es voluntad de Dios. No queda más que imponerles las manos, signo con el que se confía al Espíritu y se comparten las responsabilidades: la misión aparece, ya desde sus comienzos, como obra del Espíritu y del envío y colaboración de la Iglesia. La misión que construye la Iglesia no se realiza, por consiguiente, sin el discernimiento de la Iglesia, que ayuna y ora para que su obra sea lo más conforme posible al obrar del Espíritu.

 

Evangelio: Juan 12,44-50

En aquel tiempo,

44 Jesús afirmó solemnemente: - El que cree en mí, no solamente cree en mí, sino también en el que me ha enviado;

45 y el que me ve a mí ve también al que me envió.

46 Yo he venido al mundo como la luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.

47 No seré yo quien condene al que escuche mis palabras y no haga caso de ellas, porque yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvarlo.

48 Para aquel que me rechaza y no acepta mis palabras hay un juez: las palabras que yo he pronunciado serán las que le condenen en el último día.

49 Porque yo no hablo en virtud de mi propia autoridad; es el Padre, que me ha enviado, quien me ordenó lo que debo decir y enseñar.

50 Y sé que sus mandamientos llevan a la vida eterna. Por eso, yo enseño lo que he oído al Padre.

 

*• La perícopa constituye el epílogo de la vida pública: es el último fragmento del «libro de los signos» de Juan. El propio Jesús dirige una clara y definitiva llamada a todos los discípulos para que orienten su propia vida en lo esencial con una adhesión convencida y vital a su divina Palabra. Estas palabras son válidas y actuales para cualquier tiempo de la Iglesia.

Antes que nada, recuerda Cristo que el objeto de la fe reposa en el Padre, que ha enviado a su propio Hijo al mundo. Entre el Padre y el Hijo hay una vida de comunión y de unidad, por lo que «el que crea» en el Hijo cree en el Padre, y «el que ve» al Hijo ve al Padre. Existe una plena identidad entre el «creer» en Jesús y el «ver» a Jesús, entre el «creer» en el Padre y el «ver» al Padre.

Para el evangelista, nos encontramos frente a un ver sobrenatural que experimenta el que acoge la Palabra del Hijo de Dios y la vive. Cristo, es decir, la plena revelación de Dios, es el «rostro» de Dios hecho visible. Quien se adhiere a él reconoce y acepta el amor del Padre.

Desde el Padre y el Hijo, pasa Juan, a continuación, a considerar «el mundo» en el que viven los hombres. Quien tiene fe en Jesús entra en la vida y en la luz.

Ahora bien, la necesidad de creer en el Hijo y en su misión está motivada por el hecho de que él es «la luz del mundo» (Jn 8,12; 9,5; 12,35s). Quien acoge la luz de la vida escapa de las tinieblas de la muerte, de la incomprensión y del pecado, y se salva a sí mismo de la situación de ceguera en la que con frecuencia se encuentra el hombre. En efecto, el verdadero discípulo es el que cree, guarda en su corazón y pone en práctica las palabras de Jesús. Por el contrario, el que no cree ni vive las exigencias del Evangelio incurre en el juicio de condena y, el último día, será cribado por la misma Palabra de vida que no ha acogido.

 

MEDITATIO

En el evangelio de hoy encontramos palabras de confianza y palabras de temor. Palabras de vida y de muerte.

Palabras de salvación y de condena. Es cierto que Jesús no ha venido «para juzgar el mundo». Sin embargo, su Palabra y su misión realizan automáticamente un juicio y se convierten en el criterio último de verdad y de praxis.

Mi actitud con Jesús y con su Palabra lleva a cabo hoy el juicio, el presente y el futuro. En la persona de Cristo está la realidad definitiva. Y he de hacer frente, aquí y ahora a esta realidad, porque es lo definitivo lo que sopesa lo que pasa, es lo eterno lo que criba lo transitorio.

Es hoy cuando decido mi destino eterno. Es hoy cuando debo compararme con Cristo, es hoy cuando debo configurarme con la Palabra. Es hoy cuando mi vida está suspendida entre la vida y la muerte, entre la luz y las tinieblas, entre el todo y la nada.

Importancia del momento presente. Importancia decisiva del instante que estoy viviendo. Valor eterno de este fugacísimo momento. Valor del hoy para mi destino eterno. Recuperación del sentido de la dramática ambivalencia del momento presente, tan vivo en muchos santos. ¿Hacia dónde estoy orientado hoy, en este momento, en lo hondo de mi corazón?

 

ORATIO

Concédeme, Padre, que me deje empapar por estas palabras tuyas de salvador y de juez. Haz que, a pesar de la carga de miseria que soy, no pierda la confianza, no me aleje de ti entristecido y desalentado, sino que acuda a ti para dejarme iluminar por tu luz, revigorizar por tu vitalidad, deseoso de recuperar tu vida.

Concede a mi corazón asustado ver bajo la dureza de tus palabras la voluntad de recuperarme y salvarme.

Concédeme, pues, oírlas como una ayuda concreta para no perder la vida eterna que has preparado para mí.

Sé que quieres salvarme y que por eso has enviado a tu Hijo, que me ha transmitido tus palabras. Te suplico que ninguna de mis culpas me haga perder la confianza en que tú quieres mi salvación y no mi condena; que quede siempre, por tanto, una rendija de esperanza para mí, porque eres un Dios benévolo incluso cuando te muestras severo. Padre bueno y misericordioso, esculpe en mi corazón las palabras de tu Hijo para que yo pueda gustar hoy, mañana y siempre tu salvación.

 

CONTEMPLATIO

Las divinas Lecturas, si bien, por un lado, levantan nuestro ánimo para que no nos aplaste la desesperación, por otro nos infunden miedo para que no nos agite el viento de la soberbia. Seguir el camino de en medio, verdadero, recto, que -como decimos también corre entre la izquierda de la desesperación y la diestra de la presunción, nos resultaría muy difícil si Cristo no nos hubiera dicho: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Como si hubiera dicho: ¿Por dónde quieres ir?

Yo soy el camino. ¿Adonde quieres ir? Yo soy la verdad. ¿Dónde quieres permanecer? Yo soy la vida. Caminemos, pues, con seguridad por este camino, pero temamos también las insidias que nos amenazan (Agustín, Sermón 142, 1, passim).

  

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Brille sobre nosotros la luz de tu rostro» (Sal 4,7b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El gran misterio de la encarnación es que Dios tomó en Jesús la carne humana, a fin de que toda carne humana pudiera revestirse de la vida divina. Nuestras vidas son frágiles y están destinadas a la muerte; ahora bien, puesto que Dios, a través de Jesús, ha compartido nuestra vida frágil y mortal, ya no tiene la muerte la última palabra. La vida ha salido victoriosa.

Escribe el apóstol Pablo: «Cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15,54). Jesús ha suprimido la fatalidad de nuestra existencia y le ha dado a nuestra vida un valor eterno (H. J. M. Nouwen, Pane per il viaggio, Brescia 1997, p. 11 3 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]). 

 

Día 21

Jueves de la cuarta semana de pascua o s. Anselmo

Liturgia de las Horas de hoy

 

Anselmo nació en Aosta en el año 1033-1034 y, siendo muy joven, sintió la llamada a la vida monástica, pero su padre se opuso claramente. Al quedarse huérfano de madre, huyó de casa y en su vagabundeo llegó a Normandía. El encuentro con Lanfranco, prior de la abadía de Notre Dame du Bec, despertó en él el deseo del claustro. Tras abandonar el mundo, entró en esta abadía, de la que se convirtió en abad el año 1078. Éste fue el período más fecundo para su actividad intelectual, que hizo de él uno de los más insignes representantes de la teología medieval. En 1093 fue consagrado arzobispo de Canterbury y primado de Inglaterra: pasó trece años de durísimos enfrentamientos con el poder político, culminados con dos exilios. Murió el 21 de abril de 1109.

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 13,13-25

13 Pablo y los suyos zarparon de Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Pero Juan los dejó y se volvió a Jerusalén.

14 Ellos, pasando más allá de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. Allí entraron en la sinagoga el sábado y se sentaron.

15 Después de la lectura de la Ley y de los profetas, los jefes de la sinagoga les hicieron esta invitación: - Hermanos, si tenéis algo que decir a la asamblea, hablad.

16 Pablo entonces se levantó, impuso silencio con la mano y dijo: - Israelitas y los que teméis a Dios,

17 escuchad. El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros antepasados y engrandeció al pueblo durante su permanencia en Egipto; después los sacó de allí con brazo fuerte,

18 y por espacio de cuarenta años los cuidó en el desierto.

19 Después de destruir siete naciones en Canaán, les dio en herencia sus tierras.

20 Esto duró unos cuatrocientos cincuenta años. Después les dio jueces hasta los tiempos del profeta Samuel.

21 Pidieron luego un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años.

22 Depuesto Saúl, les puso como rey a David, de quien hizo esta alabanza: He hallada a David, hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, el cual hará siempre mi voluntad.

23 De su posteridad, Dios, según su promesa, suscitó a Israel un Salvador, Jesús.

24 Antes de su venida, Juan había predicado a todo el pueblo de Israel un bautismo de penitencia.

25 El  mismo Juan, a punto ya de terminar su carrera, decía: «Yo no soy el que pensáis. Detrás de mí viene uno a quien no soy digno de desatar las sandalias».

 

**• Fue en Chipre donde tuvo lugar la conversión del procónsul romano Sergio Paulo. A partir de ese momento se llama a Saulo con el nombre romano de Pablo.

Por otra parte, este último pasa, de colaborador de Bernabé, a primer plano, convirtiéndose en el verdadero jefe de la expedición. A partir de ahora habla Lucas de «Pablo y Bernabé». Con este episodio, puede decirse que comienzan los «Hechos de Pablo». De Perge a Antioquía de Pisidia, situada en el corazón de la actual Turquía, hay unos quinientos kilómetros. Había que recorrerlos a pie, atravesando los montes del Tauro, expuestos a variaciones térmicas y los peligros de salteadores. Quizás se debiera a esto la vuelta a Jerusalén de Juan-Marcos.

Pero el interés de Lucas está totalmente concentrado en la Palabra. Ésta es anunciada en la sinagoga de la ciudad en el marco de una celebración litúrgica. Existe un paralelismo entre el discurso programático de Jesús (cf. Le 4,16-20) y este discurso, asimismo programático, de Pablo. Este último parte, en su argumentación, de las grandes líneas de la historia bíblica y centra su discurso en el rey David, a quien está ligada la promesa del Salvador.

La historia de Israel está presentada a grandes rasgos, porque todo en ella debe conducir a aquel que será el cumplimiento de la promesa, anunciado inmediatamente antes de la predicación de un bautismo de penitencia por parte de Juan. Presenta a Jesús como el mejor fruto de la historia de Israel y como el cumplimiento de sus esperanzas. Debemos señalar que la difusión de las comunidades judías en la diáspora, en las distintas legiones del Imperio romano, será un terreno ya preparado para recibir el mensaje de los primeros misioneros cristianos. Tienen en común una historia y una promesa. Y tienen también en común una organización capilar de base, de la que parten para el anuncio de la Buena Noticia.

 

Evangelio: Juan 13,16-20

En aquel tiempo, tras haber lavado Jesús los pies a sus discípulos, les dijo:

16 Yo os aseguro que un siervo no puede ser mayor que su señor, ni un enviado puede ser superior a quien lo envió.

17 Sabiendo esto, seréis dichosos si lo ponéis en práctica.

18 No estoy hablando de todos vosotros; yo sé muy bien a quiénes he elegido. Pero hay un texto de la Escritura que debe cumplirse: El que come mi pan se ha vuelto contra mí.

19 Os digo estas cosas ahora, antes de que sucedan, para que cuando sucedan creáis que yo soy.

20 Os aseguro que todo el que reciba a quien yo envíe, me recibe a mí mismo y, al recibirme a mí, recibe al que me envió.

 

**• El fragmento conclusivo del lavatorio de los pies vuelve sobre el tema del amor hecho humilde servicio.

Existe un misterio por comprender que va más allá del hecho concreto, y que la comunidad cristiana debe acoger y revivir: practicar la Palabra de Jesús y vivir la bienaventuranza del servicio hecho amor recíproco. El Señor subraya, en la intimidad de la última cena, que la vida cristiana no es sólo comprender, sino también «practicar»; no sólo conocer, sino «hacer» siguiendo su ejemplo.

Toda la acción cristiana nace del «hacer» que tiene su razón en la disponibilidad para todos los demás. El amor que salva es aceptar, en la fe, la propia aniquilación y la práctica de su ejemplo como regla de vida. Al arrodillarse ante sus discípulos para lavarles los pies, Jesús se entrega a ellos y realiza el gesto de su muerte en la cruz. Al humillarse ante ellos, les invita a entrar en la plenitud de su amor y a entregarse recíprocamente.

Con la invitación a imitar su ejemplo en la vida, Jesús se dirige a sus discípulos y, en particular, a aquel que iba a traicionarlo. El pensamiento de que uno de los suyos lo iba a entregar aflige profundamente al rabí. Con todo, su amor abraza a todos y no excluye ni siquiera al traidor de los gestos de bondad y de servicio. Lo único que le preocupa es que los otros discípulos no sufran el escándalo que provocará la traición de Judas, e intenta prevenirlos de esto citando un pasaje de la Escritura: «Hasta mi amigo íntimo, en quien yo confiaba, el que compartía mi pan, me levanta calumnias» (Sal 41,10).

La denuncia anticipada, por parte del Maestro, de la traición de Judas se convierte para los discípulos en una prueba ulterior de su divinidad y en la confirmación de su presencia en todos los hechos relativos a su vida y a su muerte (v. 19). El destino de todo apóstol va ligado, inseparablemente, al de Jesús y, por medio de éste, al Padre (v. 20).

 

MEDITATIO

El Padre envía al Hijo, el Hijo envía a sus discípulos; y así como el Hijo repite el comportamiento del Padre, también los fieles de Jesús deben repetir el comportamiento del Hijo. Ahora bien, los discípulos saben que Jesús se ha comportado como un siervo que, reconociendo en cada hombre a su propio señor, se dedica a él, incluso en el más humilde de los servicios, según el significado simbólico del lavatorio de los pies. Pero como la ley del servicio es dura, pronto es removida y sustituida o suavizada o manipulada. Se habla así de servicio, se teoriza sobre él, pero nos mantenemos alejados del humilde servicio activo.

Por eso proclama Jesús bienaventurados no a los que hablan de servicio, sino a quienes lo practican. ¿Acaso le traicionó Judas por esto? ¿Pensaba acaso que aunque Jesús hablara de servicio, entendía de hecho el servicio del poder? ¿No se marcharía cuando vio que el servicio, para Jesús, era precisamente el de los auténticos siervos, una realidad dura y no una palabra para adornarse? ¿Y yo, cómo me sitúo ante el servicio? ¿Conozco la sonoridad y la popularidad de la Palabra más que su humilde y a menudo humillante realidad? ¿Medito en el servicio para hablar bien de él o para convencerme de que debo rebajarme a servir?

 

ORATIO

Sí, Señor mío, también yo pertenezco a la categoría de los siervos de nombre y de los servidos de hecho. Me gustaría ser considerado siervo tuyo, y algo menos ser considerado siervo de los otros. Porque si bien, teniendo todo en cuenta, ser considerado siervo tuyo es algo que gratifica, convertirse en siervo de los hombres no parece ni agradable ni honorable. Y por eso no he gustado aún la bienaventuranza del servicio: demasiadas palabras y pocos hechos; mucha teoría y poca práctica; mucha exaltación de los santos que han servido y poco compromiso con el servicio; muchas palabras hermosas para aquellos que me sirven y muy pocas ganas de pasar a su bando.

Señor misericordioso, abre mis ojos a las muchas ilusiones que cultivo sobre mi servicio; refuerza mis rodillas, que se niegan a plegarse para lavar los pies; da firmeza a mis manos, que se cansan de coger el barreño con el agua sucia por el polvo pegado a los pies de los viajeros que llaman a mi puerta. He de confesarte, Señor, que soy muy, muy débil, que ando muy lejos de tu ejemplo de vida. Concédeme tu Espíritu para ahuyentar mis miedos y para vencer mis timideces.

Señor, ten piedad de mis hermosas palabras sobre el servicio. Señor, ten piedad de mis escasas obras. Señor, ten piedad de mi corazón, que no conoce todavía la bienaventuranza del servicio verdadero y humillante.

 

CONTEMPLATIO

Lo que tiene de único el lavatorio de los pies es hacernos ver que estamos perdonados por anticipado y somos dignos de ser honrados. El ejemplo que deberán imitar siempre los apóstoles es esta actitud de respeto con cualquiera cuyo verdadero nombre está escrito en los cielos; una actitud de disponibilidad respecto a los hermanos. En conclusión, una actitud de misericordia: «Seréis dichosos si lo ponéis en práctica» (Jn 13,17).

Sí, porque todas las bienaventuranzas están incluidas en la misericordia, que se realiza en las mil formas inspiradas por el amor: también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros. «Un siervo no puede ser mayor que su señor» (Jn 13,16) (P. M. de la Croix, L'Évangile de Jean et son témoignage spirituel, París 19592, p. 397).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas» (Gal 6,2).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ha llegado la hora. Y el primer gesto que salta de aquel fatal golpe de gong, en un rito que parece predispuesto, es ir a coger un enroño. ¿Qué debe hacer quien sabe que dentro de poco morirá?

Si ama a alguien y tiene algo para dejarle, debe dictar su testamento. Nosotros nos nacemos traer papel y pluma. Cristo fue a coger un barreño, una toalla, y derramó agua en un recipiente. Aquí empieza el testamento; aquí, tras secar el último pie, podría terminar también...

«Os he dado ejemplo...» Si tuviera que escoger una reliquia de la pasión, escogería entre los flagelos y las lanzas aquel barreño redondo de agua sucia. Dar la vuelta al mundo con ese recipiente bajo el brazo, mirar sólo los talones de la gente; y ante cada pie ceñirme la toalla, agacharme, no levantar los ojos más allá de la pantorrilla, para no distinguir a los amigos de los enemigos. Lavar los pies al ateo, al adicto a la cocaína, al traficante de armas, al asesino del muchacho en el cañaveral, al explotador de la prostituta en el callejón, al suicida, en silencio: hasta que hayan comprendido.

A mí no se me ha dado ya levantarme para transformarme a mí mismo en pan y en vino, para sudar sangre, para desafiar las espinas y los clavos. Mi pasión, mi imitación de Jesús a punto de morir, puede quedarse en esto (L. Santucci, Una vita di Cristo. Volete andavene anche voi? Cinisello B. 1 9952, pp. 205-207, passim).

 

Día 22

Viernes de la cuarta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 13,26-33

En aquellos días, llegado Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga:

26 Hermanos, hijos de la estirpe de Abrahán, y los que, sin serlo, teméis a Dios, es a vosotros a quienes se dirige este mensaje de salvación.

27 Ciertamente, los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las palabras de los profetas que se leen todos los sábados.

28 Sin haber hallado en él ningún delito que mereciera la muerte, pidieron a Pilato que lo matase.

29 Y después de cumplir todo lo que acerca de él estaba escrito, lo bajaron del madero y lo sepultaron.

30 Pero Dios lo resucitó de entre los muertos.

31 Durante muchos días se apareció a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén, los cuales son ahora sus testigos ante el pueblo.

32 Y nosotros os anunciamos la Buena Noticia: que la promesa hecha a nuestros antepasados

33 Dios nos la ha cumplido a nosotros, sus descendientes, resucitando a Jesús, como está escrito también en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.

 

*» En este discurso -su primer discurso programático,  Pablo desarrolla los mismos argumentos de fondo del primer discurso de Pedro en Pentecostés. Debía ser un esquema habitual en los que anunciaban la Buena Noticia en los ambientes judíos: las antiguas promesas se han cumplido ahora, a pesar del rechazo por parte de los habitantes de Jerusalén, que entregaron a Pilato a un inocente, al que Dios despertó de los muertos. Los matices del discurso son distintos, pero la sustancia es la misma: Jesús, injustamente condenado, ha sido reconocido justo por Dios mediante la resurrección. Y ésta es «la palabra de salvación», ésta es la «Buena Nueva», ésta es la realización de «la promesa hecha a nuestros antepasados»: Dios es lo suficientemente fuerte para vencer el mal, incluso el más horrible. Dios dará la salvación a los que crean en su poder, el mismo poderque se manifestó en el acontecimiento pascual de Jesús.

Hemos de señalar que Pablo fundamenta el anuncio de la resurrección en declaraciones de «testigos». Pablo tiene mucho cuidado en no introducirse en el número de estos, con lo que reconoce su papel insustituible.

Él es sólo un portavoz de «lo que ha recibido». Con todo, se apresura a añadir: «Ynosotros os anunciamos la Buena Noticia», introduciéndose en el grupo de los evangelizadores. Nos anuncia la Palabra de salvación a nosotros, que somos los verdaderos hijos de Abrahán (Mt 3,9), los herederos de las promesas (Gal 3,16-29), el verdadero Israel de Dios (Gal 6,16), hoy, en este contexto concreto que es el nuestro.

 

Evangelio: Juan 14,1-6

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1 No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí.

2 En la casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos ese lugar.

3 Una vez que me haya ido y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo.

4 Vosotros ya sabéis el camino para ir adonde yo voy.

5 Tomás replicó: - Pero, Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?

6 Jesús le respondió: - Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre sino por mí.

 

**• Los apóstoles, reunidos en torno a Jesús en el cenáculo, después del anuncio de la traición de Judas, de las negaciones de Pedro y de la inminente partida del Maestro, han quedado profundamente afectados. El desconcierto y el miedo han inundado la comunidad. Jesús lee en el rostro de sus discípulos una fuerte turbación, un peligro para la fe, y por eso les anima a que tengan fe en el Padre y en él (v. 1).

Si el Maestro exhorta a sus discípulos a la confianza es porque él está a punto de irse a la casa del Padre a prepararles un lugar. No deben entristecerse por su partida, porque no los abandona; más aún, volverá para llevarlos con él (vv. 3s).

Los apóstoles no comprenden las palabras de Jesús. Tomás manifiesta su absoluta incomprensión: no sabe la meta hacia la que se dirige Jesús ni el camino para llegar a ella; y es que entiende las cosas en un sentido material. Jesús, en cambio, va al Padre y precisa el medio para entrar en contacto personal con Dios: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (v. 6).

Esta fórmula de revelación es una de las cumbres más elevadas del misterio de Cristo y de la vida trinitaria: el hombre-Jesús es el camino porque es la verdad y la vida. En consecuencia, la meta no es Jesús verdad, sino el Padre, y Jesús es el mediador hacia el Padre. La función mediadora del hombre-Jesús hacia el Padre está explicitada por la verdad y por la vida. El Señor se vuelve así, para todos los discípulos, el camino al Padre, por ser la verdad y la vida. Él es el revelador del Padre y conduce a Dios, porque el Padre está presente en él y habla en verdad. Él es el «lugar» donde se vuelve disponible la salvación para los hombres y éstos entran en comunión con Dios.

 

MEDITATIO

 Jesús también me dice a mí hoy: «No te inquietes». Tú sabías, Señor, que también había de llegar para mí el momento de la inquietud y la turbación. Para mí y para tantos otros como yo. ¿Cómo es posible que haya tantos odios y venganzas? ¿Tanta corrupción e indiferencia? ¿Tanta hambre de dinero y de poder? ¿Tanta violencia y tanta prepotencia? Fíjate cómo nuestras ciudades se han vuelto semejantes a Sodoma y Gomorra: ¿cómo es posible no sentirse inquieto?

Jesús responde a mi inquietud asegurándome que «también hay un lugar para mí» allí donde está él, un lugar preparado para quien, a pesar de la inquietud, persevera con él en las pruebas y en la tormenta. Y es que, en definitiva, también en el siglo XXI, sigue siendo él el camino, la verdad y la vida: con él es como podemos y debemos atravesar los ciclones de la avidez y de la sensualidad sin límites y los vientos gélidos de la injusticia y del cinismo.

Todas las fuerzas que nos desvían, todas las tendencias arrolladuras que nos exigen estar firmemente aferrados a él.

¿Quieren llevarte por otros caminos? Acuérdate de que él es el camino. ¿Quieren indicarte soluciones más adelantadas, más dignas del nuevo milenio? Acuérdate de que él es la verdad. ¿Quieren enseñarte cómo vivir de un modo más intenso y libre? Acuérdate de que él es la vida. Acuérdate de que con él puedes iniciar una reconstrucción no ilusoria, aunque no fácil.

 

ORATIO

Sostén, Señor, mi corazón vacilante; tú mismo ves lo difícil que es no quedar preso del asombro en este mundo que parece haber olvidado incluso que has venido a nosotros. Tú mismo estás viendo cómo estamos destruyendo, en unos pocos decenios, un patrimonio espiritual acumulado durante siglos mediante un tenaz trabajo misionero y pastoral. Tú mismo estás viendo cómo envejecen tus fieles, sin que lleguen demasiados refuerzos, cómo disminuye la práctica religiosa y el número de vocaciones, cómo se disgrega la familia, cómo son considerados tus fieles con cierta suficiencia.

Sostén, Señor, mi fe vacilante, porque no quiero abandonarte a ti, que eres todo para mí. Sostén esta débil esperanza mía, que quisiera ver el nuevo milenio iluminado por tu verdad. Sostén la cada vez menos vivida llama del amor por mis hermanos, a los que quisiera hacer el supremo regalo de dar testimonio de ti como el único que pone en contacto con el Dios vivo y verdadero.

Haz que las palabras que dijiste a Tomás venzan todo mi desánimo y triunfen sobre mi debilidad. Porque estoy seguro de que eres tú quien tiene la última palabra: «A ti, Señor, me acojo; no quede yo avergonzado para siempre» (cf. Sal 71,1).

 

CONTEMPLATIO

Mediante la continua invocación y el continuo recuerdo de nuestro Señor Jesucristo, se implanta en nuestra mente una especie de divina tranquilidad, siempre que no olvidemos la oración continua dirigida a él, la sobriedad sin tregua y la obra de la vigilancia. En verdad, intentamos realizar siempre del mismo modo y de una manera propia la invocación a Jesucristo nuestro Señor, gritando con un corazón ferviente, de modo que podamos tener parte y gustar el santo nombre de Jesús. La continuidad, en efecto, tanto para la virtud como para el vicio, es la madre de la costumbre, y la costumbre tiene, después, la misma fuerza que la naturaleza. La mente que llega a semejante tranquilidad persigue, a continuación, a los enemigos como el perro que caza las liebres en el bosquecillo. El perro, para devorarlas; la mente, para aniquilarlos (Hesiquio, Discurso sobre la sobriedad  y las virtudes unidas a la salvación del alma, 98).

 

ACTIO

          Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nadie escapa a la posibilidad de ser herido. Todos somos personas heridas, física, psicológica, mental, espiritualmente. La pregunta principal no es: «¿Cómo podemos esconder nuestras heridas?», a fin de que no nos resulten embarazosas, sino: «¿Cómo podemos poner nuestras heridas al servicio de los demás?».

Cuando las heridas dejan de ser una fuente de vergüenza y se vuelven fuente de curación, nos convertimos en curadores heridos. Jesús es el curador herido de Dios: por medio de sus heridas nos ha sanado de nuevo a nosotros. El sufrimiento y la muerte de Jesús han traído consigo alegría y vida; su humillación ha traído gloria; su rechazo ha traído una comunidad de amor. Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan curación a los otros (H. J. M. Nouwen, Pane per ¡I viaagio, Brescia 1997, p. 207 [trad. esp.: Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999]).

 

Día 23

Liturgia de las Horas de hoy

 

Sábado de la cuarta semana de pascua o s Jorge

         Abundantes documentos arqueológicos y literarios atestiguan el culto antiquísimo y muy pronto difundido en todos los países de Oriente y de Occidente de san Jorge, a quien la tradición da el título de gran mártir (siglo IV). En Lydda, la actual Lod (Palestina), son visibles todavía los restos arqueológicos de la basílica del cementerio, probable construcción constantiniana. En todos los países cristianos han florecido relatos de la gesta del santo, elogios y celebraciones litúrgicas, panegíricos realizados a menudo por grandes nombres, como Andrés de Creta, Venancio Fortunato o Gregorio de Tours. La leyenda del soldado vencedor del dragón, símbolo de la superación de los sacrificios humanos, ha facilitado la difusión de su culto. La Passio Georgii fue clasificada entre las obras apócrifas por el Decretum Gelasianum del año 496.

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 13,44-52

44 El sábado siguiente casi toda la ciudad se congregó para escuchar la Palabra del Señor.

45 Los judíos, al ver la multitud, se llenaron de envidia y se pusieron a rebatir con insultos las palabras de Pablo.

46 Entonces, Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía: - A vosotros había que anunciaros antes que a nadie la Palabra de Dios, pero puesto que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos.

47 Pues así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de las naciones para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra.

48 Los paganos, al oír esto, se alegraban y recibían con alabanzas el mensaje del Señor. Y todos los que estaban destinados a la vida eterna creyeron.

49 La Palabra del Señor se difundió por toda aquella región.

50 Los judíos, sin embargo, sublevaron a las mujeres distinguidas que adoraban al verdadero Dios, y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio.

51 Ellos, en señal de protesta, se sacudieron el polvo de los pies y se fueron a

Iconio.

52 Los discípulos, por su parte, estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

 

**• Se presenta aquí una problemática muy sentida por la comunidad cristiana primitiva: el rechazo del Evangelio por parte de los judíos y la consiguiente predicación a los paganos. En nuestros días estamos menos interesados en este tipo de problemas relacionados con el derecho de precedencia de Israel a la salvación. Sin embargo, en aquella época estos problemas se consideraban con una gran seriedad y están presentados con una gran frecuencia en los Hechos de los Apóstoles (13,46s; 18,6;28,28) y en tres capítulos (9-11) de la Carta a los Romanos. Eran problemas que planteaban interrogantes y producían angustia en la conciencia de los discípulos: ¿como es posible que el pueblo de las promesas no las haya reconocido una vez cumplidas?

Aquí se subraya la alegría de los nuevos destinatarios, los efectos positivos de la persecución, el clima de optimismo que invadía a los discípulos -«estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo»- en medio de unos acontecimientos que no se presentaban ciertamente demasiado tranquilos.

La Palabra, rechazada por los judíos, es acogida con entusiasmo por los paganos. Los apóstoles, rechazados en un lugar, se sacuden el polvo de los pies y difunden la Palabra en otros lugares. La persecución les llena de la alegría que viene del Espíritu y da la seguridad de seguir los pasos de Cristo, el justo rechazado por los hombres y exaltado por Dios.

El libro de los Hechos de los Apóstoles rebosa de optimismo, de ese optimismo que no procede de la carne, sino del Espíritu. La alegría no brota de los éxitos, sino de las tribulaciones; no procede de las realizaciones humanas, sino de sentirse configurados con Cristo, de sentirse encauzados por el camino hacia Dios.

 

Evangelio: Juan 14,7-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

7 Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Desde ahora lo conocéis, pues ya lo habéis visto.

8 Entonces Felipe le dijo: - Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta.

9 Jesús le contestó: - Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre. ¿Cómo me pides que os muestre al Padre?

10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que os digo no son palabras mías. Es el Padre, que vive en mí, el que está realizando su obra.

11 Debéis creerme cuando afirmo que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no creéis en mis palabras, creed al menos en las obras que hago.

12 Os aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre.

13 En efecto, cualquier cosa que pidáis en mi nombre os la concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

14 Os concederé todo lo que pidáis en mi nombre.

 

*»• El tema fundamental del pasaje es la relación entre Jesús y el Padre. El evangelista, a la pregunta de por qué Jesús es el único mediador para llegar al Padre,  responde que sólo Cristo puede conducir a los hombres a la comunión con Dios. Jesús es el camino al Padre porque conduce a él a través de su persona: él está en el Padre y el Padre en él. A partir de esta mutua inmanencia entre Jesús y el Padre se hace comprensible que el conocimiento de Jesús lleve al conocimiento del Padre (v. 7).

El lenguaje del Maestro resulta oscuro para los discípulos, y, por eso, Felipe pide ver la gloria del Padre. No ha comprendido que se trata de ir al Padre a través de la persona de Jesús. Los discípulos no han sabido reconocer en la presencia visible de su rabí las palabras y las obras del Padre (v. 9). Para ver al Padre en el Hijo es preciso creer en la unión recíproca entre el Padre y el Hijo.

 

Sólo mediante la fe es posible comprender la copresencia entre Jesús y el Padre. De ahí que lo único que pueda pedir el hombre sea la fe y esperar con confianza ese don. El Señor, en su llamada a la fe, fundamenta la verdad de su enseñanza en una doble razón: su autoridad personal, que los discípulos han experimentado en otras ocasiones al vivir con Jesús, y el testimonio de «las obras que hago» (v. 11).

La obra que Jesús ha inaugurado con su misión de revelador es sólo un comienzo. Los discípulos proseguirán su misión de salvación. Más aún: harán obras semejantes a las suyas e incluso mayores. Por último, el Maestro se ocupa de animar a los suyos y a todos los que crean en él a participar en la obra de la evangelización y en su misma misión.

 

MEDITATIO

Felipe quiere ver al Padre, pero no ha sabido verlo en Jesús. Ha visto con los ojos la realidad externa, pero no ha visto la realidad escondida con los ojos, mucho más penetrantes, de la fe. Juan usa de una manera típica el verbo «ver» para indicar dos tipos de realidades: la del signo visible y la de la gloria del Verbo o realidad sobrenatural.

¿Y tú qué ves cuando contemplas las obras de Dios? ¿Ves sólo la realidad sensible, el signo, o la acción de Dios, la realidad significada? Es bueno plantearse una pregunta como ésta, porque el secularismo invasor no se preocupa más que de la realidad visible, empírica, palpable. Aunque está dispuesto, a continuación, a correr detrás de «doctas fábulas» de tipo astrológico o mágico o pseudorreligioso. El discípulo de Jesús debe caminar entre el positivismo y la superstición, aceptando lo real de la realidad y aguzando la mirada de la fe, que nos permite ver la acción -o la «gloria»- de Dios en los acontecimientos humanos, a menudo intrincados, siempre misteriosos, nunca absurdos.

El Señor ha prometido a su Iglesia la posibilidad de hacer obras incluso mayores que las que él ha hecho: la grandeza ha de ser medida en el orden de los valores proclamados por él mismo, esto es, con el signo por excelencia que es la cruz. Se trata del signo del martirio, de la entrega, del amor que se da, de consumir nuestra propia vida por el prójimo: lo que exige ver y apreciar otro orden de valores distintos a los apreciados por el mundo, un orden de valores que, al final, atrae todos a él.

 

ORATIO

Me doy cuenta, Señor, de que soy un buen compañero de Felipe, es decir, que soy un poco miope para ver tu acción en el mundo. Ayer me lamentaba de la debilidad de tu Iglesia, y quizás no consiga vislumbrar tu posible mensaje. Me lamentaba asimismo, con acentos de nostalgia, del hundimiento de esta «cristiandad», sin lograr ver lo nuevo que estás haciendo brotar. Me lamento de verte ausente de la historia y no consigo verte allí donde antes no estabas presente y ahora, en cambio, lo estás.

Veo que no sé leer los «signos de los tiempos», dejándome ir unas veces hacia el pesimismo y otras hacia el optimismo, es decir, leyendo los acontecimientos humanos o bien mirando exclusivamente las debilidades de los hombres, o bien abandonándome a un providencialismo milagrero.

Enséñame tú el arte del discernimiento, concédeme el don de verte allí donde actúas y el modo en que lo haces. Purifica mi corazón para no sean mis estados de ánimo, sino tu luz la que me guíe para descubrirte y encontrarte allí donde actúas, para colaborar contigo, pero, sobre todo, para amarte como tú quieres.

 

CONTEMPLATIO

En medio de las tinieblas de la vida presente, la Escritura se ha vuelto la luz para nuestro camino. Por eso dice Pedro: «Hacéis bien en prestar[le] atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro» (2 Pe 1,19). Y, a su vez, dice el salmista: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 118,105).

Sabemos, sin embargo, que esta misma lámpara es oscura para nosotros si la Verdad no la hace brillar en nuestras almas. Por eso dice aún el salmista: «Tú, Señor, eres mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas» (Sal 18,29). ¿De qué sirve una luz que arde y no da luz? Pero la luz creada no brilla para nosotros si no es iluminada por la luz increada. Ahora bien, el Dios omnipotente, que ha creado las palabras de ambos Testamentos para nuestra salvación, él mismo es el intérprete (Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, 1,7,17).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Muéstrame, Señor, tus caminos» (Sal 24,4a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Te revelaste, Señor, como invisible; eres un Dios escondido e inefable. Pero te haces visible en cada ser: la criatura es la flor de tu mirada. Tu mirada confiere el ser, Dios mío, tú te haces visible en la criatura.

Soy incapaz de darte un nombre, estás más allá del límite de toda definición humana. Socorre a los hijos de los hombres: ellos te veneran en figuras diferentes y eres para ellos causa de guerras religiosas. Sin embargo, ellos te desean, Bien único, oh Inefable y Sin Nombre.

No sigas oculto aún, manifiesta tu rostro: así seremos salvos. Responde a nuestra oración: desaparecerán la espada y el odio, encontraremos la unidad en la diversidad. Aplácate, Señor, tu justicia es misericordia: ten piedad de nosotros, frágiles criaturas (Nicolás de Cusa, cit. en G. Vannucci, 1/ libro della preghiera universale, Florencia, 1985, p. 367).

 

Día 24

Quinto domingo de pascua Ciclo C

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 14,21b-27

En aquel tiempo,

21 después de anunciar el Evangelio en Derbe y hacer bastantes discípulos, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, Iconio y Antioquía,

22 confortando a su paso los ánimos de los discípulos y exhortándoles a permanecer firmes en la fe. Les decían: - Tenemos que pasar muchas tribulaciones para poder entrar en el Reino de Dios.

23 Designaron responsables en cada iglesia y, después de orar y ayunar, los encomendaron al Señor, en quien habían creído.

24 Después atravesaron Pisidia, llegaron a Panfilia

25 y, después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía.

26 De allí regresaron por mar a Antioquía de Siria, donde habían sido encomendados a la protección de Dios para la misión que acababan de realizar.

27 Al llegar, reunieron a la comunidad y contaron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe.

 

*»• El primer viaje misionero de Pablo y Bernabé toca a su fin. Recorren hacia atrás el camino y visitan las ciudades evangelizadas «confirmando» a los discípulos (v. 22): se trata de un término típico del lenguaje misionero del siglo I. Indica, en efecto, la consolidación en la fe y en la praxis cristianas de los que han acogido hace poco el kerygma (el anuncio) y pueden verse desorientados con facilidad por la experiencia de la persecución, que acompaña a la predicación casi por doquier, golpeando a los apóstoles. Se exhorta, pues, a los nuevos discípulos a perseverar en la fe, abrazando las tribulaciones como participación en la pasión de Cristo. Dado que las comunidades recientemente evangelizadas deben seguir por sí solas su camino, los apóstoles instituyen en cada una de ellas un primer tipo de organización eclesial y nombran presbíteros en ellas.

Se trata de un momento de importancia fundamental para la vida de la comunidad y, por consiguiente, tiene que ir acompañado de la oración, del ayuno, de la entrega confiada en manos del Señor (v. 23). Pablo y Bernabé

vuelven a la Iglesia de Antioquía de Siria (v. 26), que era la que había preparado su viaje. La misión apostólica, así como la responsabilidad eclesial, son, en efecto, tareas que el Señor mismo confía a algunos (13,2s), pero de las que debe hacerse cargo toda la comunidad, sosteniéndolos con la oración y el ofrecimiento del sacrificio. De ahí que los apóstoles, apenas llegados a su destino, reúnan a todos los hermanos para contarles lo que «Dios» había obrado sirviéndose de ellos y cómo había abierto él mismo a los paganos «la puerta de la fe». Suya es la misión, suya es la gracia, suyo el fruto. A él dan toda la gloria los apóstoles (v. 27).

 

Segunda lectura: Apocalipsis 21,1 -5a

Yo, Juan,

1 vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el primer cielo y la primera tierra, y el mar ya no existía.

2 Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo.

3 Y oí una voz potente, salida del trono, que decía: - Ésta es la tienda de campaña que Dios ha montado entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos.

4 Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido.

5 Y dijo el que estaba sentado en el trono: - He aquí que hago nuevas todas las cosas.

       

**• Tras haber contemplado la derrota definitiva de las fuerzas del mal y el juicio de Dios (19,11-20,15), el Vidente es considerado digno de conocer la cara luminosa de esa lucha encarnizada: la realidad que aparece ante sus ojos se caracteriza por una novedad radical, sustancial y universal: todo el cosmos está implicado en esa transformación. El universo marcado por el mal –cuyo símbolo en la Biblia es con frecuencia el mar- ha sido sustituido por una realidad cualitativamente diferente (v. 1). Si bien los profetas habían vaticinado ya unos cielos nuevos y una tierra nueva (cf. Is 65,17) y habían presentado a Jerusalén como esposa de Dios (Is 62), su horizonte seguía siendo, no obstante, temporal, y la referencia inmediata era la restauración material de la ciudad mediante la intervención recreadora de Dios. Juan ve descender ahora, desde el nuevo cielo a la nueva tierra, a esta ciudad-esposa, símbolo de la morada de Dios con los hombres.

Es éste un tema que, de manera velada, recorre toda la historia sagrada y, en cierto sentido, indica asimismo su significado último. Desde la intimidad entre Dios y el hombre en el Edén, pasando por la tienda de la presencia (shekhinah) que acompañó al pueblo de Israel en el Éxodo, por el templo de Jerusalén, hasta la encarnación, Dios se ha ido revelando cada vez más profundamente como el Emmanuel, el «Dios-con». Tras la muerte-resurrección de Cristo, se está cumpliendo un nuevo y último paso en la revelación: el-hombre-está-con-Dios. Una vez destruido por completo el mal (capítulo 20), aparece un nuevo pueblo que pertenece plenamente al Señor, y él está eternamente «con-ellos» (v. 3). Las citas de los profetas se suceden para describir esta espléndida realidad (Ez 37,27; Is 25,8; 35,10; 65,19) de comunión, de consuelo, de vida, de fiesta: algo que el hombre aún no ha conocido -porque Dios hace nuevas todas las cosas-, pero que, no obstante, puede ya pregustar en cierto modo desde ahora, porque «el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Cor 5,17; Is 43,19).

 

Evangelio: Juan 13,31-33a.34-35

31 Nada más salir Judas [del cenáculo], dijo Jesús: - Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios será glorificado en él.

32 Y si Dios va a ser glorificado en el Hijo del hombre, también Dios lo glorificará a él. Y lo va a hacer muy pronto.

33 Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo.

34 Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros.

35 Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos.

 

/*•»• Con este pasaje comienza el «discurso de despedida» de Jesús. Se abre la puerta del cenáculo, sale Judas para consumar la traición al Maestro. El evangelio señala con brevedad: «Era de noche». La noche del pecado, la noche del príncipe de este mundo. Jesús sabe que, al cabo de pocas horas, estará allí, solo, en el huerto de Getsemaní, envuelto por esas mismas tinieblas que intentarán engullirlo y contra las que deberá luchar hasta la sangre. Sabe todo esto y, sin embargo, habla a los discípulos de «glorificación» del Hijo del hombre. La «gloria» de Dios, en efecto, no es el fácil éxito mundano, sino más bien el triunfo del bien, que, para nacer, debe pasar a través de la gran tribulación. La cruz es así el seno materno de la vida verdadera.

Jesús no puede «explicar» ahora a los suyos el significado de su muerte. La afronta solo y la ofrece. En sus palabras se siente vibrar la solicitud por los discípulos, que, dentro de poco, también se quedarán solos, a merced de la duda y del escándalo. Por ahora no pueden seguirle. Por eso necesitan más que nunca ser custodiados en su nombre. Es ahora cuando les deja en testamento el «mandamiento nuevo» del amor recíproco. Al vivirlo, estarán para siempre en comunión con él y nada podrá arrancarlos de su mano. Más aún, podrán vivirlo porque él lo ha vivido primero. «Ningún discípulo es superior a su maestro», aunque todo discípulo está llamado a configurarse con el Maestro y a glorificarlo con su vida. El «mandamiento nuevo» no es un yugo pesado, sino comunión personal con Dios, que quiere permanecer presente entre los suyos como amor, como caridad.

 

MEDITATIO

El pueblo cristiano es siempre un «pequeño resto» en medio de los miles de millones de hombres que viven sobre la faz de la tierra, pero es un fermento de masa «nueva» que debe hacer fermentar desde el interior toda la masa. Y aunque la evidencia de la situación parece desmentir su eficacia, la Palabra de Dios nos autoriza a no dudar y a dejar de sentir miedo. El fruto del árbol sólo se ve después de un laborioso tiempo de germinación y de crecimiento a lo largo de la sucesión de las estaciones.

¿No es éste el mismo camino de Jesús, el Hijo del hombre glorificado a través de la muerte en la cruz? Todo se ha vuelto nuevo: se dan cuenta de ello los que tienen los ojos límpidos y penetrantes de la fe, aquellos que, resucitados con Cristo, caminan sobre la tierra pero a quienes su corazón les empuja ya hacia arriba. La transformación acaece ya día tras día a través de nuestro morir a toda clase de orgullo y de egoísmo para pasar de la decadencia del pecado a la plenitud de la vida nueva.

Son muchos los que buscan hoy no la novedad traída por Cristo, sino las novedades; no la realidad nueva, sino las informaciones en tiempo real sobre los hechos más o menos triviales de la crónica. Se corre fácilmente detrás de las «novedades viejas», de las modas y de los modelos de vida ofrecidos por- una sociedad privada de verdadera capacidad creativa. Si el hombre no se renueva a sí mismo, no hace más que repetir un esquema anticuado o hacer la parodia de la originalidad. Y como sólo Dios es creador, sólo confiándonos al soplo del Espíritu podremos renovarnos y convertirnos en artífices de renovación en la Iglesia y en toda la comunidad.

 

ORATIO

Dios, Padre nuestro, en el exceso de tu amor expusiste a tu Hijo amadísimo al rechazo y al odio del mundo: concédenos la fuerza de tu Espíritu a nosotros, que queremos seguir las huellas de nuestro Maestro y dar un valiente testimonio de su muerte y su resurrección frente al mundo que no te conoce. Haz que, configurándonos con él, seamos capaces de oponer el amor al odio, la mansedumbre a la violencia, el perdón a la venganza, la paz a la enemistad, la bendición a la maldición. No permitas que, en la hora de la prueba, seamos vencidos por el miedo y caigamos en el pecado de la incredulidad y del desamor. Haz, más bien, que te pertenezcamos cada vez más y acudamos a ti, unidos a tu Hijo, llevando en los brazos todo este mundo que amas y quieres salvar.

 

CONTEMPLATIO

«Os doy un mandamiento nuevo.» Como era de esperar que los discípulos, al oír esas palabras y considerarse abandonados, fueran presa de la desesperación, Jesús les consuela proveyéndoles, para su defensa y protección, de la virtud que está en la raíz de todo bien, es decir, la caridad. Es como si dijera: «¿Os entristecéis porque yo me voy? Pues si os amáis los unos a los otros, seréis más fuertes». ¿Y por qué no lo dijo precisamente así? Porque les impartió una enseñanza mucho más útil: «Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos». Con estas palabras da a entender que su grupo elegido no hubiera debido disolverse nunca, tras haber recibido de él este signo distintivo. Él lo hizo nuevo del mismo modo que lo formuló. De hecho, precisó: «Como yo os he amado» [...].

Y dejando de lado cualquier alusión a los milagros que hubieran de realizar, dice que se les reconocerá por su caridad. ¿Sabéis por qué? Porque la caridad es el mayor signo que distingue a los santos: es la prueba segura e infalible de toda santidad. Es sobre todo con la caridad como todos conseguimos la salvación. Y en esto consiste principalmente ser discípulo suyo.

Precisamente gracias a la caridad os alabarán todos, al ver que imitáis mi amor. Los paganos, es verdad, no se conmueven tanto frente a los milagros como frente a la vida virtuosa. Y nada educa la virtud como la caridad. En efecto, los paganos llamarán con frecuencia «impostores» a los que obran milagros, pero nunca podrán encontrar nada criticable en una vida íntegra (Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de Juan, 57,3s).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Su ternura se extiende a todas las criaturas» (Sal 144,9).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22,37-39). Empiezo a experimentar que un amor a Dios total e incondicionado nace posible un amor al prójimo visibilísimo, solícito y atento. Lo que a menudo defino como «amor al prójimo» se muestra con excesiva frecuencia como una abstracción experimental, parcial y provisional, de sólito muy inestable y huidiza. Pero si mi objetivo es el amor a Dios, me es posible desarrollar asimismo un profundo amor al prójimo. Hay otras dos consideraciones que pueden explicarlo mejor.

Antes que nada, en el amor a Dios me descubro a «mí mismo» de un modo nuevo. En segundo lugar, no nos descubriremos sólo a nosotros mismos en nuestra individualidad, sino que descubriremos también a nuestros hermanos humanos, porque es la gloria misma de Dios la que se manifiesta en su pueblo a través de una rica variedad de formas y de modos. La unicidad del prójimo no se refiere a esas cualidades peculiares, irrepetibles de un individuo a otro, sino al hecho de que la eterna belleza y el eterno amor de Dios se hacen visibles en las criaturas humanas únicas, insustituibles, finitas.

Es precisamente en la preciosidad del individuo donde se refracta el amor eterno de Dios, convirtiéndose en la base de una comunidad de amor. Si descubrimos nuestra misma unicidad en el amor de Dios y si nos es posible afirmar que podemos ser amados porque el amor de Dios mora en nosotros, podremos llegar entonces a los otros, en los que descubriremos una nueva y única manifestación del mismo amor, entrando en una íntima comunión con ellos (H. J. M. Nouwen, Ho ascoltato ¡I silenzio. Diario da un monastero trappista, Brescia 199810, 82s).

 

Día 25

San Marcos

Liturgia de las Horas de hoy

 

Marcos era hijo de María de Jerusalén, en cuya casa se refugió Pedro cuando fue liberado de la cárcel (Hch 12,12). Colaboró con Pablo en su obra apostólica (Col 4,10) y también estuvo cerca de él en la cárcel de Roma (Flm 24). Según la tradición, Marcos fue un discípulo fiel de Pedro (1 Pe 5,13) y escribió el segundo evangelio, recogiendo la predicación del apóstol Pedro sobre los dichos y los hechos de Jesús. Su evangelio es reconocido, por lo general, como el más antiguo, y fue utilizado y completado por Mateo y Lucas. Al parecer, la predicación apostólica atestiguada por los grandes discursos de la primera parte de los Hechos de los apóstoles encuentra en el evangelio de Marcos -a partir de Mc 1,15- una continuación y sugestivos desarrollos narrativos.

 

LECTIO

Primera lectura:

 1 Pedro 5,5b-14

Queridos hermanos:

5 Sed humildes en vuestras relaciones mutuas, pues Dios resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes.

6 Así pues, humillaos bajo la poderosa mano de Dios, para que os encumbre en su momento.

7 Confiadle todas vuestras preocupaciones, puesto que él se preocupa de vosotros.

8 Vivid con sobriedad y estad alerta. El diablo, vuestro enemigo, ronda como león rugiente buscando a quien devorar.

9 Enfrentaos a él con la firmeza de la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos sufrimientos.

10 Y el Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un corto sufrimiento os restablecerá, os fortalecerá, os robustecerá y os consolidará.

11 Suyo es el poder por siempre. Amén.

12 Por medio de Silvano, hermano de vuestra confianza, según tengo entendido, os he escrito brevemente para exhortaros y aseguraros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Permaneced firmes en ella.

13 Os saluda la iglesia de Babilonia, a la que Dios ha elegido lo mismo que a la vuestra; os saluda también Marcos, mi hijo.

14 Saludaos mutuamente con el beso de amor fraternal. Paz a todos vosotros, los que vivís unidos en Cristo.

 

*» El apóstol Pedro llama a Marcos en este fragmento «mi hijo» (v. 13): a partir de esta preciosa noticia, la tradición ha considerado que Marcos había recogido en su evangelio la predicación del primero de los apóstoles, cuyas exhortaciones están dirigidas a los que ejercen responsabilidades de guías y maestros en la Iglesia.

Un auténtico pastor, en primer lugar, debe estar revestido de humildad, consciente de que no posee nada como propio, sino que todo lo ha recibido de Dios. Humildad es verdad: esto vale para todo auténtico creyente y, con mayor razón, para quien está revestido de autoridad.

Quien haya sabido vivir en la humildad, recibirá a su tiempo el reconocimiento por parte de ese Dios que «resiste a los soberbios, pero concede su favor a los humildes» (v. 5; cf. Prov 3,34).

Además de humildes, los pastores deben ser también sobrios y estar alerta. Se repiten aquí las recomendaciones que Jesús había dirigido a sus discípulos en el discurso escatológico {cf. Me 13,lss). La sobriedad y la vigilancia son buenas hermanas: ambas, juntas, pueden oponer una firme y segura resistencia -la resistencia de la fe- al enemigo número uno: el diablo, representado aquí con el aspecto de un león rugiente y devorador. A los pastores humildes y fieles, sobrios y vigilantes, el apóstol Pedro les dirige la promesa: el Dios que les ha llamado a la vida nueva en Cristo, tras un breve suHfp miento, les confirmará en la gracia y les coronará de gloria (v. 10).

 

Evangelio: Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, apareciéndose a los Once,

15 les dijo: -Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura.

16 El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará.

17 A los que crean les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas,

18 agarrarán serpientes con las manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos se curarán.

19 Después de hablarles, el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

20 Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con las señales que la acompañaban.

 

**• En la fiesta de san Marcos, la Iglesia nos propone para nuestra reflexión la última página del evangelio de Marcos, el llamado «final canónico» del segundo evangelio: no es auténtico, en el sentido de que no pertenece al evangelio originario, pero es inspirado, porque ha sido recibido por la Iglesia desde la antigüedad.

Encontramos, en primer lugar, el mandato misionero: Jesús envía a sus discípulos a llevar el Evangelio a todas las criaturas (vv. 15ss). El misionero del Padre tiene necesidad de otros misioneros; aquel que es la Palabra tiene necesidad de otros portavoces que divulguen su conocimiento; aquel que es el Evangelio hecho persona confía ahora el Evangelio a sus apóstoles: «Id... Proclamad».

El segundo elemento que encontramos en esta página evangélica describe, también en términos telegráficos, el hecho prodigioso de la ascensión de Jesús al cielo: «Y se sentó a la diestra de Dios» (v. 19). Una vez subido al cielo, Jesús entra en plena posesión de sus poderes de Mesías, Salvador, Dios.

He aquí, por último, la respuesta de los apóstoles a los mandatos que les ha dado Jesús: «Ellos salieron a predicar por todas partes» (v. 20). Se trata de una reacción no verbal, sino práctica; no abstracta, sino concreta, que se traduce en una decisión tan fuerte que da la vuelta por completo a la vida de los apóstoles e implica a muchas de las personas que les escuchan.

 

MEDITATIO

La figura del evangelista Marcos, cuya fiesta litúrgica celebramos hoy, nos invita a profundizar en el significado del término «evangelio», con el que el evangelista comienza su obra. Se trata de una profundización no puramente escolar o académica, sino existencial y vital.

El Evangelio es de Dios cf. Mc 1,14): contiene y expresa todo el proyecto salvífico que el Padre quiere realizar por medio de su Hijo en favor de toda la humanidad. Es del corazón de Dios de donde brota esta «Buena Noticia» capaz de colmar de alegría todos los corazones humanos disponibles al don de la salvación. El Evangelio es de Jesucristo (cf. Mc 1,1), teniendo en cuenta que este genitivo puede y deber ser entendido así: el Evangelio que es Jesucristo, Hijo de Dios. Es como decir que la «Buena Noticia» tiene como objeto único y exclusivo la persona, la enseñanza y el ministerio de Jesús, único Mesías y verdadero Hijo de Dios. Ahora bien, según Marcos, el Evangelio es también memorial de todo lo que acompañó al acontecimiento terreno de Jesús: por ejemplo, el gesto gratuito y sorprendente de la pecadora que, la víspera de la pasión y muerte de Jesús, bañó, perfumó y besó los pies del Salvador: «Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la Buena Noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho» (Mc 14,9). En suma, de todo esto se deduce que, para Marcos, el Evangelio es todo, todo es Evangelio.

 

ORATIO

Abre, oh Señor, mis oídos para que se llenen del tesoro de tu Evangelio: sólo así mi vida, iluminada y confortada por tu Palabra, tendrá un significado pleno y duradero. Abre, oh Señor, mi corazón, a fin de que aprenda a acoger al Verbo de la verdad que está encerrado en tu Evangelio: sólo así me sentiré totalmente saciado, porque estaré colmado por completo de tu don.

Abre, oh Señor, mi boca, a fin de que, de la abundancia del corazón, acoja tu mensaje y lo proclame para tu gloria y para el bien de los hermanos. Abre, oh Señor, mi vida al encuentro contigo, que me sales al encuentro día tras día con la Palabra de la verdad que tu Evangelio encierra y entrega.

 

CONTEMPLATIO

Soy todavía imperfecto, pero vuestra oración en Dios me perfeccionará para alcanzar, misericordiosamente, la herencia, refugiándome en el Evangelio como en la carne de Jesús, y en los apóstoles como en el presbiterio de la Iglesia. Amemos a los profetas, porque también ellos anuncian el Evangelio [...]. Han recibido el testimonio de Jesucristo y han sido incluidos en el evangelio de la esperanza común [...]. El Evangelio tiene algo más especial, la venida del Salvador, nuestro Señor Jesucristo, su pasión y su resurrección. Los bienamados profetas la preanunciaron, pero el evangelio es la consumación de la incorruptibilidad (Ignacio de Antioquía, «Ai Filadelfiesi», en I padre apostolici, Roma 21998, pp. 129-131 [edición española: Padres apostólicos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1993]).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y vive hoy estas palabras del evangelista Marcos: «Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio-» (Me 1,15).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Marcos refleja a la perfección el estadio inicial de la cristología de la Iglesia primitiva, de la que nunca se podrá prescindir para comprender, por comparación, los desarrollos ulteriores de la reflexión teológica. Aunque el redactor no ha expresado con claridad y de manera orgánica su pensamiento, ha conseguido concentrar nuestra atención en la figura del siervo de YHWH, que nos redime a través del dolor y de la soledad. Su preocupación por eliminar el escándalo de la cruz es evidente, para lo cual demuestra que Jesús ha vencido a Satanás. En su debilidad actuaba la omnipotencia divina para la restauración del Reino y la derrota decisiva del poder diabólico sobre la humanidad [...].

Marcos traza la imagen de Jesús más próxima a su realidad humana. Mientras que los otros evangelistas, aun afirmando de manera categórica que Jesús fue un verdadero hombre, casi transfiguran su vida, compenetrando con la luz pascual su humanidad envuelta de miseria y fragilidad, Marcos, en cambio, reproduce de modo verista la experiencia de Cristo que tuvieron los apóstoles, y en particular Pedro, durante su actividad pública antes de su glorificación a la derecha del Padre. En consecuencia, no se preocupa por atenuar las manifestaciones de su sensibilidad, que revelan sus rasgos profundamente humanos.

Sólo Marcos habla de la cólera, de la amargura, del estupor de Jesús, el cual, por otra parte, dirige preguntas a los discípulos, gime y suspira, abraza con ternura a los niños y ama al joven rico aun cuando éste no corresponda a su invitación de seguirle en la renuncia. Pero no se piense que, con esto, ha subestimado la dignidad trascendente y divina de Cristo. Al contrario, ha puesto este título a su libro: Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Aunque Marcos no elabore una profunda cristología intentando sondear el misterio divino y humano de Jesús, nos documenta, no obstante, mejor que los otros evangelistas y con una probidad escrupulosa sobre la desconcertante realidad de la expoliación del Hijo de Dios, que se encarnó para llevar a cabo la salvación mediante el sufrimiento y la muerte (A. Poppi, Commento a Marco, Padua 1978).

 

Día 26

San Isidoro de Sevilla (26 de abril)

Liturgia de las Horas de hoy

 

        Los padres de Isidoro, huyendo de Justiniano y de los invasores bizantinos, después de abandonar sus posesiones de Cartagena, llegaron a Sevilla, hacia la mitad del siglo VI. En esta ciudad y hacia el año 556, nació el hijo menor del matrimonio, Isidoro, que había de ser el hombre más docto de su tiempo. Fueron hermanos suyos otros tres santos: Leandro, Florentina y Fulgencio.

Bajo la dirección espiritual y el mecenazgo de Leandro, Isidoro se educó desde su infancia en el monasterio que aquél había fundado y del cual era abad.

Muy joven aún, se consagra Isidoro totalmente al Señor, lleno de santo entusiasmo, y recibe de manos de su propio hermano y obispo el hábito monacal, entregándose enseguida al estudio de todas las ciencias y resultando un lector infatigable de prodigiosa memoria.

Cuando estalla la última lucha entre el arrianismo y el catolicismo, al apoyar el rey Leovigildo la herejía y ser desterrado por éste el obispo Leandro, Isidoro empieza a distinguirse como defensor de la fe, por lo que pronto se le persigue y amenaza.

Muerto el rey (586), y decidida la victoria del catolicismo, al abjurar Recaredo de la herejía, regresan a Sevilla los dos hermanos: Leandro como obispo, e Isidoro, apenas cumplidos 30 años, para encargarse, por delegación de aquél, de la dirección del monasterio, como abad sucesor. A los 40 años sucede a su hermano en la sede episcopal de Sevilla.

Cumplidos los 80 años, Isidoro aún predicaba a su pueblo y aconsejaba a sus fieles, con amor y humildad, pero, agotado de tantos y tan continuados trabajos y esfuerzos, sucumbe a una maligna enfermedad y muere el día 4 de abril del año 636.

LECTIO

Primera lectura: 1 Cor 2, 1-10

1 Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios,

2 pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado.

3 Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso.

4 Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder

5 para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios.

6 Sin embargo, hablamos de sabiduría entre los perfectos, pero no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina;

7 sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra,

8 desconocida de todos los príncipes de este mundo - pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria -.

9 Más bien, como dice la Escritura, anunciamos: " lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios " preparó " para los que le aman. "

10 Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios.

 

La Primera Epístola a los Corintios presenta asuntos muy diferentes de aquellos que nos ocuparon en la Epístola dirigida a los Romanos. Encontramos en ella detalles morales, y el orden interior de una asamblea, con respecto a lo cual el Espíritu de Dios despliega aquí Su sabiduría en un modo directo. No se mencionan ancianos u otros funcionarios de la asamblea. Una asamblea numerosa se había formado mediante los trabajos del apóstol (pues Dios tenía mucho pueblo en esa ciudad) en medio de una población muy corrupta, donde las riquezas y el lujo se unían con un desorden moral que había hecho que esa ciudad fuera motivo de burla. A la vez, aquí como en otra parte, falsos maestros (Judíos, en general) procuraban subvertir la influencia del apóstol. El espíritu filosófico, asimismo, no falló en ejercitar su perniciosa influencia, aunque Corinto no era, como Atenas sí lo era, su sede principal. La moralidad y la autoridad del apóstol se vieron comprometidas juntamente; y el estado de cosas era muy crítico. La Epístola fue escrita desde Éfeso, adonde las noticias del triste estado de la grey en Corinto habían alcanzado al apóstol, casi en el momento cuando él había determinado visitarlos durante el transcurso de su viaje hacia Macedonia (en lugar de pasar a lo largo de la costa de Asia Menor como él hizo), regresando luego a visitarlos por segunda vez en su viaje de regreso. Estas noticias le impidieron hacerlo así, y, en lugar de visitarlos para derramar su corazón entre ellos, él escribió esta carta. La segunda epístola fue escrita en Macedonia, cuando Tito le hubo traído el informe de feliz efecto de la primera.

 

         Fue en este espíritu que Pablo había llegado a estar entre ellos al principio; él no juzgó adecuado saber nada entre ellos sino a Cristo [2], y Cristo en Su humillación y abatimiento, objeto de desprecio para hombres insensatos. Su palabra no era atractiva con la persuasión carnal de una elocuencia ficticia: pero era la expresión de la presencia y la acción del Espíritu, y del poder que acompañaba aquella presencia. De este modo, la fe de ellos no descansaba en las hermosas palabras del hombre, que otro más elocuente o más sutil que él pudiera trastornar, sino en el poder de Dios - - un fundamento sólido para nuestras almas débiles - -¡bendito sea Su nombre por este poder!

 

         No obstante, una vez que el alma era enseñada y establecida en la doctrina de la salvación en Cristo, había una sabiduría de la cual el apóstol hablaba; no la sabiduría del presente siglo (o de la era actual), no la de los príncipes de este siglo, los cuales perecen con todo y su sabiduría; sino la sabiduría de Dios en misterio, un consejo secreto de Dios (revelado ahora por el Espíritu), predestinada en Su propósito estable para nuestra gloria antes de que el mundo existiese - - un consejo que, con toda la sabiduría de ellos, ninguno de los príncipes de este mundo conoció. Si ellos la hubiesen conocido, no habrían crucificado a Aquel en cuya Persona todo se iba a cumplir.

 

         El apóstol no toca el tema del misterio, porque él los tenía que alimentar como a niños, y lo menciona solamente para ponerlo en contraste con la falsa sabiduría del mundo; pero la manera en que esta sabiduría era comunicada es importante. Eso que nunca había entrado en el corazón del hombre [3], Dios lo había revelado por Su Espíritu, porque el Espíritu escudriña todas las cosas, aun las cosas profundas de Dios. Es solamente el espíritu del hombre que está en él el que conoce las cosas que él no ha comunicado. Así que nadie conoce las cosas de Dios excepto el Espíritu de Dios. Ahora bien, es el Espíritu de Dios que el apóstol y los otros vasos de revelación habían recibido, para que pudieran conocer las cosas que son dadas con liberalidad por Dios. Este es el conocimiento de las cosas mismas en los vasos de revelación. Después, este instrumento de Dios tenía que comunicarlas. Él lo hacía, no con palabras que el arte del hombre enseñaba, sino con las que el Espíritu - - con las que Dios - - enseñaba, comunicando cosas espirituales por medios espirituales [4]. La comunicación, al igual que la cosa comunicada, era por el Espíritu. Había aún una cosa que faltaba para que esta revelación pudiera ser poseída por otros - - la recepción de estas comunicaciones. Esto requería, también, la acción del Espíritu. El hombre natural no las recibía; y ellas son discernidas espiritualmente.

 

         La fuente, el medio de comunicación, la recepción, todo era del Espíritu. Así, el hombre espiritual juzga todas las cosas; él no es juzgado por nadie. El poder del Espíritu en él, hace que su juicio sea verdadero y justo, pero le da motivos y un andar que son ininteligibles a uno que no tiene el Espíritu. Muy sencillo en cuanto a lo que se dice - - nada puede ser más importante que eso que se enseña aquí. Los Corintios, ¡lamentablemente!, o bien cuando el apóstol estaba en Corinto, o en el tiempo en que él escribió esta carta, no estaban en condiciones como para que se les comunicase el misterio -  una grave humillación para el orgullo filosófico de ellos, pero, por consiguiente, un buen remedio para ello.

 

Marcos 5, 13-16

13 Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara - unos 2.0000 se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar.

14 Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido.

15 Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor.

16 Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MEDITATIO

Toda reflexión sobre la humildad tiene que subrayar su especificidad cristiana, esto es, tiene que hundir sus raíces en la persona de Jesús, misterio y recapitulación de la revelación de Dios.

Solemos llamar humildes a las personas de mezquina condición social, los insignificantes. Sólo en el latín eclesiástico toma este término un significado moral y religioso, resumiendo en sí mismo términos y conceptos bíblicos...

En el Antiguo Testamento, ani y anaw –ordinariamente en plural, anawim- derivan de la raíz hebrea anah («estar doblado, apretado»). Su significado original es el de hombre pobre, en la miseria, oprimido, y remite a la categoría de personas a las que protegen las leyes de la alianza (Ex 22,24; Lv 19,10; Dt 24,12) y cuya opresión denuncian tanto los profetas (Is 3,14ss; Am 8,41) como la literatura sapiencial (Job 24,49).

Con la primera predicación profética se añade al término una connotación religiosa: el valor del que se pone libremente en el estado de «ani» frente a Dios (Am 2,7; Sof 2,31). La predilección de Yahveh por sus pobres (Is 10,2; Sal 86,lss) se conjuga con su predilección por los humildes (Sal 34,19; 2 Cr 12,71); a ellos les da su gracia (Prov 3,34; Sal 25,9; Eclo 3,20) y su sabiduría (Prov 11,21).

Probablemente, Jesús dijo: «Yo soy anwana» al afirmar que es el «pobre de Yahveh», es decir, «manso y humilde de corazón». Jesús subraya la presencia escatológica del Reino en su misma persona. Tenemos aquí en síntesis toda la enseñanza y el comportamiento existencial de Jesús: la humildad con el Padre y la humildad con los hombres.

María fue la primera en asimilar la novedad evangélica de la humildad (Le 1,38) y, como verdadera «pobre de Yahveh» (Le 1,48), se puso en seguimiento del Hijo hasta la cruz (Jn 19,25). Ella es la primera entre los «pobres de espíritu» que Jesús proclama bienaventurados... (Y. Mauro, «Humildad», en Diccionario teológico digital).

 

ORATIO

Señor, Dios todopoderoso, tú que elegiste a san Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia, para que fuese testimonio y fuente del humano saber, concédenos, por su intercesión, una búsqueda atenta y una aceptación generosa de tu eterna verdad.

 

CONTEMPLATIO

Tres facetas principales pueden considerarse en la vida de nuestro santo:

1. Padre y forjador de monjes

Al hacerse cargo de la dirección monacal, observó que, para «vida de perfección» monástica, era preciso instituir un código de leyes que regulara la vida en comunidad, los derechos y deberes de superiores y súbditos, señalando los elementos fundamentales de la vida conventual, resumidos así por Isidoro: «La renuncia completa de sí mismo, la estabilidad en el monasterio o perseverancia, la pobreza, la oración litúrgica, la lección y el trabajo».

2. Doctor universal y escritor fecundo

Aparte de su alta dirección espiritual en la formación y santidad de sus monjes, él siempre delante con el más sublime ejemplo, es también modelo de ellos en el trabajo intelectual, de una actividad y fecundidad asombrosas, hasta en el supuesto de que pudiéramos considerarlo trasladado a nuestra época.

3. Obispo de Sevilla y padre de obispos

En el año 600 sucede a su hermano Leandro en la sede hispalense, al igual que antes le sucediera en el gobierno monástico, pero también, como entonces, elevando y superando la actividad y perfección en el cargo.

«¡Ay, pobre de mí -exclama en el tercer libro de las Sentencias-, pues me veo atado por muchos lazos que es imposible romper! Si continúo al frente del gobierno eclesiástico, el recuerdo de mis pecados me aterra, y si me retiro de los negocios mundanos, tiemblo más todavía pensando en el crimen del que abandona la grey de Cristo.»

Estas palabras son el más claro testimonio de la intensa y mística vida espiritual que aquel sin par sabio y sabio gobernante llevaba.

 

ACTIO

        Repite con frecuencia durante el día la frase: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt 23,12).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es preciso que el obispo sobresalga en el conocimiento de las sagradas Escrituras, porque, si solamente puede presentar una vida santa, para sí exclusivamente aprovecha, pero, si es eminente en ciencia y pedagogía, podrá enseñar a los demás y refutar a los contestatarios, quienes, si no se les va a la mano y se les desenmascara, fácilmente seducen a los incautos.

El lenguaje del obispo debe ser limpio, sencillo, abierto, lleno de gravedad y corrección, dulce y suave. Su principal deber es estudiar la santa Biblia, repasar los cánones, seguir el ejemplo de los santos, moderarse en el sueño, comer poco y orar mucho, mantener la paz con los hermanos, a nadie tener en menos, no condenar a ninguno si no estuviere convicto, no excomulgar sino a los incorregibles.

Sobresalga tanto en la humildad como en la autoridad, para que ni por apocamiento queden sin corregir los desmanes, ni por exceso de autoridad atemorice a los súbditos. Esfuércese en abundar en la caridad, sin la cual toda virtud es nada. Ocúpese con particular diligencia del cuidado de los pobres, alimente a los hambrientos, vista al desnudo, acoja al peregrino, redima al cautivo, sea amparo de viudas y huérfanos.

Debe dar tales pruebas de hospitalidad que a todo el mundo abra sus puertas con caridad y benignidad. Si todo fiel cristiano debe procurar que Cristo le diga: «Fui forastero y me hospedasteis», cuánto más el obispo, cuya residencia es la casa de todos. Un seglar cumple con el deber de hospitalidad abriendo su casa a algún que otro peregrino; el obispo, si no tiene su puerta abierta a todo el que llegue, es un hombre sin corazón» (del tratado de san Isidoro, obispo, sobre los oficios eclesiásticos, caps. 5, 1 -2: Patrología latina 83, 785).

 

 

 

Día 27

Miércoles de la quinta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 15,1-6

En aquellos días,

1 algunos que habían bajado de Judea enseñaban a los hermanos: - Si no os circuncidáis según la tradición de Moisés, no podéis salvaros.

2 Este hecho provocó un altercado y una fuerte discusión de Pablo y Bernabé con ellos. Debido a ello, determinaron que Pablo, Bernabé y algunos otros subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y demás responsables.

3 Provistos, pues, por la iglesia de Antioquía de todo lo necesario para el viaje, atravesaron Fenicia y Samaría contando la conversión de los paganos y llenando de gran alegría a todos los hermanos.

4 Al llegar a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia, los apóstoles y demás responsables, y les contaron todo lo que Dios había hecho por medio de ellos.

5 Pero algunos de la secta de los fariseos, que se habían hecho creyentes, intervinieron diciendo que era necesario circuncidar a los convertidos y obligarles a cumplir la ley de Moisés.

6 Entonces los apóstoles y los demás responsables se reunieron para estudiar este asunto.

 

**- En el comienzo del fragmento aparece planteada la cuestión que tanto interesó y turbó a los primeros discípulos: ¿hace falta la circuncisión para salvarse? Pablo y Bernabé responden decididamente que no. Pero ¿y si los que dicen lo contrario contaran con el aval de las columnas de la Iglesia de Jerusalén?

De ahí viene la solución: ir directamente a Jerusalén. Allí, tras un viaje en el que cuentan sus éxitos apostólicos, suscitando una «gran alegría a todos los hermanos», fueron recibidos por «la iglesia, los apóstoles y demás responsables» y encuentran la misma oposición que hallaron en Antioquía por parte de los fariseos convertidos.

Su tesis es la típica de los judaizantes, contra los que Pablo tendrá que luchar durante mucho tiempo (cf. sobre todo Gal 5,6-12). Para éstos, la ley de Moisés tenía una validez perenne y, por consiguiente, también tenía que ser impuesta a los convertidos del paganismo. La cuestión es seria: de ahí que se convoque una reunión a la que asisten los apóstoles y los demás responsables.

Según una variante occidental del texto original, asistieron también «el conjunto de los hermanos ». Son las premisas del celebérrimo «Concilio de Jerusalén», la primera reunión oficial de la Iglesia para resolver una cuestión grave, de la que podía depender la difusión de la Palabra entre el mundo pagano. Sobre esta reunión se han derramado ríos de tinta (en parte por la dificultad de armonizar los datos de Lucas con los de Pablo). Con todo, la importancia de la reunión es indudable y sus resultados serán altamente  positivos.

 

Evangelio: Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.

2 El Padre corta todos los sarmientos unidos a mí que no dan fruto y poda los que dan fruto para que den más fruto.

3 Vosotros ya estáis limpios, gracias a las palabras que os he comunicado.

4 Permaneced unidos a mí, como yo lo estoy a vosotros. Ningún sarmiento puede producir fruto por sí mismo sin estar unido a la vid, y lo mismo os ocurrirá a vosotros si no estáis unidos a mí.

5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.

6 El que no permanece unido a mí es arrojado fuera, como los sarmientos que se secan y son amontonados y arrojados al fuego para ser quemados.

7 Si permanecéis unidos a mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo tendréis.

8 Mi Padre recibe gloria cuando producís fruto en abundancia y os manifestáis así como discípulos míos.

 

MEDITATIO

Debo caer en la cuenta de que el cristianismo no es sólo un mensaje, sino una vida. No afecta sólo a la mente, sino que nos hace dar un salto cualitativo en el orden del ser. No es sólo algo iluminador, sino transformador. Es la vida divina derramada en mí por Cristo, que vivifica mi existencia gracias a mi comunión con él. ¿Quién puede darme la vida divina, la participación en la vida inmortal, una vida más allá de toda imaginación, sino Dios mismo? No puedo subir al cielo, sólo puedo recibir lo que del cielo me viene dado. Y lo recibo estando en comunión con Cristo, la vid, y con los hermanos, los otros sarmientos. El Padre da la vida al Hijo y el Hijo la transmite a los que están unidos a él: ésa es la realidad que lo transforma todo.

¿Pienso alguna vez en la unicidad de la «vida divina»? Esta expresión puede parecemos a veces vaga, dado que no es verificable con instrumentos humanos, pero es decisiva, porque es la razón de mi «ser hijo» de Dios, de mi vida definitiva con él, una vida que será vida de «familia» con la inaccesible y gloriosa Trinidad, puesto que ahora soy «consanguíneo» suyo. El punto de soldadura insustituible entre lo divino y lo humano sigue siendo Jesús y la comunión con él. Jesús es insustituible para mi vida de hijo de Dios; él me convierte en un sarmiento sano con su palabra, él me hace llegar la linfa vital de la inmortalidad, una linfa que viene de la eternidad y sumerge en la eternidad. ¡Suprema belleza la de la fe! ¡Grandioso panorama el de una vida divinizada!

 

ORATIO

Oh Jesús, ¡cuan grande y decisivo eres! Contigo estoy vivo, sin ti estoy muerto. Contigo me arrolla el río inmortal de la vida divina y me lleva hacia el océano divino, ilimitado y sin ocaso. Contigo lo soy todo, sin ti no soy nada.

Te doy gracias, Señor, lleno de admiración, por haber venido a unirme con la eternidad; más aún, con el Padre, fuente de la vida perenne. Átame a ti, para que no sea yo un sarmiento cortado, un sarmiento sin fruto. Mantén viva en mí la conciencia de la necesidad de mi comunión contigo. Por eso te presento toda la necesidad que tengo de la Palabra que me une a ti, de la eucaristía que me alimenta de ti, del mandamiento nuevo que me une con mis hermanos y produce el fruto precioso de la fraternidad, del testimonio de tu nombre, que llena de racimos maduros mi sarmiento.

Pódame, Señor, con tu Palabra y sostén mi compromiso de dar frutos duraderos en los campos de la fraternidad, de la veneración y del amor a tu santo nombre, nombre de vid, nombre de vida, nombre de frutos que maduran para la eternidad.

 

CONTEMPLATIO

Que nadie piense que el sarmiento por sí solo puede producir algún fruto. El Señor ha dicho que quien está en él produce «mucho fruto». No ha dicho: «Sin mí podéis hacer poco», sino: «Sin mí no podéis hacer nada».

De todos modos, sea poco o mucho, no podemos hacerlo sin él, puesto que sin él no podemos hacer nada. Porque cuando el sarmiento produce poco fruto, el agricultor lo poda para que produzca más; sin embargo, si no está unido a la vid y no toma alimento de la raíz, no podrá dar por sí mismo ningún fruto (Agustín, Comentario al evangelio de Juan, 80,2).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos» (Jn 15,5).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El arte de vivir en íntima unión con Jesús se puede ejercitar de tres maneras: en primer lugar, manteniéndonos siempre en su presencia, sin perderlo nunca de vista. Este arte consiste, esencialmente, en acostumbrarse a oír a Jesucristo en sí mismo mediante el recuerdo de su divina presencia en nosotros, mediante la costumbre arraigada de realizar actos de amor con él y mediante la gracia que Dios nos concede a fin de crear unas íntimas relaciones de familiaridad entre él y el alma. La disposición más importante que se requiere es pensar en él con motivo de todo, representarnos su vida, su pasión y sus dichos, porque de este modo es como se crea una dulce familiaridad.

En segundo lugar, corresponder fielmente y con exactitud a las inspiraciones del cielo. Es preciso seguir a Jesús con corazón atento, ávido de escuchar su Palabra y seguir sus invitaciones. En tercer lugar, con humildad de corazón: así como los que viven en la corte deben seguir la regla de una perfecta corrección exterior, también los que forman la corte de nuestro Señor deben ser conscientes de la grandeza de la vocación cristiana y vivir con ansiedad y amor humilde (J. J. Surin, / fondamenti della vita spirituale, Roma 1994).

 

 

Día 28

 Jueves de la quinta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 15,7-21

En aquellos días,

7 tras una larga discusión, se levantó Pedro y les dijo: - Hermanos, vosotros sabéis que, desde los primeros tiempos, Dios me eligió a mí entre vosotros para que los paganos oyesen por mi boca la palabra del Evangelio y creyesen.

8 Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio en favor de ellos, otorgándoles el Espíritu Santo como a nosotros.

9 Sin hacer diferencia entre ellos y nosotros, purificó sus corazones con la fe.

10 ¿Por qué queréis ahora poner a prueba a Dios tratando de imponer a los discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros antepasados hemos podido soportar?

11 Nosotros, en cambio, creemos que nos salvamos por la gracia de Jesús, el Señor, y ellos, exactamente igual.

12 Toda la multitud guardó silencio, y escuchaba a Bernabé y a Pablo contar las señales y prodigios que Dios había hecho entre los paganos por medio de ellos.

13 Cuando acabaron de hablar, tomó la palabra Santiago y dijo: - Hermanos, escuchadme:

14 Simón ha explicado cómo Dios, desde el principio, escogió entre los paganos un pueblo consagrado a su nombre.

15 Esto concuerda con las palabras de los profetas, pues está escrito:

16 Después de esto volveré y restauraré la tienda de David, que estaba destruida. Repararé sus ruinas y la volveré a levantar

17 para que el resto de los hombres busque al Señor, junto con todas las naciones sobre las que se ha invocado mi nombre. Así lo dice el Señor, que realizó estas cosas,

18 anunciadas desde antiguo.

19 Por eso, yo pienso que no hay que crear dificultades a los paganos que se convierten.

20 Es suficiente escribirles que se abstengan de toda contaminación, de la idolatría, de matrimonios ilegales, de comer animales estrangulados y de la sangre.

21 Ya que desde siempre la ley de Moisés tiene en cada ciudad sus predicadores, que la leen en las sinagogas todos los sábados.

 

*•• En la asamblea de Jerusalén están presentes dos preocupaciones: salvaguardar la universalidad del Evangelio y, al mismo tiempo, mantener la unidad de la Iglesia. La apertura al mundo pagano, es decir, la toma de conciencia de la universalidad del Evangelio, no da origen a dos Iglesias, sino a una única Iglesia con connotaciones pluralistas. Corresponde a Pedro la tarea de defender la opción de Antioquía. Y lo hace partiendo de su propia experiencia, apoyando plenamente la línea de Pablo, usando incluso su típico lenguaje teológico: «Creemos que nos salvamos por la gracia» (v. 11). En consecuencia, no se habla de imponer el peso de la circuncisión o cualquier otro fardo insoportable.

El problema de la convivencia de las dos culturas, formas, mentalidades, tradiciones, fue planteado por Santiago, portador de las instancias de la tradición. No se opone a Pedro, pero sugiere algunas observancias rituales importantes para los judíos, que permitirán una convivencia que no ofenda la sensibilidad de los que proceden del judaísmo. Se trata de normas de pureza legal tomadas del Levítico. Para Santiago, las comunidades de los cristianos judíos y paganos son diferentes, pero deben vivir sin altercados: por eso es preciso dar normas prudentes.

Entre el discurso de Pedro, el último en Hechos de los Apóstoles, y el de Santiago se ha intercalado el testimonio de los hechos por parte de Bernabé y Pablo, y todo el conjunto viene después de «una larga discusión» (v. 7). Ambos discursos podrían ser considerados como conclusión y resumen de un paciente «proceso de discernimiento comunitario» en el que han sido expuestos, escuchados y discutidos a fondo todos los hechos y todos los argumentos. De este modo, queda salvada la libertad del Evangelio y, también, la unidad de la Iglesia. Es un método que se considera cada vez más como ejemplar y que se presagia como el normal en las distintas decisiones eclesiales.

 

Evangelio: Juan 15,9-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

9 Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor.

10 Pero sólo permaneceréis en mi amor si obedecéis mis mandamientos, lo mismo que yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

11 Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo y vuestro gozo sea completo.

 

**• ¿Cuál es el fundamento del amor de Jesús por los suyos? El texto responde a esta pregunta. Todo tiene su origen en el amor que media entre el Padre y el Hijo. A esta comunión hemos de reconducir todas las iniciativas que Dios ha realizado en su designio de salvación para la humanidad: «Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor» (v. 9). Ahora bien, el amor que Jesús alimenta por los suyos requiere una pronta y generosa respuesta. Ésta se verifica en la observación de los mandamientos de Jesús, en la permanencia en su amor, y tiene como modelo su ejemplo de vida en la obediencia radical al Padre hasta el sacrificio supremo de la misma.

Las palabras de Jesús siguen una lógica sencilla: el Padre ha amado al Hijo, y éste, al venir a los hombres, ha permanecido unido con él en el amor por medio de la actitud constante de un «sí» generoso y obediente al Padre. Lo mismo ha de tener lugar en la relación entre Jesús y los discípulos. Éstos han sido llamados a practicar, con fidelidad, lo que Jesús ha realizado a lo largo de su vida. Su respuesta debe ser el testimonio sincero del amor de Jesús por los suyos, permaneciendo profundamente unidos en su amor. El Señor pide a los suyos no tanto que le amen como que se dejen amar y acepten el amor que desde el Padre, a través de Jesús, desciende sobre ellos. Les pide que le amen dejándole a él la iniciativa, sin poner obstáculos a su venida. Les pide que acojan su don, que es plenitud de vida. Para permanecer en su amor es preciso cumplir una condición: observar los mandamientos según el modelo que tienen en Jesús.

 

MEDITATIO

«Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo y vuestro gozo sea completo» (v. 11): todos y cada uno de los discípulos están invitados a dejarse poseer por la alegría de Jesús, tras haberse dejado poseer por el amor de Dios. Mi existencia como discípulo consiste en dejar sitio a este amor divino, que es un amor «descendente», un amor que mueve al Padre a «entregar a su Hijo único» (Jn 3,16), un amor que mueve al Hijo a entregarse a sí mismo, un amor que mueve a los discípulos a hacer otro tanto, un amor que garantiza la «felicidad» del discípulo.

Cuando Jesús habla de las más que exigentes condiciones de este amor, dice claramente que son posibles porque este nuevo modo de amar procede de Dios. Es el amor mismo de Dios el que obra en mí, en ti, en todos los discípulos. Y no sólo eso, sino que recibiremos de Jesús «su» felicidad, la alegría que procede de haber amado como Dios ama, a través del impulso y de la imitación de Jesús. Se trata de algo que nada tiene que ver con el moralismo: aquí nos encontramos en la cima de la mística, de la mística de la acción, que implica la entrega de uno mismo e incluye ser poseídos del todo por el amor de Dios.

 

ORATIO

Señor Jesús, ayúdame a mirar hacia lo alto para tener el valor de mirar hacia abajo. Ayúdame a mirarte a ti, en el esplendor de los santos; a ti, completamente vuelto al Padre, que eres una sola cosa con él desde la eternidad. Fija mi mirada en ti para que también yo sea capaz de descender y hacer lo que tú has hecho. Y es que servir un poco puede resultar fácil, pero convertir toda la vida en un servicio es bastante difícil. Servir a los que no lo merecen, a los que no son agradecidos, a los que te rechazan, es todavía más arduo.

Te ruego que infundas en mi corazón ese amor tuyo arrollador, ese amor tuyo concreto, humilde, que has recibido del Padre y que ha plasmado tu vida, para que también yo pueda hacer lo que tú me dices que es preciso para ser discípulo tuyo. Mi servicio no será así un frustrarse de manera penosa; mi perseverancia en un servicio exento de gratificaciones será fuente de  felicidad, porque estaré poseído por la felicidad que viene de ti, esa felicidad que prometiste a los que dejan sitio a tu manera de amar.

 

CONTEMPLATIO

No habría aprendido yo a amar al Señor

si él no me hubiera amado.

¿Quién puede comprender el amor,

sino quien es amado?

Yo amo al Amado,

a él ama mi alma:

allí donde está su reposo,

allí estoy yo también.

Y no seré un extraño,

porque no hay envidia junto al Señor altísimo,

porque quien se une al Inmortal

también será inmortal,

y quien se complace en la vida

viviente será.

Que permanezca tu paz conmigo, Señor,

en los frutos de tu amor.

Enséñame el canto de tu verdad,

de suerte que venga a mí como fruto la alabanza,

abre en mí la cítara de tu Espíritu Santo

para que te alabe, Señor, con toda melodía.

Prorrumpo en un himno al Señor porque soy suyo

y cantaré la canción consagrada a él

porque mi corazón está lleno de él

(de las Odas de Salomón).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9b).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Uno de los más célebres músicos del mundo, que tocaba el laúd a la perfección, se volvió en breve tiempo tan gravemente sordo que perdió el oído por completo; sin embargo, continuó cantando y manejando su laúd con una maravillosa delicadeza. Ahora bien, como no podía experimentar placer alguno con su canto y su sonido, puesto que, falto de oído, no percibía su dulzura y su belleza, cantaba y tocaba únicamente para contentar a un príncipe, a quien tenía gran deseo de complacer, porque le estaba agradecidísimo, ya que había sido criado en su casa hasta la juventud. Por eso sentía una inexpresable alegría al complacerle, y cuando el príncipe le hacía señales de que le agradaba su canto, la alegría le ponía fuera de sí. Pero sucedía, en ocasiones, que el príncipe, para poner a prueba el amor de su amable músico, le ordenaba cantar y se iba de inmediato a cazar, dejándole solo; pero el deseo de obedecer los deseos de su señor le hacía continuar el canto con toda la atención, como si su príncipe estuviera presente, aunque verdaderamente no le produjera ningún gusto cantar, ya que no experimentaba el placer de la melodía, del que le privaba la sordera, ni podía gozar de la dulzura de las composiciones por él ejecutadas: «Mi corazón está dispuesto, oh Dios, mi corazón está dispuesto; quiero cantar y entonar himnos. Despierta, alma mía; despertad, cítara y arpa, quiero despertar a la aurora» (Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, IX, 9).

 

Día 29

Santa Catalina de Siena (29 de abril)

Liturgia de las Horas de hoy

 

Santa Catalina de Siena fue canonizada por Pío II en el año 1461 y proclamada patrona de Italia, junto con san Francisco, por Pío XII en 1939. Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia en 1970, y Juan Pablo II, copatrona de Europa en 1999.

Su vida duró sólo treinta y tres años: en 1347 nació en Siena y en 1380 murió en Roma. A los seis años tuvo la primera visión, a los siete hizo el voto de virginidad y a los dieciséis tuvo lugar su consagración en la tercera orden de santo Domingo. La vemos como misionera de la redención, capaz de componer bandos opuestos, de emprender largos viajes, de atraer ejércitos de discípulos, de escribir a una multitud de personas de Italia y de Europa, de hacer volver al Papa a Roma, de defender el pontificado en el gran cisma de Occidente, de adentrarse en los asuntos sagrados y políticos de la Iglesia de su tiempo, de ingeniárselas para la mejora de las costumbres y para la asistencia a enfermos y presos.

 

 

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 1,5-2,2

Queridos:

5 Éste es el mensaje que le oímos y os anunciamos: Dios es luz y no hay en él tiniebla alguna.

6 Si decimos que estamos en comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad.

7 Pero si caminamos en la luz como él, que está en la luz, estamos en comunión unos con otros y la sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado.

8 Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

9 Si reconocemos nuestros pecados, Dios, que es justo y fiel, perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda iniquidad.

10 Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros.

2,1 Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre un abogado, Jesucristo, el Justo.

2 Él ha muerto por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino por los del mundo entero.

 

**• Juan aborda la realidad de luz de Dios con un estilo y una opción humana de vida: «caminar en la luz».

Decir que Dios es luz no significa afirmar que nosotros le veamos: «Nadie puede ver sus propios ojos, porque ve precisamente a través de ellos, y Dios es la luz mediante la cual nos vemos: vemos no un "objeto" claramente perfilado llamado Dios, sino cualquier otra cosa en el Uno invisible» (Thomas Merton). Dios es luz en el sentido de que nos ilumina a nosotros, de que nos da esa claridad que necesitamos para discernir su designio sobre nosotros y para encontrar el camino que nos conduce a través de nuestra historia cotidiana.

A continuación, Juan especifica en qué consiste «caminar en la luz»: consiste en practicar la verdad, en estar en comunión con los otros, en dejarse purificar por la sangre de Cristo. La práctica de la verdad es, a su vez, el presupuesto para vivir la comunión fraterna, prueba de la verdadera comunión con Dios.

Ambas comuniones, la horizontal y la vertical, se cruzan: una se convierte en verificación de la autenticidad de la otra. Ambas se mantienen o caen juntas. Por último, premisa y consecuencia, al mismo tiempo, del caminar por la vía de la luz y de la verdad es la actitud frente a nuestra propia condición de pecadores, necesitados de la salvación, que sólo puede venir de la sangre de Cristo.

 

Evangelio: Mateo 11,25-30

En aquel tiempo dijo Jesús:

25 Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los sencillos.

26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.

27 Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.

28 Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré.

29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas.

30 Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

 

*•• La plegaria de bendición que dirige Jesús al Padre exalta la sabiduría divina, tan diferente a la humana.

Dios, en su libertad (que coincide con el amor: v. 26), ha manifestado en Jesús el misterio de su voluntad, es decir, la comunión trinitaria en la que desea hacer participar al hombre. Esta voluntad amorosa, conocida sólo por el Hijo, ha sido revelada ahora a quien opta por escuchar sus palabras (v. 27).

Jesús bendice al Padre, que no coarta la libertad del hombre, y constata que sólo «los pequeños» -esto es, los que están abiertos a recibir el don- lo acogen, mientras que «los sabios y los prudentes» se quedan encerrados en su presunción, autoexcluyéndose del conocimiento del amor divino (v. 25).

La obra de Jesús es conforme a la del Padre (cf. Jn 5,19). De hecho (vv. 28-30), se dirige a los «fatigados y agobiados» (v. 28) por los fardos de la Ley, interpretada de una manera rígida por las autoridades judías para aplicarla a la gente (cf. Mt 23,4), y les ofrece el «alivio» de la auténtica Ley («mi yugo»: v. 29) que él proclama, que es la consumación de la antigua (cf. Mt 5,17; 7,29).

Los sentimientos de quienes ponen en práctica la Ley -que, según las Escrituras, expresa la voluntad de Dios- no serán la presunción ni el atropello, sino la humildad y la mansedumbre, a ejemplo del mismo Jesús (v. 29b).

 

MEDITATIO

La Palabra de Dios nos invita a detenernos con la mente y con el corazón en el tema de la vida como un caminar incesante al encuentro con Cristo, andando por el sendero de la luz y de la verdad, con corazón humilde, vigilante y confiado. Hoy es la fiesta de santa Catalina de Siena, y nos viene de manera espontánea «volver a escuchar» de ella, de toda la tensión de su vida, la Palabra de esta liturgia.

La vigilancia de santa Catalina nació de un corazón enamorado e iluminado, totalmente inclinado a la persona de Cristo. Esta tensión y atención proporcionan una mirada interior (como la descrita en Sab 7,22ss) capaz de leer e intervenir en el hoy de la historia bajo la guía de la Palabra de Dios. ¿Acaso no era así la sabia mirada de santa Catalina? Así reconocemos también en ella la obra de la vigilancia que nos hace resistentes y responsables, o sea, capaces de combatir contra las seducciones del mundo y solícitos en el ocuparnos de los otros.

La vigilancia, además, nos hace anclar nuestra propia fe en Cristo muerto y resucitado y, precisamente por eso, nos hace capaces de recibir e irradiar la luz.

Hoy nos complace detenernos ante santa Catalina, reconocer en ella a aquella «hija de la luz» de la que nos habla la Escritura y dejarnos irradiar por aquella luz suya a fin de que «al ver vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16). Nos complace mirarla en su incansable ir al encuentro de la Iglesia y de Cristo, para dejarnos atrapar en este movimiento suyo. Al mirarla, parece repetirnos ella misma,

casi como una invitación y una consigna, las palabras de la liturgia: «¡Salgárnosle al encuentro!... ¡Vigilemos!».

 

ORATIO

¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti,

Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.

Con la luz de la inteligencia gusté y vi en tu luz tu abismo, eterna Trinidad, y la hermosura de tu criatura, pues, revistiéndome yo misma de ti, vi que sería imagen tuya, ya que tú, Padre eterno, me haces partícipe de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es propia de tu Hijo unigénito. Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, me ha dado la voluntad que me hace capaz para el amor.

Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor y yo la hechura, por lo que, iluminada por ti, conocí, en la recreación que de mí hiciste por medio de la sangre de tu Hijo unigénito, que estás amoroso de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad.

En el espejo de esta luz te conozco a ti, bien sumo, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría, pues tú mismo eres la sabiduría, tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres.

Tú, el vestido que cubre mi desnudez; tú nos alimentas a nosotros, que estábamos hambrientos, con tu dulzura, tú, que eres la dulzura sin amargor, ¡oh Trinidad eterna! (Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia, cap. 167).

 

CONTEMPLATIO

Si quieres ser verdadera esposa de Cristo, te conviene tener la lámpara, el aceite y la luz [...]. Por la lámpara se entiende el corazón, que debe asemejarse a una lámpara.

Ves que la lámpara es ancha por arriba y estrecha por abajo: y así está hecho nuestro corazón, para significar que debemos tenerlo siempre ancho por arriba, mediante los santos pensamientos, las santas imaginaciones y la oración continua [...]. Así también nuestro corazón debe ser estrecho para estas cosas terrenas, no deseándolas ni amándolas de una manera desordenada, ni apeteciéndolas en mayor cantidad de la que Dios nos quiera dar; pero siempre debemos darle gracias, admirando cómo nos provee suavemente de ellas, de suerte que nunca nos falte nada [...].

Y, sin embargo, haz de modo que la lámpara se mantenga bien derecha; en efecto, cuando la mano del santo temor mantiene la lámpara del corazón derecha y bien llena de aceite, ésta se encuentra bien, pero cuando se encuentra en manos del temor servil, éste le da la vuelta de arriba abajo y la empuja a servir y a amar por el propio deleite y no por amor a Dios. Dándole la vuelta a la lámpara se ahoga la llama y se derrama el aceite, de suerte que el corazón se queda sin el aceite de la verdadera humildad [...]. Pero piensa [...] que no bastaría la lámpara si no tuviera aceite dentro. Y por el aceite se entiende esa dulce pequeña virtud de la profunda humildad.

Conviene, en efecto, que la esposa de Cristo sea humilde, mansa y paciente; y será tan humilde como paciente, y tan paciente como humilde. Ahora bien, no podremos llegar a esta virtud de la humildad sin un verdadero conocimiento de nosotros mismos, esto es, conociendo nuestra miseria y nuestra fragilidad [...].

Por último, es necesario que la lámpara esté encendida y arda en ella la llama: de otro modo, no bastaría para hacernos ver. Esta llama es la luz de la santísima fe. Me refiero a la fe viva, porque dicen los santos que la fe sin obras está muerta. Por eso es necesario que nos ejercitemos continuamente en las virtudes, abandonando nuestras niñerías y vanidades...; de este modo, tendremos la lámpara, el aceite y la llama (Catalina de Siena, «Lettere» 23, 79, passim, en V. Menconi, S. Caterina da Siena e i pastori della Chiesa, Roma 1987, pp. 146-148).

 

ACTIO

        Repite con frecuencia y ora hoy con santa Catalina: «Abierta la puerta, encontrarás al esposo eterno que te acogerá en sí mismo y participarás de su belleza y de su bondad» (Carta 360).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La parábola [de las vírgenes] nos enseña que no se puede obtener la santidad con ofrendas negativas: no comiendo, no bebiendo, no enriqueciéndose. No es suficiente esto para encontrar en la noche del mundo, en la noche de la historia humana, la Luz eterna, Cristo. Es preciso tener aceite: una caridad a toda prueba hacia todas las personas, en todo momento, con orden, sensatez, pero de manera absoluta. Y éste es el mensaje de Cristo, de la Iglesia, de la revelación, de los santos.

Carísimos, a la cristiandad no le faltan vírgenes con inmensas lámparas sin aceite. La Iglesia, sin embargo, camina con las lámparas de las vírgenes prudentes. En los momentos de tinieblas, de calamidades, de torpor general de la cristiandad y de la humanidad, las vírgenes como santa Catalina de Siena, con su ofrenda, con su sensatez, con su amor trascendente, iluminan también el camino a las otras vírgenes, dándoles ejemplo a fin de que compren el aceite mientras aún es de día [...].

Al meditar sobre santa Catalina, entramos en la realidad más profunda del cristianismo, que incluye tanto la palabra pronunciada como la vida escondida que se ofrece al Señor. El cristianismo implica actos sacramentales exteriores que tienen su valor, incluso cuando son realizados por almas que no tienen el deseo de ver el rostro del Señor, de arrodillarse y de llorar de alegría; pero el verdadero cristianismo es vivido por almas raras como santa Catalina, que amó con todo su ser (P. Theodosios [Maria della Croce], Le profonditá sacre della Parola di Dios, Roma 1996, pp. 188-191, passim).

 

 

Día 30

Sábado de la quinta semana de pascua

Liturgia de las Horas de hoy

 

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 16,1-10

En aquellos días,

1 llegó Pablo a Derbe y después a Listra. Había allí un discípulo llamado Timoteo, de madre judía convertida al cristianismo y de padre griego.

2 Timoteo gozaba de buena reputación entre los hermanos de Listra e Iconio. 

3 Pablo decidió llevarlo consigo y lo circuncidó debido a los judíos que había en aquella región, pues todos sabían que su padre era griego.

4 En todas las ciudades por donde pasaban comunicaban a los creyentes los acuerdos tomados por los apóstoles y demás responsables de Jerusalén y les recomendaban que los acatasen.

5 Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.

6 Atravesaron Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les impidió anunciar la Palabra en la provincia de Asia.

7 Llegaron a Misia e intentaron dirigirse a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió.

8 Así que pasaron de largo por Misia y bajaron hacia Tróade.

9 Aquella noche Pablo tuvo una visión. Se le presentó un macedonio y le hizo esta súplica: - Pasa a Macedonia, ven en nuestra ayuda.

10 Ante esta visión, procuramos pasar rápidamente a Macedonia, persuadidos de que Dios nos llamaba a anunciarles la Buena Noticia.

 

*•• Lucas pasa ahora a narrar los acontecimientos misioneros de Pablo: él será el protagonista de la tercera parte de los Hechos de los Apóstoles. El fragmento de hoy presenta el segundo viaje misionero, ya avanzado. Entre tanto ha tenido lugar la separación de Bernabé, a causa -según Lucas- de una diferente valoración de la persona de Juan Marcos. Pablo elige como nuevo compañero a un discípulo suyo al que siempre le unirá un gran cariño: Timoteo. Haciendo gala de una gran elasticidad pastoral, especialmente en vistas a la acción entre los judíos, Pablo lo hizo circuncidar, aunque no viera para ello ninguna necesidad doctrinal. Pablo se hace en verdad «todo para todos» por el Evangelio.

Es significativo el hecho de que el Espíritu hace prácticamente las veces de guía, corrigiendo la ruta de los misioneros. Lucas quiere subrayar que el protagonista y el director de la evangelización es el Espíritu Santo, que tiene sus planes, a menudo diferentes a los de los hombres. Es el Espíritu quien impulsa a Pablo a pasar a Europa, en vez de adentrarse en las regiones de Asia menor.

Hay un misterio en la llamada a los pueblos y las naciones que escapa por completo a la mirada humana. Baste con una sencilla reflexión: el programador de la evangelización es con toda claridad el Espíritu Santo; no se trata de una acción organizada por los hombres, aunque estén llenos de fe y de celo. En la acción de Pablo no había demasiada organización, sino una gran disponibilidad a la acción del Espíritu. ¿No hace esto hoy actual y digno de atención este dicho, que podría parecer sólo un eslogan: «Menos organización y más Espíritu»?

 

Evangelio: Juan 15,18-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

18 Si el mundo os odia, recordad que primero me odió a mí.

19 Si pertenecierais al mundo, el mundo os amaría como cosa propia, pero como no pertenecéis al mundo, porque yo os elegí y os saqué de él, por eso el mundo os odia.

20 Recordad lo que os dije: «Ningún siervo es superior a su señor». Igual que me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros; y en la medida en que pongan en práctica mi enseñanza, también pondrán en práctica la vuestra.

21 Os tratarán así por mi causa, porque no conocen a aquel que me envió.

 

**• La perícopa contiene una advertencia de Jesús dirigida a sus discípulos sobre el odio y el rechazo del mundo que tendrán enfrente. Si la nota distintiva de la comunidad cristiana es el amor, ahora el Maestro presenta a los suyos lo que caracteriza al mundo que les rechaza: el odio (v. 18). El Señor advierte y explica ese odio del mundo y emite un juicio sobre el mismo.

El odio del mundo hacia la comunidad cristiana es consecuencia lógica de una opción de vida: los seguidores del Evangelio no pertenecen al mundo, y éste no puede aceptar a quien se opone a sus principios y opciones. Los creyentes, en virtud de su opción de vida a favor de Cristo, son considerados como extraños y enemigos. Su vida es una continua acusación contra las obras perversas del mundo y un reproche elocuente contra los malvados. Por eso es odiado y rechazado el hombre de fe.

Pero ¿cómo se manifiesta el odio del mundo contra los discípulos? Mediante las persecuciones que han de padecer los creyentes por el nombre de Cristo. No son en verdad estas pruebas las que deben desanimar a los discípulos ni en su camino de fe ni en su misión de evangelización. También su Señor experimentó la incomprensión y el rechazo hasta la muerte (v. 20). Es más, la persecución y el sufrimiento son una de las condiciones de la gloria que toda la comunidad cristiana debe compartir con su Salvador. La suerte de los discípulos es idéntica a la de Cristo: si éste ha sido perseguido, también lo serán sus discípulos; si éste fue escuchado, también lo serán los suyos (vv. 20s).

 

MEDITATIO

Si pretendes vivir según tus convicciones de fe, no debe sorprenderte encontrar a tu alrededor la indiferencia o la hostilidad. No debe deprimirte que los medios de comunicación social se rían a menudo de manera sutil del estilo de vida cristiano, o que cuando expreses tus convicciones te vean como un anticuado, o que la gente te considere como alguien que pertenece a una era pasada, a una época de la que ya nos hemos despedido. Que no te abata el desaliento: eso es señal de que eres fiel a Cristo perseguido y a su Palabra de cruz. No debes entrar en crisis porque muchos no piensen en esa cruz como los seguidores de Jesús.

Una de las características de la fe es su perenne carácter inactual. Esa característica hemos de buscarla en su dimensión oblativa, que consiste en la llamada a la cruz, al sacrificio, al saber amar, a la justicia pagada con la propia piel. No debes, por tanto, «aguar» tu testimonio, ni bajar el grado de las exigencias de la Palabra, ni envolver con el silencio lo que es más comprometedor e impopular. Hay silencios que parecen excesivamente prudentes, que son expresión de temor ante los contragolpes de la opinión pública, que expresan preocupación por la hostilidad de quienes pueden hacernos daño.

 

ORATIO

Ayúdame, Señor, a vivir como tú quieres en medio de las dificultades originadas por la hostilidad del mundo. Ayúdame a no tener miedo de ser tu testigo, pero ayúdame también a no ser un juez severo con los que me ponen obstáculos en mi camino. Ayúdame, antes que nada, a comprender mis culpas, los motivos que puedo haber dado yo mismo, mis incumplimientos. La hostilidad puede venir también de mi comportamiento inadecuado. Y eso es algo que debo tener en cuenta.

Ayúdame a enfrentarme con valor a las reacciones que proceden del hecho de decir lo que tú dirías, de hacer las cosas que tú harías. Ayúdame a no tener nunca miedo a hacer un serio examen de conciencia, a no diluir tu mensaje y el testimonio que debo a tu santo nombre.

 

CONTEMPLATIO

El mundo que Dios reconcilia con él en la persona de Cristo, que ha sido salvado por medio de Cristo, y al que le han sido perdonados todos los pecados por los méritos de Cristo, ha sido elegido entre el mundo de los enemigos, de los condenados, de los corruptos. También los discípulos estaban en el mundo y fueron elegidos para que dejaran de formar parte del mismo. Fueron elegidos no por sus méritos, porque no habían hecho antes ninguna obra buena; tampoco por su naturaleza, porque ésta en virtud del libre albedrío había sido contaminada por el pecado en su mismo origen; fueron elegidos por una concesión gratuita, es decir por una auténtica gracia.

En efecto, el que del mundo eligió al mundo no encontró ya buenos a los que eligió, sino que los hizo buenos al elegirlos. Pero si eso es obra de la gracia, no lo es de las obras, pues de otro modo la gracia ya no sería gracia (cf. Rom 1 l,5s) (Agustín, Comentario al evangelio deJuan, 87,3).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Igual que me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Una de las cosas que debemos a nuestro Señor es no tener nunca miedo. Tener miedo es hacerle una doble injuria: en primer lugar, es olvidar que él está con nosotros, que nos ama y que es omnipotente; en segundo lugar, porque no nos configuramos con su voluntad: configuramos nuestra voluntad con la suya, todo lo que nos ocurra, dado que es querido y permitido por él, nos dejará alegres y no tendremos ni inquietudes ni temores. Tengamos, pues, esa fe que expulsa todo miedo; tengamos a nuestro lado, frente a nosotros y en nosotros, a nuestro Señor Jesucristo, Dios nuestro, que nos ama infinitamente, que es omnipotente, que sabe lo que es bueno para nosotros, que nos dice que busquemos el Reino de los Cielos y que el resto nos será dado por añadidura.

Caminemos seguros con esta bendita y omnipotente compañía por el camino de lo más perfecto, y estemos seguros de que no nos ocurrirá nada de lo que no podamos extraer el mayor bien para su gloria, para nuestra santificación y para la de los otros. Y que todo lo que nos ocurra será querido y permitido por él y, en consecuencia, lejos de toda sombra de temor, sólo hemos de decir: «Bendito sea Dios por todo lo que nos ocurra», y sólo hemos de rogarle que ordene todas las cosas, no según nuestras ideas, sino para su mayor gloria (Charles de Foucauld).